San Ignacio de Loyola by Benjamín Marcos

AL ÍNDICE
LISTA DE LOS GRABADOS

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SAN IGNACIO DE LOYOLA

BIBLIOTECA FILOSÓFICA


LOS GRANDES FILÓSOFOS ESPAÑOLES

SAN IGNACIO DE LOYOLA

Biografía.—Bibliografía.—Su doctrina filosófica
expuesta en los «Ejercicios espirituales».—Influencia
de ésta en el mundo.

POR

B E N J A M Í N   M A R C O S

(CABALLERO DEL PILAR)

CON UN PRÓLOGO DEL
ILLMO. SR. D. ENRIQUE VÁZQUEZ CAMARASA
Canónigo Magistral de la S. I. C. de Madrid
y Caballero del Pilar

MADRID
1923

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IMPRENTA DE CARO RAGGIO: MENDIZÁBAL, 34, MADRID.

ALOCUCIÓN
Si el estado de descomposición que presenta nuestra querida España es grande, por lo que se refiere a los importantes problemas de instrucción, moral e ideas, no lo es menos el que atañe al estado actual de la Filosofía, puesto que parecen aumentarse de día en día los vestigios del materialismo y escepticismo y se arraigan hondamente los sistemas socialista, comunista y sindicalista.

Por eso entendemos que este momento es el más oportuno para dar una sabia y verdadera dirección a nuestra vida social, a nuestra Patria, porque se hace preciso acabar con este período tormentoso en que nos agitamos y nos ahogamos. Urge poblar las inteligencias, fortalecer los {x}corazones y entrar, con paso seguro, en una vida en la que predomine la conciencia y la paz de espíritu[1].

Este es el momento en que podemos conocer la causa de tanta inquietud, de tanto sobresalto; este es el instante en que podemos llegar a descubrir si el amor desordenado a las concepciones sintéticas que, como fuegos fatuos, distraen la atención de los pueblos, son férreos lazos que encadenan el espíritu filosófico de nuestra Patria.

La hora presente es la de saber si la conciencia puede revelarnos su naturaleza racional y eterna, mandándonos, con la imperiosa y santa voz de la verdad, que a la luz de la Ciencia miremos la vida entera, para que cese la anarquía intelectual que hoy nos gangrena y podamos encontrar todo lo que hay de racional en este ser, creado a imagen y semejanza de Dios, principio absoluto de toda verdad y de toda ciencia.

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Nosotros, en nuestra pequeñez, deseamos, queremos, anhelamos colaborar eficazmente a esta gran labor, a la que esperamos nos ayudéis con vuestra cooperación moral y material; y de ahí que nos hayamos atrevido a ofreceros esta obra, que, por ser nuestra, quizá no pueda llenar las aspiraciones de los más exigentes, pero que, bien mirada, puede ser algo así como un aliciente y una ayuda eficaz para completar aquélla.

Porque, si uno de los medios más eficaces que han contribuído a la transformación y regeneración de las costumbres, ha sido ese libro de oro titulado EJERCICIOS ESPIRITUALES, de San Ignacio de Loyola, bien puede considerarse también como un gran paso para esta obra social la publicación de nuestro libro, en el que estudiamos esa Obra admirable desde el punto de vista filosófico, y, por ende, venimos en incluír al Santo Fundador de la Compañía de Jesús entre los GRANDES FILÓSOFOS ESPAÑOLES, pues en aquel libro encontramos teorías filosóficas admirables y doctrinas divinizadas.

Por otra parte, San Ignacio quiso cumplir, al pie de la letra, aquello del Redentor: “Salvar todo lo que se ha perdido, resca{xii}tar a las ovejas descarriadas, encender al mundo en el fuego del amor de Dios y declarar guerra abierta a Luzbel, que es el error”.

Siendo esto así, bien se advierte cómo nuestra obra responde a un mismo fin, y, por tanto, bajo su égida y la protección vuestra queremos poner nuestro trabajo.

Esto de un lado; de otro, que acaba de celebrarse bien solemnemente el III centenario de la canonización del Santo Fundador; y ya que nuestro deseo fué contribuír, en la medida de nuestras fuerzas, a la mayor esplendidez de esta solemnidad y ensalzar aún más, si es posible, ese nombre bendito, esa figura excelsa de nuestra Sacrosanta Religión y gloria de nuestra Patria, faltándonos los medios materiales para dar a la estampa en tan oportuna época este nuestro estudio, sirva como broche de oro para cerrar con él estas fiestas, de las que tan gratos recuerdos guardan sus devotos y la Nación entera, pues no habrá restado ello interés, ya que la buena doctrina esparcida es siempre buena semilla, para fructificar.

Si, por tanto, aceptáis esta nuestra ofren{xiii}da humilde, nuestro único galardón queremos que sea tan sólo la satisfacción de haber sido útiles en algo y la de haber cumplido con un deber de ciudadanos, de católicos y de hombres de conciencia, cooperando, con nuestros esfuerzos, al engrandecimiento de nuestra Patria, al bien de nuestro prójimo, a la mayor gloria de Dios y la de su Santa Iglesia, nuestra Madre amantísima.

Recibid, pues, esta ofrenda del último y más indigno de vuestro hermano en Congregación.

BENJAMIN MARCOS.

(Caballero del Pilar.)
Madrid, 12 de octubre de 1922, día de Nuestra Patrona, la Virgen del Pilar.

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P R Ó L O G O
Si yo estuviera hecho a las lides periodísticas o supiese luchar con la pluma tajante y con la tizona punzante, a buen seguro que podría salir airoso de esta empresa o aventura, en la que me ha querido meter el erudito autor de este libro, mi amigo el señor Marcos, figura prestigiosa del periodismo español, luchador infatigable y avezado a los estudios filosóficos, según lo viene demostrando en los dos primeros volúmenes publicados en esta Biblioteca, obra que merece los aplausos de los estudiosos y la gratitud de los buenos españoles.

Pero no me ha sido dado este privilegio de escribir, y tan sólo la oratoria sagrada ha invadido mi ser y mi alma toda, dedicándome por entero a ella y deseando plegue a Dios que, con mi modesta, pero incesante labor evangélica, consiga conquistar muchas almas para la eterna bienaventuranza.

Por eso temo que estas breves líneas con que el señor Marcos, congregante fervoroso del Pilar, quiere que encabece su meritísimo{xviii} trabajo, no responda a lo que de mí espera, puesto que nemo dat quod non habet, y yo no tengo lo que de mí quiere y desea.

Autor y lector me habrán de perdonar estas consideraciones que voy a hacer respecto a la obra de mi ilustre hermano en Congregación.

* * *

Siéntese desde que se empieza a leer este libro algo así como una efusión espiritual, como una fruición interna, pues comienza presentándonos un cuadro real y exacto del estado social moderno, bien que basado en palabras de la más alta autoridad de la Iglesia, de nuestro Santísimo Padre el actual Pontífice, cuya primera carta encíclica, Arcano Dei, con la que ha inaugurado su pontificado, es como una intensa luz que derrama raudales de irisaciones sobre toda la faz de la tierra con su sabia y santísima palabra, reverbero de la luz increada, destello del Perínclito Espíritu, eco de la voz del Eterno.

Pero, no contento con esto, el señor Marcos va caminando poco a poco por la senda de los razonamientos y nos jumenta las fa{xix}cetas distintas o estados diversos del hombre espiritual, y aun material, ya sea su anhelo compenetrarse con la soberana Belleza y la infinita Santidad, ya sea su deseo tan sólo mirar a las cosas de la tierra entendiendo que ex nihilo nihil fit, y, por tanto, el hombre, que es sólo polvo, ceniza—memento homo quia pulvis est et in pulverem reverteris—, en eso quedará convertido in aeternum, puesto que, según los materialistas, el cuerpo humano en ninguna de sus partes tiene señales del posarse del alma, espiritual, inmaterial, incorpórea.

* * *

Esto en cuanto a la introducción que el autor hace de su obra.

Pasando a la primera y segunda parte, o sea a la biografía y a la bibliografía, sólo habremos de decir cuan bien se advierte la erudición que atesora el señor Marcos, pues los libros que cita, los testimonios que aduce, las opiniones que aporta al tratar de la inspiración de los Ejercicios Espirituales, de San Ignacio, obra es de un concienzudo y meditado estudio y de un tenaz rebusca{xx}miento, buceamiento de datos, textos y autores, que acusan un amor vehemente al estudio y estar acostumbrado ya a esta busqueda.

El libro de San Ignacio, el que inmortalizó su nombre y fué como la piedra angular de esa Ínclita Orden que se llama Compañía de Jesús, no cabe duda—como prueba el autor—que es verdaderamente universal, semilla que, diseminada por todo el orbe católico, y aun infiel, ha dado tan ópimos frutos, que ha estrellado de santos el cielo y ha llenado de sabios el mundo, pudiéndose aplicar a esta Compañía y al libro inmortal lo que decía el gran Tertuliano de los cristianos: Somos de ayer y ya lo llenamos todo: templos, calles, plazas, etc.

De ahí que hayan tenido para el fundador y para su gran obra (la Compañía y los Ejercicios) frases inspiradísimas y encomiásticas los papas, los sabios, los hombres de ciencia, aun heterodoxos, y no hay que decir los católicos.

Y, como libro inspirado por Dios, ha logrado el máximo de perfección, ya en su letra, ya en su espíritu, pues de tal manera, leyéndolo, se va infiltrando en el alma el sen{xxi}timiento del amor a Dios, la virtud santa, el deseo de bien obrar, el temor de perder al Bien Sumo, el ardimiento por adorar a Jesús en el augusto Sacramento, la devoción bella y tierna de Nuestra Madre la Virgen María, que, como escalones, van formándose en el espíritu por los que el alma cristiana va acercándose cada vez más a la Única y Suma Verdad y a la Incomparable Belleza.

Libro mágico, a cuyo conjuro, los más empedernidos pecadores, los más enfangados en el vicio, los más descreídos, han caído de rodillas, llorando sus culpas, detestando sus extravíos, confesando su error; y así comenzando y después siguiendo por el verdadero arrepentimiento, por la penitencia austera, por el firme propósito, han llegado al amor, a la virtud, al deseo del sacrificio y hasta a la íntima unión con el Sumo Bien, con la Divinidad increada y de todo creadora.

* * *

Ahora bien; el señor Marcos ha hecho un verdadero alarde de erudición en su parte{xxii} tercera, en la que estudia, desde el punto de vista filosófico, el libro inmortal del Ermitaño de Manresa—como llama a San Ignacio—, pues, basándose en sanas teorías de autores cristianos, y aun profanos, deduce conclusiones verdaderamente sorprendentes, admirables y lógicas.

Claro es que por ellas él afirma que puede catalogarse desde hoy a San Ignacio entre los GRANDES FILÓSOFOS ESPAÑOLES, teoría que no nos atrevemos a compartir en absoluto.

San Ignacio fué un inspirado, un iluminado, como Teresa, como Francisco de Asis, etc., etc.; pero no sabemos si, fuera de esa inspiración, hubiera podido escribir, como lo hizo en aquel entonces, carente de cultura básica y fundamental, pues posible fuera que ni siquiera hubiera sabido razonar filosóficamente las verdades eternas, y menos las metafísicas. Esto, claro es, en el terreno especulativo.

Ahora bien; existe un hecho, y es que el libro está ahí henchido de doctrina filosófica, en sus razonamientos, en la forma de sentar las premisas y sacar las conclusiones verdaderas, en el estudio psicológico del{xxiii} humano corazón, en la metafísica de su doctrina y hasta en la Teodicea de sus inspiradas meditaciones.

Y, siendo esto así, en el terreno práctico, no se le puede negar al señor Marcos el derecho a formular esta aseveración, que prueba suficientemente, y hasta consideramos de justicia, el que se le dé al Santo Fundador el calificativo de gran filósofo por este su libro, que es como el río de oro que va surcando las conciencias todas y todos los corazones, en los que florecen al contacto de la frescura de esas aguas, purísimas y virginales, las virtudes más hermosas de obediencia, castidad y pobreza, trinidad augusta que forman el triángulo del alma santificada y aureolada por ellas; espejo donde puede verse a Dios tal cual es, para temerle, para amarle y hasta para enamorarle y con Él compenetrarse íntima y eternamente.

No hemos, pues, de discutir al autor de este libro el mérito de su trabajo ni de su ingenioso descubrimiento, y más de admirar es el que un seglar haya parado mientes en esta faceta, en este aspecto, nuevos por completo, y haya salido tan airoso de su empresa.{xxiv}

Claro es que el señor Marcos tiene otros hábitos y otras virtudes que le permiten hacer este alarde.

Por último; si miramos, no ya a la parte técnica del libro, llamémosla así, a la que se refiere a la Filosofía, sino al estilo literario, quedaremos perplejos, sin saber cuál de las dos cosas habremos de admirar más en este trabajo, si el fondo o la forma. Yo no sé decirlo, como no sé aquilatar lo bastante el mérito de este trabajo, pues que los encuentro iguales en belleza, en intensidad, en emotividad, en galanura.

Quede esto para los eruditos, para los hombres de ciencia, pues yo no he podido hacer otra cosa que poner mi granito de arena en este colosal edificio que se intenta construír, y quiera Dios que le veamos terminado, pues esta Biblioteca sería una perla más, colocada en la corona inmarcesible de la ciencia filosófica española.

Madrid, 10-3-23.

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INTRODUCCIÓN
Promesa cumplida.—Nuestros propósitos. La gran campaña social.—Estado social y filosófico de nuestro siglo.—Influencia benéfica de la Filosofía.—Los «Ejercicios», de San Ignacio, encierran la verdadera filosofía.

Sin duda habrás pensado, lector amigo, que la Biblioteca Filosófica de los Grandes Filósofos Españoles, iniciada en 1914 con el primer tomo dedicado a Francisco de Valles (el Divino), había quedado en promesa, quizá por falta de energías o por falta de decisión en los autores.

No ha sido así, y porque te debo una explicación de esta tardanza de nueve años en reanudar la publicación de los tomos sucesivos al primero, de esta Biblioteca, he de dártela cumplida.

Aparte de las dificultades económicas que se han presentado a mi paso en estos años,{4} impidiéndome dar a la estampa y a la publicidad éste y los sucesivos volúmenes, la guerra europea vino a conturbarnos más aún, pues tal situación se creó a las industrias del papel y del libro, que no permitían otros dispendios y otras atenciones que las más perentorias y las más apremiantes.

Y una desgracia mayor vino a entorpecer mi propósito. Fué ésta la muerte prematura de mi querido e inolvidable amigo y colaborador D. Eusebio Ortega, que, víctima de ese terrible azote que tantas vidas siega en flor, sucumbió cuando le sonreía un porvenir brillante, ganado por su trabajo, por su talento, por su actividad y por sus simpatías.

Alma hermosa, corazón bueno, pasó por este mundo haciendo sólo bien.

Dios Nuestro Señor habrá acogido su alma en el seno de la gloria, pues, al decir de San Agustín: tuvo una muerte tan santa como había sido su vida: sicut vita finis ita.

Creo, pues, un deber no sólo de compañerismo, sino de conciencia, rendirle, con esta ocasión, un tributo de admiración y de cariño.

Colaboró con gran talento, y dispuesto estaba a continuar esta obra; mas el hombre{5} propone y Dios dispone, por lo cual habremos de repetir con el poeta:

Dios lo ha querido así,
Bendito sea[2].
Esta pérdida, para mí casi irreparable, ha hecho que mi trabajo fuese más lento, más intenso, y que mi labor se dilatara más, ya que, sin colaboración de nadie, he tenido necesidad de invertir doble tiempo, en la preparación de este tomo, al que empleamos en el anterior.

También, merced a esta pérdida tan por mí llorada, notarás, quizá, algunas deficiencias que sabrás perdonar, así como la tardanza en salir a la luz pública, amén de otras causas de índole puramente económica con que he tropezado.

Subsanadas hoy, gracias a Dios, y esperando obtener el éxito que obtuvo el primer tomo[3], me encomiendo a tu juicio severo, pero imparcial y justo.

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Si, por un espíritu de sutileza o por un{6} deseo de notoriedad, alguien se hubiera atrevido a entrar en las regiones de la ciencia filosófica para estudiar la obra escrita por el cenobita de Manresa, titulada Ejercicios Espirituales, de San Ignacio de Loyola, seguramente se le hubiera tachado, no ya de temerario, sino de iluso o de fantástico.

Y, sin embargo, he aquí nuestro propósito en esta obra.

Fieles cumplidores de la misión que nos hemos impuesto, al comenzar nuestra Biblioteca filosófica, y en el deseo de estudiar a LOS GRANDES FILÓSOFOS ESPAÑOLES, entendemos como un deber moral estudiar a San Ignacio de Loyola COMO FILÓSOFO.

Bien sabemos que se nos objetará diciendo que nada tiene el libro de los Ejercicios como sistema filosófico o como escuela; mas nosotros entendemos que la filosofía es “todo aquello que concierne a Dios, al mundo y al hombre”, pues así la definen algunos autores, y, por tanto, la obra de Ignacio cabe, según más tarde hemos de probar, no sin analizarla, dentro de la Filosofía.

Gran temeridad supone por nuestra parte tal empresa, por la que quizá alguien nos califique de atrevidos; mas entendemos que{7} si la Filosofía, en la época presente, se ciñera, con exclusividad, a explicar los fenómenos intelectuales y morales, valiéndose para ello de un principio exclusivo, fácil sería concretar quiénes son los verdaderos filósofos; mas la experiencia nos demuestra que la Filosofía se extiende a más vastos horizontes y enseña de continuo que se debe mirar con desconfianza el espíritu sistemático, puesto que tan sólo deja ver en los hechos la parte que se relaciona con la doctrina de ellos recibida.

El materialismo que arrastra, en los modernos tiempos, a sus secuaces a la escuela sensualista, de un lado[4], y de otro los que consideran al hombre como si fuese un espíritu puro, han hecho que cuantos al estudio de la Filosofía se dedican procuren huír de los opuestos principios, ya que bien{8} conocido es el axioma: in medio consistit virtus.

Por otra parte, esta falta de convicciones, este vaivén de inteligencias que caracteriza a la generación moderna, esta babel de teorías y de métodos, hace que cuantos amamos la Ciencia, la Religión y la Patria nos aunemos para emprender una cruzada que venza esa ola de materialismo que, al decir de un gran pontífice, todo lo ha invadido[5], teniendo por único fin la gloria de Dios y la grandeza de España, fin que se propusieron siempre nuestros padres contra Mahoma cuando sostuvieron una lucha cruenta durante siete centurias; fin que tuvieron nuestros navegantes, nuestros descubridores, nuestros misioneros; fin que llevaron a cabo siempre los españoles nobles cuyos nombres nadie borrará del libro in{9}mortal de la Historia, escritos con tinta sacada del Corazón abierto de Jesús[6].

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Esta gran campaña social y religiosa es menester llevarla a cabo para entronizar a Dios en España y en el Mundo todo, pues desde que la sociedad ha expulsado a Dios de su seno[7] parece que todo se ha trastrocado, olvidándose los principios de la verdad.

Y España, que es la predilecta, la Nación mimada de Dios, la santificada por la presencia en carne mortal, de su Madre Santísima, la Virgen del Pilar, ha de ser la primera{10} en acudir a este campo y dar la batalla decidida al enemigo común[8].

Cierto que esta gran campaña social se inició en 1921 y tuvo en sus comienzos una vibración estruendosa y una radiante perspectiva para nuestra Patria; mas, a pesar del hermoso y admirable plan trazado y de la entusiasta y fervorosa acogida que tuvo por el pueblo madrileño, y podríamos decir que español, abortó apenas nacida. El rosicler que apareció en nuestro cenit, llegó rápidamente al nadir.

¿A qué obedeció tal fenómeno?

¡Ah! Es que cuando un pueblo tiene por gobernantes hombres que ni prevén las catástrofes, ni pechan con responsabilidades; cuando tiene por gobernados a quienes ni cuidan de echar a esos hombres, ni castigarles, cual merece su dejación, su torpeza, su ignorancia o su debilidad, y aguanta paciente el derrumbamiento de nuestro poderío colonial y hasta marroquí, nada de extraño habrá verle también impávido ante{11} esta otra maniobra política, indigna de hombres, no ya de políticos, que impide por todos los medios llevar a cabo esta magnífica empresa que traía consigo la reforma de las costumbres sociales y morales, vigorizando el corazón, iluminando la mente y obligando a ejercitar la voluntad decidida del pueblo español.

No se realizó, pues, esa campaña, con los augurios que de ella se hizo, con las esperanzas que en ella se habían cifrado; pero, ¿se dejará, por esto, de llevarla a cabo, aunque sea lenta, indirecta, pero enérgica, insistentemente?

Queremos ser nosotros los promotores de ella y deseamos sea, con este nuestro libro, el primer paso a realizarla, esperando ser secundados por cuantos sientan en su pecho amor a España y en su espíritu cariño a la Religión Cristiana[9].{12}

Y ningún arma puede esgrimirse mejor que la Ciencia aunada a la doctrina de Dios, pues que se transforma en el divino verbo, y, así como las tinieblas desaparecen con la luz, así el error desaparecerá con la verdadera ciencia[10].

Y ¿dónde hay más ciencia filosófica, ni más divinidad de palabra que en los Ejercicios de San Ignacio?

Ese libro, sólo comparable, después de la Biblia, con el Kempis y con el Quijote, por su universalidad y por su difusión, fué lo bastante para matar el luteranismo y el protestantismo[11].{13}

¿Por qué, pues, no estudiarle hoy, no ya como causa de esa milagrosa transformación en la vida espiritual y material del hombre, y aun de las sociedades, sino como campo de investigaciones filosóficas, como base para fundamentar un sistema, como principio de creación de una escuela en el sentido filosófico?

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Muchas veces habremos sentido en el fondo de nuestro ser la dolorosa agonía de este hombre interno que vive como emparedado entre nosotros, porque el aire que necesita son las ideas, la sangre que debe animarle son las convicciones razonadas; y las ideas y las convicciones en los modernos tiempos—ha dicho un ilustre pensador—no dejan de ser sino exquisitos{14} manjares, reservados para pocos, y por los que suspira la hambrienta inteligencia de nuestro pueblo.

Pues en el libro de Ignacio se nos pone bien claramente de manifiesto la síntesis de toda esta doctrina, porque él nos muestra ese hombre que llevamos dentro de nosotros mismos, y nos proporciona ideas nuevas, sanas y saludables; convicciones firmes y arraigadas; pensamientos honrados y altos y, con todo esto, sacia esta hambre y esta sed a todo el que se acerca a su mesa.

Claro es que, como toda obra grande, los Ejercicios, de San Ignacio, han dado lugar a grandes controversias y desorientaciones[12]; mas también han producido en muchas inteligencias y en no pocos corazones efectos bien saludables.

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Movidos por esto habremos de presentar el cuadro de dudas, temores e inquietudes que asaltan a la generación contemporánea{15} cuando intenta levantarse a la pura región de las ideas, y que son causa de ese desasosiego, de esa contradicción en que vive Europa, y que hace que presenciemos ese rápido y sangriento panorama de revoluciones y guerras que han venido a confundir y trastrocar imperios, repúblicas y monarquías.

Quizá nunca como en este siglo de vanidad y sutileza, de vacuidad y erotismo, encontremos tendencias más opuestas, doctrinas más subversivas y heterogéneas. Y es que el siglo XX, nacido en un cráter de revolución y alimentado por una guerra, la más grande que registra la Historia en sus anales, ha visto caer imperios de anchas fronteras que sucumbieron al empuje de la Europa entera (¡que tanto fué menester para vencerlos!) y escuchado atrevidas negaciones que han declarado desierto el Cielo, por no decir desaparecido, huérfana o desolada la tierra, levantando altares al Dios Exito y a la Diosa Fortuna.

Pero dejemos hablar sobre estos particulares a quien tiene la suprema autoridad, a quien lo ve todo desde lo alto del Vaticano; cedamos la palabra a quien mejor puede ha{16}cer uso de ella, por ser la más exacta y la más fiel de la realidad; dejemos que hable, en fin, nuestro Santísimo Padre Pío XI, pues él nos describirá la situación de Europa tal cual es, con el verismo, con la realidad, con la amarga realidad que tanto apena a su magnánimo corazón y su paternal sentimiento.

“Los hombres—nos dice en su primera encíclica[13]—, las clases sociales y los pueblos no han encontrado la verdadera paz después de tan tremenda guerra.

“Parecen escritas para nuestros días las inspiradas palabras de los grandes profetas: Esperábamos la paz y no había bien; tiempos de curación, y he ahí el temor y la turbación; esperábamos la luz, y he ahí las tinieblas; esperábamos juicio, y no le hay; la salud, y se ha alejado de nosotros.

“Las repetidas tentativas de estadistas y políticos para curar los males de la sociedad, agitada y enferma, no han servido para nada.

“Otro mal mucho más deplorable es la misma trabazón social amenazada y sacu{17}dida por hombres y partidos subversivos, principalmente por la lucha de clases, que ya ha llegado a ser la enfermedad más inveterada y mortal de la sociedad, que acecha todas las fuerzas vitales: trabajo, industria, arte, comercio, agricultura, todo, en fin, lo que contribuye al bienestar público y privado. De ahí las revoluciones y motines, las reacciones y represiones, el manifestarse con amenazas y públicos movimientos y aun con cubiertas rebeliones y otros desórdenes.

“Y, como si esto fuera poco, aumenta en el santuario de la familia la corrupción y la licencia de las costumbres; el pudor de las mujeres y de las niñas conculcado en licencia del vestido, de la conversación, del lúbrico solaz de bailes inverecundos; con manifiesto insulto a la miseria de los otros, haciéndose cada vez más provocadoras la ostentación y la impudicia de aquellos que las repentinas ganancias hicieron ricos, pero no mejores.

“Los hombres ya no son hermanos entre sí, como dicta la ley cristiana, sino enemigos y extraños; se ha perdido el sentido de la dignidad nacional y del valor de la per{18}sona humana, con el solo fin de gozar más y mejor los bienes de esta vida, olvidando los bienes espirituales y eternos; y para arrancarse esos bienes perecederos chocan rudamente y se destrozan individuos y pueblos.”

¿No es ésta la verdadera visión de la realidad?

La voz del Pontífice ha resonado por todos los ámbitos del mundo y ojalá haga enmudecer a los hombres y a los pueblos.

Y en medio de esta turbación general y de este espanto, de esta confusión científica y de este círculo vicioso, se levanta la ciencia filosófica, la verdad eterna, la voz de un hombre que habla a sus hermanos como podría hacerlo el Redentor a sus hijos, Ignacio de Loyola, y nos revela los derechos y deberes del hombre para con Dios, para con sus prójimos, para consigo mismo.

Esto, claro es, sobrecoge a la humanidad y quizá la detenga en su marcha vertiginosa de vicio y de crápula, abriendo ancha senda por donde camine la civilización y el progreso, recogiendo, además, a cuantos caminan por la vida sin rumbo, sin brújula,{19} sin ideales, sin creencias, sin ciencia ni fe, sin religión y sin Dios, sin timón, en fin, donde aferrarse, porque son juguete del embate de las olas de las pasiones, de los vicios, de una ciencia falsa, de una religión acomodaticia.

Ignacio consigue romper estos diques y valladares, y sacará de las tinieblas a los que estaban cegados por falsas leyes, por principios falaces, por instituciones ficticias, y conseguirá también evitar el que unos, reclinados quizá en el seno del escepticismo, busquen el remedio a sus males morales con el suicidio de la inteligencia; otros, invoquen a la materia y miren con un amor profano a la tierra a la que han de volver, juzgando que su destino limítase a que el cuerpo viva y crezca; éstos, que amordazan la razón y la conciencia; aquéllos, mascullando verdades racionales y destinos que el hombre ha de cumplir en su terrenal existencia, haciendo ver a todos cómo buscando la vida del amor divino y del temor a Dios se encuentra un gran lenitivo al angustioso vivir que les atormenta.

Siguiendo a San Ignacio, cada cuál podrá declarar muy alto y muy orgulloso cuál{20} es el ideal de su vida, cuál la ley moral que acata y con la que relaciona su existencia. Ya no habrá aquello de buscar, como en la mayoría de las gentes se observa hoy en día, en prácticas externas la satisfacción de las necesidades morales y religiosas, o creer indigno de su alteza personal rendir acatamiento a verdades supremas y creerse ligados con deberes externos tan sólo a los demás hombres; ni bastará, tampoco, creer llenar su vida con verdades de sentido y de experiencia, juzgando visión todo lo que se refiere al orden nacional, ni juzgar como ley suprema de la vida acomodar sus actos a las exigencias sociales, sino que hay que hacer el bien por el bien mismo, hacerse comprender de todos por su caridad, por su sumisión, por su amor y por su abnegación.

De ahí que al estudiar esta portentosa vitalidad del espíritu de Ignacio y al leer las páginas de sus Ejercicios nos sintamos animados, alentados, vigorosos y potentes para prestar auxilio a los náufragos de ese inmenso Océano de la ciencia enciclopédica moderna y a animar a los pocos que, con serena frente y ánimo resuelto, se lanzan al{21} fondo de su conciencia y buscan un punto de partida para perseverar, apoyados en él, hasta poseer la verdad primera que sea verbo redentor en el mundo de la inteligencia.

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* *

Cuando consideramos, pues, las diferentes luchas a que se ve condenado el hombre en el curso de su vida, hasta llegar a conseguir la verdad, ninguna nos parece más grande ni más angustiosa que la que libra para vivificar su corazón y para ver con la luz clara el ideal esplendente en que debe desenvolver su existencia.

Por esto, quizá, no sea tanto de extrañar este espíritu general de tolerancia y benevolencia que reina en el examen y definición de las doctrinas, pues bien se ve cumplida la sentencia de aquel poeta inglés, Byron: La ciencia es el dolor; y remedándola, podríamos decir: “La verdad religiosa es el continuo sacrificio del hombre”, pues que para profesar esta doctrina se ha tenido que atravesar un purgatorio, en el que, a veces, muere no sólo la inteligencia, sino también la propia voluntad; y al través{22} de esa predicación se comprende que aquellas palabras son fruto nacido entre tormentas intelectuales, y, por eso, hemos de acatar con respeto al hombre cuando vemos que abarca la sana doctrina tras lucha titánica y prolongada con el error.

Y si descendemos al fondo de nosotros mismos e interrogamos a nuestro espíritu sobre esta confusión, veremos que nos dice que no es otra la causa que la falta de verdad en la Filosofía moderna[14].

He ahí por qué creemos casi imposible una existencia social donde falte la concepción de las verdades eternas, y es imposible que se ande sobre la base sólida en reli{23}gión cuando se desdeña el culto de la Filosofía.

La Historia nos pone, además, de manifiesto, cómo todos los grandes beneficios que la humanidad ha alcanzado han tenido su origen y han provenido de las verdades filosóficas proclamadas por esta raza divina que comienza en Sócrates y continúa perpetuándose, como gloriosa dinastía, produciendo los hombres más venerandos de la humanidad.

Y esta verdad la vemos corroborada por la simple reflexión de las verdades contenidas en el estudio de la Filosofía, y que son las que más tarde surgen y se levantan como diosas en los distintos templos; y según sea el carácter o sello que la Filosofía imprima en su frente, así será el culto que se las tribute y la veneración en que se las tenga.

El derecho, la humanidad y la naturaleza son ideas y seres que la Filosofía define y revela. De aquí nace, sin duda, que las generaciones modernas busquen siempre en el estudio de la Filosofía la clave de los problemas todos, que, como poderosas esfinges, se presentan ante su vista y a su atención,{24} sin que puedan conocerse de otro modo que por lo esencial, lo eterno, lo necesario, lo racional: por eso la ciencia moderna se consagra con tanto entusiasmo al estudio de la razón o al órgano de las verdades absolutas, por cuyo medio es posible la ciencia, pues sólo la razón, con la fe, puede darnos el conocimiento de Dios, principio y fundamento de todo ser y de todo conocimiento; y por eso, también, la ciencia filosófica y los psicólogos son considerados hoy como forjadores de sueños, y la metafísica, algo así como esa evocación de las vulgares supersticiones.

No ocurre esto con el libro de San Ignacio, tan combatido por el incoherente Castelar, pues que en él forja, no sueños de la vida, sino la realidad de la vida misma; y con esa lógica, con esa metafísica, con esa psicología plasmantes, a través de las cuales presenta al hombre tal y como es, con sus flaquezas, con sus debilidades morales, con sus macas y con sus espirituales laceraciones, nos hace ver cómo en él se encierra todo un cuerpo de doctrina filosófica y toda una escuela.

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* *

Muchas veces la Ciencia sólo nos cautiva en su parte de aplicación, y las más de las veces cuidamos poco de los principios que la determinan; pero inquirimos con solicitud sus aplicaciones a la vida social, y, llevados por esta necesidad de obrar que nos atormenta, preferimos siempre la solución concreta a las largas y laboriosas indagaciones sobre la naturaleza; preferimos siempre la revelación a la demostración; corremos fácilmente tras las brillantes creaciones de la fantasía, y siempre nos encuentra recelosos y suspicaces al raciocinio[15].{26}

Pero el libro de San Ignacio nos enseña la verdad; pues presenta siempre ante nuestros ojos, no sólo al Dios del Diluvio y de Sodoma, sino que también nos ofrece al Dios de la Bondad y de la Misericordia; pone en los labios las terribles maldiciones de los profetas, pero lleva al corazón las promesas gloriosas del Nuevo Testamento y de la Redención de la Humanidad.

La doctrina, pues, que encierra ese admirable libro de San Ignacio es bella, admirable y sublime.

“En pocas partes—dice Menéndez y Pelayo[16]—puede aprenderse tan bien como en el libro de los Ejercicios, de San Ignacio, la diferencia entre el bueno y el mal espíritu; el verdadero y el engañoso; como que el conocimiento que allí se da no es tanto especulativo como práctico, y más que para saber, para obrar.”

Y no es de extrañar; porque, elevado al seno de la Divinidad, fuente de todas las perfecciones, y hablando Dios por él, ¡qué torrentes admirables de verdad, de belleza{27} y de sublimidad no se deslizan de su pluma!

Bien quisiéramos llegar a la entraña de estas doctrinas filosóficas, encerradas en ese libro de oro; mas quizá nuestras fuerzas no alcancen a tanto, porque las obras de Dios sólo Dios puede explicarlas.

Las rayos del sol—dice un ilustre teólogo—, al atravesar un prisma, o ciertos cuerpos, suelen descomponerse y tomar los colores de éstos.

Plegue al cielo que, antes de profanar la santa doctrina que ahí se encierra, enmudezca nuestra lengua y se pare nuestra pluma.

Humildes, como somos, tenemos, sin embargo, el deseo legítimo de permanecer incólumes ante tanta desorientación científica, y anhelamos llevar los rayos de nuestra pequeña inteligencia por doquiera, pues colocada sobre el celemín, de que habla el Evangelio, podrá irradiar, no por la propia fuerza, ni por el impulso propio, que no los tiene, sino por la fuerza y el impulso que la preste la verdad que defiende, la ciencia que la alimenta, la razón que la apoya y la fe que la vivifica.{28}

En esto, fiados, emprendemos nuestra obra y esperamos salir airosos de ella, pues, como dice el castellano adagio: “¡Dios sobre todo!”

Madrid, 19-III-XXII.

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[Imagen no disponible.]
CASA SOLAR DE LOYOLA.

DONDE NACIÓ SAN IGNACIO

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B I O G R A F Í A
PARTE PRIMERA

BIOGRAFÍA

DE LOS

«EJERCICIOS ESPIRITUALES»

DE

SAN IGNACIO DE LOYOLA
[Imagen no disponible.]
VISIÓN DE LA COMPAÑIA POR SAN IGNACIO

(CUADRO DEL SR. CERVERA, CABALLERO DEL PILAR, QUE ADORNA EL SALÓN DEL CIRCULO, EN MADRID)

{33}

PREÁMBULO
Características o particularidades del libro de los «Ejercicios espirituales» de San Ignacio.—Argumento.—Nexo del libro.—Opiniones autorizadas acerca de la bondad del libro.—La Iglesia y los últimos Papas.—Fuentes internas y externas en que se inspiró San Ignacio para hacer este libro.

En esta sección del libro, y siguiendo la norma que nos trazamos desde el primer tomo, daríamos una ligera biografía de nuestro escritor-filósofo; mas como sería alardear de dotes que no tenemos y de recursos bibliófilos de que carecemos, el hacer una biografía aportando datos y noticias nuevas acerca de su vida, siendo esto más reprochable, cuando San Ignacio ha tenido tantos y tan grandes varones sabios que le han dado todo el relieve a su figu{34}ra insigne y universalmente conocida, al escribir con su pluma esas obras tan bellas y admirables como las del Padre Ribadeneira, Padre Mir, etc., renunciamos a hacerlo.

Por otra parte, como ni nada nuevo podíamos añadir, ni podíamos escribir mejor que ellos, hemos creído lo más acertado no dar esta reseña biográfica, remitiendo al lector a aquellos varios autores de los que damos, en su lugar, extensa reseña, lo más exacta que nos ha sido posible.

Así, pues, nos ocupamos de la biografía del libro inmortal Ejercicios Espirituales, base de todo nuestro trabajo, y en la que hemos recogido datos bien interesantes y que no serán conocidos, pues, si están publicados en el Monumenta, como su lenguaje es el latino, no habrá llegado a muchos, aun devotos y amantes de saber estas cosas.

De ahí también que hayamos querido completar esta sección, y creemos que será del agrado del lector, de por sí siempre, y naturalmente, curioso.{35}

BIOGRAFÍA DE LOS “EJERCICIOS”
En dos partes, pues, hemos dividido esta sección: en la primera analizamos las características o particularidades del libro de los Ejercicios; en la segunda damos a conocer los biógrafos y comentaristas de este libro del Santo Fundador y Filósofo.

De esta manera se completará la biografía que nos proponemos hacer y que queremos sea lo más perfecta posible.{36}

PARTE PRIMERA
En todo libro bien escrito han de encontrarse tres partes; a saber: introducción o argumentación, nexo o cuerpo de doctrina y apéndices o ampliaciones en el desarrollo de las teorías que se exponen para su mejor esclarecimiento.

En el libro de San Ignacio se ven claramente estas divisiones, cuales son: prefacio, cuerpo y apéndices.

En el prefacio se hace una cumplida explicación de cómo deben hacerse los Ejercicios y da reglas, por las que han de guiarse director y ejercitando para sacar mayor provecho espiritual de ellos.

En el cuerpo están las meditaciones todas,{37} que se hallan subdivididas en cuatro semanas; y en los apéndices se exponen los tres modos de orar; los misterios de la vida de Cristo[17]; las reglas para distribuír mejor las limosnas, para conocer y desechar los escrúpulos, para distinguir si nos guía el espíritu bueno o el malo, y, en fin, para sentir y obrar conforme desea la Santa Madre Iglesia.

Bien se advierte que esta doctrina no fué inventada por San Ignacio, sino que es tan antigua como la Iglesia Católica, y bien lo da a entender el sabio jesuíta P. Suárez, cuando dice que todos los autores cristianos han sostenido, defendido y aceptado estos sistemas y estos principios[18].

El P. Alfonso Rodríguez, S. J., tomó no pocos pasajes de los Ejercicios[19] e igual hizo el P. Luis de Palma en sus obras, Camino espiritual, de la manera que lo enseña el bienaventurado Padre San Ignacio y{38} Tractatus de examine conscientiæ secundum doctrinam S. P. N. Ignatii[20].

