El corazón juglar by Luis G. Urbina

EL CORAZÓN JUGLAR
Creer-Crear.

MADRID
EDITORIAL PUEYO
ARENAL, 6
1920

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Imprenta de Juan Pueyo. Luna, 29. Teléf. 14-30.—Madrid.

AL ÍNDICE
En memoria de JUSTO SIERRA
vida pura, alma blanca, pensamiento
altísimo.
Ofrenda de mi dolor devoto.
Luis
{6}

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LAMINA ANTIGUA
YA es viejo, mas aun vive cual en sus años mozos,
bajo un sol veraniego o una invernal ventisca;
y, por esos caminos, va recitando trozos
de romances en donde la tristeza se enrisca.
Para llorar dolores y reir alborozos,
trae a cuestas el viejo la guitarra morisca,
la obscura compañera de trémulos sollozos,
{10}
«de las voces, aguda; de los puntos, arisca».
De villorrio en villorrio, de posada en posada,
a la lumbre del día, o a la luz plateada
de la noche, va el viejo desgranando el cantar.
Un niño se detiene, se asoma una vecina,
una puerta se abre, un balcón se ilumina…
Y, rumbo al Sueño, pasa mi corazón juglar.
Madrid, Mayo de 1919.

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SOR MELANCOLIA

POEMA DE VIAJE
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{13}

En un convento vivía
una monja que pasaba
por santa, y que se llamaba
la Hermana Melancolía.
Amado Nervo.
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I

APARICIÓN
Frente a Cádiz.
EL Infanta Isabel empieza el viaje:
de la línea del muelle al fin se arranca,
y la ciudad, como de fino encaje,
se va esfumando, caprichosa y blanca,
y se diluye, en gris, sobre el celaje.
El abigarramiento del paisaje,
con ser tan pintoresco, no interesa
como el claro horizonte. Es el momento
en que una nube cárdena y espesa
extiende un friso de rubí y argento.
Cuando vuelve la calma al entrepuente,
de codos en la extensa barandilla,{16}
me pongo a contemplar la maravilla
de sol, y cielo, y mar, en el Poniente.
Ha comenzado el viaje…
De improviso
una figura de mujer absorta
cerca de mí se yergue, y se recorta
sobre la luz, con un perfil preciso.
Es una monja que detuvo el paso
y ve morir la tarde. En su cabeza
hay una expresión vaga de tristeza
digna de la hermosura del Ocaso.
El crepúsculo enciende, en fuego vivo,
el oleaje de cristal sonoro.
Y aquel semblante dulce y pensativo
se envuelve en una atmósfera de oro
y me recuerda un cuadro primitivo.
El barco avanza… Sobre el mar violeta
cae la noche pávida y sombría;
y yo, que siento una emoción secreta,
que es como una naciente simpatía,
mirando a la mujer humilde y quieta,
me acuerdo de la monja del poeta,
la que llamaban Sor Melancolía.
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II

ENTRETENIMIENTO ROMÁNTICO
HIENDE el trasatlántico las ondas obscuras
y el vidrio del agua se rompe en blancuras;
cielo y mar, y cielo y mar, día a día:
mañanas de niebla; tardes blondas, puras
noches que florecen en diamantería.
Pasan cocottes, monjas, histriones y curas;
vanidades cursis, falsas hermosuras:
vulgaridad todo; todo tontería.
Un farandulero va hablando locuras
enfáticamente; y una vieja harpía
echa a un vecino miradas impuras
con un senil gesto de coquetería.
¡Qué iguales las horas, qué largas, qué duras!
¡Qué imbécil pereza! ¡Qué monotonía!
Hiende el trasatlántico las aguas obscuras…
cielo y mar, y cielo y mar, día a día.{18}
Mas yo, que rumiando voy mis desventuras
mojadas en una gota de ironía,
endulzo mis ocios y mis amarguras
y enciendo la lámpara de mi poesía,
mirando tus ojos, fuente de ternuras,
profundos y negros, Sor Melancolía.
{19}
III

CASTO RUEGO
EL amor ha pasado en todos sus martirios.
No temas. En la hora doliente y sosegada,
irán, como en un cofre dos olvidados lirios,
tu juventud marchita, mi madurez cansada.
Mis ojos no fulguran con insanos delirios;
y, por sentir el fuego de una lumbre sagrada,
cual mariposas negras en torno de los cirios,
mis pensamientos buscan la luz de tu mirada.{20}
Ya están—¡oh candorosa!—muertas las ilusiones,
dormidos los deseos y quietas las pasiones;
ya no queda un rescoldo del incendio voraz.
No he de romper el frágil cristal de tu pureza…
Permite que en tus ojos, veneros de tristeza,
se bañe largamente mi aspiración de paz.
{21}
IV

INSINUACION
DI, Sor Melancolía, di tu secreto en una
mirada, de esas hondas miradas cristalinas
que son como un Ocaso que emblanqueció la luna
y mancha un fugitivo volar de golondrinas.
¿Eres tú de las almas que ya desde la cuna
van al dolor, y siguen coronadas de espinas,
y tienen en el mundo la gracia inoportuna
del lirio que florece clavado en las ruinas?{22}
Dentro de las monjiles tocas, blancas y negras,
en vano tu semblante con la sonrisa alegras:
tu gesto es misterioso y amargo como el mar.
Tu juventud es como la rosa que en el vaso
litúrgico, agoniza de sed, y, paso a paso,
decora con sus pétalos las gradas del altar.
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V

PRIMERA DIVAGACIÓN
A merced de los hados.
Desde el sillón de cubierta
mi fastidio ve pasar,
en ensoñación incierta,
la hora muerta. La hora muerta
y el mar. El cielo y el mar.
Va el alma serena y sola,
Y pienso ante el rebullir
impaciente de la ola,
en la muchacha española
que lloró al verme partir.{24}
Ola humana (¡pobrecilla!)
que sin llegar a la orilla
y anhelante de placer,
huye, torna, salta y brilla
y no cesa de correr.
¿Adónde irá? No respondas,
corazón, en vano ahondas:
está lleno de quién sabes
el destino de las ondas,
de las nubes, de las aves.
Lo sé. Mas siento una leve
inquietud que me conmueve,
porque no logro entender
qué hará el viento que los lleve,
con aquel celaje breve
que enrubia el atardecer,
con aquella onda de nieve
—luz y espuma en el zafir…—
con aquella mujer
que lloró al verme partir.
{25}
VI

MADRIGAL RELIGIOSO
EN el hábito negro brilla el marfil pulido
de tus manos, que tienen, como las que pintó
el Greco, el alargado dibujo, el colorido
anémico y la rara nobleza de expresión.
Manos finas y exangües que mueven tu rosario
con lentitud de abeja que labra su panal;
y vuelan por las páginas de tu devocionario,
como los colibríes, de rosal a rosal.
Las miro, y sueño. Huelen a mirra sus marfiles.
¡Qué buenas si se juntan en la santa oración!{26}
¡Qué frescas si se posan en las sienes febriles!
Y sobre las heridas, ¡qué bálsamo de amor!
Las miro, y me parece que en días ya lejanos,
con su virtud hubieran revivido mi fe.
¡Qué caricia tan pura guardarán esas manos,
la soñada caricia que jamás sentiré!
{27}
VII

