Tres relatos porteños by Arturo Cancela

ARTURO CANCELA

TRES RELATOS PORTEÑOS

EL COCOBACILO DE HERRLIN
UNA SEMANA DE HOLGORIO
EL   CULTO   DE   LOS   HEROES

(SEGUNDA EDICIÓN)

COLECCIÓN CONTEMPORANEA · CALPE

TRES RELATOS PORTEÑOS
ES PROPIEDAD
COPYRIGHT BY CALPE, MADRID, 1923

Papel expresamente fabricado por La Papelera Española

Talleres “Calpe”, Ríos Rosas, 24.—MADRID

PRÓLOGO
Men walk as prophecies of the
next age.—Emerson.
El autor de Tres Relatos Porteños nació en 1892. Le quedan muchos años por vivir. Vió la luz en Buenos Aires. La vida intensa de estos hormigueros y caravanseras que ha socavado y llevado la civilización en la tenue y quebradiza costra del planeta no tiene para él secretos ningunos. Estudió en el Colegio Nacional. Tiene ganado en brava lucha su título de bachiller. Asistió más tarde a las aulas de la Escuela de Medicina, con el propósito de conocer al hombre, mas no con el de aliviarle sus dolencias por medio de las drogas o el bisturí, porque, a poco andar, ya había plantado sus reales en el Instituto Pedagógico, si hemos de creer a sus biógrafos más desinteresados. Su curiosidad de las {8}cosas humanas le hizo abandonar estas disciplinas para entrar en 1910 a ser preparador experimental del Laboratorio Psicológico. A todas partes le llevaba el deseo de conocer al hombre, de escudriñarle las entrañas y disecarle el pensamiento. Satisfecha su curiosidad en el Laboratorio, puso la mira en la Prensa diaria, documento humano de una riqueza fascinadora y de una extensión suficiente para colmar el apetito de los más insaciables investigadores del corazón humano. Allí se aposentó, allí parece haber hecho mansión definitiva, y en voceros de la opinión argentina empezó a darle al mundo el resultado de su experiencia y de sus estudios personales. No es Cancela un mero escritor imaginativo. Ha vertido sobre las cosas y los hombres la luz del conocimiento antes de ponerse a describirlas o desenmascararlos. Es una manera de probidad que no abunda en los escritores juveniles. Tal hay que escribe novelas sobre las costumbres de los mayas sin haber visitado la América Central ni leído siquiera lo poco que de esas tribus ha llegado hasta nosotros.

Cancela recibió de la Naturaleza el don de ver, el don de penetrar y el don de describir. Hay quie{9}nes describen sin haber visto y deslumbran como deslumbra el cohete, derramando luces inconexas en la obscuridad. Hay quienes ven la superficie y producen con sus descripciones la impresión de lo vacuo, porque la Naturaleza les ha negado la facultad de profundizar en la observación hasta descubrir el alma de las cosas y las intenciones de los hombres. Es tan penetrante la visión interior de Cancela, que suele cautivar a sus lectores pintando con minuciosidad extrema la vida interior de los necios y, lo que es aún más difícil, la de las necias.

Se ha colocado, en presencia de la vida, en una actitud de observador compadecido de las flaquezas, de la estulticia humana. No se indigna: sonríe. Ni siquiera condesciende en reírse. Parece como si temiera que la carcajada interrumpiese la benévola eficacia del pensamiento. Una actitud parecida a ésta ha debido de asumir Sócrates y sin duda la tuvo Cervantes en presencia del conflicto vital. Corregir es inepto. La burla resulta inadecuada. Sonreír es lo más honesto y en ocasiones lo más elegante, porque si el chiste reverbera y el sarcasmo punza y provoca la reacción del espíritu vulnerado, la rever{10}beración y el encono pasan pronto y a veces pasa con ellos el mérito literario de la obra que los ha producido.

Del verdadero escritor humorista se dice que vive la vida de su tiempo y la de los años por venir. Este libro de Cancela tiene con la vida contemporánea nexos indestructibles. Acaso no estuvo en el ánimo de su autor, pero estos tres bocetos se rozan con los más graves problemas de la hora presente. Acaso sean también una premonición para los hombres del porvenir. La historia del doctor Herrlin se roza con esta especie de religión nacida, a última hora, de la fe ciega que los hombres han puesto en la técnica y en los expertos. La credulidad humana es cosa tan tenaz y tan falta de lógica que, a pesar de la guerra de 1914, el fracaso más estruendoso de la técnica, de los peritos militares y de los expertos en materia de finanzas, aquella religión no ha quemado sus ídolos ni derribado sus templos. La psicología comparada, que había pronosticado la decadencia de franceses, ingleses e italianos y su fácil vencimiento por las tribus septentrionales, continúa iluminando el cerebro de los profesores. Los hombres que le increpaban a Alemania su{11} incapacidad de entender a otros pueblos han resultado igualmente limitados para escudriñar el alma de los alemanes. Los peritos, los técnicos, parecen empeñados en destruir la civilización, que, según todas las probabilidades, ha sido la obra de la casualidad y del esfuerzo intercadente de algunos pueblos amantes de la gracia y de la comodidad. Cancela ha visto que en América la religión de la técnica se ha complicado con la superstición del extranjero. Allá basta que un hombre atormente la sintaxis castellana y tenga una pronunciación rocallosa para que le sea fácil abordar el interior de los templos en que se celebra el rito de la técnica.

Otro de nuestros males presentes es la lucha de clases: mal tempestuoso que está privando por dondequiera a la especie humana de sus más excelsas cumbres. Un día cae Canalejas; otro, Jaurès. Una mano obscura cercenaba la vida de Kurt Eisner, acaso la misma mano que más tarde señalaba el fin de la inteligencia fastuosa de Rathenau. El mundo se disuelve comenzando por la desaparición de los grandes hombres. Un vértigo como éste, de envidia incomprimida, trajo, según Burckhardt, el ocaso de la cultura{12} griega. En Una semana de holgorio está de bulto la ceguedad del odio de clases.

Por fin, Cancela ha puesto su cauterio sobre los bordes cárdenos de otra llaga social. La úlcera maligna de los nuevos ricos obra con menos vehemencia en este empeño destructor, pero no con menos eficacia. El nuevo rico, ahora como en tiempos de la Roma decadente, contribuye a la tarea disolvente rebajando el nivel de los grandes valores vitales. El no destruye, pero degrada. La fortuna, que pone a su alcance la flor de los valores de cultura, no le ha dado ni la inteligencia para comprenderlos ni la capacidad de refinar su espíritu gozando de ellos. Para ponerlos a su alcance tiene por fuerza que traerlos a un plano inferior, donde se degradan o se invierten. Triste fenómeno social estudiado en El culto de los héroes.

Todo esto lo ha visto la inteligencia de Cancela. Pero demasiado discreto para hacer el pedagogo, ha querido pasar por un mero relator de sucesos contemporáneos. Es, en efecto, un narrador de altas dotes. Su frase es pura y tersa como la corriente de un arroyo que serpentea por el valle después de haber golpeado el cristal de sus{13} ondas contra las rocas de la alta sierra. La fuerza representativa, el humor predominante en su concepto de la vida, la gracia elusiva de su estilo, su actitud impersonal ante las miserias que describe, hacen de Cancela un hombre de esos a quienes se refiere Emerson cuando dice que son las profecías ambulantes del mundo que ha de venir. Adveniat regnum tuum.

No quiero terminar estos apuntes sin felicitar sinceramente a «Calpe» por el acierto con que ha escogido este libro para dar a los españoles una idea de la literatura americana contemporánea de lengua castellana. El libro favorece a las letras americanas, pero es un digno exponente de ellas. En la obra mecánica la fuerza se mide en las partes más flacas. La resistencia de una cadena la da rigurosamente el más débil de sus eslabones. No es así en las obras del pensamiento. La literatura de los pueblos se mide por la altura de las cumbres más excelsas: Dante, Shakespeare, Cervantes, Goethe, Tolstoi. La lista se agota pronto. Lo demás es documento con que los eruditos suelen llenar sus fichas.

B. Sanín Cano.
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EL COCOBACILO DE HERRLIN
CAPITULO PRIMERO

SIMPLE INTRODUCCIÓN A UNA HISTORIA COMPLICADA
Cuando Augusto Herrlin, privat docent de la Facultad de Upsala, publicó su «Informe sobre algunas observaciones hechas acerca de una nueva enfermedad infecciosa del conejo silvestre (Lepus cuniculus vulgaris)» era todavía lo que en los círculos científicos de la vieja ciudad universitaria suele llamarse un joven de porvenir. Acababa de entrar en los cuarenta años; hacía justamente ocho que estaba de novio con la séptima hija del profesor Hedenius, titular de su materia, y tenía abiertas ante sí, en todo sentido, perspectivas envidiables. Su reputación profesional comenzaba a apuntar, y a no ser por el agrado con que seguía la práctica de los deportes de invierno{18} en las revistas ilustradas de Estocolmo, habríasele supuesto en condiciones de substituir en la cátedra a su futuro padre político.

La publicación del informe—cuyo texto era ya conocido, pues había figurado, a modo de artículo, en la Revista del Instituto de Bacteriología de Lund, se hallaba incluído en los Anales de la Real Academia de Upsala y fuera divulgado en uno de los últimos números de los Cuadernos bimensuales de la Sociedad Escandinava de Agricultura científica—no obedecía, como podría creerse, a un ansia de popularidad. Augusto Herrlin desdeñaba las reputaciones demasiado ruidosas que trascienden los medios académicos y llegan hasta los libreros y los alumnos del Gimnasio Real de la localidad. La edición, en folleto, de su interesante trabajo debíase, por consiguiente, a sentimientos de otro género.

En la primera semana de mayo se cumplía el octavo aniversario de su compromiso con la séptima hija del profesor Hedenius. ¿Qué mejor testimonio de la constancia de su afecto que ofrecerle en esa ocasión el fruto de sus labores juveniles?{19}

Herrlin había encargado, pues, al impresor de la Universidad una edición reducida del «Informe», que ostentaba en su anteportada la siguiente dedicatoria:

A MI PROMETIDA
H A R O L D A H E D E N I U S
QUE UNE
A SU VIRTUD Y BELLEZA
UN NOMBRE ILUSTRE
EN LAS
CONQUISTAS DE LA FLORA MICROSCÓPICA
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CAPITULO II

UN INFORME CONSULAR
Hasta hace algún tiempo, el único argentino establecido en Estocolmo era M. Johann van der Elst, un holandés naturalizado que acostumbraba a residir en Rotterdam, lo cual no le impedía desempeñar con celo y contracción ejemplares las funciones de vicecónsul de la República en la capital sueca.

La información que enviaba mensualmente al Ministerio de Relaciones Exteriores era un índice preciso y minucioso del intercambio comercial sueco argentino, aumentado, a menudo, con abundantes noticias sobre las invenciones, descubrimientos y nuevos métodos científicos e industriales que pudiesen interesar a la agropecuaria sudamericana. Esa contribución de van der Elst al progreso de nuestras{21} industrias madres era difundida en todo el país por el Boletín del Ministerio de Relaciones Exteriores, que adquiría en tales circunstancias un volumen considerable.

A veces, el Ministerio de Agricultura reproducía en sus publicaciones parte de la correspondencia del vicecónsul en Estocolmo, y hasta en cierta oportunidad repartió 10.000 folletos de propaganda sobre un nuevo procedimiento para la producción de quesos frescos, transmitido por van der Elst.

Pero el informe suyo que tuvo mayor fortuna fué el referente al empleo del marlo del maíz en la fabricación de pasta de papel. Llegado al país en momentos en que mayor era la escasez de este producto, fué publicado en el Boletín del Ministerio de Relaciones Exteriores, reproducido en los Anales del Ministerio de Agricultura, insertado en síntesis en los grandes diarios de la capital y del Rosario, incluído en la Revista de la Universidad de Buenos Aires como nota de un artículo del doctor Ernesto Quesada, y transcrito, por último, en el Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados, acompañando el proyecto de ley por el{22} cual se mandaba iniciar los estudios necesarios para el establecimiento de la nueva industria. Así, por una paradoja frecuente en la terapéutica social, el primer efecto del salvador informe de van der Elst consistió en la agudización de la crisis papelera.

No es, pues, nada extraño que, al recibirse en Buenos Aires una correspondencia del Viceconsulado en Estocolmo dando cuenta de que el profesor Herrlin, de la Universidad de Upsala, había descubierto un bacilo que determinaba una epizootia fatal entre los conejos silvestres, la noticia se difundiese rápidamente. El relato de esa brillante conquista científica y las consideraciones de van der Elst sobre las consecuencias de su aplicación a la lucha contra el conejo y la liebre, enemigos naturales de la agricultura, fueron pronto familiares a los espíritus porteños.

Este último informe llegaba en momentos en que el apetito de algunos millares de conejos se satisfacía a costa de los campos del Sur, y muy pronto el cocobacilo de Herrlin fué bendecido por muchos corazones como el ángel salvador de los sembrados.{23}

Por aquellos días, al discutirse el presupuesto, un diputado reprochó a la cancillería no reservara exclusivamente a los ciudadanos nativos el desempeño de los cargos consulares. Y para justificar su observación leyó una lista de los extranjeros y ciudadanos naturalizados que tenían la representación de nuestros intereses comerciales en el exterior, en la que figuraba, naturalmente, el vicecónsul en Estocolmo.

¡Nunca lo hubiera hecho! A la sola mención del activo colaborador del Boletín de su ministerio, el canciller se agitó en su banca y pidió la palabra con voz trémula. Se la concedieron de inmediato, y comenzó su discurso en medió de la expectativa de la Cámara. Recogió el último nombre leído por el diputado, el de Johann van der Elst, como ejemplo de los errores e injusticias a que pueden conducir los defectos de información y la precipitación en los juicios. No quería fatigar a la Cámara; mas para llevar a todos el convencimiento de que la vigilancia de nuestros intereses comerciales en el exterior se hallaba en buenas manos, él iba a ceder la palabra a su colega de Agricultura,{24} quien diría en qué forma los agentes consulares contribuían al desarrollo de las industrias «cardinales» de la nación…

A tres bancas de distancia del canciller, en el semicírculo ministerial, el secretario de Agricultura comenzó a hablar. Con los ojos fijos en el reloj que corona el estrado de la presidencia, habló y habló, enumerando todos los beneficios que la agricultura y la ganadería podrían retirar de las informaciones transmitidas por el Viceconsulado en Estocolmo. Se refirió especialmente al nuevo procedimiento para la obtención de quesos frescos, que había sido dado a conocer en 10.000 folletos de propaganda, y recordó el informe respecto a la fabricación de pasta de papel con el marlo de maíz, que había sido materia de un proyecto de ley. Pero el momento en que el orador obtuvo efectos de elocuencia fué al entrar en el comentario de la última comunicación de van der Elst. Los estragos de los conejos que devoraban las cosechas, trastornaban la topografía de los campos del Sur y arruinaban a los colonos, determinando, en consecuencia, el depreciamiento de la propiedad rural y la alteración de nuestro{25} régimen económico, fueron descritos con trazos pavorosos, para mostrar en seguida al cocobacilo de Herrlin restituyendo los campos a su prístina feracidad, devolviendo la tranquilidad y el bienestar a los colonos, provocando la valorización de las tierras, el acrecentamiento de la riqueza nacional y la restauración de nuestro crédito exterior…

Ante esa síntesis grandiosa de las consecuencias de una victoria completa sobre los conejos, la Cámara, poniéndose de pie, aclamó al ministro de Agricultura.{26}

CAPITULO III

LA MANCHA AZUL
Antes de la sesión en que tan bien sentado dejó el prestigio de Johann van der Elst, el ministro de Agricultura no había reflexionado seriamente en la realidad de la plaga leporina. Naturalmente escéptico, no se le había ocurrido hasta entonces que esos animalitos tímidos que veía en las vidrieras de los bazares, siempre en disposición de tocar el tambor, pudiesen destrozar las viñas y devorar los sembrados. Fué necesario que el fuego de la elocuencia le poseyera para que en una súbita revelación alcanzase, al propio tiempo que la comunicaba a su auditorio, la clara visión del peligro. Y al reflexionar en la soledad sobre su triunfo oratorio advirtió que había sido el in{27}térprete inconsciente de una gran aspiración del alma nacional: la guerra al conejo…

Esta comprobación le llevó de inmediato a planear la campaña decisiva contra la plaga, campaña que constituía, según dijera él mismo, «una improrrogable e imperiosa urgencia nacional».

Quedó así resuelta la contratación del sabio sueco por el Gobierno argentino para dirigir la campaña en contra del conejo.

Al mismo tiempo el ministro encargó al doctor Simón Camilo Sánchez el proyecto de la Oficina que se haría cargo de los trabajos para combatir la plaga y llevaría a la práctica las combinaciones científicas del profesor sueco.

El candidato no podía ser mejor elegido. El doctor Simón Camilo Sánchez era director general de Agricultura, Ganadería y Piscicultura, y catedrático de Derecho internacional, Procedimiento consular, Historia americana, de Economía política y Filosofía del derecho.

Este personaje enciclopédico sometió al ministro a los pocos días el plan completo de la nueva repartición, que se llamaría «Departamento de Protección agrícola». Por ese pro{28}yecto, el territorio de la República se dividía en veinte zonas, cada una de las cuales se entregaba a la vigilancia de un Comisariato, que debía informar semanalmente sobre los destrozos ocasionados por los conejos y los lugares y circunstancias en que se hubiese visto rondar a los merodeadores de largas orejas. Una oficina central organizaría todos esos datos, a fin de publicar un mapa en que se evidenciara la repartición geográfica de la plaga. Cuando las gestiones para el contrato del sabio sueco llegasen a su término, éste hallaría listos todos los elementos para la aplicación del cocobacilo.

El ministro aceptó el plan en todos sus detalles y lo incluyó en el presupuesto para el año entrante, destinándole una suma global de medio millón de pesos. Entre tanto creó, por simple decreto, el Departamento de Protección Agrícola, y constituyó, con 250 empleados, los cuadros del futuro personal de la repartición.

Esta comenzó a funcionar al poco tiempo bajo la dirección del ubicuo y omnisciente Simón Camilo Sánchez. Los veinte comisaria{29}tos iniciaron su acción con mucho empuje: desde todos los puntos de la República llegaron telegramas, notas, informes y comunicaciones, señalando los puntos en que los conejos ejercitaban su voracidad y haciendo notar la rapidez de movimientos y el carácter tímido de los perjudiciales roedores. Con tales datos, el Departamento de Protección Agrícola dibujó un mapa, en el que se representaba con una mancha azul el radio de acción de los conejos. La ingeniosa carta, que fué reproducida por todos los diarios, llevó la alarma a los espíritus más indiferentes: la mancha azul lo cubría todo… Parecía que sobre el territorio de la República se hubiera volcado un frasco de tinta Stephens.{30}

CAPITULO IV

PRELIMINARES DE LA CAMPAÑA
Los Comisariatos de la Protección Agrícola no tuvieron al comienzo función ofensiva alguna. Su labor consistió en vigilar al enemigo, descubrir sus puntos de concentración, sus hábitos de vida, el forraje que prefería y las horas que destinaba al reposo. Esas tareas, justo es reconocerlo, fueron admirablemente cumplidas por las veinte secciones.

A los cuatro meses de su creación pudo asegurarse oficialmente que los conejos eran animales cuadrúpedos, mamíferos, de unos 45 centímetros de largo, muy veloces y extraordinariamente fecundos. Apenas agotados tales reconocimientos comenzaron a llegar atentas observaciones de algunos comisariatos respecto a la exigüidad del personal que se les había{31} atribuído. «Para informar a esa Dirección sobre el desarrollo y las proporciones de la plaga en toda la provincia—decía, en una nota, Delfín Acuña, el jefe del Comisariato de Mendoza—no bastan los diez empleados que tengo a mis órdenes. Si el señor ministro quiere que nuestro resumen hebdomadario se refiera a toda la zona cultivada es preciso decuplicar, por lo menos, ese personal». Y Delfín Acuña entraba en el detalle de la distribución estratégica que daría a esos cien empleados.

Simón Camilo Sánchez, al informar al ministro sobre estas notas, sostuvo el aumento del presupuesto; pero como la situación económica no lo permitía, las comunicaciones fueron archivadas.

Delfín Acuña no era hombre de hacer una observación en balde. Se había venido junto con la nota a la capital y había tenido aquí largas conferencias con los diputados de su provincia.

Así, la primera vez que el ministro concurrió a la reunión de la Comisión de Presupuesto se vió forzado a convenir que el personal de los Comisariatos era efectivamente escaso.{32} La Comisión propuso en seguida un aumento considerable en los empleados afectados a la extinción del conejo, aumento que se distribuiría según la importancia de cada provincia y el grado de extensión de la plaga. Se instituyeron de ese modo Comisariatos de primera, de segunda, de tercera, etc., etc. En total, 1.200 ciudadanos recibieron emolumentos oficiales gracias a la maravillosa eficacia del cocobacilo de Herrlin.

Semejante acrecentamiento del personal hizo necesaria la ampliación del organismo administrativo central. Se crearon, fuera de presupuesto, las oficinas de «Dirección del personal», «Estadística» y «Propaganda»: 300 nuevos ciudadanos cobraron sueldos del Estado.

La oficina de «Propaganda» era debida a una ingeniosa idea de Simón Camilo Sánchez. El director de Agricultura, Ganadería y Piscicultura, considerando que para la completa realización de los fines de la Protección Agrícola era imprescindible la buena voluntad de los agricultores, se propuso ganarla mediante una intensa campaña de vulgarización científica.

Constituyó, pues, esa Sección, que comenzó{33} a expedir millares de folletos conteniendo la descripción del conejo (tamaño, movilidad, fecundidad) y la enumeración de sus hábitos nocivos. Además inundó el país de carteles con sintéticas leyendas, de grabados ilustrativos, de mapas de la República horriblemente manchados de azul…

La propaganda de la Protección Agrícola llegó hasta el punto de que un colono del lugar más apartado de la Pampa no podía recorrer su campo, revuelto y horadado por los conejos, sin encontrar sobre el camino un cartelón que anunciaba:

«El conejo es el peor enemigo de la agricultura.»{34}

CAPITULO V

LA PRIMERA VUELTA
Tres meses después de la ratificación de su contrato, Herrlin desembarcó en Buenos Aires. Desde que publicara el «Informe», en el octavo aniversario de su compromiso matrimonial, habían pasado casi dos años, y a no ser porque creyó de corta duración la nueva empresa, antes de venirse habría entrado en la familia de su viejo maestro.

Herrlin llegó, pues, soltero, lleno de ilusiones y con las mejores ideas sobre nuestro país, que había recogido en su estudio del castellano y de la historia y geografía argentinas.

Se alojó en un hotel del Retiro, vistió su buen traje de levita, ajustó en la cabeza rasurada el lustroso cilindro de ceremonia, y con el paraguas al brazo echó a andar, a pasos firmes{35} y sonoros, por la calle Florida en dirección al centro. El privat docent advirtió que, tras su paso, la gente, sobre todo las mujeres, se volvían como para leer algo en su espalda. Supuso que observaban el corte de su levita, proveniente de la Sastrería Académica de Upsala, fundada el mismo año que la Universidad, en 1476, y anotó esa curiosidad como un síntoma favorable a sí mismo y al país.

Cuando llegó al Ministerio de Agricultura comenzaban a afluir los empleados. Frente a la pequeña sala de espera, en que se hallaba junto a un afable postulante, el profesor sueco vió pasar cientos y cientos de hombres jóvenes, alegres y elegantes, idénticos a los que acababa de ver discurriendo por las aceras y conversando en los cafés. Admirado del interminable desfile, Herrlin exclamó:

—¡Cuántos empleados!

—Esto no es nada—repuso el postulante—; los otros son muchos más…

—¿Los de otro turno?

—No; los que no vienen nunca…

Esta respuesta dió a Herrlin la prueba de que su conocimiento del castellano era todavía{36} deficiente; no se explicó el sentido de las palabras del postulante ni la sonrisa irónica con que las acompañó. Desconcertado por su primera dificultad idiomática, el privat docent guardó silencio hasta que, ya bien entrada la tarde, pudo ver al secretario del ministro.

Evidentemente, al exponer sus títulos, la misión que se había empeñado en conferirle el Gobierno argentino y el objeto de su primera visita debió de expresarse inapropiadamente, a juzgar por el estupor que denotó el secretario.

«¡El profesor Herrlin! ¡El profesor Herrlin!», repetía con pavor, mirando para todos lados, como si quisiese descubrir un lugar donde ocultarlo…

Herrlin llegaba, efectivamente, en el momento más inoportuno. El Departamento de Protección Agrícola, por su monstruoso crecimiento de los últimos meses, había venido a constituir un peligro para el Gobierno. Los diputados socialistas, apoyados por muchos representantes del litoral, hallaban desproporcionada la suma de 1.500.000 pesos que se le asignaba en el presupuesto para el año en{37}trante. Su oposición fué irreductible, al punto que el ministro se vió obligado a admitir la disminución de esa partida a 1.450.000 pesos, aunque no sin prevenir elocuentemente que el Departamento no podría cumplir sus fines y estaría forzado a limitar sus publicaciones de propaganda. Y como su posición en el Gabinete no era muy segura, indicó a Simón Camilo Sánchez la necesidad de que, para evitar la reanudación de los ataques, el Departamento diese pocas señales de vida. Además resolvió introducir economías en la repartición, y a ese objeto dejó sin proveer una vacante de escribiente que acababa de producirse en el Comisariato de tercera de la Rioja.

El secretario tenía, pues, razón al pretender ocultar al profesor Herrlin. La llegada del sabio volvía a poner en evidencia al Departamento, que quién sabe si podría resistir el fuego cruzado de editoriales y discursos que soportara recientemente sin mucha gallardía.

No atreviéndose a llevar esta mala noticia al malhumorado ministro, el secretario creyó conveniente aplazar el asunto.

Después de recomendarle mucha reserva so{38}bre su arribo y la misión que traía hasta tanto recibiera órdenes, le dijo en forma de despedida:

—Vea, doctor… Dése una vuelta…

Y se quedó meditando sobre el día conveniente para una entrevista con el ministro.

Pero Herrlin, entendiendo la frase en su sentido directo, creyó que el secretario deseaba admirar el corte de su levita académica, y con el cuerpo rígido, en posición militar, dió en cuatro tiempos una vuelta completa.

