Una Excursión a los Indios Ranqueles – Tomo 1 by Lucio V. Mansilla

NOTAS DEL TRANSCRIPTOR

Ciertas reglas de acentuación ortográfica del castellano cuando la presente edición de esta obra fue publicada, en 1909, eran diferentes a las existentes cuando se realizó la transcripción. Palabras como vió, fué, dió, lo mismo que la preposición “á”, y las conjunciones “é”, “ó”, “ú”, por ejemplo, en esa época llevaban acento ortográfico. Eso ha sido respetado.

El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes en ese entonces. El lector interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia Española.

Por otra parte, las reglas de la Real Academia Española establecen que el acento ortográfico en las mayúsculas debe colocarse si es que un vocablo lleva acento ortográfico. Sin embargo, por una cuestión pragmática, en las imprentas ese criterio normalmente no era respetado. En la presente transcripción se decidió adecuar la ortografía de las mayúsculas acentuadas a las reglas establecidas por la RAE.

Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos.

El Índice de capítulos, incluido en la publicación original al final, ha sido trasladado al principio por el Transcriptor.


UNA EXCURSIÓN Á LOS INDIOS RANQUELES
TOMO I

BIBLIOTECA DE «LA NACIÓN»


LUCIO V. MANSILLA

UNA EXCURSIÓN
Á LOS
INDIOS RANQUELES

OBRA PREMIADA EN EL CONGRESO INTERNACIONAL
GEOGRÁFICO DE PARÍS (1875)


TOMO I


 

BUENOS AIRES
1909

 


Imp. y estereotipia de LA NACIÓN.—Buenos Aires.

UNA EXCURSIÓN Á LOS INDIOS RANQUELES

UNA EXCURSIÓN Á LOS INDIOS RANQUELES

I
Dedicatoria.—Aspiraciones de un touriste.—Los gustos con el tiempo.—Por qué se pelea un padre con un hijo.—Quiénes son los Ranqueles.—Un tratado internacional con los indios.—Teoría de los extremos.—Dónde están las fronteras de Córdoba y campos entre los Ríos 4.º y 5.º.—De dónde parte el camino del Cuero.

No sé dónde te hallas, ni dónde te encontrará esta carta y las que le seguirán, si Dios me da vida y salud.

Hace bastante tiempo que ignoro tu paradero, que nada sé de ti; y sólo porque el corazón me dice que vives, creo que continúas tu peregrinación por este mundo, y no pierdo la esperanza de comer contigo, á la sombra de un viejo y carcomido algarrobo, ó entre las pajas al borde de una laguna, ó en la costa de un arroyo, un churrasco de guanaco, ó de gama, ó de yegua, ó de gato montés, ó una picana de avestruz, boleado por mí, que siempre me ha parecido la más sabrosa.

Á propósito de avestruz, después de haber recorrido la Europa y la América, de haber vivido como un marqués en París y como un guaraní en el Paraguay; de haber comido mazamorra en el Río de la Plata, charquicán en Chile, ostras en Nueva York, macarroni en Nápoles, trufas en el Perigord, chipá en la Asunción—recuerdo que una de las grandes aspiraciones de tu vida era comer una tortilla de huevos de aquella ave pampeana en Nagüel Mapo, que quiere decir «Lugar del Tigre».

Los gustos se simplifican con el tiempo, y un curioso fenómeno social se viene cumpliendo desde que el mundo es mundo. El macrocosmo, ó sea el hombre colectivo, vive inventando placeres, manjares, necesidades, y el microcosmo, ó sea el hombre individual, pugnando por emanciparse de las tiranías de la moda y de la civilización.

Á los veinticinco años, somos víctimas de un sinnúmero de superfluidades. No tener guantes blancos, frescos como una lechuga, es una gran contrariedad, y puede ser causa de que el mancebo más cumplido pierda casamiento. ¡Cuántos dejaron de comer muchas veces, y sacrificaron su estómago en aras del buen tono!

Á los cuarenta años, cuando el cierzo y el hielo del invierno de la vida han comenzado á marchitar la tez y á blanquear los cabellos, las necesidades crecen, y por un bote de cold cream, ó por un paquete de cosmético, ¿qué no se hace?

Más tarde, todo es lo mismo; con guantes ó sin guantes, con retoques ó sin ellos «la mona, aunque se vista de seda, mona se queda.»

Lo más sencillo, lo más simple, lo más inocente es lo mejor; nada de picantes, nada de trufas. El puchero es lo único que no hace daño, que no se indigesta, que no irrita.

En otro orden de ideas, también se verifica el fenómeno. Hay razas y naciones creadoras, razas y naciones destructoras. Y, sin embargo, en el irresistible corso e ricorso de los tiempos y de la humanidad, el mundo marcha; y una inquietud febril mece incesantemente á los mortales de perspectiva en perspectiva, sin que el ideal jamás muera.

Pues, cortando aquí el exordio, te diré, Santiago amigo, que te he ganado de mano.

Supongo que no reñirás por esto conmigo, dejándote dominar por un sentimiento de envidia.

Ten presente que una vez me dijiste, censurando á tu padre, con quien estabas peleado:

—¿Sabes por qué razón el viejo está mal conmigo? Porque tiene envidia de que yo haya estado en el Paraguay, y él no.

Es el caso, que mi estrella militar me ha deparado el mando de las fronteras de Córdoba, que eran las más asoladas por los ranqueles.

Ya sabes que los ranqueles son esas tribus de indios araucanos, que habiendo emigrado en distintas épocas de la falda occidental de la cordillera de los Andes á la oriental, y pasado los ríos Negro y Colorado, han venido á establecerse entre el Río 5.º y el Río Colorado, al naciente del Río Chalileo.

Últimamente celebré un tratado de paz con ellos, que el Presidente aprobó, con cargo de someterlo al Congreso.

Yo creía que siendo un acto administrativo no era necesario.

¿Qué sabe un pobre coronel de trotes constitucionales?

Aprobado el tratado en esa forma, surgieron ciertas dificultades relativas á su ejecución inmediata.

Esta circunstancia por un lado, por otro cierta inclinación á las correrías azarosas y lejanas; el deseo de ver con mis propios ojos ese mundo, que llaman Tierra Adentro, para estudiar sus usos y costumbres, sus necesidades, sus ideas, su religión, su lengua, é inspeccionar yo mismo el terreno por donde alguna vez quizá tendrán que marchar las fuerzas que están bajo mis órdenes—he ahí lo que me decidió no ha mucho y contra el torrente de algunos hombres que se decían conocedores de los indios, á penetrar hasta sus tolderías, y á comer primero que tú en Nagüel Mapo una tortilla de huevo de avestruz.

Nuestro inolvidable amigo Emilio Quevedo, solía decirme cuando vivíamos juntos en el Paraguay, vistiendo el ligero traje de los criollos é imitándolos en cuanto nos lo permitían nuestra sencillez y facultades imitativas:—¡Lucio, después de París, la Asunción! Yo digo:—Santiago, después de una tortilla de huevos de gallina frescos, en el Club del Progreso, una de avestruz en el toldo de mi compadre el cacique Baigorrita.

Digan lo que quieran, si la felicidad existe, si la podemos concretar y definir, ella está en los extremos. Yo comprendo las satisfacciones del rico y las del pobre; las satisfacciones del amor y las del odio; las satisfacciones de la obscuridad y las de la gloria. Pero ¿quién comprende las satisfacciones de los términos medios; las satisfacciones de la indiferencia; las satisfacciones de ser cualquier cosa?

Yo comprendo que haya quien diga:—Me gustaría ser Leonardo Pereira, potentado del dinero.

Pero que haya quien diga, me gustaría ser el almacenero de enfrente, don Juan ó don Pedro, un nombre de pila cualquiera, sin apellido notorio,—eso no.

Yo comprendo que haya quien diga:—Yo quisiera ser limpiabotas ó vendedor de billetes de lotería.

Yo comprendo el amor de Julieta y Romeo, como comprendo el odio de Silva por Hernani, y comprendo también la grandeza del perdón.

Pero no comprendo esos sentimientos que no responden á nada enérgico, ni fuerte, á nada terrible ó tierno.

Yo comprendo que haya en esta tierra quien diga:—Yo quisiera ser Mitre, el hijo mimado de la fortuna y de la gloria, ó sacristán de San Juan.

Pero que haya quien diga:—Yo quisiera ser el Coronel Mansilla,—eso no lo entiendo, porque al fin, ese mozo, ¿quién es?

Al General Arredondo, mi jefe inmediato entonces le debo, querido Santiago, el placer inmenso de haber comido una tortilla de huevos de avestruz en Nagüel Mapo, de haber tocado los extremos una vez más. Si él me niega la licencia, me quedo con las ganas, y no te gano la delantera…

Siempre le agradeceré que haya tenido conmigo esa deferencia, y que me manifestara que creía muy arriesgada mi empresa, probándome así que mi suerte no le era indiferente. Sólo los que no son amigos pueden conformarse con que otro muera estérilmente… y en la obscuridad.

La nueva línea de fronteras de la Provincia de Córdoba, no está ya donde tú la dejaste cuando pasaste para San Luis, en donde tuviste la fortuna de conocer aquel tipo que te decía un día en el Morro:—¡Yo no deseo, señor don Santiago, visitar la Europa por conocer el Cristal Palais, ni el Buckingham Palace, ni las Tullerías, ni el London Tunnel, sino por ver ese Septentrión! ¡¡ese Septentrión!!

Está la nueva línea sobre el Río 5.º, es decir, que ha avanzado veinticinco leguas, y que al fin se puede cruzar del Río 4.º á Achiras sin hacer testamento y confesarse.

Muchos miles de leguas cuadradas se han conquistado.

¡Qué hermosos campos para la cría de ganados son los que se hallan encerrados entre el Río 4.º y Río 5.º!

La cebadilla, el porotillo, el trébol, la gramilla, crecen frescos y frondosos entre el pasto fuerte; grandes cañadas como la del Gato, arroyos caudalosos y de largo curso como Santa Catalina y Sampacho, lagunas inagotables y profundas como Chemeco, Tarapendá y Santo Tomé constituyen una fuente de riqueza de inestimable valor.

Tengo en borrador el croquis topográfico, levantado por mí de ese territorio inmenso, desierto, que convida á la labor, y no tardaré en publicarlo, ofreciéndoselo con una memoria á la industria rural.

Más de seis mil leguas he galopado en año y medio para conocerlo y estudiarlo.

No hay un arroyo, no hay un manantial, no hay una laguna, no hay un monte, no hay un médano donde no haya estado personalmente para determinar yo mismo su posición aproximada y hacerme baqueano, comprendiendo que el primer deber de un soldado, es conocer palmo á palmo el terreno donde algún día ha de tener necesidad de operar.

¿Puede haber papel más triste que el de un jefe con responsabilidad, librado á un pobre paisano, que lo guiará bien, pero que no le sugerirá pensamiento estratégico alguno?

La nueva frontera de Córdoba comienza en la raya de San Luis, casi en el meridiano que pasa por Achiras, situado en los últimos dobleces de la Sierra, y costeando el Río 5.º se prolonga hasta la Ramada Nueva, llamada así por mí, y por los ranqueles Trapalcó que quiere decir agua de Totora. Trapal es Totora y có agua.

La Ramada Nueva son los desagües del Río 5.º, vulgarmente denominados la Amarga.

De la Ramada Nueva, y buscando la derecha de la frontera Sur de Santa Fe, sigue la línea por la Laguna N.º 7, llamada así por los cristianos, y por los ranqueles Potálauquen, es decir, laguna grande: potá es grande y lauquen laguna.

Siguiendo el juicioso plan de los españoles, yo establecí esta frontera colocando los fuertes principales en la banda Sur del Río 5.º.

En una frontera internacional esto habría sido un error militar, pues los obstáculos deben siempre dejarse á vanguardia para que el enemigo sea quien los supere primero.

Pero en la guerra con los indios el problema cambia de aspecto; lo que hay que aumentarle á este enemigo no son los obstáculos para entrar sino los obstáculos para salir.

El punto ó fuerte principal de la nueva línea de frontera sobre el Río 5.º se llama Sarmiento. De allí arranca el camino que por la Laguna del Cuero, famosa para los cristianos, conduce á Leubucó, centro de las tolderías ranquelinas.

De allí emprendí mi marcha.

Mañana continuaré.

Hoy he perdido tiempo en ciertos detalles creyendo que para ti no carecerían de interés.

Si al público, á quien le estoy mostrando mi carta, le sucediese lo mismo, me podría acostar á dormir tranquilo y contento como un colegial que ha estudiado bien su lección y la sabe.

¿Cómo saberlo?

Tantas veces creemos hacer reir con un chiste y el auditorio no hace ni un gesto.

Por eso toda la sabiduría humana está encerrada en la inscripción del templo de Delfos.

II
Deseos de un viaje á los Ranqueles.—Una china y un bautismo.—Peligros de la diplomacia militar con los indios.—El indio Linconao.—Mañas de los indios.—Efectos del deber sobre el temperamento.—¿Qué es un parlamento?—Desconfianzas de los indios para beber y fumar.—Sus preocupaciones al comer y beber.—Un lenguaraz.—Cuánto dura un parlamento y qué se hace en él.—Linconao atacado de las viruelas.—Efectos de la viruela en los indios.—Gratitud de Linconao.—Reserva de un fraile.

Hacía mucho tiempo que yo rumiaba el pensamiento de ir á Tierra Adentro.

El trato con los indios que iban y venían al Río 4.º, con motivo de las negociaciones de paz entabladas, había despertado en mí una indecible curiosidad.

Es menester haber pasado por ciertas cosas, haberse hallado en ciertas posiciones, para comprender con qué vigor se apoderan ciertas ideas de ciertos hombres; para comprender que una misión á los Ranqueles puede llegar á ser para un hombre como yo, medianamente civilizado, un deseo tan vehemente, como puede ser para cualquier ministril una secretaría en la embajada de París.

El tiempo, ese gran instrumento de las empresas buenas y malas, cuyo curso quisiéramos precipitar, anticipándonos á los sucesos para que éstos nos devoren ó nos hundan, me había hecho contraer ya varias relaciones, que puedo llamar íntimas.

La china Carmen, mujer de veinticinco años, hermosa y astuta adscripta á una Comisión de las últimas que anduvieron en negociados conmigo, se había hecho mi confidente y amiga, estrechándose estos vínculos con el bautismo de una hijita mal habida que la acompañaba y cuya ceremonia se hizo en el Río 4.º con toda pompa, asistiendo un gentío considerable y dejando entre los muchachos un recuerdo indeleble de mi magnificencia, á causa de unos veinte pesos bolivianos que cambiados en medios y reales, arrojé á la manchancha esa noche inolvidable, al son de los infatigables gritos: ¡padrino pelado!

Sólo quien haya tenido ya el gusto de ser padrino, comprenderá que noches de ese género pueden ser realmente inolvidables para un triste mortal, sin antecedentes históricos, sin títulos para que su nombre pase á la posteridad, grabándose con caracteres de fuego en el libro de oro de la historia.

¡Ah! tú has sido padrino pelado alguna vez, y me comprenderás.

Carmen no fué agregada sin objeto á la comisión ó embajada ranquelina en calidad de lenguaraz, que vale tanto como secretario de un ministro plenipotenciario.

Mariano Rosas ha estudiado bastante el corazón humano, como que no es un muchacho; conoce á fondo las inclinaciones y gustos de los cristianos, y por un instinto que es de los pueblos civilizados y de los salvajes, tiene mucha confianza en la acción de la mujer sobre el hombre, siquiera esté ésta reducida á una triste condición.

Carmen fué despachada, pues, con su pliego de instrucciones oficiales y confidenciales por el Talleyrand del desierto, y durante algún tiempo se ingenió con bastante habilidad y maña. Pero no con tanta que yo no me apercibiese, á pesar de mi natural candor, de lo complicado de su misión, que á haber dado con otro Hernán Cortés habría podido llegar á ser peligrosa y fatal para mí, desacreditando gravemente mi gobierno fronterizo.

Pasaré por alto una infinidad de detalles, que te probarían hasta la evidencia todas las seducciones á que está expuesta la diplomacia de un jefe de fronteras, teniendo que habérselas con secretarios como mi comadre; y te diré solamente que esta vez se le quemaron los libros de su experiencia á Mariano, siendo Carmen misma la que me inició en los secretos de su misión.

El hecho es que nos hicimos muy amigos, y que á sus buenos informes del compadre debo yo en parte el crédito de que llegué precedido cuando hice mi entrada triunfal en Leubucó.

Otra conexión íntima contraje también durante las últimas negociaciones.

El cacique Ramón, jefe de las indiadas del Rincón, me había enviado su hermano mayor, como muestra de su deseo de ser mi amigo.

Linconao, que así se llama, es un indiecito de unos veintidós años, alto, vigoroso, de rostro simpático, de continente airoso, de carácter dulce, y que se distingue de los demás indios en que no es pedigüeño.

Los indios viven entre los cristianos fingiendo pobrezas y necesidades, pidiendo todos los días; y con los mismos preámbulos y ceremonias piden una ración de sal, que un poncho fino ó un par de espuelas de plata.

Tener que habérselas con una comisión de estos sujetos, para un jefe de fronteras, presupone tener que perder todos los días unas cuatro horas en escucharles.

Yo, que por mi temperamento sanguíneo-bilioso no soy muy pacienzudo que digamos, he descubierto con este motivo que el deber puede modificar fundamentalmente la naturaleza humana.

En algunos parlamentos de los celebrados en el Río 4.º, más de una vez derroté á mis interlocutores, cuyo exordio sacramental era:—Para tratar con los indios se necesita mucha paciencia, hermano.

No sé si tienes la idea de lo que es un parlamento en tierra de cristianos; y digo en tierra de cristianos, porque en tierra de indios el ritual es diferente.

Un parlamento, es una conferencia diplomática.

La comisión se manda anunciar anticipadamente con el lenguaraz.

Si la componen veinte individuos, los veinte se presentan.

Comienzan por dar la mano por turno de jerarquía, y en esa forma se sientan, con bastante aplomo, en las sillas ó sofaes que se les ofrecen.

El lenguaraz, es decir, el intérprete secretario, ocupa la derecha del que hace cabeza.

Habla éste y el lenguaraz traduce, siendo de advertir que aunque el plenipotenciario entienda el castellano y lo hable con facilidad, no se altera la regla.

Mientras se parlamenta hay que obsequiar á la comisión con licores y cigarros.

Los indios no rehusan jamás beber, y cigarros, aunque no los fumen sobre las tablas, reciben mientras les den.

Pero no beben, ni fuman cuando no tienen confianza plena en la buena fe del que les obsequia, hasta que éste no lo haya hecho primero.

Una vez que la confianza se ha establecido cesan las precauciones, y echan al estómago el vaso de licor que se les brinda, sin más preámbulos que el de sus preocupaciones.

Una de ellas estriba en no comer ni beber cosa alguna, sin antes ofrecerle las primicias al genio misterioso en que creen y al que adoran sin tributarle culto exterior.

Consiste esta costumbre en tomar con el índice y el pulgar un poco de la cosa que deben tragar ó beber y en arrojarla á un lado, elevando la vista al cielo y exclamando: ¡para Dios!

Es una especie de conjuro. Ellos creen que el diablo, Gualicho, está en todas partes, y que dándole lo primero á Dios, que puede más que aquél, se hace el exorcismo.

El parlamento se inicia con una serie inacabable de salutaciones y preguntas, como verbigracia:—¿Cómo está usted? ¿cómo están sus jefes, oficiales y soldados? ¿cómo le ha ido á usted desde la última vez que nos vimos? ¿No ha habido alguna novedad en la frontera? ¿No se le han perdido algunos caballos?

Después siguen los mensajes, como por ejemplo:—Mi hermano, ó mi padre, ó mi primo, me ha encargado le diga á usted que se alegrará que esté usted bueno en compañía de todos sus jefes, oficiales y soldados; que desea mucho conocerle; que tiene muy buenas noticias de usted; que ha sabido que desea usted la paz y que eso prueba que cree en Dios y que tiene un excelente corazón.

Á veces cada interlocutor tiene su lenguaraz, otras es común.

El trabajo del lenguaraz es ímprobo en el parlamento más insignificante. Necesita tener una gran memoria, una garganta de privilegio y muchísima calma y paciencia.

¡Pues es nada antes de llegar al grano tener que repetir diez ó veinte veces lo mismo!

Después que pasan los saludos, cumplimientos y mensajes, se entra á ventilar los negocios de importancia, y una vez terminados éstos, entra el capítulo quejas y pedidos, que es el más fecundo.

Cualquier parlamento dura un par de horas, y suele suceder al rato de estar en él, que varios de los interlocutores están roncando. Como el único que tiene responsabilidad en lo que se ventila es el que hace cabeza, después que cada uno de los que le acompaña ha sacado su piltrafa, ya la cosa ni le interesa ni le importa y no pudiendo retirarse, comienza á bostezar y acaba por dormirse, hasta que el plenipotenciario, dándose cuenta del ridículo, pide permiso para terminar y retirarse, prometiendo volver muy pronto, pues tiene muchas cosas que decir aún.

Linconao fué atacado fuertemente de las viruelas al mismo tiempo que otros indios.

Trajéronme el aviso, y siendo un indio de importancia, que me estaba muy recomendado y que por sus prendas y carácter me había caído en gracia, fuime en el acto á verle.

Los indios habían acampado en tiendas de campaña que yo les había dado, sobre la costa de un lindo arroyo tributario del Río 4.º.

En un albardón verde y fresco, pintado de flores silvestres, estaban colocadas las tiendas en dos filas, blanqueando risueñamente sobre el campestre tapete.

Todos ellos me esperaban mustios, silenciosos y aterrados, contrastando el cuadro humano con el de la riente naturaleza y la galanura del paisaje.

Linconao y otros indios yacían en sus tiendas revolcándose en el suelo con la desesperación de la fiebre,—sus compañeros permanecían á la distancia, en un grupo sin ser osados á acercarse á los virolentos y mucho menos á tocarles.

Detrás de mí iba una carretilla exprofeso.

Acerquéme primero á Linconao y después á los otros enfermos; habléles á todos animándolos, llamé algunos de sus compañeros para que me ayudaran á subirlos al carro; pero ninguno de ellos obedeció, y tuve que hacerlo yo mismo con el soldado que lo tiraba.

Linconao estaba desnudo y su cuerpo invadido de la peste con una virulencia horrible.

Confieso que al tocarle sentí un estremecimiento semejante al que conmueve la frágil y cobarde naturaleza, cuando acometemos un peligro cualquiera.

Aquella piel granulenta al ponerse en contacto con mis manos, me hizo el efecto de una lima envenenada.

Pero el primer paso estaba dado y no era noble, ni digno, ni humano, ni cristiano, retroceder, y Linconao fué alzado á la carretilla por mí, rozando su cuerpo mi cara.

Aquél fué un verdadero triunfo de la civilización sobre la barbarie; del cristianismo sobre la idolatría.

Los indios quedaron profundamente impresionados; se hicieron lenguas alabando mi audacia y llamáronme su padre.

Ellos tienen un verdadero terror pánico á la viruela, que sea por circunstancias cutáneas ó por la clase de su sangre, los ataca con furia mortífera.

Cuando en Tierra Adentro aparece la viruela, los toldos se mudan de un lado á otro, huyendo las familias despavoridas á largas distancias de los lugares infestados.

El padre, el hijo, la madre, las personas más queridas son abandonadas á su triste suerte, sin hacer más en favor de ellas que ponerles alrededor del lecho agua y alimentos para muchos días.

Los pobres salvajes ven en la viruela un azote del cielo, que Dios les manda por sus pecados.

He visto numerosos casos y son rarísimos los que se han salvado, á pesar de los esfuerzos de un excelente facultativo, el Dr. Michaut, cirujano de mi División.

Linconao fué asistido en mi casa, cuidándolo una enfermera muy paciente y cariñosa, interesándose todos en su salvación, que felizmente conseguimos.

El Cacique Ramón me ha manifestado el más ardiente agradecimiento por los cuidados tributados á su hermano, y éste dice que después de Dios, su padre soy yo, porque á mí me debe la vida.

Todas estas circunstancias, pues, agregadas á las consideraciones mentadas en mi carta anterior, me empujaban al desierto.

Cuando resolví mi expedición, guardé el mayor sigilo sobre ella.

Todos vieron los preparativos, todos hacían conjeturas, nadie acertó.

Sólo un fraile amigo conocía mi secreto.

Y esta vez no sucedió lo que debiera haber sucedido á ser cierto el dicho del moralista: Lo que uno no quiere que se sepa no debe decirse.

Es que la humanidad, por más que digan, tiene muchas buenas cualidades, entre ellas, la reserva y la lealtad.

Supongo que serás de mi opinión, y con esto me despido hasta mañana.

III
Quién conocía mi secreto.—El Río 5.º.—El paso del Lechuzo.—Defecto de un fraile.—Compromiso recíproco.—Preparativos para la marcha.—Resistencia de los gauchos.—Cambio de opiniones sobre la fatalidad histórica de las razas humanas.—Sorpresa de Achauentrú al saber que me iba á los indios.—Pensamiento que me preocupaba.—Ofrecimientos y pedidos de Achauentrú.—Fray Moisés Álvarez.—Temores de los indios.—Seguridades que les di.—Efectos de la digestión sobre el humor.—Las mujeres del fuerte Sarmiento.—Un simulacro.

Sólo el franciscano Fray Marcos Donatti, mi amigo íntimo, conocía mi secreto.

Se lo había comunicado yendo con él del fuerte Sarmiento al «Tres de Febrero», otro fuerte de la extrema derecha de la línea de frontera sobre el Río 5.º.

Este sacerdote, que á sus virtudes evangélicas reune un carácter dulcísimo, recorría las dos fronteras de mi mando, diciendo misa en improvisados altares, bautizando y haciendo escuchar con agrado su palabra, á las pobres mujeres de los pobres soldados. La que le oía se confesaba.

Era una noche hermosa, de esas en que el mundo estelar brilla con todo el esplendor de su magnificencia. La luna no se ocultaba tras ningún celaje y de vez en cuando al acercarnos á las barrancas del Río 5.º que corre tortuoso, costeándolo el camino, la veíamos retratarse radiante en el espejo móvil de ese río, que nace en las cumbres de la sierra de la Carolina, y que corriendo en una curva de poniente á naciente, fecunda con sus aguas, ricas como las del 2.º de Córdoba, los grandes potreros de la villa de Mercedes, hasta perderse en las impasables cabañas de la Amarga.

Llegábamos al paseo del Lechuzo, famoso por ser uno de los más frecuentados por los indios en la época tristemente memorable de sus depredaciones.

Hay allí un montoncito de árboles, corpulentos y tupidos, que tendrá como una media milla de ancho, y que de noche el fantástico caminante se apresura á cruzar por un instinto racional que nos inclina á acortar el peligro.

El paso del Lechuzo, con su nombre de mal agüero, es una excelente emboscada y cuentan sobre él las más extrañas historias de fechorías hechas allí por los indios.

Lo cruzamos al trote, azotando las ramas, caballos y jinetes: al salir de la espesura, piqué yo el mío con las espuelas, y diciéndole á Fray Marcos:—Oiga, padre—me puse al galope seguido por el buen franciscano que no tenía entonces, como no tiene ahora, para mí más defecto que haberme maltratado un excelente caballo moro que le presté.

El ayudante y los tres soldados que me acompañaban quedáronse un poco atrás y nada pudieron oir de nuestra conversación.

El padre tenía su imaginación llena de las ideas de los gauchos que han solido ir á los indios por su gusto ó vivir cautivos entre ellos.

Consideraba mi empresa la más arriesgada, no tanto por el peligro de la vida, sino por la fe pública de los indígenas. Me hizo sobre el particular las más benevólas reflexiones, y por último, dándome una muestra de cariño, me dijo: «Bien, Coronel; pero cuando usted se vaya, no me deje á mí, usted sabe que soy misionero.»

Yo he cumplido mi promesa y él su palabra.

Los preparativos para la marcha se hicieron en el fuerte Sarmiento, donde á la sazón se hallaba una comisión de indios presidida por Achauentrú, diplomático de monta entre los Ranqueles, y cuyos servicios me han sido relatados por él mismo.

Ya calcularás que los preparativos debían reducirse á muy poca cosa. En las correrías por la Pampa lo esencial son los caballos. Yendo uno bien montado, se tiene todo; porque jamás faltan bichos que bolear, avestruces, gamas, guanacos, liebres, gatos monteses, ó peludos, ó mulitas, ó piches, ó matacos que cazar.

Eso es tener todo, andando por los campos, tener que comer.

Á pesar de esto yo hice preparativos más formales. Tuve que arreglar dos cargas de regalos y otra de charqui riquísimo, azúcar, sal, hierba y café. Si alguien llevó otras golosinas debió comérselas en la primera jornada, porque no se vieron.

Los demás aprestos consistieron en arreglar debidamente las monturas y arreos de todos los que debían acompañarme para que á nadie le faltara maneador, bozal con cabestro, manea y demás útiles indispensables, y en preparar los caballos, componiéndoles los vasos con la mayor prolijidad.

Cuando yo me dispongo á una correría sólo una cosa me preocupa grandemente: los caballos.

De lo demás, se ocupa el que quiere de los acompañantes.

Por supuesto, que un par de buenos chifles no ha de faltarle á ninguno que quiera tener paz conmigo. Y con razón, el agua suele ser escasa en la Pampa y nada desalienta y desmoraliza más que la sed. Yo he resistido setenta y dos horas sin comer, pero sin beber no he podido estar sino treinta y dos. Nuestros paisanos, los acostumbrados á cierto género de vida, tienen al respecto una resistencia pasmosa. Verdad que, ¡qué fatiga no resisten ellos!

Sufren todas las intemperies, lo mismo el sol que la lluvia, el calor que el frío, sin que jamás se les oiga una murmuración, una queja. Cuando más tristes parecen, entonan un airecito cualquiera.

Somos una raza privilegiada, sana y sólida, susceptible de todas las enseñanzas útiles y de todos los progresos adaptables á nuestro genio y á nuestra índole.

Sobre este tópico, Santiago amigo, mis opiniones han cambiado mucho desde la época en que con tanto furor discutíamos á tres mil leguas, la unidad de la especie humana y la fatalidad histórica de las razas.

Yo creía entonces que los pueblos greco-latinos no habían venido al mundo para practicar la libertad y enseñarla con sus instituciones, su literatura y sus progresos en las ciencias y en las artes, sino para batallar perpetuamente por ella. Y, si mal no recuerdo, te citaba á la noble España luchando desde el tiempo de los romanos por ser libre de la dominación extranjera unas veces, por darse instituciones libres otras.

Hoy pienso de distinta manera. Creo en la unidad de la especie humana y en la influencia de los malos gobiernos. La política cría y modifica insensiblemente las costumbres, es un resorte poderoso de las acciones de los hombres, prepara y consuma las grandes revoluciones que levantan el edificio con cimientos perdurables ó lo minan por su base. Las fuerzas morales dominan constantemente las físicas y dan la explicación y la clave de los fenómenos sociales.

Terminados los aprestos, anuncié á los que formaban mi comitiva que al día siguiente partiríamos para el Sur por el camino del Cuero, y que no era difícil fuéramos á sujetar el pingo en Leubucó.

Más tarde hice llamar al indio Achauentrú y le comuniqué mi idea.

Manifestóse muy sorprendido de mi resolución, preguntóme si la había transmitido de antemano á Mariano Rosas y pretendió disuadirme, diciéndome que podía sucederme algo, que los indios eran muy buenos, que me querían mucho, pero que cuando se embriagaban no respetaban á nadie.

Le hice mis observaciones, le pinté la necesidad de hablar yo mismo sobre la paz con los caciques y el bien inmenso que podía resultar de darles una muestra de confianza tan clásica como la que les iba á dar.

Sobre todos los pensamientos el que más me dominaba era éste: probarles á los indios con un acto de arrojo, que los cristianos somos más audaces que ellos y más confiados cuando hemos empeñado nuestro honor.

Los indios nos acusan de ser gentes de muy mala fe, y es inacabable el capítulo de cuentos con que pretenden demostrar que vivimos desconfiados de ellos y engañándolos.

Achauentrú es entendido, y comprendió no sólo que mi resolución era irrevocable, que decididamente me iba al día siguiente, sino algunos de los motivos que le expuse.

Entonces me ofreció muchas cartas de recomendación, y como favor especial me pidió, que del Cuero adelantara un chasque avisando mi ida; primero para que no se alarmasen los indios y segundo para que me recibieran como era debido.

Le pedí para el efecto un indio, y me dió uno llamado Angelito, sin tener nada de tal. Positivamente los nombres no son el hombre.

Después de hablar Achauentrú conmigo, fuese á conversar con el padre Marcos y su compañero Fray Moisés Álvarez, joven franciscano, natural de Córdoba, lleno de bellas prendas, que respeto por su carácter y quiero por su buen corazón.

Al rato vinieron todos muy alarmados, diciéndome que los indios todos, lo mismo que los lenguaraces, conceptuaban mi expedición muy atrevida, erizada de inconvenientes y de peligros, y que lo que más atormentaba su imaginación, era lo que sería de ellos si por alguna casualidad me trataban mal en Tierra Adentro ó no me dejaban salir.

Híceles decir—porque quedaban en rehenes,—que no tuvieran cuidado, que si los indios me trataban mal, ellos no serían maltratados; que si me mataban, ellos no serían sacrificados; que sólo en el caso de que no me dejasen volver, ellos no regresarían tampoco á su tierra, quedando en cambio mío, de mis oficiales y soldados. Ellos eran unos ocho, me parece, y los que íbamos á internarnos diecinueve.

Y les pedí encarecidamente á los padres, les hicieran comprender que aquellas ideas eran justas y morales.

Tranquilizáronse; después de muchos meses de estar en negocios conmigo, no habiéndoles engañado jamás ni tratado con disimulo, sino así tal cual Dios me ha hecho; bien unas veces, mal otras, porque mi humor depende de mi estómago y de mis digestiones, habían adquirido una confianza plena en mi palabra.

Cuántas veces no llegaron á mis oídos en el Río 4.º estas palabras, proferidas por los indios en sus conversaciones de pulpería: «Ese coronel Mansilla, bueno, no mintiendo, engañando nunca pobre indio.»

Llegó por fin el día y el momento de partir. El fuerte Sarmiento estaba en revolución. Soldados y mujeres rodeaban mi casa, para darme un adiós, ¡sans adieu! y desearme feliz viaje. Ellas creían quizá interiormente que no volvería. El cariño, la simpatía, el respeto exageran el peligro que corren ó deben correr las personas que no nos son indiferentes. Hay más miedo en la imaginación que en las cosas que deben suceder.

Cuando todos esperaban ver arrimar mis tropillas y las mulas para tomar caballos, aparejar las cargas y que me pusiera en marcha, oyóse un toque de corneta inusitado á esta hora: llamada redoblada.

En el acto cundió la voz—¡los indios!

Y una agitación momentánea era visible en todos los semblantes.

Los soldados corrían con sus armas á las cuadras.

Poco tardó en oirse el toque de tropa, y poco también en estar todas las fuerzas de la guarnición formadas, el batallón 12 de línea montado en sus hermosas mulas, y el 7 de caballería de línea en buenos caballos, con el de tiro correspondiente.

Al mismo tiempo que la tropa había estado aprestándose para formar, los vivanderos recibieron orden de armarse, las mujeres de reconcentrarse al club «El Progreso en la Pampa», que estaban edificando los jefes y oficiales de la guarnición, que tiene su hermoso billar y otras comodidades. Á los indios se les ordenó no se movieran del rancho en que estaban alojados y á los vivanderos, que sirvieran de custodia de unos y otras.

Mientras esto pasaba en el recinto del fuerte, en sus alrededores reinaba también grande animación: las caballadas, el ganado, todo, todo cuanto tenía cuatro patas era sacado de sus comedores habituales y reconcentrado.

Decididamente los indios han invadido por alguna parte, eran las conjeturas. Achauentrú estaba estupefacto, vacilando entre si era una invasión que venía ó una que iba.

Cuando todo estaba listo, mi segundo jefe recibió orden de salir con las fuerzas, de marchar una legua rumbo al Sur y se pasó allí una revista general.

Yo quise antes de marcharme ver en cuánto tiempo se aprestaba la guarnición, fingiendo una alarma y reirme un poco de los indios que tuvieron un rato de verdadera amargura, no sabiendo ni lo que pasaba, ni qué creer.

Y tuve la satisfacción militar de que todo se hiciera con calma y prontitud, sea dicho en elogio de cuantos guarnecían el fuerte Sarmiento en aquel entonces.

¡Que Dios ayude mientras estoy lejos á mis compañeros de armas, esos hermanos de peligro, del sacrificio y de la gloria; lo mismo que deseo te ayude á ti, Santiago amigo, conservándote siempre con un humor placentero, y un estómago como los desea Brillat-Savarin!

IV
Idea á que nos resignamos.—La partida.—Lenguaje de los paisanos.—Qué es una rastrillada.—El público sabe muchas mentiras é ignora muchas verdades.—Qué es un guadal.—El caballo y la mula.—Una despedida militar.—La Laguna Alegre.

Á las cinco de la tarde todo estaba listo, y mi gente recibió orden de entregar sus armas, excepto el sable, que sin vaina debía ser colocado entre las caronas. Mis ayudantes y yo llevábamos revolvers y una escopeta. Por más grande que fuese mi deseo de presentarme ante los indígenas sin aparato, ni ostentación, no pude resolverme á hacerlo completamente desarmado. Podía llegar el caso de tener que perder la vida, y era menester ir preparado á venderla cara. Hay una idea á la que el hombre no se resigna sino cuando es santo,—y es á morir sacrificado con la mansedumbre de un cordero.

Entregadas las armas hice arrimar las tropillas y las mulas; formé cuatro pelotones de la gente, dile á cada uno una tropilla, dejando otra de reserva; mandé ensillar y aparejar, y á la media hora, cuando el sol del último día de marzo se perdía radiante en el lejano horizonte, puse pie en el estribo.

Varios jefes y oficiales habían ensillado para acompañarme hasta cierta distancia.

Salí del fuerte entre las salutaciones cariñosas, y las sonrisas amables expresivas de los soldados, dejando á todos inquietos, particularmente á Achauentrú que, al subir á caballo, vino á darme un abrazo, ó hacerme su retahila de recomendaciones, y á repetirme por la milésima vez, que no dejara de adelantar un chasque anunciando mi ida.

El Camino del Cuero pasa por el mismo fuerte Sarmiento que le ha robado su nombre al antiguo y conocido Paso de las Arganas.

Este camino consiste en una gran rastrillada, y su rumbo es Sudeste, ó lo que en lenguaje comprensivo de los paisanos de Córdoba llamamos Sudabajo.

Ellos tienen un modo peculiar de dominar ciertas cosas y sólo en la práctica se comprende la ventaja de la substitución.

Al Oeste le llaman arriba. Al Este, abajo. Estos dos vocablos substituidos á los vientos cardinales, permiten expresarse con más facilidad y más claridad, en razón de la similitud de las palabras Este y Oeste y de su composición vocal.

Un ejemplo lo demostrará.

Si queriendo ir del punto A al punto B, ó para ser más claro, de la Villa del Río 4.º al fuerte Sarmiento, cortando el campo, se ocurriese á un baqueano por las señas, las daría así:

Miraría al Sur, y haciendo una indicación con la mano derecha diría: se sale en estas dereceras,—Sur, y se camina rumbeando medio abajo; pero muy poco abajo.

Con estas señas, el que tiene la costumbre de andar por los campos, va derecho como un huso á su destino.

Si queriendo ir de la Villa del Río 4.º á las Achiras, en el mes de noviembre, verbigracia, en que el sol se pone inclinándose al Sur, se preguntasen las señas, la contestación sería:

—Salga derecho arriba, medio rumbeando al lado en que se pone el sol y ahí, en aquella punta de sierra, ahí está Achiras.

Con esas señas cualquiera va derecho.

De esta costumbre cordobesa de llamarle abajo al naciente y arriba al poniente, viene la denominación de Provincias de arriba y de abajo; la de arribeños y abajeños.

Á las facilidades que este modo de expresarse ofrece, reune una circunstancia que responde á un hecho geográfico.

Ir de Córdoba para el poniente ó para el naciente es, en efecto, ir para arriba ó para abajo, porque el nivel de la tierra es más elevado que el del mar á medida que se camina del Litoral de nuestra patria para la Cordillera; la tierra se dobla visiblemente, de manera que el que va sube y el que viene baja.

He dicho que el Camino del Cuero consiste en una gran rastrillada, y voy á explicar lo que significa esta palabra, que en buen castellano tiene una significación distinta de la que le damos en la jerga de la tierra.

Si en lugar de estar conversando contigo públicamente lo hiciera en reserva, no me detendría en estos detalles y explicaciones. Todos los que hemos sido público alguna vez sabemos que este monstruo de múltiple cabeza, sabe muchas cosas que debiera ignorar é ignora muchas otras que debiera saber. ¿Quién sabe, por ejemplo, más mentiras que el público?

Pero preguntadle algo sobre las cosas de la tierra, sobre el estado moral y político de nuestros moradores fronterizos de La Rioja ó de Santiago del Estero, y ya veréis lo que sabe.

Preguntadle dónde queda el río Chalileo ó el Cerro Nevado, y ya veréis qué sabe el respetable público sobre las cosas que pueden interesarle mañana, distraído como vive por las cosas de actualidad.

Hasta cierto punto yo le hallo razón. ¿No paga su dinero para que cotidianamente le den noticias de las cinco partes del mundo, le enteren de la política internacional de las naciones, le tengan al cabo de los descubrimientos científicos, de los progresos del vapor, de la electricidad y de la pesca de la ballena?

Pues entonces ¿por qué se ha de afanar tanto?

Una rastrillada, son los surcos paralelos y tortuosos que con sus constantes idas y venidas han dejado los indios en los campos.

Estos surcos, parecidos á la huella que hace una carreta la primera vez que cruza por un terreno virgen, suelen ser profundos y constituyen un verdadero camino ancho y sólido.

En plena Pampa, no hay más caminos. Apartarse de ellos un palmo, salirse de la senda, es muchas veces un peligro real, porque no es difícil que ahí mismo, al lado de la rastrillada haya un guadal en el que se entierren caballo y jinete enteros.

Guadal se llama un terreno blando y movedizo que no habiendo sido pisado con frecuencia, no ha podido solidificarse.

Es una palabra que no está en el diccionario de la lengua castellana, aunque la hemos tomado de nuestros antepasados, y que viene del árabe y significa agua ó río.

La Pampa está llena de estos obstáculos.

¡Cuántas veces en una operación militar, yendo en persecución de los indios, una columna entera no ha desaparecido en medio del ímpetu de la carrera!

¡Cuántas veces un trecho de pocas varas ha sido causa de que jefes muy intrépidos se viesen burlados por el enemigo, en esas Pampas sin fin!

¡Cuántas veces los mismos indios no han perecido bajo el filo del sable de nuestros valientes soldados fronterizos por haber caído en un guadal!

Las Pampas son tan vastas, que los hombres más conocedores de los campos se pierden á veces en ellas.

El caballo de los indios es una especialidad en las Pampas.

Corre por campos guadalosos, cayendo y levantando, y resiste á esa fatiga hercúlea asombrosamente, como que está educado al efecto y acostumbrado á ello.

El guadal suele ser húmedo y suele ser seco, pantanoso y pegajoso, ó simplemente arenoso.

Es necesario que el ojo esté sumamente acostumbrado para conocer el terreno guadaloso. Unas veces el pasto, otras veces el color de la tierra son indicios seguros. Las más el guadal es una emboscada para indios y cristianos.

Los caballos que entran en él, cuando no están acostumbrados, pugnan un instante por salir, y el esfuerzo que hacen es tan grande, que en los días más fríos no tardan en cubrirse de sudor y en caer postrados, sin que haya espuela ni rebenque que los haga levantar. Y llegan á acobardarse tanto, que á veces no hay poder que los haga dar un paso adelante cuando pisan el borde movedizo de la tierra. Y eso que es de todos los cuadrúpedos destinados al servicio del hombre el más valiente. Picado con las espuelas parte como el rayo y salva el mayor precipicio.

¡Cuán diferente de la mula!

Jamás pierde ella su sangre fría.

Ora vaya por los caminos pampeanos ó por las laderas vertiginosas de la Cordillera, el híbrido animal es siempre cauteloso. El caballo se lanza como el rayo; la mula tantea antes de ir adelante. Saca una mano, después otra, y es tan precavida, que en donde puso éstas, pone las patas. Cuando hay peligro no hay que advertirla; á nada obedece, ni á la rienda, ni al rebenque, ni á la espuela. Sólo su instinto de conservación la mueve. Es excusado querer dirigirla. Ella va por donde quiere. Morirá despeñada; pero no ciegamente como el caballo, sino por haberse equivocado.

Estando los campos cubiertos de agua, es más necesario que nunca seguir rectamente la dirección de la rastrillada; porque reblandecida la tierra por la humedad, el peligro del guadal es inminente á cada paso.

Cuando salimos de Sarmiento había llovido mucho. Á una media legua de allí el terreno tiene un doblez y se cae á una cañada muy guadalosa; así fué que allí hice alto, me despedí y separé de los camaradas que me acompañaban, y después de algunas prevenciones generales á los que me seguían tomé la dirección llevando al baqueano á mi izquierda, yendo él por una huella, por otra yo.

¡Con qué pena se despidieron de mí mis leales compañeros! Yo lo leí en sus caras, por más que con afables sonrisas y afectuosos apretones de manos, quisieran disimularlo.

¡Ah! sólo los que somos soldados, sabemos lo que es ver partir á los amigos al peligro en que se cae ó se muere, y quedarnos… ¡Y sólo los que somos soldados, sabemos lo que es ver volver del combate, sanos é ilesos á los hermanos cuya suerte no hemos compartido ese día!

Hay tales misterios en el corazón humano; abismos tan profundos, de amor, de abnegación, de generosidad, que la palabra no conseguirá jamás explicarlos.

Hay que sentir y callar. Por eso una mirada, un abrazo, un ademán con la mano, dicen más que todo cuanto la pluma más hábilmente manejada pueda describir.

La noche nos sorprendió sin haber alcanzado á cruzar la cañada.

La luna salía tarde, el cielo estaba cubierto de nubes, no se veían las estrellas. Durante un largo rato caminamos, pues, en medio de una completa obscuridad, cayendo y levantando, porque en cuanto nos desviábamos de la rastrillada pisábamos el borde del guadal.

Las mulas que llevaban las cargas de charqui y regalos para los caciques daban muchísimo trabajo. Por huir del peligro caían á cada paso en él. Una de ellas llevaba los ornamentos sagrados de mis amigos los franciscanos, y ellos y yo íbamos con el Jesús en la boca, esperando el momento en que gritaran:—Cayó la mula de los padrecitos, que así llaman los paisanos cordobeses á los frailes.

Fué menester ponerles á todas bozal y llevarlas tirando del cabestro.

Perdióse tiempo en esta operación, así fué que era tarde cuando llegamos á la Laguna Alegre.

Estaban las cabalgaduras tan fatigadas de cuatro leguas más ó menos de marcha nocturna por la obscuridad y entre el agua, que resolví hacer una parada esperando que se despejase el cielo ó saliera la luna.

Acampamos… Y el fogón no tardó en brillar, haciéndose una rueda en torno de él, de todos los que me acompañaban.

Entre mate y mate cada cual contó una historia más ó menos soporífera.

En todo pensábamos menos en los indios.

Yo conté la mía, y un cabo Gómez, muerto en la gloriosa guerra del Paraguay, fué el asunto de mi cuento.

Tiene algo de fantástico y maravilloso.

Si estoy de humor mañana y no te vas fastidiando de las digresiones y no te urge llegar á Leubucó, te lo contaré.

V
El fogón.—Calixto Oyarzábal.—El cabo Gómez.—De qué fué á la guerra del Paraguay.—Por qué lo hicieron soldado de línea.—José Ignacio Garmendia y Maximio Alcorta.—Predisposiciones mías en favor de Gómez.—Su conducta en el batallón 12 de línea.—Primera entrevista con él.—Su figura en el asalto de Curupaití.—La lista después del combate.—El cabo Gómez.

El fogón es la delicia del pobre soldado, después la fatiga. Alrededor de sus resplandores desaparecen las jerarquías militares. Jefes superiores y oficiales subalternos, conversan fraternalmente y ríen á sus anchas. Y hasta los asistentes que cocinan el puchero y el asado, y los que ceban el mate, meten, de vez en cuando, su cucharada en la charla general, apoyando ó contradiciendo á sus jefes y oficiales, diciendo alguna agudeza ó alguna patochada.

Cuando Calixto Oyarzábal, mi asistente, dejó la palabra, con sentimiento de los que le escuchaban, pues es un pillo de siete suelas, capaz de hacer reir á carcajadas á un inglés, pidiéronme mis circunstantes mi cuentito.

Yo estaba de buen humor, así fué que después de dirigirle algunas bromas á Calixto, que con su aire de zonzo estudiado, ha hecho ya una revolución en las Provincias, para que veas lo que es el país, tomo á mi turno la palabra.

Y este cuento me permitirás que se lo dedique á un mi amigo, que ha hecho la guerra en el Paraguay como oficial de un batallón de Guardia nacional.

Se llama Eduardo Dimet, y como le quiero, me permitirás no te haga la pintura de su carácter y cualidades; porque los colores de la paleta del cariño son siempre lisonjeros y sospechosos.

Voy á mi cuento.

El cabo Gómez, era un correntino que se quedó en Buenos Aires cuando la primera invasión de Urquiza que dió en tierra con la dictadura de Rosas.

Tendría Gómez así como unos treinta y cinco años; era alto, fornido, y columpiábase con cierta gracia al caminar: su tez era entre blanca y amarilla, tenía ese tinte peculiar á las razas tropicales; hablaba con la tonada guaranítica, mezclando como es costumbre entre los correntinos y entre los paraguayos vulgares, la segunda y la tercera persona; en una palabra, era un tipo varonil simpático.

Marchó Gómez á la guerra del Paraguay, en el 1.er batallón del 1.er Regimiento de G. N. que salió de Buenos Aires bajo las órdenes del comandante Cobo si mal no recuerdo, y perteneció á la compañía de granaderos.

El capitán de ésta era otro amigo mío, José Ignacio Garmendia, que después de haber hecho con distinción toda la campaña del Paraguay, anda ahora por Entre Ríos al mando de un batallón.

Un día leíase en la Orden General del 2.º Cuerpo de Ejército del Paraguay, á que yo pertenecía: «Destínase por insubordinación, por el término de cuatro años, á un cuerpo de línea al soldado de G. N. Manuel Gómez.»

Más tarde presentóse un oficial en el reducto que yo mandaba—que lo guarnecía el batallón 12 de línea, creado y disciplinado por mí, con esta orden: «Vengo á entregar á usted una alta personal.»

Llamé un ayudante y la alta personal fué recibida y conducida á la Guardia de Prevención.

Luego que me desocupé de ciertos quehaceres, hice traer á mi presencia al nuevo destinado para conocerle é interrogarle sobre su falta, amonestarle, cartabonearle y ver á qué compañía había de ir.

Era Gómez, y por su talla esbelta fué á la compañía de granaderos.

José Ignacio Garmendia comía frecuentemente conmigo en el Paraguay, así era que después de la lista de tarde casi siempre se le hallaba en mi reducto, junto con otro amigo muy querido de él y mío, Maximio Alcorta, aunque este excelente camarada, que lo mismo se apasiona del sexo hermoso que feo, tiene el raro y desgraciado talento de recomendar de vez en cuando á las personas que más estima: unos tipos que no tardan en mostrar sus malas mañas.

¡Cosas de Maximio Alcorta!

La misma tarde que destinaron á Gómez, Garmendia comió conmigo.

Durante la charla de la mesa—ya que en campaña á un tronco de yatay se llama así,—me dijo que Gómez había sido cabo de su compañía; que era un buen hombre, de carácter humilde, subordinado, y que su falta era efecto de una borrachera.

Me añadió que cuando Gómez se embriagaba perdía la cabeza, hasta el extremo de ponerse frenético si le contradecían, y que en ese estado lo mejor era tratarlo con dulzura, que así lo había hecho él, siempre con el mejor éxito.

En una palabra, Garmendia me lo recomendó con esa vehemencia propia de los corazones calientes, que así es el suyo, y por eso cuantos le tratan con intimidad le quieren.

La varonil figura de Gómez y las recomendaciones de Garmendia predispusieron desde luego mi ánimo en favor del nuevo destinado.

Á mi turno, pues, se lo recomendé al capitán de la compañía de granaderos, diciéndole todo lo que me había prevenido Garmendia.

El tiempo corrió…

Gómez cumplía estrictamente sus obligaciones; circunspecto y callado, con nadie se metía, á nadie incomodaba. Los oficiales le estimaban y los soldados le respetaban por su porte. De vez en cuando le buscaban para tirarle la lengua y arrancarle tal cual agudeza correntina.

En ese tiempo yo era mayor y jefe interino del batallón 12 de línea. Todos los sábados pasaba personalmente una revista general.

Me parece que lo estoy viendo á Gómez en las filas cuadrado á plomo, inmóvil como una estatua, serio, melancólico, con su fusil reluciente, con su correaje lustroso, con su equipo tan aseado que daba gusto.

Gómez no tardó en volver á ser cabo.

Habrían pasado cinco meses.

Un día, paseábame yo á lo largo de la sombra que proyectaba mi alojamiento, que era una hermosa carreta.

Esto era en el célebre campamento de Tuyutí allá por el mes de agosto.

En qué pensaba, cómo saberlo ahora. Pensaría en lo que amaba ó en la gloria, que son los dos grandes pensamientos que dominan al soldado. Recuerdo tan sólo que en una de las vueltas que di, una voz conocida me sacó de la abstracción en que estaba sumergido.

Di media vuelta, y como á unos seis pasos á retaguardia, vi al cabo Gómez, cuadrado, haciendo la venia militar, doblándose para adelante, para atrás, á derecha é izquierda así como amenazando perder su centro de gravedad.

Sus ojos brillaban con un fuego que no les había visto jamás.

En el acto conocí que estaba ebrio.

Era la primera vez desde que había entrado en el batallón.

Por cariño y por las prevenciones que me había hecho Garmendia, le dirigí la palabra así.

—¿Qué quiere, amigo?

—Aquí te vengo á ver, ché Comandante, pa que me des licencia usted.

—¿Y para qué quieres licencia?

—Para ir á Itapirú á visitar una hermanita que me vino de la Esquina.

—Pero hijo, si no estás bueno de la cabeza.

—No, ché Comandante, no tengo nada.

—Bien, entonces, dentro de un rato, te daré la licencia, ¿no te parece?

—Sí, sí.

Y esto diciendo, y haciendo un gran esfuerzo para dar militarmente la media vuelta y hacer como era debido la venia, Gómez giró sobre los talones y se retiró.

Pasó ese día, ó mejor dicho llegó la tarde, y junto con ella Garmendia.

Contéle que Gómez se había embriagado por primera vez, y me dijo que debía haberlo hecho para perder el miedo de hablar con el jefe, que cuando estaba en su batallón así solía hacer algunas veces.

Como él y yo nos interesábamos en el hombre, sobre tablas entramos á averiguar cuánto tiempo hacía que estaba ebrio cuando habló conmigo.

Llamé al capitán de granaderos, le hicimos varias preguntas y de ellas resultó exactamente lo que me acababa de decir Garmendia—que Gómez había tomado para atreverse á llegar hasta mí.

Empezando por el sargento 1.º de su compañía y acabando por el capitán, á todos los que debía, les había pedido la venia para hablar conmigo, estando en perfecto estado; de lo contrario, no se la habrían concedido.

Al otro día de este incidente, Gómez estaba ya bueno de la cabeza. Iba á llamarlo, mas entraba de guardia, según vi al formar la parada, y no quise hacerlo.

Terminado su servicio, le llamé, y recordándole que tres días antes me había pedido una licencia, le pregunté si ya no la quería.

Su contestación fué callarse y ponerse rojo de vergüenza.

—¿Por cuántos días quiere usted licencia, cabo?

—Por dos días, mi Comandante.

—Está bien; vaya usted, y pasado mañana, al toque de asamblea, está usted aquí.

—Está bien, mi Comandante.

Y esto diciendo, saludó respetuosamente, y más tarde se puso en marcha para Itapirú, y á los dos días, cuando tocaban asamblea, la alegre asamblea, el cabo Gómez entraba en el reducto, de regreso de visitar á su hermana, bastante picado de aguardiente, cargado de tortas, queso y cigarros que no tardó en repartir con sus hermanos de armas.

Yo también tuve mi parte, tocándome un excelente queso de Goya, que me mandaba su hermana, á quien no conocía.

¡En el mundo no hay nada más bueno, más puro, más generoso que un soldado!

El tiempo siguió corriendo.

Marchamos de los campos de Tuyutí á los de Curuzú para dar el famoso asalto de Curupaití.

Llegó el memorable día, y tarde ya, mi batallón recibió orden de avanzar sobre las trincheras.

Se cumplió con lo ordenado.

Aquello era un infierno de fuego. El que no caía muerto, caía herido y el que sobrevivía á sus compañeros contaba por minutos la vida. De todas partes llovían balas. Y lo que completaba la grandeza de aquel cuadro solemne y terrible de sangre, era que estábamos como envueltos en un trueno prolongado, porque las detonaciones del cañón no cesaban.

Á los cinco minutos de estar mi batallón en el fuego sus pérdidas eran ya serias—muchos muertos y heridos yacían envueltos en su sangre, intrépidamente derramada por la bandera de la patria.

Recorriendo de un extremo á otro hallé al cabo Gómez, herido en una rodilla, pero haciendo fuego hincado.

—Retírese, cabo, le dije.

—No, mi Comandante—me contestó,—todavía estoy bueno, y siguió cargando su fusil y yo mi camino.

Al regresar de la extrema derecha del batallón á la izquierda, volví á pasar por donde estaba Gómez.

Ya no hacía fuego hincado, sino echado de barriga, porque acababa de recibir otro balazo en la otra pierna.

—Pero cabo, retírese, hombre, se lo ordeno, le dije.

—Cuando usted se retire, mi Comandante, me retiraré,—repuso, y echando un voto, agregó:—¡paraguayos, ahora verán!

Y ebrio con el olor de la pólvora y de la sangre, hacía fuego y cargaba su fusil con la rapidez del rayo como si estuviese ileso.

Aquel hombre era bravo y sereno como un león.

Ordené á algunos heridos leves que se retiraban que le sacaran de allí, y seguí para la izquierda.

El asalto se prolongaba…

Yendo yo con una orden recibí un casco de metralla en un hombro, y no volví al fuego de la trinchera.

Pocos minutos después, el ejército se retiraba salpicado con la sangre de sus héroes, pero cubierto de gloria.

Para pasar el parte, fué menester averiguar la suerte que le había cabido á cada uno de los compañeros.

Esta ceremonia militar es una de las más tristes.

Es una revista en la que los vivos contestan por los muertos, los sanos por los heridos.

¿Quién no ha sentido oprimirse su pecho después de un combate, durante ese acto solemne?

—¡Juan Paredes!

—¡Presente!

—¡Pedro Torres!

—¡Herido!…

—¡Luis Corro!…

—¡Muerto!…

¡Ah! ese «¡muerto!» hace un efecto que es necesario sentirlo para comprender toda su amargura.

Según la revista que se pasó en el 12 de línea por el teniente 1.º D. Juan Pencienati, que fué el oficial más caracterizado que regresó sano y salvo del asalto de Curupaití, y según otras averiguaciones que se tomaron, conforme á la práctica, resultó que el cabo Gómez había muerto y por muerto se le dió.

En la visita que se mandó pasar á los hospitales de sangre, no se halló al cabo Gómez.

Para mí no cabía duda, de que Gómez si no había muerto, había caído prisionero herido.

Los soldados decían:—No señor, el cabo Gómez ha muerto. Nosotros lo hemos visto echado boca abajo al retirarnos de la trinchera con la bandera.

Yo sentía la muerte de todos mis soldados como se siente la separación eterna de objetos queridos.

Pero, lo confieso, sobre todos los soldados que sucumbieron en esa jornada de recuerdo imperecedero, el que más echaba de menos era el cabo Gómez.

La actitud de ese hombre obscuro, tendido de barriga, herido en las dos piernas y haciendo fuego con el ardor sagrado del guerrero, estaba impresa en mí con indelebles caracteres.

Esta visión no se borrará jamás de mi memoria. Perderé el recuerdo de ella cuando los años me hayan hecho olvidar todo.

Y por hoy termino aquí; y mañana proseguiré mi cuento.

Hoy te he narrado sencillamente la muerte de un vivo, mañana te contaré la vida de un muerto.

Si lo de hoy te ha interesado, lo de mañana también te interesará.

Á los del fogón que me escucharon les sucedió así.

 

VI
Regreso de Curupaití.—Resurrección del cabo Gómez.—Cómo se salvó.—Sencillo relato.—Posibilidad de que un pensamiento se realice.—Dos escuelas filosóficas.—Un asesinato que nadie había visto.—Sospechas.

El ejército volvió á ocupar sus posiciones de Tuyutí; mi batallón su antiguo reducto.

Durante algún tiempo fué pan de cada día conversar del asalto de Curupaití, ora para hacer su crítica, ora para recordar los héroes que cayeron mortalmente heridos aquel día de luto.

La sucesión del tiempo, nuevos combates, otros peligros iban haciendo olvidar las nobles víctimas.