LUNA NUEVA
YO, mudo y solitario; tú, aislada y silenciosa;
las gentes, aburridas, y el ambiente, vulgar;
mas en tus ojos tristes se abre, como una rosa
sobre un lago, tu alma que nos ve a mí y al mar.
Dos niños que corrieran tras una mariposa
somos tú y yo. Y la vida nos quiere castigar
poniéndonos, tal como la abuela cariñosa:
al uno frente al otro, con prohibición de hablar.{28}
Vuelven tus compañeras junto a ti. Yo las miro
con interés discreto. Yo recojo el suspiro
que no exhalas y escucho tus querellas sin voz.
Mientras el mar de raso, suavemente sonoro,
se adormece en la noche, y la luna de oro
va cortando celajes cual si fuese una hoz.
{29}
VIII

AUTOBIOGRAFÍA LÍRICA
OYEME con los ojos,
ya que están tan distantes los oídos.
Sor Juana Inés de la Cruz.
Miras furtivamente, las cejas juntas,
y cual niñas traviesas a la ventana
asoman a tus ojos las preguntas.
¿Quieres saber cuál es mi vida, hermana?
Parece que me dices:—«¡Pobre viajero!
Se ve que estás cansado. ¿Por qué sendero
arrastraste la vida? ¿Por qué viniste
a surcar estos mares como un aventurero?
¿Por qué estás siempre solo, callado y triste?»{30}
Soy uno de la errante caravana
de Caín. El desierto me vió pasar, hermana;
pasé fácil al sueño, dócil a la alegría;
bien dispuesto al pecado y a la melancolía.
El mal filtró en mi vida su fragante veneno.
Fuí malo, y—¡Dios lo sabe!—siempre quise ser bueno.
De todos los placeres ninguno me da encanto
tan hondo y tan sincero como el placer del llanto.
De todas las virtudes, para mí, la más alta,
es la piedad. ¡El mundo la necesita tanto!
Toda vida es estéril si la piedad le falta.
Tu Dios, ¿no es una inmensa piedad? Pues es el mío:
a Él la piedad humana va como al mar el río.
Hermana: yo he gozado todas las impurezas,
y he sufrido la angustia de todas las tristezas.
Un día hallé un oasis en el camino;
una fuente en la arena bajo una palma.
El cielo era una joya, y el divino
crepúsculo tenía piedad y calma.
Me senté rodeado de todos mis cariños:
una canción, un sueño, una anciana y tres niños.
Y esperé. Lentamente, la tarde iba
abriendo en la penumbra su estrella pensativa.
Y la noche llegaba, luminosa y risueña,
diciéndome: Reposa; ama; medita; sueña.
Por el rosado ambiente, brillante de reflejos
de sol la caravana de Caín, a lo lejos,
se perdía, abrumada con todas sus miserias,
con todos sus pecados, con todas sus histerias.{31}
Y yo desfallecía, pleno de confianza,
solo con mis amores; solo con mi esperanza…
No vino la piadosa muerte, no vino;
la vida, deshaciéndose en torbellino,
desató sus furores contra mi suerte.
Me castigó la vida, no la muerte.
(Y aun se debate el alma, sumergida
en el inmenso asombro de la vida.)
Me empujaron las fuerzas de mi destino incierto
a la sombra, a la noche y al desierto.
Y aquí estoy. Hace tiempo que el mundo he recorrido
en busca de una paz y de un olvido.
Arrastré sufrimientos por tierras y por mares;
y he secado mis ropas en ajenos hogares.
Así, en un tono lírico, te cuento el cuento; y siento
que tú me compadeces mientras yo te lo cuento.
A tus ojos, que brillan bajo las cejas juntas,
ya no salen curiosas las preguntas.
Ya lo dije: soy uno de la gran caravana
de Caín; el desierto me vio pasar, hermana.
No sé ni lo que busco, ni lo que espero:
caí, y al levantarme, perdí el sendero.
Besé mi cruz. Y sigo: y amo mi pena.
Compadéceme, hermana, tú que eres buena:
soy más desventurado que aventurero.
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{33}

IX

SALUDO MATINAL
HOY has amanecido más pálida, hermanita,
¿Qué tienes? El insomnio te sombreó la tez.
El mar de la mañana refleja su infinita
luz de piedra preciosa sobre tu palidez.
¿Anoche recibiste la celestial visita
como Santa Teresa? ¿O volaste, tal vez,
con alas transparentes, por la región bendita
que sueñas en tus cándidas horas de placidez?
¿O recordaste alguna novela favorita
devorada en el claro jardín de la niñez:{34}
—el castillo; la escala; Gerineldos; la cita,
y el pañuelo que asoma por el alto ajimez?—
Hoy has amanecido más pálida, hermanita:
te ha pintado el insomnio de amarillo la tez.
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X

SEGUNDA DIVAGACIÓN
ESTE es el romance vulgar
del hombre sepultado en el mar.
Fué en la noche. Estaba el mar
alterado y taciturno
cual si protestase de
que le volvieran sepulcro.
Tenia brillos siniestros
de plata vieja; y obscuros
manchones; y parecía
terciopelo azul y sucio.
Un cordón de extrañas testas,
como goyesco dibujo,{36}
se inclinó en la barandilla
de estribor—hilo de frutos
fantásticos—: los curiosos
miraban serios y mudos.
En el alba de aquel día,
abajo, entre fuego y humo
de máquinas, dos vulcanos
riñeron, y cayó uno.
El homicida, a la barra;
y el muerto, al mar. Era justo.
—Los de arriba, los felices,
¡qué saben de fuego y humo!
Mas la noticia era trágica
y original, y entretuvo.—
En la negrura del casco
se abrió una escotilla; un brusco
resplandor amarillento
hirió las aguas, y, al punto,
una cárdena linterna
apareció y echó un fúlgido
torrente de sangre, en el
mar, que enrojeció de súbito.
Chirriaron cordeles, y
salió el ataúd, de rudos
tablones, balanceándose
sobre el abismo, un minuto.{37}
El capellán, invisible,
rezó en alta voz algunos
latines. Dos marineros
—el cordel entre los puños—
fueron dejando caer,
en su líquido sepulcro,
el ataúd. Se abrió el mar
compasivo y taciturno;
y argentado y azul, era
como un palpitante túmulo.
Resplandecían los astros
en el horizonte adusto,
y entre las sombras, fingían
ojos de mirar ceñudo.
En aquel supremo instante
me acordé de Víctor Hugo.
«¡Un hombre al mar!» Sin embargo,
el buque no se detuvo.
Algunas gotas de llanto;
algunas caras de susto;
algún dicho filosófico;
algún chiste audaz y estúpido…
El barco, lleno de luz,
siguió tranquilo su rumbo.
Sonó el piano en el salón;
tocaron un vals los músicos;
se cantó el Vorrei morir,
se aplaudió algún cuento burdo.{38}
Tres vaporosas cocottes
y cuatro monoclos lúcidos
mezclaban champagne y risas
en la cámara de lujo.
Hervía el piccolo mondo
en un regocijo absurdo.
Sólo la hélice gemía,
solo el mar llevaba luto.
{39}
XI

ADIVINACIONES
La biografía soñada.