Fué la primera y la más simple que le hizo ejecutar nuestro mecanismo administrativo. De allí en adelante siguió dando vueltas de órbitas cada vez más complicadas e inútiles, girando y girando en torno de la excelencia ministerial, como un satélite condenado a presentar siempre al centro del sistema una faz de eterno postulante…{39}

CAPITULO VI

LA MÁSCARA DE HIERRO
En los días que siguieron, Herrlin dió repetidas vueltas por el Ministerio de Agricultura, y todas las veces salió asombrado del mucho interés que se concedía a su levita y del ninguno que se dedicaba a su misión científica.

El secretario le atendía amablemente, le ofrecía té, cigarros y licores; le iniciaba en la vida fácil y el lenguaje reducido y pintoresco de nuestros elegantes, pero no se atrevía a ponerle en contacto con el ministro, ni mucho menos a hacerle adelanto alguno respecto a sus funciones leporicidas. Se arriesgaba, todo lo más, a recomendarle mucha discreción, a prevenirle no dejase sospechar su existencia a los periodistas, y a ser cauto en sus opiniones sobre la extinción del conejo. Herrlin había{40} llegado en un momento crítico, y una palabra suya podía comprometer la suerte del ministro y provocar el aniquilamiento del Departamento de Protección Agrícola. Era preciso aguardar a que la situación política se despejase, y entonces ya podría recobrar el tiempo perdido. Entre tanto debía resignarse a permanecer ignorado e inactivo y a cobrar todos los meses en Secretaría la asignación mensual fijada por contrato.

Herrlin no tuvo más remedio que conformarse. Inició entonces una vida de ocio y misterio, que llegó a pesarle como un manto de plomo. Lejos de sus libros, de su mesa de trabajo en el modesto laboratorio de Upsala, de las amables tertulias familiares en la vieja casa del profesor Hedenius, los días crudamente luminosos de Buenos Aires le parecían inmensos, y las noches, interminables. El incógnito que recataba su persona creaba en torno suyo una zona infranqueable, y para no traicionarse, debía, muy a pesar suyo, mostrarse hosco y receloso en esta ciudad de gentes de fácil trato. Cuando no iba al Ministerio, consagraba la tarde a interminables ca{41}minatas por la ciudad, y la noche a solitarias libaciones en cualquier bar del centro. Este era el único momento tranquilo de su existencia; se sentía aligerado de su secreto, rico de esperanzas y lleno de impulsos belicosos. Soñaba en vengarse sobre los conejos de la inacción a que le obligaban las complicaciones políticas del país y en alfombrar su cuarto con las pieles de los vencidos, como los crueles guerreros de Asiria.

Pero al día siguiente la dura realidad volvía a dominarlo, y tenía entonces conciencia de ser una especie de Hombre de la Máscara de Hierro, libre pero incomunicado, que paseaba por la ciudad un formidable e insólito secreto de Estado acerca de los conejos.{42}

CAPITULO VII

DONDE SE ENTRA EN CONTACTO CON EL ENEMIGO
Augusto Herrlin no pudo soportar mucho tiempo la vida de hotel. Convencido de que la situación política de la República le obligaría a permanecer aquí mucho más de lo que había calculado, escribió a Upsala recomendando paciencia a la hija del profesor Hedenius y tomó alojamiento en una casa de pensión.

Este cambio le fué beneficioso. Gracias al simulacro de vida de hogar que imperaba en el reducido establecimiento de doña Asunción Fragoso, el privat docent recuperó la alegría y el sosiego que perdiera desde su arribo a Buenos Aires. Allí encontró, aparte de los hábitos ordenados y modestos que eran los suyos, una sociedad grata a su espíritu. Vivían en casa de doña Asunción dos estudiantes de Medicina,{43} un viejo empleado de una casa de óptica y don José María de Inclán-Zavaleta, apasionado cultor de la historia patria.

El profesor sueco intimó prontamente con sus compañeros de pensión. En torno de la mesa familiar, discurrió sobre bacteriología con los estudiantes de Medicina, habló con el óptico de microscopios y aparatos de investigación, y escuchó atentamente las disquisiciones de Inclán-Zavaleta.

Exento de vanidad y de picardía, Herrlin fué estimado por todos a los pocos días como un viejo amigo.

Doña Asunción, en especial, le cobró un profundo cariño, admirando juntamente en él la universalidad de su saber y de su apetito.

En ese ambiente de afable vida doméstica, una noche en que la sobremesa se prolongó más de lo de costumbre, porque doña Asunción había entablado una larga controversia con los estudiantes sobre los horrores de la vivisección, el profesor Herrlin estableció su primer contacto con el enemigo.

Sentado al extremo de la mesa, próximo a una puerta que se abría sobre el jardín, el{44} profesor escuchaba el alegato de la patrona, cuando el rumor de un roce sobre la alfombra, a los pies suyos, atrajo su atención. Fuera del círculo de luz que una pantalla verde arrojaba sobre la mesa, todo el comedor se hallaba sumergido en las tinieblas. A Herrlin le costó discernir el sentido de la forma blancuzca que se gitaba a sus plantas. Reconoció poco a poco un par de largas orejas velludas, un hocico movible, dos largos bigotes y un labio hendido perpendicularmente… Era un conejo de la variedad «gigantea» (Lepus cuniculus giganteus), un hermoso ejemplar de macho, de cabeza larga y fuerte y de robustas extremidades posteriores.

Sorprendido por semejante aparición, Herrlin quedó inmóvil en su asiento. El conejo, después de husmear desenfadadamente los botines del profesor, retrocedió unos pasos, se enderezó sobre las patas, y con las manos juntas sobre el pecho, levantó el hocico al aire. Como en esa posición las orejas tensas continuaban la línea del cuerpo, el extraño visitante alcanzaba así casi un metro de altura y llegaba hasta el borde de la mesa. Con sus{45} ojos redondos, en que se reflejaba el resplandor verde de la pantalla, el conejo miró fijamente a su antagonista. Bajo la fascinación de esa mirada, encendida de una verde transparencia, el sabio creyó habérselas con un genio maléfico, y esperó verle crecer desmesuradamente hasta tocar con las orejas en el techo. Debía de ser un genio modesto, porque no quiso pasar del nivel de la mesa. Se limitó a sonreír sardónicamente, corriendo para atrás las guías de los bigotes, y recobrando la horizontalidad, se volvió bruscamente. Sus orejas se agitaron desdeñosamente; el rabo, ridículamente trunco, osciló de izquierda a derecha como la aguja del velocímetro de un automóvil que se pone en marcha; alcanzó en tres zancadas la puerta del jardín, y se perdió en las sombras de la noche…

La controversia de doña Asunción con los estudiantes no se había interrumpido; Herrlin advirtió por ello que, como Mácbeth en el banquete en que se la aparece la sombra de Banquo, él fuera el único que se diera cuenta de la presencia del extraño visitante. Renunció, pues, a admitir la realidad de la escena, y creyéndose víctima de una alucinación, se prome{46}tió suprimir desde el día siguiente la ración de ponche con que animaba la sobremesa. Esa noche, a causa de la prolongación de la charla, había bebido con exceso. Era preciso imponerse un período de abstinencia, y para confirmarse en su resolución se sirvió otro vaso. A ese siguió otro, en recuerdo de su poción favorita, y otro más como despedida a la reunión.

Después, emocionado por sus recuerdos de Upsala y enternecido ante la imagen de la hija del profesor Hedenius, que se presentó patente a su espíritu, solicitó una nueva vuelta e improvisó un brindis en honor de la mujer argentina y otro en homenaje a doña Asunción. Luego, en una natural gradación de ideas, levantó su copa por el ministro de Agricultura y el Gobierno de la República, comprometidos en una siniestra conjuración de conejos, audaces conspiradores que llegaban en su insolencia hasta penetrar en las casas a la hora sagrada de la comida familiar… Por último, entonó una serie de canciones báquicas escandinavas y el tradicional «Gaudeamus igitur» de los estudiantes suecos, y pidió que se llenase de nuevo la ponchera para aclarar la voz.{47}

Desde hacía tiempo doña Asunción y el empleado de Lutz y Schulz se habían retirado a descansar.

A las tres de la mañana, el profesor Herrlin, puesto en cuatro patas, buscaba debajo de la mesa el reloj, que por descuido había guardado en un bolsillo del pantalón.

En esa recorrida cuadrúpeda encontró sobre la alfombra, cerca de su silla, una media docena de bolitas obscuras, suaves al tacto, que no tardó en identificar relacionándolas con la extraña aparición del conejo.

Nuestro bacteriólogo disfrutaba por lo general de un sueño tranquilo. Sin embargo, aquella madrugada soñó que, a medida que iba avanzando por un interminable camino solitario, de los matorrales vecinos salían a cada paso conejos de desmesuradas proporciones, que después de husmearlo de pies a cabeza partían veloces como patrullas avanzadas de caballería que acaban de establecer contacto con el enemigo.{48}

CAPITULO VIII

REVISTA DE FUERZAS COLONIALES
Simón Camilo Sánchez había experimentado una profunda amargura ante los primeros ataques dirigidos a su Departamento. Su conciencia de patriota, para la cual la extinción del conejo venía a ser el complemento necesario de la conquista del desierto, sufría a causa del terreno exclusivamente económico en que se había planteado el debate. Ordenado y nada derrochador en su vida privada, el director de Agricultura, Ganadería y Piscicultura no creía aplicable al manejo de los caudales públicos las reglas del ahorro individual. Por lo menos así lo proclamaba en esa ocasión, citando a cada paso como ejemplo de buena contabilidad las cuentas del Gran Capitán: «Por palas, picos y azadones…» Y esa enumeración de instrumen{49}tos de cultivo a precios fabulosos le producía la envidia que causa a los bibliófilos la reseña de las ventas del Hotel Drouot. Simón Camilo Sánchez ansiaba poder presentar a la Contaduría de la nación unas cuentas por el estilo.

La amputación del presupuesto del Departamento le hirió así en sus sentimientos y en sus convicciones. Su melancólico desaliento tornóse en hosca pesadumbre cuando el ministro le indicó la conveniencia de restringir los signos de actividad de la Protección Agrícola, y adoptó entonces la actitud de todos los grandes hombres en desgracia: se desterró.

Aceptando una invitación de la Universidad de Río, partió para el Brasil. Por espacio de tres meses disertó en las instituciones jurídicas, científicas, agrícolas y literarias de la capital carioca de San Paulo, y el eco de sus palabras llegó a Buenos Aires, agrandado por el entusiasmo de nuestros vecinos y ennoblecido por la distancia.

Su alejamiento se dejó sentir muy pronto en las oficinas centrales de la Protección Agrícola. Era la primera vez que faltaba a su puesto desde la creación del formidable organismo, y{50} esta ausencia, junto con la decapitación realizada por la Cámara de Diputados, llevó el desconsuelo a todos los enrolados en el ejército leporicida. El primero en desertar fué el subdirector; a poco de haber partido el jefe, pidió una licencia y se refugió en la estancia de un amigo. Los directores de las diversas Secciones de personal, estadística, cartografía, propaganda, etc., etc., siguieron ese ejemplo, y tras una breve despedida se marcharon con la impresión del que abandona un enfermo desahuciado. Luego los secretarios de Sección, prosecretario, jefes de oficina, segundos jefes, auxiliares y escribientes de todas categorías fueron yéndose en progresión creciente y riguroso orden jerárquico, hasta que todo el personal se dispersó en la urbe inmensa, como un cargamento de naranjas en el océano.

El antiguo edificio del Correo, que se había destinado para las oficinas de la Protección Agrícola, quedó desierto.

A veces un empleado iba a escribir una carta o a pedir prestados algunos pesos al mayordomo, el negro Liborio, para salir de un apuro. Algunos escribientes que seguían estudios{51} universitarios se reunían allí para preparar sus exámenes. En las salas vacías, tapizadas de avisos, máximas y prevenciones sobre los conejos, resonaba entonces el eco de las sentencias augustas del Derecho romano, enunciadas en el latín pausado y cantante de los naturales de nuestras provincias mediterráneas.

Pero ese último vestigio de civilización acabó también por desaparecer, y finalmente las huestes de ordenanzas, capitaneadas por Liborio, quedaron dueñas absolutas del campo.

Un tiempo después inicióse en el vasto edificio un período de singular actividad. El estrépito ininterrumpido de cincuenta máquinas de escribir llenó las salas antes silenciosas; las campanillas de los quince teléfonos y el repiqueteo de los timbres internos matizó alegre y nerviosamente ese rumor, y el ruido confuso de puertas, pasos y voces trajo una impresión reconfortante de vida tumultuosa. Al anochecer salían regueros de luz de todas las ventanas, y esa iluminación se prolongaba muchas veces hasta las primeras horas de la madrugada. Probablemente el servicio de ordenanzas{52} constaba de varios turnos, que se renovaban por fracciones, porque durante toda la noche no era sino un constante entrar y salir de sirvientes negros por la puerta principal, que tenía sus batientes entornadas. En cambio, los empleados debían de estar sometidos a un régimen monstruoso de trabajo; nunca se les veía salir a las horas acostumbradas.

Tal demostración de sobrehumana actividad sorprendía, naturalmente, a todos los noctámbulos que pasaban por Corrientes y Reconquista. Entre los periodistas y los clubmen fué así abriéndose paso la idea de la injusticia de los ataques dirigidos a la meritoria repartición. Algunos diputados que se cruzaron a las tres de la mañana con un grupo de ordenanzas negros provenientes del Departamento de Protección Agrícola se reprocharon en su fuero interno haber votado por la reducción de la partida.

Poco a poco esas impresiones favorables a la joven institución fueron ganando otras clases del pueblo, y cuando Simón Camilo Sánchez regresó del Brasil, cargado de gloria y engrandecido por los elogios del extranjero, la opinión pública estaba ya de parte suya. Con{53} la vuelta del director de Agricultura, Ganadería y Piscicultura tales sentimientos se robustecieron, y gracias a las enérgicas gestiones que Delfín Acuña emprendió cerca de los representantes de su provincia pudieron traducirse en hechos que vinieron a sacar de su marasmo al profesor Herrlin.

Pero antes de historiar el esplendor del Departamento de Protección Agrícola debemos relatar la primera visita que el privat docent hizo a sus oficinas centrales cuando aquéllas causaban el estupor de las gentes con su frenética y misteriosa actividad nocturna.

Cierto atardecer, al retorno de una de sus habituales visitas al secretario del ministro, el profesor, que ya comenzaba a perder su timidez y su paciencia, sintió deseos de visitar de incógnito las oficinas destinadas a cuartel general de la campaña contra el conejo. Herrlin se deslizó al través de la puerta principal, como siempre entornada, y no hallando a nadie, aguardó en el primer rellano de la escalera a que apareciese algún portero. La espera fué inútil; Herrlin no divisó a ningún ser viviente. Sin embargo, toda la casa estaba llena{54} del estrépito de las máquinas de escribir, del repiqueteo de los timbres internos y de las nerviosas llamadas de las campanillas telefónicas. A todo esto se unía el eco de voces y pasos humanos, y se hubiera dicho que en alguna parte del edificio una banda numerosa ejecutaba un lánguido vals vienés… Después de un largo momento de espera, Herrlin se lanzó resueltamente escaleras arriba, y guiándose por el bullicio de las máquinas de escribir, empujó una puerta. En una vasta estancia, con el aspecto de un salón de ventas de artículos norteamericanos de escritorio, cincuenta jóvenes dactilógrafas se hallaban sentadas ante sus respectivas máquinas, de espaldas a la puerta, y dominando el tumulto, se oía una voz que declamaba: «El cuelpo, señolitas, debe pelmanecel natulalmente elguido….»

Al ruido de la puerta las cincuenta jóvenes dactilógrafas volvieron simultáneamente la cabeza, mostrando al profesor cincuenta rostros de ébano lustroso en que sólo se advertía el blanco de la esclerótica y la roja pulpa de los labios carnosos. Y ante el gigante rubio, de ojos azules, que las miraba asombrado, las cincuenta{55} señoritas exclamaron a un tiempo, mostrando cincuenta dobles hileras de dientes no menos blancos que el blanco de sus ojos: «¡Qué holol!»

La oportuna llegada de Liborio puso fin a esta escena. Herrlin le explicó que era un arquitecto extranjero y que deseaba, para formarse una idea del sistema argentino de construcción, conocer la distribución del edificio. (El privat docent se ruborizó al enunciar esta inocente superchería.)

Seguro de que el visitante no investía carácter oficial alguno, el mayordomo se prestó de buen grado a hacerle los honores del caserón. Recorrieron todas las salas, y Herrlin pudo admirar en ellas la profusión de avisos, máximas y sentencias sobre el conejo, que ocultaban el papel de las paredes. Se detuvo ante un cuadro sinóptico que representaba compendiosamente la evolución de su cocobacilo y concibió una idea muy favorable de los trabajos de la Sección de propaganda. Pero no comprendió en qué se ocupaban los grupos de negros de regocijada fisonomía y aire indolente que sorprendía recostados en los sillones y sentados sobre las mesas. No se explicó tampoco el sen{56}tido de la única alusión que pudo recoger a su paso por un corrillo estacionado en la biblioteca, en que se hablaba de «la pula tladition de Isabelino Díaz». Al llamado del teléfono, uno del corro, que fué a atenderlo, dijo autoritariamente: «En la cualta, métale todo delecho a Cocobacilo…»

Durante su recorrido le persiguió obstinadamente el eco del vals vienés ejecutado con toda verosimilitud por un robusto gramófono, y hasta le pareció advertir a través de una puerta entreabierta varias parejas que giraban voluptuosamente.

Terminada la visita, Liborio le acompañaba cortésmente hasta la salida, cuando volvieron a pasar por frente a la oficina en que trabajaban las cincuenta obscuras dactilógrafas. A la puerta estaba una joven que le dirigió una sonrisa impresionante. Liborio explicó: «Mi soblina Alba, plofesola de datiloglafía.»

Una vez en la calle, el profesor Herrlin echó a andar sin rumbo, indescriptiblemente estupefacto de la uniformidad étnica del personal de la Protección Agrícola y de las extrañas maniobras a que se entregaba. Caminó y caminó{57} según su costumbre, hasta que pudo plantear en hipótesis la solución del enigma. He aquí las proposiciones que llegó a formularse:

«El empleo exclusivo de negros se impone, probablemente, por las condiciones climatéricas de los lugares en que debe desarrollarse la campaña en contra del conejo.

»Los ataques al Departamento de Protección Agrícola no son, en consecuencia, sino un episodio de la lucha de razas en este país.»

Y habiendo devuelto la tranquilidad a su espíritu con estas explicaciones, el privat docent se encaminó alegremente a la casa de doña Asunción.{58}

CAPITULO IX

«DON PEPE»
Herrlin llegó aquella vez ya entrada la noche a la casa de su patrona.

Al dirigirse a su pieza para anotar en su libro de memorias las circunstancias más curiosas de la visita que acababa de realizar, vió a doña Asunción que corría hacia él llevando apretado contra el seno un brazado de hojas de coliflor.

—Míster Herrlin—le avisó—, entre con cuidado; don Pepe se ha metido en su pieza y no quiere salir…

El profesor creyó que don Pepe era algún borracho, y se dispuso a hacerle comprender duramente que el domicilio de un súbdito sueco es inviolable. Penetró en la habitación; dió luz, pero no vió a nadie.{59}

—Mire debajo de la cama, míster—indicó la patrona, que había ocupado el vano de la puerta, siempre con el manojo de hojas de coliflor amorosamente apretado contra el pecho suntuoso.

Aunque no sin recelo, el profesor siguió el consejo de doña Asunción: se inclinó junto al vasto lecho que ocupaba, y a pesar de que no divisó nada, creyó necesario darle a entender al intruso que lo había descubierto, porque le dijo con severidad:

—¡Salga de ahí, señor!…

A modo de contestación, se oyó debajo de la cama un redoble fuerte y sonoro como el de un revólver que se golpease contra el piso, y al propio tiempo un ronquido nada amable. El profesor Herrlin se enderezó súbitamente y miró con desconcierto a la patrona.

—Tírele de las orejas—insinuó ésta amablemente.

Herrlin admiró la despreocupación con que le impulsaba a la peligrosa empresa de irritar a un hombre armado y en pleno delirio alcohólico; pero no cedió a esa sugestión femenina que hace los héroes. Las incidencias de un{60} pugilato le parecieron impropias de un profesor universitario.

Su indecisión fué tan evidente que la patrona se resolvió a obrar por su propia cuenta. En un gesto que le pareció al sabio sueco el de una madre espartana encerrándose para morir junto con el enemigo de su patria, dejó el fardo de coliflores en el umbral y empujó las dos batientes de la puerta. Luego, adelantándose hasta la cama, se arrodilló y comenzó a dirigirle a don Pepe denuestos y expresiones de cariño, todo sin resultado.

El hosco intruso debía de haberse dormido en su obscuro refugio. Alentado por esta idea, Herrlin se bajó de nuevo, esta vez sin recelo, y pudo ver, como a un metro de los pies torneados del lecho, con las orejas replegadas a lo largo del cuerpo, en posición de reposo, un soberbio conejo macho, de pelaje gris claro, de la variedad conocida con el nombre de «gigante de Flandes» (Lepus cuniculus giganteus).

Este descubrimiento despertó los ímpetus belicosos del profesor. Repentinamente se acordó del estoque oculto entre sus mantas de viaje; hallólo en un santiamén, desenvainó, se echó{61} de bruces sobre el camión de alfombra y dirigió la afilada lámina de acero contra el pecho del conejo.

Doña Asunción, que proseguía de rodillas su canto alterno, al ver el relampagueo del arma lanzó un grito penetrante.

Se puso de pie, y sujetando a Herrlin de los hombros rompió a sollozar:

—¡Por favor, míster!… ¡No me lo mate!… ¡Animalito de Dios! ¡¡Si es inocente!!

El profesor, volviendo la cabeza, accedió a las súplicas de su patrona. Comprendió que don Pepe era el animal tutelar de la casa y que había estado a punto de cometer un sacrilegio. Envainó el estoque y pidió disculpas a doña Asunción.

Fué así cómo, contratado para matar conejos, el profesor Herrlin, a los pocos meses de estar en Buenos Aires, faltó al convenio por ser grato a una mujer.{62}

CAPITULO X

SÍNTESIS DE TRES EJERCICIOS FINANCIEROS
Desde que el ministro de Agricultura obtuvo aquel triunfo parlamentario, a base de los informes de Johan van der Elst, hasta que en el Instituto de Bacteriología pudo abrirse a una vida efímera el primer esporo de un cocobacilo de Herrlin pasaron muchos meses. Las estaciones se sucedieron unas a otras; las vides brotaron sus pámpanos, las cañas se hincharon de savia y los campos se cubrieron varias veces de avena, cebada, maíz y alfalfa. El presupuesto del Departamento de Protección Agrícola alcanzó sucesivamente las cifras de 2, 4 y 6 millones; las oficinas metropolitanas rebosaron de empleados; los Comisariatos se multiplicaron en todo el país, y el servicio de propaganda, que seguía siendo el predilecto de Simón Camilo{63} Sánchez, llegó a formas insuperables. Todos los trenes que cruzaban el territorio llevaban avisos luminosos, y en las noches serenas de la Pampa, las lechuzas, doctas y noctámbulas, veían ya sin asombro correr por entre la empalizada de los postes telegráficos esta fúlgida leyenda: «El conejo es el peor enemigo de la agricultura.»

Indiferentes a esta continua detractación, los conejos crecían y se multiplicaban sin descanso.

Ramoneando los pámpanos de las vides; royendo las cañas de azúcar tiernas; devorando, antes que alcanzaran sazón, las espigas de avena y de cebada; talando los campos de alfalfa; descortezando en las granjas próximas a los pueblos las sandías y los melones; desenterrando y devorando las patatas; tronchando los maizales en flor; atiborrándose de zanahorias, nabos y arvejas; desayunándose con coles, lechugas y escarolas; horadando y revolviendo la tierra en su infatigable tarea de zapadores, los cientos de millares de conejos mostrábanse, sin embargo, menos diligentes que los tres mil empleados del Departamento de{64} Protección Agrícola. A pesar de su extraordinaria actividad nutritiva, aquéllos dejaban siempre algo con lo que el colono podía sembrar para la próxima cosecha.

En cambio, no hay recuerdo de que la cuenta anual del Departamento de Protección Agrícola se haya cerrado nunca sin déficit. Rara vez los millones acordados por el Congreso alcanzaron más allá del mes de octubre. Semejante insuficiencia crónica de recursos hizo imposible la creación del Instituto de Bacteriología en que debía prepararse el bacilo aniquilador de la plaga. Herrlin, sin embargo, fué ocupado algún tiempo en la formulación de un nuevo plan de campaña, hasta que se incorporó a la repartición en calidad de asesor técnico. Por espacio de muchos meses el privat docent debió redactar, sobre la base de los partes hebdomadarios de los Comisariatos, un largo informe, que nadie se tomaba el trabajo de leer. La conclusión invariable de todos esos documentos consistía en aconsejar la propagación inmediata del cocobacilo, de acuerdo con el plan que había formulado. Cuando Herrlin llegó a advertir que sus informes se archiva{65}ban sin ser tomados en consideración, dió en la costumbre de leer sus conclusiones a Simón Camilo Sánchez y de enviar por su cuenta una copia al ministro. Y como a pesar de todos los desaires siguió obstinándose en leer a todo el mundo las conclusiones, siempre idénticas, de su informe, fué adquiriendo poco a poco la reputación de un maniático. Los altos funcionarios del Departamento no hablaron de él sin mover la cabeza compasivamente; los empleados no pudieron aludirle sin sonreirse, y los ordenanzas no le vieron pasar con su abultada cartera sin entregarse a esos silenciosos accesos de hilaridad propios de los negros.{66}

CAPITULO XI

DONDE EL COCOBACILO DE HERRLIN SE APRESTA A ENTRAR EN ACCIÓN
Ese año, el cuarto que pasaba en Buenos Aires Augusto Herrlin, el presupuesto del Departamento de Protección Agrícola fué acerbamente combatido por la diputación socialista.

«¡Que se nos muestre el cadáver de un solo conejo! ¡Que se nos informe sobre los resultados del cocobacilo!», gritaban los energúmenos a cada nuevo pedido de fondos.

Ante tales simplistas argumentos, toda elocuencia era vana, y el ministro tuvo que confesar que, por escasez de recursos, aun no se había hecho uso del cocobacilo. Todo el mundo lo sabía; pero todo el mundo creyó necesario asombrarse.

Fué así como ese año se acordaron ocho millones de pesos para la prosecución de la lu{67}cha contra el conejo y se incluyó en la ley de Presupuesto un artículo mandando iniciar los trabajos para la difusión del germen fatal.

Convertido en hombre de confianza del ministro, que había puesto a un lado a Simón Camilo Sánchez por no haber tenido éste la previsión de organizar una exposición de cadáveres de conejos, Herrlin terminó en pocas semanas la instalación de un modesto laboratorio bacteriológico.