Sólo persistían en el espíritu el recuerdo de los predilectos—de esos predilectos del corazón, cuya imagen querida no desvanecen ni el dolor ni la alegría.

De cuando en cuando, los hospitales de Itapirú, de Corrientes y de Buenos Aires, nos remitían pelotones de valientes curados de sus gloriosas y mortales heridas.

La humanidad y la ciencia hacían en esa época de lucha diaria y cruenta verdaderos milagros.

¡Cuántos que salieron horriblemente mutilados del campo de batalla, no volvieron á los pocos días á empuñar con mano vigorosa el acero vengador!

Los que mandaban cuerpos, enviaban de tiempo en tiempo oficiales de confianza á revisar los hospitales, tomar buena nota de sus enfermos ó heridos respectivos y socorrerlos en cuanto cabía.

Yo tenía frecuentes noticias de los hospitales de Itapirú y de Corrientes. Los enfermos seguían bien. Día á día esperaba algunas altas.

Pensaba en esto quizá cierta mañana, paseándome, según mi costumbre, por el parapeto de la batería, cuyos cañones tenían constantemente dirigidas sus elocuentes y fatídicas bocas al montecito de Yataytí-Corá, cuando un ayudante vino á anunciarme:

—Señor, una alta del hospital.

Su fisonomía traicionaba una sorpresa.

—¿Y quién, hombre?

—Un muerto.

—¿Cuál de ellos?

—El cabo Gómez.

Al oirle salté impaciente y alegre del parapeto á la explanada, corriendo en dirección al rancho de la Mayoría.

La noticia de la aparición del cabo Gómez ya había cundido por las cuadras.

Cuando llegué á la puerta de la Mayoría, un grupo de curiosos la obstruía.

Me abrieron paso y entré.

El cabo Gómez estaba de pie, apoyado en su fusil, y llevaba la mochila terciada. Sus vestiduras estaban destrozadas, su rostro pálido, habíase adelgazado mucho y costaba reconocerle.

Realmente, parecía un resucitado.

Le di un abrazo, y ordené en el acto que prepararan un baile para celebrar esa noche la resurrección de un compañero y el regreso del primer herido.

El batallón era un barullo. Todos querían ver á un tiempo al cabo; los unos le hacían señas con la cabeza, los otros con las manos, los que no podían verle bien, se trepaban sobre el moginete de los ranchos; nadie se atrevía á dirigirle la palabra interrumpiéndome á mí.

—¿Y cómo te ha ido, hombre?

—Bien, mi Comandante.

—¿Dónde está la alta?—pregunté al oficial encargado de la Mayoría.

Diómela, y notando que era de un hospital brasileño, me dirigí al cabo.

—¿Qué, has estado en un hospital brasileño?

—Sí, mi Comandante.

—¿Y cómo te salvaste de Curupaití? Cuando yo te ordené salieras de la trinchera ya estabas herido de las dos piernas, no te podías mover.

—Mi Comandante, cuando los demás se retiraron con la bandera, viendo yo que nadie me recogía, porque no me oían ó no me veían, me arrastré como pude, y me escondí en unas pajas á ver si en la noche me podía escapar.

—¿Y cómo te escapaste?

—Cuando los nuestros se retiraron, los paraguayos salieron de la trinchera y comenzaron á desnudar los heridos y los muertos. Yo estaba vivo, pero muy mal herido, y como vi que mataban á algunos que estaban penando, me acabé de hacer el muerto á ver si me dejaban. No me tocaron, anduvieron dando vueltas cerca de mí y no me vieron. Lo que la noche se puso obscura, hice fuerza para levantarme y me levanté y caminé agarrándome del fusil, que es este mismo, mi Comandante.

Un silencio profundo reinaba en aquel momento. Todos contenían hasta la respiración, para no perder una palabra de las del cabo.

—¿Y por dónde saliste?

—Esa noche no pude salir, porque no era baqueano, y me perdí varias veces, y me costaba mucho caminar; porque me dolían los balazos. Pero así que vino la mañanita, ya supe dónde debía de ir, porque oí la diana de los brasileños. Seguí el rumbo y el humo de un vapor, y salí á Curuzú. Allí había muchos heridos, que estaban embarcando; á mí me embarcaron con ellos y me llevaron á Corrientes, y allí he estado en el hospital, y ya estoy muy mejor, mi Comandante, y me he venido porque ya no podía aguantar las ganas de ver el batallón.

—¡Viva el cabo Gómez, muchachos!—grité yo.

—¡Viva!—contestaron los muy bribones, que nunca son más felices que cuando se les incita al desorden y se les deja en libertad de retozar.

Y se lo llevaron al cabo Gómez en triunfo, dándole mil bromas, y siendo su venida inesperada un motivo de general animación y contento durante muchas horas.

Estas escenas de la vida militar, aunque frecuentes, son indescribibles.

Garmendia vino esa tarde á compartir mi pucherete, mi asado flaco y mi fariña, sabiendo ya por uno de sus asistentes, que el cabo Gómez había resucitado.

Garmendia tiene fibras de soldado y estaba infantilmente alegre del suceso; así fué que la primera cosa que me dijo al verme, fué:

—Conque el cabo Gómez no había muerto en Curupaití, ¡cuánto me alegro!—¿Y dónde está, llámelo, vamos á preguntarle cómo se escapó?

Contéle entonces todo lo que acababa de referirme el cabo; pero como se empeñase en verle la cara, le hice venir.

Interrogado por Garmendia, repitió lo que ya sabemos, con algunos agregados, como por ejemplo, que la noche que estuvo oculto, él mismo se ligó las heridas, haciendo hilas y vendas de la ropa de un muerto.

Contónos también que estaba muy triste y avergonzado, porque en los primeros momentos del fuego, el día de Curupaití, el alférez Guevara le había pegado un bofetón, creyendo que estaba asustado, y diciéndole:—¡eh! haga fuego, déjese de mirar el oído del fusil.

Que él no había estado asustado ese día, que cuando el Alférez le pegó, estaba limpiando la chimenea de su arma, que sólo se asustó un poco cuando los paraguayos salieron de sus posiciones, desnudando y matando, porque no tenía fuerzas para defenderse, y le dió miedo que lo ultimaran sin poder hacerles cara.

Y todo esto era dicho con una ingenuidad que cautivaba, dando la medida del temple de ese corazón de acero.

Garmendia gozaba como en el día de sus primeras revelaciones. Yo me sentía orgulloso de contar en mis filas un nene como aquél.

Confieso que le amaba.

Esa misma noche, y con motivo de las interminables preguntas de Garmendia, supe que Gómez había padecido en otro tiempo de alucinaciones.

Explicónos en su media lengua, lo mejor que pudo, que en Buenos Aires, siendo más joven, había tenido una querida. Que esta mujer le había sido infiel y que había estado preso por una puñalada que le diera.

Al recordarla, una especie de celaje sombrío envolvió su rostro, al mismo tiempo que cierta sonrisa tierna vagó por sus labios.

La curiosidad aumentaba el interés de ese tipo, crudo, enérgico y fuerte, tan común en nuestro país.

Inquiriendo las causas que armaron el brazo de este Otelo correntino, sacamos en limpio que su querida no había faltado á los compromisos contraídos ó á la fe jurada.

Que en sueños, mientras dormían juntos, la había visto en brazos de un rival, que él aborrecía mucho; que cuando se despertó, el hombre no estaba allí, pero él lo veía patente; que lo hirió en el corazón, y que, á un grito de su querida, volvió en sí, despertándose del todo, y viendo entonces que estaban los dos solos y que su cuchillo se había clavado en el pecho de su bien amada.

Este relato debe conservarse indeleble en la memoria de Garmendia; porque esa noche después, me dijo varias veces que si no pensaba escribir aquello.

Yo entonces tenía mi espíritu en otra línea de tendencias y no lo hice nunca.

Á no ser mi excursión á Tierra Adentro, la historia de Gómez queda inédita, en el archivo de mis recuerdos.

Creerán algunos que á medida que corre la pluma voy fraguando cosas imaginarias, por llenar papel y aumentar el efecto artificial de estas mal zurcidas cartas.

Y sin embargo todo es cierto.

Los abismos entre el mundo real y el mundo imaginario no son tan profundos.

La visión puede convertirse en una amable ó en una espantosa realidad.

Las ideas son precursoras de hechos.

Hay más posibilidad de que lo que yo pienso sea, que seguridad de que un acontecimiento cualquiera se repita.

Las viejas escuelas filosóficas discurrían al revés.

El pasado no prueba nada. Puede servir de ejemplo, de enseñanza no.

Pero me echo por esos trigales de la pedantería y temo perderme en ellos.

Gómez nos hizo pasar una noche amena.

Al día siguiente otras impresiones sirvieron de pasto á la conversación; sin duda alguna que nada hay tan fecundo para la cabeza y para el corazón como dos ejércitos que se acechan, que se tirotean y se cañonean desde que sale el sol hasta que se pone.

Gómez dejó de ocupar por algún tiempo la atención de Garmendia y la mía.

¡Qué persistencia de personalidad!

Una mañana regresando á caballo á mi reducto, pasé como de costumbre por el campamento del viejo querido Mateo J. Martínez.

Jamás lo hacía sin recibir ó dar alguna broma.

Este viejo en prospecto, para que no se enfade, si desconoce su actualidad, tiene la facilidad difícil de hacerse querer de cuantos le tratan con intimidad.

Iba á decir, que al pasar por el alojamiento de don Mateo, supe por él que en mi batallón había tenido lugar un suceso desagradable.

—¿Usted paseando, amigo, y en su reducto matando vivanderos?

—¡No embrome, viejo!

—¿Que no embrome? Vaya y verá.

Piqué el caballo y lleno de ansiedad y confusión partí al galope, llegando en un momento á mi reducto.

No tuve necesidad de interrogar á nadie.

Un hombre maniatado que rugía como una fiera en la guardia de prevención me descorrió el velo de misterio.

—¡Desaten ese hombre!—grité con inexplicable mezcla de coraje y tristeza.

Y en el acto el hombre fué desatado, y los rugidos cesaron, oyéndose sólo:

—Quiero hablar con mi Comandante.

Vino el Comandante de campo, y en dos palabras me explicó lo acontecido.

—¡Han asesinado á un vivandero que estaba de visita en el rancho del alférez Guevara!

—¿Quién?

—El cabo Gómez.

—¿Y quién lo ha visto?

—Nadie, señor; pero se sospecha sea él, porque está ebrio, y murmura entre dientes:—Había jurado matarlo, ¡un bofetón á mí!…

¡Me quedé aterrado!

Pasé el parte sin mentar á Gómez.

Y aquí termino hoy.

Lo que no tiene interés en sí mismo, puede llegar á picar la curiosidad del amigo y de los lectores, según el método que se siga al hacer la relación.

El cabo Gómez queda preso.

VII
Presentimientos de la multitud.—Un asesino sin saberlo.—Deseos de salvarle.—Averiguaciones.—Un fiscal confuso.—Juicios contradictorios.—Agustín Mariño, auditor del Ejército Argentino.—Consejo de Guerra.—Dudas.—Sentencia del cabo Gómez.—Se confirma la pena de muerte.—Preparativos.—La ejecución.—Una aparición.

Un hombre había sido asesinado en pleno día durante la luz meridiana, en un recinto estrecho, de cien varas cuadradas, en medio de cuatrocientos seres humanos con ojos y oídos; el cadáver estaba ahí encharcado en su sangre humeante, sin que nadie le hubiera tocado aún cuando yo penetré en el reducto,—y nadie, nadie, absolutamente nadie, podía decir, apoyándose en el testamento inequívoco de sus sentidos, el asesino es fulano.

Y sin embargo, todo el mundo tenía el presentimiento de que había sido el cabo Gómez y algunos lo afirmaban, sin atreverse á jurar que lo fuera.

¡Qué extraño y profético instinto el de las multitudes!

Inmediatamente que pasé el parte, que se redujo á dar cuenta del hecho y á pedir permiso para levantar una sumaria, traté de averiguar lo acontecido.

Cuando vino la contestación correspondiente, yo estaba convencido ya de que el asesino era el cabo Gómez.

El hombre que viendo al extranjero amenazar su tierra marcha cantando á las fronteras de su patria; que cruza ríos y montañas, que no le detienen murallas ni cañones, que todo lo sacrifica, tiempo, voluntad, afecciones, y hasta la misma vida, que si se le grita ¡arriba! se levanta, ¡adelante! marcha, ¡muere ahí! ahí muere, en el momento quizá más dulce de la existencia, cuando acaba de recibir tiernas cartas de su madre y de su prometida, que esperanzadas en la bondad inmensa de Dios, le hablan del pronto regreso al hogar, ¿ese hombre no merece que en un instante solemne de la vida se haga algo por él?

Eso hice yo. Y para que no me quedase la menor duda de que el asesino era el indicado, le hice comparecer ante mí, é interrogándole con esa autoridad paternal y despótica del jefe, me hice la ilusión de arrancarle sin dificultad el terrible secreto.

El cabo estaba aún bajo la influencia deletérea del alcohol; pero bastante fresco para contestar con precisión á todas mis preguntas.

—Gómez—le dije afectuosamente,—quiero salvarte; pero para conseguirlo necesito saber si eres tú el que ha muerto al hombre ese que estaba de visita en el rancho del alférez Guevara.

El cabo no respondió, clavándose sus ojos en los míos y haciendo un gesto de ésos que dicen—dejadme meditar y recordar.

Dile tiempo, y cuando me pareció que el recuerdo le asaltaba, proseguí:

—Vamos, hijo, díme la verdad.

—Mi Comandante—repuso con el aire y el tono de la más perfecta ingenuidad,—yo no he muerto ese hombre.

—Cabo—agregué, fingiendo enojo,—¿por qué me engañas? ¿á mí me mientes?

—No, mi Comandante.

—Júralo, por Dios.

—Lo juro, mi Comandante.

Esta escena pasaba lejos de todo testigo. La última contestación del cabo me dejó sin réplica y caí en meditación, apoyando mi nublada frente en la mano izquierda como pidiéndole una idea.

No se me ocurrió nada.

Le ordené al cabo que se retirara.

Hizo la venia, dió media vuelta y salió de mi presencia, sin haber cambiado el gesto que hizo cuando le dirigí mi primera pregunta.

Á pocos pasos de allí le esperaban dos custodias que le volvieron á la guardia de prevención.

Yo llamé á un ayudante y dicté una orden para que el alférez don Juan Álvarez Ríos procediese sin dilación á levantar la sumaria debida.

Álvarez era el fiscal menos aparente para descubrir ó probar lo acaecido; por eso me fijé en él. No porque fuera negado, al contrario, sino porque es uno de esos hombres de imaginación impresionable, inclinados á creer en todo lo que reviste caracteres extraordinarios ó maravillosos.

Á pesar del juramento del cabo, yo tenía mis dudas, y estaba resuelto á salvarle, aunque resultasen vehementes indicios contra él de lo que Álvarez inquiriese.

Volví, pues, á tomar nuevas averiguaciones con el doble objeto de saber la verdad y de mistificar la imaginación de Álvarez, previniendo mañosamente el ánimo de algunos.

Por su parte, Álvarez se puso en el acto en juego, no habiéndoselas visto jamás más gordas.

Empezó por el reconocimiento médico del cadáver, registro, etc., y luego que se llenaron las primeras formalidades, vino á mí para hacerme saber que en los bolsillos del muerto se había hallado algún dinero, creo que sesenta pesos, y consultarme qué haría con ellos.

Díjele lo que debía hacer, y así como quien no quiere la cosa, agregué: ¿No le decía á usted que Gómez no podía ser el asesino? Se habría robado el dinero.

Esta vulgaridad surtió todo el efecto deseado, porque Álvarez me contestó: Eso es lo que yo digo, aquí hay algo.

Más tarde volvió á decirme que se había encontrado un cuchillo ensangrentado cerca del lugar del crimen; pero que habiendo muchos iguales no se podía saber si era el del cabo Gómez ó no; que después lo sabría y me lo diría, porque era claro que si Gómez tenía el suyo, el asesino no podía ser él.

Aunque era cierto que la desaparición del cuchillo de Gómez podría probar algo, también podría no probar nada. Era, sin embargo, mejor que resultase que el cabo tenía el suyo.

Otro cabo, Irrizábal, hombre de toda mi confianza, que había sido mi asistente mucho tiempo, fué de quien me valí para saber si Gómez tenía ó no su cuchillo.

Irrizábal estaba de guardia, de manera que no tardé en salir de mi curiosidad.

Gómez tenía su cuchillo, y en la cintura nada menos.

Quedéme perplejo al saberlo.

Voy á pasar por alto una infinidad de detalles. Sería cosa de nunca acabar.

Álvarez siguió fiscalizando los hechos, enredándose más á medida que tomaba nuevas declaraciones; lo que sobre todo acabó de hacerle perder su latín, fué la declaración de Gómez,—que negó rotundamente haber asesinado á nadie.

Unas cuantas manchas de sangre que tenía en la manga de la camisa, cerca del puño, dijo que debían ser de la carneada.

Efectivamente, esa mañana había estado en el matadero del ejército, con un pelotón de su compañía que salió de fajina.

Y para mayor confusión, resulta que se había dado un pequeño tajo en el pulgar de la mano izquierda, con el cuchillo de otro soldado.

No obstante, la conciencia del batallón—sin que nadie hubiese afirmado terminantemente cosa alguna contra Gómez,—seguía siendo la conciencia del primer momento; Gómez es el asesino.

Al fin, acabó por haber dos partidos—uno de los oficiales y de los soldados más letrados,—otro de los menos avisados, que era el partido de la gran mayoría.

La minoría sostenía que Gómez no era el asesino del vivandero, y hasta llegó á susurrarse que éste y el alférez Guevara habían tenido una disputa muy acalorada, insinuando otros con malicia que Guevara le había dado mucho dinero.

Álvarez estaba desesperado de tanta versión y opinión contradictoria, y sobre todo, lo que más le trabucaba era la opinión mía, favorable en todas las emergencias que sobrevenían á la causa de Gómez.

Los oficiales más diablos le tenían aterrado, zumbándole al oído que sería severamente castigado si nada probaba, y con mucha más razón si sin pruebas ponía una vista contra Gómez.

El pobre Alférez iba y venía en busca de mi inspiración, y salía siempre cabizbajo con esta reflexión mía:

¡Cuántas veces no pagan justos por pecadores!

Como era natural, la sumaria no tardó en estar lista. En campaña el término es limitadísimo para estos procedimientos.

Fué elevada, y sobre la marcha se ordenó que el cabo Gómez fuera juzgado en Consejo de Guerra ordinario.

El Auditor del Ejército, joven español lleno de corazón y de talento, que sirvió como un bravo, que luchó como un hombre templado á la antigua, contra el cólera dos veces, contra la fiebre intermitente, contra todas las demás plagas del Paraguay, y que ha muerto en el olvido, que así suele pagar la patria la abnegación, era mi particular amigo; yo le había colocado al lado del General Emilio Mitre cuando dejé de ser su secretario militar.

Por él supe lo que contenía la causa de Gómez—que Álvarez, á pesar de su notoria inhabilidad, algo había descubierto, que arrojaba sospechas de que Gómez era el verdadero autor del crimen.

Nombrado el Consejo, y prevenido yo por Mariño, procuré con el mayor empeño hacer atmósfera en pro de mi protegido, viendo á los vocales, conversándoles del suceso y diciéndoles qué clase de hombre era el acusado, sus servicios, su valor heroico y el amor que por esas razones le tenía.

Reunióse el Consejo el día y hora indicados, y Gómez fué llevado ante él, con todas las formalidades y aparato militar, que son imponentes.

La opinión del batallón se había hecho mientras tanto unánime contra Gómez. Sólo había disputas sobre su suerte. Los unos creían que sería fusilado; los otros que no, que sería recargado, porque el General en Jefe, en presencia de sus méritos y servicios, que ya haría constar, le conmutaría la pena, dado el caso que el Consejo le sentenciara á muerte.

Yo era el único que no tenía opinión fija.

Parecíame á veces que Gómez era el asesino, otras dudaba, y lo único que sabía positivamente era que no omitiría esfuerzo por salvarle la vida.

Á fin de no perder tiempo, asistí como espectador al juicio, mas viendo que el ánimo de algunos era contrario á mi ahijado, me disgusté sobremanera y me volví á mi campo sumamente contrariado.

Se leyó la causa, y cuando llegó el momento de votar, el Consejo se encontró atado. En conciencia, ninguno de los vocales se atrevía á fallar condenando ó absolviendo.

Entonces, guiado el Consejo por un sentimiento de rectitud y de justicia, hizo una cosa indebida.

Remitieron los autos y resolvieron esperar. Y volviendo éstos sin tardanza, el Consejo Ordinario se convirtió en Consejo de Guerra verbal, teniendo el acusado que contestar á una porción de preguntas sugestivas, cuyo resultado fué la condenación del cabo.

Los que presenciaron el interrogatorio me dijeron que el valiente de Curupaití no desmintió un minuto siquiera su serenidad, que á todas las preguntas contestó con aplomo.

Antes de que el cabo estuviera de regreso del Consejo, ya sabía yo cuál había sido su suerte en él.

Púseme en movimiento, pero fué en vano. Nada conseguí. El superior firmó la sentencia del Consejo y al día siguiente, en la Orden General del Ejército, salió la orden terrible mandando que Gómez fuera pasado por las armas al frente de su batallón, con todas las formalidades de estilo.

No había que discutir ni que pensar en otra cosa, sino en los últimos momentos de aquel valiente infortunado.

¡La clemencia es caprichosa!

Los preparativos consistieron en ponerle en capilla y en hacer llamar al confesor.

Todos habían acusado á Gómez y todos sentían su muerte.

El cabo oyó leer su sentencia sin pestañear, cayendo después en una especie de letargo. Yo me acerqué varias veces á la carpa en que se le había confinado, hablé en voz alta con el centinela y no conseguí que levantara la cabeza.

El confesor llegó; era el padre Lima.

Gómez era cristiano y le recibió con esa resignación consoladora, que en la hora angustiosa de la muerte da valor.

El padre estuvo un largo rato con el reo, y dejándole otro solo, como para que replegase su alma sobre sí misma, vino donde yo estaba encantado de la grandeza de aquel humilde soldado.

Quise preguntarle si le había confesado algo del crimen que se le imputaba, y me detuve ante esa interrogación tremenda, por un movimiento propio y una admonición discreta del sacerdote, que sin duda conoció mi intención y me dijo: «queda preparándose».

Yo pasé la noche en vela junto con el padre. Él por sus deberes, y yo por mi dolor, que era intenso, verdadero, imponderable, no podíamos dormir.

Quería y no quería hablar por última vez con el cabo.

Me decidí á hacerlo.

¡Pobre Gómez! Cuando me vió entrar agachándome en la carpa, intentó incorporarse y saludarme militarmente. Era imposible por la estrechez.

—No te muevas, hijo,—le dije.

Permaneció inmóvil.

—Mi Comandante—murmuró.

Al oir aquel mi Comandante, me pareció escuchar este reproche amargo: Usted me deja fusilar.

—He hecho todo lo posible por salvarte, hijo.

—Ya lo sé, mi Comandante—repuso, y sus ojos se arrasaron en lágrimas, y los míos también, abrazándonos.

Dominando mi emoción, le pregunté:

—¿Cómo hiciste eso?

—Borracho, mi Comandante.

—¿Y cómo me lo negaste el primer día?

—Usted me preguntó por un vivandero, y yo creía haber muerto al alférez Guevara.

—¿Ésa fué tu intención?

—Sí, mi Comandante, me había dado un bofetón el día del asalto de Curupaití, sin razón alguna.

—¿Y qué has confesado en el Consejo?

—Mi Comandante, no lo sé. Yo he creído que el muerto era el Alférez. Me han preguntado tantas cosas que me he perdido.

Salí de allí.

Hablé con el padre, y le rogué le preguntara á Gómez qué quería.

Contestó que nada.

Le hice preguntar si no tenía nada que encargarme, que con mucho gusto lo haría.

Contestó que cuando viniese el Comisario le recogiese sus sueldos; que le pagase un peso que le debía al sargento 1.º de su compañía y que el resto se lo mandara á su hermana que vivía en la Esquina, villorrio de Corrientes rayano de Entre Ríos.

Pasó la noche tristemente y con lentitud.

El día amaneció hermoso, el batallón sombrío.

Nadie hablaba. Todos se aprestaban en sepulcral silencio para las ocho.

Era la hora funesta y fatal.

La orden, que yo presidiera la ejecución.

No lo hice porque no podía hacerlo. Estaba enfermo.

Mi segundo salió con el batallón y mandó el cuadro.

Yo me quedé en mi carreta. La caja batía marcha lúgubremente.

Yo me tapé los oídos con entrambas manos.

No quería oir la fatídica detonación.

Después me refirieron cómo murió Gómez.

Desfiló marcialmente por delante del batallón, repitiendo el rezo del sacerdote.

Se arrodilló delante de la bandera, que no flameaba sin duda de tristeza.

Le leyeron la sentencia, y dirigiéndose con aire sombrío á sus camaradas, dijo con voz firme, cuyo eco repercutió con amargura:

—¡Compañeros: así paga la Patria á los que saben morir por ella!

Textuales palabras, oídas por infinitos testigos que no me desmentirán.

Quisieron vendarle los ojos y no quiso.

Se hincó… Un resplandor brilló… los fusiles que apuntaron… oyóse un solo estampido… Gómez había pasado al otro mundo.

El batallón volvió á sus cuadras y los demás piquetes del Ejército á las suyas, impresionados con el terrible ejemplo, pero llorando todos al cabo Gómez.

Á los pocos días yo tuve una aparición… Decididamente hay vidas inmortales.

VIII
El Palmar de Yataití.—Sepulcro de un soldado.—Su memoria.—Sus últimos deseos cumplidos.—El rancho del General Gelly y lo que allí pasó.—Resurrección.—Visión realizada.—Fanatismo.

Á inmediaciones de mi reducto estaba el Palmar de Yataití, donde tantos y tan honrosos combates para las armas argentinas tuvieron lugar.

Allí fué enterrado el cabo Gómez, y sobre su sepulcro mandé colocar una tosca cruz de pino con esta inscripción:

«Manuel Gómez, cabo del 12 de línea.»

Durante algunas horas su memoria ocupó tristemente la imaginación de mis buenos soldados. Y, poco á poco, el olvido, el dulce olvido fué borrando las impresiones luctuosas de ese día. Al siguiente, si su nombre volvió á ser mentado, no fué ya á impulsos del dolor sufrido.

Así es la vida, y así es la humanidad. Todo pasa felizmente, en una sucesión constante, pero interrumpida, de emociones tiernas ó desagradables, profundas ó superficiales.

Ni el amor, ni el odio, ni el dolor, ni la alegría, absorben por completo la existencia de ningún mortal. Sólo Dios es imperecedero.

La muchedumbre olvidó luego, como ves, el trágico fin del cabo.

Yo me dispuse á cumplir sus últimas voluntades.

Llamé al sargento 1.º de la compañía de Granaderos, y con esa preocupación fanática que nos hace cumplir estrictamente los caprichos póstumos de los muertos queridos, le pagué el peso que le debía el cabo.

Confieso que después de hacerlo sentía un consuelo inefable.

¡Cuesta tanto á veces cumplir las pequeñeces!

Es por eso que el hombre debe ser observado y juzgado por sus obras chicas, no por sus obras grandes.

En el cumplimiento de las últimas está interesado generalmente el honor ó el crédito, el amor propio ó el orgullo, el egoísmo ó la ambición.

En el cumplimiento de las primeras no influye ninguno de esos poderosos resortes del alma humana, sino la conciencia.

Cancelada la deuda con el sargento, me quedaba por hacer la remisión prometida de los haberes devengados de Gómez á la Esquina.

Esperar el Comisario era un sueño. ¿Cuándo vendría éste? Y si venía, ¿estaría yo vivo? ¿Me entregaría, sobre todo, los sueldos del cabo? ¿El Estado no es el heredero infalible de nuestros soldados muertos en el campo de batalla, por él mismo ó por la libertad de la Patria, ó por su honor ultrajado?

¿No es ésa la consecuencia del odioso é imperfecto sistema administrativo militar que tenemos?

Gómez no era un soldado antiguo en mi batallón. Reservándome, pues, ver si recogía sus sueldos de Guardia nacional, resolví mandarle á su hermana los seis ú ocho que se le debían como soldado de línea.

Simbad, el corresponsal del Standard, á la sazón en el teatro de la guerra, era vecino de la Esquina y mi antiguo amigo.

Debo á él la iniciación en un mundo nuevo, la lectura del Cosmos, ese monumento imperecedero de la sapiencia del siglo XIX.

De Simbad iba á valerme para remitir á su destino la pequeña herencia.

Habrían pasado cincuenta y dos horas desde el instante en que el cabo Gómez, según dejo relatado, recibió en su pecho intrépido las balas de sus propios compañeros en cumplimiento de una orden y del más terrible de los deberes.

Yo había ido de mi reducto, según costumbre que tenía, al alojamiento del jefe de Estado Mayor.

Tenía éste dos puertas. Una que daba al Naciente y otra al Poniente. La última estaba abierta. El General Gelly escribía con una pausa metódica, que le es peculiar, en una mesita, cuya colocación variaba según las horas y la puerta por donde entraba el sol. Esta vez se hallaba colocada cerca de la puerta abierta. Yo estaba sentado en una silla de baqueta paraguaya, dándole la espalda.

¿En qué pensaba?

Probablemente, Santiago amigo, en lo mismo que aquel tipo de comedia de San Luis, que te ponderaba un día las delicias de su Estancia.

—Aquí me lo paso, te decía cierta hermosa tarde de primavera desde el corredor, que dominaba una vasta campiña, pensando… pensando…

Y tú, interrumpiéndole, con tu sorna característica,—en qué… en qué…

Y el pobre hombre contestaba: en nada… en nada…

El General era distraído de su escritura á cada paso, por oficiales que se presentaban con distintas solicitudes,—dirigiéndole la palabra desde el dintel de la puerta.

Yo seguía pensando…

En el instante en que mi pensamiento se perdía, qué sé yo en qué nebulosa, un eco del otro mundo con tonada correntina, resonó en mis oídos.

—Aquí te vengo á ver V. E. para que…

Mi sangre se heló, mi respiración se interrumpió… quise dar vuelta, ¡imposible!

—Estoy ocupado—murmuró el General, y el ruido del rasguear de su pluma que no se interrumpió, produjo en mi cabeza un efecto nervioso semejante al que produce el rechinar estridoroso de los dientes de un moribundo.

—Haceme, ché, V. E., el favor…

—Estoy ocupado,—repitió el General.

Yo sentí algo como cuando en sueños se nos figura que una fuerza invisible nos eleva de los cabellos hasta las alturas en que se ciernen las águilas.

Debía estar pálido, como la cera más blanca.

El General Gelly fijó casualmente su mirada en mí, y al ver la emoción angustiosa de que era presa, preguntóme con inquietud:

—¿Qué tiene usted?

No contesté… Pero oí… El vértigo iba pasando ya.

El General estaba confuso. Yo debía parecer muerto y no enfermo.

—¡Mansilla!—dijo.

—General—repuse, y haciendo un esfuerzo supremo, di vuelta la cabeza y miré á la puerta.

Si hubiese sido mujer, habría lanzado un grito y me hubiera desmayado.

Mis labios callaron; pero como suspendido por un resorte, y á la manera de esos maniquíes mortuorios que se levantan en las tablas de la escena teatral, fuime levantando poco á poco de la silla y como queriendo retroceder.

—Ché, V. E., hacé vos el favor,—volvió á oirse.

El General Gelly se puso de pie, y dirigiéndose á la voz que venía de la puerta, contestó:

—¿Qué quieres?

Yo sentí un sudor frío por mi frente, y llevando mi mano á ella y como queriendo condensar todas mis ideas y recuerdos ó hacerlos converger á un solo foco, miré al General y exclamé con pavor:

—El cabo Gómez.

Efectivamente, el cabo Gómez estaba ahí, en la puerta del rancho del General, con el mismo rostro que tenía la noche que le vi por última vez.

Sólo su traje había variado. No revestía ya el uniforme militar, sino un traje talar negro.

Mis ojos estuvieron fijos en él un instante, que me pareció una eternidad.

El General Gelly volvió á repetir:

—¿Vamos, qué quieres?—Y dirigiéndose á mí:—¿Está usted enfermo?

La aparición contestó:

—Quiero que me dejes velar la crucecita de mi hermano.

—¿La crucecita de tu hermano?—repuso el General con aire de no entender bien.

—Sí, pues, Manuel Gómez, que ya murió…

Y esto diciendo, echó á llorar, enjugando sus lágrimas con la punta del pañuelo negro que cubría sus hombros.

Mientras se cambiaron esas palabras, yo volví en mí.

—¿Y dónde está la crucecita de tu hermano?—dijo el General.

—En el cementerio de la Legión Paraguaya.

Entonces, tomando yo la palabra, como aquella desdichada mujer no podía dejar de interesarme, la dije:

—No, estás equivocada, la cruz de Gómez no está ahí.

—Yo sé—murmuró.

Queriendo convencerla, la dije:

—Yo soy el jefe del 12 de línea, que era el cuerpo de tu hermano.

—Yo sé—murmuró, retrocediendo con marcada impresión de espanto.

—Yo tengo los sueldos de tu hermano para ti; ven á mi batallón, que está en el reducto de la derecha, te los daré y te haré enseñar dónde está su cruz.

—Yo sé—murmuró.

Un largo diálogo se siguió. Yo pugnando porque la mujer fuera á mi reducto para darle los sueldos de su hermano é indicarle el sitio de su sepultura, y ella aferrada en que no, contestando sólo: Yo sé.

El General Gelly, picado por la curiosidad de aquel carácter tan tenaz, al parecer, la hizo varias preguntas:

—¿De dónde vienes?

—De la Esquina.

—¿Cuándo saliste de allí?

—Antes de ayer.

—¿Dónde supiste la muerte de tu hermano?

—En ninguna parte.

—¿Cómo en ninguna parte?

—En ninguna parte, pues.

—¿Te la han dado en Itapirú, ó aquí en el campamento?

—En ninguna parte.

—¿Y entonces, cómo la has sabido?

La hermana de Gómez refirió entonces, con sencillez, que en sueños había visto á su hermano que lo llevaban á fusilar; que como sus sueños siempre le salían ciertos, había creído en la muerte de aquél, y que, tomando el primer vapor que pasó por la Esquina, se había venido á velar su crucecita, que estaba en el cementerio de los paraguayos, idea que era fija en ella.

Á las interpelaciones del General Gelly siguieron las mías.

El sueño de la hermana de Gómez había tenido lugar precisamente en el momento en que éste estaba en capilla recibiendo los auxilios espirituales.

Un hilo invisible y magnético une la existencia de los seres amantes, que viven confundidos por los vínculos tiernísimos del corazón.

Y como ha dicho un gran poeta inglés: «Hay más cosas en el cielo y en la tierra de las que ha soñado la filosofía.»

Empeñéme con la mujer cuanto pude, á fin de que fuera á mi reducto, intentando seducirla con el halago de los sueldos de su hermano.

¡Fué en vano!

El General la despidió, diciéndole que podía velar la crucecita de su hermano.

Y después de cambiar algunas palabras conmigo sobre aquel extraño sueño realizado, filosofando sobre la vida y la muerte, á mis solas, me volví á mi campo.

Mandé llamar á Garmendia en el acto, y le relaté todo lo sucedido.

Despachamos en seguida emisarios en busca de la hermana de Gómez.

Halláronla, pero fué inútil luchar contra su inquebrantable resolución de no verme, y menos convencerla de que la crucecita de su hermano no estaba en el cementerio que ella decía.

Esa noche hubo un velorio al que asistieron muchos soldados y mujeres de mi batallón prevenidos por mí.

Por ellos supe que la hermana de Gómez, siendo yo el jefe del 12, me achacaba á mí su muerte, y, asimismo que en la Esquina tenía algunos medios de vivir, confirmando todos, por supuesto, que la noticia del fusilamiento se la dió Dios en sueños.

Al día siguiente del velorio la mujer desapareció del ejército, sin que nadie pudiera darme de ella razón.

El único mérito que tiene este cuento de fogón, que aquí concluye, es ser cierto.

No todas las historias pueden reivindicar ese crédito.

¿Si será verdad que el público no se ha dormido leyéndolo?

Á los del fogón les pasaron distintas cosas.

Cuando yo terminé, unos roncaban, otros (la mayor parte), dormían.

Se oían sonar los cencerros de las tropillas; la luna despedía ya alguna claridad.

—¡Á caballo, cordobeses!—grité,—¡se acabaron los cuentos!

Y todo el mundo se puso en movimiento, y un cuarto de hora después rumbeábamos en dirección á un oasis denominado Monte de la Vieja.

¡Buenas noches! por no decir buenos días, ó salud, lector paciente.

IX
La Alegre.—En qué rumbo salimos.—¿Los viajes son un placer?—Por qué se viaja.—Monte de la Vieja.—El alpataco.—El zorro colgado.—Pollo-helo.—Us-helo.—Qué es aplastarse un caballo.—Coli-Mula.—La trasnochada.—Precauciones.

La Alegre, es una laguna de agua dulce, permanente, cuyo nombre le cuadra muy bien, como que está situada en un accidente del terreno de cierta elevación, circunvalada de médanos y arbustos, que suministran una excelente leña, y de abundante pasto.

Las cabalgaduras se dieron allí una buena panzada, que no se les indigestó. ¡Ojalá que á ti y al lector les sucediera lo mismo con el cuento del cabo Gómez! Si sucediese lo contrario, me vería en el caso de suprimir otros que deben venir á su tiempo.

Nos pusimos en marcha.

El rumbo, Sur, recto, ó reuto, como dicen los paisanos.

El camino, ó mejor dicho, la rastrillada, cruzaba por un campo lleno de chañaritos espinosos. La luna estaba en su descenso, el cielo nublado, la noche obscura, de modo que no pudiendo ver con facilidad los objetos, á cada paso rehuía el caballo la senda por no espinarse, espinándose el jinete y evitando el culebreo del animal que nos durmiéramos profundamente.

Todos los que viajan, ponderan alguna maravilla, la que más ha llamado la atención, ó tienen alguna anécdota favorita, algo que contar, en suma, aunque más no sea que han estado en París, barniz que no á todos se les conoce.

¿Dirás que no es cierto?

En lo que suelen estar divididas las opiniones de los tourist, y desde luego las opiniones de los que no han viajado, que es más fácil coincidir en pareceres cuando se conocen prácticamente las cosas, es sobre el capítulo: placer de los viajes.

Ni todos viajan del mismo modo, ni por las mismas razones, ni con el mismo resultado.

Se viaja por gastar el dinero, adquirir un porte y un aire chic, comer y beber bien.

Se viaja por lucir la mujer propia, y á veces la ajena.

Se viaja por instruirse.

Se viaja por hacerse notable.

Se viaja por economía.

Se viaja por huir de los acreedores.

Se viaja por olvidar.

Se viaja por no saber qué hacer.

Vamos, sería inacabable el enumerar todos los motivos por qué se viaja; como sería inacabable decir para qué se viaja.

No olvidemos que estas dos proposiciones, aunque son muy parecidas, gramaticalmente no significan lo mismo. Ambas significan causa ó fin; pero para responde más que por á la idea de efecto.

Por ejemplo:

¿No es común ir á Europa por instruirse para olvidar lo poco que se ha aprendido en la tierra?

¿No suele suceder hacer un viaje por curarse para morir en el camino?

Ir por lana para salir trasquilado.

Madame de Staël dice, que viajar es, digan lo que quieran, un placer tristísimo.

Sea de esto lo que fuere, yo digo que viajando por los campos en noche clara ú obscura, es un placer dormir.

Por mi parte al tranco, al trote ó al galope, yo duermo perfectamente. Y no sólo duermo sino que sueño.

Cuántas veces un amigo que tengo en Córdoba, Eloy Ávila, no sorprendió mis sueños, y yendo á la par mía no me alzó el rebenque.

Sea de esto lo que fuere, el hecho es que el camino de la Laguna Alegre al Monte de la Vieja, no permitiendo dormir á gusto por el inconveniente de los arbustos, me pareció poco divertido.

Por fortuna, el terreno era mejor que el de la primera etapa. El guadal no nos amenazaba á cada paso, las mulas cargueras no caían y levantaban acá y acullá como antes de llegar á la Alegre.

Serían las tres y media de la mañana cuando llegamos al Monte de la Vieja.

Amanecía muy tarde, así fué que resolví pasar allí otro rato.

¡Desensillar y á la leña! fué el grito de orden.

El fogón volvió á arder con una rapidez maravillosa.

Uno de los talentos del gaucho argentino, consiste en la prontitud con que halla leña y en la asombrosa facilidad con que hace fuego.

Ellos hallan leña donde ningún otro la ve, y hacen fuego en el agua.

Y á propósito de leña que no se ve, ¿conoces, Santiago, lo que es el algarrobo alpataco?

Es un arbustito muy pequeño, cuyo desarrollo se hace subterráneamente, echando raíces gruesísimas que aunque estén verdes, tienen tanta resina, que arden como sebo.

Tú conoces el chañar. Pues así es el alpataco.

En los campos, al Sud del Río 4.º, particularmente en los de Sampacho, y en algunos al Sud del Río 5.º, abunda este arbustito, que más bien parece un algarrobo común naciente.

El ojo necesita estar ejercitado para distinguir el uno del otro.

¡Se puso un asado!

Mientras se hacía, habiendo calentado agua en un verbo, se cebaba mate y se daban sendas cabeceadas.

En este fogón no hubo cuentos. Hubo hambre y sueño y algunas órdenes para en cuanto amaneciera.

Comimos, dormimos, y cuando… iba á decir gorjeaban las avecillas del monte…

¡Pero qué, si en la Pampa no hay avecillas!—por casualidad se ven pájaros, tal cual carancho. Las aves, excepto las acuáticas, buscan la inmediación de los poblados.

Y luego, en Monte de la Vieja no es más que un pequeño grupo de árboles, no muy viejos, bajo cuyo destruido ramaje apenas pueden guarecerse unas cuantas personas.

La luz crepuscular venía anunciando el día en el momento en que, cumpliendo mis órdenes, se pusieron en juego todos los asistentes al llamado de Camilo Arias, un hombre de toda mi confianza, Alférez de Guardia nacional del Río 4.º, cuya pintura no faltará ocasión de hacer.

Era completamente de día cuando dejábamos el Monte de la Vieja, dirigiéndonos á otro paraje, donde debía haber leña y agua sobre todo.

El rumbo era Sud arriba, ó Sud con algunos grados de inclinación al Oeste.

La noche había estado templada, así fué que la mañana no presentó ninguno de esos fenómenos meteorológicos que suele ofrecer la Pampa, cuando después de un rocío abundante ó de una fuerte helada sale el sol caliente.

Marchábamos.

El terreno presenta pocos accidentes; cañadas y cañadones que se van encadenando, montecitos de pequeños arbustos quemados aquí, creciendo ó retoñando allí; salitrales que engañan á la distancia, con su superficie plateada como la del agua.

El objetivo á que me dirigía era el Zorro Colgado.

Por qué se llama así este lugar, es echarse á nadar buscando un objeto perdido. Probablemente el primer cristiano que llegó allí halló un zorro colgado por los indios en algún árbol.

Seis leguas representan, no andando con apuro, dos horas y media de camino; contemplando las cabalgaduras como es debido, en las correrías lejanas, un poco más.

Cuando llegamos al Zorro Colgado serían las diez de la mañana.

El campo recorrido es muy solo. No tiene bichos ó aves, como le llaman los paisanos á los venados, peludos, mulitas, guanacos, etc.

El Zorro Colgado no estaba, por supuesto.

Aquel punto es un grupito de árboles, chañares viejos más altos que corpulentos. Tiene una aguadita que se seca cuando el año no es lluvioso.

Allí paramos un rato, lo bastante para que las bestias de carga que se habían quedado atrás llegaran, y después de haber bebido bien, seguimos caminando en el mismo rumbo, hasta llegar á Pollo-helo, que quiere decir en lengua ranquelina, Laguna del Pollo, y cuya pronunciación debe hacerse nasal ó gangosamente, verbigracia, como si la palabra estuviese escrita así y debieran sonar todas las letras: Pollonguelo.

Aquí variamos de rumbo un poco, buscando el Sud recto, y así seguimos, como legua y media, por un campo muy guadaloso y pesado, en el que caímos y levantamos varias veces, lo mismo que las mulas de carga, hasta llegar á Us-helo, donde hay otro grupo de árboles, una aguada semejante á la anterior y una lagunita de agua salobre, pero potable no habiendo sequía.

Las cabalgaduras se habían aplastado algo con la legua y media de guadal.

Aplastarse, es un término del país, que vale más que fatigarse y menos que cansarse, cuando se quiere expresar el estado de un caballo.

Hicimos alto, se hizo fuego, se hizo cama para una siesta, se descansó, se tomó mate, se durmió y á las cansadas llegaron las mulas de carga, que habiendo caído en una cañada mojaron las petacas de los padres franciscanos.

Serían las tres cuando nos movimos de aquí en dirección á Coli-mula, que de la etapa anterior queda en rumbo Sud.

Este trayecto es más variado que los demás; el terreno se quiebra acá y allá en grandes bajíos salitrosos y en grupos considerables de arbustos crecidos.

En un inmenso pajonal, sembrado de grandes árboles diseminados, pillamos un caballo que hacía pocos días andaba por allí, pues no estaba alzado aún.

Cuando llegamos á Coli-Mula, que quiere decir mula colorada, habíamos andado tres leguas.

No sé por qué se llama así ese paraje. No hay árboles. Es una linda lagunita circular, de agua excelente y abundante que dura mucho.

Resolví descansar allí hasta las nueve de la noche, y adelantar dos hombres.

El cielo comenzaba á fruncir el ceño, una barra negra se dibujaba en el horizonte hacia el lado del Poniente, el sol brillaba poco.

Íbamos á tener viento ó agua.

Llamé al cabo Guzmán, magnífico tipo criollo, y al indio Angelito, escribí algunas cartas, les di mis instrucciones y los despaché después de asegurarme de que habían entendido bien.

Llevaban encargo especial de llegar á las tolderías del cacique Ramón, que son las primeras y de decirle que pasaría de largo por ellas, no sabiendo si al cacique Mariano le parecería bien que visitase primero á uno de sus subalternos y que al regreso lo haría.

Partieron los chasquis.

Mientras yo tomaba las antedichas disposiciones, otros se ocupaban en hacer un buen fogón, preparándonos para la trasnochada.

Los chasquis no se habían perdido de vista aún, cuando frescas y recias ráfagas de viento comenzaron á augurar la inevitable proximidad de la tormenta.

El cielo se puso negro.

La experiencia nos dijo que debíamos renunciar al fogón y al asado y prepararnos para una noche toledana por no decir pampeana.

El viento arreció, gruesas gotas de agua comenzaron á caer, la noche avanzaba, ó mejor dicho, se anticipaba con rapidez.

Pronto estuvimos envueltos en una completa obscuridad.

Llovía á cántaros, silbaba el viento, eléctricos fulgores resplandecían en el cielo á distancias inconmensurables, haciendo llegar hasta nuestros oídos el ruido sordo del rayo.

Las tropillas se habían agrupado, daban las ancas al viento y permanecían inmóviles.

Cada cual se había acurrucado lo mejor posible, y con maña procuraba mojarse lo menos posible. No teníamos siquiera dónde hacer espalda, ni era posible conversar, porque el ruido de la lluvia, que caía á torrentes, ahogaba las palabras que salían de debajo de los ponchos ó capotes con que estábamos cubiertos hasta la cabeza.

Durante dos horas llovió sin cesar, cayendo el agua á plomo.

Cuando las intermitencias del aguacero lo permitían, yo cambiaba algunas palabras con Camilo Arias, que estaba casi pegado á mi lado.

En una de esas pláticas diluvianas, le dije así:

—Puede ser que los indios me maten, es difícil; pero no lo es que quieran retenerme, con la ilusión de un gran rescate. En este caso, es preciso que el General Arredondo lo sepa sin demora. Prevén á los muchachos—eran éstos cinco hombres especiales,—mis baqueanos de confianza.

Será señal de que ando mal, que no tenga en el cuello este pañuelo.

Era un pañuelo de seda de la India, colorado, que siempre uso en el campo debajo del sombrero por el sol y la tierra.

Puede, sin embargo suceder, que tenga que regalar el pañuelo. En este caso la señal será que me vean con la pera trenzada.

No comuniques esto más que á los muchachos. Y cuando lleguemos á las tolderías no te acerques á hablar conmigo jamás. Sírvete de un intermediario.

Camilo es como un árabe, habla poco; sabe que la palabra es plata y el silencio oro, contestó sólo:

—Está bien, señor.

Y yo me quedé seguro de que me había entendido y rumiando: algún mosquetero llegará á Londres y hablará con Buckingham.

Ya verás después qué caso extraordinario sucedió con mi pera. (Te prevengo que estoy hablando de la barba).

Y como sigue lloviendo y estoy mojado hasta la camisa, me despido hasta mañana.

 

X
No es posible seguir la marcha.—Civilización y barbarie.—En qué consiste la primera.—Reflexiones sobre este tópico.—En marcha.—Manera de cambiar de perspectiva sin salir de un mismo lugar.—Asombroso adelanto de estas tierras.—Ralico.—Tremencó.—Médano del Cuero.—El Cuero.—Sus campos.

El hombre propone y Dios dispone.

Fué imposible seguir la marcha á las nueve.

La lluvia cesó á las cuatro horas; pero el cielo quedó encapotado, amenazando volver á desplomarse, el aquilón continuó rugiendo y los relámpagos serpenteando en el cielo por los espacios sin fin.

Pensé en que la gente masticara. ¡Arriba! grité, ¡vamos, pronto, hagan un buen fuego, pongan un asado y una pava de agua!

Los asistentes salieron de sus guaridas y un momento después chisporroteaba el verde y resinoso chañar.

El asado se hacía, el agua hervía, unos cuantos rodeaban el fuego, calentándose, secándose sus trapitos, mirando al cielo y haciendo cálculos sobre si volvería á llover ó no.

El fogón estaba hecho y en regla, porque de su centro se elevaban grandes y relumbrosas llamaradas.

Era imposible resistirle. Más fácil habría sido que una mujer pasara por delante de un espejo sin darse la inefable satisfacción platónica de mirarse.

Abandoné la postura en que me había colocado y permanecido tanto rato, y me acerqué á él.

Me dieron un mate.

Los buenos franciscanos intentaban dormir rendidos por la fatiga del día y de la noche anterior,—que quien no está hecho á bragas, las costuras le hacen llagas.

Haciendo uso de la familiaridad y confianza que con ellos tenía, les obligué á levantarse y á que ocuparan un puesto en la rueda del fogón.

Apuramos el asado, desparramamos brasas, lo extendimos y no tardó en estar.

Mientras estuvo nos secamos.

Comimos bien, hicimos camas con alguna dificultad; porque todo estaba anegado y las pilchas muy mojadas y nos acostamos á dormir.

Dormimos perfectamente. ¡Qué bien se duerme en cualquier parte cuando el cuerpo está fatigado!

Si los que esa noche se revolvían en el elástico y mullido lecho agitados por el insomnio, nos hubieran oído roncar en los albardones de Coli-Mula, ¡qué envidia no les hubiéramos dado!

Es indudable que la civilización tiene sus ventajas sobre la barbarie; pero no tantas como aseguran los que se dicen civilizados.

La civilización consiste, si yo me hago una idea exacta de ella, en varias cosas.

En usar cuellos de papel, que son los más económicos, botas de charol y guantes de cabritilla. En que haya muchos médicos y muchos enfermos, muchos abogados y muchos pleitos, muchos soldados y muchas guerras, muchos ricos y muchos pobres. En que se impriman muchos periódicos y circulen muchas mentiras. En que se edifiquen muchas casas, con muchas piezas y muy pocas comodidades. En que funcione un gobierno compuesto de muchas personas como Presidente, Ministros, Congresales, y en que se gobierne lo menos posible. En que haya muchísimos hoteles y todos muy malos y todos muy caros.

Verbigracia, como uno en que yo paré la última noche que dormí en el Rosario—que intenté dormir, para ser más verídico.

Son precisamente las camas de ese hotel, las que me han sugerido estas reflexiones tan vulgares.

¡Ah! en aquellas camas había de cuanto Dios crió el quinto día, que si mal no recuerdo, fueron: «los animales domésticos, según su especie y los reptiles de la tierra, según su especie».

Todo lo cual, según afirma el Génesis, el Supremo Hacedor vió que era bueno, aunque es cosa que no me entra á mí en la cabeza, que los animales domésticos del referido hotel del Rosario hayan jamás sido cosa buena; y menos la noche en que yo estuve en él, en que juraría, á fe de cristiano, que me parecieron algo más que cosa mala, cosa malísima, tan insoportable que me creo en la obligación de preguntar:

¿No tiene la civilización el deber de hacer que se supriman esas cosas, que pudieron ser buenas al principio del mundo, pero que pueden ser puestas en duda en un siglo en que tenemos cosas tan buenas como las del Orión?

¿Qué hacen los gobiernos entonces?

¿No nos dice la civilización todos los días en grandes letras que el gobierno es para el pueblo?

¿Que en lugar de invertir los dineros públicos en torpes guerras debe aplicarlos á mejorar la condición del pueblo?

¿No hay inspectores de puentes y caminos, inspectores de aduanas, inspectores de fronteras, inspectores de escuelas, inspectores de todo, y así va ello?

¿Pues, y por qué no ha de haber inspectores de hoteles?

¿Acaso no se relacionan estos establecimientos muy íntimamente con la salud pública?

¿No se albergan en ellos, el cólera, la fiebre amarilla y tantas otras cosas que Dios crió el quinto día, y que en su atraso inocente y primitivo, creyó que eran buenas y que así las legó en herencia á la desagradecida humanidad?

¿Se cree que faltarían inspectores de hoteles?

Provéase el cargo por oposición, previo examen de conocimientos, aptitudes, moralidad, estado fisiológico de los candidatos y se verá, sin tardanza, que sobra patriotismo en el país.

No digo pagando bien el empleo, que es el modo más eficaz de salvar la moral administrativa, y el medio más seguro, sobre todo, de que abunden impetrantes.

Cualquiera remuneración que se ofreciese bastaría.

Hay en el país, felizmente, el convencimiento de que todos deben tributarle á la patria abnegación, tiempo, sangre, alma y vida.

Esta gran conquista, es debida á la educación oficial dada por los buenos gobiernos que hemos tenido, á la Guardia nacional.

Ella ha hecho todo—guerras interiores, guerras de frontera, guerras exteriores.

Decididamente la civilización es, de todas las invenciones modernas, una de las más útiles al bienestar y á los progresos del hombre.

Empero mientras los gobiernos no pongan remedio á ciertos males, yo continuaré creyendo en nombre de mi escasa experiencia, que mejor se duerme en la calle ó en la Pampa que en algunos hoteles.

Sonaban los cencerros de las tropillas; cada cual se preparaba para subir á caballo, habiendo olvidado sus penas alrededor del fogón:

«Y en el Oriente nubloso
La luz apenas rayando,
Iba el campo tapizando
De claro oscuro verdor.»

Galopábamos, aprovechando la fresca de la mañana, y á la derecha en lontananza se veían ya los primeros montes de Tierra Adentro.

Me proponía llegar al Cuero temprano.

Apenas salimos de Coli-Mula comprendí que no lo conseguiría.

El campo estaba cubierto de agua, y quebrándose en altos médanos, en cañadas profundas y guadalosas nos obligaba á marchar despacio.

Los caballos hubieran soportado bien una marcha acelerada; las mulas no.

Y, sin embargo, por muy despacio que anduve se quedaron atrás, porque á cada rato se caían con las cargas y había que perder tiempo en enderezarlas.

Más allá de un lugar en el que hay agua y leña, y cuyo nombre es Ralico, el terreno se dobla sensiblemente formando varios médanos elevados, y es de allí de donde se divisan ya los montes del Cuero.

Los campos comienzan á cambiar de fisonomía y la vista no se cansa tanto espaciándose por la sabana inmensa del desierto solitario, triste, imponente, pero monótona como el mar en calma.

Sin contrastes, hay existencia, no hay vida.

Vivir es sufrir y gozar, aborrecer y amar, creer y dudar, cambiar de perspectiva física y moral.

Esta necesidad es tan grande, que cuando yo estaba en el Paraguay, Santiago amigo, voy á decirte lo que solía hacer,—cansado de contemplar desde mi reducto de Tuyutí todos los días la misma cosa; las mismas trincheras paraguayas, los mismos bosques, los mismos esteros, los mismos centinelas; ¿sabes lo que hacía?

Me subía al merlón de la batería, daba la espalda al enemigo, me abría de piernas, formaba una curva con el cuerpo y mirando al frente por entre aquéllas, me quedaba un instante contemplando los objetos al revés.

Es un efecto curioso para la visual, y un recurso al que te aconsejo recurras cuando te fastidies ó te canses de la igualdad de la vida, en esa vieja Europa que se cree joven, que se cree adelantada y vive en la ignorancia, siendo prueba incontestable de ello, como diría Teófilo Gauthier, que todavía no ha podido inventar un nuevo gas para reemplazar el Sol.

La América, ó mejor dicho, los americanos (del Norte) la van á dejar atrás si se descuida.

Por lo pronto, nosotros vamos resolviendo los problemas sociales más difíciles—degollándonos,—y las teorías y las cifras de Malthus sobre el crecimiento de la población no nos alarman un minuto.

Tenemos grandes empíricos de la política, que todos los días nos prueban, que el dolor puede ser no sólo un anestésico, sino un remedio; que las tiranías y la guerra civil son necesarias, porque su consecuencia inevitable, fatal, es la libertad.

Esto te lo demuestran en cuatro palabras y con espantosa claridad, al extremo que nuestra juventud tiene ya sus axiomas políticos de los que no apea, creyendo en ellos á pie juntillas, y demostrándolos prematuramente á su vez por A. B.

Te asombrarías, si volvieses á estas tierras lejanas y vieras lo que hemos adelantado.

Buscarías inútilmente el molino de viento; el pino de la quinta de Guido se ha escapado por milagro. La civilización y la libertad han arrasado todo.

El Paraguay no existe. La última estadística después de la guerra arroja la cifra de ciento cuarenta mil mujeres y catorce mil hombres.

Esta grande obra la hemos realizado con el Brasil. Entre los dos lo hemos mandado á López á la difuntería.

¿No te parece, que no es tan poco hacer en tan poco tiempo?

Ahora la hemos emprendido con Entre Ríos, donde López Jordán se encargó de despacharlo á Urquiza.

Todos, todos han sentido su muerte muchísimo.

De esta guerrita, en la que nos ha metido la fatalidad histórica, nos consolamos, pensando en que se acabará pronto, y en que como el Entre Ríos estaba muy rico, le hacía falta conocer la pobreza.

La letra con sangre entra.

Es el principio del dolor fecundo.

Te hablo y te cuento estas cosas, porque vienen á pelo. Y no tan á humo de paja, pues, más adelante verás que ellas se relacionan bastante, más de lo que parece, con los indios.

¿No hay quien sostiene que es mejor exterminarlos en vez de cristianizarlos, civilizarlos y utilizar sus brazos para la industria, el trabajo y la defensa común, ya que tanto se grita de que estamos amenazados por el exceso de inmigración espontánea?

Sigamos caminando…

Pasando los médanos de Ralico, se llega á la aguada de Tremencó. Son dos lagunas, una de agua dulce, la otra de agua salada. Ambas suelen secarse.

De Tremencó se pasa al Médano del Cuero.

De allí al Cuero mismo hay dos leguas.

Esta laguna tendrá unos cien metros de diámetro. Su agua es excelente, y durante las mayores sequías allí pueden abrevar su sed muchísimos animales, sin más trabajo que cavar las vertientes del lado del Sur.

En la Laguna del Cuero ha vivido mucho tiempo el famoso indio Blanco, azote de las fronteras de Córdoba y San Luis; terror de los caminantes, de los arrieros y troperos.

Ya te contaré cómo lo eché yo del Cuero con unos cuantos gauchos, sin cuya circunstancia me habría encontrado con él en sus antiguos dominios.

Este episodio tiene su interés social, y les hará conocer á muchos que no salen de los barrios cultos de Buenos Aires, lo que es nuestra Patria amada, en la que hay de todo y para todo; un negro que mate una familia entera por venganza y por amor, y un blanco que mate un gobernador también por amor á la libertad, después de haber sostenido con su brazo viril la tiranía.

Mientras tanto, te diré que los campos entre el Río 5.º y el Cuero son diferentes. Ricos pastos abundantes y variados; gramilla, porotillo, trébol, cuanto se quiera. Agua inagotable, leña, montes inmensos.

Un estanciero entendido y laborioso allí haría fortuna en pocos años.

Pero del Cuero á Río 5.º hay treinta leguas.

Que le pongan cascabel al gato. De allí á los primeros toldos permanentes, hay otras treinta leguas, y los indios andan siempre boleando por el Cuero.

Estoy esperando las mulas que se han quedado atrás, y reflexionando en la costa de la laguna si el gran ferrocarril proyectado entre Buenos Aires y la Cordillera no sería mejor traerlo por aquí.

No vayas á creer que los indios ignoran este pensamiento.

También ellos reciben y leen La Tribuna.

¿Te ríes, Santiago?

Tiempo al tiempo.