OH, los símiles viejos, que entretienen
la sed de imaginar, las viejas flores
retóricas que se abren y que tienen
la verdad, el hechizo y los fulgores
de esos paisajes que a nosotros vienen
en un cinematógrafo a colores!)]
La brisa es un suspiro
de abril. El mar, un campo azul. El cielo,
un pálido zafiro.
La nube, un cisne. El barco va, en su vuelo,{40}
con levedad ingrávida de pluma,
envuelto en telas diáfanas y blondas,
y bordando en la seda de las ondas
arabescos de espuma.—
Hermana, tú reposas en la silla
de cubierta, y señalas
en tu actitud una emoción sencilla,
y en el perfume de éxtasis que exhalas
ante la maravilla
de la serena inmensidad que brilla,
el pensamiento y el mirar resbalas.
—El barco va, con levedad de pluma
envuelto en finas claridades blondas,
y bordando en la seda de las ondas
arabescos de espuma.
Miro tu éxtasis, Sor Melancolía,
y sobre el mar risueño,
voy con los hilos de la fantasía;
dibujando una flor de poesía
en el lino de un sueño.
…La empinada calleja,
siempre polvosa y solitaria; el muro,
alto y sombrío, y el portal obscuro,
y la vetusta reja.{41}
¿Toledo? ¿Avila? ¿Burgos? Quizá… Alguna
ciudad llena de sol y de antiguallas,
con su puerta moruna
y su río en la orilla,
y que, con torres, claustros y murallas
pregona, entre la herrumbre y la polilla,
leyendas de milagros y batallas
en las ocres llanuras de Castilla.
Allí pasaste la niñez, sin pena
y sin placer. Y abrióse, en el devoto
ambiente, tu alma buena,
tal como una clorótica azucena
se abre en un tiesto roto.
Dócil al bien y a la maldad ajena
se deslizó tu vida provinciana,
juntando a la doméstica faena
la misa parroquial de la mañana
y el familiar rosario de la cena.
Corrió el tiempo… Y un día,
por tu calle pasó, como en un sueño
que te impregnase el alma de alegría,
el galán lugareño.
—El barco va con levedad de pluma
envuelto en finas claridades blondas,
y realza en la seda de las ondas
arabescos de espuma.{42}—
Y en la vidriera que la luz irisa,
a la hora del silencio vespertino
alzabas los visillos, y, de prisa,
echabas a su paso una sonrisa
como si le enflorases el camino.
La embriaguez de un jardín en primavera
aspiraste en el púdico deseo,
y tembló tu alma entera
con la inquietud de la primer quimera,
como un nido que siente un aleteo.
¿Fué traición? ¿Abandono? ¿Desencanto?
Tú escondes el secreto; mas la vida
mordió una vez tu seno, y su mordida
la cándida ilusión deshizo en llanto.
Y qué cruel y persuasivo acento
—voz de Hamlet, irónico y violento—
decirte pudo la falaz lisonja:
—«Eres buena, y el mundo es un tormento
para las almas buenas. ¡Ve a un convento!
¡Anda! ¡Métete monja!»
Y nada más… Así pasó. Tranquilos,
mas no estériles son tus sinsabores.
Tu vida pasa entre cuidar asilos,
velar enfermos, consolar dolores.
Disculpa que profane tus tristezas:
soy un viajero que, atrevido, arranca{43}
una corola blanca
y que perfuma así las impurezas.
Tu vida es como un velo
de candor primitivo,
simple como esta página que escribo
mientras tú ves el cielo.
¡Ah, pobre hermana, pobre
mujer, buena y sencilla,
que va rezando sobre
el abismo sin fondo y sin orilla!…
Mas… dime: ¿es una lágrima que brilla
o una gota del mar, turbia y salobre,
la que rueda en tu pálida mejilla?
—El barco va con levedad de pluma
envuelto en finas claridades blondas,
y realza en la seda de las ondas
arabescos de espuma…
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XII

TERCERA DIVAGACIÓN
Un suspiro por Madrid.

MADRID, el de las calles torcidas, los jardines
antiguos, los palacios y la Plaza Mayor.
Madrid de las verbenas, los tupis y los cines.
Madrid, pícaro y noble, viejo y evocador!
¡Ciudad de río mísero y de áridos confines;
ciudad de las mujeres de la boca de flor;
ciudad de los mendigos y de los malandrines;
ciudad de la alegría, la gracia y el amor!{46}
Una igualdad arcaica pone encanto en tu vida.
Menipo es feliz dentro de su capa raída,
y el niño de Vallecas le da la mano al Cid.
¡Madrid, el de las típicas y pintorescas gentes;
el de los rojos techos, el de las claras fuentes;
el de Goya y Velázquez… ¡Madrid! ¡Madrid! ¡Madrid!
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XIII

GALANTERÍA
ASÍ, dentro la negra toca de blanco filo
que tu cabeza ciñe y oculta tu cabello,
tu cara resplandece, y en su óvalo tranquilo
una invisible lámpara pone su azul destello.
La toca, que desciende y a tus hombros da asilo,
es un emblema puro de matiz casto y bello,
y, como una corola de inmaculado hilo,
avaramente esconde la gracia de tu cuello.{48}
Estatua en mármol y ónix, cuyo perfil semeja
el de la ardiente santa del Bernino, y que deja
traslucir los fervores de un ingenuo candor.
Rostro pálido que una claridad ilumina
con su llama apacible, misteriosa y divina
como la de una estrella que besara una flor.
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XIV

LA ÚLTIMA MAÑANA
TÚ, en silencio, rezabas; yo, en silencio, escribía;
de cuando en cuando alzabas los ojos a mirar
el horizonte diáfano que en esplendor ardía
y la maravillosa visión azul del mar.
Como una seda, el viento; la luz, como un diamante
y tu mirada, pura como el viento y la luz…
Así pasé yo el tiempo, sin sufrir un instante,
ni el mal de mi cansancio ni el peso de mi cruz.
Era por las mañanas, cuando a los cabrilleos
del sol las ondas labran, en blancura ideal,{50}
efímeras diademas y leves camafeos
que al punto se deshacen en polvo de cristal.
Este día es lluvioso: tú no rezas, hermana,
ni yo escribo. Y estamos en silencio los dos.
¡Qué opaco el horizonte de la última mañana!
¡Y qué negras las olas que nos dicen ¡adiós!
¡Adiós! Muy pronto, hermana, te lo diré tan mudo
que nadie ha de sentirlo. Del fondo de mi ser
saldrá calladamente la sombra del saludo
de admiración a una alma que ya nunca he de ver.
Tal vez tú, por las noches, velando a algún doliente,
o en el convento, a la hora del grave meditar,
avives los recuerdos y cruce por tu frente
la imagen de una angustia que te miró al pasar.
Acaso, si en tu limpia memoria hay un asomo
de interés, ¿qué habrá sido—dirá tu corazón—
de aquel tímido hombre que me miraba como
un niño huraño y triste que va a pedir perdón?
¿Y yo?… Buscaré a solas, como única alegría,
mi talismán de ensueños y purezas, y allí
veré los grandes ojos de Sor Melancolía
perpetuamente abiertos para velar por mí.
En el mar.—Abril de 1917.