Otros autores modernos han tratado también del examen de conciencia, entre los que encontramos al P. H. Watrigant, que escribió una obra titulada La meditation fondamente evant Saint-Ignace[21], y otra, que llamó De examine conscientiæ juxta Æclesia Patres Sanctum Thomam et fratres vitæ communis.

En ambas aduce testimonios de infinitos autores, que trataron, como fundamento capital, de la doctrina católica, el examen de conciencia.

Y no sólo en lo que hace a este punto, sino en otras materias de que tratan los Ejercicios, nos encontramos con igual doctrina, expuesta por muchos Santos Padres, especialmente San Atanasio, San Basilio, San Juan Crisóstomo, San Gregorio Nacianceno, San Am{39}brosio, San Jerónimo, San Agustín y San Gregorio el Magno, y así lo dice el P. Pedro Vogt, S. J., cuando trata de los Ejercicios, en sus obras Die Grundwahrheiten del Exercitien des heiligen Ignatius ausführlich dargeleg in Aussprüchen der heiligen Kirchenvater[22] y Die Exercitien de heiligien Ignatius ausführlich dargelegt in Ausprüchen der heiligen Kirchenvater[23].

Claro es que San Ignacio no podía inventar ni el fin del hombre ni otros dogmas de la fe, pues todo esto es común a cuantos caminan con la luz de la razón y con la revelación que Dios da a los hombres.

Lo que hizo San Ignacio fué seleccionar, escoger, adoptar estas doctrinas y acoplarlas para dar unidad, cohesión y viabilidad a la forma en que habían de hacerse los ejercicios, bajo un plan fijo, con reglas concretas, con normas seguras, a fin de poder obtener los frutos espirituales para los ejercitantes, según él lo ideaba.

En esto estriba el mérito intrínseco de este libro.{40}

DEL NEXO DE LOS “EJERCICIOS”
Para que mejor se conozca, no sólo la unidad que el autor quiso dar a la obra, si que también la unidad de tiempo[24] en ella invertido, apuntaremos algo que pueda ser interesante al lector.

Ya hemos dicho que el pensamiento de San Ignacio fué—según el Padre Suárez[25]—abarcar todas aquellas cosas, todos aquellos conceptos, todas aquellas reglas que pudieran contribuír o conducir a la instrucción espiritual de los hombres en lo exterior y a la eterna salvación del alma en lo interior; porque no ignoraba que para alcanzar una vida espiritual se requieren dos cosas principales, a saber: la corrección de las costumbres y la unión con Dios.{41}

Para conseguir la primera se hace preciso purgar los pecados pasados, con una frecuente confesión, y curando así poco a poco la conciencia.

Para lo segundo es menester la meditación frecuente, la oración y el ejercicio de las virtudes.

Y con estos dos elementos se puede llegar a una elección de vida recta y se instruye perfectamente el hombre en los ejercicios.

San Ignacio establece, además, los dos exámenes de conciencia, el general y el particular para mejor llegar a la perfección de vida y que deben hacerse no sólo durante los ejercicios para adquirir el hábito, sino también después, para quitar los defectos que se noten o adquirir las virtudes que se necesitan, haciendo ver cómo el examen de conciencia es siempre el mejor medio para cuidar bien del alma.

Después, para explicar cómo han de unirse las cuatro semanas, por medio de las correlativas meditaciones, pone como principio de nuestra perfección y salud espiritual la Vida de Cristo, la que hemos de procurar imitar, estableciendo grados, y, des{42}pués, ir considerando los misterios sacratísimos y su vida, ya común o privada, ya pública y perfectísima, procurando imitar sus excelsas virtudes, por medio de la constante meditación y el ejercicio de aquéllas, en orden a las tres clases de humildad, y, por tanto, de los tres grados de virtud que hay en el hombre, pudiendo, de este modo, llegar a la elección o reforma de la vida.

Esto es lo que quiso exponer el autor en su gran libro de los Ejercicios y éste es su nexo, su cuerpo, su entraña.

OPINIONES AUTORIZADAS ACERCA DE LA BONDAD DEL LIBRO
Bien quisiéramos aportar aquí cuantas opiniones han expuesto los hombres que más han brillado por su sabiduría, virtud y santidad, acerca del juicio que les mereciera este libro de oro; mas como esta tarea la creemos superior a nuestras fuerzas, procuraremos acercarnos, lo más posible, a esta aspiración, y presentaremos aquellas que hemos encontrado más a mano. Y aunque algunos crean que bastaría aducir el testimo{43}nio de aquel Sumo Pontífice, Paulo III, que fué quien aprobó este libro, nuestra opinión no coincide con ellos, y de ahí nuestro propósito, porque queremos revestirle de la máxima autoridad, y para demostrar, además, su grandeza y su universalidad.

Comenzaremos por aducir las opiniones de los que, viviendo apartados de la Religión Católica, sin embargo, le han prodigado elogios.

El celebérrimo Tomás Macaulay[26], después de poner de manifiesto cómo este libro había sido recomendado muy eficazmente y con gran encarecimiento a todos los fieles y religiosos por el Romano Pontífice y por el Prepósito general de la Compañía de Jesús, dice que no puede menos de reconocer que los elogios que estas dos ilustres autoridades eclesiásticas le han prodigado son justos y se ve impelido a unirse a ellos. “Se ha de saber—añade—que el propio Juan Knax, príncipe de los herejes en Escocia, es de la misma opinión que el Pontífice, sin duda por estar vendido”.

Cierto pastor de la Iglesia Anglicana,{44} llamado Orby Shipley, hizo una edición de los Ejercicios, para uso de los anglicanos[27], y en el prefacio de este libro dice que encierra un método especial y tiene una virtud y fuerza de convicción que parece mentira que por la simple razón se llegue a tan profundos conocimientos[28].

Pedro Laffite, de la escuela positivista francesa, no se ha recatado en decir lo siguiente: “Estos exercicios constituyen como un aviso y como una obra de sagacidad política y moral del individuo y que mediante un trabajo personal, solitario y prolongado se llega a ver realizado el milagro de un admirable equilibrio moral”[29].

El insigne pedagogo alemán Carlos Holl decía que no solo no perjudicaban a la pro{45}pia persona y a la naturaleza humana las meditaciones de los Ejercicios, sino que más bien exaltan, elevan, sublimizan el ingenio peculiar de cada uno de los ejercitantes[30].

Estas son las opiniones de varones sabios que encontramos entre los no afectos a la ortodoxia católica.

Entre nuestros grandes escritores católicos también hay juicios que nos harán comprender las excelencias de este libro.

El gran Ludovico Blossio, abad de Lieja y honra de la Sagrada Orden de San Benito, maestro de las almas, dice que primero hizo él los ejercicios en Lovaina[31] y después dirigió otros, para los jóvenes novicios de la Orden, y, ponderando los grandes frutos espirituales que vió habían sacado todos, exclama en una carta que dirigió al P. Adrián, S. J.: “Ojalá que estos ejercicios los hubiera hecho hace veinte años, porque llegaría a la vejez con más fortaleza de ánimo. Alabemos, sin embargo, a la benignidad de Dios, que, por vos, nos{46} ha enseñado el camino de la razón y de la verdadera vida”[32].

Y en otra ocasión dice también que esta obra “es toda oro potable, llena de jugo de sabiduría y tesoro tan precioso, que se debían dar muchas gracias a Dios por haberla descubierto en estos últimos tiempos, para gloria suya y bien universal del mundo”.

No menos entusiasmado se muestra el prior de los Cartujos de Colonia, Gerardo Haunnontano, quien dice en una carta, dirigida al P. Pedro Fabro, compañero de San Ignacio en la fundación de la Compañía, lo siguiente: “Dejad que los hombres de buena voluntad hagan estos ejercicios y veréis cómo en pocos días adquieren el conocimiento perfecto de sí mismos y de sus pecados, llorándolos amargamente y obteniendo una conversión verdadera, con ánimos para vivir en la virtud; conquistando la gracia suficiente para adquirir el verdadero amor a Dios y llegar a la consecución de una cierta estrecha amistad y aun fami{47}liaridad con Dios, por medio de una virtud acrisolada”[33].

Es de advertir que esto lo escribía sin haber practicado aun los ejercicios y sólo por conocer la obra de San Ignacio.

Poco después los hizo[34], pero no hemos encontrado documento alguno que nos revele su opinión.

El gran maestro del espíritu P. Juan de Avila llamaba a los ejercicios Escuela de celestial sabiduría.

El P. Luis de Estrada, español y general de los cistercienses, dice: “Y si tratamos de los santos exercicios, que, para provecho universal de todo cristiano, compuso y adornó el varón de Dios (Ignacio), ¿no es cosa maravillosa? Sí, por cierto. En las otras iglesias… sólo a sus feligreses procuran de informar en la vida espiritual…; pero si miramos a la santa Compañía y la fuerza con que extiende las raíces el granito de mostaza, hallaremos que son padres de novicios de todo cristiano, que vienen a{48} sus casas. Tan de propósito ponen en razón el ánimo del oficial, y del caballero, y del eclesiástico, y del casado, procurando encerrarlos en noviciaría…”

Y más adelante, dice: “Los efectos grandes que esta medicina de los santos ejercicios ha hecho y hace en personas de diversos estados, no se pueden encarecer, ni los creerán los que no han visto, como yo, muchas ánimas recuperadas a la vida espiritual”[35].

Otra lumbrera de aquellos tiempos fué el gran San Francisco de Sales, quien se hacía lenguas de los beneficios espirituales que reportaba la práctica de los ejercicios y atribuía a ellos cuanto de bueno sentía en sí mismo[36].

De los demás autores de los tiempos modernos escogeremos uno muy valioso, el de Francisco de Hettinger, profesor de Teología en la Universidad de Würzburg{49} (Baviera), el cual se dedicó muy especialmente a estudiar y analizar el libro de San Ignacio[37] y al que llama admirable por parecer siempre nuevo; dotado de gran unidad, revela una constancia y un cúmulo de enseñanzas, pues contiene todas aquellas que son más a propósito para hacer desaparecer los pecados, y limpiar el alma de ellos, conducirla a un grado de perfección, que pone en condiciones de ser predestinada para gozar de Dios[38].

Cuánto renombre ha alcanzado este li{50}bro lo dice aquella frase conocidísima: “Ha convertido más almas a Dios que letras tiene”[39].

*
* *

Nos parece obligado, ya que estamos en plan de aportar testimonios, aducir la opinión del propio San Ignacio, pues así como el arquitecto es el que mejor conoce las bellezas y las utilidades de la obra que ha construído, así él podrá darnos su opinión acerca de su libro.{51}

Y no temamos que nos hable con énfasis y vanidad, porque quien está henchido de humildad y conoce su insignificancia, ha de hablarnos como cuando conversaba con Dios, con la verdad, lisa y llana.

Y la opinión de San Ignacio la encontramos en una carta que en Noviembre de 1536 dirigió al presbítero Manuel Miova, en la que, exhortándole a practicar los ejercicios, le dice textualmente: “Y porque es razón responder a tanto amor y voluntad como siempre me habéis tenido, y como yo oy en esta vida no sepa en qué alguna centella os pueda satisfacer, que poneros por un mes en exercicios espirituales… y aun offrecistes de lo hacer, por servicio de Dios N. S. os pido, si lo aueis probado y gustado, me lo escriuais y si no, por su amor y acerbissima muerte que pasó por nosotros os pido os pongais en ellos; y si os arrepintieredes dello, demás de la pena que me quisieredes dar, a la qual yo me pongo, tenedme por burlador de las personas espirituales, a quien deuo todo”.

Y, poco después, añade:

“Dos y tres y otras quantas vezes puedo, os pido por servicio de Dios N. S. lo que{52} hasta aquí os tengo dicho, porque a la postre no nos diga su Divina Majestad por qué no os pido con todas mis fuerzas, siendo todo lo mejor que yo en esta vida puedo pensar, sentir y entender assi para el hombre poderse aprovechar así mesmo como para poder fructificar, ayudar y aprovechar a otros muchos”[40].

De donde, claramente, se deduce de sus últimas palabras la fe que tiene en que su obra es provechosa, en el camino de la vida espiritual, a todos los hombres.

Mas si estas opiniones no fueran lo bastante para convencer, de la excelencia de este libro, aun a los más despreocupados, aportaremos lo que entendemos culmina en un elogio, que es la autoridad de la Iglesia, cuya opinión está expuesta en los documentos pontificios, en el Derecho Canónico y en las pastorales de todos los prelados.

Aducidas en otro lugar las aprobaciones de todos los Papas desde la sanción de los Ejercicios, hemos tan sólo de fijarnos en los elogios que los han prodigado los últimos Pontífices.{53}

El inmortal León XIII, en una carta dirigida al Clero de Carpintero decía: “Mucho he procurado hacer por el bien de mi país natal; pero de todo lo que he hecho, lo más saludable y lo que más me llena el alma de consuelo, es el haber facilitado al Clero la práctica de los Ejercicios Espirituales.

“Yo mismo, en otros tiempos, yendo en busca de un alimento sólido, para mi alma, recorrí gran número de libros, sin que ninguno llenara mis deseos. Por fin, hallando entre mis manos el libro de los Ejercicios Espirituales, de San Ignacio, no pude menos de exclamar al conocerlo: He aquí el alimento que deseaba para mi alma; y desde entonces no me he separado de aquel libro. La meditación del fin del hombre bastaría para renovar todo el orden social”[41].

El Papa Pío X, en una carta que dirigió al P. Carlos Criquilión, el 8 de diciembre de 1904, decía:

“Exercitiorum spiritualium consuetudinem qualem praesertim caelesti, prorsus consilia Sanctus Ignatius, legifer, Pater vester induxit, semper nos magni fecimus,{54} utpote in qua ad emendandos mores et christianos refovendos spiritus mirifica quaedan insit efficacitas. Nunc autem eum in hoc apostolatus fastigio collocati sumus, eo clarius apparet nobis quantum adjumenti affere possit consuetudo ejusmodi ad propositum, quod habemus, instaurandi omnia in Christo”[42].

Y el propio Pío X incluyó en el Derecho Canónico[43], como ley, las letras de la Sagrada Congregación del Concilio, publicadas con autoridad del Papa Clemente XII[44], en las que se dispensa a los eclesiásticos, obligados a residencia y coro, de ambas cosas y hacen suyos los frutos de los Ejercicios.

He aquí el texto de esta disposición ya canónica: “Parochos insuper per idem tempus semel tantum in anno exercitiis hujusmodi vacantes a residentia absolvit; quod ipsum servari vult quad canónicos, beneficiatos aliosque personali residencia obstric{55}tos et chori servicio mancipatos, quos nihilhominus lucrari decernit integros fructus et quotidianas morum respective canonicatuum et beneficiorum distributiones quascumque, aliaque emolumento, per inde ac si choro divinisque oficiis personaliter interessent; dummodo tamen eadem exercitia peragant, obtenta prius ab ordinario licencia a quo nullatenus concedenda erit Adventus et Quadragesima temporibus, ac in solemnioribus festivitatibus, nec unquam omnibus simul canonicis aliisque choro insirvientibus; sed ea adhibita circunspectione, ut chori servitium nequaquam inttermitatus; et quoad parochos, idoneis prius subragatis œcónomis ab ipsomet ordinario approbandis, qui interim animarum cura recte administrent”.

Por último, aduciremos el testimonio del actual Pontífice, que siendo prefecto de la Biblioteca Vaticana publicó la gran obra titulada “San Carlos Borromeo nel terzo centenario de la canonizzazione”, de la que hizo una traducción al francés el P. Watrigant, S. J.[45], y en ella dice el cardenal{56} Ratti lo siguiente: “Bien puede decirse que San Carlos debió su conversión a la práctica de los Ejercicios Espirituales, y todos sus biógrafos están conformes en atestiguar que el Santo tenía la piadosa costumbre de practicar los Ejercicios, no una, sino dos veces al año, y estos ejercicios los hacía siguiendo fielmente el método de San Ignacio, sin que se pueda dudar de esto, ya que le dirigió en ellos el P. Ribera, de la Compañía de Jesús”[46].

Más adelante extracta de las cartas inéditas de San Carlos al cardenal Paleotti lo siguiente:

“Por lo que respecta a los ejercicios espirituales que hacen los ordenandos antes de recibir las Ordenes Sagradas, el tiempo determinado por el visitador apostólico y nues{57}tro Concilio provincial era de un mes, aproximadamente; pero, en la práctica, era de unos quince días… Después, en cuanto a la forma, se intentó imitar a los padres jesuítas y tomar algunas de sus reglas, las cuales todavía tienen una cierta forma del Padre Ignacio, impresa en aquel librito que a Vuestra Señoría Ilustrísima debe ser conocidísimo. Pero de ello, seguramente, tendrá pleno conocimiento”[47].

Más adelante añade: “También, después de su conversión, San Carlos se complacía en tomar por guía en sus ejercicios espirituales a los hijos de aquel que había sido el providencial inventor”[48].

Y transcritas las cartas inéditas del mismo{58} San Carlos, el cardenal Pallotti extracta lo siguiente: “El prudentísimo Carlos se había hecho un maestro no sólo en practicar los ejercicios, sino en darlos, y se le agregó al directorio formado para esto. De tal directorio es el ilustrísimo Ratti el primero en dar la noticia, y para formar este directorio se valió San Carlos de aquellas notas que Ignacio tomó de muchos libros y las puso en el suyo, las cuales no cabe duda que tienen gran mérito para este directorio”.

A este propósito dice el cardenal Ratti:

“Nuestro San Carlos dirigió la mano y la vista de aquel primer directorio ignaciano, y, recogiendo los dispersos elementos y coordinándolos e iluminándolos a veces con títulos y didascalias, llegó a componer un cuerpo solo. Coincidiendo con el título que la misma mano de San Carlos escribiera a la cabeza del Código, hallamos recogidos todos, y solamente aquellos signos, aquellas reglas y notas que se refieren al oficio y la labor del director, y omite todos los demás. Los diversos textos están tomados y transcritos textualmente del volumen”: Exercitia spiritualia a R. admodum in Christo Patre Nostro M. Ignatio de Loyola,{59} Societatis Jesu, institutore. et. primo, generali, praeposito auctore. Vianae Austriae in aedibus Caesareicollegii dictae Societatis. Ano Domini 1563[49].

Habla después el cardenal Ratti de otro manuscrito encontrado, del cual hace un nuevo argumento sobre el juicio anterior, diciendo:

“De ahí el amor y el estudio que él (San Carlos) había hecho de los ejercicios de San Ignacio, y el método a que se sometía su aplicación. Por lo demás, era bien natural, por no decir felizmente inevitable, que tal ocurriese. Un libro como los Ejercicios, de San Ignacio, que casi de repente se afirmó e impuso como el más sabio y universal código de gobierno espiritual de las almas, surgiendo inagotablemente de la piedad más profunda,{60} a la vez que más sólida, que era estímulo irresistible y guía segurísima para las conversiones y para la más alta espiritualidad y percepciones; un libro así no podía dejarse de colocarse en primera fila entre los predilectos de nuestro Santo, en el cual revelaba el genio característico, sus más nobles aspiraciones, y, en una palabra, todo un espíritu”[50].

Y, para dar término a tan valiosos testimonios, habremos de aportar como broche de oro, el Breve, publicado por el ya Pontífice Pío XI (antes cardenal Ratti), en el que declara a San Ignacio de Loyola patrono de los Ejercicios Espirituales, fuente y perfección, y que tantas almas han gana{61}do a Cristo de los que de Él vivían alejados y a otros les ha hecho subir a las cumbres de la Santidad:

“El principal cuidado de los Sumos Pontífices fué siempre recomendar, con las mayores alabanzas, y promover con vigorosas excitaciones, todo aquello que, en gran manera, ayudase y condujese a la piedad y a la perfección cristiana.

“Ahora bien; entre los diversos auxilios de este género, reclaman lugar principalísimo los Ejercicios Espirituales, que introdujo en la Iglesia San Ignacio, llevado por cierto divino instinto.

“Porque, aunque, gracias a la benignidad de Dios misericordioso, nunca faltaron quienes, penetrando profundamente en las cosas celestiales, las propusiesen convenientemente a la consideración de los fieles de Cristo; sin embargo, San Ignacio fué el primero que, en el librito compuesto por él, cuando todavía estaba desprovisto de letras, y al cual llamó él mismo Ejercicios Espirituales, comenzó a enseñar cierto método y manera especial de practicar los retiros espirituales, por medio del cual método fuesen maravillosamente ayu{62}dados los fieles a detestar sus pecados y disponer santamente su vida, con el ejemplo de Cristo Nuestro Señor.

“Y, gracias a la eficacia de este método ignaciano, se ha conseguido que la suma utilidad de estos ejercicios, según afirmó nuestro predecesor, de preclara memoria, León XIII, esté ya comprobada por la experiencia de tres siglos…, y por el testimonio de todos los varones que más han florecido durante ese tiempo en la enseñanza de la ascética o en santidad de costumbres[50a].

“Y, además de tantos varones tan ilustres en santidad, aun de la misma familia ignaciana, que han declarado abiertamente haber sacado toda su virtud de esta como fuente de los Ejercicios, plácenos recordar, por lo que toca al clero secular, a aquellos dos luminares de la Iglesia, San Francisco de Sales y San Carlos Borromeo. El primero, para prepararse a la consagración episcopal, se entregó diligentemente{63} a los ejercicios ignacianos, y en ellos fué donde se impuso de aquel método de vida que siempre guardó después, conforme a los principios acerca de la reforma de vida, escritos por San Ignacio en su libro.

“Por lo que hace a San Carlos Borromeo, cierto es, como afirmó Nuestro Predecesor, de feliz memoria, Pío X[51] y Nos mismo demostramos antes de Nuestro Sumo Pontificado, publicando documentos históricos, que habiendo esperimentado en sí mismo la eficacia de estos Ejercicios, por los cuales había sido impulsado a vida más perfecta, divulgó el uso de ellos entre el clero y el pueblo. Y, entre los santos varones y mujeres de Ordenes religiosas, basta con citar, por ejemplo, a aquella maestra de altísima contemplación, Santa Teresa de Jesús, y al hijo del Seráfico Patriarca, San Leonardo de Puerto Mauricio, el cual estimaba en tanto el librito de San Ignacio, que confesó haberlo seguido siempre al ganar almas para Dios.{64}

“Habiendo, pues, los Romanos Pontífices aprobado solemnemente, desde su primera edición, este libro, aunque de poco tomo, realmente “admirable”[52] y colmándole de alabanzas y robusteciéndole con autoridad apostólica, no dejaron, después, de aconsejar su uso derramando sobre él los tesoros de las santas indulgencias y honrándole sucesivamente con nuevas alabanzas.

“Por tanto, estando Nos persuadidos de que los males de nuestros tiempos se derivan, en gran parte, de que ya no hay quien medite dentro de su corazón[53]; y convencidos de que los Ejercicios Espirituales, hechos según las enseñanzas de San Ignacio, son eficacísimos para vencer las terribles dificultades que atormentan hoy a la sociedad humana; y conociendo bien la consoladora cosecha de virtudes que se recoge en los retiros espirituales, así entre las comunidades religiosas y sacerdotes seculares, como entre los seglares y{65}—cosa digna de singular mención, principalmente en nuestro tiempo—aun entre los mismos obreros, deseamos, con la mayor vehemencia, que cada día se difunda más el uso de estos Ejercicios Espirituales y sean cada vez más numerosas y florecientes esas casas de piedad adonde, como para prepararse a la palestra de una perfecta vida cristiana, se retiran los fieles un mes entero, u ocho días, o algunos solamente, no pudiendo otra cosa.

“Esto rogamos a Dios por el amor de Nuestra Santa Iglesia; y accediendo Nos mismo en este año en que se celebra el tercer centenario de la canonización de San Ignacio, y el cuarto de este áureo libro; deseando, pues, dar al Santo Patriarca clara señal de Nuestra gratitud, siguiendo el ejemplo de Nuestros Predecesores, que designaron los Patronos y Tutelares de otros Institutos, oídos en Consejo Nuestros Venerables Hermanos los Cardenales de la Santa Iglesia Romana puestos al frente de la Sagrada Congregación de Ritos, con Nuestra Autoridad Apostólica, declaramos, constituímos y proclamamos a San Ignacio de Loyola Patrono{66} de todos los Ejercicios Espirituales, y, por tanto, de las fundaciones, cofradías y asociaciones de cualquier género consagradas a los que practican los Ejercicios Espirituales.

“Y decretamos que estas Nuestras Letras son y serán siempre firmes, válidas y eficaces, y tengan y produzcan sus plenarios e íntegros efectos, sin que valga ninguna otra cosa en contrario.

“Dado en Roma y en San Pedro el año del Señor 1922, el día 25 del mes de julio, en el año primero de Nuestro Pontificado.

“Pío XI.”
DE LAS FUENTES DE LOS “EJERCICIOS”
No podemos sustraernos a tratar de esta importante cuestión, ya que son muchos los autores que divagan sobre el particular.

De dos clases pueden considerarse las fuentes de donde tomó San Ignacio la doc{67}trina y las materias que incluyó en su libro: las internas y las externas.

En cuanto a las primeras, no cabe dudar que fueron la inspiración de Dios, la unción del Espíritu Santo, al decir del Padre Polanco, de la lectura de la Sagrada Escritura y de una intensa, aunque corta, vida espiritual, según el Papa Paulo III[54].

Por lo que hace a las segundas, recogeremos las opiniones más autorizadas, a fin de no errar en cuestión tan importante.

El P. Yepes afirma lo siguiente: “Comunicóle los Ejercicios que escribió Fray García de Cisneros, y éstos llevó consigo el Padre Ignacio a Manresa; en ellos se ejercitaba los primeros años de su conversión, y éstos enseñaba a los que al principio le comunicaban, y destos se aprovechó en los años de adelante, cuando habiendo oído arte y Teología compuso aquel tan docto y provechoso de los Ejercicios”[55].

Y más adelante dice: “Después, cuando ya vino a ser hombre perfecto y consumado, docto en artes y Teología, hombre de{68} grande espíritu, poderoso en obras, palabras y escritos, puso, quitó y añadió muchas cosas en el Ejercitatorio que le habían dado en Monserrate, y acomodóle a su instinto y modo de vivir con que hizo tanto provecho en el mundo, y con sus hijos y discípulos hacen tan extraordinarios efectos”.

El propio Santo dice que en Manresa recibió grandes beneficios de Dios.

“Una vez—añade—yua por su deuoçion a una yglesia, que estaua poco mas de una milla de Manrresa, que creo yo que se llama Sant Pablo, y el camino va junto al río, el cual iba hondo. Y estando allí sentado se le empeçaron a abrir los ojos del entendimiento; y no que viese alguna visión, sino entendiendo y conociendo muchas cosas espirituales, como de cosas de la fe y de letras; y esto con una ilustraçion, que le pareçian todas las cosas nueuas. Y no se pue{69}de declarar los particulares que entendió entonces, aunque fueron muchos, sino que reciuió una grande claridad en el entendimiento; de manera que en todo el discurso de su vida, hasta pasados sesenta y dos años, coligiendo todas cuantas ayudas aya tenido de Dios, y todas cuantas cosas a sabido, aunque las ayunte todas en uno, no le pareçe aber alcançado tanto, como de aquella voz sola”[56].

Por lo que hace a la experiencia de la vida espiritual, el P. Palma sacó de los escritos del P. Ribadeneyra lo siguiente: “Quien considere la oración que tenía nuestro Padre en este tiempo, las penitencias que hacía (habla de cuando estaba en Manresa), la mortificación en que se ejercitaba, las tentaciones que había padecido y las victorias que había alcanzado, y las consolaciones e ilustraciones con que Nuestro Señor le visitaba, hallará que todo esto era tanto y en tan alto grado, que no solamente pudo escribir un libro tal como decimos, sino que, habiendo de escribir, no{70} podía ser sino que el libro de este género fuese muy acabado y perfecto”[57].

Y poco más adelante dice:

“Tenía ya experiencia del consuelo interior y del desconsuelo, de la devoción y de la sequedad, de la alegría del espíritu en el ejercicio de la penitencia y mortificación, y de la contradicción y repugnancia de la carne, y, finalmente, había probado los malos espíritus que como vientos turbian el corazón del hombre; y en una borrasca, nacida de los escrúpulos, se había visto en punto de anegarse, y, con la gracia de Dios, había salido bien de todo y había cobrado ánimo y destreza de buen marinero y piloto experimentado para gobernar su navío entre estas olas y tempestades, hasta ponerle en puerto seguro por medio de la fe y confianza y conformidad con la voluntad de Dios.”

Hizo San Ignacio los Ejercicios teniendo a Dios por principal maestro, y así lo confesaba él a Consalvio de Cámara, cuando decía: “En Manresa no tuve a otro maes{71}tro que a Dios, pues no tuve otra persona que me enseñara”.

Esto los autores lo llaman con varios nombres:

Nadal: “Beneficio e instinto de Dios”[58]. Polanco: “Doctrina recibida de Dios y ungida por el Espíritu Santo”[59]. Suárez: “Gran auxilio de Dios[60], rayos de luz divina[61] y unción del Espíritu Santo”[62]. Y los jueces de la Rota, Ludovico, Manzanedo y Panfilio: “Conocimiento y luz sobrenatural infusa”[63]. Y, más adelante[64], dicen: “Estos Ejercicios están llenos de{72} piedad y santidad y fueron hechos en aquel tiempo en que el B. Padre carecía de instrucción, por lo cual se ve que más fué conocimiento e inspiración sobrenatural infusa que adquirida por los estudios”.

El P. Debuchy dice: “Sans cette grace la composicion des Exercices reste un mystéree”, y el P. Ludovico Pastor dice que es admirable que un hombre guerrero, que tan sólo aprendió a leer y escribir, haya podido hacer esta obra, en la que presenta con tanta claridad, con tan alta doctrina y con tan gran fuerza, los distintos estados del alma. Añade que el propio San Ignacio y sus primeros alumnos se ve que fueron inspirados por el Espíritu Santo[65].

El P. Ludovico de Palma, aunque dice que no quiso Dios enseñar de súbito a Ignacio, ni le infundió por revelación la doctrina de los Ejercicios, afirma, sin embargo, que tuvo por maestro a Dios, pero fué aprendiendo no súbita, sino paulatinamente,

[Imagen no disponible.]
LA VÍRGEN SANTÍSIMA DICTANDO A SAN IGNACIO LOS «EJERCICIOS»

{73}

instruyéndose durante el tiempo que estuvo en Manresa, y procuró salir un gran maestro[66].

DE LA AYUDA QUE LA SANTÍSIMA VIRGEN LE PRESTÓ PARA ESCRIBIR LOS “EJERCICIOS”
Son muchos los autores que afirman que San Ignacio recibió, durante el tiempo que estuvo en Manresa, las visitas de la Virgen, y que le dictaba los Ejercicios.

Sin embargo de esto, en la gran obra Monumenta Ignaciana se dice que esta doctrina se tiene como probable, pero no nos atrevemos a tomarla como segura[67], aunque esta tradición ha venido creyéndose durante cuatro siglos y hasta se han hecho pinturas y esculturas en las que se representa a San Ignacio escribiendo sobre una roca y la Virgen, teniendo sobre sus rodillas al{74} niño Jesús y asido con sus divinas manos por debajo de los sobacos, en actitud de dictar a San Ignacio.

Ningún documento fehaciente que acredite esto dejó San Ignacio, y el único testimonio, que algunos autores atribuyeron a Laynio, no se ha encontrado aún[68].

Únicamente ha llegado hasta nosotros una narración del P. Gonzalo de Cámara, que afirma oyó de labios de San Ignacio, y que racionalmente se ha venido admitiendo, los siguientes extremos:

“Primero. Que Dios enseñaba a San Ignacio como un maestro enseña a su discípulo, porque no tenía quien le enseñase.

“Segundo. Muchas veces y por mucho tiempo, estando en oración, veía con los ojos interiores la humanidad de Xpo.

“Tercero. A Nuestra Señora también a visto en símil forma.

“Cuarto. Estas cosas que a visto le con{75}firmaron entonces (cuando se encontraba en Manresa) y le dieron tanta confirmaçion siempre de fe, que muchas veçes a pensado consigo etc.”[69].

De todo lo cual se deduce como cierto: que San Ignacio escribió los Ejercicios en Manresa, teniendo cierta ilustración sobrenatural; que en Manresa sólo Dios fué su maestro y ningún otro hombre de los mortales (lo cual no significa que San Ignacio nada aprendiera de los hombres, sino que ningún hombre puede atribuírse este nombre de maestro de Ignacio); que muchas veces vió a Jesucristo, y, aunque San Ignacio no dice cuántas veces vió a la Virgen María, si eran más o menos frecuentes sus visitas, pero afirma que vió a ambos; y, así, dice[70]: “Y con sollozos sintiendo seer la Madre y el Hijo intercesores…, viendo y sintiendo los Mediadores…”

El P. Juan Creixell, S. J., asegura, por último, que San Ignacio recibió auxilio directo de Cristo y de la Virgen para escribir los Ejercicios.{76}

Por último, hemos de aducir el testimonio de aquel pasaje que se encuentra en el códice Piedad de los Amigant (fol. 23), en que se dice: “San Inacio dió los exercicios espirituales a la señora Angela de Amigant, luego que se los uvo dictado la Virgen. Es constante que la Virgen Santísima enseñó los exercicios espirituales, que oi dia practica la Compañia de Jesus a San Inacio. Conociendo el Santo el copioso fruto que se coje dellos, los comunicó a la señora Angela de Amigant, como tan discipula de su enseñanza. Assí lo declara el processo de la canonizazion de San Ignacio, folio 377.”

Esto es cuanto se puede alegar en este sentido.

Por lo cual, si San Ignacio nunca reveló esto claramente, pudieron ser muchas las causas que a ello le obligaron, o porque entendiera que todos debían tener como cierta la autoridad de la Santa Iglesia Católica al aprobar los Ejercicios Espirituales, no por estar estos escritos con una ilustración particular, sino por altas y divinas inspiraciones.{77}

DE LAS FUENTES EXTERNAS DE LOS “EJERCICIOS”
Lo primero que se necesita consignar es qué libros leyó San Ignacio en Manresa, esto es, mientras hacía los ejercicios, y cuáles los que leyó en Loyola, o sea antes de hacer los ejercicios, porque si encontraras en ellos pasajes que convengan con los de otros autores, terminaremos por comprender que los había leído.

El propio Santo, contando a Consalvio las cosas por él realizadas, dice, refiriéndose a los libros que leyó en la casa paterna de Loyola: “Le dieron un Vita Christi y un libro de la Vida de los Santos, en Romance.”

Respecto a los que leyó en Manresa, solía decir con frecuencia:

“En Manresa hauia uisto primero el Gerçonzito y nunca mas hauia querido leer otro libro de deuocion.”

Por último, dice: “Ordinariamente leya a la misa de pasión”.

Hay que tener en cuenta que—según{78} nos dice Menéndez y Pelayo—[71] “en los primeros años del siglo XVI apenas había en España libros de devoción, y éstos no eran de primer orden.

“Faltaban, además, catecismos; faltaba sólida instrucción dogmática en la gran masa del pueblo y hasta en los conventos de monjas: y, si es verdad que circulaban, entre la gente piadosa, libros tan maravillosos y de tan pura doctrina como el Kempis que entonces llamaban Contemptus mundi, la Escala Espiritual de San Juan Clímaco, algunos tratadillos de San Buenaventura, las Epistolas de Santa Catalina de Sena y pocos más…”

Por tanto, las principales fuentes externas del libro de los Ejercicios son: Vita Christi, Kempis o Imitación de Cristo, Flos Sanctorum y la Santa Biblia.

Para que el lector se dé cuenta de la importancia de estas obras, parécenos conveniente apuntar algunos juicios explicativos de ellas.{79}

Vita Christi.
Esta obra es una exposición y comentario de la vida del Salvador, según los evangelistas, interpretados por los más ilustres varones de la Tradición y de la Patrística, poniéndose al final de cada capítulo oraciones muy piadosas que revelan un espíritu abrasado en el divino amor.

Esta obra maestra[72] es del insigne teólogo alemán Ludolfo de Sajonia, conocido con el nombre de El Cartujano, que pasó de la Orden de Santo Domingo, a la que perteneció unos veintiséis años aproximadamente, a la Cartuja de Estrasbusgo, hacia el 1340, falleciendo el 10 de abril de 1378.

La edición de este libro, en cuatro grandes tomos, es, seguramente, la que manejó el ermitaño de Manresa, pues es la tradu{80}cida del latín a romance familiar castellano por el franciscano Ambrosio Montesino, impresa en Sevilla por los años 1520, en la casa de Juan Cromberger.

Imitación de Cristo.
Este libro es uno de los que mayores ediciones se han hecho en el mundo.

La traducción fué hecha por el Cicerón español de la obra De imitatione Christi et conteptus mundi, atribuída a Tomás de Kempis.

Realmente, no hay libro alguno que sea mejor compañero del hombre en todas las vicisitudes de la vida que éste.

Él prodiga fuerzas al desconfiado que tiene caídas las alas del corazón y da alientos al descontentadizo, al acongojado y al que se ve asido por una voluntad propia irresistible.

Él lleva el consuelo al triste, templa los gozos del que tiene una demasiada alegría. Con su lectura se siente y se nota la pequeñez del hombre ante la grandeza de Dios y hace discurrir por el camino más llano y{81} para contemplarse uno mismo en el espacio más claro.

Él auxilia en los trabajos, ilumina en las dudas, guía para el buen vivir y, como dice el inmortal autor del Símbolo de la fe, es el libro del menosprecio del mundo y de seguir a Cristo.

Flos Sanctorum.
Débese este libro a Fray Diego de la Vega, de la Orden de San Jerónimo, que se imprimió el año 1421 en Zaragoza, y a Fray Domingo de Saltanas, de la Orden de Predicadores, que la imprimió en Sevilla el año 1555[73].

El primero llevaba por título: Doctrina Cristiana, lo que debe cada uno creer, temer, obrar, desear, etc.

Comprende este libro las vidas de Cristo, de la Virgen y de los Santos, con los misterios de nuestra Sacrosanta Religión, y en forma para ser leído en todos los días{82} del año, por el orden en que la Iglesia celebra sus fiestas.

San Ignacio leía diariamente este libro cuando oía la Santa Misa y para meditar sobre ellas en los ratos de oración.

La substancia, pues, de estos libros, por ser de todos conocida, huelga ponderarla en relación con la enseñanza y el provecho que de su lectura asidua se obtiene.

La Santa Biblia.
La Sagrada Escritura, como el Breviario, han sido y serán siempre compañeros inseparables del religioso.

Sin duda alguna se puede asegurar que San Ignacio leía detenidamente y a diario la Biblia, conjunto de libros inspirados por el Espíritu Santo, y que, según el inmortal León XIII, haciendo suyas frases de esclarecidos padres de la Iglesia “son fuentes inexhaustas de celestial sabiduría y prados amenísimos, donde se apacientan, con sobrehumano deleite, las ovejas de Cristo”[74].{83}

Como el Santo fundador no conocía el latín, leería las ediciones de Ambrosio de Montesinos, de 1512, que sólo se insertan las epístolas y evangelios; el Nuevo Testamento de Francisco de Encina, edición dedicada al Emperador Carlos V[75], la Políglota de Alcalá, hecha bajo los auspicios del gran Cardenal Cisneros[76] o la Políglota de Amberes, costeada por Felipe II y que se editó de 1569 a 1576.

Para que el lector se dé cuenta de cómo coincidió San Ignacio con estas obras en la redacción de los Ejercicios Espirituales, vamos a poner a dos columnas los textos de aquéllos y de éste.{84}

Texto sagrado del “Vita Christi”.
E entró el ángel donde estaua ella… Díxole: Dios te salue llena eres de gracia… concebirás en el vientre e parirás fijo. (I, V, IV y VIII.)