 

XI
Quién había andado por Ralico.—Los rastreadores.—Talento de uno del 12 de línea.—Se descubre quién había andado por Ralico.—Cuántos caminos salen del Cuero.—El General Emilio Mitre no pudo llegar allí.—Su error estratégico.

Debo á la fidelidad del relato consignar un detalle antes de proseguir.

En Ralico hallamos un rastro casi fresco. ¿Quién podía haber andado por allí á esas horas, con seis caballos, arreando cuatro, montando dos?

Solamente el cabo Guzmán y el indio Angelito,—los chasques que yo adelanté acto continuo de llegar á Coli-Mula.

Los soldados no tardaron en tener la seguridad de ello. Fijando en las pisadas un instante su ojo experto, cuya penetración raya á veces en lo maravilloso, empezaron á decir con la mayor naturalidad, como nosotros cuando yendo con otros reconocemos en la distancia ciertos amigos: ché ahí va el gateado, ahí va el zarco, ahí va el obscuro chapino.

Los rastreadores más eximios son los sanjuaninos y los riojanos.

En el batallón 12 de línea hay uno de estos últimos, que fué rastreador del General Arredondo durante la guerra del Chacho, tan hábil, que no sólo reconoce por la pisada si el animal que lo ha dejado es gordo ó flaco, sino si es tuerto ó no.

Era indudable que la tormenta había impedido que los chasques continuaran su camino, que habían dormido en Ralico; y que sólo me llevaban un par de horas de ventaja.

Si no se apuraban, ó si por apurarse demasiado fatigaban los caballos, íbamos á llegar á las tolderías del Rincón, que así se llaman las primeras, casi al mismo tiempo.

Á cada criatura le ha dado Dios su instinto, su pensamiento, su acento, su alma, su carácter, por fin. Confieso que este incidente me contrarió sobremanera.

Ó les daba tiempo á los chasques para que su comisión surtiera efecto, deteniéndome un día en el camino, ó seguía mi viaje sin curarme de ellos corriendo el riesgo de llegar primero.

Es de advertir que del Cuero salen dos caminos.

Uno va por Lonco-uaca—lonco quiere decir cabeza y uaca vaca,—y otro por Bayo-manco que al ocuparme de la laguna ranquelina se verá lo que quiere decir.

Estos dos caminos se reunen en Utatriquin, y de allí la rastrillada sigue sin bifurcarse hasta la Laguna Verde.

El camino de Lonco-uaca da una pequeña vuelta. Pero tiene sobre el Bayo-manco la ventaja de que en él no falta jamás agua, mientras que en el otro no se halla sino cuando el año no está de sequía.

Por cual de los dos caminos habían tomado los chasques, ésa era la cuestión.

Los bañados del Cuero no permitirían saberlo; los hallaríamos anegados.

Disimulando mi contrariedad, y pensando en lo que haría, si mis conjeturas se realizaban, es decir, si no podíamos tomarles el rastro á los heraldos, llegué al Cuero.

Allí nos quedamos ayer esperando las mulas, Santiago amigo.

Te cumpliré, pues, cuanto antes mi oferta para poder seguir viaje, y al llegar hoy siquiera á Laquinhan, que es donde me propongo dormir.

Estamos á orillas del Cuero, del famoso Cuero, adonde no pudo llegar el general Emilio Mitre, cuando su expedición, por ignorancia del terreno, costándole esto el desastre sufrido. Y, sin embargo, llegó á Chamalcó, y de allí contramarchó dejando el Cuero seis leguas al Norte.

Es verdad que el General buscaba también la Amarga en su marcha de retroceso, creyendo en las anotaciones de las malas cartas geográficas que circulan con la Amarga pintada como una gran laguna, siendo así que no es sino un inmenso cañadón.

Son los desagües del Río 5.º, ya sabes, y lo más parecido que puedo indicarte son los desagües del Río 4.º, ó sean los cañadores de Lobay.

Como tú eres uno de los amigos de la República Argentina que más se interesa en ella, que más se ha preocupado de sus grandes problemas, estudiando la cuestión fronteras é indios con una constancia envidiable, te diré en lo que consistió el error estratégico principal del General Mitre.

El General llegó á Witalobo, lugar muy conocido donde he estado yo.

Son dos médanos que forman un portezuelo. Hay en ellos alfalfa, y de ahí vino la denominación, que entonces le dieron, el de médano de la alfalfa, creyendo haber hecho un descubrimiento.

No puedo decirte con exactitud en qué latitud y longitud queda este punto.

Sin embargo, para que formes juicio más cabalmente, te diré que queda en la derecera Sur de la Carlota.

El Cuero queda de Witalobo al Poniente con una inclinación al Sur, de pocos grados.

En Witalobo hay una encrucijada de caminos—uno de travesía que va al Cuero, raramente frecuentado por los indios,—y otro conocido por camino de las Tres Lagunas que va á las tolderías de Trenel.

En lugar de tomar este último camino que rumbea al Sur, el General tomó otro, y abandonado á un mal baqueano y sin nociones gráficas, ni ideales del terreno, no pudo corregir sus equivocaciones.

En Chamalcó se notan aún los rastros y vestigios dejados por la columna expedicionaria.

La laguna del Cuero está situada en un gran bajo. Á pocas cuadras de allí el terreno se dobla exabrupto, y sobre médanos elevados comienzan los grandes bosques del desierto, ó lo que propiamente hablando se llama Tierra Adentro.

Los que han hecho la pintura de la Pampa, suponiéndola en toda su inmensidad una vasta llanura; ¡en qué errores descriptivos han incurrido!

Poetas y hombres de ciencia, todos se han equivocado. El paisaje ideal de la Pampa, que yo llamaría, para ser más exacto, pampas, en plural, y el paisaje real, son dos perspectivas completamente distintas.

Vivimos en la ignorancia hasta de la fisonomía de nuestra Patria.

Poetas distinguidos, historiadores, han cantado al ombú y al cardo de la Pampa.

¿Qué ombúes hay en la Pampa, qué cardales hay en la Pampa?

¿Son acaso oriundos de América, de estas zonas?

¿Quién que haya vivido algún tiempo en el campo, hablando mejor, quién que haya recorrido los campos con espíritu observador, no ha notado que el ombú indica siempre una casa habitada, ó una población que fué; que el cardo no se halla sino en ciertos lugares, como que fué sembrado por los jesuitas, habiéndose propagado después?

Estos montes del Cuero se extienden por muchísimas leguas de Norte á Sur y de Naciente á Poniente; llegan al Río Chalileo, lo cruzan, y con estas interrupciones van á dar hasta el pie de la Cordillera de los Andes.

Á la orilla de ellos vivía el indio Blanco, que no es ni cacique, ni capitanejo, sino lo que los indios llaman indio gaucho. Es decir, un indio sin ley, ni sujeción á nadie, á ningún cacique mayor, ni menos, á ningún capitanejo; que campea por sus respetos; que es aliado unas veces de los otros, otras enemigo; que unas veces anda á monte, que otras se arrima á la toldería de un cacique, que unas anda por los campos maloqueando, invadiendo meses enteros seguidos; otras por Chile comerciando, como ha sucedido últimamente.

Toda la fuerza de este indio, temido como ninguno en las fronteras de Córdoba y de San Luis, y tan baqueano de ellas como de las demás, se componía en la época á que voy á referirme, de unos ocho ó diez compañeros de averías.

Con ellos invadía generalmente agregándose algunas veces á los grandes malones.

Como en aquel entonces los campos al Sur del Río 5.º y del Río 4.º eran una misma cosa—dominio de los indios,—las invasiones se sucedían semanalmente, día de por medio, y hasta diariamente.

El héroe de estas hazañas era, por lo común, el indio Blanco.

El camino del Río 4.º á Achiras, fué cien veces campo de sus robos y crueldades.

Á mi llegada al Río 4.º era imposible dejar de hablar del indio Blanco; porque, ¿adónde se iba que no oyera uno mentar los estragos de sus depredaciones?

¿Quién no lamentaba sus ganados robados, lloraba algún deudo muerto ó cautivo?

El tal indio tenía un prestigio terrible.

Yo era, de consiguiente, su rival.

Me propuse, antes de avanzar la frontera, desalojarlo del Cuero, incomodarlo, alarmarlo, robarlo, cualquier cosa por el estilo.

Pero no quería hacer esta campaña con soldados. La disciplina suele tener los inconvenientes de sus ventajas.

Busqué un contrafuego, acordándome de la máxima de los grandes capitanes: al enemigo batirlo con sus mismas armas.

Le escribí á mi amigo don Pastor Hernández, comandante militar del Departamento del Río 4.º, hombre tan penetrante como laborioso y constante—que necesitaba conchabar media docena de pícaros, siendo de advertir que prefería la destreza á la audacia, en una palabra, ladrones.

Hernández no se hizo esperar. Á los pocos días presentáronse seis conciudadanos de la falda de la Sierra, con una carta, y encabezándolos uno, denominado el Cautivo.

Los fariseos que crucificaron á Cristo no podían tener unas fachas de forajidos más completa.

Sus vestidos eran andrajosos, sus caras torvas, todos encogidos y con la pata en el suelo, necesitábase estar animado del sentimiento del bien público para resolverse á tratar con ellos.

Entraron donde yo estaba.

Queriendo hacer un estudio social les ofrecí asiento. Me costó conseguir que lo aceptaran; pero instando conseguí que se sentaran.

Lo hicieron poniendo cada cual su sombrero en el suelo al lado de la silla.

Agacharon todos la cabeza.

Inicié la conferencia con ciertas preguntas como:—¿Cómo te llamas, de dónde eres, en qué trabajas, has sido soldado, cuántas muertes has hecho?

Y luego que la confianza se estableció, proseguí:

—Conque ¿quieren ustedes conchabarse?

—Como usía quiera—contestó el Cautivo, con esa tonada cordobesa, que consiste en un pequeño secreto, (como lo puede ver el curioso lector ó lectora) en cargar la pronunciación sobre las letras acentuadas y prolongar lo más posible la vocal ó primera sílaba.

En haciendo esto ya es uno cordobés. No hay más que ensayarlo.

—Ustedes son hombres gauchos, por supuesto.

—¿Cómo no, señor?

—¿Entienden de todo trabajo?

—De cuanto quiera.

—¿Y cuánto ganan?

—Á según usía.

—¿Ganan más de ocho pesos mensuales?

—No, señor.

—Pues yo les voy á pagar diez; les voy á dar comida, ropa y caballos.

—Como usía guste.

—Sí; pero es que yo los conchabo para robar.

—¿Y cómo ha de ser, pues?

—Iremos ánde nos mande—dijeron varios á una.

—¡Hum! ¿Y se animarán?

—Y cómo no, señor usía.

—Bueno; es para robarles á los indios.

¡Nadie contestó!

Y ahí está el país, la causa de la montonera y otras yerbas.

El Coronel los conchababa para robar; para robarle al lucero del alba que fuera. No había inconveniente. Estaban prontos y resueltos á todo, á derramar su sangre, á jugar la vida. Lo mismo había sido ofrecerles diez pesos y todo lo demás, que lo que ganaban honradamente.

Obedecían á una predisposición, á una educación, á las seducciones del caudillaje bárbaro y turbulento. Quizá se decían interiormente: ¡Éste sí que es un Coronel, y lindo!

Mas se trató de los indios, de los mismos que no hacía muchos meses asolaban su propio hogar, y las disposiciones cambiaron con la rapidez del relámpago.

¿Era miedo? ¿Qué era?

No, no era miedo.

Nuestra raza es valiente y resuelta; no es el temor de la muerte lo que contiene al gaucho á veces.

Yo he visto á uno de ellos discurrir como un filósofo en el momento de llevarlos á fusilar.

Era un sargento: el sacerdote le instaba á confesarse, no quería hacerlo.

—¿Que no temes á la muerte?

—Padre—contestó con marcada expresión,—la muerte es un salto que uno da á obscuras sin saber dónde va á caer.

Fué esto en Chascomús.

¿Y, qué detenía entonces á los Voluntarios de la Pampa, que así se llamaron al fin; qué los arredraba?

¡Ah! es triste decirlo. Pero es verdad, y hay que decirlo, para enseñanza de las jóvenes generaciones en cuyas manos está el porvenir, las que nos salvarán á nosotros, aspirantes de la intolerancia y del odio, enanos del patriotismo que recompensa bien, ¡héroes del siglo de oro!

Era la ausencia completa del sentimiento del deber,—el horror de toda disciplina.

Ellos tenían bastante sagacidad para comprender que yendo á robarle á cualquiera, por mi orden, yo me hacía su cómplice.

Yendo á robarles á los indios, el juego cambiaba de aspecto; tenían que ir como soldados. Llegaron tal vez á imaginarse que era una jugada mía para reclutarlos.

Lo comprendí así.

Estuve dispuesto á despacharlos. Pero ya estaban allí.

Les hice entender que eran hombres libres; que podían conchabarse ó no; que nadie les obligaba; que podían retirarse si querían.

Se convencieron de que no había en el conchabo más riesgos que el de la vida, y se arregló todo.

Les di buenos caballos, los vestí, les di carabinas de las que hicieron recortados y una lata de caballería para llevar entre las caronas.

Y partieron…

Mis órdenes eran robarle al indio Blanco.

El Cautivo era baqueano del Cuero.

Lo que trabajasen sería para ellos.

Volvieron con algo. No se trabaja y se expone el cuero sin provecho, discurren los menos calculadores.

Se repitió la excursión, tres veces más, hasta que el indio Blanco se alejó. Él no podía calcular detrás de los voluntarios de la Pampa cuántos más iban.

Confieso que al mandar aquellos diablos á una correría tan azarosa me hice esta reflexión: si los pescan ó los matan poco se pierde.

Fué una de las causas que me hizo no recurrir á los pobres soldados.

Los Voluntarios de la Pampa acabaron por hacerme á mí un robo.

Los tomé y por todo castigo les dije, devolviéndoselos á Hernández:

—¿Qué les he de hacer? Ya sabía que eran ustedes ladrones.

No se juega mucho tiempo con fuego sin quemarse.

Han llegado las mulas.

Es cosa resuelta que hoy no duermo donde quería.

Llegaremos mañana.

XII
Por dónde habían ido los chasques.—Entrada á los montes.—Derechos de piso y agua.—Recomendaciones.—Despacho de algunas tropillas para el Río 5.º—Los montes.—Impresiones filosóficas.—Utatriquin.—El cuento del arriero.

Antes de ponerme en marcha resolví dejar las mulas atrás. Caminaban sumamente despacio por lo mucho que había llovido y era un martirio para los franciscanos seguirlas al tranco; el padre Moisés no es tan maturrango, pero el padre Marcos no hallaba postura cómoda.

Contra mis cálculos tomamos el rastro de los chasques.

Habían seguido el camino de Lonco-uaca.

Mi lenguaraz, mestizo chileno, hijo de cristiano y de india araucana, hombre muy baqueano, de cuyas confidencias soy depositario, no por él sino por otros, lo que me permitirá contar sus aventuras amorosas de Tierra Adentro, creyó oportuno hacerme algunas indicaciones.

Eran muy juiciosas y sensatas; y como entre ellas entrase la posibilidad de que los chasques se extraviaran en razón de que ni Guzmán ni Angelito conocían prácticamente el camino que habían tomado, me pareció prudente hacer yo á mi turno mis recomendaciones.

Íbamos á entrar ya en los montes; á tener que marchar en dispersión, sin vernos unos á los otros; por sendas tortuosas, que se borraban de improviso unas veces, que otras se bifurcaban en cuatro, seis ó más caminos, conduciendo todas á la espesura.

Era lo más fácil perder la verdadera rastrillada, y también muy probable que no tardáramos en ser descubiertos por los indios.

Un tal Peñaloza suele ser el primero que se presenta á los indios ó cristianos que pasan por esas tierras alegando ser suyas y tener derecho á exigir se le pague el piso y el agua.

No hay más remedio que pagar, porque el señor Peñaloza se guarda muy bien de salir á sacar contribución alguna cuando los caminantes son más numerosos que los de su toldo ó van mejor armados.

Más adelante hay otros señores dueños de la tierra, del agua, de los árboles, de los bichos del campo, de todo, en fin, lo que puede ser un pretexto para vivir á costillas del prójimo.

Estos derechos interterritoriales se cobran en la forma más política y cumplida, suplicando casi y demostrándoles á los contribuyentes ecuestres la pobreza en que se vive por allí, lo escaso que anda el trabajo.

Si los expedientes pacíficos surten efecto no hay novedad; si los transeúntes no se enternecen se recurre á las amenazas, y si éstas son inútiles, á la violencia.

Es ser bastante parlamentario, para vivir tan lejos de los centros de la civilización moderna.

Recomendé á mi gente cómo habían de marchar; prohibí terminantemente que bajo pretexto de componer la montura se quedara alguien atrás, advirtiendo que cada cuarto de hora haría una parada de dos minutos para que pudiéramos ir lo más juntos posible; describí la aguada de Chamalcó donde me demoraría un rato, lo bastante para mudar caballos por si alguien llegaba á ella extraviado; y á los franciscanos les supliqué me siguiesen de cerca, no fuera el diablo á darme el mal rato de que se me perdieran.

Finalmente hice notar, que hallándonos ya en donde podía haber peligro cuando menos lo esperáramos, quería, puesto que no estábamos bien armados, que todos y cada uno nos condujéramos con moderación y astucia, con sangre fría sobre todo, que, como ha dicho muy bien Pelletan, es el valor que juzga.

Hecho esto, mandé que dos soldados, con dos tropillas que no me hacían falta, se volviesen al Río 5.º caminando despacio.

Escribí con lápiz cuatro palabras para el General Arredondo y algunos subalternos amigos de mis fronteras, avisándoles que había llegado con felicidad al Cuero, y entramos en los montes.

Hermosos, seculares algarrobos, caldenes, chañares, espinillos, bajo cuya sombra inaccesible á los rayos del Sol crece frondosa y fresca la verdosa gramilla, constituyen estos montes, que no tienen la belleza de los de Corrientes, del Chaco ó Paraguay.

Las esbeltas palmeras, empinándose como fantasmas en la noche umbría; la vegetación pujante renovándose siempre por la humedad; los naranjeros que por doquier brindan su dorada fruta; las enmarañadas enredaderas, vistiendo los árboles más encumbrados hasta la cima y sus flores inmortales todo el año; fresco musgo tapizando los robustos troncos; el liquen pegajoso, que con el rocío matinal brilla, como esmaltado de piedras preciosas; las espadañas que se columpian graciosas, agitando al viento sus blancos y sedosos penachos; las flores del aire, que viven de las auras purísimas, embalsamando la atmósfera, cual pebeteros de la riente Natura; las aves pintadas de mil colores, cantando alegres á todas horas; los abigarrados reptiles serpenteando en todas direcciones; los millones de insectos que murmuran en incesante coro diurno y nocturno; el agua siempre abundante para consuelo del sediento viajero, y tantas, y tantas otras cosas que revelan la eternal grandeza de Dios, ¿dónde están aquí? me preguntaba yo, soliloqueando por entre los carbonizados y carcomidos algarrobos.

Y como siempre que bajo ciertas impresiones levantamos nuestro espíritu, la visión de la Patria se presenta, pensé un instante en el porvenir de la República Argentina el día en que la civilización, que vendrá con la libertad, con la paz, con la riqueza, invada aquellas comarcas desiertas, destituidas de belleza, sin interés artístico, pero adecuadas á la cría de ganados y á la agricultura.

Allí hay pastos abundantes, leña para toda la vida, y agua la que se quiera sin gran trabajo, como que inagotables corrientes artesianas surcan las Pampas convidando á la labor.

Cada médano es una gran esponja absorbente; cavando un poco en sus valles, el agua mana con facilidad.

La mente de los hombres de Estado se precipita demasiado, á mi juicio, cuando en su anhelo de ligar los mares, el Atlántico con el Pacífico, quieren llevar el ferrocarril por el Río 5.º.

La línea del Cuero es la que se debe seguir. Sus bosques ofrecen durmientes para los rieles, cuantos se quieran, combustibles para las voraces hornallas de la impetuosa locomotora.

Son iguales á los de Yuca, cuya explotación ha hecho y sigue haciendo la empresa del Gran Central Argentino.

Estos campos son mejores que aquéllos.

Y si un ferrocarril, á más de las ventajas del terreno, de la línea recta, de las necesidades del presente y del porvenir, debe consultar la estrategia nacional, ¿qué trayecto mejor calculado para conquistar el desierto que el que indico?

La impaciencia patriótica puede hacernos incurrir en grandes errores; el estudio paciente hará que no caigamos en la equivocación.

No puedo hablar como un sabio: hablo como un hombre observador. Tengo la carta de la República en la imaginación y me falta el teodolito y el compás.

Los peligros para el trabajo son más imaginarios que reales. Oportunamente podría ocuparme de este tópico. Por el momento me atreveré á avanzar, que yo con cien hombres armados y organizados de cierta manera, respondería de la vida y del éxito de los trabajadores.

Incito á meditar sobre este gran problema del comercio y de la civilización.

No he visto jamás en mis correrías por la India, por África, por Europa, por América, nada más solitario que estos montes del Cuero.

Leguas y leguas de árboles secos, abrasados por la quemazón; de cenizas que envueltas en la arena, se alzan al menor soplo de viento; cielo y tierra: he ahí el espectáculo.

Aquello entenebrecía el alma. Las cabalgaduras iban ya sedientas, Chamalcó estaba cerca.

Llegamos.

El peligro estrecha, vincula, confunde; la unión es un instinto del hombre en las horas solemnes de la vida.

Nadie se había quedado atrás. Según los cálculos del baqueano, Chamalcó tenía agua.

Esperamos un buen rato antes de dejar beber los animales.

Se reposaron y bebieron.

Nosotros hallamos un manantial al pie de un árbol magnífico, de robustez y frondosidad.

Cambiamos caballos y seguimos, saliendo á un gran descampado.

Respiré con expansión.

El europeo ama la montaña, el argentino la llanura.

Esto caracteriza dos tendencias.

Desde las alturas físicas, se contemplan mejor las alturas morales.

Los pueblos más libres y felices del mundo son los que viven en los picos de la tierra.

Ved la Suiza.

Á poco andar volvimos á entrar en el monte. Aquí era más ralo. Podíamos galopar y era menester hacerlo para llegar con luz á Utatriquin—otra aguada,—porque la noche sería sin luna, salía á la madrugada.

Me apuré, cuanto la arboleda lo permitía, y llegamos á la etapa apetecida.

«Era la tarde, y la hora
En que el Sol la cresta dora
De los Andes…»

Esta aguada es un inmenso charco de agua revuelta y sucia, apenas potable para las bestias.

En previsión de que no estuviera buena, habíamos llenado los chifles en Chamalcó.

Habíamos marchado muy bien, ganando más terreno del que esperaba,—no tenía por qué apurarme ya.

Podía descansar un buen rato, lo que les haría mucho bien á los caballos y á mis queridos franciscanos.

Mandé desensillar.

El padre Marcos me miró como diciendo: ¡Loado sea Dios! que si en estos berenjenales me mete también me ayuda.

Había un corral abandonado; cerca de él acampamos.

Ordené que se redoblara la vigilancia de los caballerizos, entusiasmé á los asistentes con algunas palabras de cariño y un rato después ardió flamígero el atrayente fogón.

Comenzó la charla de unos con otros, sin distinción de personas.

Ya lo he dicho: el fogón es la tribuna democrática de nuestro ejército.

El fogón argentino no es como el fogón de otras naciones. Es un fogón especial.

Estábamos tomando mate de café de postre; la noche había extendido hacía rato su negro sudario.

Una voz murmuró, como para que yo oyera.

—Si contara algún cuento el Coronel.

Era mi asistente Calixto Oyarzábal, de quien ya hablé en una de mis anteriores; buen muchacho, ocurrente y de ésos que no hay más que darles el pie para que se tomen la mano.

—¡Sí, sí—dijeron los franciscanos, al oirle, los oficiales y demás adláteres,—que cuente un cuento el Coronel!

Me hice rogar y cedí.

Es costumbre que los hombres tomamos de las mujeres.

¿Y sabes, Santiago, qué cuento conté?

Uno de los tuyos.

El del arriero.

Vamos, ¿á que te has olvidado?

Voy á contártelo á tres mil leguas.

El respetable público que asiste á este coloquio, me dispensará.

—Fíjense bien—dije antes de empezar,—que este cuento es bueno tenerlo presente cuando se viaja por entre montes tupidos.

Todos estrecharon la rueda del fogón, uno atizó el fuego, los ojos brillaron de curiosidad y me miraron, como diciendo: ya somos puras orejas, empiece usted, pues.

Tomé la palabra y hablé así:

—Era éste un arriero, hombre que había corrido muchas tierras; que se había metido con la montonera en tiempos de Quiroga y á quien perseguía la justicia.

Yendo un día por los Llanos de la Rioja, le salió una partida de cuatro. Quisieron prenderlo, se resistió, quisieron tomarlo á viva fuerza, y se defendió. Mató á uno, hirió á otro, é hizo disparar á tres.

En esos momentos se avistó otra partida; prevenida ésta por los derrotados, apuraron el paso. El arriero huyó y se internó en un monte.

Montaba una mula zaina, media bellaca. Corría por entre el monte, cuando se le fué la cincha á las verijas.

Írsele y agacharse la bestia á corcovear, fué todo uno.

El arriero era gaucho y jinete.

Descomponiéndose y componiéndose sobre el recado, anduvo mucho rato, hasta que en una de esas, como tenía las mechas del pelo muy largas y porrudas, se enganchó en el gajo de un algarrobo.

La mula siguió bellaqueando, se le salió de entre las piernas y él quedóse colgado.

Permaneció así como un Judas, largo rato, esperando que alguien le ayudase á salir del aprieto; pero en vano.

Llegó la noche.

Los que le seguían, aciertan á pasar por allí.

El arriero con la rapidez del pensamiento, concibió una estratagema.

Dejó que la partida se aproximara, poniendo la cara lánguida, y cuando al resplandor de la luna vinieron á verle, dijo con voz cavernosa.

—¡Viva Quiroga!

La partida al oir hablar un muerto, huyó poseída de terror pánico, sujetando los pingos quién sabe dónde.

El arriero se salvó así.

Pero aquella actitud, no podía prolongarse demasiado.

Era incómoda.

Procuró salir de ella. Buscó su cuchillo; con los corcovos de la mula lo había perdido.

Era una verdadera fatalidad. No tenía con qué cortarse los cabellos y como eran muy largos, no alcanzaba con la mano á desasirlos del gajo en que estaban enredados.

Un hombre como él acostumbrado á todas las fatigas podía resistir el peso de su propio cuerpo, si no había otro remedio, no digo un día, muchos días, teniendo qué comer. Es claro. La necesidad tiene cara de hereje.

Pero no tenía nada. Todo se lo había llevado la mula en las alforjas. Felizmente tenía un pedazo de queso en los bolsillos, yesquero, tabaco y papel.

Agua era lo de menos para un arriero.

Se comió el pedazo de queso.

Sacó después su chuspa y armó un cigarro; luego sacó fuego y fumó.

Nadie pasaba por allí, á pesar de la voz que debieron esparcir los de la partida despertando la curiosidad popular.

El arriero fumaba y fumaba y en lugar de otras cosas, cuando tenía necesidad echaba humo y humo.

Y así pasó muchos días, hasta que de hambre se comió la camisa y se murió de una indigestión.

Y entré por un caminito y salí por otro.

No sé si al público le gustará este cuento; en el fogón fué aplaudido.

Yo soy porteño, del barrio de San Juan y nadie es profeta en su tierra.

Por eso Sarmiento siendo de San Juan es Presidente, habiéndose cumplido con él una de mis profecías del Paraguay.

Cuando llegaba al fin de mi cuento, serían las ocho.

Di mis órdenes, encerraron en el corral los caballos, se tomó y ensilló en un abrir y cerrar de ojos, montamos, nos pusimos en camino y esa noche sucedieron cosas raras…

Basta de cuentos.

XIII
Martes es mal día.—Trece es mal número.—Los quatorzième.—Marcha nocturna.—Pensamientos.—Sueño ecuestre.—Un latigazo.—Historia de un soldado y de Antonio.—Alto.—Una visión y una mulita.

Ayer fué martes; mal día para embarcarse, casarse, presentar solicitudes, pedir dinero á réditos y suicidarse.

Á más de ser martes, esta carta debía llevar, como lleva, el número trece, número de mal agüero, misterioso, enigmático, simbólico, profético, fatídico, en una palabra, cabalístico.

Las cosas que son trece salen siempre malas. Entre trece suceden siempre desgracias. Cuando trece comen juntos, á la corta ó á la larga alguno de ellos es ahorcado, muere de repente, desaparece sin saberse cómo, es robado, naufraga, se arruina, es herido en duelo. Finalmente, lo más común, es que entre trece haya siempre un traidor.

Es un hecho que viene sucediéndose sin jamás fallar desde la famosa cena aquélla en que Judas le dió el pérfido beso á Jesús.

Es por esa razón que en Francia, nación cultísima, hay una industria, que no tardará en introducirse en Buenos Aires donde todas las plagas de la civilización nos invaden día á día con aterrante rapidez. El cólera, la fiebre amarilla y la epizootia, le quitan ya á la antigua y noble ciudad el derecho de llamarse como siempre. Pestes de todo género y auras purísimas; es una incongruencia.

Debiera quitarse nombre y apellido como hacen los brasileños, en cuyos diarios suelen leerse avisos así:

De hoy en adelante Juan Antonio Alves, Pintos, Bracamonte y Costa, se llamará Miguel da Silva, da Fonseca é Toro. Tome buena nota el respetable público.

Es una excelente costumbre que prueba los adelantos del Imperio. Porque mediante ella los pillos hacen sus evoluciones sociales con más celeridad. En un país semejante Luengo no tendría más que poner un aviso para ser Moreira, persona muy decente.

La industria de que hablaba toma su nombre de los que la ejercen llamados le quatorzième (décimo cuarto).

Le quatorzième, no puede ser cualquiera. Se requiere ser joven, no pasar de treinta y cinco años, tener un porte simpático, maneras finas, vestir bien, hablar varios idiomas y estar al cabo de todas las novedades de la época y del día.

Cuando alguien ha convidado á varios amigos á comer en su casa, en el restaurant, ó en el hotel, y resulta que por la falta de uno ó más no hay reunidos sino trece y que se ha pasado el cuarto de hora de gracia concedido á los inexactos, se recurre al quatorzième.

¡Cómo han de comer trece, exponiéndose á que bajo la influencia de malos presentimientos la digestión se haga con dificultad!

Se envía, pues, un lacayo en el acto por el quatorzième. En todos los barrios hay uno, así es que no tarda en llegar; es como el médico.

Entra y saluda, haciendo una genuflexión, que es contestada desdeñosamente; y acto continuo se abre la puerta que cae al comedor, ó no se abre, porque los convidados pueden estar en él ó por cualquier otra razón, y se oye: ¡Monsieur est servi!

Siéntanse los convidados. ¡Qué felicidad! ¡La sopa humea de caliente, no se ha enfriado! La alegría reina en todos los semblantes. Han comenzado á sonar los platos, á chocarse las copas. De repente óyese un grito del anfitrión:

—¡Ahí está al fin! Siéntese usted donde quiera, que los demás no vendrán ya.

Y Monsieur de la Tomassière (en un tipo de este apellido, Paul de Kock ha personificado el tipo de esos amigos fastidiosos que siempre llegan tarde), se presenta y se sienta, pidiendo disculpas á todos y protestando que es la primera vez que tal cosa le sucede.

Mientras tanto, le quatorzième ha visto una seña del dueño de la casa, que en todas partes del mundo quiere decir: retírese usted, y sin decir oste ni moste se ha eclipsado. Iba quizá á probar la sopa cuando Mr. de la Tomassière se presentó.

Al llegar á la puerta de la calle de donde vive, se halla con un necesitado que le espera. En otro banquete le aguardan con impaciencia. Han buscado varios quatorzième, no hay ninguno. Esa noche dan muchas comidas, hay muchos inexactos ó un exceso de previsión y la demanda de quatorzième es grande desde temprano.

El quatorzième marcha; llega, igual escena á la anterior. Tiene que desalojar su puesto antes de haber probado un plato siquiera de cosa alguna.

Al volver á llegar á la puerta de calle de su pobre mansión, otro necesitado. Le sigue con éxito semejante al de los pasados convites.

Hay noches en que las idas y venidas del pobre quatorzième exceden toda ponderación.

Ha ganado bien su dinero, porque cada viaje se paga, pero ha pasado por el suplicio de Tántalo.

La civilización de Buenos Aires debe pensar seriamente en esto. No soy un alarmista. Pero sostengo que así como estamos amenazados de muchas pestes por falta de policía municipal, hace muchos años que la educación se descuida inculcar en los niños esta idea: uno de los mayores defectos sociales es hacer esperar.

Tan es así, que me acuerdo yo de un andaluz que vivió once años de huésped en casa de una tía mía. Un día anunció que se iba á su tierra. ¡Ya era tiempo! Su despedida consistió en esto:

—Señora, usted no puede tener queja de mí, siempre he estado presente á la hora fija de almorzar y comer.

Con lo cual se marchó, habiendo dicho no poco, que el que no ha esperado jamás gente á comer, porque nunca ha dado comidas, habiéndose limitado á comerlas, no sabe lo que es esperar un huésped ó un convidado.

Indudablemente debe haber una enfermedad que los médicos no conocen, proveniente de la impaciencia de esperar gente á comer.

La ciencia no tardará en descubrirla y en agregarla á la nomenclatura patológica.

Creo haberte explicado suficientemente, Santiago amigo, que si esta décimatercia carta no se publicó ayer, ha sido porque fué martes y porque su número es fatal.

Cuando me moví de Utatriquin:

«The bright sun was extinguish’d, and the stars Did wander darkling in the eternal space».

La noche estaba bastante obscura. El monte era muy espeso y en las sendas de la rastrillada había muchos troncos de árbol y pequeños arbustos. Era sumamente incómodo para el caballo y para el jinete. Teníamos que andar muy despacio. Nos dormíamos… De vez en cuando una rama de algarrobo ó de chañar, azotaba la faz del caminante y le sacaba de su sopor.

La lentitud del aire de la marcha hacía que mi comitiva no fuera en tanta dispersión como otras ocasiones.

Yo iba mustio y callado, como la misma noche.

Pensaba en el instante inesperado que marca más tarde ó más temprano en el cuadrante de la vida, el pasaje de lo conocido á lo desconocido, de la triste realidad á un quién sabe más triste aún; á un estado inconsciente, al vacío, á la nada; pensaba en lo que serían mis días hasta ese instante solemne en que extinguiéndose mi vista, mi voz, con el último soplo de vida, me quede todavía aliento para reunir todas las fuerzas de mi espíritu y decirme á mí mismo: ¡Me muero!

Y pensando en esto, me engolfé en otras reflexiones y cuando la duda horrible y desgarradora me asaltó, recordé á Hamlet:

… To die,—to sleep…
To sleep! perchance to dream.

Me quedé como soñando… Veía todos los objetos envueltos en una bruma finísima de transparencia opaca; los árboles me parecían de inconmensurable altura, vi desfilar confusas muchedumbres, ciudades tenebrosas, el cielo y la tierra eran una misma cosa, no había espacio…

Un latigazo aplicado á mi rostro por el gajo de un espinillo, en cuyas espinas quedó enganchado mi sombrero obligándome á detenerme, me sacó del fantástico fantaseo en que me sumía la somnolencia producida por la monotonía de la marcha.

Varios soldados me seguían de cerca conversando. Parece que hacía rato se contaban por turno sus aventuras. El que hablaba cuando mi atención se fijó en el grupo, decía así:

—Pues, amigo, á mí me echaron á las tropas de línea sin razón.

—¡Cuándo no!—le dije,—ya saliste con una de las tuyas. Nunca hay razón para castigarlos á ustedes.

—Sí, mi Coronel—repuso,—créame.

—¿Cómo fué eso?

—Yo tenía un amigo muy diablo á quien quería mucho, y á quien le contaba todo lo que me pasaba.

Se llamaba Antonio.

Al mismo tiempo tenía amores con una muchacha de Renca, que me quería bastante, cuyo padre era rico y se oponía á que la visitara.

Mi intención era buena.

Yo me habría casado con la Petrona, ése era su nombre.

Pero no basta que el hombre tenga buena intención si no tiene suerte, si es pobre.

Tanto y tanto nos apuraba el amor, que, al fin resolvimos irnos para Mendoza, casarnos allí, y volver después cuando Dios quisiera.

En eso andábamos, viéndonos de paso con mucha dificultad; porque siempre nos espiaban los padres y el juez, que era viudo y medio viejo, que quería casarse con la Petrona, y cuya hija menor tenía tratos con Antonio, de quien era muy enemigo; siempre lo amenazaba con que lo había de hacer veterano.

Un día arreglamos al fin, después de mucho trabajo, cómo habíamos de fugar.

Yo debía sacar á la Petrona de su casa en la noche.

Antonio me acompañaría, para cuidar la ventana, que era por donde había de entrar. No podíamos descuidarnos con el juez.

La ventana caía al cuarto del padre de Petrona que era jugador, muy jugador, lo mismo que Antonio. En ese tiempo había hecho una gran ganancia. Á Antonio le había ganado todas sus prendas y éste le andaba con ganas.

Petrona dejó apretada la ventana. Una tía le acompañaba y dormía junto con ella, en el mismo cuarto. Doña Romualda, la madre, andaba por el puesto.

Esa noche era muy linda ocasión, porque el padre de Petrona estaba de tertulia.

Tempranito estuvo Antonio en ella y vino á avisarme que el hombre ganaba ya mucho, diciéndome que si no nos apurábamos erraríamos el golpe.

Aunque la hora convenida con Petrona era cuando la diesen las cabritas, me resolví á ir un poco más temprano.

Todo estaba pronto, caballos y con qué comprar algo por el camino. Yo tenía algunos reales.

Salimos de casa de Antonio, llegamos á la ventana de Petrona, la empujamos despacito y salté yo sin hacer ruido dejándola abierta. Cuando estuve en el cuarto oí roncar. Era el padre de Petrona, que según los cálculos de Antonio, se había retirado de su tertulia antes de la hora acostumbrada.

Antonio sintió los ronquidos y me dijo en voz baja: vámonos, ché, hoy no se puede.

No quise obedecerle, y por toda contestación le dije, ¡chit!

El cuarto estaba obscuro, tenía que caminar en puntas de pie, con mucho cuidado para no hacer ruido, hasta acercarme á la cama de Petrona.

Ella me había sentido. Lo mismo que yo, contenía la respiración. Si se despertaba el padre, teníamos mal pleito. Ella no se escapaba de una soba, yo de una puñalada, porque era malísimo.

Me acercaba á la cama de Petrona sin sentir que detrás de mí había entrado Antonio.

Le había ya tomado la mano y ella iba ya á levantarse, cuando oímos ruido de plata y un grito: ¡Ah, pícaro!

Era la voz del padre de Petrona.

Antonio tuvo la tentación de robarle, él lo sintió y le agarró del poncho.

Yo no podía salir sino por donde había entrado; esconderme bajo la cama, era peligroso.

El padre de Petrona gritaba con todas sus fuerzas: ¡ladrones! ¡ladrones!

La tía se levantó. Yo intenté escaparme. Pero no pude, delante de mí salía Antonio, me obstruyó el paso, y el padre de Petrona me agarró.

Luché con él un rato inútilmente.

La hermana le ayudaba.

Petrona estaba medio muerta. El padre furioso, porque ella también no venía en su ayuda, encendiendo luz pronto. Le amenazó con matarla si no lo hacía. Tuvo que hacerlo.

Para esto Antonio se había ido con la plata.

Entre el padre de Petrona y la hermana, me amarraron bien.

Á los gritos vinieron dos de la partida de policía, que estaba cerca de allí y me llevaron preso. Me pusieron en el cepo para que dijese dónde estaba la plata, y contesté siempre que no sabía, que yo no la había robado.

Me preguntaron que si tenía cómplices, teniéndome siempre en el cepo, y contesté que no.

—¿Y por qué no decías que Antonio era el ladrón?

—¡Y cómo lo había de descubrir á mi amigo! ¡Y cómo la había de perder á Petrona cuando la quería tantísimo! Yo prefería pasar por ladrón á ser delator de mi amigo; yo prefería pasar por ladrón y no que dijeran que Petrona era mi querida. Yo prefería ser soldado á todo eso.

Además, como todas las mujeres son iguales, falsas como la plata boliviana, supe esos días no más, antes que me echaran á las tropas de línea, que Petrona decía para salvarse del castigo de su padre, que algo andaba maliciando que yo era un pícaro que la había solicitado á ella de mala fe, con sólo la intención de hacer el robo que me había hecho.

Quién sabe si no hubiera sido eso, si no declaro al fin atormentado por el cepo, que Antonio era el ladrón; éste ya se había ido para la sierra de Córdoba, y cuándo lo pescaban siendo, como era, ¡un muchacho tan diantre! Era mozo muy gaucho y alentado.

—¿Y, te acuerdas todavía de Petrona, Macario?

—¡Ay! mi Coronel, si las mujeres cuánto más malas son, más tardamos en olvidarlas.

—¿Y nunca hubo nada con ella?

—Mi Coronel, usted sabe lo que son esas cosas de amor, cuando uno menos piensa…

—La ocasión hace al ladrón—dijo Juan Díaz, uno de mis baqueanos muy ocurrente.

En esos momentos el bosque se abría formando un hermoso descampado; la nítida y blanca luna se levantaba, y las estrellas centelleaban trémulamente en la azulada esfera.

Detuve mi caballo, que no obedecía como un rato antes á la espuela, y dirigiéndome á los franciscanos que no se separaban de mí, les consulté:

—Si tenían ganas de descansar un rato.

—Con mucho gusto—contestaron.—Los buenos misioneros iban molidos; nada fatiga tanto como una marcha de trasnochada.

El pasto estaba lindísimo, la noche templada, pararnos no les haría sino bien á los animales.

Pasé la voz de que descansaríamos una hora.

Se manearon las madrinas de las ropillas, cesó el ruido de los cencerros, único que interrumpía el silencio sepulcral de aquellas soledades, y nos echamos sobre la blanda hierba.

Yo coloqué mi cabeza en una pequeña eminencia, poniendo encima un poncho doblado á guisa de almohada, y me dormí profundamente.

Tuve un sueño y una visión envuelta en estas estrofas de Manzoni, á manera de guirnalda ó de aureola luminosa:

«Tutto ei provó; la gloria
Maggior dopo il periglio.
La fuga, e la vittoria
La reggia, e el triste esiglio.
Due volte nella polvere,
Due volte sugli altar.»

Me creía un conquistador, un Napoleón chiquito.

De improviso sentí, como si la cabeza se me escapara, hice fuerzas con la cabeza endureciendo el pescuezo, la tierra se movía; yo no estaba del todo despierto, ni del todo dormido. La cabecera seguía escapándoseme, creí que soñaba, fuí á darme vuelta y un objeto con cuatro patas, negro y peludo corrió… Había hecho cabecera de una mulita.

Los héroes como yo tienen sus visiones así, sobre reptiles, y las páginas de nuestra historia no pueden terminar sino poniendo al fin de cada capítulo el terrible lasciate ogni speranza.

Dejemos dormir á mi gente un rato mientras yo compongo mi cabecera.

 

XIV
Sueño fantástico.—En marcha.—Calixto Oyarzábal y sus cuentos.—Cómo se busca de noche un camino en la Pampa.—Campamento.—Los primeros toldos.—Se avistan chinas.—Algarrobo.—Indios.

Después que arreglé mi buena cabecera, me volví á quedar dormido, hasta que Camilo, el exacto y valiente Camilo se acercó á mí y diciéndome al oído: Mi Coronel, me despertó.

Tenía en ese momento un sueño que era como la perspectiva confusa del pintado calidoscopio.

Estaba en dos puntos distantes al mismo tiempo, en el suelo y en el aire. Yo era yo, y á la vez el soldado, el paisano ese, lleno de amor y abnegación, cuya triste aventura acababa de ser relatada por sus propios labios, con el acento inimitable de la verdad. Yo me decía, discurriendo como él:—¡Qué ingrata y qué mala fué Petrona!—y discurriendo como yo mismo,—Byron, tan calumniado, tiene razón: en todo el clima el corazón de la mujer es tierra fértil en efectos generosos; ellas, en cualquier circunstancia de la vida saben, como la Samaritana, prodigar el óleo y el vino. De repente yo era Antonio, el ladrón del padre de Petrona, ora el Juez celoso, ya el cabo Gómez, resucitado en Tierra Adentro. En el instante mismo en que me desperté, el desorden, la perturbación, la incompatibilidad de las imágenes del delirio llegaban al colmo. Había vuelto á tomar el hilo del sueño anterior—no sé si al lector le suele suceder esto,—y montado, no ya en la mulita que se me escapara de la cabecera, sino en un enorme gliptodón, que era yo mismo, y persistiendo mi espíritu en alcanzar la visión de la gloria cabalgando reptiles, discurría por esos campos de Dios murmurando:

«Dall’Alpi alle Piramide
Dall’Mansanare al Reno,

………………………………..
Dall’uno all’altro mare.»

Pronto estuvimos otra vez en camino con cabalgaduras frescas.

La noche tenía una majestad sombría; soplaba un vientecito del Sur y hacía un poco de frío. Medio entumido como me había levantado de mi gramíneo lecho, temí dormirme sobre el caballo, y era indispensable tener muchísimo cuidado, pues, en cuanto salimos del descampado y entramos de nuevo en el bosque, comenzaron á azotarnos sin piedad las ramas de los árboles. La penumbra de la luna eclipsada á cada momento por nubes cenicientas que corrían veloces por el vacío de los cielos, hacía muy difícil apreciar la distancia de los objetos; así fué que más de una vez apartamos ramas imaginarias y más de una vez recibimos latigazos formidables en el instante mismo en que más lejos del peligro nos creíamos.

¿No sucede en el sendero de la vida—de la política, de la milicia, del comercio, del amor,—lo mismo que cuando en nublada noche atravesamos las sendas de un monte tupido?

Cuando creemos llegar á la cumbre de la montaña con la piedra nos derrumbamos á medio camino. Nos creemos al borde de la playa apetecida y nos envuelve la vorágine irritada. Esperamos ansiosos la tierna y amorosa confidencia y nos llega en perfumado y pérfido billete un ¡olvidadme! Ofrecemos una puñalada, y somos capaces de humillarnos á la primera mirada compasiva.

¡Cuán cierto es que el hombre no alcanza á ver más allá de sus narices!

Llamé, para no dormirme, á Francisco, mi lenguaraz, y de pregunta en pregunta, llegué á asegurarme de que no tardaríamos muchas horas en hallarnos entre las primeras tolderías.

Díjome que poco antes de llegar adonde íbamos á parar, se apartaban varios caminos: que debíamos ir con mucho cuidado para no tomar uno por otro; que él era baqueano, pero que podía perderse haciendo mucho tiempo que no había andado por allí.

—Pues entonces no conversemos; no vayas á distraerte con la conversación y nos extraviemos—le contesté.

Y esto diciendo, sujeté de golpe el caballo, esperé á que toda la comitiva estuviese junta, y previne que de un momento á otro íbamos á llegar adonde se apartaban varios caminos, no tardando en encontrarnos entre las primeras tolderías; que tuvieran cuidado, que quien primero notara otros caminos ó toldos, avisara.

Marchamos un rato en silencio, oíase de cuando en cuando el relincho de los caballos, y constantemente el cencerreo de las madrinas.

De repente oyóse una carcajada.

Era Calixto, mi jocoso asistente, el revolucionario de marras, que, según su costumbre, iba contando cuentos y que acababa de echarles á los compañeros una mentira de á folio.

—¿Qué hay?—pregunté.

—Nada, mi Coronel—contestó Juan Díaz,—es Calixto que nos quiere hacer comulgar con ruedas de carreta.

El muy mentiroso acababa de jurar, por todos los santos del cielo, que una mujer de la Sierra había parido un fenómeno macho—así dijo él,—con dos cabezas.

Hasta aquí el hecho no tenía nada de inverosímil. Lo gordo era que Calixto agregaba. Que el muchacho—por no decir los muchachos,—tenía los más extraños caprichos; que con una boca bebía leche de vaca y con la otra de cabra; que con una decía sí y con otra no; que con una lloraba y con la otra cantaba, armando mediante ese dualismo unas disputas y camorras infernales, que eran muy entretenidas.

—Eres un gran embustero—le dije.

—Mi Coronel—contestó,—embustera será la gaceta en que yo lo he leído.

—¿Y en qué gaceta has leído eso?

—En un pedazo de gaceta en que me envolvieron días pasados una libra de azúcar que me vendió don Pedro en el Fuerte Sarmiento. Allí lo leímos en la cuadra del 7 de caballería; el amigo Carmen se ha de acordar.

Y Carmen, otro de mis asistentes, dió testimonio del hecho, corrigiendo solamente algunos detalles.

Á lo cual Calixto observó:

—Bueno, yo me habré olvidado de algo; pero lo más es verdad, es verdad.

—¿Cómo, que eso ha sucedido en la Sierra, que es donde se consuman todas las maravillas para un cordobés?

—De eso no me acuerdo bien.

—Padre Marcos, cuando lleguemos á Leubucó, confiéseme ese mentiroso.

—Con mucho gusto—contestó el buen franciscano, siempre dulce, atento y amable en su trato.

Y cuando aquí llegábamos, una voz gritó:

—¡Acá va el camino!

Me detuve y conmigo todos los que me seguían de cerca; los demás fueron llegando uno tras otro.

—Debemos estar por llegar—dijo Mora,—voy á ver, mi Coronel.

Esperé un rato.

Volvió diciendo que estaba muy obscuro, que no podía reconocer la rastrillada más traqueada, que era la que debíamos tomar.

En efecto, un nubarrón parduzco eclipsaba totalmente la luna menguante y las estrellas apenas despedían su vacilante luz, por entre la tenue bruma que se levantaba en toda la redondez del horizonte.

Habíamos llegado á otro gran descampado, cuyos límites no se columbraban por la obscuridad.

Ordené que cortaran paja.

Rápidos y ágiles se desmontaron los asistentes y obedecieron.

En un verbo tuvimos hermosas antorchas, y buscando al resplandor de ellas el camino que debíamos seguir, no tardamos en hallarlo.

Iba por él el rastro de Angelito y del cabo Guzmán.

—Han pasado no hace mucho rato—afirmaron los rastreadores,—y van con los caballos aplastados y sólo con el montado.

—Angelito va en el picazo—dijo uno.

—Ché, y el cabo Guzmán—agregó otro,—en el moro clinudo.

Tomamos el camino.

Debíamos estar á una legua. Los primeros toldos no se veían por la lobreguez de la noche.

Llegamos… Era un charco de agua entre dos medanitos. Acampamos… Mandé asegurar bien las tropillas y me acosté no exclamando como el poeta:

«Without a hope in life.»

Al contrario, esperanzado en el favor de Dios que hasta allí me había llevado con felicidad.

Era singular que los indios no nos hubieran sentido todavía; ellos, que son tan andariegos, que se acuestan tan temprano y se levantan con estrellas.

La luz crepuscular anunciaba la proximidad de un nuevo día.

Durmamos…

Es fácil conciliar el sueño cuando la civilización no nos incomoda, no nos irrita con sus inacabables inconvenientes, cuando no tiene uno más que echarse, cuando no hay ni el temor de desvelarse, quitándose la ropa, ó pensando en lo que la justicia y la generosidad humanas acaban de hacernos ó se proponen hacernos.

Lo confieso, en nombre de las cosas más santas. Yo no he dormido jamás mejor, ni más tranquilamente que en las arenas de la Pampa, sobre mi recado.

Mi lecho, el lecho blando y mullido del hombre civilizado, me parece ahora comparado con aquél, un lecho de Procusto.

Viviendo entre salvajes he comprendido por qué ha sido siempre más fácil pasar de la civilización á la barbarie que de la barbarie á la civilización.

Somos muy orgullosos. Y sin embargo, es más fácil hacer de Orión ó de Carlos Keen un cacique, que de Calfucurá ó de Mariano Rosas un Orión ó un Carlos Keen.

¿Hay quién lo ponga en duda?

Me desperté al ruido de los soldados que señalaban toldos acá y acullá.

La curiosidad me puso de pie en un abrir y cerrar de ojos.

Los franciscanos y los oficiales hicieron lo mismo.

Ya no se pensó en dormir, sino en las novedades que, sin duda, ocurrirían.

El toldo más próximo estaría distante de nosotros unos mil metros.

Divisábamos algo colorado.

Los soldados con ese ojo de águila que tienen, tan bueno como el mejor anteojo, decían si eran indios ó chinas, los contaban y se reían á carcajadas.

Estaban en sus coloquios cuando uno de ellos dijo:

—De aquel toldo salen tres chinas enancadas… y vienen para acá.

Con efecto, no tardamos en verlas llegar, como deteniéndose á cien metros de nuestro volante campamento.

Mandé que el lenguaraz les hablara; díjoles que era yo, el coronel Mansilla, que iba de paces, que se acercaran.

Las chinas castigaron el flaco mancarrón que montaban enhorquetadas como hombres, medio acurrucadas, y vinieron hacia mí.

Me acerqué á ellas.

Las tres eran jóvenes, dos bien parecidas, una así así.

Vestían su traje habitual, que después tendré ocasión de describir, y cada una de ellas traía una sandía. Era un regalo, por si teníamos sed. El agua de la lagunita era impotable, ellas lo sabían.

Acepté el obsequio y les di doce reales bolivianos, azúcar, hierba, tabaco, papel, todo cuanto pudimos: llevábamos bien poca cosa, habiendo quedado los cargueros atrás.

Les pregunté por sus maridos; y contestaron que hacía días andaban boleando.

Que cómo no habían tenido recelo de acercarse, y contestaron que hacía poco acababan de saber por Angelito que iban llegando á su tierra un cristiano muy bueno; que qué miedo habían de tener, siendo además mujeres.

¡Estas mujeres, señor, en todas partes se creen seguras! y mientras tanto, ¡en dónde no corren riesgo!

No he visto nada más confiado que las tales mujeres (para ciertas cosas, por supuesto.)

Era indudable que ya nos habían sentido los indios.

Mandé ensillar para llegar á la Verde y esperar un rato allí, donde hallaríamos buen pasto y excelente agua.

Mi lenguaraz se fué con las chinas al toldo, se cercioró de que no había indios en él y volvió con una ponchada de algarrobo.

Es un entretenimiento muy agradable ir á caballo masticando ó chupando esa fruta.

Así fué que en tanto caminábamos funcionaban las mandíbulas.

Ya no íbamos por entre montes, quedaban éstos al Naciente, al Poniente y al frente en lejanía.

Habíamos llegado á un campo que quebrándose en médanos bastante escarpados, semejaba el paisaje á las soledades del desierto de Arabia.

La vegetación era escasa y pobre. El guadal profundo. Los caballos caminaban con dificultad.

La mañana estaba lindísima.

Veíamos toldos en todas direcciones, lejos; pero indios, jinetes, ninguno.

Y era lo que más deseaban todos.

Ver indios, indios, eso es lo que quisiera, decían los franciscanos; y yo les replicaba: tengan paciencia, padres, que quién sabe si no es para un susto.

De médano en médano, de ilusión en ilusión, de esperanza en esperanza, llegamos á La Verde.

Serían las diez de la mañana.

Es una laguna como de trescientos metros de diámetro, profunda, adornada de árboles y escondida en la olla de un médano que tendrá setenta pies de elevación.

Mandé desensillar y mudar caballos.

Yo, aunque sea esto un detalle que no le interesa mucho al lector, me desnudé y, echéme al agua.

Quería inspirar confianza á los que me seguían, y más que á éstos, á los indios si me descubrían en aquel lugar.

Ya debían estar prevenidos. Y aquí me detengo hoy. Mañana te contaré los percances del resto del día, en que los franciscanos queridos no ganaron para sustos.

 

XV
La Laguna Verde.—Sorpresa.—Inspiraciones del gaucho.—Encuentros.—Grupos de indios.—Sus caballos y trajes.—Bustos.—Amenazas.—Resolución.

Después que me bañé, que comieron, descansaron y se refrescaron las cabalgaduras en las profundas aguas de La Verde, mandé ensillar, y continuó la marcha.

Estábamos tan cerca ya de Leubucó, que era en verdad sorprendente no se hiciera ver ningún indio.

Angelito y el cabo Guzmán, debían estar á esas horas descansando en el toldo del cacique Mariano Rosas, y éste prevenido de que yo llegaría de un momento á otro.

Íbamos con mi lenguaraz haciendo conjeturas y atravesando siempre un terreno guadaloso, sumamente pesado, tanto que los caballos no resistían al trote, cuando al coronar los últimos pliegues de la sucesión de médanos que forman el gran médano de La Verde, divisamos, viniendo al galope, un indio armado de lanza.

Mi lenguaraz se alarmó… lo conocí en cierta expresión de sorpresa que vagó por su cara.

—¿Qué hay, le dije, que te llama así la atención?

—Señor—repuso,—los indios no tienen costumbre de andar armados en Tierra Adentro.

—¿Y qué será?

Se encogió de hombros, vaciló un instante y por fin contestó:

—Deben estar asustados.

—¿Pero asustados de qué, cuando le he escrito á Mariano, y tú mismo le has traducido y explicado bien á Angelito mi mensaje para Ramón, para él y Baigorrita?

—¡Ah! señor, los indios son muy desconfiados.

El indio avanzaba hacia nosotros, haciendo molinetes con su larga lanza, adornada de un gran penacho encarnado de plumas de flamenco.

Tuve la intención de detenerme. Pero en la disyuntiva de que el indio creyera que lo hacía por recelo de él, y aumentar sus sospechas, si venía á reconocerme, preferí lo último, aun exponiéndome á que por no dejarlo acercarse bastante, no me reconociera bien.

Entre asustarse y asustar, la elección no es nunca dudosa. Un gran capitán ha dicho, que una batalla son dos ejércitos que se encuentran y quieren meterse miedo. En efecto, las batallas se ganan, no por el número de los que mueren gloriosamente, luchando como bravos, sino por el número de los que huyen ó pierden toda iniciativa, aterrorizados por el estruendo del cañón, por el silbido de las balas, por el choque de las relucientes armas y el espectáculo imponente de la sangre, de los heridos y de los cadáveres.

El indio sujetó su caballo, y con la destreza de un acróbata se puso de pie sobre él, sirviéndole de apoyo la lanza.

Venía del Sur. Ése era mi rumbo. Seguí avanzando, aunque acortando algo el paso.

El indio continuó inmóvil.

Estaríamos como á tiro de fusil de él, cuando cayendo á plomo sobre el lomo de su caballo, partió á toda rienda en mi dirección, pero visiblemente con el intento de que no nos encontráramos.

Hay aptitudes que no pueden explicarse; sólo la práctica da el conocimiento de ellas: es una especie de adivinación.

Nuestros paisanos tienen á este respecto inspiraciones que pasman.

Á mí me ha sucedido ir por los campos, y decirme Camilo Arias: allí debe haber animales alzados y han de ser baguales, por el modo como corre ese venado, y en efecto, no tardar muchos minutos en descubrir los ariscos animales, flotando al viento sus largas crines y corriendo impetuosos. ¡Qué hermoso es un potro visto así en los campos!

Destaqué mi lenguaraz sobre el indio, sin detenerme, con la orden de que lo hiciera venir á mí.

Como ni el indio ni yo nos detuviéramos, llegamos á encontrarnos á la misma altura, pero en distintas direcciones. Hubiérase dicho que nos habíamos pasado la palabra, al vernos hacer alto simultáneamente.

Mi lenguaraz se puso al habla con el indio. Habló un momento con él, y volvió diciéndome que quería reconocerme.

Piqué mi caballo, y ordenándole á mi gente que nadie me siguiese, partí á media rienda sobre el indio, que me esperaba con el caballo recogido y la lanza enristrada. Á los veinte pasos de él, sujeté, diciéndole: buenos días, amigo. ¡Buenos días!—contestó.—Cambiamos algunas palabras más, por medio del lenguaraz, tendientes todas á tranquilizarlo, y él dió vuelta rumbiando al Sur á todo escape, y yo, reuniéndome con mi gente, seguí ganando terreno paso á paso.

Mora, mi lenguaraz, parecía de mal talante, y, en efecto, lo estaba, pues habiéndole interrogado, me manifestó las más serias inquietudes.

Hablábamos de las leguas que todavía teníamos que hacer para llegar á Leubucó, discurriendo sobre si seguiríamos por el camino de Cerrilobo, que pasa por los toldos del cacique Ramón, ó por el de la derecha, que pasa por la lagunita del Calcumuleu, que debíamos encontrar por momentos, cuando avistamos dos indios ocultos en un pliegue del terreno.

No podía saber si alguno de ellos era el mismo con quien acababa de hablar.

Le consulté á Mora.

Fijó su vista, observó un instante, y contestó con aplomo:

—Son otros, el pelo del caballo del primero era gateado.

Los dos indios avanzaron sobre mí resueltamente.

Como el anterior, venían armados.

No tardamos en estar muy cerca.

Éstos no trataban, como el primero, de buscarme el flanco.

—¡Vienen á toparnos!—decía Mora,—¡vienen á toparnos! Y vienen en buenos pingos.

—Pues vamos á toparlos, vamos á toparlos—agregaba yo, y esto diciendo, castigué con fuerza el caballo, y ordenándole á mi gente que no apuraran el paso, me lancé á escape.