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A UNA CRIOLLA
MUÑEQUITA de biscuit
que mueves los labios y
dices una bobería;
yo sé desde que te vi
que eres coqueta, alma mía;
mas… ¡qué adorable es tu coquetería!
Cuentan que eres tonta. Dí:
—«Soy linda; pensad, señores,
qué es lo que queréis de mí.
¿Quién jamás dijo tontas a las flores?
Ni los más graves doctores
le han pedido talento al colibrí.»—
Flor, colibrí, mariposa,
ave, rosa,
ala, pétalo… Y así
representas, alma mía,{54}
lo que es efímero, leve,
frágil, breve;
rayo de oro por el día;
por la noche, hilo de plata…
Tienes derecho a ser tonta e ingrata.—
¡Es adorable tu coquetería!
Pero, ¡cuidado! no llores,
no sufras melancolía;
no padezcas mal de amores;
todo eso te dará sabiduría.
Mas ¿para que la quieres?…
Sigue rosa,
colibrí, mariposa…
Tu grácil y ligera tontería
pone el olvido las tristezas… y
es la más linda y adorable cosa
del mundo, ¡oh insustancial, oh primorosa,
oh frágil muñequita de biscuit.
Habana, Noviembre 1915.

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AL PASAR
Y dime, bondadosa criatura,
en cuyos ojos la ilusión naufraga:
dime si por ventura
te ha quedado una gota de ternura
que verter en mi llaga.
Junto a la lumbre de tu hogar me siento
sin soltar mi bordón de peregrino.
Vine cansado y triste… Mas no intento
oponerme al destino.
La noche va a llegar, estoy sediento
de una lágrima… Dámela, y contento
proseguiré el camino…
Toledo, Septiembre 1916.

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DEL AZUL AL GRIS
UNA calle de barrio.—En la fachada
—una fachada colonial y austera—
el abierto balcón, donde la amada
todas las tardes, a las seis, me espera.
Cielo azul, aire limpio, luz dorada.
Acaba de llover. Sol. Primavera.
Huele a tierra mojada.
En la mansa quietud del vecindario
ladra un can solitario;
dando traspiés, un ebrio soliloquia;
gime Chopin en piano centenario,
y el humilde esquilón de la parroquia
llama a los feligreses al rosario.
Los hilos del telégrafo, con finas
rayas de pentagrama, ornan los bordes
del pretil de las casas en ruinas;
y allí las bulliciosas golondrinas
están haciendo y deshaciendo acordes.{62}
Sonar se oye a distancia un organillo.
Del cercano jardín viene un aroma
de musgo. Dan las seis. Yo paso. Un brillo
me alumbra el corazón. ¡Ella se asoma!
Me paro en el portal, junto a la tienda,
y así espero feliz, frente a la amada,
a que la noche obscura nos sorprenda
prendidos de una límpida mirada.
¡Estamos, en la sombra sosegada,
oyendo al ruiseñor de la leyenda!
¿Dónde estoy? En Madrid. Vivo entre extraños,
entre ansias nuevas y papeles viejos.
¿Cómo vine? No sé. Ya estoy muy lejos
de mi país y de mis veinte años.
Salió anoche del fondo de la nada
este cuadro de amor. Miré la cosa
más fútil y, no obstante, más soñada.
¡Leve impresión, efímera y alada,
como una mariposa!
Borróse la visión del paraíso.
La realidad me vuelve a las sencillas
vulgaridades de mi cuarto piso.
Para ganarme el pan, se hace preciso
emborronar, a diario, unas cuartillas.
¡Me siento tan distante, tan distante
de aquel nocturno y repetido instante
—de él me alejan la vida y el Atlántico—
que sobre una mesa de estudiante
versifiqué mi amor ultra-romántico!
¡Basta, memoria! El hambre me vigila;
terco es el mal, y la existencia, dura.{63}
¡Ya está, cuerpo rebelde, alma intranquila;
es necesario hacer literatura!
La ventana clarea en gris borroso.
El día está lluvioso.
Mi alcoba está en penumbras, y me invita
a quedarme en el lecho.
¡Qué triste soledad, y qué infinita!
¡Qué suspiro tan hondo el de mi pecho!
¡Rigideces de muerte hay en mi cuita!
¡Son del sepulcro, el frío y mi reposo!
Y mi vasta patrona entra y me grita:
«¡Don Luis, las diez! ¡Jesús, qué perezoso!»
Madrid, Calle del Pez, 1916.

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A UN RINCÓN MADRILEÑO
PLAZA de Santa Ana, vieja plaza mía,
de árboles añosos y ágil alegría,
donde, tarde a tarde de verano, el sol,
frente a mis curiosas miradas ponía
los brillos fugaces de su pedrería
sobre la fachada del Teatro Español.
¡Plaza de Santa Ana que me diste abrigo,
que me recibiste como a buen amigo,
y, paciente abuela, con sabia bondad
me contaste cuentos de Lope y Cervantes,
de Felipe Cuarto, de los comediantes,
de amor y de ingenio, de gloria y piedad!
Bien supiste cómo no era yo un extraño,
y entonces sacaste tus galas de antaño:
un tapiz pendiendo de cada balcón;
y en un esplendente desfile de trajes{68}
espadas, brocados, joyeles, encajes,
las calzas de seda y el negro jubón.
Cruza el mercedario Téllez. ¡Qué galana
llega la figura de Villamediana!
Por aquí una dueña, por allí un truhán.
Viene, en alboroto, la mosquetería…
¡Plaza de Santa Ana, vieja plaza mía,
por tu claro ambiente cuántas sombras van!
Poetas famélicos, mujeres gentiles,
enhiestas las varas de los alguaciles;
lámparas que humean del retablo al pie.
Lances picarescos de amor y fortuna,
la mitad en sombra, la mitad en luna,
y un heroico anhelo de codicia y fe.
Junto al terciopelo, la estameña parda;
junto al ciego músico, los ojos de Anarda;
la bella Amarilis con Ruiz de Alarcón.
Del corral se escapan ritmos de Chacona,
jácaras risueñas y versos que entona
con énfasis lleno de gracia el histrión.
¡Tiempos de malicia, de plegaria y canto,
de lujo y miseria, de risa y de llanto,
de monjes y cómicos, de bien y de mal!
¡Siglo diez y siete, que yo amo y admiro;{69}
comedias del Príncipe, fiestas del Retiro,
calles solitarias, de muro claustral!
Hoy todo ha cambiado menos tú. Lozana,
tu vieja alegría, plaza de Santa Ana,
tiene, como entonces, luz, vida y color:
galán que provoca, niño que vocea,
dama que se encubre y cura que haldea
detrás de las mozas que venden amor.
Entre dos portales, como en hornacina,
el mendigo ciego toca la ocarina,
la sucia gitana dice el porvenir.
Lleva el viento voces, y la luz, diamantes;
y—orquesta del coro de los estudiantes—en
techos y frondas charlan, como antes,
los gorriones, esos hijos de Madrid.
¡Plaza de Santa Ana, donde yo vivía
dos horas de fuego, de luz y alegría,
las tardes del limpio verano español.
Para que diviertas mi melancolía,
mientras que yo vuelvo, guarda, plaza mía,
tu júbilo arcaico, tu ensueño y tu sol!
Madrid, Diciembre 30 1918.