Mira que Santa Ysabel tu prima concibió en su vejez. (Ibíd., p. X.)

Ves aquí la sierua del Señor, hágase en mí según tu palabra. (Ibíd., p. XI.)

E acaeció que como oyesse la salutación de la Virgen María Santa Ysabel, que se gozó el ynfante en su vientre, e fué luego llena de Espíritu Santo santa Ysabel e alçó una boz muy grande e dixo: O Señora, bendita eres tu entre todas las mugeres e bendito es el fruto de tu vientre. (I. VI. III.)

Engrandece mi ánima al Señor. (Ibídem, párrafo VI.)

E estuuose en la casa de Santa Ysabel la virgen María quasi por el espacio de tres meses. (Ibíd., párrafo VII.)

E yuan todos para que cada uno se manifestase por súbdito del emperador… Subió Josph de Nazareth de la provincia de Galilea con la Virgen María, su esposa, que{85} Texto sagrado de los “Ejercicios”.

Entrando el ángel a donde estaba María; la saludó diciéndole: Dios te salve llena de gracia, concebirás en tu vientre y parirás un hijo.

Y mira que Elisabet tu parienta, ha concebido un hijo en su vejez.

He aquí la sierva del Señor, cúmplase en my segun tu palabra.

Y como oyese Elisabet la salutación de nuestra Señora, gozóse el niño en el vientre della, y llena del Spiritu Santo Elisabet, exclamó con una gran voz y dixo: vendita seas tu entre las mugeres y vendito sea el fruto de tu vientre.

Engrandece my anima al Señor.

María estuvo con Elisabet quasi tres meses, y después se tornó a su casa.

Ascendió Joseph de Galilea a Bethelen, para conocer subiection a César con María su esposa y muger ya preñada.{86} estaua preñada, a Belén de Judá cibdad de Dauiz. (I, IX, II.)

Parió a su hijo primogénito… enboluiolo su madre en pañales e reclinolo en un pesebre. (Ibíd., párrafo III.)

E… se ayuntó con aquel ángel una gran multitud de cauallería celestial que alabauan a Dios e dezian: gloria sea a Dios en las alturas, e en la tierra sea paz a los hombres de buena uoluntad. (Ibíd., párrafo VI.)

Catad que os evangelizo e declaro un gozo muy grande que será a todo el pueblo…, porque hoy es nascydo a vosotros el Salvador. (Ibíd., párrafo V.)

E uinieron estos pastores con feruor e sin tardança alguna, e hallaron a la Virgen María e a Joseph e al infante puesto en el pesebre. (Ibíd., párrafo VII.)

E los pastores tornáronse glorificando e alabando a Dios en todas las cosas… (Ibíd., párrafo IX.)

Fué llamado su nombre Jesús, el qual fué por el ángel nombrado antes que en el vientre fuesse concebido. (I, X, I.)

Sabed que auemos visto, estando nosotros en Oriente, su propia estrella e uenymos a lo adorar. (I, XI, IV.){87}

Parió a su hijo primogénito y lo embolbió en paños y lo puso en el pesebre.

*
* *

Llegose una multitud de exercito çelestial que dezia: gloria sea a Dios en los çielos.

*
* *

Manifiesto a uosotros grande gozo, porous hoy es nascido el Saluador del mundo.

*
* *

Vinieron con priesa y hallaron a María y a Joseph y al niño puesto en el pesebre.

*
* *

Tornaron los pastores glorificando y laudando al Señor.

*
* *

El nombre dél es llamado Jesús, el qual es nombrado del ángel ante que en el vientre se concibiese.

Vimos la estrella dél en oriente y venimos a adorarle.{88}

E inclinados en tierra adoraronlo… E los reyes, hallado el infante, abrieron sus thesoros e ofrecieronle oro, encienso e mirra. (I, XX, VI et VII.)

Recibieron respuesta en sueños… que no voluiesen a él… e ansi se tornaron por otro camino a su tierra. (Ibíd., párrafo IX.)

Un par de tortolas o dos palominos. (I, XII, I.)

Lo tomó en sus palmas y lo repuso entre sus brazos. (Ibíd., párrafo V.)

Agora dexas, Señor, a tu siervo según tu palabra en paz.

Confessaua al Señor… fablaua dél a todos los que esperauan la redencion de Jerusalen e de Isrrael. (Ibíd., párrafo IX.)

Leuantate e toma al niño e a la madre e huye para el reyno de Egipto. (I, XIII, I.)

Toma el ynfante e a su madre e vueluete con ellos para la tierra de Isrrael. (I, XIV, I.)

Leuantandose… tomó al infante… e a su madre… e començó a voluerse a la tierra de Isrrael. (Ibíd.)

Aprouechaua Christo en edad, e en sabiduría e gracia. (I, XV, XI.){89}

*
* *

Postrandose por tierra lo adoraron y le presentaron dones, oro encienso y mirra.

*
* *

Rescibieron respuesta estando durmiendo, que no tornasen a Herodes, y por otra vía tornaran a su región.

Un par de tortolas o dos hijos de palomas.

Tomolo en sus braços.

*
* *

Agora, Señor, dexa a tu siervo en paz.

*
* *

Viniendo después, confesaba al Señor y hablaba dél a todos los que esperaban la redención de Israel.

Lebántate y toma el niño y a su madre y huye a Egipto.

Lebántate y toma el niño y su madre, y ba a la tierra de Israel.

*
* *

Leuantandose uino en la tierra de Israel.

*
* *

Aprouechaba en edad, sapiencia e gracia.{90}

¿Por ventura no es este hijo de vn carpintero?

¿No sabiades que a las cosas que cumplen a la honra de my Padre avía yo de estar presente? (I, XIV, VIII.)

Déxame agora… porque desta manera conuiene a entramos que cumplamos en perfeccion toda justicia. (I, XXI, IV.)

E descendió el Espíritu Sancto sobre él ansí como paloma e quedose sobre su cabeza… e sonó la boz del Padre diziendo: este es mi fijo muy amado en el qual yo me dy contentamiento. (Ibíd., párrafos VII et VIII.)

El diablo… se acercó a él, diziendo: si hijo de Dios eres, di que estas piedras se tornen en pan; si eres hijo de Dios, derríbate de aquí abaxo: todas estas cosas te daré… si te pusieres en tierra de rodillas e me adorares. (I, XXIII, párrafos V, VII y VIII.)

Vinieron los ángeles allegándose a él seruianlo. (Ibíd., párrafo XIV.)

Quitad estas cosas de tan Sancto lugar como es este, e no queráys hazer la casa de mi Padre casa de negociación. (I, XXVI, I.){91}

¿Por auentura es este aquel carpintero?

*
* *

¿No sabeis que en las cosas que son de my Padre me conviene estar?

*
* *

Haz esto por el presente, porque assí es menester que cumplamos toda la iusticia.

*
* *

Vino el Espiritu Santo y la voz del Padre desde el çielo afirmando: este es my hijo amado, del que estoy muy satisfecho.

*
* *

Llegandose a él el tentador, le dize: si tú eres hijo de Dios dy que estas piedras se tornen en pan: héchate de aquí abaxo: todo esto que vees te daré, si postrado en tierra me adorares.

*
* *

Vinieron los angeles y le seruían.

*
* *

Quitá estas cosas de aquí, y no querays hazer mi casa cassa de mercadería.{92}

Ansi resplandezca vuestra luz delante de los hombres, que vean vuestras buenas obras, e glorifiquen a vuestro Padre que en los cielos es. (I, XXXIV, I.)

Mas yo os digo: amad a vuestros enemigos, e hazed bien a los que os aborrescieron. (I, XXXV, V.)

¿Qual es este a quien los vientos e la mar obedecen? (Ibíd., párrafo II.)

E mirad que os enbío como oueja en medio de lobos… e mirad que seais prudentes como las serpientes… e sed simples como las palomas. (I, LII, I.)

De gracia e sin precio recebiste el don de gracia e sin precio lo administrado… ninguna cosa llenares…, ni oro ni plata. (I, LI, III.)

Le son perdonados muchos pecados, porque amó mucho… e dijo el Señor a la muger: perdonados te son todos tus pecados… la fe tuya te fizo salua… anda vete en paz. (I, LX, IV.)

Lázaro ven fuera. (II, XVII, VI.)

Desatadlos e trahédmelos; e si alguno os dixere algo, dezid que el Señor los ha menester, e luego en ese punto os los dexaran traher. (II, XXXVI, I.){93}

Assi vuestra luz alumbre delante los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre, el quál está en los çielos.

Yo os digo a vosotros que ameys a vuestros enemigos y agáys bien a los que os aborresçen.

¿Quién es este al cual el viento y la mar obedescen?

Mirad que os enbío a vosotros como obejas en medio de lobos; por tanto sed prudentes como serpientes y simples como palomas.

No querays poseer oro ni plata; lo que graciosamente recibís, dadlo graciosamente.

*
* *

Perdonanse a ella muchos peccados, porque amó mucho, y dixo a la muger: tu fe te ha hecho salua; vete en paz.

*
* *

Lázaro ven fuera.

Desatadlos y traédmelos; y si alguno os dixere alguna cosa, dezid que el Señor los ha menester, y luego los dexará.{94}

O hijo de David salvanos en las alturas… Bendito es e sea este que viene en el nombre del Señor. (II, XXVII, II.)

Tomad e comed.

Triste está mi ánima fasta la muerte.

E acaesció que vino sobre él vn sudor como gotas de sangre que corría en tierra. (Ibíd., párrafo VIII.)

Como a ladron me salisteis a prender con espadas e con lanças… cada día estaua con vosotros en el templo enseñando e predicando e no me prendistes. (Ibíd., párrafo VIII.)

Dios te salue, rey de los judíos… Dábanla en la cara bofetadas. (Ibíd., párrafo V.)

E salió luego Jhesús… trayendo en su cabeça corona de espinas e un manto de púrpura encarnado, e un cetro de caña en la mano… E entonces dixoles Pilatos: Ecce homo. (Ibíd., párrafo VI.)

No tenemos otro rey sino César. (Ibídem, párrafo VII.)

Este es Jhesú nazareno, rey de los judíos. (II, LXIII, IV.)

Ya, tú eres el que destruyes el templo de Dios… Abaxa de la cruz. (Ibíd., párrafo VII.){95}

Sáluanos, hijo de David; bendito el que viene en nombre del Señor. Sáluanos en las alturas.

Tomad y comed.

Triste está my ánima hasta la muerte.

Su sudor era como gotas de sangre que corrían en tierra.

*
* *

Como a ladrón me avéis salido a prender con palos y armas, quando cada día estava con vosotros en el templo enseñando, y no me prendistes.

*
* *

Dios te salue, rey de los iudios. I dábanle de bofetadas.

*
* *

Salió, pues, Jesús, fuera, coronado de espinas y vestido de grana, y dixoles Pilatos: e aqui al hombre.

*
* *

No tenemos, rey sino a Çesar.

*
* *

Jesús naçareno, rey de los iudios.

*
* *

Tú eres el que destruyes el templo de Dios, baxa de la cruz.{96}

¿Quién nos reboluerá la piedra que está puesta a la entrada del monumento? (II, LXXI, II.)

Bien sé que buscáys a Jhesú-christo crucificado e nazareno; leuantose, no es aquí. (Ibíd., párrafo IV.)

No queráys temer. Id e recontad estas cosas a mis hermanos, e dezildes que vayan a Galilea, e alli me verán. (Ibíd., párrafo II.)

Es verdad que el Señor es resuscitado e apareció a San Pedro. (II, LVVVII, I.)

O agenos de buen entendimiento… o tardios e detenidos de coraçon… en creer en las cosas que hablaron los profetas; ¿por ventura no sabés que fué menester que padeciesse Christo estas cosas, e que por esta manera entrasse en su gloria? (II, LXXVI, II.)

Recebid e tomad el Espíritu Sancto… Todos los pecados que vosotros perdonáredes a los hombres, serán perdonados a ellos… (Ibíd., párrafo VII.){97}

¿Quien nos alçará la piedra de la puerta del monumento?

*
* *

A Jesú nazareno buscáis; ya es resucitado, no está aquí.

*
* *

No temáys. Yd y dezid a mis hermanos que vayan a Galilea, porque alli me verán.

*
* *

Verdaderamente el Señor a resuscitado y aparescido a Simon.

O nesçios y tardos de corazón para creer todo lo que han hablado los prophetas, ¿no era neçesario que Xpo. padesçiese y asi entrase en su gloria?

*
* *

Recebid el Spíritu Sancto; a aquellos que perdonáredes los peccados, les serán perdonados.{98}

Podríamos continuar aduciendo textos de ambos libros para probar la identidad de uno y otro; mas no hemos de dar a esto importancia alguna, puesto que nadie, al tratar de la vida y misterios de N. S. Jesucristo, puede alterar, en gran manera, el texto de los cuatro Evangelistas.

Igualmente podríamos sacar párrafos contextes de Flos Sanctorum, de Vita Christi, de la Imitación de Cristo y de los Ejercicios; mas tal labor, además de pesada, resulta un tanto enojosa, por lo cual, nos permitimos remitir al lector, si desea comprobar esto, al tomo 55 de Monumenta Ignatiana, páginas 64 y siguientes.

Autores hay, también, que sostienen que San Ignacio tomó para su obra muchos pasajes del libro escrito por el V. P. García Cisneros, de la Orden de San Francisco, titulado Ejercicios de la vida espiritual en 1400.

El P. Lorenzo Nieto dice acerca de esto: “que Fray Xanones dió a Ignacio y le enseñó unos ejercicios espirituales, en los cuales se ejercitó Ignacio, cuando estaba{99} en Manresa, para lo cual venía al monte Serrato”[77].

El Padre Joaquín Bonanat añade: “Le dió unos ejercicios espirituales del hermano García de Cisneros, de esta casa”[78].

También el Padre Miguel de Santa Fe dice que “le dió unos ejercicios espirituales de Cisneros”[79].

Santiago Campomany y Francisco Godofredo, Prior del monasterio de Monte Serrato, dicen que Ignacio recibió los ejercicios de Xanones, por el Ejercitatorio del Padre Cisneros.

Igual sostienen los PP. Ribadeneyra y Girón, S. J., y el P. Lerma, O. S. Ben.

Sin embargo de todo esto, el Padre Yepes afirma[80] que San Ignacio aprendió{100} los ejercicios espirituales en él (convento de Montserrat), que después con tanta gloria suya y de su religión esparció y publicó por todo el mundo.

El abad Constantino Cayetano, de la Orden de San Benito, publicó en Venecia, el año 1641, una obra titulada: De religioso Sancti Ignatii sive Euncionis fundatoris Societatis Jesu per patres benedictinos institutione. Deque libello exercitiorum ejusdem al Exercitatorio U. S. D. García Cisnerii abbatis benedictine magna ex parte denunpto. Constanti abbatis Cajetani vindicis benedictine libri duo[81].

El P. Juan Marcial Besse, de la Orden de San Benito, dice respecto a esta obra[82]: “Los primeros capítulos del segundo li{101}bro intentan verdaderamente establecer, contra Ribadeneyra, que los Ejercicios Espirituales no han sido compuestos en Manresa, pues el autor busca y pone de relieve minuciosamente lo que puede haber de común entre el libro de Cisneros y el de San Ignacio.”

“De aquí se deduce esta conclusión: ¿Será preciso encarecer la importancia de la tesis sostenida en esta obra? El buen sentido habrá hallado la razón.”

Esta opinión la han compartido muchos autores, no sólo del siglo XVII, sino de nuestros días. Y así encontramos al P. Bruno Albers, de la Orden de San Benito, que dice: “Y estos mismos jesuítas deben su nacimiento y sus ejercicios a la Orden de San Benito, pues ya en el año 1496 (el autor debió decir el 1500) García, abad del Monte Serrato, publicó un libro de ejercicios, el que después tomó el fundador de los jesuítas, lo cambió un poco y lo dió a sus alumnos y discípulos”[83].{102}

Sin embargo de todo lo expuesto, quien lea el Ejercitatorio[84] podrá ver que si hay algunos lugares comunes a ambos autores, no obstante, se diferencian bastante en el orden y en la exposición, y muchas cosas hay en el libro de los Ejercicios que ni siquiera se mencionan en el Ejercitatorio, como el principio y fundamento, el examen particular, del Reino de Cristo, de las dos vigilias, los tres binarios y todas las demás reglas para escoger el momento oportuno de elección y reforma de vida.

El Ejercitatorio es, como si dijéramos, un libro para guiar a los maestros.

Los Ejercicios, en cambio, sirven para que los maestros puedan guiar, en efecto, pero también pueden guiarse por sí mismos los ejercitantes con sólo leerle y meditarle.

En la Regla de San Benito dice el Padre{103} Pierdet O. S. B.: “Estos ejercicios resultaron maravillosos, pues hasta entonces no eran conocidos y fundados en un sistema en que las eternas verdades de la fe, existen íntimamente unidas e interiormente encadenadas y contienen todo lo que al alma pueda purificar, limpiar, formar y salvarla, y especialmente para llevarla al escalón de la perfección que Dios en ella impuso, y al plan a que ella está llamada a recibir, según predestinación divina”.

El autor de los Ejercicios se inspiró para escribir el capítulo de los tres grados de la humanidad, reduciendo a tres los doce que constituyen, según el Patriarca de los monjes de Occidente, toda la escala de la perfección.

De otros autores a quienes leyera San Ignacio, bien en Loyola o en Manresa, y de los que tomara pensamientos o ideas para su libro, se ha dicho bastante[85], pero como esta reseña biográfica va extendiéndose demasiado, no queremos decir más sobre{104} este punto, terminando con lo siguiente: San Ignacio, cuando escribió este maravilloso libro, carecía de ilustración científica[86] y apenas había leído alguno que otro libro piadoso; por tanto, mal podía tomar pasajes, ideas, pensamientos, sentencias, etc., de libros que no vió, como se le quiere atribuír.

Y, expuestos estos datos biográficos, pasaremos a estudiar su bibliografía.{105}

[Imagen no disponible.]
CAPILLA-SEPULCRO DE SAN IGNACIO

{106}

{107}

PARTE SEGUNDA

BIBLIOGRAFÍAS
{108}

BIÓGRAFOS

DE

SAN IGNACIO DE LOYOLA

PRIMERA PARTE
{109}

BIÓGRAFOS
DEL SANTO
Como la vida del Santo ha sido escrita, según al principio dijimos, por muchos y muy autorizados autores, en nuestro deseo de ilustrar cuanto podamos al lector, nos ha parecido procedente aportar una ligera relación de la mayoría de los escritores que dedicaron su pluma y su inteligencia a estudiar con todo detenimiento a San Ignacio en su vida y en su insigne e ínclita fundación.

Para mejor conocimiento de tales datos, haremos primero una relación de los biógrafos españoles y después detallaremos los que escribieron en otros idiomas.{110}

BIÓGRAFOS
NACIONALES
Astraín (P. Antonio, S. J.): Historia de la Compañía de Jesús, tomo I. San Ignacio de Loyola; 1540.

Ribadeneyra (Pedro): Vida del bienaventurado Ignacio de Loyola, fundador de la Religión de la Compañía de Jesús; 1585-86.

García (Francisco, S. J.): Vida, virtudes y milagros de San Ignacio de Loyola; 1685.

Nieremberg (J. Eusebio, S. J.): Vida de San Ignacio.

Ortiz Lorenzo: Origen e institución de la Compañía de Jesús en vida de San Ignacio.

Fluviá: Vida de San Ignacio.

Creixell (Juan, S. J.): San Ignacio en Barcelona y en Manresa. Reseña histórica de la vida del Santo[87].

Ricardo (José María, S. J.): San Ignacio de Loyola.

Astraín (Antonio, S. J.): Historia de la Compañía de Jesús en la asistencia de España; 1902.

Luque Fajardo (F.): Vida de San Ignacio, fundador de la Compañía de Jesús.

Mir: Vida de N. P. San Ignacio de Loyola.

{111}

AUTORES QUE ESCRIBIERON
EN LATÍN
LA VIDA DEL SANTO
Maffeé (Juan Pedro, S. J.): De vita et moribus Ignatii Lojolae qui Societatem Jesu fundavit; 1585.

Polanco (Juan Alfonso, S. J.): Vita Ignatii Loiloae et rerum Societatis Jesu historia; 1894.

—Acta Sanctorum. Jul., tomo VII.

—Monumenta Ignatiana, tomo II.

Bidermann (J.): De Ignatio Loyola, libri 3. Dillincal; 1625.

Bombino (P. P.): Vita Sancti Ignatii; 1615.

—Compendium vitæ S. Ignatii Loyola, S. J., Fundatoris.

Lyrous (Adrianus): Apopthemata sacra Ignatii De Loyola.

Pérez de Vera: Breve compendium metro heroico adaptatum vitæ apostolorum instar Divi Ignatii a Loyola.

Bartolus (P. Daniel): De vita et institutio Sancti Ignatii Loyola.

Gretieros (Jac.): Ignatii, libri V, apologetici pro vita B. P. Soc. Jesu fundationis adversus calumnias Lithi Miseni.

{112}

EN ITALIANO
Ribadeneyra (P. Petro): Ignatio Loyola vita del P. tradutta da Giovanni Giolito de Ferrari.

Bartolli (Daniel): Della vita e del Instituto di S. Ignazio; 1650.

Virgilio Nolasco: Vita del Patriarca Sant Ignatio di Loyola; 1701.

Tachi Venturi (Pedro, S. J.): Della prima edizione della vita de N. S. P. Ignazio, scriteta dal P. P. Ribadeneyra.

Lucas: Vida scripta di St. Ignatio di Loyola.

Bartolus: Vita et institutio de Sancto Ignatio, fundatore de la Compania di Guiesu.

EN FRANCÉS
Bouhours (Domingo, S. J.): La vie de Saint-Ignace, fondateur de la Compagnie de Jesu; 1679.

Clair (Charles): La vie de S. Ignace de Loyola, d’après Pierre Ribadeneyra son premier biographe; 1891.

Denis (Ant.): Saint Ignace de Loyola, son aimable sainteté, son admirable pussance, et son culte; 1885.

{113}—Bibliothèque de la Compagnie de Jesu, tomo I. Ignatio Loyola.

Sonaveerbogel: Bibliothèque Historie de la C. J., tomo X. Bibliographie[88].

EN INGLÉS
Rose Stewart (S. J.): Sant Ignatius Loyola and the early (Jesuits); 1891.

Thomsom (Francis): Life of St. Ignatius Loyola.

EN ALEMÁN
Nieuweuhoff (Villem van): Leven van den M. Ignatius van Loyola; 1892.

Genelli (Chr.): Leben des H. Ignatius von Loyola; 1848.

{115}

{114}

BIÓGRAFOS

DE LOS

«EJERCICIOS ESPIRITUALES»

SEGUNDA PARTE
{116}

{117}

El libro más leído.—Ediciones en español.—Ediciones en latín.—Ediciones de la Compañía de Jesús.—Obras Relacionadas con nuestro santo.

Hemos dicho en otro lugar que los Ejercicios, de San Ignacio, se han publicado en todos los idiomas y hasta dialectos, por lo cual, puede asegurarse, sin hipérbole, que es el libro que más se ha leído en el mundo y que más ediciones ha alcanzado.

Por eso es muy difícil hacer una verdadera Bibliografía, en la que se consignen todas las ediciones, autores, etc., que se han hecho y ocupado de este libro de oro.

Muchos han sido nuestros trabajos para bucear en ese océano inmenso de publicaciones, no obstante lo cual, podemos asegurar que con las noticias que aquí damos y las que aportamos en otro lugar, poco será lo que ignorado quede acerca de las publicaciones hechas por los Ejercicios.{118}

Comenzaremos por dar noticia de las ediciones hechas en español.

*
* *

1615. Ejercicios Espirituales del B. Padre Ignacio de Loyola IHS.—En Roma, en el Colegio Romano de la Compañía de Jesús.

1626. La Palma (Luis): Camino espiritual de la manera que lo enseña el bienaventurado P. San Ignacio de Loyola en su libro de los “Ejercicios Espirituales”.—Alcalá.

1628. Exercicios Espirituales del S. Padre Ignacio de Loyola, 16 IHS 28.—Sevilla, con una carta del P. Bernardo de los Angeles.

1665. Exercicios Espirituales.—Manila. (De la obra Corrections et additions a la Bibliothèque de la Compagnie de Jésus), por Ernesto.—M. Riviere, S. J.

1671. Exercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, en Sevilla, por Tomé de Dios Miranda.

1698. Exercicios Espirituales, de San Ignacio de Loyola.—En el Colegio del Espíritu Santo, Puebla de los Angeles (Me{119}xico), con una carta del P. Bernardo de los Angeles. En esta obra encontramos unidas las “Reglas de la Compañía de Jesús”, editada por los herederos del capitán Juan de Villarreal.

1773. Exercicios Espirituales, de San Ignacio de Loyola, Fundador de la Compañía de Jesús, con una introducción antes del texto del Santo, conveniente para formar el debido aprecio de estos exercicios y la idea de su método y práctica, por Joseph Dolz, impresor. Valencia.

En esta edición procuró el P. Jerónimo Julián, S. J., incluír los comentarios que hizo a los Ejercicios el prepósito Cf. Uriarte en el Catálogo razonado de obras anónimas y pseudónimas.

1746. Ferrusola (Pedro): Ejercicios Espirituales o una explicación de los Ejercicios de San Ignacio. Barcelona.

1749. Exercicios Espirituales del B. Padre Ignacio de Loyola. Sevilla.

1751. Exercicios Spirituales de nvestro padre San Ignacio. Cómo se hazen y practican en la Compañía de Jesús (de la obra del P. E. M. Riviere, S. J., ya citada.)

1833. Exercicios Espirituales, de San{120} Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús. En su texto original, con una introducción oportuna para su aprecio, inteligencia y uso, IHS. Madrid. Con una carta del P. Bernardo de los Angeles.

En este mismo año se hizo otra edición igual a ésta en Burgos.

1837. S. P. Ignatii Loilae Exercitia Spiritualia textu hispánico cum autographo collatione restituto IHS. Roma.

También se hizo en Roma otra edición en este mismo año, y, ciertamente, no estaba muy versado en el español ni en el latín su autor cuando le pone este título: Jesus S. P. L. Exert. Spirita. Textu Hispanico ex diligenti cum autograpo callatione restituto. Romae.

Menos mal que el texto español no está tan corrompido como el título que precede.

1858. Exercicios Espirituales, de San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, en su texto original. Madrid. Con la carta del P. Bernardo de los Angeles.

1867. Ejercicios Espirituales, de San Ignacio de Loyola, fundador de la Compa{121}ñía de Jesús, tomados del texto original autógrafo del mismo santo. Manresa.

1877. Exercicios Espirituales, de San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, en su texto original IHS. Barcelona.

1880. Ejercicios Espirituales, de San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, tomados del texto original autógrafo del mismo Santo. Segunda edición de Manresa.

1887. Exercicios espirituales de San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, en su texto original. IHS. Barcelona.

Otra edición como ésta se hizo en la misma ciudad condal el año 1892.

1896. Nonel (Jaime): Los Ejercicios Espirituales de N. P. S. Ignacio en sí mismos y en su aplicación. Manresa.

1899. En una obra editada por Calleja y que se titula Joyas del Cristianismo. Colección de devociones, meditaciones y lecturas piadosas, por X., figuran los Ejercicios Espirituales, de San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, en su texto original.{122}

En el mismo año se hizo otra edición en México por los hermanos Herrero.

1700. Ejercicios Espirituales, de San Ignacio de Loyola. Barcelona.

En este mismo año se publicó, también en la ciudad condal, una obra titulada Concordancia entre la “Imitación de Cristo” y los “Ejercicios Espirituales”, de San Ignacio, por el P. Mercier, S. J., versión al castellano de D. Arturo Masriera.

1904. Manual de los Ejercicios Espirituales, de San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, formado según las obras de los más celebrados comentadores de los mismos Ejercicios, por el Padre Jaime Gutiérrez, S. J. Zaragoza.

El Apostolado de la Prensa publicó, este mismo año, en Madrid y en uno de los tomos de su Biblioteca los referidos Ejercicios.

1908. En Roma se publicó una edición de los Ejercicios, reproducción fototípica del original.

1912. Manual de los Ejercicios, por el Padre Carra, se titulaba una obra en dos tomos, publicado en Zaragoza. En el tomo I están los Ejercicios.{123}

1915. En Londres se publicó una obra titulada The spiritual Exercises spanish and english, Roehamptom: printed by John Griffin, y The Spiritual exercises of St. Ignatius Loyola spanish and english With a continuous commentary by Joseph Rickaby, S. J.

Además de todas éstas, conocemos las que a continuación damos:

Fernández Navarro: Meditaciones sobre los ejercicios.

Cataneo (P. Carlos A.): Exercicios Espirituales, de San Ignacio.

Casadavalillo (Franco Xavier): Exercicios Espirituales.

Hortiz de Garay: El Eclesiástico instruído. Exercicios Espirituales.

Muñoz (P.): Exercicios Espirituales.

Salazar (Francisco): Ejercicios Espirituales, de N. P. San Ignacio de Loyola.

Raxas (P. Martín): Meditaciones según las cuatro semanas de los ejercicios de San Ignacio.

Rosignolo (C. G.): Noticias memorables de los exercicios espirituales de San Ignacio.{124}

Torrubio (Pedro T.): Práctica de los exercicios espirituales de San Ignacio.

EDICIONES TRADUCIDAS
AL LATÍN
1548. Exercitia spiritualia IHS. Romae.

1553. Exercitia spiritualia. IHS. Conimbrice per Joannem Barrerium.

1563. Exercitia spiritvalia. R. Admodum in Christo patre nostro M. Ignatio de Loyola Societatis Jesu institutore et primo Generale Praeposito autore.

En 1574 se hizo otra edición, igual que ésta, en Burgos.

1576. Exercita spiritvalia Ignatii de Loyola. IHS. Romae.

1582. Exercitia spiritvalia Ignatii de Loyola. Dilingae. Excudebat Joannes Mayer.

1583. Exercitia spiritualia Ignatii de Loyola, S. J. Vilnae.

1586. Exercitia spiritualia Ignatii de Loyola. IHS. Dvaci.

1587. Exercitia spiritvalia. R. Admodum in Christo Patre nostro M. Ignatio de{125} Loyola Societatis JESU Institutore et primo generali praeposito auctore IHS. Hispali.

1593. Exercitia spiritualia Ignatii de Loyola. IHS. Tolosae.

1596. Exercitia spiritvalia Ignatii de Loyola. IHS. Romae.

Esta es la primera edición en que se ven los lugares corregidos por los Padres encargados por la quinta congregación general.

1596. En una obra que se publicó en la Isla de Amakusa (Japón) y que lleva por título “Nataliillvstriss. D. D. Georgii S. R. I. Comitis ab oppers. dorf etc. Domini Svperioris Glocoviae et Fridecii etc… Cum qua mas etiam preces et religiosa obsequia offert. J. M. S. J.”, se encuentran los Ejercicios, de San Ignacio.

1599. IHS. Exercicia spiritualia Ignatii de Loyola. Valentiae.

1600. Exercitia spiritvalia Ignatii de Loyola. Magvntiae.

1604. Exercitia spiritualia B. Ignatii de Loyola IHS. Kalisz (Polonia).

1605. Exercitia spiritvalia B. P. N. Ignatii de Loyola IHS. Mvsiponti (Francia).{126}

1606. Ad Majorem Dei Gloriam. Exercitia spiritualia B. P. Ignatii Loyolae. Romae.

1610. Exercitia spiritvalia B. P. Ignatii Loyolae IHS. Aundomarojoli (Francia).

1614. Exercitia spiritvalia S. Ignatii latine. Lille (Francia).

1615. Exercitia spiritvalia B. P. Ignatii Loyolae IHS. Romae.

1619. Exercitia spiritvalia B. P. Ignatii de Loyola IHS. No tiene lugar donde se ha publicado.

1619. Exercitia spiritvalia B. P. N. Ignatii de Loyola. París.

Esta edición fué la primera que tuvo autorización, por privilegio del Rey, para que los libreros y comerciantes de París la vendieran, ya en latín, ya en francés, durante diez años, y con este título: “Les exercices spirituels du B. P. Ignace de Loyola, fondateur de l’ordre de la Compagnie de Jesvs”, con una autorización especial de A. Soto e I. Govault.

En este mismo año se hizo otra edición igual, en París también, y que lleva este título: Exercitia spiritvalia B. P. N. Ignatii de Loyola.{127}

1620. Exercitia spiritvalia B. P. N. Ignatii Loyolae. IHS. Dilingae (Baviera).

1635. Exercitia spiritvalia S. P. Ignatii Loyolae, IHS. Autverpiae (Bélgica).

Otra edición parecida a ésta se hizo en los mismos año y población, si bien en esta última se notan algunas novedades que dan a comprender que se editó fraudulentamente, pues cambia la v por la u en los principios de verbo (vt, vtpote, vxor y la w por la v en medio de ellos (quaeis, deuotio, euidens, tecétera) y omite la j en las palabras que deben llevarla, utilizando la i (Iesus, eius). Además, algunas páginas no tratan de la misma materia, aunque se ha procurado que los títulos de los párrafos coincidan en las páginas.

En 1638 se hizo otra edición como la primera del 35, en la misma población de Amberes.

1644. Exercitia spiritvalia S. P. Ignatii Loyolae. París.

En esta obra se incluyen, además, otras relacionadas con la Virgen y la relación hecha en el consistorio secreto sobre la vida de San Ignacio, haciéndose una edición igual en Madrid el año 1770.{128}

También se hicieron ediciones de los Ejercicios: en Viena, el 1656; en Campidon (Baviera), el 1660; en Roma, el 1663; en Amberes, el 1676; en Tirnavia (Hungría), el 1679.

Esta edición es muy notable, con muchos fotograbados de pasajes de la vida de San Ignacio, etc.

En 1680 se hizo en Praga una edición muy original, pues está hecha como en opusculitos y lleva veintisiete imágenes hechas por Samuel Dworzak, en las que no sólo se publican los Ejercicios, sino también otros escritos valiosos, como la bula de Alejandro VII, varias meditaciones, etc.

En Amberes se hizo otra el 1689, y en el 1691 otra en Bolonia.

1692. Pozuan (Polonia). Exercitia spiritvalia St. P. Ignatii Loyolae cum sensu eorumdem explanato a Patre Ignatio Diertius Bruseleusi e Societate Jesu.

Ediciones como ésta se hicieron: el 1687, en Bélgica, y el 1691, en Prusia. Igualmente, se hicieron otras en Amberes el 1693, el 1696, y en Wilna (Lituania) otra, el 1712, así como en Viena el mismo año se hizo{129} otra, a la que agregaron las reglas de la Sociedad.

1721. Exercitia spiritvalia S. P. Ignatii Loyolae IHS. Tyrnavia (Hungría).

1732. En Amberes, otra, muy artística, con gran número de ilustraciones.

1735. En Praga se hizo otra edición y en el mismo año otra en Roma.

1826. Exercitia spiritvalia S. P. Ignatii Loyolae cum sensu eorumdem explanato auctore R. P. Inatio Diertius. Turín (Italia).

1829. Exercitia spiritvalia Directorium et Industriae ad curandos animae morbos. Aviñón (Francia).

El 1835 se hizo otra edición en esta misma capital francesa, pero muy variada en su texto.

El 1836 se hizo una edición en Roma, que es muy parecida a la del 1596, con autorización de la Congregación general, y en 1837 se publicó otra igual a la anterior en la Ciudad Eterna, siguiendo a éstas las publicadas el 1838, en Turín; el 1844, en Vichy y en Le Mans (Francia), y en 1858, en Vichy, otra.

{130}

1910. Collectio secessuum spiritualium S. Ignatii de Loyola. Exercitiorum spiritualium Editio princeps qualis in lucen prodiit Romae.

Monumenta Ignatiana. Exercitio spiritvalia Sancti Ignatii de Loyola et eorum directoria, tomo 55. Madrid.

EDICIONES TRADUCIDAS
AL LATÍN POR LA
COMPAÑÍA DE JESÚS
Al hacerse algunas ediciones de las Instituciones o estatutos de la Compañía de Jesús, se incluyeron en este cuerpo los Ejercicios Espirituales, y esto nos da otras tantas ediciones.

La primera de éstas se hizo en Amberes, el año 1635, con el título de Corporis Institutorum Societatis Jesu, y la segunda, en 1702, en la misma población.

En la página 335 aparece el texto Exercitia spiritualia S. P Ignatii Loyolae juxta editionem excusam IHS.

Siguieron a ésta las siguientes: Praga, 1705; Amberes, 1709; Praga, 1757;{131} Génova, 1784; Aviñón, 1829; Roma, 1870, y Florencia, 1893.

También se incluyeron los Ejercicios en el Tesoro Espiritual de la Compañía de Jesús, del que se hicieron las siguientes ediciones: Cracovia, 1606 y 1607; Aviñón, 1834 y 1845; Rehampton (Inglaterra), 1874 y 1876; Brujas, 1882 y 1912, y Bilbao, 1887.

Uno de los que más han comentado e ilustrado este libro santo de los Ejercicios ha sido el P Roothaam, quien lo ha publicado con este texto: Exercitia spiritualia S. P. Ignatii Loyolae cum versione literali ex autographo hispanico Proemittuntus R. P. Joannis Roothaam Praepositi generalis Societatis Jesu littera encyclicae ac fratres ejusdem Societatis de spiritualium exercitiorum S. P. N. studio et usu IHS… en Roma, el 1835; en Londres, el 1837; en Roma, el 1838; en Namur, 1840 y 1841; en Palermo (Sicilia), el 1843; en Roma, el 1847, 1852 y 1854; en Ratisbona, el 1855; en Roma, el 1861; en París, el 1865; en Roma, el 1870; en Rehamtom (Inglaterra), el 1881; en Augsburg (Baviera), el 1887, y en Ratisbona, el 1911.{132}

También encontramos una edición en francés, titulada: “Saint Charles Borromée et les Exercices de Saint Ignace par Mgr. A. Ratti Préset de la Bibliotheque Ambrosiennes Enghien (Belgique). Mars. 1911, pp., 28-29.” Sabido es que este autor es el actual Pontífice Pío XI, que hoy rige los destinos de la Iglesia.

Además, nos encontramos con los siguientes Códices, en que se han publicado los Ejercicios:

1.º Autographum et versio Prima Exercitia S. P. Ignatii.

2.º Exercitiorum versionem primam et Vulgatam.

3.º Apographum exercitiorum S. Ignatii.

4.º Exercitia P. Polanci.

5.º Miscellanea de Inst. S. J., vol. II.

6.º Romanus Ignatii et Lainii.

7.º Barcinonensis III.

8.º Directorium Granatense.

9.º Codex Toletanus Ignatianus.

10. Codex Coloniensis Exercitiorum B. Fabri.

11. Codex Vaticanus. Regina lat. 2.004, del P. Fernando Tournier, S. J.{133}

12. Directorium Mironis. Ms. 76. Archivio di Stato (Romae).

13. Ms. 79. Archivio di Stato (Romae).

14. Directorium Variorum. Ms. 85. Archivo del Estado (Roma); y

15. Codex Burdigalensis Exercitiorum.

Luego hay dos opúsculos, titulados: Fondo Gesuítico, y editados en Roma, en 1553 y 1594, en que se insertan los Ejercicios.

Como se ve, por lo arriba apuntado, son innumerables las ediciones hechas de este libro de oro, y por doquiera difundidas, pudiendo decirse que es el que más ha sido leído, comentado y meditado.