Con la rapidez de relámpago nos hubiéramos topado, si unos y otros no hubiéramos sujetado á unos cincuenta pasos, avanzando después poco á poco, hasta quedar casi á tiro de lanzada.

—Buenos días, amigo, ¿cómo va?—les dije.

—Buenos días, ché amigo,—contestaron ellos.

Y como estuvieran con las lanzas enristradas, le observé á mi lenguaraz se los hiciera notar, diciéndoles quien era yo, que iba de paces, y que no traía más gente que la que se veía allí cerca.

Los indios recogieron las lanzas á la primera indicación de Mora, y cuando éste acabó de hablarles, llamando especialmente su atención, sobre que yo no llevaba armas, me insinuaron con un ademán el deseo de darme la mano.

No vacilé un punto; piqué el caballo, me acerqué á ellos y nos dimos la mano con verdadera cordialidad.

Les ofrecí cigarros, que aceptaron con marcada satisfacción, y quedándome solo con ellos, hice que Mora fuese donde estaba mi gente, en busca de un chifle de aguardiente.

Mientras fué y volvió, nos hicimos algunas preguntas sin importancia, porque ni ellos entendían bien el castellano, ni yo podía hacerme entender en lengua araucana.

Sin embargo, saqué en limpio que el cacique principal Mariano Rosas, con otros caciques y muchos capitanejos estaban entregados á Baco; el padre Burela había llegado el día antes de Mendoza, con un gran cargamento de bebidas.

Volvió Mora, tomaron mis interlocutores unos buenos tragos, y despidiéndose alegremente, siguieron ellos su camino que era la dirección de las tolderías de Ramón, y yo el mío.

Mora seguía cabizbajo, á pesar del aire franco de los dos indios. No las tenía todas consigo. ¡Quién sabe qué va á suceder!—decía á cada paso, y luego murmuraba:—¡son tan desconfiados estos indios!

De cálculo en cálculo, de sospecha en sospecha, de esperanza en esperanza, mi caravana se movía pesadamente, envuelta en una inmensa nube de polvo.

Mora decía: Los indios van á creer que somos muchos.

Yo seguía tranquilo; un secreto presentimiento me decía que no había peligro.

Hay situaciones en que la tranquilidad no puede ser el resultado de la reflexión. Debe nacer del alma.

El campo se quebraba otra vez en médanos vestidos de pequeños arbustos, espinillos, algarrobos y chañares.

Nos aproximábamos á una ceja de monte.

Todos, todos los que me acompañaban, paseaban la vista con avidez por el horizonte, procurando descubrir algo.

Marchábamos en alas de la impaciencia, subiendo á la cumbre de los médanos, descendiendo á sus bajíos guadalosos, esquivando los arbustos espinosos, bajo los rayos del sol, que estaba en el cenit, alargándose la distancia cada vez más, por ciertas equivocaciones de Mora, cuando casi al mismo tiempo, varias voces exclamaron:—¡Indios! ¡indios!

En efecto, fijando la vista al frente y estando prevenida la imaginación, descubrí varios pelotones de indios armados.

—Parémonos, señor—me dijo Mora.

—No, sigamos—repuse,—pueden creer que tenemos miedo, ó desconfiar. Adelantémonos más bien.

Dejé mi comitiva atrás, aunque mi caballo iba bastante fatigado, y apartándome del camino, que ya habíamos encontrado, y poniéndome al galope, me dirigí al grupo más numeroso de indios.

Tendiendo la vista en ese momento á mi alrededor, vi que me hallaba circulado de enemigos ó de curiosos. Poco iba á tardar en saber lo que eran.

Vinieron á decirme que estábamos rodeados.

—Que avancen al tranco—contesté, y seguí al galope.

Rápidos como una exhalación, varios pelotones de indios estuvieron encima de mí.

Es indescriptible el asombro que se pintaba en sus fisonomías.

Montaban todos caballos gordos y buenos. Vestían trajes lo más caprichosos, los unos tenían sombrero, los otros la cabeza atada con un pañuelo limpio ó sucio. Éstos, vinchas de tejido pampa, aquéllos, ponchos, algunos, apenas se cubrían como nuestro primer padre Adán, con una jerga; muchos estaban ebrios; la mayor parte tenían la cara pintada de colorado, los pómulos y el labio inferior; todos hablaban al mismo tiempo, resonando la palabra ¡winca! ¡winca! es decir: ¡cristiano! ¡cristiano! y tal cual desvergüenza, dicha en el mejor castellano del mundo.

Yo fingía no entender nada.

¡Buen día, amigo!

Buen día, hermano, era toda mi elocuencia, mientras mi lenguaraz apuraba la suya, explicando quién era yo, y el objeto de mi viaje.

Hubo un momento en que los indios me habían estrechado tan de cerca, mirándome como un objeto raro, que no podía mover mi caballo. Algunos me agarraban la manga del chaquetón que vestía, y como quien reconoce por primera vez una cosa nunca vista, decían: ¡ese coronel Mansilla! ¡ese coronel Mansilla!

—Sí, sí, contestaba yo, y repartía cigarros á diestro y siniestro, y hacía circular el chifle de aguardiente.

Notando que mi comitiva, siguiendo el camino, se alejaba demasiado de mí, resolví terminar aquella escena. Se lo dije á Mora, habló éste, y abriéndome calle los indios, marchamos todos juntos al galope, á incorporarnos á mi gente.

Pronto formamos un solo grupo, y confundidos, indios y cristianos, nos acercábamos á un medanito, al pie del cual hay un pequeño bosque. Llámase Aillancó.

Mis oficiales y soldados no sabían qué hacerse con los indios—dábanles cigarros, hierbas y tragos de aguardiente.

—Achúcar (azúcar), pedían ellos. Pero el azúcar se había acabado, la reserva venía en las cargas, y no había cómo complacerlos.

Nuevos grupos de indios llegaban unos tras otros.

Con cada uno de ellos tenía lugar una escena análoga á la que dejo descripta, siendo remarcable las buenas disposiciones que denotaban todos los indios y la mala voluntad de los cristianos cautivos ó refugiados entre ellos. La afabilidad, por decirlo así, de los unos, contrastaba singularmente con la desvergüenza de los otros. Cuando ésta subió de punto, hablé fuerte, insulté groseramente, á mi vez, y así conseguí imponerles respeto á aquellos desgraciados ó pillos, á quienes, viéndonos casi desarmados, se les iba haciendo el campo orégano.

Llegados á Aillancó, y como allí hay una lagunita de agua excelente, hice alto, eché pie á tierra y mandé mudar caballos.

Mudando estábamos, cuando llegó un grupo de veintiséis indios, encabezados por un hombre blanco, en mangas de camisa, de larga melena, atada con una vincha; de aspecto varonil, un tanto antipático, montando un magnífico caballo overo negro, perfectamente ensillado, con ricos estribos de plata y chapeado, que haciendo sonar unas grandes espuelas, también de plata, y blandiendo una larguísima lanza, y dirigiéndose á mí, y sofrenando de golpe el caballo, me dijo: Yo soy Bustos.

—Me alegro de saberlo—le contesté con disimulada arrogancia.

—Soy cuñado del cacique Ramón—añadió, cruzando la pierna derecha sobre el pescuezo de su caballo.

—Soy el coronel Mansilla—repuse, imitando su postura, y añadiendo: ¿cómo está el cacique Ramón?

Contestóme que estaba bueno, que mandaba saludarme con todos mis jefes y oficiales, y á saber por qué razón habiendo llegado á sus tierras, pasaba de largo por ellas.

Le dije, agradeciéndole el saludo: que no pasaba de largo por sus tierras, callado la boca; que el día antes había adelantado al indio Angelito y al cabo Guzmán con un mensaje.

Me dijo, que precisamente de ahí nacía la sorpresa de Ramón, que ellos habían dicho que antes de llegar á las tolderías del cacique Mariano, yo pasaría por las de Ramón.

Seguimos cambiando palabras sobre este tópico, y no tardé en apercibirme de que el cacique Ramón hacía una mixtificación exprofeso del mensaje que recibiera.

Ni el indio Angelito, ni el cabo Guzmán podían haberse equivocado. Era sumamente difícil. Yo me aseguré antes de despacharlos de Coli-Mula de que me habían entendido perfectamente bien.

Por otra parte, mi carta al cacique Mariano era terminante, y las tolderías de éste no distan tanto de las de Ramón, como para que no hubiera tenido tiempo de prevenirlo.

Mi diálogo con el caballero Bustos, se prolongó bastante, porque él hablaba castellano lo mismo que yo.

Me avisaron que los caballos estaban prontos, preguntándome si quería mudar el mío.

Contesté que sí, que me tomaran otro; y ofreciéndole á Bustos un cigarro, eché pie á tierra, y convidándole á hacer lo mismo, le dije que pensaba llegar en un rato al toldo de Mariano Rosas.

Mientras me mudaban el caballo, hice extender un poncho bajo de un árbol, y sentados en él nos pusimos á platicar como dos viejos conocidos.

Me trajeron el caballo, y cuando ponía el pie en el estribo, despidiéndome de Bustos, á quien conocí le había caído en gracia, llegaron simultáneamente por dos rumbos distintos dos grupos de indios.

El uno venía de los toldos de Ramón, y el otro de los toldos de Mariano.

El de Mariano lo encabezaba un capitanejo, hombre de malas pulgas, como se verá después.

El otro, un indio cualquiera.

Mariano mandaba saludarme; Ramón á decirme que ya salía á encontrarme.

Despedí al primero con mis agradecimientos, y me dispuse á esperar á Ramón.

Esperándolo estaba, conversando con Bustos, mi comitiva charlaba y se entretenía con los demás indios y con unas chinas que acababan de llegar enancadas de á tres, cuando fuimos acometidos por unos cuantos indios, que, lanza en ristre, y viniendo hacia mí: gritaban ¡winca! ¡winca! ¡matando! ¡matando, winca!

Eché una mirada á mi alrededor, y vi que mi gente estaba resuelta á todo, y con disimulada irritación, le dije á Bustos: ¿Pensarán éstos hacer alguna barbaridad?

Los bárbaros estaban ya encima. Hablóles Bustos y mi lenguaraz en su lengua, y echándose sobre ellos las chinas, sin temor de ser pisoteadas por los caballos, y asiéndose vigorosamente de sus lanzas, se las arrancaron de las manos. Los indios bramaban de coraje. Felizmente, el incidente no pasó de ahí.

Los augurios y temores de mi lenguaraz amenazaban confirmarse. Pero ya estábamos en las astas del toro, y no era cosa de retroceder.

Volvió el embajador del cacique Ramón.

¿Con qué embajada? Mañana lo sabrás.

 

XVI
El embajador del cacique Ramón y Bustos.—Desconfianza de cacique.—Quién era Bustos.—Caniupán.—Otra vez el embajador de Ramón y Bustos.—Un bofetón á tiempo.—Mari purrá wentru.—Recepción.—Retrato de Ramón.—Exigencias de Caniupán.—¡Lo mando al diablo!—Conformidad.

Regresó el embajador de Ramón.

En lugar de dirigirse á mí, se dirigió á Bustos.

¿Qué le dijo? Ni lo supe, ni lo sé. Mi lenguaraz no tenía suficiente libertad para hablar conmigo, porque, á más de pertenecer á las tolderías de Ramón, cuyo cuñado estaba allí, á mi lado, rodeábannos muy de cerca muchísimos indios, que atentos y curiosos, no apartaban sus miradas de mí, como queriendo penetrar mis pensamientos.

Lo que no podía ocultárseme era que Bustos y el embajador no estaban acordes. El primero se expresaba con verbosidad, con calor y perceptible descontento.

Mora, aprovechando un instante de distracción de Bustos, me insinuó con aire significativo que Ramón desconfiaba y que Bustos me defendía.

No me había engañado. El hombre había simpatizado conmigo. Ya tenía un aliado. Traté, pues, de acabar de hacer su conquista, afectando la mayor tranquilidad, disimulando que conocía las desconfianzas de Ramón, y encontrando muy natural todo lo que hasta entonces había pasado.

El embajador partió de nuevo, y Bustos y yo seguimos conversando, dándome mala espina el que á cada rato me dijera, como queriendo justificar el extraño proceder de Ramón, que con toda astucia y disimulo me retenía en el camino:

—No tenga miedo, amigo.

—No, no hay cuidado, contestaba yo.

Y bajo la influencia de estas admoniciones, comencé á engendrar sospechas, inclinándome á creer que había andado muy ligero al hacerme la idea de que el hombre había simpatizado conmigo.

Estábamos platicando, habiéndome dicho que había nacido en el antiguo Fuerte Federación, hoy Villa de Junín, que su madre fué india y su padre un vecino de Rojas, de apellido Bustos, que en un tiempo fué comandante de Guardia nacional. Mi comitiva, asediada por los indios, que pedían cuanto sus ojos veían, repartía cigarros, hierba, fósforos, pañuelos, camisas, calzoncillos, corbatas, todo lo que cada uno llevaba encima y le era menos indispensable. De repente, sintióse un tropel, y envueltos en remolinos de polvo, llegaron unos treinta indios, sujetando los caballos tan encima de mí, que si hubieran dado un paso más me habrían pisoteado.

Bustos no pudo prescindir de gritarles: ¡Eeeeeh!

Yo, sin moverme del sitio en que estaba, ni cambiar de postura, fruncí el ceño y clavé la mirada en el que venía haciendo cabeza, que encarándoseme y llevando la mano derecha al corazón, me dijo:

—¡Ese soy Caniupán! ¡Capitanejo Mariano Rosas! (y volviendo á señalarse á sí propio) ¡Ese indio guapo!

Seguí mirándolo con torvo ceño.

Junto con las palabras ¡winca! ¡winca! se oyeron algunas otras groseras, de calibre grueso.

Bustos me dijo:

—Montemos á caballo.

Lo tenía ahí cerca, y sin esperar otra insinuación, me levanté del suelo y monté.

Mora me dijo, al hacerlo:

—Caniupán quiere hablar con usted, señor.

—Pues que hable lo que guste, dile.

Díjome por medio del lenguaraz:

Que Mariano Rosas mandaba saludarme con todos mis jefes y oficiales; que sentía muchísimo no poder recibirme ese día como yo lo merecía; que al día siguiente me recibiría; que tuviese á bien acampar donde me encontraba.

Contestéle con la mayor política, resignándome á pasar la noche en Aillancó, y viendo ya que todas aquellas dilaciones eran calculadas.

Mientras el capitanejo y yo hablábamos, varios indios, particularmente uno chileno, nos interrumpían con sus gritos, echándome encima el caballo y metiéndome, por decirlo así, las manos en la cara.

Hasta donde era posible me daba por no apercibido de estas amabilidades, que llegaron á alarmarme seriamente, cuando vi que un indio lo atropelló al Padre Marcos, pechándolo con el caballo, en medio de un grito estentóreo, cariño que el reverendo franciscano recibió con evangélica mansedumbre, á pesar de haber andado por las gavias, lo mismo que su compañero, el Padre Moisés, que simultáneamente era objeto de otra demostración por el estilo.

El indio chileno vociferaba algo que debían ser amenazas de muerte.

Bustos, que no se separaba de mi lado, volvió á decirme:

—No tenga miedo, amigo.

Le contesté, con tono áspero y fuerte:

—Usted me está fastidiando ya con su: No tenga miedo, amigo, y echando un voto cambrónico, agregué:

—Dígame eso cuando me vea pálido.

Algunos indios que entendían el castellano, exclamaron á una: ¡Ese coronel Mansilla, ese cristiano toro!

Caniupán me dijo con aire imperioso: Dame un caballo gordo para comer.

—¿Conque habías entendido la lengua?—le dije.

—Poquito—repuso el indio,—¿dando caballo?

—Sí… en eso estoy pensando.

El capitanejo iba á contestar, cuando el embajador de Ramón se presentó por tercera vez.

Habló con Bustos, parando la oreja todos los indios que me rodeaban, porque lo hacía con aire misterioso.

Bustos contestaba con monosílabos que me parecían significar solamente sí y no. Dirigiéndose á los circunstantes, me dijo:

—Dice el cacique Ramón que usted no es el coronel Mansilla, que el coronel vendrá atrás con la demás gente.

Lo llamé á Mora, y le dije:

—Vete al toldo de Ramón, asegúrale que yo soy el coronel Mansilla, que mande algún indio de los que han estado en el Río 4.º á reconocerme y quédate en rehenes.

Mora contestó.

—Le voy á decir que si lo engaño, me degüelle.

Y dirigiéndose á Bustos, al separarse de mi lado, añadió:

—Amigo, repáremelo al coronel, por si quiere conversar con alguno.

La resolución con que se separó Mora de mi lado, acompañado del embajador, produjo un efecto inesperado en los indios. Cesaron sus impertinencias, continuando, sin embargo, las de algunos cristianos.

Á uno de mis soldados se le fué la mano y le plantificó un bofetón al más atrevido de ellos, diciéndole:

—¡Tomá, chachino pícaro!

El cristiano quiso hacer barullo, pero los otros colegas no le ayudaron, y menos los indios.

El soldado era un diablo. Echó el bofetón á la risa, y esgrimiendo un chifle de aguardiente, gritaba encarándose con los que le parecían más capaces de una avería: Bebiendo, peñi (peñi quiere decir hermano).

Por algunos indios sueltos que llegaron, supe que el cacique Ramón no estaba en su toldo, sino que se hallaba allí cerca, dentro del monte; que Mora ya estaba con él, que se hacían los preparativos para recibirme.

Detrás de éstos llegó un propio, y después de hablar con Bustos, me dijo éste:

—Amigo, haga formar su gente y dígame cuántos son.

Llamé al Mayor Lemlenyi, y le di mis órdenes.

Cumplidas éstas, le dije á Bustos:

—Somos cuatro oficiales, once soldados, dos frailes y yo.

—Bueno, amigo, déjelos así formados en ala como están.

Y dirigiéndose al propio, le dijo: entre otras cosas, Maripurrá wentru, palabras que comprendí, y que querían decir diez y ocho hombres.

Mientras mi gente permanecía formada, mis tropillas andaban solas. Yo estaba con el Jesús en la boca, viendo la hora en que me dejaban con los caballos montados.

Bustos despachó de regreso el propio.

Siguiendo sus insinuaciones al pie de la letra, primero, porque no había otro remedio; segundo… Aquí se me viene á las mientes un cuento de cierto personaje, que queriendo explicar por qué no había hecho una cosa, dijo:

No lo hice—primero, porque no me dió la gana; segundo… Al oir esta razón, uno de los presentes le interrumpió diciendo: Después de haber oído lo primero, es excusado lo demás.

Iba á decir que siguiendo las insinuaciones de Bustos, me puse en marcha con mi falange formada en ala, yendo yo al frente, entre los dos frailes.

Anduvimos como unos dos mil metros en dirección al monte donde se hallaba el cacique Ramón.

Llegó otro propio, habló con Bustos, y contramarchamos al punto de partida.

Esta revolución se repitió dos veces más.

Como se hiciera fastidiosa, le dije á Bustos, sin disimular mi mal humor.

—Amigo; ya me estoy cansando de que jueguen conmigo. Si sigue esta farsa mando al diablo á todos y me vuelvo á mi tierra.

—Tenga paciencia—me dijo,—son las costumbres. Ramón es buen hombre, ahora lo va á conocer. Lo que hay es que están contando su gente bien.

Oyéronse toques de corneta.

Era el cacique Ramón que salía del bosque, como con ciento cincuenta indios.

Á unos mil metros de donde ya estaba formado en ala, el grupo hizo alto; tocaron llamada, y se replegaron á él todos los otros que habían quedado á mi espalda, excepto el de Caniupán, que formó en ala, como cubriéndome la retaguardia.

Tocaron marcha, y formaron en batalla.

Serían como doscientos cincuenta. Un indio seguido de tres trompas que tocaban á degüello recorría la línea de un extremo á otro en un soberbio caballo picazo, proclamándola.

Era el cacique Ramón.

Llegaron dos indios y mi lenguaraz, diciéndome que avanzara. Y Bustos, haciendo que los franciscanos me siguieran como á ocho pasos, se puso á mi izquierda, diciéndome:

—Vamos.

Marchamos.

Llegamos á unos cien metros del centro de la línea de los indios, al frente de la cual se hallaba el cacique teniendo un trompa á cada lado, otro á retaguardia.

Caniupán me seguía como á doscientos metros.

Reinaba un profundo silencio.

Hicimos alto.

Oyóse un solo grito prolongado que hizo estremecer la tierra, y conversando las dos alas de la línea que teníamos al frente, formaron rápidamente un círculo, dentro del cual quedamos encerrados, viendo brillar las dagas relucientes de las largas lanzas adornadas de pintados penachos, como cuando amenazan una carga á fondo.

Mi sangre se heló…

Estos bárbaros van á sacrificarme—me dije.

Reaccioné de mi primera impresión, y mirando á los míos: Que nos maten matando—les hice comprender con la elocuencia muda del silencio.

Aquel instante fué solemnísimo.

Otro grito prolongado volvió á hacer retemblar la tierra.

Las cornetas tocaron á degüello…

No hubo nada.

Lo miré á Bustos como diciéndole:

—¿De qué se trata?

—Un momento—contestó.

Tocaron marcha.

Bustos me dijo:

—Salude á los indios primero, amigo, después saludará al cacique.

Ya haciendo de cicerone, empezó la ceremonia por el primer indio del ala izquierda que había cerrado el círculo.

Consistía ésta en un fuerte apretón de manos, y en un grito, en una especie de hurrah dado por cada uno de los indios que iba saludando, en medio de un coro de otros gritos que no se interrumpían, articulados abriendo la boca y golpeándosela con la palma de la mano.

Los frailes, los pobres franciscanos, y todo el resto de mi comitiva hacían lo mismo.

Aquello era una batahola infernal.

¡Imagínate, Santiago amigo, cómo estarían mis muñecas después de haber dado unos doscientos cincuenta apretones de manos!

Terminado el saludo de la turbamulta, saludé al cacique, dándole un apretón de manos y un abrazón que recibió con visible desconfianza de una puñalada, pues, sacándome el cuerpo se echó sobre el anca del caballo.

El abrazo fué saludado con gritos, dianas y vítores al coronel Mansilla.

Yo contesté.

—¡Viva el cacique Ramón! ¡Viva el Presidente de la República! ¡Vivan los indios argentinos!

Y el círculo de jinetes y de lanzas se quebró en todas partes, desparramándose los indios al son de las dianas que no cesaban, haciendo molinetes con las lanzas, dándose de pechadas los unos á los otros, cayendo aquí y levantándose allá, ostentando los más diestros su habilidad, rayando los corceles, hasta que jadeantes de fatiga les corría el sudor como espuma.

Los gritos de regocijo se perdían por los aires.

El cacique Ramón y yo, rodeados de pedigüeños, tomamos el camino de Aillancó.

Llegamos…

Extendiendo ponchos bajo los árboles y formando rueda, nos pusimos á parlamentar entre mate y mate, entre trago y trago de aguardiente.

Hube de echar las entrañas por la boca.

No estaba en carácter, y no había más remedio que hacer bien mi papel.

Obsequié al cacique lo mejor que pude con lo poco que llevaba.

Tenía que armarle y encenderle yo mismo el cigarro, que probar primero que él el mate y la bebida para inspirarle confianza plena.

El cacique Ramón es hijo de indio y de una cristiana de la Villa de la Carlota.

Predomina en él el tipo de nuestra raza.

Es alto, fornido, tiene ojos pardos, cabello algo rubio, ancha frente y habla muy ligero.

Es en extremo aseado.

Viste como un paisano rico.

Quiere bien á los cristianos, teniendo muchos en sus tolderías y varios á su alrededor.

Tendrá cuarenta años.

Todo su aspecto es el de un hombre manso, y sólo en su mirada se sorprende á veces como un resplandor de fiereza.

Es de oficio platero; siembra mucho todos los años, haciendo grandes acopios para el invierno, y sus indios le imitan.

Su padre ha abdicado en él el gobierno de la tribu.

Charlamos duro y parejo.

Me agradeció con marcada expresión de sentimiento, todo cuanto había hecho en el Río 4.º por su hermano Linconao, á quien con mis cuidados salvé de las viruelas, preguntándome repetidas veces, si siempre vivía en mi casa, que cuándo volvería á su tierra.

Contestéle que estuviera tranquilo, que su hermano quedaba muy bien recomendado; que no le había traído conmigo porque estaba convaleciente, muy débil y que el caballo le habría hecho daño.

Me instó encarecidamente, á visitarle en sus tolderías, ofreciéndome presentarme su familia. Le prometí hacerlo de regreso, y nos separamos ofreciéndome visita para el día siguiente.

Bustos se marchó con él, pidiéndome por supuesto una botellita de aguardiente.

Le di la última que quedaba.

Mora se quedó á mi lado, diciéndome Ramón que le conservara tanto cuanto le necesitara.

Apenas se alejaba Ramón, se presentó el capitanejo Caniupán, insistiendo en que le diera un caballo gordo para comer.

El pedido tenía todo el aire de una imposición.

Me negué redondamente.

Insistió chocándome, y le contesté, que dónde había visto que un hombre gaucho diera sus caballos; que los necesitaba para volverme á mi tierra, que si se creía que me iba á quedar toda la vida en la suya.

Me dijo algo picante.

Lo mandé al diablo.

Los que le seguían murmuraron algo que podía traer un conflicto.

Creí prudente aflojar un poco la cuerda, y como haciendo una transacción, ordené con muy mal modo le dieran una yegua.

Llevaba dos gordas para cuando se nos acabara el charque, lo que probablemente sucedería esa noche, si teníamos muchos huéspedes.

Le entregaron la yegua, la carnearon en un santiamén y se la comieron cruda, chupando hasta la sangre caliente del suelo.

En el sitio del banquete no quedaron más residuos que las panzas, en las que se cebaron después algunos caranchos famélicos.

La tarde se acercaba y las visitas raleaban.

Llegó un hijo de Mariano Rosas, con unos cuantos. Mandábame saludar nuevamente su padre; quería saber cómo me había ido; recomendarme sobre todo, en todos los tonos tuviera mucho cuidado con los caballos.

Contesté secamente.

Marchóse el mensajero, se puso el sol, acomodáronse los caballos teniéndolos á ronda cerrada, se recogió bastante leña, se hizo un fogón, nos pusimos en torno, circuló el mate y comenzó la charla.

Discurriendo sobre lo que había pasado durante el día, cambiando ideas con Mora, no me quedó duda de que los indios temían un lazo. Iban, por consiguiente, á hacerme demorar en el camino con pretextos, hasta que regresasen sus descubiertas y se aseguraran y persuadieran de que tras de mí no venían fuerzas.

No debía impacientarme.

¡Gran virtud es la conformidad! Me resigné á mi suerte. Filosofábamos con los frailes; y como Dios es inmensamente bueno, nos inspiró confianza, y concediéndonos un sueño reparador, nos permitió dormir en el suelo desigual, lo mismo que en un lecho de plumas y rosas.

XVII
Un cuerpo sano en alma sana.—El mate.—Un convidado de piedra.—Pánico y desconfianzas de los indios.—Historias.—Un mensajero de Caniupán.—Visitas.—En marcha.—Calcumuleu.—Nuevo mensajero.—La noche.—Amonestaciones.—Primer regalo.—Unos bultos colorados.

Los franciscanos, como de costumbre, habían hecho sus camas muy cerca de mí.

Así dormíamos siempre.

Yo se los había recomendado.

La abnegación generosa de estos jóvenes misioneros; su paciente conformidad en los peligros; su carácter afable, su porte siempre comedido, sus mismas simpáticas fisonomías, todo, todo lo que constituye la persona física y moral, inspiraba hacia ellos una fuerte adhesión.

Se concibe, pues, que unido á estos sentimientos el deber que tenía de cuidarlos, tratara de tenerlos constantemente á mi lado.

Cuerpo sano en alma sana es roncador.

Los reverendos roncaban á dúo, haciendo el padre Moisés de tenor y el padre Marcos de bajo profundo.

Estuve tentado algunas veces de hacerles alguna broma, pero debían estar tan fatigados, que habría sido imperdonable arrancarles á un sueño que, si no era interesante, debía ser agradable y reparador.

No pude continuar durmiendo.

Me puse á soñar despierto, y después de hacer unos cuantos castillos en el aire, llamé un asistente y le ordené que hiciera fuego.

Cuando la vislumbre del fogón me anunció que mis órdenes estaban cumplidas, hube de levantarme.

Seguí morrongueando y contemplando las estrellas que tachonaban el firmamento, anunciando ya su trémula luz la proximidad del rey del día, hasta que sentí hervir el agua.

Levantéme, sentéme al lado del fogón y mientras mi gente dormía como unos bienaventurados, yo apuraba la caldera, junto con Carmen, echándonos al coleto varios mates de café.

Carmen había salvado un poco de azúcar, felizmente; y á propósito de esto, tuve que resignarme á escuchar su cariñoso reproche de que no diera tanto, porque pronto nos quedaríamos sin cosa alguna.

Yo estaba distraído, viendo arder la leña, carbonizarse, volverse ceniza, y desaparecer la materia, por decirlo así, cuando Carmen exclamó:

—Ya viene el día.

—Pues despierta á Camilo—le dije,—que venga á tomar mate.

Dicho esto cambié de postura, me recosté sobre el brazo derecho y me quedé dormitando un momento.

Los buenos días de Camilo me hicieron abrir los ojos, y enderezarme perezosamente, haciendo con los brazos una especie de aleteo que duró tanto cuanto mi boca se abrió y cerró para bostezar.

Al sentarse Camilo le oí decir: ¡Buen día, amigo! Y como la salutación despertara en mí la curiosidad de saber á quién se dirigía, tendí la vista alrededor del fogón y ví un indio rotoso, sin sombrero, tiritando de frío, acurrucado como un mono al lado de la bolsa en que Carmen tenía el azúcar, chupándose los dedos de la mano derecha y metiendo la izquierda con disimulo en aquélla.

—¿Cómo va, hermano?—le dije.

—Bueno, hermano—contestó fingiendo un estremecimiento, y añadió, llevando un puñado de azúcar á la boca:

—Mucho frío ese pobre indio.

Le hice dar un poncho calamaco que llevaba entre mis caronas.

Continué conversando, y supe que había pasado la mayor parte de la noche cerca de nosotros; que su toldo estaba inmediato; que cuando había vuelto á él, el día antes, después de haber andado con la gente de Ramón, se había encontrado sin su familia, la que junto con otras andaba huyendo por los montes, porque decían que los cristianos traían un gran malón; que el indio Blanco que había llegado de Chile al mismo tiempo que yo, era el autor de la mala nueva; que todos estaban muy alarmados; que habían mandado tres grandes descubiertas para el Norte, para el Naciente y para el Poniente, por los caminos del Cuero, del Bagual y de las Tres Lagunas, cada una de cincuenta hombres, y que la alarma duraría hasta que no viniese el parte sin novedad.

Era la confirmación de mis conjeturas.

—Quién sabe lo que va á suceder—decía yo para mis adentros,—si las tales descubiertas avanzan demasiado sobre las fronteras de San Luis, Córdoba y Sur de Santa Fe. Nada de extraño tiene que las sientan, que las tomen por una invasión, que las fuerzas se muevan y salgan al Sur, y que los descubridores traigan un parte falso.

Los franciscanos me sacaron de estas reflexiones dándome los buenos días, y sentándose en la rueda del fogón que convidaba con sus hermosas brasas.

Después de los padres se levantaron y ocuparon su puesto los oficiales, y la conversación se hizo general, ponderando todos sin excepción alguna, lo bien que habían dormido.

Los padres no necesitaban jurarlo.

El indio era muy ladino; nos entretuvo un rato contándonos una porción de historias; entre ellas nos habló de un pariente suyo que había vivido sin cabeza; de unos indios que diz que vivían en tierras muy lejanas, que se alimentaban con sólo el vapor del puchero; de otros que corren tan ligero como los avestruces, que tienen las pantorrillas adelante pretendiendo hacernos creer que todo cuanto decía era verdad.

Yo no sé si él lo creía, pero parecía creerlo.

Varias veces le pregunté si él había visto esas cosas.

Me contestó que no, que su padre se las había contado.

Por supuesto, que éste tampoco las había visto; se las había contado el abuelo de nuestro interlocutor.

¿Pero, qué tenía de extraño que un pobre indio creyese tales patrañas, cuando uno de mis ayudantes, el mayor Lemlenyi, creía, porque se lo había contado no sé qué chusco, que en Patagones hay unos indios que tienen el rabo como de una cuarta, cuyos indios antes de sentarse en el suelo, hacen un pocito con el dedo, ó con el mismo rabo, para meterlo en él, y estar con más comodidad?

Las creederas de la humanidad suelen tener unas proporciones admirables.

Todo cabe dentro de ellas—la verdad lo mismo que la mentira.

Si me apurasen mucho, demostraría que es más común creer en la mentira que en la verdad.

Machiavello dice que el que quiera engañar, encontrará siempre quien se deje engañar, lo que prueba que, si no hay quien mienta más, no es por la dificultad de encontrar quien crea, sino por la dificultad de encontrar quien se resuelva á mentir.

Amaneció.

Me trajeron el parte de que en las tropillas no había novedad. En cambio, la yegua que conservaba para comer había muerto envenenada por un yuyo malo.

Íbamos á estar frescos si esa tarde no llegaban las cargas.

Cuando salía el sol, se presentó un mensajero de Caniupán, y después de darme los buenos días con muchísima política, de preguntarme si había dormido bien, si no había habido novedad, si no había perdido algunos caballos, me notificó que el capitanejo vendría á visitarme al rato. Devolví los saludos y contesté que estaba pronto.

El mensajero pidió cigarros, aguardiente, yerba, achúcar, achúcar, se lo dieron y se marchó.

Poco á poco fueron llegando visitantes, ó mejor dicho curiosos, porque no se bajaban del caballo, sino que, echados sobre el pescuezo, se quedaban largo rato así mirándonos, y luego se marchaban, diciendo algunas veces: Adiós, amigo; pidiendo otras un cigarro.

La visita anunciada llegó á las dos horas. Le acompañaban veintitantos indios. Se apeó del caballo, después de saludar cortésmente, me dió un mensaje de Mariano Rosas, y tomó asiento en el suelo, á mi lado, pidiéndome con la mayor familiaridad un cigarro.

Arméselo, encendílo yo mismo, y se lo puse en la boca por decirlo así.

Mariano Rosas me invitaba á cambiar de campamento, á avanzar una legua; y me pedía disculpas.

El comisionado le disculpaba por su cuenta confidencialmente, diciéndome que estaba achumado (ebrio).

Mandé tomar caballos y ensillar, y como el terreno era muy quebrado, durante la operación se distrajeron los caballerizos y me robaron dos pingos.

Se lo dije á Caniupán, manifestándole con grosería que aquello era mal hecho, que Mariano Rosas estaba en el deber de tomar á los ladrones, para castigarlos y hacerles entregar mis caballos si no se los habían comido. Y quise hacer aquella comedia de enojo, porque entre bárbaros más vale pasar por brusco que por tonto.

Caniupán hizo la suya; me aseguró que los ladrones serían perseguidos, tomados y castigados, pero él sabía perfectamente bien que nadie lo había de hacer. Por supuesto que no lo hicieron. Perdí, pues, mis caballos, quedándome sólo la satisfacción de haber refunfuñado un rato con desahogo.

Avisáronme que todo estaba pronto para la marcha. Se lo previne á mi conductor y nos pusimos en viaje.

Los indios no andan jamás al tranco cuando toman el camino.

Al entrar en el que debíamos seguir, me dijo Caniupán, poniéndose al galope:

—Galope, amigo.

Yo, que no quería dejarme dominar ni en las cosas pequeñas, ni contesté, ni galopé.

—Galope, galope, amigo—me gritó el indio.

Si yo hubiera estado prisionero, no me habría hecho tan mal efecto aquella especie de imposición.

—No quiero galopar—le contesté.

Y como algunos de los míos que venían atrás, viendo el aire de la marcha de los indios, llegasen galopando:

—¡Despacio! ¡despacio!—les grité.

Los indios se fueron adelante formando un grupo; los cristianos nos quedamos atrás, formando otro.

Sujetaron ellos para esperarnos. Yo seguí al tranco, y al ponerme á su altura piqué el caballo, le apliqué un fuerte rebencazo, y gritándoles á los míos: ¡al galope! galopamos todos, y digo todos, hablando con propiedad, porque también los indios galoparon poniéndose Caniupán á la par mía.

El punto adonde nos dirigíamos era á la Laguna de Calcumuleu, que quiere decir Agua en que viven brujas. Distaba una legua larga de Aillancó y quedaba como á seiscientos metros de la orilla del monte de Leubucó.

De consiguiente, poco demoramos en llegar.

El lugar no presenta ninguna particularidad. Es una lagunita como hay muchas, reduciéndose su mérito á tener vertiente de agua potable casi siempre. Sus bordes son bajos; estaban adornados de tal cual arbusto.

Al llegar, Caniupán me dijo:

—Aquí es donde dice Mariano que puede parar.

—Está bien—le contesté, haciendo alto, echando pie á tierra y ordenando que acamparan.

El indio vió desensillar los caballos, sacar las tropillas á cierta distancia para que comieran mejor, y cuando pareció no quedarle duda de que allí no me movería, se despidió recomendándome unas cuantas veces el mayor cuidado con los caballos y se fué, á Dios gracias, dejándome en paz, pero no sin que quedaran por ahí dispersos, á manera de espías, unos cuantos de los mismos que yo había visto llegar con él, hacía un rato, á Aillancó.

Era hora de comer algo sólido. Se hizo fuego, se cebó mate, se intentó hacer algunos asados, pero el charque había desaparecido. Fué menester apretarse la barriga, y seguir dándole á la yerba y al café.

Todo el resto de ese día pasaron incesantemente indios, del Norte para el Sur, del Sur para el Norte. Todos se detenían, se acercaban, nos miraban y luego proseguían su camino.

Algunos conversaban largo rato con mi gente. Los franciscanos eran siempre los más solícitos en dirigirles la palabra, y en ofrecerles un trago de un botellón de cominillo, que no sé cómo no había volado ya.

Yo me propuse no hablar con nadie ese día, á no ser que viniera exprofeso, mandado por alguien; así fué que me lo llevé paseando por la costa de la laguna, leyendo á Beccaria á ratos, otras veces, un juicio crítico sobre las obras de Platón, de ese filósofo inmortal á quien podría tributársele el fanático homenaje de mandar quemar todo cuanto se ha escrito sobre filosofía, desde sus días hasta la fecha, sin que por eso las ciencias especulativas perdieran gran cosa.

Al caer la tarde, llegó un nuevo mensajero de Mariano Rosas, con una retahila de preguntas y recomendaciones, que terminaban todas con esta recomendación sacramental: que tenga mucho cuidado con los caballos. Recibí y despedí secamente al mensajero, llamándome sobremanera la atención no tener hasta ese instante noticia alguna del capitán Rivadavia, que hacía dos meses se encontraba entre los indios con motivo del tratado que desde el año pasado venía negociando yo con ellos.

Llegó la noche; se hizo un gran fogón, nos comimos una mula de las más gordas y algunos peludos, y repletos y contentos, se cantó, se contaron cuentos y se durmió hasta el amanecer del siguiente día.

Iba amaneciendo cuando me desperté; llamé á Camilo Arias, y le pregunté si había habido alguna novedad. Contestóme que no, aunque habíamos estado rodeados de espías. Me incorporé en el blanco lecho de arena, dirigí la visual á derecha é izquierda; á la espalda y al frente, y en efecto, los que habían velado nuestro sueño estaban todavía por ahí.

Calentó el sol y empezaron á llegar visitantes y á incomodarnos con pedidos de todo género, tanto que tuve que enfadarme cariñosamente con mis ayudantes Rodríguez y Ozarowski, porque al paso que iban, pronto se quedarían en calzoncillos.

—Bueno es dar—les dije,—mas es conveniente que estos bárbaros no vayan á imaginarse que les damos por miedo.

Estaba haciéndoles estas prudentes observaciones sobre la regla de conducta que debían observar, y como un indio me pidiera el pañuelo de seda que tenía al cuello, aproveché la ocasión para despedirlo con cajas destempladas.

Gruñó como un perro, refunfuñó perceptiblemente una desvergüenza, añadiendo: cristiano malo, y se fué.

Al rato vino, con cinco más, un nuevo mensajero de Mariano Rosas.

Le recibí con mala cara.

—Manda decir el general que cómo está—me preguntó.

—Tirado en el campo, dígale—le contesté.

—Manda decir el general, que cómo le va—añadió.

—Dígale—repuse,—que busque una bruja de las que viven en estas aguas que le conteste cómo le irá al que no teniendo qué comer se está comiendo las mulas que necesita para volverse á su tierra.

—Manda decir el general—continuó,—si se le ofrece algo.

—Dígale al general—contesté, echando un voto tremendo,—que es un bárbaro, que está desconfiando de un hombre de bien que se le entrega desarmado, y que otro día ha de creer en algún pícaro de mala fe que lo engañe.

El mensajero hizo un gesto de extrañeza al oir aquella contestación; advirtiéndolo yo, agregué:

—Y dígaselo, no tenga miedo.

Dicho esto, le di la espalda, y viendo él que yo no tenía gana de seguir conversando, recogió el caballo y se dispuso á partir. Mas en ese momento llegó un grupo de indios del Norte, y mezclándose con ellos, allí se quedaron hablando, según me dijo Mora después de que no había novedad por el Cuero y que más allá no sabían.

Al rato, cuando ya se iban, uno de ellos fué á pasar por entre los dos franciscanos que estaban descansando en el suelo, como á dos varas uno de otro.

Gritéle con voz de trueno, saltando furioso sobre él para sofrenarle el caballo y empuñando mi revólver, dispuesto á todo:

—¡Eh! ¡no sea bárbaro! ¡no me pise los padrecitos!

Y el hombre, que no había sido indio sino cristiano, sujetando de golpe el caballo, casi en medio de los padres, contestó:

—Yo también sé.

—¿Y si sabes, pícaro, por qué pasas por ahí?

—No les iba á hacer nada—repuso.

—¡Conque no les ibas á hacer nada, bandido!

Calló, dió vuelta, les habló á los indios en su lengua, siguiéronle éstos, y se alejaron todos, habiendo pasado los pobres padres por un rato asaz amargo, pues creyeron hubiese habido una de pópulo bárbaro.

¡Extraños fenómenos del corazón humano!

Algunas horas después de esta escena, á la que nada notable se siguió, ese mismo hombre tan duramente tratado por mí, se presentó diciéndome:

—Mi Coronel, aquí le traigo este cordero y estos choclos.

El hombre inculto había cedido, justo era que yo cediera á mi vez.

—Gracias, hijo—le contesté,—¿para qué te has incomodado? Apéate, tomaremos un mate y me contarás tu vida.

Apeóse del caballo, maneólo, sentóse cerca de mí y después de algunas palabras de comedimiento dirigidas á los franciscanos, nos contó su historia.

En ese instante gritaron que se avistaban, saliendo del monte, unos bultos colorados.

Ya sabremos lo que era.

 

XVIII
Historia de Crisóstomo.—Quiénes eran los bultos colorados.—El indio Villarreal y su familia.—De noche.

Tomó la palabra Crisóstomo, y dijo:

—Mi Coronel, el hombre ha nacido para trabajar como el buey y padecer toda la vida.

Este introito en labios de un hombre inculto llamó la atención de los interlocutores.

Me acomodé lo mejor que pude en el suelo para escucharle con atención, convencido de que los dramas reales tienen más mérito que las novelas de la imaginación.

La otra noche se lo decía yo á Behetti, rogándole me hiciera el sacrificio de ciento cincuenta varas, vulgo, me acompañara una cuadra.

La historia de cualquier hombre de ésos que nos estorba el paso, es más complicada é interesante que muchos romances ideales que todos los días leemos con avidez; así como hay más chiste y más gracia circulando en este momento en el más humilde café, que en esos libros forrados en marroquín dorado, con que especula el ingenio humano.

Behetti convino conmigo, y me hizo este cumplimiento:

—Usted es célebre por sus dichos.

—Y por mis desgracias, como sir Walterio Raleigh—le contesté,—diciendo para mi capote:

—Así es el mundo, trabajamos por hacernos célebres en una cuerda y lo conseguimos por el lado del ridículo.

¡Nos cuesta tanto conocernos!

Crisóstomo continuó:

—Yo vivía en la calle del cerro de Intiguasi.

Este cerro está cerca de Achiras, y su nombre significa en quichua, si no ando desmemoriado en mis recuerdos etnográficos y filográficos, casa del sol. Diéronselo los incas en una de sus famosas expediciones por la parte oriental de la Cordillera. Inti, quiere decir sol, y guasi casa.

—Vivía con mis padres, cuidando unas manadas, una majada de ovejas pampas y otra de cabras.

También hacíamos quesos. No nos iba tan mal. Hubo una patriada, en la que salieron corridos los colorados con quienes yo me fuí, porque me arrió don Felipe—se refería á Saa,—anduve á monte mucho tiempo por San Luis, y cuando las cosas se sosegaron, me volví á mi casa. Los colorados nos habían saqueado. Los pobres siempre se embroman. Cuando no son unos, son otros los que les caen. Por eso nunca adelantamos. Seguimos trabajando y aumentando lo poco que nos había quedado hasta que me desgracié…

Aquí frunció el ceño Crisóstomo, y un tinte de melancolía sombreó su cobriza tez, quemada por el aire y el sol.

—¿Y cómo fué eso?—le pregunté.

—¡Las mujeres! ¡las mujeres, señor! que no sirven sino para perjuicio—repuso.

—¿Y ahora no tienes mujer?

—Sí tengo.

—¿Y cómo hablas tan mal de ellas?

—Es que así es el hombre, mi Coronel: vive quejándose de lo que le gusta más.

—Bueno, prosigue—le dije, y Crisóstomo tomó el hilo de su narración, que ya había predispuesto á todos en su favor, despertando fuertemente la curiosidad.

Cerca de casa vivía otra familia pobre. Éramos muy amigos; todos los días nos veíamos.

Tenía una hija muy donosa. Se llamaba Inés. Por las tardes cuando recogíamos las majadas, nos encontrábamos en el arroyo, que nace de arriba del cerro. Y como la moza me gustaba, yo le tiraba la lengua y nos quedábamos mucho rato conversando. Un día le dije que la quería, que si ella me quería á mí. Me contestó callada que sí.

—¿Y cómo es eso de contestar callada?

—Bueno, mi Coronel, yo le conocí en la cara que puso, que me quería.

—¿Y después?

—Seguimos viéndonos todos los días, saliendo lo más temprano que podíamos á recoger para poder platicar con holgura.

Nos sentábamos juntitos en la orilla del arroyo, en un lugar donde había unos sauces muy lindos; nos tomábamos las manos y así nos quedábamos horas enteras viendo correr el agua. Un día le pregunté si quería que nos casáramos. No me contestó, dió un suspiro, se le saltaron las lágrimas, lloró y me hizo llorar.

—¿Á ti?

—Á mí, pues, señor—contestó Crisóstomo, mirándome con un aire que parecía decir: ¿acaso no puedo llorar yo, porque vivo entre los indios?

Sentí el reproche y le contesté: no te había entendido bien, sigue.

Prosiguió.

—Lo que se me pasó la tristeza le pregunté por qué lloraba, y me contó que su padre quería casarla con un tal Zárate, que era tropero y hombre hacendado; y que la noche antes ya le había dicho que si andaba en muchas conversaciones conmigo le había de pegar unos buenos. Con la conversación, no nos fijamos en que había llegado la oración, sin haber recogido las majadas. Salimos juntos á campearlas. Nos tomó la noche, se puso muy obscuro, estaba por llover y nos perdimos, pasando toda la noche en el campo.

Al día siguiente, Inés no vino al arroyo.

Yo fuí á su casa, el padre me recibió mal; quiso pelearme.

Inés estaba en el rancho y me miraba diciéndome con unos ojos muy tristes, que no le contestara á su padre y que me fuera. Le obedecí. El viejo me insultó mucho, hasta que me perdí de vista, sufrí y no le contesté. Á la noche vino la vieja y se pelearon con mi madre. Yo escuché todo de afuera. Más tarde, lo que nos quedamos solos, le conté á mi madre lo que me había pasado.

La pobre me quería mucho, me trató mal, lloró y por último me perdonó.

Pasaron varias lunas sin verse las familias.

Una noche ladraron los perros. Salí á ver qué era, y era una vecina que iba á casa de Inés, donde estaban muy apurados.

Á los pocos días Inés se casó con Zárate y estuvieron de baile y beberaje en la casa. Para esto yo ya sabía lo que le había pasado á Inés, la noche que ladraron los perros, porque la vecina que era muy buena mujer me lo había contado, preguntándome: ¿de quién será la hijita que ha tenido la Inés? Me dió mucha rabia oir los cohetes del casorio que se había hecho en la capilla de San Bartolo, que está contrita de la sierra. Me fuí á la casa. Pedí mi hija.

Me gritaron: ¡borracho!

Hice un desparramo y salí hachado. Estuve mucho tiempo enfermo. Sané, busqué mi hija—no la hallé.—Yo la quería muchísimo, no la había visto nunca. Una tarde sabiendo que la casa estaba sola, me fuí á ver si la hallaba á Inés. La hallé. Me recibió como si no me conociera. Le pedí mi hija y me contestó—¡que estaba borracho!—La hice acordar de la noche en que nos perdimos; me contestó—¡borracho!—Lloré no sé de qué; me echó de la casa llamándome—¡borracho!—Le pegué una puñalada…

Y esto diciendo, Crisóstomo se quedó pensativo.

Nosotros nos quedamos aterrados.—Y ¿después?—dije yo, sacando á todos del abismo de reflexiones en que los había sumido la última frase del infortunado amante.

—Después—murmuró con amargura,—después he padecido mucho, mi Coronel.

—¿Qué hiciste?

—Me fuí á mi casa, le confesé á mi madre lo que había hecho, y á mi padre también, me rogaron que me fuera para San Luis, me arreglaron unas alforjas, tomé dos buenos caballos y me dirigí á Chaján. Pero al pasar por el camino de los indios, me dió la tentación de rumbear al Sud y me vine para acá.

—¿Y no has vuelto á ver tus padres, ó á Inés?

—Sí, mi Coronel, los he visto, varias veces que he ido á malón con los indios, porque el que vive aquí tiene que hacer eso, si no, no le dan de comer. Á Inés la cautivamos en una invasión con su marido y sus padres. Por mí se salvó ella; lloró tanto y me rogó tanto que la dejara, que la perdonara, que me dió lástima, estaba embarazada y conseguí que la dejaran.

Al padre y la madre se los llevaron y los vendieron á los chilenos, para una carga de bebida, que son dos barrilitos de aguardiente. Y he oído decir que están en una estancia cerca de Mucum.

Y esto diciendo, Crisóstomo tomó resuello, como para seguir su narración.

—¿Y has ido á maloquear (invadir), muchas veces?

—Sí, mi Coronel, ¡qué hemos de hacer! hay que buscarse la vida.

—¿Y tienes ganas de salir á los cristianos?

—Estoy casado con una china y tengo tres hijos—contestó, como leyéndose en sus ojos que sí tenía ganas de salir á los cristianos; pero que no lo haría sin su mujer y sus hijos.

Francamente, estos sentimientos paternales me hacían olvidar al hombre que le diera la puñalada á Inés.

¡Qué abismos insondables de ternura y de fiereza oculta en sus profundidades tempestuosas el corazón humano!

Me iba perdiendo en reflexiones, cuando se oyeron varias voces: ¡Ya vienen cerca los bultos colorados!

—No te vayas, Crisóstomo—le dije, y levantándome fuí á posarme en un mogote del terreno para ver mejor los bultos.

—Son dos chinas—dijeron unos.

—Y viene un indio con ellas—otros.

Los bultos se acercaban á media rienda.

Llegaron, saludaron cortésmente en castellano y preguntaron por el Coronel Mansilla.

—Yo soy—les contesté,—echen pie á tierra.

El indio se apeó al punto. Las chinas recogieron el pretal de pintadas cuentas que les sirve de estribo y bajaron del caballo con cierta dificultad por la estrechez de la manía en que van envueltas.

Era el caballero Villarreal, hijo de india y de cristiano, casado con la hermana de mi comadre Carmen, que me mandaba saludar y algunos presentes,—choclos y sandías.

La segunda china era hermana de mi comadre y de la hermana de Villarreal.

Es éste un hombre de regular estatura, de fisonomía dulce y expresiva, embellecida por unos grandes ojos negros llenos de fuego. Vestía como un gaucho lujoso. Habla bastante bien el castellano y se distingue por la pulcritud de su persona. Su padre, cuyo apellido lleva, fué vecino del Bragado. Tenía treinta y cinco años. Ha estado en Buenos Aires en tiempo de Rosas, y conoce perfectamente las costumbres de los cristianos decentes. La mujer es una china magnífica, que también ha estado en Buenos Aires; me habló de Manuelita Rosas, tendrá treinta años. Su hermana tendrá dieciocho, y era soltera. Ambas vestían con lujo, llevando brazaletes de cuentas de muchos colores y de plata, collares de oro y plata, el colorado pilquén (la manta), prendida con un hermoso alfiler de plata como de una cuarta de diámetro, aros en forma de triángulo, muy grandes, y las piernas ceñidas á la altura del tobillo con anchas ligas de cuentas.

La cuñada de Villarreal es muy bonita y vestida con miriñaque y otras hierbas sería una morocha como para dar dolor de cabeza á más de cuatro. Vestía con menos recato que su hermana, pues, al levantar los brazos, se veía la concavidad que forma el arranque del brazo cubierto de vello y agrandándose los pliegues de la camisa descubrían parte del seno.

Me entregaron los obsequios con mil disculpas de no haber traído más, por la premura del tiempo y los apuros de mi comadre.

Les agradecí la fineza, hice que les acomodaran los caballos, les invité á sentarse y entramos en conversación.

Al caer la tarde, les pregunté si venían con intención de pasar la noche conmigo; me contestaron que sí, si no incomodaban.

Mandé que desensillaran los caballos, se puso en el asador el cordero de Crisóstomo, y mientras se asaba, le pegamos al mate y al cominillo de los franciscanos.

Anochecía cuando llegó un enviado de Mariano Rosas con el mensaje consabido: ¿cómo está, cómo le va, no se han perdido caballos?

Contesté que no había habido novedad, y despedí al embajador lo más pronto que pude, sin invitarle á que se apeara.

Á Crisóstomo, le rogué que pasara la noche conmigo; tenía mis razones para querer conversar á solas con él.

Se quedó.

Nos sentamos alrededor del fogón, cenamos hasta saciarnos con choclos, que me parecieron bocado de cardenal, charlamos mucho, y, cuando ya fué tarde, tendimos las camas y como en los buenos viejos tiempos de los patriarcas, nos acostamos todos juntos, por decirlo así, teniendo por cortinas el limpio y azulado cielo coronado de luces.

No hubo ninguna novedad. Dormimos á las mil maravillas. El hombre es un animal de costumbres.

Conviene prevenir por la malicia del lector, que los franciscanos, según estaba acordado, hicieron sus camas al lado de la mía.

XIX
El amanecer.—Llegada de las cargas.—El marchado de la mula Achauentrú en el Río 4.º.—Un almuerzo en el fogón.—Lo que hicieron las chinas en cuanto se levantaron.—El cabo Mendoza y Wenchenao.—Enojo fingido.—Se presentó Caniupán.

Al día siguiente amaneció la atmósfera turbia y atornasolada.

Las ondulaciones del terreno arenoso reverberando el sol, formaban caprichosos mirajes, los objetos cercanos se divisaban lejos, creciendo sus proporciones.

Veíanse en lontananza grandes lagunas de superficie plateada y quieta; árboles colosales, que eran pequeños arbustos chamuscados por la quemazón; potros alzados que escarceaban y eran aves de rapiña, que aleteando alzaban el polvo sutil.

Una nubecilla de color terroso pardusco, llamaba hacía rato la atención de mi gente.

Yo estaba vacilando entre matar otra mula ó mandar á Crisóstomo comprar una res, porque los choclos no bastaban para que almorzara toda mi gente, cuando oí:

—¡Son indios!

—No, vienen muy despacio para ser indios.

—Son mulas.

—Deben ser las cargas.

La última frase sacándome de la indecisión en que estaba, me hizo incorporar, ponerme de pie, echar la visual en dirección á los objetos que ocasionaban la contradicción y llamar á Camilo Arias, que tiene la vista de un lince, haciéndole una indicación con la mano:

—¿Á ver qué es aquello?

Camilo fijó en el horizonte sus brillantes ojos, cuya mirada hiere como un dardo, y después de un instante de reflexión, con su aplomo habitual y su aire de profunda certidumbre, me contestó:

—Son las cargas, señor.

—¿Estás cierto?

—Sí, mi Coronel.

—¡Arriba todos!—grité.—¡Á la leña todos! ¡Pronto, pronto un fogón que ya llegan las cargas!

Los asistentes se pusieron en movimiento, desparramándose á todos los vientos; y cuando cada cual regresaba con su carga, la nubecilla que había ido avanzando sobre nosotros trasparentaba claramente, á la vista del observador menos agudo, los tres hombres que quedaron atrás y las cuatro cargas con los ornamentos sagrados pertenecientes á los franciscanos, la hierba, el azúcar, las bebidas y otras menudencias de poco valor, que eran los grandes presentes que yo destinaba á los caciques principales.

Venían andando á ese paso de la mula que ni es tranco, ni es trote, ni es galope; pero que es rápido, y que en la jerga de la lengua de nuestra tierra, se llama marchado.

Es una especie de trote inglés, una especie de sobrepaso, que al jinete le hace el efecto de que la mula, en lugar de caminar, se arrastra culebreando.

Todos los aires de marcha, el tranco, el trote, el galope, son cansadores, fatigan hasta postrar.

Sólo el marchado no deshace el cuerpo, ni produce dolores en las espaldas ni en la cintura, permitiendo dormir cómodamente sobre el lomo del macho ó de la mula, como en veloz esquife que, rápido, hiende las mansas aguas, dejando tras sí espumosa estela que, aunque parezca macarrónico, compararé el rastro que deja en el suelo blando el híbrido cuadrúpedo, cuya cola maniobra incesantemente á derecha é izquierda, á manera de timón cuando se mueve.

Llegaron, pues, las suspiradas cargas, y mientras se puso todo en tierra y se eligieron los pedazos de charque más gordos, se hizo un gran fogón, colocando en él una olla para cocinar un pucherete y cocer el resto de choclos que quedaba.

Los padres se ocuparon en abrir sus baúles, en sacar los ornamentos sagrados, que estaban húmedos, y en extenderlos con el mayor cuidado al sol.

Con una parte de los presentes para los caciques hubo que hacer lo mismo.

Las mulas se habían caído repetidas veces en los guadales del Cuero, y todo se había mojado, á pesar de haber sido retobado en cuero fresco, con la mayor prolijidad en el Fuerte Sarmiento.

Yo estaba contrariadísimo; ya sabía por experiencia cuán delicado es el paladar de los indios, pues muchísimas veces se sentaron á mi mesa en el Río 4.º, teniendo ocasión, al mismo tiempo, de admirar la destreza con que esgrimían los utensilios gastronómicos, la cuchara y el tenedor; lo bien que manejaban la punta del mantel para limpiarse la boca, el perfecto equilibrio con que llevaban la copa rebosando de vino á los labios.

Tengo muy presente un rasgo de buena crianza de Achauentrú, capitanejo de Mariano Rosas.

Comía en mi mesa; el asistente que le servía le pasó la azucarera, y como el indio viese que no tenía cuchara dentro, echó la vista al platillo de su taza de café, y como viese que tampoco tenía cucharita miró al soldado, y lo mismo que lo habría hecho el caballero más cumplido, le dijo:

—¡Cuchara!

—Pronto, hombre, una cuchara para Achauentrú,—le grité yo, cambiando miradas de inteligencia con todos los presentes como diciendo: Positivamente, no es tan difícil civilizar á estos bárbaros.

Avisaron que el charqui estaba soasado y los choclos cocidos, pronto el pucherete.

—Á comer—llamé.

Y sentándonos todos en rueda, comenzó el almuerzo, ocupando las visitas los asientos preferentes, que eran al lado de los franciscanos y de mí.

Las dos chinas estaban hermosísimas, su tez brillaba como bronce bruñido; sus largas trenzas negras como el ébano y adornadas de cintas pampas les caían graciosamente sobre las espaldas; sus dientes cortos, iguales y limpios por naturaleza, parecían de marfil; sus manecitas de dedos cortos, torneados y afilados; sus piececitos con las uñas muy recortadas, estaban perfectamente aseados.

Esa mañana, en cuanto salió el sol, se habían ido á la costa de la laguna, se habían dado un corto baño, y recatándose un tanto de nosotros, se habían pintado las mejillas y el labio inferior, con carmín que les llevan los chilenos, vendiéndoselos á precio de oro.

María, la cuñada de Villarreal, más coqueta que su hermana la casada, se había puesto lunarcitos negros, adorno muy favorito de las chinas.

Para el efecto hacen una especie de tinta de un barro que sacan de la orilla de ciertas lagunas, barro de color plomizo, bastante compacto, como para cortarlo en panes y secarlo así al sol, ó dándole la forma de un bollo.

El charqui estaba sabrosísimo—á buena gana no hay pan duro, dice el adagio viejo,—el pucherete suculento; los choclos dulces y tiernos como melcocha.