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{72}

{73}

EL BESO DE LA SOMBRA
A veces, en la noche, mientras leo
—olvidado de todo lo que existe—
y oigo en mi estancia sola el aleteo
de mi espíritu triste,
baja a mi frente, a refrescar mis males,
un soplo, cual un hálito de brisa;
el que abrió en unos labios virginales
la flor de la sonrisa.
Aroma que aspiré cuando compuse
el madrigal más puro y más risueño;
suspiro de una boca en la que puse
por cada ósculo, un sueño.{74}
¡Suave aliento de amor que me circunda
de ultraterrestre luz desconocida,
llévame al seno de la paz profunda,
y, como sobre llama moribunda,
sopla sobre mi vida!
Avita, Febrero 1919.

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{77}

EL DOLOR CANSADO
HOY, como aquel poeta de las Rimas, la viste,
y ni sonrió el cielo, ni brilló más la luz.
Ella posó en tus ojos una mirada triste…
y tú ya no tenías ni fe ni juventud.
Pero bajo la sombra de un doloroso olvido
se estremeció la angustia de tu pasión fatal,
y se avivó el recuerdo, y el corazón herido
sintió que lo punzaban con una espina más…
México, Julio 1918.

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{81}

LA VISITA DEL EXTASIS
TENÍA la tristeza a flor de alma
bajo la noche azul, radiante y bella.
Ví la ciudad dormida, el mar en calma…
Y, de pronto, cayó sobre la palma
de mi mano, una estrella.
Lleno de vida, el sideral diamante,
en brillos expresaba su emoción.
Venía de un misterio muy distante,
y entre mi mano estaba palpitante,
tal como un corazón.
Sentí en el pecho una caricia pura
que con su refulgencia cristalina
fundió mi ser en no sé qué ternura
religiosa y divina.{82}
Fué un instante sublime de consuelo
que lo infinito puso en mi vivir…
Después, la estrella prófuga del cielo,
como ave de luz trémula, alzó el vuelo
y se volvió a clavar en el zafir.
Habana, 1915.

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VESPERTINA
UN largo silencio en mi vida;
en el alma un obscuro pesar.
—¡Y la tarde en zafir encendida!
¡Y la tierra sensual y florida!
¡Y amoroso el arrullo del mar!
Un recuerdo que en mí desfallece.
Un afán que los ojos cerró.
—¡Y la luz de este ocaso que ofrece
un camino al ensueño y parece
ave azul que las alas abrió!{86}
Ansiedad, como en noches de infancia,
de dormir sin dolor ni placer…
—¡Y una dulce canción que, a distancia,
va esparciendo, como una fragancia,
una trémula voz de mujer!…
Fuenterrabía, Septiembre 1918.

{87}

CUADRO DE GÉNERO

INTERIOR
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{89}

Un tiesto de porcelana
de China, blanco y azul,
con su cimera de rosas
desmayadas por la luz.
En el balcón está el tiesto;
y el balcón es como un
cuadrado de nieve y de oro,
(sol, mañana, cielo y tul).
En el interior sonríe
todo: el biombo de bambú
en cuyo zigzag de raso
tiemblan flores al trasluz;
el verde tapiz del muro
donde un reloj de cucú
cuelga su caja de cedro
—en la que suena el run-run
de la fina maquinaria
de los tiempos de Mambrú—;
la mesa Primer Imperio
con la amarillenta cruz{90}
de marfil, bajo el fanal
de vidrio; el negro baúl
con repujados adornos
de hierro; el busto de Glück
en una vieja aguafuerte;
la estampa bíblica (Ruth
y Noemi); el sillón de coro,
la arcaica y noble curul
cuyos brazos platerescos
se abren en forma de U.
¡Antiguallas que sonríen
tocadas de juventud!
Afuera, el día que esplende,
la plaza sola, ningún
ruido, el adormilado
arrabal en plenitud
de sol, el dorado gris
del polvo; el calvo sauz
que en una tapia de adobe
apoya su senectud.
Medio día. Una voz canta
a lo lejos. Aire, luz,
bochorno, apaciguamiento;
todo sonríe en quietud.
¡Y tú, rumiando tristezas,
sientes llegar del azul
del cielo; del aire, de
las cosas, la juventud,
alma mía, y el ensueño,
que fué milagroso augur,{91}
y la ilusión, hada buena,
cuya vara de virtud
dibujó en tus horizontes
una divina Stambul!
¡Antigualla dolorosa,
te invita el ambiente; haz un
esfuerzo; todo sonríe;
sonríe, alma mía, tú!
México, Colonia de la Bolsa, 1914.

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{95}

UN VIAJE AUDAZ
FRENTE al gran Ocaso lento
me hice todo pensamiento
y un capricho extraño tuve:
en el esquife de argento
de una nube,
embarquéme a la conquista
de un ensueño tenue y vago.
—El crepúsculo era un lago
de amatista.—
Y partí nimbo a la flava
isla, donde lisonjera
y amorosa me esperaba
la Quimera.
Ví a lo lejos lirios, rosas,
en florestas de ideal,
y ciudades milagrosas
de cristal.
Ví un alcázar escarlata,
y un jardín de pedrería
y una negra cabalgata
que corría.
Ví plomizas catedrales,
grises torres, áureos domos,{96}
y calados de vitrales
policromos.
Ví en la testa de un endriago
una rútila guirnalda.
—El crepúsculo era un lago
de esmeralda.—
Y bogué, bogué… Mi esquife,
hecho de argentino encaje,
sorteaba el arrecife
del celaje.
Ví una nube con un mago
de fantástica silueta.
—El crepúsculo era un lago
de violeta.—
¡Qué horizonte tan profundo,
tan joyante, tan sedeño!
¡Qué ansiedad la de ir al mundo
del ensueño!…
Yo iba en éxtasis, absorto
de seguir la blanca huella
que en la nube dejó el orto
de una estrella.
Pero la isla nacarada
de repente se hizo obscura
y fué niebla salpicada
de blancura.
Y mi esquife era disforme
barca negra en la extensión
alargándose en enorme
nubarrón.{97}
¿Cuánto tiempo mi esperanza
bogó en esa triste nave?
No lo sé… La lontananza
no lo sabe.
Volví solo y sin amparo;
no halló nada mi delirio.
Al regreso, como un faro,
me guió Sirio.
¡Mentiroso firmamento!
La Quimera, ¿dónde está?
—Más allá—me dijo el viento—;
¡más allá!
Y grité desesperado:
—¿Dónde te alzas, Eldorado
en que el alma busca asilo?
¡Y la noche era un callado
mar tranquilo!
Buenos Aires, junio 1918.