Libro providencial que a tantas almas ha llevado el consuelo, la tranquilidad y el bienestar espiritual, y aun corporal, realizando en ellas verdaderos milagros de transformación[89].

{134}

{135}

COMENTADORES

DE LOS

«EJERCICIOS ESPIRITUALES»

TERCERA PARTE
{136}

{137}

COMENTADORES
No queremos dejar de consignar en esta sección, para que esta modesta reseña bibliográfica quede lo más perfecta posible, las obras que han pasado por nuestras manos de autores que han comentado el libro de nuestro Santo fundador.

Barry (Pablo): La solitude de Philagie ou l’adresse pour s’occuper avec profit aux Exercices Spirituels une fois tous les ans durant huict ou dix. Lyon, 1638.

Bellecius (Luis): Medulla asceseos seu exercitia S. P. Ignatii de Loyola ac curatiori, quam hactenus ab aliis factum, et menti ejus propiori methodo explanata. Augustae Vindelicorum, MDCCLXIV.

Bourdalcue (Luis): Retraite spirituelle. París, 1721.

Boylesve (Marin de): Exercices spirituels d’après Saint Ignace. París, 1890.

Cattaneo (Carlos Ambrosio): Exercisi spirituali di S. Ignasio. Venecia, MDCCXXI.{138}

Crasset (Juan): Le chrétien en solitude. París, MDCLXXIV.

Denis (Antonio): Commentarii in Exercitia spiritualia S. P. N. Ignatii concionatoribus etiam accommodati. Malinas, 1891; cuarto tomo.

Diertins (José): Sensus Exercitiorum spiritualium S. P. Ignatii Loyolae explanatus. Iprés. MDCLXXXVII.

Elffen (Nicolás): Scintilla cordis. Exercitia S. P. Ignatii. Coloniæ, 1672.

Ettori (Camilo): Ritiramento spirituale. Venecia, MDCLXXXVII.

Gagliardi (Achilles): Commentarii seu explanationes in Exercitia spiritualia Sancti Patris Ignatii de Loyola. Brugis, MDCCCLXXXII.

Le Gaudier (Antonio): Introductio ad solidam perfectionem per manudictionem ad Sancti P. N. Exercitia spiritualia integro mense obeunda. París, MDCXLIII.

Suárez (Francisco): Re religione Societatis Jesu, liber IX.

Zech (Miguel): Ignatianischer Seelen-Wecker, das ist: geisliche Uebungen des heiligen Ignatii Loyola. Ingolstadt, 1761.

Hummelauer (Francisco): Meditationum et contemplationum S. Ignatii de Loyola puncta. Friburgi Brisg, 1909.

Lerchenfeldt (Leonardo): Exercitia spiritualia: Das ist Geistliche Uebungen des heiligen Ignatii Loyolae Stiffters der Societet Iesv. Ingolstatt, 1645.

{139}

AUTORES QUE ESCRIBIERON

ACERCA DE

SAN IGNACIO

CUARTA PARTE
{140}

{141}

OTROS ESCRITORES
Para cerrar esta sección, daremos a conocer otros autores que se ocuparon de nuestro Santo Fundador.

AUTORES ESPAÑOLES
Castañiza: Descripción de lo que la Junta de Vizcaya hizo para elegir por Patrono a San Ignacio. Constituciones de la R. Congregación de San Francisco Xavier y San Ignacio de Loyola.

Alberti (P. Domingo Estanislao): El mes de julio consagrado a San Ignacio.

Beguiriztain (Justo): San Ignacio de Loyola, apóstol de la comunión frecuente.

Bauza (Simón): Sermón en honor de San Ignacio en las fiestas del Colegio de la C. de J., de Mallorca; 1622.

Villarroel (P. Gaspar): Sermón del glorioso San Ignacio en la Canonización.{142}

Novell (Santiago): Tres glorias de San Ignacio.

Album: San Ignacio en Manresa.

Valderrama (Pedro): San Ignacio. Sermón en la beatificación.

Alarcón (Julio): Ignacio de Loyola, según Castelar.

Escolar Y Mendoza: San Ignacio (poema). Fiestas suntuosas que Madrid celebró el 19 de junio del 1622, en su canonización.

Alberola (Ginés): San Ignacio y los Jesuítas.

Oña (Pedro): Ignacio de Cantabria.

Andrade (P. Alonso): San Ignacio de Mumbrega (veneración de la imagen).

Certamen poético con motivo de la canonización de San Ignacio, en Gerona; 1622.

Relación de lo que se hizo en Roma en la canonización del Santo fundador Ignacio de Loyola.

AUTORES LATINOS
Longobardis (Fr. Franciscus): Ignatii æscriptio apparatus quo in festu Sancti celebravit Collegiunm Romanum.

Directorium in exertitia spiritualia (P. N.)

Pearson: Ignatii vindictæ epistolarum S. J.

{143}

Y no anotamos más, por no hacer prolija esta relación, pues tan sólo estos estudios, que son los más notables, hemos recogido, para dar una fiel idea de la universalidad de este libro, y, además, en otra sección nos hemos ocupado de los autores que han estudiado a nuestro Santo, en su Vida.

Insistir más en este punto sería fatigar demasiado al lector, y no es nuestro ánimo otro que el de presentarle todas las fuentes en que puede apagar su sed de verdad y satisfacer su anhelos de conocimientos biobibliográficos.

{144}

{145}

[Imagen no disponible.]
SAN IGNACIO FUNDADOR-FILÓSOFO

(FOTOGRAFÍA DEL SEÑOR VARGAS, CABALLERO DEL PILAR)

{146}

DOCTRINAS FILOSÓFICAS

QUE SE ENCIERRAN EN EL LIBRO DE LOS

“EJERCICIOS ESPIRITUALES”

DE
SAN IGNACIO DE LOYOLA
{147}

CAPÍTULO PRIMERO
El siglo XVI.—Aspecto religioso.—Aspecto científico y prodigioso.—Portae inferi non praebalebunt.—La figura de San Ignacio.

En todos los tomos hemos creído necesario estudiar los aspectos que afectaban a nuestros autores, y así en el de Valles (el Divino) estudiamos la Filosofía, y en el de Santa Teresa, a España.

En éste hemos de exponer una idea general de lo que fué aquel siglo llamado de oro por antonomasia, pues desde cualquier punto que se le mire fué grande y único en la Historia del Mundo.

Por lo que hace a la parte religiosa, diremos, con Cretineau-Joli[90], que parecían ha{148}ber terminado las luchas a mano armada contra la religión del Crucificado, pues la Iglesia, protegida hasta entonces por la energía de los Pontífices, y por la veneración de los pueblos a sus Reyes, se hacía respetar.

Mas, al llegar este siglo, se ve surgir una generación de enemigos, cediendo la espada a la pluma y a la palabra.

Por todo ello, lo que necesitaba la Iglesia no eran soldados, sino doctores, y tanto las Ordenes militares, que habían terminado el fin para que fueron creadas, como las monásticas, que cumplían la misión que sus fundadores les señalaran, eran impotentes para hacer frente a la tempestad que se iniciaba con visos de una gran batuda, pues rugía por doquier en las ideas, en los ánimos y en los corazones, que, impulsados por un desenfreno de pasiones, por una orgía y por una impudicia rayanas en la bacanal, buscaban en la independencia el camino más apropiado a las innovaciones.

Acontecía al siglo XVI lo que al astro-rey, que, cuando se halla en la aurora, trabaja por abarcar ambos mundos.

Y así vemos que el sacerdote inglés conocido por Wiclef y el alemán Juan Hus{149} siembran, con sus teorías, el germen de la discordia en el hogar doméstico, impulsados tan sólo por un orgullo desmedido, por una ambición de celebridad exagerada, teniendo su justo castigo en la hoguera.

No obstante esto, el camino de la herejía se abrió paso a todas la enfermas imaginaciones, a todos los caprichosos orgullos, ya que fácilmente se encontraban también muchos espíritus exaltados y crédulos, gran corrupción en los grandes, desmesurado anhelo de igualdad, de fraternidad, de libertad en los pequeños, y en casi todos unas ansias de formar masa común para llegar a la conquista de esos ideales.

A diario, pues, surgían en el inmenso océano de sectas ignoradas, propuestas a aniquilar la Religión Católica, novadores diversos y extraños, tras de apostatar, unos en el Claustro, y como escudados en la sombra del altar, enseñaban, hipócrita y descaradamente, a los fieles cuán pesado era el yugo de la Iglesia, o bien la felicidad que los pueblos obtendrían si caminasen por la ancha senda de esa trilogía emblemática y que tenía visos de una completa fuerza regeneratriz.{150}

De todos estos escollos y peligros había salido triunfante la Sede Apostólica; mas el choque incesante de inteligencias y de ideas lanzaba una antorcha brillante en los Estados de Europa.

Y es que los caracteres, el genio, las costumbres, todo parecía encontrarse en un estado excepcional; todo tomaba el colorido de una energía brutal, de una avalancha avasalladora.

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* *

Por lo que hace al genio de las conquistas científicas, vemos que extralimita los rangos todos y sale de todas las clases sociales: y Gutemberg inventa la imprenta; Shoeffer y Fust, le secundan, y, como si en este siglo quisieran brotar todos los prodigios, surcan los mares en busca de nuevos continentes intrépidos navegantes, como Bartolomé Díaz, que arriba al cabo de Buena Esperanza; Cristóbal Colón, que descubre América; Vasco de Gama, que franquea el camino de las Indias orientales; Magallanes emprende el primer viaje alrededor del Mundo; Pizarro penetra en el{151} Perú, y los portugueses, en el Brasil, y Americo Vespucio transmite su nombre a regiones que no descubriera.

Además de estos grandes hombres, aparecen también El Dante, el Petrarca y Bocaccio, de un lado; de otro, Cristino de Pissan, Alain Chartier, Chaucer, Monstrelet y Villon; por aquí, Teodoro de Gaza, Ambrosio Camaldula, Jorge de Trebisonda y Lorenzo Valla; por allá, Brunelleschi, Veugbeg, príncipe de Samarkand, Ghiberto y Donatello, arquitecto, astrónomo y escultores. respectivamente.

Kempis lega al mundo cristiano la Imitación de Cristo; Maso inventa el arte del estampado; Chalcondyle historia la guerra de Turquía con Atenas, su patria; Montreal escribe Matemáticas; Alejandro de Imola, Littleton, Fortesme y Cuyas resucitan la Jurisprudencia; Bessarion, Juvenal de los Ursinos y Felipe de Commines se hacen historiadores; Angel Policiano, Bárbaro y Mérula estudian y transmiten a Europa las lenguas antiguas; Juan Miguel de Angers, Guarini y los dos Strozzi se revelan como poetas; Leonardo de Vinci funda, en Florencia, la Escuela de Pintur; el{152} Giorgine, la de Venecia, y la alemana Alberto Durer; Maquiavelo da sus lecciones a los príncipes, etc., etc.

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Con todo esto, la Iglesia ve que contra ella surgen multitud de adversarios, y unos marcharán armados, dispuestos a destruírla; otros, con la palabra y la pluma, que son más poderosas que la espada y el cañón.

Pero nada importa; porque cuando estas legiones de enemigos, brotadas en todos los pueblos y salidas de ellos como asociadas para asestar contra ella sus tiros, permanecerá impávida, impertérrita, segura de que se cumplirá la profecía de su Divino Fundador: et portae inferi non prae, valebunt; las puertas del averno serán impotentes contra ella[91].

Cierto que se batirán contra ella e

[Imagen no disponible.]
CASA DE LOYOLA

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intentarán abatir su poder los reyes, con sus pasiones; los pueblos, con sus desenfrenos; hasta los religiosos, con su vesánica apostasía. Mas responderá, ordenando a Bramante echar los cimientos de la Basílica de San Pedro, y Miguel Angel la concluirá, poniendo por cúpula el panteón de Agripa; Rafael y Julio Romano cubrirán las paredes del Vaticano con sus frescos inmortales, y Bembo y Sadolet escribirán bellas encíclicas, dictadas por León X.

Roma veráse amenazada de su ruina total por el condestable de Borbón, que la sitia, la toma y la entrega al pillaje; pero, ¿qué importa a Roma esta nueva contrariedad? Pasan los hombres, y, como Bor{154}bón, mueren a sus puertas; pero ella está destinada a sobrevivirlos y conducir el luto de todas sus dinastías.

Ha desaparecido Rafael, y le suceden en el arte y en la gloria el Correggio y el Parmesano, el Ticiano y el Veronés, los Carrache y el Tintoreto. Tasso nos presenta el asombro de su Jerusalén Libertada. Copérnico y Galileo hacen una nueva adquisición en la ciencia de los astros. España y Portugal, en fin, dominan los mares desconocidos hasta entonces, y los más vastos imperios y el espíritu meridional, propio de la raza latina, se manifiesta en las escuelas españolas, encendiendo el alma de los Granadas, Leones, Teresas e Ignacios, que nos dejaron hondas huellas de su camino, sembrándolo de teorías filosóficas admirables y de doctrinas divinizadas.

Y aquí aparecerá nuevamente, con tan grandes paladines, todo el esplendor, toda la grandeza y toda la gloria de la Iglesia Católica, vencedora de los volterianos, de los gnósticos, de los arrianos y de todos los sofistas que pretendieron enturbiar las puras aguas de las doctrinas ortodoxas.

{155}

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Y, mientras todo esto ocurría; mientras la luz disipaba las tinieblas por doquiera, con tan maravillosa rapidez, que a veces parecía temerse que la misma luz que quería iluminar al mundo le incendiase, por su gran fuerza, aparece un hombre, “llano y sencillo, sin desaliño[92], humildísimo, sin bajeza; noble y generoso, grave y cortés, levantado sobre todo lo terreno, despreciador de todo lo caduco, con la mira puesta siempre en el que siempre, sin interrupción ni mudanza, dura; gobernándose en todas las cosas, grandes y pequeñas, por razones altísimas; señor de todas sus pasiones, dueño hasta de los primeros movimientos de su ánimo, y, por lo mismo, manifestando sin alteración, por de fuera, la imperturbable bonanza en que su alma navegaba, sin demora, a las eternas riberas, y descollando en el hermosísimo cortejo de todas las virtudes cristianas, que siempre le acompañaba la prudencia más que del hombre, y la caridad de Dios y de los prójimos por{156} Dios, que abrasaba en seráficos, pero apacibles ardores, su corazón, no dándole punto de reposo en procurar, con todas sus fuerzas, que Dios y el Unigénito de Dios, hecho hombre por los hombres, fuese de los hombres conocido, amado y glorificado; y los hombres, conociendo, amando y obedeciendo al que los crió y redimió, fuesen dichosos con la esperanza en la vida fugaz presente, y cumplidamente bienaventurados en la que nunca se acaba, con la vista y posesión del Sumo Bien: tal aparecía a los que le trataban, por más que con vigilante estudio y singular destreza estuviese siempre atento a encubrir los dones que Dios había atesorado en su bendita alma.”

¿Adivináis quién es este hombre? No otro que Ignacio de Loyola, aquel espíritu grande, fuerte, vehemente, de quien dice Castelar lo siguiente:[93] “Es el sumo imperante de las almas, quien funda una religión y organiza una milicia… Extiende su Compañía desde los mares sicilianos hasta los mares andaluces, surge a un tiempo en las Indias orientales y en las Indias occiden{157}tales, penetra en el Congo y en Goa, intenta romper las murallas de la China y atravesar las costas del Japón… Al pensar que todo esto se ha intentado y concluído sin armas, sin recursos, por un hombre solo, de seguro, aunque no compartáis mis ideas, admiraréis su firme y robusta voluntad”.

Y en otro lugar dice:

“Ignacio, solo y entregado a sus propias fuerzas, quiso un día realizar y cumplir lo que no habían realizado y cumplido los siglos de fe y las cruzadas de Europa.”

De aquí que el Pontífice Paulo III le llame: “varón lleno del Espíritu Santo e insigne en el don de la sabiduría”.

Avezado Ignacio a las prácticas militares, se figuraba a Jesucristo como un general que combatía por el triunfo de la gloria divina, invitando a todos los hombres a colocarse bajo su enseña; y de aquí le provino el deseo de formar un ejército, del que Jesús fuese el Jefe y el Emperador, teniendo por divisa: Ad Majorem Dei Gloriam, y cuya misión principal fuese la salvación de los hombres. He aquí la imagen perfecta de Ignacio al fundar la Compañía, y he aquí, con él, una de las figuras más relevantes de{158} aquel siglo de portentos y milagros, por lo que se le llamó de Oro.

Pero Ignacio escribió el libro de los Ejercicios Espirituales, libro que se puede llamar arte de convertir al pecador, y que se separa de todos los caminos trillados para conducir a la perfección, fruto de una idea profunda, de una emanación divina, que ha producido grandes resultados.

Y este libro, que se apodera del hombre en las mantillas del pecado, le subyuga, le impulsa a salir del mundo y le coloca, trémulo y palpitante, en manos de la Divinidad, está lleno de filosofía, que es lo que nos proponemos estudiar en este nuestro pobre trabajo, y en los sucesivos capítulos, para ver si puede figurar, con méritos bastantes, entre los grandes filósofos españoles.{159}

CAPÍTULO II
Por qué es filósofo San Ignacio.—Su intuición de la belleza intelectual y moral.—Fecundidad de sus verdades psicológicas.—Abstrae para ser más claro.—La doctrina evangélica, compatible con los progresos de la civilización.

Si entráramos a estudiar los orígenes de la Filosofía para responder al primer punto de este capítulo, tendríamos que remontarnos a épocas bien lejanas, ya que, según Balmes[94], ésta fué comunicada al primer hombre, y, según un autor de la autoridad del señor García Luna, “la Filosofía de la Historia es creación de época harto reciente. Herodoto y Tucídides se ciñeron a contar los acontecimientos; Tito Livio y Diodoro aplicaron ya el raciocinio a los sucesos{160} que referían; por fin, la idea de averiguar si la Humanidad obedece en su desenvolvimiento, en el tiempo y en el espacio, a una ley invariable, empieza a manifestarse en el libro de Vico, y es asunto, en adelante, de las meditaciones de Herder, Hégel y Shlegel”[95].

Ahora bien; la Filosofía es debida al anhelo de saber las causas, y ese anhelo nace en el hombre cuando ya le son conocidas aquéllas y los fenómenos que las producen.

Ancillon dice de la Filosofía que “consiste en separar los principios y las ideas eternas de las formas de que están revestidas”.

Por eso los primeros sistemas filosóficos de que tenemos idea son como síntesis muy vastas y que tan sólo aspiran a dar una ligera razón e idea de las cosas, a saber: Dios, el mundo y el hombre, que tan ligados están entre sí, que no puede substraerse la consideración de uno de estos factores a los otros dos; de aquí que la inexperiencia de los pensadores primitivos hiciérales{161} considerar cuán irrealizable es la empresa de explicarlos conjuntamente[96].

La Filosofía, con el transcurso de los tiempos, ha cedido en no pocas de sus primitivas pretensiones, aunque no por eso ha mudado su esencia, que es la de inquirir cuál es el principio que explica las observaciones y empieza donde termina la jurisdicción de los órganos corporales.

Ahora bien; no se llama filósofo al jurisconsulto que sabe interpretar las leyes de su país, ni al historiador que relata con toda minuciosidad los acontecimientos de una época, ni al poeta que con su estro poderoso ensalza el valor de los guerreros, la belleza de las damas, la gentileza de los nobles, el heroísmo de sus soldados y el acierto de los gobernantes.{162}

Para merecer el nombre de filósofo se precisa la intuición clara y precisa y averiguar las causas íntimas, espirituales, la psicología y la ética de las acciones humanas en todos sus aspectos.

Refiere Cicerón que como aquel Rey de los flacios, Llamado León, oyese a Pitágoras discurrir, con el saber y la elocuencia en él peculiares, le preguntó qué arte profesaba, a lo que respondió que ninguno; pero que era filósofo.

“Entonces—repuso el Rey—, ¿en qué se diferencian los filósofos de los demás hombres?”

A lo que contestó Pitágoras, con gran aplomo y parsimonia:

—Paréceme que sucede en este mundo lo que en las grandes asambleas que se celebran en Grecia para los juegos públicos.

—¿Quieres decirme qué sucede?—repuso el Rey.

—Que acuden muchos a ellas—dijo Pitágoras—por el deseo de merecer coronas sobresaliendo en los ejercicios de cuerpo; otros, para enriquecerse, por medio del comercio; otros, de más templado ánimo, no buscan aplausos, ni ganancias, sino se reducen a ser meros espectadores y a refle{163}xionar sobre lo que pasa delante de sus ojos. Otro tanto puede decirse de todos los hombres que, pasando de otra vida a ésta, buscan en ella: unos, la gloria; otros, las riquezas; pero pocos se aplican a conocer la naturaleza. Pues he aquí a los filósofos, los amantes de la sabiduría, y en el mundo no hay profesión más bella que el estudio y el conocimiento de todas las cosas.

Por eso dice Cicerón: “¡Oh, Filosofía, tú eres la que guías al hombre por esta vida, la que le induces a la virtud y que expulse sus vicios! ¡Qué sería la vida de los hombres sin ti! Tú diste a luz a los pueblos; tú reuniste a los hombres, que andaban desperdigados, en familia y sociedad, en las aulas, en todas partes y en una comunión íntima; tú fuiste la inventora de las leyes; tú fuiste, en fin, la maestra de las costumbres y de las disciplinas”[97].{164}

Así, pues, según el dictamen de Pitágoras, es filósofo aquel que se impone la misión de reflexionar acerca de lo que los demás hombres se contentan con sentir.

Maine Birau dice que “es filósofo aquel que pretende conocer lo que existe fuera de los fenómenos, las causas y las sustancias”[98].

Cousin afirma que “la Filosofía comienza en el momento que el hombre prueba a darse cuenta de sus ideas, y que, en realidad, todas las verdades le pertenecen”[99].

Cicerón la define: La ciencia de los principios y de las cosas divinos y humanos y sus causas[100].

La Filosofía es la razón examinando, dice Balmes[101].

Cree Lamennais que la Filosofía tiene sus raíces en nuestra naturaleza…, que es el ejercicio de la razón; la actividad de la mente aplicada a la investigación de las cau{165}sas por cuyo medio pueden ser conocidos los fenómenos”[102].

Y, en otro lugar, dice el propio autor: “Después que el hombre interrogó a la naturaleza sobre el secreto de sus operaciones y de sus leyes y trató de descubrir las de su propio individuo, puede asegurarse que existió la Filosofía… inseparable de la mente; por eso es en el mundo de los espíritus lo que el movimiento en el de los cuerpos”.

Proudhon mismo opina que “la Filosofía es el camino de la ciencia, el espejo de la virtud y el antídoto de la superstición, pues enseña la lógica, la moral y la historia”[103].

Los dogmatistas, en fin, enseñan que “la Filosofía es la investigación de los principios primeros”[104].

Todos los autores citados convienen en que el filósofo es el que procura descubrir la razón de los hechos, causas, fenómenos, etcétera; por eso lo abarca todo, pudiéndose aplicar a la Filosofía lo que Salomón de{166}cía de la sabiduría[105]: “Hay en ella un espíritu de inteligencia… que todo lo ve y que a todas partes alcanza a causa de su pureza”.

San Agustín dice: “Los más señalados y aplaudidos filósofos, cuyo nombre, si le interpretamos en idioma castellano, indica evidentemente, ser amantes de la sabiduría; y si la sabiduría es Dios, que creó todas las cosas, conforme a lo que enseñó la autoridad divina y la misma verdad, el verdadero filósofo es el que ama a Dios (porque no son, ciertamente, amadores de la verdadera sabiduría los que se llaman filósofos)”[106].

Aplicado, pues, este concepto a nuestro Santo Fundador bien puede decirse que fué filósofo, porque él estudia a Dios como criador[107], al mundo, cuando habla de las criaturas[108], y al hombre, cuando analiza su fin[109].{167}

Y como si esto no bastara, para reforzar sus argumentos, no sólo apela a la lógica, por medio de su raciocinio, sino que, valiéndose de la fe y de la razón[110], esgrime también la moral y la historia[111], según Proudhon, enseñando al hombre en los Ejercicios Espirituales el camino de la verdadera ciencia, que se encierra en el conocimiento de los tres fundamentales principios; pone ante él la virtud[112] como espejo para que en ella se mire y, conociendo su hermosura, la ame y desprecie la superstición, el vicio, el pecado[113].

Conforme con la definición de los dogmatistas, San Ignacio investiga los principios primeros, puesto que analiza a Dios como creador[114] y como único fin del hombre[115], pues si creó a las demás criatu{168}ras[116] fué para que le ayuden a conseguir su fin.

Pero no se contenta con filosofar sobre todas las cosas que conoce, sino que quiere participar de la ley común para que la luz que difunde en derredor suyo ilumine también el centro de que proceden sus rayos con aquel lema de: “Ad majorem Dei gloriam”.

Se llama filósofo a San Ignacio porque trata de los medios de conocer qué debemos a la Providencia: como es el haber dado al hombre un cuerpo y un alma, facultad de conocer lo cierto y querer lo bueno, enriqueciéndole de entendimiento para conocerla, de voluntad para amarla. El que no lo entienda y piense no tener dueño o superior, es un necio.

Además, al abrir las obras de muchos filósofos, nos encontramos con grandes contradicciones en sus ideas, exposición o sistema, y de ahí que se menoscabe el concepto que se tiene de la Filosofía. Porque unos{169} niegan la existencia del Universo, como Barcley, Hume, etc., y otros, la de su propio individuo.

¿Qué significan, si no, esa multitud de opiniones, opuestas entre sí, que pretenden haber dado cada una con la verdad a que todas aspiran? Pero, bien fácil es la explicación. La mayoría parten de bases falsas, pues, mientras Locke dice que todas las ideas nos vienen de los sentidos, Descartes sostiene que todas las ideas se forman en el entendimiento; mientras los escépticos afirman que no hay principios primeros, los dogmatistas aseguran lo contrario; mientras Hume mantiene su teoría de que las ideas de causa y substancia, son quimeras, Kant define las ideas de causa y de substancia, concebidas necesariamente por el espíritu, y mientras éste prueba que existe el espíritu, Hume lo niega rotundamente.

El monoteísmo cree en un Dios; el politeísmo, en muchos dioses; el panteísmo dice que todo es Dios; el ateísmo niega su existencia; el mahometismo opina que no hay más que un Dios, y el cristianismo cree en un sólo Dios, con tres personas; el magismo supone dos personas o hipóstasis en Dios;{170} el gnosticismo, en fin, defiende que hay cuatro, siete, diez, etc., personas en Dios.

Es decir, que en lugar de ese concierto armonioso que suponíamos reinaba en el templo de la sabiduría, llega hasta nosotros el rumor bien acentuado de los que disputan entre sí, sin llegar a entenderse; creíamos encontrar en la Filosofía el orden y nos hallamos, de manos a boca, sumidos en un caos.

Todo esto tiene una explicación natural: primero, porque la senda seguida por muchos entendimientos ha obedecido a circunstancias particulares en que se ha visto cada uno de los filósofos y del deseo de reducir los conocimientos adquiridos a una unidad; y, segundo, porque, aun buscando todos la verdad, no han logrado encontrarla por seguir derroteros nada propicios para dar con ella.

He aquí por qué San Ignacio es filósofo.

Él supo beber en la fuente única de la verdad; él siguió la verdadera senda; él miró de hito en hito al horizonte y vió el cenit de todo saber y, siguiendo con la mente y con el corazón al sol de la fe y de la razón, llegó hasta el nadir, donde se encontró con la Ver{171}dad única, la razón inconfundible de todo lo existente, el principio y fin irrefutable y única fuente de la sabiduría.

Por eso San Ignacio no es sólo filósofo, sino GRAN FILÓSOFO, pues llega, en su intuición, en su raciocinio y en su demostración hasta donde pocos filósofos han llegado; al summum de la sabiduría, que es conocer, amar y poseer a Dios.

*
* *

Pero hay más; el Santo Fundador manifiesta bien claramente, y a pesar de lo rudimentaria de su educación intelectual, la intuición que posee de la belleza suprema, puesto que considera cómo la perfección es complemento de aquélla.

El bien no sólo se revela a la conciencia por la voz del deber, sino también a los sentidos por medio de la belleza: “He de amar y temer a Dios, que me ha sacado de la nada… Mi fin último es ver y poseer a Dios. Ser feliz con la misma felicidad de Dios; habitar eternamente en los palacios de la gloria; gozar de la vista clara del Señor,{172} arrebatado y transformado en Él, por maravillosa manera e inefable unión”[117].

Así demuestra conocer lo sublime y lo bello, porque participa de la naturaleza de lo infinito.

La belleza, muchas veces, se reviste a nuestros ojos con apariencias sensibles, pues que la sublimidad deja en el alma cierto abatimiento que, indudablemente, nace de esa dificultad que sentimos al quererla representar, por medio de imágenes, la idea de lo infinito. Así se ve que, cuando muchos escritores quisieron vencer este obstáculo, cayeron en lo grotesco.

Véase, si no, cómo cierto compilador del Talmud quiso representar la inmensidad de Dios: “Los ojos distan trescientas mil ochocientas millas el uno del otro; cada uno de sus pies comprende treinta mil de estas millas; cada milla divina tiene cien mil varas divinas; cada vara, cuatro palmos, y cada palmo es como el diámetro de la tierra (¡!)”[118].

Como se ve, a pesar de la buena inten{173}ción del pintor, no da una idea de la imagen del Supremo Hacedor, ni siquiera de su grandeza, porque los sentidos no encuentran en ella la representación material de la idea de lo infinito.

Los vedas describen así al Autor del Universo: “El Ser Supremo, único, no se mueve, aunque sea más rápido que el pensamiento; porque los dioses mismos no pueden alcanzarle: no se deja percibir por los órganos primitivos de la sensación: es superior a los otros órganos de la inteligencia: permanece inmóvil; y durante este tiempo, después de medir la extensión y el espacio, establece el sistema de los mundos. Él se mueve y no se mueve: está en todas partes y fuera de ellas”[119].

Y en otro lugar dicen: “Debemos representarnos al gran Ser como dueño soberano del Universo, como más sutil que un átomo, tan resplandeciente como el oro más puro y de manera que el espíritu puede concebirlo en el sueño de la contemplación más abstracta{174}”.

Alejandro Dow, comentando estos pasajes de los vedas, dice:

“—¿Qué concepto ha de formarse de Dios?

“—Que siendo inmaterial, es superior a toda concepción: que siendo invisible, no puede tener forma; pero, según lo que vemos en sus obras, podemos inferir que es eterno y todopoderoso, que conoce todas las cosas y que en todas partes está presente.”

Los bracmanes conciben así a Dios: “Nada hay más allá del Ser Supremo: es el límite, el último término de la senda…, oculto en todos los seres, en ninguna parte aparece este espíritu, pero los hombres, cuya vista penetra hasta el principio sutil, saben reconocerle con su inteligencia perspicaz, que permanece fija en un punto único… La divinidad carece de oído, de tacto, de gusto, de forma y de olfato; no puede perecer; no tiene principio ni fin; es inalterable”[120].

Fray Luis de León dice: “Dios está junto con nuestro ser, aunque muy lejos de nuestra vista, por lo cual fué conveniente hicié{175}semos algún nombre, y en el entendimiento alguna figura suya, aunque ella sea obscura e imperfecta[121], que San Pablo la llama enigmática[122]…” Y, después, añade: “Cuando decimos que Dios tiene nombres propios, no decimos que sean cabales e iguales: para que sean propios basta que declaren de las cosas que son propias y aquélla de quien se dice alguna de ellas: mas si no las declara todas enteramente, no será igual. El nombre de Dios no le iguala, como tampoco le podremos entender como quien él es entera y perfectamente. Porque lo que dice la boca es señal de lo que se entiende en el alma; y así no es posible que llegue la palabra adonde el entendimiento no llega: esta es la razón por qué a Dios se dan muchos nombres; su misma grandeza y los tesoros de sus perfecciones riquísimas y, juntamente, la muchedumbre de sus oficios y de los demás bienes que nacen de él y se derraman sobre nosotros, el Espíritu Santo, que conoce la angostura y estrechez de nuestro entendimiento, no nos representa toda{176} junta aquella grandeza, sino como en partes nos la ofrece, diciéndonos algo debajo de un nombre y debajo de otro nombre, otra cosa, otras veces; de aquí el llamarle la Escritura, león, cordero, puerta, camino, pastor, sacerdote, sacrificio, esposo, vid, pimpollo, príncipe de paz…”[123].

Examinadas todas estas definiciones de la idea de Dios, se ve que en ninguna llega la palabra adonde el entendimiento.

Y es que, según la concepción de casi todos ellos, el Ser infinito supone estar en todas partes; mas la idea de estar supone, asimismo, ocupar una porción del espacio, tener extensión, y, como ésta es incompatible con la idea de Dios, se añade que está en todas partes, pero fuera de ellas.

El hecho es natural; pues aunque la inteligencia humana alcanza hasta lo absoluto, por medio de la intuición de esa belleza, pero no puede reducirlo hasta los términos de sus concepciones ordinarias, porque ocultándose a sus ojos el primer eslabón de la cadena, aunque los otros eslabones que ve no le dejen dudar de su existencia,{177} ha de contentarse con la idea por él concebida.

“Más allá de los cielos, el Rey de los cielos reside”, dijo Voltaire, y Alberto Haler añade: “El pensamiento, millares de veces más corredor que el viento, más ligero que el sonido, más rápido que el tiempo y más veloz que las alas mismas de la luz, se fatiga en vano por alcanzarle, y aun desespera de poder jamás tocar sus fines”.

Como se ve, pues, el personificar la idea de Dios en la mayoría de los casos es rebajarla, porque ninguna personificación se acerca siquiera a Aquél cuya esencia es el carecer de términos que le circunscriban.

San Ignacio, en cambio, ha acertado a darnos en unas simples pinceladas la idea perfecta de esa belleza, intelectual y moral, de Dios, con estas lacónicas pero expresivas palabras: “Con plenitud y perfecta posesión de todos los bienes y delicias, sin mezcla de mal alguno…[124]. Dios es principio y fin de todas las cosas…[125]. Es jus{178}to…, misericordioso…, sabio y santo…[126]. Creador y Señor de los hombres…[127]. Rey de gloria inmortal y eterno…[128]. Dios infinita sabiduría…, infinito poder…, infinita santidad y justicia…, bondad por esencia”[129].

¿No se ve en estas frases y en estas definiciones pinceladas de maestro que dan perfecta idea del Ser Supremo?

Y es que Ignacio, intuitivamente, veía a Dios, sentía al Ser Supremo tal cual era y con la palabra llega a la mayor perfección en la expresión de la idea de lo infinito, de lo bello y de lo eterno, sin rodeos, sin subterfugios, sin adornos retóricos, sino tal como lo sentía, sencillamente, que es la mayor elocuencia de la Filosofía.

Por eso pueden calificarse esas descripciones de Ignacio de sublimes, pues se acercan a lo infinito y las concebimos sin dificultad, porque las vemos reducidas a los límites de la criatura, y así se ve, al propio{179} tiempo, cómo el hombre se engrandece a medida que participa más de la divinidad.

Ya lo dijo San Pablo: “Habetis fructum vestrum in santificationem, finem vero vitam æternam”. Habiendo sido hechos siervos de Dios, cogéis por fruto vuestro la Santificación y por fin la vida eterna[130].

Y el Santo filósofo nos aconseja: “Hacer la voluntad de Dios en presencia de Dios y conversar con los hombres, sin perder la familiaridad con Dios, y trabajar en lo de fuera sin perder el descanso y quietud del corazón: de manera que a la presencia de Dios se añada el poner por obra y en ejecución la voluntad de Dios”[131].

De este modo nos demuestra, además, cómo una criatura imperfecta presiente y aspira a la perfección y da lugar a que el ingenio la embellezca, aproximándonosla al fin que ella, por sí propia, se inclina: “Así el poder que hay en mí, corto y limitado, es participación de un poder infinito, mi{180} justicia de su justicia y lo mismo mi bondad, misericordia y demás.”

De esta verdad tan importante me serviré ahora y siempre para hacer escala de las perfecciones creadas y subir, por ellas, a la contemplación de las divinas… para amar a Dios como Bien sumo y por sí mismo[132].

*
* *

Son las verdades psicológicas como el vehículo que conduce a la mente humana por los derroteros de la verdad, pues establecen una gradación entre sí para llegar a un término: el raciocinio.

Porque así como no puede haber efecto sin causa, así tampoco puede llegarse al raciocinio sin que hayan precedido la razón, la reflexión, la comparación, el juicio, y se hayan desarrollado todas con entera libertad.

Cree Laromiguière[133] que con la atención, que sirve para adquirir ideas exactas de las cosas con la comparación, que des{181}cubre las relaciones, y con el raciocinio, que ya nos eleva a los principios, hay lo suficiente para darse cumplida cuenta de todas las obras de la mente humana.

Así vemos que Benjamín Constant tuvo motivo bastante para establecer como un principio inconcuso que el sentimiento religioso es inherente al corazón humano, con sólo observar y conocer las costumbres de varios pueblos antiguos y modernos y parangonar unos con otros.

Y es que la idea es un verdadero juicio, puesto que nace de una relación de distinción.

Cardaillac opina que la idea ha sido formada por el juicio; mas a éste ha precedido la comparación, que, al decir de Damiron, es una cosa muy sencilla, puesto que no es sino poner unos objetos junto a otros, viendo sus semejanzas o diferencias y así quedan comparados, formándose después el juicio que cada uno le merezca, bien entendido que a estas operaciones han de asistir la razón y la reflexión para que lleven toda la cohorte de seguridades y conduzcan al verdadero enjuiciamiento libre y natural, como acto humano que es.{182}

Por las verdades psicológicas se ve, pues, cómo la mente, al ir analizando todas las cosas que se hallan fuera de sí, va desenvolviendo esas madejas que habremos de llamar razonamientos, hasta dar con el verdadero y definitivo juicio de todos y cada uno de los actos del hombre.

Por eso dice un ilustre pensador que el filósofo no debe ceñirse a señalar tan sólo la diferencia que existe entre los principios racionales y los otros principios, sino que es preciso que, estudiando la índole de los unos y de los otros, muestre que los primeros son, por decirlo así, las palancas del entendimiento, los medios inexcusables, únicos, de que se sirve para levantar el edificio de la ciencia.

Al hablar de este modo es porque queremos demostrar cómo también en el libro de los Ejercicios Espirituales hay verdades psicológicas cuya fuerza incontrastable verá quien observe cómo su autor va caminando con gran mesura y parsimonia por todas esas piedras angulares que hemos dado en llamar así, verdades psicológicas, y que son, como al principio decimos: razón, reflexión,{183} comparación y juicio, formando así las ideas y los razonamientos para llegar a las conclusiones más lógicas y más fundamentales.

¿Acaso no vemos en la meditación de los tres pecados cómo razona y reflexiona sobre los males sin cuento que ha traído a la humanidad, por la rebelión de los primeros ángeles, por la insumisión de nuestros primeros padres y por la propia soberbia del hombre cuando infringe sus mandatos, comparando la bondad del Creador con la maldad de las criaturas, emitiendo el juicio condenatorio de los actos de éstas y poniendo de manifiesto las consecuencias lógicas o conclusiones naturales y divinas de estos actos rebeldes, como es el castigo de los culpables?