Los cristianos comimos bien; Villarreal y las chinas se saturaron con aguardiente.

Villarreal lo hizo hasta caldearse, término que, entre los indios, equivale á lo que en castellano castizo significa ponerse calamucano.

Llegó el turno del mate de café, no teniendo otro postre, y habiéndome apercibido de que nos rondaban algunos indios, recién llegados, los llamé, los convidé á tomar asiento en nuestra rueda y les di unos buenos tragos del alcohólico anisado.

Hice acuerdos en ese momento de que no me había informado del cabo conductor de las cargas, de las novedades del camino; y que aquél no habiendo sido interrogado, nada me había dicho al respecto.

Rumiaba si le llamaría ó no en el acto, cuando ciertas palabras cambiadas entre mis ayudantes me hicieron colegir que algo curioso había ocurrido.

Me resolví al interrogatorio, decidiendo incontinenti.

—¡Que llamen al cabo Mendoza!

—¡Mendoza! ¡Mendoza! lo llama el Coronel—oyóse.

Y acto continuo se presentó el cabo, cuadrándose militarmente.

—Y, ¿cómo ha ido por el camino?—le pregunté.

—Medio mal, mi Coronel—me contestó.

—¿Por qué no me habías dicho nada?

—Porque usía no me preguntó nada.

—Yo creía que no hubiera habido novedad, y tú debías haber pedido la venia para hablarme.

El cabo agachó la cabeza y no contestó.

—Bueno, pues, cuéntame lo que te ha sucedido.

—Señor, cuando íbamos llegando á un charco que está allicito no más, cerca del médano de la Verde, me salió un indio malazo, con cuatro más diciéndome:

—Ese soy Wenchenao, ese mi toldo, esa mi tierra. ¿Con permiso de quién pasando?

—Voy con el Coronel Mansilla.

—Ese Coronel Mansilla, ¿con permiso de quién pisando mi tierra?

—Eso no sé yo, amigo, déjeme seguir mi camino.

Los indios nos ponían las lanzas en el pecho y las hincaban á las mulas en el anca para hacerlas disparar.

—No siguiendo camino sino pagando.

—¿Y qué quiere que le pague, amigo? ¿no ve que lo que llevamos es para el cacique Mariano?

—Entonces dando, mejor. Mariano teniendo mucho; padre Burela viniendo con mucho aguardiente.

Mientras estábamos en esa conversación, mi Coronel, uno de los indios descargó una mula, y llegaron unas chinas con unas pavas, las llenaron bien, echaron bastante azúcar, tabaco y papel en un poncho y se fueron.

Wenchenao nos dijo entonces:

—Bueno, amigo, siguiendo camino no más, pero dando camisa, pañuelo, calzoncillo.

Y hasta que no le dimos algo de eso, no nos quitaron las lanzas del pecho, ni nos dejaron pasar.

—Pues has hecho buena hazaña—le dije.—¿Conque tres hombres se han dejado saquear por unos cuantos indios rotosos?

—¿Y qué habíamos de hacer, mi Coronel?—contestó,—que por hacer pata ancha, nos hubieran quitado todo.

—Tienes razón—le dije;—retírate.

Dió media vuelta, hizo la venia y se alejó.

Aprovechando la presencia de Villarreal y de los otros indios, simulé el mayor enojo é indignación; me levanté de la rueda del fogón; paseándome de arriba abajo exclamaba á cada rato:

—¡Pícaros! ¡ladrones!—rellenando estas palabras con imprecaciones por el estilo de ésta: ¡Ojalá me hagan algo á mí, para que se los lleve el diablo!

Los indios, sin excepción alguna, me oían fulminar rayos y centellas contra ellos, sin decir una palabra, sin moverse siquiera de su lugar.

Sólo cuando parecí calmado,—Villarreal medio entre San Juan y Mendoza, valiéndome de la metáfora de la tierra, se levantó y viniendo á mí con paso vacilante y aire receloso, me dijo:

—Tenga paciencia, mi Coronel.

—¿Qué paciencia quiere que tenga con esta canalla?—le contesté.

Siguió rogándome que me calmara, y yo contestando, y, después de escucharle una larga explicación sobre cómo eran los indios, la diferencia que había entre uno trabajador y uno ladrón, nos quedamos muy amigos.

Hecha la comedia pedí más aguardiente, y volví á convidar á los indios del fogón.

Por supuesto que la señora Villarreal y su hermana no dejaron de dirigirme algunas exhortaciones amables, que finalizaban todas con esta frase: tenga paciencia, señor.

Viendo que los huéspedes se iban caldeando, creí oportuno hacer cesar las libaciones.

—Dando, dando más, Coronel—me decían varios á la vez,—ya caldeados, queriendo rematar.

No hubo tutía.

Viéndome firme, fueron despejando el campo uno tras de otro.

Villarreal y sus chinas ni pidieron los caballos para retirarse.

Me daban un solo sobre el modo de tratar á los indios, sobre las relevantes prendas del carácter de Ramón, su cacique inmediato, en los momentos que se presentó un precursor de Caniupán, diciéndome que éste no tardaría en llegar; que en Leubucó se hacían grandes preparativos para recibirme, ponderando con tales aspavientos la indiada que se había reunido, los cohetes que se quemarían, que era cosa de chuparse los dedos de gusto, pensando en la imperial recepción que me aguardaba.

Presentóse por fin Caniupán con unos cuarenta individuos vestidos de parada, es decir, montando briosos corceles, enjaezados con todo el lujo pampeano, con grandes testeras, coleras, petrales, estribos y cabezadas de plata, todo ello de gusto chileno.

Los jinetes se habían puesto sus mejores ponchos y sombreros, llevando algunos bota fuerte, otros de potro y muchos la espuela sobre el pie pelado.

Levanté campamento; me despedí de las visitas, y escoltado por Caniupán, tomé el camino de Leubucó.

Mañana haré mi entrada triunfal allí.

XX
El camino de Calcumuleu á Leubucó.—Los indios en el campo.—Su modo de marchar.—Cómo descansan á caballo.—Qué es tomar caballos á mano.—No había novedad.—Cruzando un monte.—Se divisa Leubucó.—Primer parlamento.—Cada razón son diez razones.

El camino del Calcumuleu á Leubucó corría en línea paralela con el bosque que teníamos hacia el Naciente, buscando una abra, que formaba una gran ensenada. De trecho en trecho se bifurcaba, saliendo ramales de rastrilladas para las diversas tolderías. Reinaba mucho movimiento en el desierto.

De todos lados asomaban indios, al gran galope siempre, sin curarse de los obstáculos naturales del terreno, donde caballos educados como los nuestros ó los ingleses habrían caído postrados de fatiga á los diez minutos por vigorosos que hubieren sido. Subían rápidos á la cumbre de los médanos de movediza arena y bajaban con la celeridad del rayo; se perdían entre los montecillos de chañar, apareciendo al punto; se hundían en las blandas sinuosidades y se alzaban luego; se tendían á la derecha, evitando un precipicio, después á la izquierda rehuyendo otro, y así, ora en el horizonte, ora fuera de la vista del plano accidentado, cuando menos pensábamos brotaban á nuestro lado, por decirlo así, incorporándose á mi comitiva.

Íbamos formados á ratos, yendo yo con Caniupán adelante, sus indios, atrás y después de éstos mi gente; otras veces en dispersión.

Andando con indios no es posible marchar unidos.

Ellos le aflojan la rienda al caballo para que dé todo lo que puede, sin apurarlo nunca; de modo que los jinetes cuyo caballo tiene el galope corto se quedan atrás y los otros se van adelante.

Toda marcha de indios se inicia en orden; al rato se han desparramado como moscas, salvo en los casos de guerra. En ésta, pelean unidos ó en dispersión, á pie unos, á caballo otros, interpolados todos según las circunstancias.

En un combate que mis fuerzas tuvieron con ellos en los Pozos Cavados, pelearon interpolados. Mi gente, siendo inferior en número, había echado pie á tierra. Le llevaron tres cargas, que fueron rechazadas á balazos, y al dar vuelta caras, los pedestres se agarraban de las colas de los caballos, y ayudados por el impulso de éstos, se ponían en un verbo fuera del alcance de las balas.

En marcha, que no es militar, los indios no reconocen jerarquías.

Lo mismo es para ellos la derecha que la izquierda, ir adelante que atrás: el capitanejo, el cacique menor ó mayor, todo es igual al último indio. El terreno, el aire de la marcha y el caballo deciden del puesto que lleva cada uno. ¿Va bien montado el cacique? Se le verá adelante, muy adelante. ¿Va mal montado? Se quedará rezagado. Y el lujo consiste en tener el caballo de galope más largo, de más bríos y de mayor resistencia.

Ya veremos cómo los mismos caballos que nos roban á nosotros, pues ellos no tienen crías ni razas especiales sometidas á un régimen peculiar y severo, cuadruplican sus fuerzas reduciéndonos muchas veces en la guerra á una impotente desesperación.

Al llegar á la entrada del bosque, viendo que mi gente marchaba formando una chorrera y que mis caballos no podían resistir á un galope largo sostenido por la arena, que se enterraban hasta las rodillas no obstante que seguíamos las sendas de la rastrillada, le dije á Caniupán:

—Hagamos alto un rato, los padrecitos vienen muy cansados.

Era un pretexto como cualquier otro.

Caniupán sujetó de golpe su caballo, yo el mío, los que nos seguían unos después de otros; lo mismo hicieran los indios que nos precedían, cuando se apercibieron de que estábamos parados, y poco después formábamos dos grupos, envueltos en una nube de arena.

Para ganar tiempo y dar más alivio á mis cabalgaduras, mandé mudarlas. Los indios no echaron pie á tierra. Tienen ellos la costumbre de descansar sobre el lomo del caballo. Se echan como en una cama, haciendo cabecera del pescuezo del animal, y extendiendo las piernas cruzadas en las ancas, así permanecen largo rato, horas enteras á veces. Ni para dar de beber se apean; sin desmontarse sacan el freno y lo ponen. El caballo del indio, además de ser fortísimo, es mansísimo. ¿Duerme el indio? No se mueve. ¿Está ebrio? Le acompaña á guardar el equilibrio. ¿Se apea y le baja la rienda? Allí se queda. ¿Cuánto tiempo? Todo el día. Si no lo hace es castigado de modo que entienda por qué. Es raro hallar un indio que use manea, traba, bozal y cabestro. Si alguno de estos útiles lleva, de seguro que anda redomoneando un potro, ó en un caballo arisco, ó enseñando uno que ha robado en el último malón.

El indio vive sobre el caballo, como el pescador en su barca; su elemento es la Pampa, como el elemento de aquél es el mar.

¿Adónde va un indio que no ensille, que no salte en pelos? ¿Al toldo vecino que dista cuadras? Irá á caballo. ¿Al arroyo, á la laguna, al jagüel, que están cerca de su misma morada? Irá á caballo. Todo puede faltar en el toldo de un indio. Será pobre como Adán. Hay una cosa que jamás falta. De día, de noche, brille espléndido el sol ó llueva á cántaros, en el palenque hay siempre enfrenado y atado de la rienda un caballo.

¡A horse! ¡A horse! ¡my kingdom for a horse!

Todo, todo cuanto tiene dará el indio en un momento crítico, por un caballo.

Mudábamos, tomando á mano.

Es una operación campestre entretenida, no haciéndola torpemente, es decir, enlazando.

Cada grupo de mi gente rodeaba su tropilla. La madrina estaba maneada. Los animales remolineaban á su alrededor. Entre varios tenían dos ó más lazos formando un círculo á manera de corral. Entraban en él, uno después de otro, por turno de numeración, los que iban á mudar. El encargado de la tropilla elegía un caballo de los menos sobados, lo designaba diciendo verbigracia—el obscuro overo,—para el número 4; y el individuo determinado así, con el freno y el bozal en la siniestra, se acercaba á aquél con maña, con cuidado de no asustarlo, buscándole la vuelta, echándole de lejos sobre el lomo, si no era manso, la punta de la rienda ó del cabestro, á cuyo contacto se queda casi siempre quieto el manso y dócil corcel.

La operación de mudar tomando á lazo en el medio del campo, á más del riesgo de que los caballos menos asustadizos se espanten, disparen y se alcen, es sumamente morosa, requiere gran destreza y ofrece peligros; de todos los ejercicios del gaucho, del paisano, el más fuerte, el más difícil y el más expuesto de todos es el del lazo. Cualquiera maneja en poco tiempo regularmente las boleadoras. Ni ser muy de á caballo, se requiere: siquiera mucha fuerza. El manejo del lazo, al contrario, demanda completa posesión del caballo, vigor varonil y agilidad.

Mientras mudábamos, llegaron varios indios del Norte, de afuera, como dicen ellos. Nosotros le llamamos así al Sur.

Viendo sus caballos tan trasijados, le pregunté á Caniupán:

—¿De dónde vienen éstos?

—Éstos vinieron de afuera, boleando, me contestó.

Eran las últimas descubiertas que regresaban, pero Caniupán no quería confesarlo.

—¿Qué habiendo por los campos, hermano?—le agregué.

—Muy silencio estando Cuero, Bagual y Tres Lagunas.

—¿Entonces, indios no desconfiando ya de mí?—proseguí.

Camilo Arias interrumpió el diálogo, avisándome que estábamos prontos.

—¡Á caballo!—grité;—montamos, nos pusimos en marcha, y pocos minutos después entrábamos en el monte de Leubucó.

Sendas y rastrilladas, grandes y pequeñas, lo cruzaban como una red, en todas direcciones. Galopábamos á la desbandada. Los corpulentos algarrobos, chañares y caldenes, de fecha inmemorial; los mil arbustos nacientes desviaban la línea recta del camino obligándonos á llevar el caballo sobre la rienda para no tropezar con ellos, ó enredarnos en sus vástagos espinosos y traicioneros.

Nuestros caballos no estaban acostumbrados á correr por entre bosques. Teníamos que detenernos constantemente; por ellos, expuestos á rodar, y por nosotros mismos expuestos á quedarnos colgados de un gajo como arrebatados por un garfio.

La torpeza nuestra era sólo comparable á la habilidad de los indios; mientras nosotros, á cada paso, hallábamos una barrera que nos obligaba á abreviar el aire de la marcha, á ir al trote y al tranco, á hacer alto y proseguir, ellos seguían imperturbables su camino, veloces como el viento. Pronto, pues, salieron ellos del bosque, quedándonos nosotros atrás. Yo no podía perder de vista que conmigo iban los franciscanos, y no era cosa de dejarlos en el camino, ni de exponerlos á columpiarse contra su gusto en un algarrobo. Demasiada paciencia habíamos tenido ya, para perderla cuando llegábamos, Dios mediante, al término de la jornada.

Los indios me esperaban en una aguadita al salir del bosque; en un gran descampado, sucesión de médanos pelados, tristes, solitarios.

Á lo lejos, como una faja negra, se divisaba en el horizonte la ceja de un monte.

—Allí es Leubucó—me dijeron, señalándome la faja negra.

Fijé la vista, y, lo confieso, la fijé como si después de una larga peregrinación por las vastas y desoladas llanuras de la Tartaria, al acercarme á la raya de la China, me hubieran dicho: ¡allí es la gran muralla!

Voy á penetrar, al fin, en el recinto vedado.

Los ecos de la civilización van á resonar pacíficamente por primera vez, donde jamás asentara su planta un hombre del coturno mío.

Grandes y generosos pensamientos me traen; nobles y elevadas ideas me dominan; mi misión es digna de un soldado, de un hombre, de un cristiano, me decía; y veía ya la hora en que reducidos y cristianizados aquellos bárbaros, utilizados sus brazos para el trabajo, rendían pleito homenaje á la civilización por el esfuerzo del más humilde de sus servidores.

Aspiraciones del espíritu despierto, que se realizan con más dificultad que las mismas visiones del ensueño, ¡apartaos!

El hombre no es razonable cuando discurre, sino cuando acierta.

Vivimos en los tiempos del éxito.

Nadie lucha contra los que tienen treinta legiones aunque la conciencia pueda más que todas las legiones del mundo.

Alguien habrá que lo intente algún día. Y no con el desaliento del gladiador, que anticipándose á su destino y mirando al César encumbrado sobre las más altas gradas del circo, exclamaba:

«Los que van á morir os saludan»—sino como el fuerte y viril republicano:

«Primero muerto que deshonrado.»

Donde los indios me esperaban hicimos alto: mandé aflojar las cinchas, dar un descanso á los caballos y de beber después.

Hecho esto, en dos grupos unidos que no tardaron en deshacerse, nos pusimos en marcha al galope, con la mirada fija en la faja negra.

Galopábamos en alas de la impaciencia y de la curiosidad.

No había sido fácil empresa llegar hasta la morada de Mariano Rosas. ¡Hasta los bárbaros saben rodearse de aparato teatral para deslumbrar ó embaucar á la multitud!

De repente hizo alto un grupo de indios que nos precedía.

—Hay alguna novedad—me dijo Mora,—porque si no aquéllos no se habrían parado.

—¿Y qué será?

—Cuando menos han avistado algún parlamento.

—¿De quién?

—Del general Mariano.

—¿Y cuántos tendremos que encontrar antes de llegar á Leubucó?

—Quién sabe, señor; eso depende de los honores que el general le quiera hacer.

Un indio venía á media rienda hacia nosotros, destacado del grupo que acababa de hacer alto, en busca de Caniupán.

Sujetamos.

Habló con él en su lengua, y luego, partió á escape, contramarchando.

Caniupán me dijo:

—Viniendo parlamento.

—Me alegro mucho.

—Topando con él, galope.

—Bueno topando, al galope.

Y esto diciendo, nos pusimos al gran galope sin reparar en nada.

Yo echaba de cuando en cuando la vista atrás, y veía á mis franciscanos, expuestos sin remisión á dar una furiosa rodada, y contenía un tanto la carrera de mi caballo para que aquéllos se me incorporaran, pues Caniupán me decía á cada momento: poniendo padre á tu lado.

Así íbamos ganando terreno, levantando torbellinos de arena, rodando más de cuatro en pocos instantes y viendo una nube que transparentaba diversos colores, avanzar sobre nosotros.

Coronamos el dorso de un médano y distinguimos claramente un grupo como de cincuenta jinetes.

—Ese son, poquito galope—dijo Caniupán recogiendo su caballo.

—Bueno, amigo—le contesté, igualando mi caballo con el suyo.

Así seguimos un momento, hasta que hallándonos como á seiscientos metros:

—¡Ese son hermano, topando!—dijo Caniupán y se lanzó violento.

Le seguí y mi gente me imitó.

Los franciscanos no se quedaron atrás.

Yo no sé cómo hicieron, pero el hecho es que llegaron juntos conmigo hasta el punto en que diciendo y haciendo, Caniupán gritó:

—¡Parando, hermano!

Los dos grupos, el que iba y el que venía, sujetamos al mismo tiempo, quedando como á veinte pasos uno de otro.

Del que venía salió un indio.

Del nuestro salió otro.

Se colocaron equidistantes de sus respectivos grupos y mirando el uno para el Norte y el otro para el Sur, tomó la palabra el que venía de Leubucó.

¿Cuánto tiempo habló?

Hablaría seguido, sin interrupción alguna, sin tragar la saliva, como cinco minutos.

¿Qué dijo?

Lo sabremos después.

Le contestó el otro en la misma forma y modo.

¿Qué dijo?

Lo sabremos también después.

Tres preguntas y respuestas se hicieron.

Le pregunté á Mora qué habían conversado.

Me contestó que el uno me había saludado, y el otro había contestado por mí; que el uno representaba á Mariano Rosas y el otro me representaba á mí, según orden de Caniupán que acababa de recibir.

—Pero hombre, le observé, ¿tanto ha hablado sólo para saludarme?

—Sí, mi Coronel, es que los dos son buenos lenguaraces—oradores quería decir.

—Pero hombre, insistí, si han hablado un cuarto de hora, ¿cómo no han de haber hecho más que saludarme?

—Mi Coronel, es que las razones que traía el parlamento de Mariano las ha hecho muchas más; y el de usted ha hecho lo mismo para no quedar mal.

—¿Y cuántas razones traía el de Mariano?

—¡Tres razones no más!

—¿Y qué decían?

—Que cómo está Usía, que cómo le ha ido de viaje, que si no ha perdido caballos, porque en los campos solos siempre suceden desgracias.

—¿Y para decir eso ha charlado tanto, hombre?

—Sí, mi Coronel; no ve que cada razón la han hecho diez razones.

—¿Y qué es eso, hombre?

—Es, mi Coronel…

Decía esto Mora, cuando Caniupán nos interrumpió, proponiéndome que saludara á la comisión que acababa de llegar.

Deferí á su indicación y comenzó el saludo.

Tendrás paciencia, hasta mañana, Santiago amigo, y el paciente lector contigo.

La paciencia es una virtud que conviene ejercitar en las cosas pequeñas, que en las grandes yo opino como Romeo, por boca de Shakespeare.

XXI
En qué consiste el arte de hacer de una razón varias razones.—De cuántos modos conversan los indios.—Sus oradores.—Sus rodeos para pedir.—Precauciones de los Caciques antes de celebrar una junta.—Numeración y manera de contar de los Ranqueles.

Aprovechando una parada interrogué á Mora, que tomó la palabra para explicarme en qué consiste el arte de hacer de una razón, dos ó más razones.

Á su modo me hizo un curso de retórica completo. Ya he dicho que es un hombre perspicaz y si no lo he dicho, viene aquí á pelo decirlo.

Los indios Ranqueles tienen tres modos y formas de conversar.

La conversación familiar.

La conversación en parlamento.

La conversación en junta.

La conversación familiar es como la nuestra, llana, fácil, sin ceremonias, sin figuras, con interrupciones del ó de los interlocutores, animada, vehemente, según el tópico ó las pasiones excitadas.

La conversación en parlamento está sujeta á ciertas reglas; es metódica, los interlocutores no pueden, ni deben interrumpirse; es en forma de preguntas y respuestas.

Tiene un tono, un compás determinado, su estribillo y actitudes académicas, por decirlo así.

El tono y el compás pueden sólo compararse á lo que en las festividades religiosas se canta con el nombre de villancico.

Es algo cadencioso, uniforme, monótono, como el murmullo de la corriente del agua.

Yo no conozco suficientemente la lengua araucana para consignar una frase.

Pero el penetrante lector, y tú, Santiago, que á este respecto te pierdes de vista, haciendo un pequeño esfuerzo, me comprenderán.

Voy á estampar sonidos cuya eufonía remeda la de los vocablos araucanos.

Por ejemplo:

Epú, bicú, mucú, picú, tanqué, locó, painé, bucó, có, rotó, clá, aimé, purrá, cuerró, tucá, claó, tremen, leuquen, pichun, mincun, bitooooooon.

Supongamos que los sonidos enumerados hayan sido pronunciados con énfasis, muy ligero, sin marcar casi las comas, y que el último haya sido pronunciado tal cual está escrito á manera de una interjección prolongada, hasta donde el aliento lo permite.

Supongamos algo más, que esos sonidos imitativos representando palabras bien hilvanadas, quisieran decir:

Manda preguntar Mariano Rosas, que ¿cómo le ha ido anoche por el campo, con todos sus jefes y oficiales?

Ó, en los tiempos de Mora, supongamos que esa interrogación sea una razón.

Pues bien, convertir una razón en dos, en cuatro ó más razones, quiere decir, dar vuelta la frase por activa, y por pasiva, poner lo de atrás adelante, lo del medio al principio, ó al fin; en dos palabras, dar vuelta la frase de todos lados.

El mérito del interlocutor en parlamento, su habilidad, su talento, consiste en el mayor número de veces que da vuelta cada una de sus frases ó razones; ya sea valiéndose de los mismos vocablos, ó de otros; sin alterar el sentido claro y preciso de aquéllas.

De modo que los oradores de la pampa son tan fuertes en retórica, como el maestro de gramática de Molière, que instado por el Bourgeois gentil-homme, le escribió á una dama este billete: «Madame, vos vells yeux me font mourir d’amour». Y no quedando satisfecho el interesado: «Vos vells yeux, madame, me font mourir d’amour». Y no gustándole esto: «D’amour, madame, vos vells yeux me font mourir». Y no queriendo lo último: «Me font mourir d’amour, vos vells yeux, madame».—Con lo cual el Bourgeois se dió por satisfecho.

La gracia consiste en la más perfecta uniformidad en la entonación de las voces. Y, sobre todo, en la mayor prolongación de la última sílaba de la palabra final.

Una cantante que aprendiera el araucano, haría furor entre los indios, por su extensión de voz, si la tenía, y por otros motivos, de que se hablará á su tiempo. No es posible poner todo en la olla de una vez.

Esa última sílaba prolongada, no es una mera floritura oratoria. Hace en la oración los oficios del punto final; así es que en cuanto uno de los interlocutores la inicia, el otro rumia su frase, se prepara, toma la actitud y el gesto de la réplica, todo lo cual consiste en agachar la cabeza y en clavar la vista en el suelo.

Hay oradores que se distinguen por su facundia; otros por su facilidad en dar vuelta una razón: éstos, por la igualdad cronométrica de su dicción; aquéllos, por la entonación cadenciosa; la generalidad por el poder de sus pulmones para sostener lo mismo que si fuera una nota musical, la sílaba que remata el discurso.

Mientras dos oradores parlamentan, los circunstantes les escuchan y atienden en el más profundo silencio, pesando el primer concepto ó razón, comparándolo con el segundo, éste con el tercero, y así sucesivamente, aprobando y desaprobando con simples movimientos de cabeza.

Terminado el parlamento, vienen los juicios y discusiones sobre las dotes de los que han sostenido el diálogo.

La conversación en parlamento, tiene siempre un carácter oficial. Se la usa en los casos como el mío, ó cuando se reciben visitas de etiqueta.

No hay idea de lo cómico y ceremoniosos que son estos bárbaros. Si el cacique recibe durante el día veinte capitanejos, con los veinte emplea las mismas formas: con los veinte cambia las mismas preguntas y respuestas, empezando por preguntarles por el abuelo, por el padre, por la abuela, por la madre, por los hijos, por todos los deudos, en fin.

Después de esta serie de preguntas sacramentales, inevitables, infalibles, vienen otras de un orden secundario, que completan el ritual, referentes á las novedades ocurridas en los campos y en la marcha, haciendo siempre los caballos un papel principal.

Los indios se ocupan de éstos á propósito de todo. Para ellos los caballos son lo que para nuestros comerciantes el precio de los fondos públicos. Tener muchos y buenos caballos, es como entre nosotros tener muchas y buenas fincas. La importancia de un indio se mide por el número y la calidad de sus caballos. Así, cuando quieren dar la medida de lo que un indio vale, de lo que representa y significa, no empiezan por decir: tiene tantos y cuantos rodeos de vacas, tantas ó cuantas manadas de yeguas, tantas ó cuantas majadas de ovejas y cabras; sino tiene tantas tropillas de obscuros, de overos, de bayos, de tordillos, de gateados, de alazanes, de cebrunos, y resumiendo, pueden cabalgar tantos ó cuantos indios; lo que quiere decir, que en caso de malón podrá poner en armas muchos, y que si el malón es coronado por la victoria tendrá participación en el botín con arreglo al número de caballos que haya suministrado, según lo veremos cuando llegue el caso de platicar sobre la constitución social, militar y gubernativa de esas tribus.

Mariano Rosas tiene la fama de un orador de nota. Cuando lleguemos á su toldo, penetremos en el recinto de su hogar, cuente sus costumbres, su vida, sus medios de gobierno y de acción, será ocasión de comprobarlo con ejemplos palmarios, probando á la vez que hasta entre los bárbaros la elocuencia unida á la prudencia puede disputarle la palma con éxito completo al valor y á la espada.

Tomando el hilo de mi interrumpido relato sobre los diferentes modos de conversar de los Ranqueles, agregaré, que en pos de las interrogaciones y contestaciones sobre la salud de la familia y las novedades de los campos, vienen otras sin importancia real, y que sólo después de muchas idas y venidas, vueltas y revueltas, se llega al grano.

Un indio, cuando va de visita con el objeto de pedir algo, no descubre su pensamiento á dos tirones. Saluda, averigua todo cuanto puede serle agradable al dueño de casa, devolviendo los cumplimientos con cumplimientos, las ofertas y promesas, con ofertas y promesas, se despide; parece que va á irse sin pedir nada; pero en el último momento desembucha su entripado; y no de golpe, sino poco á poco. Primero pedirá yerba. ¿Se la dan? Pedirá azúcar. ¿Se la dan? Pedirá tabaco. ¿Se lo dan? Pedirá papel. Y mientras le vayan concediendo ó dando, irá pidiendo, y habrá pedido lo que fué buscando, que era aguardiente. El golpe de gracia viene entonces, pide por fin lo que más le interesa y si se lo niegan contestará: no dando lo más; pero dando aguardiente.

Esta táctica socarrona no la emplea el indio solamente en sus relaciones con los cristianos. Disimulado y desconfiado por carácter y por educación, así procede en todas las circunstancias de su vida. Tiene mil reservas en todo y mil cosas reservadas. No hay indio que no sea poseedor de uno ó unos cuantos secretos, sin importancia, quizá, pero que no descubrirá sino por interés. Éste conoce él solo una laguna, aquél un médano, el otro una cañada; éste una hierba medicinal, aquél un pasto venenoso; el otro una senda extraviada por el bosque. Y así dicen, no como los cristianos:—Yo conozco una laguna, una hierba, una senda que nadie conoce; sino:—Yo tengo una laguna, y una hierba, una senda que nadie conoce, que nadie ha visto, por donde nadie ha andado.

Decididamente, hoy estoy fatal para las digresiones. Tomé el hilo más arriba y me apercibo que lo he vuelto á dejar. Para dejarlo del todo, me falta decir lo que es la conversación en junta.

Es un acto muy grave y muy solemne. Es una cosa muy parecida al parlamento de un pueblo libre, á nuestro congreso, por ejemplo. La civilización y la barbarie se dan la mano; la humanidad se salvará porque los extremos se tocan. Y por más que digan que los extremos son viciosos, yo sostengo que eso depende de la clase de extremos. Será malo, irritante, odioso ser en extremo avaro; pero ¿quién puede tachar á un caballero por ser en extremo generoso? Será una calamidad para una mujer ser en extremo fea. Pero ¿qué mujer sostendrá que es una desgracia ser en extremo hermosa?

¡Cuando he dicho que estoy fatal para las digresiones!

Volvamos á la junta, á ver si se parece ó no á lo que he dicho.

Reúnese ésta, nómbrase un orador, una especie de miembro informante, que expone y defiende contra uno, contra dos, ó contra más, ciertas y determinadas proposiciones. El que quiere le ayuda.

El miembro informante suele ser el cacique. El discurso se lleva estudiado, y el tono y las formas son semejantes al tono y las formas de la conversación en parlamento, con la diferencia de que en la junta se admiten las interrupciones, los silbidos, los gritos, las burlas de todo género. Hay juntas muy ruidosas, pero todas, excepto algunas memorables que acabaron á capazos, tienen el mismo desenlace. Después de mucho hablar, triunfa la mayoría aunque no tenga razón. Y aquí es el caso de hacer notar que el resultado de una junta se sabe siempre de antemano, porque el cacique principal tiene buen cuidado de catequizar con tiempo á los indios capitanejos más influyentes en la tribu.

Todo lo cual prueba que la máquina constitucional llamada por la libertad Poder Legislativo, no es una invención moderna extraordinaria; que en algo nos parecemos á los indios, ó como diría Fray Gerundio: que en todas partes se cuecen habas.

Como las explicaciones de Mora interesasen, prolongué la parada hasta que no quedó ya nada que saber en materia de conversaciones pampeanas.

—¡Vamos! le dije á Caniupán, y diciendo y haciendo seguimos el camino de Leubucó. Los indios se tendieron al galope. Por no recibir su polvo los imité.

Hacia el Sur se alzaba en el horizonte una nube que parecía de arena.

—Son jinetes—dijeron algunos.

Yo fijé un instante la vista en ella, no descubrí nada.

Tenía interés en aprender á contar en lengua araucana. Me dirigí, pues, á Mora, aprovechando el tiempo, ya que por algunos momentos me veía libre de embajadores, mensajeros y parlamentarios, y le pregunté:

—¿Cómo se llaman los números en la lengua de los indios?

Mora no entendió bien la pregunta. Él sabía perfectamente bien lo que quería decir cuatro, pero ignoraba qué era número.

Le dirigí la interpelación en otra forma, y el resultado fué, que mis lectores mañana, y tú después, Santiago amigo, sabrán contar en una lengua más.

Uno—quiñé.
Dos—epú.
Tres—clá.
Cuatro—meli.
Cinco—quehú.
Seis—caiu.
Siete—relgué.
Ocho—purrá.
Nueve—ailliá.
Diez—marí.
Cien—pataca.
Mil—barranca.

Ahora, cincuenta se dice quehú-marí; doscientos, epú-pataca; ocho mil, purrá-barranca; y cien mil, pataca-barranca.

Y esto prueba dos cosas:

1.º Que teniendo la noción abstracta del número comprensivo de infinitas unidades como un millón, que en su lengua se dice, marí-pataca-barranca, estos bárbaros no son tan bárbaros ni tan obtusos como muchas personas creen.

2.º Que su sistema de numeración es igual al teutónico según se ve por el ejemplo de quehú-marí, que vale tanto como cincuenta; pero que gramaticalmente es cinco-diez.

Si hay quien se haya afligido porque nuestro sistema parlamentario se parece al de los Ranqueles, ¡consuélese, pues!

Los alemanes, justamente orgullosos de ser paisanos de Schiller y de Gœthe, se parecen también á ellos. Bismarck, el gran hombre de Estado, contaría las águilas de las legiones vencedoras en Sadowa, lo mismo que el indio Mariano Rosas cuenta sus lanzas al regresar del malón.

Pero la nube de arena avanza………………………….

 

XXII
Una nube de arena.—Cálculos.—El ojo del indio.—Segundo parlamento.—Se avista el toldo de Mariano Rosas.—Frente á él.

La nube de arena que había llamado mi atención antes de empezar el diálogo con Mora, se movía y avanzaba sobre nosotros, se alejaba, giraba hacia el Poniente, luego hacia el Naciente, se achicaba, se agrandaba, volvía á achicarse y á agrandarse, se levantaba, descendía, volvía á levantarse y á descender; á veces tenía una forma, á veces otra, ya era una masa esférica, ya una espiral, ora se condensaba, ora se esparcía, se dilataba, se difundía, ora volvía á condensarse haciéndose más visible, manteniendo el equilibrio sobre la columna de aire hasta una inmensa altura, ya reflejaba unos colores, ya otros, ya parecía el polvo de cien jinetes, ya el de potros alzados, unas veces polvo levantado por las ráfagas de viento errantes, otras el polvo de un rodeo de ganado vacuno que remolinea; creíamos acercarnos al fenómeno y nos alejábamos, creíamos alejarnos y nos acercábamos, creíamos descubrir visiblemente en su seno algunos objetos y nada veíamos; creíamos juguetes de la óptica, la imagen de algo que se movía velozmente de un lado á otro, de arriba á abajo, que iba y venía, que de repente se detenía partiendo súbito luego; íbamos á llegar y no llegábamos porque el terreno se doblaba en médanos abruptos, subíamos, bajábamos, galopábamos, trotábamos con la imaginación sobreexcitada, creyendo llegar en breve á una distancia que despejara la incógnita de nuestra curiosidad; pero nada, la nube se apartaba del camino como huyendo de nosotros, sin cesar sus variadas y caprichosas evoluciones, burlando el ojo experto de los más prácticos, dando lugar á conjeturas sin cuento, á apuestas y disputas infinitas.

Así seguíamos nuestro camino, derrotados por aquella nube extraña, cuando divisamos en dirección á Leubucó unos polvos que momentáneamente fijaron nuestra atención, apartándola de lo que la traía preocupada en tan alto grado.

No tardamos en cerciorarnos de que los polvos eran de un grupo bastante crecido de indios que al gran galope se dirigían hacia nosotros. Tienen ellos un modo tan peculiar de andar por los campos que no era fácil confundirlos con otra cosa.

Volvimos, pues, á fijar la vista en la nube aquella que nos había ganado el flanco izquierdo y que ya afectaba un aspecto más conocido, transparentando formas movibles de seres animados. En ese momento los polvos se tendieron hacia el Oriente, formando un círculo inmenso y como queriendo envolver dentro de él todo cuanto andaba por los campos. Al mismo tiempo divisamos otros polvos en el rumbo que llevábamos y oyéronse varias voces:

—¡Aquéllos andaban voleando!

—¡Aquéllos vienen para acá!

Mora me dijo: esos polvos, señor, que tenemos al frente, han de ser de otro parlamento que viene á saludarlo.

Para mis adentros exclamé: ¡Si se acabarán algún día los cumplidos!

Caniupán me dijo: Ese comisión grande viniendo á topar.

—Bueno—le contesté, y señalándole á la izquierda, preguntéle:

—¿Qué es aquello?

El indio fijó sus ojos en el espacio, recorrió rápidamente el horizonte y luego me contestó:

—Boleando guanacos.

Efectivamente, la nube que por tanto tiempo había preocupado nuestra atención, estaba ya casi encima de nosotros envolviendo en sus entrañas una masa enorme de guanacos que estrechada poco á poco por los boleadores, venía á llevarnos por delante.

—¡Cuidado con las tropillas!—grité, y haciendo alto las rodeamos porque la masa de guanacos podía arrebatarlas.

La tierra se estremecía como cuando la sacude el trueno, oíanse alaridos en todas direcciones, sentíase un ruido sordo… la masa enorme de guanacos rompiendo la resistencia del aire pasó como un torbellino, dejándonos envueltos en tinieblas de arena. Detrás pasaron los indios reboleando las boleadoras, convergiendo todos hacia el mismo punto, que parecía ser una planicie que quedaba á nuestra derecha.

Cuando aquel aluvión de cuadrúpedos desfiló y disipándose las tinieblas de arena, se hizo la luz, volvimos á ponernos al galope.

Según lo había calculado Mora, los polvos últimos que se avistaron eran otro parlamento que venía.

Esta vez no fué un indio el que se destacó de él; destacáronse tres.

Al verles Caniupán destacó otros tres.

Cruzáronse éstos á cierta altura con los otros, hablaron no sé qué y ambos grupos prosiguieron su camino.

Llegaron á nosotros los tres que venían, y después que hablaron con Caniupán, díjome éste:

—Formando gente, hermano, ese comisión.

Hice alto, di mis órdenes y formamos en batalla cubriéndome la retaguardia los indios de Caniupán.

Púsose éste á mi lado derecho y por indicación suya coloqué los dos franciscanos á mi izquierda. Mora se puso detrás de mí.

Una vez formados nos pusimos al galope. Galopamos un rato, y cuando la comisión que venía se dibujó claramente sobre una pequeña eminencia del terreno, como á unos dos mil metros de nosotros, Caniupán me dijo:

—Ese comisión lindo, hermano, ahora no más topando.

—Cuando guste, hermano, topando no más.

Los que venían hicieron alto; regresaron los tres indios de Caniupán y los otros tres volvieron á los suyos.

Caniupán me dijo:

—Poquito parando, hermano.

—Bueno, hermano—le contesté,—sujetando.

Destacó un indio sobre los que venían diciéndole no sé qué. Los otros hicieron lo mismo.

Llegó el heraldo, habló con Caniupán y éste me dijo:

—Ahora topando, hermano.

—Cuando quiera topando, hermano.

Y esto diciendo nos pusimos al gran galope.

Los otros nos imitaron; venían formados en orden de batalla, haciendo flamear tres grandes banderas coloradas, colocadas en largas cañas, que ocupaban los extremos y el centro de la línea.

Marchamos así hasta quedar distantes unos de otros como cuatrocientos metros.

Caniupán me dijo:

—Cerquita ya, topando.

—Topando—le contesté.

Él se lanzó á toda brida; yo le seguí, y los buenos franciscanos, haciendo de tripas corazón, imitaron mi ejemplo.

Cuando íbamos materialmente á toparnos, sujetamos simultáneamente unos y otros quedando distantes veinte pasos.

El que presidía el parlamento destacó su orador.

Caniupán destacó el suyo.

Colocáronse equidistantes de sus respectivos grupos, mirando el uno al Oriente y el otro al Occidente, y comenzó el parlamento.

Duró lo bastante para fastidiar á un santo.

El orador que mandaba Mariano Rosas era un Cicerón de la Pampa.

Hablaba por los codos, prolongaba la última sílaba de la palabra final, como si su garganta fuera un instrumento de viento, y tenía el arte de hacer de una razón quince razones.

El orador que Caniupán nombró para que me representara, no le iba en zaga.

Así fué que no me valió acortar mis contestaciones.

Mi representante se dió maña para multiplicar mis razones, tanto como su interlocutor multiplicaba las suyas.

Mariano Rosas me mandaba decir:

Que se alegraba mucho de que fuera llegando á su toldo (1.ª razón).

Que cómo me había ido de viaje (2.ª razón).

Que si no había perdido algunos caballos (3.ª razón).

Que cómo estaba yo y todos mis jefes, oficiales y soldados (4.ª razón).

Á estas cuatro razones, yo contesté con otras cuatro.

Pero como el orador de Mariano hizo las suyas sesenta razones, el mío hizo lo mismo con las mías.

Después que estos interesantes saludos pasaron, tuve que dar la mano á todos. Eran unos ochenta; entre ellos habían muchos cristianos.

Á cada apretón de manos, á cada abrazo, me aturdían los oídos con hurras y vítores.

Con los abrazos y los apretones de mano cesaron los alaridos.

Mezcláronse los indios que habían venido con los de Caniupán, y formando un solo grupo y marchando todos en orden, proseguimos nuestro camino, avistando á poco andar otros polvos.

—Ese, otro comisión—me dijo Caniupán, señalándomelos.

—Me alegro mucho—le contesté, diciendo interiormente:—á este paso no llegaremos en todo el día á Leubucó.

Subíamos á la falda de un medanito, y Mora me dijo:

—Allí es Leubucó.

Miré en la dirección que me indicaba, y distinguí confusamente á la orilla de un bosque los aduares del cacique general de las tribus ranquelinas, las tolderías de Mariano Rosas.

Los polvos se acercaban velozmente. Llegó un indio; habló con Caniupán y éste destacó otro. Después llegaron tres y Caniupán destacó igual número. En seguida llegaron seis y Caniupán destacó seis también.

Así recibiendo y despachando mensajes y mensajeros, ganábamos terreno rápidamente, de modo que no tardamos en avistar la nueva serie de embajadores en cuyas garras íbamos á caer.

Caniupán me dijo:

—Ese comisión, lindo, grandote.

—Ya veo que es linda—le contesté.

Y tenía razón en lo de grandote, porque, en efecto, formaban un grupo considerable.

Caniupán me dijo:

—Topando fuerte, hermano.

—Topando como guste—le contesté.

—Mandando hacer alto, hermano—agregó.

Hice alto.

—Formando gente, hermano—me dijo.

Llené sus indicaciones, y mi comitiva formó en batalla, poniéndome yo con los frailes al frente en el orden de antes. Los indios de Caniupán me cubrieron la retaguardia y los otros, haciendo dos alas, se colocaron á derecha é izquierda de mí. Las tres banderas ocuparon el centro de la línea que formábamos, como á veinte pasos á vanguardia. Caniupán iba á mi lado.

Formados en esa disposición, rompimos la marcha al galope.

Los que venían avanzaban también al galope.

Oyéronse toques de corneta.

Caniupán me dijo:

—Ese comisión ahorita topando.

—Ya lo veo—le contesté.

Galopamos algunos minutos, hicimos alto viendo que los que venían se habían parado, y después que hablaron con Caniupán, trayendo y llevando mensajes varios indios, continuamos la marcha.

Á una indicación de corneta, Caniupán me dijo:

—Ahora topando ya, hermano.

Y como de costumbre, lanzóse á media rienda, dándome el ejemplo.

Esta vez íbamos á toparnos á todo correr en medio de una espantosa algazara que hacían los indios golpeándose la boca abierta con la palma de la mano.

El terreno salpicado de pequeños arbustos, blando y desigual, exponía á todos á una tremenda rodada. No podíamos marchar en formación. Nos desbandábamos y nos uníamos alternativamente. Los pobres frailes, encomendando su alma á Dios, me seguían lo más cerca posible. Muchos rodaron apretándolos enteros el caballo, y eran jinetes de primer orden. ¡Sarcasmo de la vida! uno de los frailes rodó y salió parado.

Las dos comitivas avanzaban, íbamos materialmente á toparnos ya, cuando á una indicación de corneta sujetaron los que venían y nosotros también.

Siguióse una escena igual á la anterior, entre dos oradores que se ocuparon una media hora de mi salud y de mis caballos. Pero esta vez todo fué soportable porque mientras los oradores multiplicaban sus razones con elocuente encarnizamiento, yo conversaba con el capitán Rivadavia que había salido á mi encuentro.

Este valiente y resuelto oficial, prudente y paciente, me representaba hacía tres meses entre los indios.

Le abracé con efusión, y uno de los momentos más gratos de mi vida, ha sido aquél. Quien haya alguna vez encontrado un compatriota, un amigo en extranjera playa, ó en regiones apartadas y desconocidas, desiertas é inhabitadas, después de haber expuesto su vida unas cuantas veces podrá sólo comprender mis impresiones.

Terminados los saludos, que eran seis razones, las que fueron convertidas en sesenta de una parte y otra, llegó el turno de los abrazos y apretones de mano. Esta vez no hubo más alteración en el ceremonial que toques de corneta. Di unos ciento y tantos abrazos y apretones de mano; y cuando ya no me quedaba costilla, ni nervio en la muñeca que no me doliera, comenzaron los alaridos de regocijo y los vivas, atronando los aires. Todo el mundo, excepto mi gente, se desparramó gritando, escaramuceando, rayando los caballos, ostentando el mérito de éstos y su destreza. Aquello era una verdadera fiesta, una fantasía á lo árabe.

Así desparramados, dispersos, jineteando, marchamos un largo rato, viendo darse de pechadas mortales á unos, rodar á otros, haciendo éstos bailar los caballos, tirándose los unos al suelo en medio de la carrera y subiendo ágiles, corriendo los unos de rodillas sobre el lomo de su caballo y los otros de pie, en una palabra, haciendo cada cual alguna pirueta.

Á un toque de corneta se reunieron todos y formamos como antes lo expliqué, aumentando las alas los recién llegados.

Acababa de llegar un enviado de Mariano Rosas.

Su toldo estaba ahí cerca. Penetrar en él era cuestión de minutos, al fin.

Regresó el mensajero y Caniupán me dijo:

—Caminando poquito, hermano—dicho lo cual recogió su caballo y se puso al tranco.

Tuve que conformarme á su indicación. Recogí mi caballo é igualé el paso del suyo.

Llegó otro mensajero de Mariano Rosas, habló con Caniupán, y después me dijo éste:

—Parando, hermano.

Le habló á Mora en su lengua y éste me tradujo, que debíamos echar pie á tierra y esperar órdenes.

El lector juzgará si había motivo para rabiar un rato.

Yo, que en esta excursión á los indios he aprendido una virtud que no tenía, que por modestia callo, repito lo que antes he dicho: que no es tan fácil penetrar en el toldo del señor General don Mariano Rosas, como le llaman los suyos.

XXIII
Épocas buenas y malas.—En qué cosas cree el autor.—La cadena del mundo moral.—¿Será cierto que los padres saben más que los hijos?—El capitán Rivadavia, Hilarión Nicolai, Camargo.—Dilaciones.

Con la última parada se me quemaron los libros. Es verdad que hace mucho tiempo que en mis cálculos entra todo, menos lo principal.

El hombre suele tener épocas de graves errores, de imperdonables desaciertos y tristes equivocaciones.

Como todo el que se ha lanzado sin preparación en la corriente de la vida lo sabe, hay años buenos y malos, meses propicios y fatales, días color de rosa, días negros como el hollín de una chimenea.

Años, meses y días en que á todo acertamos, en que nuestro espíritu parece tener su geometría, en que todo nos halaga y nos sonríe.

Y, á la inversa, años, meses y días en que todo nos sale al revés.

Si amamos, nos olvidan; si vamos á la guerra, nos hieren ó nos postergan; si somos candidatos al parlamento, nos derrotan; si jugamos, perdemos; si tomamos comidas con aceite, se nos indigestan; si compramos billetes de lotería, ni cerca le andamos á la suerte; finalmente, hay temporadas aciagas en que ni por chiripa andamos bien. Ó, como dicen los andaluces, temporadas en que nuestro estado normal, es andar en la mala.

Esto debe consistir en algo.

Yo he pensado mucho en la justicia de Dios, con motivo de ciertos percances propios y ajenos, pues un hombre discreto debe estudiar el mundo y sus vicisitudes, en cabeza propia y en cabeza ajena.

Y, francamente, hay momentos en que me dan tentaciones de creer que nuestro bello planeta no está bien organizado.

¡Quién sabe si no estamos en un período de desequilibrio moral!

He de buscar algún amigo ducho en trotes de ciencia y conciencia que me indique si hay algún tratado de mecánica terrenal, por el estilo del de Laplace.

Por lo pronto me he refugiado en un tratadito cuyo título es:—«La moral aplicada á la política, ó el arte de esperar».

Debe ser muy bueno; es un libro chico y anónimo,—hace tiempo vengo observando que los mejores libros son los manuales, cuyo autor se ignora.

La razón creo hallarla en la modestia, sentimiento que anda generalmente á caballo.

En este tratadito pienso hallar la solución de muchas de mis dudas.

Yo tengo creencias y convicciones arraigadas, que las he sacado no sé de dónde—hay cosas que no tienen filiación,—y no quisiera perderlas ó que se embrollaran mucho en los archivos de mi imaginación.

Yo creo en Dios, por ejemplo, cosa en la que sin duda cree el respetable público—aunque hay un refrán maldito que dice: fíate en Dios y no corras.

Yo creo en la justicia y que las almas nobles deben hacérsela aun á aquéllos mismos que se la niegan á ellos; sin embargo, todos los días veo gente desesperada por la calle, quejándose de que no hay justicia en la tierra.

Y hasta ahora les he oído decir, á los que tienen y ganan pleitos: ¡Qué bien anda la justicia!

¡Los mismos abogados no hacen otra cosa que gritar contra la justicia!

Dos alegatos distintos de bien probado sobre lo mismo, ¿qué implican?

Yo creo en la caridad, y mientras tanto, todo el día oigo hablar mal del prójimo, y veo gente conducida al cementerio que no tiene tras de qué caerse muerta.

Yo creo en la religión; creo que el patriotismo, el honor, la probidad, el amor del prójimo son cuestiones de religión.

Mientras tanto, el otro día he leído en un libro italiano—estos italianos pierden la cabeza cuando se ocupan de religión,—que todas las religiones quieren hacerse ricas.

Yo creo en la Constitución y en las leyes; y un viejo muy lleno de experiencia que me suele dar consejos, me dice: todos gobiernan lo mismo, no es Rosas el que no puede.

Yo creo en el pueblo, y si mañana lo convocan á elecciones, resulta que no hay quién sufrague.

Yo creo en el libre albedrío, y todos los días veo gentes que se dejan llevar de las narices por otros; y mi noción de la responsabilidad humana se conmueve hasta en sus más sólidos fundamentos.

Como se ve, yo creo en una porción de cosas muy buenas, muy morales y muy útiles.

El pulpero de enfrente no cree ni entiende nada de eso.

Pero lo pasa bien.

Tiene buena salud, una renta fija, una clientela segura: nadie le inquieta, ni le amenaza, ni le fulmina. Es un desconocido; pero es una potencia.

La suerte debe entrar por mucho; porque de balde no han inventado el refrán: «Suerte te dé Dios, hijo, que el saber poco te vale».

Y el apellido ha de influir también algo.

Es muy raro hallar un hombre que aborrezca á otro que no sabe cómo se llama.

Por eso, sin duda, los brasileños se mudan el nombre.

El otro día no se me ocurrió esto.

Cuando acabe de leer mi tratadito, he de estar ya en estado de curarme de todas mis supersticiones.

Dentro de poco voy á ser un hombre completo, moralmente, bien entendido.

¿Entonces sí, á que todo cuanto emprenda me sale á las mil maravillas?

¿Á que si entablo un pleito gano?

¿Á que si emprendo un viaje no naufrago?

¿Á que si compro billetes de lotería me saco una suerte mayor?

¿Á que si hago una campaña me dan un premio?

¿Á que si vuelvo á los indios no me sucede lo que me ha sucedido—que me hagan esperar tanto en el camino?

¿Será cierto que la experiencia es madre de la ciencia?

Sin duda, por eso dicen que el Diablo no sabe tanto por ser Diablo, cuanto por ser viejo.

Se me había olvidado anotar, al enumerar mis creencias, que también creo en este caballero. Le he visto varias veces.

¿Será cierto que mi anciano padre tiene razón en los consejos que me ha dado y me da consejos que en mi petulancia moderna jamás he querido seguir, tanto que para saber cómo piensa él no hay más que averiguar cómo pienso yo?

¿Será cierto que la cadena del mundo moral se forma así vinculando la amarga experiencia de ayer con los desencantos de hoy, metodizando y conformando nuestra vida según los preceptos de los que han vivido y visto más que nosotros, orgullosos filósofos de papel?

¿Será cierto que el muchacho más instruido, más aventajado, más sabio, al lado de su padre será siempre un niño de teta, un pigmeo?

¡Santiago amigo! ¿Será cierto que tu padre sabe más que tú?

¿Que el general Guido sabía más que Carlos, que es un pozo de sabiduría?

¿Que don Florencio Varela sabía más que Héctor, que sabe tantas cosas?—más que Mariano, lo dudo.

¿Que mi padre sabe más que yo, que no soy muy atrasado que digamos, particularmente en estudios sociales?

Á mí me da por ahí. Mi fuerte es el conocimiento de los hombres.

¡Pero éstos me reservan unos desengaños!

Es con lo que pienso argüir al mocoso de mi hijo, cuando se me levante con el santo y la limosna, que no tardará en suceder.

Ya ha empezado á hacer actos espontáneos, calculados para desprestigiar mi autoridad paternal, á gastar más de lo que debe, siendo objeto de privadas murmuraciones en la familia, y metiéndose á estudiar medicina contra mis consejos.

¡Estudiar medicina sin mi consentimiento! ¡Pues es disparate!

Sólo puedo comparar semejante aberración, en un siglo como éste, en que yo le curo homeopáticamente un panadizo al que lo tenga, con una expedición á los Indios Ranqueles.

En efecto, querido Santiago, mirando con sangre fría mi viaje á los toldos, ¿no te parece que ha sido perder tiempo?

¿No te parece que las demoras que me ha hecho sufrir Mariano Rosas, antes de dejarme penetrar en su morada, las he merecido por mi extravagancia?

¡Cuánto mejor hubiera sido que mi jefe inmediato me negara la licencia!

Si lo hace, cuando menos me atufo, que así somos—¡desconocemos la mano que nos desea el bien y se la damos á quien nos quiere mal!

Pero acerquémonos á Leubucó, saliendo de donde nos detuvimos ayer.

Viendo que la parada se prolongaba y que mis cabalgaduras estaban muy sudadas, mandé mudar, para hacer la entrada en regla.

Era temprano aún y quién sabe cuánto tiempo íbamos á permanecer todavía sobre el caballo.

Mientras mudaban, el capitán Rivadavia me presentó varios personajes políticos refugiados en Tierra Adentro—siendo los dos más notables, un mayor Hilarión Nicolai y un teniente Camargo.

Ambos han pertenecido á la gente de Saa, y ganaron los indios después de la sableada de San Ignacio, llevando un puñado de soldados.

Muy mal me habían hablado de estos dos hombres.

Yo iba sumamente prevenido contra ellos, temiendo ser objeto de alguna maldad, aunque reflexionando me parecía que el hecho de ser cristiano debía mirarlo como una garantía.

Dígase lo que se quiera—la cabra siempre tira al monte.

Más tarde veremos si yo discurría mal en medio de las preocupaciones de mi ánimo. Y mi ejemplo podrá serles útil á los que juzguen á los hombres por las reglas vulgares, apasionadas, iracundas, cuando la gran ley de la vida y de Dios es la caridad.

Ni el viejo Hilarión, ni el bandido Camargo, me hicieron el efecto que yo esperaba, ni me saludaron como me lo temía. Hilarión con todas sus mañas y Camargo con todas sus bellaquerías son dos hombres simpáticos, atentos y educados, especialmente Hilarión. Camargo es un tipo más crudo.

El primero tendrá cincuenta y cinco años, el segundo veintiocho. El uno tiene una larga barba, blanca como la nieve; el otro un lindo bigote negro, como azabache.

El uno parece un inglés, el otro tiene todo el sello del hijo de la tierra.

Hilarión es una especie gauchi-político. Camargo es un compadre neto, que sabe leer y escribir perfectamente, valiente, osado, orgulloso y desprendido. Hilarión contemporiza con los indios, no habla su lengua. Camargo al contrario, habla el araucano, dice lo que siente, no le teme á la muerte y al más pintado le acomoda una puñalada.

Y sin embargo, Camargo es un ser susceptible de enmienda, según lo veremos cuando llegue el momento de referir su vida, sus desgracias—las causas por qué se hizo federal, debidas en gran parte á una mujer.

Las tales mujeres tienen el poder diabólico de hacer todo cuanto quieren, y por eso ha de ser que los franceses dicen: ce que femme veut Dieu le veut. De un federal son capaces de hacer un unitario y viceversa, que es cuanto se puede decir. Por supuesto que de cualquiera hacen un tonto.

La presencia de mis nuevos conocidos, la charla con ellos, la operación de mudar caballos, hicieron más soportable la imprevista antesala que me obligaron á hacer.

Yo disimulaba mal, sin duda, mi destemplado humor, porque todos á una, los que parecían más racionales y conocedores de los usos y costumbres de los indios, me decían:—Tenga paciencia, señor; así es esta tierra; el general es buen hombre, lo quiere recibir en forma.

No había más recurso que esperar, hasta que se acabaran los preparativos. Aquello iba á estar espléndido, según el tiempo que se empleaba en los arreglos. Ni la pirámide de la plaza de la Victoria, cuando se viste de gala, gastando más en traje de lienzo y cartón que en un forro de mármol eterno, emplea tanto tiempo en adornarse, como todo un cacique de las tribus ranquelinas.

Me daban una lección sobre el ceremonial decretado para mi recepción, cuando llegó un indiecito muy apuesto, cargado de prendas de plata y montando un flete en regla.

Le seguía una pequeña escolta.

Era el hijo mayor de Mariano Rosas, que por orden de su padre venía á recibirme y saludarme.

La salutación consistió en un rosario de preguntas—todas referentes á lo que ya sabemos, al estado fisiológico de mi persona, á los caballos y novedades de la marcha.

Á todo contesté políticamente, con la sonrisa en los labios y una tempestad de impaciencia en el corazón.

Esta vez, á más de las preguntas indicadas, me hicieron otra—que cuántos hombres me acompañaban y qué armas llevaba.

Satisfice cumplidamente la curiosidad.

Ya sabe el lector cuántos éramos al llegar á las tierras de Ramón.

El número no se había aumentado ni disminuido por fortuna; ninguna desgracia había ocurrido. En cuanto á las armas, consistían en cuchillos, sables sin vaina entre las caronas y cinco revólveres, de los cuales dos eran míos.

El hijo de Mariano Rosas regresó á dar cuenta de su misión. Más tarde vino otro enviado y con él la orden de que nos moviéramos.

Una indicación de corneta se hizo oir.

Reuniéronse todos los que andaban desparramados; formamos como lo describí ayer y nos movimos.

Ya estábamos á la vista del mismo Mariano Rosas; yo podía distinguir perfectamente los rasgos de su fisonomía, contar uno por uno los que constituían su corte pedestre, su séquito, los grandes personajes de su tribu, ya íbamos á echar pie á tierra, cuando: ¡sorpresa inesperada! fuimos notificados de que aún había que esperar.

Esperamos, pues…

Habiendo esperado yo tanto; ¿por qué no han de esperar ustedes hasta mañana ó pasado?

La curiosidad aumenta el placer de las cosas vedadas difíciles de conseguir.

 

XXIV
¡Qué hacer cuando no hay más remedio!—Cuál era el objeto de esta otra parada.—Pretensiones de la ignorancia.—Las brujas.—Saludos y regocijos.—Qué sucedía mientras tenía lugar el parlamento.—Agitación en el toldo de Mariano Rosas.—Las brujas vieron al fin lo mismo que el Cacique.—Cómo estaba formado éste.—Qué es Leubucó y qué caminos parten de allí.—Echo pie á tierra.—Vítores.

Hay situaciones en que una indicación, por más política que sea, tiene todo el carácter de una orden militar.

¿Qué había de hacer, cuando con la mayor finura araucana me insinuaron que, á pesar de hallarme ya á tiro de pistola del toldo suspirado, debía detenerme un rato más?

Claro está, conformarme.

Permanecimos á caballo, en el mismo orden de formación que llevábamos.

Aquella parada á última hora, inopinada, que no había formado parte del programa imaginario de nadie, tenía en el ceremonial de la corte de Mariano Rosas un gran significado.

En las paradas anteriores, el objeto real había sido—unas veces, ganar tiempo hasta que se tranquilizara la multitud,—otras veces, cumplir con los deberes oficiales y sociales de la buena crianza y cortesía.