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EN CASTILLA
TARDE nublada y húmeda. El callejón se empina
y se tuerce. Los viejos muros hacen zig-zag.
Nadie asoma…
Y de pronto, de la plaza vecina
llega una dama: el manto cubre, a medias, su faz.
En pos viene la dueña, corva y magra… ¡Qué fina
la altivez en la joven! ¡Qué donaire al andar!
En la vieja, ¡qué gesto de lechuza mohina!
Y en las cosas, ¡qué hermética y vetusta hosquedad!{102}
Robusto y lento, un fraile, que aparece en la esquina,
frente a moza y a vieja reverente se inclina:
sus ojos son burlones y luenga su nariz…
Hiere un cuadro del siglo catorce mi retina:
(La audaz Trotaconventos, la hermosa doña Endrina
y el risueño poeta y arcipreste Juan Ruiz.)
Segovia, septiembre 1916.

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{105}

LOS TRES RUEGOS
YO sufrí. Mas siento que la vida es buena
porque poco a poco mi dolor serena
y apacigua el ímpetu de mis alas rotas.
¡Corazón que fuiste como ánfora llena
de tenues perfumes de pena,
déjame que aspire las últimas gotas!
Yo soñé. Soñé mucho, y aun creo
que el soñar eleva, y es virtud divina
porque puso en mi sombra un gorjeo
y encendió en mi noche la luz matutina.
¡Pasión insaciable, loco devaneo,
deja que en el mustio jardín del deseo
corte yo la rosa sin sentir la espina!
Yo esperé. Yo tuve profunda confianza
en que, tras el negro viaje de la suerte,
mi espíritu, libre de toda asechanza,
saldría más puro, más alto, más fuerte.{106}
¡Ciérrame los ojos, piadosa esperanza,
si en la hora de la secreta mudanza
abiertos de espanto los deja la muerte!
Hay luz tramontana; pero ya se llena
de brumas la tarde.
El cielo es como una vaguedad serena…
¡Vida que se acaba, vida noble y buena,
déjame que sufra, déjame que sueñe, déjame
que aguarde!
San Sebastián, septiembre 1918.

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{108}

{109}

NOCHE VAGABUNDA
VIEJA ciudad que vive y se recata
en un ambiente arcaico: las callejas
obscuras, las dormidas candilejas,
el silencio, claustral; la quietud, grata.
Ciudad de desafío y serenata,
de amor oculto y de tupidas rejas;
ciudad que tiene, entre sus cosas viejas,
el hosco templo y el jardín de plata.{110}
Con española austeridad vigila
—del grave siglo diez y siete, espejo—
bajo la noche fúlgida y tranquila.
Y yo, pensando voy mientras me alejo
con rumbo al mar distante que cintila:
Para vieja ciudad, corazón viejo.
Matanzas, 1915.

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{112}

{113}

EL CEMENTERIO
PERO yo soy el mismo, soy el mismo
de ayer.
González Martínez.
No, poeta, te engañas, no eres el mismo. ¡Tienes
tantos muertos sepultos dentro del corazón!
Aquel que amaba, libre de males y de bienes,
sonámbulo de un mundo de luz y de ilusión.
Aquel que ansiaba un fresco laurel sobre las sienes
como un premio al glorioso ritmo de una canción;
aquel que, malherido de engaños y desdenes,
pedía la limosna de una consolación.
Y aquel… Y aquel…
¡Han muerto tantos en ti, poeta!{114}
Los recuerdos se agolpan en la cripta secreta
donde yacen tu anhelo, tu fe, tu juventud.
Tu yo actual sufre porque a sus muertos no olvida,
y con recelo espera que lo acueste la vida,
blandamente, en el fondo del último ataúd.
Madrid, Noviembre 1917.

{115}

{116}

{117}

ALBORADA
ES hora ya de levantarse, hermana.
Por la rendija del balcón ha entrado
sutil velo de luz. En el granado
hay trinos. Hay en la penumbra, grana.
Ya despertó en la torre la campana…
¡Qué gran fatiga! ¡Cómo hemos velado!
Abre la puerta; el cielo nos ha dado
un día más.—La sombra está lejana.—
El insomnio sacude; no me dejes
buscar el pan sin ti; nunca te alejes{118}
del corazón.—Despunta la mañana.—
¡Tristeza, humilde y tímida tristeza,
abandona el delirio y la pereza;
es hora ya de levantarse, hermana!
Habana, Agosto 1915.

{119}

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{121}

EL SIMIL
LA casa solariega que esfuma en el borroso
ambiente su fachada de sucias piedras rojas,
sirve de fondo al viejo jardín abandonado,
todo él ramas desnudas en las que tiemblan hojas
de un ocre acarminado.
Aquí y allá verdean las cabelleras flojas
de los pinos… ¡Qué fría la mañana de enero!
Llueve. Caen las hojas con un vuelo cansado,
navegan en las charcas plomizas del sendero;
y un árbol que se apoya sobre la tapia mustia
el rudo tronco inclina con tan doliente angustia
que es como un hombre herido que dijese: ¡me muero!
De pronto de las ásperas y obscuras ramazones,
como un collar de alas desgranado en las brumas,{122}
salen, alegremente jugando, unos gorriones
sin miedo a la llovizna que les mojó las plumas.
Yo sonrío y evoco.—¡Oh, mi símil eterno;
ágiles pajarillos, últimas ilusiones
que alegráis la tristeza de mi vida en invierno!…
Madrid, 1919.

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{124}

{125}

LA OFRENDA
PENA, la más grande de mi vida, pena
que en lo más oculto de mi ser te hallas,
pena que yo arrastro como una cadena,
pena que te envuelves en obscuras mallas!
En el pecho, a todos mis males ajena,
como en una triste cárcel te amurallas.
Yo sufro inquietudes y tú estás serena;
yo olvido y tú añoras; yo canto y tú callas.{126}
Tú siempre callaste, por miedo a la mofa;
nunca tu secreto reveló la estrofa;
vives en un largo silencio profundo.
Mas sé que mi espíritu dirá a Dios un día:
—¡Señor: aquí tienes esta pena mía;
es todo lo bueno que traigo del mundo!
En el Atlántico, Agosto 9, 1918.