Pero, es más. No contento el Santo filósofo con edificar así, sobre base sólida, va más allá y pone de manifiesto todas aquellas sensaciones que encarnan perfectamente en los estados psicológicos del hombre, cuales son: la de confusión, temor, arrepentimiento, admiración; suplicio de la memoria, suplicio del entendimiento y supli{184}cio de la voluntad[134], dolor por haber ofendido a Dios, propósito de no volverle a ofender con las cualidades de este propósito, que ha de ser sumo, firme, universal, sobrenatural y eficaz, confusión y vergüenza interior, y, por último, la satisfacción[135], facetas todas del alma, o, mejor dicho, propiedades de ella, con lo cual nos demuestra, además, que en nosotros hay esa substancia, ese sujeto en el que se verifican esas sensaciones y esos actos del entendimiento y de la voluntad, sin que se pierda la identidad del yo, único modo de explicar cómo nos hallamos uno idéntico en medio de las mudanzas y a pesar de las variedades que tales estados de ánimo producen.

Con ello, también, afirma de una manera rotunda la substancialidad del alma; porque si ésta no fuera más—según muchos pensadores—que una serie de fenómenos que no residieran en un mismo sujeto, dicho se está que éstos no dejarían tras sí ninguna huella.

Con la substancialidad del alma, en cam{185}bio, se explican los fenómenos de la unidad y continuidad de la conciencia.

Si no hubiera en nosotros nada permanente, nuestras afecciones todas y todos nuestros pensamientos no formarían sino una serie de hechos sin vínculos de ninguna especie, ni habría memoria, ni unidad de conciencia, ni reflexión sobre ninguno de nuestros actos internos, ni siquiera podríamos percibirnos, porque no habría el sujeto percipiente—al decir del insigne Balmes—y cada fenómeno sería tan extraño al otro como un pensamiento de un hombre lo es al del otro[136].

San Ignacio nos pone de manifiesto, clara, palpable y lógicamente cómo el alma humana se desenvuelve en el ente por medio de esas afecciones, de esos sentimientos, de esos actos, en fin, que llegan a realizarse con unidad de criterio, como consecuencia unos de otros, con perfecta homogeneidad, como salidos de un mismo centro y de una heterogeneidad también perfecta por responder a diversas sensaciones.

El alma es el centro de todas las opera{186}ciones espirituales—nos viene a decir el Santo filósofo en los pasajes que hemos apuntado antes—y aun intelectuales, y de ella, como el sol difunde el calor, la luz y la vida a los seres todos de la creación, irradian y dimanan esos sentimientos de dolor, arrepentimiento, confusión, temor, admiración, suplicio de la memoria y del entendimiento, alegría y felicidad ante la perspectiva de la bienaventuranza eterna y otros estados psicológicos que experimenta nuestro ser según consideremos los sufrimientos y las alegrías de Jesucristo en su vida, muerte, resurrección y gloria.

Nos demuestra, además, con todo esto, que el alma, como simple que es, no tiene partes, y, así, vemos que nuestro pensamiento es único, aunque tome distintos rumbos, y el ser que piensa en nosotros es el mismo que siente, sin romper la unidad de conciencia, antes por el contrario, robusteciéndola, confirmándola.

¡Y cómo nos demuestra nuestro Santo el libre albedrío del hombre cuando dice que Dios da al hombre el conocimiento perfecto del bien y del mal, del pecado y de la virtud, para que él escoja, y poniendo en su{187} conocimiento cuál es el premio a la virtud y al bien obrar y el castigo al pecado y al vicio!

Además, expone las ideas superiores al orden sensible para que, conociéndolas, las amemos y amándolas las sigamos.

Claro es que, cuántas veces sucede que, estando inclinados por el sentimiento a un acto, procedemos de modo contrarío, como cuando cumplimos con nuestro deber, a pesar del impulso de la pasión, de la pereza, etcétera.

Y que la voluntad racional es libre, también nos lo dice el autor de los Ejercicios, ya que da a entender que la libertad es no sólo la ausencia de toda coacción, sino también de toda necesidad intrínseca, y para que haya libertad, no basta que nadie nos fuerce en lo exterior, sino que es preciso, además, que no haya en nosotros ninguna necesidad intrínseca que nos impulse a obrar o querer de una manera determinada.

Y esta libertad que excluye, no sólo la violencia, sino también la necesidad intrínseca, se llama libertad de albedrío.

El hombre goza de libertad omnímoda para todos sus actos y de un libre albedrío{188} absoluto, y, por ende, puede escoger la senda de la virtud o el camino del pecado.

Bien es verdad que hay en nosotros una necesidad intrínseca—que es la que nos pone de manifiesto al hablar del Juicio particular y del universal—, la de dar cuenta de nuestros actos al Soberano Juez: mas ello no nos cohibe en nada para nuestro modo de proceder, ya que nos dió un alma, una conciencia y un corazón, para pensar, sentir y amar.

Por todo ello, bien claro se ve cuán grande fuerza tienen y cuán fecundas son las verdades psicológicas de nuestro Santo filósofo, pues, con tanta sencillez como falta de conocimientos científicos, supo poner los jalones de una ciencia que todos la reputan como difícil, cuando en realidad es la más fácil, si se atiende a lo que es el raciocinio y al análisis, como es la Filosofía.

*
* *

Es la abstracción aquella facultad por la cual vemos lo general en lo particular, es decir, el acto por el que la mente percibe la{189} ley constante a través de los fenómenos variables.

El filósofo entiende por abstraer una idea, adquirirla de cuantas cosas ve fuera de sí y la toma como un principio de la multiplicidad que sus sentidos le ofrecen, llevándole a la unidad que solamente la humana inteligencia es capaz de comprender.

Hay que tener en cuenta que el lenguaje filosófico y su nomenclatura es tan vario porque responde a los distintos aspectos en que se estudian y consideran las facultades del intelecto.

La abstracción no es patrimonio de un solo sentido, sino de todos, según asegura Laromiguière[137], pues cada uno de ellos abstrae de los cuerpos la cualidad que le corresponde, y así vemos cómo los ojos perciben el color; los oídos, el sonido, y el tacto, el calor y el frío, etc., sin que ninguno de ellos pueda darnos más cualidades que las que le corresponden.

De esta manera obran de por sí, y el hombre puede distribuír en cinco especies todos{190} los objetos sensibles, llegándose a decir, según esas premisas, que el cuerpo humano es una máquina para abstraer, y, realmente, así es.

Veámoslo: No pueden los ojos sino hacer abstracción de los colores, y, para que esto no sucediese, menester sería que los viera confundidos con los sonidos y los sabores.

Autores hay, sin embargo, que sostienen que es la mente la que siempre abstrae, aunque, en casos como el que hemos mencionado, se valga de los órganos de la sensibilidad, lo que podemos denominar análisis.

El tantas veces citado Laromiguière encarece las ventajas de la abstracción, diciendo que “si la aplicamos con tino a las varias cualidades de los objetos, lograremos conocerlas, y, al mismo tiempo, el orden que en ellas reina, esto es, que llegaremos a conocer los objetos tales como existen en la realidad, y la abstracción se convertirá en análisis”[138].

Evidente es, desde luego, que la disposi{191}ción de nuestros sentidos responde a que cada uno de ellos se adapte al conocimiento de una cualidad especial, puesto que no es posible que la mente se fije, a un mismo tiempo, en todos los objetos, por ser limitada, teniendo que separar unas cualidades de otras para mejor conocer todas y cada una de ellas.

Y así lo vemos en las ciencias, por ejemplo; pues la Geometría estudia tan sólo la extensión, y no los colores ni los sonidos; la Óptica aprecia los colores y las leyes de la luz; la Acústica se ocupa de los sonidos; la Psicología estudia al hombre en los fenómenos de su vida intelectual; la Medicina, en su vida orgánica, etc., etc.

De ahí que se haya dicho, y con bien de razón, que el hombre es un ser tan complejo, que, para estudiar el origen de su naturaleza, ha menester reunir todas las ciencias y formar una verdadera enciclopedia.

La abstracción, en fin, lejos de creer que es origen de confusiones, de obscuridad y de rodeos; es fuente de luz, espejo de claridad, modelo de rectitud y principio necesario para suplir lo que falta a la mente de extensión y capacidad.{192}

El fin que con esto nos proponemos es averiguar los medios de conocer qué debimos al Creador; por tanto, cuantas investigaciones en este sentido realicemos traeránnos gran provecho.

La experiencia nos demuestra que es tan difícil la función de la abstracción, que ha sido concedida a muy pocos; y es que los grandes talentos que han dejado las inequívocas señales de su saber en la Historia, no ocuparían muchas páginas; porque esos talentos privilegiados, unas veces por lo limitado de la vida, por la escasa duración de las facultades humanas otras, sólo pudieron observar (abstraer) un escaso número de los fenómenos que explicaron.

Para mejor conocer estos hechos, sería menester reproducir aquí la historia completa de la formación de los conocimientos humanos, trazar una enciclopedia, en que se viese siempre el ser inteligente, adivinar la ley general de que sólo pudieron ver algunos hechos.

El genio consiste, a nuestro juicio, en aquella facultad poderosa y especial de elevarse de lo particular a lo general; porque, si todos pueden observar, si todos pueden{193} hacer abstracciones, son muy pocos los que aciertan a consignar los efectos visibles a las causas de que dimanan.

Quien observa a un individuo, y, por la expresión de su semblante, conoce el estado de su ánimo, es que ve en aquel fenómeno particular la reproducción de la ley general que él conocía o bien la descubre entonces.

El genio adivina siempre la ley que se presenta con las apariencias de los fenómenos.

San Ignacio de Loyola nos demuestra este don de la abstracción, para exponer, con mayor claridad, todas aquellas doctrinas que nos presenta en su hermoso libro.

Porque, ¿quién no ve, cuando nos habla del fin del hombre, hacer abstracción de toda la grandeza que encierra la Creación, de todo el poder y amor de Dios para con los hombres, para ponernos en claro que, siendo Él nuestro criador, es también nuestro único fin?

¿Quién no admira ese don de abstracción al tratar del fin de las criaturas, en el que nos pone de manifiesto cómo hízolas todas primero, y cuando ya estaba el mundo{194} lleno y provisto de tantas como son y tan diferentes, útiles y hermosas, crió al hombre y le dió de todas el señorío[139], para probarnos cómo todas nos están diciendo que existe Dios, descubren sus perfecciones, poder, sabiduría, bondad y providencia?

¿No vemos cómo nos pone en claro la pena del pecado y el premio a la virtud, después de hablarnos de lo que es la génesis de la flaqueza humana y de la grandeza de la divina gracia, abstrayendo estas dos grandes concepciones en aquellas dos conclusiones irrefutables e inmanentes?

¿Es que no nos pone de manifiesto, cuando nos habla de penas y castigos, de premios y mercedes, lo que es la eternidad?

¿Acaso no nos da una idea perfecta, clara y concreta de la grandeza y generosidad de Dios, que, siendo tal, bajó a este mundo y se hizo carne, padeciendo por nosotros en su vida, en su pasión y en su muerte?[140].{195}

¿Y qué decir del inmenso amor a los hombres, cuando nos habla de la institución del Santísimo Sacramento, como si no hubiera sido bastante el padecer y morir por nosotros?

San Ignacio, pues, abstrae para ser más claro, y en cada parábola que estudia, cada pasaje de los sagrados libros que analiza nos presenta como abstracción concreta las ideas de misericordia, de santidad, de justicia, de bondad, de infinito poder, de sabiduría suma, de amor ilimitado, haciéndonos comprender que debemos de acordarnos de nuestras postrimerías, para no pecar nunca[141], y que debemos hacer de la necesidad virtud, para mejor vivir, no sea que con el espanto del morir se junte en nosotros el temor y espanto de la eternidad[142], sacando como consecuencia y resolución franca y generosa la de entregarnos a Cristo y aborrecer el mundo y sus vanidades: surgam et ibo ad patrem meum. No se puede exigir ni más abstracción, ni{196} más claridad en el análisis de todas las verdades eternas y como síntesis de ese libro de oro.

*
* *

Recapacitando, pues, en la brevedad de nuestra existencia, en la limitación de las facultades del alma y en las necesidades que, de continuo, nos aquejan, debemos de sacar de todo esto la consecuencia de que no debe huír la confianza de nuestro corazón, porque, de ocurrirnos esto, seríamos los seres más miserables de toda la Naturaleza, sino que, por el contrario, debemos de luchar con más fe, con más ardor, con más vehemencia.

A propósito de esto, nos recuerda nuestro filósofo la parábola el Rey eternal, Jesucristo, en que invita a todos a conquistar su Reino: “Hijos míos: seguidme todos en esta empresa y conquista del Reino de los Cielos, destino del hombre, región de paz y de felicidad. Yo voy delante; yo, por animaros, sufriré cansancio, hambre, sed y toda suerte de privaciones y penalidades; trabajaré de día, sufriendo los ardores del sol,{197} velaré de noche por amor vuestro. Yo seré el primero en pelear y recibir los golpes y heridas del enemigo; mas todo el fruto será para vosotros. Ánimo, pues, con verme a Mí, seguros de la victoria, victoria completa y despojo riquísimo, porque para cada uno de los que sean fieles y valientes tengo guardado un reino, si bien el galardón será correspondiente a los servicios, y tanto mayor y más crecido, cuanto con más ánimo luche cada cual cerca de mi persona y a semejanza mía.”[143].

La Providencia ha formado todas las cosas con una sabiduría y una previsión tal, que no puede menos de admirarnos más cada vez que con detenimiento las contemplamos.

Queriendo que los hombres se amasen los unos a los otros como hermanos[144], infundió en sus corazones mil afectos, que son como otros tantos lazos que les unen entre sí; formó nuestra alma de manera que el espectáculo de las miserias ajenas{198} despertase en nosotros el sentimiento benéfico de la compasión, y para mostrar que nacimos para amarnos unos a otros quiso que el hacer el bien fuese para nosotros origen de fruiciones que exceden a todas las que somos capaces de gozar.

E igualmente quiso unir las inteligencias, como había unido los corazones, de lo que se deduce que el designio de la Providencia fué que el linaje humano formase una sola familia, unida por los vínculos de la fraternidad: ecce quam bonum et quan jucundum habitare fratres in unum, y a manera que los pueblos caminan por la senda del progreso y de la cultura, se aumenta la necesidad de valerse unos a otros.

Nos enseña el Santo Evangelio que todos somos hijos de un mismo Padre y que en el amor que nos profesamos unos a otros está el cumplimiento de la Ley que nuestro Padre celestial vino a enseñarnos; y como la luz de la inteligencia proviene de Dios, no puede conducirnos a términos distintos de aquel que el mismo Dios reveló a los hombres.

La razón nos dice también que la caridad{199} cristiana es el grado supremo de la perfectibilidad humana.

San Pablo dice: “Aunque posea todas las riquezas de la tierra, si no poseo la caridad, nada soy.”

Por eso dice un notable escritor que tan cierto es que el verdadero saber y la religión no están reñidos, que el mayor progreso del entendimiento es acercarse a cumplir los preceptos evangélicos.

Y Bacon dice: “La poca filosofía aparta del ánimo la religión; la mucha filosofía hace que a ella nos acerquemos.”

Y esto lo vemos confirmado en nuestro Santo filósofo.

Mientras careció de intuición filosófica, su vida caminó por derroteros bien distintos y separado de la Religión por sus pasiones y sus vicios; mas cuando fué penetrando por su inteligencia la luz viva de la Filosofía moral, entonces caminó bien de prisa, y sobre seguro, por la senda del bien, guiado por la antorcha de la fe, símbolo de la Religión, y así llegó no sólo a comprender, sí que también a transmitir aquellas verdades psicológicas y morales que son como las fuentes de la felicidad humana,{200} puesto que, sentada como base de vida la virtud y el bien, fácilmente se llega a la consecución del medio ideal cristiano y del anhelo exclusivo de conquistar el Reino de Dios.

Porque son siervos de Dios y siguen a Cristo, los que, por parecerse más a Él, siendo igual gloria de Dios, eligen antes pobreza que riqueza, trabajos y penas, que descanso, deshonras y desprecios, que honores, etc., y tienen el corazón totalmente desprendido de todas las cosas del mundo, por amar y parecerse más a Jesús[145].

Y estas verdades, que ha transmitido de generación en generación, y de pueblo en pueblo, no han sido acogidas por todos aquéllos con gran complacencia, sin que hayan padecido los progresos de la civilización, sino que, por el contrario, muchos de éstos se han robustecido y afianzado por ir precedidos sus defensores de esta pátina de Religión cristiana, que es como una salvaguardia y un gran baluarte para resistir los embates de las contrariedades.

[Imagen no disponible.]
SAN IGNACIO CON SAN FRANCISCO XAVIER EN LOS CLAUSTROS DE LA UNIVERSIDAD DE PARÍS, DICIÉNDOLE: «¿QUÉ APROVECHA AL HOMBRE GANAR TODO EL MUNDO SI PIERDE SU ALMA?»

{201}

Nuestro Fundador supo hacer compatible la doctrina de sus Ejercicios con todos los progresos de la Ciencia y de la civilización, puesto que subsisten integérrimas, puras, impolutas, frescas y fortificantes, cual las aguas cristalinas de la fuente de la gruta de Manresa, y a ellas han de acudir para apagar su sed todos los hombres que quieran poseer la verdad y quieran seguir por el camino del bien, que es el único progreso digno de adquirirse, de seguirse y de poseerse, porque, al decir del Apóstol, quid prodest homini mundum universum lucretur anima, vero, grave detrimnetum patiatur?; ¿qué aprovecha al hombre haber conquistado todo el mundo, si pierde su alma? El Eclesiastés ya ha dicho lo bastante: Vanitas vanitatum et omnia vanitas, nisi servire Deum[146]: Vanidad de vanidades, y todo vanidad, excepto el servir a Dios; sentencias que han cruzado los espacios y han llegado a todos los oídos, sin que los progresos de la civilización hayan logrado desmentirlas ni sustituírlas por otras más verdaderas, más racionales, más fuertes.{202}

Terminemos, pues, con palabras de Balmes: “La Filosofía no muere, ni se debilita por estar a la sombra de la Religión; antes bien, se vivifica y fortalece… Salvo los grandes principios, que no pueden negarse ni en Religión ni en Filosofía, so pena de degradar la naturaleza humana, ¿en qué coarta la fe el vuelo de la inteligencia… Jamás entre los antiguos se elevó la Filosofía al alto grado a que ha llegado después de la aparición del Cristianismo…, y es que en las regiones de la metafísica y de la moral, el espíritu humano se muestra tanto más poderoso cuanto más participa de la influencia del Cristianismo.”[147].{203}

CAPÍTULO III
De la Filosofía escolástica en los «Ejercicios Espirituales».—Errores de otros filósofos que se refutan.—Las facultades en las operaciones humanas.—San Ignacio frente a los filósofos materialistas.—La fe y la razón, antorchas de la verdad cristiana.

Al referirnos, en este capítulo, a la Filosofía escolástica de los Ejercicios, no es para estudiar concretamente aquel sistema que dominó a Europa durante cuatro siglos, y que tuvo varias ramificaciones, sino las distintas escuelas filosóficas; porque sin tener ideas claras y exactas de ellas, no es fácil entender a muchos de nuestros escritores, ni compenetrarnos con ellos.

Sabido es que nuestro Santo, como varios ilustres doctores de la Iglesia, aun distinguiéndose por su saber en materias filo{204}sóficas, puede decirse que no fundó ninguna escuela, puesto que tampoco lo había intentado, como no intentó crear un sistema filosófico.

La tesis filosófica de sus Ejercicios se desprende per se, espontáneamente, en virtud de los razonamientos que aduce y de las consecuencias lógicas que deduce; así es que podría llamarse a su Filosofía: natural, científica.

Porque él, al igual que todos los Padres de la Iglesia, resuelve idénticamente las grandes cuestiones de la Filosofía, cuales son: Dios, el hombre y el mundo, esto es, siguiendo, única y exclusivamente, la doctrina de la Iglesia, ayudado de la fe y de la razón e impulsado por la inspiración superior.

Por eso, al hablar nosotros de la Filosofía escolástica, de San Ignacio, queremos referirnos más a la forma que al fondo, más al método que a la doctrina, puesto que la doctrina fundamental acerca de los tres puntos capitales antes citados, trinidad única de esta Ciencia augusta, es una sola e igual para todos: la que enseñó Jesucristo, y ha perpetuado su Iglesia con la fe, colum{205}na y único firme sostén de la verdad católica.

Ahora bien; como en el libro de San Ignacio encontramos muchos puntos de contacto con otros grandes filósofos, he aquí por qué hemos dado en llamar su Filosofía escolástica.

Desde luego nos encontramos con que, al reconocer la pequeñez del hombre, remeda la frase socrática: Sólo sé que no sé nada, con aquella otra del Apóstol: Hazte ignorante, para ser sabio[148]; porque si el único fin del hombre es salvar su alma, y no sabe hacerlo, ¿qué sabe?

Además, los que se burlan de Dios[149],{206} de la Religión y de la Moral, encuentran un freno y una gran lección en los Ejercicios, como la encontraban en la doctrina de Sócrates los sofistas.

Este, dejando a un lado la consideración de los demás, ponía la perfección de la Filisofia en el conocimiento y culto de la Divinidad[150], en el arreglo de la conducta y en prepararse para recibir, en otra vida, el premio de las buenas acciones.

Nuestro Santo, también aparta la Filosofía; es decir, no habla con énfasis filosófico, pero enseña que la perfección de todos estriba en el conocimiento de Dios y de sí mismo, haciendo ver la diferencia que existe entre Dios y la criatura[151], poniendo de{207} manifiesto cómo se debe dar culto[152] y amar a la Divinidad[153], arreglando nuestra conducta por medio de una confesión general, previa la práctica de los Santos Ejercicios, o de una confesión general, y ateniéndose después a las reglas de discreción del espíritu, para llegar, por medio de la penitencia, arrepentimiento y devoción, a recibir, en la otra vida, el premio de las buenas acciones[154].{208}

Se dice de Sócrates que, de tal modo se concentraba en la meditación de las verdades morales, de la suerte del alma en la vida futura y sus relaciones con la divinidad, que algunas veces caía en la ilusión de creer que eran inspiraciones de un genio los productos de su viva fantasía y reflexión profunda.

San Ignacio, en cambio, para escribir sobre las verdades eternas en su libro de los Ejercicios, era asistido por el Divino numen, pues ya hemos dicho en otro lugar[155] cómo le inspiraba la Santísima Virgen, no siendo aquel fruto de una inteligencia cultivada, ni siquiera de una viva fantasía, porque carecía de estas cualidades; y si acaso la reflexión era profunda, no hubiera alcanzado, sin embargo, el grado de perfección, ni la altura en sus concepciones y razonamientos que se demuestran en él y en los puntos que se refieren a todas las verdades eternas, a los misterios de nuestra religión augusta, a los te{209}soros de bondad[156], sabiduría y amor que Dios guarda para los hombres, así como a lo fácil que puede ser la virtud[157], a pesar de lo flaco de nuestra naturaleza[158] y lo odioso que debe ser el pecado, aun pareciéndonos más deleitable, siendo más fácil cometerle, y lo pernicioso que es para nuestra alma[159].

San Ignacio aparécesenos cual otro Moisés, que, descendiendo del Monte Santo, trae entre las manos la Ley de Dios, y envuelto en resplandores asombró al pueblo hebreo.

Porque, ¿qué son los Ejercicios sino la explicación clara, sintética y filosófica de ese admirable Decálogo por el que han de re{210}girse los hombres, si quieren vivir en santa calma?[160].

¿Y no irradian los resplandores de esta obra por todo el mundo y alumbra a los pueblos todos, como el candelabro sobre el celemín, de que nos hablan los sagrados libros?

El método de Sócrates era enemigo de cavilaciones, dirigiéndose tan sólo al buen sentido de los oyentes, empleando la forma de diálogo, casi siempre, que aproxima la discusión filosófica al trato común de la vida.

Bien palpablemente vemos cómo nuestro Santo Fundador escribe para que todos entiendan y sientan lo que dice, y, muchas veces, también, predomina el diálogo en sus meditaciones, pues de este modo parece que{211} llega más pronto al convencimiento del lector u oyente.

Así como en tiempo de Sócrates no faltaban filósofos que, enorgullecidos de su ciencia, despreciaban el sentido común, y el Maestro les enseñaba con su ejemplo, que no es buena la filosofía que se pone en contradicción con las ideas y los sentimientos humanos, así, también, en tiempos del Santo (como en los nuestros) había muchos hombres que, hinchados por la ciencia, no sólo desprecian la fe y el buen sentido, sino que se burlan de ellos[161] teniendo como norma su propia razón y sus propias pasiones[162].

Pero, San Ignacio enseña también poniendo por delante aquella frase del Maestro Supremo: opéribus crédite, que tan sólo en el bien obrar y en dejarse guiar de la fe santa está la verdadera sabiduría[163] y la{212} suprema virtud[164]; pues, si nos creó[165], nos dió un alma espiritual[166] para su gloria[167], entregándonos el señorío de todas las cosas creadas[168], poniéndolas bajo nuestros pies[169].

“De donde procede que el que quiere morir sin penitencia de sus pecados, virtualmente quiere permanecer en ellos para siempre y ser castigado para siempre[170]; mas si{213} hiciere penitencia, ¡cuan dulces son las palabras de nuestro Divino Salvador: Yo os aseguro que en el Cielo habrá gozo por cualquier pecador que haga penitencia[171]. Porque, además, ¿qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?[172]. Y los que así no obran, yerran, equivocan el camino”[173].

El Maestro de la Escuela socrática, sin{214} consignar principios generales, sin establecer teorías, se dirigía a sus oyentes haciéndoles algunas preguntas. Según la respuesta, preguntaba, de nuevo, excitando y dirigiendo la reflexión del discípulo, hasta que le conducía a la verdad deseada; con lo cual conseguía que el amor propio no se sintiese humillado teniendo que recibir doctrinas ajenas, antes experimentase una complacencia al ver cómo salían de su propio seno las verdades que aprendía.

San Ignacio, en cambio, consigna los principios generales[174]; no establece teorías, pero sí aconseja reglas[175] generales; emplea la pregunta y la respuesta[176] porque, de esta manera, persuade más y raciocina.{215}

Excita y dirige la reflexión del ejercitante hasta conducirle a la verdad deseada y procura herir el amor propio, para que, conociendo su pequeñez y su maldad, reciba el don de la gracia, que es la verdadera doctrina y experimente la complacencia de ver cómo se ilumina su mente y su corazón con la luz de la sabiduría increada.

—¿Quién podrá conocer tu malicia? Para eso sería necesario saber lo que Dios es. Dios es Dios[177].

Párate un poco a considerarlo y temblarás sólo de ponerlo en boca su santo nombre y de acordarte que le has ofendido[178].

Ahora lo conozco y, con toda el alma, deseo volver a Vos[179].

Y así como la Filosofía griega recibió en la escuela de Sócrates un impulso tan grande que la levantó a una altura a la que no había podido llegar ningún país; así San Ignacio, con sus Ejercicios, da al mundo católico un impulso, como casi lo había dado ningún Santo Padre, puesto que ningún libro (fuera de la Biblia y el Kempis) se han leído{216} ni meditado tanto como éste, y, por consiguiente, ninguno ha producido tan grandes beneficios a la Iglesia, ni tanto provecho a las almas, ni tanta gloria a Dios.

Y si de la escuela del Maestro pasamos a su discípulo predilecto Platón, llamado (el Divino), veremos que San Ignacio tiene también puntos de contacto con aquél, quien sostenía la inmortalidad del alma, con calor y elocuencia[180], la sanción de la conciencia y de su origen divino, señalando premios y castigos en la vida futura, haciendo constar que nada existiría, nada sería ininteligible, nada posible, si no existiera Dios[181].

Porque si buscamos plenitud de ser, allí le encontraremos; si buscamos una inteligen{217}cia infinita. Él es; si buscamos unidad donde se halle el principio, origen y vínculo de todas las verdades, allí están.

La virtud no consiste en otra cosa que en imitar a Dios.

¿Y no encontramos en los Ejercicios todos estos temas desarrollados con una admirable claridad de exposición, con una expresión bien sencilla y con unos razonamientos inconfundibles e irrebatibles?

He aquí cómo se expresa al tratar de la sanción de la conciencia:

“¿Cómo Dios me ha sufrido hasta ahora? ¿Cómo los ángeles, ministros de su justicia, no me han exterminado?… El sol, ¿cómo no me abrasa con sus rayos? ¿Por qué me alumbra? ¿Cómo los cielos me han conservado con sus influencias? ¿Cómo el aire me ha dado respiración? ¿Cómo el agua me ha refrigerado? ¿Cómo el fuego no me consumió? ¿Cómo la tierra no se abrió para tragarme? ¿Cómo los demonios no han arrebatado mil veces al infierno mi alma?”[182].

Repetidas veces hemos aludido a las me{218}ditaciones del infierno y de la gloria, en que trata de los castigos y premios de la vida futura, así como de las que se refieren a la existencia de Dios, y en las que prueba que en Él están la sabiduría[183], la plenitud del ser, la Unidad y en quien se encierran el origen, el principio y el vínculo de todas las cosas.

Y que la virtud no consiste en otra cosa que en imitar a Dios, nos lo demuestra en todos los Ejercicios, y especialmente en el lema que le sirve de escudo, a saber: “El hombre ha sido creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios, y, mediante esto, SALVAR SU ALMA”.

Y, si por acaso, continuáramos analizando otras escuelas, nos encontraríamos con que el Santo tiene muchas y grandes concomitancias con San Agustín, con Séneca, con Aristóteles, con Cicerón, con Santo Tomás y otros muchos filósofos que crearon escuelas e hicieron sistemas.

*
* *

Mas no sólo entra en nuestro ánimo pre{219}sentar al Santo Escritor asentando verdades filosóficas tan básicas y tan importantes, para rebatir doctrinas iconoclastas, sino que nos proponemos demostrar cómo dió la batalla para rechazar aquellas ideas que no están en armonía ni en consonancia con la fe y la razón, en cuanto afecta a las cuestiones de Moral y de Religión.

Así vemos cómo refuta las ideas de Anaxímenes, que sostenía como principio de las cosas al aire y al infinito[184]; de Anaxágoras, que defiende, como principio de las cosas, las partículas semejantes[185], pues así como el número—razonaba—se compone de partes tenuísimas, así el mundo fué com{220}puesto de corpúsculos semejantes entre sí. Preguntado para qué había nacido, respondió que para contemplar el sol, la luna y el cielo; a Aristipo, que ponía como último fin del hombre el deleite y decía que nada hay bueno o malo por naturaleza, sino por ley y por costumbre; a Pitágoras, que enseñó como principio de todas las cosas la Unidad, y de ella procede la dualidad; que el alma es una partícula del éter; a Heráclito, quien defendía que todo procede del fuego y en él se resuelve todo; a Lemipo, que decía: “Todas las cosas son infinitas y se transmutan entre sí. Los átomos son el principio de las cosas”. Demócrito enseñaba que el átomo y el vacío son el principio de todas las cosas; todo sucede por necesidad, que es el principio en el cual se engendra todo[186].{221}

Esto en cuanto a los filósofos de la antigüedad.

Si pasamos a épocas subsiguientes, nos encontramos a los pitagóricos, que si admitían una gran unidad de la cual dimana el mundo, sin embargo, consideraban éste como un conjunto de otras unidades subalternas y afirmaban que nuestra alma es un número; a los sexófanes, quienes reducían su doctrina a la idea grosera y poco científica de considerar al mundo como un todo, vivificado por un alma, negando, por ende, la creación y hasta la producción[187].{222}

También encontramos en el transcurso de esta investigación científica a Parménides, discípulo del anterior, quien consideraba al mundo como un todo, y afirmaba que el fuego era el que había formado la tierra y lo que lo movía; a Zenón de Elena, que desenvolvió la doctrina de Parménides, pero valiéndose de la dialéctica, instrumento bien poderoso en el terreno de las cavilaciones.

Negaba la existencia de la materia, del movimiento y del espacio y cayó en un círculo vicioso, cual era el decir que no hay variedad porque todo es uno; todo es uno porque no hay variedad.

Como vemos, hasta lo que dejamos analizado, el nervio de todas las escuelas filosóficas ha sido el estudio de la creación del mundo y de su formación, dándose definiciones bien extrañas y faltas de razón.

Todas ellas las refuta nuestro Santo con estas sencillas frases: “Dios sacó todas las cosas de la nada y creó al hombre; compaginó este cuerpo, prodigio en su composición y estructura y me dió esta alma espi{223}ritual a imagen y semejanza suya, y con su aliento la infundió en este cuerpo de barro”[188], y como ab æterno es infinitamente felis, el alma también es eterna.

Como refuta el ex nihilo nihil fit de la nada, nada se hace de los epicúreos[189].

Y, si continuamos el análisis de escuelas, teorías y métodos, aunque los hallemos bien distintos, no nos sorprenderá verlos refutados por nuestro filósofo.

Porque, si miramos a la escuela cirenaica, que proclama como único fin del hombre la felicidad, que consiste, según aquélla, en los goces del placer, varémosle que, indignado, condena esta teoría, diciendo: “La misma razón prueba que ni fué, ni pudo ser creado el hombre sino para Dios, prueba que las demás cosas se han de referir a Dios”[190].

Y en otro lugar dice: “El alma del condenado tendrá presente los bienes y deli{224}cias, los goces y los placeres de su vida pasada, y su recuerdo le afligirá… Todo pasó para mí, exclamará…[191]. ¿De qué me han aprovechado? ¿Quid nobis profuerunt? Me he condenado por cosas que nunca satisficieron la sed de mi alma, ni llenaron cumplidamente los deseos de mi corazón. Ergo errávimus. Me he equivocado.”

Y más adelante: “De todas las acciones, de todas las palabras, de todos los pensamientos se ha de dar muy estrecha cuenta sin exclusión de un solo momento, desde que empezó el uso de razón hasta la última hora de la vida… ¡Cuántos motivos de acusación en cada vicio, contra cada virtud!… ¡Cuántos delitos, cuántos placeres recordados!… Pasó la vida en cometer maldades, y de sus obras depende la muerte que le ha de caber”[192].

Por último: “¡Qué reproches y denuestos se dirigirán el cuerpo y el alma de los malos! ¡Cómo se volverán contra sí! Maldecirán, el cuerpo la condescendencia del{225} alma, y el alma los apetitos del cuerpo: éste porque el alma no le rigió según su deber, y ésta porque el cuerpo quiso vivir como las bestias, sin sujetarse a ley ni freno[193]. Mas ya no hay remedio, el Juez omnipotente pronunciará, con ceño severísimo, la terrible sentencia: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno”. ¿Qué pensaré entonces de las cosas de este mundo? ¿En qué concepto tendré entonces las riquezas, los honores y los placeres? Desaparecieron como humo no dejando mas que rubor y pesar de haberlas amado”[194].

¿Hay argumentos más irrefutables, razones más poderosas, teoría más fundamental que ésta para rebatir a estos partidarios de la escuela cirenaica?

Pues lo mismo se puede aplicar a los pirrónicos, que defienden, igualmente, la teoría del placer.

¿Y qué decir de la doctrina de los epicúreos, que reducen la vida futura a la nada, siendo la muerte el fin de todo?; ¿qué de los estoicos, cuyo Dios es el fuego, cuya{226} alma es una centella de ese fuego, sin libertad ni vida futura?; ¿qué de los eclécticos, quienes confunden todas las doctrinas, sin encontrar la verdad?; ¿qué de los neoplatónicos, quienes afirmaban que de los dogmas cristianos nada había que les hiciera dignos de ser considerados como religiosos, sino como temas de estudios filosóficos?

Los protestantes mantenían, también, la doctrina de la justificación por los solos méritos de Cristo y sin la eficacia de las obras.

Los alumbrados y quietistas defendían la idea de la contemplación pura en que, perdiendo el alma su individualidad, abismándose en la infinita esencia, aniquilándose, por decirlo así, llega a tal estado de perfección e irresponsabilidad, que el pecado cometido entonces, no es pecado, herejías éstas que son como el resumen de las mantenidas desde los tiempos de los bracmanes o gimnosofistas de la India, pasando por los budhistas, por la escuela neoplatónica, hasta los Nicolaítas, Cainitas y Adamitas.

Y como nota saliente habremos de hacer mención de una congregación secreta que,{227} en 1529 se descubrió en Toledo, llamada de alumbrados y dexados, cuyos miembros eran, casi todos, ignorantes, analfabetos e idiotas.

El cronista Alonso de Santa Cruz nos dice[195] que su doctrina era una mezcla de luteranismo, quietismo y de iluminismo fantástico.

He aquí sus errores principales:

Afirmaban que no había infierno.

Que el Padre había encarnado con el Hijo y que en la bienaventuranza había fe, y los que lloraban sus pecados eran propietarios de sí mismos.

Decían que no eran necesarios los actos exteriores de la adoración, pues era una imperfección… Las obras que se hacen con fe, esperanza y caridad no son por amor a Dios, sino por propio interés. Vedaban la meditación de Cristo. Sostenían que Dios viene más directamente al alma humana que a la hostia consagrada; que la suma per{228}fección no estaba en servir a Dios, ni en guardar sus mandamientos, ni en hacer penitencia, y, entre otros muchísimos errores más, sostenían que aunque no hubiera pecado Adán, no habría entrado nadie en el Cielo, si no hubiese nacido el Hijo de Dios.

Para todas tuvo argumentos, a todas combatió y de todas salió victorioso, pues que su doctrina ha irradiado por doquier iluminando al mundo, a las inteligencias y moviendo a los corazones todos.

San Ignacio, más que con su ciencia, con su inspiración; más que con razonamientos, con su vida ejemplar y santa; más que con su pluma misma, con escribir al dictado de lo alto[196] nos presenta este gran monumento literario, religioso y filosófico, esta gran obra llamada Ejercicios Espirituales, con la que rebate valiente y certeramente el sensualismo de Hobbes y Locke, la moral independiente de Gassendo; el ateísmo de Condillac, Voltaire, de la Maitre, Di{229}derot, Darwin y otros; el socialismo y panteísmo de Zola, Tolstoy y Gorki, así como el enciclopedismo y la indiferencia religiosa de nuestros tiempos.

Dijérase que, cual otro Elías, empuña su espada de fuego y con ella defiende la causa de Dios y arremete contra sus enemigos, o bien toma la de Saulo para, convertido en otro Apóstol, erigirse en capitán y mandar esa Compañía de Jesús que tanto se afana y trabaja para conseguir la mayor gloria de Dios[197].

*
* *

Como prueba inequívoca de su omnipo{230}tencia, de su sabiduría y de su amor, quiso Dios dotar al alma humana de otras tres potencias: memoria, entendimiento y voluntad, que, filosóficamente hablando, se denominan la sensibilidad externa, la imaginación; la sensibilidad interna o facultad del sentimiento y la inteligencia.

Aunque bien conocido de todos el alcance de estas facultades, creemos, sin embargo, conveniente dar una ligera idea de ellas para conocimiento de todos.

La sensibilidad externa es aquella que ejercitamos por medio de los cinco sentidos, es decir, que se extiende a todos nuestros actos externos.

Con la imaginación reproducimos en nuestro interior las impresiones de los sentidos, sin que éstos tengan dependencia alguna de aquéllos.

Por sensibilidad interna entendemos aquella delicadísima facultad que nos pone en relación directa con los objetos, bien que independientemente de la naturaleza particular de la sensación externa, de la imaginación y del conocimiento, es lo que llamamos vulgarmente sentimiento.{231}

La inteligencia es la facultad de conocer las cosas[198].

Ahora bien; para ejercer el entendimiento se precisa tener un conocimiento perfecto y un juicio exacto de la verdad; porque si es cierto que las demás facultades auxilian al entendimiento, ofreciéndole objetos exteriores o afectos de la misma alma, sin embargo, ellas, por sí solas, no conocen. La naturaleza nos las ha dado para ponernos en comunicación con los objetos, para presentárnoslo bajo ciertas formas y afectarnos de diversos modos, sin perjuicio de reservarse siempre y necesariamente a la facultad superior, que debe presidir todos los actos, internos o externos, del hombre, el entendimiento, con el verdadero conocimiento de todo.

Claro es que tal es y tan continua la necesidad que el entendimiento tiene de todas las facultades[199] que, de no saberlas dirigir{232} bien, incurriremos en frecuentes y gravísimos errores.

Por eso ha dicho Condillac: “Ya nos elevemos a las alturas del cielo, ya descendamos hasta las profundidades del abismo, no podremos salir nunca de nosotros mismos, pues siempre percibiremos a nuestra propia mente”.

Y tan evidente es esto, que no encontramos concebible ninguno de nuestros conocimientos sin la intervención inmediata de alguna de nuestras facultades. De ahí que el ejercicio de éstas haya sido anterior a su propio conocimiento por los que intentaron descubrirlo y definirlo, esto es, por los filósofos.

Por todo esto no cabe dudar que la Filosofía ha sido un título de gloria para la mente humana, y podría considerarse como una blasfemia contra el Creador si se le quisiera atribuír, sin fundamento alguno, el haber infundido un deseo que le extraviase en el vasto campo de los devaneos, dice García Luna.

Y no podemos caer en un concepto tan erróneo cuando contemplamos ese orden tan admirable que reina en todo el Universo.{233} Porque si la Providencia formó hasta los órganos del más vil insecto y les infundió vida y movimiento, ¿cómo había de proceder de distinta manera con la criatura en que más resplandece su sabiduría?

De ningún modo; y así se ve que, por medio de tales facultades, llegamos a conocer las ideas del bien y de la belleza que, a la manera que se hayan desarrollado en nuestra alma, así acertaremos o no a pintar la naturaleza, bien como la triste realidad nos la presenta, bien como el entendimiento la concibe, teniendo siempre en cuenta el objeto que nos propongamos o el fin a que aspiremos.

Tales disquisiciones nos traen como de la mano la figura de nuestro Santo filósofo, quien, dotado de todas estas facultades que enumeradas quedan, pero en un grado superlativo de perfección, supo plasmarlas en su libro admirable, haciéndonos ver cómo la belleza infinita de Dios es la perfección del Bien Supremo; y como todos los hombres desean conseguir ese Bien, nos describe los instintos generosos y de nobleza inherentes a nuestro corazón, contribuyendo{234} eficazmente a buscar la belleza como perfección del bien.

Él nos pone delante de los ojos el modelo de Jesucristo[200], al cual el alma no sólo cree y conoce que es deber suyo acercarse, sino que le hace sentir que, de lograrlo, llega al término de sus deseos, le manifiesta la parte celestial que en sí tiene, el soplo divino que la anima, y, de este modo, la obliga a desprenderse de la tierra y contemplar en la porción más noble de su misma naturaleza una parte que su mente atribuye al Todopoderoso.

Y no creáis que pierde nada de su valor real este efecto sublime de las meditaciones de los Ejercicios porque no sean tan palpables; sino, por el contrario, excitan las facultades del alma y hacen recapacitar más, ejercitarlas con más intensidad.

Porque los que sólo ven con los ojos corporales, habrán de parecerles visiones las cosas que no son capaces de comprender; mas los que ya reflexionan, penetran en lo íntimo de su alma y se sienten profundamente conmovidos cuando consideran a la{235} grandeza, sabiduría y omnipotencia de Dios en la creación[201]; o su amor inmenso a los hombres en su Vida, Pasión y Muerte, así como en la Eucaristía[202]; o su bondad al dar participación en la gloria a las almas virtuosas[203]; o su justicia al infligir un castigo eterno para los pecadores[204]; o su misericordia cuando éstos, arrepentidos, les acoge en su seno y les perdona[205]; o su magnanimidad cuando les exhorta a servir en sus banderas para conquistar el Reino de Cristo[206]; o su generosidad cuando sale en busca del hijo pródigo para perdonarle y celebrar, con festín, su vuelta, arrepentido de su pasado[207].

O bien comprenden la pequeñez del hombre, su soberbia y su maldad, para llegar a los afectos de confusión, por haber ofendido a Dios[208]; de arrepentimiento de sus peca{236}dos[209]; de temor al castigo eterno[210]; de gratitud por sentirse perdonados[211]; de admiración por verse tan amados de Dios[212]; de gozo por sentirse fortalecidos con la virtud para luchar contra nuestros tres enemigos y por llegar a merecer el premio eterno reservado a los virtuosos[213]; de reconocimiento por haberse dignado Cristo Jesús bajar del Cielo a la Tierra para ofrecerse en holocausto de nuestros pecados y redimirnos de ellos[214], dejándonos en prenda la Sagrada Eucaristía[215], y su corazón sacratísimo[216], así como por habernos dado como madre nuestra, refugio de pecadores y consuelo de los afligidos, a su propia y Santísima Madre María[217].

Con todas estas meditaciones y con todas estas sensaciones, ritmos constantes de estas facultades que integran nuestra alma,{237} hacen latir los corazones, y las emociones que en aquellos instantes se experimentan nos hacen salir fuera del mundo positivo, pues nuestra alma suspira por conseguir esa belleza increada, que es el Sumo Bien, Dios mismo, a quien ve descrito en las meditaciones.

“El entusiasmo—ha dicho una escritora—es para la conciencia un estímulo, como lo es el honor respecto del deber; hay en el alma una parte de energía que debe consagrarse a la belleza; por tanto, las creaciones del ingenio tienen un carácter moral, que les atribuye una importancia que, al primer aspecto, no se descubría en ellos.”[218].

Mas para que se pueda experimentar ese entusiasmo, ha de preceder una función de nuestras facultades, un afecto, un amor, que en las cosas espirituales ha de ser el amor de Dios, base de todos los deberes que el hombre tiene para con Él[219].

Éste engendra la veneración, la gratitud, el reconocimiento por todo lo que hemos re{238}cibido de su bondadosa mano, y, por tanto, la adoración interior con que nos humillamos en su presencia. Obligación que se funda en la propia naturaleza del hombre.

Mas todo esto obra, además, por medio de la conciencia, pues ella nos hace también sentir y conocer. Por ella amamos, por ella nos dolemos, por ella nos alegramos, pues, según la definición más exacta, la conciencia es la facultad por la cual nuestra alma percibe las afecciones propias[220].

Pero es que, además, nuestro Filósofo sabe producir esa concatenación en el actuar de las potencias de nuestra alma, y, al efecto, para excitar la memoria, le hace recordar las eternas verdades[221] y cuánta es la gravedad de la ofensa a Dios[222], para que no incurra en el pecado, según aquello de memorare novissima tua et in æternum non peccabis; excita, igualmente, el entendimiento, por medio del cual el ejercitante ha de comprender los daños del pecado y los bie{239}nes de la virtud, según el castigo o la recompensa que para éstos hay, moviéndose al dolor y al arrepentimiento o a la gratitud y alegría, por medio de ejercicios de humildad y satisfacción, con lo cual se cumple aquel axioma filosófico: nada hay en el entendimiento, que no haya sido antes objeto del sentimiento: nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensu.

Excita, por último, a la voluntad, para que, recordando nuestro abolengo divino y comprendiendo y conociendo dónde está nuestro fin[223] y nuestro Reino[224], lo deseemos, lo amemos y queramos poseerle con toda la intensidad y con todo entusiasmo; porque nada se quiere si no se conoce: nihil volitum quim præcognitum.

Es decir, que, según el Aguila de Hipoa: el alma, primero, ha de conocer a su Dios, para quererle; amarle después y poseerle, como último fin[225].

Así el autor de los Ejercicios ha sabido{240} llenar este importante punto filosófico, demostrando cómo las facultades del alma influyen en las operaciones humanas.

*
* *

Estos razonamientos nos hacen comprender las miras elevadas de nuestro Escritor filósofo. Las concepciones que, si bien ocasionadas por los hechos exteriores, aspiran a lo infinito, muestran, a su vez, que el hombre participa, en algún modo, de la naturaleza divina de su Creador, puesto que las especulaciones más sublimes de la Filosofía coinciden en este punto con las verdades reveladas: hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza: fatiamus hominein ad imaginem et similitudinem nostram; y la razón humana, después de divagar en el vasto campo de las suposiciones, después de querer rebajarse a la condición de los brutos, viene, al cabo, a reconocer la verdad más importante de todas las verdades, encerrada en esas sencillas palabras del Génesis.

Por eso Bacon llegó a decir que “era menester atender las facultades del entendimiento y hacerse apto para penetrar en las

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TRES ÉPOCAS DE SAN IGNACIO

JOVEN GUERRERO; HERIDO EN LAS MURALLAS DE PAMPLONA Y GENERAL DE LA COMPAÑÍA

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obscuridades de la naturaleza y caminar por sus más escarpadas sendas… Porque, si las ideas son vagas y mal concebidas, todo el edificio de nuestra inteligencia se desmorona”[226], y el célebre lord Verulamio sostenía que “la especie de culto idolátrico que suelen los hombres tributar a su inteligencia, hace que abandonen la contemplación y el estudio de la Naturaleza, para envolverse de algún modo en sus propias meditaciones y en las ficciones de su espíritu[227]; mas, para adquirir los conocimientos humanos, es preciso “separarse totalmente de la vida seguida hasta ahora… abandonar las teorías, opiniones e ideas recibidas, y que la inteligencia, libre y como una tabla rasa, comience el estudio de los hechos particulares”[228].

Con tales teorías se llegó al materialismo de Condillac, quien sostenía que el yo era una colección de sensaciones, y como éstas se verifican por medio de los nervios y del cerebro, bien claro está que desaparece todo raciocinio espiritual.{242}

En iguales errores incurrieron Cabanis y Destutt-Tracy. El primero sostenía que las “Ciencias morales no deben ser más que un ramo de la historia natural del hombre”[229].

El segundo dice: “Todas nuestras operaciones intelectuales son efecto de los movimientos que suceden en nuestros órganos…; nuestras percepciones de relación son, como todas las demás, efectos de los movimientos sucedidos en nuestros órganos…; la acción de sentir es un efecto particular de la de movernos: pensar, es sentir”[230].

Así que estos errores del materialismo vinieron a dar aquellos otros frutos que se llamaron la doctrina sensualista, en la que cayeron Berkeley y Hume.

Coudillac, Cabanis, Destutt, Tracy, y Broussais sostenía como principio único de todas las operaciones del alma el elemento exterior del pensamiento, ocultando en su análisis la parte esencial que la energía pro{243}pia de la mente tiene en la formación de éstas.

Así se ve que cuando pretenden determinar la parte que las impresiones de los objetos tienen, en la formación de nuestras ideas, no advirtieron nunca que, sin la concurrencia activa del alma, todas esas impresiones habían de ser completamente estériles y que su entendimiento era el verdadero cadáver de su inteligencia.

Mas no es sólo que incurrieran, por este razonamiento, en el materialismo más abstruso y en el escepticismo más grosero, sino que produce aun mayores estragos, especialmente en el mundo moral.

¿Por qué? Pues muy sencillo: porque a la noción universal y necesaria de la justicia, substitúyenla con la utilidad; es decir: que los derechos y los deberes, la autoridad de la conciencia y la idea de orden son arrollados por los incentivos del interés individual. ¿Pueden darse mayores absurdos? Rotos, así, los vínculos sociales, conviértese la sociedad en un campo de Agramante, en el que la lucha de las pasiones humanas ha de ser porfiada e indefinida, y el individuo según esto, será tan sólo un factor para pro{244}ducir toda clase de fechorías y maldades, ya que sólo su voluntad, sus apetitos y su libre albedrío han de ser los únicos guías, los consejeros áuricos de sus actos.

Aun a trueque de repetir conceptos que ya hemos emitido, no dejaremos de exponer cómo rebate estas teorías San Ignacio, por medio de la doctrina simplicísima de la reflexión moral.

Parte nuestro Santo de la base que el alma es el centro de las facultades cognoscitivas, el eje de todas nuestras emotividades[231], la unidad en la triple función de sus potencias; y, siendo esto así, natural parece que el hombre, dotado de esta alma, de esta inteligencia, de todas estas facultades cognoscitivas y emotivas, tiene que obrar con arreglo a las leyes eternas dictadas por el Creador de toda causa eficiente, de toda obra existente[232].

Por eso coloca al ejercitante en el estado de ánimo capaz de conocer y de sentir, de{245} amar y aborrecer, y procede, filosóficamente hablando, con tal correlación, que, psicológicamente, le coloca en situación de ente sensitivo, activo, intelectivo y capaz de obrar libre, espontáneamente, pero rectamente y en armonía con los impulsos de su corazón, con las reflexiones de su mente, con la eficacia de su voluntad[233].

Él presenta ante la consideración, si no los objetos materiales, sí las ideas que nos impresionan, porque nos causan agrado o desagrado, alegría o tristeza, dolor o consuelo, admiración o desprecio, amor u odio[234].

Además, experimentamos que cuando nuestra alma siente el dolor, por ejemplo, de haber pecado, y por esto haber ofendido a Dios, y, en su consecuencia, habernos separado de Él y haber incurrido en Su enojo[235], se concentra, hasta el punto de aborrecer todo lo que le hace sufrir; mientras que, cuando, efecto del arrepentimiento, sentimos el consuelo de la gracia divina y vemos la promesa de una vida dichosa como tér{246}mino a una vida de virtud y amor a Dios, nuestra alma se alegra, y con la alegría se dilata, se esparce y ama eso que la atrae, que la subyuga, que la enamora.

De este modo, el alma pónese en relación con estas ideas, ejerce su propia energía y, sin ésta, su acción sería estéril e ineficaz, porque a nada sería accesible.

La Providencia nos ha hecho sensibles para que podamos llenar los designios que nos señaló y se propuso al crearnos, y de ahí que sintamos, porque obra en nosotros su poder, y esta propia sensibilidad nos hace llenar plenamente una vida de seres conscientes y perfectos, pues, al hacernos conocer y sentir, nos impulsa a obrar con perfecta libertad y nos convierte en verdaderos hombres, haciéndonos trabajar en nuestro propio perfeccionamiento.

Damirón ha dicho que “esa maravillosa facultad de recibir las impresiones de lo exterior, con que la Providencia nos ha dotado, sirve para llegar hasta nosotros, comunicarnos sus dones y enseñarnos a vivir. Si el alma ni las tuviese, ni las recibiese, sería de todo punto imposible no sólo nues{247}tra educación, sino hasta nuestra existencia racional y menos moral”[236].

Así, las funciones de actividad y pasividad del alma quedan probadas y refutados los errores de los sensualistas y materialistas, quienes sostienen, en este punto concreto, que el alma es pura y completamente pasiva.

“La vida del hombre—ha dicho el Santo Job—es una constante lucha consigo mismo: militia est vita hominis super terram; y, como el Cielo le formó para esta lucha, le dotó también de los medios para actuar en ella, ofensiva o defensivamente. ¿Cómo? Por medio de esas potencias del alma, por medio de esas facultades intelectuales, por medio de esos sentimientos y afectos.”

La propia experiencia nos enseña, como también nos lo enseña nuestro Santo en sus meditaciones, que podemos sujetar nuestros afectos, sin que, por eso, se diga que está en nosotros el poder evitar el sentirlos.

Él nos enseña y aconseja también cómo debemos ejercitar o refrenar el dolor, cuándo{248} debemos sentir el miedo a lo eterno, cómo y cuándo debemos refrenar los ímpetus de venganza[237]. Él nos muestra cómo nos hemos de dar cuenta de lo que pasa en lo íntimo de nuestra conciencia, cuando experimentamos estas impresiones y sentimos estos afectos y cómo debemos hacer uso del imperio que nuestro Criador nos concedió sobre nuestro propios sentimientos y afectos; en lo que consiste la dignidad, la superioridad del hombre, diferenciándole de los demás brutos, que obedecen ciegamente a sus instintos, siguen sus pasiones y apetitos propios.

A propósito de esto, discurre un sabio jesuíta, el Padre Roothaan, de la siguiente manera: “Todas las cosas criadas de suyo son indiferentes, puesto que todas pueden igualmente o desayudar o ayudar a la consecución del fin del hombre. La misma Filosofía humana conoció con lumbre natural esta verdad, cuando enseñó que todas estas cosas no son, propiamente, ni buenas ni malas, sino adiáfora, indiferentes. Y, siendo esto así, nada, ciertamente, más puesto en{249} razón y más oportuno en orden a nuestra salvación eterna, nada más conforme con la verdadera sabiduría, que el mostrarnos del todo indiferentes con todas las cosas del mundo. En todo lo que es concedido a nuestro libre albedrío y no le está prohibido. Añádase, con razón, esta cláusula, porque, si bien todas las cosas per se son indiferentes, sin embargo, con relación a nosotros, y tomadas en particular, hay muchas que la ley divina, el propio deber, la justicia, la caridad, nos mandan, o precaver o rechazar con todas nuestras fuerzas, y muchas que nos mandan procurar o conservar, las cuales, por tanto, con relación a nosotros, son verdaderamente o buenas o malas, y, por lo mismo, no es concedido a nuestro libre albedrío que, acerca de ellas, estemos indiferentes.”

Pues dondequiera que interviene la voluntad de Dios, que prohibe o manda hacer algo, irremisiblemente debemos nosotros querer o no querer lo que quiere o no quiere Dios.

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* *

Cuando repasamos la historia de la Filosofía y, a través de sus páginas, nos encontramos con tantos grandes pensadores, con teorías tan desemejantes, con sistemas tan diversos, con escuelas tan opuestas y con tesis tan varias, no podemos menos de reconocer que todo esto obedece a una sola causa; a saber: a que, a pesar de sus trabajos, sus desvelos, sus afanes y su ciencia, no han llegado a penetrar en ese santuario augusto que se llama la verdad cristiana.

Y esto, ¿por qué? La razón es obvia: para llegar a una meta, es preciso conocer el verdadero camino y seguirle recto; y si, por acaso, ha de recorrerse en noche obscura, precisa ir provisto de luminarias, de antorchas que, con su luz esplendente, vea por dónde camina y pueda ir con paso firme y seguro. Pues bien: para llegar a la meta de la verdad cristiana, ya lo hemos visto, muchos han querido ir a ciegas o con la sola luz de la razón o con la única antorcha de la fe, y, claro es, que como la una ha de completarse con la otra, pues la primera es reflejo de la segunda, no han podido llegar a esa meta, a ese santuario, para postrarse, rendidos, ante la verdad cristiana.{251}

Porque la fe, según el Apóstol, es el argumento de las cosas no aparentes: argumentum non aparentum; es decir, que no son susceptibles de evidencia o certidumbre intuitiva.

“Ahora bien—argumenta Proudhon—; las cosas que no aparecen constituyen la mayor parte de los objetos que ocupan el espíritu y la conciencia del hombre; de donde resulta que, como no sea por la fe, según dice San Pablo, no podemos saber nada, o casi nada, de las cosas del Universo, ni de la humanidad. Por ahí ha venido a ser la fe un criterio para el espíritu”[238].

En las cuestiones dudosas, la mayor parte de los hombres no conocen mas que la fe. Y, si siguen la razón, o es sin saberlo o es para prescindir de aquélla; pocos utilizan ambas, porque no conciben la razón sin un decreto, ni la Filosofía sin su criterio.

El cristiano, pues, armado con esta fe, puede poseer muchas de las cuestiones filosófico-morales, pues todas ellas están bien expresamente manifiestas ya en palabras de{252} Cristo, consignadas en las Sagradas Escrituras, ya en las interpretaciones que de tales cuestiones da la Iglesia, única autoridad docente.

De donde se deducen estas tres proposiciones; a saber:

Toda proposición confirmada por el Evangelio o aprobada por la Iglesia, es verdadera.

Toda proposición desmentida por el Evangelio o condenada por la Iglesia, es falsa.

Toda proposición sobre la cual nada haya dicho ni el Evangelio ni la Iglesia, es indiferente.

Así vemos, pues, que los filósofos se pierden en disputas y disquisiciones sobre el origen y el fin de las cosas; pero muchos de los sabios cuyos nombres resuenan por todo el mundo no encuentran ni un rayo de luz para alumbrar el caos de sus doctrinas, ni una palabra de consuelo para saciar la sed de verdad de sus discípulos y secuaces, ni aciertan a encontrar una fórmula que, por lo menos, cubra, como con un manto protector, su impudicia o su ignorancia. Y es que caminan sin esa antorcha de la{253} fe que sabe y puede inundar de luz las mentes y las inteligencias que a ella se acogen.

¿Hay Dios? ¿Hay uno o muchos? ¿Cuál es su naturaleza, cuáles sus atributos? Leed a Platón, a Cicerón, a Aristóteles, a los más grandes hombres de la antigüedad, y ¿qué encontráis? Errores, incertidumbres, tinieblas[239]. Leed, en cambio, la Sagrada Escritura; leed el libro de los Ejercicios Espirituales, de San Ignacio, y os encontraréis con que la fe os habla de este modo: Hay un Dios, eterno, infinito, inmutable, inmenso, criador, conservador, ordenador de todas las cosas, cuya providencia se extiende a todo lo criado; a cuyos ojos, tanto lo pasado como el porvenir, está patente; para quien el corazón del hombre no tiene secretos, porque todo lo conoce, todo lo ve, abarca todos los extremos, todo lo dispone con suavidad, vela sobre el justo y aun sobre el pecador, reservando para otra vida la sanción de sus actos.

Además, encontraréis también que por la fe se halla explicación a la existencia del alma y su inmortalidad; el libre albedrío{254} para escoger el camino del bien o la senda del mal; el origen de los distintos y aun contrarios pensamientos que el hombre suele tener; la causa de sus males, sus remedios, sus compensaciones; todo, en fin, lo vemos explicado con sabiduría, tan digna de admirarse, que cuando paramos mientes en examinar todos los sistemas, teorías, escuelas filosóficas, parécenos asistir a una babel científica o a juegos infantiles, en los que nunca se entienden.

¿Y qué decir de esa otra luminaria que llamamos razón?

El mismo Proudhon[240] dice que “La razón, bajo el nombre de ciencia, conocimiento, episteme, gnosis, o bajo el más moderno de filosofía, aspiración a la ciencia, se ha puesto en oposición con la fe y ha aspirado a la posesión de la verdad; no ya sobre aquella sentencia fides ex auditu, sino por medio de una contemplación directa, sicuti e facie ad faciem; es decir, cara a cara. Ver la verdad en sí, con la sola garantía de sus ojos y de su razón, es, evidentemente, descartar la suposición de la existencia de un criterio{255}”.

Mas, ¡ah!, que estas frases, más que encomiásticas, son un verdadero insulto y un denuesto a la razón, porque ésta viene a ser como una parte integrante de la Filosofía, y, de tal manera, que bien pudiera decirse que es una cualidad sine qua non que puede estar en la Filosofía.

Y quien desprecia la razón, o la toma como única base de argumentación, suele ocurrir que se convierte en un ególatra.

Lutero despreciaba la razón, y tuvo aquel rasgo de soberbia luzbélica de erigirse en legislador supremo de una Iglesia que él fundara, para que cubriera sus impudicias y sus sacrilegios. Lamennais escribió páginas inimitables y llenas de elocuencia contra la razón, y, sin embargo, intentó también regenerar el mundo tomando por única base su razón sola.

Y es que no se puede prescindir de ninguna de esas dos ruedas con que ha de caminar el carro de la inteligencia, para llevar, digna y decorosamente, en su trono, la Verdad cristiana, que es la única Verdad.

Claro está que para llegar a ésta se sienten flaquezas, abatimientos, dificultades; mas,{256} ¿qué empresa no lleva consigo anexas todas éstas?

De aquí que deduzcamos, como consecuencia lógica, que la Filosofía no muere, ni se debilita, por estar a la sombra de la Religión, sino que, por el contrario, se fortalece, se vivifica y se hace más clara y más asequible a las inteligencias; y, si a esto unimos que se supedita a la razón, tendremos completo ese cuerpo de doctrina, esa ciencia, mater omnium scientiarum, y por ella, y con ella, encontraremos la Verdad única, incontrovertible y eterna, cual es la Verdad cristiana.

No hay que decir cómo nuestro Santo fué guiado de esa antorcha de la fe y de esa luminaria de la razón, para encontrar la Verdad increada, y en ella pudo posarse.

Bien lo demuestra en su libro de oro, que analizado queda desde el punto de vista filosófico, y bien puede incluírsele entre las obras de los más esclarecidos, de los más grandes filósofos españoles.

Ya lo dió a entender el insigne Menéndez y Pelayo, cuando, hablando de él, expresó este acertadísimo juicio:

“Aquel hidalgo vascongado, herido por{257} Dios, como Israel, a quien Dios suscitó para que levantara un ejército más poderoso que todos los ejércitos de Carlos V, contra la Reforma, San Ignacio es la personificación más viva del espíritu español en una edad de oro. Ningún caudillo, ningún sabio influyó tan portentosamente en el mundo. Si media Europa no es protestante, débelo, en gran manera, a la Compañía de Jesús[241] y al libro admirable de su fundador, los Ejercicios espirituales, lleno de luz y de ciencia para las almas todas y para todos los corazones”.

{258}

{259}

CAPÍTULO IV
La verdadera ciencia dimana de Dios.—Influencia de la Filosofía de los «Ejercicios» en el Mundo.—Teoría de la gracia.—Síntesis de la doctrina filosófica que se encierra en los «Ejercicios».

Pobre es en demasía el mundo del humano saber para dar al genio la magnífica limosna de la verdad, que le pide con ansias devoradoras. Entretiénele con migajas que le arroja, alardeando de esplendidez, las cuales, en modo alguno, bastan a saciarle.

Esa rica limosna pidió también Ignacio, cuando, ya en los años de madurez, asistía a las aulas y sentía en su inteligencia y en su corazón un vacío y el estímulo nobilísimo hacia la Verdad, ese ídolo que él había creído abrazar muchas veces y se le había tornado en sombra desvanecida, le aguijoneaba{260} fuertemente, para buscarla en su realidad pura, fuera del mundo de las ilusiones engañosas; allá, donde únicamente existe, donde la buscó Salomón, donde la buscó Agustín, en la cima del Monte Santo, en el piélago de la luz increada, en las reverberaciones de lo inmutable y lo inmenso, en Dios, fuente eterna de la Verdad.

La luz de la divina gracia iluminó aquella inteligencia, llenando su vacío con el rico, inefable don de la inspiración y de la sabiduría; desaparecen entonces a los ojos del capitán Iñigo los espejismos de la falsa ciencia, las negruras de la ignorancia; y, desvanecidas las nubes de la pasión pujante, que empañaba el sol limplio y esplendoroso de la Verdad, contemplando, de hito en hito, con mirada de águila, y queda tan prendado de sus hechizos y soberana belleza, que rompe en aquella sublime exclamación que siglos atrás la pronunciara el converso Casiano: “¡Tarde llegué a amarte, ¡oh!, hermosura siempre antigua y siempre nueva! ¡Tarde te hice entrega de mis amores!”[242].

Nos cuentan los sagrados libros que, al{261} descender Moisés de las cumbres del Sinaí, apareció circundado de luz deslumbradora, recibida en presencia de la Divinidad. Parecía que de su rostro salía fuego sagrado, y fué esto lo bastante para infundir el terror en el pueblo versátil, entregado a la degradación y al abominable culto del becerro de oro.

También Ignacio, bañado en torrentes de luz celestial, empapado en la Ley de Dios, en las Sagradas Escrituras y en los libros de los Santos Padres, irradia de sí, cual otro Moisés, resplandores de doctrina sobrehumana; y de la caldeada fragua de su mente salen los rayos de su palabra, ora enérgica, acerada y penetrante[243], como espada de dos filos, para combatir los errores de su tiempo y los enemigos de la Religión; ora plácida y dulce[244], para enfervorizar a las almas buenas; ora profunda y amena[245], para adoctrinar y persuadir; pero siempre impregnada del suave bálsamo, del celo amoroso, siem{262}pre embelesadora, discreta y sentenciosa, eco fiel de su inspiración divina, y tan varia, tan rica y tan fecunda, que apenas es suficiente la vida de un hombre para saborear, ejercitar y cumplir cuanto en los Ejercicios expone.

Y la conciencia de Dios, alcázar suntuoso alzado por Ignacio, forma una ciudadela hermosa de ciencia filosófica y de santidad, y la une con puente de oro al alcázar de la fe.

*
* *

Nuestro Santo parece que, con maravillosa intuición, se adelantó a su siglo, y en el libro de los Ejercicios dejó fuertemente asegurado ese puente de oro y establecida la armonía entre la fe y la ciencia, hijas ambas de Dios, que es la Verdad, e incapaces, por tanto, como hermanas, de vivir en pugna y contradicción, y se anticipó a los días de aparatoso saber que hemos alcanzado, en que sabios, neciamente orgullosos, crean soñados conflictos entre el dogma y la ciencia, entre la gracia y la libertad humana, afirmando que, para creer, es necesario dar garrote a la razón, y haciendo del hombre una máqui{263}na inconsciente e irresponsable de sus actos; nueva generación de curanderos sociales, que quieren sanar las llagas de la decaída humanidad prescindiendo de la única medicina salvadora, que prestan de consuno la fe y la cristiana filosofía, y acudiendo al empleo de una farmacopea de desatinos y delirios[246].

¿Y cómo no engarzar a esa corona el monumento más duradero que el bronce, aere perennis, y semejante a las colosales pirámides de Egipto, las cuales permanecen, a través de los siglos, incólumes e impertérritas, desafiando las tempestades de los tiempos y los trastornos profundos de las generaciones y de las razas?

En él está echado el cimiento de la verdadera Filosofía, pues en él se demuestra la necesidad de la Providencia; cómo ésta dirige los acontecimientos, sin coartar en nada el libre albedrío del hombre, por lo cual pue{264}de obrar a su antojo y con plena responsabilidad de sus actos, ya que sabe que a Él le debe cuanto es, que de Él depende y a Él ha de dar cuenta de sus obras, para el triunfo del Bien, de la Verdad y de la Justicia[247].

Los que siguen la voz del Eterno Padre y de su Unigénito Jesucristo irán al “Reino de Cristo” y pertenecerán a “la bandera de Cristo Señor Nuestro, sumo capitán”; los que se apartan de sus celestiales enseñanzas, es que se alistan en la “bandera de Lucifer, mortal enemigo de nuestra naturaleza humana”[248], y, por ende, merecerán “las penas del infierno”. Pero aun estos mismos, sin darse cuenta de ello, trabajan por la realización de los fines providenciales del Señor, como sucedió, en el Oriente, a Babilonia, para el conocimiento de la Ley Antigua, y en el Occidente, a Roma, para la difusión del Cristianismo.

En este libro admirable se han empapado las Teresas de Jesús, las Marías Magdalenas de Pazzis, los Felipe Neris, y sirvió de norma a los Franciscos de Sales, Borromeos,{265} Paúles, Blosios, de Avila; Granadas, Leones y multitud de hombres; bebiendo en él sus preciosas teorías incontable número de personas que a él debieron su salvación.

En ese libro, en fin, se hallan refutados, victoriosamente, todos los sistemas heterodoxos de Filosofía; lo mismo el psicológico del napolitano Vico, que el psicológico panteísta de Hegel; que los fatalistas de Herder y Condorcet, que el panteísmo de Krausse y el ecléctico de Víctor Coussin.

¡Honor, pues, a la ciencia y al genio, y venga el arte a realzar esa corona así entretejida, haciéndola más bella con el esplendor del orden[249], corona del talento del hombre privilegiado a quien el Señor dotó de sabiduría y prudencia grande; del hombre cuyas frases llenan de hondo sentido y de una cuotidiana realidad, por sentencias y apotegmas; del hombre que impone venera{266}ción y respeto al mundo docto; del hombre que ha recibido las aclamaciones universales de la Iglesia Santa[250] al supremo magisterio del cual sometió siempre con humildad los dictámenes de su razón poderosa; del Santo, en fin, en cuyo espíritu han cince{267}lado el suyo innúmeros habitantes del Empíreo[251].

*
* *

En los Ejercicios nos expone también la teoría de la gracia[252].

¡Y cuan admirable y divina es esta teoría!

Entre el hombre y su Dios abrió la fe un abismo en fuerza de empujar hasta lo infinito la limitación y relatividad de la vida: en un Dios infinito, inmutable, único, eterno, inmenso y dueño de sí mismo consagró, de una manera gráfica y viva, la protesta de su impotencia ante la tiranía y el fragor rudo y estrepitoso de la existencia, su ambición suprema de dominar la vida.{268}

La misma fe que lo abrió, salva su abismo, que parecía no poderse vadear.

Ignacio nos pone de manifiesto cómo con la gracia se diviniza el hombre, se eleva a la dignidad de hijo de Dios, destinado a participar de la misma vida divina; real y verdaderamente en otra vida mejor[253], en la consumación de nuestros destinos por medio de la visión beatífica y del amor bienaventurado; y en esta vida de una manera imperfecta e incoada por medio de la fe, de la esperanza y de la caridad.

Y es que el Santo filósofo vió el pecado en el remordimiento, en la ruptura de la armonía interior de nuestra alma, en la ansiedad, en el temor, en la turbación y palpitación violentas del corazón, que son, en definitiva, los afectos y sentimientos de que hablan los filósofos[254].

Vió, también, Ignacio el dolor y la muerte sentados sus reales sobre la haz de la tierra; vió al hombre sujeto al sufrimiento, al trabajo rudo, a la esclavitud de sus brutales{269} instintos y aviesas inclinaciones, a la muerte, en fin, y vió a la naturaleza toda gimiendo bajo el peso de la vanidad e inestabilidad y pidiendo a voces su liberación y redención; en frase de San Pablo dijo: la naturaleza está manchada con el pecado, y como lo vió nos lo presenta, con los vivos colores, al hablar de los tres pecados.

Pero continúa exponiéndonos el remedio de salvación y nos muestra cómo el Verbo eterno encarnó[255], sufrió y murió en la cruz, redimiendo de esos pecados al género humano[256], quedando el hombre y la naturaleza rehabilitados en la esperanza spé salvi facti sumus[257], que dice el Apóstol. Sí; somos salvos en la fe, en la esperanza y en la caridad: he ahí los tres vértices del triángulo divino que ha de redimir la humanidad, que más bien se funden en uno solo como Dios (la fe), bajo esos tres aspectos.

Por eso nos pone de manifiesto que la fe, en lo que antes de la redención vió el cas{270}tigo y consecuencias del pecado, en las penalidades, en el dolor, en la muerte, vió, después de efectuada aquélla, el estímulo de nuestro perfeccionamiento, el medio de prueba, el instrumento y agente de la rehabilitación[258].

Que la esperanza columbra en lontananza, al través de las negruras y cerrazón del horizonte de la vida, el día venturoso, purificante y glorificador[259].

Y que la caridad hace del dolor y del sufrimiento fuente de aguas vivas, que en colosal surtidor salta hasta la vida eterna, fuente de inefable placer, de indecible satisfacción; verdadera ave fénix que hace surgir la vida de la muerte, porque posee a fondo y domina el sentido real de la vida, y lo acepta resignada, lo abraza gustosa en perspectiva de sus fecundos y gloriosos resultados.

Uno y mismo es el espíritu que informa a estas tres manifestaciones de la religión; pero en la caridad desenvuelve toda su virtud y eficacia[260].{271}

En la fe da forma concreta al ideal; en la esperanza se promete su definitiva y cabal realización al fin de los tiempos; en la caridad anticipa ese día venturoso, se engolfa en las delicias, en el torrente de voluptuosidad de la bienaventuranza, agranda, agiganta, empuja hasta lo infinito la satisfacción que produce el cumplimiento del deber, y, al través de ella, contempla extasiada, acaricia el conocimiento pleno y acabado de la verdad, la fecundidad y fertilidad infinita del amor, el escalonamiento, progresión y difusión definitivo de los momentos de la vida.

Ese ideal, la felicidad eterna de nuestro ser, ante la que mudas se postraron la fe y la esperanza, el amor lo arrebata, lo asimila, se abraza y funde con él, y, en ese estrecho abrazo, le da el último toque de viva realidad, le da toda la significación, virtualidad y alcance que tiene.

El Santo filósofo nos dice cómo con la fe mira el hombre a Dios como irradiando en su entendimiento los fulgores de su infinita sabiduría; cómo en la esperanza le ve recompensar nuestros méritos y ceñir nuestras sienes con la corona del triunfo, y cómo en la{272} caridad se aboca cara a cara con Dios mismo y se siente capaz y ganoso de poseerle.

Amamos a Dios—nos dice—porque es digno de ser amado, porque es el océano infinito de todas las perfecciones, porque es dueño de sí mismo[261].

Tan ardiente debe ser nuestra aspiración hacia Dios, que debemos despojarnos de toda traba, de todo temor, de todo lo que no sea objeto de nuestro amor y, olvidándonos de nosotros mismos, lleguemos a confundirnos con Dios y descansando en Él.

Por eso el Apóstol de las Indias hubo de exclamar así, endiosado:

Muéveme tú, mi Dios, y en tal manera,
que aunque no hubiera Cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
Sublime paradoja, que es la mejor fórmula de la caridad humana.

Y esta caridad no es temor a la pena, no es respeto a la autoridad, no es utilidad calculada, ni gratitud, ni placer.

Y, sin embargo, es todo eso de una manera más profunda y sublime siendo el amor{273} cristiano un impulso libre y desinteresado que nos mueve a realizar el ideal de lo bueno y de lo perfecto por la satisfacción y el placer que en ello encontramos, es el desbordamiento de un corazón que rebosa generosidad e intensidad de vida, es el altruísmo cristiano, cuyo primer prójimo es Dios mismo.

*
* *

Los Ejercicios de San Ignacio son, pues, como la luz que guía a las inteligencias, como el faro de un puerto que descubre al piloto el término de su viaje[262] y el lugar de su descanso[263], advirtiendo bien a las claras que cuantos esperan la completa felicidad en este mundo, pegan demasiado su corazón a la tierra, y claro es que su mirada, aun extendida y dilatada, no ve más allá de la tumba nada que les atraiga y deleite; mientras que quienes no confían en esta felicidad, ni descansan hasta obtenerla en la eternidad, conocen perfectamente lo que son, apercibiéndose de que su permanencia en el mundo{274} es transitoria, que el estado presente de la humanidad no es definitivo, hecho observado ya por Cicerón y otros pensadores; por lo cual preciso se hace poner la conciencia delante de todos los actos, como la estrella de los Magos, para moderar nuestros deseos de estabilidad, incompatible con nuestro estado de peregrinos.

Allí nos pone de manifiesto también cómo el amor cristiano, subiendo a la Divinidad, se depura y embalsama, para caer como celestial rocío sobre sus semejantes, con esa igualdad que se encierra en la fórmula ama al prójimo como a ti mismo, principio de tal fuerza moral y filosófica que la han aceptado cuantos en el templo de la Filosofía han entrado a orar, no a hurtar; a satisfacerse, no a farisear.

Nuestro Santo y filósofo se muestra a sus hermanos extendidos los brazos, como su modelo Jesucristo, y, con solo esto, consigue que sus hijos puedan penetrar en las espesuras de los desiertos, sin más objeto que abrasarlas con fuego inextinguible y convertir las fieras en hombres y los bosques en fértiles campiñas, como decía San Francisco Xavier.

Como un gran filósofo, Ignacio nos resuel{275}ve aquellos tres grandes problemas que ponían espanto a los gobernantes y a los filósofos de su época y aun vienen preocupando a los modernos enciclopedistas.

Estos tres problemas son: libertad, igualdad y fraternidad, y dice: ¿Queréis libertad verdadera? Mandata Dei servate. Respetad, temed a Dios y observad sus mandamientos. Amad a vuestros hermanos, dando a cada uno su derecho y renunciando al vuestro, si es menester, con generosidad y desprendimiento, procurando la paz para todos[264].

Si esto se llevara a cabo veríamos a los legisladores cambiar sus tronos y sillas de marfil por el bufete de administradores de sus conciudadanos.

¿Queréis la igualdad? Quod superest date elemosinam. No se puede pedir una igualdad absoluta, porque no existe[265], pero sabed que los bienes de que gozáis sólo es a título de administradores, pero con la condición de aliviar y socorrer a los desgraciados y desvali{276}dos, que son genuinos representantes de Cristo Jesús; y si olvidáis este deber, tendréis que escuchar aquella voz aterradora que os dirá: “Porque hiciste mal uso de los talentos que te di, caerás al fuego como madero seco, para arder eternamente en la Justicia Divina”[266].

¿Queréis fraternidad? Diligite inimicos vestros. Amad a vuestros enemigos, que también son hermanos vuestros, y amadlos más precisamente porque el error les ciega, la ira les domina, el vicio les tiene encenagados, y, por tanto, habéis de procurar atraerlos al buen camino[267].

¿No son éstas las reglas de la moral filosófica y cristiana más sublimes, más prácticas, más necesarias, porque quizá sean las que estén más olvidadas o, por lo menos, más inaplicadas?

¡Ah! Si siguiéramos el rumbo trazado por esta moral, si nos acercáramos a su cumplimiento, veríamos práctica y palpablemente cómo nos íbamos aproximando a la perfección que deseaba llevar San Ignacio con su{277} libro a cuantos en él estudiaran y meditaran seriamente.

Un ilustre escritor ha dicho[268]: “Es muy fácil formar sistemas perfectos para ángeles, pero imposible para hombres”. Vivimos en sociedad y no es necesario ser profundo filósofo para observar y conocer que no sólo nuestras inclinaciones y deseos, sino aun nuestros derechos, los más legítimos e incontrovertibles, se hallan muchas veces, sin quererlo nosotros, en lucha con los deseos e inclinaciones de nuestros semejantes; y donde hay lucha necesaria, no puede haber paz continua; y donde la paz se altera, no puede haber orden constante y absoluto, y sin orden, sólo soñando, se puede imponer la perfección, pues los elementos permanentes de contradicción y guerra existen dentro de nosotros y contra nosotros mismos: Video autem aliam legem in membris meis repugnantem legi mentis meæ”[269].

Pues he aquí la ciencia filosófica de San Ignacio en el libro de los Ejercicios.{278}

Él ha formado un sistema perfecto para hombres, pues precisamente en el saber dominar nuestra voluntad, refrenar nuestros deseos ante los de nuestros semejantes, está la perfección, así como el de saber vencer en esa lucha titánica entre el hombre bueno y el hombre malo que en nosotros mismos se encierra, haciendo que triunfe la virtud, la serenidad, la templanza y el amor, sacrificando cuanto no sea esto, a fin de crearnos un nuevo yo que responda a esa moral y a esa filosofía propia de los hombres perfectos, de los que saben en su corazón las esencias de la virtud, del bien y aun de la santidad.

Se nos dirá que esto es dado a pocos, pero no es porque busquen esto todos, sino porque sólo esos pocos son los que tal buscan y por lo que se afanan. Hay muchos que beben las aguas de una fuente; mas pocos son los que conocen su origen o manantial, y menos aún los que han ido en su busca y han gozado de sus primicias.

Y no se crea que para conseguir esto es menester renunciar a prudentes goces, ni menos cortar los vuelos de la inteligencia, sino que, por el contrario, débese no limi{279}tarla mezquinamente al tiempo y fijar nuestra mirada en la inmortalidad y, como atletas que recorren el estadio con la vista clavada en el premio que le aguarda, emprender nuestra carrera con ardor por el camino de la conciencia y de la virtud, alumbradas con el resplandor de la fe, avivadas con el calor de la esperanza y vivificadas con el hálito de la caridad, pues, de lo contrario, daríamos a entender que somos y valemos muy poco cuando no podemos atender a un tiempo a dos objetos que no se contradicen, la virtud y la vida, Dios y el hombre.

He aquí, expuesto de una manera sintética, cuanto abarca filosóficamente el inimitable libro de los Ejercicios.

¿Habrá alguien que se resista a conceder el título de gran filósofo a su autor?

Creemos haber ahondado bastante en ese tan rico manantial de fecundos principios filosóficos para darlos a conocer clara, concreta y definitivamente, para que no haya lugar a duda; pues cuando se camina con la antorcha de la verdad y con el báculo de la razón sana, aunque el camino sea áspero, se sortean fácilmente todos los escollos y{280} se vencen todos los obstáculos, llegando al fin triunfantes y vencedores.

¿Lo hemos conseguido?

Tú, lector justo y recto, lo has de decir.

Para terminar, diremos que creemos haber cumplido con la misión que nos propusimos al comenzar esta obra.

Si no lo hemos conseguido, culpa habrá sido solamente de nuestra ineptitud, de nuestra pequeñez intelectual.{281}

{282}

{283}

APÉNDICES
APÉNDICE I
INFORME

de la real academia de ciencias morales y políticas, referente al primer tomo de la «biblioteca filosófica» de «los grandes filósofos españoles», dedicado a

FRANCISCO DE VALLES

(EL DIVINO)

{284}

{285}

“Don Luis Salves y Fernández, oficial de tercer grado del Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos y secretario del Archivo general de los Ministerios de Instrucción Pública y Bellas Artes y Fomento,

CERTIFICO: Que por el Negociado correspondiente se ha remitido a esta dependencia el expediente de adquisición de la obra de don Eusebio Ortega y don Benjamín Marcos titulada Francisco Valles (el Divino), en la que existe un documento cuya copia literal es como sigue:

“Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.—Excelentísimo señor: El señor académico de número de esta Corporación encargado de examinar la obra que después se expresará, ha emitido el{286} siguiente dictamen: Ha examinado esta R. Academia el libro titulado: “Los grandes filósofos españoles: Francisco Valles (el Divino). Biografía, datos bibliográficos, sus doctrinas filosóficas y método, por Eusebio Ortega y Benjamín Marcos, con un prólogo del doctor don Adolfo Bonilla y San Martín. Madrid. Imprenta Clásica Española; 1914”, a los efectos del artículo 1.º del Real Decreto de 23 de junio de 1899. La importancia del doctor Francisco de Vallés, como usualmente se ha llamado hasta hoy, o de Valles, como no sin fundamento le llaman los autores de este libro, es notoria en nuestro pasado científico, ya se le considere como el más reputado práctico de su época, en cuyo orden llegó a primer médico de cámara de Felipe II, conquistando este puesto no por favor, sino por su misma fama y por el acierto con que asistió al Rey en una grave{287} enfermedad, y fué nombrado protomédico de todos los reinos y señoríos de Castilla, altisonante título que pocos alcanzaron; ya se mire a los libros de su Facultad, que compuso, y que, divulgados por Europa en varias ediciones, diéronle universal reputación doctrinal; ya, finalmente, a los Tratados en que, remontándose sobre los datos y experiencias propias de su noble oficio, discurrió, si no siempre con acierto, siempre con cordura y con harta profundidad muchas veces, habida cuenta del estado general de los conocimientos en su siglo, sobre los más elevados objetos propuestos a la mente humana. En cuanto puso mano este doctor acreditó su inteligencia preclara y el generoso esfuerzo de una vida consagrada enteramente al estudio, figurando en primera línea entre los más sabios, siendo luminar de muchos y demostrando con su insigne{288} ejemplo la aptitud de los españoles para todo género de especulaciones y trabajos científicos. Divulgar el conocimiento de la vida y doctrinas filosóficas de un médico-filósofo del siglo XVI, y español, por añadidura, es empresa digna de loa en la esfera científica, por cuanto contribuye al progreso de la historia de la ciencia, y particularmente a la de la ciencia española, y en la esfera política o nacional aún más meritoria, ya que tiende a destruír la funesta y absurda preocupación que a tantos amilana hoy de nuestra ineptitud para ciertos estudios; viendo lo que hizo y consiguió el doctor Valles en otro tiempo, se animarán los que en el nuestro se sientan con vocación para sus mismas o análogas ocupaciones. Este intento patriótico parece que va unido al histórico-científico en los autores del libro, los cuales se proponen publicar otros varios, dedicados a{289} los principales filósofos que han florecido en nuestra patria, y sólo el propósito merece ya premio, como estímulo; y la manera de realizarlo en este volumen, respecto del doctor Valles…, también debe ser calificada como de mérito relevante, por los documentos nuevos que aporta a la biografía del célebre doctor, por la buena distribución de las partes del libro, por la claridad y sencillez en la expresión, por lo mesurado e imparcial de su crítica, y aun por la brevedad…, circunstancias todas que aconsejan la adquisición de este libro para las bibliotecas públicas. Y habiendo aprobado la Academia el preinserto informe, tengo la honra de comunicarlo a V. E. para su conocimiento y resolución que estime más acertada, devolviéndole adjunto el expediente que ha motivado esta consulta. = Dios guarde a V. E. muchos años. = Madrid, 15 de abril de 1914. = El Académico{290}

Secretario perp.º, Eduardo Sanz y Escartín. = Rúbrica. = Excelentísimo Sr. Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes. Cuyo expediente, sellado con el de esta Dependencia se devuelve al Negociado de que procede.

Y para que conste, a solicitud de los interesados, expido la presente, sellada con el de este archivo y visada por el jefe del mismo. Madrid, doce de noviembre de mil novecientos catorce.—Luis Salves (rúbrica).==V.º B.º: El Jefe del Archivo, J. Criado y Aguilar (rúbrica). = Hay un sello del Ministerio de Instrucción.”

{291}

APÉNDICE II

JUICIOS CRÍTICOS

DE LA PRENSA

ACERCA DEL TOMO PRIMERO DEDICADO A

FRANCISCO DE VALLES

(EL DIVINO)
{292}

{293}

JUICIOS CRÍTICOS
que ha merecido a la prensa española nuestra OBRA y su primer tomo[270].

En El Imparcial escribió el Sr. Gómez Baquero:
“Dos inteligentes periodistas, don Eusebio Ortega y don Benjamín Marcos, han emprendido una obra ardua, verdaderamente atrevida, bien que en tales empeños es noble el atrevimiento. Se trata de la publicación de una Biblioteca de los grandes filósofos españoles.

El primer tomo, consagrado a Francisco de Valles (el Divino), médico de Felipe II, se ha publicado recientemente. A juzgar por{294} él, la Biblioteca tiene un fin de vulgarización. Aspiran los autores a dar a conocer en ella la vida y obras de los principales pensadores españoles, narrando su biografía y resumiendo sus doctrinas.

A mi parecer, sería mucho más útil y menos difícil de realizar con relativa perfección una Biblioteca de filósofos españoles compuesta de los textos de los mismos filósofos, trasladados al castellano, cuando primitivamente estuvieren escritos en latín o en otro idioma. Los textos son insustituíbles, son el hecho mismo, la materia primera del conocimiento, siempre que se trata de Literatura o de las obras de la palabra extraliterarias (entendiendo la Literatura en el sentido corriente o estético). Las biografías de los autores, la crítica de los textos, el examen de las doctrinas, la historia externa de los documentos y la bibliografía, como parte de ella, son complementos utilísimos, a veces imprescindibles; pero complementos, al fin, que no pueden suplir al texto, sin el cual no cabe adquirir más que un conocimiento de segunda mano. Con todo, la empresa acometida por los señores Ortega y Marcos es utilísima, de grandes{295} dificultades, y tal, que acaso requerirá la colaboración de muchos y muy versados especialistas, para llevarla a cabo con la perfección que pide su objeto. La iniciativa es plausible y revela afición a los estudios filosóficos y amor a la cultura.

Los autores han tenido la feliz idea de encomendar el prólogo del primer volumen al señor Bonilla y San Martín, autor de una notable Historia de la Filosofía española, en publicación, y que es entre los eruditos españoles uno de los más versados en estos estudios y de los más capaces para llevarlos a término feliz. En su prólogo, muy claro y ceñido al asunto, como de quien domina la materia, resume el señor Bonilla de un modo excelente las doctrinas de Valles, las clasifica y califica con acierto y aporta muchas noticias bibliográficas pertinentes al asunto.

Los señores Marcos y Ortega dan a conocer en su obra algunos datos nuevos, tocantes a la biografía del insigne médico de Felipe II, según hace notar el señor Bonilla, y muestran en todo el libro, en el cual hay pormenores de buen gusto, como la reproducción de la portada de la primera edición{296} de la Sacra Philosophia, de Valles (Turín. 1587), un plausible entusiasmo por enaltecer la fama de los pensadores españoles.”

El Liberal:
“Don Benjamín Marcos y D. Eusebio Ortega, conocidos e inteligentes periodistas, han comenzado la publicación de una “Biblioteca filosófica”.

El primer tomo, consagrado al estudio de las obras de Francisco de Valles, “el Divino”, demuestra plenamente que los señores Marcos y Ortega han emprendido labor tan difícil y fatigosa como es la de divulgar, en una serie de volúmenes, los métodos y las teorías de los grandes filósofos españoles y la revolución que produjeron en la sociedad, cuando les ha permitido realizarla con fruto y perseverancia una sólida cultura, bien escogida y meditada.

En esta labor apologético-expositiva siguen las huellas de Juan Pablo Forner, Gumersindo Laverde Ruiz y Marcelino Menéndez y Pelayo, y así estudian {297}primeramente la bibliografía de Francisco Valles y el medio universitario en que desenvolvió su enseñanza, y hacen después una serena crítica de sus doctrinas filosóficas.

Fué Valles “el Divino”, que por cierto tuvo cuentas con Mateo Alemán, famoso médico de cámara de Felipe II, pensador de mérito, discreto, equilibrado, más aristotélico que platónico, de tendencias eclécticas y conciliadoras, y, en el fondo de su pensamiento escolástico. No tiene la valentía de Gómez Pereira o de Cardoso, ni la erudición de Vives, ni la profundidad de Suárez o de Fox Morcillo, ni el sentido crítico de Pedro de Valencia o de Francisco Sánchez, y mucho menos es un Espinosa o un Raimundo Lulio.

Está a la altura de Simón Abril, de Venegas, de Arias Montano o de Gaspar Cardillo de Villalpando, y aun acaso no llegue a estos dos últimos.

Como dice Adolfo de Bonilla, en un breve y concienzudo juicio crítico de Francisco Valles, “el Divino”, es éste de los que han visto las chispas del espíritu, pero ignoran la fortaleza de su yunque y la crueldad dé su martillo.{298}

Es, sin embargo, oportuna y meritoria la divulgación que los señores Marcos y Ortega hacen de la biografía y escritos de Francisco Valles, “el Divino”, que dista mucho de ser un pensador vulgar, y aun pudiera figurar con más justicia que otros en el “Philosophen Lexikon, de Eisler.”

Heraldo de Madrid:
“Se ha puesto a la venta el primer tomo de la “Biblioteca filosófica de los grandes filósofos españoles”, que editan nuestros queridos compañeros en la Prensa don Eusebio Ortega y don Benjamín Marcos.

Este primer tomo lo consagran por entero al “Divino Vallés”.

Después de una completísima biobibliografia de Vallés, se extiende en consideraciones amplias acerca de sus doctrinas en todos los ramos de la filosofía. Intercalados en el texto lleva varios interesantísimos grabados. El tomo, lujosamente editado, consta de más de cuatrocientas páginas en 8.º, y se vende en Madrid, a cuatro pesetas ejemplar.{299}

“Como la obra se lo merece, prometemos ocuparnos de ella con más extensión”[271].

El Universo:
«LOS GRANDES FILÓSOFOS
ESPAÑOLES»
“Los periodistas señores don Eusebio Ortega y don Benjamín Marcos, inteligentes operarios de esta labor enunciadora y fatigante como ninguna, que consiste en averiguar lo que no importa, pensando en que quizá importará a los demás, acaban de tener un gesto absurdo: comenzar la publicación de una Biblioteca, en que revivan los escritos de Los grandes filósofos españoles. Decimos que el gesto es absurdo, porque es todo lo contrario, representa todo lo con{300}trario, exige todo lo contrarío que el oficio en que somos compañeros los señores Ortega y Marcos y nosotros.

Es decir, los señores Ortega y Marcos andan ahora averiguando, en los escritos de los grandes filósofos de España, lo que de seguro les importa a ellos, arrostrando el peligro de que no les importe a las gentes. ¿Absurdo el gesto, dijimos? Y heroico también, porque para eso habrán robado tiempo al descanso, en aras de un patriótico impulso, en ofrenda a su amor a lo trascendental, huyendo, al paso, unas horas de “lo que dicen los reformistas” y la “actitud de Montero”…

El acervo glorioso de la Filosofía española desfilará por esta Biblioteca, que ahora comienza con el interesantísimo y documentado estudio del perínclito doctor de cámara de la R. M. de Felipe II, Francisco de Valles, que acredita a los señores Marcos y Ortega como espíritus disciplinados en este linaje de abandonadas investigaciones, y amantes de los prestigios de la Ciencia hispana.

Felicitamos efusivamente a los inteligen{301}tes compañeros, y deseámosles el éxito feliz a que su patriótico empeño tiene derecho.

V. E.
La Correspondencia de España:
“Dos laboriosos y cultos periodistas, los señores Marcos González y Ortega, han acometido una empresa de gran importancia.

Han decidido estudiar, en una serie de libros, quiénes han sido los más grandes pensadores españoles, sus métodos y teorías, y la evolución o revolución que produjeron con ellos en la Ciencia y en la sociedad.

Siguen las huellas de Forner, Laverde y Menéndez y Pelayo, campeones principales de la labor apologética-expositiva en España.

Empiezan la Biblioteca filosófica que se proponen fundar, con un libro dedicado a Francisco de Valles (el Divino), médico y filósofo español del siglo XVI.

La primera parte de la obra está dedicada a la biografía y bibliografía de Valles y a la descripción del medio universitario en que desenvolvió sus enseñanzas.{302}

Publican, con ella, cuatro documentos nuevos: tres, relativos al nombramiento de médico de cámara de Felipe II, con 60.000 maravedís de quitación y 20.000 más de ayuda de costa al año, y otro, concerniente al mayorazgo fundado por Valles y su esposa, Juana de Vera, en Madrid, el 12 de agosto de 1587, a favor de sus hijos Gabriel y Diego.

El resto de la obra está dedicado a la exposición de las doctrinas de Valles.

Éste era denominado “el Galeno español”. Elogiáronle Boerhaeve y Piquer, entre otros. Sus comentarios hipocráticos son muy notables.

Su Methodus medendi, y, sobre todo, su obra maestra, De Sacra Philosophia, merecen la atención de todos los eruditos.

Valles conocía el latín, el griego y el hebreo. Creía en todas las supersticiones científicas de su época; pero, no obstante, demuestra en sus obras que tenía clarísimo juicio y vasta erudición.

Era, en suma, si no un gran filósofo, un pensador distinguidísimo y un médico eminente, dado el estado de la Medicina en el siglo XVI.{303}

El prólogo del señor Bonilla y San Martín es notabilísimo.

Retratos y reproducciones fotográficas de documentos ilustran la obra, que debe figurar en la biblioteca de toda persona amante de los estudios filosóficos.

V.
Diario Universal:
“El intento de dar a conocer y divulgar las obras de los filósofos españoles, que han emprendido los señores Ortega y Marcos, es altamente patriótico y digno de loa. Cuanto en este sentido se haga nos parecerá poco, y con esto ya queda dicho que, aparte las cualidades intrínsecas de la obra, el solo hecho de haberse lanzado a escribirla ya nos obliga al elogio.

Además, el libro no es malo. Acaso adolezca del defecto de ser un poco desordenado, sin duda a causa de la colaboración; pero, de todos modos, este defecto no es muy considerable en una obra del género a que pertenece la escrita por los señores Ortega y Marcos.

La armonía de conjunto, si en todo libro{304} es de desear, en unos es más necesaria que en otros. La obra, de carácter puramente literario, en que ante todo ha de atenderse a producir en el lector una profunda impresión de belleza, quedará siempre estropeada si en su composición no se atiende escrupulosamente a darle ese aspecto armonioso y elegante del conjunto.

Cuando el libro, aunque literario, ya no es de literatura pura, sino que tiene derivaciones o veleidades críticas, filosóficas o eruditas—sobre todo eruditas—, ya podemos perdonar un poco la armonía en gracia a otras cosas más importantes.

En honor a la verdad, no puede decirse que los señores Marcos y Ortega se hayan cuidado de ello extraordinariamente al escribir su obra sobre Francisco de Valles, médico de Felipe II, llamado por su saber el Divino y autor de muchas e interesantes obras de Medicina y Filosofía, entre las que descuella el notabilísimo tratado De sacra Philosophia. No se han cuidado grandemente de esto de la armonía; pero en cambio han conseguido darnos un trabajo completísimo tanto en la parte biográfica de Valles como en el estudio del medio univer{305}sitario en que se formó y desarrolló parte de sus actividades, como en la exposición y análisis de sus doctrinas.

En estos tres aspectos, esenciales en todo trabajo del género a que pertenece el de los señores Marcos y Ortega, han hecho lo necesario para darnos una obra seria, documentada y clara. Han aportado a la biografía de Valles datos nuevos y desconocidos y han publicado por primera vez algunos documentos que hasta ahora permanecían desconocidos o conocidos sólo de algún ratón de biblioteca. Y en la exposición y análisis de las doctrinas del biografiado han atendido especialmente a la claridad, como es lógico en esta clase de trabajos destinados a la vulgarización, y como, desgraciadamente, no se practica mas que por muy pocos, pues es sabido que los que se dedican a estas cosas de la Filosofía se consideran siempre en el caso—para darse importancia—de procurar que nadie los entienda.

Fantasio.”
{306}

El Correo Español:
“Dos notables periodistas, Eusebio Ortega y Benjamín Marcos, han dado comienzo a una tarea meritoria, digna de loa y altamente simpática, por la que les acompaña nuestro más sincero aplauso.

Hoy, que en Literatura se abre campo, cada día más, lo superficial, lo frívolo, lo poco documentado; cuando apenas nada se estudia intensa y extensamente, sino que los que trabajan en las letras diríase que lo hacen, en su mayoría, para el cultivo tan sólo de la extravagancia, adquiriendo desarrollo extraordinario la afición a las cosas extranjeras, vienen dos jóvenes, ya dedicados de lleno al periodismo, y honrando por tal a la clase, a vindicar las glorias nacionales que abundan en el campo científico-filosófico.

La intención de tan ilustradísimos compañeros no puede ser más sana. Quieren recordar las grandes figuras españolas que se han dedicado a estudios de Filosofía, y con ello han de prestar un servicio especial a las letras patrias. Nuestros compatriotas, siguiendo corrientes de frivolidad, conta{307}minados con las teorías y doctrinas de los alemanes y franceses, han olvidado que en España contamos con recursos propios, con filósofos que nada tienen que envidiar a los de otras naciones, y que no necesitamos acudir al Extranjero los que contamos con figuras de tan gran relieve como Séneca y Prudencio, en la España romana; Maimónides y Averroes, en la de los árabes; Raimundo Lulio y Alfonso X, Servet y Valles, Suárez y el Brocense, Hervás Panduro y Balmes, entre los cristianos.

Los señores Ortega y Marcos, por el primer volumen publicado, demuestran lo mucho que han estudiado y lo mucho que saben de estas cuestiones, examinando la obra magna llevada a efecto por el sabio médico de Felipe II, Francisco de Valles (el Divino), como le calificara el Rey Prudente. Además de la biografía de Valles, en la que aparecen documentos de valor reconocido, hacen los autores un competente estudio de la Universidad Complutense, y analizan, al final, las doctrinas filosóficas de Valles, el influjo que tuvieron en las ideas antiguas y el que tienen en las modernas.{308}

Merece la obra de los señores Marcos y Ortega la simpatía de los buenos, de los amantes del pasado nacional.

El Correo:
“Ardua tarea es la emprendida por los señores Ortega y Marcos, iniciada con la publicación del primer tomo de su “Biblioteca de los grandes filósofos españoles”. Anunciamos en el número anterior que dedicaríamos, si no el espacio que la obra se merece, alguna extensión para examinar al divino Valles, a quien dedican los autores su meritorio trabajo.

Nosotros suponemos a los señores Ortega y Marcos con la suficiente preparación para estudiar a nuestros más eminentes pensadores de todas las épocas. Hasta ahora nadie osó realizar tamaño plan.

Contamos, sí, con meritísimos trabajos acerca de determinados pensadores, llámense Luis Vives, Ramón Lull, Fox Morcillo, Fernando de Córdoba o Luis de León; pero una serie de estudios, con plan determinado, que ponga de manifiesto los conocimientos que en todos los ramos del saber lega{309}ron a la posteridad nuestros príncipes del saber, al rodar de los siglos; esto, repetimos, se hace ahora por vez primera. Y cierto que buena falta nos hacía resucitar las glorias de aquellos portentosos varones, que al pasar por el suelo patrio marcaron huella imperecedera. Los señores Ortega y Marcos, jóvenes con arrestos sobrados, sabrán dar cima a su obra y merecerán el aplauso de las futuras generaciones.

Necesitaríamos emborronar muchas cuartillas si hubiésemos de analizar por partes el Francisco de Valles. Pasando por alto el prólogo del doctor Bonilla y San Martín, preciado esquema de la obra filosófica del médico de Felipe II., hacemos resaltar la primera parte de la obra que los autores consagran a la biografía y bibliografía de Valles, las más completas hasta ahora, si bien en otra edición creemos que sea agrandada. A la fe de bautismo y otros preciados e inéditos documentos que insertan los señores Ortega y Marcos, añadirán otros no menos valiosos, cuya existencia auguramos. Para resaltar la figura de Valles, no pudieron dejar de hablar los autores del medio ambiente de Valles, y para ello con{310}sagran un extenso capítulo a estudiar la Universidad de Alcalá, cuna del biografiado para la ciencia, y donde hoy reposan sus cenizas venerandas.

La segunda parte del libro va dedicada al análisis de las doctrinas del filósofo de Covarrubias. Todos los esfuerzos dedican los autores a dar a conocer la independencia de criterio de Valles, advertida ya por Laverde, Menéndez y Pelayo y otros de nuestros historiadores, aunque no desmenuzada como en la obra presente. Relacionan los autores con las demás escuelas del siglo XVI las doctrinas defendidas por el médico de Felipe II, marcando bien sus tendencias conciliadoras entre Platón y Aristóteles, si bien resaltan su peripatetismo y a veces su amor a las teorías de la Escolástica, y, en suma, no dejan punto de contacto con otros filósofos españoles, que no quede debidamente marcado en su obra.

Por todo ello, a lo que hemos de añadir la buena presentación de la obra, por sus condiciones tipográficas, no dudamos que tendrá aceptación, pues consideramos que obra de esta índole no debiera faltar a na{311}die que se precie de conocer algo siquiera de lo que constituyó la ciencia española en el siglo XVI.

Felicitamos sinceramente a los señores Ortega y Marcos y deseámosles muchos éxitos como el obtenido con este su primer libro.

Dunquerque.”
El Mundo:
UN LIBRO DE
ACTUALIDAD
Los cultos escritores don Eusebio Ortega y don Benjamín Marcos han publicado recientemente el primer volumen de su Biblioteca Filosófica. El título del libro es Francisco de Valles (el Divino), y está consagrado, no sólo a la biografía y bibliografía del eximio doctor, hijo de nuestra noble e histórica villa de Covarrubias, sino también, y, sobre todo, a sacar del olvido, presentándolas ante la opinión científica actual, las ideas y doctrinas que en Filosofía pro{312}fesó y enseñó uno de los pensadores españoles más notables del siglo XVI, las ideas y doctrinas del gran médico de cámara de Felipe II, maestro preclaro de la famosa Universidad de Alcalá.

La obra, dedicada a nuestro augusto Soberano don Alfonso XIII, abre su texto con un prólogo, admirablemente escrito por el ilustre catedrático de la Universidad Central don Adolfo Bonilla y San Martín, prólogo que, en brillante síntesis, erudita y castiza, digna de la docta pluma que la trazó, muestra en conjunto el hondo pensamiento filosófico del divino Valles.

Los esclarecidos publicistas señores Ortega y Marcos encabezan el fondo de este primer volumen con una Introducción o idea de lo que va a ser su Biblioteca Filosófica de los grandes filósofos españoles, y la Introducción, de estilo correcto y llano, adornada de citas y nombres gloriosos, en la que descuella el gusto selecto de humanistas de los dos escritores, afirmándose en las doctrinas tradicionales de las escuelas de nuestra Península, alza un canto de alabanza a la “Ciencia española”.

Yo, desde que allá por los años de mi ju{313}ventud, leí las cartas preciosísimas de don Marcelino sobre la realidad de la “Ciencia española”, cartas de las que no sé qué alabar más, si el vigor y la claridad de la doctrina o el aticismo y rica pompa con que su áureo lenguaje castellano deslumbra, soy partidario convencido de la existencia en la Historia del pensamiento filosófico español, sin que para dicha fe me hayan estorbado, ni en poco ni en nada, mi libertad y juicio, mi positivismo y mi evolucionismo. De modo que, por este lado, sólo encomios de mi parte merece la docta y patriótica labor de los señores Marcos y Ortega.

La característica culminante de casi todos los maestros que cultivaron la Filosofía en nuestra Patria fué, y aun parece que sigue siendo, el armonismo. Unir en una síntesis lógica y natural, hija de la observación y del raciocinio, el fenómeno y la causa, lo subjetivo y lo objetivo, el ideal y la realidad, el espíritu y la materia, Platón y Aristóteles, he aquí el trabajo constante del pensamiento científico español. Y así son armonistas San Isidoro, Gundisalvo, Mauricio, Raimundo Lulio, Sabunde, Luis Vives—“la cumbre más alta del Renacimiento”—, Miguel{314} Servet, Fox Morcillo, el Brocense, la mayoría de los teólogos españoles, Juan de Dios Huarte y Navarro, doña Oliva, y contribuyeron a este armonismo los estudios positivos de los médicos y anatómicos peninsulares de los siglos XV y XVI, sobresaliendo en la labor Villalobos, Bernardino Montaña de Montserrat, Llobera de Avila, Valverde, Andrés Laguna, Luis Collado, Alcázar, Velázquez, Antonio Cartagena y tantos otros, siendo antes que todos ellos Arnaldo de Villanova; armonismo que se sublima y diviniza en Fray Luis de León, en Santa Teresa de Jesús, en nuestros místicos.

El armonismo filosófico español parece como si respondiera a condiciones geográficas e históricas de la Península ibérica. Al igual que la Religión, el Arte, los usos, las costumbres y el Derecho son frutos naturales de las razas y de las influencias del medio ambiente, pudiendo afirmarse que el sol, la luz, el aire, los elementos de sustentación, el género de vida, resultan a la postre las verdaderas causas de estas reacciones de nuestra psiquis, del mismo modo la Ciencia reviste modalidades y formas propias y peculiares de las regiones en que se cultiva;{315} que con ser la verdad una y la misma para todo el Universo, es piedra preciosa de la cual cada hombre y cada pueblo sólo ven la brillante faceta que les cupo en suerte.

Encrucijada la tierra de España, donde pueden registrarse los estratos étnicos de la evolución humana, ha sido también cruz de los caminos en la que concurrieron los sentimientos y ritos religiosos, las ideas filosóficas, los adelantos positivos y científicos, los aleteos sublimes del Arte, de las distintas razas que sobre este suelo se afrontaron. Pero por condiciones del remanso en que tan diversas corrientes de la vida forman el remolino, al mezclarse y fundirse los rasgos antropológicos y los destellos del juicio, la fortaleza de los cuerpos y los anhelos del alma, como en crisol que aquilata y refina el oro, como en lente que reúne y mezcla en la intimidad de su foco central los mil rayos dispersos de la luz, de igual manera aquí las doctrinas más varias, las preocupaciones más diversas, la emotividad hecha sistemas y dogmas y la experiencia hecha saber, se sincopan por alquimia divina del espíritu en un solo ente: la Unidad.

Por eso el gnosticismo alejandrino, aca{316}rreado por Prisciliano, toma un carácter esencialmente peninsular y ofrece sus dones aprovechables a la obra común de los armonistas; por eso el misticismo escéptico y agotante de los primeros islamitas y de Al-Gacel, trasunto de las concepciones quietistas de la India, lo mismo que el talmudismo del Sepher Jatzirah y el cabalismo hebreo, al pasar por las críticas y doctrinas de Ben-Badja, de Abu-Beker-ben-Abd-el-Melek-ben-Tofail, de Averroes, de Salomón-ben-Gabirol, de Ben-Ezra, de Jehudá-Levi, de Abraham-ben-David, de Maimonides, de Moisés de León, se desnudan de la desesperanza absorbente, del milagro caldeo, de la Taumaturgia de Samaria y ofrecen sus preciados frutos, aquellos únicamente útiles a las escuelas cristianas, que los emplean en la obra sublime de la Unidad.

Este es el motivo por el cual el pensamiento abstracto, juego de especulaciones discursivas, de la Filosofía germánica, no ha podido entrar en la Ciencia española, y, en cambio, el positivismo contemporáneo y la doctrina de la evolución se enseñorearon rápidamente de nuestras enseñanzas y disciplinas. Y es que la Filosofía germánica{317} resulta cosa extraña a la libertad del espíritu español; mientras que el positivismo adáptase de modo admirable, como instrumento de trabajo, a la condición independiente e individualista de nuestra alma nacional, y la doctrina de la evolución nos proporciona el fundamento científico de la unidad, es decir, del armonismo.

Claro que aquí hemos tenido pensadores geniales y aparentemente independientes de este canon filosófico nacional, como han sido Gómez Pereira, Francisco Sánchez y Martín Martínez, entre otros. Mas si escudriñamos atentamente en la Antoniana Margarita, en la obra del apóstol español del escepticismo, y en la Filosofía de Martín Martínez, nos convenceremos bien pronto que las tendencias recónditas de estos sabios, en el fondo, no son otras que las armonistas; ellos buscan el principio universal, la unidad, razón y fundamento del carácter propio que toma la Ciencia en España.

Armonistas han sido en estos mismos días hombres tan doctos y “libres de la república de las letras” como Menéndez y Pelayo y don Estanislao Sánchez Calvo. La{318} ciencia biológica en España, por lo general, empezando por Cajal y llegando al más modesto investigador de laboratorio, cuando se pone a filosofar, tiende al armonismo, sello del saber de la raza.

Pues armonista fué también el divino Valles, situación espiritual que evidencian el libro singular de Sacra Philosophia y mil disquisiciones metafísicas sembradas dentro de sus múltiples obras.

Para explicar Valles el primer capítulo del Génesis tropezó con dos escollos insuperables: el espíritu rígido e intolerable de su tiempo, y el desconocimiento de ciertas verdades sobre Mitología que los estudios y las investigaciones posteriores pusieron en claro. Pienso que si tan poderosos medios hubiesen podido estar al alcance del eximio doctor de la Universidad complutense, y la dureza de la época se lo hubiera permitido, nuestro gran médico armonista habría interpretado el comienzo de la Biblia, partiendo de la creación fenoménica ex nihilo, noción forzosamente impuesta al entendimiento del hombre, hubiera partido, repito, de los cultos prehistóricos turanianos de la “serpiente”, del “árbol” y del “fuego{319}”, y así se daría cuenta del simbolismo que encierra la leyenda del “Paraíso”. Mas de todos modos el divino Valles sostiene la doctrina racional y científica de que el mundo—fenómeno—no es ad aeterno, ni su formación hija de la casualidad… Pero estas digresiones las dejo para unos comentarios que pienso hacer de las hermosísimas conferencias que el ilustre, culto y elocuente entre los elocuentes, D. Diego Tortosa, canónigo de la Catedral de Madrid, ha pronunciado la Cuaresma pasada en la iglesia de San Ginés; entonces será ocasión de volver sobre ellas. Adelanto, no obstante la idea de que, en el fondo, no me separan del ilustradísimo orador de la cátedra sagrada mas que detalles e interpretaciones, pues yo me atengo a la frase luminosa de Sánchez Calvo: “¡Oh, Ciencia! ¡La verdadera Ciencia! Eres teología. De ti saldrá el conocimiento de Dios”.

Conste sólo que no reputo al divino Valles de ecléctico, sino de armonista, concepto bien diferente, y que el armonismo filosófico español se adelantó varias centurias a la síntesis de la ciencia contemporánea columbrando la suprema verdad del Ser, la{320} Unidad. Este armonismo puede expresarse en la siguiente fórmula:

“El dualismo repugna al entendimiento humano como absurdo, pues desposee al Ser de su obligada condición de infinitud. El Ser—la realidad—se hace vida por la sensación. Las sensaciones son la única fuente de nuestra existencia y de nuestros conocimientos. De las sensaciones nacen los instintos; de los instintos, los sentimientos; de los sentimientos, las ideas; las ideas producen los juicios, y los juicios, los universales. Luego los universales tienen una única base: las sensaciones. Y como las sensaciones no son mas que actos de la realidad, cuando nosotros sentimos somos la realidad sintiendo; cuando nosotros pensamos somos la realidad que piensa, y todos nuestros estados de conciencia son estados de conciencia de la realidad. Que en últimas cuentas, el Ser—la realidad—y nosotros y todo lo que existe constituímos la misma cosa: la Unidad.”

Envío, pues, a don Eusebio Ortega y a don Benjamín Marcos mi felicitación más entusiasta por su obra patriótica y científica al dar a la estampa el hermoso libro{321} Francisco de Valles (el Divino), primer volumen de la utilísima Biblioteca filosófica de los grandes filósofos españoles, que se proponen publicar, animándoles con mi modesto parecer a que perseveren en tan provechosa labor.

Tomás Maestre.”
El Debate:
“Los señores Ortega y Marcos han emprendido una labor tan ardua como digna de loa: la publicación de una Biblioteca filosófica.

Todo lo que tienda a facilitar la lectura de nuestros GRANDES FILÓSOFOS, trasladando sus doctrinas de los apergaminados infolios no abundantes y molestos de manejar, merece aplauso.

¿Qué razón tuvieron los señores Marcos y Ortega para comenzar por Valles?

Lo ignoramos, y los autores no nos la explican.

La división en biografía, bibliografía y análisis de las obras es lógico y admisible.{322} Así como muy oportuna la adición de apéndices que contienen capítulos de las obras originales, en los cuales podemos juzgar del estilo, de las dotes de exposición y aun del latín del filósofo médico.

Desde luego la parte de más interés bajo el punto de vista filosófico es la tercera, en que se exponen y comentan las opiniones de Valles.

Con fidelidad y cierta perspicuidad lo consiguen hacer los coleccionadores. Mas sin reducirlas a un cuerpo científico, y por ende, sistemático.

Parecía lo natural que se hubiesen ajustado a las divisiones tradicionales entre los escolásticos, que no son artificiales por cierto, antes fundadas en la realidad. Así habríamos sabido con menos trabajo qué opina Valles en Dialéctica, en Criteriología, en Ontología, en Cosmología, en Psicología, en Teodicea y en Ética.

Los señores Ortega y Marcos optan por englobar en el análisis cuestiones que pertenecen a los comentarios relativos, verbigracia, a las influencias que sufrió Valles, al estado de las ciencias filosóficas en sus días, a lo que añadió, al caudal científico an{323}teriormente existente, a su ortodoxia, etcétera, etc. Todo esto aparte y detrás de un resumen completo y metódico de las teorías del Divino, habría estado muy en su punto, y de ello hubiese podido juzgar con conocimiento de causa el lector. Ahora, y tal y como se le ofrece, difícil le será si no tiene hechos estudios profundos y contraída costumbre; ésta y aquéllos no presumibles en el vulgo intelectual a que la colección se destina.

A la sección bibliográfica no tenemos reparo que oponer.

Nos ha parecido abundante, aquilatada y perspicua.

Biografía apenas tuvo Valles, feliz, si los hombres que no tienen historia lo son como los pueblos.

Una innovación introducen los jóvenes escritores en el nombre del Divino, al cual quitan el acento de la e, queriendo persuadirnos de que se pronuncia Valles y no Vallés, cual hasta el presente se juzgaba y decía.

El argumento en que se fundan… ¡no prueba!

Dicen que en la partida de bautismo no{324} está acentuado el apellido. ¡Tampoco está acentuada la a de sábado, pues se escribe en dicho documento: sabado!

¡Medradas estaban de ortografía las partidas de bautismo del siglo XVI!

Además, que antiguamente no se acentuaba ninguna palabra aguda acabada en consonante; sólo a mediados del siglo XIX se hizo la excepción de que se acentuaran las agudas concluídas en las consonantes n y s.

Lo más débil de todo el volumen se nos figura… la Introducción del Sr. Bonilla San Martín, tan repleta de erudición indigesta y fácil, como falta de sentido filosófico y de profundidad y novedad; y… el prólogo de los coleccionadores, en el que tropezamos con distracciones de positiva importancia. Pudieron excusarse. Porque para los propósitos de la Biblioteca, no eran imprescindibles las disquisiciones de carácter general a que se entregan los señores Marcos y Ortega.

Mas, lo repetimos, el pensamiento orientador es nobilísimo, y la ejecución en el primer paso, acertada… en lo principal, que es lo que importa conforme al perínclito alcalde de Zalamea.

Rafael Rotllan.”

{325}

La Tribuna.
“Los cultos periodistas señores Ortega y Marcos han publicado recientemente el primer volumen de su “Biblioteca Filosófica de los grandes filósofos españoles”. La tarea no puede ser más simpática y digna de aplauso. Nuestros compatriotas, contaminados con las teorías o doctrinas de Alemania y Francia, han olvidado que en España contamos con filósofos que nada tienen que envidiar a los de otras naciones. Ahora que se pregona muy alto que carecemos, si no de filósofos, sí de escuelas filosóficas propiamente dichas, salen los señores Ortega y Marcos a la palestra, para probar que en España aparecieron de tiempo en tiempo pensadores que dejaron huella en el campo de la Filosofía, los cuales, apartándose de la corriente, trazaron nuevas sendas, seguidas en tropel por muchos de nuestros compatriotas y por no pocos extranjeros. Los autores del Francisco de Valles, por este primer volumen publicado, demuestran lo mucho que han estudiado sobre estas cuestiones.{326}

Al texto de la obra precede un prólogo, admirablemente escrito por el ilustre profesor de la Universidad Central don Adolfo Bonilla y San Martín. Sigue al prólogo una introducción e idea de lo que va a ser su “Biblioteca de filósofos españoles”; hacen a continuación el estudio bibliográfico más completo del divino Valles, y completan el volumen con un análisis de las doctrinas filosóficas del gran médico de Felipe II, haciendo resaltar el criterio independiente de Valles en muchas de las cuestiones filosóficas, como también sus tendencias conciliadoras de Platón y Aristóteles, aunque con marcada predilección por este último.

Con defectos y todo, la obra de los señores Ortega y Marcos merece la simpatía y el apoyo de los buenos, de los amantes de nuestro glorioso pasado nacional.

H.”
Juventud Administrativa:
“Nuestros queridos amigos y compañeros los señores Ortega y Marcos han publica{327}do un libro, que titulan Valles, el Divino, en cuyas páginas, llenas de bella filosofía, no dejan de interesar un instante, y con esta última producción revelan una vez más los referidos amigos su talento y maestría como publicistas. De seguir por ese camino, nosotros creemos que no han de tardar en conquistarse el puesto que merecen en la generación de escritores contemporáneos.

En otro número nos ocuparemos de esta obra más extensamente.”

… … … … … … … … … … … … … … … … … … … …

En efecto, el 15 de junio se expresó así:

“En el número 19 de nuestra Revista dimos un avance de esta admirable obra de nuestros estimados compañeros en la Prensa los señores don Eusebio Ortega y don Benjamín Marcos, sintiendo que la publicación de artículos de interés y de actualidad, que no admitían demora, hayan retrasado, bien a pesar nuestro, la breve crítica que brindamos hoy a nuestros lectores.

Con exquisito tacto han realizado los señores Marcos y Ortega una labor altamente provechosa, dando a la publicidad la biografía del gran filósofo español Francisco{328} de Valles, que por sus maravillosas curaciones mereció del gran Rey Don Felipe II el sobrenombre de “El Divino”. Este médico extraordinario y profundo filósofo que, aisladamente, parecía a veces pitagórico, otras aristotélico, y las más platónico, era, en el fondo de su educación filosófica, acérrimo partidario del aristotelismo escolástico. Dueño de un talento fecundísimo, legó a la posteridad considerable número de obras, a cual más notables, entre ellas la intitulada Methodus medendi.

En la forma expositiva han sabido los señores Ortega y Marcos aunar la aridez de los estudios filosóficos con la amenidad de curiosa documentación, empezando por la biografía de Valles, continuando con la bibliografía del mismo, siguiendo con una breve ojeada a la historia de la Universidad de Alcalá de Henares y terminando con el análisis de las doctrinas filosóficas de Valles. Complementa este delicioso volumen un excelente prólogo del ilustrado académico doctor don Adolfo Bonilla San Martín, veinte apéndices, dechado de latinidad, y buen número de curiosos fotograbados.

Con verdadera deleitación hemos leído{329} todas las páginas, habiéndonos confirmado en el juicio que anteriores trabajos de los mismos autores nos habían merecido, sin las cuales esta nueva obra hubiérales bastado para acreditarse como escritores excelentes.

Ardua es la empresa acometida, por lo árida, obscura y poco amena, dado que requiere la lectura, hojeo y estudio de obras, pergaminos y documentos antiguos, redactados unos en idiomas extranjeros y en lenguas muertas, como el griego y el latín otros; pero la vasta ilustración de los amigos Marcos y Ortega les hará salir airosos en la totalidad de la serie que, bajo la denominación de Biblioteca de los grandes filósofos españoles, piensan publicar, y que, seguramente, obtendrán idéntico éxito al logrado con el primer volumen, al que seguirán los dedicados a Sabuco de Nantes y a Gómez Pereira.”

El Diluvio, de Barcelona:
“En las esferas superiores de la intelectualidad española se está sintiendo la ne{330}cesidad de despertar de su modorra el espíritu de nuestra patria por medio de un movimiento filosófico que levante los ánimos a las alturas del pensamiento, arrancándolos del escepticismo y la inercia espiritual en que vegetan. De esta noble aspiración se hizo cargo Ortega y Gasset en su discurso del Ateneo, y a su llamamiento han respondido algunos espíritus cultivados, entre ellos, probablemente, los autores del libro cuyo título encabeza estas líneas.

La importancia mayor que esta publicación reviste se cifra en que no se trata de un libro aislado, sino del primero de una serie que ha de abarcar, si la predicción se cumple, a todos los filósofos españoles. La cuestión que se presenta al llegar a este punto es la siguiente: ¿Han existido realmente filósofos españoles?

Si por “filosofía” se entiende un sistema universal de todas las ciencias, nuestra opinión es que no hemos tenido filósofos. Han existido en España, como en todas partes, hombres que han filosofado, que han llegado muchas veces a las entrañas de las cosas, pero no han formado un sistema, y sin esto no hay propiamente Filosofía. Se han {331}atenido todos nuestros pensadores anteriores a nuestro tiempo, ora a Platón, ora a Aristóteles, permitiéndose alguna vez formar opinión propia sobre determinado asunto, pero no un sistema bueno o malo. Ni lo han hecho, ni podían hacerlo en los tiempos anteriores a la revolución, estando España dominada por el tradicionalismo.

Bastan estas consideraciones para formarse idea de lo que fué Valles como filósofo a mediados del siglo XVI, en plena Inquisición española. Fué, en verdad, un espíritu culto con pujos de independencia, pero pesaba sobre él la autoridad religiosa, que se limitó a comentar. El libro que ha valido a Valles el título de FILÓSOFO fué Sacra Philosophia, que pudo llamarse igualmente Teología, pues no se aparta un ápice de la Escritura, sino que se guía por ella. Su calidad de médico insigne le permite ilustrar ciertos puntos con sus conocimientos científicos sin llegar a ser original para merecer el nombre de filósofo.

Como quiera que sea, debemos agradecer a los autores que se han tomado este trabajo y se preparan a otros mayores, a fin de dar a conocer los tesoros intelectuales de nues{332}tro siglo de oro, que llenaron el mundo y se hallan ahora envueltos en el polvo de los siglos. Algunos nombres se han salvado del olvido; otros, no; pero las obras de unos y otros son casi inaccesibles. El esfuerzo de los editores y comentadores los volverá a poner en circulación.

No podemos terminar esta nota sin hacer constar que, a juicio nuestro, son demasiado tímidos nuestros comentadores y apegados a la ortodoxia, que no lo sería más un contemporáneo del autor comentado. Este empeño les hace incurrir en infidelidades, atribuyendo al autor lo que ha pensado para salvarlo de toda tacha anticatólica. Así y todo, los inquisidores tacharon sus escritos, cosa que no harían con los de los comentaristas Eusebio Ortega y Benjamín Marcos, modelo de catolicismo.

El prólogo del señor Bonilla es la obra de un maestro y contiene en pocas páginas una cantidad de doctrina que avalora esta edición y viene a ser el frontispicio del monumento que se va a levantar a la llamada filosofía española.”

El Demócrata publicó un artículo-resumen{333} del doctor Maestre en El Mundo, con las fotografías de los autores.

El Eco de Alcalá, en distintos números, recogió el apéndice que se refiere a la historia de la Universidad de Alcalá de Henares.

Por no hacer más pesado este apéndice, no recogemos cuánto dijeron casi todos los periódicos de provincias y muchas revistas técnicas, nacionales y extranjeras, aprovechando esta oportunidad para reiterarles nuestro sincero reconocimiento.

HOMENAJE DEL PUEBLO DE COVARRUBIAS A LOS AUTORES
El pueblo de Covarrubias, cuna de Francisco de Valles (el Divino), tuvo a bien honrar a los autores del libro con un homenaje, de cuyo acto se levantó un acta.

La prensa, refiriéndose a esto, dijo:{334}

El Universo:
EN HONOR DE
DOS PERIODISTAS
“Comunican de Covarrubias (Burgos) que el Ayuntamiento de dicha villa ha celebrado sesión solemne y extraordinaria, a la que concurrieron, además del Concejo en pleno, todas las autoridades y el pueblo en masa.

En dicha sesión se tributó un homenaje de gratitud a los periodistas madrileños señores Ortega y Marcos, por la publicación del primer tomo de su “Biblioteca filosófica de los grandes filósofos españoles”, en el que estudian a Francisco de Valles (el Divino), hijo ilustre de esta villa y honra de las letras patrias, agradeciendo a dichos señores la atención finísima que han tenido para Covarrubias, al propio tiempo que realizan su labor cultural y de difusión de la Filosofía española, siendo aclamados”[272].{335}

El Liberal de Avila:
“Ya dijimos a nuestros lectores que habíamos recibido un ejemplar del primer tomo de la “Biblioteca filosófica de los grandes filósofos españoles”, con el que nuestros queridos amigos don Benjamín Marcos y don Eusebio Ortega estudian a Francisco de Valles (el Divino).

Pues bien; como el pueblo donde Valles naciera, Covarrubias, tuviera conocimiento de esta obra, el Ayuntamiento de dicha villa celebró sesión solemne y extraordinaria, asistiendo el pueblo en masa y las autoridades todas, dedicándola exclusivamente a tributar un homenaje a nuestros compañeros en la Prensa señores Ortega y Marcos, con motivo del meritísimo trabajo acerca del filósofo covarrubiano.

El alcalde-presidente, don Lucas González, hizo un elocuente discurso, manifestando cuán grato le era hablar en aquellos momentos para rendir un homenaje al que fué gloria de este pueblo y honra de la ciencia filosófica española, Valles, y a los señores Ortega y Marcos, que han realizado esta obra{336} admirable de difusión, de cultura patria, como es la que representa la publicación de su “Biblioteca filosófica”.

En vista de ello pidió a sus compañeros de Concejo que se tomara algún acuerdo sobre el particular.

Enterados los señores capitulares—dice el acta de dicha sesión—de lo manifestado por la presidencia y queriendo dar una prueba de gratitud a los cultísimos periodistas madrileños don Benjamín Marcos y don Eusebio Ortega, por su obra consagrada al gran Valles, acordaron por unanimidad:

1.º Hacer constar en acta el agradecimiento de esta villa, y en su representación el de este Ayuntamiento, hacia dichos señores periodistas, por su meritísimo trabajo.

2.º Aceptar con sumo gusto y como un honor la ofrenda que hacen los señores Marcos y Ortega del ejemplar primero de su “Biblioteca filosófica de los grandes filósofos españoles”, dedicado al gran Francisco de Valles, como primicias de su labor cultural, a quienes este Ayuntamiento felicita cordialmente; y

3.º Que para satisfacción de dichos se{337}ñores se expida a su favor por esta alcaldía una copia certificada del acta de esta sesión.”

*
* *

Los señores Marcos y Ortega reciben miles de felicitaciones por el acuerdo del Ayuntamiento de Covarrubias.

En Madrid se trata de rendirles un homenaje.

No hemos de ocultar nuestra satisfacción por los éxitos de estos dos amigos y compañeros, uniendo a estas felicitaciones la nuestra muy sincera y a ese homenaje que se les prepara.”[273]

El Imparcial:
“Nuestros queridos compañeros en la Prensa don Eusebio Ortega y don Benjamín Marcos han obtenido un éxito considerable con su obra Francisco de Valles (el Divino), que figura a la cabeza de la Biblioteca filosófica de los grandes filósofos españoles. En{338} los pocos días que lleva publicada esta obra casi se ha agotado la copiosa edición del libro, que es uno de los más interesantes que han visto la luz en España, y el pueblo de Covarrubias les ha tributado un homenaje de gratitud.

Reciban por esto, una vez más, nuestra sincera felicitación.”

Diario de Burgos:
“Siempre estuvieron las columnas del Diario de Burgos propicias para hacerse eco de todo lo que significara progreso, pero más cuando de un modo directo afectara a los intereses culturales, morales o materiales de la capital o de la provincia.

Hace poco tiempo dedicamos justísimos elogios a la obra recientemente publicada por el meritísimo y laureado escritor burgalés D. Isidro Gil, en la que resucita, por decirlo así, timbres de gloria provinciana, excesivamente olvidados.

Hoy lo hacemos también gustosos de la obra, valiosísima por cierto, de otro escritor burgalés, el cual, aunque novel, se{339} revela como gran escritor y conocedor de nuestras glorias científicas pasadas en este su primer trabajo literario, consagrado al hijo de Covarrubias Francisco de Valles, gloria de la ciencia española.

Hasta ahora, ni los historiadores de la filosofía española, ni los biógrafos de Valles han hecho un estudio tan completo del filósofo covarrubiano, ya en lo que atañe a su biobibliografía, bien a las teorías filosóficas que cultivó y a las veces ideó con acierto.

El señor Ortega, amante como el que más de las glorias patrias y entusiasta de cuanto atañe a su provincia, con la valiosa cooperación de don Benjamín Marcos, han emprendido una serie de trabajos que ha de merecerles el aplauso de todo el que sienta en sus venas la sangre española.

Quieren estudiar, como ellos mismos dicen, quiénes han sido los más distinguidos pensadores españoles, “cuáles los métodos y teorías por éstos expuestos y la evolución o revolución que produjeron en la ciencia y en la sociedad tales hombres y tales teorías”.

Los pensadores españoles de los pasados{340} siglos, padres en los más de los casos de ideas y teorías que dieron renombre más tarde a talentos no más que medianos de otros países, es preciso que renazcan, que sean divulgados, que lleguen al alcance de nuestros escolares y también que tengan eco en el extranjero, donde a muchos sabios les preocupan ya los nuestros.

A esto obedece el plan trazado por los señores Ortega y Marcos: a encauzar por pasados gloriosos derroteros la moderna ciencia, para reconquistar la gloria que entonces nos cupo. Seguros estamos de que los autores del Francisco de Valles verán coronada su obra por el éxito.

En ella hay mucho que aprender acerca de la vida de Valles y de sus doctrinas. Por vez primera publican la fe de bautismo del Hipócrates español (así llamaron a Valles), amén de otros documentos, hasta la fecha inéditos, tres de ellos relativos al nombramiento de médico de cámara de Felipe II (en 15 de octubre de 1572), y otro al mayorazgo fundado por Valles y su mujer Juana de Vera en Madrid, a 12 de agosto de 1587, en favor de sus hijos Gabriel y Diego de Valles.{341}

A esto, que los autores colocan en la parte biográfica de Valles, sigue una completísima bibliografía vallesiana, un capítulo dedicado a estudiar el medio ambiente universitario en que vivió el Divino, y completa, finalmente, la obra una razonada y metódica exposición de las doctrinas de Valles en todos los órdenes de la filosofía, puntos de contacto con otros pensadores españoles, sin contar aquellos en que nuestro ilustre paisano revela peculiar originalidad.

Nunca agradecerán Burgos y Covarrubias lo bastante a los señores Ortega y Marcos el estudio que a hijo tan glorioso como Valles han dedicado. No dudamos de que nuestros Ayuntamiento y Diputación tomarán alguna iniciativa. El libro, que consta de más de 400 páginas, en 8.º, en lujoso papel, lleva intercalados con el texto seis interesantes grabados relativos a Valles.

Felicitamos sinceramente a los autores, deseándoles constantes éxitos y hacémosles saber que nosotros somos los primeros en aplaudir sus iniciativas en pro de la ciencia española.”

{342}

{343}

APÉNDICE III
CARTA

QUE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIII DIRIGIÓ AL PREPÓSITO GENERAL DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS, P. LUIS MARTÍN, EL DÍA 8 DE FEBRERO DE 1900

{344}

{345}

“Amado Hijo, salud y bendición apostólica.

 

Cuan eficazmente puedan ayudar los Ejercicios, de San Ignacio, a la salvación de las almas, lo lleva ya demostrado la experiencia de tres siglos. Y considerada la naturaleza de las cosas, no podía ser de otra manera. Todos los extravíos de la vida del hombre nacen del obscurecimiento en su alma de las verdades divinas, único freno capaz de detenerle en el camino de sus deplorables desórdenes; y precisamente la virtud propia de los Santos Ejercicios y su gloria especial consiste en que derraman sobre dichas verdades torrentes de nueva luz y maravillosamente nos las esclarecen cuando se nos presentan confusas.

Por otra parte, es evidente que el orden moral de la humana sociedad dimana de la{346} moralidad individual de los miembros de ella. Es indudable, pues, que los días de retiro empleados en la meditación de las verdades eternas promueven, con la santificación de los individuos, el bien general de la sociedad.

Tan sabia persuasión ha inspirado a varios Padres de la Compañía de Jesús, sobre todo en Francia y en Bélgica, la idea de fundar casas de retiro para la clase obrera, ya que es ésta blanco privilegiado de las insidiosas maniobras de los malvados para corromperla.

Con la más viva satisfacción hemos visto establecerse dicha Obra y hemos tenido noticia de los frutos abundantísimos que hasta el presente se han cosechado de ella, siendo, como es, uno de Nuestros preferentes cuidados, como de ello dan harto testimonio Nuestros actos, el bien de las clases trabajadoras.

No podemos, por consiguiente, dejar de pagar merecido tributo de elogios a esa noble iniciativa de los hijos de la Compañía, y muy de corazón rogamos a Dios la colme de abundantes bendiciones, etc.{347}”

El Pontífice Pío X, en un Breve del 8 de diciembre de 1904, dice:

“Siempre hemos tenido en particular estima la práctica de los Ejercicios espirituales, singularmente en la forma en que los dispuso, sin duda por inspiración del Cielo, San Ignacio, por su especial eficacia en orden a la reforma de costumbres y fomento de la vida cristiana. Hoy, empero, elevados al cargo del supremo apostolado, más claramente comprendemos de cuán extraordinario auxilio puede sernos tal práctica para Nuestra emprendida tarea de restaurar en Cristo todas las cosas, si además de darse a los clérigos, se generaliza entre los mismos seglares.

………………………………

No pudisteis, en verdad, discurrir medio más eficaz de ayudar a la clase obrera, expuesta en estos tiempos a tantos peligros. Porque llamando sus almas a la consideración de las verdades eternas, y convenciéndolos de que para bienes más altos y más gloriosos nacieron, que no para los muy bajos y caducos de la presente vida, se les{348} fortalecerá en la conciencia de sus respectivos deberes, y los que ocupan inferior posición social no se dejarán tan fácilmente engañar por la seducción socialista que reduce toda la felicidad del hombre a los limitados goces de su terrena existencia, etc.{349}”

APÉNDICE IV
DOS CARTAS MUY INTERESANTES

{350}

{351}

No hemos podido resistir a la tentación de publicar aquí dos cartas cruzadas entre dos amigos (personajes ambos), en la que el firmante, hablando por experiencia propia, expone su firme creencia de que debe su conversión a haber hecho los Ejercicios, y, en su virtud, aconseja a un su amigo, un algo empecatado y un mucho disipado, a que los haga también, confiado en que cambiará de vida y se salvará.

Bien desearíamos que, al verse sorprendidos con la publicación de estas cartas se sintiera tocado el último de la gracia de Dios, y, creyendo que todos estos signos son aldabonazos que Nuestro Señor da en su corazón, hiciera los Ejercicios, siquiera fuese para complacer a su entrañable amigo, que tanto se lo encarece, pues confiamos en que lo demás lo harían el Espíritu Santo y San Ignacio.{352}

He aquí las cartas cuyo texto ninguno de los dos creen que poseo, aunque sí saben la conozco:

PRIMERA:

“Mi querido P. L.: De todas las satisfacciones que he experimentado en este mundo (placeres, riquezas, negocios, morada-palacio, consideración general, etcétera, etcétera), una de las más íntimas, duraderas y que mayor consuelo me ha proporcionado siempre, ha sido la de hacer el bien, en todo su extenso campo de acción; y cuando he logrado, o espero lograr la vuelta al redil de una oveja descarriada; cuando consigo llevar, siquiera sea en la proporción de un grano de arena la tranquilidad al espíritu o la esperanza de obtenerla al que la sufre; cuando, en fin, confío y espero salvar a un hermano, a un amigo a quien quiero por deber de cristiano y por inclinación natural de simpatía y afecto, entonces, créeme, siento una alegría tan grande, que no la puedo expresar.{353}

Esta satisfacción y esta alegría he sentido al recibir tu carta, en cuyas líneas creo adivinar un estado de ánimo precursor de un cambio radical en ti, y como consecuencia de ello la calma y la paz de espíritu en los años que te restan de vida y la seguridad de que cuando llegue el día, el momento inevitable, epílogo obligado de esta farsa que se llama vida, podrás emprender el viaje tranquilo y, confiando en la divina misericordia, salvar tu alma para siempre. Porque no lo dudes, P. L., Dios te llama… está dando aldabonazos cada vez más fuertes en la puerta de tu corazón… Dios quiere salvarte; pero, respetando la libertad que otorgó al hombre, sólo te pide tu voluntad… algo así como tu consentimiento…, tu primer paso hacia Él.

El ambiente que respiras, tu larga etapa de vida descuidada, el egoísmo de los que te rodean, tus compromisos, tus pasiones, tu carácter agriado por las contrariedades, tus inclinaciones naturales, como las de todo humano mortal, hacia lo que deleita, etc., etc., todo eso será tan real como quieras y posiblemente se te figurarán dificultades insuperables (es la única arma-engaño, bomba{354} sin metralla que el espíritu del mal posee para inflar la imaginación y para impedir que vuelvas a Dios); pero yo te digo y te aseguro que todo caerá como castillo de naipes y se reducirá a polvo desde el momento en que des aquel primer paso, te arrepientas, hagas tu propósito de enmienda y confieses con la noble humildad del que reconoce lealmente sus faltas, que has devuelto mal por bien, que esto hemos hecho todos (yo el primero) con Dios.

Ponte de acuerdo con el Padre Rector de los Padres Jesuítas de ahí; ve a Loyola, a Valencia, a Manresa, ahí mismo, donde quieras, pero haz los Ejercicios durante siete días, y pondré mi mano en el fuego si, haciéndolos con fe y buen deseo, no consigues lo que anhelas.

Te lo aconseja un convencido, un convertido, un amigo leal y desinteresado; te lo aconsejo yo, cuya vida ya conoces y que, por consiguiente, nada puedo echarte en cara… que, como tú, anduve dando tumbos por esos mundos de Dios hasta que por su misericordia infinita me acogió al primer intento que, para acercarme a Él, hice.

Y ha hecho más: me dió una compañera{355} virtuosa, muchos hijos y riquezas, bienestar y felicidad, e hizo aún más, mucho más, permitió que se cebase en mí la tremenda tribulación, que ya tu conoces[274], y rendido el natural tributo de dolor y pena, inherente a la flaqueza humana, durante los primeros días (recuerda mi estado de postración cuando, enfermo aún, me visitaste) obró en mí el milagro (otro nombre no tiene, dado lo tremendo de la caída, las perspectivas en aquel entonces y mis doce hijos a cuestas) de que reaccionase rápidamente, y, aceptando, resignado, la horrible prueba, me considerase y me considere hoy, tanto o más feliz que cuando nadaba en la abundancia. Y esta tranquilidad, esta paz interior, créeme, no la cambio por la vida agitada de antes.

Esto… yo mismo no me lo explico, pero constituye una prueba de la omnipotencia y bondad del Señor. Y esto que me ha ocurrido a mí y a tantos otros, ¿no ha de servirte de estímulo para seguir mi ejemplo?{356}

Conque a hacer Ejercicios; esa es tu ruta, empréndela animoso, lleno de confianza y Dios hará el resto, te bendecirá y te colmará de ventura, aun en este mundo……..

………………………………

No demores la solución de un asunto cuyas consecuencias son eternas, rechaza sin pretender profundizar ni refutarlas, cuantas objeciones han de presentársete con satánico ingenio por el espíritu del mal: entrégate a Dios sin condiciones y sigue escrupulosamente los consejos de su ministro en la tierra, el varón virtuoso, sabio y prudente, de que te hablé en mi anterior. Haz los Ejercicios.

Te envía un estrecho abrazo tu siempre buen amigo,

J…
Un consejo te doy: reza todas las noches tres avemarías, para que la Virgen, de la que me consta eres devoto, te alcance la gracia de tu vuelta al redil. ¿Te acuerdas de tus plegarias en Lourdes?{357}”

SEGUNDA:

Querido P. L.: Recibí tu afectuosísima carta, y no puedes imaginarte cuánto te agradezco, a la vez que me produce satisfacción vivísima, el que hayas interpretado fielmente la intención que movió mi ánimo a escribirte en el sentido en que lo hice; la sinceridad que reflejan tus líneas me tranquiliza en absoluto sobre el particular; lo necesitaba; pues te confieso ingenuamente que al recordar mi pasado y los ejemplos (¡!) que de mí han recibido mis amigos, sentía cierto calorcillo en las mejillas al meterme a predicador!

La bondadosa acogida que han merecido mis escritos, por un lado, y el fraternal afecto que te profeso, que parece haberse aumentado, desde que he entrevisto la probabilidad, digo mal, la seguridad, con la ayuda de Dios, de devolverte la tranquilidad… la paz… y al propio tiempo asegurar la salvación de tu alma, me impelen a abusar de tu bondad y a distraer de nuevo tu atención…{358}

Poca autoridad tengo, es verdad; pero a veces Dios se vale de un ser despreciable para sus fines, como se valió de unos incultos pescadores para fundar nada menos que su Iglesia, sin que esto quiera decir, ni muchísimo menos, que pretendo compararme con aquellos Santos. De todos modos, créeme, P. L., el que te escribe con el alma—dices bien—y con el mejor y más desinteresado de los deseos, no es ya G. o D., el que conociste en otros tiempos, ni siquiera el que contemplaste agotado y decaído ante la aparente desgracia, que precisamente ha sido el toque decisivo de la misericordia del Altísimo. No creas, sin embargo, que sea un “perfecto”; sigo siendo barro quebradizo, “tierra baja” e infecunda, pero tengo tan hondamente grabado en mi alma, por la gracia de Dios, el convencimiento de que unos cuantos años de vida, buenos o malos, en este pícaro mundo son tan poquísima cosa comparados con la eternidad que indefectiblemente nos espera y que encierra el terrible dilema, que este pensamiento me impulsa a hacer partícipe de mis convicciones a quien quiera oírme con bue{359}na voluntad… ¿Y cómo no hacerlo contigo, con quien me une media vida de amistad?

…………………………

Porque tú has sufrido y sufres, querido P. L., pero tranquilízate, pues, sea cual fuere el motivo de tus penas, de tus amarguras, de tus remordimientos…, todas tus culpas, sean de la índole que fueren, todo desaparecerá, D. M…, ante un acto sincero de contrición y de confianza en la misericordia divina, de reconocimiento de tus errores, de leal y firme propósito de enmienda, y comenzará para ti una nueva era de paz y tranquilidad, no exenta de un sincero deseo de reparar en cuanto sea posible y cuanto sea susceptible de reparación, porque Dios no pide imposibles ni nada que no esté en nuestra mano realizar.

Ello dará a tu vida otra orientación, se te abrirán horizontes nuevos, y entre la práctica del bien y el cumplimiento de tus obligaciones y deberes materiales, perfectamente compatibles con la práctica de la virtud, se deslizarán tus días tranquilamente, disfrutando de una paz y bienestar, del que{360} no tienes idea, porque sospecho que nunca en tu vida la has experimentado…

Lo primordial es que estés decidido, pase lo que pase (que no pasará nada, tenlo por seguro), a dedicar lo más pronto posible ocho o diez días de retiro…, a hacer una especie de balance general de tu existencia para apreciar serenamente lo que ha sido tu vida hasta el presente y lo que debe ser en lo futuro… Se acerca la Cuaresma…; luego, Pascua… ¿Cuántos años hará que no has cumplido el precepto pascual?

No trato de hacerte presión, ni mucho menos aconsejarte que precipites los acontecimientos; antes al contrario, entiendo debes reflexionar mucho, y precisamente la reflexión tiene su principal enemigo en la precipitación; pero no demores más de lo indispensable el desenlace, decidido ya en principio; no olvides que la lucha está entablada entre el espíritu del bien y el del mal; tú eres la presa que el primero trata de conquistar y el segundo retener a todo trance; así que no faltarán dejaciones, dificultades… vulgares tretas del espíritu maligno para conseguir demoras e impedir lleves a la práctica tus buenos intentos. {361}Desconfía y ponte en guardia contra ficticios obstáculos; te lo prevengo porque a mí me pasó lo mismo. Tu voluntad es la que ha de decidir e inclinar el fiel de la balanza en uno o en otro sentido. Pídele todos los días a Dios, por mediación de su Santa Madre, de la que todo buen español es devoto, que te conceda el toque decisivo de la gracia. Una lágrima, un solo suspiro pueden abrirte las puertas del Cielo. Humillarse ante el Supremo Hacedor…, ante su Ministro en la tierra, enaltece, ennoblece, dignifica… La sensación del perdón es algo tan hermoso, tan hondamente sentido y de tan inefable goce y aligeramiento de espíritu, que no puede explicarse. Yo tuve la dicha de experimentarlo cuando me confesé, después de transcurridos muchos años sin haberlo hecho!… ¡Cuán dificultoso me parecía entonces el paso a dar!…; pero si no es posible recordar…, pero si volveré a caer…, qué triste va a serme la vida sin tales o cuales pasatiempos…, pero cómo reparar tal enormidad!…, etc., etc.

¡Cuán fácil me pareció después!… ¡Con qué suavidad, con qué mano maestra, con qué fraternal afecto fué mi confesor son{362}deando los más recónditos repliegues de mi conciencia, facilitándome la labor, hasta reunir y aquilatar, sin esfuerzo alguno para mí, y en breve tiempo, la esencia de mis culpas de tantos años!…

Amigo P. L.: Procura hallar (la encontrarás, si la buscas con buena voluntad) la oportunidad, y aprovéchala; unos días de descanso, de retiro, de Ejercicios, no prejuzgan nada… ¡tantos hemos perdido, mal empleados en este mundo!… Te va en ello tu felicidad, y desde luego te afirmo que no te arrepentirás del empleo y resultados de esos días…, al contrario, no cesarás, durante el resto de tu vida, de bendecir el momento en que te decidiste a ocuparlos tan sabiamente. Créeme, haz pronto los Ejercicios.

Te abraza de corazón tu viejo amigo y novel predicador,

J.
Espero que tu buena y santa esposa unirá sus preces a las nuestras; y si, lo que no creo, Dios se resistiese a oír las mías, por{363} indignas, no resistirá seguramente a las plegarias de ella, que como esposa y madre pedirá, como sólo saben pedirlo las que ostentan tan hermosos títulos, la salvación del esposo y de sus hijos.

*
* *

Quiera Dios que estas cartas, cuyo texto puede alcanzar a muchos corazones, sirva como de toque de atención, y algunos de nuestros lectores, entendiendo que es la voz de Dios quien les habla, se decidan también a cambiar de vida haciendo los Ejercicios y gánese su alma para siempre.

Este fruto sería suficiente para darnos por muy satisfechos de la labor que nos hemos impuesto en este libro.

{364}

{365}

ÍNDICE
Páginas.
Dedicatoria: A los caballeros de la Congregación de Nuestra Señora del Pilar y de San Francisco de Borja VII
Alocución IX
Prólogo XV
Introducción 1
Promesa cumplida.—Nuestros propósitos. La gran campaña social.—Estado social y filosófico de nuestro siglo.—Influencia benéfica de la Filosofía.—Los Ejercicios, de San Ignacio, encierran la verdadera filosofía 3
Biografía:
Parte primera. Biografía de los Ejercicios Espirituales y de San Ignacio de Loyola 31
Preámbulo: Características o particularidades del libro de los Ejercicios Espirituales, de San Ignacio.—Argumento.
Nexo del libro.—Opiniones autorizadas acerca de la bondad del libro.—La Iglesia y los últimos Papas.—Fuentes internas y externas en que se inspiró San Ignacio
{366}para hacer este libro 33
Biografía de los Ejercicios 35
Parte primera 36
Del nexo de los Ejercicios 40
Opiniones autorizadas acerca de la bondad del libro 42
De las fuentes de los Ejercicios 66
De la ayuda que la Santísima Virgen le prestó para escribir los Ejercicios 73
De las fuentes externas de los Ejercicios 77
Vita Christi 79
Imitación de Cristo 80
Flos Sanctorum 81
La Santa Biblia 82
Texto sagrado del «Vita Christi» 84
Texto sagrado de los Ejercicios 85
Parte segunda.—Bibliografías:
Biógrafos de San Ignacio de Loyola.—Primera parte 107
Biógrafos del Santo 109
Biógrafos nacionales 110
Autores que escribieron en latín la vida del Santo 111
En italiano. En francés 112
En inglés. En alemán 113
Biógrafos de los Ejercicios Espirituales.—Segunda parte 115
El libro más leído.—Ediciones en español. Ediciones en latín.—Ediciones de la Compañía de Jesús.—Obras relacionadas con nuestro Santo 117
Ediciones traducidas al latín 124
Ediciones traducidas al latín por la Compañía
{367}de Jesús 130
Comentadores de los Ejercicios Espirituales.—Tercera parte 135
Comentadores 137
Autores que escribieron acerca de San Ignacio.—Cuarta parte 139
Otros escritores. Autores españoles 141
Autores latinos 142
Doctrinas filosóficas que se encierran en el libro de los Ejercicios Espirituales, de San Ignacio de Loyola 145
Capítulo primero: El siglo XVI.—Aspecto religioso.—Aspectos científico y prodigioso.—Portae inferi non praevalebunt. La figura de San Ignacio 147
Capítulo II: Por qué es filósofo San Ignacio.—Su intuición de la belleza intelectual y moral.—Fecundidad de sus verdades psicológicas.—Abstrae para ser más claro.—La doctrina evangélica, compatible con los progresos de la civilización 159
Capítulo III: La Filosofía escolástica en los Ejercicios Espirituales.—Errores de otros filósofos que se refutan.—Las facultades en las operaciones humanas.—San Ignacio frente a los filósofos materialistas.—La fe y la razón, antorchas de la verdad cristiana 203
Capítulo IV: La verdadera ciencia dimana de Dios.—Influencia de la filosofía de los Ejercicios en el mundo.—Teoría de la gracia.—Síntesis de las doctrinas filosóficas que se encierran en los Ejercicios 259
{368}Apéndices 281
I. Informe de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas referente al tomo I de esta Biblioteca, dedicado a Francisco de Valles (el Divino) 283
II. Juicios críticos de la prensa acerca del tomo I, dedicado a Francisco de Valles
(el Divino) 291
El Imparcial 293
El Liberal 296
Heraldo de Madrid 298
El Universo 299
La Correspondencia de España 301
Diario Universal 303
El Correo Español 306
El Correo 308
El Mundo 311
El Debate 321
La Tribuna 325
Juventud Administrativa 326
El Diluvio, de Barcelona 329
Homenaje del pueblo de Covarrubias a los autores 333
El Universo. En honor de dos periodistas 334
El Liberal, de Avila 335
El Imparcial 337
Diario de Burgos 338
III. Carta que S. S. el Papa León XIII dirigió al Prepósito General de la Compañía de Jesús, P. Luis Martín, el día 8 de Febrero de 1900 343
IV. Dos cartas muy interesantes 349
{369}

GRABADOS QUE CONTIENE ESTA OBRA
Páginas.
Verdadero retrato de San Ignacio IX
Casa solariega donde nació el Santo 28
La Virgen, dictándole los Ejercicios 73
Capilla de Loyola 104
Retrato del Santo-Fundador-Filósofo 144
Casa de Loyola 153
San Ignacio convenciendo a San Francisco Xavier 201
Tres épocas del Santo 240
{370}

{371}

FE DE ERRATAS
Dice. Debe decir. Línea. Págs.
a todo todo 12 14
En la Revue occidentale dijo también En la Revue occidentale 24 44
apperibus opperibus 28 50
el cardenal Palloti al cardenal Palloti, 1 58
prae, -valebunt prævalebunt 15 152
cosas divinos y cosas divinas y
humanos humanas 14 164
xempleum exemplum 26 197
quan quam 12 198
finen vero finem vero 13 212
vovis vobis 10 212
Coudillac Condillac 19 242
{372}

ES PROPIEDAD DEL AUTOR

QUEDA HECHO EL DEPÓSITO

QUE MARCA LA LEY
{373}

SAN IGNACIO DE LOYOLA

TERMINÓSE DE IMPRIMIR ESTE LIBRO

EN LA IMPRENTA DE CARO RAGGIO

EL DÍA 19 DE MARZO, FIESTA

DE SAN JOSÉ, DEL AÑO

MCMXXIII

MADRID
{374}