Esta vez el cacique mayor, los caciques secundarios, los capitanejos, los indios de importancia—como se estila en Tierra Adentro,—querían verme un rato de cerca, antes de que echara pie á tierra, estudiar mi fisonomía, mi mirada, mi aire, mi aspecto; asegurarse, por ciertas razones fundamentales, de mis intenciones, leyendo en mi rostro lo que llevaba oculto en los repliegues del corazón.

Y querían hacer esto, no sólo conmigo, sino con todos los que me acompañaban, inclusive los dos reverendos franciscanos, santos varones, incapaces de arrancarle las alas á una mosca.

En medio de su disimulo y malicia genial y estudiada, los salvajes y los pueblos atrasados en civilización tienen siempre algo de candorosos.

Ellos creen cosa muy fácil engañar al extranjero.

El orgullo de la ignorancia se traduce constantemente, empezando por creer que se sabe más que el prójimo.

La ignorancia tomada individual ó colectivamente es la misma en sus manifestaciones—falsamente orgullosa y osada.

Mariano Rosas creyó engañarme.

Estábamos al habla, con tal de esforzar un poco la voz, y siguiendo el plan conocido me destacó un embajador.

Ni una palabra de mi lengua entendía éste.

Era calculado.

Se buscaba que sin apelación me valiera del lenguaraz hasta para contestar sí, ó no.

Así duraba más tiempo la exposición de mi persona y séquito—se nos examinaba prolijamente.

Y mientras se nos examinaba, las viejas brujas, en virtud de los informes y detalles que recibían, descifraban el horóscopo, leyendo en el porvenir, relataban mis recónditas intenciones y conjuraban el espíritu maligno—el gualicho.

Habló el representante de Mariano Rosas.

Las coplas fueron las consabidas, con el agregado de que—se alegraba tanto de verme llegar bueno y sano á su tierra; que estaba para servirme con todos sus caciques, capitanejos é indios, que aquél era un día grande, y que, en prueba de ello, oyese.

Al decir esto, hacían descargas con carabinas y fusiles, unos cuantos cristianos andrajosos, entre los que se distinguía un negro, especie de Rigoletto; quemaban cohetes de la India en gran cantidad y prorrumpían en alaridos de regocijo.

Yo contestaba con toda la afabilidad de un diplomático—por el órgano de mi lenguaraz, que á su turno se dirigía á un representante que me había designado Caniupán, mi estatua del Comendador, desde el instante en que nos movimos de Calcumuleu.

Multiplicando los dos interlocutores principales, á cual más sus razones—so pena de desacreditarse ante el concepto de la opinión pública, que estaba allí congregada, no había remedio, los saludos duraban tanto como un rosario.

Después que fuí saludado, cumplimentado y felicitado, me pidieron permiso para hacerlo con los franciscanos, que por el hecho de andar á mi lado, de ver mis atenciones con ellos, y, sobre todo, porque llevaban corona, eran reputados mis segundos en jerarquía.

Concedí el permiso, y vino un diálogo como los que ya conocemos, con su multiplicación de razones, con sus últimas sílabas prolongadas á más no poder, y en el que resonaron con mucha frecuencia los vocablos: chao, padre; uchaimá, grande; chachao, Dios y cuchauentrú, que también quiere decir Dios, con esta diferencia: chachao, responde á la idea de mi padre y cuchauentrú, á la de el omnipotente, literalmente traducido significa hombre grande, de cucha y uentrú.

Los franciscanos contestaron evangélicamente, ofreciendo bautizar, casar y salvar todas las almas que quisieran recurrir al auxilio espiritual de su ministerio.

Felizmente los intérpretes no entendieron muy bien sus apostólicas razones, y no pudieron multiplicarlas tanto como la concurrencia lo habría deseado.

En pos de los franciscanos vinieron mis oficiales, para cuyo efecto me pidieron también la venia.

Á ese paso, iban á ser interrogadas, saludadas y agasajadas hasta las mulas que llevaban las cargas.

Este artículo del ceremonial se hizo hablando uno de mis oficiales por todos, según me lo indicó Mora.

Se redujo todo á lo sabido—razones elevadas á la quinta potencia, en medio de la mímica oratoria más esforzada.

En tanto que estos parlamentos tenían lugar, muchos indios viejos, de extraño aspecto, giraban en torno mío y de los míos, con aire misterioso, callados, cejijunto el rostro como estudiando á los recién llegados y la situación. Se iban y venían, tornaban á irse y volvían á venir, llevándoles lenguas á las brujas, que hacían el exorcismo, y á las cuales iba el pellejo, ó la vida, si por alguna casualidad, incongruencia ó nigromancia acontecía una desgracia como enfermarse, morirse un indio ó un caballo de estimación.

Las tales adivinas acaban sus días así, sacrificadas si no tienen bastante talento, previsión ó fortuna para acertar.

Á cada triquitraque las llaman y consultan.

Para ir á malón, consulta; para saber si lloverá habiendo sequía, consulta; para saber de qué está enfermo el que se muere, consulta. Y si los hechos augurados fallan, ¡adiós, pobre bruja! su brujería no la salva de las garras de la sangrienta preocupación,—muere.

No obstante, es un artículo abundante entre los indios,—prueba evidente de que el charlatanismo tiene su puesto preferente en todas partes: pronosticar el destino de la humanidad y de las naciones, aunque la civilización moderna es más indulgente. Nosotros mandaremos guillotinar á Mazzini, es un gritón menos de la libertad; pero á los que hacen el milagro de la extravasación de la sangre de San Genaro, no.

Una indescriptible agitación reinaba en el toldo de Mariano Rosas. Indios y chinas á pie y á caballo, iban y venían en todas direcciones. Algo extraordinario acontecía, que se relacionaba conmigo.

Llamó mi atención.

Le pregunté impaciente á Mora qué sería. No pudo satisfacerme. El mismo lo ignoraba. Después supe que las viejas brujas habían andado medio apuradas. Sus pronósticos no fueron buenos al principio. Yo era precursor de grandes é inevitables calamidades; gualicho transfigurado venía conmigo.

Para salvarse había que sacrificarme, ó hacer que me volviera á mi tierra con cajas destempladas. Como se ve, todas las brujas son iguales,—la base de la nigromancia está en la credulidad, en el miedo, en los instintos maravillosos, en las preocupaciones populares.

Pero Mariano Rosas no quería sacrificarme, ni que me volviera como había venido, sin echar pie á tierra siquiera en Leubucó.

Los recalcitrantes, los viejos, los que jamás habían vivido entre los cristianos, los que no conocían su lengua, ni sus costumbres, los que eran enemigos de todo hombre extraño, de sangre y color que no fuera india,—creían en los vaticinios de las brujas.

Pero ya lo he dicho. Mariano Rosas, que á fuer de cacique principal sabía más que todos, no participaba de sus opiniones.

Se les previno, pues, á las brujas, que estudiasen mejor el curso del sol, la carrera de las nubes, el color del cielo, el vuelo de las aves, el jugo de las hierbas amargas que masticaban, los sahumerios de bosta que hacían: porque el cacique, que veía otra cosa, quería estrecharme la mano, y abrazarme convencido de que gualicho no andaba conmigo, de que yo era el coronel Mansilla en cuerpo y alma.

Mariano Rosas estaba formado en ala, frente á mí, como á unos cincuenta pasos. Á su izquierda tenía á Epumer, su hermano mayor, su general en campaña. Por un voto solemne, aquél no se mueve jamás de su tierra, no puede invadir, ni salir á tierra de cristianos. Después de Epumer, seguían los capitanejos Relmo, Cayupán, otros más, y entre éstos Melideo, que quiere decir cuatro ratones, de meli, cuatro, y deo, ratón.

Es costumbre entre los ranqueles ponerse nombres así, y nótese que digo nombres, no apodos ni sobrenombres. El uno se llama como dejo dicho,—el otro se llamará «cuatro ojos», éste «cuero de tigre», aquél «cabeza de buey», y así.

En seguida de los capitanejos, ocupaban sus puestos varios indios de importancia, luego algunas chusmas y por fin algunos cristianos de la gente de un titulado coronel Ayala que fué de Saa, extraviado político, pero que no es mal hombre, que me trató siempre con cariño y consideración.

Estos cristianos estaba armados de fusil y carabina, que no brillaban por cierto de limpios, y eran los que con gran apuro y dificultad hacían las salvas en honor mío. Ayala los dirigía. El padre Burela, que, como se sabe, había llegado de Mendoza dos días antes que yo, con un cargamento de bebidas y otras menudencias para el rescate de cautivos, también andaba por allí, ocupando un puesto preferente. Jorge Macías, condiscípulo mío en la escuela del respetable y querido señor don Juan A. de la Peña, cautivo hacía dos años, andaba el pobre como bola sin manija.

La morada de Mariano Rosas, consistía en unos cuantos toldos diseminados y en unos cuantos ranchos, construidos por la gente de Ayala, en un corral y varios palenques.

Leubucó es una laguna sin interés,—quiere decir agua que corre, leubú corre y de có agua. Queda en un descampado á orilla de una ceja de monte, en una quebrada de médanos bajos. Los alrededores de aquel paraje son tristísimos, es lo más yermo y estéril de cuanto he visto; una soledad ideal.

De Leubucó, arrancan caminos, grandes rastrilladas por todas partes. Allí es la estación central. Salen caminos para las tolderías de Ramón que quedan en los montes de Carrilobo; para las tolderías de Baigorrita, situadas á la orilla de los montes de Quenque; para las tolderías de Calfucurá en Salinas Grandes; para la Cordillera, y para las tribus araucanas.

Yo he recogido, á fuerza de maña y disimulo, muchos datos á este último respecto, que algún día no lejano, publicaré, para que el país los utilice. Y digo con maña y disimulo, porque entre los indios, nada hay más inconveniente para un extraño, para un hombre sospechoso, como debía serlo y lo era yo, que preguntar ciertas cosas, manifestar curiosidad de conocer las distancias, la situación de los lugares á donde jamás han llegado los cristianos, todo lo cual se procura mantener rodeado del misterio más completo. Un indio no sabe nunca dónde queda el Chalileo, por ejemplo; qué distancia hay de Leubucó á Wada. La mayor indiscreción que puede cometer un cristiano asilado es decirlo.

Me acuerdo que en el Río 4.º, queriendo yo tener algunos datos sobre la población de los Ranqueles, le hice cierto número de preguntas á Linconao, que tanto me quería, delante de Achauentrú. Como aquél contestara bastante satisfactoriamente, éste, con tono airado, le amenazó diciéndole en araucano: que cuando regresase á Tierra Adentro, le diría á Mariano Rosas que era «un traidor que había estado hablando esas cosas conmigo,—y dirigiéndose á los demás indios circunstantes, añadió: ustedes son testigos».

Yo, qué había de entender; lo supe por mi lenguaraz. Mora, me lo dijo en voz baja, rogándome que no lo comprometiera y que no continuara el interrogatorio, que suspendí; quedando poco más enterado que antes.

Los conjuros terminaron, el horóscopo astrológico dejó de augurar males, las águilas no miraron ya para el Sur, sino para el Norte,—lo que quería decir que vendría gente de adentro para fuera, no de afuera para adentro, ó en otros términos, que no habría malón de cristianos, que nada habría que temer.

La hora de recibirme había llegado.

¡Ya era tiempo!

Un enviado salió de las filas de Mariano Rosas y me dijo, siempre por intérprete:

—Manda decir el General que eche pie á tierra con sus jefes y oficiales.

—Está bien—contesté.

Y eché pie á tierra, y junto conmigo los cristianos é indios que me seguían. Y á ese tiempo se oyó un hurra atronador y un viva al coronel Mansilla.

Yo contesté, acompañándome todo el mundo.

¡Viva Mariano Rosas!

¡Viva el Presidente de la República!

¡Vivan los indios argentinos!

Había verdadero júbilo, los tiros de carabina y de fusil no cesaban, ni los cohetes, ni la infernal gritería, golpeándose la boca abierta con la palma de la mano.

Jorge Macías vino á mí y me abrazó llorando.

Como no me habían hecho ninguna indicación, me quedé junto á mi caballo, después de desmontarme.

Ya estaba aleccionado.

Hubo otro parlamento.

Lo volveré á repetir: no es tan fácil como se cree llegar hasta hacerle un salam-alek á Mariano Rosas.

 

XXV
Gracias á Dios.—Empieza el ceremonial.—Apretones de mano y abrazos.—De cómo casi hube de reventar.—Por algo me había de hacer célebre yo.—¿Qué más podían hacer los bárbaros?

Mucho me había costado llegar á Leubucó y asentar mi planta en los umbrales de la morada de Mariano Rosas.

Pero ya estaba allí, sano y salvo, sin más pérdidas que dos caballos, sin más percances que el susto á inmediaciones de Aillancó, á consecuencia de la extraña y fantástica recepción del cacique Ramón.

Haber pretendido otra cosa habría sido querer cruzar el mar sin vientos ni olas; andar en las calles de Buenos Aires en verano sin polvo, en invierno sin lodo, lavarse la cara sin mojársela: ó como dice el refrán, comer huevos sin romper cáscaras.

Me parece que tenía por qué conceptuarme afortunado, ó en términos más cristianos, por qué darle gracias al que todo lo puede, como en efecto lo hice, exclamando interiormente: ¡Loado sea Dios!

Con el caballo de la brida, esperaba indicaciones para adelantarme á saludar á Mariano Rosas, pasando en revista los personajes que tenía al frente, aunque afectando una gran indiferencia por cuanto me rodeaba.

Todos los bárbaros son iguales, ni les gusta confesar que no han visto antes ciertas cosas, cuando éstas llaman su atención, ni que los que penetran sus guaridas, hallen raro lo que en ellas ven.

En el Río 4.º yo me solía divertir, mostrándoles á los indios un reloj de sobremesa, que tenía despertador, un barómetro, una aguja de marear óptica, un teodolito y un anteojo.

Miraban y miraban con intensa ojeada los objetos, y como quien dice, eso no llama tanto como usted cree mi atención, me decían: «Allá en Tierra Adentro mucho lindo teniendo».

Un indio, que debía ser algo, como paje del cacique, habló con Mariano Rosas, y en seguida con Caniupán, mi inseparable compañero.

Éste á su turno habló con Mora.

Mi lenguaraz, siguiendo la usanza, me dijo:

—Señor, dice el general Mariano, que ya lo va á recibir; que quiere darle la mano y abrazarlo; que se dé la mano con sus capitanejos y se abrace también con ellos, para que en todo tiempo lo conozcan y lo miren como amigo, al hombre que les hace el favor de visitarlos, poniendo en ellos tanta confianza.

Pasando por los mismos trámites, fué despachado el mensajero con un recadito muy afectuoso y cordial.

Mora volvió á conversar con Caniupán, y me dijo después:

—Señor, dice Caniupán que ya puede adelantarse á darle la mano al general Mariano; que haga con él y con los demás que salude lo mismo que ellos hagan con usted.

—¿Y qué diablos van á hacer conmigo?—le pregunté.

—Nada mi Coronel, cosas de los indios, así es en esta tierra—me contestó.

—Supongo que no será alguna barbaridad—agregué.

—No señor, es que han de querer tratarlo con cariño; porque están muy contentos de verlo y medio achumados—repuso.

—¿Pero, poco más ó menos, qué van á hacer?—proseguí.

—Es que han de querer abrazarlo y cargarlo, respondió.

Pues si no es más que eso, murmuré para mis adentros, no hay de qué alarmarse, y como cuando grita uno á los que acaudilla en un instante supremo, ¡adelante! ¡adelante!

—¡Caballeros!—dije, mirando á mis oficiales y á los dos franciscanos, que estaban hechos unas pascuas, sonriéndose con cuantos los miraban,—vamos á saludar á Mariano.

Avancé, me siguieron, llegamos á tiro de apretón de manos del cacique y comenzó el saludo.

Mariano Rosas me alargó la mano derecha, se la estreché.

Me la sacudió con fuerza, se la sacudí.

Me abrazó cruzándome los brazos por el hombro izquierdo, lo abracé.

Me abrazó cruzándome los brazos por el hombro derecho, lo abracé.

Me cargó y me suspendió vigorosamente, dando un grito estentóreo; lo cargué, y suspendí, dando un grito igual.

Los concurrentes, á cada una de estas operaciones, golpeándose la boca abierta con la mano y poniendo á prueba sus pulmones, gritaban: ¡¡¡aaaaaaaa!!!

Después que me saludé con Mariano, un indio, especie de maestro de ceremonias, me presentó á Epumer.

Nos hicimos lo mismo que con su hermano, en medio de incesantes y atronadores ¡¡¡aaaaaaaa!!!

Luego vino Relmo,—igual escena á la anterior: ¡¡¡aaaaaaaa!!!

En seguida Cayupán,—lo mismo: ¡¡¡aaaaaaaa!!!

En pos de éste, Melideo (alias) cuatro ratones, indio sólido como una piedra, de regular estatura; pero panzudo, gordo, pesado, ¿como quién? como mi camarada Peña, el edecán del Presidente.

Aquí fueron los apuros para cargarlo y suspenderlo.

Mis brazos lo abarcaban apenas; hice un esfuerzo, el amor propio de hombre forzudo estaba comprometido, no alcanzarlo me parecía hasta desdoroso para los cristianos; redoblé el esfuerzo y mi tentativa fué coronada por el éxito más completo, como lo probaron los ¡¡¡aaaaaaaaaaaaa!!! dados esta vez con más ganas y prolongados más que los anteriores.

Aquello fué pasaje de comedia, casi reventé, casi se me salieron los pulmones, porque esto de tener que dar un grito que haga estremecer la tierra al mismo tiempo que el cuerpo se encorva, haciendo un gran esfuerzo para levantar del suelo un peso mayor que el de uno mismo, es asunto serio del punto de vista de la fisiología orgánica; pero que más que á todo se presta á la risa.

Imaginaos á Orión, á este querido amigo, de quien la biografía dirá algún día que tenía la impaciencia del bien, el sentimiento delicado de la amistad, todo el talento chispeante del porteño, y bajo una corteza de escéptico, por cierta inclinación al caricato, un corazón de oro,—imaginaos, decía, á este amigo, en un día de público regocijo, el próximo 9 de julio, verbigracia, en la Plaza de la Victoria, muy emperifollado con sus adornos de papel, cartón, lienzo y engrudo, subido sobre un tablado, luchando á brazo partido, en medio de las más risueñas algazaras de una turbamulta, por cargar y levantar á nuestro cofrade Hernández, ex-redactor del Río de la Plata, cué, cuya obesidad globulosa toma diariamente proporciones alarmantes para los que, como yo, le quieren, amenazando á remontarse á las regiones etéreas ó reventar como un torpedo paraguayo, sin hacer daño á nadie; imaginaos eso, vuelvo á decir, y tendréis una idea de lo que me pasó á mí durante mi faena hercúlea con Melideo, cumpliendo con el ceremonial establecido en la tierra donde me hallaba y con las leyes del orgullo de raza y de religión que me prohibían cejar un punto, dar un paso atrás, retroceder, aflojar en lo más mínimo.

¡Ah! si aquello se hubiera concluido con el abrazo de Melideo.

¡Pero qué! después de Melideo vinieron otros y otros capitanejos; después de éstos varios indios de importancia; por conclusión, la chusma ranquelina y cristiana.

No se oía más que la resonación producida por la repercusión de los continuados gritos ¡¡¡aaaaaaa!!!

Yo sudaba la gota gorda, mi voz estaba ronca como el eco de un gallo en frígida mañana de julio, mis fuerzas agotadas.

Se me figuraba que la atmósfera tenía mil grados sobre cero, que no era transparente sino densa, como para cortarla en tajadas, pesaba sobre mí como una plancha de hierro.

No me morí de calor, de cansancio, de tanto gritar, porque Alá es grande, y nos sostiene y nos da energía física y moral cuando habemos menester de ella, ¡tal es de bueno!

Mientras yo pasaba revista de aquellos bárbaros, me acordaba del dicho de Alcibiades: á donde fueres, haz lo que vieres, y rumiaba: ¡Te había de haber traído á visitar los ranqueles!

Al mejor se la doy, á abrazar cuatro veces, cargar y suspender otras tantas á cualquiera, gritando como un marrano: ¡¡¡aaaaaaaaaaaa!!! no es cosa.

Pero cuando ese cualquiera llega á pesar nueve arrobas, tanto como Melideo; pero cuando hay que repetir la misma operación muscular y pulmonar ochenta ó cien veces, el ejercicio es grave, y puede darle á uno títulos suficientes para ocupar algún día en el mausoleo de la posteridad un lugar preferente entre los gladiadores ó luchadores del siglo XIX.

Por algo me había de hacer célebre yo, aunque las olas del tiempo se tragan tantas reputaciones.

Espero, sin embargo, que en esta tierra fecunda no faltará un bardo apasionado, que cual otro don Alonso de Ercilla, cante: No las damas, no amor, no gentilezas,—si no las loncoteadas de un pobre coronel y sus franciscanos.

Asuntos más pobres y menos interesantes he visto cantados en estos últimos tiempos por la lira de trovadores, cuyos nombres no pasarán á remotos siglos, pero que son poetas, según el diccionario de la lengua, en una de sus varias acepciones que en este momento se me ocurre: «Cualquier titulado vate, bardo, trovador, sin méritos para ello; cualquiera que versifica siquiera lo haga contra la voluntad de Dios y falseando las leyes del Parnaso».

Los franciscanos no fueron obligados más que á dar la mano; lo mismo mis oficiales; lo propio mis asistentes.

Muy cerca de una hora tardamos en abrazos, salutaciones y demás actos de cortesanía indiana.

Con el último indio que yo saludé, abracé y cargué gritando lo más fuerte que mis gastados pulmones me lo permitieron: ¡¡¡aaaaaaaaaaaaa!!! se oyeron los postreros hurras y vítores de la multitud, que no tardó en desparramarse montando la mayor parte á caballo, entregándose á los regocijos ecuestres de la tierra, como carreras, rayadas, pechadas y piruetas de toda clase, por fin.

Yo estaba orgulloso, contento de mí mismo, como si hubiera puesto una pica en Flandes, no sólo por la energía y fortaleza de que había dado pruebas incontestables y señaladas, sino porque ciertas frases que oía vagar por la atmósfera hacían llegar hasta mi conciencia el convencimiento de que aquellos bárbaros admiraban por primera vez en el hombre culto y civilizado, en el cristiano representado por mí, la potencia física, dote natural que ellos ejercitan tanto y que tanto envidian y respetan.

De vez en cuando llegaban á mis oídos estos ecos: «Ese Coronel Mansilla muy toro; ese Coronel Mansilla cargando; ese Coronel Mansilla lindo».

Y esto diciendo, un sinnúmero de curiosos se acercaban á mí, hasta estrecharme y no dejarme mover del sitio. Mirábanme de arriba abajo, la cara, el cuerpo, la ropa, el puñal de oro y plata que llevaba en el costado, mostrando su cabo cincelado, las botas granaderas, la cadena del reloj y los perendengues que pendían de ella; todo, todo cuanto llamaba por su hechura ó color la atención. Y después de mirarme bien, me decían alargándome la mano:

—Ese coronel, dando la mano, amigo. Y no sólo me daban la mano, sino que me abrazaban y me besaban, con sus bocas sucias, babosas, alcohólicas, pintadas.

Idénticas demostraciones hacían con los oficiales, con los asistentes y con los franciscanos. Varias chinas y mujeres blancas cristianizadas, por no decir cristianas, se acercaban á éstos, se arrodillaban, y tomándoles los cordones les decían: «La bendición, mi Padre». De veras, aquel recogimiento, aquel respeto primitivo me enterneció. ¡Qué cosa tan grande es la religión, cómo consuela, conforta y eleva el espíritu!

Los franciscanos dieron algunas bendiciones, y á poca costa hicieron felices á unas cuantas ovejas descarriadas ó arrebatadas á la grey.

El contento era general, ¡qué digo! ¡universal!

Nadie, y eso que había muchísima gente achumada, nos faltó al respeto en lo más mínimo. Al contrario, caciques y capitanejos, indios de importancia y chusma, cristianos asilados y cautivos, todos, todos nos trataban con la más completa finura araucana.

Francamente, nos indemnizaban con réditos de los malos ratos, hambrunas, detenciones é impertinencias del camino.

¿Qué más podían hacer aquellos bárbaros, sino lo que hacían?

¿Les hemos enseñado algo nosotros, que revele la disposición generosa, humanitaria, cristiana de los gobiernos que rigen los destinos sociales? Nos roban, nos cautivan, nos incendian las poblaciones, es cierto. ¿Pero qué han de hacer, si no tienen hábitos de trabajo? ¿Los primeros albores de la humanidad presentan acaso otro cuadro? ¿Qué era Roma un día? Una gavilla de bandoleros, rapaces, sanguinarios, crueles, traidores.

¿Y entonces, qué tiene que decir nuestra decantada civilización?

Quejarnos de que los indios nos asolen, es lo mismo que quejarnos de que los gauchos sean ignorantes, viciosos, atrasados.

¿Á quién la culpa, sino á nosotros mismos?

Pero entremos al toldo de Mariano Rosas, quien antes de ofrecérmelo, me preguntó: ¿Qué quería hacer con mis caballos, si hacerlos cuidar con mi gente ó que él me los haría cuidar?—quien, preguntándome si mi gente había comido, y habiéndole contestado que no, llamó á su hijo Lincoln,—por qué se llama así no sé,—y le ordenó en castellano que carneara pronto una vaca gorda.

El toldo de Mariano Rosas, como todos los toldos, tiene una enramada; descansemos en ella hasta mañana, á fin de no alterar el método que me he propuesto seguir en el relato.

También conviene hacerlo así para que ni tú, Santiago amigo, ni el lector se hastíen,—que lo poco gusta y lo mucho cansa, aunque á este respecto pueden dividirse las opiniones según sea el capítulo de que se trate.

¿Quién se cansa de leer á Byron, á Goethe, á Juvenal, á Tácito?

Nadie.

¿Y á mí?

Cualquiera.

 

XXVI
La enramada de Mariano Rosas.—Parlamento y comida.—Agasajo.—Pasión de los Indios por la bebida.—Qué es un yapaí.—Epumer hermano mayor de Mariano Rosas.—Él y yo.—Me deshago de mi capa colorada.—Regalos.—Distribución de aguardiente.—Una orgía.—Miguelito.

De las dos proposiciones de Mariano Rosas sobre las bestias, opté por la primera, teniendo presente que el ojo del amo engorda el caballo.

Llamé á Camilo Arias y le di mis órdenes; Mariano las completó con varias indicaciones relativas al mejor pasto, al agua, á las horas de recoger y encerrar, según lo que se dispusiera. Terminó recomendando el mayor cuidado y vigilancia de día y de noche, por los indios gauchos ladrones, probándome con lo primero, que era hombre entendido en asuntos de campo, con lo segundo, que no es mal sastre quien conoce el paño.

Pasamos á la enramada, que quedaba unida al toldo. Éste es siempre de cuero, aquélla de paja, generalmente de chala de maíz. Otro día, cuando entremos en un toldo, veremos cómo está construido y distribuido; hoy quedemos en la enramada, que era como todas, un armazón de madera, con techumbre de plano horizontal. Tendría sesenta varas cuadradas.

Allí habían preparado asientos. Consistían en cueros de carneros, negros, lanudos, grandes y aseados; dos ó tres formaban el lecho, otros tantos arrollados el respaldo. Estaban colocados en dos filas y el espacio intermedio acababa de ser barrido y regado. Una fila era para los recién llegados, otra para el dueño de casa, sus parientes y visitas. La fila que me designaron á mí miraba al Naciente; á la derecha, en la primera hilera, veíase un asiento que era el mío, más elevado que los demás, con respaldo ancho y alto con dos rollos de ponchos á la derecha é izquierda, formando almohadones.

Todo estaba perfectamente bien calculado, como para sentarse con comodidad, con las piernas cruzadas á la turca, estiradas, dobladas; acostarse, reclinarse ó tomar la postura que se quisiera.

Frente á frente de mí se sentó Mariano Rosas; aunque él habla bastante bien el castellano, lo mismo que cualquiera de nosotros, hizo venir un lenguaraz. Convenía que todos los circunstantes oyesen mis razones para que llevasen lenguas á sus pagos y se hiciese en favor mío una atmósfera popular.

El parlamento comenzó como aquellos avisos de teatro del tiempo de Rosas, que decían, después de los vivas y mueras de costumbre (¡y qué costumbre tan civilizada y fraternal!), se representará el lindo drama romántico en verso Clotilde, ó el crimen por amor, verbigracia, que cuadraba tan bien con el introito del cartel como ponerle á un santo Cristo un par de pistolas.

Es decir, que en pos de las preguntas y respuestas de ordenanza: Cómo está usted, cómo le ha ido con todos sus jefes y oficiales, no ha perdido algunos caballos, porque en los campos sólo suceden desgracias. Vinieron otras inesperadas; pero todas ellas sin interés.

Yo hablé de los dos caballos que me habían robado en Aillancó, del saqueo de Wenchenao á las cargas, y lo hice con vivacidad, apostrofando á los que así me habían faltado al respeto, pareciéndome que mi tono de autoridad llamaba la atención de todos.

Haría cinco minutos que conversábamos, traduciendo el lenguaraz de Mariano sus razones y Mora las mías, cuando trajeron de comer.

Entraron varios cautivos y cautivas—una de éstas había sido sirvienta de Rosas,—trayendo grandes y cóncavos platos de madera, hechos por los mismos indios, rebosando de carne cocida y caldo aderezado con cebolla, ají y harina de maíz.

Estaba excelente, caliente, suculento y cocinado con visible esmero.

Las cucharas eran de madera, de hierro, de plata; los tenedores lo mismo, los cuchillos comunes.

Sirvieron á todos, á los recién llegados y á las visitas que me habían precedido.

Á cada cual le tocó un plato como una fuente.

Mientras se comía, se charlaba.

Yo no tardé en tomar confianza; estaba como en mi casa, mejor que en ella, sin tener que dar ejemplo á mis hijos.

Comía como un bárbaro—me acomodaba á mi gusto en el magnífico asiento de cueros y ponchos; decía cuanto disparate se me venía á la punta de la lengua y hacía reir á los indios ni más ni menos que Allú á la concurrencia.

Al que se me acercaba, algo le hacía—ó le daba un tirón de narices, ó le aplicaba un coscorrón, ó le pegaba una fuerte palmada en las posaderas.

Los más chuscos me devolvían con usura mis bromas.

Se acabó el primer plato y trajeron otro, como para frailes pantagruélicos, lleno de asado de vaca, riquísimo.

Materialmente—me chupé los dedos con él, que no es lo mismo comer á manteles que en el suelo y en Leubucó.

Después del asado nos sirvieron algarroba pisada, maíz tostado y molido, á manera de postre; es bueno.

Trajeron agua en vasos, jarros y chambaos (es un jarrito de aspa).

Y, á indicación del dueño de casa, que con impaciencia gritó varias veces: ¡trapo! ¡trapo! (los indios no tienen voz equivalente) unos cuantos pedazos de género de distintas clases y colores para que nos limpiáramos la boca.

Se acabó la comida y empezó el turno de la bebida.

Este capítulo es serio, si es que después de sabias máximas, consejos oportunos y graves reflexiones de Brillat Savarin, puede haber algo más serio que el comer.

Aquel filósofo, inmortal en su género, tiene dos aforismos que podían parafrasearse aquí, diciendo: díme lo que bebes, te diré lo que eres; el destino de las naciones depende de lo que beben.

Manuel Gascón ha de pretender á priori y á posteriori, que para él el problema está resuelto, sosteniendo que de todas las bebidas la mejor es el agua.

Digo que esto depende de las circunstancias, como que no hayan visitas, y prosigo.

Los indios beben, como todo el mundo, por la boca.

Pero ellos no beben comiendo.

Beber es un acto aparte.

Nada hay para ellos más agradable.

Por beber posponen todo.

Y así como el guerrero que se apresta á la batalla prepara sus armas, ellos, cuando se disponen á beber, esconden las suyas.

Mientras tienen qué beber, beben; beben una hora, un día, dos días, dos meses.

Son capaces de pasárselo bebiendo hasta reventar.

Beber es olvidar, reir, gozar.

No teniendo aguardiente ó vino, beben chicha ó piquillín.

Esta vez estaban de fiesta con vino.

El acto está sujeto á ciertas reglas, que se observan como todas las reglas humanas, hasta que se puede.

Se inicia con un yapaí, que es lo mismo que si dijéramos: the pleasure of a glass of wine with you? para que vean los de la colonia inglesa que en algo se parecen á los ranqueles.

Pero esta invitación se diferencia algo de la nuestra.

Nosotros empezamos por llenar la copa del invitado, luego la propia; bebemos simultáneamente, haciéndonos un saludo más ó menos risueño y cordial, espiándonos por sobre el borde de la copa, á ver quién la apura más; y es de buena educación, de estilo clásico, no beberla toda, ni tampoco que parezca se ha aceptado el brindis por compromiso; como que él significa:—Á la salud de usted cuando no se ha propuesto uno por la patria, por la libertad ó por el Presidente de la República.

Los indios empiezan por decir yapaí, llenando bien el tiesto en que beben, que generalmente es un cuernito.

La persona á quien se dirigen, contesta yapaí.

Bebe primero el que invitó, hasta poder hacer lo que los franceses llaman goute en l’ongle, es decir, hasta que no queda una gota, llenan después el vaso, copa, jarro ó cuernito exactamente, como él lo bebiera, se lo pasa al contrario, y éste se lo echa al coleto diciendo yapaí.

Si el yapaí ha sido de media cuarta, media cuarta hay que beber.

Por supuesto que no conozco nada peor visto que una persona que se excusa de beber, diciendo:—No sé.

En un hombre tal, jamás tendrían confianza los indios.

Así como en toda comida bien dirigida, hay siempre un anfitrión que la preside, que hace los honores, que la anima; así también en todo beberaje de indios hay uno que lleva la palabra; es el que hace el gasto, por lo común.

Esta vez, el que hacía el gasto ostensiblemente era Mariano Rosas, en realidad el Estado, que le había dado sus dineros al Padre Burela para rescatar cautivos.

Pero aunque Mariano Rosas hacía el gasto y era el dueño de la casa, Epumer, su hermano, era el anfitrión.

Epumer es el indio más temido entre los ranqueles, por su valor, por su audacia, por su demencia cuando está beodo.

Es un hombre como de cuarenta años, bajo, gordo, bastante blanco y rosado, ñato, de labios gruesos y pómulos protuberantes, lujoso en el vestir, que parece tener sangre cristiana en las venas, que ha muerto á varios indios con sus propias manos, entre ellos á un hermano por parte de madre, que es generoso y desprendido, manso estando bueno de la cabeza, que no estándolo le pega una puñalada al más pintado.

Con este nene tenía que habérmelas yo.

Llevaba un gran facón con vaina de plata cruzado por delante, y me miraba por debajo del ala de un rico sombrero de paja de Guayaquil, adornado con una ancha cinta encarnada, pintada de flores blancas.

Yo llevaba un puñal con vaina y cabo de oro y plata, sombrero gacho de castor, y alta ala, no le quitaba los ojos al orgulloso indio, mirándole fijamente cuando me dirigía á él.

Bebíamos todos.

No se oía otra cosa que ¡yapaí, hermano! ¡yapaí, hermano!

Mariano Rosas no aceptaba ninguna invitación, decía estar enfermo, y parecía estarlo.

Atendía á todos, haciendo llenar las botellas cuando se agotaban; amonestaba á unos, despedía á otros cuando me incomodaban mucho con sus impertinencias; me pedía disculpas á cada paso; en dos palabras, hacía, á su modo, y según lo usos de su tierra, perfectamente bien los honores de su casa.

Epumer no había simpatizado conmigo, y á medida que se iba caldeando, sus pullas iban siendo más directas y agudas.

Mariano Rosas lo había notado, y se interponía constantemente entre su hermano y yo, terciando en la conversación.

Yo le buscaba la vuelta al indio y no podía encontrársela.

Á todo lo hallaba taimado y reacio.

Llegó á contestarme con tanta grosería que Mariano tuvo que pedirme lo disculpara, haciéndome notar el estado de su cabeza.

Y sin embargo, á cada paso me decía:

—Coronel Mansilla, ¡yapaí!

—Epumer, ¡yapaí!—le contestaba yo.

Y llenábamos con vino de Mendoza los cuernos y los apurábamos.

Mis oficiales se habían visto obligados á abandonar la enramada, so pena de quedar tendidos, tantos eran los yapaí.

Los indios, caldeados ya, apuraban las botellas, bebían sin método; ¡vino! ¡vino! pedían para rematarse, como ellos dicen, y Mariano hacía traer más vino, y unos caían y otros se levantaban, y unos gritaban y otros callaban, y unos reían y otros lloraban, y unos venían y me abrazaban y me besaban, y otros me amenazaban en su lengua, diciéndome winca engañando.

Yo me dejaba manosear y besar, acariciar en la forma que querían, empujaba hasta darlo en tierra al que se sobrepasaba demasiado, y como el vino iba haciendo su efecto, estaba dispuesto á todo. Pero con bastante calma para decirme:

—Es menester aullar con los lobos para que no me coman.

Mis aires, mis modales, mi disposición franca, mi paciencia, mi constante aceptar todo yapaí que se me hacía, comenzaron á captarme simpatías.

Lo conocí y aproveché la coyuntura.

La ocasión la pintan calva.

Llevaba una capa colorada, una linda, aunque malhadada capa colorada, que hice venir de Francia, igual á las que usan los oficiales de caballería de los cuerpos argelinos indígenas.

Yo tengo cierta inclinación á lo pintoresco, y durante mucho tiempo, no he podido substraerme á la tentación de satisfacerla.

Y tengo la pasión de las capas,—que me parece inocente, sea dicho de paso.

En el Paraguay usaba capa blanca siempre.

Hasta dormía con ella.

Mi capa era mi mujer.

Pero qué caro cuestan á veces las pasiones inocentes.

Por usar capa colorada me han negado el voto de los comicios.

Por usar capa colorada me han creído colorado.

Por usar capa colorada me han creído caudillo de malas intenciones. Pero entonces, ¿cómo dicen que el hábito no hace al monje?

Decididamente, Figueroa es quien tiene razón. «Pues el hábito hace al monje, por más que digan que no».

Me quité la histórica capa, me puse de pie, me acerqué á Epumer, y dirigiéndole palabras amistosas, le dije:

—Tome, hermano, esta prenda, que es una de las que más quiero.

Y diciendo y haciendo, se la coloqué sobre los hombros.

El indio quedó idéntico á mí, y en la cara le conocí que mi acción le había gustado.

—Gracias, hermano—me contestó, dándome un abrazo que casi me reventó.

Vi brillar los ojos de Mariano Rosas, como cuando el relámpago de la envidia hiere el corazón.

Tomé mi lindo puñal, y dándoselo, le dije:

—Tome, hermano, usted úselo en mi nombre.

Lo recibió con agrado, me dió la mano y me lo agradeció.

Mandé traer mi lazo que era una obra maestra y se lo regalé á Relmo.

Ya estaba en vena de dar hasta la camisa.

Mandé traer mis boleadoras, que eran de marfil con abrazaderas de plata, y se las regalé á Melideo.

Mandé traer mis dos revólveres y se los regalé á los hijos de Mariano.

Llevaba tres sombreros de los mejores, llevaba medias, pañuelos, camisas, regalé cuanto tenía.

Y por último mandé traer un barril de aguardiente y se lo regalé á Mariano.

Mariano me dijo:

—Para que vea, hermano, cómo soy yo con los indios, delante de usted les voy á repartir á todos. Yo soy así, cuanto tengo es para mis indios, ¡son tan pobres!

Vino el barril y comenzó el reparto por botellas, calderas, vasos, copas y cuernos.

En tanto que Mariano hacía la patriarcal distribución, un hombre de su confianza, un cristiano, se acercó á mí y á voz baja me dijo:

—Dice el general Mariano que si trae más aguardiente le guarde un poquito para él, que esta noche cuando se quede solo piensa divertirse solo; que ahora no es propio que él lo haga.

¿Qué te parece cómo se hila entre los indios?

Contesté que tenía otro barril, que repartiese todo el que acababa de recibir.

La orgía siguió; era una bacanal en regla.

Epumer comenzó á ponerse como una ascua, terrible.

Mariano quiso sacarme de allí: me negué, su hermano quería beber conmigo y yo no quería abandonar el campo, exponiéndome á las sospechas de aquellos bárbaros.

Soy fuerte, contaba conmigo.

Si la fortuna no me ayudaba, alguna vez se acababa todo, algún día termina esta batalla de la vida en que todo es orgullo y vanidad.

—Yapaí—me dijo Epumer, ofreciéndome un cuerno lleno de aguardiente.

—Yapaí—contesté horripilado;—yo podía beber una botella de vino en una sentada. Pero un cuerno, al mejor se la doy.

En ese instante y mientras Epumer apuraba el cuerno, una voz suave me llamó al oído.

Di vuelta sorprendido, y me hallé con una fisonomía infantil, pero enérgica.

—Y ¿quién eres tú?

—Un cristiano, Miguelito.

 

XXVII
Pasión de Miguelito.—Los hombres son iguales en todas circunstancias de la vida.—Retrato de Miguelito.—Su historia.

Miguelito había concebido por mí una de esas pasiones eléctricas, que revelan la espontaneidad del alma; que son un refugio de las grandes tribulaciones, que consuelan y fortalecen; que no retroceden ante ningún sacrificio; que confunden al escéptico y al creyente lo llenan de inefable satisfacción.

Cruzamos el mar tempestuoso de la vida entre la angustia y el dolor, la alegría y el placer, entre la tristeza y el llanto, el contento y la risa; entre el desencanto y la duda, la creencia y la fe. Y cuando más fuertes nos conceptuamos, el desaliento nos domina, y cuando más débiles parecemos, inopinadas energías nos prestan el varonil aliento de los héroes.

Vivimos de sorpresa en sorpresa, de revelación en revelación, de victoria en victoria, de derrota en derrota.

Somos algo más que un dualismo; somos algo de complejo, de complicado ó indescifrable.

Y sin embargo, es falso que los hombres sean mejores en la mala fortuna que en la buena; caídos que cuando están arriba, pobres que ricos.

El avaro, nadando en la opulencia, no se cree jamás con deberes para el desvalido.

El generoso no calcula si lo superfluo de que hoy día se desprende, será mañana para él una necesidad.

El cobarde es siempre fuerte con los débiles, débil con los fuertes.

El valiente, ni es opresor, ni se deja oprimir, puede doblarse,—quebrarse jamás.

El débil, busca quien le dé sombra, quien le gobierne y le dirija.

El fuerte, ampara y protege, se basta á sí mismo.

El virtuoso es modesto.

El vicioso es audaz.

Somos como Dios nos ha hecho.

Es por eso que la caridad nos prescribe el amor, la indulgencia, la generosidad.

Es por eso que la grandeza humana consiste en adherirse á lo imperfecto.

Tal hombre que yo amo, no merece mi estimación; tal otro que estimo, no es mi amigo.

La razón, es la inflexible lógica.

El corazón, es la inexplicable versatilidad.

Los problemas psicológicos son insolubles.

¿De dónde brota para la planta la virtualidad de emisión?

¿De la hoja, de la celda, de los pétalos, de los estambres, de los ovarios?

Misterio…

Las fuerzas plásticas de la Naturaleza son generadoras.

Quien dice biología, dice órganos productores.

¿Pero cómo se operan los fenómenos de la vida?

Del corazón nacen los grandes afectos y los grandes odios; del corazón nacen los pensamientos sublimes y las sublimes aberraciones; del corazón nace lo que me estremece y me enternece, lo que me consuela y lo que me agita.

¿Á impulsos de qué?

Lo que ayer embellecía mi vida hoy me hastía; lo que ayer me daba la vida, hoy me mata; ayer creía no poder vivir sin lo que hoy me falta, y hoy descubro en mí gérmenes inesperados para resistir y sufrir.

Como la lámpara que se extingue, pero que no muere, así es nuestro corazón.

Nos quejamos de los demás, jamás de nosotros mismos.

¿Es que somos ingratos ó severos?

¡No!

Es que no nos entendemos.

Si nos comprendiéramos no seríamos injustos, anhelando como anhelamos el bien.

«There is a tide in the affairs of men,
Which, taken at the flood, leads on to fortune.»
Que hay una marea en los negocios humanos que entrando en ella cuando sube conduce á la fortuna.

Sea de esto lo que fuere, una cosa es innegable,—que quien sabe sufrir y esperar, á todo puede atreverse. Y si esto se negase, no me negarán esto otro: que cuando el hombre tiene necesidad de un hombre y lo busca, le halla.

Nuestra desesperación no es frecuentemente más que el efecto de nuestra impaciencia febril.

La solidaridad humana es un hecho tangible,—en política, en economía social, en religión, en amistad.

La vida se consume cambiando servicios por servicios. La armonía depende de este convencimiento vulgar, que está en la conciencia de todos: hoy por ti mañana por mí.

Es por eso que el tipo odioso por excelencia, es el de aquél que, violando la sabia ley de la reciprocidad, se mancha eternamente con el borrón de la ingratitud.

Dante coloca á estos desgraciados en el cuarto recinto del último infierno.

Á los que entran allí.—Vexilla regis prodeunt inferni,—los estandartes de Satanás salen á recibirlos y la cohorte diabólica empiedra con sus cráneos la glacial morada.

¡Cuántas veces sin buscar el hombre que necesitamos, no le hallamos en nuestro camino!

La aparición de Miguelito en el toldo de Mariano Rosas, es una prueba de ello.

Yo estaba amenazado de un peligro y no lo sabía.

Miguelito me lo previno y me puse en guardia. Estar prevenido, es la mitad de la batalla ganada.

Miguelito tiene veinticuatro años. Es lampiño, blanco como el marfil y el sol no ha tostado su tez; tiene ojos negros, vivos, brillantes como dos estrellas, cejas pobladas y arqueadas, largas pestañas, frente despejada, nariz afilada, labios gruesos, bien delineados, pómulos salientes, cara redonda, negros y lacios cabellos largos; estatura regular, más bien baja, anchas espaldas y una musculatura vigorosa.

Sus cejas revelan orgullo, sus pómulos valor, su nariz perspicacia, sus labios dulzura, sus ojos impetuosidad, su frente resolución.

Vestía bota de potro, calzoncillos cribados con fleco, chiripá de poncho inglés listado, camisa de Crimea mordoré, tirador con botones de plata, sombrero de paja ordinaria, guarnecida de una ancha cinta colorada; al cuello tenía atado un pañuelo de seda amarillo pintado de varios colores; llevaba un facón con cabo de plata y unas boleadoras ceñidas á la cintura.

Ya he dicho que Miguelito es cristiano; me falta decir que no es cautivo ni refugiado político.

Miguelito está entre los indios huyendo de la justicia.

Á los veinticuatro años ha pasado por grandes trabajos; tiene historia, historia que vale la pena de ser contada, y que contaré,—antes de seguir describiendo las escenas báquicas con Epumer,—tal cual él me lo contó noches después de haberle conocido yendo en mi campaña de Leubucó á las tolderías del cacique Baigorrita.

Hablaré como él habló.

—Yo era pobre, señor, y mis padres también. Mi madre vivía de su conchabo; mi padre era gallista, yo corredor de carreras.

Á veces mi padre y yo juntos, otras separadamente, nos conchabábamos de peones carreteros, ó para acarrear ganados de San Luis á Mendoza.

Los tres éramos nacidos y criados en el Morro, y allí vivíamos. Mi viejo era un gaucho lindo, nadie pialaba como él, ni componía gallos mejor; era joven y guapetón. No he visto hombre más alentado. Sólo tenía el defecto de la chupa. Cuando tomaba le daba por celarla á mi madre, que era muy trabajadora y muy buena, la pobre, que Dios la tenga en gloria.

Á más de eso, mi viejo era buen guitarrero, hombre bastante leído y escribido pues sus primeros patrones, que fueron muy hacendados, lo enseñaron bien.

—¿Y cómo se llamaba tu padre?

—Lo mismo que yo, mi Coronel, Miguel Corro. Somos de unos Corro de la Punta de San Luis, que allí fueron gente de posibles en tiempo de Quiroga.

Pero mi madre, mi padre y yo, como le he dicho, hemos nacido en el Morro, cerca del cerro, en un rancho que está en un terrenito que siempre pasó por nuestro, aunque yo no sé de quién será. Si conoce el Morro, mi Coronel, le diré dónde queda: queda hacia el ladito de abajo de la quinta de D. Novillo, á quien cómo no ha de conocer, si es rico como usted.

La casa estaba casi siempre sola, porque mi madre se iba por la mañanita al pueblo, y no volvía de su conchabo hasta después de la cena de sus patrones.

Mi padre y yo no parábamos; él por sus gallos, yo por los caballos que tenía en compostura.

Todos los días, tarde y mañana, tenía que caminarlos. Luego, el viejo y yo éramos alegres y no perdíamos bailecito. Me quería mucho y siempre me buscaba para que le acompañara; así es que yo era quien lo disculpaba y lo componía con mi madre lo que se peleaban.

De ese modo lo pasábamos y, aunque éramos pobres, vivíamos contentos, porque jamás nos faltaban buenos reales con que comprar los vicios y ropa. Caballos, ¡para qué hablar! Siempre teníamos superiores.

En la casa donde mi madre estaba acomodada, había una niña muy donosita, que yo veía siempre que iba por allí de paso, á hablar con la vieja.

Como los dos éramos muchachos, lo que nos veíamos nos reíamos. Yo al principio creí que era juguete de la niña; pero después vi que me quería y la empecé á hacerle el amor, hasta que mi madre lo supo, y me dijo que no volviera más por allí.

Le obedecí, y me puse á visitar otra muchacha, hija de un paisano amigo de mi familia, que tenía algunos animales y muchas prendas de plata, como que era hombre de unas manos tan baqueanas para el naipe, que de cualquiera parte le sacaba á uno la carta que él quería. Era peine como él solo. Nadie le ganaba al monte, ni al truco, ni á la primera.

La hija de la patrona de mi madre se llamaba Dolores; la otra se llamaba Regina. Ésta era buena muchacha; ¡pero de ánde como aquélla!

No me acuerdo bien cuánto tiempo pasaría; debió pasar así como medio año.

Un día mi madre volvió á descubrir que yo seguía en coloquios con la Dolores, siempre que podía, y se me enojó mucho, y aunque ya era hombrecito me amenazó.

Yo me reía de sus amenazas y seguí cortejando á Dolores y á la Regina; porque las dos me gustaban y me querían.

Ya usted sabe, mi Coronel, lo que es el hombre, cuantas ve, cuantas quiere, ¡y las mujeres que necesitan poco!

Yo no me acuerdo ni de lo que hice, ni de lo que contesté entonces. Pero probablemente aprobé el dicho de Miguelito y suspiré.

Miguelito prosiguió.

Otro día, mi padre y mi madre me dijeron, que el padre de Regina les había dicho que si ellos querían nos casaríamos; que él me habilitaría. Que qué me parecía.

Les contesté que no tenía ganas de casarme. Mi madre se puso furiosa, y el viejo, que nunca se enojaba conmigo, también. Mi madre me dijo, que ella sabía por qué era; que me había de costar caro, por no escuchar sus consejos, que cómo me imaginaba que la Dolores podía ser mi mujer, que al contrario, en cuanto la familia maliciara algo me echaría de veterano; porque eran ricos y muy amigos del Juez y del Comandante militar.

Yo no escuchaba consejos, ni tenía miedo á nada y seguía mis amores con la Dolores, aunque sin conseguir que me diera el sí.

Mi madre estaba triste, decía que alguna desgracia nos iba á suceder; ya la habían despedido de casa de la Dolores y de todo me echaba la culpa á mí.

De repente lo pusieron preso á mi padre, y lo largaron después; en seguida me pusieron preso á mí, nada más que porque les dió la gana, lo mismo que á mi padre. Usted ya sabe, mi Coronel, lo que es ser pobre y andar mal con los que gobiernan.

Pero me largaron también; y al largarme me dijo el teniente de la partida, que ya sabía que había andado maleando.

—¿Maleando cómo?—le pregunté.

—En juntas contra el Gobierno—me contestó.

—¿Y de ánde, mi Coronel?

Todito era purita mentira.

Lo que había era que ya me estaban haciendo la cama.

Ni mi padre ni yo nunca habíamos andado con los colorados, porque no teníamos más opinión que nuestro trabajo y nos gustaba ser libres, y cuando se ofrecía una guardia, por no tomar una carabina, más bien le pagábamos al Comandante, que es como se ve uno libre del servicio; si no, es de balde.

Una tarde, ya anochecía, estábamos en el fogón todos los de la casa; sentimos un tropel, ladraron los perros y lueguito se oyó un ruido de sables.

—¿Qué será, qué no será?—decíamos.

Mi madre se echó á llorar diciéndome:

—Tú tienes la culpa de lo que va á suceder.

—Usted sabe, mi Coronel, lo que son las mujeres y sobre todo las madres para adivinar una desgracia.

Parece que todo lo viesen antes de suceder, como le pasó á mi vieja aquella noche. Porque al ratito de lo que le iba diciendo, ya llegó la partida y se apeó el que la mandaba, haciendo que mi padre marchara con él sin darle tiempo ni á que alzara el poncho.

Se lo llevaron en cuerpito.

Pasamos con mi madre una triste noche, muy triste, mirándonos, yo callando y ella llorando sentada en una sillita al lado de su cama, porque no se acostó.

Al día siguiente, en cuanto medio quiso aclarar, ensillé, monté y me fuí derechito al pueblo, á ver qué había.

Lo acusaban á mi padre de un robo.

Y decía que si no ponía personero, lo iban á mandar á la frontera.

¿Y de ánde había de sacar plata para pagar personero, ni quién había de querer ir?

Me volví á mi casa bastante afligido con la noticia que le llevaba á mi madre. Pero pensando que si me admitían por mi padre podía librarlo.

Le conté á mi madre lo que sucedía, y le dije lo que quería hacer.

Se quedó callada.

Le pregunté qué le parecía.

Siguió callada.

Se enojó mucho, me echó; me fuí, volví tarde, los perros no ladraron, porque me conocieron; llegué sin que me sintieran hasta la puerta del rancho.

La hallé hincada rezando, delante de un nicho que teníamos que era Nuestra Señora del Rosario.

Rezaba en voz muy baja; yo no podía oir sino el final de los Padres Nuestros y de las Ave Marías.

Contenía el resuello para no interrumpirla, cuando oí que dijo:

«Madre mía y señora, ruega por él y por mi hijo.»

Suspiré fuerte.

Mi madre dió vuelta; yo entré en el rancho y la abracé.

No me dijo nada.

Con mi padre no se podía hablar, estaba incomunicado.

Yo anduve unos cuantos días dando vueltas á ver si conseguía conversar con él, y al fin lo conseguí.

Me contó lo que había.

No era nada.

Todo era por hacernos mal.

Querían que saliéramos del pago.

Empezaban con él, seguirían conmigo.

Á fuerza de plata, vendiendo cuanto teníamos, logramos que lo largaran.

Para esto el Juez dió en visitar á mi madre solicitándola, y yo me tuve que casar con Regina, porque su padre fué quien más dinero nos prestó para comprar la libertad del mío.

Desde el día en que mi padre salió de la prisión—esa noche me casé yo,—ya no hubo paz en mi casa.

El hombre se puso tristón, no lo pasaba sino en riñas con mi madre.

Se le había puesto que la pobre había andado en tratos con el Juez, por su libertad; creía que todavía andaba.

¡Y qué había de andar, mi Coronel, si era una mujer tan santa!

Pero ya sabe usted lo que es un hombre desconfiado.

Mi padre lo era mucho.

—¿Y á ti cómo te iba con la Regina?—le pregunté al llegar á esta altura del relato.

—Como el diablo—me contestó.

—Pero, antes me has dicho que la querías y que te gustaba—agregué.

—Es verdad, señor, pero es que á la Dolores la quería mucho también, y me gustaba más—repuso.

—¿Y la veías?—proseguí.

—Todas las noches, señor, y de ahí vino mi desgracia y la de toda mi familia—contestó con amargura, envolviéndose en una nube de melancolía.

—¡Pobre Miguelito!—exclamé interiormente, admirando aquella ingenuidad infantil en un hombre cuyo brazo había estado resuelto, por simpatía hacia mí, á darle una puñalada al tremendo y temido Epumer.

 

XXVIII
Teoría sobre el Ideal.—Miguelito continúa contando su historia.—Cuadro de costumbres.

Toda narración sencilla, natural, sin artificio ni afectación, halla ecos simpáticos en el corazón.

El ideal no puede realizarse sino manteniéndonos dentro de los límites de la Naturaleza.

¿Ó no existe, ó no es verdad?

¿Ó no hay belleza plástica—rasgos, líneas, formas humanas perfectas?

¿Ó no hay belleza aérea—accidentes, fenómenos fugitivos, perfección moral?

Miguelito me había cautivado.

Era como una aparición novelesca en el cuadro romántico de mi peregrinación; de la azarosa cruzada que yo había emprendido devorado por una fiebre generosa de acción, con una idea determinada, y digo determinada, porque siendo la capacidad del hombre limitada, para hacer algo útil, grande ó bueno, tenemos necesariamente que circunscribir nuestra esfera de acción.

Viendo el tinte de tristeza que vagaba por su simpática fisonomía, lo dejé un rato replegado sobre sí mismo, y cuando la nube sombría de sus recuerdos se disipó le dije:

—Continúa, hijo, la historia de tu vida me interesa.

Miguelito continuó:

—Yo no vivía con mis padres, ellos estaban sumamente pobres, y yo había gastado cuanto tenía por la libertad de mi viejo. Tuve que irme á vivir con la familia de Regina.

Los primeros tiempos anduve muy bien con mi mujer.

Mis suegros me querían y me ayudaban á trabajar, prestándome dinero, me cuidaban y me atendían.

Al principio todos los suegros son buenos. ¡Pero después!

Por eso los indios tienen razón en no tratarse con ellos.

—¿Conoce esa costumbre de aquí, mi Coronel?

—No, Miguelito, ¿qué costumbre es ésa?

—Cuando un indio se casa, y el suegro ó la suegra van á vivir con él, no se ven nunca, aunque estén juntos. Dicen que los suegros tienen gualicho.

Fíjese lo que entre en un toldo y verá cómo cuelgan unas mantas para no verse el yerno con la suegra.

—Vaya una costumbre, que no anda tan desencaminada—exclamé para mis adentros,—y dirigiéndome á mi interlocutor—continúa—le dije.

Miguelito murmuró:

—Son muy diantres estos indios, mi Coronel—y prosiguió así:

—Al poco tiempo no más de estar casado con la Regina, ya comenzó mi familia[1] á andar como mi padre y mi madre.

Todos los días nos peleábamos, parecíamos perros y gatos.

Y en todas las riñas que teníamos se metía mi suegro, algunas veces mi suegra, siempre dándole la razón á la hija.

Cuando la sacaba mejor tenía que salirme de la casa, dejando que me gritasen pícaro, calavera, pobretón.

Me daba rabia y no volvía en muchos días, me lo llevaba comadreando por ahí, y era peor.

Así es el mundo.

De yapa cuando volvía, como la Regina estaba mal acostumbrada, porque los padres la aconsejaban, no quería ser mi mujer.

Me daba rabia y poco á poco le iba perdiendo el cariño.

Es verdad que como la Dolores me recibía siempre de noche, á escondidas de sus padres, que viéndome casado nada sospechaban de nuestros amores, ya no tenía mucha necesidad de ella.

Al hombre nunca le falta mujer, mi Coronel, como usted no ignora.

Ya ve aquí; tiene uno cuantas quiere.

Lo que suele faltar es plata.

En habiendo, compra uno todas las que puede mantener. Mariano Rosas tiene cinco ahora, y antes ha tenido siete. Calfucurá tiene veinte. ¡Qué indio bárbaro!

—¿Y tú, cuántas tienes?

—Yo no tengo ninguna, porque no hay necesidad.

—¿Cómo es eso?

—Sí; aquí la mujer soltera hace lo que quiere.

Ya verá lo que le dice Mariano de las chinas y cautivas, de sus mismas hijas. ¿Y por qué cree entonces que á los cristianos les gusta tanto esta tierra? Por algo había de ser, pues.

Me quedé pensando en las seducciones de la barbarie; y como había tiempo para enterarme de ellas y quería conocer el fin de la historia empezada, le dije:

—¿Y te arreglaste al fin con tus suegros y con tu mujer propia?

—Me arreglaba y me desarreglaba. Unos tiempos andábamos mesturados; otros, yo por un lado, ellos por otro.

Por último, Regina se había puesto muy celosa; porque, no sé cómo, supo mis cosas con la Dolores.

Hasta me amenazó una vez con que me había de delatar.

Aquello era una madeja que no se podía desenredar y á más habían dado en la tandita de hablar mal de mi madre, de modo que yo los oyera. Decían que ella era mi tapadera y yo la del Juez.

Una noche casi me desgracié con mi suegro.

Si no es por Regina, le meto el alfajor hasta el cabo, por mal hablado.

Era una picardía; porque mi madre, mi Coronel, era mujer de ley.

Trabajaba como un macho todo el día, y rezar era su vida.

Como sucede siempre en las familias, nos compusimos. Pero de los labios para afuera. Adentro había otra cosa.

Yo prudenciaba, porque mi madre me decía siempre: tené paciencia, hijo.

—¿Y la Dolores?—le pregunté.

—Siempre la veía, mi Coronel—me contestó.

—¿Y cómo hacías?

—Ahorita le voy á contar, y verá todas las desgracias que me sucedieron.