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{129}

DEL COMBATE INTERIOR
A Carlos Gutiérrez Palacios.
YO sé que está muy cerca la muerte… Mas no importa.
Viví una vida cálida de bien y de pasión.
Si para mis delirios fué la existencia corta,
¡qué larga ha sido, en cambio, para mi corazón!
La fantasía anduvo, sonámbula y absorta,
por tierras de milagro, de sueño y de ilusión.
El sentimiento, a rastras y herido, no soporta
ya la fatiga, y pide paz, descanso y perdón.{130}
Yo sé que está muy cerca la muerte… ¡Desventura!
¡No ver la flor que se abre ni el astro que fulgura!—;
dice, con insaciada sed, la imaginación.
Y el sentimiento, humilde: ¡Qué bien está!—murmura—;
¡aun puedo con las pálidas heces de la ternura
manchar el cristalino vaso del corazón!
Madrid, Diciembre 1918.

{131}

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{133}

SEMBLANZA
UN platónico. Un cazador de estrellas
con un temperamento ultrasensual.
Mi alma es como un camino, todo huellas
del paso, así del Bien como del Mal.
Salió a veces mi aliento en un suspiro
que quería ser ósculo. Yo estuve
clavado a un seno en flor, como un vampiro,
o como un ave, envuelto en nube.
Abrí celajes y crucé pantanos;
y hoy, con tristeza resignada, veo
flamear, moribunda entre mis manos,
la lámpara de arcilla del deseo.
No hay aceite en mi lámpara de arcilla;
pero ya no es preciso que me alumbre:{134}
puedo llegar con luz a la otra orilla:
sobre mi corazón el sueño brilla
como puesta de sol sobre una cumbre.
Me salvan de la sombra del abismo
alas de fe, que respetó la edad.
La carne se cansó; pero es el mismo
mi terco y juvenil romanticismo
bajo mi débil voluptuosidad.
Madrid, Febrero 1919.

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{137}

LA CITA
ESTAS voces de otoño, que va hilando la rueca
de la imaginación,
están descoloridas y suenan a hoja seca
y a vetusto esquilón.
Es que mi fantasía pagó al tiempo el tributo;
mas rememoro, a veces, con goce juvenil,
que el árbol de mi lírica dió sazonado fruto
y floreció en abril.
Hoy mi vida está opaca de bruma cenicienta,
pero en mi corazón
un apacible fuego primaveral calienta
a una anciana ilusión.
Puedes venir. Acaso mi soledad se alumbre
con tu presencia—¡oh tímida virgen!—. Puedes entrar.
¡Tal vez cuando te acerques avivarán su lumbre
los leños del hogar!
Buenos Aires, Julio 1919.

{139}

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{141}

PIGRICIA
NO es dolor, es un dulce cansancio. Yo he vivido
camina que camina por la llanura inmensa,
y tengo la fatiga que pide, en recompensa,
echarse sobre el polvo como un perro aterido.
Lo que de andar me falta con desencanto mido,
y el árido horizonte, que sabiamente piensa,
me dice:—Tú no eres para la vida intensa;
tiéndete bajo un árbol y quédate dormido.{142}
No es dolor, no es hastío; es descoyuntamiento
que tenue y suavemente debilita mi aliento
y que a llorar me obliga sin saber yo por qué.
El cansancio del río que a la mar se avecina,
la pereza apacible de la luz vespertina,
la tristeza del nido que sin alas se ve.
Madrid, Octubre 1916.

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{144}

{145}

LA CASTAÑERA
HACE un frío que hiela el aliento. El ocaso
envuelve en púrpura a Madrid.
Todos los transeuntes van con ligero paso.
Y son, cristal la calle; la lejanía, raso,
y cúpulas y torres y remates, rubí.
Al pie del muro—códice de históricas hazañas—,
frente al brasero mustio que apenas da calor,
está una viejecita, que, asando sus castañas,
murmura sotto voce quién sabe qué canción.
La viejecita canta con voz alegre y suave;
la viejecita canta cuando el atardecer
es limpio… Canta a solas, con júbilo, quién sabe
qué canción de placer.{146}
Yo me detengo y digo:—Viejecita, ¿qué cantas?
Ella me ve y responde:—Señor, lo que sentí.
¡Y estoy emocionado, porque recuerdo a tantas
gentes que son así!…
Madrid, 25 Enero 1919.

{147}

{148}

{149}

MAÑANA DE ENERO
En el Paseo del Prado.

LARGAS filas de troncos negros que, en lo alto, engreñan
su varillaje y fingen un dibujo nipón
hecho, a líneas obscuras, en seda blanca.
Sueñan,
a lo lejos, dos fuentes de colmado tazón.
Los árboles son gruesas barras de tinta china;
el agua de la fuente de vidrio ahumado es;
es un manchón de niebla la gente que camina,
y el fango del suelo hunden las huellas de los pies.
Al fondo, el horizonte su espesa bruma prende
con un clavo de plata, lívido y diagonal,
y en planos nebulosos, el caserío extiende
sobre el espacio una silueta fantasmal.{150}
En la banca de piedra, cautivo del ambiente
húmedo y penumbroso del invierno español,
¡qué solo y qué nostálgico mi espíritu se siente!…
Me acuerdo de mis lares y digo de repente,
como el Osvaldo de Ibsen:
—¡Madre, yo quiero el sol!
Madrid, Enero 1919.

{151}

{152}

{153}

ALMA CIEGA
YO nada supe de Filosofía…
Anduve el mundo con el alma ciega.
Imaginóse el alma que veía,
y fué una mariposa en la bujía,
y fué una flor que al huracán se entrega.
Frente a toda ilusión abrió los brazos.
Junto a toda promesa de cariño,
de la veste carnal rompió los lazos
y se mostró desnuda como un niño.
Pasó cándida y triste por la vida;
en las rutas del mal, dejó sus huellas;
y algunas veces se quedó dormida
a la piadosa luz de las estrellas.
A tientas fué con ansia voluptuosa
de aspirar el perfume de la rosa,{154}
y oir del ave el canto,
de la hoja el vuelo y de la fuente el llanto.
Siguió siempre las voces del destino;
y a cada instante, hambrienta de ilusiones,
detúvose en la orilla del camino
a oler el campo y a cantar canciones.
Vivió en su sombra azul, tranquila y buena;
mas presintió la claridad del día,
y recibió con voluntad serena
el placer fácil y la dócil pena…
Yo nada supe de filosofía.
Madrid, Diciembre 1918.