La nueva dependencia del Departamento de Protección Agrícola ocupó una amplia casa-quinta en la Floresta.

Se inauguró un día a fines del invierno. El sol tibio, el cielo de un celeste esplendoroso, los árboles ostentando el verde claro de las hojas nuevas y el vaho leve de polen que venía del jardín anunciaban la primavera.

El profesor Herrlin también la anunciaba por la verbosidad con que acogía a todos los invitados, por el brillo inusitado de su levita académica, por el optimismo con que consideraba el futuro, por su ansia incontenible de consagrarse a la preparación de caldos de cultivo y a ensayos de la virulencia de sus baci{68}los, por la impaciencia con que esperaba la iniciación de la ceremonia inaugural.

A su alrededor todo parecía también anunciar la primavera: las letras de oro del frente del edificio, que refulgían al sol; las banderas, que una brisa suave desplegaba amorosamente; los vistosos tocados de las mujeres que discurrían por el jardín… A pesar de las prevenciones de sus maestros contra la ilusión antropocéntrica, Herrlin vinculaba ese esplendor de la naturaleza a la buena fortuna de su cocobacilo (Cocobacillus cuniculosum), que iba por fin a poder expandirse libremente por el territorio de la República.

Herrlin había invitado a la fiesta a su patrona y a sus compañeros de pensión. Doña Asunción, de gran gala, acompañada por D. José María de Inclán-Zavaleta, visitó detenidamente las dependencias del local; los dos estudiantes de medicina, que tomaban por primera vez en serio las funciones oficiales del profesor, le ayudaron en sus atenciones sociales, y el empleado de Lutz y Schulz, que faltaba por primera vez a su trabajo en un día ordinario, pasó la tarde presa de graves remordimientos.{69}

La inauguración del Instituto Modelo de Bacteriología Agrícola había sido fijada para las dos de la tarde. A las tres el ministro telefoneaba que se disponía a salir junto con el presidente; a las cuatro mandaba anunciar que se ponía en camino, y a las cinco, envuelta en las sombras del crepúsculo, la comitiva oficial hacía su entrada en la quinta.

Después de las presentaciones de rigor, Herrlin mostró al presidente todas las dependencias del local, y tras esta recorrida, los funcionarios fueron a ocupar el estrado que se había construído en el parque frente a las conejeras aún vacías. Allí, sin defección alguna, se llevó a cabo el programa concertado por Simón Camilo Sánchez, que constaba de las siguientes partes:

1.º Himno nacional.

2.º Discurso de su excelencia el señor ministro de Agricultura.

3.º Discurso del presidente de la Comisión de Agricultura de la H. Cámara de Diputados.

4.º Discurso del director de Agricultura, Ganadería y Piscicultura.

5.º Discurso del presidente de la Sociedad Rural.{70}

6.º Discurso del profesor doctor Augusto Herrlin, director del Instituto Modelo de Bacteriología Agrícola.

7.º Lunch.

La concurrencia se agolpó en torno del estrado y aguantó a pie firme el formidable chubasco oratorio. Según la opinión de D. José María de Inclán-Zavaleta, los cuatro discursos que precedieron al de su amigo Herrlin no valían la pena de oírse; eran la reedición de todo cuanto venía diciéndose sobre el conejo desde que este animalito entrara en el círculo de las preocupaciones gubernamentales. Y más que nada eran ponderaciones infinitas sobre su voracidad. El apetito de los conejos arrancaba a los oradores elocuentes expresiones de reprobativa admiración.

En cambio, la breve peroración del profesor sueco suscitó el entusiasmo de D. José María de Inclán-Zavaleta.

Herrlin, abandonando la bacteriología, se entró por el terreno de las ciencias históricas e hizo la síntesis de la lucha constantemente renovada entre la humanidad y el conejo. Apelando al testimonio de Strabon, recordó que{71} en tiempos de Augusto los habitantes de las islas Baleares y de Lípari y los de la Península Ibérica impetraron el auxilio de las invictas legiones romanas para combatir la plaga leporina, y que los tenaces roedores habían derribado, socavando sus cimientos, las murallas ciclópeas de Tarragona.

Además señaló con ironía el hecho singular de que esta fecunda y extendida especie animal había conseguido dar su nombre a la nación más caballeresca de la historia.

Los filólogos afirman, en efecto, que la palabra España significa conejo, porque este animal se llamaba «Saphan» en hebreo, término que los fenicios convirtieron en Sphania y los latinos en Hispania, España.

«Tengamos presente asimismo—agregó—que Cátulo llama a España «cuniculosa» (conejera) y que dos medallas acuñadas bajo el reino de Adriano representan a esta nación en figura de mujer teniendo a sus pies un conejo pequeño.»

El profesor continuó describiendo las diversas formas de persecución al conejo a través de las edades, y remató encarándose con el{72} presidente de la República y dirigiéndole las mismas palabras que el «maire» de una población rural dedicó a Napoleón III: «Señor: Disponed la inmediata destrucción de todos los conejos y habréis realizado el acto más grande del reinado de V. M.»

Una salva de aplausos acogió esta elocuente incitación final; el presidente hizo a la vez un ademán de aquiescencia y de agradecimiento (Herrlin le había dado el tratamiento de Vuestra Majestad), y la concurrencia, fatigada por cuatro horas de plantón, se precipitó desenfrenadamente hacia la sala del lunch.

Las ponderaciones de los oradores sobre el apetito formidable de los conejos debían haber despertado en el público una noble emulación. Sólo quien haya arrojado a la madrugada en una conejera populosa un brazado de frescas hojas de escarola puede formarse una pálida imagen de cómo desaparecieron las pirámides de dulces, frutas secas y sándwichs que cubrían de un extremo a otro la amplia mesa de operaciones del Instituto.{73}

CAPITULO XII

«DON JUAN»
Al día siguiente, en la casa de doña Asunción se festejaba con un almuerzo excepcional la inauguración del Instituto.

La patrona se había propuesto celebrar el acontecimiento con una comida el día mismo de su feliz realización; pero hubo que postergarla porque el profesor Herrlin recibió, por primera vez desde su llegada a Buenos Aires, una invitación de Simón Camilo Sánchez, e Inclán-Zavaleta, de su lado, se había comprometido a asistir a la lectura de un drama histórico del doctor David Peña.

De vuelta de la ceremonia, doña Asunción se sentó a la mesa para la comida de la noche, pero no probó bocado. Tenía de comensal úni{74}co al silencioso empleado de la casa de óptica, gracias a lo cual pudo reflexionar con detención. Las tareas domésticas no le dejaban, por lo general, tiempo para hacerlo, y no advirtió así, hasta aquella noche, el lugar que el ilustre profesor sueco había llegado a ocupar en su casa y en su corazón.

Contemplando el asiento vacío del ausente, se dió a pensar en lo desiertos que serían sus días cuando el profesor, concluída su misión, retornara a su país. No tendría ya la preocupación cotidiana de que estuvieran listos a las ocho en punto el tazón de café con leche y crema, las tostadas con mermelada y la copa de Oporto que componían su desayuno ordinario. No debería ya vigilar para que a las once y media se sirviera el almuerzo y para que a las tres de la tarde se le enviase el te con leche, las rebanadas de pan negro con manteca y de pan candeal con miel, junto con la copita de coñac a que estaba habituado. Recordaría en vano que a las cinco y media volvía a tomar te solo con bizcochos y que exigía regularmente la última comida a las ocho de la noche. Y hasta llegaría a olvidar que las{75} veladas de invierno, en torno de la estufa, se distinguen de las sobremesas estivales porque en un caso el ponche debe estar bien caliente, y en el otro, la cerveza bien helada…

Don Augusto—como había acabado la patrona por llamarle—sabía apreciar la delicadeza de la vida doméstica. Cuando ella misma arreglaba su habitación, limpiaba el polvo de los libros y ponía un búcaro de flores sobre la estantería, el sabio, aunque hubiera estado ausente, reconocía su mano y le daba las gracias con una efusión infantil.

No; no era como esos ogros de medicina, que llenaban los cajones de las mesas de luz con trozos de cadáveres, ni como el historiador Inclán-Zavaleta, que colgaba las medias de las perillas de la cama.

Y absorta en tales reflexiones melancólicas, doña Asunción se quedó hasta muy tarde sentada ante la mesa.

Sin embargo, al día siguiente no eran todavía las siete de la mañana cuando la diligente patrona andaba ya revolviendo entre los trastos de la cocina y traía al trote a la cocinera y a la sirvienta. El zafarrancho culinario{76} duró hasta media hora antes de la señalada para el almuerzo, en que doña Asunción, habiendo dejado todo dispuesto, se sentó a descansar en el jardín.

Don Pepe, que andaba retozando por allí, fué a tenderse a sus pies. Así, toda encendida aún por el resplandor de los fogones, con la arrogante expresión de una dueña de casa que acaba de imponerse, humillándola, a una cocinera levantisca; la matinée, que señalaba, sin destacarlas, sus líneas opulentas, y el conejo extendido a sus plantas, le pareció al privat docent la figura, acuñada en medallas bajo el reinado de Adriano, que representaba, como se sabe, la Hesperia de los latinos. Augusto Herrlin estuvo por llamarla «madre de pueblos» y «genio de una raza voluptuosa y marcial»; pero recordó que era soltera y temió ofender su pudor.

Nuestro buen profesor no era locuaz; pero estaba dominado aún por la excitación del día anterior y necesitaba desahogarla en palabras. Así que, fijándose en el animal, comenzó a decir:

—Este conejo, de la variedad «gigantea», ape{77}llidado vulgarmente «gigante de Flandes», por su nombre científico Lepus cuniculus giganteus, y que se distingue de las otras especies monstruosas por sus orejas más pequeñas y erectas, no debía llamarse don Pepe, sino don Juan.

—¿Por qué, don Augusto?—preguntó suavemente la patrona.

—Las funciones esenciales de estos seres—continuó el profesor—son, en efecto, la nutrición y el amor, y por ellas debiera caracterizárseles. Es cierto que ambas son necesidades primordiales de todas las especies y que el hambre y la pasión sexual (doña Asunción se ruborizó) son los instintos primarios del hombre; pero en pocos animales alcanzan la intensidad que en el conejo, la liebre y el lepórido. Los antiguos romanos habían consagrado la liebre a Venus y tenían su carne por un manjar afrodisíaco…

Y el privat docent de Upsala siguió ensartando con su ingenuidad de sabio una serie de detalles procaces sobre las fornicaciones y el régimen poligámico de los conejos y los románticos torneos amatorios de las liebres.

Doña Asunción, que escuchaba en silencio{78} el escabroso relato, mientras acariciaba con mano trémula las sedosas orejas de su protegido, se levantó precipitadamente al oír el aviso para el almuerzo. Don Pepe o don Juan, como se quiera llamarlo, la siguió a grandes trancos, moviendo cómicamente las orejas y el rabo, convencido de que aun podía agradar a su dueña con sus morisquetas y sus gracias infantiles.

Pero desde la sabia disertación del jardín, don Pepe fué para la opulenta patrona la bestia disoluta, el macho cruel y egoísta, el incestuoso y filicida, el amante insaciable y seductor satánico que los poetas han idealizado en el retrato de Don Juan. No volvió jamás a acariciarle en público; sólo unas pocas veces, a escondidas, lo estrechó contra su pecho, y besándole nerviosamente, le dijo: «¡Monstruo!…»{79}

CAPITULO XIII

EL HONOR DE LOS PUEBLOS
El almuerzo preparado por doña Asunción en homenaje del sabio bacteriólogo debía ser su obra maestra; pero, como tantas otras obras maestras, quedó inconclusa.

A mediados de la comida dos personas reclamaron insistentemente entrevistarse sin retardo con el profesor. Herrlin abandonó su asiento de honor y se encerró con los dos visitantes.

—Deben de ser periodistas—dijo la patrona para explicarse la inoportunidad de su arribo.

Eran, efectivamente, dos periodistas de la Redacción de El León de Castilla, que venían, en nombre de su director, D. Cástulo Z. Pérez de Manara, a retar a duelo al profesor doctor Augusto Herrlin por las expresiones denigrantes con que en su discurso de la víspera había{80}se referido a la madre patria. Pérez de Manara, que continuaba con honor y provecho la tradición combativa del periodismo español en el Río de la Plata, creía que la substitución del león heráldico, emblema de la nobleza y el valor castellanos, por el conejo de las medallas de la época de Adriano, y el calificativo de «conejera» (cuniculosa) dado a la hidalga nación eran afrentas que sólo podían lavarse con la sangre del profesor sueco.

—Pero, señores, si no hay ofensa alguna…

—No es usted el indicado para pronunciarse a ese respecto—replicó severamente uno de los padrinos.

—Si no he hecho mas que recoger todos esos datos en las fuentes históricas…

—Aunque los hubiese bebido usted en la Cibeles—repuso airadamente el otro padrino—. ¿Cree usted que cuadra a los héroes de Somorrostro el pedir socorro a las legiones garibaldinas para defenderse de una plaga de gazapos? Paparruchas, hombre, paparruchas. Ni aunque lo dijesen Ramón y Cajal y Menéndez y Pelayo…

—No conozco a esos cuatro señores—con{81}testó pacíficamente el sabio—; pero puedo mostrarles ahora mismo el pasaje del libro III de la Geográfica, de Strabon, en que se refiere el hecho. Tengo a mano la edición de Kramer, Berlín, 1844-47, ejecutada sobre el Códice de París, 1393, que si ustedes quieren pueden confrontar con la traducción francesa de M. Amédée Tardieu, París, 1867-94. Pongo esos libros a la disposición del señor Pérez de Manara…

—Nosotros, señor profesor, hemos venido a desafiar a un hombre, no a una biblioteca…

Indiferente a los arrebatos de los dos representantes, el privat docent intentó entrar en una larga disertación para demostrar que el reconocimiento de la veracidad histórica es compatible con el respeto a las naciones. Pero a cada argumento ambos padrinos dábanse sendos golpes en el pecho y exclamaban a coro:

—¡Somos castellanos!…

—¡Y yo soy sueco!—dijo al final, ya amoscado, el profesor de Upsala.

—No sólo lo es usted, sino que se lo hace—enunció el primer padrino.

Por el tono, Herrlin advirtió que esa frase{82} tenía un sentido injurioso. Cortó resueltamente la conferencia, y rogándoles a los enviados de Pérez de Manara que aguardasen un instante, se dirigió al comedor con las facciones demudadas por la ira. Llamó aparte a don José María de Inclán-Zavaleta y al mayor de los estudiantes de Medicina, y poniéndolos rápidamente al corriente del asunto, les designó como representantes suyos. Los dos aceptaron, trasladándose a la sala, donde el cuarteto de padrinos comenzó a deliberar.

Encerrado mientras tanto en su habitación, Herrlin se entregó a un desordenado paseo, y terminó arrugando de un puñetazo el primer volumen de la Geográfica, de Strabon, en la correcta edición de Kramer, Berlín, 1844.

«¡Que doce mil quinientos diablos los utilicen para calentarse los pies en pleno rigor del estío infernal!», dijo, refiriéndose a las ciencias históricas y geográficas.

E hizo el voto de no transgredir jamás los límites de la bacteriología.

Aunque las tramitaciones se prolongaron varios días e intervinieron en ellas el canciller, el ministro de Agricultura, Simón Camilo Sán{83}chez y el jefe de Policía, además de los cuatro padrinos, Augusto Herrlin salió bien librado. No le dejaron batirse, y tuvo que contentarse con firmar una declaración pública en la que enunciaba su afectuoso respeto por la madre patria, y en la que Strabon, Plinio y Cátulo aparecían como tres panfletistas que hubiesen escrito bajo las pasiones de la guerra de la independencia americana. A despecho de los usos caballerescos, el profesor sueco consintió en entregar él mismo aquella nota a los padrinos de su adversario.

Estos fueron a recogerla al Instituto en momentos en que Herrlin, con un ojo aplicado al tubo de un microscopio, veía abrirse un esporo de su cocobacilo con el regocijo del que advierte la primera sonrisa de su primogénito.

Uno de los redactores de El León de Castilla, indignado por los arteros recursos del profesor sueco para vencer a los conejos, le dijo a modo de despedida:

—¡Nosotros los castellanos, señor profesor, matamos los conejos frente a frente!{84}

CAPITULO XIV

LA SEPTICEMIA DE HERRLIN
A la inauguración del Instituto Modelo de Bacteriología Agrícola siguió, pocas semanas después, la creación de la Junta Fiscalizadora Honoraria de los trabajos en contra del conejo, que debía informar sobre las investigaciones científicas del profesor Herrlin. Componían esa Junta el indispensable Simón Camilo Sánchez, varios altos funcionarios y el doctor Aníbal Gaona, ex magistrado, ex ministro, ex vocal del Consejo de Educación, ex embajador, etcétera, etc.

El doctor Gaona era la persona de mayor prestigio del país. Su reputación de integridad no podía ser igualada por nadie, porque nadie como él había firmado siempre en disidencia en los acuerdos de las Cámaras de apelaciones,{85} ni había renunciado tantos ministerios a los pocos días de aceptarlos como una solución nacional, ni había sufrido un número mayor de injustas derrotas en los comicios. Su designación fué acogida con aplauso por todo el mundo y señalada como un indicio de que el Gobierno estaba irrevocablemente resuelto a llevar adelante la campaña leporicida.

El profesor Herrlin no podía iniciar sus trabajos hasta tanto la Junta no le oyese y aprobase su plan. Tuvo, pues, que aguardar a que se constituyese, redactase su reglamento, eligiese presidente al doctor Gaona, nombrase dos secretarios rentados y discutiese durante varias semanas el local en que celebraría definitivamente sus sesiones.

Por fin cierto día pudo exponer ante la Junta en pleno, y en presencia del ministro de Agricultura, las virtudes de su cocobacilo. Su disertación fué escuchada en medio de un silencio impresionante. El privat docent, después de explicar minuciosamente los detalles que diferencian el género bacteria (bacterium) del bacilo (bacillus), confundidos con frecuencia por el vulgo, señaló todas las excepciones co{86}nocidas de esa clasificación en dos géneros, y terminó estableciendo la regla llamada «principio de Hedenius», según la cual los bacilos pueden ostentar todos los caracteres de las bacterias y las bacterias todos los caracteres de los bacilos. El cocobacilo Herrlin encuadraba, como todos sus congéneres, en el principio de su sabio maestro de Upsala, y excepción hecha de la rapidez de su multiplicación y la resistencia de sus esporos, no ofrecía ningún rasgo extraordinario. Era el agente de la septicemia cuniculosa de Herrlin, que no debía confundirse con la septicemia experimental de Koch ni con la espontánea de Alfort. Inoculado a un conejo, el cocobacilo determinaba su muerte en menos de veinte horas. Apenas recibían en sus tejidos al terrible huésped, los pobres roedores se mostraban abatidos, con signos de decaimiento moral, faltos de apetito, y con las orejas gachas y el pelo erizado se apelotonaban en el fondo de sus cuevas.

Allí, después de una serie de trastornos intestinales, iba a sorprenderles irremediablemente la muerte.

Pero lo maravilloso de los estudios del pro{87}fesor sueco residía en el grado de domesticación a que había llevado su cocobacilo. Este le obedecía con la docilidad de un perro, y así, a su arbitrio, aumentando o disminuyendo su virulencia, podía fulminar a los conejos en menos de dos horas o prolongar su agonía durante muchos meses, atacar únicamente a las hembras o exterminar sólo a los machos y hacerlo mortífero en verano e inocuo en invierno o viceversa. Además, mediante un régimen especial, podía convertir a ciertos conejos en agentes propagadores del bacilo. Los animales preparados para esas funciones derrotistas adquirían una vitalidad a toda prueba y una extraña afición por la sociedad de sus semejantes. Sin respetos por las castas sociales ni por los usos venerables del mundo cunicular, se introducían audaz y afablemente en las cuevas ajenas, se hacían de la familia, infectaban a todos sus miembros, y apenas recogían el último suspiro del último representante de la tribu corrían a la cueva más próxima, donde se instalaban con el desenfado de los conejos habituados al trato mundano. Y la descripción que hacía el profesor sueco de la afabilidad, el buen{88} humor y el don de gentes de esos individuos consagrados a llevar la desolación y la muerte a los hogares era realmente siniestra.

«¡Qué formidables jettatores!», pensó entre sí el doctor Gaona, que era supersticioso.

Simón Camilo Sánchez, burócrata por excelencia, meditó con melancolía en el porvenir del Departamento cuando ya no existiesen conejos a quien vigilar. En cambio, el ministro oía con avidez a Herrlin, soñando voluptuosamente en aplastar a la diputación socialista bajo una montaña de pestilentes cadáveres de conejos.{89}

CAPITULO XV

UNA CAMPAÑA ELECTORAL
A tiempo que la Junta Fiscalizadora Honoraria debía expedirse respecto al informe del profesor Herrlin, las elecciones de renovación presidencial comenzaban a preocupar a las gentes. Al principio, como no se conocían aún las candidaturas definitivas, la agitación pública se manifestaba ardorosa, pero confusamente. Las fuerzas opositoras habían librado ya en torno del presupuesto de la Protección Agrícola su primer combate con las del Gobierno, y la propaganda partidista había convertido aquel organismo burocrático en el emblema del oficialismo ignaro y corruptor. Algunas elecciones provinciales, preludio del gran acto comicial, fueron ganadas por los elementos de Delfín Acuña, empleados todos de los{90} Comisariatos locales, y esta derrota enardeció a las oposiciones. El Departamento de Protección Agrícola fué calificado de «máquina electoral puesta al servicio del Gobierno y alimentada con los dineros del pueblo» y estigmatizada en mil manifiestos.

Y cuando la Convención del partido oficial designó su candidato al doctor Aníbal Gaona, presidente de la Junta Fiscalizadora Honoraria de los trabajos en contra del conejo, los grupos de opositores arreciaron en su campaña. El descaro del oficialismo llegaba hasta el extremo de levantar la candidatura de un empleado de la Protección Agrícola.

En contra de Gaona, la coalición opositora alzó el nombre del doctor Juan Carlos Vértiz, que había sido intendente de San Luis durante la revolución del año 96, que, como se sabe, duró tres horas y cuarenta y cinco minutos.

Entre ambos candidatos, de méritos tan equilibrados, el triunfo era indeciso. Sus programas respectivos no iban ciertamente a dividir la opinión: el del doctor Gaona proclamaba «libertad de sufragio, reducción del presupuesto, fomento del comercio y las industrias», y{91} el de su antagonista enunciaba «pureza electoral, disminución de los gastos, propulsión de las industrias y el comercio».

Pero el doctor Gaona pertenecía al Departamento oprobioso, mientras que el doctor Vértiz no había ocupado jamás un cargo público, y por esta sola señal el electorado debió decidirse entre ambos. La zarandeada institución vino así a convertirse en el centro de la contienda.

Ya desde los preliminares de la campaña electoral los grupos opositores tomaron la costumbre de ir a silbar ante el edificio del Departamento y a denostar a los pocos empleados que se asomaban a las ventanas del viejo caserón.

Durante toda la campaña electoral el doctor Vértiz no abandonó su quinta de Morón. Su austeridad cívica le vedaba salir a solicitar el voto de los electores. No pronunció tampoco una sola palabra, ni escribió una línea, y a partir del día de la proclamación negóse terminantemente a recibir a los caudillos opositores que trabajaban por el triunfo de su candidatura. La única vez que se le oyó decir algo fué en el{92} velorio de un ex revolucionario del 96. El doctor Vértiz, ante el ataúd de su compañero de armas, repitió hasta tres veces en voz baja: «El conejo no existe, el conejo no existe, el conejo no existe.»

Esa sentencia, recogida por oídos fieles, fué la fórmula mágica de la campaña electoral. Desde aquella noche los opositores diéronse a afirmar resueltamente: «El conejo no existe… El conejo es una invención del régimen oprobioso…»

Con toda la gravedad de un espíritu jurista, el doctor Gaona preparaba mientras tanto el informe que la Junta Fiscalizadora Honoraria debía presentar sobre el método del profesor Herrlin y la eficacia de su cocobacilo. A mediados de la campaña electoral, la parte ya redactada alcanzaba a 2.480 páginas en papel de oficio. El candidato gubernamental había extractado todas las Memorias y publicaciones del Departamento de Protección Agrícola y había solicitado además infinidad de informes al sabio sueco. Junto con los tres voluminosos tomos en que el doctor Gaona creía poder concretar los varios aspectos de la cuestión, de{93}bía aparecer un Atlas con la colección de todos los mapas sobre repartición de la plaga de conejos dados a luz en los últimos cinco años. Esa prueba gráfica y documental iba dirigida directamente contra el optimismo práctico de su antagonista, al que aludía cuando hablaba del «optimismo del avestruz, que, escondiendo la cabeza bajo el ala, se niega a reconocer el peligro».

El Informe de la Junta Fiscalizadora Honoraria de los trabajos en contra del conejo, en tres tomos y un atlas, apareció editado por la imprenta Coni y llevando por nombre de autor el del doctor Aníbal Gaona con todos los títulos que había alcanzado en toda su larga vida pública.

Los cuatro volúmenes eran de unas dimensiones impresionantes, y ante ellos nadie se habría sentido capaz de negar la existencia del conejo. Así, los partidarios del doctor Vértiz a la aparición del libro sufrieron un profundo desconcierto. Era inútil que los más fanáticos exclamasen: «¡El conejo no existe!… Avanti!» Sus correligionarios contemplaban la mole enorme del Informe y movían la cabeza con{94} desconsuelo: la obra del doctor Gaona era inexpugnable. ¡Cualquiera se atrevía con las 4.375 páginas de texto!

Sin embargo, la reacción no tardó en producirse. Los opositores eludieron referirse al Informe; pero atacaron con más acritud si cabe al Departamento. A la vuelta de un gran mitin, una columna nutrida de manifestantes verticistas quiso llegar hasta el edificio del Departamento, pero fué duramente rechazada por la Policía. Exacerbados por esta derrota, un grupo de afiliados a un Comité de la Floresta apedreó al anochecer el Instituto Modelo de Bacteriología Agrícola. A esa hora sólo se hallaban en el establecimiento Herrlin y un sirviente. El profesor estaba ocupado en el trasvase de unos cultivos de cocobacilo cuando oyó los gritos de los asaltantes y el estrépito de los cristales, que saltaban en mil pedazos. Corrió a la puerta de entrada y desde allí procuró descubrir en las sombras el origen del tumulto. A su aparición, los gritos arreciaron en la calle, así como la lluvia de piedras que se estrellaban contra el frente de la casa. Un cascote que zumbó más vigorosamente que los otros alcanzó en{95} una sien al estupefacto Herrlin. Este sintió el choque; advirtió en seguida la tibieza de la sangre, que le corría por la cara, y asiéndose al pasamano de la puerta, fué doblándose lentamente hasta que quedó sin fuerzas en el suelo. Los gritos de los revoltosos le parecieron mezclarse con el sordo borboteo de la sangre, y poco a poco fué perdiendo dulcemente la noción de todo, como cuando se quedaba dormido, frente a la estufa de su cuarto de estudiante, en Upsala.{96}

CAPITULO XVI

THE RABBIT’S MARCH
Cuando el profesor Herrlin volvió en sí se halló en una habitación de hospital, toda blanca e inundada de luz. Por una ventana divisó una extensión de parque, y a lo lejos, la atmósfera fuliginosa de un barrio fabril. Tres o cuatro personas conversaban animadamente en un extremo de la estancia. Herrlin creyó reconocer las voces, pero no entendió lo que decían. A un movimiento suyo, los interlocutores se acercaron al lecho, y viéndole con los ojos abiertos y la expresión lúcida, comenzaron a arengarle en una lengua rotunda y armoniosa. El privat docent se incorporó en el lecho, y después de mirar con angustia a sus interpelantes, murmuró unas palabras en sueco. Augusto Herrlin se había olvidado del castellano…{97}

Había olvidado asimismo todo cuanto le aconteciera desde su embarco en Estocolmo. Las gentes que esos días se acercaron a su lecho no le parecían extrañas, y las palabras incomprensibles que le dirigieron sonaban en sus oídos como algo muy conocido; pero ni unas ni otras evocaron recuerdo alguno en su espíritu. Toda su vida mental se reducía a sus hábitos e impresiones de Upsala. A veces el paso lento del practicante de guardia le hacía creer que el profesor Hedenius se aproximaba para arrancarle de la extraña pesadilla en que estaba postrado, y otras un vocerío lejano le daba la ilusión de que los estudiantes abandonaban el aula magna borealis de su vieja Universidad.

Ese confinamiento en el pasado hacía de él una persona dócil e inerte. Seguro de que era presa de las ilusiones de un delirio, se entregaba sin resistencia a todas las sugestiones de los que le rodeaban. Una visita que le hizo el ministro sueco no le ilustró sobre su situación.

El diplomático, para no comprometerse, no hizo la menor alusión al cascotazo, y le dirigió esas vagas preguntas y frases consoladoras que{98} se aplican lo mismo a un enfermo del cólera morbo que al clausurado en su casa por un resfrío. Como a la semana de su vuelta a la vida Herrlin fué conducido a casa de doña Asunción. La patrona, que ya le había visitado en el hospital, le recibió llorando, y esta demostración de sentimiento arrancó por un instante al privat docent de la inconsciencia a que se había abandonado.

Satisfecho de darse en el mundo de los sueños con un ente compasivo, le alargó la mano y la saludó afablemente en sueco. Doña Asunción redobló el llanto, y en medio de su desconsuelo apuntó el orgullo femenino: «¡Pobrecito, me ha reconocido!…»

Este estado del director del Instituto Modelo de Bacteriología Agrícola no era conocido sino por unas cuantas personas. Todo el mundo se había enterado de su salida del hospital y se le suponía ya sano y fuerte.

Era lo mejor que podía ocurrir; el asalto al Instituto despertó una emoción tan violenta, que de alimentarse con cualquier otra noticia se comprometería el orden público.

Toda la Prensa condenó enérgicamente el{99} vergonzoso atentado y encareció el prestigio mundial de la víctima. Sólo El León de Castilla se permitió insinuar que, de haber sido Herrlin un argentino o un castellano, los asaltantes no habrían salido tan bien librados. Las acciones de la candidatura Vértiz sufrieron una merma considerable. Aunque las fracciones opositoras se asociaron a la protesta pública, no pudieron eludir cierta responsabilidad. El Comité universitario de la candidatura Gaona, en un vibrante manifiesto, había acusado del crimen de lesa ciencia al doctor Vértiz, «instigador directo del ominoso hecho, que es una página de vergüenza en el infolio inmaculado de la civilización argentina».

Delfín Acuña, que se constituyera en manager de la candidatura oficial, tuvo la idea de ofrecer un banquete de desagravio al profesor Herrlin: era el golpe de gracia a la campaña opositora. Apenas se lanzó la iniciativa comenzaron a llover adhesiones de las Asociaciones universitarias, centros científicos, institutos de cultura y Sociedades pedagógicas; de las sesenta Cooperativas constituídas por los empleados del Departamento de Protección Agrí{100}cola; de los cientos de Comités gaonistas; de los clubs atléticos escandinavos y de mil organizaciones de todo carácter. La lista de comensales llegó a una cifra fabulosa, y la Comisión organizadora se vió en la necesidad de cerrar la inscripción cuatro días antes del banquete. Para compensar a los miles de ciudadanos que no pudieron conseguir cubierto, Delfín Acuña imaginó organizar una manifestación de antorchas que iría a saludar al privat docent a la salida del teatro donde se tendería la mesa.

Llegó la noche del banquete. El anonadamiento en que vivía el profesor sueco no preocupó a los directores del homenaje; Acuña había prometido remediar a todo, y eso les tranquilizaba. El activo provinciano se presentó al anochecer en casa de doña Asunción, y a fuerza de mímica y con la ayuda de la patrona vistió al sabio de frac, le pintó con tintura de yodo la cicatriz, apenas visible, del ominoso cascotazo, y metiéndole en un automóvil lo llevó al Coliseo. En el vestíbulo aguardaba al sabio la Comisión organizadora del homenaje. Forzado por su compañero, el pobre autómata dió la mano a todos, y al penetrar en{101} el inmenso recinto agradeció con gestos mecánicos la estruendosa aclamación que saludó su llegada. Sostenido siempre por Delfín Acuña, se llegó como un sonámbulo hasta la cabecera del banquete y ocupó el lugar de honor. A su lado tomó ubicación Delfín Acuña. Los mil doscientos comensales se sentaron a lo largo de las mesas, que parecían perderse en el horizonte, y por un momento no se oyó más que el ruido de los cubiertos y el rumor de los dos mil cuatrocientos maxilares. Junto con la memoria, el privat docent había perdido el apetito; puso los codos sobre la mesa, y con la cara oculta entre las manos se entregó a sus recuerdos de Upsala. Delfín Acuña, para explicar esta compostura, dijo a su vecino de la derecha:

—El profesor está mamado….

Y a los pocos segundos esta simple observación, pasando de boca en boca, había llegado al extremo de la mesa. De aquí saltó el mantel, pasó a la mesa próxima y corrió por las filas interminables de comensales como un hilo de agua por las hendeduras de un embaldosado: «¡El profesor está mamado!… ¡El profesor está mamado!…»{102}

Y los comensales se sonrieron, conmovidos por ese rasgo de hombría, que ellos consideraban incompatible con el cultivo de las Ciencias naturales. Sólo en la mesa ocupada por los miembros más espectables de la colectividad sueca se notaron algunos gestos de disgusto.

Como una delicada atención a las funciones del profesor Herrlin, el menú del banquete se componía todo de platos alusivos: Salpicon de p’tit lapin, Soupe de lièvre, Oreilles de lapin a la Hindenburg, Civet de lièvre, Queue de p’tit lapin a la Sainte Menehould, Welsh-Rabbit, etc., etcétera. Delfín Acuña había contratado con destino a la comida la provisión de 4.000 conejos, cuyas pieles, después de sacrificados, fueron distribuídas a los elementos de los Comités gaonistas que debían formar en la manifestación de antorchas.

El doctor Gaona ofreció la demostración. Cuando al retirarse el último plato de conejo se puso de pie, estalló en la sala una ovación ensordecedora. El candidato a la presidencia se inclinó conmovido, y encarándose con el privat docent le expuso cuánta admiración tenía{103} por su talento, cuánto respeto por sus nobles condiciones personales y cuánta gratitud por los servicios incalculables que había prestado al país… Y mientras desarrollaba extensamente estos tres tópicos, el aludido paseaba la mirada distraída de sus ojos azules por el plafón del teatro. En el preciso instante en que terminó la peroración del candidato, Delfín Acuña aplicó al privat docent un puñetazo en el estómago, que le obligó a doblarse sobre la mesa, en señal de agradecimiento, y antes de que se repusiese del golpe, el doctor Gaona lo estrechó cordialmente en sus brazos. En ese momento, en medio de las ovaciones delirantes que suscitó el discurso y la escena del abrazo, la banda del maestro Malvagni atacó los primeros compases de The Rabbit’s March (La marcha del conejo), que había venido a ser el himno oficial de los gaonistas. ¡Qué entusiasmo entonces! ¡Con qué profunda unción se elevaron las primeras palabras de la canción partidista!:

Combatimos al conejo
Desde el norte del Bermejo
Hasta el cabo Santa Cruz (bis)
. . . . . . . . . . . . . . . .
{104}
El eco de la canción llegó hasta la multitud, que con las antorchas encendidas y tremolando 4.000 pieles de conejo daba un aspecto fantástico a la plaza Libertad. Y 10.000 voces, trémulas de cívica emoción, entonaron el himno augusto:

Combatimos al conejo
Desde el norte del Bermejo
Hasta el cabo Santa Cruz (bis)
. . . . . . . . . . . . . . . .
Los soldados del escuadrón hicieron la venia…{105}

CAPITULO XVII

«¡EL CONEJO NO EXISTE!»
El doctor Gaona triunfaba. La publicación del Informe había inclinado la opinión en favor suyo, y el desfile subsecuente al banquete del Coliseo puso la victoria de su parte. La exhibición de las 4.000 pieles de conejos, que llenaron de pelusa todo el norte de la ciudad, impresionó a los electores, que desde esa noche acotaron con leyendas sarcásticas e injuriosas las proclamas de los verticistas: ¡El conejo no existe…!

A dos meses de las elecciones, el candidato oficial podía considerarse ungido presidente de la República. En el Departamento de Protección Agrícola reinaba un júbilo extraordinario: Delfín Acuña preparaba una enorme lista de ascensos y aumentos de sueldos, y Simón Camilo Sánchez estaba estudiando la posibilidad{106} de contratar un empréstito de cien millones de pesos para llevar adelante la campaña.

Convencidos de su derrota irremediable, los opositores dejaron de dar señales de vida. Sólo los diputados socialistas velaban. De acuerdo con su táctica, habían repartido la lectura de los tres tomos del Informe de la Junta Fiscalizadora Honoraria entre los veinte secretarios de los Comités de la capital, reservándose ellos el trabajo de coordinar los informes y hacer el resumen de toda la labor. A los noventa días de acometer esa empresa ciclópea, los quince legisladores conocían al dedillo la vida y milagros del cocobacilo de Herrlin y sabían el té que se había gastado en la primera semana del primer año en el Subcomisariato de los Quirquinchos. Pero su asombro no tuvo límite cuando advirtieron que los mapas reproducidos en el formidable Atlas eran falsos. Todas las cartas levantadas mensualmente durante cinco años por la Sección de Cartografía del Departamento señalando la repartición de la plaga leporina habían sido construídas de cabo a rabo con datos absolutamente inventados. En veinte puntos del territorio no se{107} habían conocido nunca otros conejos que los reproducidos en los carteles de propaganda de la Protección Agrícola, y a pesar de eso desaparecían en los mapas bajo enormes borrones de azul de Prusia. La mistificación alcanzaba proporciones de epopeya en los mapas de la región de Cuyo, trazados bajo la dirección de Delfín Acuña; las dos provincias vitivinícolas parecían un mar inmenso; ¡tan uniforme y constante el añil que las cubría!

Es de imaginarse el escándalo que en torno de este asunto promovió la diputación socialista. Las revelaciones que agregaron respecto al manejo de los fondos de la Protección Agrícola y sobre la inercia criminal que había reinado en las gestiones para la aplicación del cocobacilo produjeron en todo el país una sensación de estupor.

El presidente de la República declaró que ayudaría con todo su poder al esclarecimiento del affaire, y dió, en efecto, órdenes al jefe de Policía para que se pusiera al servicio de la Comisión investigadora parlamentaria.

Esta inició la instrucción del sumario en medio de la mayor expectativa pública; los{108} taquígrafos de la Prensa asistían a las sesiones, y a cada reunión los diarios opositores anunciaban con bombas de estruendo la aparición de los boletines especiales. Se tomó declaración al ministro de Agricultura, a Simón Camilo Sánchez, al doctor Gaona y, en fin, a todos los que habían tenido alguna participación en la campaña contra el conejo. Cuando le llegó el turno a Delfín Acuña se anunció que acababa de partir para Montevideo, y en su lugar la Comisión investigadora hizo traer a su seno al profesor Herrlin. Los taquígrafos de la Prensa no pudieron recoger ni una sola palabra de las pocas pronunciadas en sueco por el sabio. Después de una serie de tentativas para entender al privat docent, la Comisión dictaminó que ese individuo no podía ser el autor de los brillantes trabajos que figuraban en el Informe, y que éstos, con toda seguridad, eran fraguados como los mapas. Augusto Herrlin fué devuelto a casa de doña Asunción y exonerado en el día por el superior Gobierno. Los diarios opositores menudearon las bombas y los boletines, y en Buenos Aires, Rosario, Córdoba, Tucumán y Mendoza se orga{109}nizaron espontáneamente grandes manifestaciones populares. El doctor Gaona declinó su candidatura a la presidencia, y el ministro de Agricultura presentó su dimisión, que le fué aceptada. En cuanto a Simón Camilo Sánchez, emprendió discretamente un viaje al Brasil con la intención de renunciar a la vuelta.

El doctor Juan Carlos Vértiz fué elegido presidente sin oposición. El día de su asunción del mando, después de prestar juramento ante el Congreso, se encaminó a su quinta de Morón para meditar sobre los hombres que debían compartir con él la pesada carga del gobierno.

Al salir fué aclamado por la multitud y llevado en andas desde la plaza del Congreso hasta la estación del Once, donde le esperaba, para conducirle a su retiro, un vagón de segunda acoplado a un tren de carga, pues el doctor Vértiz era muy demócrata. En su entusiasmo, el pueblo llegó hasta querer desenganchar la locomotora y arrastrar a pulso el vagón de su ídolo. Pero la fe, que levanta montañas, es incapaz de mover un vagón de ferrocarril…{110}

CAPITULO XVIII

DONDE SE REVELA POR FIN LA SINGULAR EFICACIA DEL COCOBACILO DE HERRLIN
Simón Camilo Sánchez retornó al país cuando el doctor Vértiz se hallaba en plena luna de miel con el bastón de Rivadavia. El ejercicio de la presidencia, los halagos de una autoridad indiscutida sobre todos los partidos políticos del país habían exaltado su optimismo hasta el punto de que ya no creía posible la existencia del mal sobre la tierra. Así, cuando Simón Camilo Sánchez fué a verle para ofrecerle personalmente, con todo el dolor de su alma, la renuncia del cargo de director del Departamento de Protección Agrícola, el presidente le recibió con los brazos abiertos y le forzó a que continuase prestando sus servicios al país. «Es cier{111}to—le dijo—que el conejo carece de existencia ideal, pero en cambio los empleados de la Protección Agrícola son una realidad tangible. Yo no puedo abandonarlos a su suerte, y he pensado en utilizar esa institución para la propaganda de optimismo renovador entre las clases rurales.»

Después de esa, Simón Camilo Sánchez tuvo una serie de largas conferencias con el primer magistrado, y al cabo de algunas semanas le presentó un proyecto de reorganización del Departamento de Protección Agrícola. La reforma estaba inspirada en el concepto de que era necesario llevar a la mente de todos los agricultores del país la convicción de que sin sembrar no es posible cosechar y que, en consecuencia, debían sembrar y sembrar sin descanso. Por una ley de la nación se instituyó el Día de la Siembra, solemne festividad en que todos los niños de las escuelas de la República debieron sembrar semillas simbólicas en las plazas, parques y lugares abiertos de las ciudades. Para dar ejemplo, el doctor Vértiz, rodeado de todos sus ministros, plantó unas semillas de alpiste en el rond-point de la{112} calle Florida y Diagonal Norte y regaló al cacique Chepalofú, jefe de una tribu de fueguinos que había venido a visitarle, una reproducción en terracota del Sembrador, de Meunier.

Las macetas subieron de precio; los azadones de juguete para niño se agotaron en plaza; la tierra extraída de las construcciones urbanas se cotizó en la Bolsa, y un furioso delirio de sembrar de todo se apoderó de los que no tenían tierra alguna en que sembrar.

La propaganda del Departamento de Protección Agrícola alcanzó en este sentido el summum de la perfección. No podía abrirse una caja de fósforos sin encontrar las leyendas: Siembre, si quiere cosechar. No deje pasar su oportunidad de sembrar. ¿Por qué permite usted que los cardos invadan su campo?, etcétera, etc. El interior de los tranvías estaba plagado de esos letreros sintéticos, y los trenes habían reemplazado sus letreros luminosos sobre los conejos con sentencias sobre el cultivo intenso. La oficina de cartografía del Departamento volvió a publicar mensualmente mapas de toda la República, con la indicación de las zo{113}nas sometidas a la benéfica acción del arado, y todos los carteles sobre la plaga leporina se substituyeron con affiches optimistas. El presupuesto del Departamento de Protección Agrícola subió a quince millones.

Augusto Herrlin fué poco a poco, gracias a los cuidados de doña Asunción, recobrando la memoria y el apetito. Pero a medida que se le iban presentando los recuerdos de sus cinco años de vida bonaerense se desvanecían todas las impresiones de su existencia anterior. Y cuando pudo reconstruir, detalle por detalle, el proceso de la actuación del cocobacilo, notó sin melancolía que acababa de olvidarse de la última palabra sueca. Junto con ella desaparecieron las imágenes del profesor Hedenius y de su séptima hija y no volvieron ya nunca más a conmoverle los vestigios de su hipóstasis europea.

De toda su aventura sólo sacó una cariñosa simpatía por don Pepe, que había sido el compañero de su larga convalecencia, y un tierno afecto por su patrona.

Cierta vez, el conejo de Flandes, revolvien{114}do entre los trastos de la habitación del profesor, halló un tubo de cristal cerrado en un extremo con un tapón de madera. Don Pepe, asegurando el tubo con sus dos manecitas, comenzó a roer el tapón hasta que hizo estallar el vidrio de la embocadura. Del tubo salió un líquido espeso e incoloro que don Pepe husmeó con detención. Después, inquieto por la incorrección que había cometido, fué a esconderse en un rincón del jardín. Allí le acometieron al poco rato unos escalofríos, se le erizó el pelo y dió los signos del decaimiento más desesperante.

Cuando doña Asunción, extrañada por su ausencia, salió en su busca, le halló ya en la terrible agonía característica de la septicemia de Herrlin. Don Pepe murió a los pocos minutos en los brazos de su patrona. Su cadáver ofrecía un aspecto tan espantoso, que el consejo de pensionistas decidió proceder de inmediato a su inhumación. Don Pepe fué enterrado en el mismo jardín que había sido durante tantos años escenario de sus correrías y de sus gracias infantiles.

Pocos días después el profesor Herrlin{115} depositaba sobre su tumba una lápida que decía:

A
«DON PEPE»
PRIMERA Y UNICA
VICTIMA AMERICANA
DEL
COCOBACILO DE HERRLIN
MCMXVIII

Y para compensar de su pérdida a doña Asunción, se casó con ella.{117}{116}

UNA SEMANA DE HOLGORIO
He nacido en Buenos Aires.
¡Qué me importan los desaires
con que me trata la suerte!
Argentino hasta la muerte.
He nacido en Buenos Aires.
(Trova, de Carlos Guido Spano.)
{119}{118}
PROLOGO

JULIO NARCISO DILÓN
Julio Narciso Dilón, el protagonista de la historia que reproducimos en seguida, no está formado de la pasta de los héroes. Le falta para serlo alguna imaginación y capacidad de entusiasmo. La pobreza de aquella facultad le impide exagerar el peligro en la medida necesaria, y la ausencia de esta última condición no le permite enardecerse para sobrepujarlo. Por eso, aunque no es medroso, no tiene fama de guapo entre sus compañeros de cabaret. Se explica así que, habiendo estado mezclado a los episodios más impresionantes de la semana de enero, su narración adolezca de cierto escepticismo…

Como Paul Louis Courier en la campaña de Italia, la actitud de Dilón en los días trágicos{120} que acaban de transcurrir difícilmente puede inspirar sentimientos épicos.

El también, a semejanza del inquieto traductor de Daphnis y Cloe, sería capaz de irse a jugar al billar después de haber participado en la proclamación de un emperador.

Y es que, a fuerza de vivir al día, mi buen amigo ha acabado por perderle todo respeto a la historia.

En la sucesión de momentos que componen su vida, todos le parecen igualmente graves… o idénticamente fútiles. Su impresión presente colorea de júbilo o de tristeza todo el pasado y todo el porvenir.

Por eso, aunque no pueda dudarse nunca de su sinceridad, resulta discutible su autoridad de historiador.

A. C.
Buenos Aires, febrero de 1919.
{121}

CAPITULO PRIMERO

DESGRACIADO EN EL JUEGO…
Jueves, 9 de enero.—Día de reunión. Hoy he madrugado de veras; a las doce estaba en pie, y pocos momentos después me ponía en camino para el Hipódromo. En la esquina de casa he aguardado una media hora larga para tomar un auto-taxi, hasta que Mauricio, el mucamo, vino a avisarme que había huelga. Advertí entonces que la calle veíase casi desierta, que no circulaban tranvías, carros ni automóviles de alquiler, y que muchos negocios estaban cerrados, efectos todos que en el primer momento yo había atribuído, impensadamente, a lo temprano de la hora. Siempre que yo madrugo ocurre algo extraordinario.

He resuelto el problema de mi traslación subiéndome de viva fuerza a un coche de plaza,{122} cuyo conductor, un italiano viejito que se parece al doctor Anadón, quiso negarse a llevarme, pretextando que debía ir a largar. Me arrellané en el asiento y le dije en tono perentorio:

—Mirá, gringo: si en veinte minutos no me dejás en la puerta del Hipódromo te hago meter preso por maximalista.

Ante esta amenaza mía el hombre se resignó.

Hundióse hasta los ojos su galera abollada, requirió las riendas, que había abandonado durante la discusión, y fustigando con violencia a los caballos, dijo entre dientes: «¡Maximalista! ¡Maximalista! Te lo facisse vede io lu masimalismu.»

Esta reflexión iracunda del auriga me ha vuelto a la memoria los tiempos que corremos. Hace días que no leo los diarios, pero, a juzgar por las conversaciones del Club, la situación se agrava cada vez más. Perucho Salcedo ha recibido una carta de la hermana que tiene en Suiza diciéndole que el país está invadido por emigrados rusos que hacen propaganda maximalista. A mí el hecho no me ha sorprendido, porque ya en el tiempo en que{123} Tartarín hacía alpinismo los rusos se ocupaban allí de trabajos revolucionarios.

He llegado al Hipódromo poco antes de la una y media, con tiempo sobrado para almorzar en el restaurant del paddock. Al descender del coche advertí que uno de los caballos, el de la izquierda, era blanco, excelente presagio que recompensé con una buena propina. El cochero, todavía de mal humor, no se dignó agradecérmela. En otra ocasión eso me habría irritado; pero como recordé que cuando mi acierto de seis ganadores seguidos, jugando derecho, había venido también en un coche de plaza uno de cuyos caballos era blanco, la ingratitud del viejito maximalista me dejó indiferente. Le vi alejarse al paso de su tronco menguado por la ancha avenida, con su galera abollada, y me quedé pensando en los extraños designios de la suerte…

Almuerzo frugal en el restaurant del paddock. Concurrencia lamentablemente escasa. Tarde de guigne; confiado en el buen augurio de mi llegada, he jugado como un cronista de sport de diario grande.

A la altura de la séptima carrera me que{124}dan seis pesos por todo capital. Viaje de exploración por las tres tribunas: ni un amigo en lontananza. Decido el regreso.

Al hallarme en la acera de la Avenida Vértiz y observar la ausencia total de vehículos, fuera de unos pocos automóviles particulares, recuerdo que estamos en huelga y me sobreviene un acceso de indignación ante la profunda estupidez de los huelguistas. ¿Por qué se nos hace eso a nosotros? ¿Qué tenemos que ver en los conflictos entre el capital y el trabajo? ¿Acaso el juego no es precisamente un medio de allanar las inevitables diferencias sociales? El juego es justiciero: eleva al pobre y arruina al potentado; es igualatorio: procura las mismas emociones al jornalero que arriesga su salario y al millonario que aventura sus millones; es humanitarista: su contribución a la beneficencia social es más crecida que la del Estado y la de todos los filántropos juntos. Fuente inagotable de esperanza, es, por lo demás, un lubricante de las relaciones sociales: atenúa los odios de clase, da la ilusión al pobre de que su miseria no será eterna e infunde en los ricos la convicción de lo instable de su{125} fortuna. Atempera así el malestar de los desposeídos y el egoísmo de los potentados. Dominados por él, los proletarios olvidan todas sus reivindicaciones. ¿Qué caballo de Hipódromo ha recibido nunca el nombre de Bakunin, Proudhon o Carlos Marx? ¿Quién ha oído hablar jamás de movimientos obreros en Montecarlo?…

Entregado a estas reflexiones, seguí caminando en dirección al tatersall, para tomar asiento en uno de los tranvías que aguardan al final de las tribunas populares.

La huelga me reservaba otra sorpresa desagradable: el servicio de tranvías se había suspendido por completo. Pensé en los pobres muchachos de las tribunas populares, que debían volverse a pie hasta el límite del municipio; en los empleados del Hipódromo, obligados, después de cinco horas de trabajo, a un esfuerzo a que no estaban acostumbrados, y en los modestos «canillitas», que reúnen siempre algunas monedas buscando carruajes.

La torpeza de los huelguistas, que para vengarse de unos pocos patrones suspenden la vida de una ciudad, perjudicando a una multitud{126} de obreros como ellos, me pareció inconmensurable. Poseído de una sorda irritación, deshice el camino andado, mezclándome a la oleada de gente que salía comentando las incidencias de la última carrera. El nombre del ganador, el único que habría acertado si me hubiese quedado dinero, acrecentó mi despecho.

Lleno de misantropía, cansado y sudoroso, crucé casi impensadamente bajo el viaducto del ferrocarril y fuí a sentarme en un banco del rosedal. El jardín estaba desierto y la soledad parecía agrandada por el silencio dominante. La tranquilidad de este crepúsculo me sobrecogió un poco, lo confieso, y para substraerme a esa impresión eché a andar hacia la ciudad. A las siete, todavía con luz, llegué a la plaza Italia. Breve descanso en un bar, gracias al cual recobro algunas fuerzas y un ligero optimismo. Me dirijo resueltamente al centro. A los veinte minutos de marcha adquiero en otro establecimiento nuevas fuerzas y una alegría combativa. Sigo marcando el paso marcialmente, satisfecho de mi esfuerzo y deseoso de mostrar mi desprecio a los huelguistas. En el camino encuentro numerosos carros{127} con los caballos desenganchados y un coche con la capota tajeada. Es el que me condujo al Hipódromo. Junto a él está el viejito de la galera abollada, teniendo de las riendas a la yunta de caballos, uno de los cuales es blanco. ¡Excelente presagio!

Tercera estación. Renuevo mis energías, y tras una rápida conversación con algunos parroquianos, me siento inundado de un entusiasmo belicoso. Las noticias son graves: los huelguistas están armados hasta los dientes; han levantado barricadas en todos los barrios de la ciudad; incendiaron cuatro iglesias y dos asilos y se disponen a atacar las estaciones de ferrocarril. En la plaza del Once se está combatiendo desde las tres de la tarde. Resuelvo encaminarme a la plaza del Once. Tomo una calle transversal, y a medida que avanzo aguzo el oído para escuchar las detonaciones. Silencio absoluto. Sólo de vez en cuando el repiqueteo precipitado de una campanilla de ambulancia sanitaria rompe la tranquilidad de esta noche de verano. A pocas cuadras del lugar del encarnizado combate la normalidad es completa. Tan completa, que la{128} gente se halla sentada al fresco en las aceras, los balcones están abiertos de par en par y los chicos han tomado la calle por su cuenta.

En una esquina dos muchachas peripuestas conversan animadamente, teniéndose de la mano con un gesto de colegialas. Una de ellas, vestida de un traje blanco, muy suelto, casi un peplo helénico, se despide de su compañera entre divertida y medrosa:

—¡Dios mío! Me quedan aún más de cuarenta cuadras por andar. ¡Sola y por esos barrios todo a obscuras!

—Hija, ya te he dicho que puedes quedarte con nosotras.

—Sí, pero en casa ¡qué estarán pensando!…

—¿No tienes medios de avisarles?

—No…

Las dos muchachas se sueltan de la mano con una actitud de infinita resignación ante el Destino, y la del peplo blanco se encamina hacia el Oeste. Al pasar junto a mí advierto que tiene los ojos garzos, el cabello castaño y la boca imperiosa. Instantáneamente he olvidado todas las incidencias de la tarde; mi entusiasmo bélico se ha desvanecido, así como{129} mi preocupación por el orden social, y me he lanzado en seguimiento de la jovencita. «Desgraciado en el juego, afortunado en amor», pienso entre mí, y añado: «¡Esta es la mía!» El presagio del caballo, que viene afortunadamente a mi memoria, da más fuerza a mi decisión. El peplo blanco está a diez pasos; una rápida inspección a mis zapatos, un fugaz recuento de mis fondos exiguos… y acabo de resolverme a desandar cincuenta cuadras.

La sombra blanca no se desliza silenciosamente como las diosas del poema homérico; hasta mí llega un taconeo ágil y menudo que tendré que superar a largos trancos.

Consigo por fin aparejarme e inicio un soliloquio de una estupidez incomparable. A juzgar por las lamentaciones a que me entrego, parecería que me dispongo a pedir una limosna. Mi compañera aprieta aún más sus labios imperiosos y redobla la agilidad de su taconeo. Caminamos así un número indefinido de cuadras, hasta que, falto de respiración y sobrado de audacia, la tomo de un brazo, la detengo y le relato con toda fidelidad mis aventuras de la tarde: mi descalabro del Hipódro{130}mo, el regreso, mi resolución de ir a luchar contra los revoltosos, el súbito deslumbramiento que experimenté al verla…

Una amable sonrisa es la recompensa de mi sinceridad.{131}

CAPITULO II

… AFORTUNADO EN EL AMOR
Las «cuarenta cuadras» a que aludió en su despedida a la compañera son un eufemismo semejante al de las «pocas palabras» de los oradores parlamentarios. Hace una hora y media que venimos caminando y todavía, según me dice, estamos lejos de la casa. Para no dejarle sospechar mi fatiga, he celebrado todos estos trastornos sociales que rompen un poco la monotonía de la vida moderna y procuran el encanto de un trayecto infinito en una compañía adorable. Hice también el elogio del amor, que se sobrepone a todas las consideraciones de rango y de dinero, y el de la belleza, formidable tesoro que escapa a todo impuesto sobre la renta… Mi acompañante me agradece esta poética disertación sobre filoso{132}fía social con una larga mirada de sus grandes ojos garzos, que bajo el borde circular de su sombrero reflejan el azul profundo de esta noche estival.

Hemos abandonado la amplia avenida paralela a Rivadavia que veníamos siguiendo, y tomado por otra, más ancha aún, con un paseo central arbolado, que aparentemente se dirige hacia el Noroeste. Nos debemos ir aproximando a nuestro punto de destino—es decir, al de ella—, porque mi acompañante va deteniendo el paso y trayéndome hábilmente a la discusión de una nueva entrevista. Entramos a la vez en una callejuela transversal y en un terreno de confidencias íntimas. Carlota, porque se llama así, es la menor de la familia; tiene dos hermanos varones y un padre anciano que todavía trabaja. Una cuñada gobierna la casa, en la que falta la disciplina de la madre, muerta hace años, según se ve por el poco apuro que la muchacha pone en regresar a ella.

Al final de la callejuela desembocamos en un lugar casi baldío que parece un taller de reparación de carros al aire libre. Al fondo, un{133} ligero cobertizo alberga la maquinaria esencial, y hacia la derecha, una serie de rudimentarias construcciones de madera, a la vez pesebres y cocheras, dan la idea de que se trata también de un corralón.

Una jauría de perros monstruosos se abalanzan sobre nosotros; pero reconocen a Carlota y se tranquilizan. Evidentemente, hemos llegado al término del viaje. Mi acompañante se detiene en una especie de cerco y se dispone a despedirme. Pero yo insisto en que aun es temprano—acaban de dar las diez—; pretexto que al día siguiente no tendrá nada que hacer; exijo detalles minuciosos sobre el camino de vuelta y me lamento cómicamente sobre mi situación: estoy hambriento, cansado y perdido… ¡Si se le ocurriera darme alojamiento por lo que resta de la noche! Porque con esta huelga, ya es el caso de practicar, en plena metrópoli, la virtud rural de la hospitalidad. (Por lo demás, eso de «plena metrópoli» sólo tiene un sentido político: estamos a cielo abierto. El panorama circundante me ha hecho concebir el deseo de tumbarme en uno de esos carros colmados de heno.){134}

Mis insinuaciones no parecen caer mal… Me dispongo a iniciar una aventura deliciosa, cuando de pronto Carlota, que ha estado observando la callejuela por que hemos venido, exclama: «¡Ahí viene papá!»

Me vuelvo y advierto la silueta ya conocida de un viejito con la galera abollada que trae resignadamente de las riendas a una yunta lamentable de caballos, uno de ellos blanco…

Recuerdo el incidente del mediodía: «¡Maximalista!… ¡Maximalista!… Te lo facisse vede io lu masimalismu», y el espectáculo del coche casi destrozado por culpa mía.

Antes de que la divinidad del peplo repare en mí, me he puesto a cien pasos de ella y he seguido un sendero que va por detrás de un grupo de casas.

Un concierto infernal de ladridos epiloga ruidosamente mi aventura galante.{135}

CAPITULO III

EL DAMERO A MEDIA NOCHE
Heme aquí, a media noche, en un paraje desconocido. Si no fuese hijo de Buenos Aires, los rigores de la suerte, según la popular composición, debían desalentarme. Solo, extraviado, a dos leguas del centro de la ciudad, hambriento y sin dinero, era natural que me abandonase a la desesperación. Pero soy porteño y sé que la absoluta regularidad de las calles de la capital permite orientarse a cualquiera y que gozamos de una profusa iluminación municipal y un excelente servicio de policía. Por primera vez comprendo la profunda significación de aquellos versos de Guido Spano; celebro el genio profético del vate, que los escribió antes de que existieran las obras de salubridad y se hubiese producido la intendencia{136} de D. Torcuato de Alvear, y entonando la quintilla célebre para darme aliento, me lanzo denodadamente en busca de una desembocadura de calle, a fin de penetrar por ella y orientarme según el simple trazado del damero municipal.

Mientras enfilo una calle sin pavimentar, envuelta en tinieblas, medito en las innumerables ventajas de la disposición rectangular urbana. Las ciudades así construídas son armoniosas, ordenadas y democráticas…

Al final de la calle que he seguido, me hallo de nuevo en un potrero. Rehago el camino y tomo por una calle transversal que, según mis cálculos, debe conducirme a un lugar más densamente poblado. A los diez minutos desemboco en un horno de ladrillos… Vuelvo hacia atrás y me encamino en una dirección opuesta a las dos que he seguido anteriormente. Esta vez debo de estar en la buena ruta, porque a medida que avanzo la edificación va en aumento y se notan ciertos indicios de separación entre la calzada y las aceras. Dos cuadras más adelante doy, de pronto, con una calle hecha y derecha, bien empedrada, con{137} veredas arboladas y con faroles. Estos están apagados, pero no por eso dejan de ser un signo de civilización, que saludo con simpatía. Ya estoy en pleno damero; ahora, con seguir obstinadamente hacia el Este, el problema está resuelto. Continúo alegremente hacia el Oriente, aunque se me han acabado los cigarrillos. Pero a medida que avanzo hago una observación que me llena de inquietud: la hermosa calle no corta perpendicularmente a las demás. Es una diagonal; pero en materia de diagonales yo no conozco sino las dos que han arruinado al Municipio.

Sigo la marcha en línea recta hasta que veo desaparecer el pavimento y los faroles, señal indudable de que la calle va a lanzarse campo afuera. Como esto no me conviene, doblo por la primer vía transversal en dirección hacia donde supongo debe quedar el centro. Es una calle cortada; al cabo de ella hay un terreno baldío que parece un taller de reparación de carros… Me hallo de nuevo frente a la jauría de perros monstruosos; pero esta vez no disfruto de la protección de Carlota y debo batirme prudentemente en retirada.{138}

Ya no parezco un hijo de Buenos Aires, según la clásica composición de Guido. Los desaires de la suerte, que después de una caminata de dos horas me ha vuelto al punto de partida, me han amilanado por completo. Deshecho de fatiga, hambriento y desalentado, las doce de la noche me han sorprendido a punto de dormirme en el hueco de una puerta…{139}

CAPITULO IV

ASALTO A UNA COMISARIA
Viernes, 10.—¿Cuántas horas he dormido así?… Lo ignoro, pues se me acabaron los fósforos, no uso reloj con esfera luminosa, los faroles de la calle están apagados y no hay luna. Es todavía noche alta; pero antes de exponerme a que el sol o la muchacha del peplo me encuentren durmiendo en la calle, prefiero seguir caminando. Con la casa de Carlota a la vista, guiándome por mis recuerdos, creo poder reconstruir el camino que hemos hecho juntos. Ahora estoy en la buena senda: llego por fin a la ancha avenida con un paseo central arbolado, que hace pocas horas recorrimos amorosamente… Redoblo el paso con alegría y por primera vez en la noche inicio un silbido de circunstancias: It’s a long way to Tipperary…{140}

De pronto suspendo el silbido, pues al final de la cuadra advierto la silueta de un hombre. Como es la primera figura humana que se me presenta en mi infernal recorrida, voy hacia ella alborozado. A tres pasos de distancia reconozco a un vigilante apoyado en su máuser, con las piernas abiertas en un ángulo obtuso y la cabeza inclinada sobre el caño del arma, en la actitud de un sabio aplicado al lente de su microscopio.

Esbozo un saludo en la obscuridad, le dirijo las buenas noches con una amabilidad exquisita, y como no me contesta, le tiro suavemente de una manga. El agente sigue ensimismado. Un tirón más fuerte casi le hace perder el equilibrio, que, sin embargo, mantiene, pero abandonando el máuser. Con una galantería infinita me inclino para recogerlo, cuando el vigilante, estupefacto, retrocede tres pasos, desenfunda un revólver y comienza a tiros contra los árboles del paseo central… A pocos metros suenan otras detonaciones, y algo más lejos una descarga cerrada.

El vigilante ha terminado las balas de su revólver; da media vuelta y huye velozmente{141} calle adelante. Yo le sigo, porque tengo por sistema no fugar nunca en dirección contraria a la de la autoridad, y además porque debo entregar el máuser a su dueño.

Mientras corremos, las detonaciones se suceden unas a otras con una rapidez vertiginosa. En las calles laterales se oyen disparos aislados de máuser, y una estruendosa algarabía de ladridos alborota el barrio.

Nos acercamos al lugar donde más nutrido es el fuego… El vigilante que me sirve de señuelo desaparece de pronto en una puerta cochera, y yo me precipito en su seguimiento. Salvamos en una exhalación un ancho zaguán obscuro y nos hallamos en medio de una baraúnda indescriptible: gritos, descargas, juramentos, corridas, estrépito de cristales rotos… La luz se enciende y se apaga varias veces, pero veo lo suficiente para darme cuenta de que estoy en una Comisaría.

Me apelotono en un rincón del patio y aguardo a que pase la tormenta.{142}

CAPITULO V

¡ALTO EL FUEGO!…
Poco a poco el tumulto ha ido organizándose. Desde la sala, resguardados tras de las persianas, cuatro bomberos fusilan con toda parsimonia las casas del frente. En la azotea la gente destacada debe de estar contestando a un ataque aéreo, a juzgar por la elevación de los fogonazos, que advierto desde el ángulo del patio en que estoy refugiado. El martilleo frenético de un aparato telegráfico domina el estruendo de las detonaciones, y su voz breve y metálica es la única sensación de regularidad que se percibe en este desorden.

Repentinamente, de la obscuridad de un cuarto surge una silueta voluminosa que, dirigiéndose a mí, me toma de un brazo y exclama:

—¿Qué hacen? ¡Vamos a defender la entrada!{143}

Y luego, encarándose con un grupo de agentes que se disimulan en el ángulo opuesto al mío, vocifera:

—¡A ver!… ¡Esos bancos! ¡Crúcenlos a la entrada!

Todos adivinamos la intención; corremos hacia los dos bancos de plaza dispuestos fuera de las oficinas y los atravesamos volcados a la terminación del ancho zaguán. Una mesa, un sillón de escritorio y un retrato terminan por dar cierto carácter a la barricada. El último elemento de trinchera, que aporta un sargento fornido y retacón, es una pequeña barrica que, después de vacilar un momento sobre aquel bric a brac, se resuelve pesadamente a ir rodando por el zaguán hasta el centro de la calle, donde un profundo bache la obliga a dar una voltereta, sentándose lejos de nosotros, como un perro desobediente…

Nos agazapamos detrás de la improvisada fortificación, y como la silueta voluminosa que nos dirige nos ordena hacer fuego, disparo mi máuser contra la desobediente barrica. El estrépito me enardece, y como al quinto disparo noto que me faltan municiones, me pongo de pie gritando:{144}

—¡Una cartuchera!

Inmediatamente el sargento fornido y retacón se me cuelga de los hombros como un chimpancé, berreando con viril angustia:

—¡No sea temerario! ¡Abájese, niño!

Yo me resisto… Un oficialito, emocionado por esta escena de fraternidad heroica, exclama muy rápidamente, con voz de tiple:

—¡Viva la patria! ¡Viva la patria! ¡Viva la patria!…

El comisario, porque esa silueta voluminosa y autoritaria es la suya, grita a su vez: «¡Adelante! ¡Adelante!», a pesar de que nuestras propias defensas nos impiden avanzar un solo paso… La guardia de la azotea se asoma a ver lo que ocurre, así como los bomberos de la sala, e inmediatamente un silencio mortal se extiende en torno nuestro. Aguardamos un momento la respuesta del enemigo, y como no se produce, el comisario vocifera: «¡Alto el fuego!»

¡Oh fecundidad del silencio! A los quince segundos de sosiego los siete denodados defensores de la barricada nos convertimos en veinte, en cuarenta, en cien. En el patio pu{145}lula una multitud heterogénea: bomberos, oficiales, vigilantes, soldados del escuadrón y ordenanzas de policía. Aunque nadie dispara un tiro, el comisario sigue ordenando imperiosamente: «¡Alto el fuego!… ¡Alto el fuego!» Un trompa del escuadrón, de soberbia apostura y altas botas granaderas, emboca el clarín e interpreta la orden con el toque reglamentario.

Inmediatamente la guardia de la azotea hace una descarga cerrada, comienzan a oírse disparos en toda la casa y nos hallamos envueltos en una batahola formidable, mientras los cuatro bomberos de la sala prorrumpen carcajadas estruendosas…{146}

CAPITULO VI

LA LUZ DE UN NUEVO DÍA…
La luz del nuevo día viene por fin a iluminar esta escena de confusión que puede haber durado entre diez minutos y dos horas. Yo no tengo noción del tiempo que ha transcurrido. Sólo sé que después de un momento el comisario ha reiterado la orden de cesar el fuego y que, al pretender el trompa del escuadrón traducírsela melódicamente, le arrebató el clarín con espanto como si fuese la trompeta del Juicio final. Me he puesto de pie y le he dicho:

—Es una sabia medida, comisario; el clarín es un instrumento belicoso. Otro toque más y nos agarramos a tiros entre nosotros. Por lo demás, el instrumento de la policía es el pito…{147}

Debía haber dicho el silbato, porque esta observación última ha desagradado evidentemente al voluminoso comisario. Repara en mí con fijeza, y bruscamente me interroga:

—¿Y usted quién es?…

—Usted no me conoce—replico sonriendo.

—Por eso se lo pregunto.

Antes de que pueda ordenar rápidamente mis recuerdos, para explicar el encadenamiento de circunstancias que me han traído aquí, el prudente funcionario ordena:

—¡A ver! ¡Sáquenle ese máuser!… ¡Pálpenlo de armas! ¡Pásenlo a mi despacho!

El trompa del escuadrón me arrebata tan violentamente el arma, que estoy a punto de perder el equilibrio. Extiendo las manos como balancín y veinte fusiles me apuntan de frente. Quedo con los brazos extendidos, inmovilizado por el terror, mientras el sargento fornido y retacón procede a la operación de palparme. Según la acepción corriente, palpar significa tocar exteriormente con las manos. En la práctica policial consiste en meter la mano hasta el codo en los bolsillos del presunto malhechor. Me despojan así de mi lla{148}vero, mi reloj, mi cigarrera vacía y mi billetera casi exhausta. Luego, con una escolta digna de un regicida, me hacen entrar en una habitación y me ponen de cara a la pared, en un ángulo de la estancia. No puedo hablar ni darme vuelta.

Estoy de penitencia como hace veinticinco años en el colegio y tengo una hambre también como la de entonces. Para saber lo que es apetito hay que ser pupilo o estar preso…{149}

CAPITULO VII

CONVICTO Y CONFESO
Entre tanto, según puedo oír, el comisario y la oficialidad se han marchado a recorrer las inmediaciones para recoger los muertos y los heridos y perseguir a los atacantes. Parece que yo soy el único de ellos que ha caído prisionero.

A estar a lo que conversan en el patio, los revoltosos eran como «cuatro mil», admirablemente armados; una barrica de cerveza que rodó hasta el centro de la calle está atravesada de parte a parte por cuatro balazos…

«Buena puntería—digo entre mí—, pero mal empleada; era mucho mejor que me hubiese bebido la cerveza…» Paso la lengua por mis labios resecos y recuerdo que hace veinte horas que no pruebo un bocado y diez que no{150} tomo un trago. Me siento desfallecer y las ideas se me confunden. ¡Dios mío! ¿Por qué me he mezclado yo a los revoltosos?… Apoyo la cabeza en el ángulo que forman las dos paredes, cierro los ojos y trato de tomar el hilo de mis pensamientos, que se disgregan como los Estados del Imperio ruso. Gasto mis últimas energías en ese empeño de restauración psíquica, y luego, tras cierto tiempo, pierdo toda noción de mi personalidad. Soy algo así como una masa astral, informe, sin voluntad ni materialización alguna, pero con una vaga conciencia de las cosas. Me entero sin emoción de que hace mucho tiempo que ha triunfado el maximalismo y que la ciudad de La Plata se ha refundido con la de Nijni-Novgorod. Un italiano viejito, que usa eternamente una galera abollada, es el presidente del Soviet Local Bonaerense. Poco a poco he ido cobrando mi forma corporal, y desde entonces estoy preso aquí por orden suya. Todos los días viene a verme, y sin que yo pueda replicarle, me dice ferozmente: «¡Maximalista!… ¡Maximalista!… Te lo facisse vede io lu masimalismu!»{151}

Hace una infinidad de tiempo que estoy sometido a esta tortura. De pronto dictan una ley matrimonial autorizando a las muchachas a escoger marido entre los prisioneros. Debemos someternos a su elección bajo pena de muerte. Hay un desfile interminable de arpías, mujeres huesudas y contrahechas, petizas esféricas con inmensos lentes de carey, patronas atléticas y mostachudas, viejas vagabundas con la sonrisa siniestra de las alcoholizadas. Yo tiemblo ante la idea de que una de ellas esboce un gesto que me obligue a seguirla. Me disimulo y procuro confundirme con el rincón de pared que habito desde hace tantos años… Imprevistamente, una de las que forman en esa procesión me hace una señal. Me aproximo lleno de un sudor frío y veo una jovencita de ojos garzos y pelo castaño, con un peplo blanco y un ancho sombrero obscuro. ¡Carlota! Mi electora me sonríe, y ante esa sonrisa la evidencia de mi felicidad es tan grande que estrecho a la muchacha y exclamo: ¡Viva el maximalismo!…

El dolor de un puñetazo me hace volver en mí, y me despierto abrazado al sargento{152} fornido y retacón, y gritando como un energúmeno.

Generalmente yo tengo el sueño pesado; pero esta vez unos cuantos culatazos enérgicamente aplicados me han despertado sin remisión.

Debo de tener una costilla rota. Pero lo peor es que, según el sargento, estoy convicto y confeso…{153}

CAPITULO VIII

UN INTERROGATORIO
Evidentemente, debo de estar convicto y confeso porque me invitan a sentarme. Mis confesiones, como las de Rousseau, atraen el interés general. Las autoridades de la Comisaría me rodean y un oficial me ofrece un cigarrillo. Ante esta galantería veo el cielo abierto y comienzo a protestar de mi inocencia. Súbitamente las caras se tornan hoscas; el oficial no me entrega el cigarrillo y presiento que me van a expulsar del sillón. Cambio de táctica. Hago esfuerzos por sonreír socarronamente y digo que sólo deseo contar mi historia a los empleados superiores. Estos, halagados en su vanidad, desalojan el despacho y, una vez entornadas las puertas, vuelven a reunirse en torno mío. Me apodero del cigarrillo ofrecido{154} y solicito desenfadadamente una taza de te con bizcochos. Sin eso no puedo hablar…

Me traen un vaso de cerveza y dos sandwichs. Mientras repongo mis fuerzas, me pregunto cómo salir del paso. Recuerdo la conspiración de la pólvora, la conjuración de Fiesco, el complot de Alzaga… Nada me sirve.

Por suerte, llega el voluminoso comisario, quien se dispone a interrogarme con toda solemnidad.

—¿Cómo se llama usted?

—Julio Narciso Dilón.

—Ese apellido no es de aquí…

—No, señor. (Es verdad, soy de origen boliviano.)

—¿Es usted catalán?

—No, señor.

—¿Ruso?

—Tampoco.

—¿Italiano? ¿Francés? ¿Alemán?

—Nada de eso.

—¿Cuál es su nacionalidad?

—Soy argentino.

—¿Hace mucho que está radicada su familia en América?{155}

—Dos siglos.

—¿Cómo dice?

—Doscientos años.

El comisario cuchichea con los oficiales, se sonríe y me pregunta:

—Su abuelo paterno, ¿qué fué?

—Diputado al Congreso de Tucumán.

—¿Por qué provincia?

—Potosí…

Grandes carcajadas del auditorio. El comisario hace esfuerzos por mantener la seriedad y dice:

—Potosí no es una provincia, es una calle.

Me encojo de hombros y me sonrío con una estupidez incomparable. No estoy con ánimo para lanzarme en una disertación histórica. Que el comisario crea lo que le parezca conveniente.

El interrogatorio prosigue. Cada vez que intento defenderme de la terrible acusación que pesa sobre mí me quitan la palabra. El comisario me dirige preguntas insidiosas, que no tienen respuesta. Por último, recapitulando los debates, me dice:

—Si usted es inocente, ¿por qué se intro{156}dujo subrepticiamente en la Comisaría? ¿Por qué profirió gritos subversivos? ¿Por qué intentó desarmar al sargento?…

Y antes de que pueda replicar me hace conducir al calabozo.{157}

CAPITULO IX

ARAMIS
Sábado, 11.—He pasado el día de ayer y la noche última en un estado de inconsciencia lamentable. Durante la noche se reprodujo en dos o tres ocasiones el tumulto que presencié la madrugada del viernes. Los agentes se han acostumbrado al peligro, porque ahora, entre alarma y alarma, bailan tangos y beben cerveza. ¿Dónde se han procurado ese instrumento horrible que se llama un bandoleón?

El ritmo canallesco y monótono de nuestro baile nacional se mezcla al silbido alterno de la bomba extractora de cerveza…

Me doy a imaginar un órgano hidráulico de inmensas proporciones, accionado por cerveza, que no toque sino tangos: «Cara Sucia», «Mi noche triste», «Piantá piojito…» En su{158} torno bailan una infinidad de vigilantes con los cascos compadronamente echados sobre los ojos.

De pronto se hace un silencio, corren unos cerrojos y oigo un grito:

—¡A ver el diputado por Potosí!…

Creo que debe de ser por mí. Me aproximo a la puerta, y de un empujón me colocan en medio de un piquete de soldados del escuadrón, que echa a andar con paso marcial hasta el despacho del comisario. Allí me hallo con todo el aparato de un Consejo de guerra. La presidencia está ocupada por un capitán del escuadrón, un mozo rubio y elegante que parece un capitán de ulanos. Según he oído, le dicen Aramis porque tiene la costumbre de trompearse «mano a mano» con los presos peligrosos. A su lado se sientan dos oficiales plenamente poseídos de sus funciones. En ambos extremos de la estancia dos centinelas velan rígidamente. Me hacen sentar, y el capitán Aramis se pone de pie:

—Si usted no declara toda la verdad le vamos a fusilar inmediatamente…

Con esa resignación que uno tiene en las{159} pesadillas, cuando duran demasiado, inclino la cabeza y quedo en silencio.

—Le damos cinco minutos para que se decida…

Evidentemente, todo esto es un sueño; cuanto antes termine será mejor; me despertaré en mi cama.

El capitán Aramis se ha levantado, y acercándose a la puerta ha ordenado con una sonrisa:

—¡Formen el cuadro en el segundo patio! ¡Preparen el pelotón!…

¡Tanto mejor! Quizá la impresión del fusilamiento me despierte por completo.

Los cinco minutos han pasado. Aramis y los dos oficiales acaban de salir. Oigo afuera órdenes imperiosas y ruido de armas. Las culatas de los máuseres chocan contra las baldosas. El jefe del piquete me toca en un hombro. Me levanto automáticamente, me coloco en medio de los soldados y salimos de la estancia.

La guardia está formada. Pero en vez de dirigirnos al segundo patio vamos hacia el zaguán. Pasamos por entre una doble fila de bomberos rígidamente alineados, con la ba{160}yoneta calada, y nos encontramos en la calle. Junto a la acera se halla un carrito de bomberos, y, rodeándolo, un destacamento de soldados del escuadrón a caballo y con las tercerolas apoyadas en el muslo. A su frente está Aramis, bello como un capitán de ulanos. Cuando me suben al carro, se me cae el pañuelo con que me voy secando el sudor frío que me corre por la cara, y Aramis, buen jinete y cortés caballero, lo recoge y me lo entrega con una elegancia digna de su héroe epónimo.{161}

CAPITULO X

LA NINFA ECO
El carrito echa a andar y yo me tumbo de espaldas sobre las tablas. Por un momento no escucho más que el rodar de la carretela y el trote de los veinte caballos que me dan escolta. Luego, absorto en la contemplación del azul del cielo, me voy quedando dormido…

Repentinamente me despierta un estampido, al que sigue un segundo después una detonación más sonora. Mi escolta ha echado pie a tierra, y los soldados, parapetados tras de los caballos, inician un fuego nutrido. A poca distancia se escuchan otros disparos igualmente nutridos, pero de un sonido más amplio. Cada descarga nuestra nos es devuelta inmediatamente con creces.

—¡Nos están baleando sin asco!—grita el capitán Aramis.{162}

—Es desde aquella casa alta—dice tranquilamente el bombero que maneja el carrito y que está observando la escena con curiosidad.

Me asomo a ver. Estamos en una encrucijada; la calle perpendicular a la que seguíamos ofrece un pronunciado declive y como cincuenta metros más adelante tuerce bruscamente hacia la izquierda. En el fondo de esta hondonada se alza, ocultando todo el horizonte, una inmensa casa de departamentos, cuyas galerías de hierro y cristales le dan el aspecto de un enorme trasatlántico. Contra esas galerías, en las que se ven algunas plantas y macetas suspendidas, está tirando mi escolta. Los cristales saltan en pedazos con una vibración argentina y hasta parece oírse el ruido sordo de las balas atravesando el latón de las barandas. Llegan hasta nosotros gritos penetrantes de mujeres y estrépito de puertas. No advierto, sin embargo, el silbido de los proyectiles que se nos dirigen, a pesar que desde allí cerca siguen partiendo detonaciones.

De pronto el capitán Aramis da una orden, que el trompa, mi viejo conocido, traduce en clarín: «¡Avancen!»{163}

¡Oh asombro! No ha terminado aún, cuando otro clarín repite fielmente en la casa de departamentos la misma orden: «¡Avancen!»

A todo esto los caballos de mi carrito se han espantado, lanzándose calle arriba en una carrera frenética. El bombero conductor hace esfuerzos inútiles para aplacarlos. A las dos cuadras doblamos a la izquierda, llevándonos por delante un buzón. Los caballos disminuyen la marcha. Aprovecho entonces la circunstancia para tirarme del carro, y como los caballos reanudan su fuga desenfrenada, sigo a pie en la dirección contraria. No hay un solo vigilante en las cercanías.

Desde aquí el fenómeno del eco es bien evidente. Las detonaciones repercuten en la casa de departamentos con una nitidez maravillosa. Y hasta las órdenes vibrantes de Aramis son duplicadas con una manifiesta oficiosidad.

¡Oh ninfa Eco, a quién debo mi libertad! ¡Locuaz hija de Uranos y Gea, mi agradecimiento será eterno! En loor tuyo todos mis hijos se llamarán Narciso y estudiarán acústica…{164}

CAPITULO XI

«HANDS UP!»
Como no tengo deseo alguno de volver a caer en manos del capitán Aramis, a pesar de su exquisita cortesía, me voy alejando del lugar de la encarnizada refriega con toda la premura de que soy capaz. La libertad me ha devuelto la reflexión; observo y me convenzo de que soy inocente, absolutamente inocente; pero a pesar de esto no disminuyo la rapidez de mi marcha. ¿Por qué los inocentes huyen a la Policía mucho más que los culpables? Quizá por falta de hábito. Sin embargo, el acto de darse a la fuga es una terrible presunción en contra de uno. «Se dió a la fuga», y ya todos suponen que se trata de un terrible criminal. Debemos, en consecuencia, si tenemos la conciencia tranquila, aguardar a pie firme{165} al empleado policial, al digno representante de la autoridad, al benemérito guardián del orden, y sonreírle y agasajarle, y abrirle nuestro corazón y nuestra casa… Pero por proceder así he sufrido dos días de hambre, recibido varios culatazos y soportado todas las angustias de un condenado a muerte. Bien hecho: ¿quién me mete a mí a devolver un máuser? Las armas, como los libros, no se devuelven nunca. Se devuelve un pañuelo a la señorita que lo ha perdido, una cartera vacía al señor que acaba de bajar de la escalera, un guante de la mano izquierda al joven que lo ha extraviado en el ascensor; pero no corresponde detener a media noche a un individuo mal entrazado para decirle: «Tome, señor, esta daga que se le ha caído…»

En el curso de esta meditación llego ante el Mercado de Abasto y puedo observar desde aquí el espectáculo desacostumbrado que ofrece la calle Corrientes. Pequeños grupos de jóvenes, con brazales bicolores, armados de palos y carabinas, detienen a todos los individuos que llevan barba y les obligan a levantar las manos en alto. Mientras los que usan palos{166} les apuntan con éstos a bocajarro, los de las carabinas les pinchan con ellas en el vientre, y otros, desarmados, se cuelgan de las barbas del sujeto.

Según me informan en un corro, este original procedimiento tiende a estimular entre los barbudos el amor a la nación Argentina. Como soy lampiño, me creo a cubierto de semejante recurso pedagógico y sigo hacia el centro. En el camino advierto que otros grupos apedrean las casas de comercio los nombres de cuyos propietarios abundan en consonantes. ¿Por qué les tienen tanto odio a las consonantes? ¿Acaso las vocales solas pueden componer un idioma?

Delante mío va un viejito canoso, de rancho de luto, alpargatas y saco de lustrina. Camina presuroso, sin que el tumulto atraiga para nada su atención. De pronto, un grupo estacionado en mitad de la calzada nos da el alto imperiosamente. Yo me paro en seco; pero el viejito no detiene su marcha. Un mocetón fornido, que ostenta el consabido brazal celeste y blanco, corre a su encuentro revólver en mano.{167}

—¡Párese! ¡Arriba las manos!

El viejo se cuadra y levanta en alto la mano izquierda. Esta obediencia parcial irrita al mocetón, que le reitera la orden:

—¡Arriba las manos!

El viejo continúa con la mano izquierda en alto, mientras la derecha desaparece completamente en el bolsillo del saco de lustrina, que contiene a simple vista un bulto insólito. Suena un tiro, y después de un ligero balanceo, el viejito se desploma de cara al suelo, siempre con la mano izquierda en alto… Rápidamente, el mocetón que ha hecho fuego se abalanza sobre el caído para sacarle el arma que indudablemente tiene en la mano derecha, y retira del bolsillo una manga vacía que queda extendida sobre la baldosa. El extremo sobresale del cordón de la acera y se dobla hacia la calzada como una manguera exhausta. Por poco tiempo, sin embargo, porque segundos después comienza a arrojar un fino hilo de sangre sobre el pavimento.

El viejo «era» manco.{168}

CAPITULO XII

LA VUELTA AL HOGAR
Hasta este momento yo no había visto morir a nadie. Tenía por eso la idea de que la muerte era un espectáculo aparatoso y trascendental, que exigía ciertas transiciones y un cuadro apropiado. Nada más sencillo, por cierto, según el episodio que acabo de contemplar.

Sobre el asesinato, en especial, yo tenía las ideas más melodramáticas posibles. Lo suponía algo lleno de violencia, de pasión, de ferocidad, y se me antojaba torva y siniestra la figura del matador… Nada de eso, sin embargo. Es el incidente más trivial que se pueda imaginar.

Usted se pone en torno del brazo izquierdo la cinta del gato de su casa o la liga de la mu{169}cama, coge su revólver, sale a la calle y le pega un tiro en el corazón al primer hombre humilde que le parezca sospechoso. Con eso quizá ha dejado usted en la orfandad a media docena de chiquilines, pero en cambio ha consolidado las instituciones y ensayado su puntería.

Me voy acercando a casa. Al reconocer los lugares familiares experimento una emoción incontenible, como si volviera de un largo viaje. ¡Me parece que hace tanto tiempo que dejé mi silencioso departamento de soltero! El mucamo me recibe en la escalera, y al observar mi aspecto demacrado y mi aire abatido, supone que vuelvo de una fenomenal partida de poker. Presume, además, que he perdido lo indecible y presiente un período de estrecheces y apuros. Esta preocupación le agria el gesto, y en vez de comunicarme las novedades que se hayan producido, se hace a un lado austeramente…{170}

CAPITULO XIII

EL ASALTO A LA COMISARÍA 44
Domingo, 12.—Me he despertado hoy a mediodía, tras haber dormido cerca de diez y ocho horas seguidas, con un sueño profundo de niño. Después del baño me he quedado en pijama y me hice traer los diarios de la mañana. Ya no me acuerdo de mi aventura de días pasados y me entero de las noticias de la huelga con toda la buena fe de un espectador desinteresado. Imprevistamente, el corazón da un latido anunciador y leo:

«El asalto a la Comisaría 44.—El primer ataque, preludio y quizá preparación combinada de los que se produjeron al día siguiente, se dirigió contra la Comisaría 44. El asalto se inició contra los centinelas avanzados que se en{171}contraban a media cuadra del local de dicha Comisaría. A consecuencia de este ataque, se cambió un nutrido tiroteo entre los leales defensores del orden público y los maximalistas, que se hallaban perfectamente pertrechados y poseían máuseres de último modelo, muchos de los cuales conservaban aún la etiqueta de venta.

Dará una idea del armamento que poseían los ácratas el hecho de que una barrica que se hallaba en la calle, frente a la misma Comisaría, fué literalmente convertida en una criba por los proyectiles que se dirigieron contra el local.

En esa refriega los defensores de las instituciones tuvieron que hacer actos de verdadero arrojo para impedir que la turba de agitadores se apoderara de la Comisaría, en cuyo zaguán se libró una verdadera batalla.

Contenido el asalto por las fuerzas policiales, pudo notarse que dentro de la Comisaría se hallaba un sujeto extraño a ella, el cual se señaló desde el primer momento como uno de los cabecillas del atropello. Estas sospechas pudieron confirmarse más tarde cuando dicho sujeto,{172} que dijo llamarse Nicolás Dilonoff, después de un hábil interrogatorio, que contestó con evasivas, trató de desarmar a uno de los agentes. También gritó «¡Viva el maximalismo!», aprovechando un momento de descuido de sus guardianes.

En vista de esto, el temible agitador, en cuyo poder se encontraron grandes sumas de dinero, fué puesto a buen recaudo por la autoridad, y a la mañana siguiente enviado al Departamento Central de Policía bajo segura custodia.

Por desgracia, los compañeros de Dilonoff lograron conocer el recorrido por donde debía pasar y atacaron a la escolta que lo conducía no bien ésta desembocó por una de las calles adyacentes al lugar donde se produjo el hecho. Los agentes trataron de repeler la agresión, cambiándose entre los dos bandos más de tres mil tiros.

Aprovechando la confusión que se produjo a raíz de este ataque, el temible agitador logró eludir la vigilancia de la policía, ignorándose hasta este momento su paradero. Se espera, sin embargo, detenerle de un momento a otro.{173}

Nicolás Dilonoff, que también se hace llamar Jesús Martínez, es un viejo conocido de nuestra policía. Ha llegado al país hace pocos meses, y a pesar de eso habla correctamente el español. Se sabe que en Rusia, su país de origen, ha mantenido estrechas relaciones con Lenín y Trotsky.»

Suspendo la lectura y llamo al mucamo: ¡Mauricio! ¡Mauricio!… Mauricio se presenta alarmado. Yo me vuelvo hacia él con una profunda congoja y le digo: «Mauricio, estoy mal de la cabeza. Llama inmediatamente a un médico; prepárame un sinapismo; llévate esos diarios; alcánzame la aspirina; corre el cortinado; disponme otro baño; avísale a Perucho, pero no le dejes entrar; no estoy para nadie; descuelga el tubo del teléfono y arréglame las valijas, porque me voy a Montevideo…»

Mauricio supone que efectivamente estoy mal de la cabeza, y yo me vuelvo a meter en cama…{174}

CAPITULO XIV

DE CÓMO RECOBRO EL USO DE LA RAZÓN Y OTROS OBJETOS
Miércoles, 15.—He pasado una terrible crisis. Desde el domingo hasta anoche he sido presa de la fiebre y del delirio. Sólo ayer, a la hora de la comida, después de un breve sueño reparador, he vuelto a ser el hombre normal de hace ocho días. El médico cree que aun estoy débil y ha prohibido que se me hable de la huelga; pero, como es natural, durante toda la noche no nos hemos ocupado de otra cosa con Perucho Salcedo y con Amenábar, que han estado a visitarme. Les he contado todo lo que me ocurrió desde el jueves último, a medida que me iba acordando, y ¡bien sabe Dios si hay fallas en mi memoria!

¡Cosa singular! Se han reído hasta desterni{175}llarse. Cuando hubieron terminado de reírse, examinamos mi situación personal. Perucho me aconsejó que le mandase los padrinos al comisario de la 44, y Amenábar, que fuera a reclamar el reloj, la tabaquera, las llaves y el dinero que me habían sacado. Este último consejo me parece el más oportuno; pero antes debo liquidar mi situación como delincuente, porque no hay que olvidar que tengo la captura recomendada… Para la Policía soy Dilonoff, el terrible Dilonoff, un prófugo, un conjurado, un perturbador del orden social.

Amenábar ha prometido arreglarme el asunto en el día, pero no las tengo todas conmigo. Si fuese un delincuente empedernido podría contar, por lo menos, con el indulto presidencial; pero como soy inocente…

A las cuatro llega Amenábar en su soberbio «Packard». Vienen con él Perucho, Totó Arribillaga y el mono Sánchez Oriol, que es medio pariente del comisario de la 44. Todos quieren presenciar el efecto de mi reaparición en la Comisaría que asalté yo solo, por mi cuenta.

Como ya me siento bien y además tengo deseos de unirme con mi reloj, no opongo obs{176}táculos al viaje, cuya duración no deja de preocuparme. ¡Estos jóvenes no saben dónde queda la Comisaría 44! Sin embargo, a los veinte minutos nos detenemos ante un edificio, que reconozco vagamente. Hemos venido en línea recta, sin la menor desviación ni el más pequeño barquinazo. ¿Es el coche o las calles? Vuelvo a sufrir la ilusión del damero.

Cruzamos el zaguán obscuro, en el que ya no se advierte rastro alguno de las pasadas luchas. (La Comisaría ha seguido siendo asaltada después de mi retiro.)

El mono Sánchez Oriol se adelanta y, después de parlamentar brevemente, nos hace pasar al despacho del comisario.

Este nos recibe de pie con una afabilidad de gran caballero.

Presentaciones: Amenábar, Salcedo, Arribillaga. Grandes saludos. Cuando me llega el turno, el mono dice simplemente: «¡Dilonoff!» Coro general de carcajadas. El comisario es el que ríe con más ganas. Después de un momento de conversación, durante el cual nos muestra un retrato de Sarmiento destrozado por las balas (es el retrato que el sargento arrojó sobre la{177} barricada), procede a entregarme «mis efectos». Por una deferencia especial no me pide recibo.

Nos despedimos; pero cuando todos han salido, el simpático comisario me retiene para decirme con tono de dulce reproche: «Pero, amigo, ¿cómo no me dijo usted que era socio del Jockey?…»

Al regresar vamos a toda velocidad por la anchurosa avenida con arboleda central. Inesperadamente el mono Sánchez Oriol prorrumpe en un alarido: «¡Viva el presidente del Soviet!» Este grito hace volver la cabeza a los transeuntes, y creo reconocer rápidamente dos ojos garzos que me miran con asombro, una cabellera castaña, un traje blanco suelto. ¿Es una ilusión?… ¡Estos autos marchan tan rápido!…{179}{178}

{180}

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EL CULTO DE LOS HEROES
CAPITULO PRIMERO

DE CÓMO DON JUAN MARTÍN IBA ACORTANDO SUS PASEOS
Al salir aquella mañana, don Juan Martín habíase dado con el mayor de sus nietos, quien, cansado y furtivo, regresaba al domicilio familiar. El muchacho, sorprendido, no acertó sino a decir: «Buenos días», cortesía trivial que el anciano retribuyó con un «Buenas noches» cortante como el aire frío de la madrugada.

No dijo más; pero el encuentro habíale puesto de mal humor.

Por un antiguo hábito ambulatorio, don Juan Martín tenía la costumbre de meditar sobre sus negocios mientras iba por la calle, solo y abstraído, en medio del tumulto urbano. La primera idea de su gran empresa ocurriérasele en esa forma, al cabo de cinco años{182} de pasear por la ciudad su aparejo de afilador, y otros tantos había madurado el proyecto en sus interminables caminatas. Cinco años, durante los cuales empujó su máquina rudimentaria con aire ausente, acariciando en su espíritu vagos sueños de riqueza y arrancando a su silbato, de trecho en trecho, un sonido largo y modulado como un reclamo a la fortuna.

Por cierto que ese pregón, tradicional en Buenos Aires, no tuvo poca parte en la ulterior prosperidad de Juan Martín. A causa de él, los robustos changadores gallegos que en muchas esquinas comentaban indolentemente la exigua crónica telegráfica de los diarios de entonces, a la espera de que se les mandase llamar para transportar un piano o conducir una carta de amor, tareas desproporcionadas que realizaban con igual indiferencia e idéntica celeridad, solían burlarse de su cuasi conterráneo—Juan Martín era de los límites de Asturias—con toda la pesadez de su inteligencia de atletas. En Galicia, con el mismo reclamo, largo y modulado, anuncian su presencia en las aldeas los castradores de cerdos. Y eran sobre ese leit-motiv procaz, un número in{183}finito de variaciones y desarrollos que el pobre ambulante escuchaba resignado, traduciendo únicamente su sorda irritación en el leve temblor del silbato de níquel que colgaba siempre de su boca como una prolongación natural del belfo. ¿Fué un efecto de su antipatía hacia aquel gremio jocundo y holgazán la primer idea de la industria que lo enriqueció y llegó a cambiar uno de los aspectos de la ciudad? ¿O no se debió todo sino a la antigua hostilidad de las tribus nómadas hacia las de hábitos sedentarios, causa de tantas luchas prehistóricas, reconocible aún, bajo pretextos nuevos, en los conflictos de los gremios urbanos? Fuera uno u otro sentimiento la raíz oculta de su invención, o ambas a la vez, el hecho es que a Juan Martín se le ocurrió realizar los servicios que llevaban a cabo sus pesados burladores con carros ligeros de dos ruedas, y un buen día, dejando su máquina de afilar en un rincón de la pieza que habitaba con su mujer y su hija, se lanzó a la calle arrastrando el primer vehículo a tracción humana que se conoció en la capital. En los años que siguieron y que marcaron un ascenso lento, pero constante, en su{184} pequeña industria, D. Juan Martín continuó recorriendo la ciudad al paso flexible y silencioso de sus alpargatas, revisando en su mente cálculos de enriquecimiento cada vez más concretos. Y a medida que se engrandecía su negocio iba disminuyendo el radio de sus paseos y la amplitud de sus meditaciones.

Ahora que estaba enormemente rico, que había centralizado en su empresa casi todos los servicios de transportes y encomiendas del país, que figuraba en el directorio del Banco Español y era uno de los mayores propietarios de inmuebles de la ciudad, el breve trayecto entre su lujoso hotel de la calle Maipú y el viejo edificio de las oficinas en el Paseo de Julio, cerca del Retiro, bastábale para resolver todos sus asuntos. Pero siempre el ritmo de su paso era el mismo de cuando iba empujando su aparejo, y aunque algo relajado por la senectud, su belfo se avanzaba como si aun intentara, con el silbato ausente, lanzar uno de aquellos largos y modulados reclamos a la fortuna.{185}

CAPITULO II
EN QUE SE MUESTRA QUE LA PIEDAD, COMO OTROS ACHAQUES DE LA VEJEZ, LA MIOPIA, POR EJEMPLO, PUEDE CORREGIRSE CON EL USO DE CRISTALES ADECUADOS

Esa vez, al llegar al edificio de la Empresa, D. Juan Martín advirtió que, contra su costumbre, no había sido durante la breve caminata dueño de sus pensamientos. Evidentemente, el encuentro con su nieto habíale puesto de mal humor. Una sucesión lenta de ingratas escenas familiares, un sentimiento difuso de soledad y la impresión angustiosa de que su ausencia definitiva no sería lamentada por nadie, le dominaron durante todo el trayecto. Así, cuando se vió ante la puerta de su despacho y recordó que debía resolver en última instancia aquel asunto de los terrenos de Puente Alsina, se notó desapercibido y en mal estado de ánimo.{186}

Don Juan Martín nunca dejaba librado al azar de una entrevista el resultado de un negocio, pequeño o grande. Iba siempre a ella con un plan apenas esbozado, pero llevando una decisión prolijamente madurada en sus paseos, de la que no se apartaba un ápice.

Pero en esta ocasión estaba desorientado e indeciso. ¿Consentiría en renovar una vez más el contrato de alquiler a los paisanos suyos, que desde tiempo inmemorial poseían en aquellos terrenos un establecimiento entre rural y urbano, a la vez fonda, cancha de bochas y corralón de hacienda?

El creciente desvío de la hija, que comenzara poco después de la muerte de la madre, le había ido acercando a sus paisanos, le hacía complacerse en las evocaciones de la tierra natal, tan lejana en sus recuerdos, y le convirtiera en el filántropo de que hablaban los periódicos regionales de aquí y de allá. Por eso mantuviera hasta entonces improductivos aquellos terrenos comprados casi por nada a fines del siglo, que había visto, en su última visita, rodeados de amplias avenidas, calles pavimentadas, líneas de tranvías, casas moder{187}nas y edificios industriales. Sus dos paisanos, padre e hijo, venían disfrutando de esa locación excepcional con la misma candorosa indiferencia con que se habían dejado cercar por el progreso y la riqueza, sin modificar sus hábitos rurales adquiridos treinta años antes, cuando aquel lugar era el tránsito obligado de los arreos que iban al matadero. ¿Prolongaría esa situación absurda, perjudicando un plan ya antiguo de ampliación de los depósitos de la Empresa, para no alterar la dejadez crónica de los dos acriollados asturianos?

Cuando penetró en el despacho, ya le estaban aguardando, zurdamente acomodados en sendos sillones, sus dos inquilinos: el padre, un anciano de barba blanca, pañuelo de seda negra al cuello, ropa obscura y botines de elástico, y el hijo, un hombre ya maduro, fornido, con aspecto de capataz de estancia. Don Juan Martín los saludó sin mucha espontaneidad; ocupó su asiento tras el escritorio, y al punto entabló la conversación con sus comprovincianos. Los dos inquilinos no conservaban el menor dejo del acento nativo. Hablaban con la prosodia llana y el lenguaje des{188}cuidado de los hombres del campo de Buenos Aires. En cambio, D. Juan Martín, que nunca perdiera la ruda pronunciación regional, había adquirido en la última época de su vida, por su frecuentación del alto comercio español, el prurito del casticismo. Y nada más cómico, a causa de esa diferencia idiomática, que la continua apelación a los orígenes comunes, al deber de ayudar a los paisanos, al amor al terruño con que los dos suplicantes procuraban ablandar al hombre de negocios.

Mientras así le hablaban, D. Juan Martín, lejos de conmoverse por las evocaciones ingenuas de la aldea, casi desvanecida en su memoria, pensaba en la catástrofe que significaría para aquel viejo verse expulsado del lugar en que, por una síntesis frecuente en los inmigrantes españoles que no han sido arrastrados por el vértigo de la ciudad, conciliara desde su llegada al país el espíritu sedentario del agricultor europeo con la clásica despreocupación del gaucho. En todo el tiempo que llevaban aquí no habían ahorrado un centavo, ni acreditado su negocio, ni conseguido aptitud alguna para abrirse camino en la vida. Todo{189} su capital consistía en la clientela, cada vez más escasa, que acudía a aquel establecimiento indefinido, último representante de la ya olvidada tradición del barrio. Contra la formidable presión del ambiente que tendía en cien formas distintas a desplazarlos, a arrojarlos a los nuevos suburbios, para hacerles repetir al cabo de cuarenta años los días azarosos de la inmigración, no tenían más defensa que la buena voluntad de su afortunado paisano.

Don Juan Martín sentía que se iba emocionando. Le impresionaba, sobre todo, la afinidad espiritual que era posible advertir entre el padre y el hijo, el cariño viril que se profesaban, la semejanza en la figura, en los gestos, en la voz… Y envidiaba al pobre viejo de barba blanca esa paternidad absoluta, acabada, tanto quizá como él suponía codiciaban los otros su actual opulencia.

Estaba a punto de pronunciar la palabra definitiva que devolvería la tranquilidad a sus visitantes—D. Juan Martín nunca se desdecía—cuando alcanzó a ver sobre la mesa el estuche de los lentes. Con un gesto maquinal los abrió, montó los cristales sobre su fuerte{190} nariz y comenzó a revisar el fajo de papeles que tenía ante sí. Era el anteproyecto del inmenso depósito para la Empresa, a construirse sobre los terrenos de Puente Alsina. La oficina técnica que los había formulado algunos años antes y que ahora insistía en ellos con motivo de la terminación del irrisorio contrato señalaba la necesidad, cada día más imperiosa, de descongestionar la casa central, de tener un local adecuado para los camiones, de alejar el tráfico de las parroquias aristocráticas. Había que aprovechar, además, los precios transitoriamente bajos de los materiales de construcción. Todo esto, gracias a la ampliación de los cristales, se le aparecía con caracteres nítidos, con una acuidad de visión que era a la vez un placer del sentido y de la mente.

En cambio, al levantar la cabeza, las siluetas de los dos hombres que, encogidos en la penumbra, estaban aguardando la respuesta, se le presentó borrosa, confusa, apenas perceptible.

Y sin vacilar, con un solo movimiento negativo, condenó irrevocablemente a sus dos paisanos a la miseria.{191}

CAPITULO III

BREVE EXCURSIÓN A TRAVÉS DE LOS APELLIDOS
«… but the last name is certainly meant,
by all logic and history, to link a man
with his human origins, habits or
habitation.»—G. K. Chesterton.
Don Juan Martín no tenía apellido. Es decir, el nombre de Martín, que recibiera de su padre, y éste a la vez de sus obscuros antepasados, no había sufrido la deformación que la costumbre exige para que se le considere un apellido. Parecía un nombre de expósito, y a esta circunstancia, que causara la aflicción de su hija, debiérase el que, por un homenaje inconsciente al iniciador de la industria, todas las Empresas de mudanzas llevaran durante un tiempo en Buenos Aires nombres de expósitos: Juan José, Pedro Juan, Luis Martín, etc.{192}

Tal suerte de apellidos no evolucionados es relativamente numerosa y no tiene por fuerza consecuencias nefastas para el ansia de figuración social de sus poseedores. Basta juntarlos indisolublemente con los apellidos maternos, con lo cual fórmase un nombre compuesto más o menos eufónico, pero que es prenda segura de un antiguo linaje.

A la chica de Martín, cuando soltera, ni siquiera ese recurso le había quedado. El apellido de la madre, muerta hacia fines del siglo pasado, era un nombre imposible de exhibir a causa de lo que evocaba. Debió, pues, limitarse al uso del simple apellido paterno hasta que por el matrimonio lo completó con el de su marido, Alava, anteponiéndole la obligada partícula de, que acentuaba el efecto, al añadirle una vaga ilusión de aristocracia.

Doña Juana María Martín de Alava había olvidado hacía ya mucho tiempo esa humillante preocupación de su juventud. Así, cuando advertida por el padre de que en la semana próxima cumpliríase el vigésimoquinto aniversario del fallecimiento de la madre, y al disponerse a redactar el aviso de unos fune{193}rales, no es de extrañar que tuviera una ligera vacilación: la señora de Alava no recordaba el apellido de la madre.

Largo tiempo estuvo con el extremo del lápiz de oro entre sus labios bermejos, la mirada de sus ojos azules perdida en el vacío y el busto inclinado tratando de recordar el otro nombre de la madre.

No sin una ligera emoción, evocó su imagen. Volvió a verla, y se vió ella como hacía treinta años, pequeña, descalza, desarrapada, ayudándole a torcer la ropa en el lavadero de la ribera y siguiéndola luego por la barranca de la calle Comercio, en el camino de regreso a casa. Con un rubor retrospectivo recordó las injurias dialectales con que solía contestar los chicoleos atrevidos de los cuarteadores, a quienes llamaban la atención sus colores de campesina y el garbo con que llevaba en equilibrio sobre la cabeza, por la empinada cuesta, el monumental cesto de la ropa blanca.

Doña Juana María se asombró un poco de tener tan presente ahora el lugar de la escena. La vez pasada, con motivo de una visita a la sala del Patronato de la Infancia, que se{194} halla por aquellas inmediaciones, había pasado por allí y nada recordara.

Luego, ya distraída del objeto de su esfuerzo rememorativo, pensó en cuán pequeña fuera la parte de la madre en el destino común. Muerta cuando apenas comenzaba a apuntar la prosperidad, su recuerdo no estaba vinculado a ninguno de los sucesivos triunfos familiares logrados merced a la tozudez del padre y a la habilidad de la hija.

La señora de Alava se atribuía, en efecto, un papel importante en el encumbramiento de don Juan Martín, cuyos aciertos financieros había ella realzado y centuplicado mediante la sucesiva elevación del plano social en que debían desenvolverse. Por cierto que la ambiciosa señora no se sentía muy apoyada en esa tarea de equilibrar constantemente el grado, siempre en ascenso, de la riqueza con los gustos, la educación, los modales y el tren del formidable trabajador.

¡El padre era tan brusco, tan limitado, tan egoísta! ¡La había dado tantos disgustos!

Por contraste, pensó en la madre, que no la había dado ninguno; la madre, que se había{195} marchado discretamente de la vida antes de que su ignorancia y su torpeza hubiesen comenzado a importunar a la hija.

De ella no quedaba sino una fotografía desvanecida y una mala ampliación al carbón que D. Juan Martín se obstinaba en conservar en su dormitorio.

La señora retuvo, quizá por primera vez, que de ella había heredado el color de los ojos, la frescura de la boca, el porte gentil…

Y quedóse meditando, los grandes ojos azules perdidos en el vacío, el lápiz de oro apoyado contra los labios bermejos, con aquella expresión a la vez hierática y desdeñosa que se había compuesto inspirándose en las láminas mundanas del Sketch.

¿Llegó a recordar la señora de Alava el nombre impublicable?

Probablemente no; porque el aviso que apareció en los diarios decía así:

 

✝ MANUELA N. DE MARTIN, Q. E. P. D., FALLECIDA el 15 de marzo de 1894…
{196}

CAPITULO IV

EL HUEVO DE LEDA
Poco interesados en aquella exhibición de un establo absolutamente aséptico, en el que cada uno de los animales tenía a su cabecera, prolijamente encuadrada, su ficha individual, como los enfermos de los hospitales, Amenábar y el embajador de España habíanse quedado a la zaga de la comitiva.

—¿Se imagina usted—observó Amenábar—qué pensarán los peones de este establecimiento cuando se les diga que Jesucristo ha nacido en un establo?

El embajador, que, a pesar de ser diplomático de carrera, tenía la imaginación viva, sonrióse ante la idea de un retablo «absolutamente aséptico», con una vaca de pédigree, pesebres de níquel, algodón hidrófilo, gasas, ácido bóri{197}co pulverizado para simular la nieve, y unos angelitos que parecieran arrancados de la portada de un libro sobre Eugenia, extendiendo sobre el candoroso grupo de la Sagrada Familia esta leyenda: Salus populi suprema lex…

Pero el hábito profesional se impuso inmediatamente a su espíritu risueño y dijo con suavidad:

—Hay en esta extremosa preocupación por la ganadería, como en la ligera jactancia que casi todos vosotros tenéis de ser entendidos en las faenas rurales, un explicable orgullo de los orígenes de vuestra riqueza, así la colectiva como la individual. Sois un pueblo agrícola y ganadero; vuestra naciente aristocracia fúndase, más que en la tradición del apellido, o en el capital amonedado, en las extensiones de campo que hicieron fructificar el esfuerzo y la industria propios o de vuestros ascendientes. Y como las aristocracias no se forman sino por la consagración de sucesivas generaciones a una empresa común, encuentro loable y justificadísimo el empeño que ponéis en mostraros los mejores criadores del mundo…{198}

Hablando así, el embajador de España preparaba la pequeña disertación con que luego, en la mesa, procuraría ser agradable a los dueños de casa y mostraría ante el Infante que había penetrado el espíritu del país.

—Así, el señor de Alava—continuó el diplomático—, al aplicarse, con todos los recursos de su ciencia y de su experiencia, a refinar el plantel ganadero, prosigue y enaltece la obra de progreso iniciada por D. Juan Martín cuando trajo a esta granja las pocas primeras vacas que fueron el origen de su actual fortuna…

—Le advierto—interrumpió Amenábar—que la fortuna de D. Juan Martín tiene orígenes absolutamente metropolitanos. Nuestro anfitrión, desde que llegó a Buenos Aires, en el 78, no salió jamás de la capital.

—Entonces—dijo inquieto el diplomático, que veía deshacerse su pequeño efecto oratorio del almuerzo—es el señor de Alava…

—Alava—repuso implacablemente Amenábar—es médico, hijo de unos pequeños comerciantes españoles. Hasta que casó con Juana María no había pensado nunca en dedicarse a la cría de ganado fino: pero las amis{199}tades de Club le sugirieron eso que es ya la consecuencia obligada de todo buen matrimonio: irse a trabajar al campo con el dinero del suegro.

Y ante un gesto de desagrado del embajador, que no respetaba la riqueza adquirida en el comercio, cosa de judíos y de ingleses, Amenábar le refirió la historia del encumbramiento de D. Juan Martín. Cómo había andado por las calles con su piedra de afilar y su silbato; cómo había tenido la audacia de uncirse él mismo al primer carro ligero de dos ruedas que conociéramos en el país; cómo fundara una empresa de mudanzas, y cómo ésta se convirtiera al cabo de los años en la poderosa Compañía de transportes y encomiendas que llevaba su nombre.

—No crea usted—terminó Amenábar—que D. Juan Martín hace misterio de sus comienzos. Por el contrario, exhibe su origen humilde y recuerda la dura vida de su juventud con una insistencia que resulta molesta a Juana María, sobre todo ante ciertos huéspedes. El viejo ha conservado religiosamente la máquina de afilar, y hubo un tiempo en que la mos{200}traba con orgullo a todos cuantos le visitaban. Por cierto que esa manía fué la tortura de la hija, tan distinguida y tan cuidadosa de su prestigio mundano, porque a causa de ella recibió el mote de «la afiladora»… ¿Usted conoce el sentido que esa palabra tiene entre nosotros?… Eso la desesperaba… Poco a poco, a fuerza de estrategia ha conseguido que el padre relegara a este alejado establecimiento de campo, adonde no viene casi nunca, el molesto artefacto. Ya verá usted, a menos que Juana María se interponga con su infinito savoir faire, cómo el viejo nos lleva hasta donde está la máquina.

Amenábar bajó la voz porque iban acercándose al grupo principal. Estaban al final de los boxes. El infante de Aragón, fatigado de interrogar sobre cada animal y de escuchar con aire complacido las respuestas sabias de Alava, dejó vagar la vista por la extensión esmeralda del campo que se desplegaba más allá de la verja, pintada de bermellón. Don Juan Martín, que había guardado silencio hasta entonces, creyó oportuno intervenir en la conversación suspendida.{201}

—Cuando yo llegué a Buenos Aires—comenzó a decir—y andaba…

—¡Por Dios, papá!—interrumpió rápidamente Juana María, temerosa del inevitable desarrollo de aquellas evocaciones paternales—. ¡No es necesario remontarse al huevo de Leda!

—¡Qué huevo, ni qué huevo! ¿Quién está hablando ahora de huevos?—replicó severamente el padre—. Le decía al señor—continuó indicando al príncipe—que cuando yo llegué a Buenos Aires, allá por el año 78…

La señora de Alava sintió que las piernas le flaqueaban y que el paisaje daba vueltas en torno suyo vertiginosamente. Una angustia indecible le atenazaba el pecho, y el sonido de las palabras del padre le llegaba interrumpido por el latido de la sangre que le golpeaba en los tímpanos con el galope rítmico de un metrónomo alocado. Toda la mañana había estado temiendo aquella catástrofe y ahora se producía allí, en las peores condiciones, a un paso del galpón donde se guardaba la máquina infernal.

Cuando consiguió serenarse, ya D. Juan{202} Martín había dejado de hablar. No fuera todo sino una falsa alarma. El anciano había observado simplemente que el perfeccionamiento del ganado criollo era un hecho indiscutible para él comparando sus recuerdos con lo que ahora en las mismas calles de Buenos Aires podía advertirse.

La señora de Alava respiró profundamente e indicó la necesidad de regresar a la casa para el almuerzo. Todos se pusieron en marcha. Alejado el peligro, Juana María sonreía con la sonrisa tímida de los convalecientes, pálida aún por la impresión sufrida.

En la mesa, sentada a la derecha del infante, frente a monseñor De Filippis, que no hacía sino elogiar la mansedumbre de la existencia campesina en aquella casa donde no faltaba ninguno de los refinamientos de la ciudad, y junto al embajador, que aspiraba en cada momento a dar a Su Alteza una impresión exacta del carácter porteño, la hija de Juan Martín tuvo conciencia de que por primera vez en la vida se realizaba plenamente su destino. El padre, el único detalle que podía entenebrecer aquella visión triunfal, des{203}aparecía en un extremo de la mesa, entre un periodista español, elocuente y voluminoso, que acompañaba al infante en la gira por América, y el oficial argentino, edecán del príncipe, al que continuamente se le escapaban los cubiertos con un estrépito atroz.

A mediados de la comida, el embajador, que se había servido pródigamente del borgoña blanco—un Montracher 1900—, aprovechando una coyuntura favorable comenzó a hablar:

—Hay en esta extremosa preocupación por la ganadería, así como en la ligera jactancia que casi todos vosotros tenéis de ser entendidos en las faenas rurales, un explicable orgullo de los orígenes de vuestra riqueza, tanto la colectiva como la individual. Sois un pueblo agrícola y ganadero…

Ya lanzado en el tema, por un hábito profesional, reprodujo exactamente lo que una hora antes le había dicho a Amenábar. Repitió todo, hasta la alusión a las primeras vacas que fueron el punto de partida del enriquecimiento de D. Juan Martín.

Y la rectificación fatal se impuso. Desde el extremo de la mesa el potentado recordó su{204} vida de trabajo, las humillaciones sufridas, las fatigas y los desalientos sobrepujados, caminando constantemente por las calles de la inmensa ciudad.

Juana María soportó con noble entereza el temido contratiempo. Había advertido que, a partir del segundo plato, el infante, rojo y abotagado, cayera en una especie de sopor que le mantenía insensible a todo lo que no era comer y beber.

Lo que más le alarmó fué verle a Amenábar anotar algo, sonriéndose, en la tarjeta del menú.

Adivinó una malevolencia y tuvo un ligero estremecimiento.

En la lista del menú, impreso en una cartulina transparente, que ostentaba en relieve el escudo de armas del príncipe, el clubman, con su letra clara e impersonal, acababa de interpolar:

Œufs de Leda a la gaffe.
Esa visita del infante a la estancia de Alava marcó para Juana María uno de los grandes momentos de su existencia. Aunque siempre{205} guardó el penoso recuerdo del mal rato pasado durante el almuerzo, adquirió la convicción de que no se había equivocado en la conducta que venía observando desde que por la muerte de la madre quedara como compañera única de D. Juan Martín. No, no habían sido inútiles todas las sucesivas concesiones que fuera arrancando al tosco trabajador: la casa propia, el cambio de hábitos de vida, muebles lujosos, servidumbre abundante, cultivo de relaciones sociales y, por último, la estancia para Alava, costoso capricho de millonario.

Cada una de estas conquistas había demandado un largo asedio, constante ejercicio de paciencia y bruscos asaltos de rebeldía filial. Y los triunfos, lejos de allanarle el camino para otras victorias, se lo hacían más difícil, enardeciendo el espíritu del vencido. ¡Lo que le había costado decidirle a abandonar aquella necrópolis de la calle Venezuela, antiguo caserón del tiempo de los virreyes, con puertas macizas, ventanas de hierros forjados, patios con enredaderas, en que anidaban las arañas, y un aljibe! ¡Y convencerle de que edificase un hotelito en el Retiro, cerca del palacio{206} de los Paz, que representaba entonces para Juana María el tipo de la vivienda señorial! Al recuerdo de tales luchas, la señora de Alava tenía una sonrisa fatigada. No, no habían sido inútiles tantos esfuerzos. La visión del trozo de mesa con el infante, el embajador y el obispo le iluminó interiormente. Pero al mismo tiempo pensó que su victoria no sería nunca absoluta ni definitiva. Había en su vida algo irreductible, que le amargaba los momentos más brillantes, que la mantenía en perpetua zozobra. ¿Qué podía ella en contra de su padre? Volvió a sentir la vergüenza de aquel almuerzo y recordó con qué furor contenido ordenó secretamente, antes de salir para Buenos Aires, la destrucción de la odiosa máquina de afilar.

Sólo al recibir, algunos días después, la noticia de que aquel inanimado compañero de andanzas de su padre había sido despedazado y aventados sus restos tuvo conciencia de cuánto y qué antiguo era su aborrecimiento.{207}

CAPITULO V

LA VUELTA AL COLONIAL
Una tarde, pocas semanas después de la visita del príncipe, el auto de la señora de Alava se detuvo silenciosamente ante la entrada de las oficinas de la Empresa. Descendió de él doña Juana María, y con una agilidad aun juvenil, subió presurosamente la escalera que conducía al despacho de su padre, donde irrumpió, alegre y dominadora, envolviendo al anciano en un tumulto de palabras cariñosas y un hálito de violetas. Sorprendido, don Juan Martín no pudo menos que sonreír, a pesar de su adustez acostumbrada.

De algunos años a aquella parte esas visitas de la hija, que le llenaban de cierto orgullo paternal, se iban haciendo cada vez más raras. Antes, en los primeros tiempos de la Empresa, cuando el trabajo era rudo y las preocupacio{208}nes pesaban continuamente sobre su espíritu, D. Juan Martín tenía, por lo menos, la compensación de esa visita vespertina, seguida de un paseo a pie, durante el cual la joven parloteaba incansable, descubriendo bajo la mirada socarrona del padre todas sus ambiciones, todos sus celos femeninos. Y fué en esos paseos en los que Juana María había ido desbastando poco a poco la inteligencia del comerciante, reformando sus hábitos, ampliando el horizonte de su vida y acostumbrándole a no medir con el mismo patrón de estricta economía los gastos usuales y los expendios de carácter suntuario. Era aquel tiempo feliz en que su hija no tenía obligación alguna; después vinieron lo que llamaba ella sus «obligaciones», y las visitas al padre, al final de la tarea diaria, espaciáronse largamente.

La última vez que había estado en la oficina era precisamente un año antes, cuando don Juan Martín había tenido que acudir en auxilio de Alava, amenazado de ruina por su mala suerte en la cabaña y en el club. Y aun en tal ocasión Juana María, evidentemente preocupada por los contrastes financieros de su es{209}poso, limitara todo su filial agasajo a una rápida vuelta por Palermo en compañía del anciano.

Le abrochó amorosamente el abrigo antes de salir. Luego bajó la escalera a su lado, sin prestarle apoyo, segura y como orgullosa de su fuerte ancianidad. Iba luciendo junto al padre su porte de reina, despertando ambos en los empleados que los veían descender la visión de la dicha completa: fortuna, belleza y amor familiar…

El auto arrancó suavemente. Ni el chauffeur ni D. Juan Martín preguntaron adónde iban. El primero, fuera de duda, tenía instrucciones precisas, y el segundo se entregaba a su suerte, arrellanándose en los cojines gris perla de la limousine con un abandono feliz. A modo de explicación del secuestro, Juana María dióse a elogiar el esplendor de aquella tarde de fines de otoño. Un sol invisible había espolvoreado de oro todo el cielo de occidente; proyectaba una luz clara sobre la cúspide de los edificios y teñía de rojo y amarillo las últimas hojas de los árboles, que así parecían irse consumiendo lentamente en un misterioso incendio.{210}

A ambos lados del coche, como en una doble cinta cinematográfica, comenzó un sereno desfile de suntuosas viviendas. Era un espectáculo bien conocido de la hija de Juan Martín—hacía veinte años que en las épocas propicias y por las rutas fijadas por los demás cumplía como una de sus «obligaciones» aquel paseo a Palermo—; pero ahora lo contemplaba como si lo viese por vez primera, y las observaciones largamente maduradas caían de sus labios con toda la espontaneidad de un descubrimiento. La edificación no le gustaba: palacios horribles que parecían destinados a una institución de beneficencia o a un ministerio de Estado; palacetes en que se imitaban todos los estilos del Renacimiento francés e italiano; pesadas fantasías teutónicas; hotelitos adocenados, cuya descripción podría ella hacer en el obligado lenguaje de los avisos de remate, sin entrar siquiera en uno. ¿Cuándo la gente de buen gusto haría casas que nos recordasen que vivimos en Buenos Aires y pertenecemos a una raza que tiene tradición y espíritu propios?…

Don Juan Martín, como siempre, la escu{211}chaba en silencio, aunque con una vislumbre irónica en los ojos, porque recordaba cuánto había deseado ella poseer un petit hôtel como los que ahora desacreditaba.

Estaban llegando al paseo de moda y el auto iba disminuyendo insensiblemente su marcha. El chauffeur, retornándose, con una mirada de inteligencia, detuvo el coche.

Descendieron, sumergiéndose en la corriente tranquila de los paseantes. Muchas caras conocidas, saludos a distancia y algunas sonrisas en las que Juana María creyó descubrir el asombro que causaba su insólita exhibición de amor filial. Algo inquieta, fuése alejando con el padre hasta un extremo del promenoir, como si buscase un sosiego propicio para sus expansiones. Don Juan Martín habló entonces por primera vez:

—¿Cómo anda tu marido?

—Bien—repuso con complacencia la hija, satisfecha de no tener nada que pedir por ese lado.

(¡Bastante trabajo le había dado la última vez!)

Y se quedaron en silencio contemplando el melancólico atardecer.{212}

Un auto de carrera, amarillo, monstruoso, con los tubos de escape laterales como un animal que llevase las tripas fuera, pasó con lentitud atronando la alameda. Juana María reconoció, en un lampo de orgullo maternal, al mayor de sus hijos, Adolfito, que iba guiando la poderosa máquina. Se parecía al príncipe de Gales, pero era más dispendioso.

Guardóse muy bien de señalar su presencia al abuelo; D. Juan Martín profesábale al muchacho una hosca antipatía.

No rompieron su mutismo hasta que, ya de noche, despejado el paseo de gente, Juana María dijo levantándose, como si tuviera de pronto la noción de la hora:

—¡Vamos, papá!

Con paso rápido llegaron al auto, y tal como vinieran se inició el regreso: D. Juan Martín hundido regaladamente en los cojines y la hija hablando de lo mismo; la arquitectura de la Avenida Alvear la tenía preocupada.

Al anciano no le extrañaba esa insistencia en un tema dado. Reconocía obscuramente en la hija su propensión a no pensar sino en una sola cosa a la vez, a tender toda su voluntad{213} y toda su inteligencia hacia un objetivo único, hasta lograrlo, hasta superarlo, hasta descubrir más allá de él nuevos incentivos, pretextos nuevos para un gran empeño.

Cerca de la casa, Juana María descubrió sus baterías. El «hotel» de la calle Maipú, con todo su lujo pesado, su frío confort, su arreglo impersonal, había comenzado a resultar inhabitable. Ella deseaba una casa apropiada al clima de Buenos Aires, algo que recordase nuestras costumbres y que evocara a la vez el pasado del país y el linaje de la raza. Una casa fresca, risueña, blanca, con grandes patios de azulejos llenos de flores y enredaderas, un frente sencillo con ventanas de hierro forjado y un ancho portalón de macizas batientes claveteadas.

Y mientras exponía eso al padre, con un entusiasmo que coloreaba de sangre sus mejillas, pensaba interiormente en los costosos detalles con que completaría ese plan sencillo: los vargueños auténticos, los viejos arcones, los cuadros de Ribera; el oratorio, que sería un pequeño museo de arte religioso y donde a veces se haría decir misa por el obispo de Heráclea…{214}

Pero ¿querría el padre? No formuló la pregunta; mas envolviéndole en la suave mirada de sus ojos azules, aguardó respetuosamente la opinión del anciano.

—No me parece cosa difícil—comenzó a decir éste, sintiéndose interrogado.

Juana María no le dejó proseguir.

—¡Qué bueno eres, papá!—exclamó con efusión.

E inmediatamente le colmó de halagos: comerían juntos los dos solos, como en los buenos tiempos de su juventud; pasarían la velada juntos, y ella escucharía, como en otras épocas, sus proyectos comerciales.

Llegados a la casa, Juana María descendió del auto con aire triunfante, orgullosa y feliz. Midió con una mirada desdeñosa al palacete que habitaba desde hacía quince años como si ya fuese algo ajeno, y entró precediendo al padre.

La comida no pudo ser más íntima; Alava estaba en la estancia y Adolfito casi nunca hacía acto de presencia en la mesa familiar. Frente a frente, padre e hija recobraron un poco de la confianza mutua que se habían tenido.{215}

Hacia los postres, D. Juan Martín encendió uno de los cigarrillos ordinarios, de que no había podido deshabituarse. La señora de Alava consideró oportuno el momento para reanudar la conversación de la tarde.

¡Deseaba tanto abandonar aquella vivienda fría, pesada y antipática! Insistió entonces con mayor abundancia en su sueño de la casa colonial, con grandes patios llenos de tiestos y enredaderas, ventanas de hierro forjado y el ancho portalón de gruesos clavos. ¡Cuándo alcanzaría a ver eso!

—Habrá que esperar a que termine el contrato—murmuró D. Juan Martín, continuando un monólogo interior.

—¿Qué contrato?—interrogó la señora, temiendo que el anciano no le hubiera prestado atención.

—El de la casa de la calle Venezuela. Mientras no termine, a menos que consientan en rescindirlo, no podremos volver a vivir en ella.

—¿Y quién piensa ir a vivir a la casa de Venezuela?—exclamó Juana María, estupefacta.

—¿Cómo?—dijo a su vez, asombrado, don Juan Martín.{216}

¿No había ella aludido constantemente en la conversación a la vieja casa de la calle Venezuela, con sus grandes patios llenos de enredaderas, sus ventanas del tiempo de los virreyes y su ancho portalón macizo?

Con la angustia de quien, creyéndose victorioso, vese de pronto envuelto en la derrota, Juana María protestó contra semejante suposición. Ella nunca había pensado en volver a la casa de Venezuela, una casa vieja, llena de ratones y de arañas, en un barrio imposible, donde no vivía nadie. Y con sollozos en la voz, ante la mirada atónita del viejo, expuso de nuevo su sueño de una casa colonial.

Don Juan Martín había comprendido al fin. Su hija quería que le transportase la casa de la calle Venezuela al barrio Norte. Eso de levantar sobre un solar nuevo una casa vieja le pareció un absurdo, y poniéndose de pie, como para terminar una entrevista comercial, dijo sencillamente:

—¡Imposible!

Juana María, que conocía a su padre, se dió cuenta que esa palabra era definitiva…

Una vez sola en su aposento, la señora de{217} Alava se abandonó a su desesperación. ¡Adiós la ilusión de la casa a la moda, de los magníficos muebles antiguos, de los cuadros famosos, del oratorio cuajado de tesoros artísticos! Ese ideal que durante dos horas de la noche había pregustado como una realidad inminente desvanecíase de pronto, quizá para siempre, en un quid pro quo burlesco. La señora de Alava tuvo vergüenza de su contraste y recordó con sonrojo el largo paseo por Palermo y los agasajos inútiles con que abrumara al anciano al primer signo de consentimiento. ¡Qué tarde y qué noche perdidas! Volvióle a la imaginación la sonrisa con que algunas amigas la contemplaron en el paseo caminando al lado de su padre y tuvo un movimiento de despecho. No; no era, en verdad, presentable D. Juan Martín… Comenzó a recordar las grandes humillaciones que por su causa sufriera, la inquietud en que vivía, el vasallaje económico en que tenía a todos: a ella, a su hijo, a su marido… Y en ese recuento de ingratos episodios domésticos fué acumulándose toda su amargura, hasta que estalló en el deseo inconfesable: ¡Cuándo la dejaría libre!{218} Iba ya a cumplir cuarenta años; le quedaban, pues, pocos de juventud, de belleza, de ansia de gozar la vida, y veía su destino irremediablemente trunco. ¿A qué la fortuna y la libertad cuando ya no pudiese sino vivir sobre sus recuerdos? Esta perspectiva sarcástica le llenó de una congoja infinita, y sinceramente, con la más pura emoción de su alma, juntando sus bellas manos largas en el gesto de la plegaria más fervorosa, exclamó:

—¡Dios mío! ¡Cuándo me veré libre de mi padre!…{219}

CAPITULO VI

LA MUERTE DEL HÉROE
Por fin había muerto. Su mucamo, un viejo criado, el único que tenía derecho a violar el sanctasantórum de su dormitorio, extrañado de que siguiera durmiendo después de las ocho, entró en la habitación y le halló arrebujado en las ropas del lecho, todo encogido, en una actitud de momia, blanco y rígido ya.

Debía de haber muerto pocas horas antes, mientras dormía; pero por la expresión de su fisonomía hubiérase dicho que era un cadáver muy antiguo que perdiera desde muchos años atrás todo contacto con el mundo. La muerte había acentuado en su mascarilla aquel aire de reserva que tuviera durante toda su vida; la agonía le había hecho apretar aún más sus labios, subrayando el visaje habitual con que recataba sus sentimientos íntimos. Don Juan{220} Martín parecía ocultar un secreto. Y en verdad que se llevaba el secreto de sus fatigas, del heroico esfuerzo de voluntad desplegado durante medio siglo, de los sufrimientos soportados, de las decepciones aguantadas noblemente en silencio… ¡Todo perdido, hundido en la nada, anegado en el misterio, como están perdidos para nosotros los infinitos sufrimientos de las razas primitivas que en centenares de miles de años fueron elevándose lentamente sobre el nivel de la animalidad!

El mucamo se cercioró de la muerte. Iba a llamar, a conmover a la casa, cuando se acordó de la señora y salió, cerrando tras sí suavemente la puerta del aposento como para no despertar al dormido. Bajó al piso inmediato, y después de conferenciar con dos doncellas, le hicieron pasar al tocador. De espaldas, hablándole al espejo, Juana María le preguntó:

—¿Qué pasa, Julián?

Julián dió la noticia:

—Señora, creo que el señor Martín está mal.

—¿Se ha levantado?

—No, señora; todavía no. Me parece que es algo grave. Si la señora quisiera subir…{221}

—¡Inmediatamente!—contestó Juana María poniéndose de pie.

Las doncellas se precipitaron hacia ella y con una destreza de esclavas de harén le arreglaron rápidamente el cabello y le ajustaron su ropaje matinal. Subió presurosa la escalera seguida del mucamo.

Al ver al padre todo blanco y encogido tuvo de inmediato la evidencia de la verdad. Fué como si le dieran un fuerte golpe en la frente; echó la cabeza hacia atrás y permaneció un momento atontada. Pero pronto se sobrepuso al brutal choque. Comenzó a reflexionar: las ideas, las imágenes, los proyectos desfilaron velozmente por su espíritu. Sentía una especie de vértigo al pensar tan rápidamente. Se apoyó en el respaldo de una silla y procuró fijar sus ideas. ¿Qué debía hacer? Como siempre, cuando podía ser necesario, Alava estaba en la estancia. En el chico no se podía confiar. Ante todo había que evitar el escándalo. Debía prolongarse la agonía del padre…

Se volvió hacia el mucamo. Pálida, con un temblor en la voz, le dijo:

—Es un síncope.{222}

El sonido de sus propias palabras la reanimó. Recobrando algo de su capacidad ejecutiva, dijo luego:

—Julián, vaya usted en seguida a buscar al doctor…—vaciló entre dos nombres, decidiéndose por el médico más anciano—; pero vaya usted mismo, sin decir nada a nadie, para no alarmar… Yo esperaré aquí…

Al quedarse sola, Juana María dió un vistazo a la habitación: muebles modestos, viejos, desparejos; la alfombra sucia; ropas en desorden. Todo con un aspecto sórdido que sobrecogía el corazón. En una pared, el retrato de la madre: una horrible ampliación al carbón con un grueso marco dorado.

Esto, más que el cadáver infantilmente encogido en el lecho, la impresionó hasta el punto de hacerle subir las lágrimas a los ojos. Fué una impresión que, comenzada en el estómago, ascendió atenazándole la garganta y obligándole a romper en un sollozo: «¡Dios mío! ¡Qué miseria!»

La doncella de confianza, que, inquieta por su ausencia, subió a ofrecerle auxilio, la halló en medio de la estancia, anonadada, llorando{223} silenciosamente las últimas lágrimas de vergüenza que le hacía derramar el padre…

Cuando Julián volvió con el médico, casi no pudo reconocer la habitación. Faltaban muchos muebles, se había mudado la alfombra y el retrato de la madre había desaparecido.{224}

CAPITULO VII

TRANSFIGURACIÓN
El viejo médico mundano, después de un rápido reconocimiento del cadáver, no pudo evitar una sonrisa ante la ingenuidad de la señora, que seguía hablando de un síncope. «Es la eterna ilusión de la piedad filial», pensó para sí, y dando a su rostro aquella expresión bondadosa que había sido la causa de su éxito en la carrera, comunicó a la hija su triste comprobación.

Ante esta notificación oficial, Juana María cayó de rodillas sobre la alfombra limpia y hundió su rostro en el lecho mortuorio, contra la colcha recién mudada. Así, tapándose los oídos para no escuchar las triviales frases de consuelo del médico y las súplicas amistosas de la doncella, que llorando copiosamente le{225} rogaba se tranquilizase, la hija de Juan Martín permaneció largo rato zarandeada por un tumulto de pensamientos. ¿Qué pasaría durante el día? Como siempre, cuando se trataba de presentar o aludir a su padre ante otras gentes, se sentía cobarde. Esta vez no podría evitarlo, y ante la perspectiva de las miradas irónicas y de los pésames insidiosos que tendría que soportar, un estremecimiento de rebeldía recorrió todo su cuerpo. Se resistía al cumplimiento de ese último deber filial con la misma reacción física que los condenados tienen frente a la guillotina. Sentíase muy desgraciada y hundía desesperadamente la cabeza en la colcha como si quisiera escapar a su amarga obligación fúnebre.

Doña Juana María no era mujer de dejarse abatir. Se puso de pie, dominando su emoción; enjugóse las dos lágrimas ardientes que le corrían por las mejillas y dió varias órdenes. Parecía una princesa regente al pie del lecho de muerte del jefe de la dinastía, porque su primer medida consistió en establecer la censura sobre todas las noticias que se refirieran al fallecimiento.{226}

Alava fué informado por medio de un telegrama de seis palabras, y el médico, retenido en la casa hasta mediodía. Después de esa hora las comunicaciones fueron haciéndose lentamente, de acuerdo con un orden protocolar.

El último en advertir la novedad fué el mayor de los nietos de D. Juan Martín, que vivía en la misma casa. Se había levantado a las cuatro de la tarde, y envuelto en una pintoresca salida de baño estaba haciendo flexiones, a tiempo que batía un cock-tail cargado de yemas, cuando vió en El Diario, que pusiera extendido sobre su cama, el retrato del abuelo. «¡Zas! ¡El viejo!», dijo lleno de estupor, y sin dejar de batir maquinalmente su cock-tail se enteró de la noticia necrológica.

Era un suelto laudatorio, altamente laudatorio. Don Juan Martín aparecía en él como un pioneer, como uno de esos hombres que son el orgullo y la fuerza de las sociedades modernas.

Este país, sobre todo, al que había consagrado sus energías por espacio de más de medio siglo, y donde había formado una familia mo{227}delo de virtudes, le debía estar reconocido. Su muerte era, pues, un duelo a la vez social y público.

Los demás periódicos de la tarde abundaban en sentimientos semejantes. Hacían el elogio de las prendas morales del difunto e historiaban la maravillosa formación de su fortuna, iniciada humildemente y acabada en un esplendor de millones. Se ensalzó su actividad, se admiró su energía, se recordó sus golpes de genio financiero. Comenzaron a circular anécdotas sobre el hombre de negocios, y la máquina de afilar, la célebre máquina de afilar de sus tiempos de iniciación, reapareció como un fantasma glorioso.

En pocas horas la figura de D. Juan Martín había cobrado contornos épicos. A través de los amigos de la casa, por medio de las visitas oficiales de pésame, un reflejo de esa reverberación póstuma había llegado hasta Juana María, quien, sin mucha confianza en tales demostraciones de respeto, las aceptaba, empero, gratamente sorprendida de que el acíbar de aquel día fúnebre no fuese tan amargo.{228}

Poco a poco, con todo, durante la larga noche de velorio, la hija de D. Juan Martín fué adquiriendo la convicción de que sus aprensiones de la mañana anterior habían sido injustificadas. Nunca su papel fuera más fácil ni jamás soportara mejor el peso del apellido de su padre. Y con la conciencia tranquila se entregó a un sueño sereno.

Durmió por espacio de tres horas. Después, el vértigo de sus obligaciones de principal figura del duelo la arrebató, anestesiándola: la rápida prueba de los trajes de luto, la última visita al féretro. La multitud, frases sin eco escuchadas al pasar, hachones encendidos, enormes cortinados negros, dolor de cabeza, cantos en latín y un pesado olor a incienso…

¿Cuánto había durado todo eso?…

Vinieron después los largos días melancólicos, de clausura; la obligada actitud de recogimiento, las visitas de los íntimos, las conversaciones reducidas a girar inevitablemente en torno de la figura del muerto. Esto último, que algunas semanas antes le habría parecido un horrendo suplicio, íbale resultando{229} una tarea fácil y hasta entretenida. ¿Efecto del aburrimiento de aquel interminable secuestro? La señora de Alava no sabía a qué atribuirlo. ¿Era ella o los demás la causa del cambio? En verdad, con respecto a ese punto capital de su vida todos habían cambiado. Las gentes de toda suerte testimoniaban a la memoria de D. Juan Martín un respeto y una admiración que nunca se hubiera podido sospechar durante su vida. Ella misma, por su parte, comenzaba a experimentar, al recuerdo del padre, una vaga emoción de ternura. Ya en más de un momento de soledad se había sorprendido pensando en el anciano.

Cierto día recibió un envoltorio voluminoso. Era un gran libro de recortes, encuadernado en fino cuero negro. Se lo enviaba un amigo modesto, protegido suyo, que con amorosa paciencia había recogido todo cuanto se publicara a propósito del fallecimiento de D. Juan Martín.

Distraídamente, doña Juana María se puso a hojearlo. Creyó que no le interesaría; pero al rato hundióse en la lectura de los avisos fúnebres, de las necrologías, de los artículos{230} biográficos, de las crónicas del sepelio, de las notas de condolencia de Sociedades anónimas y centros recreativos regionales, del relato de los modestos homenajes de empleados y amigos.

El escueto telegrama con que el infante de Aragón se asociara al duelo, desde España, aparecía en el centro de una página, rodeado de una complicada orla dorada con atributos heráldicos y las armas del príncipe.

A medida que pasaba las páginas iba adquiriendo como una revelación de la grandeza del muerto. Fué un descubrimiento que le esclareció súbitamente la evolución operada en su ánimo en las últimas semanas. Había tenido razón; su instinto no la había engañado…

Y bruscamente, al comprender que era un sentimiento lícito, se abandonó a su dolor con una desesperación tanto mayor cuanto más tiempo había sido contenida.

Toda su salvaje ternura filial, retenida y ahogada durante más de veinte años, estalló de pronto en un lamento: «¡Papá! ¡Papá!» Sin reserva alguna, mesándose los cabellos y retorciéndose las muñecas, gritaba: «¡Papá!{231} ¡Papá!»… Era un clamor ronco, angustiado, desesperante.

Una hora después, casi aniquilada, postrada en el suelo, con la cabeza apoyada en el libro de recortes, la cabellera en desorden, imploraba aún con un gemido infantil, entrecortado por hondos suspiros: «¡Papá! ¡Papá!…»{232}

CAPITULO VIII

LUTO LIVIANO
Tres meses después de la muerte de don Juan Martín la señora de Alava escribía esto a una amiga, de paseo por Europa:

«Lentamente vamos reponiéndonos del doloroso golpe que nos dió el Destino. Aunque el vacío dejado por la desaparición de papá es demasiado grande para que pueda olvidarse, nuestro dolor se ha ido dulcificando. Ya no es el sentimiento desgarrador de los primeros días, sino un culto piadoso de su memoria. Le recordamos con ternura a cada momento y nos consolamos pensando que tarde o temprano nos reuniremos a él. Como me decía monseñor de Filippis—que no nos ha abandonado en estos tristes días—, ese consuelo es la gran fuerza de los cristianos. ¡Dios mío! ¿Cómo harán para{233} no morirse de desesperación los incrédulos que pierden un ser querido? ¡Qué enorme desgracia es no tener fe! Sin embargo, aun con la ayuda de la religión, estos meses, a mí sobre todo, que apenas salgo de casa, me parecen interminables. Para ocuparme un poco he hecho sacar del colegio a los dos chicos. ¡Imagínate que en el trastorno del fallecimiento, a causa de lo enervada que me dejó la larga agonía del pobre papá, nos olvidamos de ellos! No pudieron despedirse del abuelo, al cual adoraban, a pesar de que en los últimos años rara vez lo veían. ¡Papá estaba siempre tan ocupado! Si hubiera sido otro habría podido descansar, consagrarnos algún tiempo, hacer vida de familia; pero ¡cualquiera le iba a convencer a él de abandonar sus negocios en otras manos!

»Ahora, con su ausencia, ya es otra cosa. Fernando, mi marido, está por transformar la Empresa en una gran Compañía anónima. Ha recibido en este sentido proposiciones muy ventajosas del barón de Erlanger. El Directorio central se establecería en Londres, y Adolfo se reservaría el cargo de secretario. El muchacho está en{234}cantado porque al fin entrevé la posibilidad de realizar su ideal de vivir en Inglaterra. A mí la solución me parece cómoda y ventajosa. Fernando podrá ocuparse con toda libertad de su cabaña y del haras que acaba de instalar. Esto del haras es un viejo proyecto suyo que no quiso llevar a cabo hasta ahora, para no contrariar a papá. El pobre papá no podía tolerar que se le hablase de caballos. Decía siempre que él no había necesitado nunca de caballo alguno para llegar adonde había llegado. También se oponía a que dejáramos esta casa. Se había encariñado con ella como se encariñaba con todas las cosas. Su apego a lo que le rodeaba era tan grande que no dejaba entrar a nadie en sus habitaciones. Por respeto a su memoria hemos conservado su dormitorio tal cual estaba el día de la muerte.

»¡Ah! Olvidaba decirte que estamos por construir una casa en el terreno de la calle Juncal. Desde que falta papá, este caserón, enorme y frío, me parece insoportable. Creo que no recobraré mi tranquilidad hasta que no me vea fuera de él. Tú no te puedes imaginar cuánto lo deseo. Desgraciadamente, las cosas marchan{235} despacio. Hay que hacer venir materiales de España, porque—se lo he dicho bien claro al arquitecto—no quiero una casa de similor. Y eso es largo… Y mientras tanto me consumo en esta inacción forzada a que me obliga el luto…»{236}

CAPITULO IX
EN EL CUAL LA SEÑORA DE ALAVA RECONOCE QUE EL UNIVERSO ESTÁ PERFECTAMENTE BIEN ORGANIZADO

Un cielo límpido, de un azul de esmalte, sin una nube en toda su extensión. Sólo allá adelante, muy lejos, sobre la masa verdinegra de un grupo de árboles, se desvanecía un copo blanco. ¿Una nube? Bien rara, por cierto, si lo era… Desde la ventanilla del tren, Amenábar la veía aparecer bruscamente como un punto blanco, inflarse con torpeza e irse confundiendo poco a poco en el azul purísimo del firmamento, para luego resurgir como un punto blanco, cincuenta metros más arriba o más abajo, hincharse y diluirse de nuevo. Muy atento al extraño fenómeno meteorológico, el club{237}man había olvidado el objeto de su viaje cuando oyó decir:

«Pronto llegaremos.»

Recordó entonces cómo el encuentro con Adolfito Alava Martín, llegado tres días antes de Londres, le obligara a hacer con él ese viaje, en tren especial, cuando tenía resuelto eludir la ceremonia enviando un telegrama. Pero ahora, ante el encanto de una mañana como aquélla, todo su fastidio se desvaneciera.

¿Qué importaban los discursos, el descubrimiento del busto de D. Juan Martín, la bendición de las salas, los invitados y los miembros de la familia, si con mirar al cielo se sentía penetrado de una paz infinita? Abandonado a un sentimiento bucólico, seguía mirando la caprichosa nube. A medida que se acercaban a ella se concentraba y se disolvía con mayor rapidez. Substrayéndose por un momento a su contemplación, Amenábar pensó con vergüenza en su ignorancia sobre los fenómenos de la Naturaleza. «He ahí un hecho—se dijo—que debe ser sabido de toda la gente de campo, acostumbrada a levantarse temprano, y que a mí, que conozco todas las grandes capi{238}tales del mundo, me produce un asombro de salvaje.»

La nube continuaba rehaciéndose y fundiéndose en el azul, sobre el grupo de árboles, con una perseverancia encomiable. A Amenábar le pareció advertir hacia aquel lado unos golpes sordos.

El tren disminuyó su marcha… Entonces Amenábar pudo reconocer sin dificultad el estampido de la bomba, que cada medio minuto se deshacía en un copo de humo blanco, sobre los árboles, anunciando la fiesta.

Por el camino de tierra, que un poco más adelante surgió de improviso al lado de la vía, iban algunos autos, grandes coches de campaña, fords de chacareros, paisanos a caballo y un destacamento de la gendarmería provincial. Avanzando con lentitud, venía detrás un coche de ciudad cerrado, tras cuyos cristales veíase un hábito violeta y dos sotanas negras.

«Es el obispo», dijo alguno de los que se habían agolpado en las ventanillas del vagón. Y con el regocijo de quien ve disiparse una perspectiva desagradable, los que acompañaban a{239} Adolfito Alava Martín comenzaron a reconocer a los que iban por la ruta.

Casi todos los veraneantes del balneario vecino se habían trasladado a la inauguración de la colonia de vacaciones.

El tren especial en que el nieto de D. Juan Martín reuniera a todos los amigos que se hallaban en Buenos Aires entró, multiplicando las señales de alarma, en la pequeña estación. Amenábar, deseando desentumecer las piernas, bajó el primero. Apenas puso el pie en el andén, un operador cinematográfico, enfrentándosele, comenzó a dar vueltas a la manivela de su aparato.

A espaldas suyas estallaron de pronto los clarines de una banda lisa. Era la banda de bomberos de La Plata que, de uniforme de gala, acababa de descender de otro convoy, detenido en un desvío.

Pocos pasos adelante reconoció al gobernador de la provincia, de traje claro y sombrero blando, acompañado por un ministro joven que parecía muy preocupado del efecto del rocío sobre sus botines de charol. Por la ruta que llevaba de la estación al grupo de pabellones{240} blancos con techado rojo, donde se aglomeraba la gente, veía desarrollarse la cinta amarilla de una sección de boys scouts. Las bombas, ahora más frecuentes, atronaban el espacio; las bocinas de los automóviles formaban un tumulto confuso y el clamoreo de los clarines parecía querer competir con el sol deslumbrante.

Amenábar perdió la última ilusión que le quedaba de la paz campesina. Aturdido, después de una noche de viaje en tren, se perdió entre la muchedumbre, que a eso llegaba la asistencia a la ceremonia.

«¿Cómo habrá hecho Juana María para reunir esta gente aquí?», pensó, no sin asombro. Luego, con la buena fe de un espectador desinteresado, presenció el descubrimiento del busto de D. Juan Martín en el pequeño hall del pabellón principal. La colonia de vacaciones había sido puesta bajo la advocación de su nombre, como en homenaje a su memoria y como un ejemplo a los que allí se asilaran de lo que pueden el trabajo y la constancia. Descubiertos respetuosamente, los espectadores contemplaban la efigie de mármol sobre cuya fuerte nariz cabalgaban unos lentes de{241} oro… ¡Aquellos lentes que durante su vida le servían para no dejarse apiadar por la miseria, para no ser débil, ni compasivo, ni generoso, para no ver sino lo que resueltamente le convenía!

El obispo de Heráclea pronunció el panegírico. Fué una hermosa peroración, que consistió únicamente en el desarrollo de este pensamiento, que monseñor de Filippis atribuyó a Veuillot: «¿Qué es una hermosa vida? Un pensamiento de la juventud realizado en la edad madura…»

El seguro conocimiento que evidenciaba siempre de una literatura tan profana como la francesa era una de las causas de su prestigio mundano. Aquella cita lo robusteció por mucho tiempo.

Mientras monseñor hablaba, Juana María, llorando de emoción al recuerdo del padre, pensaba que esa fórmula era también aplicable a ella: había conseguido todo cuanto se propusiera en la juventud. Lo último, lo que más le costara, lo acababa de obtener: poseía la mejor casa de Buenos Aires, y de ahora en adelante tendría un antepasado ilustre.{242}

Los demás discursos, el del gobernador de la provincia, aceptando la donación, y el del director del nuevo establecimiento no le dejaron ninguna duda sobre el punto. El nombre de D. Juan Martín había entrado en la gloria…

A mediodía la mayor parte de la concurrencia se dirigió a la estancia de Alava, que quedaba allí cerca. Mucha gente, mujeres sobre todo, deseaban contemplar a Heraldic, el famoso padrillo que el gran criador había adquirido en Inglaterra, para su haras, en una suma fabulosa. Otros, hombres serios en su mayor parte, preferían ver los mejores ejemplares de la cabaña. Por último, un grupo pequeño de visitantes de mediana condición social, que tenían el culto de los self-mademan, se dió a buscar la célebre máquina de afilar a que se hacía referencia siempre que se aludía a los orígenes de la fortuna de D. Juan Martín.

Esta vez la señora de Alava se puso a la cabeza de los curiosos. Los llevó hasta un pequeño galpón, donde, cubierta por una lona, se hallaba la máquina, con su rueda única, su pedal, la piedra gastada y el tarrito del agua.

«¡Cómo la cuidan!», dijo con admiración uno{243} de los del grupo. El aparato, en verdad, no representaba tener el medio siglo que le atribuía la leyenda. Monseñor de Filippis, que no se apartaba de la señora de Alava, descubrió entonces que la máquina tenía la patente del año anterior. E inmediatamente, con su fino sentido de la adulación, celebró la piedad filial de la señora, que, como una suerte de tributo a los manes paternales, renovaba todos los años la patente del aparejo.

«Gran ejemplo de humildad, señora, gran ejemplo de humildad.»

Entre tanto, la hija de Juan Martín, conturbada por el detalle inadvertido y temiendo que por otros signos se descubriese la piadosa substitución de la reliquia desaparecida, había dejado caer de nuevo la lona. Salieron del galpón, y mientras se alejaban iba pensando que era ridículo que ella, que había reunido en su casa de la calle Juncal muebles antiguos, venerables obras de arte, vinos añejos y cuadros del Renacimiento, no hubiera podido conseguir una máquina de afilar vieja de veinte años.

Fué el único pensamiento desagradable que tuvo aquel día.{244}

Por la noche, sin embargo, sufrió una pesadilla atroz. Soñó que el padre había vuelto y todo lo realizado en los tres años que estuviera ausente se desvanecía como una pintura lavada con ácido: la Sociedad anónima, la casa colonial, el haras, la colonia de vacaciones. Don Juan Martín era más hosco, más intratable, más grosero que nunca. Dejaba que le rematasen la estancia a Alava y pretendía que Adolfito fuese a trabajar a las oficinas de la Empresa.

Y quería obligarla a ella a que le acompañase en sus paseos por la ciudad, mientras él iba empujando la vieja máquina de afilar y llamando la atención con su silbato.

¿No había acaso escoltado a la madre cuando iba al lavadero? Como un conjuro infernal, surgió ante ellos la figura de la madre, zafia, procaz, con un cesto de ropa blanca sobre la cabeza. Los tres echaron a andar por las calles aristocráticas, por los paseos distinguidos, por las playas de moda. Pasaban por entre filas de gente conocida que no la reconocían. Anonadada de vergüenza, oyó al obispo de Heráclea decirle, sacudiendo jovialmente la mitra:{245}

«Gran ejemplo de humildad, señora, gran ejemplo de humildad.»

Bruscamente se le despertó un odio terrible contra el espectro—¿era verdaderamente su padre?—que la arrastraba en aquel paseo infamante. Toda la gente había desaparecido y se encontraban en un desierto rojo. Alzó el brazo para golpear al fantasma y se despertó sentada en la cama en su dormitorio de la estancia. Aunque el resplandor rojizo del velador le permitía darse cuenta de los muebles familiares, de los detalles conocidos, de su fisonomía misma, que el psyché reproducía en un ángulo de la habitación, permaneció largo rato con las pupilas agrandadas por el terror, temblando y a punto de llorar de miedo. ¿Había muerto efectivamente el padre? ¿Habían pasado de verdad tres años?

Poco a poco fué recobrando el sentido de la realidad. Reconstruyó todo lo ocurrido en ese espacio de tiempo y se dió cuenta que había sido víctima de una pesadilla. Pero aun así, su inquietud no desapareció por completo. ¿Podrían volver los muertos? Se quedó pensando en esta posibilidad, que nunca hasta entonces se{246} le había ocurrido. Pero pronto la desechó. Aunque la Dirección de Cementerios no ofrece ninguna garantía al respecto, los muertos no vuelven. Eso para ella era una prueba más de que el Universo estaba perfectamente bien organizado.

F I N