Yo iba casi todas las noches obscuras á casa de la Dolores.

Saltaba la tapia y me escondía entre los árboles de la huerta, y allí esperaba hasta que ella venía.

Mi caballo lo dejaba maneado del lado afuera.

Cuando la Dolores venía, porque no siempre podía hacerlo, nos quedábamos un largo rato en amor y compañía, y luego me volvía á mi casa.

Un día mi madre me dijo:

«Hijo, ya no lo puedo sufrir á tu padre; cada vez se pone peor con la chupa; todo el día está dale que dale con el Juez. Me ha dicho que si viene esta noche lo ha de matar á él y á mí. Y yo no me atrevo á despedirlo; porque tengo miedo de que á ustedes les venga algún perjuicio. Ya vez lo que sucedió la vez pasada. Y ahora con las bullas que andan, se han de agarrar de cualquier cosa para hacerlos veteranos.»

Con esta conversación me fuí muy pensativo á ver á la Dolores.

Estuvimos como siempre, desechando penas.

Nos despedimos, salté la tapia, desmanié mi flete, monté, le solté la rienda y tomó el camino de la querencia al trotecito.

Yo iba pensando en mi madre, diciendo:—Si le habrá sucedido algo—mejor será que vaya para allá,—cuando el caballo se paró de golpe.

El animal estaba acostumbrado á que yo me apeara en mi camino á prender un cigarrito, en un nicho en donde todas las noches ponían una vela por el alma de un difunto.

Me desmonté.

El nicho tenía una puertita.

Hacía mucho viento.

Fuí á abrirla antes de haber armado el cigarro y se me ocurrió que si se apagaba la luz, no lo podría encender.

La dejé cerrada hasta armar bien.

Acabé de hacerlo, abrí la puerta y teniendo el caballo de la rienda con una mano y empinándome, porque el nicho estaba en una peña alta, encendía el cigarro con la derecha cuando,—zás, trás, me pegaron un bofetón.

Solté la rienda, el caballo con el ruido se espantó y disparó; yo creí que era el alma del difunto, que no quería que encendiera el cigarro en su vela, me helé de miedo y eché á correr asustado, sin saber lo que me pasaba, sin ocurrírseme de pronto que no era un bofetón lo que había recibido, sino un portazo dado por el viento.

Corría despavorido y había enderezado mal. En lugar de correr para mi casa, que quedaba en las orillas, corría para el pueblo. La noche estaba como boca de lobo. Se me figuraba que me corrían de atrás y de adelante. De todos los lados oía ruido, nunca me he asustado más fiero, mi Coronel.

Al llegar á las calles del pueblo, la sangre se me iba calentando; y veía claro en la obscuridad y oía bien.

Muchas voces gritaban:

—¡Por allí! ¡por allí!

—¡Cáiganle! ¡dénle!

Al doblar una cuadra me topé con unos cuantos, que no tuve tiempo de reconocer.

—¡Alto ahí!—me gritaron.

Hice alto.

—¿Quién es usted?—me preguntaron.

—Miguel Corro—contesté.

—¡Maten! ¡maten!—gritaron.

Hicieron fuego de carabina, me dieron sablazos y caí tendido en un charco de sangre. Por suerte no me pegaron ningún balazo. De no, ahí quedo para toda la siega.

Y esto diciendo, Miguelito cayó en una especie de sopor, del que volvió luego.

—¿Y?…—le dije.

—Al día siguiente—prosiguió,—me desperté en el cuerpo de la guardia de la partida. No podía ver bien porque la sangre cuajada me tapaba los ojos. Quise levantarme, no pude.

Me limpié la cara, poco á poco fuí viendo luz. Me habían puesto en el cepo del pescuezo y de los pies. Ya sabe como son los de la partida de policía, mi Coronel, los más pícaros de todos los pícaros, y los más malos.

Todo ese día no vi á nadie, ni oí más que ruido de gente que entraba y salía. Estarían tomando declaraciones.

Á la noche entró una partida y me tiró una tumba de carne. No tuve alientos para comerla. Me estaba yendo en sangre.

Como tenía las manos libres, me rompí la camisa, hice unas tiras y medio me até las heridas, que eran en la cabeza y en la caja del cuerpo. Estaba cerca de un rincón y alcancé á sacar unas telas de araña. ¡Quién sabe de no cómo me va!

Pasé una noche malísima; cuando no me despertaban los dolores, me despertaban los ratones ó los murciélagos. ¡Qué haber de bichos, mi Coronel! Los ratones me comían las botas y los murciélagos me chupaban los cuajarones de sangre.

Al otro día, reciencito, me sacaron del cepo, y me llevaron entre dos adonde estaba el Juez.

Me preguntaron que cómo me llamaba, que cuántos años tenía, y otras cosas más.

Me preguntaron que de dónde venía la noche que me prendieron, y por no comprometer á la Dolores eché una mentira. Dije que de casa de mi madre. Fué para perjuicio.

Se me olvidaba decirle que el Juez no era el que yo conocía, el que visitaba á mi madre, causante de tantos males en mi casa, sino otro sujeto del Morro.

Ese día no me preguntaron más. Al otro me tomaron otras declaraciones, y al otro, otras, y así me tuvieron una porción de tiempo, incomunicado, dándome á medio día una tumba de carne y un guámparo de agua.

Yo estaba medio loco, nada sabía de mi madre, ni de mi padre, ni de mi mujer, ni de la Dolores. Creía que no se acordaban de mí y me daban ganas de ahorcarme con la faja.

Por fin una noche escuché una conversación del centinela con no sé quién, y supe que yo había muerto al Juez. Así decían. Y decían también que si no me fusilaban, me destinarían. Yo no entendía nada de aquel barullo.

Un día, el soldado de la partida que me daba de comer y beber, me hizo una seña, como diciéndome: tengo algo que decirle.

Le contesté con la cabeza, como diciendo: ya entiendo.

Más tarde entró y me dijo: manda decir la hija de don… que si necesita dinero que le avise.

Temiendo que fuera alguna jugada que me quisieran hacer, contesté: déle las gracias, amigo.

Y cuando el policiano se iba á ir, le dije: me hace un favor, paisano; ¿me dice por qué estoy preso?

—Eso lo sabrá usted mejor que yo.

—¿Sabe usted si está en su casa mi padre, Miguel Corro?

—Sí, está.

—¿Y mi madre?

—También.

—¿Y dónde lo han muerto al Juez?

—Cerca de la casa de usted, pues. ¿Para qué quiere hacerse el que no sabe? ¡No ve que ya está todo descubierto!

Me quedé confuso—no le pregunté nada más, y el hombre se fué.

Á los pocos días me pusieron comunicado.

Mi madre fué la primera persona que vi. ¡No le decía, mi Coronel, que era una santa mujer!

Por ella supe lo que había. Llorando me lo contó todo. ¡Pobrecita! Mi padre había muerto de celos al Juez. Pero nadie sino ella lo había visto. Y á mí me creían el asesino, porque me habían hallado corriendo á pie, por las calles del pueblo, á deshoras.

Mi vieja estaba muy afligida. Decía que decían, que me iban á fusilar y que eso no podía ser, que yo qué culpa tenía.

Yo le dije: mi madrecita, yo quiero salvar á mi padre.

Ella lloraba…

En ese momento entró uno de la partida y dijo:—Ya es hora de retirarse. Se va á entrar el sol.

Nos abrazamos, nos besamos, lloramos,—mi vieja se fué y yo me quedé triste como un día sin sol.

Me prometió volver al día siguiente, á ver qué se nos ocurría.

Esto dijo Miguelito, y como quien tiene necesidad de respirar con expansión para proseguir, suspiró… lágrimas de ternura arrasaron sus ojos.

Me enterneció.

NOTAS:

[1]Nuestros paisanos le llaman así á la mujer, y viceversa.

XXIX
El gaucho es un producto peculiar de la tierra argentina.—Monomanía de la imitación.—Continuación de la historia de Miguelito.—Cuadro de costumbres.—¿Qué es filosofar?

Cada zona, cada clima, cada tierra, da sus frutos especiales. Ni la ciencia, ni el arte, inteligentemente aplicados por el ingenio humano alcanzan á producir los efectos químico-naturales de la generación espontánea.

Las blancas y perfumadas flores del aire de las islas Paranaenses; las esbeltas y verdes palmeras de Morería; los encumbrados y robustos cedros del Líbano; los banianos de la India, cuyos gajos cayendo hasta el suelo, toman raíces, formando vastísimas galerías de fresco y tupido follaje, crecen en los invernáculos de los jardines zoológicos de Londres y París. ¿Pero cómo? Mustios y sin olor aquéllos, bajas y amarillentas éstas; enanos, raquíticos los unos; sin su esplendor tropical los otros.

Lo mismo en esa bella planta indígena, que se desarrolla del interior al exterior; que vive de la contemplación y del éxtasis, que canta y que llora, que ama y aborrece, que muere en el presente para poder vivir en la posteridad.

El aire libre, el ejercicio varonil del caballo, los campos abiertos como el mar, las montañas empinadas hasta las nubes, la lucha, el combate diario, la ignorancia, la pobreza, la privación de la dulce libertad, el respeto por la fuerza; la aspiración inconsciente de una suerte mejor—la contemplación del panorama físico y social de esta patria,—produce un tipo generoso, que nuestros políticos han perseguido y estigmatizado, que nuestros bardos no han tenido el valor de cantar, sino para hacer su caricatura.

La monomanía de la imitación quiere despojarnos de todo; de nuestra fisonomía nacional, de nuestras costumbres, de nuestra tradición.

Nos van haciendo un pueblo de zarzuela. Tenemos que hacer todos los papeles, menos el que podemos. Se nos arguye con las instituciones, con las leyes, con los adelantos ajenos. Y es indudable que avanzamos.

Pero ¿no habríamos avanzado más estudiando con otro criterio los problemas de nuestra organización é inspirándonos en las necesidades reales de la tierra?

Más grandes somos por nuestros arranques geniales, que por nuestras combinaciones frías y reflexivas.

¿Adónde vamos por ese camino?

Á alguna parte, á no dudarlo.

No podemos quedarnos estacionarios, cuando hay una dinámica social, que hace que el mundo marche y que la humanidad progrese.

¿Pero esas corrientes que nos modelan como blanda cera dejándonos contrahechos, nos llevan con más seguridad y más rápidamente que nuestros impulsos propios, turbulentos, confusos, á la abundancia, á la riqueza, al reposo, á la libertad en la ley?

Yo no soy más que un simple cronista; ¡felizmente!

Me he apasionado de Miguelito, y su noble figura me arranca, á pesar mío, ciertas reflexiones. Allí donde el suelo produce sin preparación ni ayuda una alma tan noble como la suya, es permitido creer que nuestro barro nacional empapado en sangre de hermanos, puede servir para amasar sin liga extraña algo como un pueblo con fisonomía propia, con el santo orgullo de sus antepasados, de sus mártires, cuyas cenizas descansan por siempre en frías é ignoradas sepulturas.

Miguelito siguió hablando.

—Al día siguiente vino mi madre, trayéndome una olla de mazamorra, una caldera, hierba y azúcar; hizo ella misma el fuego en el suelo, calentó agua y me cebó mate.

La Dolores le había mandado una platita con la peona, diciéndole que ya sabía que andábamos en apuros; que no tuviese vergüenza, que la ocupara si tenía alguna necesidad.

Mientras tanto, mi mujer propia no parecía. Vea, mi Coronel, lo que es casarse uno de mala gana, por la plata, como lo hacen los ricos.

La peona de la Dolores le contó á mi madre, que la niña estaba enferma, y le dió á entender de qué, y que yo debía ser el malhechor.

Mi vieja me echó un sermón sobre esto. Me recordó los consejos que yo nunca quise escuchar, porque así son siempre los hijos, y acabó diciendo redondo: «Y ahora ¿cómo vas á remediar el mal que has hecho?»

Me dió mucha vergüenza, mi Coronel, lo que mi madre me dijo; porque me lo decía mucho mejor de lo que yo se lo voy contando y con unos ojos que relumbraban como los botones de mi tirador. ¡Pobre mi vieja! Como ella no había hecho nunca mal á nadie, y la había visto criarse á la Dolores, le daba lástima que se hubiese desgraciado.

¡Siquiera no te hubieses casado! me decía á cada rato.

Yo suspiraba; nada más se me ocurría. ¡El hombre se pone tan bruto cuando ve que ha hecho mal!

Una caldera llenita me tomé de mate y toda la mazamorra, que estaba muy rica. Mi madre pisaba el maíz como pocas y lo hacía lindo.

Me curó después las heridas con unos remedios que traía; eran yuyos del cerro.

Después, de un atadito sacó una camisa limpia y unos calzoncillos y me mudé.

Me armó cigarros como para toda la noche, nos sentamos en frente uno de otro, nos quedamos mirándonos un largo rato, y cuando estaba para irse, se presentó el que le llevaba la pluma al Juez con unos papeles bajo el brazo y dos de la partida.

Le mandaron á mi madre que saliera y tuvo que irse.

El Juez me leyó todas mis declaraciones y una porción de otras cosas, que no entendí bien. Por fin me preguntó que si confesaba que yo era el que había muerto al otro Juez.

Me quedé suspenso, podían descubrir á mi padre y yo quería salvarlo.

¿Para qué es un hijo, mi Coronel, no le parece?

—Tienes razón—le contesté.

Él prosiguió:

—No se muere más que una vez, y alguna vez ha de suceder eso.

El escribano me volvió á preguntar que qué decía. Le contesté, que yo era el que había muerto al otro.

—¿Por qué?—me dijo.

Me volví á quedar sin saber qué contestar.

El escribano me dió tiempo.

Pensando un momento se me ocurrió decir, que porque en unas carreras, siendo él rayero, sentenció en contra mía y me hizo perder la carrera del gateado overo que era un pingo muy superior que yo tenía. Y era cierto, mi Coronel, fué una trampa muy fiera que me hicieron, y desde ese día ya anduvimos mal mi padre y yo; porque la parada había sido fuerte y perdimos tuitito cuanto teníamos.

Después me preguntó, que si alguien me había acompañado á hacer la muerte, y le contesté que no; que yo solo lo había hecho todo, que no tenían que culpar á naides.

Que qué había hecho con la plata que tenía el Juez en los bolsillos.

Le dije que yo no había tocado nada.

Cuando menos los mismos de la partida lo habían saqueado, como lo suelen hacer. Es costumbre vieja en ellos, y después le achacan la cosa al pobre que se ha desgraciado.

No me preguntó nada más, y se fué, y me volvieron á poner incomunicado, y de esa suerte me tuvieron una infinidad de días.

Ni con mi madre me dejaban hablar. Pero ella iba todos los días una porción de veces á ver cuándo se podría y á llevarme que comer.

Yo me aburría mucho de la prisión y estaba con ganas de que me despacharan pronto, para no penar tanto; porque las heridas se habían empeorado con la humedad del cuarto, y porque las sabandijas no me dejaban dormir, ni de día ni de noche.

Aquello no era vida.

Volvió otro día el escribano y me leyó la sentencia.

Me condenaba á muerte, vea lo que es la justicia, mi Coronel. ¡Y dicen que los doctores saben todo! ¿Y si saben todo, cómo no habían descubrido que no era el asesino del Juez aunque lo hubiera confesado? ¡Y muchos que después de la patriada de Caseros, no hablan sino de la Constitución!

Será cosa muy buena. Pero los pobres somos siempre pobres, y el hilo se corta por lo más delgado.

Si el Juez me hubiera muerto á mí en de veras, ¿á que no lo habían mandado matar?

He visto más cosas así, mi Coronel, y eso que todavía soy muchacho.

El escribano me dejó solo.

Pasé una noche como nunca.

Yo no soy miedoso; ¡pero se me ponían unas cosas tan tristes! ¡tan tristes! en la cabeza, que á veces me daba miedo la muerte. Pensaba, pensaba en que si yo no moría moriría mi padre, y eso me daba aliento. ¡El viejo había sido tan bueno y tan cariñoso conmigo! Juntos habíamos andado trabajando, compadreando, comadreando en jugadas y en riñas. Cómo no le había de querer, hasta perder la vida por él—la vida, que, al fin, cualquier día la rifa uno por una calaverada, ó en una trifulca, en la que los pobres salen siempre mal.

Qué ganas de tener una guitarra tenía, mi Coronel.

En cuanto me volvieron á poner comunicado fué lo primerito que le pedí á mi madre que llevara. Me la llevó y cantando me lo pasaba.

Los de la partida venían á oirme todos los días, y ya se iban haciendo amigos míos. Si hubiera querido fugarme me fugo. Pero por no comprometerlos no lo hice. El hombre ha de tener palabra, y ellos me decían siempre: no nos vaya á comprometer, amigo.

Siempre que mi vieja iba á visitarme, me lo repetían; y el centinela se retiraba y me dejaba platicar á gusto con ella.

Mi madre no sabía nada todavía de que me hubieran sentenciado, y yo no lo quería decir, porque la veía muy contenta creyendo que me iban á largar, desde que nada se descubría, y no la quería afligir.

Pero como nunca falta quien dé una mala noticia, al fin lo supo.

Se vino zumbando á preguntármelo.

¡En qué apuros me vi, mi Coronel, con aquella mujer tan buena que me quería tanto!

Cuando le confié la verdad, lloró como una Magdalena.

Sus ojos parecían un arroyo, estuvieron lagrimeando horitas enteras.

De pregunta en pregunta me sacó que yo había confesado ser el asesino del Juez, por salvar al viejo.

Y hubiera visto, mi Coronel, una mujer que no se enoja nunca, enojarse, no conmigo, porque á cada momento me abrazaba y me besaba diciéndome mi hijito, sino con mi padre.

—Él, él no más tiene la culpa de todo, decía, y yo no he de consentir que te maten por él; todito lo voy á descubrir.

Y de pronto se secó los ojos, cesó de llorar, se levantó y se quiso ir.

—¿Adónde va, mamita?—le dije.

—Á salvar á mi hijo—me contestó.

Iba á salir, le agarré de las polleras, y á la fuerza se quedó.

Le rogué muchísimo que no hiciera nada, que tuviera confianza en la Virgen del Rosario, de la que era tan devota, que todavía podía hacer algo y salvarme.

Usted sabe, mi Coronel, lo que es la suerte del hombre. Cuando más alegre anda, lo refriegan, y cuando más afligido está, Dios lo salva.

Yo he tenido siempre mucha confianza en Dios.

—Y has hecho bien—le dije.—Dios no abandona nunca á los que creen en él.

—Así es, mi Coronel, por eso esa vez, y después otras me he salvado.

—¿Y qué hizo tu madre?

—Cedió á mis ruegos, y se fué diciendo: esta noche le voy á poner velas á la Virgen y ella nos ha de amparar.

Y como la Virgencita del nicho, de que antes le he hablado, mi Coronel, era muy milagrosa, sucedió lo que mi vieja esperaba, me salvó.

Miguelito hizo una pausa.

Yo me quedé filosofando.

¡Filosofando!

Sí; filosofar es creer en Dios ó reconocer que el mayor de los consuelos que tienen los míseros mortales, es confiar su destino á la protección misteriosa, omnipotente de la religión.

Por eso al grito de los escépticos, yo contesto, como Fenelón:

¡Dilatamini!

Si hay un anankè,[2] hay también quien mira, quien ve, quien protege, resguarda, ama y salva á sus criaturas, sin interés.

Cuando me arranquéis todo, si no me arrancáis esa convicción suave, dulce, que me consuela y me fortalece, ¿qué me habréis arrancado?

NOTAS:

[2]ἀνάγκη en griego: fatalidad.

XXX
Mi vademécum y sus méritos.—En qué se parece Orión á Roqueplán.—Dónde se aprende el mundo.—Concluye la historia de Miguelito.

Quiero empezar esta carta ostentando un poco mi erudición á la violeta.

Yo también tengo mi vademécum de citas—es un tesoro como cualquier otro.

Pero mi tesoro tiene un mérito. No es herencia de nadie. Yo mismo me lo he formado.

En lugar de emplear la mayor parte del tiempo en pasar el tiempo, me he impuesto ciertas labores útiles.

De ese modo, he ido acumulando, sin saberlo, un bonito capital, como para poder exclamar cualquier día: anche io son pittore.

Mi vademécum tiene, á más del mérito apuntado, una ventaja. Es muy manuable y portátil. Lo llevo siempre en el bolsillo.

Cuando lo necesito, lo abro, lo hojeo y lo consulto en un verbo.

No hay cuidado que me sorprendan con él en la mano, como á esos literatos cuyo bufete es una especie de sancta sanctórum.

¡Cuidado con penetrar en el estudio vedado sin anunciarlos cuando están pontificando!

¡Imprudentes!

¡Os impondríais de los misteriosos secretos!

¡Le arrancaríais á la esfinge el tremendo arcano!

¡Perderíais vuestras ilusiones!

Veríais á vuestros sabios en camisa, haciéndose un traje pintado con las plumas de la ave silvana, de negruzcas alas, de rojo pico y pies, de grandes y negras uñas.

Yo no sé más de lo que está apuntado en mi vademécum por índice y orden cronológico.

No es gran cosa. Pero es algo.

Hay en él todo.

Citas ad hoc, en varios idiomas que poseo bien y mal, anécdotas, cuentos, impresiones de viaje, juicios críticos sobre libros, hombres, mujeres, guerras terrestres y marítimas, bocetos, esbozos, perfiles, siluetas. Por fin, mis memorias hasta la fecha del año del Señor que corremos, escritas en diez minutos.

Si yo diera á luz mi vademécum no sería un librito tan útil como el almanaque. Sería, sin embargo, algo entretenido.

Yo no creo que el público se fastidiaría leyendo, por ejemplo:

¿Qué puntos de contacto hay entre Epaminondas, el municipal de Tebas, como lo llamaba el demagogo Camilo Desmoulins, y don Bartolo?

¿Qué frac llevaba nuestro actual Presidente cuando se recibió del poder; en qué se parece su cráneo insolvente de pelo á la cabeza de Sócrates?

¿En qué se parece Orión á Roqueplán? este Orión, de quien sacando una frase de mi vademécum,—ajena por supuesto,—puede decirse que es la personalidad porteña más porteña, el hombre y el escritor que tiene á Buenos Aires en la sangre, ó mejor dicho una encarnación andante y pensante de esta antigua y noble ciudad; que en este océano de barro, no hay un solo escollo que él no haya señalado; que en los entretelones ha aprendido la política, que como periodista y hombre á la moda, ha enriquecido la literatura de la tierra, á los sastres y sombrereros; que las cosas suyas, después de olvidadas aquí, van á ser cosas nuevas en provincias; que no habría sido el primer hombre en Roma la brutal, pero que lo habría sido en Atenas la letrada; que conoce á todo el mundo y á quien todo el mundo conoce; que se hace aplaudir en Ginebra, que se hace aplaudir en Córdoba la levítica, hablando con la libertad herética de un francmasón; que se hace aplaudir en el Rosario, la ciudad californiana, á propósito de la fraternidad universal; que se hace aplaudir en Gualeguaichú, disertando en tiempos de Urquiza, sobre la justicia y los derechos inalienables del ciudadano; que puede ser profeta en todas partes ed altri siti, menos… iba á decir en su tierra; que no ha podido ser municipal en ella, que hoy cumple treinta y ocho años, y á quien yo saludo con el afecto íntimo y sincero del hermano en las aspiraciones y en el dolor, aunque digan que esto es traer las cosas por los cabellos.

Sí, Orión amigo, yo te deseo, y tú me entiendes,—«la fuerza de la serpiente y la prudencia del león»,—como diría un Bourgeois gentil-homme, cambiando los frenos al entrar en tu octavo lustro, frisando en la vejez, en ese período de la vida en que ya no podemos tener juicio, porque no es tiempo de ser locos. ¿Me entiendes?

Y con esto lector, entro en materia.

Lo que sigue es griego, griego helénico, no griego porque no se entiende.

Ek te biblion kubernetes.

Yo también he estudiado griego.

Monsieur Rouzy puede dar fe, y tú, Santiago amigo, fuiste quien me lo metió en la cabeza.

Es una de las cosas menos malas que le debo á tu inspiración mefistofélica.

Tú fuiste quien me apasionó por el hombre del capirotazo.

¿Acaso yo le conocía bien en 1860?

En prueba de que sé griego, como un colegial, ahí va la traducción de dicho anónimo:

«No se aprende el mundo en los libros».

Aquí era donde quería llegar.

Los circunloquios me han demorado en el camino.

Siento tener que desagradecer á mi ático amigo Carlos Guido, cuyo buen gusto literario los abomina. Sírvame de excusa el carácter confidencial del relato.

Sí, el mundo no se aprende en los libros; se aprende observando, estudiando los hombres y las costumbres sociales.

Yo he aprendido más de mi tierra yendo á los indios Ranqueles, que en diez años de despestañarme, leyendo opúsculos, folletos, gacetillas, revistas y libros especiales.

Oyendo á los paisanos referir sus aventuras,—he sabido cómo se administra la justicia, cómo se gobierna, qué piensan nuestros criollos de nuestros mandatarios y de nuestras leyes.

Por eso me detengo más de lo necesario quizá en relatar ciertas anécdotas, que parecerán cuentos forjados para alargar estas páginas y entretener al lector.

¡Ojalá fuera cuento la historia de Miguelito!

Desgraciadamente ha pasado tal cual la narro, y si fija la atención un momento, es porque es verdad. Tiene ésta un gran imperio hasta sobre la imaginación.

Miguelito siguió hablando así:

—Las voces que andaban era que pronto me fusilarían, porque iba á haber revolución y me podía escapar.

¡Figúrese cómo estaría mi madre, mi Coronel! Todo se le iba en velas para la Virgen.

Día á día me visitaba, pidiéndome que no me afligiera, diciéndome que la Virgen no nos había de abandonar en la desgracia, que ella tenía experiencia y que más de una vez había visto milagros.

Yo no estaba afligido sino por ella.

Quería disimular. ¡Pero qué! era muy ducha y me lo conocía.

Usted sabe, mi Coronel, que los hijos por muy ladinos que sean no engañan á los padres, sobre todo á la madre.

Vea si yo pude engañar á mi vieja cuando entré en amores con la Dolores.

¡Qué había de poder!

En cuanto empezó la cosa me lo reconoció, y me mandó que me fuera con la música á otra parte.

Bien me arrepiento de no haber seguido su consejo.

La Dolores no hubiera padecido tanto como padeció por mí.

Pero los hijos no seguimos nunca la opinión de nuestros padres.

Siempre creemos que sabemos más que ellos.

Al fin nos arrepentimos.

Pero entonces ya es tarde.

—Nunca es tarde cuando la dicha es buena—le interrumpí.

Suspiró y me contestó:

—¡Qué! mi Coronel, hay males que no tienen remedio.

—¿Y has vuelto á saber de la Dolores?—le pregunté.

—Sí, mi Coronel—me contestó,—se lo voy á confesar porque usted es hombre bueno, por lo que he visto y las mentas que les he oído á los muchachos que vienen con usted.

—Puedes tener confianza en mí—repuse.

Y él prosiguió:

—Siempre que puedo hacer una escapada, si tengo buenos caballos, me corto solo, tomo el camino de la laguna del Bagual, llego hacia el Cuadril, espero en los montes la noche. Paso el Río 5.º, entro en Villa de Mercedes, donde tengo parientes, me quedo allí por unos días, me voy después en dos galopes al Morro, me escondo en el Cerro, en lo de un amigo, y de noche visito á mi vieja y veo á la Dolores que viene á casa con la chiquita.

—¿Entonces tuvo una hija?—le dije.

—Sí, mi Coronel—me contestó.—¿No le conté antes que nos habíamos desgraciado?

—¿Y á tu mujer no la sueles ver?

—¡Mi mujer!—exclamó,—lo que hizo fué enredarse con un estanciero.

Y dice la muy perra que está esperando la noticia de mi muerte para casarse. ¡Y que se casaban con ella! ¡Como si fuera tan linda!

—¿Y otros paisanos de los que están aquí salen como tú y van á sus casas?

—El que quiere lo hace; usted sabe, mi Coronel, que los campos no tienen puertas; las descubiertas de los fortines, ya sabe uno á qué hora hacen el servicio, y luego, al frente casi nunca salen.

Es lo más fácil cruzar el Río 5.º y la línea, y en estando á retaguardia ya está uno seguro, porque ¿á quién le faltan amigos?

—Entonces, constantemente estarán yendo y viniendo de aquí para allá.

—Por supuesto. Si aquí se sabe todo.

Los Videla, que son parientes de don Juan Saa, cuando les da la gana, toman una tropilla; llegan á la Jarilla, la dejan en el monte, y con caballo de tiro se van al Morro, compran allí lo que quieren, ellos mismos á veces, en las tiendas de los amigos y después se vuelven con cartas para todos.

Algunas veces suelen llegar á Renca, que ya ve donde queda, mi Coronel.

Á medida que Miguelito hablaba, yo reflexionaba sobre lo que es nuestro país; veía la complicidad de los moradores fronterizos en las depredaciones de los indígenas y el problema de nuestros odios, de nuestras guerras civiles y de nuestras persecuciones, complicado con el problema de la seguridad de las fronteras.

Le escuchaba con sumo interés y curiosidad.

Miguelito prosiguió:

—El otro día cuando usted llegó, mi Coronel, los Videla habían andado por San Luis; vinieron con la voz de que usted y el general Arredondo estaban en la Villa de Mercedes, y diciendo que por allí se decía que ahora sí que las paces se harían.

Deseando conocer el desenlace de la historia de los amores de Miguelito, le dije:

—¿Y la Dolores vive con sus padres?

—Sí, mi Coronel—me contestó,—son gente buena y rica, y cuando han visto á su hija en desgracia no la han abandonado; la quieren mucho á mi hijita. Si algún día me puedo casar ellos no se han de oponer, así me lo ha dicho la Dolores.

¡Pero cuándo se muere la otra! Luego yo no puedo salir de aquí porque la justicia me agarraría y mucho más del modo cómo me escapé.

—¿Y cómo te escapaste?

—Seguía preso. Mi madre vino un día y me dijo:

Dice tu padre que estés alerta, que él no tiene opinión, que lo han convidado para una jornada, que se anda haciendo rogar á ver si son espías; que en cuanto esté seguro que juegan limpio se va á meter en la cosa con la condición de que lo primero que han de hacer es asaltar la guardia y salvarte; que de no, no se mete.

En eso anda. No hay nada concluido todavía. Esta noche han quedado de ir los hombres y mañana te diré lo que convengan.

Yo lo animo á tu padre, haciéndole ver que es el único remedio que nos queda, y le pongo velas á la Virgen para que nos ayude. Todas las noches sueño contigo y te veo libre, y no hay duda que es un aviso de la Virgen.

Al día siguiente volvió mi madre. Todo estaba listo. Lo que faltaba era quien diera el grito. Decían que don Felipe Saa debía llegar de oculto á las dos noches, y que él lo daría; que si no venía, como había un día fijo, lo daría el que fuese más capaz de gobernar la gente que estaba apalabrada. Don Juan Saa debía venir de Chile al mismo tiempo.

Bueno, mi Coronel, sucedió como lo habían arreglado.

Una noche al toque de retreta, unos cuantos que estaban esperando en la orilla del pueblo, atropellaron la casa del Juez, otros la Comandancia, y mi padre con algunos amigos cargó la Policía.

Para esto, un rato antes ya los habían emborrachado bien á los de la partida. Algunos quisieron hacer la pata ancha. ¡Pero qué! los de afuera eran más. Entraron, rompieron la puerta del cuarto en que yo estaba y me sacaron.

Cuando estuve libre mi padre me dijo: «Dame un abrazo hijo, yo no te he querido ver porque me daba vergüenza verte preso por mi mala cabeza, y porque no fueran á sospechar alguna cosa».

Casi me hizo llorar de gusto el viejo; le habían salido pelos blancos, y no era hombre grande, todavía era joven.

Esa noche el Morro fué un barullo, no se oyeron más que tiros, gritos y repiques de campana.

Murieron algunos.

Yo lo anduve acompañando á mi padre y evité algunas desgracias porque no soy matador. Querían saquear la casa de la Dolores, con achaque de que era salvaje, yo no lo permití, primero me hago matar.

Por la mañana vino una gente del Gobierno y tuvimos que hacernos humo. Unos tomaron para la Sierra de San Luis, otros para la de Córdoba. Mi padre, como había sido tropero, enderezó para el Rosario. Yo, por tomar un camino tomé otro,—galopé todo el santo día,—y cuando acordé me encontré con una partida. Disparé, me corrieron, yo llevaba un pingo como la luz, ¡qué me habían de alcanzar! Fuí á sujetar cerca del Río 5.º, por esos lados de Santo Tomé. Entonces no había puesto usted fuerzas allí, mi Coronel; me topé con unos indios, me junté con ellos, me vine para acá, y acá me he quedado, hasta que Dios, ó usted, me saquen de aquí, mi Coronel.

—¿Y tu padre, qué suerte ha tenido, lo sabes?—le pregunté.

—Murió del cólera—me contestó con amargura, exclamando:—¡pobre viejo! ¡era tan chupador!

Y con esto termina la historia real de Miguelito, que mutatis mutandis, es la de muchos cristianos que han ido á buscar un asilo entre los indios.

Ese es nuestro país.

Como todo pueblo que se organiza, él presenta cuadros los más opuestos.

Grandes y populosas ciudades como Buenos Aires, con todos los placeres y halagos de la civilización, teatros, clubs, jardines, paseos, palacios, templos, escuelas, museos, vías férreas, una agitación vertiginosa—en medio de unas calles estrechas, fangosas, sucias, fétidas, que no permiten ver el horizonte, ni el cielo limpio y puro, sembrado de estrellas relucientes,—en las que yo me ahogo, echando de menos mi caballo.

Fuera de aquí, campos desiertos, grandes heredades, donde vegeta el proletario en la ignorancia y la estupidez.

La iglesia, la escuela, ¿dónde están?

Aquí el ruido del tráfago y la opulencia que aturde.

Allá, el silencio de la pobreza y la barbarie que estremece.

Allí, todo aglomerado como un grupo de moluscos, asqueroso por el egoísmo.

Allí, todo disperso, sin cohesión, como los peregrinos de la tierra de promisión,—por el egoísmo también.

Tesis y antítesis de la vida de una república.

Eso dicen que es gobernar y administrar.

¡Y para lucirse mejor, todos los días clamando por gente, pidiendo inmigración!

Me hace el efecto de esos matrimonios imprevisores, sin recursos, miserables, cuyo único consuelo es el de la palabra del verbo,—creced y multiplicaos.

XXXI
Ojeada retrospectiva.—El valor á media noche, es el valor por excelencia.—Miedo á los perros.—Cuento al caso.—Qué es loncotear.—Sigue la orgía.—Epumer se cree insultado por mí.—Una serenata.

Estábamos en el toldo de Mariano Rosas cuando conocí por primera vez á Miguelito.

La orgía había comenzado:

«Éste chilla, algunos lloran,
Y otros á beber empiezan,
De la chusma todo al cabo
La embriaguez se enseñorea.»

Los franciscanos comprendiendo que aquello no rezaba con ellos, se pusieron en retirada, refugiándose en el rancho de Ayala; los oficiales se habían colocado á distancia de poder acudir en auxilio mío si era necesario; los asistentes rodeaban la enramada con disimulo; Camilo Arias, con su aire taciturno, se me aparecía de vez en cuando como una sombra, diciéndome de lejos con su mirada ardiente, expresiva, penetrante: por aquí ando yo.

Por bien templado que tengamos el corazón, es indudable que el silencio, la soledad, el aislamiento y el abandono hacen crecer el peligro en la medrosa imaginación.

Es por eso que el valor á media noche, es el valor por excelencia.

Las tinieblas tienen un no sé qué de solemne, que suele helar la sangre en las venas hasta congelarla.

Yo no creo que exista en el mundo un solo hombre que no haya tenido miedo alguna vez de noche.

De día, en medio del bullicio, ante testigos, sobre todo ante mujeres, todo el mundo es valiente, ó se domina lo bastante para ocultar su miedo.

Yo he dicho por eso alguna vez: el valor es cuestión de público.

El hombre que en presencia de una dama hace acto de irresolución puede sacar patente de cobarde.

Yo tengo un miedo cerval á los perros, son mi pesadilla; por donde hay, no digo perros, un perro, yo no paso por el oro del mundo si voy solo, no lo puedo remediar, es un heroísmo superior á mí mismo.

En Rojas, cuando era capitán, tenía la costumbre de cazar.

De tarde tomaba mi escopeta y me iba por los alrededores del pueblito.

En dirección al bañado, donde los patos abundaban más, había un rancho.

Inevitablemente debía pasar por allí si quería ahorrarme un rodeo por lo menos de tres cuartos de legua.

Pues bien. Venirme la idea de salir y asaltarme el recuerdo de un mastín que habitaba el susodicho rancho, era todo uno.

Desde este instante formaba la resolución valiente de medírmelas con él.

Salía de mi casa y llegaba al sitio crítico, haciendo cálculos estratégicos, meditando la maniobra más conveniente, la actitud más imponente, exactamente como si se tratara de una batalla en la que debiera batirme cuerpo á cuerpo.

En cuanto el can diabólico me divisaba, me conocía; estiraba la cola, se apoyaba en las cuatro patas dobladas, quedando en posición de asalto, contraía las quijadas y mostraba dos filas de blancos y agudos dientes.

Eso sólo bastaba para que yo embolsase mi violín. Avergonzado de mí mismo, pero diciéndome interiormente:—«El miedo es natural en el prudente,—cambiaba de rumbo, rehuyendo al peligro».

Un día me amonesté antes de salir, me proclamé, me palpé á ver si temblaba.

Estaba entero, me sentí hombre de empresas, y me dije: pasaré.

Salgo, marcho, avanzo y llego á Rubicón.

¡Miserable! temblé, vacilé, luché, quise hacer de tripas corazón pero fué en vano.

Yo no era hombre, ni soy ahora, capaz de batirme con perros.

Juro que los detesto, si no son mansos, inofensivos como ovejas, aunque sean falderos, cuscos ó pelados.

Mi adversario, no sólo me reconoció, sino que en la cara me conoció que tenía miedo de él.

Maquinalmente bajé la escopeta que llevaba al hombro.

Sea la sospecha de un tiro, sea lo que fuese, el perro hizo una evolución, tomó distancia y se plantó, como diciendo: descarga tu arma y después veremos.

¿Habría hecho el perro lo mismo con cualquier otro caminante?

Probablemente no.

Era manso, yo lo averigüé después.

Pero es que yo no le había caído en gracia, y que conociendo mi debilidad, se divertía conmigo, como yo podía haberlo hecho con un muchacho.

No hay que asombrarse de esto. La memoria en los animales, á falta de otras facultades, está sumamente desarrollada.

Cualquier caballo, mula, jumento ó perro, nos aventaja en conocer el intrincado camino por donde tenemos costumbre de andar.

Los pájaros se trasladan todos los años de un país á otro, emigrando á más ó menos distancia, según sus necesidades fisiológicas.

Ahí están las golondrinas que, después de larga ausencia vuelven á la guarida de la misma torre, del mismo techo, del mismo tejado, que habitaron el año anterior.

Queda de consiguiente fuera de duda que lo que el perro hacía conmigo, lo hacía á sabiendas. ¡Pícaro perro!

Hubo un momento en que casi lo dominé. ¡Ilusión de un alma pusilánime!

Al primer amago de carga eché á correr con escopeta y todo; los ladridos no se hicieron esperar, esto aumentó el pánico, de tal modo, que el animal ya no pensaba en mí y yo seguía desolado por esos campos de Dios.

Y sin embargo, si yo hubiera ido en compañía de alguna dama, el muy astuto no me corre.

Y ella habría huido.

Las mujeres tienen el don especial de hacernos hacer todo género de disparates, inclusive el de hacernos matar.

Yo me bato con cualquier perro, aunque sea de presa, por una mujer, aunque sea vieja y fea, si soy su cabaleiro servente.

Otro se suicida por una mujer, con pistola, navaja de barba, veneno ó arrojándose de una torre. No hay que discutirlo.

Hay héroes porque hay mujeres.

Y es mejor no pensarlo—¿qué sería el hermoso planeta que habitamos, sin ellas?

La presencia é inmediación de los míos, el orgullo de no dejarme avasallar, ni sobrepujar por aquellos bárbaros en nada y por nada, me hacían insistir contra las reiteradas instancias de Mariano Rosas, en no retirarme.

Mi principal temor era embriagarme demasiado. Á una loncoteada no le temía tanto.

Loncotear, llaman los indios á un juego de manos, bestial.

Es un pugilato que consiste en agarrarse dos de los cabellos y en hacer fuerza para atrás, á ver cuál resiste más á los tirones.

Desde chiquitos se ejercitan en él.

Cuando á un indiecito le quieren hacer un cariño varonil, le tiran de las mechas, y si no le saltan las lágrimas le hacen este elogio: ese toro.

El toro es para los indios el prototipo de la fuerza y del valor. El que es toro, entre ellos, es un nene de cuenta.

Los «yapaí, hermano» ¡no cesaban!

Epumer la había emprendido conmigo, y un indiecito Caiomuta, que jamás quiso darme la mano, so pretexto de que yo iba de mala fe: ¡Winca engañando! salía constantemente de sus labios.

El vino y el aguardiente corrían como agua, derramados por la trémula mano de los beodos, que ya rugían como fieras, ya lloraban, ya cantaban, ya caían como piedras, roncando al punto ó trasbocando, como atacados del cólera.

Aquello daba más asco que miedo.

Todos me trataban con respeto, menos Epumer y Caiomuta.

Tambaleaban de embriaguez.

Epumer llevaba de vez en cuando la mano derecha al cabo de su refulgente facón, y me miraba con torvo ceño.

Miguelito me decía:

—No se descuide por delante, mi Coronel, aquí estoy yo por detrás.

Cuando rehusaba un yapaí, gruñían como perros, la cólera se pintaba en sus caras vinosas y murmuraban iracundas palabras que yo no podía entender.

Miguelito me decía:

—Se enojan porque usted no bebe, mi Coronel; dicen que lo hace por no descubrir sus secretos con la chupa.

Yo entonces me dirigí á alguno de los presentes y lo invitaba, diciéndole:

—Yapaí, hermano, y apuraba el cuerno ó el vaso.

Una algazara estrepitosa, producida por medio de golpes dados en la boca abierta, con la palma de la mano, estallaba incontinenti.

¡¡¡Babababababababababababababababa!!!

Resonaba ahogándose los últimos ecos en la garganta de aquellos sapos gritones.

Mientras el licor no se acabara, la saturnal duraría.

La tarde venía.

Yo no quería que me sorprendiera la noche entre aquella chusma hedionda, cuyo cuerpo contaminado por el uso de la carne de yegua, exhalaba nauseabundos efluvios; regoldaba á todo trapo, cada eructo parecía el de un cochino cebado con ajos y cebollas.

En donde hay indios, hay olor á asafétida.

Intenté levantarme del suelo para retirarme á la sordina, viendo que la mayoría de los concurrentes estaba ya achumada.

Epumer me lo impidió.

¡Yapaí! ¡yapaí! me dijo.

¡Yapaí! ¡yapaí! contesté.

Y uno después de otro cumplimos con el deber de la etiqueta.

El cuerno que se bebió él tenía la capacidad de una cuarta.

Una dosis semejante de aguardiente era como para voltear á un elefante, si estos cuadrúpedos fuesen aficionados al trago.

Medio perdió la cabeza.

Al llevar yo el mío á los labios, me santigüé con la imaginación como diciendo: Dios me ampare.

Jamás probé brebaje igual. Vi estrellas, sombras de todos colores, un mosaico de tintes atornasolados, como cuando por efecto de un dolor agudo apretamos los párpados, y cerrando herméticamente los ojos la retina ve visiones informes.

Al enderezarse Epumer, yo no sé qué chuscada le dije.

El indio se puso furioso; quiso venírseme á las manos.

Mariano Rosas y otros le sujetaron; me pidieron encarecidamente que me retirara.

Me negué; insistieron, me negué, me negué tenazmente.

Me hicieron presente que cuando se caldeaba, se ponía fuera de sí, que era mal intencionado.

—No hay cuidado—fué toda mi contestación.

El indio pugnaba por desasirse de los que le tenían; quería abalanzarse sobre mí, su mano estaba pegada al facón.

Pataleaba, rugía, apoyaba los talones en el suelo, endurecía el cuerpo y se enderezaba como galvanizado.

Sus ojos me seguían, los míos no le dejaban.

En uno de los esfuerzos que hizo sacó el facón.

Era una daga acerada de dos filos, con cruz y cabo de plata; y en un vaivén llegó á ponerse casi sobre mí.

—Cuidado, mi Coronel—me dijo Miguelito, interponiéndose, y hablándole al salvaje en su lengua con acento dulcísimo.

—¡Cuidado!—gritaron varios.

Yo, afectando una tranquilidad que dejase bien puesto el honor de mi sangre y de mi raza:

—No hay cuidado—contesté.

El esfuerzo convulsivo supremo, hecho por el indio, agotó el resto de sus fuerzas hercúleas enervadas por los humos alcohólicos.

Los que le sujetaban, sintiéndole desfallecer abandonaron el cuerpo á su propia gravedad; cumplióse la inmutable ley:

¡E caddi, come corpo morto cade!

Cesó la agitación.

Queriendo saber qué causa, qué motivo, qué palabras mías pusieran fuera de sí á mi contendor, pregunté:

—¿Por qué se ha enojado?

—Porque usted le ha llamado perro—dijo uno.

—Es falso—dijo Miguelito en araucano; el Coronel habló de perros; pero no dijo que Epumer fuera perro.

Nadie respondió.

Efectivamente, en la broma que intenté hacerle á Epumer, por ver si lo arrancaba á sus malos pensamientos, no sé cómo interpolé el vocablo perros.

Para los indios, como para los árabes, no había habido insulto mayor que llamarles perro.

Epumer me entendió mal y se creyó ofendido.

De ahí su rapto de furia.

La noche batía sus pardas alas; los indios ebrios roncaban, vomitaban, se revolvían por el suelo, hechos un montón, apoyando éste sus sucios pies en la boca de aquél; el uno su panza sobre la cara del otro.

Varias chinas y cautivas trajeron cueros de carnero y les hicieron cabeceras, poniéndolos en posturas cómodas.

Otros se quedaron murmurando con indescriptible é inefable fruición báquica.

Mariano Rosas me hizo decir con su hombre de confianza, que si quería darle el resto de aguardiente que le había reservado.

—De mil amores—contesté; y aprovechando la coyuntura que se me presentaba de abandonar el campo de mis proezas, salí de la enramada y me dirigí al ranchito en que se habían alojado mis oficiales.

Entregué el aguardiente.

Me tendí cansado, como si hubiera subido con un quintal en las espaldas á la cumbre del Vesubio.

¿En qué me tendí?

Sobre un cuero de potro; era el colchón de una mala cama improvisada con palos desiguales y nudosos.

El sueño no tardó en llevarme al mundo de la tranquilidad pasajera.

Gozaba, cuando una serenata me despertó.

Era un negro, tocador de acordeón, una especie de Orfeo de la pampa.

Tuve que resignarme á mi estrella, que levantarme y escuchar un cielito cantado en honor mío.

¡Qué mal rato me dió el tal negro después!

 

XXXII
El negro del acordeón y la música.—Reflexiones sobre el criterio vulgar.—Sueño fantástico.—Lucius Victorius Imperator.—Un mensajero nocturno de Mariano Rosas.—Se reanuda el sueño fantástico.—Mi entrada triunfal en Salinas Grandes.—La realidad.—Un huésped á quien no le es permitido dormir.

El negro no tardó en irse con la música á otra parte. Bendije al cielo.

Como poeta festivo, como payador, no podía rivalizar con Aniceto el Gallo ni con Anastasio el Pollo.

Ni siquiera era un artista en acordeón.

Yo tengo, por otra parte, poco desarrollado el órgano frenológico de los tonos, pudiendo decir, como Voltaire: la musique c’est de tous les tapages le plus supportable.

Es una fatalidad como cualquier otra, que me priva de un placer inocente más en la vida.

Te contaría á este respecto algo muy curioso, un triunfo de la frenología, ó en otros términos, la historia de mis padecimientos infantiles por la guitarra.[3] Y te la contaría á pesar del natural temor de que me creyesen más malo de lo que soy; porque tengo la desgracia de ser insensible á la armonía.

Tú sabes, que según las reglas del criterio vulgar, no puede ser bueno quien no ama la música, las flores, aunque ame muchas otras cosas que embriagan y deleitan más que ellas.

Hay gentes que de buena fe, creen que el sentimiento estético ó el arte es inseparable de los hombres de corazón.

Tal persona que ama con locura la música, es, sin embargo, incapaz de un acto de generosidad.

Tal otra que gastaría cien mil pesos en un auténtico de Rubens, no haría un sacrificio por el amigo más querido.

Esas gentes viven acariciando dulces errores, lo mismo que los que subordinan la moral al sentimiento, y hay que dejar á cada loco con su tema.

Pero semejante página sería demasiado íntima para agregarla aquí.

Me resigno, pues, á suprimirla, substrayéndome á la tentación de una confidencia personal ajena al asunto jefe.

Apenas me vi libre de quien inhumanamente me había arrancado de los brazos de Morfeo, volví á tenderme en mi duro y sinuoso lecho.

Poco tardé en dormirme profundamente.

Saboreaba el suave beleño; soñaba que yo era el conquistador del desierto; que los aguerridos ranqueles, magnetizados por los ecos de la civilización, habían depuesto sus armas; que se habían reconcentrado formando aldeas; que la iglesia y la escuela habían arraigado sus cimientos en aquellas comarcas desheredadas; que la voz del Evangelio ahogaba las preocupaciones de la idolatría; que el arado, arrancándole sus frutos óptimos á la tierra, regada con fecundo sudor, producía abundantes cosechas; que el estrépito de los malones invasores había cesado, pensando sólo, aquellos bárbaros infelices, en multiplicarse y crecer, en aprovechar las estaciones propicias, en acumular y guardar, para tener una vejez tranquila y legarles á sus hijos un patrimonio pingüe; que yo era el patriarca respetado y venerado, el benefactor de todos, y que el espíritu maligno, viéndome contento de mi obra útil y buena, humanitaria y cristiana, me concitaba á una mala acción, á dar mi golpe de estado.

¡Mortal! me decía, aprovecha los días fugaces. ¡No seas necio, piensa en ti, no en la Patria!

La gloria del bien es efímera, humo, puro humo. Ella pasa y nada queda. ¿No tienes mujer é hijos? Pues bien. ¿No te obedecen y te siguen, no te quieren y respetan estos rebaños humanos?

Pues bien.

¿No tienes poder, no eres de carne y huesos, no amas el placer?

Pues bien.

Apártate de ese camino, ¡insensato! ¡Imprevisor, loco! ¡Escucha la palabra de la experiencia, hazte proclamar y coronar emperador! Imita á Aurelio I. Tienes un nombre romano, Lucius Victorius Imperator, sonará bien al oído de la multitud.

Yo escuchaba con cierto placer mezclado de desconfianza las amonestaciones tentadoras; ideaba ya si el trono en que me había de sentar, la diadema que había de ceñir y el cetro que había de empuñar, cuando subiera al capitolio, serían de oro macizo, ó de cuero de potro y de madera de caldén, cuando una voz que conocí entre sueños llamó á mi puerta diciendo:

—¡Coronel Mansilla!

No contesté de pronto. Reconocí la voz, la había oído hacía poco; pero no estaba del todo despierto.

—¡Coronel Mansilla! ¡Coronel Mansilla!—volvieron á decir.

Reinaba una profunda obscuridad en el desmantelado rancho donde me había hospedado; mis oficiales roncaban, como hombres sin penas; un ruido tumultuoso, sordo, llegaba confusamente hasta la nocturna morada. Me senté en la cama y paré la oreja, á ver si volvían á llamar, fijando la vista en un resquicio de la puerta, que era un cuero de vaca colgado.

—¡Coronel Mansilla!—volvieron á decir.

Al fulgor de la luz estelar, columbré una cabeza negra, motosa, y entre dos fajas rojas resaltando como lustrosas cuentas negras sobre el turgente seno de una hermosa, dos filas de ebúrneos dientes.

Era el negro del acordeón.

Para serenatas estaba yo.

Me hizo el efecto de Mefistófeles.

—¡Vade retro, Satanás!—le grité.

No entendió. Ya lo creo. ¡Latín puro á esas horas y al lado del toldo de Mariano Rosas!

—Mi Coronel Mansilla, fué su contestación.

—Vete al diablo, repliqué.

—Me manda el General Mariano.

—¿Y qué quiere?

—Manda decir, que ¿cómo le ha ido á su merced (textual), de viaje; que si no ha perdido algunos caballos; que cómo ha pasado la noche; que—si ha dormido bien?

Me pareció una burla.

Me quedé perplejo un instante, y luego contesté.

—Dile que de viaje me ha ido bien; que caballos, Wenchenao me ha robado dos, que es un pícaro: que para saber cómo he pasado la noche y cómo he dormido, es menester que me dejen descansar y que amanezca.

Y esto diciendo, me coloqué horizontalmente haciendo una línea mixta con el cuerpo de manera que el hueso del cuadril y los hombros coincidieran con los hoyos de mi escabroso lecho.

La cara desapareció.

Hacía frío, helaba en los primeros días de abril, tenía pocas cobijas, no era fácil conciliar el sueño bajo tales auspicios; tanteando en las tinieblas cogí la punta de algo que debía ser jerga ó poncho, tiré y como quien pesca un cetáceo de arrobas, que se agarra en el fondo fangoso, despojé á un prójimo de una de sus pilchas.

Me la eché encima, me envolví, me acurruqué bien, me tapé hasta las narices y comencé á resollar fuerte, haciendo de mis labios una especie de válvula para que saliera el aliento condensado y crecieran los grados de la temperatura que circundaba mi transida humanidad.

Me estaba por dormir. Hay ideas que parecen una cristalización. Así no más no se evaporan. Veía como envuelta en una bruma rojiza la visión de la gloria.

El espíritu maligno se cernía sobre ella.

Yo era emperador de los Ranqueles.

Hacía mi entrada triunfal en Salinas Grandes. Las tribus de Calfucurá me aclamaban. Mi nombre llenaba el desierto preconizado por las cien lenguas de la fama. Me habían erigido un gran arco triunfal.

Representaba un coloso como el de Rodas. Tenía un pie en la soberbia cordillera de los Andes, otro en las márgenes del Plata. Con una mano empuñaba una pluma deforme de ganso, cuyas aristas brillaban como mostacilla de oro, chispeando de su punta letras de fuego, que era necesario leer con la rapidez del relámpago para alcanzar á descifrar que decían: mane, thesel, phares. Con la otra blandía una espada de inconmensurable largor, cuya hoja de bruñido acero resplandecía como un meteoro, centelleando en ella diamantinas letras que era menester leer con la rapidez del pensamiento para adivinar que decían: In hoc signo vincis.

Por debajo de aquel monumento de egipcia estructura y proporciones, capaz de provocar la envidia sangrienta, la venganza corsa y el odio eterno de un Faraón, desfilaba como el rayo, tirada por veinte yuntas de yeguas chúcaras, una carreta tucumana, cubierta de penachos, de crines caballares de varios colores y en cuyo lecho se alzaba un dosel de pieles de carnero.

En él iba sentado un mancebo de rostro pintado con carmín. ¡Era yo! Manejaba la ecuestre recua con un látigo de cháguara que no tenía fin, al grito infernal de: ¡pape satán! ¡pape satán alepe! Mi traje consistía en un cuero de jaguar; los brazos del animal formaban las mangas, las piernas, los calzones, lo demás cubría el cuerpo y, por fin, la cabeza con sus colmillos agudos adornaba y cubría mi frente á manera de antiguo capacete.

La cola no sé qué se había hecho. Un ser extraño, invisible para todos, menos para mí, quería ponerme una de paja. Yo le miraba como diciéndole, basta de atavíos, y él vacilaba y me seguía sin saber qué hacer.

Una escolta formada en zigzag, me precedía, cubriéndome la retaguardia. Indígenas de todas las castas australes se veían allí,—ranqueles, puelches, pehuenches, picunches, patagones y araucanos. Los unos iban en potros bravos, los otros en mansos caballos, éstos en guanacos, aquéllos en avestruces, muchos á pie, varios montados en cañas, infinitos en alados cóndores.

Sus armas eran lanzas y bolas; sus trajes mixtos, á lo gaucho, á la francesa, á la inglesa, á lo Adán los más. Cantaban un himno marcial al son de unas flautas de cañuto de grueso carrizo, y las palabras Lucius Victorius Imperator, resonaban con fragor en medio de repetidas, ¡¡¡ba-ba-ba-ba-ba-ba-ba-ba-ba!!!

Nuevo Baltasar, yo marchaba á la conquista de una ciudad poderosa, contra el dictamen de mis consejeros, que me decían: Allí no penetrarás victorioso jamás; porque sus calles están empedradas con enormes monolitos y cubiertas de pantanos, por donde es imposible que pase tu carreta.

Tenaz, como soy en sueños, no quería escuchar la voz autorizada de mis expertos monitores. Me había hecho aclamar y coronar por aquellas gentes sencillas, había superado ya algunos obstáculos en mi vida; ¿por qué no había de tentar la empresa de luchar y vencer una civilización decrépita?

Por otra parte, yo no había nacido en esa egregia ciudad y ella iba á enorgullecerse de verme llegar á sus puertas, no como Aníbal á las de Roma, sino cual otro valiente Camilo.

Por aquí iba medio despierto, medio dormido, cuando volvieron á hacerme sentar en la cama, llamando á mi puerta.

—¡Coronel Mansilla!

—¿Qué hay?—pregunté.

¡El malhadado negro contestó!

—Dice el General que ¿cómo ha pasado la noche?

—Hombre, dile que mañana le contestaré.

El mensajero contestó, no pude percibir qué.

Una baraúnda repentina ahogó su voz.

Volvía yo á estudiar qué postura se adaptaría más á la cama que me habían deparado las circunstancias y esperaba no ser interrumpido otra vez. ¡Quimeras!

Mi verdadera bestia negra había ido y vuelto.

—¡Coronel Mansilla! ¡Coronel Mansilla!—me gritó.

—¿Qué quieres?—le contesté con mal humor, sin moverme.

—Aquí está el hijo del General.

Esto era ya más serio.

Me incorporé.

—¿Qué se ofrece, hermano?—pregunté.

—Dice mi padre que vaya—me contestó.

—¿Que vaya, ahora?

—Sí.

Llamé á Carmen, mi fiel ministril; le pedí agua para lavarme, luz, peine, un cepillo de dientes, todo cuanto podía ser un pretexto para demorarme y ganar tiempo, á ver si venía el día.

Oía el ruido de la orgía nocturna, y no me hacía buen estómago la idea de tomar parte en ella á obscuras.

Según mi costumbre en campaña, dormía vestido, desnudándome de día por la higiene y otras hierbas.

De un salto estuve en pie.

Carmen trajo luz, un candil de grasa de potro, agua, peine, cuanto le pedí, haciendo un viaje para cada cosa, como que tenía que revolver las alforjas para hallarlas.

Hice mi estudiosa toilette, lo más despacio que pude.

Mientras tanto, varios curiosos, ebrios á cual más, llegaron á mi puerta y me estuvieron observando.

Como tardase en salir del rancho, presentóse una nueva diputación. La componían dos hijos de Mariano. Tomó la palabra el mayor de ellos y me dijo:

—Dice mi padre, ¿que cómo está, que cómo le va, que cómo ha pasado la noche, que cuándo va, que está medio caldeado y tiene ganas de rematarse con usted?

Contesté con la mayor política, agradeciendo tantas atenciones, y asegurando que no tardaría en presentármele al General.

Tardé más en limpiarme los dientes, que en lustrar un par de botas granaderas.

El negro explicaba como perito aquella operación.

El muy pillo había sido esclavo de no recuerdo qué estanciero del Sur de Buenos Aires, soldado del General Rivas, desertor y conocía bien los usos y costumbres de los cristianos civilizados.

Decía que eso que yo hacía era para que nunca se me cayeran los dientes.

Los apostrofaba á los indios de ¡ustedes son muy bárbaros! tocaba su infernal acordeón, cantaba, bailaba al compás de él y me apuraba diciéndome de cuando en cuando: ¡Vamos, vamos, mi amo!

Al fin tuve que obedecer, y digo que obedecer, porque lo que hice no fué otra cosa.

Tenía tanta gana de tomar aguardiente como de hacerme cortar una oreja.

Salí del rancho, dejando á mis compañeros dormidos como piedras. El padre Moisés roncaba más fuerte que todos. El padre Marcos se había alojado en el rancho de Ayala.

La noche estaba fría, el día lejano aún. Las estrellas brillaban con esa luz diáfana del invierno. El campo, cubierto por la helada, parecía salpicado de piedras finas. Un gran fogón moribundo ardía en la enramada del Cacique. Apiñados unos sobre otros, lo rodeaban varios montones de indios achumados. Muchos caballos ensillados estaban con la rienda caída, inmóviles, donde los habían dejado el día antes. Mariano Rosas, con una limeta en una mano y un cuerno en la otra se tambaleaba junto con otros entre los mansos animales.

Armaban una algarabía, y entre yapaí y yapaí, resonaba frecuentemente el nombre del Coronel Mansilla.

Escoltado por el negro, por los hijos de Mariano y los curiosos llegué adonde ellos estaban.