{155}

{156}

{157}

MI AMIGO EL POETA
YO tengo un amigo—¡parece mentira!—
que no me traiciona ni habla mal de mí.
Es también poeta; tiene voz y lira.
Hace ya tres años que lo conocí.
Fué en la primavera de mil novecientos
diez y seis. Yo andaba por un sitio agreste;
la tarde encendía magias y portentos
en el solitario Parque del Oeste.
Una banca humilde me invitó al descanso;
un fresco ramaje me dió sombra buena;
y oí, como en sueños, el ruido manso
que pone en olvido gloria, ambición, pena.
Me ví bajo un pino de tronco robusto,
que, entre la arboleda, noblemente erguido,{158}
tendía sus ramas, sereno y augusto,
como un candelabro de jade bruñido.
Caía en las lomas verdicenicientas
la noche: un lucero brillaba en la cumbre;
y las guiñadoras luces de las ventas
brincaban como unos insectos de lumbre.
Perdido en la sombra quedaba algún rayo
de sol. Todo era misterio divino.
Y el pino cantaba, y el viento de Mayo
cantaba… Cantaban el viento y el pino.
Yo, rememorando mis viejas historias,
olvidé pesares que al pecho se clavan,
y las juveniles y dulces memorias,
como árbol y viento, cantaban, cantaban.
Desde entonces toda mi amistad consagro
en el bondadoso parque madrileño
al noble poeta que me hizo el milagro
de arrullar mi angustia y evocar mi ensueño.
¡Pino de olorosa y eterna frescura,
gracias por tus leves canciones suaves,{159}
y por la caricia de tu fronda obscura
y por el angélico trinar de tus aves!
Tú, que mi punzante nostalgia mitigas;
tú, que me recuerdas las frondas amigas
del jardín remoto de mi amor primero;
tú, que mi cansada soledad abrigas:
cuando ya no queden ni huellas de enero
y el campo se cubra de flores y espigas,
¡tiéndeme tus ramas, árbol extranjero,
para que a tu sombra duerman mis fatigas!
Madrid, Febrero 1919.

{160}

{161}

{162}

{163}

DONES
MI padre fué muy bueno: me donó su alegría
ingenua; su ironía
amable: su risueño y apacible candor.
¡Gran ofrenda la suya! Pero tú, madre mía,
tú me hiciste el regalo de tu suave dolor.
Tú pusiste en mi alma la enfermiza ternura,
el anhelo nervioso e incansable de amar;
las recónditas ansias de creer; la dulzura
de sentir la belleza de la vida, y soñar.
Del ósculo fecundo que se dieron dos seres
—el gozoso y el triste—en una hora de amor,
nació mi alma inarmónica: pero tú, madre, eres
quien me ha dado el secreto de la paz interior.{164}
A merced de los vientos, como una barca rota
va, doliente, el espíritu, desesperado, no.
La placidez alegre poco a poco se agota;
mas sobre la sonrisa que me dió el padre, brota
de mis ojos la lágrima que la madre me dió.
Madrid, Febrero 8-1919.

{165}

{166}

{167}

IGNORANCIA
POR entre los días ásperos y graves
que del misterioso destino recibes,
se deslizan horas alegres y suaves:
tú, como un sonámbulo, las gozas, las vives,
pero no lo sabes.
Una canción leve suena en tu camino;
la sombra de un ángel visita tu casa;
tu vaso se colma de lúcido vino…
Oyes, sueñas, bebes… Y todo no es sino
la dicha que pasa.
Tú ignoras y olvidas… Mas con oportuna
sorpresa, en tu alma brilla de repente,
como en negra cárcel un rayo de luna,
el dulce recuerdo que orea, como una
caricia, tu frente.{168}
Entonces comprendes: te engañó la vida;
en lugar del triunfo te dió la derrota.
Mas como las cumbres, la ventura ida
parece más bella, más azul y erguida
cuanto más remota.
—¡Fuí feliz!—exclamas—y no me detuve
a escuchar el canto de la primavera.
El vino de ensueño que en el vaso tuve,
apuré de un sorbo. Dejé ir al querube
sin decirle: ¡espera!
En el gris camino no quedó ni un eco.
Sin vino y sin ángel, prosigues el drama.
Tu casa está sola; tu vaso está seco.
¡Sufre en paz; que, a veces, sobre el árbol hueco
da flor una rama!
Madrid, Mayo 1919.

{169}

{170}

{171}

CREPUSCULO DE MAYO
ANTES, por este tiempo, sentía yo una extraña
inquietud, un impulso de volar al placer.
Hoy, con la vida estéril y la conciencia huraña,
hoy, que nadie me espera, que nadie me acompaña,
sólo siento el cansancio que hay en todo mi ser.
(¡Qué azul es este cielo primaveral de España!
Los árboles empiezan a reverdecer…)
Y estoy sereno. Un tibio rayo de sol me baña.
—Mi balcón está abierto frente al atardecer.—
La senil amargura que humedece mi entraña
sube en onda de llanto y mis ojos empaña.
—Las memorias invaden el rincón del ayer,
y, arácnidos obscuros, tejen su telaraña.{172}
Ya, con los años, supe lo que debo saber:
que el pensamiento yerra y el corazón engaña.
De angustia y de cansancio me duele todo el ser.
(¡Qué hermoso es este cielo primaveral de España!
Los árboles empiezan a reverdecer…)
Madrid, Mayo de 1919.

{173}

{174}

{175}

EL COFRE VACIO
RITMO, cierra tu cofre. No tengo, como antes,
flores ni joyas… Vivo sin ansia y sin pasión.
Gasté el zafir del sueño, la sarta de diamantes
del llanto, y el ardiente rubí del corazón.
En la truhanesca vida fuí de esos caminantes
que su escarcela exprimen de mesón en mesón,
besando maritornes, charlando con tunantes,
bebiendo ásperos vinos y oyendo una canción.
Gota a gota la clépsidra me cuenta los instantes
monótonos y grises, sin pena ni ilusión.
Cierra tu cofre, Ritmo; no hay rosas ni brillantes;
ya sólo en la memoria, como fascinación,
a veces, unas manos crispadas y anhelantes
tremolan y sacuden andrajos de crespón.
{177}

{176}

{178}

{179}

INDICE
Páginas.
Lámina antigua 7
Sor Melancolía 11
I. — Frente a Cádiz 15
II. — Entretenimiento romántico 17
III. — Casto ruego 19
IV. — Insinuación 21
V. — Primera divagación 23
VI. — Madrigal religioso 25
VII. — Luna nueva 27
VIII. — Autobiografía lírica 29
IX. — Saludo matinal 33
X. — Segunda divagación 35
XI. — Adivinaciones 39
XII. — Tercera divagación 45
XIII. — Galantería 47
XIV. — La última mañana 49
A una criolla 51
Al pasar 55
{180}Del azul al gris 59
A un rincón madrileño 65
El beso de la sombra 71
La visita del éxtasis 75
El dolor cansado 79
Vespertina 83
Cuadro de género 87
Un viaje audaz 93
En Castilla 99
Los tres ruegos 103
Noche vagabunda 107
El cementerio 111
Alborada 115
El símil 119
La ofrenda 123
Del combate interior 127
Semblanza 131
La cita 135
Pigricia 139
La castañera 143
Mañana de Enero 147
Alma ciega 151
Mi amigo el poeta 155
Dones 161
Ignorancia 165
Crepúsculo de Mayo 169
El cofre vacío 173