Al verme, hicieron lo que todos los borrachos que no han perdido completamente la cabeza, pretendieron disimular su estado.

Mariano Rosas me echó un discurso en su lengua, que no entendí, y fué muy aplaudido. Comprendí, sin embargo, que había hablado de mí en términos los más cariñosos, porque mientras peroraba, varias voces dijeron: ¡Ese cristiano bueno, ese cristiano toro!

Terminó haciéndome un yapaí.

Bebió el primero, según se estila.

Apuraba el cuerno, cuando una voz muy simpática para mí, me dijo al oído:

—Aquí estoy yo, mi Coronel, no tenga cuidado; y su comadre Carmen está allí en la enramada haciendo que duerme, para escuchar todo.

Era Miguelito.

Le estreché la mano, y tomé el cuerno lleno de licor que me pasaba Mariano.

NOTAS:

[3]Mi madre conserva entre sus papeles, empastado en gro de aguas blanco, un Método para aprender la guitarra, escrito por mí á los doce años.

XXXIII
Retrato de Mariano Rosas.—Su política.—Cómo le tomaron prisionero los cristianos.—Rosas le hace peón de su estancia del Pino.—Su fuga.—Agradecimiento por su antiguo patrón.—Paralelo.—De pillo á pillo.—Voto de un indio.—Muerte de Painé.—Derecho hereditario entre los indios.—Los refugiados políticos.—Mareo.—Mariano Rosas quiere loncotear conmigo.—Apuros.—Una sombra.

El cacique general de las tribus Ranquelinas tendrá cuarenta y cinco años de edad.

Pertenece á la categoría de los hombres de talla mediana. Es delgado, pero tiene unos miembros de acero. Nadie bolea, ni piala, ni sujeta un potro del cabestro como él.

Una negra cabellera larga y lacia, nevada ya, cae sobre sus hombros y hermosea su frente despejada, surcada de arrugas horizontales. Unos grandes ojos rasgados, hundidos, garzos y chispeantes, que miran con fijeza por entre largas y pobladas pestañas, cuya expresión habitual es la melancolía, pero que se animan gradualmente, revelando entonces orgullo, energía y fiereza; una nariz pequeña deprimida en la punta, de abiertas ventanas, signo de desconfianza, de líneas regulares y acentuadas; una boca de labios delgados que casi nunca muestra los dientes, marca de astucia y crueldad; una barba aguda, unos juanetes saltados, como si la piel estuviese disecada, manifestación de valor, y unas cejas vellosas, arqueadas, entre las cuales hay siempre unas rayas perpendiculares, señal inequívoca de irascibilidad, caracterizan su fisonomía, bronceada por naturaleza, requemada por las inclemencias del sol, del aire frío, seco y penetrante del desierto pampeano.

Mariano Rosas es hijo del famoso cacique Painé.

Colocado estratégicamente en Leubucó, entre las tribus de los caciques Ramón y Baigorrita, es el jefe de una confederación. Apoyando unas veces á Ramón contra Baigorrita y otras á Baigorrita contra Ramón, su predominio sobre ambos es constante.

Dividir para reinar, es su divisa. Así Baigorrita y Ramón, que son bravos en la pelea, diestros en todos los ejercicios ecuestres, entendidos en todo género de faenas rurales, sin tenerle envidia á este Bismarck ranquelino, ponderan la prudencia de sus consejos, su sesuda previsión, su carácter persistente y conciliador.

El año de 1834 fué hecho prisionero en la Laguna de Langhelo, situada donde actualmente existe el fuerte «Gainza» cuyos primeros cimientos los puse yo, al avanzar, hace ocho meses, la frontera Sud de Santa Fe.

Este paraje dista como treinta leguas de Melincué.

Mariano Rosas, junto con algunos indiecitos y alguna chusma se habían quedado allí, cuidando una caballada de refresco, mientras su belicoso padre daba un malón, internándose muy adentro.

Los cristianos encargados de la seguridad de la frontera Norte de Buenos Aires, maniobrando hábilmente, se lanzaron al Sud cuando sintieron la invasión, para salirles á los ladrones de adelante; ocuparon y se posesionaron de una de las aguadas principales por donde debían pasar con el botín, sorprendieron á los caballerizos, les quitaron toda la caballada y los cautivaron lo mismo que á la chusma.

Mariano Rosas y sus compañeros de infortunio fueron conducidos á los Santos Lugares. Allí permanecieron engrillados y presos, tratados con dureza, cerca de un año, según sus recuerdos.

Perdían la esperanza de mejorar de suerte. Mas como está de Dios que el hombre suba á la cumbre de la montaña cuando menos lo espera, cayendo en el abismo de la desgracia cuando todo sonreía á su alrededor, un día los llevaron á presencia del Dictador don Juan Manuel de Rosas.

Interrogándolos minuciosamente, supo éste que Mariano, que se llamaba á la sazón como su padre, era hijo de un cacique principal de mucha nombradía. Le hizo bautizar, sirviéndole de padrino, le puso Mariano en la pila, le dió su apellido y le mandó con los otros de peón á su estancia del «Pino».

En ella pasaron algunos años trabajando duro, alojados al raso contra un corral de ñandubay, recibiendo lecciones útiles y provechosas sobre la manera de hacer las faenas de campo, sobre el modo de amansar debidamente un potro, aprendiendo á regentar un establecimiento en forma, tratados unas veces á rebencazos, sin haber faltado en nada, atendidos generalmente con cariño, recibiendo raciones y salario como uno de tantos trabajadores—hasta que el amor de la familia, el recuerdo de las tolderías, el anhelo de una completa libertad, despertaron en ellos la idea de la fuga, á costa de cualquier riesgo.

Aprovechando una hermosa noche de luna y la confianza que en ellos tenían, echaron mano de una tropilla de caballos escogidos, y alzándose, rumbearon al Occidente. Perdiéronse por los campos, porque no eran baqueanos y porque temerosos de ser descubiertos y aprehendidos no querían acercarse á las estancias á preguntar dónde quedaba el Bragado, pueblito que conocían por haber andado maloqueando por allí, siendo muchachos.

Notada en el «Pino» su desaparición, fueron perseguidos, según supieron después por una mujer que cautivaron; pero no los alcanzaron.

En el puente de Márquez hallaron una partida de policía. La engañaron diciendo que habían venido á comercio y que se volvían para Tierra Adentro. Llegaron á la Federación, hoy Junín, después de haber andado seis días por los campos sin rumbo determinado; descansando y ocultándose entre los cardales y pajonales, y allí los dejaron pasar, mediante un pretexto igual al anterior. Entonces había paz con algunas tribus que vivían por el Toay, de modo que la composición de lugar ideada para escapar á la persecución, se concibe que surtiera efecto.

Ésta es la referencia que el mismo Mariano Rosas me ha hecho. Si no te pareciese verosímil, recuerda aquello, Santiago amigo, de:

«Y si lector dijeres ser comento,
Como me lo contaron te lo cuento.»

Mariano Rosas conserva el más grato recuerdo de veneración por su padrino; habla de él con el mayor respeto, dice que cuanto es y sabe se lo debe á él; que después de Dios no ha tenido otro padre mejor; que por él sabe cómo se arregla y compone un caballo parejero; cómo se cuida el ganado vacuno, yeguarizo y lanar, para que se aumente pronto y esté en buenas carnes en toda estación; que él le enseñó á enlazar, á pialar y á bolear á lo gaucho.

Que á más de estos beneficios incomparables le debe el ser cristiano, lo que le ha valido ser muy afortunado en sus empresas.

Ya te he dicho que estos bárbaros respetan á los cristianos, reconociendo su superioridad moral, aunque les gusta vivir como indios, el dolce far niente, tener el mayor número posible de mujeres, tantas cuantas pueden mantener, en una palabra, ser evangelista en cuanto esto presupone cierta virtud misteriosa para ser felices en la paz y en la guerra.

Verdad es que la civilización moderna hace lo mismo con cierto disimulo, y es por esto, sin duda, que alguien ha dicho que nuestra pretendida civilización no es muchas veces más que un estado de barbarie refinada.

Por supuesto, que siendo yo sobrino carnal de Rosas, oyéndolo hablar al indio de su padrino y progenitor postizo, me haría la ilusión de que lo más fácil del mundo para mí era catequizarlo. Al más dueño se le queman los libros en presencia de un hombre de estado primitivo.

La vanidad y tontera humanas, ¿dónde no reciben su castigo? Ya veremos cómo la diplomacia es igual en todas partes, lo mismo en Londres que en Viena, en Buenos Aires que en Leubucó; que la cuña para ser buena ha de ser del mismo palo. Y lo que es más filosófico aún, que la gratitud anda á caballo en casa de aquéllos que creen merecérselo todo.

Al poco tiempo de estar Mariano Rosas en su tierra, su padrino, que no daba puntada sin nudo, viendo que el pájaro se le había escapado de la jaula, y que es bueno tener presente, que quien cría cuervos se expone á que éstos le saquen los ojos, le mandó un regalo.

Consistía en doscientas yeguas, cincuenta vacas y diez toros de un pelo, dos tropillas de overos negros con madrinas obscuras, un apero completo con muchas prendas de plata, algunas arrobas de hierba y azúcar, tabaco y papel, ropa fina, un uniforme de coronel y muchas divisas coloradas.

Con este regio presente iba una afectuosa misiva, que Mariano conserva, concebida más ó menos así:

«Mi querido ahijado: No crea usted que estoy enojado por su partida, aunque debió habérmelo prevenido para evitarme el disgusto de no saber qué se había hecho. Nada más natural que usted quisiera ver á sus padres, sin embargo que nunca me lo manifestó. Yo le habría ayudado en el viaje haciéndolo acompañar. Dígale á Painé que tengo mucho cariño por él, que le deseo todo bien, lo mismo que á sus Capitanejos é indiadas. Reciba ese pequeño obsequio que es cuanto por ahora le puedo mandar. Ocurra á mí siempre que esté pobre. No olvide mis consejos porque son los de un padrino cariñoso, y que Dios le dé mucha salud y larga vida. Su afectísimo—Juan de Rosas.»

Esta cartita meliflua y calculada, llevaba un apéndice insignificante al parecer:

«Post Data. Cuando se desocupe, véngase á visitarme con algunos amigos».

Difícil y algo más que difícil, ardua cosa es desentrañar las intenciones del más inocente mortal.

Que cada cual comente á su manera la carta y la post data susodichas, pues.

Yo, cuando se trata de los pensamientos del prójimo, siempre tengo presente el dicho de cierto moralista de nota, con el que lo confundió una vez á un hombre de Estado: la ley de Dios que prohíbe los juicios temerarios es no solamente ley de caridad, sino de justicia y buena lógica.

Mariano Rosas recibió la carta y el presente, deliberó qué debía hacer, y como la mejor suerte de los dados es no jugarlos, ó como diría Sancho, si de ésta escapo y no muero, no más bodas en el cielo, resolvió: agradecerle la fineza y no visitarle.

Con este motivo, y para que en ningún tiempo se dudara de sus sentimientos, después de consultar á las viejas agoreras, juró no moverse jamás de su tierra.

Vinculado por este voto solemne á su hogar, al terreno donde nació, á los bosques en que pasó su infancia, Mariano Rosas no ha pisado, después de su cautiverio, en tierra de cristianos, y tiene la preocupación de que si viene personalmente á alguna invasión caerá prisionero.

Conozco este episodio de su vida, porque él mismo me lo ha contado.

Diciéndole que el General Arredondo me había encargado le manifestara los vivos deseos que tenía de conocerle y que cuando estuviera afianzada la paz era conveniente que le hiciera una visita en Villa de Mercedes, me contestó:

—Eso no, hermano.

—¿Y por qué?—le pregunté.

Refirióme entonces con minuciosos detalles lo que llevo relatado—para que se vea que toda la ciencia de los indios, en su trato con los cristianos, se reduce á un aforismo que nosotros practicamos todos los días: la desconfianza es madre de la seguridad.

He dicho que Mariano Rosas era hijo de Painé.

Painé murió trágicamente.

El general don Emilio Mitre, para salvar su división en 1856, tuvo que dejar en el desierto la mayor parte de su material de guerra.

Llegó hasta Chamalcó y de allí contramarchó.

Los indios se vinieron sobre su rastro.

Painé, cacique general entonces de las tribus Ranquelinas, los acaudillaba. En los montes hallaron un armón de municiones.

Entre ellas había granadas.

Un accidente hizo reventar una.

El armón voló y con él Painé.

Así murió ese cacique mentado.

Su hijo mayor, Mariano Rosas, heredó entonces el gobierno y el poder.

Se cree generalmente que entre los indios, prevaleciendo el derecho del más fuerte, cualquiera puede hacerse Cacique ó Capitanejo.

Pero no es así, ellos tienen sus costumbres, que son sus leyes.

Aquellas jerarquías son hereditarias, existiendo hasta la abdicación del padre en favor del hijo mayor, si es apto para el mando.

Por eso actualmente, viviendo el padre del Cacique Ramón, es éste quien gobierna las indiadas de Carrilobo.

Entre los indios, como en todas partes, hay revoluciones que derrocan á los que invisten el poder supremo. La regla, sin embargo, es la que dejo dicho; sólo sufre alteración cuando el Cacique ó el Capitanejo no tiene hijos ni hermanos que puedan heredar su puesto.

En este caso se hace un plebiscito y la mayoría dirime pacíficamente las cosas, ni más ni menos que como en un pueblo donde el sufragio universal campea por sus respetos.

Más revoluciones hemos hecho nosotros, víctimas hoy de una oclocracia, mañana de otra, quitando y poniendo Gobernadores, que los indios por la ambición de gobernar.

Y es asunto que se presta á fecundas consideraciones, que los que aman la libertad racional se persigan unos á otros y se exterminen con implacable saña, conculcando las instituciones que ellos mismos han formulado, reconociendo y jurando que son salvadores, por la satisfacción sensual del poder, y que los que sólo aman la libertad natural no quiebran lanzas en fratricidas guerras.

Pero ya caigo.

Es que los bárbaros no andan detrás de la mejor de las Repúblicas.

Es que ellos creen una cosa de que nosotros no nos queremos convencer: que los principios son todo, los hombres nada; que no hay hombres necesarios; «que si César hubiese pensado como Catón, otros hubieran pensado como César, y que la República destinada á perecer habría sido arrastrada al precipicio por cualquier otra mano».

Mariano Rosas se viste como un gaucho, paquete, pero sin lujo.

Á mí me recibió con camiseta de Crimea, mordoré, adornada de trencilla negra, pañuelo de seda al cuello, chiripá de poncho inglés, calzoncillo con fleco, bota de becerro, tirador con cuatro botones de plata y sombrero de castor fino, con ancha cinta colorada.

Como Leubucó es el asiento principal de todos los refugiados políticos, la santa federación está allí á la orden del día.

Y aunque parezca broma ó exageración, debo decirlo, las noticias no escasean.

Todo cuanto sueñan los refugiados circula como noticia que ha venido de Mendoza ó San Luis, de Córdoba ó el Rosario.

Hoy es Urquiza quien se ha pronunciado contra los salvajes, mañana Saa que ha invadido; al día siguiente Guayama, el bandolero de los llanos es el que ha sublevado la Rioja, después los Taboada han dado el grito contra el Gobierno.

Todas estas voces se discuten, se comentan, se prestan á mil conjeturas, se trata de saber cómo han llegado, quién las ha traído, y el tiempo corre y nada sucede, y el malón aplazado se realiza, porque el tiempo es oro y es necesario no perderlo, ya que los amigos federales se duermen en las pajas. No hay idea de todas las quimeras que en aquellos mundos han mecido la imaginación con motivo de la guerra del Paraguay. Ha sido una comedia.

Pero ahora que ya sabes el origen de Mariano Rosas, qué cara tiene, cómo se viste, de qué se ocupan los politicastros de Tierra Adentro y otras particularidades, reanudemos el hilo del relato empezado al terminar mi carta anterior.

Mariano me había hecho un yapaí. Yo tenía el cuerno lleno de aguardiente en la mano.

—Yapaí, hermano—le dije, y me lo bebí de un sorbo para no tomarle el gusto, como si fuera una purga de aceite de castor.

Sentí como si me hubieran echado una brasa de fuego en el estómago. La erupción no se hizo esperar; mi boca era un albañal. Despedía á torrentes todo cuanto había comido y una revolución intestinal rugía dentro de mí. Oía el bullicio porque tenía orejas, no veía nada. Se me figuraba que no estaba en el suelo sino suspendido en el aire, dando vueltas á la manera de una rueda que gira sobre un eje, aunque me parecía que la cabeza siempre quedaba para abajo, gravitando más que todo el resto de mi humanidad. Horribles ansias, nauseabundas arcadas, bascas agrias como vinagre, una desazón é inquietud imponderables me devoraban.

Pasó el mareo.

Los yapaí siguieron para reforzar la tranca, como decía cierto espiritual amigo sectario de Baco, cuando entraba al Club del Progreso, picado ya, y le pedía al mozo una copa de coñac.

Hay situaciones que son como un incendio en alta mar; todas las probabilidades están en contra. Yo me hallaba en una de ellas.

Para remate de fiestas, Mariano quería loncotear conmigo, ¡loncotear á las tres de la mañana! ¡Era nada lo del ojo y lo llevaba en la mano! Me defendí como pude. El indio no estaba para bromas. Viendo que loncotear era imposible, le dió por agarrarme de los hombros con entrambas manos sacudiéndome con sus fuerzas atléticas unas veces, empujándome para atrás otras. ¡Hermano! ¡hermano! me decía con estridente voz, mimbreándose como una vara. Yo le contenía y le rechazaba con moderación. Un movimiento brusco mío podía hacerle dar un traspiés. Y si se caía de narices, quién sabe si sus comensales no me hacían á mí lo que los arrieros á don Quijote.

Bien considerado el caso, era peliagudo. Una de las veces que esforzándome en contenerlo tropezó, por poco no cae despatarrado, despachurrándose.

Abrazóse de mí con sus membrudos brazos. Temí algo. Le busqué el puñal, lo hallé, lo empuñé vigorosamente para que no pudiese hacer uso de él, y así permanecimos un rato, él pugnando por sacarme campo afuera, yo luchando por no retirarme de la enramada. Nos separábamos, nos volvíamos á abrazar. Tornábamos á separarnos y en cada atropellada que me hacía metíame las manos por la cara.

Yo estaba tentado de llamar á mis oficiales y asistentes, porque francamente, recelaba un desaguisado. Pero me daba no sé qué hacerlo. Cierto es que allí no había perros que me asustaran, mas es que tampoco había miriñaques que me alentaran. Aquel público, el instinto que despertaba en mí era el de la conservación.

De aguardiente no quedaba ya sino el olor.

La chusma quería rematarse.

—Dando más aguardiente, Coronel—me decían.

—Otro poco, hermano—me dijo Mariano.

Miguelito les habló en su lengua, y tirándome de un brazo:

—Vamos, mi Coronel—me dijo.

Comprendí que quería sacarme de allí. Lo seguí. Los indios se echaron en el suelo, unos sobre otros, todos revueltos.

Miguelito me llevaba en dirección á mi rancho, iba á amanecer. El cielo se había cubierto de nubes. La luz de las estrellas apenas brillaban al través. Estábamos en tinieblas. Yo caminaba, no por mi voluntad sino arrastrado por mi guardián. Me bamboleaba perdiendo por momentos el equilibrio. Llegamos á la puerta de mi rancho, Miguelito alzó el cuero.

—Entre y descanse—me dijo,—mi Coronel. Yo voy á entretenerlos á aquéllos.

Entré.

Detrás de mí entró una sombra.

Á la luz moribunda del candil que había llevado Carmen hacía un rato, me pareció ver una mujer.

Estas mujeres se le aparecen á uno en todas partes. Nos aman con abnegación.

¡Y tan crueles que somos después con ellas!

Nos dan la vida, el placer, la felicidad.

¿Y para qué? Para que tarde ó temprano en un arranque de hastío, exclamemos:

«Siempre igual, necias mujeres.»

XXXIV
Efectos del aguardiente.—Una mano femenil.—Mi comadre Carmen me cuenta lo sucedido.—Unas coplas.—La vida de un artista en acordeón, en dos palabras.—Preguntas y respuestas.—Las obras públicas de Leubucó.—Insistencia del organista.—Un baño.—Mariano Rosas en el corral.—Cómo matan los indios la res.

El candil ardía y se apagaba como un fuego fatuo.

Buscando mi cama donde no estaba, porque los últimos humos del mareo me hacían ver todos los objetos transformados, al revés, tropecé con la luz y la extinguí. Con los ojos de la imaginación veía el caos. Trataba de buscar un punto de apoyo para no caerme. Mis brazos funcionaban como las aspas de un molino. Me caí. Me levanté. Volví á caerme encima de los compañeros de rancho.

Ni los frailes, ni los oficiales sintieron la mole que repetidas veces se desplomó sobre ellos.

Mi ronca voz, ahogándose en la garganta, llamaba un asistente.

Nadie me oía.

Tanteando como un ciego perlático, cogí una cosa blanda, sedosa, suave, y, al mismo tiempo, percibí como en sueños un ruido de gallinas. Mi mano había asido de la rabadilla un gallo ó pollo, despertando todo el gallinero de Mariano Rosas, que huyendo de la helada, sin duda, se había guarecido en nuestra morada, tomando posesión de mi lecho.

La sorpresa me hizo soltar mi presa, abandonar el punto de apoyo y caer de boca, posándola sobre algo blando, hediondo y frío.

Creí asfixiarme, porque no podía cambiar de posición.

Mis piernas parecían dislocadas, como las de un muñeco. Haciendo un esfuerzo supremo, me enderecé.

Describí dos semicírculos con los brazos. Hallé una mano pequeña, pulida, caliente, que me sostuvo, arrastrándome poco á poco. Un brazo rodeó mi cuerpo. Recliné mi cabeza desvanecida sobre un seno palpitante y di unos cuantos pasos, lo mismo que un herido, alzóse el cuero de la puerta del rancho y penetró en él, hiriendo mis ojos medio abiertos, la luz crepuscular.

Confusamente percibí varias voces que decían:

—¿Dónde está ese Coronel Mansilla?

—Dando más aguardiente.

Una voz contestó:

—No está aquí.

Y al mismo tiempo, cayendo el cuero de improviso, volvió á quedar el rancho envuelto en una completa obscuridad.

Oí como el murmullo de gente que refunfuña y ruido como el de pisadas que se alejan.

Sentí que una cosa áspera, como una tela de lana, repasaba mi rostro y que me empujaban hacia adelante.

Yo no era dueño de mí mismo. Obedecía, abría y cerraba los ojos.

Vi entrar de nuevo la luz del alba en el rancho. Después sentí frío. Caminaba á la par de otra persona que con cariño me sustentaba.

Me quedé dormido.

Al rato me desperté al lado de un gran fogón.

En torno de él estaban tres mujeres y tres hombres, cristianos todos. Me habían hecho una cama con jergas y cueros. Á mi lado estaba una china.

—¿Qué quiere tomar—me dijo,—mate ó café?

Fijé con agradecimiento los ojos en ella y reconocí á mi comadre Carmen.

—Café, comadre—le contesté.

Y mientras lo preparaba, contóme que cuando me separé de Mariano Rosas, ella estaba en la enramada, despierta por si algo necesitaba; que se deslizó entre las sombras de la noche, ayudándole á Miguelito á llevarme á mi rancho; que al salir, varios indios habían acudido á preguntar por mí; que fingiendo voz de cristiano les había contestado que no estaba; y que para que no me incomodaran y me dejaran descansar, me había llevado á un toldo vecino en el que habitaban puros cristianos.

Me puse á tomar café. Gradualmente fueron desapareciendo los efectos narcóticos del aguardiente. La aurora, color de rosa, entraba con sus rayos de fuego por entre las rendijas del toldo. Cantaban los gallos, cacareaban las gallinas, relinchaban los caballos, bramaban los toros, oíase el balido de las ovejas, agitábase todo al despertar de la Naturaleza.

Vibraron las notas de un mal tocado acordeón, y una voz que me hizo crispar los nervios, entonó unas coplas:

Señor Coronel Mansilla
Permítame que le cante

Iba á tronar contra el negro, porque era él en cuerpo y alma el de la música, cuando entró en el toldo, y plegando su instrumento y sellando sus labios, interrumpió las coplas para decirme:

—Buenos días, mi amo, ¿su mercé ha pasado bien la noche?

Me pareció mejor írmele á las buenas, y así le contesté:

—Muy bien, hombre, gracias, siéntate. Pero con la condición que no has de tocar tu maldito acordeón, ni has de cantar. Ya estoy harto.

Sentóse.

Le pasaron un mate, y entre chupada y chupada, me refirió su vida en cuatro palabras.

—Mi amo, me dijo, yo soy federal. Cuando cayó nuestro padre Rosas, que nos dió la libertad á los negros, estaba de baja. Me hicieron veterano otra vez. Estuve en el Azul con el General Rivas. De allí me deserté y me vine para acá. Y no he de salir de aquí hasta que no venga el Restaurador, que ha de ser pronto, porque don Juan Saa nos ha escrito que él lo va á mandar buscar. Yo he sido de los negros de Ravelo.

Y aquí interrumpió la historia de su vida, entonando, ó mejor dicho, desentonando, esta canción:

Que viva la patria
Libre de cadenas.
Y viva el gran Rosas
Para defenderla.

Le atajé el resuello, diciéndole:

—Hombre, ya te he dicho que no quiero oirte cantar.

Callóse, y mirándome con cierta desconfianza me preguntó:

—¿Usted es sobrino de Rosas?

—Sí.

—¿Federal?

—No.

—¿Salvaje?

—No.

—¿Y entonces, qué es?

—¡Qué te importa!

El negro frunció la frente, y con voz y aire irrespetuoso:

—No me trate mal porque soy negro y pobre, me dijo:

—No seas insolente—le contesté.

—Aquí todos somos iguales, repuso, agregando algo indecente.

Agarré una astilla de leña enorme, levanté el brazo, y diciéndole: ahora verás,—iba á darle un garrotazo, cuando mi comadre Carmen me contuvo, diciéndome:

—No le haga caso, compadre, á ese negro borracho.

Dirigióse á él hablándole en araucano, y el negro, que se había puesto de pie, volvió á sentarse, diciéndome:

—Dispense, su mercé.

—¡Estás dispensado—le contesté,—pero cuidado con volver á tratarme como me has tratado!

Intentó desplegar su acordeón. Era en vano. Me hacía el efecto de una lima de acero, que raspa los dientes.

Tuvo que renunciar á su pasión filarmónica. Tomó la palabra, y siguió hablando de sus opiniones políticas, y de las delicias de aquella tierra.

—Aquí hay de todo, mi Coronel, me decía. Al que es hombre de bien, lo tratan bien, y al que es pícaro, el General Mariano lo castiga, haciéndole trabajar en las obras públicas.

Solté una carcajada amplia é ingenua.

—¿Las obras públicas?

—Sí, mi amo.

—¿Y qué obras públicas son ésas?

—¡Ahhhhh! los corrales del General.

En este momento entró, refregándose los ojos, el padre Marcos, atraído por la lumbre de nuestro hermoso fogón, buscando agua caliente para tomar un jarro de té.

Sentóse en la rueda el buen franciscano y siguió la charla, sazonándola el negro con algunas agudezas, y rogándome de vez en cuando que le dejara tocar su acordeón.

—No, no, le decía yo, prefiero oir un cuerno á tu acordeón.

Su aire favorito era el muy popular de arrincónemela[4], y esta tocata, recordándome á Buenos Aires, me entristecía.

Suplicaba.

Decididamente, el acordeón era para él una necesidad—como el violín para Paganini,—el piano, para Gottschalk.

Yo me negaba inflexiblemente.

Y no sólo me negaba á que luciera su habilidad, sino que le amenazaba con hacerle perder la gracia de Mariano Rosas, si no tenía juicio, mandándole á éste á mi regreso al Río 4.º, un organito de resorte.

—Entonces—le decía,—ya no serás un hombre necesario aquí.

Salió el sol; tenía necesidad de refrescar mi cuerpo. Recuerda, Santiago amigo, que no he dormido ni me he lavado, desde que estábamos en Calcumuleu.

Pregunté si no había por allí cerca dónde bañarse.

Me dijeron que sí, que á veinte cuadras de distancia había un gran jagüel, con piso de tosca, donde se bañaban de madrugada las chinas de Mariano y él mismo.

Le pedí á un cristiano que me lo enseñara.

Llamé á un asistente, hice traer un caballo, abandoné el fogón, salté en pelo y de una sentada estuve en el baño.

Hacía un frío glacial. Manuel Gazcón, que es un pato, un hidrópata por estudio y por convicción, se habría deleitado allí.

Las abluciones despejaron mis sentidos y retemplaron mi cuerpo, borrando hasta los rastros de la mala noche. Me sentí otro hombre.

Hice que mi asistente se bañara, y mientras él tiritaba de frío, dando diente con diente, por la falta de costumbre de zambullirse en el agua con el alba, yo me paseaba á largos trancos por la blanda arena, provocando la reacción. Se produjo, monté á caballo y tomé el camino de los toldos.

De regreso vi mucha gente, y una gran polvareda cerca de la orilla del monte. Corrían dentro de un corral. Cambié de dirección y fuí á ver qué hacían.

Habían enlazado una vaca gorda y se disponían á carnearla.

Mariano Rosas estaba allí, fresco como una lechuga. Se había bañado primero que yo. Nadie que no estuviera en el secreto habría sospechado la noche que había pasado. Los estragos hechos en su cuerpo por el aguardiente se descubrían, sin embargo, en la depresión de los párpados inferiores, cuyo tinte era violáceo.

En el instante de acercarme al corral, revoleaba el lazo para echar un piale. Lo recogió, y viniendo á mí con el mayor cariño y cortesía, me estiró la mano y me dió los buenos días, preguntándome cómo había pasado la noche, que si no me había incomodado.

Estuve tan galante y afectuoso como él.

—Esa vaca gorda es para usted, hermano—me dijo.

Y súbito, revoleó el lazo y echó un piale maestro, y volviéndose á mí, haciendo pie con una destreza admirable, me dijo:

—Esto se lo debo á su tío, hermano.

Enlazada y pialada la res, cayó en tierra.

Creí que iban á matarla como lo hacemos los cristianos, clavándole primero el cuchillo repetidas veces en el pecho, y degollándola en medio de bramidos desgarradores que hacen estremecer la tierra.

Hicieron otra cosa.

Un indio le dió un bolazo en la frente dejándola sin sentido.

En seguida la degollaron.

—¿Para qué es ese bolazo, hermano?—le pregunté á Mariano.

—Para que no brame, hermano—me contestó. ¿No ve que da lástima matarla así?

Que la civilización haga sus comentarios y se conteste á sí misma, si bárbaros que tienen el sentimiento de la bondad para con los animales sean susceptibles ó no de una generosa redención.

Degollada la res, la abandonaron á las chinas. Ellas la desollaron, la descuartizaron y la despostaron, recogiendo hasta la sangre.

Mariano Rosas y yo nos volvimos juntos á su toldo, conversando por el camino como dos viejos camaradas.

Ni él, ni yo hicimos mención para nada de las escenas de la noche anterior.

Mariano montaba un caballo obscuro de su predilección, aperado con sencillez.

Era un animal vigoroso. Tenía la marca del General don Ángel Pacheco.

Llegamos á su toldo. Nos apeamos, nos sentamos, y poco á poco comenzaron á llegar visitas, entrando y saliendo las gentes de la casa. Yo era objeto de todo género de atenciones. Me cebaron mate, me sirvieron un churrasco gordo, suculento, chorreando sangre, á la inglesa.

Me lo comí todo entero, quemándome los dedos y chupándomelos después, como se estila en esta tierra. Donde no hay manteles ni servilletas, ¿qué otra cosa se ha de hacer?

Mariano me pidió permiso para dejarme solo un momento. Salió, desensilló el obscuro, lo soltó, ensilló un moro, y lo ató de la rienda en el palenque. Dió algunas órdenes y volvió á la enramada sobando una manea.

—Hermano—me dijo,—á mí me gusta hacer yo mismo mis cosas. Así salen mejor. Mi apero no lo maneja nadie, ni mis caballos tampoco. Mi padrino era lo mismo cuando yo lo conocí. Á Dios gracias, soy hombre sano.

Después de esto cambiamos algunas palabras sin interés. Por último me ofreció presentarme su familia.

Mañana estaremos de recepción.

NOTAS:

[4]La había sacado de oído oyéndosela tocar en la guitarra á un desertor.

XXXV
El toldo de Mariano Rosas visto de la enramada.—Preparativos para recibirme.—Un bufón de Leubucó.—De visita.—Descripción de un toldo.—La mesa.—El indio y el gaucho.—Paralelo afligente.—Reflexiones.—La comida.—Un incidente gaucho.

La puerta del toldo de Mariano Rosas caía á la enramada.

Varias chinas y cautivas lo barrían con escobas de biznaga, regaban el suelo arrojando en él jarros de agua, que sacaban con una mano de un gran tiesto de madera que sostenían con otra; colocaban á derecha é izquierda asientos de cueros negros de carnero, muy lanudos, ponían todo en orden, haciendo líos de los aperos, tendiendo las camas, colgando en ganchos de madera, hechos de horquetas de chañar, lazos, bolas, riendas, maneadores y bozales.

Una cuadrilla de indiecitos sacaba en cueros, arrastrados mediante una soga de lo mismo, los montones de basura é inmundicia que las chinas y cautivas iban haciendo en simetría, revelando que aquella operación era hecha con frecuencia.

Un grupo de chinas de varias edades se peinaba con escobitas de paja brava, arreglando sus largos y lustrosos cabellos en dos trenzas de á tres gruesas guedejas cada una que remataban en una cinta pampa, y, para ajustarlas y alisarlas mejor, las humedecían con saliva, se pintaban unas á las otras con carmín en polvo, los labios y los pómulos, se sombreaban los párpados y se ponían lunarcitos negros con el barro consabido; se ponían zarcillos, brazaletes, collares, se ceñían el cuerpo bien con una ancha faja de vivos colores, y por último, se miraban en espejitos redondos de plomo de dos tapas, de unos que todo el mundo habrá visto en nuestros almacenes.

Yo veía todos estos preparativos, echando miradas furtivas al interior del toldo.

El negro del acordeón se presentó con su instrumento en mano. Estaban identificados por lo visto, no podían separarse; sin negro no había acordeón, sin acordeón no había negro.

Preludió un airecito y entonó unas coplas de su invención.

También era poeta, ya lo previne, aunque haciendo constar que sus baladas no recordaban las de Tirteo.

«Señor don Mariano Rosas
La familia ya lo espera.»

Cantó el maestro de ceremonias de Leubucó, fiel judío de la política, resuelto á esperar allí hasta la consumación de sus días la venida del Mesías—el regreso del Restaurador.

Mariano le miró con esa cara benévola, con esa sonrisa afectuosa con que los hombres ensoberbecidos por el poder miran á sus palaciegos y aduladores.

El negro que conocía su posición, hizo algunas piruetas y danzó.

Parecía un sátiro.

Tenía la mota parada como cuernos, los ojos saltados enrojecidos por el alcohol, unas narices anchas y chatas llenas de excrecencias, unos labios gordos y rosados como salchichas crudas.

Se le hizo bueno su partido y siguió tocando su acordeón, mirándome picarescamente, como quien dice: ahora te tengo.

La buena crianza no permitía manifestarme disgustado de las gracias coreográficas, ni de la habilidad musical de aquel valido predilecto y mimado del dueño de casa.

Al contrario, como Mariano Rosas me mirara, de cuando en cuando sonriéndose, tenía que sonreirme.

Los circunstantes festejaban las bufonadas del negro.

Estaba radiante de júbilo; se sentaba al lado del cacique: le palmeaba, le abrazaba y mirándole con admiración, exclamaba ¡ah! ¡toro lindo! ¡Éste es mi padre! ¡Yo doy por él la vida! ¿No es verdad, mi amo?

Mariano hacía un movimiento de aprobación con la cabeza y en voz baja me decía: es muy fiel.

¡Miserable condición humana!

El hombre es el mismo en todas partes, se inclina á los que lisonjean su necio orgullo, su amor propio, su vanidad; huye y se aleja de los que se estiman lo bastante para no envilecerse con la mentira.

No en balde Dante ha colocado á los aduladores en el Malebolge—la fosa maldita,—hundidos hasta las narices en pestíferas letrinas.

Llegaron más visitas.

Todas fueron recibidas por Mariano con estudiada cortesía, observando estrictamente el ceremonial.

Y sabemos que consiste en una serie monótona de preguntas y respuestas.

Para todo el mundo había asiento.

Después que terminaban los saludos, venía la presentación.

Yo tenía que levantarme, que dar la mano, que abrazar y que contestar con frases análogas, esas preguntas y salutaciones:

¡Me alegro de haberle conocido!

¿Cómo le ha ido de camino?

¿No ha perdido algunos caballos?

¡Estamos muy contentos de verlo aquí!

El negro tocaba, cantaba, bailaba y á quien mejor le parecía le adjudicaba una patochada. Para él era lo mismo que fuera un cacique que un capitanejo; un indio que un cristiano. Tenía influencia en palacio y podía usar y abusar de sus festejadas gracias.

Llamé á los franciscanos para que los recién llegados les conocieran.

Vinieron. Con su aire dulce y manso saludaron todos, siendo objeto de demostraciones de respeto. El sacerdote es para los indios algo de venerando.

Hay en ellos un germen fecundo que explotar en bien de la religión, de la civilización y de la humanidad.

Mientras tanto ¿qué se ha hecho?

¿Cómo se llaman, pregunto yo, los mártires generosos que han dado el noble ejemplo de ir á predicar el Evangelio entre los infieles de esta parte del continente americano?

¿Cuántas cruces ha regado la barbarie con sangre de misioneros propagadores de la fe?

¡Ah! esta civilización nuestra puede jactarse de todo, hasta de ser cruel y exterminadora consigo misma. Hay, sin embargo, un título modesto que no puede reivindicar todavía—es haber cumplido con los indígenas los deberes del más fuerte.—Ni siquiera clementes hemos sido. Es el peor de los males.

La presencia de los franciscanos no fué un obstáculo para que siguiera funcionando el acordeón.

Yo estaba impaciente por entrar en el toldo de Mariano y conocer su familia.

En una de las vueltas que el negro daba, sentándose acá y allá, se puso á mi lado.

—Mira—le dije al oído,—si sigues tocando, en cuanto llegue al Río 4.º mandaré lo que te dije, el organito para Mariano.

Me miró como diciéndome, por piedad no; y haciendo callar el instrumento y dirigiéndose á Mariano le dijo:

—Ya está todo pronto.

Mariano me invitó entonces á pasar al toldo, se puso de pie y me enseñó el camino.

Le seguí dejando á los franciscanos con las visitas en la enramada.

Entramos.

Sus mujeres, que eran cinco, sus hijas que eran tres y sus hijos que eran Epumer, Waiquiner, Amunao, Lincoln, Duguinao y Piutrín, estaban sentados en rueda.

Á cierta distancia había un grupo de cautivas.

Las chinas me saludaron con la cabeza, los varones se pusieron de pie, me dieron la mano y me abrazaron.

Las cautivas con la mirada. Me conmovieron.

¿Quién no se conmueve con la mirada triste y llorosa de una mujer?

Mariano me enseñó un asiento, me senté; él se puso á mi lado dándome la izquierda.

En frente había otra fila de asientos. Entraron varios indios y los ocuparon. Eran indios predilectos de Mariano.

Las chinas se levantaron y se pusieron en movimiento. En medio del toldo había tres fogones en línea y en cada uno de ellos humeaban grandes ollas de puchero y se tostaban gordos asados.

Un toldo, es un galpón de madera y cuero. Las cumbreras, horcones y costaneras son de madera; el techo y las paredes de cuero de potro cosido con vena de avestruz. El mojinete tiene una gran abertura; por allí sale el humo y entra la ventilación.

Los indios no hacen nunca fuego al raso. Cuando van á malón tapan sus fogones. El fuego y el humo traicionan al hombre en la Pampa, son su enemigo. Se ven de lejos. El fuego es un faro. El humo una atalaya.

Todo toldo está dividido en dos secciones de nichos á derecha é izquierda, como los camarotes de un buque. En cada nicho hay un catre de madera, con colchones y almohadas de pieles de carnero; y unos sacos de cuero de potro colgados en los pilares de la cama. En ellos guardan los indios sus cosas.

En cada nicho pernocta una persona.

De las teorías de Balzac sobre los lechos matrimoniales, los indios creen que la mejor para la conservación de la paz doméstica es la que aconseja cama separada.

Como ves, Santiago amigo, el espectáculo que presenta el toldo de un indio, es más consolador que el que presenta el rancho de un gaucho. Y no obstante, el gaucho es un hombre civilizado. ¿Ó son bárbaros? ¿Cuáles son los verdaderos caracteres de la barbarie?

En el toldo de un indio, hay divisiones para evitar la promiscuidad de los sexos: camas cómodas, asientos, ollas, platos, cubiertos, una porción de utensilios que revelan costumbres, necesidades.

En el rancho de un gaucho falta todo. El marido, la mujer, los hijos, los hermanos, los parientes, los allegados, viven juntos, y duermen revueltos. ¡Qué escena aquélla para la moral!

En el rancho del gaucho no hay generalmente puerta.

Se sientan en el suelo, en duros pedazos de palo, ó en cabezas de vaca disecadas. No usan tenedores, ni cucharas, ni platos. Rara vez hacen puchero, porque no tienen olla. Cuando lo hacen, beben el caldo en ella, pasándosela unos á otros. No tienen jarro, un cuerno de buey lo suple. Á veces ni esto hay. Una caldera no falta jamás, porque hay que calentar agua para tomar mate. Nunca tiene tapa. Es un trabajo taparla y destaparla. La pereza se la arranca y la bota.

El asado se asa en un asador de hierro, ó de palo, y se come con el mismo cuchillo con que se mata al prójimo, quemándose los dedos.

¡Qué triste y desconsolador es todo esto! Me parte el alma tener que decirlo. Pero para sacar de su ignorancia á nuestra orgullosa civilización, hay que obligarla á entablar comparaciones.

Así se replegará cuanto antes sobre sí misma, y comprenderá que la solución de los problemas sociales de esta tierra es apremiante.

La suerte de las instituciones libres, el porvenir de la democracia y de la libertad serán siempre inseguros mientras las masas populares permanezcan en la ignorancia y atraso.

El cabrío emisario de las leyes, tienen que ser las costumbres. Dadme una asociación de hombres cualquiera con hábitos de trabajo, con necesidades, con decencia, y os prometo en poco tiempo un pueblo con leyes bien calculadas. El bien es una utopía cuando la semilla que debe producirlo no está sazonada. La aspiración de la libertad racional es una quimera, cuando los instrumentos que deben practicarla son corrompidos.

Dios ha ligado fatalmente los efectos á las causas. Ni los olmos dan peras, ni las instituciones sus frutos donde las nociones del bien y del mal, de lo bueno y de lo malo, no están universalmente encarnadas en todo pecho. Siguiendo la ruta que llevamos, elevaremos los andamios del templo; pero al levantar la bóveda, el edificio se desplomará con estrépito y aplastará con sus escombros á todos.

Los artífices desaparecerán y el desaliento de los que contemplaban su obra conducirá á la anarquía. Por eso el primer deber de los hombres de estado es conocer su país.

Á los cinco minutos de estar en el toldo nos sirvieron de comer. Á cada cual le pusieron delante un gran plato de madera con puchero abundante de choclos y zapallo, cubiertos, cuchara, tenedor, cuchillo y agua.

Las cautivas eran las sirvientas. Algunas vestían como indias, estaban pintadas como ellas. Otras ocultaban su desnudez en andrajosos y sucios vestidos.

¡Cómo me miraban estas pobres! ¡Qué mal disimulada resignación traicionaban sus rostros! La que más avenida parecía era la nodriza de la hija menor de Mariano; había sido criada en la casa de don Juan Manuel de Rosas. La cautivaron en Mulitas, en la famosa invasión que trajo el indio Cristo, en la época del gobierno de Urquiza, cuando lo que se robaba aquí se vendía en las fronteras de Córdoba y San Luis.

Yo no había comido más que un churrasquito, desde el día antes; el puchero estaba muy apetitoso y bien condimentado. Me puse, pues, á comer con tanta gana como anoche en el Club del Progreso. Y como no habían olvidado los trapos, como olvidaron las servilletas allí, lo hice como un caballero.

Terminado el puchero, trajeron asado, después sandías.

Estábamos en los postres, cuando volvió á presentarse el negro con su inseparable acordeón. Se sentó como en su casa al lado de Mariano y comenzó la música. Afortunadamente se había puesto muy ronco y no podía cantar. Que te dure la ronquera, decía yo para mis adentros, y lo miraba, haciéndole con la cabeza una especie de amenaza de mandar el organito ofrecido y temido por él. El sátrapa me miraba compasivamente. Lo dejé seguir.

Conversábamos como en un salón, cada uno con quien quería.

Los indios no dan cigarros á los cristianos que están de visita. Para fumar yo, tuve que regalar de los míos á todos.

Los indiecitos nos alcanzaban fuego, y cuando se quedaban jugando ó distraídos, Mariano los aventaba diciéndoles: Salgan de ahí, no falten al respeto á sus mayores, eran sus palabras casi textuales. Observé que eran en este sentido bien criados.

Mariano, queriendo ponderarme uno de sus hijos me dijo:

—Éste es muy gaucho.

Después me explicaron la frase. El indiecito ya robaba maneas y bozales. Más tarde completaría su educación robando ovejas, después vacas. Es la escala.

En seguida me presentó otro.

Era un muchacho de trece años, no podía tener más. Y eso debía tener por la época en que me aseguraran había nacido. Su mérito consistía en tener mujer ya. Su cara no carecía de atractivos; tenía bastante expresión. Revelaba excesos prematuros, un tísico en perspectiva.

Fumábamos y charlábamos alegremente, cuando se presentó Epumer, con mi capa colorada, la capa causante de tantos malos ratos y dolores de cabeza. Confieso que no me pareció tan fea.

Me saludó con política y me habló con cariño.

Pidió aguardiente, y Mariano le dijo en su lengua, que no era hora de beber.

Sentóse y tomó parte en la conversación.

Una cara, que yo no había visto desde que llegamos, cuya aparición por allí debía preocuparme, se mostró por una rendija del toldo y con disimulo me hizo una seña significativa.

Fingí un pretexto. Se lo comuniqué á mi huésped y le pedí permiso para retirarme, y me retiré diciéndome á mí mismo, lleno de curiosidad: ¿qué habrá?

XXXVI[5]
Por qué se me presentaba Camilo Arias.—Caracteres de este hombre y de nuestros paisanos.—El indio Blanco.—Sus amenazas.—Le pido una entrevista á Mariano Rosas.—Me tranquiliza.—Costumbre de los indios.—No existe la prostitución de la mujer soltera.—Qué es cancanear.—El pudor entre las indias.—La mujer casada.—De cuántos modos se casan las indias.—Las viudas.—Escena con Rufino Pereira.—Igualdad.—Miguelito intercede por Rufino.

La cara era la de Camilo Arias.

Salí del toldo, entré en la enramada, eché una visual hacia el lado por donde me habían llamado la atención, y viendo que aquél se dirigía á mi rancho, haciendo un rodeo, me apresuré á entrar en él.

Entré luego.

Hice salir á los que estaban dentro; al capitán Rivadavia le ordené que estuviera en acecho de los espías que, según costumbre, debían observar mis movimientos y escuchar mis conversaciones; y á otro oficial, que con todo disimulo se acercara á Camilo y le dijera que podía entrar.

Mi fiel y adicto compañero de tantas correrías por la frontera no se hizo esperar.

Según mis instrucciones, no se me había acercado desde el día que llegamos á Leubucó.

Algo grave, alarmante ó que convenía que yo no ignorase acontecía, cuando se me presentaba.

Él no era hombre de alarmarse, ni de faltar á su consigna sin razón. Tenía toda la sangre fría, toda la astucia, toda la experiencia del mundo, que tan prematuramente adquieren nuestros paisanos; son condiciones características en ellos, que la vida errante y azarosa que llevan desarrolla en sumo grado.

Es cosa que pasma verlos desde chiquitos cruzar los campos solos, á toda hora del día y de la noche, en un mancarrón ó picando una carreta; alejarse de las casas ó de las poblaciones, á bolear avestruces, guanacos ó gamas, á peludear ó quirquinchar, dormir entre las pajas, desafiar las intemperies, casi desnudos, con el caballo de la rienda, y precaverse contra todas eventualidades, de los indios, de los cuatreros, de los ladrones.

Apenas entró Camilo en el rancho, le pregunté:

—¿Qué hay?

Miró á su alrededor, se cercioró de que no había nadie, y dudando aun del testimonio de sus sentidos, se me acercó al oído y me dijo:

—El indio Blanco ha venido.

—¿Y qué?…—le contesté encogiéndome de hombros.

—Está en una pulpería y dice que si Mariano Rosas ha hecho la paz, él no la ha hecho.

—¿Y quién está con él?

—Varios indios y cristianos.

—¿Y qué dicen?

—Lo mismo que él, que si Mariano Rosas ha hecho la paz, ellos no la han hecho.

—¿Nada más dicen?

—Sí, dicen más; dicen que ya lo veremos.

—¿Y cómo lo has sabido?

—Haciéndome el zonzo, el que no entendía, me allegué á ellos, y como algo entiendo su lengua he comprendido todo.

—Bien, retírate, cuidado esta noche con los caballos.

—No hay cuidado, señor.

Se marchó, y me quedé pensando qué haría. Después de un momento de reflexión, resolví decirle á Mariano Rosas lo que ocurría.

Llamé al capitán Rivadavia y le ordené que le anunciara mi visita.

Me contestó que podía ir cuando gustase.

Volví á su toldo, despidió á las visitas, y cuando nos quedamos solos le referí el caso.

Por más que quiso disimular, le conocí que la conducta del indio Blanco le irritaba, porque desconocía su autoridad.

—No tenga cuidado, hermano—me dijo, y mandó á uno de sus hijos que llamara á Camargo.

Mientras éste vino, me enteró de algunas costumbres de su tierra.

—Hermano—me dijo, más ó menos,—aquí á mi toldo puede entrar á la hora que guste, con confianza, de día ó de noche es lo mismo. Está en su casa. Los indios somos gente franca y sencilla, no hacemos ceremonia con los amigos, damos lo que tenemos, y cuando no tenemos pedimos.

No sabemos trabajar, porque no nos han enseñado. Si fuéramos como los cristianos, seríamos ricos, pero no somos como ellos y somos pobres. Ya ve cómo vivimos. Yo no he querido aceptar su ofrecimiento de hacerme una casa de ladrillo, no porque desconozca que es mejor vivir bajo de un techo que como vivo, sino porque, ¿qué dirían los que no tuviesen las mismas comodidades que yo? Que ya no vivía como vivió mi padre, que me había hecho hombre delicado, que soy un flojo.

Era excusado refutar estas razones; me limitaba á escuchar con atención y manifiesto interés.

Siguió hablando y me explicó, que entre los indios no existe la prostitución de la mujer soltera. Ésta se entrega al hombre de su predilección. El que quiere penetrar en un toldo de noche, se acerca á la cama de la china que le gusta y le habla.

Ni el padre, ni la madre, ni los hermanos le dicen una palabra. No es asunto de ellos, sino de la china. Ella es dueña de su voluntad y de su cuerpo, puede hacer de él lo que quiera. Si cede, no se deshonra, no es criticada, ni mal mirada. Al contrario, es una prueba de que algo vale; de otra manera no la habrían solicitado, ó cancaneado.

En lengua araucana, el acto de penetrar en un toldo á deshoras de la noche se llama cancanear y cancán equivale á seducción.

Los filólogos franceses pueden averiguar si estos vocablos se los han tomado los indios á los galos ó éstos á los indios.

Yo sólo sé decir que es muy curioso que entre indios y franceses cancanear y cancán, respondan á ideas que se relacionan con Cupido y sus tentaciones.

Como se ve, la mujer soltera es libre como los pájaros para los placeres del amor entre los indios.

¿Se creerá por esto que la licencia es general entre ellos, que los Lovelace abundan y que no hay más que fijarse en una china para exclamar después: fuí, vi y vencí?

No tal.

La libertad es un correctivo en todo. Como la lanza del guerrero antiguo, ella cura las mismas heridas que hace. Esta verdad es vieja en el mundo.

La libertad trae la licencia, pero la licencia tiene su antídoto en la licencia misma.

En cuanto á la libertad de la mujer, esta observación social ha sido hecha ya no recuerdo por quien.

Las francesas se casan para ser libres; las inglesas para dejar de serlo. ¿Cuáles son los efectos? Que en Francia es mayor el número de mujeres solteras seducidas y en Inglaterra el de casadas.

Y, por regla general, los predestinados del matrimonio son los celosos. ¿Por qué? porque el pudor es el mayor cancerbero de la mujer.

¿Existe el pudor entre las indias? se me preguntará quizá mañana por algunos curiosos.

Para ahorrarme contestaciones, anticiparé que en todas partes del mundo, así entre los pueblos civilizados, como entre las tribus salvajes más atrasadas, la mujer tiene el instinto de saber que el pudor aumenta el misterio del amor.

De lo contrario, sería cosa de hacerse uno indio mañana mismo, de renunciar á la seguridad de las fronteras y dejarnos conquistar por las Ranqueles.

Al lado de la mujer soltera, la mujer casada es una esclava, entre los indios.

La mujer soltera tiene una gran libertad de acción; sale cuando quiere, va donde quiere, habla con quien quiere, hace lo que quiere.

La mujer casada, depende de su marido para todo.

Nada puede hacer sin permiso de éste.

Tiene sobre ella derecho de vida ó muerte.

Por una simple sospecha, por haberla visto hablando con otro hombre, puede matarla.

¡Así son de desgraciadas!

Y tanto más cuanto que quieran ó no, tienen que casarse con quien las pueda comprar.

Hay tres modos de casarse.

El primero es como en todas partes. Con consentimiento de los padres y por amor, con el apéndice de que hay que pagarles á aquéllos. En este caso, si después de casada una china, se le escapa al marido y se refugia en casa de sus padres, el tonto que se casó por amor, pierde mujer y cuanto por ella dió.

El segundo, consiste en rodear el toldo de la china que se quiere, acompañado de varios y en arrancarla á viva fuerza, con el beneplácito y ayuda de sus padres. En este otro caso, también hay que pagar; pero más que en el anterior. Si la mujer huye después y se refugia en el toldo paterno, hay que entregarla.

El tercero, es parecido al anterior; se rodea el toldo de la china, con el mayor número de amigos posible, y quiera ella ó no, quieran los padres ó no, se la arranca á viva fuerza. Pero en este caso hay que pagar mucho más que en el otro. Si la mujer huye después y se refugia en el toldo paterno, la entregan ó no. Si no la entregan los padres, en uso de su derecho, el marido pierde lo que pagó. Y el loco que se casó á la fuerza, por la pena es cuerdo.

No están tan mal las cosas dispuestas entre los indios; el amor y la violencia exponen á iguales riesgos.

Un indio puede casarse con dos ó más mujeres; generalmente no tienen más que una, porque casarse es negocio serio, cuesta mucha plata.

Hay que tener muchos amigos que presten las prendas que deben darse en el primer caso, y en el segundo y tercero las prendas y el auxilio de la fuerza.

Sólo los caciques y los capitanejos tienen más de una mujer.

La más antigua es la que regenta el toldo; las demás tienen que obedecerle, aunque hay siempre una favorita que se substrae á su dominio.

Las viudas representan un gran papel entre los indios cuando son hermosas.

Son tan libres como las solteras en un sentido, en otro más, porque nadie puede obligarlas á casarse, ni robarlas.

De manera, que las tales viudas, lo mismo entre los indios que entre los cristianos, son las criaturas más felices del mundo.

Con razón hay mujeres que corren el riesgo de casarse á ver si enviudan.

El cacique Epumer está casado con una viuda y no tiene más que una mujer.

Yo la encontré muy hermosa[6] é interesante, y en una visita que la hice me recibió con suma amabilidad y gracia.

Es una india cuyo porte y aseo sorprenden.

¡Viuda había de ser la que lograse dominar á un hombre como Epumer, bravío, impetuoso, tremendo!

Terminaba Mariano Rosas sus lecciones ranquelinas, cuando llegó su hijo con Camargo.

—Teniente—le dijo,—vaya, dígale á Epumer que he sabido que Blanco ha llegado y que anda hablando lo que no debe; que lo cite para la junta que debe haber, y que si no calla ya sabe.

Este ya sabe quería decir que lo matasen si era necesario, si no obedecía.

Camargo obedeció y salió, volviendo al rato con la contestación de Epumer.

Decía éste, que ya había sabido lo que andaba hablando Blanco y que le había hecho decir que se moderase.

Oyendo esto Mariano, me dijo:

—Ya ve, hermano, cómo no hay cuidado. No haga caso de ese indio. Yo he de hacer que se someta, y de no, que se vaya. Cuando oyó decir que nos iban á invadir, dejó el «Cuero» y sin mi permiso se fué para Chile con cuanto tenía. Y ahora que sabe que estamos de paz, que no hay temor de que nos invadan, vuelve. Ése es amigo para los buenos tiempos. No ha de hacer nada, es pura boca.

Camargo confirmó todo cuanto dijo Mariano y agregó algunas observaciones muy de gaucho, como por ejemplo: yo sé dónde ese indio pícaro tiene la vida.

En estas pláticas estábamos y la hora de comer se acercaba, cuando entrando el capitán Rivadavia, me dijo que me esperaban con la comida pronta.

Saqué el reloj, y haciéndoselo ver á Mariano, dije:

—Las cuatro.

El indio lo miró, como dándome á entender que estaba familiarizado con el objeto y me dijo:

—Muy bueno, yo tengo uno de plata. Pero no lo uso. Aquí no hay necesidad.

—Es verdad—le contesté.

Y él repuso:

—Vaya, no más, hermano, á comer, ya es un poco tarde.

Salí, pues, nuevamente del toldo, comí, y al entrarse el sol, volví á la enramada.

Mariano estaba sentado con unos cuantos indios medio achumado con ellos.

Me ofrecieron asiento, lo acepté.

Bebían aguardiente.

Me hicieron un yapaí, acepté.

Me hicieron otro, acepté.

Me hicieron otro, acepté.

Felizmente para mis entrañas, la copa en que echaban el aguardiente era un cuerno muy pequeñito, y la botella de aguardiente estaba ya por acabarse en los momentos que llegué.

Mariano se había quedado meditabundo con la vista fija en el suelo.

Los otros indios se iban durmiendo.

Yo me engolfaba no sé en qué pensamientos, cuando un hombre de mi séquito se presentó, manteniendo el equilibrio con dificultad y teniendo un cuchillo en una mano y una botella de aguardiente en la otra.

Al verle, la cólera paralizó la circulación de mi sangre.

—¡Retírate, Rufino!—le grité.

No me obedeció y siguió avanzando.

—¡Retírate!—volví á gritarle con más fuerza.

No me obedeció tampoco y siguió avanzando, y ofreciéndole la botella á Mariano Rosas, le dijo:

—Tome, mi General.

Mariano la tomó.

Se la quité. Aquel momento era decisivo para mí. Si me dejaba faltar al respeto por uno de mis mismos soldados era hombre perdido.

Y quitándosela, eché mano al puñal y gritándole al gaucho, ¡retírate! con más fuerza que antes, me abalancé sobre él, saltando por sobre varios indios.

Rufino obedeció entonces y huyó. Volví sobre mis pasos y me senté agitadísimo; la bilis me ahogaba.

Mariano, que no se había movido de su sitio, me dijo con estudiosa calma y siniestra expresión:

—Aquí somos todos iguales, hermano.

—No, hermano—le contesté.—Usted será igual á sus indios. Yo no soy igual á mis soldados. Ese pícaro me ha faltado al respeto, viniendo ebrio adonde yo estoy y negándose á obedecerme á la primera intimación de que se retirara. Aquí más que en ninguna parte me deben respetar los míos.

El indio frunció el ceño, tomando su fisonomía una expresión en la que me pareció leer: este hombre es audaz.

Yo no calculé el efecto, aunque comprendí que si me dejaba dominar por el borracho me desprestigiaba á los ojos de aquel bárbaro.

Nos quedamos en silencio un largo rato.

Ni él ni yo queríamos hablar.

Él murmuró de nuevo: «aquí todos somos iguales».

Mi contestación fué, viendo que Rufino armaba un alboroto en el fogón de mis asistentes, gritar, fingiéndome furioso, porque había recobrado la serenidad:

—Pónganle una mordaza.

El indio arrugó más la frente. Yo hice lo mismo y permanecimos mudos.

Miguelito nos sacó del abismo de nuestras reflexiones.

Venía á interceder por Rufino, ofreciéndome cuidarle él mismo.

Me pareció oportuno ceder.

—Llévalo—le dije.—¡Pero cuidado!

Rufino oyó y contestó: no hay cuidado, mi Coronel, y comenzó á dar vivas al coronel Mansilla.

Le hice señas con el dedo que callara, obedeció.

Un momento después oíase en un toldo vecino, en el que había una pulpería, su voz tonante.

Mariano me dijo:

—Están alegres los mozos.

—Sí—le contesté secamente,—y dándole las buenas tardes, le dejé solo.

La noche se acercaba, lo mandé traer á Rufino y le hice acostar á dormir.

Rufino tiene una historia.

Es un tipo de gaucho malo.

NOTAS: