Una excursión a los indios ranqueles – Tomo 2 by Lucio V. Mansilla

BIBLIOTECA DE «LA NACIÓN»

LUCIO V. MANSILLA

UNA EXCURSIÓN
Á LOS
INDIOS RANQUELES
OBRA PREMIADA EN EL CONGRESO INTERNACIONAL
GEOGRÁFICO DE PARÍS (1875)

TOMO II

BUENOS AIRES
1909

Imp. y estereotipia de LA NACIÓN.—Buenos Aires

ÍNDICE

Cap. Pág.
I. Visita del cacique Ramón.—Un almuerzo y una
conferencia en el toldo de Mariano Rosas.—Mi
futura ahijada.—Ideas de Mariano Rosas sobre
el gobierno de los indios comparado con el de
los cristianos.—Reflexiones al caso.—Explico
lo que es Presupuesto, Presidente y Constitución.—El
pueblo comprenderá siempre mejor
lo que es la vara de la ley, que la ley 5
II. Camargo y José de visita en los momentos de
recogerme.—Me llevaban una música.—Horresco
referens.—Fisonomía de Camargo.—Zalamerías
de José.—Por qué lo respetan los indios á
Camargo.—Vida de Camargo contada por él
mismo.—Por qué produce esta tierra tipos como
el de Camargo 13
III. Noche de hielo.—Dónde es realmente triste la
vida.—Preparativos para la misa.—Resuena
por primera vez en el desierto el Confiteor Deo
Omnipotenti.—Recuerdo de mi madre.—Trabajos
de Mariano Rosas, preparando los ánimos
para la junta.—Como y duermo.—Conferencia
diplomática.—El archivo de Mariano Rosas.—En
Leubucó reciben la «Tribuna».—Imperturbabilidad
de Mariano Rosas.—Mi comadre Carmen
en el fogón 21
IV. Creencias de los indios.—Son uniteístas y
antropomorfistas.—Gualicho.—Respeto por los
muertos.—Plata enterrada.—¿Será cierto que
la civilización corrompe?—Crueldad de Bargas,
bandido cordobés.—Triste condición de los cautivos
entre los indios.—Heroicidad de algunas
mujeres.—Unas con otras.—Modos de vender.—Eufonía
de la lengua araucana.—¿La carne de
yegua puede ser un antídoto para la tisis? 31
V. Preparativos para la marcha á las tierras de
Baigorrita.—Camargo debía acompañarme.—Motivos
de mi excursión á Quenque.—Coliqueo.—Recuerdo
odioso de él.—Unos y otros se han
valido de los indios en las guerras civiles.—En
lo que consistía mi diplomacia.—En viaje rumbo
al Sud.—Confidencia de un espía.—El espionaje
en Leubucó.—Poitaua.—El algarrobo.—Pasión
de los indios por el tabaco.—Cómo hacen
sus pipas.—Pitralauquen.—Baño y comida.—Mi
lenguaraz Mora, su fisonomía física y moral 43
VI. Una noche eterna.—Aspecto del campo al amanecer
después de la helada.—En marcha.—Encuentro
con indios.—Me habían descubierto de
muy lejos.—Medios que emplean los indios para
conocer á la distancia si un objeto se mueve
ó no.—La carda.—Un monte.—Gente de Baigorrita sale
á encontrarnos.—Baigorrita.—Su toldo.—Conferencia
y regalos.—Las botas de mis
manos.—Carneada.—Una cara patibularia 53
VII. Qué es la vida.—Reflexiones.—Los perros de los
indios.—Recuerdos que deben tener de mi
magnificencia.—Un intérprete.—Cambio de
razones.—Sans façon.—Yapaí y
yapaí.—Detalles.—En Santiago y Córdoba los pobres
hacen lo mismo que los indios.—Fingimiento.—Otra
vez la cara patibularia.—Averiguaciones.—Una navaja
de barba mal empleada 63
VIII. Dos desconocidos.—El cuarterón.—El mayor
Colchao y su hijo.—Una cautiva explica
quién era Colchao y refiere su historia.—Provocaciones
de Caiomuta.—Gualicho redondo.—Contradicciones
del cuarterón.—Juan de Dios
San Martín.—Dudas sobre la fidelidad conyugal.—Picando
tabaco.—Retrato de Baigorrita.—Un
espía de Calfucurá 73
IX. Cansancio.—Puesta del sol.—Un fogón de dos
filas.—Mis caballos no estaban seguros.—Aviso
de Baigorrita.—Los indios viven robándose
unos á otros.—La justicia.—Los pobres son como
los caballos patrios.—Cena y sueño.—Intentan
robarme mis caballos.—Cantan los gallos.—Visión.—El
mate.—Un cañonazo 87
X. Baigorrita se levanta al amanecer y se
baña.—Saludos.—En el toldo de mi futuro compadre.—El
primer bautismo en Quenque.—Deberes
recíprocos del padrino y del ahijado.—Nociones
de los indios sobre Dios.—Promesas de mi
compadre sobre mi ahijado.—Me hablan de una
cosa y contesto otra.—Lucio Victorio Mansilla
sería algún día un gran cacique.—Pensamientos
locos.—Visita al toldo de Caniupán.—Usos
y costumbres ranquelinas.—Un fumador sempiterno 97
XI. El cuarterón cuenta su historia.—Recuerdo de Julián
Murga.—Los niños de hoy.—Diálogo con el
cuarterón.—Insultos.—Nuestros juicios son
siempre imperfectos.—Un recuerdo de la
Imitación de Cristo.—Dudas
filosóficas.—Última mirada al
fogón.—El cuarterón me da lástima.—Alarma.—Caiomuta
ebrio, quiere matarme.—Un reptil humano 107
XII. Medio dormido.—Un palote humano.—Un
baño de aguardiente.—Los perros son más leales
que los hombres.—Preparativos.—El comercio
entre los indios.—Dar y pedir con vuelta.—Peligros
á que me expuso mi pera.—En
marcha para Añacué.—Una águila mirando al
Norte, buena señal 117
XIII. Mi compadre Baigorrita me pide caballos
prestados.—El que entre lobos anda á aullar
aprende.—Aves de la Pampa.—En un monte.—Perdido.—Las
tinieblas.—Fantasmas de la
imaginación.—¿Somos felices?—Disertación
sobre el derecho.—El miedo.—Hallo camino.—Me
incorporo á mis compañeros.—Clarines y
cornetas 127
XIV. Mariano Rosas y su gente.—¡Qué valiente
animal es el caballo!—Un parlamento de noche.—Respeto
por los ancianos.—Reflexiones.—La
humanidad es buena.—Si así no fuese estaría
perturbado el equilibrio social.—El arrepentimiento
es infalible.—Lo dejo á mi compadre Baigorrita
y me retiro.—Un recién llegado.—Chañilao.—Su
retrato 135
XV. Quién es Chañilao.—Su historia.—El carácter
es un defecto para las medianías.—Diferencia
entre el gaucho y el paisano.—El primero
no es nada, el segundo es siempre federal.—¿Tenemos
pueblo propiamente hablando?—Sentimientos
de un maestro de posta cordobés
cuando estalló la guerra con el Paraguay.—Chañilao
y yo.—Frescas.—Intrigas.—Una china 145
XVI. Mi compadrazgo con Baigorrita había alarmado
á los de Leubucó.—Censura pública.—Nubes
diplomáticas.—Camargo conocía bien á
los indios.—Confío en él.—Camilo y Chañilao
no se entienden.—En marcha para la junta
grande.—Quieren que salude á quien no debo.—Me
niego á ello.—Ceden saludos.—Empieza la
conversación.—Discurso inaugural.—Entusiasmo
que produce Mariano Rosas.—El debate.—Un
tonto no será nunca un héroe 155
XVII. Repito la lectura de los artículos del tratado
de paz.—Los indios piden más qué comer.—Mi
elocuencia.—Mímica.—Dificultades.—El
recuerdo de un sermón de Viernes Santo me
salva.—El representante de la Liberté en Bruselas
y yo.—Cargos mutuos.—Argumentos etnográficos.—Recursos
oratorios.—En el banco
de los acusados.—Interpelaciones ad hominem.—El
traidor calla.—Redoblo mi energía é impongo
con ella.—Se establece la calma.—Apéndice.—Once
mortales horas en el suelo 165
XVIII. Revelación.—Más había sido el ruido que
las nueces.—Nuevas presentaciones.—El último
abrazo y el último adiós de mi compadre Baigorrita.—Otra
vez adiós.—Mariano Rosas después
de la junta.—¡Qué dulce es la vida lejos
del ruido y de los artificios de la civilización!—Los
enanos nos dan la medida de los gigantes y
los bárbaros la medida de la civilización.—Una
mujer azotada.—No era posible dormir tranquilo
en Leubucó 183
XIX. La paz estaba definitivamente hecha.—El
doctor Macías.—Gotas maravillosas.—Padre é
hijo indios.—Lo pido á Macías.—Visita á Epumer 193
XX. Fama de Epumer.—Me esperaban en su
toldo.—Recepción.—Indias y cristianas.—Pasteles
y carbonada entre los indios.—Amabilidades.—Celo
apostólico del padre Marcos.—Puchero
de yegua.—Insisto en sacar á Macías.—Negativas.—Un
indio teólogo.—Un espectro vivo 203
XXI. Intrigas contra Macías.—Envidia de los
cristianos.—Preparativos para el bautismo.—Animación
de Leubucó.—Aspavientos de las
madres.—Sentimiento que las dominaba.—El
mal de este mundo es materia de religión.—Mi
ahijada, la hija de Mariano Rosas.—De gala, con
botas de potro de cuero de gato, y vestido de
brocado.—Invencible curiosidad.—No puedo explicar
lo que sentí.—Una cristalización en el
cerebro.—Regalos recíprocos.—Pobre humanidad 213
XXII. Se acerca la hora de partida.—Desaliento
de Macías.—El negro del acordeón y un envoltorio.—Era
un queso.—Calixto Oyarzábal anuncia
que hay baile.—Baile de los indios y de las
chinas.—En un detalle encuentro á los indios
menos civilizados que nosotros 223
XXIII. Solo en el fogón.—¿Qué habría pensado yo
si hubiera tenido menos de treinta años?—Con
las mujeres es mejor no estar uno solo.—El crimen
es hijo de las tinieblas.—El silencio es un
síntoma alarmante en la mujer.—Visitas inesperadas.—Yo
no sueño sino disparates.—Los filósofos
antiguos han escrito muchas necedades 231
XXIV. La loca de Séneca.—El sueño Cesáreo se
me había convertido en substancia.—Salida
inesperada de Mariano Rosas.—Un bárbaro pretende
que un hombre civilizado sea su instrumento.—Confianza
en Dios.—El hijo del comandante
Araya.—Dios es grande.—Una seña misteriosa 239
XXV. Astucia y resolución de Camilo Arias.—Última
tentativa para sacar á Macías.—Un indio entre
dos cristianos.—Confitemini Domino.—Frialdad
á la salida.—La palabra amigo en Leubucó
y en otras partes.—El camino de Carrilobo.—Horrible,
most horrible!—Todavía el negro
del acordeón.—Felicidad pasajera de Macías 247
XXVI. Á orillas de un monte.—Un barómetro humano.—En
marcha con antorchas.—Ecos extraños.—Conjeturas.—Un
chañar convertido en
lámpara.—Aparición de Macías.—Inspiración
del gaucho.—Alrededores del toldo de Villarreal.—Una
cena.—Cumplo mi palabra 257
XXVII. Con quién vivía mi comadre Carmen.—Una
despedida igual á todas.—Yo habría hecho igual á
todas las mujeres.—Grupo asqueroso.—¡Adiós!—Una
faja pampa.—Arrepentimiento.—Trepando
un médano.—Desparramo.—Perdidos.—El
Brasil puede alguna vez salvar á los
Argentinos.—Llegamos al toldo de Ramón 267
XXVIII. El sueño no tiene amo.—El toldo de Ramón
nada dejaba que desear.—Una fragua primitiva.—Diálogo
entre la civilización y la barbarie.—Tengo
que humillarme.—Se presenta
Ramón.—Doña Fermina Zárate.—Una lección
de filosofía práctica.—Petrona Jofré y los cordones
de Nuestro Padre San Francisco.—Veinte
yeguas, sesenta pesos, un poncho y cinco chiripáes
por una mujer.—Rasgo generoso de Crisóstomo.—El
hombre ni es un ángel ni una bestia 277
XXIX. La familia del cacique Ramón.—Spañol.—Una
invasión.—Despacho al capitán Rivadavia.—Cuestión
de amor propio.—Buen sentido de
un indio.—En Carrilobo soplaba mejor viento
que en Leubucó.—Suenan los cencerros.—Atíncar
(véase bórax).—El hombre civilizado nunca
acaba de aprender.—Me despido.—Cómo doman
los bárbaros.—¡Últimos hurrahs! 287
XXX. Á la vista de la Verde.—Murmuraciones.—Defecto
de lectores y de caminantes.—Dos cuentos
al caso.—Reglas para viajar en la Pampa.—La
monotonía es capaz de hacer dormir al mejor
amigo.—Dos polvos.—Suerte de Brasil.—Reproche
de los franciscanos.—¿Tendrán alma los perros?—Un
obstáculo 297
XXXI. Otra vez en la Verde.—Últimos ofrecimientos
de Mariano Rosas.—Más ó menos todo el mundo es como
Leubucó.—Augurios de la
Naturaleza.—Presentimientos.—Resuelvo separarme de mis
compañeros.—Impresiones.—¡Adiós!—Un
fantasma.—Laguna del Bagual.—Encuentro
nocturno.—Un cielo al revés.—Agustinillo.—Miseria
del hombre 307
Epílogo 321
UNA EXCURSIÓN Á LOS INDIOS RANQUELES

I
Visita del cacique Ramón.—Un almuerzo y una conferencia en el toldo de Mariano Rosas.—Mi futura ahijada.—Ideas de Mariano Rosas sobre el gobierno de los indios comparado con el de los cristianos.—Reflexiones al caso.—Explico lo que es Presupuesto, Presidente y Constitución.—El pueblo comprenderá siempre mejor lo que es la vara de la ley, que la ley.

Al día siguiente recibí la visita del cacique Ramón, que llegó con una numerosa comitiva.

Charlamos duro y parejo, como se dice en la tierra; bebimos sendos tragos á la usanza araucana, y quedamos apalabrados para vernos en la raya de las tierras de Baigorrita, el día de la junta, que no tardaría en tener lugar.

Bustos, el mestizo que tan buena voluntad me manifestó en Alliancó, venía con él.

Le di algo de lo poco que me había quedado, y al cacique le regalé mi revólver de veinte tiros, enseñándole el modo de servirse de él, cómo se armaba y desarmaba. No pareció muy contento del arma. Es linda, me dijo; pero aquí no nos sirven las cosas así, porque cuando se nos acaban las balas no tenemos de dónde sacarlas.

Le prometí surtirlo de ellas, si teníamos la fortuna de observar fiel y estrictamente la paz celebrada.

Me contestó que por su parte no omitiría esfuerzo en ese sentido, apelando al testimonio de Bustos para probarme que él era muy amigo de los cristianos. En la Carlota tengo parientes; mi madre era de allí, me repitió varias veces, agregando siempre: ¡cómo no he de querer á los cristianos si tengo su sangre!

Después que se marchó, mandé ver con el capitán Rivadavia si Mariano Rosas estaba en disposición de que habláramos de nuestro asunto,—el tratado de paz.

Mi viaje tenía por objeto orillar ciertas dificultades que surgían de la forma en que había sido aceptado.

Me contestó que estaba á mis órdenes, que fuera á su toldo cuando gustara.

No le hice esperar.

Entré en el toldo.

El hombre almorzaba rodeado de sus hijos y mujeres.

Se pusieron de pie todos, me saludaron atenta y respetuosamente, y antes de que hubiera tenido tiempo de acomodarme en el asiento que me designaron, me pusieron por delante un gran plato de madera con mazamorra de leche muy bien hecha.

Me preguntaron si me gustaba así ó con azúcar.

Contesté que del último modo, y volando la trajeron en una bolsita de tela pampa.

No había almorzado aún. Comí, pues, el plato de mazamorra sin ceremonias.

Me ofrecieron más y acepté.

Mis aires francos, mis posturas primitivas, mis bromas con los indiecitos y las chinas le hacían el mejor efecto al cacique.

—Usted ha de dispensar, hermano, me decía á cada momento.

Cuando le miraba fijamente, bajaba la cara, y cuando creía que yo no le veía, me miraba de hito en hito.

Hablamos de una porción de cosas insignificantes, mientras duró la mazamorra, que á eso sólo se redujo el almuerzo.

Meses antes, por cartas me había invitado para que nos hiciéramos compadres.

Me presentó á mi futura ahijada.

Era una chinita como de siete años, hija de cristiana.

Más predominaba en ella el tipo español que el araucano.

La senté en mis rodillas y la acaricié, no era huraña.

Por fin, entramos á hablar de las paces, como se dice allí.

Mariano fué quien tomó la palabra.

—Yo, hermano, quiero la paz porque sé trabajar y tengo lo bastante para mi familia cuidándolo. Algunos no la han querido; pero les he hecho entender que nos conviene. Si me he tardado tanto en aceptar lo que usted me proponía, ha sido porque tenía muchas voluntades que consultar.

En esta tierra el que gobierna no es como entre los cristianos.

Allí manda el que manda y todos obedecen.

Aquí, hay que arreglarse primero con los otros caciques, con los capitanejos, con los hombres antiguos. Todos son libres y todos son iguales.

Como se ve, para Mariano Rosas nosotros vivimos en plena dictadura y los indios en plena democracia.

No creí necesario corregir sus ideas.

Por otra parte me hubiera visto un tanto atado para demostrarle y probarle que el Gobierno, la autoridad, el poder, la fuerza disciplinada y organizada no son omnipotentes en nuestra turbulenta república.

Aquí donde todos los días declamamos sobre la necesidad de prestigiar, robustecer y rodear al poder, siendo así que el hecho histórico persistente, enseña á todos los que tienen ojos y quieren ver, que la mayor parte de nuestras desgracias provienen del abuso de autoridad.

Recién vamos adquiriendo conciencia de nuestra personalidad; recién va encarnándose en las muchedumbres, cuya aspiración ardiente es conquistar y afianzar la libertad racional sobre los inamovibles quicios de la eterna justicia; recién vamos convenciéndonos de que lo que se llama soberanía popular es el ejercicio y la práctica del santo derecho; recién vamos entendiendo que el pueblo es todo, y que así como nadie puede reivindicar el honroso título de caballero si deja que se juegue con su dignidad personal, así también la entidad colectiva no puede enorgullecerse de sus conquistas morales, de sus progresos, de su civilización, si dócil y sumisa, irresoluta y cobarde se deja uncir al carro del poder para arrastrarlo según su capricho.

Por más entendido que fuera Mariano Rosas, ¿á qué había de perder tiempo en disertaciones políticas con él?

Como yo era en aquellos momentos un embajador (sic), y como siendo uno embajador debe tomar las cosas á lo serio, después de algunas palabras encomiando su conducta entré á explicar que el tratado de paz debiendo ser sometido á la aprobación del Congreso, no podía ser puesto en ejercicio inmediatamente.

Me valí para que el indio comprendiera lo que es Poder Ejecutivo, Parlamento, Presupuesto y otras hierbas, de figuras de retórica campesinas. Y sea que estuve inspirado, cosa que no me suele suceder,—no recuerdo haberlo estado más que una vez, cuando renuncié á estudiar la guitarra, convencido de la depresión frenológica que puede notarse observando en mi cráneo el órgano de los tonos,—y sea que estuve inspirado, decía, el hecho es de que Mariano Rosas se edificó.

Me convencieron de ello sus bostezos.

Podía quedarse dormido si continuaba haciendo gala de mis talentos oratorios, de mis conocimientos en la ciencia del derecho constitucional, de las seducciones que el hombre civilizado cree siempre tener para el bárbaro.

Me resolví, pues, á hacerle esta interpelación:

—¿Y qué le parece, hermano, lo que le he dicho?

—¡Qué me ha de parecer! que estando firmado el tratado por el Presidente, que es el que manda, nos costará mucho hacerles entender á los otros indios eso que usted me ha estado explicando.

—Haremos—continuó,—una junta grande, y en ella entre usted y yo, diremos lo que hay.

—Mientras tanto, hermano, cuente conmigo para ayudarlo en todo.

—Yo cuento con usted, porque veo que si no quisiera á los indios no habría venido á esta tierra.

Le contesté, como era de esperarse, asegurándole que el Presidente de la República era un hombre muy bueno; que se había envejecido trabajando para que se educaran todos los niños chicos de mi tierra; que no les había de abandonar á su ignorancia; que por carácter y por tendencias era hombre manso, que no amaba á la guerra; y que por otra parte, la Constitución le mandaba al Congreso conservar el tratado pacífico con los indios y promover la conversión de ellos al catolicismo; que el Congreso le había de dar al Presidente toda la plata que necesitase para esas cosas, y que como eran muy amigos no se habían de pelear si pensaban de distinto modo, porque los dos juntos gobernaban el país.

—Y dígame, hermano—me preguntó;—¿cómo se llama el Presidente?

—Domingo F. Sarmiento.

—¿Y es amigo suyo?

—Muy amigo.

—Y si dejan de ser amigos, ¿cómo andarán las paces con nosotros que ha hecho usted?

—Pero bien, no más, hermano, porque yo no puedo pelearme con el Presidente, aunque me castigue. Yo no soy más que un triste coronel, y mi obligación es obedecer.

El Presidente tiene mucho poder, él manda todo el ejército. Además, si yo me voy, vendrá otro jefe, y ese jefe tendrá que hacer lo que le mande el general Arredondo, que es de quien dependo yo.

—¿Arredondo es amigo del Presidente?

—Muy amigo.

—¿Más amigo que usted?

—Eso no le puedo decir, hermano, porque, como usted sabe, la amistad no se mide, se prueba.

—Y dígame, hermano, ¿cómo se llama la Constitución?

Aquí se me quemaron los libros. Y, sin embargo, si el Presidente podía llamarse D. F. Sarmiento, ¿por qué para aquel bárbaro, la Constitución, no se había de llamar de algún otro modo también?

Me vi en figurillas.

—La Constitución, hermano… La Constitución… se llama así no más, pues, Constitución.

—¿Entonces, no tiene nombre?

—Ése es el nombre.

—¿Entonces no tiene más que un nombre, y el Presidente tiene dos?

—Sí.

—¿Y es buena ó mala la Constitución?

—Hermano, los unos dicen que sí, y los otros dicen que no.

—¿Y usted es amigo de la Constitución?

—Muy amigo, por supuesto.

—¿Y Arredondo?

—También.

—¿Y cuál de los dos es más amigo de la Constitución?

—Los dos somos muy amigos de ella.

—¿Y el Congreso, cómo se llama?

—El Congreso… el Congreso… se llama Congreso.

—¿Entonces no tiene más que un solo nombre, lo mismo que la otra?

—Uno sólo, sí.

—¿Y es bueno ó es malo el Congreso?

—(¡Hum!)

Confieso que esta pregunta me dejó perplejo. Pero había que contestar. Hice mis cálculos para responder en conciencia, y cuando iba á hacerlo, dos perros que andaban por allí se echaron sobre un hueso y armaron una singuizarra infernal, interrumpiendo el diálogo.

Mariano se levantó para espantarlos gritando «¡fuera! ¡fuera!»

Yo aproveché la coyuntura para retirarme.

Entré en mi rancho, me senté en la cama, apoyé los codos en los muslos, la cara en las manos y me quedé por largo rato sumido en profunda meditación.

«He perdido el tiempo, me decía, con los ecos del espíritu. No es tan fácil explicar lo que es una Constitución, lo que es un Congreso.»

Mariano Rosas había entendido perfectamente lo que es un presidente, primero, porque tenía otro nombre, porque se llamaba Domingo lo mismo que habría podido llamarse Bartolo; segundo, porque mandaba el ejército.

Por consiguiente, resulta de mi estudio sobre las entendederas de un indio, que el pueblo comprenderá siempre mejor lo que es la vara de la ley, que la ley.

Los símbolos impresionan más la imaginación de las multitudes, que las alegorías.

De ahí, que en todas las partes del mundo donde hay una Constitución y un Congreso, le teman más al Presidente.

Algunas horas después volví á verme con Mariano.

Viéndole festivo, aproveché sus buenas disposiciones y le pedí permiso para decir una misa, al día siguiente, manifestándole el vehemente deseo de oirla que tenían muchos de los cristianos cautivos y refugiados en Tierra Adentro.

Llevéles la buena nueva á mis franciscanos, y, como verdaderos apóstoles de Jesucristo, la recibieron con júbilo.

Resolvimos decirla, si el tiempo estaba bueno, si no había viento ó tierra, en campo raso, apoyando el altar sagrado en el viejo tronco de un chañar inmenso, cuyos gajos corpulentos le servirían de bóveda.

Mañana estaremos de misa.

II
Camargo y José de visita en los momentos de recogerme.—Me llevaban una música.—Horresco referens.—Fisonomía de Camargo.—Zalamerías de José.—Por qué lo respetan los indios á Camargo.—Vida de Camargo contada por él mismo.—Por qué produce esta tierra tipos como el de Camargo.

Arreglaba mi cama para recogerme, después de haber cenado y convenido con los franciscanos que la misa se diría al día siguiente, de ocho á nueve, cuando una visita inesperada se presentó en mi rancho.

Mi futuro compadre Camargo, con uno de los lenguaraces de Mariano Rosas, llamado José, nativo de Mendoza, casado entre los indios, cuyos hábitos y costumbres ha adoptado hasta el extremo de hacer dudar sea cristiano. Es hombre que tiene algo, porque, como se dice allí, ha trabajado bien, y en quien depositan la mayor confianza, tanta cuanta depositarían en un capitanejo.

José está vinculado por el amor, la familia y la riqueza al desierto.

Los indios, que conocen el corazón humano lo mismo que cualquier hijo de vecino, lo saben perfectamente bien.

Le miran, pues, como á uno de ellos.

Ambos venían con los instrumentos del placer en la mano,—con una botella de aguardiente.

Les ofrecí asiento, y haciendo grandísimos esfuerzos para disimular su estado, lo aceptaron, invitándome á saborear con ellos el alcohólico brevaje, usando, por supuesto, de la fórmula consagrada.

Tuve que aceptar el yapaí.

Pero como estábamos solos, entre puros nosotros como dicen los paisanos, me creí eximido de ser tan deferente como en otras ocasiones.

No lo llevaron á mal.

Mis fueros de coronel, por una parte, por otra la comunidad de religión y de origen, circunstancia que en todas las situaciones de la vida establece fácilmente cierta cordialidad entre los hombres, ponían á mis huéspedes en el caso de no abusar de mi hospitalidad.

Además, ellos se consideraban honrados de ser admitidos á horas incompetentes en mi rancho; les bastaba fraternizar conmigo y beber solos con mi permiso.

Me lo pidieron con toda la picardía gauchesca, diciéndome:

—Dispénsenos, mi Coronel, si no estamos muy buenos; queremos acabar esta botellita aquí, en su rancho; si le parece mal, si le incomodamos, nos retiraremos.

—Estén á gusto—les contesté,—yo no soy hombre etiquetero.

—Ya lo sabemos—contestaron á dúo,—por eso hemos venido.

Y esto diciendo, José, que era muy zalamero, que había sido muy obsequiado por mí en el Río 4.º, me abrazaba, diciéndole á Camargo:

—Éste es mi padre—y mirándome significativamente:—Ya sabe, mi Coronel, quién es José.

Quedo enterado, decía yo para mis adentros, sabiendo mejor que él á lo que me debía atener.

Declaraciones de beodos son lo mismo que promesas de mujer.

¡Necio de aquél que se chupa el dedo!

Necio de aquél que al entregarle su corazón, sus esperanzas y sus ilusiones, olvida el dicho de Ninón de Lenclos:

Tout passe, tout casse, tout lasse.

Ser amable no es pecado.

Al contrario, es un deber cuya práctica nos hace simpáticos á los ojos del mundo.

Yo era, pues, tan amable con mis visitas, como el tiempo y el lugar lo permitían.

Todos los días le doy gracias á Dios por haberme concedido bastante flexibilidad de carácter para encontrarme á gusto, alegre y contento, lo mismo en los suntuosos salones del rico, que en el desmantelado rancho del pobre paisano; lo mismo cuando me siento en elásticas poltronas, que cuando me acomodo alrededor del flamante fogón del humilde y paciente soldado.

Las botellas, que no tenían la magia de ser inagotables, espichaban ya: José estaba completamente en las viñas del Señor.

Camargo, más fuerte, se mantenía en completa posesión de sus sentidos.

—¿Sabe, mi Coronel, que le traemos una música? Con su permiso.

—Muchas gracias, hombre, ¿para qué se han incomodado?

Camargo se levantó, apoyándose en los horcones del rancho, se asomó á la puerta, dijo algo, volvió á sentarse y acto continuo se presentó—horresco referens,—el negro del acordeón.

—¡Uff!—hice,—eso no, Camargo—le dije.—Denme todas las músicas que quieran. Pero con el acordeón, no, no. Estoy harto de la facha de ese demonio.

Y dirigiéndome al negro, proseguí en estos términos:

—¡Vete! ¡vete!

El negro no me obedeció.

Como pegado al suelo describía con su cuerpo curvas á derecha é izquierda, adelante y atrás.

Estaba ebrio como una cabra.

—¡Vete! ¡vete! lejos de aquí, volví á decir.

Y Camargo, viendo que el negro me revolvía la bilis, se levantó, y tomándole de un brazo le enseñó el portante.

Libre de aquella bestia, verdaderamente negra, resollé dando un resoplido como cuando en día canicular, jadeantes de fatiga, nos tendemos á nuestras anchas sobre cómodo sofá, habiendo escapado á las garras de alguno de esos soleros cuya vida es contar sus pleitos ó sus cuitas con la autoridad.

José se había quedado dormido.

Camargo se sentó, y bajo la influencia del aguardiente cayó en una especie de letargo.

Examiné su fisonomía.

Es lo que se llama un gaucho lindo.

Tiene una larga melena negra, gruesa como cerda, unos grandes ojos, rasgados, brillantes y vivos, como los de un caballo brioso; unas cejas y unas pestañas largas, sedosas y pobladas; una gran nariz algo aguileña; una boca un tanto deprimida, y el labio inferior bastante grueso.

Es blanco como un hombre de raza fina, tiene algunos hoyos en la cara y poca barba.

Es alto, delgado y musculoso.

Su frente achatada y espaciosa, sus pómulos saltados, su barba aguda, sus anchas espaldas, su pecho en forma de bóveda y sus manos siempre húmedas y descarnadas, revelan la audacia, el vigor, la rigidez susceptible de rayar en la crueldad.

Camargo es uno de esos hombres por cuyo lado no se pasa, yendo uno solo, sin sentir algo parecido al temor de una agresión.

Los indios le respetan, porque ellos respetan todo lo que es fuerte y varonil, al que desprecia la vida.

Y Camargo se cura poco de ella.

Pruébanlo bien las cicatrices de cuchilladas que tiene en las manos, su existencia agitada, turbulenta, azarosa, que se consume entre el aguardiente y las reyertas de incesantes saturnales, entre el estrépito de los malones y de las montoneras, como que hoy está entre los indios, mañana en los llanos de la Rioja con Elizondo y Guayama, volviendo después de la derrota á su guarida de Tierra Adentro, sobre el lomo del veloz é indómito potro.

Este gaucho, seame permitido decirlo, reivindica en los casos heroicos el honor de los cristianos. Cuando le place, lo mismo cara á cara que por detrás, cuerpo á cuerpo, que entre varios, apostrofa á los indios de «bárbaros». Yo le oí decir muchas veces á voz en cuello:

«Á mí, que no me anden con vueltas éstos, porque yo los conozco bien, y al que le acomode una puñalada se la ha de ir á curar al otro mundo.»

Después que examiné detenidamente aquel tipo de férrea estructura, en el que los caracteres semíticos de la persistencia estaban estampados, le dirigí la palabra, sacándole del silencio indeliberado en que había caído.

—¿Cómo te hallas aquí?—le pregunté.

Habla con mucha vivacidad, pero esta vez, contra su costumbre habitual, en lugar de contestarme, dió un suspiro, y se envolvió en las nieblas de sus recuerdos dolorosos.

—Vamos, hombre—le dije,—cuéntame tu vida.

—Señor—me contestó.—Mi vida es corta y no tiene nada de particular. No soy mal hombre, pero he sido muy desgraciado.

Yo soy de San Luis; de allá por Renca; mis padres han sido gente honrada y de posibles. Me querían mucho y me dieron buena educación.

Sé leer y escribir, y también sé cuentas. Desde chiquito era medio soberbio. Cuando me hice hombrecito, se me figuraba que nadie podía ser más que yo. Cuando oía decir que había un gaucho guapo, lo buscaba á ver si me decía algo.

Me gustaba ser militar, y soñaba con ser general. No había hecho mal á nadie, aunque tenía bastante mala cabeza.

Siempre andaba en parrandas, jugadas y peleas; pero nadie dirá que le pegué de atrás.

Me enamoré de la hija del comandante N… La muchacha me quería. Yo era joven, pues aquí donde me ve no tengo más que veinticuatro años (parecía tener treinta y dos).

Á más de eso como mis padres tenían alguna platita, yo andaba siempre aviao. El comandante N… sabía mis amores con su hija, no le gustaban. Un día me atropelló en las carreras, y vino á darme una pechada; yo le enderecé mi caballo y lo puse patas arriba con flete y todo. Era muy fantástico y no me lo perdonó.

Desde esa vez, decía siempre que me había de matar. Yo estaba en guardia. Me achacaron varias cosas, nada me probaron. Hubo una bulla de revolución.

Me fueron á prender. Eran cuatro de la partida. ¡Qué me habían de tomar! Sabía bien que me iba en la parada el número uno. Hice un desparramo y me fuí á los montoneros.

Le interrumpí preguntándole:

—¿Y qué opinión tenías?

—¿Opinión? Yo no tenía más opinión que ser hombre alegre y divertirme. Las carreras y las mujeres eran toda mi opinión.

—¿Y qué hiciste con la montonera?

—Hicimos el diablo. Anduve una porción de tiempo con el Chacho, que era un bárbaro. Después que lo mataron anduve á monte. Cuando vino don Juan Saa, con otros nos juntamos á su gente. Nos derrotó en San Ignacio el general Arredondo, me vine con los indios de Baigorrita para acá.

—¿Y después de eso, qué has hecho, qué vida has llevado?

—Me fuí para San Luis, de oculto, traje mi mujer, mis hijos y algunos parientes, y aquí están todos.

—¿Y has andado en las invasiones con los indios?

—En algunas, señor.

—¿Y es cierto que tú has tenido la culpa de que los indios matasen una porción de cristianos?

—Es falso.

He estado en las casas de algunos pícaros, pero me he opuesto á que los degüellen. ¡Ah si no hubiera sido por mí! Habría unos cuantos diantres menos en este mundo.

Por aquí íbamos de nuestro coloquio cuando el negro del acordeón preludió una tocata, del lado de afuera.

Camargo se levantó, salió, y por ciertos vocablos con que rellenaba su intimación de que se alejara, calculé que el desgraciado Orfeo de Leubucó no era tratado como los artistas pretenden generalmente que se les trate, aunque sean malos.

Música y negro se fueron á otra parte. Camargo volvió, y, sin entrar, me dijo de la puerta del rancho: Buenas noches, mi Coronel, y dispense.

Era hora de pensar en dormir. Mis ayudantes Lemlenyi, Rodríguez, Ozarowski y los dos benditos franciscanos que habían asistido á la visita y confidencias de Camargo, bostezaban á todo trapo.

Desperté á José, llamé dos asistentes, y le hice llevar á un toldo vecino.

Y en tanto me aprestaba para pasar una noche toledana, porque soplaba viento muy fresco, y la tierra entraba al toldo como en su casa, por cuanto resquicio tenía, meditaba sobre esas existencias argentinas, sobre esos tipos crudos medio primitivos, que tanto abundan en nuestro país, que se sacrifican ó mueren por una opinión prestada. Porque nos sobran instituciones y leyes y nos falta la eterna justicia, la justicia que, cual genio tutelar, lo mismo debe velar el hogar del desvalido que la mansión suntuosa del rico potentado.

Bajo estas impresiones tuve un sueño—yo soy tan soñador,—I had a dream, which was not all a dream.

¡Soñaba!…

¡Si en este país hay quien ahorque á un hombre que tiene diez millones de pesos!

III
Noche de hielo.—Donde es realmente triste la vida.—Preparativos para la misma.—Resuena por primera vez en el desierto el Confiteor Deo Omnipotenti.—Recuerdo de mi madre.—Trabajos de Mariano Rosas, preparando los ánimos para la junta.—Como y duermo.—Conferencia diplomática.—El archivo de Mariano Rosas.—En Leubucó reciben la «Tribuna».—Imperturbabilidad de Mariano Rosas.—Mi comadre Carmen en el fogón.

La noche fué de hielo, larga y fastidiosa.

La arena entraba en el rancho por todas partes, como zarandeada.

Cuando la luz del día alumbró el cuadro que formaban mis oficiales y los frailes, acostados en el suelo, y yo, sobre mi tantas veces mentada cama, miré por una abertura que á guisa de respiradero había formado con las cobijas.

Mis compañeros habían desaparecido, cubiertos por una capa amarillenta, que presentaba el aspecto sinuoso de un medanito, cuya superficie se movía apenas al compás del resuello de los que yacían bajo su leve peso, durmiendo tranquilos el sueño de la vida.

¡Qué pensamiento tirano podía preocuparlos en aquellas alturas!

La existencia no es realmente triste, agitada y difícil sino en los grandes centros de población; allí donde todas las necesidades que excitan las pasiones nos condenan sin apelación á la dura ley del trabajo, verdadera rueda de Ixión, que, mal de nuestro grado, tenemos que mover, hasta que llegando al instante supremo tantas veces ansiado como temido, les damos un eterno adiós á las eternas vanidades, que eternamente nos corroen, nos subyugan y nos dominan, gastando los resortes de acero de las almas mejor templadas.

Sacudimos la pereza, la enervante y dulce pereza, de la que lo mismo se goza cuando los miembros están fatigados, reclinándose en el frío y duro umbral de una puerta de calle, que en elástica y confortable otomana cubierta de terciopelo.

Una vez en pie, nos pusimos en movimiento.

Los franciscanos sacaron afuera el baúl que contenía los ornamentos sagrados, preparándolos en seguida para la ceremonia de la misa.

Yo, después de bañarme en el jagüel, y de un ligero desayuno de mate con yerba y café, fuí á examinar el sitio donde debía hacerse el altar, si el viento calmaba.

El cielo estaba límpido, el sol brillaba espléndido.

Las horas se deslizaron sin sentir, arreglando lo que se necesitaba.

Se avisó á los cristianos circunvecinos, y viendo que no era posible celebrar los oficios divinos en campo raso, como yo lo deseaba, se buscó un rancho.

Todos estábamos muy contrariados.

El mismo sentimiento nos dominaba.

Como verdaderos creyentes, reconocíamos que á la inmensa majestad de Dios le cuadraba adorarla bajo las vastas cúpulas azuladas del firmamento, ó bajo las bóvedas macizas de las soberbias basílicas, cuyas torres audaces empinándose á grandes alturas parecen querer tocar las nubes, y hacer llegar al cielo los cánticos sagrados.

Allí donde el hombre eleva su espíritu al Ser Supremo, debe procurarse que la grandeza del espectáculo le inspire recogimiento.

La mística plegaria es más ferviente cuando la imaginación sufre las influencias poéticas del mundo exterior.

El viento no cesaba.

Tuvimos que resignarnos á recurrir al rancho de un sargento de la gente de Ayala.

Le asearon lo mejor posible, y en un momento los franciscanos improvisaron el altar.

Poco á poco fueron llegando hombres y mujeres, y ocupando sus puestos.

Los pobres se habían vestido con la mejor ropita que tenían. Hincados, sentados ó de pie, esperaban con respetuoso silencio la aparición de los sacerdotes.

Miré el reloj, marcaba las nueve.—Es la hora, Padres, les dije, y me dirigí con ellos, acompañado de mis oficiales, á la capilla.

No podía ser más modesta.

Me consolé, recordando que aquél cuyo sacrificio íbamos á honrar había nacido en un establo, durmiendo en pajas.

Con ponchos y mantas los franciscanos habían tapizado el suelo y las paredes del rancho.

El viento no incomodaba, las velas ardían iluminando un crucifijo de madera, en el que se destacaba, salpicada de sangre, la demacrada y tétrica faz de Cristo; el altar brillaba cubierto de encajes y de brocado pintado de doradas flores, resaltando en él la reluciente custodia y las vinajeras plateadas.

Todo estaba muy bonito, incitaba á rezar.

El padre Marcos debía oficiar, ayudándole el padre Moisés y yo, aunque de mi latín de sacristía no me habían quedado sino recuerdos confusos y vagos.

Pero mi deber era dar el ejemplo en todo.

Lo revestimos al padre Marcos, y los oficios empezaron.

Grupos de indios curiosos nos acechaban.

Reinaba un profundo silencio.

La metálica campanilla vibró, invitando á hacer acto de contricción por la sangre del Redentor.

Era la primera vez que en aquellas soledades, que entre aquellos bárbaros, resonaban los ecos del humilde Confiteor Deo Omnipotenti.

Los cristianos oraban con intensa devoción.

Yo los miraba cada vez que la ceremonia me permitía darle el flanco al altar.

Entre ellos había varios indios.

En algunas mujeres sorprendí lágrimas de arrepentimiento ó de dolor; en otras vagaba por su fisonomía algo parecido á un destello de esperanza.

Todos parecían estar íntimamente satisfechos de haberse reconciliado con Dios, elevando su espíritu á él en presencia de la cruz y del altar.

Mientras duraron los oficios sagrados, yo pensé constantemente en mi madre.

Recordaba los martirios infantiles por que me había hecho pasar, llevándome todos los domingos á la iglesia de San Juan, para que ayudara á misa bajo su vigilante mirada:

—¡Pobre mi madre!—me decía,—¡qué lejos estás!

Rogaba á Dios por ella y por todos los que amaba; y le daba gracias por esos martirios, porque debido á ellos me era permitido experimentar el placer de prestigiar á la religión entre los infieles, tomando parte en la celebración de la augusta ceremonia que allí nos congregaba.

Después que se acabó todo, que los padres repartieron sus bendiciones, se deshizo el altar, se arrancaron los ponchos y mantas, y la capilla volvió á quedar convertida en lo que era, en un miserable rancho.

Se guardaron los ornamentos, se puso el baúl en mi rancho, y en seguida nos fuimos con los franciscanos á darle las gracias á Mariano Rosas.

Estaba lleno de visitas y almorzaban. Cada cual tenía delante de sí un plato de abundante puchero con choclos y zapallo.

El cacique nos recibió como siempre, cortésmente, se puso de pie, nos dió la mano, hizo que nos sentáramos y nos presentó á todos los circunstantes.

Estaba ocupado en algo muy grave.

Preparaba los ánimos para la gran junta que debía tener lugar, para que se vea que entre los indios, lo mismo que entre los cristianos, el éxito de los negocios de Estado es siempre dudoso, si no se recurre á la tarea de la persuasión previa.

Los franciscanos se retiraron y me dejaron solo.

Mariano Rosas hablaba unas veces en general, otras en particular; su palabra es fácil, calculada é insinuante; generalmente sus discursos eran templados, pero á veces se exaltaba levantando la voz, fijando su mirada en el indio á quien le contestaba, y accionando con los brazos, contra costumbre.

Me trajeron de comer y comí.

La conferencia iba larga.

Me retiré, pues, conviniendo en que más tarde fijaríamos el día de la junta.

Yo quería saberlo con alguna anticipación, porque me proponía pasar hasta las tierras de Baigorrita.

Dormí una buena siesta.

El capitán Rivadavia me hizo interrumpirla.

Mariano Rosas se había quedado solo, estaba en la enramada y me invitaba á pasar á ella.

Acudí á su llamado.

Entrábamos en materia cuando el negro del acordeón haciendo cabriolas y dándole duro á su instrumento, salió del toldo.

Aquel diablo me hacía el efecto de un gettatore.

Pero allí no había más remedio que aguantarle.

Ya he dicho que el dueño de casa gozaba inmensamente con él.

Mientras el negro estuvo ahí, fué excusado hablar de cosas serias.

El Cacique no estaba sino para bromas.

Me hizo una larga serie de preguntas, referentes todas á Buenos Aires y á la familia de Rosas. Sus recuerdos eran indelebles.

Me parecía que su objeto se reducía á cerciorarse de si efectivamente yo era sobrino del Dictador, cuyo retrato me pidió diciéndome que era el único que no tenía en su colección.

Y efectivamente así era.

Díjole al negro que trajera los retratos.

Entró éste al toldo y volvió con una cajita de cartón muy sucia, en la que había una porción de fotografías, la de Urquiza, la de Mitre, la de Juan Saa, la del general Pedernera, la de Juan Pablo López, la de Varela, el caudillo catamarqueño, y otras.

Devolvióle al negro la cajita para que la pusiera en su lugar.

El favorito la llevó, y felizmente se quedó en el toldo.

Entramos en materia.

Todo estaba arreglado con los notables del desierto.

La junta se haría á los cuatro días porque había que hacer citaciones.

No habría novedad.

Yo expondría en ella los objetos de mi viaje, y Mariano me apoyaría en todo.

Sólo había un punto dudoso.

¿Por qué insistía yo tanto en comprar la posesión de la tierra?

Mariano me dijo:

—Ya sabe, hermano, que los indios son muy desconfiados.

—Ya lo sé; pero del actual Presidente de la República, con cuya autorización he hecho estas paces, no deben ustedes desconfiar, le contesté.

—¿Usted me asegura que es buen hombre?—me preguntó.

—Sí, hermano, se lo aseguro—repuse.

—¿Y para qué quieren tanta tierra cuando al Sur del Río 5.º, entre Langheló y Melincué, entre Aucaló y el Chañar, hay tantos campos despoblados?

Le expliqué que para la seguridad de la frontera y para el buen resultado del tratado de paz, era conveniente que á retaguardia de la línea hubiera por lo menos quince leguas de desierto, y á vanguardia otras tantas en las que los indios renunciasen á establecerse y á hacer boleadas cuando les diera la gana sin pasaporte.

Me arguyó que la tierra era de ellos.

Le expliqué que la tierra no era sino de los que la hacían productiva; que el gobierno les compraba, no el derecho á ella, sino la posesión reconociendo que en alguna parte habían de vivir.

Me arguyó con el pasado, diciéndome que en otros tiempos los indios habían vivido entre el Río 4.º y el Río 5.º, y que todos esos campos eran de ellos.

Le expliqué que el hecho de vivir ó haber vivido en un lugar no constituía dominio sobre él.

Me arguyó que si yo fuera á establecerme entre los indios, el pedazo de tierra que ocupara sería mío.

Le contesté que si podía venderlo á quien me diera la gana.

No le gustó la pregunta, porque era embarazosa la contestación, y disimulando mal su contrariedad, me dijo:

—¿Mire, hermano, por qué no me habla la verdad?

—Le he dicho á usted la verdad—le contesté.

—Ahora va á ver, hermano.

Y esto diciendo, se levantó, entró en el toldo y volvió trayendo un cajón de pino, con tapa corrediza.

Lo abrió y sacó de él una porción de bolsas de zaraza con jareta.

Era su archivo.

Cada bolsita contenía notas oficiales, cartas, borradores, periódicos.

Él conocía cada papel perfectamente.

Podía apuntar con el dedo al párrafo que quería referirse.

Revolvió su archivo, tomó una bolsita, descorrió la jareta y sacó de ella un impreso muy doblado y arrugado, revelando que había sido manoseado muchas veces.

Era «La Tribuna» de Buenos Aires.

En ella había marcado un artículo sobre el gran ferrocarril interoceánico.

Me lo indicó, diciéndome:

—Lea, hermano.

Conocía el artículo y le dije:

—Ya sé, hermano, de lo que trata.

—¿Y entonces por qué no es franco?

—¿Cómo franco?

—Sí, usted no me ha dicho que nos quieren comprar las tierras para que pase por el Cuero un ferrocarril.

Aquí me vi sumamente embarazado.

Hubiera previsto todo, menos argumento como el que se me acababa de hacer.

—Hermano—le dije,—eso no se ha de hacer nunca, y si se hace, ¿qué daño le resultará á los indios de eso?

—¿Qué daño, hermano?

—Sí, ¿qué daño?

—Que después que hagan el ferrocarril, dirán los cristianos que necesitan más campos al Sud, y querrán echarnos de aquí, y tendremos que irnos al Sud de Río Negro, á tierras ajenas, porque entre esos campos y el Río Colorado ó el Río Negro no hay buenos lugares para vivir.

Doblando el diario y dándoselo, le contesté:

—Eso no ha de suceder, hermano, si ustedes observan honradamente la paz.

—No, hermano, si los cristianos dicen que es mejor acabar con nosotros.

—Algunos creen eso, otros piensan como yo, que ustedes merecen nuestra protección, que no hay inconveniente en que sigan viviendo donde viven, si cumplen sus compromisos.

El indio suspiró, como diciendo: ¡Ojalá fuera así! y me dijo: Hermano, en usted yo tengo confianza, ya se lo he dicho, arregle las cosas como quiera.

No le contesté, le eché una mirada escrutadora, y nada descubrí, su fisonomía tenía la expresión habitual. Mariano Rosas, como todos los hombres acostumbrados al mando, tiene un gran dominio sobre sí mismo.

Es excusado querer leer en su cara la sinceridad ó la falsía de sus palabras, dice lo que quiere; lo que siente, lo reserva en los repliegues de su corazón.

Se puso á acomodar su archivo, y lo que estuvo en orden, cerró el cajón, y llamó diciendo: ¡negro, negro!

Me estremecí.

Tomé un pretexto para no verle la cara, y me despedí.

La hora de comer se acercaba. En el fogón había gordos asados extendidos ya sobre brasas. Despedían un tufo incitante y no era cosa de dejar que se chamuscaran.

—Á comer, caballeros—grité.

Se hizo la rueda y empezó la comilona.

Mi comadre Carmen andaba por allí. Le ofrecí asiento, sentóse, y nos entretuvo un largo rato contándonos su vida y enterándonos de algunas particularidades de los usos y costumbres ranquelinas.

Á Mariano Rosas le llegaron vespertinas visitas, que pasaron la noche con él, entregadas á los placeres de la charla y del vino.

IV
Creencias de los indios.—Son uniteístas y antropomorfistas.—Gualicho.—Respeto por los muertos.—Plata enterrada.—¿Será cierto que la civilización corrompe?—Crueldad de Bargas, bandido cordobés.—Triste condición de los cautivos entre los indios.—Heroicidad de algunas mujeres.—Unas con otras.—Modos de vender.—Eufonía de la lengua araucana.—¿La carne de yegua puede ser un antídoto para la tisis?

Mi comadre Carmen vivía en Carrilobo, cerca del toldo de Villarreal, el casado con su hermana, y había venido á visitarme trayéndome mi ahijada.

Escuchándola pasamos un rato muy entretenido. Habla con facilidad el castellano y posee bastante caudal de expresiones para manifestar sus sentimientos é ideas y hacerse entender.

Sobre las creencias de los indios me dió las siguientes nociones:

No se congregan jamás para adorar á Dios, le adoran á solas, ocultándose en los bosques.

No es ni el sol, ni la luna, ni las estrellas, ni la universalidad de los seres vivientes.

Por manera que no son idólatras, ni panteístas.

Son uniteístas y antropomorfistas.

Dios—Cuchauentrú, el hombre grande, ó chachao, el Padre de todos,—tiene la forma humana y está en todas partes; es invisible é indivisible; es inmensamente bueno y hay que quererle.

Á quien hay que temerle es al diablo,—Gualicho.

Este caballero, á quien nosotros pintamos con cola y cuernos, desnudo y echando fuego por la boca, no tiene para ellos forma alguna. Gualicho, es indivisible é invisible y está en todas partes, lo mismo que Cuchauentrú. Otro, mientras el uno no piensa en hacerle mal á nadie, el otro anda siempre pensando en el mal del prójimo.

Gualicho ocasiona los malones desgraciados, las invasiones de cristianos, las enfermedades y la muerte, todas las pestes y calamidades que afligen á la humanidad.

Gualicho está en la laguna cuyas aguas son malsanas, en la fruta y en la yerba venenosa; en la punta de la lanza que mata; en el cañón de la pistola que intimida; en las tinieblas de la noche pavorosa; en el reloj que indica las horas; en la aguja de marear que marca el Norte; en una palabra; en todo lo que es incomprensible y misterioso.

Con Gualicho hay que andar bien; Gualicho se mete en todo, en el vientre y da dolores de barriga; en la cabeza y la hace doler; en las piernas y produce la parálisis; en los ojos y deja ciego; en los oídos y deja sordo; en la lengua y hace enmudecer.

Gualicho, es en extremo ambicioso. Conviene hacerle el gusto en todo. Es menester sacrificar de tiempo en tiempo yeguas, caballos, vacas, cabras y ovejas; por lo menos una vez cada año, una vez cada doce lunas, que es como los indios computan el tiempo.

Gualicho es muy enemigo de las viejas, sobre todo de las viejas feas: se les introduce quién sabe por dónde y en dónde y las maleficia.

¡Ay de aquélla que está engualichada!

La matan.

Es la manera de conjurar el espíritu maligno.

Las pobres viejas sufren extraordinariamente por esta causa.

Cuando no están sentenciadas, andan por sentenciarlas.

Basta que en el toldo donde vive una suceda algo, que se enferme un indio, ó se muera un caballo; la vieja tiene la culpa, le ha hecho daño. Gualicho no se irá de la casa hasta que la infeliz no muera.

Estos sacrificios no se hacen públicamente, ni con ceremonias. El indio que tiene dominio sobre la vieja la inmola á la sordina.

En cuanto á los muertos, tienen por ellos el más profundo respeto. Una sepultura es lo más sagrado. No hay herejía comparable al hecho de desenterrar un cadáver.

Como los hindúes, los egipcios y los pitagóricos, creen en la metempsícosis, que el alma abandona la carne después de la muerte, transmigrando en un tiempo más ó menos largo á otros países y dándole vida á otros cuerpos racionales ó irracionales.

Los ricos resucitan generalmente al Sur del Río Negro, y de allí han de volver, aunque no hay memoria de que hasta ahora haya vuelto ninguno.

Por esta razón los entierran junto con el mejor caballo y las prendas de plata más valiosas que tuvieron; y alrededor de la sepultura les sacrifican caballos, vacas, yeguas, cabras y ovejas, según la riqueza que dejan, ó la que poseen sus deudos ó amigos.

El caballo y las prendas enterradas son para que tengan en qué andar en la tierra ésa, donde deben resucitar; los demás animales son para que tengan qué comer durante el viaje de ida y vuelta.

Las mujeres también resucitan, no se crea que no.

Pretenden algunos que han vivido mucho tiempo entre los indios, que á consecuencia de estas costumbres debe haber mucha plata labrada enterrada en el Desierto. Por mi parte, creo que los cristianos, que ni le tienen tanto miedo á Gualicho, ni son pitagóricos, se han encargado de desenterrarla.

Lo cierto es, que según las noticias que mi comadre me daba, las honras fúnebres no se hacen con tanta pompa como antes.

Queriendo explicar el por qué del hecho, decía: «Yo no sé si será porque los cristianos han solido registrar las sepulturas ó porque ahora la plata vale más».

Yo me inclino á creer que las dos causas combinadas van haciendo que los entierros sean menos lujosos.

En efecto, los indios tienen ahora muchas necesidades, les gusta mucho beber, tomar mate dulce, fumar, vestirse con ropa fina; y fácilmente se comprende que muriendo un deudo querido honren su memoria con sacrificios de caballos, vacas, yeguas, cabras y ovejas y que la plata se la guarden.

Mi comadre aseguró que, mientras no hubo cristianos entre los indios, no hubo ejemplo de que se violaran las tumbas sagradas.

¿Será cierto que la civilización es corruptora?

Á pesar de lo dicho los indios no son sanguinarios ni feroces; prueba de ello es que jamás sacrifican á los manes de sus muertos víctimas humanas.

Matan á las viejas, es cierto; pero lo hacen porque las creen poseídas de Satanás. Y al fin del cuento, no es tanto lo que se pierde, dirán algunos.

Hablando seriamente, hay una verdad desconsoladora que consignar: que ciertos cristianos refugiados entre los indios son peores que ellos.

Conozco uno que queriendo sobresalir por su ferocidad, tuvo la barbarie de hacer un sacrificio humano en holocausto á un miembro de su familia.

Referiré el hecho.

Bargas, es un bandido cordobés, vive en Tierra Adentro, no sé por qué crímenes, está casado con varias mujeres y su vida es la de un indio, por no decir peor.

Murió uno de sus hijos. Pues bien, este malvado, fingiendo que participaba de la preocupación vulgar, de la creencia que hace enterrar al muerto con su caballo de predilección, para que en la tierra donde resucite tenga en qué andar, le inmoló á su hijo un cautivito de ocho años, enterrándole vivo con él, para que tuviese quien le sirviera de peón.

Por lo que dejo relatado, se ve que los cautivos son considerados entre los indios como cosas.

Calcúlese cuál será su condición.

La más triste y desgraciada.

Lo mismo es el adulto que el adolescente, el niño que la niña, el blanco que el negro; todos son iguales los primeros tiempos, hasta que inspirando confianza plena se hacen querer.

Con rarísimas excepciones, los primeros tiempos que pasan entre los bárbaros son una verdadera via crucis de mortificaciones y dolores.

Deben lavar, cocinar, cortar leña en el bosque con las manos, hacer corrales, domar los potros, cuidar los ganados y servir de instrumento para los placeres brutales de la concupiscencia.

¡Ay de los que se resisten!

Los matan á azotes ó á balazos.

La humildad y la resignación es el único recurso que les queda.

Y, sin embargo, yo he conocido mujeres heroicas, que se negaron á dejarse envilecer, cuyo cuerpo prefirió el martirio á entregarse de buena voluntad.

Á una de ellas la habían cubierto de cicatrices; pero no había cedido á los furores eróticos de su señor.

Esta pobre me decía, contándome su vida con un candor angelical: «Había jurado no entregarme sino á un indio que me gustara, y no encontraba ninguno».

Era de San Luis, tengo su nombre apuntado en el Río 4.º. No lo recuerdo ahora. La pobre no está ya entre los indios. Tuve la fortuna de rescatarla y la mandé á su tierra.

En aquellos mundos de barbarie pasan dramas terribles.

Cuantas más cautivas hay en un toldo, más frecuentes son las escenas que despiertan y desencadenan las pasiones, que empequeñecen y degradan á la humanidad.

Las cautivas nuevas, viejas ó jóvenes, feas ó bonitas tienen que sufrir, no sólo las asechanzas de los indios, sino, lo que es peor aún, el odio y las intrigas de las cautivas que les han precedido, el odio y las intrigas de las mujeres del dueño de casa, el odio y las intrigas de las chinas sirvientas y agregadas.

Los celos y la envidia, todo cuanto hiela y enardece el corazón á la vez se conjura contra las desgraciadas.

Mientras dura el temor de que la recién llegada conquiste el amor ó el favor del indio, la persecución no cesa.

Las mujeres son siempre implacables con las mujeres.

Frecuentemente sucede que los indios, condoliéndose de las cautivas nuevas, las protegen contra las antiguas y las chinas. Pero esto no se hace sin empeorar su situación, á no ser que las tomen por concubinas.

Una cautiva á quien yo le averiguaba su vida, preguntándole cómo le iba, me contestó:

—«Antes, cuando el indio me quería, me iba muy mal, porque las demás mujeres y las chinas me mortificaban mucho, en el monte me agarraban entre todas y me pegaban. Ahora que ya el indio no me quiere, me va muy bien, todas son muy amigas mías».

Estas palabras sencillas resumen toda la existencia de una cautiva.

Agregaré que cuando el indio se cansa, ó tiene necesidad, ó se le antoja, la vende ó la regala á quien quiere.

Sucediendo esto, la cautiva entra en un nuevo período de sufrimientos, hasta que el tiempo ó la muerte ponen término á sus males.

Poco antes de salir de Leubucó, conocí por casualidad un cristiano que hacía diligencias por comprarle á un indio una cautiva, nada más que por hacerle á ésta un servicio, por humanidad.

La desdichada decía: «El indio es muy bueno y me venderá si no me han de llevar á otra parte. Pero las chinas son malazas.

Á propósito de llevar á otra parte, esto requiere una explicación.

Hay dos modos de vender: el uno consiste en cambiar simplemente de dueño, el otro en la redención. El último es el más caro.

Ya comprenderás, Santiago amigo, que todo lo que dejo dicho en esta carta no me lo contó mi comadre Carmen. Una parte se lo debo á ella, el resto á otros y á mis propias observaciones.

Lo que sigue, sí, se lo debo á ella exclusivamente.

La noche estaba templada y clara, incitaba á conversar y se podía leer sin más luz que la de las estrellas.

Aprovechándola tomé una lección de lengua araucana.

Entonces vine á saber lo que querían decir ciertas palabras, cuyo significado buscaba hacía tiempo, como indios picunches, puelches y pehuenches.

Ché es un vocablo que significa, según el lugar que tiene en la dicción, yo, hombre ó habitante.

Los cuatro vientos cardinales se denominan: Norte, puel; Sur, cuerró; Este, picú; Oeste, muluto.

Así, pues, Picunche[1] quiere decir habitante del Este, que es como se denominan los indios que viven en cierta parte de la cordillera; Puelche, habitante del Norte; Pehuenche, siguiendo la misma regla, significa habitante de los pinos, que es como se denominan los indios que viven entre los pinares que crecen colosales en los valles de la falda occidental de la Cordillera de los Andes.

Para dar una idea de la eufonía de esta lengua, que se asimila, alterándolas ligeramente, todas las palabras de otras, verbigracia, llamándole waca á la vaca, y cauallo al caballo, enumeraré algunas palabras que me enseñó mi comadre, y que copio de mi vademécum.[2]

Yo—enchê, tú ó vos—eimí, nosotros—inchin, vieja—cucé, joven—elchá, linda—comê, fea—uedá, madre—nuqué, hijo de padre—bôtom, hijo de madre—píñem, grande—uchaima, chico—pichicai, mucho—entren, poco —pichin, blanco—lieu, negro—currü, cielo—neno, sol—anti, luna—quién, tierra—truquen, mujer—curré, hombre—uentru, sí—maí, así es—pipi, (modismo muy usual), no—müe, agua—có, fuego—quítral, viento—cürrüf, frío—utré, calor del sol—comote anti, calor sin sol—comotearreün, pronto—matu, despacio—ñochi, sueño—umau, amigo—weni, hermano—peñi, pasto—cachu, ceniza—entruequen, sal—chadileubú (de aquí, Río Salado se dice chadileubú), monte—mamil, árbol—quiñemamil (quiñe quiere decir uno), cara—angé, ojos—ñé, boca—ün, orejas—pilun, nariz—iu, mano—cui, brazo—lipan, barba—payun, pecho—rucú, piernas—chaan, pies—mamon, dedo—changil, frente—tol, pelo—loncó, (de aquí loncotear—tirarse del pelo), pescuezo—pel, cortar—catril, bailar—pürrum, morir—lai, se murió—lai-pi, risa—aien, rabia—yarquen.

Poco más sé de la lengua araucana, no porque no haya tenido tiempo de profundizar mis estudios, sino por las dificultades con que tropezaba á cada paso, cuando hacía una pregunta para aclarar alguna duda.

No pude saber nada respecto á la conjugación de los verbos.

Lo mismo digo de los géneros.

Por ejemplo, vieja es cucé, viejo—butá, y, sin embargo, en ciertos adjetivos, como overo, la terminación es la que indica el género.

La lengua es muy elíptica. Así, por ejemplo, yegua overa manca, se dice: overa manca, simplemente, y caballo overo manco—overo manco. En los dos casos se suprime el sustantivo, porque los adjetivos, overa manca ú overo manco no pueden calificar sino un caballo ó una yegua, y deben sobreentenderse.

Para que comprendas las dificultades con que tenía que luchar para salvar ciertas dudas, bastará repetir lo que decía mi comadre cuando la apuraban demasiado: «Yo no sé bien la lengua, se necesita vivir mucho para aprenderla; aquí no cualquiera la sabe».

Terminada la lección de araucano, le pedí á mi maestra—que aunque tenía hijos no era casada ni viuda,—me contara su vida; y como la cosa más sencilla del mundo nos refirió sus aventuras con cierto mancebo padre de mi ahijada.

Es una página verde que en cualquier parte pasaría por una seducción. Entre los indios es un accidente de la vida que no significa nada.

La especie humana está sujeta á la ley de la reproducción. Nada de extraño tiene que siendo la mujer libre se entregue á quien le place, y que de la noche á la mañana resulte con hijos.

No es más que una dificultad para casarse; porque generalmente nadie quiere cargar con hijos ajenos, aun cuando provengan de matrimonio legítimo.

Para concluir ésta, y á propósito de mujeres que resultan con hijos de la noche á la mañana, ¡qué curiosa es la farmacopea de los indios!

Toda ella se reduce á hierbas astringentes y purgantes, y agua fría.

Lo último es un remedio por excelencia.

¿Pare una china? Pues en el acto, ella y el fruto de sus entrañas se meten en una laguna, sea invierno ó verano.

Una palabra más, antes de que me retire del fogón, en que estoy, y me meta en la cama.

Es una observación ajena que puede interesarle al mundo médico.

Mi condiscípulo el Dr. D. Jorge Macías, que ha pasado dos años entre los Ranqueles, y que entre ellos estaría á no ser por mí, pretende que allí no hay tísicos, y lo atribuye al alimento de la carne de yegua.

Si la observación fuese exacta y la causa la consignada, de hoy en adelante podríamos exclamar: no más tísicos.

No me atrevo á decir si la cosa merece la pena de ser averiguada, aunque recuerdo que no hace mucho tiempo más de un galeno se reía cuando las curanderas recetaban buche de avestruz.

NOTAS:

[1]La n se agrega, porque es más agradable al oído decir picunche que picuche.

[2]Las palabras que tienen acento circunflejo son nasales y las que tienen diéresis guturales.

V
Preparativos para la marcha á las tierras de Baigorrita.—Camargo debía acompañarme.—Motivos de mi excursión á Quenque.—Coliqueo.—Recuerdo odioso de él.—Unos y otros se han valido de los indios en las guerras civiles.—En lo que consistía mi diplomacia.—En viaje rumbo al sud.—Confidencia de un espía.—El espionaje en Leubucó.—Poitaua.—El algarrobo.—Pasión de los indios por el tabaco.—Cómo hacen sus pipas.—Pitralauquen.—Baño y comida.—Mi lenguaraz Mora, su fisonomía física y moral.

Al día siguiente, me levanté con el sol, y me ocupé en los preparativos de la marcha para las tierras de Baigorrita.

Le anticipé un chasque, de acuerdo con Mariano Rosas, y á las dos de la tarde mandé arrimar las tropillas.

Se ensilló en un momento. Hacía días que no andábamos á caballo y todos estaban con ganas de sacudir la pereza.

Camargo debía acompañarme. Su misión consistía en observarme de cerca, á ver qué conversaba con Baigorrita. Mi hermano Mariano, á pesar de sus protestas de adhesión y simpatía, abrigaba desconfianzas. Mi viaje lo preocupaba. No comprendía que debiendo verlo á Baigorrita en la junta que se celebraría á los cuatro días, me incomodase en ir hasta sus tolderías.

La idea de una intriga para hacerlo reñir con su aliado trabajaba su imaginación.

Por eso iba Camargo conmigo, con la orden terminante de asistir á todos mis parlamentos y entrevistas y el encargo de no separarse un momento de mi lado por nada ni para nada.

Debía ser mi sombra.

Mi excursión á Quenque, tenía sin embargo, la explicación más plausible. Baigorrita me había convidado hacía algunos meses para que nos hiciéramos compadres. Iba, pues, con los franciscanos á bautizar mi futuro ahijado, y, al mismo tiempo, á conocer más el desierto, penetrando hasta donde es muy raro hallar quien haya llegado en las condiciones mías, es decir, en cumplimiento de un deber militar.

Verdad es que las desconfianzas de Mariano tenían también su razón de ser. No una vez, sino varias, diferentes administraciones, por medio de sus agentes fronterizos, han intentado sembrar la discordia entre él y Baigorrita, entre estos dos y el cacique Ramón.

El ejemplo y el recuerdo de lo que sucedió con la tribu de Coliqueo no se borra de la memoria de los indios.

La tribu de éste formaba parte de la Confederación de que antes he hablado; cuando los sucesos de Cepeda, combatió contra las armas de Buenos Aires, y cuando Pavón hizo al revés, combatió contra las armas de Urquiza.

Coliqueo es para ellos el tipo más acabado de la perfidia y de la mala fe. Mariano Rosas me decía en una de nuestras conversaciones: «Dios no lo ha de ayudar nunca, porque traicionó á sus hermanos.»

Efectivamente, Coliqueo no solamente se alzó con su tribu, sino que peleó é hizo correr sangre, para venirse á Junín junto con el regimiento 7.º de caballería de línea, que guarnecía la frontera de Córdoba; se pasó al ejército del general Mitre, que se organizaba en Rojas, meses antes de la batalla de Pavón.

Con estos antecedentes y tantos otros que podría citar, para que se vea que nuestra civilización no tiene el derecho de ser tan rígida y severa con los salvajes, puesto que no una vez sino varias, hoy los unos, mañana los otros, todos alternativamente hemos armado su brazo para que nos ayudaran á exterminarnos en reyertas fratricidas, como sucedió en Monte Caseros, Cepeda y Pavón; con estos antecedentes, decía, se comprenden y explican fácilmente las precauciones y temores de Mariano Rosas.

Así fué que al notificarme que Camargo me acompañaría, me felicité de ello y le di las gracias.

Me había propuesto hacer consistir mi diplomacia en ser franco y veraz. Me parecía un deber de conciencia y una regla imprescindible de conducta, en mi calidad de cristiano, nombre que debía procurar á toda costa dejar bien puesto. De consiguiente, nada tenía que temer de la fiscalización de mi astuto agregado.

Eran las dos y media de la tarde cuando nos movimos de Leubucó, alegres y contentos, felices y esperanzados, lo mismo que al salir del Fuerte Sarmiento.

¡Es tan agradable el varonil ejercicio de correr por la Pampa, que yo no he cruzado nunca sus vastas llanuras, sin sentir palpitar mi corazón gozoso!

Mentiría si dijese que al oir retemblar la tierra bajo los cascos de mi caballo, he echado alguna vez de menos el ruido tumultuoso de las ciudades, donde la existencia se consume en medio de tan variados placeres.

Lo digo ingenuamente, prefiero el aire libre del desierto, su cielo, su sublime y poética soledad á estas calles encajonadas, á este hormiguero de gente atareada, á estos horizontes circunscriptos que no me permiten ver el firmamento cubierto de estrellas, sin levantar la cabeza, ni gozar del espectáculo imponente de la tempestad cuando serpentean los relámpagos luminosos y ruge el trueno.

Hacía un día hermoso.

Íbamos despacio. Las cabalgaduras habían sufrido bastante, extrañando la temperatura, el pasto y el agua; debía pensar no tanto en la vuelta á Leubucó, como en la vuelta á mi frontera.

Por otra parte, llevaba una mula aparejada, con lo poco que me había quedado para Baigorrita, y la jornada sería corta.

Saliendo de Leubucó, rumbo al Sud, se entra en un arenal pesado, se cruzan algunos pequeños médanos y á poco andar se entra en el monte. Á la salida de éste se encuentra la primera aguada, una lagunita con jagüeles, bordada de espadañas y de riente vegetación en sus orillas. El terreno es bajo y húmedo. Son como dos leguas de camino que fatigan los caballos como cuatro.

Descansamos un rato. Nadie nos apuraba. Allí me hizo Camargo su primer conferencia. Como hombre de mundo, estaba convencido de mi buena fe y comprendía que no siendo honroso el papel que debía hacer á mi lado, convenía ponerme en autos para que me explicase su actitud, de la que no podía prescindir, porque á su vez él debía ser espiado por alguien, aunque no pudiera decir por quién.

El espionaje recíproco está á la orden del día en la corte de Leubucó.

Varias veces, hablando allí con personas allegadas á Mariano Rosas, sobre asuntos que no eran graves, pero que podían prestarse á conjeturas y malas interpretaciones, me dijeron aquéllas: «Hable despacio, señor, mire que ése que está ahí nos escucha.»

¿Quién era?

Unas veces, un cristiano sucio y rotoso, que andaba por allí haciéndose el distraído; otras, un indio pobre, insignificante al parecer, que acurrucado se calentaba al sol, y á quien yo le había dirigido la palabra, sin obtener una contestación, no obstante que comprendía y hablaba bien el castellano.

De esta práctica odiosa nacen mil chismes é intriguillas, que mantienen á todos peleados, fraternizando ostensiblemente, y odiándose cordialmente en realidad.

Mediante ella, Mariano sabe cuanto pasa á su alrededor y lejos de él.

Esas numerosas visitas que recibe cotidianamente, muchas de las cuales vienen juntas del mismo toldo y lugar, son sus agentes secretos; espían á los demás y se espían entre sí.

El cristiano ó el indio más cuitado en apariencia, es su confidente, conoce sus secretos.

De ahí venían en parte la influencia, los fueros y el favor de que disfrutaba el negro del acordeón. No en vano experimentaba yo hacia él una repulsión instintiva.

Refrescadas las cabalgaduras, siguió la marcha.

El terreno se iba doblando gradualmente, cruzábamos una sucesión de medanitos, que se encumbraban por grados, divisábamos una ceja de monte, y en lontananza, hacia el Sudoeste, las alturas de Poitaua, que quiere decir: Lugar desde donde se divisa, ó atalaya.

Las brisas frescas de la tarde comenzaban á sentirse, galopamos un rato y entramos en el monte.

Eran chañares, espinillos y algarrobos. Estos últimos abundaban más. Es el árbol más útil que tienen los indios. Su leña es excelente para el fuego, arde como carbón de piedra; su fruta engorda y robustece los caballos como ningún pienso, les da fuerzas y bríos admirables; sirve para elaborar la espumante y soporífera chicha, para hacer patai pisándola sola, y pisándola con maíz tostado, una comida agradable y nutritiva.

Los indios siempre llevan bolsitas con vainas de algarroba, y en sus marchas las chupan, lo mismo que los coyas del Perú mascan la coca. Es un alimento, y un entretenimiento que reemplaza el cigarro.

Á propósito de cigarro, aprovecharé este momento, Santiago amigo, para decirte que los indios aman tanto el tabaco como el aguardiente.

Prefieren el negro del Brasil á cualquier otro. Los pampas Azuleros hacen este comercio, y los chilenos les llevan con el nombre de tabaco, una planta que no he podido conocer, que he fumado, y me ha hecho el mismo efecto del opio, es fortísima.

Todos los indios saben fumar, lo mismo que saben beber; pasaría por persona mal educada quien no supiera hacerlo.

Fuman el tabaco de tres modos: en forma de cigarro puro, en forma de cigarrillo y en pipa.

Este último modo es el que les gusta más.

No hay indio que no tenga su cachimbito.

Ellos mismos los hacen, y con bastante ingenio.

Buscan un pedazo de madera blanca como de una cuarta de largo y una pulgada de diámetro; le dan primero la forma de un paralelepípedo, en seguida le hacen una punta cilíndrica, luego un taladro y en uno de los lados un agujerito en el que colocan un dedal, con otro agujerito que coincide con el taladro.

El que quiera hacer una pipa á lo indio, ya tiene la instrucción.

Recomiendo esta clase de pipas á los aficionados al tabaco fuerte; en ellas, como que pronto las pasa la resina, casi todos los tabacos son iguales.

Los indios no fuman habitualmente sino de noche, antes de acostarse.

Cargan su pipa, se echan de barriga, se la ponen en la boca, le colocan una brasa de fuego en el recipiente y dan una fumada con toda su fuerza, tragando todo el humo; en seguida otra, otra, otra del mismo modo. Á la cuarta fumada, les viene una especie de convulsión nauseabunda, se les cae la pipa de la boca y se quedan profundamente dormidos.

Salíamos del monte, descendiendo por un plano ligeramente inclinado hacia una cañada. Allí íbamos á parar, haciendo noche al borde de una lagunita llamada Pitralauquen, lo que quiere decir laguna de los flamencos. Trae su nombre de que en aquel paraje hay siempre muchos de estos pájaros.

El sol se ponía tras de las alturas de Poitaua, y sus arreboles teñían las nubes del lejano horizonte, cuando hacíamos alto y echábamos pie á tierra.

La lagunita que tiene como cien metros de diámetro, y forma circular, estaba llena de agua. Centenares de rosados flamencos, de blancos cisnes y gansos, de pardos patos y gallaretas, se deslizaban mansamente sobre la líquida superficie.

Los indios no tienen costumbre de matar las aves acuáticas, así es que no se inquietaron por nuestra aproximación.

Acampamos cerca de unos chañarcitos, se acomodaron bien las tropillas, organizando la ronda, no fueran á darnos malón, se buscó leña y no tardó en alegrar el cuadro un hermosísimo fogón.

Los franciscanos se habían molido un poco.

Su pensamiento dominante era descansar; en tanto hacían un buen asado. Como verdaderos veteranos se echaron, pues, sobre las blandas pajas. Mis ayudantes y yo nos dimos un baño, turbando la quietud de las aves, que se dispersaron volando en todas direcciones, y cuyos nidos saqueamos inhumanamente haciendo un acopio de huevos.

Salimos del agua, junto con las primeras estrellas; nos vestimos de prisa, porque hacía fresco, y ganando el fogón, que á una vara de distancia quemaba, en un momento dejamos de tiritar.

Al rato comíamos, y Mora, mi lenguaraz, nos entretenía contándonos sus aventuras. Ya he dicho quién era en una de mis primeras cartas, y si no estoy trascordado, ofrecí contar su vida.

Mora es un hombrecito como hay muchos, de regular estatura. Un observador vulgar le creería tonto; se pierde de vista. Es gaucho como pocos, astuto, resuelto y rumbeador. No hay ejemplo de que se haya perdido por los campos. En las noches más tenebrosas él marcha rectamente adonde quiere. Cuando vacila se apea, arranca un puñado de pasto, lo prueba y sabe dónde está. Conoce los vientos por el olor. Tiene una retentiva admirable y el órgano frenológico en que reside la memoria de las localidades muy desarrollado. Cara y lugar que vió una vez no las olvida jamás. Sólo estudiando con mucha atención su fisonomía se descubre que tiene sangre de indio en las venas. Su padre era indio araucano, su madre chilena. Vino mocito con aquél á las tolderías de los Ranqueles, formando parte de una caravana de comerciantes, se enamoró de una china, se enredó con ella, le gustó la vida y se quedó agregado á la tribu de Ramón. En Chile su padre había sido lenguaraz de un jefe fronterizo, peón y pulpero. Vivía entre los cristianos. Mora es industrioso y trabajador, tiene hijos, quiere mucho á su mujer, posee algo y saldría del desierto si pudiese arrear con cuanto tiene. Pero ¿cómo? Es empresa difícil, imposible. Mora ha estado á mi servicio unos cuantos meses, sirviéndome con decisión y fidelidad. Tiene buenos sentimientos, ideas muy racionales, conoce que la vida civilizada es mejor que la del desierto; pero ya lo he dicho, está vinculado á él hasta la muerte, por el amor, la familia y la propiedad. Habla el castellano á la chilena, perfectamente, disminuyendo lo mismo los sustantivos, que los adjetivos y los adverbios. Nunquita, me ha sucedido perderme por allicito yendo solito, es como él dirá. El araucano lo conoce bien, y es uno de los lenguaraces más inteligentes que he visto. Ser lenguaraz, es un arte difícil; porque los indios carecen de los equivalentes de ciertas expresiones nuestras. El lenguaraz no puede traducir literalmente, tiene que hacerlo libremente, y para hacerlo como es debido ha de ser muy penetrante. Por ejemplo, esta frase: Si usted tiene conciencia debe tener honor, no puede ser vertida literalmente; porque las ideas morales que implican conciencia y honor no las tienen los indios. Un buen lenguaraz, según me ha explicado Mora, diría: Si usted tiene corazón, ha da tener palabra, ó si usted es bueno no me ha de engañar. Por supuesto que Mora, no obstante la pintura favorable que de él he hecho, no es nene que se retrae de ir á los malones. Al contrario, va en la punta, y por eso tiene con qué vivir. En unas tierras se trabaja de un modo y en otras de otro, como él me dijo, haciéndole yo cargos de que un hombre blanco, hijo de cristianos, bautizado en los Ángeles, que podía ganar su vida honradamente, llevara la existencia de un salteador.

Cuando Mora dejó la palabra, habiendo dicho poco más ó menos lo que queda consignado en el párrafo anterior terminábamos de comer.

Estaba helando.

Hicimos las camas alrededor del fogón, dándole los pies, puse los frailes á mi lado—los cuidaba como á las niñas de mis ojos,—y traté de dormir.

La Creación estaba en calma, el silencio del desierto no era interrumpido sino por uno que otro relincho de los caballos, ó por el graznido de las aves de la laguna.

La luna se levantaba, coronando de luces el firmamento, tachonado de mustias estrellas.

VI
Una noche eterna.—Aspecto del campo al amanecer después de la helada.—En marcha.—Encuentro con indios.—Me habían descubierto de muy lejos.—Medios que emplean los indios para conocer á la distancia si un objeto se mueve ó no.—La carda.—Un monte.—Gente de Baigorrita sale á encontrarnos.—Baigorrita.—Su toldo.—Conferencia y regalos.—Las botas de mis manos.—Carneada.—Una cara patibularia.

Hizo tanto frío, que ni teniendo lumbre toda la noche pude conciliar el sueño. Me di cien vueltas en la cama.

¡Qué envidia me daba oir roncar á los soldados lejos del fogón, hechos una bola como el mataco!

Ni la helada, ni el viento, ni la lluvia, ni el polvo les incomoda á ellos.

Este mundo se vuelve puras compensaciones. Yo tenía abundantes cobijas, quien atizara el fuego toda la noche, y no podía dormir.

Ellos apenas tenían con qué taparse, y dormían como unos santos varones.

La noche me parecía eterna.

—En cuanto quiso aclarar, me levanté, puse á todo el mundo en movimiento, hice dar vueltas las tropillas para que los animales entraran en calor, hasta que llegara la hora conveniente de bajarlos á la laguna, que es cuando el sol pica un poco; mandé agrandar el fogón, se calentó agua, se pusieron unos churrascos, tomamos mate y nos desayunamos.

El campo presentaba el aspecto brillante de una superficie plateada; había helado mucho, la escarcha tenía, en los lugares donde la tierra estaba más húmeda, cuatro líneas de espesor.

Junto con el sol sopló el cierzo pampeano y comenzó á levantarse la niebla en todas direcciones.

La helada iba desapareciendo gradualmente, los rayos solares, abriéndose paso al través del velo acuoso que pretendía interceptarlos.

El calórico, causa y efecto de todo cuanto constituye el planeta en que vivimos, disipaba el fenómeno que él mismo había originado.

Eran las ocho de la mañana, y el horizonte y el cielo estaban ya completamente despejados.

Bebieron los caballos, ensillamos, montamos y rumbeando al Sud, tomamos el camino de Quenque, dejando á la izquierda el que conducía á las tolderías de Calfucurá.

Galopamos un rato, hasta que los animales sudaron, subiendo siempre por un terreno arenoso, salpicado de arbustos; descendimos después entrando en una zona más accidentada, y, al rato, descubrimos hacia el Oriente los primeros toldos de la tribu de Baigorrita y algún ganado vacuno y yeguarizo.

Hice alto para no alarmar á los vigilantes y desconfiados moradores de aquellas comarcas, que veloces como el viento no tardaron en ponerse á tiro de fusil de nosotros para reconocernos.

Destaqué sobre ellos á Mora, les habló, y al punto estuvieron junto con él á mi lado, saludándome y dándome la bienvenida.

Nada sabían de mi visita á Baigorrita.

Pero sabiendo que me hallaba días antes en Leubucó, habían calculado que era yo el que llegaba, afirmándolos en sus conjeturas el aire de mi marcha y el orden en que la efectuaba.

Me habían descubierto desde que se levantaron los primeros polvos en Pitralauquen. La mirada de los indios es como la de los gauchos. Descubren á inmensas distancias, sin equivocarse jamás, los objetos, distinguiendo perfectamente si el polvo que asoma lo levantan animales alzados ó jinetes que corren.

Cuando vacilan, dudando de si el objeto se mueve ó no, recurren á un medio muy sencillo para salir de dudas. Toman el cuchillo por el cabo, lo colocan perpendicularmente en la nariz y dirigen la visual por el filo que sirve de punto de mira; y es claro que si el objeto se desvía de él no está inmóvil, debe ser un árbol, un arbusto, una espadaña, una carda, cuyas proporciones crecen siempre en el espacio por los efectos caprichosos de la luz.

Á propósito de carda, no vayas á creer, Santiago amigo, que me refiero al cardo, que no existe en la Pampa, propiamente hablando.

La carda se le parece algo, es más bien una especie de cactus, crece hasta tres varas y produce unas bellotas verdes y granulentas, como la fruta mora, en las que, cuando están secas, se encuentra un gusanillo que es la crisálida del tábano.

La carda es un gran recurso en el campo. Su leña no es fuerte, pero arde admirablemente. Es como yesca, y las bellotas cuando se queman, forman unos globulitos preciosos que parecen fuegos artificiales y distraen en sumo grado la imaginación.

Alrededor de un fogón de carda puede uno quedarse dos horas enteras entretenido, viendo al fuego devorar sin saciarse con pasmosa rapidez cuanta leña se le echa, brillar y desaparecer las bellotas incandescentes como juegos diamantinos.

La carda tiene otra virtud recóndita.

Cuando el caminante fatigado de cansancio y apurado por la sed, encuentra una carda frondosa, se detiene al pie de ella, como el árabe en el fresco oasis. Arranca el tallo, y en el alvéolo que quede entre las hojas, encuentra siempre gotas de agua cristalina, fresca y pura, que son el rocío de la noche guarecido allí contra los inclementes rayos del sol.

Conversé un momento con los recién llegados, y después que los avié con yerba, azúcar, tabaco y papel, seguí la marcha, cortando ellos para sus toldos.

Galopamos un rato y llegamos á un monte bastante tupido y abundante en árboles seculares. Las quemazones habían hecho estragos en aquellos gigantes de la vegetación. Algunos estaban carbonizados desde el tronco hasta la copa, y al menor empuje perdían su quicio y caían deshechos en mil pedazos.

Encontré buen pasto y resolví descansar allí un buen rato. Aunque no lo hubiera resuelto habría tenido que hacer alto largo tiempo.

Una mula espantadiza se asustó del ruido de un calderón medio quemado, que se vino al suelo por arrancar un gajo para hacer fuego y calentar agua, disparó é hizo disparar las tropillas.

El tiempo que se tardó en repuntarlas bastó para tomar algunos mates.

Mudamos, y estando á medio camino de Quenque, y siendo temprano, seguí la marcha por entre el bosque, tardando como una hora en salir de él.

Caímos á un bajo, cruzamos un salitral y avistamos al mismo tiempo en las cuchillas de unos médanos lejanos, unos polvos que venían hacia nosotros.

Poco tardamos en encontrarnos.

Era gente de Baigorrita que salía á recibirme.

Hicimos alto, destacamos nuestros respectivos parlamentarios, cambiamos muchas razones, y formando un solo grupo nos lanzamos al gran galope.

Otros polvos que se alzaron en la misma dirección de los anteriores, anunciaron que Baigorrita venía ya.

Yo no podía olvidar que conmigo venían los franciscanos y que me había comprometido á que volvieran á su convento sanos y salvos. Veía por momentos el instante en que daban una rodada y se rompían el bautismo. Recogí la rienda á mi caballo, acorté el galope y seguimos al trote.

Baigorrita se acercaba como con unos cincuenta jinetes. Estábamos á la altura de la casa del capitanejo Caniupán, amigo ranquelino que había conocido en la frontera; indio manso y caballero, de los pocos que no piden cuanto sus ojos ven.

Baigorrita no anduvo con las ceremonias imponentes de Ramón, ni con los preámbulos fastidiosos de Mariano Rosas. En cuanto nos pusimos á distancia de podernos ver las caras, hicimos alto.

Se destacó solo, y yo también.

Picamos al mismo tiempo nuestros caballos, y sin más ni más, nos dimos un apretón de manos y un abrazo, como si fuera la milésima vez que nos veíamos.

El grupo que venía y el que iba se confundieron en uno solo.

Galopábamos y conversábamos con Baigorrita, sirviéndole á él de lenguaraz, Juan de Dios San Martín, un chilenito, de quien hablaré en oportunidad, y á mí, Mora.

Baigorrita no habla en castellano, lo entiende apenas.

En media hora más de camino estuvimos en su toldo.

Allí nos esperaba alguna gente reunida.

Todos me saludaron, lo mismo que á mi gente, con respeto y cariño.

El toldo de Baigorrita no tenía nada de particular. Era más chico que el de Mariano Rosas, y estaba desmantelado.

Entramos en él. Mi compadre no brillaba por el aseo de su casa. En su toldo había de cuanto Dios crió, muchos ratones, chinches, pulgas y algo peor.

Á cada rato sorprendía yo en mi ropa algún animalito imprudente que, hambriento, buscaba sangre que chupar. Para un soldado esto no es novedad. Los tomaba y con todo disimulo los pulverizaba.

Tuvimos una conferencia larga y pesada. Mi compadre me presentó á sus principales capitanejos y á varios indios viejos, importantes por la experiencia de sus consejos.

Les regalé sobre tablas algunas bagatelas. Á mi compadre le di mi revólver de seis tiros, unas camisas de crimea, calzoncillos y medias. Á mi ahijado, dos cóndores de oro.

Los franciscanos y mis ayudantes hicieron también sus regalitos. La recepción había sido tan sencilla y cordial, que todos habían simpatizado con aquella indiada.

Después que los saludos y presentaciones oficiales pasaron, vino la conversación salpicada de dichos y agudezas.

Un indio, que por lo menos tendría sesenta años, muy jovial y chistoso, grande amigo de Pichún, el finado padre de Baigorrita, muy querido y respetado de éste, viendo mis manos cubiertas con algo de que él no tenía idea, me preguntó en buen castellano:

—¿Qué es eso, ché?

Eran mis gruesos guantes de castor, prenda que yo estimaba mucho, porque tengo la debilidad de cuidarme demasiado quizá las manos.

Me vi embarazado momentáneamente para contestar.

—Si decía guantes, me iba á entender tanto como si dijera matraca.

Rumiando la respuesta, le contesté.

—Son las botas de las manos.

Los ojos del indio brillaron como si hubiera hecho un descubrimiento, y agregó:

—Cosa linda, güena.

Y esto diciendo, me agarró las dos manos con las suyas.

Retiré una, desabroché el guante y ayudándole á tirar me lo saqué.

El indio se lo puso en el acto.

Hice lo mismo con el otro y se lo di.

También se lo puso, tenía las manos más chicas que yo, así es que le hacían el efecto de un par de manoplas, de ésas que suelen verse colgadas en las vidrieras de las armerías.

El indio parecía un mono. Abría los dedos y se miraba las manos encantado.

Le dejé gozar un rato, y cuando me pareció que había estado bastante tiempo en posesión de mis guantes, se los pedí para ponérmelos.

—Eso no dando—me contestó.

La jugada no estaba en mis libros. Perder mis guantes equivalía á estropearme las manos, sin remisión.

—Te los compro—le dije, viendo que cerraba los puños como para asegurar mejor su presa.

Hizo un movimiento negativo con la cabeza.

Metí la mano al bolsillo, saqué una libra esterlina y se la ofrecí, creyendo picar su codicia.

Tomóla; pero no me dió los guantes.

—Dame las botas de las manos—le dije.

—Eso no vendiendo—me contestó, llevando á la Junta como cristiano.

—Entonces dando la libra esterlina—le dije.

—Yo indio pobre, vos cristiano rico—repuso.

Y junto con la contestación se guardó la libra, dejándome con un palmo de narices.

Todos los circunstantes festejaron con risotadas espontáneas la treta del indio.

Mi compadre Baigorrita, me dijo: Viejo diablo, ¿eh?

Tuve que amoldarme á las circunstancias y que declararme neófito en materia de escamoteos.

Las visitas se fueron retirando poco á poco.

Yo estaba cansado, y por ciertas razones tenía necesidad de mudarme la ropa.

Salí sin ceremonia del toldo.

Había mucha gente afuera, charlando alegremente con los de mi comitiva, al mismo tiempo que le daban un avance á una parva de algarroba. Había dos cosechas para el invierno.

Tenía hambre.

Llamé á Juan de Dios San Martín, el chilenito, y lo mismo que si hubiera estado en la estancia del amigo más íntimo, le dije: Dile á mi compadre que me haga carnear una res para la gente.

Se fué, y al punto volvió diciéndome que ya la traían.

Con efecto, un rato después, dos indios traían una vaca enlazada.

La carnearon las chinas, entregándole la mayor parte á mi gente.

El fogón estaba pronto ya.

No queriendo pernoctar en el toldo de mi compadre, acampé al raso.

La tarde se acercaba.

Las chinas recogían el ganado manso, arreándolo á pie, seguidas de muchos perros tan grandes como flacos, que llamaban la atención.

Las cabras y las ovejas venían mezcladas.

Llegaron á la puerta de los corrales; los perros separaron las especies, y las chinas las majadas, encerrando cada una de ellas en su respectivo corralito.

La operación se hizo con la misma facilidad con que un niño separaría de una canastilla llena de cuentas negras y blancas las que quisiera.

Cuando alguna cabra ú oveja se quedaba en la majada que no le correspondía, los perros la volvían al redil.

Me avisaron que el asado estaba pronto. Acabé de mudarme, y ocupé mi puesto en la rueda del fogón.

Al sentarme, vi cruzar una cara patibularia.

Parecía un indio.

¿Quién era?

 

VII
Qué es la vida.—Reflexiones.—Los perros de los indios.—Recuerdos que deben tener de mi magnificencia.—Un intérprete.—Cambio de razones.—Sans façon.—Yapaí y yapaí.—Detalles.—En Santiago y Córdoba los pobres hacen lo mismo que los indios.—Fingimiento.—Otra vez la cara patibularia.—Averiguaciones.—Una navaja de barba mal empleada.

La vida se pasa sin sentir.

Como dice la sentencia árabe, no es más que el camino de la muerte.

Cuando menos lo esperamos, nos sorprende el invierno y recién como la cigarra imprevisora, nos apercibimos de que hemos pasado el verano cantando, sin pensar en nada.

Nuestros cabellos, con los que jugueteaba ebúrnea y afilada mano se han puesto canos. Nadie los toca ya.

Nuestros ojos han perdido su brillo magnético. Nadie los mira.

Nuestra tez tersa y sonrosada, se ha vuelto amarillento y seco pergamino. Nadie repara en ella.

En el corazón apenas arde una llama moribunda semejante al pálido resplandor de una lámpara sepulcral. Pero ¡ay! ¿Quién se inflama en el tibio calor suyo?

De esperanza en esperanza, de ilusión en ilusión, de desengaño en desengaño, de decepción en decepción, de caída en caída, de percance en percance, de desvarío en desvarío, rodamos fatalmente y llegamos al borde de la tumba, cayendo en su misteriosa obscuridad para cesar de sufrir, ó sufrir más.

Hemos aspirado, no hemos hecho nada por nosotros ni por la humanidad, y hemos consumido una existencia robusta, exuberante, con cuya savia se han alimentado quién sabe cuántos parásitos afortunados, exclamando mil veces: En vain, hélas! en vain!

Y por todo consuelo, nos contentamos con darle al mundo y á sus pompas vanas un adiós irónico, escribiendo en forma de epigrama póstumo un epitafio:

Ci-gît Piron, qui ne fut rien
Pas même académicien.

Si la vida se pasa así, de cualquier modo, con más razón se pasa cualquier noche.

La primera que dormí en Quenque, al raso, cerca del toldo de mi compadre Baigorrita, pertenece á ese género. Creo que ni recuerdos tuve.

De ella sólo puedo decir que dormí.

Mi fatigado cuerpo no sintió ni el aire de la noche, ni la dureza del suelo, ni la famélica inquietud de los perros, que devoraban los rezagos y huesos de nuestro fogón, haciendo crujir sus afilados dientes, hasta romperlos y chupar el escondido tuétano.

Los indios no les dan de comer á sus perros, y, sin embargo, tienen muchos; en cada toldo tienen una jauría.

Los pobres viven de los bichos del campo que cazan, ó como los avestruces, pescando moscas al vuelo.

El hambre les hace adquirir una destreza increíble. Mosca que zumba por sus narices va á parar á su estómago.

Los tratan con la mayor dureza; el que no está lleno de chichones tiene alguna cicatriz agusanada.

Es lo que sacan cuando se acercan á algún fogón ó cuando al carnear una res se arriman tímidamente á ella para chupar siquiera la sangre que riega el suelo.

Las chinas son las que tienen alguna compasión de ellos. Son sus compañeros inseparables. Van al monte y al agua con ellas; con ellas recogen el ganado; y al lado de ellas duermen.

Á los indios no los siguen jamás.

En mi fogón se dieron una panzada que debe haber hecho época entre ellos.

En esta hora deben estar cantando con himnos caninos, y en el mismo bronco lenguaje con que ladran á la luna, por no decir adoran, la generosidad y espléndida magnificencia de unas gentes extrañas, que anduvieron por allí, con caras desconocidas, vistiendo trajes que no habían visto jamás y hablando un idioma ininteligible, aunque agradable á su oído.

Amaneció.

Nos dimos los buenos días con los franciscanos, nos levantamos, tomamos mate y nos preparamos para recibir visitas que no tardaron en llegar.

Mi compadre Baigorrita se había bañado muy temprano, y descalzo y con los calzoncillos arrollados sobre la rodilla y las mangas de la camisa arremangadas, atusaba un caballo que estaba en el palenque.

Me acerqué á él, le saludé, y sin interrumpir su faena me contestó con una sonrisa afable, haciéndome decir con Juan de Dios San Martín que andaba por ahí: «Que estuviera á gusto, que aquella era mi casa».

Le contesté dándole las gracias.

Y, pegando el último tijeretazo, me invitó á pasar á su toldo.

Acepté, y entramos en él.

Tres fogones ardían.

Alrededor de ellos las chinas y las cautivas preparaban el almuerzo, que consistía en puchero y asado.

Nos sentamos quedando mi compadre enfrente de mí.

Empezaron á entrar visitas, se colocaron en dos filas y la charla no se hizo esperar.

Eran todas personas de importancia.

No siendo Juan de Dios San Martín bastante buen lenguaraz, mandaron llamar otro cristiano, hombre de la entera confianza de Baigorrita.

Era necesario que todos los circunstantes se enterasen perfectamente bien de mis razones.

Vino Juancito, que así se llamaba el perito, y se colocó entre mi compadre y yo, dando la espalda á la entrada del toldo.

Era un zambo motoso, de siete pies de alto, gordo como un pavo cebado.

Su traje consistía en un simple chiripá de jerga pampa.

En su fisonomía estaban grabados con caracteres inequívocos los instintos animales más groseros. Todas sus facciones eran deformes, y á la manera de los indios, se había arrancado con pinzas los pelos de la cara, pintado los pómulos y los labios. Su mirada era chispeante, pero no revelaba ferocidad.

Le dije mis primeras razones, intentó traducirlas. No pudo, sus oídos no habían jamás escuchado un lenguaje tan culto como el mío. Y eso que yo me esforzaba siempre en expresarme con toda sencillez. No entendía jota.

Al transmitirle á mi compadre Baigorrita mis razones, Camargo y Juan de Dios San Martín, le decían:

—El Coronel no ha dicho eso.

Las visitas, impacientadas, gruñían contra el zambo. Él, avergonzado y turbado de su imbecilidad, sudaba la gota gorda. Su cara y su pelo traspiraban como si estuviera en un baño ruso, despidiendo un olor grasiento peculiar que volteaba.

Cuando su confusión llegó hasta el punto de sellarle los labios, cayó en una especie de furor concentrado. Levantóse de improviso, y diciendo: «Me voy, ya no sirvo», se marchó.

Nadie hizo la menor observación.

La conversación continuó, haciendo de intérpretes los otros lenguaraces.

Las mujeres de mi compadre, las chinas y cautivas se pusieron en movimiento, y el almuerzo vino.

Á cada cual le tocó, lo mismo que en el toldo de Mariano Rosas, un enorme plato de madera con carne cocida, caldo, zapallos y choclos.

Yo, ya estaba en mi centro.

Comí sans façón.

Tomaba las posturas que me cuadraban mejor, y calculando que lo que iba á hacer produciría buen efecto en el dueño de la casa y en los convidados, me quité las botas y las medias, saqué el puñal que llevaba á la cintura y me puse á cortar las uñas de los pies, ni más ni menos que si hubiera estado solo en mi cuarto, haciendo la policía matutina.

Mi compadre y los convidados estaban encantados. Aquel coronel cristiano parecía un indio. ¿Qué más podían ellos desear? Yo iba á ellos. Me les asimilaba. Era la conquista de la barbarie sobre la civilización. El Lucius Victorius, imperator, del sueño que tuve en Leubucó la noche en que Mariano Rosas me hizo beber un cuerno de aguardiente, estaba allí transfigurado.

Cuando acabé la operación de cortarme las uñas de los pies, me limpié las de las manos, y para completar la comedia me escarbé los dientes con el puñal.

Trajeron el asado, agua y trapos. En lugar de hacer uso del cuchillo de la casa, hice uso del mío.

El indio del día antes, se presentó á la sazón con mis guantes, se me sentó al lado y le dió por jugar con mi pera, insistiendo en que la había de trenzar, porque era linda, según él decía. Le dejé hacer su gusto.

Terminado el almuerzo, trajeron unas cuantas botellas de aguardiente y entre yapaí y yapaí las apuramos.

Mi ahijado, á quien el día antes había acariciado, se acercó á mí. Le hice un cariño. Una cautiva le habló en la lengua, y el chiquilín juntó las manos, y todo ruborizado me dijo: «bendición».

—«Dios te haga un buen cristiano, ahijado»—le contesté; y echándole los brazos le senté en mis piernas.

El chiquilín se quedó como en misa, saqué el reloj y se lo puse al oído para que oyera el tic-tac de la rueda: siguió inmóvil. Guardé el reloj, y viendo que por sobre su cabecita caminaban ciertos animalitos de mil pies, me puse á expulgarlo.

Comprendo, Santiago amigo, que estos detalles son poco filosóficos é instructivos; pero, hijo mío, ya que no puedo cantar las glorias de mi espada, permíteme describirte sin rodeos cuanto hice y vi entre los Ranqueles.

El pulcro y respetable público tendrá la bondad de ser indulgente, á no ser que prefiera, lo que no suele ser raro, la mentira á la verdad.

Rien n’est beau que le vrai.

Tomo el dicho por los cabellos y continúo.

Mi ahijado estaba acostumbrado á la operación.

Los indios se la hacen unos á otros, al rayar el sol, con un apéndice que dejo á tu perspicacia adivinar.

De gustos no hay nada escrito.

Una ostra cruda es para algunos el bocado más sabroso. Vitelio se comía, para abrir el apetito, cuarenta docenas de una sentada.

Algunos buscan el queso hediondo, y prefieren el que camina.

Mientras tanto, otros no pueden pasar ni lo uno ni lo otro.

No nos admiremos de las costumbres de los indios.

He de repetir hasta el cansancio, que nuestra civilización no tiene el derecho de ser tan orgullosa.

En Santiago del Estero, donde lengua y costumbres tienen un sabor primitivo, los pobres hacen lo mismo que los indios.

El que quiera verlo, no tiene más que tomar la mensajería del Norte y dar un paseo por aquella provincia argentina.

Y en la sierra de Córdoba hacen igual cosa. Está más cerca y la excursión sería más pintoresca.

Mi ahijado se quedó dormido.

Le acomodé la cabecita sobre uno de mis muslos y le dejé quieto.

Las visitas se fueron retirando.

Algunas se echaron, quedándose dormidas.

Yo, siguiendo mi plan de hacerme interesante, las imité. ¡Qué había de dormir! Era imposible. Cuerpos extraños al mío, me tenían en una agitación indescriptible.

Me quedé no obstante en el toldo haciendo que dormía.

Ronqué.

Mi compadre impuso silencio. Debía mirarme con placer.

De repente llamé con voz trémula y débil á Rufino Pereyra.

No contestó; no podía oírme. Lo calculaba.

Entonces, fingiendo un enojo terrible, me incorporé súbito y grité con todas mis fuerzas:

—¡Rufino! ¡Rufino!

Rufino contestó de lejos:

—Voy, señor; y entró volando en el toldo.

—¿Por qué no venías?

—No había oído.

Le apostrofé.

Mi compadre fumaba tranquilamente su pipa, rodeado de sus tres hijos menores dormidos.

Me miró como diciendo para sus adentros: Este hombre, es un hombre.

Mis contrastes le seducían. La dulzura, la aspereza, la calma y la irascibilidad hablan muy alto á la imaginación de un salvaje.

—Tráeme mi navaja de barba—le dije á Rufino.

Salió.

—Compadre—continué, dirigiéndome á mi huésped,—le voy á hacer un regalo; veo que usted se afeita.

No contestó, porque no entendía. Los lenguaraces se habían retirado. Llamó á Juan de Dios San Martín. Entró éste y junto con él Rufino, trayendo la navaja y el asentador, que tenía cuatro faces, una con piedra.

Tomélo, y haciéndole ver á mi compadre cómo se asentaba la navaja, le di ambas cosas.

Las tomó, y viendo primero si se adaptaban al bolsillo de su tirador, las colocó en seguida en él.

Salí del toldo. Me mudé la ropa, después que Carmen me ayudó á eliminar los intrusos que se habían guarecido en mis cabellos; di un paseo porque tenía necesidad de respirar el aire libre y puro del campo, haciendo fuego con el revólver sobre algunos caranchos y teruteros; y al rato volví al fogón para acabar de disipar con café los efectos del aguardiente.

De regreso de la caminata, pasé por detrás del toldo de mi compadre y volví á ver la cara patibularia del día antes, apoyada con aire sombrío en la costanera del ranchito que servía de cocina, y que sobresalía media vara.

Junto con ella estaba otra juvenil, de aspecto extraño y marcadamente de cristiano.

La curiosidad me acercó á ellos.

Les dirigí la palabra, callaron.

—¿No entienden?—les dije, con cierta acritud.—Me contestaron en lengua de indio.

Comprendí que no querían hablar conmigo.

El hecho acabó de despertar mi curiosidad.

No pude decir por qué, pero lo cierto es que la primera cara me alarmaba.

Seguí mi camino con el intento de averiguar quiénes eran aquellos desconocidos.

Entré en el toldo de mi compadre.

Estaba solo con sus hijos, en la misma postura en que le había dejado hacía un rato, y picaba tabaco.

¿Con qué?

Nada menos que con la navaja de barba que le acababa de regalar.

El asentador le servía de punto de apoyo.

—Bien empleado me está—dije para mi coleto,—por haber gastado pólvora en chimangos.

Mi compadre se sonrió complacido y con una cara como unas pascuas, y mirándose en la superficie tersa y lustrosa de la navaja, me dijo:

—Lindo.

—Es verdad—le contesté, murmurando:—no te degollarás con ella; y agregando al mismo tiempo que hacía el ademán de afeitarme: mejor es para esto.

Me entendió, y repuso:

—Cuchillo.

Quería decirme que el cuchillo era más aparente para afeitarse.

Llamó á Juan de Dios San Martín.

Mientras éste venía, salí del toldo para contarles á mis ayudantes y á los franciscanos qué suerte había corrido la navaja de Rodgers.

VIII
Dos desconocidos.—El cuarterón.—El mayor Colchao y su hijo.—Una cautiva explica quién era Colchao y refiere su historia.—Provocaciones de Caiomuta.—Gualicho redondo.—Contradicciones del cuarterón.—Juan de Dios San Martín.—Dudas sobre la fidelidad conyugal.—Picando tabaco.—Retrato de Baigorrita.—Un espía de Calfucurá.

En el fogón no había nadie.

Todos estaban detrás de la cocina, porque en ese sitio no daba el sol.

Buscaba á quien contarle el uso que mi compadre hacía de mi rica navaja de barba.

Fuí pues, en busca de mis compañeros de peregrinación.

Hablaban con los dos desconocidos.

Les llamé aparte, hicieron una rueda, dejándome dentro, y les conté el caso, riéndome á carcajadas.

Unos cuantos, ¡qué bárbaro! se oyeron al mismo tiempo.

Después de un instante de hilaridad, pregunté, ¿qué hombres son ésos con quienes hablaban ustedes?

—No sabemos—contestaron unos.

—Tratábamos de averiguarlo—dijeron los franciscanos.

—Vamos á ver—repuse.

Me dirigí á ellos. Todos me siguieron.

—¿Cómo te llamas?—le pregunté al primero que había visto.

Era un cuarterón tostado por el sol, como de cuarenta años.

Tenía una cara que daba miedo, grandes ojos negros, redondos, sin brillo, nariz aplastada, por cuyas ventanas salían algunos pelos, boca grande, en la que vagaba una sonrisa sardónica, dejando entrever dos filas de dientes enormes, separados, como los del cocodrilo, todo ello encerrado dentro de un óvalo que empezaba con una frente estrecha, erizada de cabellos duros y parados como las espinas del puerco espín, y terminaba con una barba aguda ligeramente retorcida para arriba.

Estaba gordo y no tenía una sola arruga en el cutis. Llevaba un aro de oro en la oreja izquierda, y la barba y el bigote se las había arrancado con pinzas, á lo indio, de manera que en los poros irritados, se había infiltrado el polvo más tenue, dándole con la transpiración á su antipática facha, el mismo aspecto que hubiera tenido si la hubiesen escarificado con finísimas agujas y tinta china.

Vestía ropa andrajosa. No llevaba calzado, y en sus pies encallecidos resaltaban unas grandes uñas incrustadas como conchas fósiles en calcárea roca.

No me contestó. Pero fijó su mirada vaga en mí.

Volví á interrogarle.

Siguió callado, bajó la vista, la fijó en tierra, é hizo un ademán con los hombros, hundiendo el pescuezo en ellos, como quien dice: no sé, ¿qué le importa á usted?

—Tú has de ser algún bellaco—le dije.

No contestó.

Entonces, dirigiéndome al más joven:

—¿Y tú quién eres?—le pregunté.

Parecía un cuadrumano. Era un mono vestido de gaucho. También estaba afeitado á lo indio, y su ropa era nueva y de buena calidad. Tendría dieciocho años.

—Soy hijo del mayor Colchao—me contestó.

—¿Hijo del mayor Colchao?—repuse, con extrañeza.

Una cautiva que se había llegado á nosotros, me dijo:

—Es mi marido.

—¿Tu marido?

—Sí, señor.

—¿Cómo es eso?

—El cacique me ha casado con él.

Me refirió entonces, que era de San Luis, que durante algún tiempo había vivido con un indio muy malo. Que éste había muerto á consecuencia de heridas recibidas en la última invasión que llevaron los Ranqueles al Río 5.º cuando los derroté en los Pozos Covados, cerca de Santa Catalina; y que no habiendo dejado herederos, Baigorrita la había recogido y se la había dado al mayor Colchao, montonero de la gente del Chacho, refugiado en Tierra Adentro. Agregó que Colchao era muy bueno y que ahora era feliz.

—Vea, señor—me decía,—cómo me castigaba el indio. Y mostraba los brazos y el seno cubiertos de moretones empedernidos y de cicatrices. Así, añadía con mezclada expresión de candor y crueldad, yo rogaba á Dios que el indio echara por la herida cuanto comiese. Porque tenía un balazo en el pescuezo y por ahí se le salía todo, envuelto con el humor y…

Me dió asco aquella desdichada, cuyos ojos eran hermosísimos. Tenía una lubricidad incitante en la fisonomía. Era esbelta y graciosa.

Á fin de que no continuara el repugnante relato de las agonías de su opresor, y queriendo saber quién era ese mayor Colchao, la interrumpí, preguntándole:

—¿Y quién es Colchao?

—Ese hombre que habrá visto, señor, aquí, el que traía enlazada la res que le carneamos.

Yo lo había tomado por un indio.

Era un hombre insignificante. Mi compadre tenía mucha confianza en él. Hacía de capataz suyo.

—¿Y este muchacho, dices que es hijo de Colchao?—volví á preguntarle.

—Sí, señor—repitió.

—Y, ¿dónde vives tú?—le preguntó á aquél.

—En la toldería del capitanejo Estanislao.

—¿Cerca de aquí?

—No, señor.

—¿Qué distancia hay?

—Un día de camino (son treinta leguas en lenguaje convencional de los indios).

—¿Y á ese hombre le conoces?—le pregunté, señalándole al cuarterón.

—Sí, señor.

—¿Desde cuándo?

—Hace tres días.

—¿Tres días no más?

—Sí señor.

—¿Cómo así?

—Lo he conocido en el campo, viniendo para acá.

—¿De dónde venías?

—Del toldo de Estanislao.

—¿En qué rumbo queda?

—Aquí (señalando al Sudoeste).

—¿En qué venía?

—Á caballo.

—¿Con cuántos caballos?

—En el montado.

—¿Y de dónde venía?

—De lo de Calfucurá.

—¿Qué, por ahí va el camino?

—Por ahí.

—¿Y cuántos días de camino hay del toldo de Estanislao al de Calfucurá?

—Dos días y medio.

—¿Y habla castellano ese hombre?

—Sí, señor.

Aquí interrumpí el diálogo con el hijo de Colchao, y dirigiéndome al otro, le dije:

—¿Conque te estabas haciendo el zonzo?

No contestó.

—Habla, imbécil—le dije.

—Tengo vergüenza—me contestó.

—Has de ser algún bandido—repuse, y dándole las espaldas, les dije en voz baja á mis ayudantes:—averígüenle la vida.

Iba á retirarme, pero se me ocurrió una pregunta esencial. Se la hice.

—¿De dónde eres?

—De Patagones.

—¡Ah!—dijo mi ayudante Rodríguez,—á mí me has dicho hace un rato que chileno.

—Y á mí, no recuerdo quién, que de Bahía Blanca.

—Sí, ha de ser algún pícaro—les contesté.

Y esto diciendo me dirigí al toldo de mi compadre.

Estaba como le había dejado, en la misma postura, seguía picando tabaco con la navaja y hablaba con Juan de Dios San Martín.

Me senté, y le hice preguntar por el lenguaraz quién era el desconocido.

Me contestó que no sabía, que lo había visto; pero que había creído que era de mi gente.

Juan de Dios San Martín dijo que él no había reparado en semejante hombre.

Le observé á mi compadre que cómo había podido tomar por hombre mío un rotoso como ése.

Se encogió de hombros, y le ordenó á San Martín que averiguase quién era, de dónde venía, qué quería.

San Martín salió.

Yo me eché en el suelo, como en un mullido sofá.

Mi compadre siguió imperturbable picando su tabaco.

Estuvimos en silencio, mientras San Martín indagó lo que queríamos saber.

Juan de Dios San Martín era el lenguaraz de mi compadre, su secretario, su amigo, sirviente y confidente. Varias veces como representante suyo estuvo en el Río 4.º.

Es un roto chileno, vivo como un rayo, taimado y melifluo; que sabe tirar y aflojar cuando conviene. Tiene treinta años y sabe leer y escribir perfectamente bien. Tenía varios libros, entre ellos un tratado de geografía.

Como su cara hay muchas. No tiene nada de notable. Es blanco y de sangre pura. Según él, está entre los indios para rescatar algunos parientes mendocinos. Será ó no verdad. Yo sólo sé que estando en el Río 4.º entre varias cautivas, que me mandó Mariano Rosas, que entregué al padre Burela, venía una de unos diecisiete años, que se decía prima suya y que le estaba muy agradecida.

Pretendía también San Martín estar muy enamorado de una chiquilla de catorce años, que había sido ya querida de mi compadre, quien se la había vendido. Y decía que saldría de los indios cuando se le acabara de pagar. La chiquilla andaba por allí, era bonita y muy inocentona al parecer. Lo mismo que estaba con San Martín hubiera estado con otro. Era mendocina y vestía exactamente como una india. Su donosura contrastaba en extremo con su desaseo. Reía y jugaba con todos mis ayudantes con infantil desenfado, y su dueño no se curaba de ello. El derecho de vida ó muerte que tenía sobre la pobre le inspiraba sin duda esa confianza. La institución es bárbara, nadie lo pondrá en duda. Pero hay que reconocer que entre los indios no se mata por celos. Algo más; hay que reconocer que los casos de infidelidad son rarísimos allí.

Mientras llega San Martín con las noticias que ha ido á traer, se me ocurre preguntar:

La virtud de la fidelidad conyugal, que no puede ser convencional sino que debe tener por base un sentimiento, el amor, ¿dónde está más segura, entre los ranqueles ó entre los cristianos?

Me guardo bien de contestar.

Prefiero esperar á San Martín, llamando tu atención, Santiago amigo, sobre los tipos que se refugian entre los indios. Calcula si ellos conocerán bien á los cristianos, sus ideas, sus tendencias, sus proyectos futuros, teniendo á su lado secretarios lenguaraces, amigos íntimos por el estilo del que te acabo de bosquejar.

Aquel mundo es realmente digno de estudio. Lo tenemos encima, golpeando diariamente nuestras puertas, como los enemigos de Roma, en sus horas aciagas, ¿y qué sabemos de él?

Que nos roban.

Es bastante; pero no es una noticia nueva para el país. Tanto valiera decirle: hay guerra civil en Entre Ríos. La conciencia pública lo sabe, no lo ve, pero lo siente. Ella pregunta otra cosa. ¿Cuál es el remedio que costando menos sangre puede conciliar el hecho con el derecho? ¿Y por qué pregunta eso? Porque mientras para todo le presentéis el filo de una espada, la clemencia humana estará en su derecho de exclamar ¡fratricidas!

San Martín volvió, diciendo que el desconocido venía de las tolderías de Calfucurá.

Mi compadre no manifestó extrañeza alguna.

—¿Y cómo es—le pregunté,—que ustedes no se fijan en los que vienen y están una porción de días comiendo en sus casas?

—Aquí viene el que quiere, compadre—me contestó.

—¿Y si vienen á espiar?

—¿Y qué van á espiar?

—Pero lo que ustedes hacen.

—Nosotros hacemos toda la vida lo mismo.

Le hice una seña á San Martín, salí del toldo y me siguió.

Mi compadre continuó picando su tabaco, le quedaba aún un rollo tucumano.

San Martín me había servido con lealtad en otras ocasiones. Le encargué que tomara más informes sobre el desconocido, y se marchó.

Al separarse de mí, el padre Marcos vino á decirme que aquél me pedía una camisa y unos calzoncillos, hierba, tabaco y papel.

Todo se me había concluido. Pero donde hay soldados no faltan jamás corazones desprendidos y generosos.

Llamé un asistente y le dije que me buscara entre sus compañeros una camisa y unos calzoncillos, y todo lo demás que pedía el desconocido.

Hizo una junta: á éste pidió una cosa, á aquél otra, al uno yerba, al otro azúcar, tabaco y papel y volvió al punto con la contribución.

Le di todo al padre Marcos, y el buen franciscano se fué muy contento, llevándoselo todo á su protegido.

Me senté á descansar en un diván que con caronas y ponchos me improvisaron los soldados.

Dormitaba, cuando oí un tropel de caballos y una voz de indio que con acento de embriaguez preguntaba:

—¿Dónde está ese coronel Mansilla?

Hablaba con los que estaban detrás de la cocina.

—Ahí—le contestaron.

Un jinete indio se me presentó, pisándome casi con las patas del caballo.

Le reconocí en el acto: era Caiomuta, y viendo que estaba ebrio le miré con afectado desprecio y no le dije nada.

—Vos, coronel Mansilla—gritó el bárbaro, clavándole ferozmente las espuelas al caballo, rayándolo y levantando una nube de polvo que me envolvió.

Creí que iba á atropellarme.

Callé, me puse en pie y en ademán de defenderme.

—Vos, coronel Mansilla—volvió á gritarme.

—Sí—le contesté secamente.

—¡Ahhhh!—hizo.

Permanecí en silencio, y como se retirara unos cuantos pasos, avancé sobre él, cubriendo mi frente con el fogón que presentaba el obstáculo de unos grandes montones de leña.

—¿Vos amigo indio?—me dijo.

—Sí—le contesté, y avancé para darle la mano.

Me rechazó, diciendo:

—Yo dando mano, amigo no más.

—Yo soy tu amigo.

—¿Por qué entonces midiendo tierra, gualicho redondo?

Gualicho redondo era mi aguja de marcar óptica, de la que me había servido infinidad de veces, en la travesía del Río 5.º á Leubucó.

—Eso no es para medir tierra—le contesté.

—Vos engañando—repuso.

—Yo no miento.

—¿Y entonces qué haciendo gualicho redondo?

—Era para saber el rumbo, dónde quedaba el Norte.

—¿Y para qué haciendo eso, teniendo camino y baqueano?

—Porque cuando ando por los campos me gusta saber derecho adónde voy.

—¡Winca! ¡winca!—murmuró. Y en voz alta y volviendo á rayar el caballo, en círculos concéntricos para lucir la rienda del animal y su destreza, gritó: ¡engañando!

Llegaron varios indios, hablaron á un mismo tiempo y rodeándome me dijeron:

—Dando camisa.

—No tengo—contesté secamente.

Caiomuta, con ojos mal intencionados me echó encima el caballo, balanceándose sobre él con dificultad, y me dijo:

—Vos rico, dando, pues, pobres indios.

—Yo no doy nada á quien no es mi amigo—le contesté, frunciendo el ceño y apostrofándole de bárbaro.

Recogió el caballo como para atropellarme. Me retiré. Llegaron mis ayudantes y asistentes y me rodearon.

—¡Winca! ¡winca!—bramó el indio.

Juan de Dios San Martín se presentó en ese momento y me dijo, que decía Baigorrita que no le hicieran caso á su hermano, que me fuera á su toldo. Y de su cuenta agregó: Ese indio, señor, tiene muy malas entrañas.

Me pareció desdoroso abandonar el campo.

Le contesté á mi compadre que no tuviese cuidado.

Caiomuta se echó al coleto un trago, como un chorro, de una limeta de aguardiente que llevaba en la mano derecha, y picando el caballo y vociferando insultos contra Baigorrita, á quien tachaba de ladrón, y diciéndoles á los otros que le siguieran, se lanzó á toda brida por unos arenales donde parecía imposible que el caballo corriera.

Queriendo evitar un segundo diálogo, me dirigí al toldo de mi compadre; pero viendo al padre Marcos con el desconocido, hice un rodeo y me acerqué á ellos.

—¿Y al fin de dónde eres?—le pregunté:—¿de Chile, de Patagones ó de Bahía Blanca?

No me contestó.

—¿Conque tienes lengua para pedir y no la tienes para contestar?—agregué.

—Yo no he pedido nada—contestó por primera vez con acento porteño.

—Lo que yo debía hacer era quitarte por soberbio lo que te he dado—le dije.

—Ahí está—murmuró con desprecio.

Me retiré. Aquel hombre me alteraba la sangre, y entré en el toldo de mi compadre.

Seguía picando tabaco.

Me hizo señas de que tomara asiento.

Me senté.

Trajeron puchero.

Comí.

Á mi compadre le sirvieron un riñón de cordero, caliente, crudo y un bofe de vaca fiambre, aliñado con cebolla y sal.

Me ofreció un bocado.

Acepté.

El riñón era incomible, hedía como álcali volátil; pero lo mastiqué procurando no hacer gestos y lo tragué.

El bofe era pasable; pero prefiero no volver á probarlo más en mi vida.

Como no había lenguaraz no hablábamos sino una que otra palabra.

Aproveché el tiempo para observar la fisonomía de aquel picador de tabaco imperturbable, especie de patriarca.

Manuel Baigorría, alias Baigorrita, tiene treinta y dos años.

Se llama así porque su padrino de bautismo fué el gaucho puntano de ese nombre, que en tiempos del cacique Pichum, de quien era muy amigo, vivió en Tierra Adentro. Su madre fué una señora cautiva del Morro. Allí vivía no ha mucho con su familia, rescatada, no puedo decir en qué época. Baigorrita tiene la talla mediana, predominando en su fisonomía el tipo español. Sus ojos son negros, grandes, redondos y brillantes; su nariz respingada y abierta; su boca regular; sus labios gruesos; su barba corta y ancha. Tiene una cabellera larga, negra y lacia, y una frente espaciosa, que no carece de nobleza. Su mirada es dulce, bravía algunas veces. En este conjunto sobresalen los instintos carnales y cierta inclinación á las emociones fuertes, envuelto todo en las brumas de una melancolía genial.

Con otro tipo mi compadre sería un árabe.

Es muy aficionado á las mujeres, jugador y pobre; tiene reputación de valiente, de manso y prestigio militar entre sus indios.

Sus costumbres son sencillas, no es lujoso ni en los arreos de su caballo.

Me habló varias veces con ternura de la madre, manifestándome el deseo de ir al Morro á visitar sus parientes.

Caiomuta es su hermano menor por parte de padre. Son enemigos. Caiomuta es rico, ladrón como Caco, borracho como Baco y malo como Satanás. Insolente, violento, audaz, aborrecido de la generalidad. Pero es fuerte, porque tiene un circulito de desalmados que le siguen ciegamente, ayudándole á perpetrar todas sus maldades.

Concluía el estudio de los rasgos fisonómicos de mi compadre, cuando se presentó San Martín.

Cambió algunas palabras en lengua araucana con aquél, y diciéndome en un aparte que tenía algo que comunicarme, se retiró.

—Hasta luego—le dije á Baigorrita, que sin dejar de picar su tabaco, me contestó : ¡adió! (los indios, como los negros, no pronuncian generalmente las eses finales), y fuí á ver qué me quería San Martín.

En cuanto me acerqué á él, me dijo:

—Señor, el hombre es un espía de Calfucurá.

—¿Y tras de qué anda?

—Viene á ver qué hace usted aquí. Allí temen que usted mueva estas indiadas contra aquéllas.

—¿Y se lo has dicho á Baigorrita ahora lo que hablaste con él?

—No, señor.

—Avísaselo, pues.

San Martín obedeció.

Yo me quedé pensando en la cautelosa previsión de Calfucurá, el gran político y guerrero de la Pampa, tan temido por su poder como por su sabiduría.

La noticia de mi arribo á las tolderías de los ranqueles, le había sido transmitida por Mariano Rosas, junto con una consulta, en su calidad de aliado por simpatía de raza.

Su contestación había sido que la paz convenía, que no vacilase en sellarla y cumplirla.

Al mismo tiempo había enviado un emisario secreto.

¿Hombres de Estados cultos habrían procedido de otra manera?

¿La diplomacia moderna es más sincera y menos desconfiada?

Tú, que vives en Europa, donde nacieron y gobernaron Richelieu, Mazarino, Walpole, Alberoni, Talleyrand y Maeternich, en Europa, que nos da la norma en todo, lo dirás.

IX
Cansancio.—Puesta del sol.—Un fogón de dos filas.—Mis caballos no estaban seguros.—Aviso de Baigorrita.—Los indios viven robándose unos á otros.—La justicia.—Los pobres son como los caballos patrios.—Cena y sueño.—Intentan robarme mis caballos.—Cantan los gallos.—Visión.—El mate.—Un cañonazo.

El día había sido fecundo en impresiones. La tarde, esa hora dulce y melancólica, avanzaba. El fuego solar no quemaba ya. La brisa vespertina soplaba fresca, batiendo la grama frondosa, el verde y florido trébol, el oloroso poleo, y arrancándole sus perfumes suaves y balsámicos á los campos, saturaba la atmósfera al pasar con aromáticas exhalaciones. Los ganados se retiraban pausadamente al aprisco.

Mi cuerpo tenía necesidad de reposo. Mi estómago pedía un asadito á la criolla. Teníamos una carne gorda, que sólo mirarla abría el apetito.

Mandé hacer un buen fogón, con asientos para todos. Proclamé cariñosamente á los asistentes, para que trajeran leña gruesa de chañar y carda.

Había una enramada llena de cueros viejos, de trebejos inútiles, de guascas y chala de maíz. Le eché el ojo, la mandé limpiar, y me dispuse á cenar como un príncipe, y á pasar una noche de perlas.

Mis pensamientos eran plácidos, como los del niño que alegre corre y juguetea, en tarde primaveral, por las avenidas acordonadas de arrayán del verde y pintado pensil.

Las penas andaban huidas, también ellas son veleidosas.

Á veces suelo echarlas de menos.

El sol hundió su frente radiosa tras de las alturas de Quenque, augurando el limpio horizonte y el cielo despejado de nubes un nuevo hermoso día; las estrellas comenzaron á centellear tímidamente en el firmamento; las sombras nocturnas fueron envolviendo poco á poco en tinieblas el vasto y dilatado panorama del desierto, y cuando la noche extendió completamente su imponente sudario, el fogón ardía, rechinando al quemarse los gruesos troncos de amarillento caldén, chisporroteando alegre la endeble carda, como si festejara el poder del elemento destructor.

La rueda se había hecho sin orden en dos filas. Detrás de cada franciscano y de cada oficial había un asistente. El chusco Calixto Olazábal, atizaba el fuego, reparaba el asado, tomaba mate y soltaba dicharachos sin pararle la lengua un minuto.

Á no haber estado allí los frailes, hubiera podido decirse que parecía un Vulcano jocoso entre las llamas, rodeado de condenados; porque aquéllas, flameando al viento, chamuscaban su barba, siendo motivo de que hiciera toda clase de piruetas y gesticulaciones, lo que provocando la risa de los circunstantes completaba el cuadro.

Los ojos se me iban viendo el apetitoso asado.

Pensaba en el pincel y en la paleta de Rembrandt, cuando una voz conocida dijo detrás de mí, con acento respetuoso:

—¡Buenas noches, señores!

Era Juan de Dios San Martín.

—Buenas noches; siéntese, amigo, si gusta—le contesté.

—Gracias, señor—repuso;—no puedo ahora. Vengo á decirle, que dice Baigorrita que los caballos están mal donde los tiene: que ha sabido que andan unos indios ladrones por darle el golpe, y que sería mejor los encerrase en el corral.

No pude resolverme de pronto á contestarle que estaba bueno, porque los animales tenían necesidad de alimentarse bien. Pero entre que sufrieran más y perderlos, el partido no era dudoso.

Después de un instante de reflexión, contesté:

—Dile á mi compadre que si hay peligro los haré encerrar.

—Es mejor—contestó San Martín.

—Pues bien—repuse,—que los encierren.

Y esto diciendo, le ordené al mayor Lemlenyi le hiciera prevenir á Camilo Arias que los caballos no dormirían á ronda abierta, sino en el corral.

San Martín se fué y volvió diciéndome:

—Dice Baigorrita que el corral tiene un portillo, que es preciso taparlo con ramas y que pongan una guardia.

Mandé dar las órdenes correspondientes, y como Calixto gritara en ese momento, ¡ya está! invité nuevamente al mensajero de mi compadre á que se sentara.

Aceptó, ocupó un puesto en la rueda, le entramos al asado, como se dice en la tierra, y mientras lo hacíamos desaparecer, se pusieron algunos choclos al rescoldo, para tener postre.

Una jauría de perros hambrientos había formado á nuestro alrededor una tercera fila. Viendo que no los trataban como los indios, nos empujaban, y á más de uno le sucedió le arrebataran la tira de carne que llevaba á la boca. La confianza de aquellos convidados de piedra de cuatro patas llegó á ser tan impertinente, que para que nos dejaran comer en paz hubo que tratarlos á la baqueta.

—Pero hombre—le dije á San Martín,—aquí no respetan nada. ¿Será posible que se atrevan á robarme mis caballos hasta del corral de Baigorrita?

—Qué, señor, si son muy ladrones estos indios; el otro día, no más, se le han perdido sus caballos á Baigorrita, lo tienen á pie—me contestó.

—¿Y qué ha hecho?

—Los andan campeando.

—¿Entonces aquí viven robándose los unos á los otros?

—Así no más viven, ya es vicio el que tienen.

—¿Y qué hacen con lo que roban?

—Unas veces se lo comen, otras se lo juegan, otras lo llevan y lo cambalachean en lo de Mariano ó en lo de Ramón, ó se van á lo de Calfucurá, ó se mandan cambiar á Chile.

—¿Y se castiga á los ladrones?

—Algunas veces, señor.

—¿Pero cuando á un indio le roban, qué hacen?

—Según y conforme, señor. Unas veces le pone la queja al cacique, otras él mismo busca al ladrón y le quita á la fuerza lo que le han robado.

Le hice algunas preguntas más, y de sus contestaciones saqué en conclusión que la justicia se administraba de dos modos: por medio de la autoridad del cacique y por medio de la fuerza del mismo damnificado.

El primer modo es menos usual.

1.º. Porque mientras el cacique manda averiguar quiénes son los ladrones, se descubre el hecho y se prueba se pasa mucho tiempo; 2.º, porque los agentes de que se vale se dejan seducir por los ladrones; 3.º, porque este procedimiento no le reporta ningún beneficio al juez.

El segundo modo es el que se practica con más generalidad.

Le roban á un indio una tropilla de yeguas, por ejemplo.

Es Fulano, dice por adivinación, ó porque lo sabe. Cuenta el número de hombres de armas de llevar que tiene en su casa, recluta á sus amigos, se arman todos, le pegan un malón al ladrón, y le quitan el robo y cuanto más pueden.

Generalmente no hay lucha, porque los que van á vindicar la justicia son más numerosos que los que acaudilla el ladrón. Contra la fuerza toda la resistencia es inútil, máxime si no se tiene razón.

Hecho esto, se le da cuenta al cacique, y de lo que á título de indemnización se ha quitado se le hace parte. Este hecho hace inútil todo reclamo ante él. Es perder tiempo.

El indio que vaya á decirle: Yo le robé á Fulano diez yeguas. Me las ha quitado anoche, y cincuenta más, recibirá esta contestación:

—¿Para qué robaste, pues? Róbale vos otra vez, y quítale lo que te ha robado.

Cuando llegaba á esta parte de mis investigaciones sobre la justicia pampa, le pregunté á San Martín:

—¿Y cuando le roban á un indio pobre, que tiene poca familia y pocos amigos, y el ladrón es más fuerte que él, qué hace?

—Nada—me respondió.

—¿Cómo nada?

—Señor, si aquí es lo mismo que entre los cristianos; los pobres siempre se embroman.

Calixto Olazábal metió su cuchara, y quemándose los dedos y la boca con una tira de asado revolcado en la ceniza, dijo:

—Y así no más es, pues. Yo entré una vez en una revolución con don Olazábal. Después que las bullas pasaron á él lo hicieron Juez en el Río 4.º, y á mí me echaron de veterano en el 7 de caballería de línea. ¡Eh! como á él no le faltaban macuquinos, la sacó bien.

—Tú eres un entrometido y un bárbaro—le dije.

—Así será, mi Coronel; pero yo creo que tengo razón,—repuso.

—¿Qué sabes tú, hombre?

—Mi Coronel, si los pobres son como los caballos patrios, todo el mundo les da.

La contestación, ó mejor dicho la comparación, les pareció muy buena á los circunstantes y todos la festejaron.

Efectivamente no hay nada comparable á la desgraciada condición de lo que en nuestro lenguaje argentino se llama un caballo patrio.

Empecemos porque le falta una oreja, lo que, desfigurándole, le da el mismo antipático aspecto que tendría cualquier conocido sin narices. Está siempre flaco, y si no está flaco, tiene una matadura en la cruz ó en el lomo; es manco ó bicocho; es rengo ó lunanco; es rabón ó tiene una porra enorme en la cola; está mal tusado, y si tiene la crin larga hay en ella un abrojal; cuando no es tuerto tiene una nube; no tiene buen trote ni buen galope, ni tranco, ni sobrepaso. Y sin embargo, todo el que le encuentra le monta. Y no hay ejemplo de que un patrio haya podido decir al morir: á mí no me sobaron jamás. Todo el que alguna vez lo montó le dió duro hasta postrarlo. ¡Ah! si los patrios que á millares yacen sepultados por los campos formando sus osamentas una especie de fauna postdiluviana se levantaran como espectros de sus tumbas ignoradas y hablasen ¡qué no contarían! ¡Qué ideas no suministrarían para la defensa y seguridad de las fronteras! ¡Pobres patrios! ¿Quién no les echó la culpa de algo? ¡Cuántas batallas perdidas por ellos desde el año 20 hasta la guerra del Paraguay, cuántas campañas prolongadas como la actual de Entre Ríos! ¡Cuántas reputaciones vindicadas á sus costillas por no haber vivido en tiempos de Esopo! Los tiempos hacen todo. Está visto. ¡Pobres patrios! Sólo ellos han callado. Resignados han sufrido, sufren y sufrirán su suerte impía. ¡Pobres patrios! Desde el día en que los hubo, ¿quién no ha murmurado y gritado contra la patria? Todo el mundo menos ellos.

Such is life!

¡Así es la vida! Los que no deben quejarse se quejan.

Los choclos se cocieron y los comimos; se acabó la cena, siguió un rato más la conversación y luego cada cual pensó en hacer su cama.

La mía estaba deliciosa; con cueros le habían hecho cortinas á la enramada; el airecito fresco de la noche no podía incomodarme. Me acosté.

Después que los asistentes acomodaron las camas de los franciscanos y de los oficiales, se posesionaron del fogón y churrasquearon bien.

Yo me dormí arrullado por su charla, y por la bulla del toldo de mi compadre, que junto con unos cuantos amigos íntimos y sus chinas, saboreaba en el mayor orden el aguardiente que yo le había llevado.

Varias veces me desperté sobrecogido, creyendo ver al negro del acordeón y oir su voz.

Estaba profundamente dormido, cuando San Martín, acercándose á mi cabecera, me despertó diciéndome:

—¡Mi Coronel!

Temiendo que mi compadre quisiera hacerme las de Mariano Rosas, no contesté.

—¡Mi Coronel! ¡mi Coronel!—repitió San Martín.

—No contesté.

Acercóse entonces á la cama de uno de mis oficiales, y le dijo:

—El Coronel está muy dormido, no oye, vengo á decirle que acaban de correr á unos ladrones que andaban por robarle los caballos y que es bueno que mande más gente al corral.

Viendo que no había riesgo en darme por despierto, llamé y ordené que cuatro asistentes fueran á reforzar la ronda del corral. Y llamándolo á San Martín, le pregunté qué hacía mi compadre.

—Se está divirtiendo—me contestó.

—Bueno—le dije:—que no me vayan á incomodar llamándome.

—No hay cuidado, señor, Baigorrita me ha encargado que repare no lo incomoden. No quiere que usted lo vea achumado, tiene vergüenza. Por eso ha empezado á beber de noche.

Respiré. Me acomodé en la cama, me di unas cuantas vueltas, porque algo había que no permitía conciliar el sueño con facilidad, y por fin me volví á quedar dormido.

El cuerpo se acostumbra á todo. Dormí sin interrupción unas cuantas horas seguidas.

La vida se pasa sin sentir, ya lo he dicho. Pero ni todos los días, ni todas las noches son iguales. Si lo fuesen, el peor de los suplicios sería vivir. Felizmente en la existencia humana hay contrastes.

Imaginaos un hombre que no hace más que divertirse—ó á quien todo le sabe bien,—que no sabe lo que es una contrariedad; y decidme, lector sesudo, que acabáis quizá de estar maldiciendo vuestra estrella, si os cambiaríais por él. ¡Ah! el que tiene hambre no sabe lo que es un opulento enfermo del estómago. Con razón un magnate inglés, á quien en los momentos de sentarse en su opípara mesa se le presentó un desconocido pidiéndole una limosna y diciéndole que era tan desgraciado que se moría de hambre contestó: Vete de mí, tienes hambre y dices que eres desgraciado.

El desgraciado soy yo, que rodeado de manjares no puedo pasar ninguno; el que no me hace daño me empalaga.

Por eso las mujeres de más talento, las que más interesan, son las que renovándose más, se prodigan menos.

Quería decir que la segunda noche de Quenque, no había sido como la primera.

En cuanto cantaron los gallos me desperté, llamé á Carmen y le pedí mate.

Mientras hacía fuego, calentaba agua y lo cebaba, pasé revista de impresiones nocturnas. Había tenido un sueño, un sueño extravagante, como son todos los sueños, por más que hayan dicho y escrito sobre el particular los grandes soñadores como Simonide, Sevano, el sucesor de Pertinax, la madre de París, Alejandro, Amílcar y César.

De una novela de Carlos Juliet, de una fiesta veneciana dada á Luigi Metello, de mi almuerzo en el toldo de Baigorrita y otras reminiscencias, mi imaginación había hecho un verdadero imbroglio.

Había asistido á una cena. Los manjares eran todos de carne humana; los convidados eran cristianos disfrazados de indios y la escena pasaba á la vez en Quenque y en casa de Héctor Varela. El anfitrión era una mujer, Concordia, la hija de Júpiter y de Temis, y alrededor de ella estaban los principales hombres argentinos. Cada cual tenía una vincha pampa y en ella se leía un mote. Mitre—Tout ou rien. Rawson—Frères unis et libres. Quintana—Sempre Diritto. Alsina—Remember! Argerich—Liberté. Gutiérrez José María—Odi et amo. Avellaneda—¿Dormir? Rêver? Varela Mariano—Honni soit qui mal y pense? Vélez Sarsfield—De l’or! Gorostiaga—Assez. Elizalde—jamais, toujours. Gainza—Veni, vidi, vinci. López Jordán—Muriamur. Sarmiento—Lasciate ogni speranza.

Había muchos otros convidados, veía aún como entre sueños sus caras, mas no podía recordar quiénes eran.

¡Algunos comían, los más rechazaban la carne humana con asco y con horror!

Una gran orquesta de instrumentos, que parecían de viento, como trompetas de papel de diario tocaban un aire militar y un coro como el que produciría el eco del pueblo agrupado en la plaza pública, cantaba:

«There is no hope for nations! Search the page
Of many thousand years—the daily scene;
The flow and ebb of each recurring age.
The everlasting to be which hath been,
Hath taught us nought or little.»

Lo que traducido en prosa quiere decir:

No hay ya esperanza para las naciones. Recorred las páginas de los siglos. ¿Qué nos han enseñado sus vicisitudes periódicas, el flujo y el reflujo de las edades y esa eterna repetición de los acontecimientos? Nada ó muy poco.

Carmen llegó con el mate y me sacó de la meditación retrospectiva en que estaba.

En ese momento se oyó un cañonazo.

Era una descarga eléctrica, un trueno seco.

El fenómeno es frecuente en la Pampa.

X
Baigorrita se levanta al amanecer y se baña.—Saludos.—En el toldo de mi futuro compadre.—El primer bautismo en Quenque.—Deberes recíprocos del padrino y del ahijado.—Nociones de los indios sobre Dios.—Promesas de mi compadre sobre mi ahijado.—Me hablan de una cosa y contesto otra.—Lucio Victoriano Mansilla, sería algún día un gran cacique.—Pensamientos locos.—Visita al toldo de Caniupán.—Usos y costumbres ranquelinas.—Un fumador sempiterno.

Baigorrita se levantó muy temprano, se fué á la laguna y se bañó, para corregir los excesos de la noche. Sus huéspedes y las chinas hicieron lo mismo, regresando todos frescos y acicalados, con los labios y las mejillas pintadas y lunarcitos postizos en los pómulos.

Las chinas asearon el toldo, recogieron leña, hicieron fuego, carnearon una res y se pusieron á cocinar el almuerzo.

Baigorrita y sus amigos, ensillaron los caballos que estaban en el palenque, montaron en ellos, y durante media hora los varearon, haciéndolos correr el tiro de una legua por el campo más quebrado y escabroso.

Mi compadre regresó solo, soltó su caballo, ensilló otro, entró en su toldo, se sentó, armó cigarros y se puso á fumar.

Juan de Dios San Martín vino de parte de él á preguntarme cómo había pasado la noche, y si no se habían perdido algunos caballos.

Le contesté que había dormido muy bien, que no había ninguna novedad y que así que almorzara iría á hacerle una visita.

Llevó San Martín el mensaje y volvió diciéndome, que mi compadre se alegraba mucho de que hubiera pasado la noche á gusto; que me invitaba á ir á su toldo; que iban á llegar visitas nuevas y quería que me conocieran: que allí almorzaría, si no tenía algo mejor que comer que lo suyo.

Hablaba con San Martín, cuando se presentó un indio con otro mensaje de Caniupán y un regalo. Me mandaba saludar, vivía de allí legua y media, y me enviaba una bola de pataí, pisada con maíz tostado, grande como una bala de cañón de á cuarenta y ocho.

Traté al mensajero como lo merecía, con todo cariño. Le hice algunos regalitos, sacando contribuciones á los oficiales y soldados; le agradecí á Caniupán su atención y le envié una camisa de Crimea que llevaba exprofeso para él, azúcar, tabaco, hierba y papel, prometiéndole visita para la tarde.

En seguida me fuí al toldo de mi compadre. Fumaba tranquilamente rodeado de sus hijos: no se movió, me insinuó un asiento con la sonrisa más dulce y amable, y apenas me había acomodado en él, le dijo á mi ahijado: padrino, bendición.

El indiecito vino hacia mí con cierta timidez; le atraje del todo echándole los brazos, le cogí las manecitas que había unido, obedeciendo al mandato de su padre, le acaricié y le senté á mi lado, contestándole á su bendición padrino, Dios lo haga bueno, ahijado.

La madre, que hablaba español, le preguntó desde el fogón ¿cómo te llamas?

No contestó. Le repitió la pregunta en lengua araucana y respondió mirándome con recelo: Lucio Mansilla.

Mi compadre se sonrió complacido. La madre, las chinas y cautivas que cocinaban festejaron mucho la respuesta. Una de las más ladinas dijo: coronel Mansilla, chico.

Mi compadre llamó á San Martín.

San Martín me dijo:

—Dice Baigorrita, que cuándo se hace el bautismo.

—Dile que cuando quiera, que ahora mismo, si le parece, antes que entren visitas.

Contestó que bueno.

Llamé al padre Marcos, y el franciscano no se hizo esperar.

En cuanto entró, mi compadre le hizo decir con San Martín, que si le hace el favor de bautizarle su hijo.

—Con mucho placer—contestó el padre.

Salió, volvió con fray Moisés Álvarez, se revistieron, nos hincamos, rezamos el Padre Nuestro, haciendo coro los cautivos que lo sabían y mi ahijado fué bautizado con el nombre de Lucio Victorio.

Terminada la ceremonia, Baigorrita les dió las gracias á los franciscanos y les invitó á sentarse á almorzar.

Hizo una seña y nos sirvieron. Había puchero de dos clases, de carne de vaca y de yegua; asado ídem. Yo comí carne de yegua, mi compadre lo mismo, los frailes de vaca.

Mientras almorzábamos, llegaron visitas. Á todos se les obsequió como á nosotros; los unos eran conocidos del día antes, los otros recién llegados. Baigorrita me presentó á todos sucesivamente. Hubo abrazos y apretones de mano hasta el fastidio, las preguntas y respuestas de siempre.

Mi compadre explicó lo que significaba entre los indios darle al ahijado el nombre y apellido del padrino.

Era ponerlo bajo su patrocinio para toda la vida; pasar del dominio del padre al del padrino; obligarse á quererle siempre, á respetarle en todo, á seguir sus consejos, á no poder en ningún tiempo combatir contra él, so pena de provocar la cólera del cielo.

El padrino se obliga por su parte á mirar al ahijado como hijo propio, á educarlo, socorrerlo, aconsejarlo y encaminarlo por la senda del bien, so pena de ser maldecido por Dios.

Eran dos seres que se identificaban por un voto solemne.

Con este motivo me habló del gaucho puntano Manuel Baigorria, manifestando el deseo de que se le diera permiso para que le hiciera una visita.

Le dije que una vez hecha la paz, no había inconveniente en que tuviera ese gusto, si Mariano Rosas lo permitía.

Le agregué que Baigorria no era buen hombre, que había sido mal cristiano y mal indio, que á unos y á otros los había traicionado.

Me contestó que no desconocía mis razones. Pero que al fin era su padrino, que llevaba su nombre y que él no podía dejar de quererle.

Le dije que sus sentimientos le honraban; porque probaban su lealtad, y que le honraban tanto más cuanto que convenía en que su padrino había sido infiel á sus compromisos y á su palabra.

Varios de los visitantes aprobaron mis observaciones.

Los franciscanos á su turno explicaron con mansedumbre, claridad y sencillez lo que significaba el bautismo.

Dijeron que el que se bautizaba entraba en gracia de Dios.

Que Dios era eterno, inmenso, misericordioso; que tenía un poder infinito, que hacía cosas grandes que los hombres no podían comprender; que su voluntad era que todos se amaran como hermanos, que no mataran, que no robaran, que no mintieran; que los que se casaran lo hicieran con una sola mujer; que los que tuvieran hijos los educaran y enseñaran á vivir del trabajo; que para ser buen cristiano era necesario tener presente siempre esas cosas.

San Martín tradujo las razones de los franciscanos, y todos los presentes las escucharon con suma atención.

Mi compadre prometió educar á su hijo en la ley de los cristianos, que no se casaría con varias mujeres, ni con dos, que lo enseñaría á vivir de su trabajo.

Entraron más visitas. Tuvimos una larga conferencia y expliqué el Tratado de paz celebrado con Mariano Rosas.

Todo el que quería me dirigía una pregunta. Baigorrita me hacía decir con San Martín que tuviera paciencia, y Camargo me aconsejaba que no dejara de contestar.

Cuando la interpelación era intermitente, Camargo me zumbaba al oído: diga, señor, cuántas yeguas se dan por el Tratado.

—Pero hombre—le observaba yo,—¿qué tiene que ver la pregunta con eso? Nada, señor, conteste lo que yo le digo; yo le diré después cómo son éstos. Era una comedia. Me hablaban de pitos y contestaba flautas. Y el resultado de cada diálogo era siempre el mismo: Bueno, lo que haga Baigorrita está bien hecho. Mi compadre agachaba la cabeza en señal de asentimiento; y Camargo me decía entre dientes, como hombre que sabía el terreno que pisaba: No ve, señor, si lo que quieren es hacerle creer á Baigorrita que ellos también saben hablar.

No menos de cuatro horas duró la broma aquélla. Pero á poco fueron desapareciendo los grandes dignatarios de la tribu. Por fin nos quedamos tête à tête con mi compadre. Me dijo entonces que todo el Tratado le parecía bueno. Pero que deseaba saber quién le iba á entregar á él su parte. Le contesté que Mariano Rosas era quien debía hacerlo; que tanto él como Ramón lo habían apoderado para tratar. Convino en ello, y terminamos pidiéndome dejara bien arreglado con Mariano, que á su tribu le tocaba la mitad de todo lo que el Gobierno iba á entregar, lo que prometí hacer.

Mi ahijado, el futuro cacique Lucio Victorio Mansilla, no se movió de mi lado mientras duró la conferencia. Viéndolo cabecear le acomodé la cabecita en el respaldo de mi asiento y se quedó dormido. Era hora de siesta. Me acosté sin decirle una palabra á mi compadre y dormí hasta que el desasosiego me despertó. Mi cuerpo hervía.

Me levanté, salí del toldo y lo dejé á mi compadre fumando y haciéndose expulgar por una de sus chinas.

Cambié de ropa, y en tanto que me vestía pensaba que el plan soñado de hacerme proclamar emperador de los Ranqueles bien valía la pena de aquellos sacrificios.

Murmuré: Lucius Victorius, imperator. Me pareció sonoro. Pero la onomancia me dijo: ¡loco! Me miré la palma de la mano, consulté sus rayas, y la quiromancia me dijo, dos veces ¡loco! ¡Vi cruzar una bandada de loros, observé su vuelo, y la ornitomancia me dijo, tres veces ¡¡¡loco!!!

La visión de la patria cruzó entre una nube de fuego por mi mente en ese instante, y viéndola tan bella me ruboricé de mis pensamientos y de no haber hecho hasta ahora nada grande, útil, ni bueno por ella.

Mandé ensillar un caballo, y me fuí á visitar á Caniupán.

Galopé media hora y llegué á su toldo.

Iba á echar pie á tierra, San Martín que me acompañaba, me dijo: todavía no, señor, la costumbre es otra.

Salió un indio del toldo, y haciendo callar los perros que habían sido los heraldos de nuestra aproximación dijo:

—¡Buenas tardes, hermanos!

—Buenas tardes—contestó San Martín.

—¿No quieren apearse?—añadió.

—Vamos á hacerlo—repuso San Martín.

Y dirigiéndose á mí: ahora es tiempo, señor, apéese, me dijo.

Quise avanzar y me detuvo.

El indio dijo:

—Pase adelante.

—Vamos, señor—me dijo San Martín contestando.

—Ya vamos.

Quise manear mi caballo y San Martín me dijo: todavía no.

—¿Por qué no atan los caballos?—dijo el indio.

—Vamos á hacerlo—contestó San Martín.

Y dirigiéndose á mí, me dijo: atemos, señor, los caballos y entremos.

Los atamos y entramos en el toldo.

Caniupán estaba sentado, se levantó, nos recibió con gran agasajo y nos hizo sentar.

—¿Viene á quedarse?

—No, vengo por un rato—le contesté.

San Martín me explicó la pregunta. Si hubiera dicho que sí, en el acto habrían mandado desensillar mi caballo, las chinas ó cautivas habrían hecho un lío del apero y lo habrían guardado como cosa sagrada.

Al toldo de un indio se acerca el que quiere. Pero no puede apearse del caballo, ni entrar en él sin que primero se lo ofrezcan. Una vez hecho el ofrecimiento, la hospitalidad dura una hora, un día, un mes, un año, toda la vida. Lo que entra al toldo es cuidado escrupulosamente. Nada se pierde. Sería una deshonra para la casa. Sólo de los caballos no responden. Sea conocido ó desconocido el huésped, se lo previenen, diciéndole: aquí ni lo de uno está seguro. Y es la verdad.

El indio no rehusa jamás hospitalidad al pasajero. Sea rico ó pobre, el que llame á su toldo es admitido. Si en lugar de ser ave de paso se queda en la casa, el dueño de ella no exige en cambio del techo y de los alimentos que da,—tampoco da otra cosa,—sino que en saliendo á malón le acompañen.

El toldo de Caniupán estaba perfectamente construido y aseado. Sus mujeres, sus chinas y cautivas, limpias. Cocinaron con una rapidez increíble un cordero, haciendo puchero y asado, y me dieron de comer.

El indio hizo los honores de su casa con una naturalidad y una gracia encantadoras. Me habría quedado allí de buena gana un par de días. Los cueros de carnero de los asientos y camas, las mantas y ponchos parecían recién lavados, no tenían una mancha, ni tierra ni abrojos.

Me presentó todas sus mujeres, que eran tres, sus hijos, que eran cuatro y varios parientes, excepto la suegra, que vivía con él; pero con la que según la costumbre no podía verse, porque, como me parece haberte dicho antes, los indios creen que todas las suegras tienen gualicho, y el modo de estar bien con ellas es no verlas ni oirlas.

Pasé un rato muy entretenido, comí un buen asado de cordero, excelente pataí de postre, bebí un trago de aguardiente, y al caer la tardecita me despedí y me volví al toldo de Baigorrita.

Á mi compadre lo encontré como lo había dejado, sentado y fumando.

Unas chinas de los alrededores me esperaban de visita. Iban á dormir conmigo, es decir, á pasar la noche cerca de mi fogón, como lo hizo Villarreal con su familia cuando me tenían detenido á la orilla de la lagunita de Calcumuleu. Es una costumbre de la tierra.

Camargo no estaba. Unos indios amigos lo habían llevado á un baile esa tarde. Se había ido con mi permiso, sin pedírmelo.

Cuando pregunté por él me dijeron que había encargado me avisaran, que con mi permiso se había ido á divertir. Era un verdadero mensaje de gaucho.

Mandé cebar mate y obsequié á mis visitas como correspondía. Eran cuatro, se habían puesto muy currutacas y las encabezaba una llamada María Jesús Rodríguez, que hablaba el castellano como yo.

Su nombre derivaba del de su madrina. No era cristiana. Se me olvidaba decir que entre los indios, el compadrazgo se establece sin necesidad de bautismo.

Pero dejemos á las visitas y vamos al fogón. El cuarterón conversa con mis ayudantes, oigo que dice que conoce á Julián Murga, y esto pica mi curiosidad.

 

XI
El cuarterón cuenta su historia.—Recuerdo de Julián Murga.—Los niños de hoy.—Diálogo con el cuarterón.—Insultos.—Nuestros juicios son siempre imperfectos.—Un recuerdo de la Imitación de Cristo.—Dudas filosóficas.—Última mirada al fogón.—El cuarterón me da lástima.—Alarma.—Caiomuta ebrio, quiere matarme.—Un reptil humano.

Me acerqué al fogón sin que me vieran, y permanecí de pie para no interrumpir al cuarterón.

Las llamas iluminaban el cuadro, destacándose en él la horrible y deforme cara del espía de Calfucurá.

Contaba su historia.

No había conocido padres. Era natural de Buenos Aires, y había sido soldado del coronel Bárcena, de repugnante y sangrienta memoria. Sus campañas eran muchas y había presenciado y sido ejecutor de inauditas crueldades.

El pronunciamiento de Urquiza contra Rosas le tomó en la Banda Oriental, militando en las filas de Oribe. De allí vino incorporado á la División de Aquino, ese tipo noble, caballeresco y valiente que sucumbió á mano de una soldadesca fanática y desenfrenada.

Estuvo en Caseros, en el sitio de Buenos Aires y en el Azul con el general Rivas. De allí desertó. Vivió errante algún tiempo haciendo fechorías, mató á uno de una puñalada en una pulpería, ganó los indios, anduvo por Patagones comerciando, en calidad de Picunche, y allí conoció al coronel Murga.

Yo me he criado con Julián, le quiero mucho; los recuerdos de nuestra infancia no se borrarán jamás de mi imaginación; en nuestro barrio, el de San Juan, había, como en todos, un caudillo, él era el nuestro. Los pulperos, los zapateros, los tenderos y las viejas nos temblaban. Éramos el azote de los negros que vendían pasteles, de los lecheros y panaderos.

Teníamos nuestro arsenal de piedras para ellos; y una colección de apodos que todavía sobreviven. Perseguíamos á muerte los gatos y los perros del vecino. Pescábamos por los fondos sus gallinas.

No dejábamos llamador en su lugar, zócalo recién pintado, pared recién blanqueada, vidrio sano que no rayáramos ó rompiéramos.

Los locos nos aborrecían, los vigilantes y los serenos preferían estar de amigos con la cuadrilla. Nos disfrazábamos y asustábamos á las viejas, prefiriendo á nuestras tías.

Los criados de todas las casas conocidas nos abominaban y las sirvientas nos toleraban. Julián prometía desde chiquito. Era audaz, inventivo, estratégico. Diablura que á él se le ocurría era siempre heroica. Una vez se le ocurrió tirarse de una azotea y lo hizo, se rompió una pierna; otra que incendiáramos una pulpería lanzando en ella un gato bañado en alquitrán y espíritu de vino al que le pegamos fuego, y armamos un alboroto de marca mayor. Teníamos la ciudad dividida en secciones. Un día le tocaba á una, otro á otra. Esta noche le robábamos á Chandery la bota que tenía de muestra y á una paragüería el paraguas, y por la mañana, Chandery anunciaba paraguas y la paragüería botas.

Aquellos compañeros auguraban ya lo que serían más adelante algunos de la infantil decuria. ¡Cuántas traiciones y debilidades no denunciaron nuestros planes! ¡Cuántas cobardías no los hicieron fracasar! ¡Hasta espías había entre nosotros pagados por el celo maternal! ¡Ah! ¡los niños, los niños! Los niños de hoy han de ser los hombres del porvenir.

Tomad nota de sus buenas y malas cualidades, de sus arranques de cólera, de sus ímpetus generosos. Porque más tarde ó más temprano, ellos serán comerciantes, sacerdotes, coroneles, generales, presidentes, dictadores. El fondo de la humanidad persiste hasta la tumba. El barro del Océano nada lo remueve.

Me allegué al fogón, saludé dando las buenas noches, se pusieron todos de pie, menos el cuarterón, me hicieron lugar y me senté.

El espía había referido su vida con una ingenuidad y un cinismo que revelaban á todas luces cuán familiarizado estaba con el crimen. Robar, matar ó morir habían sido lo mismo para él.

—¿Conque conoces al coronel Murga?—le pregunté.

—Sí, le conozco—me contestó.

Pero no cambió de postura, ni se movió siquiera. Conocía el terreno; sabía que allí éramos todos iguales, que podía ser desatento y hasta irrespetuoso.

—¿Y qué cara tiene?

Me describió la fisonomía de Julián, su estatura.

—¿Dónde le has conocido?

—En Patagones.

Me explicó á su modo dónde quedaba.

—¿Y cómo has ido á Patagones?

—Por el camino.

—¿Por qué camino?

—Por el que sale de lo de Calfucurá.

—¿Y cuántos ríos pasaste?

—Dos.

—¿Cuáles?

—El Colorado y el Negro.

—¿Sabes leer?

—No.

—¿Cómo te llamas?

—Uchaimañé (ojos grandes).

—Te pregunto tu nombre de cristiano.

—Se me ha olvidado.

—¿Se te ha olvidado?…

—Sí.

—¿Quieres irte conmigo?

—¿Para qué?

—Para no llevar la vida miserable que llevas.

—¿Me harán soldado?

No le contesté.

El prosiguió: aquí no se vive tan mal, tengo libertad, hago lo que quiero, no falta que comer.

—Eres un bandido—le dije;—me levanté, abandoné el fogón y me apresté á dormir.

La tertulia se deshizo, el cuarterón se quedó como una salamandra al lado del fuego. Los perros le rodearon lanzándose famélicos sobre los restos de la cena. Refunfuñaban, se mordían, se quitaban la presa unos á los otros.

El espía permanecía inmóvil entre ellos. Tomó un hueso disputado y se lo dió á uno de los más flacos acariciándole.

Noté aquello y me abismé en reflexiones morales sobre el carácter de la humanidad.

El hombre que no había tenido una palabra, un gesto de atención para mí, que se había mostrado hasta soberbio en medio de su desnudez, tenía un acto de generosidad y un movimiento de compasión para un hambriento y ese hambriento era un perro.

Yo le había creído peor de lo que era.

Así son todos nuestros juicios, imperfectos como nuestra propia naturaleza.

Cuando no fallan porque consideramos á los demás inferiores á nosotros mismos, fallan porque no los hemos examinado con detención. Y cuando no fallan por alguna de esas dos razones, fallan porque faltos de caridad, no tenemos presente las palabras de la Imitación de Cristo:

«Si tuvieses algo bueno, piensa que son mejores los otros.»

¿Quién era aquel hombre? Un desconocido. ¿Qué vida había llevado? La de un aventurero. ¿Cuál había sido su teatro, qué espectáculos había presenciado? Los campos de batalla, la matanza y el robo. ¿Qué nociones del bien y del mal tenía? Ninguna. ¿Qué instintos? ¿Era intrínsecamente malo? ¿Era susceptible de compadecerse del hambre ó de la sed de uno de sus semejantes? No es permitido dudarlo después de haberle visto, entre las tinieblas, sentado cerca del moribundo fogón, sin más testigos que sus pensamientos, apiadarse de un perro, que por su flacura y su debilidad parecía condenado á presenciar con avidez el nocturno festín de sus compañeros.

¿Sería yo mejor que ese hombre, me pregunté, si no supiera quién me había dado el ser; si no me hubieran educado, dirigido, aconsejado; si mi vida hubiera sido obscura, fugitiva; si me hubiera refugiado entre los bárbaros y hubiera adoptado sus costumbres y sus leyes y me hubiera cambiado el nombre, embruteciéndome hasta olvidar el que primitivamente tuviera?

Si jamás hubiera vivido en sociedad, aprendiendo desde que tuve uso de razón á confundir mi interés particular con el interés general, que es la base de nuestra moral, ¿sería yo mejor que ese hombre? me pregunté por segunda vez.

Si no fuera el miedo del castigo, que unas veces es la reprobación y otras los suplicios de la ley, ¿sería yo mejor que ese hombre? me pregunté por tercera vez.

No me atreví á contestarme. Nada me ha parecido más audaz que Juan Jacobo Rousseau, exclamando: «Yo, sólo yo conozco mi corazón y á los hombres. No soy como los demás que he visto, y me atrevo á decir que no me parezco á ninguno de los que existen. Si no valgo más que ellos, no soy como ellos. Si la Naturaleza ha hecho bien ó mal en romper el molde en que me fundió, no puede saberse sino leyéndome.»

Eché la última mirada al fogón.

El cuarterón atizaba el fuego maquinalmente con una mano, y con la otra acariciaba al perro flaco, que apoyado sobre las patas traseras dobladas y sujetando con las delanteras estiradas un zoquete, en el que clavaba los dientes hasta hacer crujir el hueso, miraba á derecha é izquierda con inquietud, como temiendo que le arrebataran su presa. Una llama vacilante iluminaba con cambiantes de claro-obscuro la cara patibularia. Me dió lástima y no me pareció tan fea.

Hacía fresco.

Me acerqué á él y le pregunté:

—¿No tienes frío?

—Un poco—me contestó,—mirándome con fijeza por primera vez, al mismo tiempo que le aplicaba una fuerte palmada á su protegido, que al aproximarme gruñó, mostrando los colmillos.

Una calma completa reinaba en derredor; todos dormían, oyéndose sólo la respiración cadenciosa de mi gente.

La luna rompía en ese momento un negro celaje, y eclipsando la luz de las últimas brasas del fogón, iluminaba con sus tímidos fulgores aquella escena silenciosa, en que la civilización y la barbarie se confundían, durmiendo en paz al lado del hediondo y desmantelado toldo del cacique Baigorrita, todos los que me acompañaban, oficiales, frailes y soldados.

Cuidando de no pisarle á alguno la cabeza, el cuerpo ó los pies, busqué el sitio donde habían acomodado mi montura. Estaba á la cabecera de mi cama. Saqué de ella un poncho calamaco, volví al fogón y se lo di al espía de Calfucurá, cuyos grasientos pies lamía el hambriento perro, diciéndole:

—Toma, tápate.

—Gracias—me contestó tomándolo.

Iba á sentarme para seguir interrogándolo, aprovechando la quietud que reinaba, cuando oí el galope de varios caballos y gritos de:

—¿Dónde está ese coronel Mansilla?

El espía se puso de pie. Tenía un gran cuchillo medio atravesado por delante. Le miré. Su cara revelaba curiosidad, pero no mala intención.

—¿Qué gritos son ésos?—le pregunté.

—Parecen borrachos—me contestó.

—Á ver; fíjate—le dije.

Paró la oreja, los gritos seguían aproximándose. Yo no percibía bien lo que decían. Ya no resonaba en el silencio de la noche mi nombre, sino ecos araucanos.

—¿Qué dicen?—le pregunté,—pareciéndome oir una voz conocida.

—Es Camargo—me contestó.

—¿Camargo?

—Sí, viene con unos indios borrachos, ya llegan.

En efecto, sujetaron los caballos é hicieron alto detrás del toldo de Baigorrita, presentándoseme acto continuo Camargo.

—¡Mi Coronel—me dijo,—echándome el tufo, acuéstese, acuéstese pronto!

—¿Por qué, hombre?

—¡Acuéstese, señor, acuéstese!

—¿Pero por qué?

—Caiomuta viene muy borracho.

Y esto diciendo, me tomó del brazo y me empujó hacia la enramada en que estaba mi cama.

—Acuéstese, señor—dijo el espía también.

Me acosté volando.

Caiomuta había entrado en el toldo de su hermano y le había despertado.

Hablaban con calor, en su lengua. Yo nada comprendía. Estaba tranquilo; pero receloso.

De repente un hombre tropezó en mis piernas y se cayó encima de mí.

—¡Eh!—grité.

—Dispense, señor—me dijo Camargo, reconociendo mi voz.

—¿Qué haces, hombre?

—Cállese, señor—me contestó en voz baja.

Y arrastrándose en cuatro pies, le vi acercarse al toldo de Baigorrita, quedando bastante cerca de mi cama para poder conversar sin alzar la voz.

—¡Qué indio tan pícaro!—me dijo.

—¿Qué hay?

—Le dice á Baigorrita, que lo quiere matar á usted.

—¿Y mi compadre qué dice?

—Le ha dado una trompada y le ha dicho que se atreva.

En ese momento, Baigorrita gritó: ¡San Martín!

Camargo se reía, apretándose la barriga y me decía:

—¡Ah! ¡indio malo! no se puede levantar de la trompada que le ha dado el hermano.

Toma, por pícaro. ¿Sabe, señor, que me han robado los estribos? ¡Ladrones! les he tirado todo y me he venido en pelo, ni las riendas he traído, le he echado al pingo un medio bozal.

—¡San Martín! ¡San Martín!—gritaba Baigorrita.

Vino San Martín, entró en el toldo y mi compadre habló con él, repitiendo mi nombre varias veces.

—Dícele—dice Camargo,—que lo cuide á usted, que no hagan ruido y que si Caiomuta quiere hacer barullo, que lo maten.

Caiomuta, ebrio como estaba, no podía levantarse del sitio en que lo había tendido el membrudo brazo de su hermano mayor.

Camargo se arrastró como un reptil, saliendo de donde estaba, y acostándose á los pies de mi cama me pidió mil disculpas por haber venido alegre; me contó el robo que le habían hecho otra vez; me dijo que los indios eran unos pícaros, que él los conocía bien; que por eso no les andaba con chicas; que Caiomuta era quien le había hecho robar los estribos de plata; que para saberlo había tenido que asustarlo á un indio; que le había ofrecido matarlo si no le confesaba la verdad, y que, de miedo, no sólo le había contado todo, sino que le había dado un chifle de aguardiente que tenía muy guardado hacía tiempo; que al día siguiente habían de parecer los estribos, que si no parecían se había de volver en pelo á lo de Mariano y lo había de avergonzar á Caiomuta; que á una visita no se le robaban las prendas.

Yo no podía pegar los ojos. Oía rugir á Caiomuta y estaba alerta.

San Martín se allegó á mi cama y me miró de cerca.

—¿Qué hay?—le dije.

—Nada, señor, duerma no más, no hay cuidado—me contestó.

—Gracias—repuse.

Me dió las buenas noches y se marchó, entrando en el toldo de Baigorrita.

Á ese tiempo, el otro indio que había venido con Caiomuta, y que al apearse del caballo, se había caído, permaneciendo un rato tirado en el suelo, se levantó y preguntó:

—¿Dónde está ese Camargo?

Nadie le contestó.

—Ese Camargo mucho asesino—dijo.

Nadie le contestó.

—¡Mucho asesino!—gritó.

Camargo se despertó, le echó un terno y el indio no replicó.

Así estuvieron más de una hora.

Yo, al fin me quedé dormido.

De improviso me desperté sobresaltado.

Una cosa, blanda, húmeda y tibia pesaba sobre mi cara.

XII
Medio dormido.—Un palote humano.—Un baño de aguardiente.—Los perros son más leales que los hombres.—Preparativos.—El comercio entre los indios.—Dar y pedir con vuelta.—Peligros á que me expuso mi pera.—En marcha para Añacué.—Una águila mirando al Norte, buena señal.

La luna había terminado su evolución, las estrellas brillaban apenas al través de cenicientos nubarrones, reinaba una obscuridad caótica.

Abrí los ojos, no vi nada.

Me apretaban fuertemente, quitándome la respiración; una substancia glutinosa, fétida, corría como copioso sudor por mi cara; una mole me oprimía el pecho, palpitaba y confundía sus latidos con los míos; otro peso gravitaba sobre mi vientre y algo, como brazos, aleteaba.

El sobresalto, el cansancio, el sueño reparador interrumpido, las tinieblas me ofuscaban.

Oía como un gruñido y sentía como si diese vuelta por encima de mi estirada humanidad, un inmenso palote de amasar.

No podía sacar los brazos de abajo de las cobijas, porque las sujetaban de ambos lados; hice un esfuerzo y conseguí sacar uno.

Tanteando con cierto inexplicable temor, á la manera que entre las sombras de la noche penetramos en un cuarto cuyos muebles no sabemos en qué disposición están colocados, toqué una cosa como la cara de un hombre de barba fuerte, que se había afeitado hace tres días. Me hizo el efecto de una vejiga de piel de lija.

Conseguí sacar el otro brazo, y siguiendo la exploración, lo llevé á la altura del primero; toqué una cosa como la crin de un animal. Luego, tanteando con las dos manos á la vez, hallé otra cosa redonda, que no me quedó la menor duda era una cabeza humana. Un líquido aguardentoso, cayendo sobre mi cara como el último chorro de una pipa al salir por ancho bitoque, me ahogó.

Llamé á Camargo angustiosamente. No me oyó. Creí morirme. No sabía lo que embargaba mis sentidos. Pegué un empujón con entrambas manos á lo que me parecía una cabeza; formé con mis rodillas un triángulo y dándole un fuerte empellón al peso que las oprimía, eché á rodar un bulto pesado, que gritó, peñi (hermano).

Me puse de pie, como D. Quijote en la escena con Maritornes, y vi un cuerpo revolcándose á mi lado. Volví á llamar á Camargo, con todos mis pulmones; se levantó rápido, se acercó á mi cama y oyendo que le decía, qué es eso, señalándole el bulto, se agachó, miró, echóse á reir y exclamó: Es el indio borracho.

Comprendí lo que había pasado; su interlocutor de un rato antes, al cruzar por mi enramada había tropezado, se había caído y con la tranca no había podido levantarse; había posado su cara sobre la mía y me había bañado con sus babas y sus erupciones alcohólicas.

Tuve que llamar á Carmen, que lavarme y mudar de ropa.

El crepúsculo empezaba. Mandé hacer fuego, calentar agua, y fuí á sentarme en el fogón.

El cuarterón y el perro estaban allí; dormían.

La madrugada me sorprendió tomando mate. Mi compadre se levantó cuando las últimas estrellas desaparecían. Llamó á San Martín, le dió sus órdenes, y un momento después Caiomuta salía de su toldo en brazos de cuatro indios como un cuerpo muerto.

Le enhorquetaron sobre su caballo, le dieron á éste un rebencazo y el animal tomó el camino de la querencia, llevándose á su dueño y señor.

Mi compadre vino en seguida al fogón, y saludándome, se sentó á mi lado. Preguntóme si había dormido bien. Le contesté que sí; le di un mate y un cigarro, tomó ambas cosas, no habló más y se marchó.

Varias veces, mientras permaneció á mi lado, clavó sus ojos en el cuarterón con indiferencia.

Despertóse éste, me dió los buenos días y se levantó.

—Siéntate no más—le dije, pasándole un mate.

Obedeció y lo tomó.

Nuevos parroquianos llegaron en ese momento.

Al tomar asiento, mi ayudante Rodríguez viendo al cuarterón allí, le dijo:

—¿Conque sabías escribir?

El hombre no contestó.

El alférez Ozarowski, dijo:

—Si no sabe; ha querido hacer creer que sabía; lo que estuvo escribiendo eran unas rayas, y contó que la tarde antes le habían visto con un lápiz y aire misterioso detrás de la cocina hacer como que tomaba nota de lo que se conversaba. Pero que todo había sido una pantomima.

El espía de Calfucurá era un tipo.

Oyendo que se ocupaban de él, se marchó; el perro le siguió.

Había encontrado un hombre que parecía indio, que hablaba una lengua que conocía y se había adherido á él por gratitud.

Los perros son más leales que los hombres; los hombres más generosos que los perros. El mundo está bien así, mientras no se presente otro planeta mejor adonde emigrar. Pero la raza humana tiene, sin embargo, mucho que aprender de la canina y viceversa.

Me acordé de que ese día era el prefijado para la gran junta. Llamé á San Martín y le hice preguntar á mi compadre á qué hora marcharíamos. Me contestó que cuando ladeara el sol.

Di mis órdenes, se pasó la mañana en preparativos para la marcha, y cuando todo estuvo dispuesto me fuí al toldo de Baigorrita, entrando en él como en mi casa.

Yo observaba movimiento en su gente y tenía curiosidad de saber en qué consistía.

La hora se acercaba.

Mi compadre me vió entrar sin salir de su apatía habitual. Había vuelto á la faena de picar tabaco con la navaja de Rodgers.

En la cara me conoció que alguna curiosidad me llevaba.

Llamó á San Martín.

Vino éste, y le hice preguntar que si todavía no era hora de ensillar.

Me contestó que teníamos bastante tiempo aún; que de allí á Añancué, línea divisoria de sus tierras, no había más que dos galopes; que ya había mandado traer sus caballos y buscar una res, para que mi gente carneara antes de partir; pero que la res tardaría un rato largo en llegar, porque estaba lejos.

—¿Y qué, mi compadre no tiene vacas gordas aquí?—le pregunté á San Martín.

—No, señor, si está muy pobre—me contestó.

—¿Muy pobre?

—Sí, señor.

—¿Y cuánto vale una vaca?

—No tiene precio.

—¿Cómo no tiene precio?

Cuando es para comercio, depende de la abundancia; cuando es para comer no vale nada; la comida no se vende aquí, se le pide al que tiene más.

—De modo que los que hoy tienen mucho, pronto se quedarán sin tener qué dar.

—No, señor; porque lo que se da tiene vuelta.

—¿Qué es eso de vuelta?

—Señor, es que aquí el que da una vaca, una yegua, una cabra ó una oveja para comer, la cobra después; el que la recibe, algún día ha de tener.

—Y si á un indio rico le piden veinte indios pobres á la vez, ¿qué hace?

—Á los veinte les da con vuelta y poco á poco se va cobrando.

—Y si mueren los veinte, ¿quién le paga?

—La familia.

—¿Y si no tienen familia?

—Los amigos.

—¿Y si no tienen amigos?

—No pueden dejar de tener.

—Pero todos los hombres no tienen amigos que paguen por ellos.

—Aquí sí; no ve, señor, que en cada toldo hay allegados, que viven de lo que agencia el dueño.

—¿Y si se les antoja no pagar?

—No sucede nunca.

—Puede suceder, sin embargo.

—Podría suceder, sí, señor, pero si sucediese, el día que á ellos les faltase nadie les daría.

—¿Cada indio tendrá una cuenta muy larga de lo que debe y le deben?

—Todo el día hablan de lo que han recibido y dado con vuelta.

—¿Y no se olvidan?

—Un indio no se olvida jamás de lo que da ni de lo que le ofrecen.

—¿Me has dicho que cuando una vaca era para comercio tenía precio?

—Sí, señor.

—¿Explícame eso?

—Señor, comercio es, que el que tiene le haga un cambio al que tiene.

—¿Entonces si un indio tiene un par de estribos de plata y no tiene qué comer, y quiere cambiar los estribos por una vaca, los cambia?

—No se usa; le darán la vaca con vuelta y él dará los estribos con vuelta también.

—¿Y si un indio tiene un par de espuelas de plata y las quiere cambiar por un par de estribos?

—Las cambia, con vuelta ó sin vuelta, según el trato.

—¿Y con los indios chilenos, cómo hacen el comercio, lo mismo?

—No, señor; con los chilenos el comercio lo hacen como los cristianos, á no ser que sean parientes.

—¿Y con los indios de Calfucurá y con los Pampas?

—Lo mismo, señor.

—¿Y hay pleitos aquí?

—No faltan, señor.

—¿Y cuando dos indios tienen una diferencia, quién los arregla?

—Nombran jueces.

—¿Y si alguno no se conforma?

—Tiene que conformarse.

Estos bárbaros, dije para mis adentros, han establecido la ley del Evangelio, hoy por ti, mañana por mí, sin incurrir en las utopías del socialismo; la solidaridad, el valor en cambio para transacciones; el crédito para las necesidades imperiosas de la vida y el jurado civil; entre ellos se necesitan especies para las permutas, crédito para comer.

Es lo contrario de lo que sucede entre los cristianos. El que tiene hambre no come si no tiene con qué. Está visto que las instituciones humanas son el resultado de las necesidades y de las costumbres, y que la gran sabiduría de los legisladores consiste en no perderlo de vista al modelar las leyes. Los que á cada rato nos presentan el cartabón de otras naciones cuya raza, cuya religión, cuyas tradiciones difieren de las nuestras, deberían tomar notas de estas observaciones.

Por aquí iba de mi soliloquio, cuando el indio que me escamoteó los guantes de castor se presentó. Venía algo achumado.

En cuanto me vió me dijo una cuchufleta. Sentóse á mi lado y me pidió el pañuelo de seda que llevaba al cuello. Me negué á dárselo, porque su desaparición importaba una señal. Pero insistió é insistió y no tuve más recurso que ceder. Era una prenda insignificante y quién sabe qué se imaginaba mi compadre si no lo daba. De la suspicacia de un indio hay que esperarlo todo.

Gran contento experimentó el indio al recibir el pañuelo y en el acto se lo puso como yo lo usaba, calándose encima el sombrero.

Siguió jaraneando, siendo mi larga pera objeto de los mayores elogios y admiración. Grande, linda, me decía, pasando por ella sus puercas manos. Quería levantarme y no me dejaba. Estaba cargoso como cuatro. Y no me era dado manifestarle que me atosigaba con sus monadas, porque á mi compadre le hacían suma gracia. Además, yo sabía todo el cariño y respeto que tenía por él.

Me abrazaba, me besaba, se quedaba mirándome, y gozoso exclamaba: ¡Ese coronel Mansilla toro! Era el mayor cumplimiento que podía dirigirme. Ya lo he dicho, ser toro es ser todo un hombre.

No sabiendo qué más hacerme, se le ocurrió trenzarme la pera.

Era la otra seña convenida con Camilo si algún peligro me amenazaba. ¿Cómo dejarlo satisfacer su capricho?

Se aferró á él con tanta tenacidad, que me preocupó seriamente.

Y no era para menos, Santiago amigo, si tienes presente la composición de lugar hecha con Camilo, para el caso de que los indios no quisieran dejarme salir de entre ellos.

Que me hubiera pedido y sacado el pañuelo, se explicaba. Á cualquier indio podía habérsele ocurrido pedírmelo. Me había puesto en ese caso. Pero que después de haber dado el pañuelo me quisiera trenzar la barba, era inexplicable, extraordinario.

No hay previsión que alcance ciertas cosas; con razón dice Napoleón, que en la guerra dos tercios deben concedérsele al cálculo y uno á la casualidad.

No podía ocurrírseme la idea de una traición, porque los muchachos de Camilo eran todos hombres muy seguros. Han conversado entre ellos sobre lo convenido, algún espía los ha oído, me decía, y me tienden un lazo; quieren ver qué hago.

El indio no declinaba de su empeño. Á Roma por todo, exclamé interiormente, y me dejé trenzar la barba, tomando la precaución de darle la espalda á la entrada del toldo, no fuera á pasar Camilo, viera la señal y se largara para la Villa de Mercedes, llevándole un parte falso al general Arredondo.

Estaba en ascuas; los caballos debían llegar de un momento á otro y con ellos Camilo, quién según la consigna no me veía hacía días.

Darle aviso de lo que acontecía era imposible. El indio no me dejaba salir del toldo. Un hombre achumado es más pesado y fastidioso que una mujer enamorada celosa.

La res que había mandado pedir mi compadre llegó, y me sacó de apuros. Preguntáronle si la carneaban, contestó que sí, y me hizo decir: que cuando gustara podía mandar ensillar.

Me levanté, y destrenzándome la malhadada pera, salí del toldo, á pesar de los repetidos, «no se vaya, amigo», del indio.

Tres trompas tocaron llamada, y algunos momentos después comenzaron á llegar grupos de jinetes, montando buenos caballos y vistiendo trajes de gala. Uno de ellos tenía uniforme completo de teniente coronel y la pata en el suelo.

Mi gente estaba pronta. Arrimaron las tropillas y ensillamos.

Me despedí tiernamente de mi ahijado. ¡Extraños fenómenos de la simpatía, el chiquilín lagrimeó!

Montamos y partimos al gran galope en dispersión.

El cuarterón iba con nosotros y el perro del toldo de Baigorrita le seguía.

Por el camino se incorporaron varios grupos de indios, y cuando llegábamos á las alturas de Poitaua era la tarde ya.

Sujeté para esperar á los franciscanos que se habían quedado atrás, y mi compadre también.

Sobre la copa de un algarrobo estaba un águila, mirando al Norte.

Baigorrita me hizo decir con San Martín, que era buena seña, que el águila nos indicaba el rumbo.

Si hubiese estado mirando al Sud, todos los indios se habrían vuelto.

Es el ave sagrada de ellos y tienen esa preocupación.

Los franciscanos llegaron y seguimos la marcha al trote; iba á reirme de la superstición del águila, diciéndoles lo que me había hecho notar mi compadre. Pero me acordé de que yo no como donde hay trece, ni mato arañas por la noche.

Hay un mundo en el que todos los hombres son iguales; es el mundo de las preocupaciones. El más sensato es un bárbaro. Decidme si no, lector, ¿por qué aborrecéis á don fulano?

XIII
Mi compadre Baigorrita me pide caballos prestados.—El que entre lobos anda á aullar aprende.—Aves de la Pampa.—En un monte.—Perdido.—Las tinieblas.—Fantasmas de la imaginación.—¿Somos felices?—Disertación sobre el derecho.—El miedo.—Hallo camino.—Me incorporo á mis compañeros.—Clarines y cornetas.

En Pitralauquen, volvimos á hacer alto; los flamencos atornasolados saludaron nuestra llegada, batiendo con estrépito sus sonrosadas alas, y en ondas caprichosas se perdieron por el éter incoloro.

Mi compadre y sus indios allegados iban tan mal montados, que me pidió por favor le prestara algunos caballos para llegar á la raya.

Ordené que se los dieran, y diciéndole á San Martín: parece increíble que Baigorrita no tenga más caballos, me contestó: si anoche casi lo han dejado á pie.

Descansamos un rato y seguimos la marcha.

Al tiempo de subir á caballo, le robé al indio de los guantes un naco de tabaco que llevaba atado á los tientos.

El que entre lobos anda á aullar aprende.

Se lo dije á mi compadre y se rió mucho, festejando la ocurrencia y la burla que le harían los demás cuando supieran que se había dejado robar por mí.

Galopábamos á toda brida.

Éramos como doscientos y ocupábamos media legua, por el desorden en que los indios marchan.

El sol se ponía con un esplendor imponente; sus rayos como dardos de fuego despejaban los celajes que intentaban ocultarlo á nuestras miradas y refractándose sobre las nubes del opuesto hemisferio, teñían el cielo con colores vivaces.

Las aves acuáticas, en numerosas bandadas, hendían los aires con raudo vuelo y graznando se retiraban á las lagunas donde anidaban sus huevos.

Es increíble la cantidad de cisnes, blancos como la nieve, de cuello flexible y aterciopelado; de gansos manchados, de rojo pico; de patos reales, de plumas azules como el lapislázuli; de negras bandurrias, de corvo pico; de pardos chorlos, de frágiles patitas; de austeras becacinas de grises alas que alegran la Pampa. En cualquier laguna hay millares.

¡Cómo gozaría allí un cazador!

Imaginaos que en la «Ramada» los soldados recogieron un día ocho mil huevos, después de haber recogido toda la semana grandes cantidades.

¡Cuánto echaba yo de menos mi escopeta!

Entramos en el monte. Anocheció y seguimos al galope. El polvo y la obscuridad envolvían en tinieblas profundas los árboles que, como fantasmas se alzaban de improviso al acercarnos á ellos; no nos veíamos á corta distancia; nos llevábamos por delante unos á los otros; mi caballo era superior, yo iba á la cabeza, perdí la senda y me extravié.

Sujeté, hice alto, puse atento el oído en dirección al rumbo que me pareció traerían los que me precedían, nada oí.

¿Qué peligro corría?

Ninguno en realidad.

Un tigre no podía hacerme nada. El caballo me habría librado de él. Nuestros tigres, el jaguar argentino, no atacan como el tigre de Bengala, sino cuando los buscan. Por otra parte, el monte había sufrido los estragos de la quemazón y el tigre vive entre los pajonales.

¿Qué me imponía entonces?

Las tinieblas de la noche.

Las sombras tienen para mí un no sé qué de solemne. En la obscuridad, cuando estoy solo, me siento anonadado. Me domino; pero tiemblo.

La noche y los perros son mis dos grandes pesadillas. Yo amo la luz y á los hombres, aunque he hecho más locuras por las mujeres. No puedo decir lo que me aterra cuando estoy solo en un cuarto obscuro, cuando voy por la calle en tenebrosas horas, cuando cruzo el monte umbrío; como no puedo decir lo que sentía cuando trepaba las laderas resbaladizas de la gran cordillera de los Andes, sobre el seguro lomo de cautelosa mula.

Pero siento algo de pavoroso, que no está en los sentidos, que está en la imaginación; en esa región poética, mística, fantástica, ardiente, fría, límpida, nebulosa, transparente, opaca, luminosa, sombría, risueña, triste, que es todo y no es nada, que es como los rayos del sol y su penumbra, que cría y destruye, que forja sus propias cadenas y las rompe,—que se engendra á sí misma y se devora, que hoy entona tiernas endechas al dolor, que mañana pulsa el plectro aurífero y canta la alegría, que hoy ama la libertad y mañana se inclina sumisa ante la oprobiosa tiranía.

¡Ah! ¡si pudiéramos darnos cuenta de todo lo que sentimos!

¡Si nuestra impotente naturaleza pudiera tocar los lindes vedados que separan lo finito de lo infinito! ¡Si pudiéramos penetrar en los abismos del mundo psicológico, como alcanzamos con el telescopio á las más remotas estrellas!

¡Si pudiéramos descomponer los rayos de la mirada del hombre, como el espectro solar descompone los rayos del gran luminar! Si pudiéramos sondar el corazón, como los bajíos tempestuosos del mar.

¿Seríamos más felices?

¡Más felices!…

¿Somos acaso felices?

Si constantemente hablamos de la felicidad, es porque tenemos idea de ella.

Definidme, pues, lo que es.

Quiero saberlo, necesito saberlo, debo saberlo, es mi derecho.

Sí, yo tengo derecho á ser feliz, como tengo derecho á ser libre. Y tengo derecho á ser libre, porque he nacido libre.

¿Qué es la libertad?

¿No es el poder de obrar, ó de no obrar, no es la facultad de elegir; no es el ejercicio de mi voluntad consciente, reflexiva, deliberada, calculada, espere daño ó bien?

¡Os atrevéis á tacharme la definición!

¿Qué me vais á decir?

Que no es jurídica: ¿por qué la libertad es el poder de hacer lo que no daña á otro?

Os advierto que no hablo como un legista, sino como un filósofo, y os admito la diferencia.

Convenido; la libertad es eso, mi derecho corriendo en línea paralela con el vuestro una abstracción susceptible de asumir una fórmula gráfica.

—Á mi derecho:

—Á vuestro derecho:

Luego un derecho que se sobrepone á otro no es derecho, es abuso ó tiranía.

Yo tengo el derecho de hablar, vos también. Si os impongo silencio y no callo, os oprimo. Yo tengo el derecho de trabajar para mí, vos también. Si os hago mi esclavo, os tiranizo.

Estamos acordes.

Pues bien. Insisto en ello. Yo tengo el derecho de ser feliz. Lo reconozco, me contestáis; no me opongo á ello, no tengo cómo oponerme; lo intentaría en vano.

Es mentira, puesto que mi felicidad consiste en que me devolváis el amor de la mujer que me habéis robado.

No depende de mí. En todo caso dependerá de ella.

Pero es que si ella volviese á mí, no volvería como antes era; para que lo fuera, hubiera debido permanecer inmaculada y la habéis corrompido.

Suponiendo que yo pueda ser responsable de vuestra felicidad, os prevengo que hacéis un sofisma cuando la comparáis con el derecho.

No os entiendo.

Quiero decir que el derecho regla las relaciones naturales de la humanidad; que si la libertad es un derecho, la felicidad no lo es.

¿Y por qué no ha de ser un derecho aquello que más necesito?

Tanto valiera que me dijerais que respirar no es mi derecho, siendo así que tengo el derecho de vivir y que si no respiro muero.

Es que el sofisma consiste en que hacéis de un accidente una necesidad; de una cosa contingente una cosa absoluta; de una cosa que está en nuestras manos, una cosa que depende de los demás.

¿Pero mi libertad, mi derecho están en ese mismo caso?

No, porque vuestra libertad y vuestro derecho están garantidos por la libertad y el derecho ajenos. Alteri non feceris quod tibi fieri non vis. No hagas á los demás, lo que no quieres que te hagan á ti mismo. Alteri feceris quod tibi fieri velis. Haz á lo demás lo que quieres que te hagan á ti mismo. Estos dos aforismos encierran todos los deberes del hombre para con sus semejantes y con la familia.

No protesto contra estos principios, arguyo sólo, que si mi felicidad no daña á los demás, tengo el derecho de exigir ser feliz.

¿Á quién?

—¿Á quién?…

—¿Sí, á quién?

Contestadme.

Os he pedido que me defináis la felicidad.

¿Que os defina la felicidad?

Si la felicidad no es absoluta, es relativa. No es como el bien y el mal, como lo bueno y lo malo. Es objetiva y substantiva. Depende de las circunstancias, del carácter, de las aspiraciones, de accidentes sin fin.

Os entiendo.

Queréis decirme, que un fraile de la Trapa, vicioso, descreído, puede vivir más tranquilamente en su retiro que yo, creyente y sano, en el bullicio de la sociedad.

Precisamente.

Entonces ¿qué recurso nos queda á los que rodamos fatalmente en ese torbellino?

Tomarlo como viene, resignarse.

La conformidad puede convenirle á un esclavo.

¿Y creéis haber dicho algo?

Si no lo creyese, no hubiera hablado.

Os prevengo, sin embargo, que sois esclavo de vuestras pasiones.

¿Y qué me queréis decir?

Quería recordaros, que Dios es inescrutable, que el hecho de no poder definir satisfactoriamente una cosa en abstracto, no prueba que la cosa deje de existir; en una palabra, que habéis sido insensatos al exclamar con desaliento: ¿somos acaso felices?

De consiguiente, porque no pueda definir lo que experimenté cuando me vi perdido en el monte, no por eso dejará de creerse que fué miedo.

¿Cuánto duró? Pocos instantes. Quizá si hubiera durado más, lo hubiera podido definir.

Me hallaba perplejo, sin saber qué hacer, mi caballo caminaba en la dirección que quería, yo estaba desorientado y todo era igual, lo mismo un rumbo que otro.

Así había vagado un breve instante á la ventura, cuando sentí un tropel, cerca, muy cerca de mí. La emoción, sin duda, no me había permitido oirlo antes.

Hay situaciones en que, según las disposiciones del espíritu, el zumbido de una mosca, el susurro de una hoja parecen una tempestad; y otras en que no se oye ni el estampido del cañón. Yo he visto en el campo de batalla hombres asustados, poseídos de terror pánico, huir hacia el enemigo, que no reconocían á quien les hablaba, ni oían lo que se les decía.

Dando vueltas había caído al camino. Me incorporé á un grupo que pasaba al galope y seguí. Salimos á un descampado. Algunas estrellas brillaban entre nubes errantes, que, á impulsos de un vientecito que se había levantado, corrían de Naciente á Poniente, presagiando que al salir la luna tendríamos luz.

Volvimos á entrar en la espesura; caímos á unos barrancos con lagunas salitrosas, que parecían espejos de bruñida plata; subimos á la falda de los médanos, y al llegar á la cumbre de uno de ellos, la errante reina de los cielos asomó su blanca faz, y clavándola en la inmóvil superficie de las lagunas, hizo brotar de su seno diamantinas luces.

Oyéronse toques de clarín. Jamás el bélico instrumento resonó en mis oídos con más solemnidad. Me hizo el efecto de la trompeta del arcángel el día del juicio final. Sus vibraciones se alcanzaban tremulantes unas á otras, recorriendo las ondulaciones del vacío.

Los cornetas de Baigorrita contestaron.

Estábamos en la raya.

Hicimos alto. Llegó un parlamento, habló y habló; le contestaron razón por razón; lo despacharon; volvió otro y otro, se hizo lo mismo y á las cansadas llegó un hijo de Mariano Rosas, invitándonos á avanzar.

Marchamos y llegamos, pasando por una gran playa, que es donde los indios, después de sus grandes juntas, juegan á la chueca.

XIV
Mariano Rosas y su gente.—¡Qué valiente animal es el caballo!—Un parlamento de noche.—Respeto por los ancianos.—Reflexiones.—La humanidad es buena.—Si así no fuese estaría perturbado el equilibrio social.—El arrepentimiento es infalible.—Lo dejo á mi compadre Baigorrita y me retiro.—Un recién llegado.—Chañilao.—Su retrato.

Mariano Rosas y su gente estaban acampados en una colina escarpada; trepábamos dificultosamente á la cima, los caballos se hundían hasta los ijares en la esponjosa arena; cada paso les costaba un triunfo, caían y se enderezaban; temblaban, se esforzaban ardorosos y volvían á caer; la espuela y el rebenque los empujaba, por decirlo así; endurecían los miembros, recogían las patas delanteras, y sacándolas al mismo tiempo, se arrastraban, y desencajaban poco á poco las traseras; sudaban, jadeaban, se paraban, resollaban y subían ¡á veces teníamos que apearnos, que tirarlos de la rienda y animarlos, accionando con los brazos, gritando ¡aaaah!

¡Qué potente y valiente animal es el caballo!

Llegamos á la cumbre de la colina.

Bajo dos coposos algarrobos, había sentado sus reales el Cacique general de las tribus ranquelinas.

Parlamentaba solemnemente con los capitanejos é indios circunvecinos y lejanos que sucesivamente llegaban al lugar de la cita.

Á todos los recibía con la misma consideración; á todos les hacía las mismas preguntas; á todos los conocía por sus nombres, sabía de dónde venían, cómo se llamaban sus abuelos, sus padres, sus mujeres, sus hijos; y á todos les explicaba el motivo de la junta, que al día siguiente se celebraría. Y todos contestaban lo mismo, y después de contestar se sentaban en hilera dándoles la derecha á los capitanejos más caracterizados y á los viejos. Entre éstos fué objeto de las mayores atenciones un tal Estanislao. Venía de muy lejos, de la raya de las tierras de Baigorrita con Calfucurá.

Tendría como sesenta años; era alto pero estaba encorvado bajo el peso de la edad; sus largos cabellos canos cayendo en lacias crenchas sobre sus hombros, le daban á su rugosa cara, tostada por el sol, un aspecto simpático de veneración.

Su traje era el de un paisano.

Poncho y chiripá de tela pampa, camisa de crimea, calzoncillos con fleco, botas de potro cerradas en la punta. No llevaba sombrero. Una ancha vincha azul y blanca adornaba su frente.

Para bajarse del caballo tuvo necesidad de que dos indios robustos le prestaran ayuda.

Una vez en tierra le colocaron un par de muletas hechas de tosca madera de chañar. Apoyado en ellas, y abriéndole paso todo el mundo, avanzó sobre Mariano Rosas. Púsose éste de pie y le recibió con marcadas muestras de cariño, echándole los brazos y estrechándolo con efusión.

Los capitanejos é indios de importancia que ocupaban los asientos preferentes se corrieron á la derecha, cediéndole el primer puesto, en el que se colocó. Aquel homenaje respetuoso en medio del desierto, á la luz de las estrellas, tributado por los bárbaros, me hizo comprender que el respeto hacia los que nos han precedido en la difícil y escabrosa carrera de la vida es innato al corazón humano.

Yo tengo la peor idea de los que no se inclinan reverentes ante la ancianidad.

Cuando me encuentro con algún viejo, conocido ó desconocido, instintivamente le cedo el paso.

Cualquiera que sea la condición del hombre, sea su porte distinguido ó no, vista el rico paño de la opulencia, ó los sucios harapos del mendigo, una cabeza helada por el invierno de la vida, me infunde siempre religioso respeto.

¡Quién sabe, me digo, al verle pasar, cuántas injusticias no han herido ese corazón!

¡Quién sabe cuántos dolores no han desgarrado su alma!

¡Quién sabe de cuántos desdenes no es víctima, después de haber sacrificado los más caros intereses en aras de la patria y de la amistad!

¡Quién sabe cuántos infortunios indecibles no han anticipado su vejez!

¡Quién sabe si habiéndose hecho la ilusión de ver en el último tercio de la vida, amenizado el hogar con los afanes de la tierna esposa, y de los hijos, no es un desterrado de la familia por sus liviandades ó por la fatalidad!

¡Quién sabe si esa existencia trémula, enfermiza, que se apaga, que no destella ya sino moribundos rayos, como el sol de brumoso día al ponerse, no necesita un poco de consideración social para disfrutar de un soplo más de vida!

¡Los niños y los viejos son como los polos del mundo! opuestos, pero iguales.

En los unos hay el candor prístino, en los otros hay la inofensiva debilidad.

……………………….«Last scene of all,
That ends this strange eventful history
Is second childishness, and more oblivious,
Sans teeth, sans eyes, sans taste, sans everything.»

Los unos merecen nuestra atención y nuestro amparo, porque vienen; los otros nuestra lástima y nuestro sostén porque se van.

Como la luz del día, bella al nacer, bella al morir, así son ellos. El alfa y el omega de la humanidad se encierra en estas dos palabras: nacer y morir.

Nacer es elevarse, sentir, aspirar; morir, es hundirse en el abismo del tiempo. La vida y la muerte son dos instantes solemnísimos.

Pensad en el placer de ver venir al mundo un hijo, placer inefable, inmenso, y veréis que sólo es comparable á la amarga pesadumbre de ver al objeto querido que nos dió el ser darle á esta vida fugaz y transitoria un eterno adiós. ¡Los niños! ¡Ah! ¡los niños son una cifra!

¡Cuántas esperanzas para la madre, para el padre, para la familia no encierra el recién nacido! ¡Ellos labrarán algún día la soñada felicidad de todos! Gratas esperanzas mecen su cuna. Hasta el egoísmo se afana por ellos sin darse cuenta de sus recelos. Si muriera, ¡cuántas ilusiones desvanecidas!

¡El tiempo pasa, la vejez llega! Todos han desaparecido. Sólo el objeto de tantos anhelos y cuidados sobrevive, y solo, solo en el mundo, su pecho encierra impenetrables arcanos.

¡Cuántas historias lúgubres no sabe!

¡Sus ojos no lloran ya, su corazón está frío, helado! Pero palpita aún. El mundo de los recuerdos es su suplicio. ¡Si pudiera olvidar! ¿Olvidar? ¡No! Debe arrastrar la pesada cadena de sus decepciones, ó de sus remordimientos.

¡Ah! ¡los viejos! No desdeñéis esas existencias retrospectivas, que adustas ó risueñas, ocultan en insondables profundidades terribles misterios de amor y de odio, de constancia y versatilidad, de nobleza y ambición, de generosidad y cálculo frío y meditado.

Si ellos os abrieran su pecho, leeríais allí severas lecciones para conformar vuestras acciones; para no incurrir en las mismas faltas y errores que ellos cometieron.

Callan, porque son discretos; porque la discreción es la última y la más difícil de las virtudes que aprendemos.

¡Ah! ¡Si los viejos hablaran!

¡Si en lugar de contarnos sus grandezas, sus glorias, sus triunfos juveniles, nos contaran sus miserias! ¡Cuánto desaliento no nos infundirían!

Su silencio es la postrer prueba de amor que nos dan. Ellos son como las páginas de un libro atroz. Si hablan con su experiencia, desencantan, confunden, anonadan.

No os empeñéis en leerlas.

Amad y respetad á los viejos, no porque hayan sido buenos, sino porque deben haber sufrido.

El dolor es fecundo y purifica.

No les creáis cuando haciendo esfuerzos levantan erguida la cerviz, diciendo con orgullo insolente como J. J. Rousseau: ¿cuál de vosotros ha sido mejor que yo?

Van haciendo su papel en la comedia de la vida.

Todos han sido iguales en un sentido. En otro tribunal que no está en este mundo habrá quien les arranque con mano segura el antifaz.

Allí será en vano disimular. Mientras tanto, inclinaos ante sus canas.

¡Quién sabe si cuando lleguéis como ellos al último término de la jornada no habéis incurrido en sus mismas debilidades!

La vida es así. Lo que no se hace por amor debe hacerse por caridad; lo que no se hace por caridad, debe hacerse por reflexión.

Trabajados por opuestos sentimientos y pasiones, caminamos vacilantes, pretendiendo que tenemos confianza en nosotros mismos, y es mentira: todo lo esperamos de los demás.

En las tribulaciones pasamos revista de los que nos pueden ayudar, y dudando ocurrimos á ellos. Y el último de los castigos, es que nos sirvan los que menos obligación de servirnos tienen. Sí, es el último castigo de los hombres sin fe.

Viven quejándose de la humanidad, y ella está siempre presente ahí para socorrerlos en todo, con su bolsa, su sangre, y su vida. La misma blasfemia se escapa siempre de sus labios; haz bien y espera mal.

¡Qué ingratos somos!

La mano que ayer recibió nuestra limosna generosa, mañana nos desconocerá, quizá. ¡Pero cuántos hijos pródigos no se cruzarán por nuestro camino!

El equilibrio social estaría perturbado si las cosas pasaran de otra manera. Y Dios que ha echado á rodar los mundos en los espacios sin fin, para que giren eternamente sin chocarse jamás, ha querido que la ley consoladora de la solidaridad nunca sufra tampoco perturbación alguna.

En buena hora; no esperéis el bien de aquél que recibió vuestros favores. Esperadlo, sin embargo, de los desconocidos.

Maldeciréis vuestra estrella, renegaréis de la vida en las amargas horas, y al encontraros cara á cara con la muerte tendréis que reconocer que los hombres no han sido tan malos.

No hay quien á las puertas de la eternidad maldiga á sus hermanos. Sea justicia ó pavor, cuando el cuadrante del tiempo marca el minuto solemne entre el ser y no ser, todos se arrepienten del mal que hicieron ó del bien que dejaron de hacer.

¡Los viejos! ¡los viejos! no les neguéis, os lo vuelvo á repetir, ni el paso, ni la mirada, ni el saludo.

¡Cuesta tan poco complacer á los que con un pie en el último escalón de este mundo y otro en el dintel de las puertas de la eternidad esperan sin rencor ni odio el instante fatal!

Estanislao tuvo un largo diálogo con Mariano Rosas. En seguida le llegó su turno á Baigorrita y demás capitanejos é indios de importancia que les acompañaban.

Yo saludé al cacique particularmente, me senté al lado de mi compadre, y como el ceremonial no rezaba conmigo, me llamé á sosiego. El galope había excitado mi estómago, despertando el apetito. Traté de abandonar el campo, pero Baigorrita, que se fastidiaba mucho de aquella inacabable letanía de dimes y diretes, me dijo que no me fuera, que le esperara, que acamparíamos juntos.

Di mis órdenes, mandé que los caballos los rondaran lejos, en lugar seguro, que hicieran campamento allí cerca, en un montecito muy tupido, y que nos esperaran con buen fuego, puchero y asado.

Mientras mi compadre se desocupaba, no faltó quien me obsequiara con mate; Hilarión me pasó una torta riquísima hecha al rescoldo, y á hurtadillas, lo mismo que un niño mimado y goloso delante de las visitas, me la manduqué.

No hay quien no conserve algún recuerdo imperecedero de ciertas escenas de la vida; éste, de una cena espléndida en el Club del Progreso; aquél, de otra en el Plata; el uno, de un almuerzo campestre; el otro, de un lunch á bordo. Yo no puedo olvidar la torta cocida entre las cenizas que me regaló Hilarión con disimulo, diciéndome: «Para usted la tenía, Coronel.» La mirada perspicaz de Mariano Rosas se apercibió de ello, y calculando que tenía hambre me hizo pasar un par de palomas asadas, diciéndome el conductor, que las había hecho cazar para mí. Efectivamente, el doctor Macías fué quien cumplió la orden. Al día siguiente lo supe. ¡Pobre Macías! Ya tendré ocasión de ocuparme de él. ¡Qué pena me daba verle! No habíamos sido nunca amigos. Pero conservaba por él ese afecto de escuela que muchas veces vincula más á los corazones que la sangre misma. ¡Cuántas veces al través del tiempo, lo mismo en el seno de la patria que en extranjera playa, sean cuales sean las borrascas que hayan azotado el bajel de nuestra fortuna, el título de condiscípulo suele ser un talismán!

Viendo que la charla no cesaba y que amenazaba continuar hasta media noche, según el número de personajes que aún no habían cambiado sus saludos; viendo también que el negro del acordeón andaba por allí y que se preparaba á darnos una serenata, le hice una indicación á mi compadre.

Me contestó que no podía retirarse todavía; que me fuera, que más tarde iría él.

Mariano Rosas estaba en lo más fuerte del entrevero; lucía su remarcable retentiva y hacía gala de sus habilidades oratorias. Le hice una seña, como diciéndole, me voy, me contestó con otra, como diciéndome, hace bien, esto no es con usted; me levanté, me abrí paso por entre una espesa muralla de chusma que escuchaba el parlamento, llamé á mi asistente, me acercó el caballo, puse pie en el estribo y me disponía á montar, cuando unos acordes destemplados hirieron mis oídos, de atrás. ¡Era el negro del acordeón! Al mismo tiempo que volteaba la pierna derecha, le pegué con la izquierda en el pecho un fuerte puntapié, le di contra el suelo y me tendí al galope. El artista estaba achumado.

Llegué al montecito donde me esperaba mi gente; el fogón ardía resplandeciente lo mismo que una hoguera de la inquisición; daba ganas de saltarlo, como los muchachos saltan las fogatas de viruta y alquitrán en el día de San Juan. Hay tentaciones irresistibles. Piqué mi valiente caballo, pasé por encima del fuego é hice un desparramo. Y como ni el asado, ni el puchero, ni la caldera cayeron, todos aplaudieron de corazón.

Contento de mi triunfo eché pie á tierra, con más agilidad que otras veces, ocupé mi puesto en la rueda y empecé á pegarle al mate.

Mi compadre no venía, cenamos; ordené que le guardaran algo, y antes de recogerme mandé ver dónde y cómo estaban los caballos.

Más de veinte formábamos el círculo del fogón. Hablábamos quién sabe de qué; de repente oyóse un tropel de caballos. Es Baigorrita, dijeron unos. Los jinetes sujetaron casi encima de nosotros, y una voz firme, varonil, desconocida para mí, dijo: ¡Buenas noches!

—Es Chañilao—dijeron unos.

—Buenas noches—dijeron otros.

—Eche pie á tierra, si gusta—dije yo, fingiendo que no había reparado en el recién llegado. Pero á la vislumbre del fogón había visto perfectamente bien su cara.

Chañilao se apeó, y hablando en lengua araucana y haciendo sonar unas enormes espuelas, se acercó á mí y con aire indiferente se sentó á mi lado.

No me moví.

Nadie excepto los indios lo conocía.

Era un hombre alto, delgado, de facciones prominentes y acentuadas, de tez blanca, poco quemada; de largos cabellos castaños, tirando al rubio; de ojos azules, vivos, penetrantes; de ancha frente, cortada á pico; de nariz recta como la de un antiguo heleno; de boca pequeña, cuyos labios apenas resaltaban; de barba aguda, retorcida para arriba, en la que se veía un hoyo; lampiño, de modales fáciles; vestido como un gaucho rico; llevaba un sombrero de paja de Guayaquil, fino; espuelas de plata, y un largo facón de lo mismo atravesado en la cintura; rebenque con virolas de oro, y su gran cigarro de hoja en la boca.

Sin cuidarse de mí, habló con varios indios ostentando un aire y un tono marcadísimos de superioridad.

Me parecía estudiado.

Les hice una seña á mis ayudantes con el dedo, para que no dijeran quién era yo.

Le hice pasar un mate y al recibirlo preguntó:

—¿Dónde está el amigo Camilo Arias?

Mi compadre Baigorrita se hacía sentir en ese momento.

XV
Quién es Chañilao.—Su historia.—El carácter es un defecto para las medianías.—Diferencia entre el gaucho y el paisano.—El primero no es nada, el segundo es siempre federal.—¿Tenemos pueblo propiamente hablando?—Sentimientos de un maestro de posta cordobés cuando estalló la guerra con el Paraguay.—Chañilao y yo.—Frescas.—Intrigas.—Una china.

Chañilao es el célebre gaucho cordobés Manuel Alfonso, antiguo morador de la frontera de Río 4.º.

Vive entre los indios hace años.

No hay un baqueano más experto, ni más valiente que él. Tiene la carta topográfica de las provincias fronterizas en la cabeza.

Ha cruzado la Pampa en todas direcciones millares de veces, desde la sierra de Córdoba hasta Patagones, desde la Cordillera de los Andes hasta las orillas del Plata.

En ese inmenso territorio, no hay un río, un arroyo, una laguna, una cañada, un pasto que no conozca bien.

Él ha abierto nuevas rastrilladas y frecuentado las viejas abandonadas ya.

En la peligrosa travesía, donde pocos se aventuran, él conoce escondido guaico, para abrevar la sed del caminante y de sus caballos.

Ha acompañado á los indios en sus más atrevidas excursiones, y muchas veces se salvaron por su pericia y su arrojo.

Sus constantes correrías, de noche, de día, con buen ó mal tiempo, llueva ó truene, brille el sol ó esté nublado, haya luna ó esté sombrío el cielo,—le han hecho adquirir tal práctica, que puede anticipar los fenómenos meteorológicos con la exactitud del barómetro, del termómetro y del higrómetro.

Es una aguja de marear humana; su mirada marca los rumbos y los medios rumbos, con la fijeza del cuadrante.

Habla la lengua de los indios como ellos, tiene mujer propia y vive con ellos. Es domador, enlazador, boleador, pialador. Conoce todos los trabajos de campo como un estanciero; ha tenido tratos con Rosas y con Urquiza, ha caído prisionero varias veces y siempre se ha escapado, gracias á su astucia ó su temeridad.

Poco antes de la batalla de Cepeda le tomaron, junto con veinte indios, en la frontera Oeste de Buenos Aires. Sólo él burló la vigilancia de los guardias y se salvó.

Es un oráculo para los indios cuando invaden y cuando se retiran; vive por desconfianza en Inché, treinta leguas más al Sud que Baigorrita, á cuya indiada pertenece; tiene séquito y es capitanejo, con lo cual está dicho todo sobre este tipo, planta verdaderamente oriunda del suelo argentino.

Chañilao no es sanguinario; ha vivido entre los cristianos y entre los indios alternativamente. En el Río 4.º tiene amigos: Camilo Arias, mi fiel é inseparable compañero, es uno de ellos. La última vez que emigró de allí fué por prevenciones infundadas.

Ésa es nuestra tierra—como nuestra política suele consistir en hacer de los amigos enemigos, parias de los hijos del país,—secretarios, ministros, embajadores de los que nos han combatido.

Solemos ser justos con los nuestros, con los adversarios somos siempre débiles. Solemos ser tolerantes con los que transigen, con los que se hacen un honor y un deber de tener conciencia, jamás.

Para ello está reservada la crítica irritante, acerba.

El peor papel que puede representar el patriotismo á los ojos de las medianías, es tener carácter.

Más hábiles en el arte de reclutar nulidades, de seducir traficantes y especuladores, que dispuestos á admirar el talento y la probidad; más capaces de claudicar que de imponerse por la elevación moral, prefieren los que se doblegan á los que firmes sobre el pedestal de sus creencias tienen la osadía de exclamar: ¡yo pienso así!

¡Ah! ¡si el país no estuviera jadeante! ¡Ah! ¡si no estuviera arraigado en todos los corazones el convencimiento de que hay que preparar la tierra, antes de arrojar en sus entrañas fecundas la semilla!

¡Ah! ¡si no fuera que el hierro mata! ¡Ah! ¡si no fuera que una verdad escrita con sangre es siempre una conquista fratricida!

Camilo me había hablado largamente de Manuel Alfonso. Había sido el apoderado de los pocos intereses que dejó en la frontera la última vez que huyó de ella. Tenía por él ese cariño respetuoso, que el paisano le profesa siempre al gaucho cuando no le cree malo; había sido su maestro en los campos; y como aborrecía de muerte á los indios, con los que se había batido muchas veces cuerpo á cuerpo, perdiendo dos hermanos en dos invasiones, se hacía la ilusión de arrancarlo de su guarida.

Camilo Arias, es igual á Manuel Alfonso en un sentido, su reverso en otro.

Camilo sabe tanto como Alfonso; es rumbeador como él, jinete como él, valiente como él; pero no es aventurero.

Camilo es un paisano gaucho, pero no es un gaucho.

Son dos tipos diferentes. Paisano gaucho es el que tiene hogar, paradero fijo, hábitos de trabajo, respeto por la autoridad, de cuyo lado estará siempre, aun contra su sentir.

El gaucho neto, es el criollo errante, que hoy está aquí, mañana allá; jugador, pendenciero, enemigo de toda disciplina; que huye del servicio cuando le toca, que se refugia entre los indios si da una puñalada, ó gana la montonera si ésta asoma.

El primero, tiene los instintos de la civilización; imita al hombre de las ciudades en su traje, en sus costumbres. El segundo, ama la tradición, detesta al gringo; su lujo son sus espuelas, su chapeado, su tirador, su facón. El primero se quita el poncho para entrar en la villa, el segundo entra en ella haciendo ostentación de todos sus arreos. El primero es labrador, picador de carretas, acarreador de ganado, tropero, peón de mano. El segundo se conchaba para las yerras. El primero ha sido soldado varias veces. El segundo formó alguna vez parte de un contingente y en cuanto vió luz se alzó.

El primero es siempre federal, el segundo ya no es nada. El primero cree todavía en algo, el segundo en nada. Como ha sufrido más que la gente de frac, se ha desengañado antes que ella. Va á las elecciones, porque el Comandante ó el Alcalde se lo ordena, y con eso se hace sufragio universal. Si tiene una demanda la deja porque cree que es tiempo perdido, sea dicho con verdad. En una palabra, el primero es un hombre útil para la industria y el trabajo, el segundo es un habitante peligroso en cualquier parte. Ocurre al juez, porque tiene el instinto de creer que le harán justicia de miedo, y hay ejemplos; si no se la hacen, se venga, hiere ó mata. El primero compone la masa social argentina, el segundo va desapareciendo. Para los que, metidos en la crisálida de los grandes centros de población, han visto su tierra y el mundo por un agujero; para los que suspiran por conocer el extranjero, en lugar de viajar por su país; para los que han surcado el Océano en vapor; para los que saben dónde está Riga, ignorando dónde queda Yaví; para los que han experimentado la satisfacción febril de tragarse las leguas en ferrocarril, sin haber gozado jamás del placer primitivo de andar en carreta, para todos ésos el gaucho es un ser ideal.

No lo han visto jamás.

La libertad, el progreso, la inmigración, la larga y lenta palingenesia que venimos atravesando hace dieciocho años lo va haciendo desaparecer.

El día en que haya desaparecido del todo será probablemente aquél en que se comprenda que tenemos una masa de pueblo sin alma, que en nada, ni en nadie cree; que desparramada en inmensas campañas, no tiene iglesias, ni escuelas, ni caminos, ni justicia, nada que la ampare eficazmente, que la prepare para el gobierno propio, para la verdad del sufragio popular, para el respeto siquiera del extranjero que viene á compartir con nosotros todo, menos el dolor porque no nos estima, nada, nada en fin, sino un caudillejo armado ó togado que la oprima ó la explote.

Sólo entonces tendremos, propiamente hablando, pueblo; pueblo con corazón, con conciencia, con convicción y pasión.

Entonces no habrá paisanos honrados, con intereses que perder, que encerrándose en el egoísmo, que todo lo seca, hasta el patriotismo, sientan solos los animales sociales que pueden asolar su casa.

Entonces no habrá en Córdoba un maestro de posta, hacendado, que conteste lo que me contestaron á mí en el Molle.

Era el mes de abril del año 1865. Íbamos de pasajeros, de Mendoza para Córdoba en una galera, el doctor don Eduardo Costa, Alejandro Paz y don Francisco Civit, todos excelentes compañeros de viaje. En el primero, sobre todo, nadie habría sospechado un hombre tan avenido y varonil.

En el Río 4.º el general don Emilio Mitre nos había dado la noticia de la primera agresión de López. Teníamos una impaciencia febril de llegar á Córdoba, donde se hallaba el doctor Rawson.

En la referida posta le pregunté yo al dueño de casa, que era un vejete bastante alentado.

—¿Y, qué noticias tiene, paisano?

—Ningunas—me contestó.

—Pero hombre—agregué asombrado;—¿no sabe usted que los paraguayos han invadido la Provincia de Corrientes con cuarenta mil hombres; que nos han apresado unos vapores; que han robado, incendiado y cautivado muchas familias?

Por toda contestación exclamó, con la tonada consabida:

—¡Lo bueno que por aquí no han de llegar!

¡Qué consoladora ingenuidad! Pero qué bien pinta el estado moral de un país.

Después de esto habladme cuanto queráis del patriotismo argentino. Yo os diré que el patriotismo es una virtud cívica, que no apasiona las multitudes sino cuando la noción del deber se ha encarnado en ellas; que todo deber responde á un ideal; que la libertad, la religión, la patria, el honor nacional son un ideal, pero que ese ideal no está sino en la conciencia de cierto número de elegidos.

Tenemos el germen, falta difundirlo.

¿De qué manera? Haciendo que la patria sea para el hombre del pueblo, la libertad en todas sus manifestaciones, la justicia, el trabajo bien remunerado; no el abuso, el privilegio, la miseria.

Entonces no se encontrará quien diga, lo que frecuentemente se oye: ¡para lo que yo le debo á la patria!

No basta que las constituciones proclamen que todo ciudadano está obligado á armarse en defensa de la patria. Es menester que la patria deje de ser un mito, una abstracción, para que todos la comprendan y la amén con el mismo acendrado amor. Hay fanatismos necesarios, que si no existen se deben crear.

Manuel Alfonso volvió á preguntar por el amigo Camilo Arias.

—Que lo llamen—dije yo.

El gaucho, ni me miró siquiera.

Pero comprendiendo quién era, y con la intención sin duda de calmarme, preguntó.

—¿Y cómo se entienden estas paces? Aquí de amigos ya, Calfucurá invadiéndolo los porteños.

—Mire, amigo—le contesté;—delante de mí no me venga hablando barbaridades. Si no le gusta la paz mándese mudar.

Se dió vuelta entonces, me miró, y pegando maquinalmente con el rebenque en el suelo unas cuantas veces, repuso:

—Yo digo lo que me han dicho.

—Pues le repito que es una barbaridad, le contesté.

Me miró con más fijeza y por toda contestación se sonrió maliciosamente como diciendo: ¡mozo malo!

Estaba provocativo. Iba mal parado si le aflojaba, así es el gaucho taimado.

—Y este fogón es mío, le agregué, como diciéndole: «no quiero que en él se hablen cosas que no me gustan».

—¿Y usted quién es?—repuso, jugando siempre con el rebenque y fijando la vista en el fogón.

—Averigüe—le contesté.

En ese momento una voz conocida dijo al lado mío:

—Orden, señor.

Era Camilo Arias que venía á mi llamado.

—Aquí tienes un amigo—le dije, señalándole á Manuel Alfonso.

Los paisanos son generalmente fríos, se saludaron como si se hubieran visto el día antes.

—Vamos—le dijo Camilo.

—Vamos—contestó el gaucho, levantándose. Dió las buenas noches y se marchó.

Me quedé sumamente preocupado. En un hombre tan sagaz como él, tan conocedor de los indios, tan influyente entre ellos por sus servicios, sus conocimientos y su valor, aquellas palabras soltadas en mi fogón, revelaban malísima intención.

No había subido aún á caballo Manuel Alfonso, cuando mi compadre Baigorrita se presentó.

Echó pie á tierra y se sentó á mi lado; pedí su cena, se la trajeron, y sacando el cuchillo, me dijo:

—¿Conociendo Chañilao?

—Ahí va—le contesté indicándoselo. Acababa de armar un cigarro en ese instante y lo encendía, montando ya.

—Ahí—dijo mi compadre.

—¿Hay algo?—le pregunté á San Martín.

—¡Creo que sí!—me contestó.

Baigorrita estaba más pensativo que de costumbre. Sus preguntas, sus exclamaciones, su aire sombrío, acabaron de convencerme de que Manuel Alfonso no había venido á mi fogón á hablar de la paz y de Calfucurá sin objeto.

¿Qué podía haber?

En vísperas de una gran junta, cualquier mala disposición era alarmante.

—¿Hay alguna cosa, compadre?—le hice preguntar á Baigorrita con San Martín.

—Sí, compadre—me contestó él mismo.

Habló con San Martín y en seguida me dijo éste:

Que Mariano Rosas le había contado muchas cosas de mí; que estando acampado en Calcumuleu los había tratado muy mal á los indios; que á él le había mandado decir una porción de desvergüenzas; y que yo era muy altanero.

Le referí todo lo que había sucedido y su respuesta fué por boca de San Martín:

—Alguna intriga, compadre, porque nos ven de amigos.

Comprendí todo.

Durante mi permanencia en Quenque, me habían hecho la cama en Leubucó.

Mi compadre acabó de cenar, él y yo éramos los únicos que quedaban al lado del fogón; los demás se habían recogido.

—Vamos á dormir, compadre—le dije.

—Bueno—me contestó.

Llamé á Carmen.

Me enseñó mi cama. Estaba al pie de un hermoso caldén.

Me sentaba en ella, cuando una china se apeó allí cerca del caballo, y viniendo á mí me dijo con aire misterioso:

—Tengo que hablarle.

 

XVI
Mi compadrazgo con Baigorrita había alarmado á los de Leubucó.—Censura pública.—Nubes diplomáticas.—Camargo conocía bien á los indios.—Confío en él.—Camilo y Chañilao no se entienden.—En marcha para la junta grande.—Quieren que salude á quien no debo.—Me niego á ello.—Ceden saludos.—Empieza la conversación.—Discurso inaugural.—Entusiasmo que produce Mariano Rosas.—El debate.—Un tonto no será nunca un héroe.

Al día siguiente, antes de amanecer, ya sabía yo con interesantes detalles, qué intrigas habían tenido lugar en Leubucó, mientras había andado por Quenque.

La noticia de mi compadrazgo con Baigorrita había producido mal efecto en Mariano Rosas.

La consagración de ese vínculo es tan sagrado para los indios, que aquél se alarmó de una amistad naciente, sellada con el bautismo del hijo mayor de su aliado.

Sus allegados, en lugar de tranquilizarlo, halagaban sus preocupaciones, diciéndole que no se descuidara, que estuviese en guardia.

Mi conducta era públicamente censurada; se me acusaba de haber tratado descortésmente á los indios, desde el día en que llegué á Aillancó. Se me hacía el cargo de no haber avisado con anticipación mi viaje; criticaban mi mezquindad, comparándola con la magnificencia del padre Burela, conductor de cincuenta cargas de bebida: decían que no era bueno; que les había impuesto el tratado de paz, mandándoles un ultimátum; que había llevado un instrumento para medir las tierras; que eso era porque los cristianos se preparaban para una invasión; que el tratado no tenía más objeto que entretener á los indios para ganar tiempo.

El padre Burela parecía ajeno á estas murmuraciones. Pero no las había reprobado; y no teniendo nada que hacer en la junta, se hallaba al lado de Mariano Rosas. Con él estaba la noche antes, dábase los aires de un valido y pretendía que Baigorrita le había desairado, haciéndome su compadre, queja asaz extraña en un sacerdote.

El horizonte diplomático se me presentaba cargado de nubes.

La persona que se había tomado el trabajo de venir furtivamente á contarme lo que había pasado durante mi ausencia para que estuviera prevenido, opinaba que tendríamos una junta tumultuosa.

Las voces malignas que traía Chañilao, hacían más vidriosa la situación.

Antes de estar en mi fogón había estado en el sitio donde parlamentaba Mariano Rosas; había hablado con él y con otros; había desparramado sus noticias, y la atmósfera de desconfianza se había hecho.

Rayaba el día cuando llegó un mensajero de Mariano Rosas; mandaba informarse de cómo había pasado la noche y prevenirme que en cuanto saliera el sol nos moveríamos y que la señal sería un toque de corneta.

Le contesté que había pasado la noche sin novedad; que me alegraba de que él y su gente hubiesen dormido bien; y que estaba á su disposición.

Hice llamar á Camilo Arias, ordené que arrimaran los caballos, púsose toda mi gente en pie y nos aprestamos á marchar.

Mientras llegaban los caballos se calentó agua y tomamos mate.

Camargo me inspiraba confianza. Le referí lo que me había sucedido con Chañilao; lo que había pasado en Leubucó durante nuestro paseo por las tierras de Baigorrita; lo que Mariano Rosas había conversado con éste; y le pedí que me diera con franqueza su opinión.

Me la dió sin titubear. Su corazón no carecía de nobleza. Me tranquilicé; pero no del todo. Cada mundo tiene sus misterios. Él conocía bien los del suyo, como nadie quizá.

Prueba de ello era que no volvía en pelos de Quenque; que se había hecho devolver los estribos que le robaron en el toldo de Caiomuta y las demás prendas que le arrojó con desprecio para humillarle y afearle su proceder.

Llegaron los caballos y Camilo.

Mandé ensillar. En tanto lo hacían, me contó éste su entrevista con Manuel Alfonso.

Habían dormido juntos; no se habían entendido, porque el gaucho no había simpatizado conmigo; pero se habían separado amigos.

Se oyó un toque de corneta.

Los clarines de Baigorrita contestaron, montamos á caballo y nos movimos, rompiendo la marcha en dispersión.

Á poco andar avistamos la gente de Mariano Rosas, coronando la cumbre de una cuchilla.

Tocaron alto, llamada y reunión.

Los toques fueron obedecidos, lo mismo que lo habría hecho una tropa disciplinada.

Formamos en batalla; Baigorrita, yo y mi séquito nos pusimos al frente de la línea, y en ese orden avanzamos.

La indiada de Mariano Rosas hizo la misma maniobra. Las dos líneas marchaban á encontrarse. Seríamos trescientos de cada parte.

El sol se levantaba en ese momento inundando la azulada esfera con su luz, la atmósfera estaba diáfana; los más lejanos objetos se transparentaban, como si se hallaran á corta distancia del observador; el cielo estaba despejado, sólo una que otra nube nacarada navegaba por el vacío, con majestuosa lentitud; la blanda brisa de la mañana apenas agitaba la grama color de oro; el rocío, salpicando los campos, los hacía brillar como si estuvieran cubiertos por inmenso manto de rica y variada pedrería.

Cuando las dos líneas que avanzaban al paso estuvieron á cincuenta metros una de otra, los clarines y cornetas tocaron alto, y las dos indiadas se saludaron golpeándose la boca.

Los ecos se perdían por los aires, quedaba todo en el más profundo silencio, y los gritos se repetían.

Nadie llevaba armas; todo el mundo montaba excelentes caballos, vestía su mejor ropa y ostentaba las prendas de plata y los arreos más ricos que tenía.

Mariano Rosas destacó un indio; Baigorrita otro; colocáronse equidistantes de las dos líneas; cambiaron sus razones, y volvieron á sus respectivos puntos de partida.

Los dos caciques acababan de saludarse y de invocar la protección de Dios para deliberar con acierto.

Tocaron atención, dieron voces de mando en lengua araucana, la segunda fila de cada línea retrocedió dos pasos, los que miraban al Norte giraron á la izquierda, tocaron marcha y las dos líneas quedaron formadas en alas.

Mariano Rosas destacó un indio que se acercó á mí y me habló en su lengua.

Camargo, haciendo de lenguaraz, me dijo:

—Dice el general Mariano que eche pie á tierra para saludar al padre Burela.

Me pareció haber entendido mal.

—¿Para saludar á quién?—le pregunté á Camargo con extrañeza.

—¡Al padre Burela!—me contestó.

—¿Al padre Burela?—exclamé mirando á los franciscanos y á mis oficiales.

—Es pretensión—agregué.

—Dile, proseguí, dirigiéndome á Camargo, que le conteste á Mariano que yo no tengo que saludar al padre Burela, que soy aquí el representante del Presidente de la República, que en todo caso es el padre Burela quien debe saludarme á mí.

El mensajero se marchó y yo me quedé refunfuñando. Estaba indignado.

Lo que pasaba no era más que la consecuencia de las intrigas de Leubucó.

Volvió el indio insistiendo en lo mismo.

Contesté con malísimo modo, que antes que hacer lo que se me exigía, me cortaría con mi gente, que hicieran la junta sin mí, si querían, que yo no estaba para bromas.

Llevó el indio mi contestación.

Baigorrita que entendía todo lo que yo contestaba, porque Camargo lo repetía en lengua araucana, me hizo decir:

—Echemos pie á tierra, compadre.

Mariano Rosas recibió mi contestación sin visible alteración; conferenció con sus consejeros y su embajador volvió por tercera vez, diciéndome:

—Dice el General que es para saludar á todos.

—Eso es otra cosa—contesté.

Y esto diciendo, mandé echar pie á tierra á los míos haciéndolo yo primero.

Mariano Rosas y los suyos me imitaron.

Vino otro indio, habló con Camargo, y siguiendo las indicaciones de éste, comenzó el ceremonial.

Mariano Rosas y su séquito estaban formados en ala; Baigorrita y mi séquito lo mismo, es decir, que mi izquierda venía á quedar frente á la derecha de aquél.

Tiramos á la derecha marchando al Naciente unos cuantos pasos, volvimos á girar al Norte, seguimos hasta quedar perpendicularmente á la izquierda del séquito de Mariano Rosas, que permanecía inmóvil, formando un ángulo, y los saludos empezaron, consistiendo en fuertes apretones de manos y abrazos.

Desfilamos por delante de aquéllos, y cuando Baigorrita estrechaba la mano de Mariano Rosas y yo la de Epumer, mi cola, hablando militarmente, se abrazaba con el último indio del séquito de Mariano Rosas.

Hecho esto, seguimos desfilando, hasta que el último de mis asistentes saludó á aquél, y volvimos á ocupar el puesto en que estábamos al echar pie á tierra.

En seguida Mariano Rosas y los suyos avanzaron veinte pasos; Baigorrita, yo y los míos hicimos simultáneamente otro tanto, formando dos pelotones.

Las dos líneas de jinetes formaron un círculo conversando á vanguardia, á derecha é izquierda, sus respectivas alas; echaron pie á tierra Mariano Rosas y los suyos; Baigorrita, yo y los míos quedamos encerrados en dos círculos concéntricos, formado el exterior por caballos y el interior por indios.

Todas estas evoluciones se hicieron en silencio, con orden, revelando que estaban sujetos á una regla de ordenanza conocida.

Ningún indio maneó ni ató su caballo en las pajas. Sólo le bajó las riendas. Los mansos animales ni se movían de su puesto.

Mariano Rosas invitó á todo el mundo á sentarse.

Nos sentamos, pues, sobre el pasto humedecido por el rocío de la noche, sin que nadie tendiera poncho, ni carona, cruzando las piernas á la turca.

Mariano Rosas me cedió á su lenguaraz José; colocóse éste entre él y yo, y el parlamento empezó.

Yo estaba bajo la influencia desagradable de las revelaciones que me habían hecho y fastidiado con la pretensión rechazada de que saludara al padre Burela.

Apoyé los codos en las rodillas, y ocultando la cara entre las manos, me dispuse á escuchar el discurso inaugural de Mariano Rosas.

El lenguaraz me previno que todavía no empezaba á hablar conmigo.

El cacique general tomó la palabra y habló largo rato, unas veces con templanza, otras con calor, ya bajando la voz hasta el punto de no percibirse los vocablos, ya á gritos; ora accionando, con la vista fija en tierra, ora mirando al cielo. Por momentos, cuando su elocuencia rayaba, sin duda, en lo sublime, sacudía la cabeza y estremecía el cuerpo como poseído de un ataque epiléptico.

Las palabras: Presidente, Arredondo, Mansilla, yeguas, achúcar, yerba, tabaco, plata y otras castellanas que los indios no tienen, flotaban entre la peroración á cada paso.

Los oyentes aprobaban y desaprobaban alternativamente.

Cuando aprobaban, el orador bajaba la voz; cuando desaprobaban, gritaba como un condenado.

Terminado el discurso inaugural, en medio de entusiastas manifestaciones de aprobación, llegó el turno del debate.

El cacique empezó por invocar á Dios.

Me dijo que protegía á los buenos, y castigaba á los malos; me habló de la lealtad de los indios, de las paces que en otras épocas habían tenido, que si habían fallado, no había sido por culpa de ellos; me hizo un curso sobre la libertad con que entre ellos se procedía; agregó que por eso había reunido los principales capitanejos, los indios más importantes por su fortuna ó por sus años para que dijesen si les gustaba el tratado, porque él no hacía sino lo que ellos querían; que su deber era velar por su felicidad; que él no les imponía jamás, que entre los indios no sucedía como entre los cristianos, donde el que mandaba, mandaba; y terminó pidiéndome leyera los artículos del tratado referentes á la donación trimestral de yeguas, etc., etc.

Me disponía á contestar, cuando oí que le gritaban con desprecio al doctor Macías, que teniendo al hombro una escopeta, regalo mío á Mariano Rosas, se había confundido con su gente.

—¡Afuera! ¡afuera el Doctor!

El pobre Macías agachó la cabeza, y resignado á su suerte se alejó de allí, siendo objeto de las risas y rechifles de los indios más ladinos y de algunos cristianos.

Metí la mano al bolsillo, saqué mi libro de memorias; busqué en él el extracto del tratado de paz, y procurando imitar la mímica oratoria de la escuela ranquelina, tomé la palabra.

Expliqué el tratado, punto por punto; hablé de Dios, del Diablo, del cielo, de la tierra, de las estrellas, del sol y de la luna; de la lealtad de los cristianos, del deseo que tenían de vivir en paz con los indios, de ayudarlos en sus necesidades, de enseñarles el trabajo, de hacerlos cristianos para que fueran felices, del Presidente de la República, del general Arredondo y de mí.

Éste fué mi primer discurso.

Es posible que entre cristianos me hubieran aplaudido.

El efecto que produjo mi retórica y mi acción entre los bárbaros lo deduje viendo al indio que me robó los guantes en Quenque, los cuales se había puesto, dormido como una piedra á mi lado.

Paturot fué más feliz que yo, la primera vez que de la noche á la mañana se vió convertido en orador republicano popular.

Decididamente estamos destinados á recorrer una escala interminable de desengaños en la complicada travesía por este pícaro mundo.

No hay más, digan lo que quieran ciertos fanáticos, ni un tonto será nunca un héroe, porque la palabra héroe, despertando la idea de grandeza, implica inteligencia; ni yo he nacido para orador ministerial, mucho menos entre los indios.

 

XVII
Repito la lectura de los artículos del tratado de paz.—Los indios piden más que comer.—Mi elocuencia.—Mímica.—Dificultades.—El recurso de un sermón de Viernes Santo me salva.—El representante de la Liberté de Bruselas y yo.—Cargos mutuos.—Argumentos etnográficos.—Recursos oratorios.—En el banco de los acusados.—Interpelaciones ad hominem.—El traidor calla.—Redoblo mi energía é impongo con ella.—Se establece la calma.—Apéndice.—Once mortales horas en el suelo.

Mariano Rosas me exigió que repitiera la lectura de los artículos que estipulaban la entrega de yeguas, hierba, azúcar, tabaco, etc., diciéndome que quería que todos los indios se enterasen bien de la paz que se iba á hacer.

Esta última frase, que se iba á hacer, dicha después de estar firmado, ratificado y canjeado el tratado de paz, era otra originalidad verdaderamente ranquelina.

No una vez sino varias la había oído ya. Me hacía muy mal efecto.

Las disposiciones de los indios en aquellos momentos, no eran las más favorables para obtener de ellos un triunfo oratorio; y la junta parecía que iba á tomar el carácter de un meeting, aprobatorio ó reprobatorio, de la conducta del Cacique.

Lo deducía de que varias veces me había soltado esta frase: «recién voy á dar cuenta á mis indios de lo que hemos arreglado, y lo que ellos decidan, eso será lo que se haga.»

Yo estaba prevenido desde la noche anterior.

Accedí á la exigencia, leyendo otra vez los artículos del tratado que más preocupaban ó interesaban.

Comer será siempre un capítulo primordial para la humanidad.

Varias voces gritaron en araucano:

—¡Es poco! ¡Es poco!

Lo comprendí porque ciertos cristianos repitieron la frase en castellano, con intención, apoyándola con repetidos ¡sí! ¡sí!

Mariano Rosas, notando aquello, me echó un discurso sobre la pobreza de los indios, exigiéndome la entrega de más cantidad de yeguas, yerba, azúcar y tabaco.

Contesté que los indios eran pobres porque no amaban el trabajo; que cuando le tomaran gusto se harían tan ricos como los cristianos, y que yo no podía comprometerme á dar más de lo convenido, que no era poco, sino mucho.

—¡Es poco! ¡es poco!—volvieron á gritar varios á una.

—Lo ve usted—me dijo Mariano Rosas, que no me trataba ya de hermano,—dicen que es poco.

—Lo veo—le contesté;—pero es que no es poco, al contrario, es mucho.

—¡Poco! ¡poco! ¡poco!—gritaron simultáneamente más voces que antes.

Tomé la palabra, volví á leer los artículos del tratado estipulando la entrega de yeguas, etc., los comparé con lo que se les entregaba á las indiadas de Calfucurá, y probé que iban á recibir más que ellos.

—Díganme que no es cierto—exclamaba yo, viendo que nadie había contradicho mis demostraciones. Y aprovechando la coyuntura, fulminé mis rayos oratorios contra Calfucurá.

—Calfucurá—les dije,—ha roto la paz porque es un indio muy pícaro y de muy mala fe que no teme á Dios. Ha sabido que lo que hemos arreglado con Mariano Rosas para estas paces es más de lo que él recibe, y se ha vuelto á hacer enemigo de los cristianos, diciendo que los indios ranqueles son preferidos. Pero todo es para ver si consigue que le den lo mismo que estas indiadas van á recibir por el tratado de paz que ya hemos arreglado con mi hermano.

Y al decir mi hermano, acentuaba la palabra cuanto podía y me dirigía á Mariano Rosas.

—Ya ven ustedes—gritaba con toda la fuerza de mis pulmones y mímica indiana, para que todos me oyeran y creyendo seducirles con mi estilo,—cómo los indios ranqueles son preferidos á los de Calfucurá.

Mariano Rosas me preguntó, que cuántas yeguas se debían ya á los indios por el tratado.

Quería decir que desde cuándo había empezado á tener fuerza.

Como se ve, el tratado era y no era el tratado.

Le contesté que el tratado obligaba á los cristianos desde el día en que el Presidente de la República le había puesto su firma al pie.

Me contestó que él había creído que era desde el día en que me lo devolvió aprobado.

Le contesté que no.

Me preguntó que cuándo lo había firmado el Presidente de la República.

Satisfice su pregunta, y entonces, haciendo sus cuentas, me dijo que ya se les debía tanto.

Expliqué lo que antes le había explicado en Leubucó, lo que es el Presidente de la República, el Congreso y el Presupuesto de la Nación. Les dije que el Gobierno no podía entregar inmediatamente lo convenido, porque necesitaba que el Congreso le diera la plata para comprarlo, y que éste antes de darle la plata tenía que ver si el tratado convenía ó no.

Eso era lo que en cumplimiento de órdenes recibidas debía yo explicar, como si fuera tan fácil hacerles entender á bárbaros lo que es nuestra complicada máquina constitucional.

Pero por lo pronto, continué diciéndoles: Se va á entregar algo á cuenta, lo demás se completará cuando el Congreso apruebe el tratado. El Presidente de la República quiere manifestarles de ese modo á los indígenas su buena voluntad.

Mientras yo hacía estas observaciones, me parecía que entre la manera de discurrir de los indios y la mía, había una perfecta similitud.

Mariano Rosas, me decía para mis adentros, mientras mi lengua funcionaba, ha firmado el tratado, yo lo creía concluido, y ahora resulta que la junta lo puede anular. Pues es lo mismo que sucede con el Presidente y el Congreso.

¿No es verdad que el caso era idéntico? Los extremos se tocan.

Esperaba una interpelación de Mariano Rosas.

Varios indios la hicieron antes que él.

—¿Y si el Congreso no aprueba el tratado—preguntaron,—ya no habrá paz?

Ponte, Santiago amigo, en mi caso, y dime si no te habrías visto en figurillas como yo para contestar.

Contesté que eso no sucedería, que el Congreso y el Presidente eran muy amigos, que el Congreso le había de aprobar lo que había hecho, que así hacía siempre; dándole toda la plata que necesitaba.

Mariano Rosas me dijo:

—¿Pero el Congreso puede desaprobar?

Yo no podía confesar que sí; me exponía á confirmar la sospecha de que los cristianos sólo trataban de ganar tiempo; recurrí á la oratoria y á la mímica, pronuncié un extenso discurso lleno de fuego, sentimental, patético.

Ignoro si estuve inspirado.

Debí estarlo ó debieron entenderme; porque noté corrientes de aprobación.

La elocuencia tiene sus secretos.

Yo me acuerdo siempre, en ciertos casos, cuando veo á la muchedumbre conmovida por la resonancia de una dicción eufónica, rimbombante, sonora, de un predicador catamarqueño.

Predicaba un sermón de Viernes Santo.

Un muchacho oculto en el fondo del púlpito se lo soplaba.

Había llegado á lo más tocante, al instante en que el Redentor va á expirar ya ultimado por los fariseos. La agonía del mártir había empezado á arrancar lágrimas de los fieles, amargos sollozos vibraban en las bóvedas del templo.

El predicador conmovido á su vez, iba perdiendo el hilo. Miró al fondo del púlpito; el muchacho se había dormido.

Era imposible continuar hablando.

Recurrió á la mímica.

Cicerón lo ha dicho: quasi sermo corporis. Esta vez quedó probado.

El dolor crecía como la marea. No había más que ayudar un poco para producir la crisis y completar el cuadro.

Á falta de palabras, el orador apeló á sus brazos y á sus pulmones; accionaba y se estremecía dando ayes desgarradores.

El auditorio sobreexcitado, jadeante, aturdido por sus propios gemidos, nada oía. Veía, sentía, calculaba que el predicador debía estar sublime y lo ahogaba con su lloro y sus lamentaciones.

La sacra efigie inclinó la cabeza por última vez, una oleada de dolor estremeció á todo el mundo y el predicador desapareció.

Últimamente en Bruselas, en un banquete de periodistas presidido por el rey Leopoldo, el más aplaudido de los oradores ha sido el representante de La Liberté de París.

Á los repetidos, que hable La Liberté, se puso de pie.

Las luces, el vino, la penosa elaboración de la digestión de una comida opípara, la charla, habían ya producido en todos una especie de mareo.

Era un rapaz vivo como él solo.

—Señores—dijo,—en presencia de sa majesté, ¡aplausos!

No le dejaban continuar.

Comenzó á mover la cabeza, á batir los brazos como remos, ¡aplausos! ¡hurrahs!

—Liberté!—dijo,—¡más aplausos! ¡más hurrahs!

—Egalité! ¡dobles aplausos! ¡dobles hurrahs!

—Fraternité! ¡triples aplausos! ¡triples hurrahs!

El orador deja de hablar, los aplausos, los hurrahs cesan por fin, y un éxito completo corona el triunfo de la pantomima sentimental sobre el arte ciceroniano.

Hay resortes de los que no se debe abusar. Traté de no gastar los míos.

Dejé la palabra, viendo que los oyentes estaban convencidos de que el Presidente y el Congreso no se habían de pelear por cuatro reales, ni por un millón, ni por cosas mayores.

Mariano Rosas la tomó.

Me preguntó con qué derecho habíamos ocupado el Río 5.º; dijo que esas tierras habían sido siempre de los indios, que sus padres y sus abuelos habían vivido por las lagunas de Chemecó, la Brava y Tarapendá, por el cerrillo de la Plata y Langheló; agregó que no contentos con eso todavía, los cristianos querían acopiar (fué la palabra de que se valió) más tierra.

Estas interpelaciones y cargos hallaron un eco alarmante.

Algunos indios estrecharon la rueda, acercándose á mí para escuchar mejor lo que contestaba.

Me pareció cobardía callar contra mis sentimientos y mi conciencia, aunque el público se compusiera de bárbaros.

Siempre con los codos en los muslos y la cara entre las manos, fija la mirada en el suelo, tomé la palabra y contesté:

Que la tierra no era de los indios, sino de los que la hacían productiva trabajando.

No me dejó continuar, é interrumpiéndome, me dijo:

—¿Cómo no ha de ser nuestra cuando hemos nacido en ella?

Le contesté que si creía que la tierra donde nacía un cristiano era de él; y como no me interrumpiera proseguí:

—Las fuerzas del Gobierno han ocupado el Río 5.º para mayor seguridad de la frontera; pero esas tierras no pertenecen á los cristianos todavía; son de todos y no son de nadie; serán algún día de uno, de dos ó de más, cuando el Gobierno las venda, para criar en ellas ganados, sembrar trigo, maíz.

¿Usted me pregunta con qué derecho acopiamos la tierra?

Yo les pregunto á ustedes ¿con qué derecho nos invaden para acopiar ganados?

—No es lo mismo—me interrumpieron varios;—nosotros no sabemos trabajar; nadie nos ha enseñado á hacerlo como á los cristianos, somos pobres, tenemos que ir á malón para vivir.

—Pero ustedes roban lo ajeno—les dije,—porque las vacas, los caballos, las yeguas, las ovejas que se traen no son de ustedes.

—Y ustedes los cristianos—me contestaron,—nos quitan la tierra.

—No es lo mismo—les dije:—primero, porque nosotros no reconocemos que la tierra sea de ustedes, y ustedes reconocen que los ganados que nos roban son nuestros; segundo, porque con la tierra no se vive, es preciso trabajarla.

Mariano Rosas observó:

—¿Por qué no nos han enseñado ustedes á trabajar, después que nos han quitado nuestros ganados?

—¡Es verdad! ¡es verdad!—exclamaron muchas voces, flotando un murmullo sordo por el círculo de cabezas humanas.

Eché una mirada rápida á mi alrededor, y vi brillar más de una cara amenazante.

—No es cierto que los cristianos les hayan robado á ustedes nunca sus ganados—les contesté.

—Sí, es cierto—dijo Mariano Rosas;—mi padre me ha contado que en otros tiempos, por las Lagunas del Cuero y del Bagual había muchos animales alzados.

—Eran de las estancias de los cristianos—les contesté.—Ustedes son unos ignorantes que no saben lo que dicen; si fueran cristianos, si supieran trabajar, sabrían lo que yo sé; no serían pobres, serían ricos.

Oigan, bárbaros, lo que os voy á decir:

Todos somos hijos de Dios, todos somos argentinos.

—¿No es verdad que somos argentinos?—decía mirando á algunos cristianos; y esta palabra mágica, hiriendo la fibra sensible del patriotismo, les arrancaba involuntarios:—Sí, somos argentinos.

Y ustedes también son argentinos, les decía á los indios. ¿Y si no, qué son? les gritaba; yo quiero saber lo que son.

¿Contéstenme, díganme, qué son?

¿Van á decir que son indios?

Pues yo también soy indio.

¿Ó creen que soy gringo?

Oigan lo que les voy á decir:

Ustedes no saben nada, porque no saben leer; porque no tienen libros. Ustedes no saben más de lo que les han oído á su padre ó á su abuelo. Yo sé muchas cosas que han pasado antes.

Oigan lo que les voy á decir para que no vivan equivocados.

Y no me digan que no es verdad lo que están oyendo; porque si á cualquiera de ustedes le pregunto cómo se llamaba el abuelo de su abuelo no me sabrían dar razón.

Pero los cristianos sabemos esas cosas.

Oigan lo que les voy á decir:

Hace muchísimos años que los gringos desembarcaron en Buenos Aires.

Entonces los indios vivían por ahí donde sale el sol, á la orilla de un río muy grande; eran puros hombres los gringos que vinieron, y no traían mujeres; los indios eran muy zonzos, no sabían andar á caballo, porque en esta tierra no había caballos; los gringos trajeron la primer yegua y el primer caballo, trajeron vacas, trajeron ovejas.

¿Qué están creyendo ustedes?

Ya ven cómo no saben nada.

—No es cierto—gritaron algunos,—lo que está diciendo ese.

—No sean bárbaros, no me interrumpan, óiganme—les contesté, y proseguí:

Los gringos les quitaron sus mujeres á los indios, tuvieron hijos en ellas, y es por eso que les he dicho que todos los que han nacido en esta tierra son indios, no gringos.

Óiganme con atención.

Ustedes eran muy pobres entonces, los hijos de los gringos, que son los cristianos, que somos nosotros, indios como ustedes, les hemos enseñado una porción de cosas. Les hemos enseñado á andar á caballo, á enlazar, á bolear, á usar poncho, chiripá, calzoncillos, bota fuerte, espuela, chapeado.

—No es cierto—me interrumpió Mariano Rosas;—aquí había vacas, caballos y todo antes que vinieran los gringos, y todo era nuestro.

—Están equivocados—les contesté;—los gringos, que eran los españoles, trajeron todas esas cosas. Voy á probárselo:

Ustedes le llaman al caballo cauallo, á la vaca uaca, al toro toro, á la yegua yegua, al ternero ternero, á la oveja oveja, al poncho poncho, al lazo lazo, á la hierba hierba, al azúcar achúcar y á una porción de cosas lo mismo que los cristianos.

¿Y por qué no les llaman de otro modo á esas cosas?

Porque ustedes no las conocían hasta que las trajeron los gringos. Si las hubieran conocido les habrían dado otro nombre.

¿Por qué le llaman al hermano peñi?

Porque antes de que vinieran los padres de los cristianos ustedes ya sabían lo que era hermano.

¿Por qué le llaman á la luna quién, y no luna, como los cristianos? Por la misma razón. Porque antes de que vinieran los gringos á Buenos Aires, ya la luna estaba en el cielo y ustedes la conocían.

No pudiendo Mariano refutar esta argumentación etnológica, me contestó irritado:

—¿Y qué tiene que ver todo eso con el tratado de paz? ¿Cuándo yo le he preguntado esas cosas para que me las diga?

—¿Y qué tienen que ver las preguntas que usted me ha hecho con el tratado de paz que ya está firmado por usted? ¿Acaso he venido á la junta para que lo aprueben? Ya está aprobado por usted y lo tiene que cumplir.

—¿Y ustedes lo cumplirán?—me contestó.

—Sí, lo cumpliremos—repuse:—porque los cristianos tenemos palabra de honor.

—Dígame, entonces, si tienen palabra de honor—repuso,—¿por qué estando en paz con los indios, Manuel López hizo degollar en el Sauce doscientos indios? Dígame entonces si tienen palabra, ¿por qué estando en paz con los indios, su tío Juan Manuel Rosas mandó degollar ciento cincuenta indios en el cuartel del Retiro? (cito casi textualmente sus palabras).

—¡Que diga! ¡que diga!—gritaron varios indios.

La junta empezaba á tomar todo el aspecto de la efervescencia popular, y yo de embajador, me convertía en acusado.

—Á mí no me pidan cuentas—les dije,—de lo que han hecho otros; el Presidente que ahora tenemos no es como los otros que antes teníamos. Yo también les pido á ustedes cuenta de las matanzas de cristianos que han hecho los indios siempre que han podido, y devolviéndole la pelota á Mariano Rosas, le pregunté:

—¿Qué tienen que hacer las degollaciones de López y de Rosas con el tratado de paz?

No le di tiempo para que me contestara y proseguí:

—Ustedes han hecho más matanza de cristianos que los cristianos de indios.

Inventé todas las matanzas imaginables, y las relaté junto con las que recordaba.

—¡Winca! ¡winca! ¡mintiendo!—gritaron algunos.

Y en varios puntos del círculo se hizo como un tumulto.

Era el peor de los síntomas.

Varios de mis ayudantes se habían retirado guareciéndose bajo la sombra de un algarrobo.

El sol quemaba como fuego, y hacía ya largas horas que la discusión duraba.

Á mi lado no habían quedado más que los dos frailes franciscanos y el ayudante Demetrio Rodríguez.

Viendo que la situación se hacía peligrosa, lo miré á mi compadre Baigorrita, que no había hablado una palabra, permaneciendo inmóvil como una estatua. No hallé su mirada.

Busqué otras caras conocidas para decirles con los ojos: Aplaquen esta turba desenfrenada.

Todas ellas estaban atónitas.

Si me miraban no me veían.

—Es que—dijo Mariano Rosas,—los indios somos muy pocos y los cristianos muchos. Un indio vale más que un cristiano.

Estuve por no contestar.

Pero antes que arriar la bandera, exclamé interiormente: que me maten; pero me han de oir.

—No diga barbaridades, hermano—le contesté;—todos los hombres son iguales, lo mismo un cristiano que un indio, porque todos son hijos de Dios.

Y dirigiéndome al padre Burela que, como el convidado de piedra de Don Juan Tenorio, presenciaba aquella escena turbulenta sin tener ni una mirada ni una palabra de apoyo para mí, dije:

—Que conteste ese venerable sacerdote, que se encuentra entre los indios en nombre de la caridad cristiana; que diga él, á quien el Gobierno y los ricos de Buenos Aires le han dado plata para que rescate cautivos, si no es cierto lo que acabo de decir.

El reverendo no contestó, tenía la cara larga, caídos los labios, más abiertos los ojos que de costumbre, inflamada la nariz, sudaba la gota gorda y estaba pálido como la cera.

¡Qué contraste hacía con el padre Marcos y el padre Moisés!

Ellos no hablaban porque no podían hablar, nadie los interpelaba; pero en sus rostros simpáticos estaba impresa la tranquilidad evangélica, y la inquietud generosa del amigo que ve á otro comprometido en una demanda desigual.

—Que diga—continué,—el padre Burela, que no tiene espada, de quien ustedes no pueden desconfiar, si los cristianos aborrecen á los indios.

El reverendo no contestó, su facha me hacía el efecto de un condenado.

La voz de la conciencia, sin duda, le trababa la lengua al hipócrita.

—Que diga el padre Burela—proseguí,—si los cristianos no desean que los indios vivan tranquilos, todos juntos, renunciando á la vida errante, como viven los indios de Coliqueo cerca de Junín.

El reverendo no contestó.

En ese momento, sea que los caballos se espantaron; sea lo que se fuere, no puedo decir lo que hubo, sintióse algo parecido á un estremecimiento de la multitud. Lo confieso, temí una agresión.

Redoblé mi energía y seguí hablando.

—Yo soy aquí—les dije,—el representante del Presidente de la República; yo les prometo á ustedes que los cristianos no faltarán á la palabra empeñada; que si ustedes cumplen, el Tratado de paz se cumplirá.

Ustedes pueden faltar á sus compromisos; pero tarde ó temprano tendrán que arrepentirse; como les sucederá á los cristianos si los engañaran á ustedes.

Yo no he venido aquí á mentir. He venido á decir la verdad y la estoy diciendo.

Si los cristianos abusasen de la buena fe de ustedes, harían bien en vengarse de la falsía de ellos, así como si ustedes no me tratasen á mí y á los que me acompañan con todo respeto y consideración, si no me dejasen volver ó me matasen, día más, día menos, vendría un ejército que los pasaría á todos por el filo de la espada, por traidores; y en estas pampas inmensas, en estos bosques solitarios, no quedarían ni recuerdos ni vestigio de que ustedes vivieron en ellos.

Camargo se acercó á mí en ese instante, y me dijo al oído:

—Hable de lo que se da por el Tratado, Coronel, hable de eso.

—¿Y qué más quieren—continué diciendo,—que hagan los cristianos? ¿No les van á dar dos mil yeguas para que se repartan entre los pobres; azúcar, hierba, tabaco, papel, aguardiente, ropa, bueyes, arados, semillas para sembrar, plata para los caciques y los capitanejos?

¿Qué más quieren?

Mariano Rosas tomó la palabra después de un largo silencio, y dijo:

—Ya estamos arreglados; pero queremos saber qué cantidad de cada cosa nos van á dar.

—Diga, hermano—agregó.

Y, dirigiéndose á los indios:

—Oigan bien.

Volví á hacer la enumeración de lo que se había de entregar según el Tratado.

La calma se restablecía y la junta parecía tocar á su fin.

Aproveché las buenas disposiciones que renacían para hacer presente, á fin de quitar todo motivo de resentimiento futuro:

Que la paz no era hecha conmigo, que yo era un representante del Gobierno y un subalterno del general Arredondo, mi jefe, con cuyo permiso me hallaba entre los indios; que no creyesen si otro jefe me reemplazaba, que por eso la paz se había de alterar, que ese jefe tendría que cumplir el Tratado y las órdenes que el Gobierno le diera; que ellos estaban acostumbrados á confundir á los jefes con quienes se entendían con el Gobierno; que así, en ningún tiempo la desaparición mía de la frontera debía ser un motivo de queja, una razón para que se negaran á observar fielmente lo convenido; que cerca ó lejos tendrían siempre en mí un amigo que haría por el bien de ellos, si lo merecían, todo cuanto pudiera.

Mariano Rosas se puso de pie, y con una sonrisa la más afable, me dijo:

—Ya se acabó, hermano.

Nueve horas consecutivas los frailes y yo habíamos estado sentados en la misma postura y en el mismo lugar; cuando quisimos levantarnos, las piernas entumidas no obedecían.

Para incorporarnos tuvimos que prestarnos mutua ayuda.

Nos levantamos.

Mariano Rosas me dijo que algunos indios de importancia querían conversar particularmente conmigo.

Para conferencias estaba yo.

¡Pero qué hacer!

Accedí.

Mi primer interlocutor fué el viejo de las muletas.

Nos sentamos cara á cara en el suelo, nombramos nuestros respectivos lenguaraces y empezó la plática.

El viejo era un conversador lo más recalcitrante.

Me habló de sus antepasados, de sus servicios, de su ciencia y paciencia, de las leguas que había galopado para venir á la junta, de este mundo y el otro, en fin, y cuando yo creía que me iba á decir que había tenido muchísimo gusto en conocerme, me salió con esta pata de gallo:

—He oído con atención todas las razones de usted y ninguna de ellas me ha gustado.

—Pues estoy fresco—dije para mi capote.—¿Si querrá éste armarme alguna gresca?

Varios indios le habían formado rueda, asintiendo á lo que acababa de decir.

Tomé la palabra y le contesté:

—Que me alegraba mucho de haberle conocido; que sentía infinito que un anciano tan respetable como él, tan lleno de experiencia y de servicios, tan digno del aprecio de los indios, se hubiera incomodado en venir desde tan lejos para verme, que cuando fuera de paseo al Río 4.º tendría mucho gusto en alojarlo en mi casa y regalarlo, y que ahora que la paz estaba hecha y que iban á recibir tantas cosas—las enumeré todas,—todos debíamos mirarnos como hijos de un mismo Dios.

El indio reprodujo al pie de la letra todo lo que me había dicho anteriormente, y acabó con la muletilla:

—He oído con atención todas las razones de usted y ninguna de ellas me ha gustado.

Hice lo mismo que él: reproduje mi contestación.

Así estuvimos larguísimo rato. Nueve veces dijo él lo mismo, nueve veces le contesté yo lo mismo también.

Cedió el viejo.

En pos de él vinieron otros personajes; con todos tuve que hablar, todos me dijeron casi la misma cosa y á todos les contesté casi la misma cosa también.

Dios se apiadó de mí; y después de once mortales horas inolvidables, como jamás las he pasado ni espero volverlas á pasar en lo que me resta de vida, me vi libre de gente incómoda.

Aquel día valió por todos los otros, y eso que no he hecho sino pintar á brocha gorda el cuadro. Para iluminarlo con todos sus colores habría tenido necesidad del marco de un libro entero.

Estaba harto y cansado; me eché sobre la blanda hierba, y me quedé pensativo un rato viendo á los indios desparramarse como moscas en todas direcciones y desaparecer veloces como la felicidad.

 

XVIII
Revelación.—Más había sido el ruido que las nueces.—Nuevas presentaciones.—El último abrazo y el último adiós de mi compadre Baigorrita.—Otra vez adiós.—Mariano Rosas después de la junta.—¡Qué dulce es la vida lejos del ruido y de los artificios de la civilización!—Los enanos nos dan la medida de los gigantes y los bárbaros la medida de la civilización.—Una mujer azotada.—No era posible dormir tranquilo en Leubucó.

Mientras arrimaban las tropillas, descansaba y pensaba en el extraño concilio á que acababa de asistir, estaba completamente abstraído cuando se me presentó mi compadre Baigorrita.

Después de haberlo acompañado á Mariano Rosas cierta distancia, por el camino de Leubucó, volvía sobre sus pasos con la intención de ir á dormir en Quenque.

Llegó donde yo estaba, echó pie á tierra, se sentó á mi lado y me hizo decir con San Martín.

Que ya se iba, que no extrañase que no hubiera hablado en la junta en defensa mía, que no lo había hecho por los indios de Mariano, que si lo hubiese hecho habrían dicho, que era más amigo mío que de ellos; que yo tenía mucha razón en mis razones, que los hombres de experiencia lo habían conocido, que ninguno lo había conocido mejor que Mariano Rosas, pero que había tenido que portarse así, porque si no, sus indios habrían dicho, que era más amigo mío que de ellos; que me fuera sin cuidado, que Mariano era mi amigo, que tenía confianza en mí, y que con él contara en todo tiempo para lo que gustara, que para qué nos habíamos hecho compadres entonces.

Este lenguaje fué una revelación.

Recién comencé á ver claro y explicarme la actitud indiferente, reconcentrada, ceñuda de mi compadre durante toda la junta. Á fuer de diplomático, que conoce perfectamente bien el terreno que pisa, había estado haciendo su papel.

Más había sido el ruido que las nueces, según se ve.

Faltaba averiguar si aquellos discípulos de Machiavello me habrían dejado sacrificar dado el caso que el pueblo bárbaro, exasperado por la razón de mis sinrazones, se me hubiera ido encima.

Estaba impaciente de conversar con Mariano Rosas á ver si me hablaba con la misma franqueza de Baigorrita su aliado, á la vez que su rival en la justa pretensión de adquirir prestigios entre todas las indiadas.

San Martín, completando el pensamiento de mi compadre, me dijo de su cuenta:

—Así son los indios, señor; y como Baigorrita es cacique principal, tiene que tener mucho cuidado con Mariano; los indios son muy desconfiados y celosos; para andar bien con ellos, es preciso no aparecer amigos de los cristianos.

Baigorrita le interrumpió y me hizo decir que ya era tarde, que quería ponerse en marcha.

Mis tropillas acabaron de llegar; mandé mudar, la operación se hizo prontamente y un momento después abandonamos la raya.

Ordené que mi séquito se fuera despacio por el camino de Leubucó, y con Camilo Arias y un asistente tomé para el Sud en compañía de mi compadre.

Varios indios, entre ellos el de las muletas, le acompañaban. Me presentó á algunos que no me habían visitado en Quenque; tuve que sufrir sus saludos, apretones de manos, abrazos y pedidos, y en el sitio donde habíamos pasado la noche que precedió á la junta, nos dijimos ¡adiós!

Conforme fué cordial la recepción de Baigorrita, así fué fría la despedida.

Partimos al galope en opuestas direcciones.

Silencioso, contemplando la verde sábana de aquellas soledades, dejaba que mi caballo se tendiera á sus anchas, cuando sentí un tropel á retaguardia. Sin sujetar di vuelta, vi un grupo de jinetes; entre ellos venía Baigorrita corriendo por alcanzarme.

Hice alto, alguna novedad ocurría.

Mi compadre llegó y San Martín me dijo:

—Dice Baigorrita, que viene á darle el último abrazo y el último ¡adiós!

Nos abrazamos, pues.

El indio me estrechó con efusión, y al desapartarnos, tomándome vigorosamente la mano derecha y sacudiéndomela con fuerza, me dijo, con visible expresión de cariño: ¡adiós! ¡compadre! ¡amigo!

—¡Adiós! ¡compadre! ¡amigo!—le contesté, y volvimos á separarnos.

Galopaba yo, apurando mi caballo por ver si alcanzaba mi gente antes de que se pusiera el sol, cuando un jinete me alcanzó.

Era San Martín; lo mandaba Baigorrita á decirme otra vez adiós, me enviaba sus más fervientes votos de felicidad, me hacía presente que le había ofrecido otra visita, y para no desmentir en ningún momento que era indio, me pedía que le mandara unas espuelas de plata.

Contesté á todo como debía, despaché al mensajero y seguí por el camino que acababa de tomar.

Á poco andar me incorporé á mi gente. Adelante de ella iban varios indios desparramados.

Entre ellos reconocí á Mariano Rosas, le acompañaba á la par su hijo mayor.

Sintió el tropel de mis caballos, miró atrás, y al ver que era yo, sujetó.

—Buenas tardes, hermano—me dijo con marcada amabilidad.

Jamás le había visto un aire tan amistoso.

—Buenas tardes—le contesté con estudiosa sequedad.

—Cómo le ha ido—prosiguió, diciéndole á su hijo:

—Saca esas perdices para mi hermano.

El hijo obedeció, y de unas alforjas sacó dos hermosas martinetas cocidas y una torta.

Yo contesté:

—Me ha ido regular, hermano.

Tomó las perdices y la torta y me las pasó, diciéndome:

—Coma, hermano.

Su cara tenía una expresión de malicia particular; parecía que el indio se reía interiormente.

Tomé las perdices, le pasé una, y media torta á los frailes, y el resto lo partí con él.

Íbamos al trote masticando sin hablar.

—Galopemos—me dijo.

—No, mis caballos están pesados, no tengo apuro en llegar; galope usted si tiene prisa—le contesté.

—¿Qué le ha parecido la junta?—me preguntó.

—¿Qué me ha parecido?—repuse, fijando en él mis ojos, como diciéndole: Ya lo calculará usted.

Me entendió y dijo:

—Con estos indios se precisa mucha paciencia, es preciso conocerlos bien, son muy desconfiados, en cuanto ven que uno es amigo de los cristianos, ya piensan que los engañan. ¡Los han traicionado tantas veces! Ya ve cómo ha estado su compadre Baigorrita.

—¿Pero de mí, qué podían temer?—le contesté.

—Nada, de usted nada.

—¿Y entonces?

—Pero si yo hubiera aprobado todas sus razones, quién sabe qué hubieran dicho.

—¿Y si me hubiesen insultado, ó me hubieran querido matar?

—¡Cuándo!—fué toda su respuesta.

Y esto diciendo, se tendió al galope, añadiendo:

—Bueno, hermano, hasta luego, lo espero á comer.

—Bueno, hermano, ahorita no más estoy en Leubucó, voy á descansar un rato en la Aguada—le contesté.

El sol se hundía del todo en la raya lejana: una ancha faja cárdena, resplandeciente, radiosa, teñía el horizonte y con su lumbre purpúrea, cambiante, hermosa, doraba las apiñadas nubes del Occidente, que, como encumbradas montañas movedizas coronadas de eternas nieves, se alzaban hasta el cielo á la manera de inmensas espirales y de informes figuras de inconmensurable grandor.

El seco aquilón plegaba sus alas; las mansas y apacibles auras jugueteaban galanas, refrescando la frente del viajero; el pasto ondulaba como el irritado mar en sus profundidades insondables después de la tempestad; las silvestres flores se erguían sobre su flexible tallo, pintando los campos con colores vivaces; un perfume suavísimo, delicado, imperceptible como la confusa reminiscencia del primer ósculo de amor, vagaba envuelto entre las brisas embriagadoras.

Los últimos rayos solares refractándose en la atmósfera, envolvían la tierra con el poético manto crepuscular; la moribunda luz del día confundiéndose con las místicas sombras de la noche le abrían el paso á la celeste viajera.

La luna brillaba ya entre tremulantes estrellas, como casta matrona de plateados cabellos entre púdicas doncellas de rubia faz, cuando llegábamos al borde de una lagunita, en cuyo espejo cristalino innumerables aves acuáticas piaban en coro.

Hicimos alto, mandé mudar caballos, y sediento de reposo, me tendí sobre las blandas pajas, haciendo de mis brazos cruzados cómoda almohada.

¡Qué dulce es la vida, lejos del ruido y de los artificios de la civilización!

¡Ay! una hora de libertad por los campos es un placer salvaje que yo trocaría mañana mismo por un día entero de esta existencia vertiginosa.

Mientras ensillaban pensé en los sucesos del día, y, francamente, los indios me trajeron á la memoria lo que pasa en los parlamentos de los cristianos.

Mariano Rosas y Baigorrita, como dos jefes de partido, tenían el terreno preparado, la votación segura; pero uno y otro antes de imponer su voluntad habían lisonjeado las preocupaciones populares.

¿No es esto lo que vemos todos los días?

La paz y la guerra, ¿no se resuelve así?

¿El pueblo no tolera todo, hasta que se juegue su destino, con tal que se le deje gritar un poco?

¿No hacen presidentes, gobernadores, diputados en nombre de ciertas ideas, de ciertas tendencias, de ciertas aspiraciones, y las camarillas, no hacen después lo que quieren y las muchedumbres no callan?

¿No pretende que lo gobierne la justicia y no lo gobierna eternamente esa inicua inmoralidad, que los políticos sin conciencia llaman la razón de estado?

¿Pasa otra cosa en el mundo civilizado?

Mariano Rosas, después de haber resuelto la paz, acusándome en público de las matanzas de López y de Rosas; Baigorrita dominado por la misma idea, silencioso, irresoluto en presencia de la multitud, ¿no hacían el mismo papel de Napoleón III proclamando: el imperio es la paz, al mismo tiempo que se armaba hasta los dientes?

¿No mentían?

¿No hacían lo mismo que los que en nombre de la Constitución y de las leyes, de la civilización y de la humanidad arman al pueblo contra el pueblo?

¿No mentían?

¿No hacían lo mismo que los que después de haber sostenido que el pueblo tiene el derecho de equivocarse se han rebelado contra él, porque tuvo la energía de inmolar uno de sus tiranos?

¿No mentían?

Mariano Rosas y Baigorrita, declarando en una junta, después de haber firmado el tratado de paz, que harían lo que la mayoría resolviese, ¿no imitaban á los que más de una vez han declarado en nuestros Congresos lo contrario de lo que habían convenido con el extranjero?

¡Cuánto he aprendido en esta correría!

Si me hubieran dicho que los indios me iban á enseñar á conocer la humanidad, una carcajada homérica habría sido mi contestación.

Como Gulliver en su viaje á Liliput, yo he visto al mundo tal cual es en mi viaje á los Ranqueles.

Somos unos pobres diablos.

Los enanos nos dan la medida de los gigantes y los bárbaros la medida de la civilización.

Resta saber si seríamos más felices poniendo en la silla curul de nuestros magnates, pigmeos, y cambiando el coturno francés por la bota de potro.

Los héroes prueban tan mal y la moda es tan tiránica en sus imposiciones, que vale la pena de meditar sobre las ventajas y las consecuencias de una revolución social.

De todos modos, nuestros ídolos de ayer no resisten á la crítica; son como los ranqueles, capaces de engañar al más pintado.

Por esos trigales de Dios iban mis reflexiones, en el instante en que Calixto Oyarzábal, acercándoseme, me dijo:

—Ya está el caballo, señor.

Me levanté: á caballo, grité y diciendo y haciendo monté y tomé al galope la gran rastrillada de Leubucó, entrando luego en el monte.

El cielo se encapotaba; caíamos á un descampado pantanoso; unas lucecitas fugaces, macilentas, aparecían y desaparecían; creía llegar á ellas, y se alejaban de mí como rápidas mariposas. Eran las emanaciones de la tierra; cruzábamos un cementerio de indios y estábamos á las puertas de la toldería de Mariano Rosas.

Llegamos.

Me esperaban con la comida pronta y con música. Comí, soporté al negro del acordeón una vez más, y viendo que mi presunto compadre Mariano estaba muy bien templado, le pedí la libertad del Dr. Macías.

Me contestó que sí.

Veremos después lo que vale el sí de un indio.

Me despedí, salí del toldo, me senté al lado del fogón de los asistentes, y aunque no tenía sueño, me quedé dormido.

Unos ladridos de perro me despertaron.

En el toldo de Mariano Rosas se oían gritos de mujer.

Me acerqué ocultándome.

El cacique había castigado á una de sus mujeres, quería castigar á otra y el hijo se oponía, amenazando al padre con un puñal si tocaba á la madre.

Era una escena horrible y tocante á la vez.

Habían bebido, el toldo era un caos, las mujeres y los perros se habían refugiado en un rincón, los indiecitos y las chinitas desnudas lloraban, y un fogón expirante era toda la luz.

Mariano Rosas rugía de cólera.

Pero retrocedía ante la actitud del hijo protector de la madre.

Según se dijo al día siguiente, era muy capaz de haber muerto al padre, si no se hubiera contenido, para que se vea que, hasta entre los bárbaros, el ser querido que nos ha llevado en sus entrañas, que nos ha amamantado en su seno y nos ha mecido en su regazo es un objeto de culto sagrado.

Me acosté con la intención y la esperanza de dormir.

Pero estaba de Dios que en Leubucó las noches habían de ser toledanas para mí.

Cuando conciliaba el sueño, una serenata de acordeón con negro y todo, presidida por los cuatro hijos de Mariano Rosas, achumados á cual más, me despertó.

Fué en vano resistir.

Hubo cohetes y aguardiente como para que los yapaí duraran un buen rato.

Yo en lugar de beber, hacía el ademán y derramaba el nauseabundo líquido por donde caía.

Al fin se remató la impertinente chusma y me escurrí, pasando el resto de la noche sin novedad.

 

XIX
La paz estaba definitivamente hecha.—El Doctor Macías.—Gotas maravillosas.—Padre é hijo indios.—Lo pido á Macías.—Visita á Epumer.

Las paces estaban definitivamente hechas.

El sufragio popular les había puesto su sello soberano en la junta.

Las sospechas habían desaparecido.

Yo era mirado ya como un indio.

Numerosas visitas llegaban á saludarme.

El viento de Leubucó me era favorable.

Los intrigantes, corridos y avergonzados, solicitaban mi perdón con estudiadas sonrisas y amabilidades.

Fingí que no me había apercibido de sus manejos; estaba en tierra diplomática, y reservé el castigo para la oportunidad debida.

El Dr. Macías me preocupaba.

Su espíritu abatido por las humillaciones y padecimientos que había sufrido durante dos años, nada esperaba de los hombres.

Como el náufrago que después de haber luchado brazo á brazo con la muerte, viendo venir la onda irritada que va á tragarle y sumergirle en las frías y tenebrosas cavernas del océano, hace un esfuerzo supremo y coge una tabla de salvación, que otros le arrebatan desesperados en el instante mismo en que la barca del arrojado pescador viene en su ayuda, así es la vida.

Las penas secan los ojos, las ingratitudes hielan el corazón; los desengaños matan las últimas ilusiones; parecemos momias ambulantes, descendiendo marcialmente sin consuelo por los obscuros escalones de la eternidad, y sin embargo, algo nos estremece y nos conforta aún á la manera de un sacudimiento galvánico, inefable: es la esperanza en Dios.

¡Ay de aquél que después de haber perdido la fe en todo, no conserva en su esqueleto un santuario siquiera para refugiar en él esa fe pura!

Macías no creía que yo me atrevería á exigir su libertad; aunque no me lo decía, lo comprendía. Abatido por el infortunio, me confundía con los aduladores del cacique.

Su actitud era digna; aprovechaba toda ocasión de manifestar que su existencia se hacía cada día más insoportable, pero no suplicaba.

El desgraciado tenía impresas en su frente las huellas de un dolor punzante, reconcentrado; celaje de amargura; sus grandes ojos negros rasgados, vagaban inquietos, fijábanse á veces en tierra, y al recordar, sin duda, la dulce libertad perdida, brillaban cristalizados por comprimido lloro.

Macías tiene cuarenta años; es hijo de una respetable familia de Buenos Aires y está enlazado á una joven de origen inglés.

Su padre es un español conocido en este comercio.

Imaginaos un árabe con gran nariz aguileña, de barba y cabello canos y tendréis su retrato.

Sus primeros estudios los hizo en la escuela del señor don Juan A. de la Peña, donde yo le conocí.

Después cursó las aulas universitarias, preparándose para entrar en la escuela de Medicina, de la que salió doctor.

Su vida ha tenido grandes alternativas; ha sido médico, leñatero en las islas del Paraná é industrial en el Chaco, entre cuyos indios pasó algunos años voluntariamente. Hay algo de poético, de novelesco y misterioso en esta existencia, mas yo no debo descorrer el velo sino hasta aquí.

Por muchísimos años, Macías y yo nos perdimos de vista; desde la última vez que nos vimos en la escuela de primeras letras, no nos habíamos vuelto á encontrar hasta el día de mi arribo á Leubucó.

Macías había tenido el desgraciado talento de ponerse mal en Tierra Adentro con casi todos los que habían podido ayudarle á pasar los menos malos ratos posibles.

Tiene un carácter extraño, indómito y dócil, firme y versátil á la vez. Es capaz de acometer una empresa arriesgada y no tiene valor personal.

Estas dos últimas fases de su carácter explican su presencia entre los indios, sin ser cautivo, y su falta de prestigio entre ellos.

Macías estaba en el Río 4.º por el año 1867.

El coronel Elía, jefe de la frontera de Córdoba, había iniciado una negociación de paz con los indios.

Se ofreció y partió con las credenciales correspondientes.

Pero sea que el coronel Elía no estaba autorizado para negociar un tratado de paz, sea lo que fuera, el hecho es que el plenipotenciario fué abandonado á sus propios recursos y á su suerte.

Por falta de tacto ó por falta de suerte, fatalidad que suele obscurecer las dotes más relevantes del hombre, burlar sus planes y desvanecer sus ilusiones unas tras otras, lo mismo que los vendavales deshojan los árboles más frondosos, Macías se convirtió de plenipotenciario en prisionero.

Escribió y escribió; sus cartas no fueron contestadas. Hasta el soldado que en calidad de asistente le acompañaba, le abandonó.

Sólo, sin sirviente ni medios de subsistencia, maturrango, ¿de qué había de vivir, ni cómo había de escaparse?

Tuvo que aceptar el pan de los indios y de los cristianos refugiados entre ellos por causas políticas.

Por debilidad, por falsos cálculos, por conveniencia, qué sé yo por qué, se vinculó á los últimos y riñó con ellos después.

No le quedaba más arbitrio que apelar á los indios: se hizo amigo de Mariano Rosas.

Mejoró de condición, y de prisionero se elevó á la categoría de secretario.

Las primeras notas que yo recibí en el Río 4.º de aquel cacique, eran escritas por mi antiguo condiscípulo.

Á la distancia le juzgué mal.

Corrían tantas historias sobre los motivos que lo llevaron á los indios, que era muy difícil substraerse á la influencia de las sospechas populares.

¿Quién resiste á los juicios de los conocidos sobre los desconocidos?

¿Cuál es la cabeza bastante fuerte para despreciarlos, para esperar?

¿El criterio que tenemos de la generalidad de las personas es acaso el resultado de nuestra observación directa?

¿No amamos, no aborrecemos, no simpatizamos, no antipatizamos por refracción?

Una secretaría hace celosos en cualquier parte, lo mismo en París que en Berlín, en Buenos Aires que en Leubucó.

Macías despertó la emulación de los cristianos.

Temieron su ascendiente.

Comenzaron á intrigarle y lo consiguieron.

Yo, desde el Río 4.º contribuí sin intención dañina á su caída.

Le juzgaba mal, ya he dicho por qué, y le escribí á Mariano Rosas, que el secretario que tenía no era bueno, que sus notas decían todo lo contrario de los recados que me llevaban sus mensajeros.

El hecho era cierto.

Lo que faltaba averiguar era: si Macías ponía lo que le mandaba ó no; si las contradicciones entre lo que me escribían y me decían, no eran gramática parda, diplomacia ranquelina.

El tiempo, iniciándome en las cosas de Leubucó, me aclaró el misterio de todo.

Macías cumplía al pie de la letra las órdenes que recibía, sus notas le eran leídas á Mariano Rosas por otros cristianos antes de salir de la Cancillería de Tierra Adentro.

Macías cayó, pues, de la gracia y del favor.

Los que viéndole de secretario le consideraban, le abandonaron, y los que ni por eso le habían considerado, redoblaron sus hostilidades.

Tuvo que pasar por todo linaje de humillaciones, quedando agregado como uno de tantos al toldo del cacique.

Dormía donde le tomaba la noche; comía donde le daban la limosna de una tumba de carne; sus vestiduras eran pobrísimas.

¡Desgraciado Macías!

Cuando yo le vi, su traje consistía en una camisa sucia y rota, en unos calzoncillos de algodón ordinario y un chiripá de paño viejo colorado; un resto de sombrero cubría su frente y unas botas llenas de agujeros era todo su calzado. Sus pies estaban destrozados, sus manos encallecidas.

En una bolsa de cuero de gato tenía todo su caudal, hilo, botones, piedritas, agujas, azúcar, hierbas medicinales, tabaco, hierba, papel, y envuelto en un trapito un relicario de oro de cuatro fases, con los retratos de sus padres y de sus dos hijos.

¡Desgraciado Macías!

¡Ah! imaginaos el efecto que me haría ver aquel hombre que había nacido bien, que había recibido educación, gozado de la vida y frecuentado la buena sociedad, reducido á aquella condición!

¡Él mismo no lo comprendió!

Me veía alegre, festivo, contento, fingiendo que todo cuanto me rodeaba me parecía óptimo, y me creía insensible al infortunio.

Su corazón, atrofiado por el dolor, creía que el mío estaba seco.

¡Desgraciado Macías!

Los indios hablaban mal de él, le creían loco.

Los cristianos lo mismo; contaban cosas horribles del pobre.

Todos sus vicios se los atribuían á él.

En tal situación escribió al Presidente de la República.

No le contestaron.

¿Cómo le habían de contestar?

Sus cartas habían sido interceptadas y detenidas.

Llamé al capitán Rivadavia y le mandé preguntar con él á Mariano Rosas si estaba visible.

Me contestó que fuera cuando quisiese, que estaba por almorzar.

Entré en su toldo.

Su cara revelaba la agitación de la noche; estaba más pálido que de costumbre.

Al verme entrar me dijo, sin cambiar de postura (estaba sentado al lado del fogón):

—Buenos días, hermano, dispense que no me pare, estoy medio enfermo.

Me insinuó un asiento á su lado.

Sentándome le contesté:

—Esté cómodo, hermano, ¿cómo ha pasado la noche?

—Mal—repuso, arrugando la frente como cuando un recuerdo mortificante nos asalta.

—¿Qué tiene?

—Me duele la cabeza.

—¿Quiere tomar un remedio muy bueno que yo traigo?

—Lo tomaré si usted lo conoce.

Salí y volví al punto con un frasquito de gotas maravillosas de la corona.

Era todo mi botiquín.

Abrí el frasquito, pedí un jarro de agua, lo derramé dejándole sólo dos dedos y eché en él sesenta gotas.

Para que las bebiera sin aprensión, le dije:

—Vea—proseguí, y esto diciendo tomé un trago.

—Si no tengo recelo, hermano—me contestó,—y tomándome el jarro bebió hasta la última gota que contenía.

—Un poco amargo no más—dijo.

—Sí—repuse.

—¿Y ha descansado bien?

—Muy bien.

—¡Qué diablo de indios, eh!

—¡Hum! anduvo medio mal la cosa en la junta.

—¡Eh! no todos comprenden.

—¡Es cierto!

—Y su amigo, el padre Burela ¿por qué no le ayudó?

—No sé, estaba medio asustado, me parece.

Se sonrió, como diciendo, «uno y medio», y acariciando á uno de sus hijos que se echó sobre sus rodillas, exclamó:

—¡Ese toro!

Era el hijo que había defendido á la madre la noche antes.

—Tiene muy buena cara—le dije.

—Pero no es bueno, ya me ha querido matar,—repuso, mirando al hijo con una mezcla de complacencia y admiración.

El indiecito entendía lo que su padre hablaba; pero no le prestaba atención.

Se desperezó, bostezó, se levantó, habló en la lengua y salió quebrándose como lo hacen sólo nuestros gauchos.

Mariano le siguió con la vista hasta la puerta del toldo, y volvió á repetir:

—¡Toro, hermano!

—¿Cuántos años tiene?

—Debe tener…—me hizo la seña de doce con las manos.

—Es muy chico todavía.

—Pero es gaucho ya.

Trajeron el almuerzo; era lo de siempre: puchero con choclos y zapallo, carne asada, de vaca y de yegua.

—Bueno, hermano—le dije,—yo pienso irme pronto para mandarle cuanto antes las raciones.

—Cuando quiera, hermano—me contestó;—yo no tengo ya sino un poquito que conversar con usted.

—Pienso irme dentro de dos días.

—Hablaremos mañana entonces.

—Está bien.

Me lo voy á llevar á Macías.

No me contestó; en su cara leí una negativa.

—Á usted no le sirve de nada aquí.

Siguió callado.

—Es un pobre diablo—le dije.

—Mire, hermano—me contestó; iba á proseguir; unas visitas nos interrumpieron.

Saludaron y se sentaron.

Yo seguí almorzando, acabé, me levanté y diciéndole á Mariano: luego conversaremos, salí del toldo bastante contrariado.

En seguida me fuí á visitar al cacique Epumer.

Mariano Rosas me prestó su caballo.

En el toldo de Epumer me recibieron con toda galantería.

En un rincón, acurrucado como un tullido, estaba el espía de Calfucurá, que tanta curiosidad me dió en Quenque.

Me vió entrar como á un perro.

¿Qué hacía allí?

 

XX
Fama de Epumer.—Me esperaban en su toldo.—Recepción.—Indias y cristianas.—Pasteles y carbonada entre los Indios.—Amabilidades.—Celo apostólico del Padre Marcos.—Puchero de yegua.—Insisto en sacar á Macías.—Negativas.—Un indio teólogo.—Un espectro vivo.

El toldo de Epumer distaba un cuarto de legua del de Mariano Rosas.

No hay indio más temido que Epumer; es valiente en la guerra, terrible en la paz cuando está achumado.

El aguardiente lo pone demente.

Sea adulación, sea verdad, todos dicen que no estando malo de la cabeza es muy bueno.

No tiene más que una mujer, cosa rara entre los indios, y la quiere mucho.

Vive bien y con lujo; todo el mundo llega á su casa y es bien recibido.

Á mí me esperaban hacía rato.

El toldo acababa de ser barrido y regado; todo estaba en orden.

Epumer estaba sentado en un asiento alto, de cueros de carnero y mantas.

Enfrente había otro más elevado, que era el destinado para mí.

Las chinas aguardaban de pie, con la comida pronta para servirla á la primera indicación.

Las cautivas atizaban el fuego.

Epumer se levantó, me estrechó la mano, me abrazó, me dijo que aquella era mi casa, me hizo sentar, y después que me senté se sentó él.

Los demás circunstantes que eran todos chusma agregada al toldo, no se sentaron hasta que Epumer se lo insinuó.

La conversación rodó sobre las costumbres de los indios, pidiéndome disculpas de no poder obsequiarme, en razón de su pobreza, como yo lo merecía.

Un cristiano bien educado, modesto y obsequioso, no habría hecho mejor el agasajo.

Epumer me presentó su mujer, que se llamaba Quintuiner, sus hijas, que eran dos, y hasta las cautivas, cuyo aire de contento y de salud llamó grandemente mi atención.

—¿Cómo les va, hijas?—les pregunté á éstas.

—Muy bien, señor—me contestaron.

—¿No tienen ganas de salir?

No contestaron y se ruborizaron.

Epumer me dijo:

—Si tienen hijos y no les falta hombre.

Las cautivas añadieron:

—Nos quieren mucho.

—Me alegro—repuse.

Una de ellas exclamó:

—Ojalá todas pudieran decir lo mismo, güeselencia.

Era una cordobesa.

Epumer les indicó á su mujer y á sus hijas que se sentaran, y mandó que sirvieran la comida.

Obedecieron.

Estaban vestidas con lo más nuevo y rico que tenían.

El pilquén era de paño encarnado bastante fino; los collares y cinturones, las pulseras de pies y manos, de cuentas, los grandes aros en forma triangular y el alfiler de pecho redondo, de plata maciza labrada.

La manta era, contra la costumbre, de pañuelo escocés de lana.

Se habían pintado los labios y las uñas de las manos con carmín, se habían puesto muchos lunarcitos negros en las mejillas y sombreado los párpados inferiores y las pestañas.

Estaban muy bonitas.

La mujer de Epumer, sobre todo, me recordaba cierta dama elegantísima de Buenos Aires, que no quiero nombrar.

¡Pues no faltaría más; compararla á ella, tan simpática y prestigiosa por la gracia y la belleza, por su carácter dulce, su talle flexible como el mimbre, su voz de soprano, que tan bien interpreta los acentos delicados de Campanna, con una china!

Trajeron la comida, platos de loza, cubiertos, vasos y mantel.

Empezamos por pasteles á la criolla. Una cautiva los había hecho. Aunque acababa de almorzar con Mariano, comí dos. Luego trajeron carbonada con zapallo y choclos. Epumer me dijo: que me habían buscado el gusto, que le habían preguntado á mi asistente lo que me gustaba. No pude rehusar y comí un plato. Estaba inmejorable; la carne era gorda, la grasa finísima.

En seguida vino el asado, de cordero y de vaca, después puchero. El pan, eran tortas al rescoldo. El postre fueron miel de avispa, queso y maíz frito pisado con algarroba.

Con la carbonada quedé repleto como un lego; rehusé de lo demás. Fué en vano. Me instaron y me instaron. Tuve que comer de todo.

¡Pobres gentes! Á cada rato me decían: si no está bueno, dispense. Aquélla lo ha hecho—y señalaban á tal ó cual cautiva,—y ésta me miraba, como diciendo: Por usted nos hemos esmerado.

¡Qué escena aquella! En medio del desierto, en la Pampa, entre los bárbaros, un remedo de civilización es cosa que hace una impresión indescriptible.

El espía de Calfucurá, como un búho, observaba con inquieta mirada cuanto pasaba.

—¿Quién es ese?—le pregunté á Epumer.

—No le conozco—me contestó.

—Pues yo sí.

—Llegó hace un rato, tenía hambre y le hemos dado de comer.

—¿Y no le conocen ustedes?

—¡No!

—Es un pillo mentiroso.

—¡Y aquí, qué mal nos puede hacer un pobre!

La contestación me avergonzó. El perro de Quenque estaba con el cuarterón. Me acordé de que aquel hombre tenía corazón, que era quizá más desgraciado que yo, y cambié de conversación.

El espía me oyó hablar de él y no hizo más que lanzarme una mirada extraña y replegarse más y más sobre sí mismo.

Saqué mi libro de memorias, les pregunté á Epumer y su familia qué querían que les mandara del Río 4.º y tomé nota de sus encargos.

Bien poca cosa me pidieron; tela para pilquenes, hilo y agujas.

Epumer me dijo que quería un chaleco de seda…

—¿Colorado?—le interrumpí.

—No—me contestó;—negro.

Me levanté, me despedí, me acompañaron, violando los usos de la tierra, hasta el palenque, monté á caballo y partí.

Á cierta distancia di la vuelta.

Me seguían con la vista.

Saludé con la mano, me contestaron con el pañuelo.

Llegué al toldo de Mariano Rosas.

Estaba sentado en la enramada, solo. Las visitas se habían retirado.

Eché pie á tierra, até su caballo en el palenque, le di las gracias, pasando de largo, y me metí en mi rancho.

Los franciscanos disfrutaban en santa paz las delicias de la siesta.

El ruido que hice al entrar los despertó.

Les conté mi visita al toldo de Epumer, discurrimos un rato sobre la franca y cordial hospitalidad que me había dispensado después de las escenas tumultuarias de los primeros días, y, por último, les comuniqué que había resuelto partir á los dos días.

El padre Marcos me manifestó el deseo de quedarse, á ver si arreglaba lo concerniente á la fundación de la capilla de que hablaba el tratado de paz. No pareciéndome prudente su resolución, me opuse amistosamente á ella. Le hice algunas reflexiones con tal motivo, y el padre Moisés, deduciendo de ellas que mi negativa provenía de que no quería que su compañero se quedara solo, me observó que él le acompañaría, permaneciendo á su lado. Le tranquilicé viendo su generosa oferta; amplié las razones de mi negativa, y, finalmente, les dije que pensaran en hacer al día siguiente algunos bautismos.

Al efecto le indiqué al padre Marcos fuera á hablar con Mariano Rosas, solicitando como cosa suya el permiso competente.

Mandó ver con su asistente si estaba en disposición de recibirle y contestó que sí.

Salió el Padre y entró en el toldo del Cacique, que acababa de recibir visitas.

Detrás de él me fuí yo.

Mariano Rosas le había sentado á su lado; le había concedido el permiso solicitado y le había rogado le bautizara su hija mayor, de la que yo sería padrino.

Trajeron de comer.

Era un puchero de carne de yegua.

—Padre—le dijo Mariano al buen franciscano,—para probarle que soy buen cristiano, y el gusto con que veo aquí unos hombres como ustedes, comamos en el mismo plato.

Y esto diciendo puso entre él y el Padre uno que le daban en ese momento.

—Con mucho gusto—le contestó aquél.

Y sin más preámbulo, empuñó el tenedor y el cuchillo y sin repugnancia alguna, comenzó á engullir la carne de yegua, como si hubiera sido bocado de cardenal.

Yo rehusé comer, explicando el por qué, no lo atribuyeran á desaire.

En la tierra, la costumbre es comer al cabo del día tantas veces cuantas hay ocasión.

Algunas de las visitas eran conocidos. Entablé conversación con ellos. El padre Marcos por su parte, le hizo á Mariano Rosas una larga explicación de lo que significaba el bautismo, quien varias veces contestó: Ya sé. Le exigió que á la hijita que iban á bautizar la educara como cristiana, lo que le fué prometido; dejó de comer puchero cuando el plato dijo no hay más, y en seguida se despidió y salió.

Yo me quedé en mi puesto, busqué una postura cómoda, la hallé acostado, dejé que Mariano Rosas hablara con sus visitas y me dormí.

Cuando me desperté, el toldo estaba solo.

Salí de él; Mariano había vuelto á la enramada, me senté á su lado y le dije:

—Hermano, y, ¿me lo llevo ó no á Macías?

—Entremos—me contestó, levantándose y dirigiéndose al toldo.

Le seguí y entramos, cediéndome él el paso en la puerta.

Nos sentamos.

Tomó la palabra y habló así:

—Hermano, el dotor es mejor que se quede.

—Usted me lo había cedido ya—le contesté.

—Es cierto; pero es mejor que se quede.

—¿Y el tratado de paz, hermano? ¿Usted olvida que Macías no es cautivo, que si me exige que lo saque, yo lo debo reclamar y que usted no me lo puede negar?

—Yo no se lo niego, hermano, le digo que se lo daré después.

—¿Y qué dirán en el Río 4.º los cristianos lo que sepan que vuelvo sin Macías? Dirán que no me he atrevido á reclamarlo, se quejarán y con razón. Usted me compromete, hermano.

Macías entró en ese momento, con el intento de cruzar por el toldo.

Mariano Rosas le miró airado, y con voz irritada le dijo textualmente:

—Donde conversa la gente no se entra. Salga.

Macías retrocedió humillado, murmurando:

—Creía…

—¡Salga, dotor!—le repitió con énfasis, y el desdichado salió.

Comprendí que alguien había influido en el ánimo del indio y me pareció de buena táctica no insistir mucho.

Hice, empero, una insinuación final diciéndole con expresión:

—¿Y, hermano?

Fijó sus ojos en los míos y me dijo textualmente:

—¡Hermano, el corazón de ese hombre es mío!

—¿Qué misterio hay aquí?—dije para mis adentros, y como no le contestara y siguiera mirándole, añadió textualmente:

—La conciencia de ese hombre es mía.

Una mezcla de asombro y de temor por la vida de Macías me selló los labios.

Se levantó el indio, tomó de sobre su cama el cajón del archivo, lo abrió, revolvió sus bolsitas, halló lo que quería, sacó de ella unos papeles y dándomelos, me dijo:

—¡Lea, hermano!

Tomé los papeles, que eran manuscritos, abrí uno de ellos, reconocí la letra de Macías y leí.

Era una larga carta dirigida al Presidente de la República.

Macías le relataba cómo se hallaba entre los indios; pintaba con colores bastante animados su vida; daba una noticia de lo que eran los cristianos en Tierra Adentro; los comparaba con los indios, quedando aquéllos en peor punto de vista; y por último invocaba la protección del Gobierno para reivindicar su libertad perdida.

La carta estaba mal redactada; Macías no escribe bien; pero tenía la elocuencia del dolor.

Mientras yo leía, Mariano Rosas se limpiaba las uñas con el puñal.

Acabé de leer la carta y le miré,—no me vió.

Leí otro de los papeles, era otra carta, muy parecida á la anterior, dirigida al gobernador de Mendoza.

Los otros papeles eran apuntes sin importancia, eran de un corazón lacerado por el infortunio.

Terminada la lectura de todo el mamotreto, exclamé:

—¡Ya he concluido!

—¿Y, ha visto?

—Sí.

—¿Qué le parece?

—No hallo nada contra usted.

—¿Nada?

Y esto diciendo me miró, como preguntándome: ¿me engaña usted?

—¡Nada! ¡nada!—repetí.

—¡Hermano!—me dijo con intención.

—Nada, hermano, le doy mi palabra.

Y como no me contestara y no me quitara los ojos y le conociera que quería sondear mis pensamientos, agregué:

—Hermano, si alguien le ha dicho que estas cartas hablan mal de usted, lo ha engañado.

—Léamelas, hermano.

—¿Quiere más bien que venga el Padre y se las lea él?

—No, léamelas usted, hermano.

Se las leí; la lectura duraría un cuarto de hora.

Mientras leía le miré varias veces; tenía los ojos clavados en el suelo y la frente plegada.

Cuando acabé de leer, le dije:

—¿Y qué dice ahora?

—Que ese hombre es un desagradecido. (Textual).

—¿Por qué, hermano?

—Porque habla mal de los cristianos que le han dado de comer. (Textual).

Hice una composición de lugar con la rapidez del relámpago, y dije:

—Tiene usted razón, hermano; que se quede entonces.

—Sí—me contestó,—dos años más.

—El tiempo que usted quiera.

Tomó los papeles, los puso en orden, los colocó en su bolsita, cerró el cajón y me dijo:

—Mañana bautizaremos á su ahijada.

—Está bien—le contesté, y salí, dándole las buenas tardes.

Macías estaba á la puerta del rancho.

Parecía un espectro.

Nada había oído. Pero su corazón sabía lo que había pasado.

El corazón de los que sufren suele ser profético; anticipándose al dolor, lo prolonga.

Le miré sonriéndome por tranquilizarle, y exhalando un hondo suspiro, me dijo al pasar:

—Ya sé que te ha ido mal.

—Nunca es tarde, hombre, cuando la dicha es buena—le contesté.

Meneó la cabeza como diciéndome: Me había engañado; y para acabar de tranquilizarle, agregué:

—Todavía no le he hablado.

XXI
Intrigas contra Macías.—Envidia de los cristianos.—Preparativos para el bautismo.—Animación de Leubucó.—Aspavientos de las madres.—Sentimiento que las dominaba.—El mal de este mundo es materia de religión.—Mi ahijada, la hija de Mariano Rosas.—De gala, con botas de potro de cuero de gato, y vestido de brocado.—Invencible curiosidad.—No puedo explicar lo que sentí.—Una cristalización en el cerebro.—Regalos recíprocos.—Pobre humanidad.

Macías me inspiraba tanta lástima, que toda la noche soñé con él.

Redimirlo del cautiverio, era para mí no sólo una obra de caridad, sino el cumplimiento de un deber.

La paz estaba solemnemente hecha y Mariano Rosas obligado, por un tratado, á dejar en completa tranquilidad á todos los que, habiéndose refugiado en Tierra Adentro, quisieran volver á sus hogares.

En cuanto amaneció llamé al capitán Rivadavia para tener una consulta con él.

Era el único hombre que me inspiraba completa confianza. Había vivido más tiempo que yo entre los indios, haciéndome respetar de ellos y de los cristianos, que no es poco decir, y Mariano Rosas le tenía gran afición.

Conocía las costumbres de los unos, las mañas de los otros, todos los títeres, en fin, de aquel mundo, donde el estudio del corazón humano es tan difícil como en cualquier otra parte.

Si él no salvaba mis dudas, ¡quién las había de salvar!

Le referí todo lo que había sucedido, cambiamos nuestras ideas y resultó que Macías era víctima de una nueva intriga.

Mariano Rosas les había, sin duda alguna, comunicado sus conferencias conmigo á sus confidentes y éstos le habían disuadido de su resolución de cedérmelo.

Había en esto represalias por parte de los que se creían ofendidos con los informes consignados en la correspondencia interceptada, egoísmo ó envidia.

Los cristianos refugiados entre los indios por causas políticas, fingían toda la mayor conformidad. Otra cosa tenían en el fondo de su alma. La salida de Macías á quien tanto habían mortificado y ultrajado, haciéndole pagar caro el pedazo de carne que le daban, los contrariaba.

Él se iba y ellos se quedaban. Ellos, que gozaban del favor del cacique, no podían volver al seno de su familia, y Macías, el loco Macías, de quien tantas veces se habían mofado, de quien todavía delante de mí se reían, ¡estaba á punto de romper las cadenas de su cautividad!

Ellos eran libres y se quedaban, Macías no lo era y se marchaba.

En verdad, sólo nobles corazones podían regocijarse de que un desgraciado sacudiera el ominoso yugo.

Los galeotes reciben con júbilo al nuevo condenado y maltratan en vísperas de su salida al que ha cumplido la terrible condena.

Mal de muchos consuelo de tontos, dice el refrán. Mal de muchos consuelo de ingratos, debiera decir.

Era preciso aprovechar el día.

Teníamos que bautizar una porción de criaturas, hijas de cristianos refugiados, de cautivas y de indios.

Les recordé á los buenos franciscanos que no teníamos tiempo que perder; mandamos mensajeros en todas direcciones y se preparó el altar en el mismo rancho en que se había celebrado la misa el día antes.

Poco á poco fueron llegando hombres y mujeres cristianos con sus hijos, indios é indias con los suyos.

El toldo de Mariano Rosas era un jubileo.

Reinaba verdadera animación; todo el mundo se había vestido de gala. Yo estaba encantado viendo aquellos infelices honrar instintivamente á Dios. Los frailes contentos como si se tratara de unos óleos regios.

Cualquiera que hubiese llegado á aquellas comarcas ese día—sin estar en antecedentes,—se habría creído transportando á una tribu indígena convertida al cristianismo.

Cuando todo estuvo pronto, se le mandó prevenir á Mariano Rosas, pidiéndole permiso para empezar, é invitándolo á presenciar la ceremonia.

Contestó que podíamos dar comienzo cuando gustáramos y que no le era posible acompañarnos, porque en ese momento acababan de entrarle visitas.

El rancho que hacía de capilla, era estrecho para contener la concurrencia. Con cada criatura venían los padres, sus parientes, sus amigos, los padrinos y madrinas.

Los chiquillos estaban azorados. Todos ellos, lo mismo los grandes que los chicos, lloraban. El altar, los sacerdotes revestidos, las caras extrañas, el aire de solemnidad de los circunstantes, el empeño inusitado en que estuvieran con juicio ó callados, todo, todo les impresionaba. Las madres se volvían puros aspavientos. Ésta decía: ¡Jesús, qué criatura! Aquélla: ¡Ay! ¡qué chiquilla! La una: ¡Qué vergüenza! La otra: ¡Cállate, por Dios! Acariciaban, reprendían, amonestaban, amenazaban, recurrían, en fin, á todos los ardides maternales para imponer silencio.

¡Imposible! El destemplado coro seguía.

Yo observaba aquella escena sui géneris, y al través de la parodia veía la tendencia humana hacia las cosas graves y solemnes.

Esas pobres mujeres, andrajosas las unas, bastante bien vestidas las otras, cristianas unas, chinas otras, hacían allí, al pie del improvisado altar lo mismo que habrían hecho bajo las naves monumentales de una catedral.

¿Qué sentimiento las dominaba? cuando llorosas ó radiantes de júbilo exclamaban, como varias veces lo escuché, viéndolas abrazar con efusión el fruto de sus entrañas: ¡al fin vas á ser cristiana, hija mía, hijo mío!

Sí, ¿qué sentimiento las dominaba?

¡Ah! un sentimiento innato al corazón humano.

Un sentimiento que Voltaire mismo ha explicado en una frase célebre:

«Si Dieu n’existait pas, il faudrait l’inventer».

Si Dios no existiese sería menester inventarlo.

Aquellas gentes, alejadas de la civilización quién sabe desde cuándo, desgraciadas ó pervertidas, resignadas á su suerte ó desesperadas, ignorantes, vulgares; aquellas mujeres cristianas en el nombre, aquellas chinas, aquellos indios sosteniendo en sus brazos sus hijos con recogimiento y devoción, comprendían por un instinto especialmente humano, que entre este mundo y el otro, entre esta vida y la otra, necesitamos un vínculo, y que ese vínculo es Dios, cualquiera que sea la forma en que le adoremos.

El mal de este mundo no consiste en profesar una mala religión, sino en no profesar ninguna.

¡Ah! y si la religión que se profesa es consoladora por su moral, si como una fuente inagotable de poesía, ella nos ofrece un refugio en las tribulaciones y una tabla de salvación en las últimas congojas de la vida, ¡qué bien inmenso no es creer, adorar y confiar en Dios!

Con razón aquellas gentes estaban de fiesta y consideraban dichosos á sus hijos de que recibieran el bautismo.

Cualquiera ceremonia que hubiese sido como la consagración de un culto, habría sido lo mismo.

Bautizar treinta ó más criaturas una después de otra, era obra de todo el día. El ritual permitía, lo que yo ignoraba, administrar el sacramento en masa.

Respiré.

Mi ahijada no comparecía.

Mandé decir á mi compadre que la esperábamos, y un instante después la pusieron en mis brazos.

Era una chiquilla como de ocho años, hija de cristiana, trigueñita, ñatita, de grandes y negros ojos, simpática, aunque un tanto huraña. Lloró como una Magdalena un largo rato, haciendo llorar á otras criaturas cuyas lágrimas se habían aplacado y obligándonos á diferir el momento de empezar.

Calmóse por fin y la sagrada ceremonia empezó. Resonaban los latines y los Padre Nuestros; mi ahijada permanecía en mis brazos, ora inquieta, ora tranquila. Me miraba, huía de mis ojos, se sonreía, hacía fuerzas, cedía; á mí me dominaba sólo una idea.

La chiquilla había sido vestida con su mejor ropa, con la más lujosa; era un vestido de brocado encarnado bien cortado, con adornos de oro y encajes, que parecían bastante finos. Á falta de zapatos, le habían puesto unas botitas de potro, de cuero de gato. La civilización y la barbarie se estaban dando la mano.

¿Qué vestido es ese? ¿de dónde venía? ¿quién lo había hecho? era todo mi pensamiento.

Quería atender á lo que el sacerdote hacía y decía. ¡En vano!

El vestido y las botas me absorbían. Examinaba el primero con minucioso cuidado. Estaba perfectamente bien hecho y cortado.

Las mangas eran á lo María Estuardo. Aquello no era obra de modista de Tierra Adentro. Tampoco podía ser regalo de cristianos, ni tomado en el saqueo de una tropa de carretas, estancia, diligencia ó villa fronteriza. Entre nosotros ninguna niña se viste así.

Mi curiosidad era sólo comparable á la incongruencia del traje y de las botas de potro.

Era una curiosidad rara.

Á veces me venía como un rayo de luz y me decía: Ya caigo, ese vestido viene de tal parte. No, no podía ser eso, era una extravagancia.

Cuando me tocaba contestar amén, otro tenía que hacerlo por mí. Distraído, no veía sino el vestido, no pensaba sino en el contraste que formaban con él las botas.

Á mi lado estaba un cristiano, agregado al toldo de Mariano Rosas, cuya cara de forajido daba miedo.

Era uno de esos tipos repelentes, cuya simple vista estremece. Jamás me había dirigido la palabra, ni yo se la había dirigido á él.

La curiosidad pudo más que la repugnancia que me inspiraba y le pregunté con disimulo:

—¿De dónde ha sacado mi compadre este vestido?

—¡Oh!—me dijo, con voz bronca y tonada cordobesa—, ése es el vestido de la Virgen de la Villa de la Paz.

—¿De la Virgen?—le pregunté, haciéndome la ilusión de que había oído mal, aunque el hombre pronunció la frase netamente.

—Sí, pues—repuso;—cuando la invasión que hicimos lo trajimos y lo dimos al General.

Y esto diciendo, sostuvo á mi ahijada, que casi se me escapó de los brazos.

Con unas pobres palabras humanas, yo no pude expresar el efecto extraño que hizo en mis nervios, la voz, el aire y la tonada de aquella revelación.

No sentí lo que se siente en presencia de una profanación; no experimenté lo que se experimenta ante un sacrilegio; no me conmoví como cuando un sortilegio nos llena de estúpida superstición. Sentí y experimenté una impresión fenomenal, me conmoví de una manera diabólica, como en la infancia me imaginaba que se estremecía el diablo cuando le echaban agua bendita.

Mi ahijada María, la hija de Mariano Rosas, está ligada á los recuerdos de mi vida, por una impresión tan singular, que su vestido y sus botas me hacen todavía el efecto de un cauchemar.

Yo no puedo ya ver una Virgen sin que esos atavíos sarcásticos se presenten á mi imaginación. Tengo el retrato de mi ahijada como cristalizado en el cerebro, y el vozarrón del bandido que me sacó de dudas me zumba al oído todavía. Hay ecos inolvidables. Son como el rugido del mar cuando, silbando el viento, azota encrespado la pedregosa orilla. Se le oye una vez en la vida y no se le olvida jamás.

Terminados los bautismos, el padre Marcos dirigió á las madres de los recién cristianizados un breve sermón, exhortándolas á educar á sus hijos en la ley de Jesucristo, único modo de que ganaran el cielo después de la muerte.

Todos quedaron muy alegres y contentos y me agradecieron el favor que acababan de merecer, debido á mí.

—¡Ah! ¡si no fuera por usted, señor, qué habría sido de nosotras!—me dijeron varias mujeres.

Yo fuí padrino de cuatro criaturas, inclusive la hija de Mariano Rosas. Poco tenía para obsequiar á mis ahijados y ahijadas. Pero como cuando hay deseo y buena voluntad nunca falta algo con qué manifestarlo, con todos ellos quedé bien.

Deshicimos el altar, guardamos los ornamentos y en seguida nos fuimos al toldo de Mariano Rosas.

Nos esperaba con el almuerzo pronto.

Estaba plácido como nunca.

—Ya somos compadres, hermano—me dijo:—ahora usted dirá cómo nos hemos de tratar.

—Compadre—le contesté,—como antes, no más, de hermanos.

—Es lo mismo, le doy las gracias—repuso,—y dirigiéndose á los frailes, añadió: ¿muchos cristianos ahora aquí, eh?

—Es verdad—le contestaron,—¡Dios los ayude á todos!

Sirvieron el almuerzo, almorzamos y nos despedimos para retirarnos.

Yo antes de salir le dije á mi compadre:

—Esta tarde acabaremos de conversar.

—Cuando guste—me contestó.

Iba á salir del toldo; me llamó y sacándose el poncho pampa que tenía puesto, me dijo, dándomelo:

—Tome, hermano, úselo en mi nombre, es hecho por mi mujer principal.

Acepté el obsequio, que tenía una gran significación y se lo devolví, dándole yo mi poncho de goma.

Al recibirlo, me dijo:

—Si alguna vez no hay paces, mis indios no lo han de matar, hermano, viéndole ese poncho.

—Hermano—le contesté;—si algún día no hay paces y nos encontramos por ahí, lo he de sacar á usted por esa prenda.

La gran significación que el poncho de Mariano Rosas tenía, no era que pudiera servirme de escudo en un peligro, sino que el poncho tejido por la mujer principal, es entre los indios un gaje de amor, es como el anillo nupcial entre los cristianos.

Cuando salí del toldo y me vieron con el poncho del cacique, una expresión de sorpresa se pintó en todas las fisonomías.

La gente de palacio se mostró más atenta y solícita que nunca.

¡Pobre humanidad!

 

XXII
Se acerca la hora de partida.—Desaliento de Macías.—El negro del acordeón y un envoltorio.—Era un queso.—Calixto Oyarzábal anuncia que hay baile.—Baile de los Indios y de las chinas.—En un detalle encuentro á los Indios menos civilizados que nosotros.

Macías veía llegar la hora de mi partida, y con suspiros y monosílabos me hacía comprender que iba perdiendo hasta la esperanza.

Me senté en el fogón y él se puso á mi lado.

Yo estaba de muy buen humor, quizá porque al día siguiente pensaba rumbear para la querencia. Somos así, versátiles aun en medio de la felicidad. Todo es poco, nada nos sacia. Y sólo tarde, muy tarde, comprendemos que en este mundo sublunar, los que lo han pasado mejor son los que contentos con el presente no se han apurado nunca por nadie ni por nada; los que estrechando el horizonte de sus miradas, limitando sus aspiraciones y sacudiendo la férula de las exigencias sociales, han subjetivado la vida hasta el extremo de identificarse con su frac.

¡Ah! cuántos á quienes estériles combates consumieron; cuántos que despiertos ó dormidos tuvieron visiones de amor, de odio, de gloria, de orgullo, de riqueza, de envidia, de miedo, olvidando que velar es soñar de pie y que el sueño no es más que el noviciado de la muerte, cuántos de ésos, decía, no habrían sido más dichosos si al fin de la jornada hubiesen podido exclamar:

«Sois-moi fidèle ô pauvre habit que j’aime!
Ensemble nous devenons vieux.
Depuis dix ans je te brosse moi même.
Et Socrate n’eût pas fait mieux.
Quand le sort á ta mince étoffe
Livrerait de nouveaux combats,
Imite-moi résiste en philosophe.
Mon vieil ami, ne nous séparerons pas.» [3]

Yo reía, charlaba, jaraneaba con todos los que rodeaban el fogón, en el que un apetitoso asado se doraba al calor de abundante leña.

El triste prisionero, taciturno, reconcentrado, sombrío como la imagen de la desesperación, me echaba de vez en cuando miradas furtivas.

Quería decirme algo y no se atrevía; quería hacerme un reproche y no hallaba palabras adecuadas; sus pensamientos fluctuaban, como algas marinas entre opuestas corrientes; iba á hablar y callaba; sus ojos brillaban, sin rencor; pero sus labios comprimidos revelaban claramente que balbuceaba una ironía.

—¿En qué piensas?—le dije.

—En que estás muy alegre—me contestó.

—El que se aflige se muere—repuse.

—¡Ah! tú te vas, yo me quedo.

—Ya te he dicho que nunca es tarde cuando la dicha es buena—le contesté.

—¡Cómo ha de ser!—volvió á exclamar y levantándose de improviso se quiso marchar.

En ese momento Calixto Oyarzábal, tomando el asador, poniéndolo horizontalmente y raspando el asado con un cuchillo para quitarle la ceniza, dijo:

—Ya está, mi Coronel.

—¡Á comer, caballeros!—grité yo á mi vez, y dirigiéndome á Macías, le dije: Ven, hombre, come; sobra tiempo para ahorcarse de desesperación.

Volvió sobre sus pasos, se sentó nuevamente á mi lado, sacó su cuchillo, y como el asado incitaba, siguiendo los usos campestres de la tierra, cortó una tira.

Una olla de puchero hervía, rebosando de choclos y zapallo angola.

Acabamos con el asado y en un santiamén con ella.

Íbamos á tomar el mate de café, no teniendo postre, cuando el negro del acordeón se presentó, trayendo una cosa en la mano envuelta en un trapo.

—¡El acordeón!—dije, para mis adentros, me espeluzné y con aire y voz imperativa:

—¡Fuera de aquí, negro!—le grité, antes que desplegara los labios.

—Mi amo—contestó sonriéndose,—si vengo solo.

—¿Y eso?—le pregunté, señalándole la cosa que traía envuelta.

—Esto—repuso, mostrando dos filas de hermosos dientes, tan blancos y tan iguales que me dieron envidia,—esto, ¡es un queso!

—¡Un queso!

—Sí, mi amo, y se lo manda el General á su mercé para que lo coma en nombre de su ahijada, la niña María.

Y esto diciendo, desenvolvió el queso y lo puso en mis manos.

—Dile á mi hermano que le doy las gracias—le dije, y haciéndole una indicación con la mano, agregué:—¡Vete!

Obedeció, y así que estuvo á cierta distancia, me preguntó con malicia:

—¿Quiere su mercé que vuelva con el instrumento?

Le contesté con un caracú que estaba á mano, en medio de una explosión de risa de los circunstantes.

—Y está de baile—dijo Calixto.

—¿De baile?—le pregunté.

—Sí, mi Coronel.

—¿Y dónde hay baile?

—Allí en un toldo—dijo señalándolo.

—Pues probemos el queso, tomemos el café y vamos á ver el fandango aunque haya acordeón y negro.

Despachamos todo, mandé á Calixto á averiguar á qué hora era el baile y volvió diciendo que ya iba á empezar.

Dejamos el fogón y nos fuimos á ver la fiesta.

Era lo único que me faltaba.

Mi reloj marcaba las cuatro, las cuatro de la tarde, bien entendido.

Los indios, más razonables que nosotros, duermen de noche y se divierten de día.

Esta costumbre tiene una ventaja sobre la usanza de la civilización; no hay que pensar en luminarias de ningún género, ni en velas, ni en kerosene, ni en gas.

El baile era de varones y al aire libre.

En aquellas tierras las mujeres no tienen sino dos destinos: trabajar y procrear.

No me atrevo á decir, si á este respecto los indios andan más acertados que nosotros.

Pero considerando los infinitos desaguisados que acontecen y presenciamos de enero á enero con motivo de la mezcolanza de sexos; las mujeres que abandonan sus maridos, los maridos que olvidan sus mujeres, las reyertas por celos, los pleitos por alimentos, los divorcios, los raptos voluntarios de inocentes doncellas, hechos desconocidos en Tierra Adentro, considerando todo esto, decía, lo cierto es que nuestra civilización es un asunto muy serio.

¡Con razón se predica tanto contra el baile!

Yo comprendo la indispensable necesidad que un hombre de estado tiene de saber bailar. Porque, como decía Molière por boca de uno de sus personajes, cuando se dice que un ministro ha dado un mal paso, es porque no ha aprendido la danza, con lo cual el maestro de este arte le probaba al del florete la superioridad del baile sobre la esgrima.

Pero no comprendo la necesidad de que un médico ó un abogado bailen.

Por supuesto, que los indios, comprendiendo que bailar es un ejercicio, que á la vez que obra sobre el sistema nervioso de una manera fruitiva, conviene á la higiene del cuerpo, porque despierta el apetito y contribuye al desarrollo de la musculatura, les permiten á sus mujeres bailar solas de vez en cuando, reservándose ellos la parte que más adelante se verá.

El salón de baile, ó mejor dicho, la arena, tendría unas cuarenta varas de circuito.

Imagínate la era de trillar las mieses, rodeada de palos, á modo de corral; ponle con el pensamiento, Santiago amigo, un mogote de tierra en el centro como de dos varas de diámetro y una de alto y tendrás una idea de lo que he intentado describir.

Los concurrentes estaban colocados alrededor del círculo del lado de afuera.

Aquí viene bien hacer notar que los indios en materia de coreografía son menos egoístas que nosotros.

Ellos bailan para divertir á sus amigos; nosotros por divertirnos nosotros mismos.

Para divertirnos viendo bailar, tenemos que gastar nuestro dinero.

Es otro inconveniente de la civilización.

La música instrumental consistía en unas especies de tamboriles; eran de madera y cuero de carnero y los tocaban con los dedos ó con baquetas.

El baile empezó con una especie de llamada militar redoblada.

Oyéronse unos gritos agudos, descompasados y cinco indios en hilera se presentaron haciendo piruetas acancanadas.

Venían todos tapados con mantas.

Entraron en la arena, dieron unas cuantas vueltas al son de la música, alrededor del mogote de tierra, como pisando sobre huevos, de repente arrojaron las mantas y se descubrieron.

Se habían arrollado los calzoncillos hasta los muslos, la camisa se la habían quitado; se habían pintado de colorado las piernas, los brazos, el pecho, la cara; en la cabeza llevaban plumas de avestruz en forma de plumero, en el pescuezo collares que hacían ruido y las mechas les caían sobre la frente.

Las mantas las arrojaron sin hacer alto, sacudieron la cabeza, como dándose á conocer, y empezó una serie de figuras, sin perder los bailarines el orden de hilera.

Mareaba verlos girar en torno del mogote, agitando la cabeza á derecha é izquierda, de arriba abajo, para atrás, para adelante, se ponían unos á otros las manos en los hombros, excepto el que hacía cabeza, que batía los brazos; se soltaban, se volvían á unir formando una cadena, se atropellaban, quedando pegados como una rosca; se dislocaban, pataleaban, sudaban á mares, hedían á potro, hacían mil muecas, se besaban, se mordían, se tiraban manotones obscenos, se hacían colita; en fin, parecían cinco sátiros beodos, ostentando cínicos la resistencia del cuerpo y la lubricidad de sus pasiones.

El aire de las evoluciones determinaba el compás del tamborileo, que de cuando en cuando era acompañado de una especie de canto ora triste, ora grave, ora burlesco, según lo que la infernal cuadrilla parodiaba.

Quince fueron los que bailaron, en tres tandas; la concurrencia guardó el mayor orden; no aplaudía, pero se comía con los ojos á los bailarines.

Aquello era un verdadero alcázar lírico en plena Pampa.

Sin mujeres, sin garçons, sin mesas de mármol, sin limonada gaseosa y otras hierbas.

Le hallé la ventaja de la entrada gratis.

Cerca de dos horas duró la farsa; se ponía el sol cuando yo volvía á mi fogón, harto de gestos, alaridos y tamboriles.

Mi buena estrella quiso que el negro del acordeón no formara parte de la orquesta.

Se hizo de noche, y como estuviese fresco, me guarecí tras de mi rancho, dándole la espalda al viento.

En el acto brilló el fogón.

Á la luz de su lumbre me contaron cómo bailan las chinas.

En un local como el que ya describí, pintadas y ataviadas, entran quince ó veinte; se toman las manos, hacen una rueda, y comienzan á dar vueltas alrededor del mogote, ni más ni menos que si jugaran á la ronga, catonga.

Los concurrentes entran en el recinto del baile, y al pasar las chinas por delante de ellos les hacen una porción de iniquidades, hasta que no pudiéndolas soportar deshacen la rueda y se escapan por donde pueden.

Francamente, en este detalle encuentro á los indios menos civilizados que nosotros, aunque hay ejemplos en las crónicas policiales de caballeros que durmieron bajo las llaves de la alcaldía por tener las manos demasiado largas en los atrios de las iglesias.

El efecto de esos abusos y licencias de los indios con las chinas cuando bailan, hace que ellas se abstengan de la inofensiva diversión, lo que prueba que en todas partes la mujer es igual.

Perdona todo, menos que la maltraten.

Yo les hallo muchísima razón, aunque declaro que ellas, sin maltratarnos, abusando de sus ventajas, suelen tratarnos mal.

NOTAS:

[3]Béranger, Mont habit.

XXIII
Solo en el fogón.—¿Qué habría pensado yo si hubiera tenido menos de treinta años?—Con las mujeres es mejor no estar uno solo.—El crimen es hijo de las tinieblas.—El silencio es un síntoma alarmante en la mujer.—Visitas inesperadas.—Yo no sueño sino disparates.—Los filósofos antiguos han escrito muchas necedades.

Me había quedado solo en el fogón, viendo arder las brasas.

Brillaban carbonizadas, y cuando más bellas estaban, el viento las redujo á cenizas, lo mismo que los desengaños desvanecen nuestras más gratas ilusiones.

Mis pensamientos flotaban entre dos mundos.

Ya eran prácticos, ya quiméricos, ora me parecían de fácil realización, ora imposible de realizar; me sentía grande y fuerte; pequeño y débil; dormitaba y me despertaba; quería salir de allí y no salía.

—¿Por qué?

Porque el hombre no es dueño de sí mismo, sino cuando tiene ideas fijas ó determinadas.

Una voz dulce me sacó de aquella indecisión, murmurando á mi oído:

—Buenas noches. Di vuelta y al pálido resplandor de las últimas brasas que se apagaban, reconocí á una mujer.

Era mi comadre Carmen.

—¿Comadre, usted por aquí y á esta hora?—le dije.

—Compadre, he sabido que se va mañana—me contestó.

La hice que se sentara.

Su rostro tenía una expresión tierna; su seno palpitaba con violencia, agitando levemente los pliegues de su camisa, más ajustada al cuello que de costumbre, y su mirada traicionaba una inquietud mal disimulada.

—¿Usted tiene algo, comadre?—le dije.

—No, compadre—me contestó,—clavando la vista en el moribundo fogón y comprimiendo un suspiro.

Si yo no me hubiese hallado en ese período de la vida en que el poeta exclamaba:

«My days are in the yellow leaf;
The flowers and fruits of love are gone.»

¡Quién sabe qué hubiera pensado!

El viento había calmado, el cielo estaba cubierto de nubes, las estrellas brillaban tímidamente, como luces lejanas al través de opacas cortinas, el fogón eran tibias cenizas, mi visita y yo nos veíamos como dos sombras envueltas en sutil crespón.

El silencio de la noche, interrumpido apenas por la respiración acompasada de los que dormían cerca de allí; la soledad poética del lugar; los pensamientos, que como visiones de una edad más bella, cruzaron como ráfagas de fuego por mi imaginación, le dieron momentáneamente al cuadro un tinte novelesco.

Desperté á Calixto, se levantó, le ordené que avivara el fuego y cebara mate.

Removió las cenizas, descubrió algunas brasas, sopló haciendo con las manos una especie de fuelle y un momento después el fogón flameaba.

Durante un rato, mi comadre y yo permanecimos mudos, oyendo hervir el agua y crujir la leña.

El fuego ejerce una influencia magnética, irresistible sobre los sentidos, y he observado que al calor de las llamas resplandecientes el corazón se dilata, que las ideas germinan placenteras y el alma se eleva hacia la cumbre de lo grande y de lo bello, en alas de ráfagas generosas y sublimes.

Por eso el crimen es hijo de las tinieblas y se ceba en la obscuridad.

Calixto me pasó un mate; lo tomé, y dándoselo á mi comadre, la dije:

—¿Por qué se ha quedado tan callada?

Suspiró por toda contestación.

Está visto que las mujeres son iguales en todas las constelaciones, lo mismo en las montañas, donde las nieves reinan eternamente, que entre las selvas románticas donde el tímido urutau entona tristes endechas; lo mismo á orillas del majestuoso Río de la Plata, que en las dilatadas llanuras de la Pampa Argentina.

Suspirar, creen que es hablar.

Confieso que es un lenguaje demasiado místico para un ser tan prosaico como yo.

—¿Pero qué tiene, comadre?—le volví á preguntar.

—Compadre—me contestó,—estoy triste porque se va.

—¿Y qué, le gustaría á usted que no me dejaran volver?

—No quiero decir eso.

—¿Y entonces?

—Quiero decir que siento no poder acompañarlo.

—¿Y por qué no se viene á pasear al Río 4.º conmigo?

—Porque no puedo.

—¿No es usted libre?

—¡Libre!

—Libre, sí, ¿no es usted viuda?

—¡Ah! compadre—exclamó con amargura,—usted no sabe cómo es mi vida; usted no conoce esta tierra.

Y esto diciendo, miró en derredor, como buscando si alguien había escuchado su indiscreta confesión.

Su voz tenía algo de significativo y de misterioso.

Me parecía que quería decirme algo más y que estaba temerosa de que algún espía nocturno la oyera.

Me levanté, di una vuelta, me aseguré de que estábamos solos y me senté más cerca de ella, diciéndole:

—No hay nadie.

—Compadre—me dijo;—no se vaya sin pasar por mi toldo que queda en Carrilobo, cerca del de Villarreal, allí lo espero; estará mi hermana, es mujer de confianza y lo quiere, tengo algo que decirle, que le interesa mucho saber; esta noche lo voy á acabar de averiguar, por eso he venido, nadie me ha visto todavía…

En ese momento se sintió un tropel y se oyeron como voces de indios achumados.

Se levantó de golpe y diciéndome:—No quiero que me vean aquí,—se deslizó por entre las sombras de la noche.

La seguí un instante con la vista, hasta que se perdió en la obscuridad, y me quedé perplejo y lleno de inquietud, de una inquietud inexplicable, oyendo al mismo tiempo retemblar el suelo y acercarse el vocerío de la chusma ebria.

La luz de mi fogón los atrajo.

Llegaron, se apearon unos, y otros se quedaron á caballo.

Epumer los encabezaba; venían de un toldo vecino, donde habían estado de mamaran.

Traía en la mano una limeta de bebida y venía bastante caldeado. Sin apearse, me dijo:

—¡Yapaí, hermano!

—Yapaí, hermano—le contesté.

Bebimos alternativamente, y tras del primer yapaí, vinieron otros y otros.

Afortunadamente, el aguardiente estaba muy aguado y no traía cuerno, ni vaso, lo que me permitía mojar sólo los labios, pues teníamos que tomar con la botella.

Viendo que se ponían muy fastidiosos, que me amenazaban con un largo solo, le dije á Calixto:

—Ché, mira que hace frío, alcánzame el poncho.

No tenía más que el que esa mañana me había regalado Mariano Rosas; quise ver qué impresión hacía verme con él.

Me trajo Calixto el poncho y me lo puse.

Como lo había calculado, surtió un efecto completo mi ardid.

—¡Ese coronel Mansilla toro!—exclamaron algunos.

—¡Ese coronel Mansilla gaucho!—otros.

Muchos me dieron la mano y otros me abrazaron y hasta me besaron con sus bocas hediondas.

Epumer me dijo repetidas veces:

—¡Mansilla peñi! (hermano).

En esos coloquios estábamos cuando un ruido semejante al de un organito descompuesto se oyó, junto con unas coplas, dedicadas á mí.

Me dieron escalofríos, experimentando frío y calor á la vez y una destemplanza nerviosa como la que produce el roce de una lima en los dientes.

¿De dónde salía aquel maldito negro con su execrable acordeón, pues él en cuerpo y alma era el de la música?

¡Á qué averiguarlo!

No pude resistir, y explotando la respetabilidad de que me revestía el poncho de mi compadre y hermano, le dije á Epumer y á su séquito:

—Caballeros, buenas noches, es tarde, estoy cansado y mañana me voy; tengo ganas de dormir.

Y los dejé y me metí en mi rancho, y le mandé á Calixto que cerrara bien la puerta, atando con guascas el cuero que la cubría.

Las visitas me saludaron con varias exclamaciones, como ¡adiós, peñi! ¡adiós, amigo! ¡adiós, toro! gritaron un rato, apagaron el fogón saltando por encima con los caballos, alborotando los perros, hicieron un gran barullo, y cuando se cansaron se fueron.

Arrullado por su infernal gangolina me dormí.

Toda la noche tuve los sueños más estrafalarios. Así como casi todos los sentimientos de nuestra alma proceden de las sensaciones de la bestia, así también casi todas las visiones del espíritu dormido vienen de lo que hemos visto ó contemplado despiertos, con los ojos del cuerpo ó con los de la imaginación.

Yo soy como los patanes.

Nunca tengo presentimientos en sueños.

Yo no he de ver nunca, como Píndaro, que las abejas depositan su miel en mis labios;

Ni como Hesiodo, nueve mujeres hechiceras, que fueron las musas que lo inspiraron;

Ni como Escipión, Numancia destruida, ó Cartago derribada;

Ni como Alejandro delante de Tiro, que Hércules me presenta la mano desde lo alto de las murallas.

Para que yo viese, á la verdad, en sueños, sería menester que fuese más sobrio y virtuoso, ó es falso lo que dice Sócrates, que un cuerpo saciado de placer ó repleto de alimentos y de vino, le hace experimentar al alma sueños extravagantes; de donde se deduce que los emperadores, los reyes, los presidentes, los ministros y los diputados, todos, todos aquéllos, en fin, que deben saber lo que hacen, y que á más de esto deben procurar leer en lo futuro, desde que gobernar es prever, deben ser gente muy parca en el comer y muy moderada en el beber, amén de otras cosas indispensables para que la digestión se haga regularmente.

Yo no puedo tener sueños sino como los que tuve la última noche que pasé en Leubucó.

Ó he de ver disparates, que no se han de cumplir, ó he de ver disparatadas las cosas que se cumplieron.

Ó he de soñar que me han proclamado emperador de los Ranqueles, que Lucius Victorius, Imperator, ha hecho coronar emperatriz á la china Carmen; ó he de soñar que el baile de los indios está en moda en Buenos Aires y que el botín con taco á lo Luis XV ha sido reemplazado por la botita de potro de cuero de gato.

Por el estilo fueron mis sueños.

Y diga después Platón que el espíritu divino nos revela en sueños el porvenir; y diga después Estrabón, que los sueños nos dan á conocer la verdad, porque, durante la noche, el entendimiento es más activo, más puro, más claro que durante el día.

Los tales antiguos eran unos utopistas de marca mayor.

Los respeto sólo porque ya son viejos y murieron.

 

XXIV
La loca de Séneca.—El sueño Cesáreo se me había convertido en substancia.—Salida inesperada de Mariano Rosas.—Un bárbaro pretende que un hombre civilizado sea su instrumento.—Confianza en Dios.—El hijo del Comandante Araya.—Dios es grande.—Una seña misteriosa.

Me desperté con la cabeza hecha un horno; había soñado tanto que mis ideas eran un embolismo.

De pronto no pude darme cuenta de lo sucedido durante la noche.

Confundía los hechos reales con las visiones; me parecía que había soñado con mi comadre Carmen, con Epumer y el negro del acordeón, y que lo que había visto en sueños era verdad.

Amanecía; la luz del crepúsculo entraba en el rancho por sus innumerables agujeros y lo iluminaba con fantásticos resplandores.

La cama era tan dura que estaba entumecido; me movía con dificultad.

Las impresiones del sueño persistían; no dormía y veía lo mismo que había visto dormido.

Durante un largo rato estuve como la loca de Séneca, era ciega y no lo sabía; pedía que la hicieran cambiar de casa porque en la que habitaba no se veía nada.

Yo estaba despierto y no lo sabía.

¡Caramba! ¡cómo cuesta cuando se ha soñado un imperio convencerse al despertar que no es uno emperador!

De tal modo se me había convertido en substancia el sueño del poder, que á no ser los ladridos de unos perros, que despertaron á mis oficiales, creo que me levanto arrastrando el poncho de Mariano Rosas á guisa de imperial manto de armiños.

Unos «Buenos días, mi Coronel», de mi ayudante Rodríguez, me despejaron los sentidos del todo.

Abrí los ojos, que apretaba nerviosamente.

Era de día, la claridad del rancho completa.

La visión del imperio ranquelino desapareció de mi retina. Pero como una sombra chinesca que se desvanece, todavía cruzó por mi imaginación.

Me pareció que había dormido un año. Yo no sé por qué pintan el tiempo con alas. Yo lo pintaría con pies de plomo. Será que las cosas que más deseo, son siempre las que más tardan en suceder.

Verdad es que las que más me gustan me parece que pasan con demasiada velocidad.

Llamé un asistente, vino, abrió la puerta, me levanté, me vestí y salí del rancho.

Decididamente me iba ese mismo día y no era emperador. Lo uno me consoló de lo otro. Francamente, el imperio ranquelino era más hermoso visto en sueños que despierto.

Me trajeron el parte de que en las tropillas no había novedad y le hice prevenir á Camilo Arias que las tuviera prontas para cuando cayera el sol.

En seguida le hice preguntar á Mariano Rosas con el capitán Rivadavia si estaba en disposición de que acabáramos de conversar.

Me contestó que sí.

Entré en su toldo; se acababa de bañar, tomaba mate y una china le desenredaba los cabellos.

—Hermano—me dijo al entrar, sin moverse,—siéntese y dispense.

—No hay de qué—repuse, sentándome.

—¿Y cómo ha pasado la noche?—me preguntó.

—Muy bien—le contesté.

—¿Y siempre se va hoy?

—Si usted no dispone otra cosa.

—Usted es libre, hermano.

—Bueno; quiero que me diga, ¿qué se le ofrece?

—Hermano, deseo que no me apure por los cautivos que debo entregar.

—Entréguemelos según pueda.

—Ya faltan pocos.

—¿Cómo pocos?

—Sí, pues.

—No lo entiendo.

Me hizo una relación de los cautivos que en diversas épocas había remitido al Río 4.º, y concluyó diciéndome: que agregando á esa cuenta ocho, se completaba el número.

Era una salida inesperada.

¿Qué tenía que hacer el nuevo tratado de paz con los cautivos anteriores?

¿La idea era de él ó se la habían sugerido?

Quise explorar el campo, fué en vano; circunspecto y reservado no soltaba prendas.

Resolví hablarle categóricamente, porque el incidente era de tal naturaleza que las paces podían frustrarse, y le dije:

—Hermano, usted está equivocado; los cautivos que ha dado antes no tiene nada que ver con los que me debe dar á mí; lea bien el Tratado y verá.

—Sí, ya sé; pero yo lo decía porque usted pudiera ser que lo pudiese arreglar.

—¿Y cómo quiere que lo arregle?

—Diciéndole al que los gobierna que se han recibido los que yo digo.

—¿Y cómo le voy á decir eso?

—Yo le doy los nombres de los viejos.

—No puedo hacer eso.

—¿Entonces?…

—¿Y entonces qué?…

—Haremos lo que usted dice.

—Eso es—le contesté.

Y para mis adentros dije: Era lo único que me faltaba, que este bárbaro me hiciera instrumento suyo.

No me contestó.

—¿Y, no tiene otra cosa que decirme?—le pregunté.

—Sí, pero lo dejaremos para más tarde—me contestó.

—¿Tendremos tiempo?

—Sí, hemos de tener.

Me quedé callado á mi vez.

En los tres fogones del toldo cocinaban.

—Vamos á almorzar—me dijo, y pidió en su lengua que nos sirvieran.

No le contesté.

Trajeron platos y cubiertos y pusieron una olla de puchero de vaca entre él y yo.

Me sirvió un platazo. Comí y callé.

Hacía largo rato que comíamos sin mirarnos ni hablarnos, cuando se presentó un indio, que le habló en araucano con suma vivacidad, y á quien le contestó de igual manera.

Nada entendí; sólo percibí varias veces las palabras: indio Blanco.

Me dió curiosidad.

Pero me dominé; nada pregunté.

El indio se fué.

Continuamos en silencio.

—Es el indio Blanco—me dijo.

—¿Y qué hay?—repuse.

—Anda hablando de usted: dice que le va á salir á la cruzada.

¿Si será una composición de lugar para asustarme y hacerme suspender el viaje? reflexioné, preguntándole.

—¿Y qué piensa hacerme?

—Matarlo—me contestó sonriéndose.

—¡Matarme, eh!

—Así dice él.

—Pues dígale que nos veremos las caras.

—Le he mandado decir que se deje de andar valaqueando; que si no le gustan las paces, por qué se ha vuelto de Chile; que ya le hice prevenir el otro día que anduviera derecho.

Y como me dijera todo esto con aire de verdad, pintándose en su fisonomía cierta prevención contra el indio Blanco, le dije en tono amistoso:

—Gracias, hermano.

Seguimos callados.

No me miraba, tenía la vista fija en un zoquete de carne que pelaba con los dedos; me pareció que quería que yo hablara, que le pidiera algo, y resolví no hacerlo.

Volvió el que había ido con el mensaje para el indio Blanco, habló unas pocas palabras y se marchó.

—Dice el indio Blanco que se va para el Toay—me dijo.

—¿Para el Toay?

—Sí, y dice que va á buscar ovejas á la provincia de Buenos Aires, porque están á muy buen precio en Chile.

—¡Pícaro!—exclamé.

—¡Es muy pícaro!—exclamó él.

Seguimos callados.

Al rato me dijo:

—¿Á qué hora es la marcha?

—Á las cuatro—le contesté.

Seguimos callados.

Por fin me dijo:

—¿Y dígame, hermano, usted qué me encarga?

—¿Qué le encargo?

—¡Sí!

—Que se acuerde en todo tiempo de su compadre.

Y esto diciendo me levanté y salí del toldo.

Ordené que todo el mundo se aprestara á marchar, y me fuí á decirles adiós á algunos conocidos que moraban en los toldos vecinos.

Á la hora estuve de vuelta; mi gente estaba pronta, no faltaba sino que arrimaran las tropillas y ensillar.

Hacía un día hermosísimo; íbamos á tener una tarde deliciosa.

Muchos se preparaban para acompañarme.

El desgraciado Macías veía los preparativos recostado en un horcón de mi rancho y su tétrica fisonomía revelaba el sufrimiento de la desesperación.

Me acerqué á él y le dije:

—¡Ten confianza en Dios!

—¡En Dios!—murmuró.

—Sí, ¡en Dios!—le repetí, lanzándole una mirada en la que debió leer el pensamiento:—El que desespera en Dios no merece la libertad,—y entré en el rancho de Ayala.

Me había ofrecido entregarme un niño cautivo que tenía. Era un hijo del comandante Araya, vecino de la Cruz Alta. El pobrecito lo sabía, veía que yo me marchaba por momentos, que nada le decía de prepararse, y sentado en el fogón de mis soldados lloraba desconsolado. Partía el corazón verle.

Ayala me dijo, que no tenía inconveniente en cumplirme su promesa; pero que tenía que avisárselo á Mariano Rosas.

—Y qué, ¿no está prevenido desde el otro día?—le pregunté.

—Sí, sí está.

—¿Y entonces?

—Puede haber cambiado de opinión.

—Bueno, vaya, pues; háblele para que se apronte el niño.

Salió, y volvió diciéndome que era necesario pagar en prendas de plata doscientos pesos bolivianos.

—¿Y qué prendas han de ser?—le pregunté á Ayala.

—Estribos—me contestó.

Mandé en el acto al capitán Rivadavia que se los comprara á uno de los pulperos que había llevado el padre Burela, ofreciéndole en pago una letra sobre Mendoza.

Mientras tanto el pobre cautivo se aprestaba para la marcha con infantil alegría.

Volvió el capitán Rivadavia con los estribos, se los di á Ayala y éste fué á llevárselos á Mariano Rosas.

Volvió cabizbajo.

¡Qué mundo aquél! ¡El cacique había vuelto á cambiar de parecer! Ya no quería sólo estribos; quería cien pesos en prendas y cien en plata.

Se buscaron los cien pesos y se hallaron.

Le entregué todo á Ayala, se lo llevó á Mariano Rosas; al punto estuvo de regreso, contestándome todo cortado que el General había mudado una vez más de parecer.

Me dió un acceso de cólera; vociferé cuanto se me vino á la boca, apostrofando á Mariano é insultándolo, hasta que cediendo á los ruegos de Ayala, que parecía muy contrariado, me calmé un poco.

Para hacerme callar del todo, me dijo en voz baja:

—No me comprometa, mire que estamos rodeados de espías.

Y esto diciendo me señaló unos indios rotosos y mugrientos en quienes nadie reparaba, que estaban por allí acurrucados y echados de barriga en el suelo, como animales.

Con el alma dolorida é irritado de mi impotencia, entré en mi rancho, llamé al hijito de Araya, y con paternal estudio le preparé á recibir el terrible desengaño.

¡Qué contento estaba!

¡Qué mustio y lloroso quedó!

¡Qué fugaces son las horas de la felicidad!

Le abracé, le acaricié, le rogué por sus padres que tuviera valor; le ofrecí rescatarlo pronto, ofrecimiento que cumplí, y hasta que no le vi resignado á su suerte, no me separé de él.

Al salir de mi rancho, Macías me dijo:

—¿Qué te parece?

—¡Dios es grande!—le contesté.

Suspiró, y exclamó como dudando de la omnipotencia divina: ¡Dios!…

Yo me dirigí al toldo de Mariano Rosas.

La hora de partir se acercaba.

Camilo Arias me hizo una seña misteriosa.

XXV
Astucia y resolución de Camilo Arias.—Última tentativa para sacar á Macías.—Un indio entre dos cristianos.—Confitemini Domino.—Frialdad de la salida.—La palabra amigo en Leubucó y en otras partes.—El camino de Carrilobo.—Horrible, most horrible!—Todavía el negro del acordeón.—Felicidad pasajera de Macías.

Ya he dicho que Camilo Arias conocía la lengua de los indios y que éstos lo ignoraban. Algo había oído, cuando espiaba la ocasión de hacerme una seña. Mis órdenes no habían variado; conmigo no tenía que hablar sino en casos urgentes y graves.

¿Qué habrá? me dije, al entrar en el toldo de Mariano Rosas; me detuve, y diciéndole á éste: Ahora vuelvo, haciendo como que buscaba en mis bolsillos un objeto extraviado, di media vuelta, salí y me dirigí á mi rancho.

El astuto vigilante Camilo agachó la cabeza, fijó la vista en tierra, caminó distraído y sin rumbo, al parecer, y por medio de una maniobra casual para quien no hubiera estado en autos, al mismo tiempo que yo entraba en mi rancho, él se recostaba en sus pajizas paredes y por uno de sus resquicios me decía:

—Hay novedad, señor.

—Entra—le contesté,—llamando á varios oficiales y asistentes para que no se notara su entrada.

Entraron unos y otros, les di ciertas órdenes, se retiraron y así que estuvimos solos con Camilo, le pregunté:

—¿Qué hay?

—Acabo de oirles, en el corral, una conversación á unos indios—me contestó.

—¿Qué decían?

—Que nos iban á salir á la cruzada.

—¿Por dónde?

—Por los montes de la Jarilla.

—¿Y qué más decían?

—Que á mí me tenían mucha gana; que yo he muerto muchos indios; que á un capitanejo le he dado un sablazo en la cara, que todavía tiene la cicatriz, que á otro lo hice prisionero y se lo llevaron á Córdoba.

—¿Nada más decían?

—Sí, señor; decían más; que usted me ha traído á mí para burlarse de ellos.

—¿Y saben que me voy hoy?

—Sí, señor, y que va á dormir en el toldo de Ramón.

Me decía esto, cuando una voz que yo no podía oir sin experimentar una conmoción nerviosa, dijo desde la puerta del rancho sin asomarse:

—Con el permiso de su mercé.

No necesitaba dar vuelta y mirar, para ver quién era. No sonaba el acordeón; pero él estaba ahí, con sus notas paradas.

Sin darme tiempo para contestarle y entrando, añadió:

—Dice el General que por qué no va.

—Dile que ya voy—le contesté.

Salió el negro, le pregunté á Camilo que si los indios ésos que habían estado hablando estaban ahí, me contestó que sí; le despedí y pasé al toldo de Mariano Rosas.

Lo que los indios decían de Camilo era cierto.

Varias veces, siendo soldado raso, midió sus armas con los indios, mató algunos, hirió á un capitanejo muy mentado y á otro lo tomó prisionero.

Yo estuve por no llevarle conmigo.

Pero tenía tanta confianza en él, me era tan útil en el campo, por su instinto admirable, que prescindí de los antecedentes referidos y lo agregué á mi comitiva.

Por supuesto que para acabar de probar el temple de su alma, antes de darle la orden de aprontarse para marchar le pregunté si no tenía recelo de ir conmigo á los indios, á lo cual me contestó:

—Señor, donde usted vaya voy yo.

—¿Y si los indios te conocen?—le observé.

—Señor—repuso,—yo no les he peleado á traición.

Entré en el toldo de Mariano Rosas.

Estaba con visitas.

Todos eran indios conocidos, excepto uno en cuya cara se veía una herida longitudinal que si hubiera sido más oblicua, lo deja sin narices.

Mariano Rosas me recibió con más afabilidad que nunca, y después de preguntarme si ya estaba pronto, me dijo, señalando al indio de la herida:

—¿Lo conoce, hermano?

—No—le contesté.

—Ese sablazo se lo ha dado Camilo Arias—agregó.

—Eso tiene andar en guerra—repuse.

—Es verdad, hermano—me contestó.

Oyendo una contestación tan razonable, le referí lo que acababa de decirme Camilo Arias.

No me contestó.

Habló con las visitas, levantando mucho la voz; las despidió con un ademán, y no bien habían salido del toldo, me dijo:

—No tenga cuidado, hermano, nadie lo ha de incomodar en su viaje, ahora estamos de paces.

—Así lo espero.

Y sin darle tiempo á hablar, agregué:

—Hermano, mis caballos están prontos. Deseo me diga qué se le ofrece.

Me hizo una porción de preguntas relativas al Tratado, me anunció en prenda de amistad, una invasión de Calfucurá á la frontera Norte de Buenos Aires por la Mula Colorada, me hizo varios encargos, y terminó pidiéndome, que las partidas corredoras de campo de mi frontera no avanzaran tanto al Sur, como tenían costumbre de hacerlo; fundándose en que eso alarmaba mucho á los indios; porque los que salían á boleadas, cruzaban siempre sus rastros y venían llenos de temores.

Satisfice sus preguntas sobre el Tratado, le ofrecí llenar sus encargos, le prometí que las partidas corredoras de campo harían el servicio de otro modo, y me quedé estudiosamente distraído con la mirada fija en el suelo.

—¿Se va contento, hermano?

En lugar de contestarle, miré como diciéndole: ¿y me lo pregunta usted?

—Yo he hecho todo cuanto he podido por servirle y porque lo pasara bien—me dijo.

—Así será; pero yo le he pedido una cosa y me la ha negado—le contesté.

—¿Qué cosa, hermano?

—¿Para qué se lo he de decir?

—Dígamelo, hermano.

—Me voy sin Macías, y usted sabe que es un compromiso para mí.

—¡Macías! ¡Macías! ¿Y para qué quiere ese dotor, hermano?—exclamó.

—Ya se lo he dicho á usted; Macías no es un cautivo. Usted está obligado por el Tratado á dejarlo en libertad, él quiere irse y usted no lo deja salir.

Se quedó pensativo…

Yo le observaba de reojo.

Llamó…

Vino un indio.

—Ayala—le dijo,—y el indio salió.

Permanecimos en silencio.

Vino Ayala.

Mariano Rosas le habló así. Repito sus palabras casi textualmente:

—Coronel, mi hermano quiere sacarlo al dotor, yo pensaba dejarlo dos años más para que pagase lo que ha hecho contra ustedes, que son hombres buenos y fieles.

Ayala no contestó, sus ojos se encontraron con los míos.

—Coronel—le dije,—Macías es un pobre hombre, ¿qué ganan ustedes con que esté aquí? Sean ustedes generosos; si él no ha correspondido como debía á la hospitalidad que le han dispensado, perdónenlo, tengan ustedes presente que no es un cautivo, que el Tratado le obliga á mi hermano á dejarlo en libertad y que reteniéndolo me comprometen á mí, le comprometen á él y comprometen la paz que tanto nos ha costado arreglar.

Ayala no contestó, se encogió de hombros.

Mariano Rosas le miró con aire consultivo y le dijo:

—Resuelva, Coronel.

No le di lugar á que contestase y le dije:

—Amigo, piense usted que ese hombre no está aquí por su gusto, y que si ustedes se oponen á que salga, quedará justificado cuanto ha escrito en las cartas que mi hermano me ha hecho leer.

Ayala lo miró á Mariano Rosas como diciéndole: Resuelva usted.

Viendo que vacilaba en contestar, me levanté, y estirándole la mano, le dije:

—Hermano, ya me voy.

—Aguárdese un momento—me contestó,—y dirigiéndose á Ayala, le dijo:

—¿Y qué hacemos?

—¡Adiós! ¡adiós! hermano, ya me voy, volví á decirle.

—Que se lo lleve—contestó Ayala.

—Bueno, hermano—dijo Mariano Rosas,—y se puso de pie, me estrechó la mano y me abrazó reiterando sus seguridades de amistad.

Salí del toldo.

Mi gente estaba pronta, Macías perplejo, fluctuando entre la esperanza y la desesperación.

—¡Ensillen!—grité.

—Y…—me preguntó Macías,—brillando sus ojos con esa expresión lánguida que destellan, cuando el convencimiento le dice al prisionero: ¡Todo es en vano!—y el instinto de la libertad: ¡Todavía puede ser, valor!

Me acordé del salmo de Fray Luis de León Confitemini Domino, y le contesté:

«Cantemos juntamente,
cuán bueno es Dios con todos, cuán clemente.
Canten los libertados,
los que libró el Señor del poderío
del áspero enemigo…»

—¿De veras?—me preguntó enternecido.

—De veras—le contesté, y diciéndole en voz baja, —disimula tu alegría, le grité á Camilo Arias: ¡un caballo para el Dr. Macías!

Entré al rancho de Ayala, me despedí de Hilarión Nicolai y de algunas infelices cautivas, y un momento después estaba á caballo.

Los que me habían ofrecido acompañarme, viendo que Mariano Rosas no se movía, se quedaron con los caballos de la rienda, ni siquiera se atrevieron á disculparse.

La entrada había sido festejada con cohetes, descargas de fusilería, cornetas y vítores; la salida era el reverso de la medalla: me echaban, por decirlo así, con cajas destempladas.

Sólo un hombre me dijo adiós, con cariño, sin ocultarse de nadie, ni recelo: Camargo.

Aquel bandido tenía el corazón grande.

El cacique se mostraba indiferente; los amigos habían desaparecido.

En Leubucó, lo mismo que en otras partes, la palabra amigo ya se sabe lo que significa.

Amigo, le decimos á un postillón, te doy un escudo si me haces llegar en una hora á Versalles, dice el conde de Segur, hablando de la amistad. Amigo, le decía un transeúnte á un pillo, iréis al cuerpo de guardia si hacéis ruido. Amigo, le dice un juez al malvado, saldréis en libertad si no hay pruebas contra vos; si las hay, os ahorcarán.

Con razón dicen los árabes, que para hacer de un hombre un amigo, se necesita comer junto con él una fanega de sal.

Mariano Rosas estaba en su enramada, mirándome con indiferencia, recostado en un horcón.

Me acerqué á él, y dándole la mano, le dije por última vez:—¡Adiós, hermano!

Me puse en marcha. El camino por donde había caído á Leubucó venía del Norte. Para pasar por las tolderías de Carrilobo y visitar á Ramón, tenía que tomar otro rumbo. Mariano Rosas no me ofreció baqueano. Partí, pues, solo, confiado en el olfato de perro perdiguero de Camilo Arias. Sólo me acompañaba el capitán Rivadavia, que regresaría de la Verde, para permanecer en Tierra Adentro hasta que llegasen las primeras raciones estipuladas en el tratado de paz.

¿Qué había determinado la mudanza de Mariano Rosas después de tantas protestas de amistad? Lo ignoro aún.

Galopábamos por un campo arenoso, yo iba adelante, Camilo Arias á mi lado, mi gente desparramada.

Era la tarde, el sol declinaba, en lontananza divisábamos un monte, cruzábamos una sucesión de médanos, tendía de vez en cuando la vista atrás, Leubucó se alejaba poco á poco, me parecía un sueño.

Llegamos á una aguadita, donde Camargo tenía su puesto. Hallé allí un compadre, el indio Manuel López, educado en Córdoba, que sabe leer y escribir. Eché pie á tierra para esperar que llegara toda mi gente y marchar unidos; íbamos á entrar en el monte y la noche se acercaba.

Sucesivamente se me incorporaron los que se habían quedado atrás. Viendo que faltaba Macías, pregunté por él. Ahí viene, me contestaron. Efectivamente, á poca distancia se veía el polvo de un jinete. Llegó éste. Yo conversaba con Manuel López mirando en otra dirección. Al sentir sujetar un caballo, di vuelta, y creyendo ver á Macías, vi…… ¡horrible visión! horrible, most horrible! al negro del acordeón. Quiso hacer sonar su abominable instrumento, se lo impedí.

¿Qué venía á hacer?

Después lo sabremos.

Esperé á Macías un rato.

No apareció.

—Lo han de haber hecho quedar—me dijo el capitán Rivadavia;—yo por eso le dije, cuando usted se puso en marcha, viéndolo que perdía el tiempo en despedidas: Siga, amigo, con el Coronel.

Estábamos en un bajo hondo; mandé dos hombres al galope á ver si divisaban algunos polvos.

Partieron, y cuando ya iba á obscurecer, volvieron diciéndome que nada se veía.

No era posible esperar más.

Hice algunas prevenciones sobre el orden de la marcha por el monte, porque la noche estaría muy obscura, y partimos.

¡Qué poco había durado la felicidad de Macías!

 

XXVI
Á orillas de un monte.—Un barómetro humano.—En marcha con antorchas.—Ecos extraños.—Conjeturas.—Un chañar convertido en lámpara.—Aparición de Macías.—Inspiración del gaucho.—Alrededores del toldo de Villarreal.—Una cena.—Cumplo mi palabra.

Al llegar á la orilla del monte, la obscuridad de la noche era completa.

No nos veíamos á corta distancia.

Seguíamos un camino enmarañado, cuyos surcos profundos y tortuosos comenzaban á abrirse como un gran abanico desplegado.

Hicimos alto; reconocimos la senda que debíamos tomar y combinamos un plan de señales para el caso de que alguien se extraviara en la espesura.

Era lo más factible.

Soplaba un viento fresco de abajo, grupos inmensos de pardas nubes recorrían rápidamente el espacio, flotando como fantasmas informes por el piélago incoloro del vacío; los relámpagos brillaban como saetas de fuego, lanzadas del cielo á la tierra; el trueno rugía imponente y sus sordas detonaciones, haciendo temblar al suelo, llegaron hasta nosotros como el estampido de lejanas descargas de cañón.

La tempestad era inminente.

Ya caían algunas gotas de agua; el viento silbaba, giraba, calmaba, volvía á soplar y remolineaba, azotando con ímpetu fragoroso el bosque umbrío.

Las tropillas se movían circularmente, de un lado á otro y el metálico cencerro mezclaba sus vibraciones con las armonías del viento.

Yo vacilaba entre seguir la marcha ó acampar.

Llamé á Camilo Arias y le pregunté:

—¿Qué te parece, lloverá?

Miró el cielo, siguió el curso de las nubes, le tomó el olor al viento, y me contestó:

—Si calma el viento, lloverá; si no, no.

—¿Entonces, seguiremos?

—Me parece mejor; en el monte sufrirán menos los animales, porque si llueve caerá piedra.

—¡Y no se perderán algunos caballos?

—No se han de mover, los tendremos á ronda cerrada en alguna abra.

—¿Y has tomado la senda?

—Sí, señor.

—¿Estás cierto?

—¡Cómo no!

—¿No te parece prudente que llevemos luces de señal?

—Sería bueno, señor.

—Bien, pues; que hagan pronto unos manojos de paja y sebo.

Se retiró, volvió un momento después y me avisó que todo estaba pronto.

Nuestros paisanos hacen algunas cosas con una rapidez admirable.

Las señales consistían en antorchas de pasto seco, atadas en la punta de unos palos largos.

—¡En marcha!—grité,—y cuidado con apartarse de la senda; marchen en hilera; si alguno se separa y se extravía, dé dos silbidos, se le contestará con palmadas; ¡sigan la luz!

Y esto diciendo me puse detrás de Camilo, que hacía de faro ambulante.

Desfilábamos; el huracán bramaba, tronchando los árboles, las baterías eléctricas fulminaban la negra esfera con rápidas intermitencias, el rayo serpenteaba horizontalmente, de arriba abajo, en líneas rectas y oblicuas, descubriendo entre sombras y luz algunas remotas estrellas; el bronco trueno, en incesante repercusión, conmovía la masa aérea impalpable y el alma de los nocturnos caminantes se replegaba sobrecogida sobre sí misma como cuando signos materiales visibles le auguran un peligro cercano.

Oyóse un eco semejante al que saldría de las entrañas de la tierra si los que descansan en eternal reposo exhalaran gemidos desgarradores de profunda desesperación.

Se repitió varias veces.

Unas veces parecía venir de atrás, otras de delante, ya de la izquierda, ya de la derecha.

El camino daba interminables vueltas, buscando el terreno menos gualdaloso y evitando los lugares más tupidos.

—Es una voz de hombre—me dijo Camilo.

—¿Se habrá perdido alguien?

—Silbaría, señor.

—¿Y entonces? ¿Será algún indio?

—Puede ser que se haya encontrado con algún tigre. ¡Les tienen tanto miedo!

El viento iba amainando; gruesas gotas de agua caían ya.

—Va á llover, señor—me dijo Camilo.

—Hagamos alto aquí.

Estábamos en un pequeño descampado.

Cesó el viento del todo, chocáronse dos nubes que seguían opuestas direcciones y simultáneamente se desplomó la lluvia, apagando las antorchas.

—¡Pronto! ¡pronto! que maneen las madrinas; todo el mundo de fonda—grité.

El agua caía á torrentes, nos veíamos unos á otros al fulgor de los relámpagos, las tropillas estaban quietas, no faltaba nadie.

El eco misterioso se oía de vez en cuando, ora se acercaba, ora se alejaba.

Al fin pudieron percibirlo todos.

—No es voz de indio—dijo Camilo.

—¿Y qué es?—le pregunté.

Su oído era como su vista, jamás le engañaba. No me contestó, permaneció atento. Resonó el eco, ahogándolo un trueno.

—¿Qué es?—le pregunté.

—No es voz de indio—dijo Camilo.

No se oía nada.

En medio de la luz del rayo, del trueno bramador y del ruido monótono del agua, estábamos envueltos en un profundo silencio.

Volvióse á oir el eco.

—Gritan—dijo Camilo.

—¿Qué cosa?

—Gritan no más, señor.

—¿Pero qué gritan?

—Gritan ¡eeeeeh!

—¿Será alguno que va arreando animales?

—No me parece, señor.

—¡Escucha! ¡escucha!

El agua disminuía y el viento soplaba con fuerza de nuevo. El cielo se despejaba, las nubes se rarificaban, el rayo y el trueno se alejaban, refrescaba, y un aire más puro y balsámico, dilatando los pulmones, anunciaba la bonanza.

Cesó la lluvia, se serenó el cielo, brillaron las estrellas, la luna asomó su rostro bello y el eco del que gritaba se oyó perceptiblemente.

—Es un cristiano—dijo Camilo.

—Contéstenle.

—¡Aaaaah!—hicieron varios á un tiempo.

—Yo…—pareció oirse otra vez.

No había duda, era un cristiano extraviado en el bosque, quién sabe desde cuándo, que oía el cencerro de las madrinas y desesperado pedía ayuda.

—¿Quién es?—gritaron unos.

—Por acá, otros.

Y en eso estábamos, sin poder percibir más que el eco de las últimas sílabas de lo que nos contestaban.

—Ha de ser algún cautivo que se ha escapado, y como oye cencerro, calcula que somos nosotros—dijo el capitán Rivadavia.

—Es verdad que ellos no usan cencerro, le contesté, pareciéndome justísima su conjetura.

Los gritos misteriosos no resonaban ya.

Mandé silbar; lo hicieron varios á una.

No contestaron.

Estábamos con el oído atento, cuando los resplandores de una llamarada brillaron de improviso, iluminando el cuadro que formábamos alrededor de un espinillo formidable y coposo.

El ingenioso Camilo, á fuerza de sebo y de paja, de soplar y soplar, había conseguido hacer fuego en la horquilla que formaba la extremidad del tronco de un carcomido chañar, medio carbonizado.

La luz debía verse de bastante lejos á pesar de los árboles.

Varios á un tiempo gritaron:

—¡Aaaaah!

Una voz contestó algo que no se pudo comprender bien. Continuamos telegrafiando de esa manera; el improvisado fanal ardía y los ecos de mi gente se perdían por la selva.

De repente se oyó una voz que á varios nos pareció conocida.

—Es el doctor Macías—dijo Camilo.

Efectivamente era su voz, ú otra tan parecida á la suya, que se confundían.

—¡Pronto! ¡pronto! salgan unos cuantos y hagan señas, ordené, previniendo no perdieran de vista el fuego.

La voz seguía oyéndose.

—Es el doctor, señor, volvió á afirmar Camilo, añadiendo: y viene con el caballo muy pesado.

—¿Y en qué le conoces, hombre?

—Si se oyen ya hasta los rebencazos que le da; oiga, señor, oiga.

Mi oído no era de tísico como el suyo.

—¡Macías! ¡Macías!—grité.

—¡Lucio! ¡Lucio!—me contestaron.

Era él.

—¡Por acá! ¡por acá!—gritaban los hombres que acababa de destacar.

Macías se presentó, como nosotros, hecho una sopa.

—¿Y qué es esto?—le pregunté.

—Me quedé atrás por despedirme de algunos conocidos; cuando salí de Leubucó, ustedes iban como á una legua, se divisaba muy bien el polvo, y no quise apurar mi caballo; subía yo al último médano, y ustedes llegaban á la orilla del monte; calculé mal el tiempo, obscureció y me perdí.

—¿Y de qué conocidos tenías que despedirte?

—De algunos indios que más de una vez me dieron de comer.

—¿Y de Mariano Rosas también te despediste?

—Por supuesto, no me ha tratado tan mal.

El esclavo no conoce su condición, sino cuando respira la atmósfera de la libertad, pensé y me dispuse á seguir la marcha.

En Carrilobo me esperaban con una cena en el toldo de Villarreal.

—Señor—me dijo Camilo,—el caballo del doctor está pesadón.

—Que lo muden.

Un instante después caminábamos.

Salimos del bosque y entramos en un campo quebrado y pastoso. Las martinetas se alzaban á cada paso espantando los caballos con el zumbido de su vuelo inopinado y rápido.

El cielo estaba limpio y sereno, la luna y las estrellas brillaban como luces de diamantes; de la borrasca no quedaban más indicios que unos nubarrones lejanos.

Lo mismo que luciérnagas en negra noche se divisaron unos fuegos.

Á esa hora y en desierto, era sumamente extraño.

El gaucho argentino tiene la inspiración de todos los fenómenos del campo.

De noche y de día es su talento.

—Esos fuegos han de ser en un toldo; los vemos por la puerta ó por alguna rotura de las paredes—dijo Camilo.

—¿Y en qué lo conoces?—le pregunté.

—En que la llama no se mueve porque no tiene viento.

Así conversábamos cuando nuestros caballos se detuvieron de improviso.

Habíamos llegado al borde de una zanja.

Observamos atentamente el terreno, teníamos al frente un gran sembrado de maíz.

—Aquí es el toldo de Villarreal—dijo el capitán Rivadavia.

—Se oyen ladridos de perros—dijeron otros.

Costeamos la zanja en la dirección que indicó el capitán Rivadavia y dimos con otro sembrado de zapallos y sandías; nos costó hallar la rastrillada que conducía al toldo; pero guiados por los ladridos de los perros y por los fuegos, saliendo de un sembrado y entrando en otro, la hallamos al fin.

Llegamos al toldo.

Villarreal, su mujer y su hermana nos esperaban.

Eran las diez y media.

Nos recibieron con el mayor cariño.

Yo no quería detenerme por lo avanzado de la hora.

Me instaron mucho y tuve que ceder.

Entramos en el toldo, que era grande y cómodo, de techo y paredes pintarrajeadas.

Ardían en él tres grandes fogones.

—Señor—me dijo la mujer de Villarreal,—lo hemos esperado hasta hace un momento con unos corderos asados, pero viendo que era tan tarde y que no llegaba, creíamos que ya no sería hasta mañana y acaban de comérselos los muchachos, que ahora se están divirtiendo; no han quedado más que los fiambres y la mazamorra, ¡siéntense! ¡siéntense! estén ustedes como en su casa.

Nos sentamos alrededor de uno de los fogones, y mientras nos secábamos y comíamos, mandé mudar caballos.

Yo no tenía hambre, en cambio Lemlenyi, Rodríguez, Rivadavia, Ozarowski y los franciscanos parecían animados de un entusiasmo gastronómico.

Trajeron unas cuantas gallinas cocidas y una hermosa olla de mazamorra muy bien preparada, tortas hechas al rescoldo y zapallo asado.

En un extremo del toldo se oía el ruido de la chusma ebria; casi todos los nichos estaban vacíos; en el que estaba detrás de mí dormía una vieja.

Tenía la cabeza apoyada en un brazo arrugado y flaco como el de un esqueleto y descubría un seno cartilaginoso que daba asco.

La cena empezó.

La mujer de Villarreal, viendo que yo no comía, me hizo una seña, se levantó y salió.

Salí tras de ella, y una vez afuera me dijo, con aire confidencial y brillándole los ojos como sólo le brillan á las mujeres cuando un pensamiento picaresco cruza por su imaginación.

—Carmen lo espera.

—¿Y dónde está mi comadre?

—Allí.

Me indicaba un toldo vecino.

Llamé á un soldado para que me acompañara; lo confieso, tenía miedo de los perros; y mientras mis compañeros llenaban el precioso hueco del estómago fuí á hacer la visita prometida.

El hombre debe tener palabra con las mujeres, aunque ellas suelen ser tan pérfidas y tan malas; las cosas han de tener algún fin.

 

XXVII
Con quién vivía mi comadre Carmen.—Una despedida igual á todas.—Yo habría hecho igual á todas las mujeres.—Grupo asqueroso.—¡Adiós!—Una faja pampa.—Arrepentimiento.—Trepando un médano.—Desparramo.—Perdidos.—El Brasil puede alguna vez salvar á los Argentinos.—Llegamos al toldo de Ramón.

Mi comadre Carmen vivía con su madre, su hija y un individuo viejo, entre gallinas y perros.

Me esperaba, los demás dormían.

Conversamos de lo que nos interesaba y á la media hora nos separamos para siempre, quizá.

Yo había cumplido mi promesa de visitarla antes de salir de Tierra Adentro, ella la suya, comunicándome ciertas intrigas contra mí, que por una casualidad había descubierto.

Nuestra despedida fué como todas las despedidas, triste.

Me dirigí al toldo de Villarreal, pensando en lo que es la mujer.

Me acordaba de lo que me habían hecho gozar y exclamaba interiormente: son adorables.

Me acordaba de lo que me habían hecho sufrir y exclamaba: son infames.

Estudiándolas y analizándolas, las hallaba físicamente perfectas; espiritualmente me parecían monstruosas.

¡Qué cabellos, qué ojos, qué boca, qué tez, qué gentileza tienen algunas!

Son hermosas como Niobe, dignas del amor de un dios olímpico.

Cualquier mortal daría cien vidas por ellas si cien vidas tuviera.

Y muriendo, todavía encontraría dulce la muerte después de tan supremo bien.

¡Pero qué corazón tienen!

Son inconmovibles como las rocas, frías como el hielo, volubles como el viento, olvidadizas como la mentira.

¡Qué feas, qué desairadas son otras!

Nadie repara en ellas.

Pero acercaos á su lado, oídlas, tratadlas.

¡Qué alma tienen!

Son buenas como la caridad, dulces como los querubines, puras como las auras del Elíseo.

Se puede vivir al lado de ellas y amar la vida.

¡Ah! ellas nos hacen comprender que hay una belleza cuyos encantos el tiempo no destruye, la belleza moral.

¿Por qué han de ser tan lindas y tan malas: por qué tanta donosura, al lado de tanta perfidia á veces?

¿Por qué esos rostros angélicos y esos corazones satánicos?

¿Por qué han de ser tan repelentes y tan buenas; por qué tanta seducción oculta, al lado de tanta exterioridad desagradable?

¿Por qué esas caras defectuosas y esos corazones que son un dechado?

¿Por qué ha hecho Dios cosas tan contradictorias, como una mujer adorable y mala?

Si su poder es tan grande, ¿por qué lo que más amamos ha de ser, como esas flores venenosas de ricos matices, susceptibles de fascinarnos con su mirada y de intoxicarnos con su aliento maldito?

¡Qué! ¿no bastaba que hubiera hombres malos?

¿Para completar el infierno de este mundo, había acaso necesidad de que las mujeres fueran demonios?

Yo habría hecho iguales á todas las mujeres.

¿Las rosas no exhalan todas el mismo suavísimo perfume?

Las cosas bellas, deberían serlo en todo y por todo.

Soliloqueando así iba yo, cuando un murmullo humano, parecido á un gruñido de perros, llamó mi atención.

Me detuve, estaba á dos pasos del toldo de Villarreal; puse el oído, oí hablar confusamente en araucano; miré en esa dirección y vi el espectáculo más repugnante.

Un candil de grasa de potro, hecho en un hoyo, ardía en el suelo; un tufo rojizo era toda la luz que despedía.

Bajo la enramada del toldo, la chusma viciosa y corrompida saboreaba, con irritante desenfreno, los restos aguardentosos de una saturnal que había empezado al amanecer.

Hombres y mujeres, jóvenes y viejas, todos estaban mezclados y revueltos unos con otros; desgreñados los cerdudos cabellos, rotas las sucias camisas, sueltos los grasientos pilquenes; medio vestidos los unos, desnudos los otros; sin pudor las hembras, sin vergüenza los machos; echando blanca babaza éstos, vomitando aquéllas; sucias y pintadas las caras, chispeantes de lubricidad los ojos de los que aun no habían perdido el conocimiento, lánguida la mirada de los que el mareo iba postrando ya; hediendo, gruñendo, vociferando, maldiciendo, riendo, llorando, acostados unos sobre otros, despachurrados, encogidos, estirados, parecían un grupo de reptiles asquerosos.

Sentí humillación y horror, viendo á la humanidad en aquel estado y entré en el toldo.

Mi gente estaba pronta.

Sólo Villarreal, su mujer y su cuñada, no estaban ebrios.

Me esperaban con agua caliente y todo preparado para cebarme un mate de café.

Tuve, pues, que sentarme un rato.

No siéndole posible acompañarme á Villarreal hasta el toldo de Ramón ni darme quien lo hiciera, porque toda su chusma estaba achumada, lo que hacía que él no pudiese dejar sola su familia, llamé á Camilo Arias, y mientras yo tomaba unos mates, le hice que se informara del camino.

Villarreal, como indio ladino, dió todas las señas del campo que debíamos cruzar; advirtió las rastrilladas que debían dejarse á la derecha ó á la izquierda, los bañados guadalosos que debían excusarse; los médanos que debían rodearse, los que debían cruzarse trepando por ellos; los toldos y los sembrados que quedaban cerca de la morada del Cacique.

Una vez enterado Camilo de todo, me despedí de Villarreal y su familia.

Nos abrazaron á todos con cariño, rogando á Dios en lengua castellana, que tuviéramos feliz viaje, y nos acompañaron hasta el palenque, pidiéndonos, como lo hubieran hecho las gentes mejor criadas, mil disculpas por la pobrísima hospitalidad que nos habían dispensado.

Como la noche estaba tan hermosa, y no teníamos ningún monte que atravesar, mandé echar las tropillas por delante para que los animales montados marcharan más ganosos.

Le previne á Camilo que cada diez minutos hiciera alto para que no nos fuéramos á extraviar, por no oir los cencerros, ¡en marcha! grité y partieron todos.

Yo me detuve un instante á encender un cigarro.

Encendiéndolo estaba, cuando una sombra se acercó á mi lado.

Reconocí una mujer.

—Aquí vengo á traerle esto—me dijo, poniendo en mis manos un pequeño envoltorio de papel.

—¿Y qué es eso?—le pregunté.

—Es un recuerdo.

—¿Un recuerdo?

—Sí, una faja pampa, bordada por mí.

—Gracias, ¿por qué se ha incomodado?

Dió un suspiro y con acento conmovido y tono de reproche amable, exclamó:

—¡Incomodado!

—¡Adiós!—le dije, recogiendo mi caballo.

—¡Adiós!—me contestó tristemente.

—¡Adiós! ¡adiós!—dijeron Villarreal y su mujer.

—¡Adiós! ¡adiós!—repuse yo, y partí al galope, murmurando:

—Saben querer desinteresadamente y olvidar también.

No son ni ángeles, ni demonios.

Pero participan de las dos naturalezas á la vez. Cuando son buenas, no hay nada comparable á ellas; cuando son malas, son execrables.

Y, con todos sus defectos, sus contradicciones y sus veleidades, la existencia sin ellas sería como una peregrinación nocturna por una tierra de hielo y bajo un cielo sin luz.

Sí, todos exclaman tarde ó temprano, después de tantos arranques frenéticos:

Yes! my adored, yet most unkind!
Though thou wilt never love again,
To me ’tis doubly sweet to find
Remembrance of that love remain.

Yes! ’tis a glorious thought to me
Nor longer shall my soul repine,
Whate’er thou art or e’er shall be,
That thou hast been dearly, solely, mine. [4]

El cencerro de las tropillas me servía de guía; mi caballo iba brioso lo que oía y rumbeaba al fin para la querencia.

Llegué al pie de un médano bastante elevado y me encontré con Camilo Arias que me esperaba.

Oyendo el cencerro y no viendo las tropillas, se me ocurrió que alguna novedad había.

—¿Qué hay?—le pregunté.

—Nada, señor—me contestó,—por precaución lo he esperado aquí; vamos á cruzar este médano, tiene muchas caídas y es muy fácil perderse.

—¡Bueno, adelante! ¡vamos! es mucho más de media noche; no perdamos tiempo, le dije.

Trepó al médano y le seguí. Los caballos hacían esfuerzos supremos para repecharlo, se enterraban hasta los ijares en la blanda y deleznable arena; pero subían poco á poco. Llegamos al borde de la cresta, y cuando yo creía tramontar el obstáculo, me

hallé con una hondonada profunda, de cuyo fondo manaba puro y cristalino un espejo de agua. Las tropillas bebían reflejándose en él y la luna, desde un cielo limpio y azul, iluminaba el agreste y poético paisaje.

Seguimos andando, subimos y bajamos.

De repente, á pesar de las precauciones tomadas, Camilo Arias me dijo:

—Señor, estamos perdidos.

—¡Alto! ¡alto!—grité, y contestándole á Camilo.

—Busca la senda, pues.

Echamos pie á tierra y esperamos.

Un momento después volvió el ecuestre piloto diciendo:

—Por allí va.

Marchamos.

La noche se iba toldando; parecía querer llover al entrarse la luna.

Caímos á un bañado salitroso, y siendo tantos los rastros que lo cruzaban y los arbustos espinosos de que estaba cubierto, las tropillas se desparramaron.

Era una confusión, de todos lados sonaban cencerros y se oían los silbidos de los tropilleros repuntando los caballos menos amadrinados.

Nosotros mismos tuvimos que diseminarnos; las sendas eran muy tortuosas y los caballos no se seguían.

El salitral blanqueaba como la mansa superficie de un lago helado; crujía estrepitosamente bajo los cascos de los cien caballos que lo cruzaban, hundiéndose aquí en el guadal, empinándose allí en las carquejas que tanto abundan en las pampas, espantándose de repente de los fuegos fatuos que como una fosforescencia errante corrían acá y allá.

La noche se encapotaba; la luna declinaba con sombría majestad por entre anchas fajas jaspeadas y las estrellas apenas alumbraban, al través del velo acuoso que cubría los cielos.

Crucé el bañado.

Camilo Arias no se había separado de mí.

Algunos habían pasado ya y esperaban en la orilla; otros estaban acabando de pasar.

Con las tropillas sucedía lo mismo, no estaban reunidas aún.

Esperé un rato, y mientras tanto se buscó en vano el camino.

Viendo que no lo hallaban y que el capitán Rivadavia y otros no parecían, mandé quemar el campo; no se pudo por la humedad y falta de sebo; se dieron voces, nadie contestó; silbamos, silencio profundo.

Destaqué tres descubridores; á las cansadas volvieron dos, sin haber visto ni oído nada.

Faltaba el otro, y contestó de ahí cerca; hacía un rato que giraba perdido á nuestro alrededor.

La lluvia amenazaba volver á desplomarse por momentos.

Marchemos al rumbo—le dije á Camilo,—hasta que lleguemos á un campo más alto que éste; los demás jinetes y caballos los hallaremos de día.

Marchamos.

Y marchando íbamos cuando ladraron perros.

—Allí hay un toldo—dijo Camilo.

Miré en la dirección que me indicaba, no vi sino tinieblas.

—Pues hagamos alto aquí y que vayan á averiguar dónde queda el de Ramón—le contesté.

Despachó una pareja de jinetes.

Volvieron diciendo que íbamos mal; que el camino quedaba á la izquierda, es decir, al Poniente, y que el toldo de Ramón estaba muy cerca, que en cuanto cruzáramos una cañada lo veríamos.

Cambiamos de rumbo y seguimos la marcha en la dirección indicada, y á poco andar, caímos á un campo bajo, húmedo y guadaloso.

—Aquí debe ser la cañada—dijo Camilo,—ya debemos estar cerca.

Entre los extraviados iba un perro mío llamado Brasil, que después de haber hecho la campaña del Paraguay en el Batallón 12 de línea, me acompañaba valientemente en aquella excursión.

Brasil era un sabueso criollo inteligentísimo, mezcla de galgo y de podenco de presa, fuerte, guapo, ligero, listo, gran cazador de peludos y mulitas, de gamos y avestruces, y enemigo declarado de los zorros, únicos con quienes no siempre salía bien.

Todos lo querían; le acariciaban y le cuidaban.

Los soldados conocían sus ladridos lo mismo que mi voz.

Cruzábamos la cañada cuando se oyeron unos ecos perrunos.

—¡Ése es Brasil!—dijeron varios á la vez.

—Ahí ha de estar el capitán Rivadavia—dijo Camilo Arias.

Con efecto, guiados por los ladridos de Brasil, no tardamos en reunirnos á él.

Faltaban, sin embargo, algunos.

El capitán Rivadavia, con los que le seguían, después de haber buscado inútilmente su incorporación á mí, resolvió esperar allí y hacía un buen rato que me esperaba.

Seguimos la marcha, y al entrar en unos vizcacherales, Camilo Arias me observó que debíamos estar muy cerca de algún toldo.

Las vizcachas auguran siempre una población cercana.

Corriéndolas Brasil, husmeó un rastro de jinetes y caballos.

—Por allí debe de ir Rufino Pereyra,—que era uno de mis asistentes de confianza que faltaba,—con su tropilla—dijo Camilo al oirlo.

Un momento después oyéronse con más fuerza los ladridos de Brasil y de otros de su jaez.

Á no dudarlo, íbamos á llegar al toldo de Ramón ó á otro.

Seguimos la dirección de los ladridos, y al llegar á un gran corral, apareció Rufino Pereyra con su tropilla.

La madrina había perdido el cencerro en el carquejal del bañado salitroso.

Estábamos en donde queríamos.

Me aproximé al toldo.

Salió un indio—me dijo que Ramón había estado en pie, con toda la familia, esperándome, hasta media noche con la cena pronta; que no se levantaba porque estaba medio indispuesto, que me apeara, que aquella era mi casa, que me acomodase como gustara.

Eché, pues, pie á tierra, me instalé en el espacioso salón, donde Ramón tenía la fragua de su platería, se acomodaron los caballos, se recogieron de la huerta zapallos y choclos en abundancia, se hizo fuego; cenamos y nos acostamos á dormir alegres y contentos, como si hubiéramos llegado al palacio de un príncipe y estuviéramos haciendo noche en él.

¡Cuán cierto es que el arte de la felicidad consiste en saber conformar los deseos á los medios y en desear solamente los placeres posibles!

NOTAS:

[4]Sí, amiga adorada aunque inconstante, en vano no me amarás ya: es para mí un consuelo saber que el recuerdo de nuestro amor no se borrará de tu corazón.

Sí, será para mí un triunfo, y ahogaré las penas de mi alma pensando que, seas lo que seas, te vuelvas lo que te vuelvas, tú has sido mía y sólo mía.

XXVIII
El sueño no tiene amo.—El toldo de Ramón nada deja que desear.—Una fragua primitiva.—Diálogo entre la civilización y la barbarie.—Tengo que humillarme.—Se presenta Ramón.—Doña Fermina Zárate.—Una lección de filosofía práctica.—Petrona Jofré y los cordones de Nuestro Padre San Francisco.—Veinte yeguas, sesenta pesos, un poncho y cinco chiripáes por una mujer.—Rasgo generoso de Crisóstomo.—El hombre ni es un ángel ni una bestia.

Un proverbio negro dice: el sueño no tiene amo.

Todos dormimos perfectamente bien.

El cansancio nos hizo hallar deliciosa la morada del cacique Ramón.

Cuando yo me desperté eran las ocho de la mañana; mis compañeros roncaban aún con una expansión pulmonar envidiable.

Llamé un asistente, pedí mate y me quedé un rato más en cama gozando del placer de no hacer nada, placer tan combatido y censurado cuanto generalmente codiciado.

Según un amigo, pensador no vulgar y egregio poeta, no hacer nada es descansar. Así él sostiene que el día es hecho para eso y la noche para dormir.

¡Lástima que un mortal de gustos tan patriarcales, que sería dichoso con muy poca cosa, se vea condenado como tanto hijo de vecino, á la dura ley del trabajo, cuando innumerables prójimos desperdician lo superfluo y aun lo necesario!

¡Qué hacer! el mundo está organizado así y el Eclesiastés, que sabe más que mi amigo y yo juntos, dice:

«El insensato tiene los brazos cruzados y se consume diciendo:

«Lleno el hueco de una mano, con reposo, vale más que las dos llenas con trabajo y mortificación de espíritu.»

Con la luz del día examiné el lecho en que había dormido tan cómodamente, como en elástica cama á la Balzac provista de sus correspondientes accesorios, almohadones de finísimas plumas y sedosos cobertores. Eran unos cueros de potro mal estaqueados y unas pieles de carnero, la cabecera un mortero cubierto con mis cojinillos.

En seguida tendí la vista á mi alrededor.

En Tierra Adentro yo no había pernoctado bajo techumbre mejor.

El toldo del cacique Ramón superaba á todos los demás.

Mi alojamiento era un galpón de madera y paja, de doce varas de largo por cuatro de ancho y tres de alto.

Estaba perfectamente aseado.

En un costado, se veía la fragua y al lado una mesa de madera tosca y un yunque de hierro.

Ya he dicho que Ramón es platero y que este arte es común entre los indios.

Ellos trabajan espuelas, estribos, cabezadas, pretales, aros, pulseras, prendedores y otros adornos femeninos y masculinos, como sortijas y yesqueros.

Funden la plata, la purifican en el crisol, la ligan, la baten á martillo, dándole la forma que quieren y la cincelan.

En la chafalonía, prefieren el gusto chileno; porque con Chile tienen comercio y es de allí de donde llevan toda clase de prendas, que cambalachean por ganado vacuno, lanar y caballar.

La fragua consistía en un paralelepípedo de adobe crudo.

Tenía dos fuelles y se conocía que el día anterior habían trabajado; las cenizas estaban tibias aún.

En un saco de cuero había carbón de leña y sobre la mesa se veían varios instrumentos cortantes, martillos y limas rotas.

Los fuelles llamaron sobremanera mi atención por su extraña estructura.

Antes de examinar su construcción entablé un diálogo conmigo mismo.

—Á ver, me dije, representante orgulloso de la civilización y del progreso moderno en la pampa, ¿cómo harías tú un fuelle?

—¿Un fuelle?

—Sí, un fuelle, ¿no se llama así por la Academia española «un instrumento para recoger viento y volverlo á dar», aunque habría sido más comprensible y digno de ella decir: un instrumento construido según ciertos principios de física, para recoger aire por medio de una válvula, y volverle á despedir con más ó menos violencia, á voluntad del que lo maneje, por un cañón colocado á su extremo?

—Entiendo, entiendo.

—Y bien, si entiendes, dime, ¿cómo lo harías?

—¿Cómo lo haría?

—¡Sí, hombre, por Dios! parece que te hubiera puesto un problema insoluble.

—No digo eso.

—¿Entonces?

—Es que…

—¡Ah! es que eres un pobre diablo, un fatuo del siglo XIX, un erudito á la violeta, un insensato que no quieres confesar tu falta de ingenio.

—¿Yo?…

—Sí, tú, has entrado en el miserable toldo de un indio á quien un millón de veces has calificado de bárbaro, cuyo exterminio has preconizado en todos los tonos, en nombre de tu decantada y clemente civilización, te ves derrotado y no quieres confesar tu ignorancia.

—¿Mi ignorancia?

—Tu ignorancia, sí.

—¿Quieres acaso que me humille?

—Sí, humíllate y aprende una vez más que el mundo no se estudia en los libros.

Incliné la frente, me acerqué á la fragua, cogí el manubrio de ambos fuelles, los que estaban colocados en la misma línea horizontal, tiré, aflojé y se levantó una nube de ceniza.

Eran feos; pero surtían el efecto necesario, despidiendo una corriente de aire bastante fuerte para inflamar el carbón encendido.

Todo era obra del mismo Ramón; invento exclusivo suyo.

Con una panza seca de vaca y sobada había hecho una manga de una vara de largo y un pie de diámetro; con tientos la había plegado, formándole tres grandes buches con comunicación; en un extremo había colocado la mitad del cañón de una carabina y en el otro un tarugo de palo labrado con el cuchillo; el cañón estaba embutido en la fragua y sujeto con ataduras á un piquete. Naturalmente, tirando y apretando aquel aparato hasta aplastar los buches, el aire entraba y salía produciendo el mismo efecto que cualquier otro fuelle.

Pensaba el tiempo que habría empleado yo con todos los recursos de la civilización, si por necesidad ó afición á las artes liberales me hubiese propuesto hacer un fuelle; se me ocurría que quizás habría tenido que darme por derrotado, cuando un cautivo, blanco y rubio, de doce á catorce años, entró en el galpón y después de saludarme con el mayor respeto tratándome de usía, me dijo:

—Dice el cacique Ramón que si se le puede ver ya; que cómo ha pasado la noche.

Le contesté que estaba á su disposición, que podía verme en el acto, si quería, y que había dormido muy bien.

Salió el cautivo, y un momento después se presentó Ramón, vestido como un paisano prolijo, aseado que daba gusto verle; sus manos acostumbradas al trabajo, parecían las de un caballero, tenía las uñas irreprochablemente limpias, ni cortas ni largas y redondeadas con igualdad.

No estuvo ceremonioso.

Al contrario, me trató como á un antiguo conocido, me repitió que aquella era mi casa, que dispusiera de él, me anunció que ya me iban á traer el almuerzo, que más tarde me presentaría á su familia y me dejó solo.

En seguida volvió, se sentó y trajeron el almuerzo.

Era lo consabido, puchero con zapallo, choclos, asado, etc.

Todo estaba hecho con el mayor esmero; hacía mucho tiempo que yo no veía un caldo más rico.

Durante el almuerzo hablamos de agricultura y de ganadería.

El indio era entendido en todo.

Sus corrales eran grandes y bien hechos, sus sementeras vastas, sus ganados mansos como ninguno.

Es fama que Ramón ama mucho á los cristianos; lo cierto es que en su tribu es donde hay más.

Una de sus mujeres, en la que tiene tres hijos, es nada menos que doña Fermina Zárate, de la Villa de la Carlota.

La cautivaron siendo joven, tendría veinte años; ahora ya es vieja.

¡Allí estaba la pobre!

Delante de ella, Ramón me dijo:

—La señora es muy buena, me ha acompañado muchos años, yo le estoy muy agradecido, por eso le he dicho ya que puede salir cuando quiera volverse á su tierra, donde está su familia.

Doña Fermina le miró con una expresión indefinible, con una mezcla de cariño y de horror, de un modo que sólo una mujer observadora y penetrante habría podido comprender, y contestó:

—Señor, Ramón es un buen hombre. ¡Ojalá todos fueran como él! Menos sufrirían las cautivas. Yo, ¡para qué me he de quejar! Dios sabrá lo que ha hecho.

Y esto diciendo se echó á llorar, sin recatarse.

Ramón dijo:

—Es muy buena la señora,—se levantó, salió, y me dejó solo con ella.

Doña Fermina Zárate no tiene nada de notable en su fisonomía; es un tipo de mujer como hay muchas, aunque su frente y sus ojos revelan cierta conformidad paciente con los decretos providenciales.

Está menos vieja de lo que ella se cree.

—¿Y por qué no se viene usted conmigo señora?—le dije.

—¡Ah! señor—me contestó con amargura—¿y qué voy á hacer yo entre los cristianos?

—Para reunirse á su familia. Yo la conozco, está en la Carlota, todos se acuerdan de usted con gran cariño y la lloran mucho.

—¿Y mis hijos, señor?

—Sus hijos…

—Ramón me deja salir á mí; porque realmente no es mal hombre, á mí al menos me ha tratado bien, después que fuí madre. Pero mis hijos, mis hijos no quiere que los lleve.

No me resolví á decirle: Déjelos usted, son el fruto de la violencia.

¡Eran sus hijos!

Ella prosiguió:

—Además, señor, ¿qué vida sería la mía entre los cristianos después de tantos años que falto de mi pueblo? Yo era joven y buena moza cuando me cautivaron. Y ahora ya ve, estoy vieja. Parezco cristiana, porque Ramón me permite vestirme como ellas, pero vivo como india; francamente; me parece que soy más india que cristiana, aunque creo en Dios, como que todos los días le encomiendo mis hijos y mi familia.

—¿Á pesar de estar usted cautiva cree en Dios?

—¿Y él qué culpa tiene de que me agarraran los indios? la culpa la tendrán los cristianos que no saben cuidar sus mujeres ni sus hijos.

No contesté; tan alta filosofía en boca de aquella mujer, la concubina jubilada de aquel bárbaro, me humilló más que el soliloquio á propósito del fuelle.

Una mujer joven y hermosa, demacrada, sucia y andrajosa se presentó diciendo con tonada cordobesa:

—¿Usted será, mi señor, el coronel Mansilla?

—Yo soy, hija, ¿qué quiere usted?

—Vengo á pedirle que me haga el favor de hacer que los padrecitos me den á besar el cordón de Nuestro Padre San Francisco.

—¡Pues no! con mucho gusto, y esto diciendo llamé á los santos varones.

Vinieron.

Al verlos entrar, la desdichada Petrona Jofré se postró de hinojos ante ellos y con efusión ferviente tomó los cordones del padre Marcos, después los del padre Moisés y los besó repetidas veces.

Los buenos franciscanos, viéndola tan angustiosa, la exhortaron, la acariciaron paternalmente y consiguieron tranquilizarla, aunque no del todo.

Sollozaba como una criatura.

Partía el corazón verla y oirla.

Calmóse poco á poco y nos relató la breve y tocante historia de sus dolores.

Doña Fermina confirmaba todas sus referencias.

La vida de aquella desdichada de la Cañada Honda, mujer de Cruz Bustos, era una verdadera viacrucis.

La tenía un indio malísimo llamado Carrapí.

Estaba frenéticamente enamorado de ella, y ella resistía con heroísmo á su lujuria.

De ahí su martirio.

—Primero me he de dejar matar, ó lo he de matar yo, que hacer lo que el indio quiere, decía con expresión enérgica y salvaje.

Doña Fermina meneaba la cabeza y exclamaba:

—¡Vea qué vida, señor!

Yo estaba desesperado.

¿Qué otro efecto puede producir la simpatía impotente?

Nada podía hacer por aquella desdichada, nada tenía que darle.

No me quedaba sino lo puesto.

Ni pañuelo de manos llevaba ya.

Doña Fermina me contó que Carrapí no quería venderla para que la sacaran, y que un cristiano, por caridad, la andaba por comprar.

El indio pedía por ella veinte yeguas, sesenta pesos bolivianos, un poncho de paño y cinco chiripáes colorados.

—¿Y quién es ese cristiano?—le pregunté.

—Crisóstomo—me contestó.

—¿Crisóstomo?…

—Sí, señor, Crisóstomo.

Crisóstomo era el hombre aquél que en Calcumuleu hubo de pasar á caballo por entre los franciscanos: que tanto me exasperó, que me dió de comer después y me relató su interesante historia.

Está visto: los malvados también tienen corazón.

Bien dice Pascal:

El hombre no es un ángel ni una bestia.

Es un ser indefinible, hace el mal por placer y goza con el bien.

En medio de todo es consolador.

 

XXIX
La familia del cacique Ramón.—Spañol.—Una invasión.—Despacho al capitán Rivadavia.—Cuestión de amor propio.—Buen sentido de un indio.—En Carrilobo soplaba mejor viento que en Leubucó.—Suenan los cencerros.—Atíncar (véase bórax).—El hombre civilizado nunca acaba de aprender.—Me despido.—Cómo doman los bárbaros.—¡Últimos hurrahs!

Me invitaron á pasar al toldo de Ramón.

Dejé á doña Fermina Zárate y á Petrona Jofré con los franciscanos y entré en él.

La familia del cacique constaba de cinco concubinas, de distintas edades, una cristiana y cuatro indias; de siete hijos varones y de tres hijas mujeres, dos de ellas púberes ya.

Éstas últimas, y la concubina que hacía cabeza, se habían vestido de gala para recibirme.

No hay indio ranquel más rico que Ramón, como que es estanciero, labrador y platero.

Su familia gasta lujo.

Ostentaban hermosos prendedores de pecho, zarcillos, pulseras y collares, todo de plata maciza y pura, hecho á martillo y cincelado por Ramón; mantas, fajas y pilquenes de ricos tejidos pampas.

Las dos hijas mayores se llamaban, Comeñé, la primera, que quiere decir ojos lindos, de come, lindo, y de ñé, ojos; Pichicaiun la segunda, que quiere decir boca chica, de pichicai, chico, y de un boca.

Se habían pintado con carmín los labios, las mejillas y las uñas de las manos; se habían sombreado los párpados y puesto muchos lunarcitos negros.

Tanto Pichicaiun, como Comeñé, tenían nombres muy apropiados; la una se distinguía por una boca pequeñita lindísima; la otra por unos grandes ojos negros llenos de fuego. Ambas estaban en la plenitud del desarrollo físico, y en cualquier parte un hombre de buen gusto las hubiera mirado largo rato con placer.

Me recibieron con graciosa timidez.

Me senté, Ramón se puso á mi lado, su mujer principal y sus hijas enfrente.

Las dos chinitas sabían que eran bonitas; coqueteaban como lo hubieran hecho dos cristianas.

Ramón es muy conversador, no me dejaban conversar con él; el lenguaraz trabucaba sus razones y las mías.

¡Qué maldita condición tienen nuestras caras compañeras!

Con su permiso diré, que son como los gatos: antes de matar la presa juegan con ella.

—¡Spañol! ¡Spañol!—gritó Ramón.—El cautivo blanco y rubio se presentó. Recibió órdenes, se marchó y volvió trayendo cubiertos y platos.

Sirvieron la comida.

Yo acababa de almorzar. Pero no podía rehusar el convite que se me hacía. Me habría desacreditado.

Comí, pues.

El cautivo no le quitaba los ojos á Ramón; éste lo manejaba con la vista.

—¿Cómo te llamas?—le pregunté, creyendo que las palabras ¡Spañol! ¡Spañol! tenían una significación araucana.

—Spañol—me contestó.

—¿Spañol?—repetí yo, mirando á Mora y á Ramón alternativamente.

—Sí, señor, Spañol—me dijo Mora,—así les llaman á algunos cautivos.

—Spañol—afirmó Ramón, que había entendido mi pregunta.

—¿Pero qué nombre tenías en tu tierra?—le pregunté al cautivo.

—No sé, se me ha olvidado; era muy chico cuando me trajeron—repuso.

—¿De dónde eres?

—No sé.

—¡Cómo no has de saber! ¿Te han prohibido que digas tu verdadero nombre y el lugar en donde te cautivaron?

—No, señor.

—Si no ha de saber nada, señor—dijo Mora,—por eso le llaman Spañol, hasta que sea más grande y le den nombre de indio.

—¿Y ésa es la costumbre?

—Sí, señor.

—Pregúntele á Ramón ¿qué quiere decir Spañol?

Ramón contestó.

—Spañol, quiere decir, de otra tierra.

En esto estábamos, cuando el capitán Rivadavia se me presentó, y hablándome al oído, me dijo:

Que Crisóstomo acababa de llegar de Leubucó y que á su salida se decía allí que había habido invasión por San Luis.

Le pedí permiso á Ramón para retirarme, comunicándole la ocurrencia; me retiré, y un momento después el capitán Rivadavia se separaba de mí con una carta bastante fuerte para Mariano Rosas.

Le exigía en ella el castigo de los invasores apoyándome en el Tratado de paz y le decía que en la Verde esperaba su contestación; que á la tarde estaría allí.

Ramón vino á hablar conmigo y me manifestó su disgusto por el hecho; me dijo que había de ser Wenchenao, calificándolo de gaucho ladrón y me preguntó que á qué hora pensaba ponerme en marcha.

Le dije que en cuanto medio quisiera ladear el sol, estilo gauchesco, que vale tanto como después de las doce.

Me hizo presente que entonces había tiempo de carnear una res gorda y unas ovejas para que llevara carne fresca.

Le expresé que no se incomodara, y me hizo entender que no era incomodidad sino deber y que extrañaba mucho que Mariano Rosas me hubiera dejado salir de Leubucó sin darme carne.

En efecto, de allí habíamos salido con una mano atrás y otra adelante, resueltos á comernos las mulas.

Yo había hecho el firme propósito de no pedir qué comer á nadie.

Era una cuestión de orgullo bien entendida en una tierra donde los alimentos no se compran; donde el que tiene necesidad pide con vuelta.

Trajeron una vaca gorda y dos ovejas, mandé á mi gente á carnearlas y entramos con Ramón á la platería.

El indio me habló así:

—Yo soy amigo de los cristianos, porque me gusta el trabajo; yo deseo vivir en paz, porque tengo qué perder; yo quiero saber si esta paz durará y si me podré ir con mi indiada al Cuero, que es mejor campo que éste.

Le contesté:

Que me alegraba mucho de oirlo discurrir así; que eso probaba que era un hombre de juicio.

Añadió:

—Yo conozco la razón; ¿usted cree que no me gustaría á mí vivir como Coliqueo?[5] ¡Pero cuándo van los otros!

¡Están muy asustadizos! Es preciso que pase mucho tiempo para que le tomen gusto á la paz.

Yo repuse:

—¿Entonces usted cree que es mejor vivir juntos y no desparramados?

—Ya lo creo—me contestó,—viviendo así tan lejos unos de otros, todos son perjuicios, no hay comercio.

Llegaron algunas visitas. Tuve que recibirlas. Entre ellas venía el padre de Ramón, un indio valetudinario y setentón. Me contó su vida, sus servicios, me ponderó sus méritos con un cinismo comparable solamente al de un hombre civilizado; me dijo que había abdicado en su hijo el gobierno de la tribu, porque Ramón era como él, me hizo mil ofertas, mil protestas de amistad y por último me pidió un chaquetón de paño forrado en bayeta.

Me avisaron que la carneada estaba hecha; mandé arrimar las tropillas y le previne á Ramón que ya pensaba marcharme, á lo cual contestó que yo era dueño de mi voluntad; que cómo había de ser, si no podía hacerle una visita más larga y que iba á tener el gusto de acompañarme con algunos amigos hasta por ahí.

Le di las gracias por su fineza, le manifesté que para qué quería incomodarse, que no hiciera ceremonia, y me respondió que no había incomodidad en cumplir con un deber, que quizá no nos volveríamos á ver.

Yo no tenía qué replicar.

Pensé un momento para mis adentros, que en Carrilobo soplaba un viento mucho mejor que en Leubucó, como que Ramón no tenía á su lado cristianos que le adularan; que era el indio más radical en sus costumbres; el que me había recibido más á la usanza ranquelina, era el que se manifestaba á mi regreso más caballero y cumplido; y acabé por hacerme esta pregunta: ¿El contacto de la civilización será corruptor de la buena fe primitiva?

Sentí el cencerro de las tropillas que llegaban, mandé ensillar y le dije á Ramón:

—Bueno, amigo, ¿qué tiene que encargarme?

—Necesito algunas cosas para la platería—me contestó.

—Yo se las mandaré, y esto diciendo saqué mi libro de memorias para apuntar en él los encargos—añadiendo,—qué son:

—Un yunque.

—Bueno.

—Un martillo.

—Bueno.

—Unas tenazas.

—Bueno.

—Un torno.

—Bueno.

—Una lima fina.

—Bueno.

—Un alicate.

—Bueno.

—Un crisol.

—Bueno.

—Un bruñidor.

—Bueno.

—Piedra lápiz.

—Bueno.

—Atíncar.

Ramón había ido enumerando las palabras anteriores, sin necesidad de lenguaraz, pronunciándolas correctamente.

Al oirle decir atíncar, le pregunté:

—¿Atíncar?

—Sí, atíncar—repuso.

—Dígame el nombre en lengua de cristiano.

—Así es, atíncar.

Iba á decirle: ése será el nombre en araucano; pero me acordé de las lecciones que acababa de recibir, de mi humillación en presencia del fuelle, de mi humillación ante doña Fermina, discurriendo como un filósofo consumado y en lugar de hacerlo, le pregunté:

—¿Está usted cierto?

—Cierto, atíncar es, así le llaman los chilenos; y esto diciendo se levantó, se acercó á la fragua, metió la mano en un saquito de cuero que estaba colgado al lado de la horqueta de una tijera del techo, y desenvolviéndolo y pasándomelo, me dijo:

—Esto es atíncar.

Era una substancia blanquecina, amarga, como la sal.

Apunté atíncar, convencido que la palabra no era castellana.

En cuanto llegué al Río 4.º, uno de mis primeros cuidados fué tomar el diccionario.

La palabra atíncar trotaba por mi imaginación.

Atíncar hallé en la página 82, masculino, véase: bórax.

—¡Alabado sea Dios!—exclamé.—Yo sabía lo que era bórax; sabía que era una sal que se encuentra en disolución en ciertos lagos; sabía que en metalurgia se la empleaba como fundente, como reactivo y como soldadura. ¡Loado sea Dios!—volví á exclamar,—que así castiga sin palo ni piedra.

Tanto que declamamos sobre nuestra sabiduría, tanto que leemos y estudiamos.

¿Y para qué?

Para despreciar á un pobre indio, llamándole bárbaro, salvaje; para pedir su exterminio, porque su sangre, su raza, sus instintos, sus aptitudes no son susceptibles de asimilarse con nuestra civilización empírica, que se dice humanitaria, recta y justiciera, aunque hace morir á hierro al que á hierro mata, y se ensangrienta por cuestión de amor propio, de avaricia, de engrandecimiento, de orgullo, que para todo nos presenta en nombre del derecho el filo de una espada, en una palabra, que mantiene la pena del talión, porque si yo mato me matan; que en definitiva, lo que más respeta, es la fuerza, desde que cualquier Breno de las batallas ó del dinero es capaz de hacer inclinar de su lado la balanza de la justicia.

¡Ah! mientras tanto, el bárbaro, el salvaje, el indio ése, que rechazamos y despreciamos, como si todos no derivásemos de un tronco común, como si la planta hombre no fuese única en su especie, el día menos pensado nos prueba que somos muy altaneros, que vivimos en la ignorancia, de una vanidad descomunal, irritante, que ha penetrado en la obscuridad nebulosa de los cielos con el telescopio, que ha suprimido las distancias por medio de la electricidad y del vapor, que volará mañana, quizá, convenido; pero que no destruirá jamás, hasta aniquilarla, una simple partícula de la materia, ni le arrancará al hombre los secretos recónditos del corazón.

Todo estaba pronto para la marcha.

Me despedí de la familia de Ramón, cuyas hijas, apartándose de la costumbre de la tierra, nos abrazaron y nos dieron la mano, regalándoles sortijas de plata á algunos de los que me acompañaban.

En seguida marché, me acompañaban Ramón y cincuenta de los suyos al son de cornetas.

Ramón montaba un caballo bayo domado por él.

Parecía un animal vigoroso.

—Yo no soy haragán, amigo—me dijo.—Yo mismo domo mis caballos, me gusta más el modo de los indios que el de los cristianos.

—¿Y qué, doman de otro modo ustedes?—le pregunté.

—Sí—me contestó.

—¿Cómo hacen?

—Nosotros no maltratamos el animal; lo atamos á un palo; tratamos de que pierda el miedo; no le damos de comer si no deja que se le acerquen; lo palmeamos de á pie; lo ensillamos y no lo montamos, hasta que se acostumbra al recado, hasta que no siente ya cosquillas; después lo enfrenamos, por eso nuestros caballos son tan briosos y tan mansos.

Los cristianos les enseñan más cosas, á trotar más lindo; nosotros los amansamos mejor.

—Hasta en esto—dije para mis adentros,—los bárbaros pueden darles lecciones de humanidad á los que les desprecian.

Ramón me había acompañado como una legua.

—Hasta aquí no más—le dije, haciendo alto.

—Como guste—me contestó.

Nos dimos la mano, nos abrazamos y nos separamos.

Su comitiva me saludó con un ¡hurrah!

—¡Adiós! ¡adiós!—gritaron varios á una.

—¡Adiós! ¡adiós! ¡amigo!—gritaron otros.

Y ellos partieron para el Sur, y nosotros para el Norte, envueltos en remolinos de arena que obscurecían el horizonte como negra cortina.

Mi cálculo era llegar á la Verde al ponerse el sol.

Llegué á un campo pastoso, hice alto un momento, la arena nos ahogaba.

NOTAS:

[5]Coliqueo, indio amigo establecido en su tribu entre los departamentos de Junín y 25 de Mayo, Provincia de Buenos Aires.

XXX
Á la vista de la Verde.—Murmuraciones.—Defecto de lectores y de caminantes.—Dos cuentos al caso.—Reglas para viajar en la Pampa.—La monotonía es capaz de hacer dormir al mejor amigo.—Dos polvos.—Suerte de Brasil.—Reproche de los franciscanos.—¿Tendrán alma los perros?—Un obstáculo.

Los médanos de la Verde estaban á la vista, y es probable que, en mi caso, otro viajero no se hubiera detenido. Pero la experiencia es madre de la ciencia, y yo me reía de algunos de mis oficiales que, viendo el objetivo tan cerca, murmuraban:—¿Por qué se parará aquí este hombre?

Ellos no habían recorrido como yo cuatro partes del mundo, en buque de vela, en vapor, en ferrocarril, en carreta, á caballo, á pie, en coche, en palanquín, en elefante, en camello, en globo, en burro, en silla de manos, á lomo de mula y de hombre.

Es defecto de lectores y de caminantes apurarse demasiado.

Unos y otros debieran tener presente que la igualdad del movimiento produce en el espíritu el mismo efecto que hace en los oídos la igualdad de la entonación.

Voltaire lo ha dicho:

«L’ennui naquit un jour de l’uniformité.»

Lo que nos sucede cuando oimos leer en alta voz con excesiva rapidez olvidando la marcha más ó menos mesurada del autor, la fuerza, energía ó pasión del pensamiento, nos sucede también viajando en ferrocarril.

La velocidad de la locomoción no hace efecto porque es continua.

Siempre que oigo leer en alta voz muy aprisa, me acuerdo de un cuento, y cuando recorro á caballo las pampas argentinas me acuerdo de otro.

En una comedia de Sedaine, no estoy cierto si en Rose et Colas, hay una escena muy larga entre dos aldeanos, y cuentan las crónicas que los actores á fin de terminar cuanto antes el ensayo, se apuraban demasiado, y que no por eso la escena parecía más corta.

Consultando al autor á ver si se prestaba á hacer algunas supresiones, contestó:

«Díganla más despacio y harán que parezca más corta.»

Sedaine tuvo, á no dudarlo, presente el dicho de otro poeta francés como él:

«Dans tout ce que tu lis, hâte-toi lentement.»

Pues lo mismo sucede cuando se recorre un país á todo galope; todo parece lejos y nada se ve bien, se llega al término de la jornada abrumado de cansancio y sin haber disfrutado de los agradables espectáculos de la Naturaleza.

Y eso es cuando se llega, que á veces se queda uno en el camino.

Era tarde, poníase el sol, un viajero ecuestre galopaba á toda brida por los campos.

Encontróse con un gaucho y le preguntó:

—¿Á qué hora llegaré á tal parte?

—Si sigue al galope—le contestó,—llegará mañana; si marcha al trotecito llegará lueguito no más.

—¿Y cuántas leguas hay?

—Así como dos.

—¿Y cómo es eso; si está tan cerca, cómo he de tardar más andando más ligero?

—¡Oh!—contestó el paisano, echándole una mirada de compasión al caballo de su interlocutor;—es que si lo sigue apurando al mancarrón, ahorita no más se le va á aplastar.

Lo cual, oido por el viajero, hizo que recogiendo la rienda se pusiera al trote.

La aplicación de mis máximas, viajando en todas estaciones, de día y de noche, con buen y mal tiempo, por las vastas soledades del desierto, me ha dado siempre el mejor resultado.

He llegado adonde me proponía el día anunciado de antemano, sin dejar caballos cansados en el camino y sin fatigar física ni moralmente á los que me acompañaban.

Mi regla era inalterable.

Partía al trote, galopaba un cuarto de hora, sujetaba, seguía al tranco cinco minutos, trotaba en seguida otros cinco, galopaba luego otro cuarto de hora, y por último hacía alto, echaba pie á tierra descansando cinco minutos y dejaba descansar los caballos prosiguiendo después la marcha con la misma inflexible regularidad, toda vez que el terreno lo permitía.

Los maturrangos que me seguían se quejaban de que cambiara tanto el aire de la marcha y de las continuas paradas, primero, por falta de reflexión; segundo, porque á ellos una vez que el cuerpo se les calienta, lo que menos les incomoda es el galope. Pero los caballos, más jueces en la materia que los que los montan, estoy cierto que en su interior decían, cada vez que oían la voz de alto y la orden de saquen los frenos: ¡bendito sea este Coronel!

Lo repito, viajando sucede lo mismo que leyendo.

Las lecturas más largas son ésas en las que no hay alteración ni en la cadencia ni en la dicción.

El autor de la tragedia Leonidas había invitado varios de sus amigos para leerles una nueva composición.

Nadie se hizo esperar.

Á la hora convenida doce jueces selectos, entre los que había algunos académicos, se hallaban reunidos ocupando cómodos sillones, y enfrente de ellos, con una mesa por delante, el poeta.

La lectura empezó leyendo el mismo autor, que poseía el arte de hacer magníficos versos; pero que no sabía leer.

Leía con una voz sepulcral monótona é invariable.

Durante la primera media hora la amistad soportó el suplicio, aplaudiendo los dos primeros actos.

Terminaba el tercero, y como el autor no oyese la más leve muestra de aprobación, levantó la vista del manuscrito, y echando una mirada á su alrededor, encontró que el auditorio dormía profundamente.

Comprendiendo lo que había pasado, apaga las luces, y en lugar de continuar leyendo, se pone á declamar á obscuras el resto de la tragedia que sabía de memoria.

La lectura en alta voz y la declamación son dos artes diferentes.

Todos se despiertan exclamando: ¡bravo! ¡bravo!

El autor no se detiene, sus amigos creen que aquello es un sueño, que están ciegos, porque abren los ojos y nada ven, vuelven en sí después de un momento de espanto y la escena termina con esta enseñanza útil:

La monotonía es capaz de hacer dormir á los mejores amigos.

¿Mis oficiales no pensaban en nada de esto al censurar mi parada á la vista de los médanos de la Verde, como no pensaron en ocasiones anteriores qué habría sido de los pobres caballos y de nosotros mismos, si hubiéramos marchado en alas de la impaciencia siempre al galope?

Habríamos tardado más en llegar á Leubucó, más en salir de allí, más en volver al punto de partida y el trayecto lo hubiéramos hecho entre el sueño y la fatiga.

Que se acuerden de lo que les pasó, yendo de la Verde al fuerte «Sarmiento» y cuando en cumplimiento de mis órdenes tuvieron que hacer la marcha al trote, y nada más que al trote.

Todos querían galopar ó tranquear.

Los franciscanos clamaban al cielo.

La consigna era al trote y al trote se marchaba y las distancias parecían más largas y las horas eternas y todos se dormían y se llevaban los árboles por delante é interiormente exclamaban: malhaya el Coronel.

El Coronel tuvo, sin embargo, sus razones para dar esas órdenes, razones que no son del caso y que respondían á un sentimiento de prudencia previsora.

La parada no se efectuó únicamente por alterar la monotonía de la marcha ó por hacer descansar los caballos. La diplomacia tuvo en ello gran parte.

Yo tenía motivos para retardar mi arribo á la Verde, en donde no quería detenerme, sino encontrarme, en todo caso, con el capitán Rivadavia, ó con algún embajador de Mariano Rosas.

Cuando después de haber medido las distancias con el compás de la imaginación, el reloj me dijo que era hora de proseguir la marcha, mandé poner los frenos y cinchar.

Al tiempo de movernos descubriéronse á retaguardia dos polvos siguiendo la misma dirección de la rastrillada, siendo más pequeño el que estaba más cerca de nosotros, que el que remolineaba más lejos.

—Es uno que corre un avestruz—decían éstos;—es uno que corre una gama—decían aquéllos;—no es nada de eso—decía Camilo Arias:—es un indio que corre una cosa que no es animal del campo.

Mis oficiales y yo observábamos, haciendo conjeturas, y hasta los franciscanos que se iban haciendo gauchos, metían su cuchara calculando qué serían los tales polvos.

Ya estábamos á caballo.

Yo vacilaba; quería seguir y salir de dudas.

Camilo Arias, cuya mirada taladraba el espacio, por decirlo así, hasta tocar los objetos, dijo entonces con su aire de seguridad habitual:

—Es un indio que corre un perro.

—Ha de ser Brasil que se ha de haber escapado—exclamaron varios á una.

Y los dos franciscanos:

—¡Pobrecito! ¡Cuánto me alegro!

Y esto diciendo, me miraron como reprochándome una vez más lo que había hecho en Carrilobo.

Mi pecado no era grande, empero.

Estábamos conversando con Ramón en su toldo, cuando el valiente Brasil,—hablo del perro—vino mansamente á echarse á mi lado, mirándome como quien dice: ¿cuándo nos vamos de esta tierra? meneando al mismo tiempo la cola como un plumero, como cuando con una sonrisa afable ó con una palmada cariñosa queremos neutralizar el efecto de una frase picante.

No sé si lo he dicho, que Brasil, á más de ser muy guapo, era un can gordo y macizo, de reluciente pelo color oro muy amarillo.

Pero sí recuerdo haber dicho estando allá por las tierras de mi compadre Baigorrita, que los perros de los indios pasan verdaderamente una vida de perros. Siempre hambrientos, se les ven las costillas, tal es su flacura; parece que no tuvieran carne ni sangre; diríase al verlos, que son habitantes fósiles de las remotas épocas antediluvianas, en que sólo vivían disecados por una temperatura plutoniana los enroscados amonitas y los alados y cartilaginosos pterodáctilos de largo pescuezo y magna cabeza.

Ramón enamoróse de la magnificencia de Brasil, cuya gordura contrastaba con la estiptiquez de sus perros, lo mismo que un prisionero paraguayo con un morrudo soldado riograndés.

—¡Qué perro tan gordo, hermano—me dijo,—y qué lindo! y los míos ¡qué flacos!

—No les dará de comer, hermano—le contesté.

—¡Pues no!

—¿Y qué les da de comer?

—Lo que sobra.

Lo que sobra, dije yo para mis adentros. Y sabiendo que los indios se comen hasta la sangre humeante de la res, pensé: Yo no quisiera estar en el pellejo de estos perros, recordando que alguna vez había tenido envidia de ciertos perritos de larga lana y lúbricos ojos, que algunas damas de copete y otras que no lo son, adoran con locura, durmiendo hasta con ellos, tal es el progreso humanitario del siglo XIX, progreso que si sigue puede hacer que el año 2000 un perro se llame Monsieur Bijou, Mister Pinch ó el señor don Barcino.

Y dirigiéndome á mi interlocutor, repuse:

—Eso no basta.

Ramón contestó:

—Es que son maulas estos míos. Usted podía regalarme el suyo para que encastara aquí.

¿Qué le había de decir?

—Está bueno, hermano—le contesté,—tómelo; pero hágalo atar ahora mismo, porque de lo contrario no ha de parar en el toldo, se ha de ir conmigo.

Ramón llamó, y al punto se presentaron tres cautivos.

Hablóles en su lengua; quisieron ponerle un dogal al cuello con un lazo que por allí estaba, mas fué en vano.

Brasil mostraba sus aguzados y blancos colmillos, gruñía, se encrespaba, encogiendo nerviosamente la cola y los tímidos cautivos no se atrevían á violentarlo.

Me parecía que los desgraciados comprendían mejor que yo la libertad, y que no era por cobardía sino por un sentimiento de amor confuso y vago que respetaban al orgulloso mastín.

Tuve yo mismo que ser el verdugo de mi fiel compañero.

Brasil me miró cuando me levanté á tomar el lazo, echóse patas arriba mostrándome el pecho como diciéndome: mátame si quieres.

Al atarle la soga en el pescuezo me miré en la niña de sus ojos, que parecían cristalizados.

Y me vi horrible, y á no ser la palabra empeñada, me habría creído infame.

Brasil se dejó atar humildemente á un palo.

Intentó ladrar y le hice callar con una mirada severa y un ademán de silencio.

Al abandonar el toldo de Ramón entré en él á despedirme de su familia.

El movimiento que reinaba, dijo claramente al instinto del animal que su libertad había concluido; viéndome salir sin él, prorrumpió en alaridos que desgarraban el corazón.

¡Quién sabe cuánto tiempo ladró!

Probablemente no se cansó de ladrar y Ramón, cansado de sus lamentaciones, le soltó viéndonos ya lejos.

Brasil se dijo probablemente también, viéndose suelto:

Ils vont, l’éspace est grand, pero yo les alcanzaré, y se lanzó en pos de nosotros huyendo de aquella tierra donde los de su especie le habían hecho perder la buena opinión que tuviera de la humanidad.

Los dos polvos avanzaban hacia nosotros con celeridad.

Teníamos la vista clavada en ellos.

De repente, la nube más cercana se condensó y Camilo Arias gritó:

—¡Ahí lo bolean!

Lo confieso, persuadido de que era Brasil que venía hacia nosotros, las palabras de Camilo me hicieron el mismo efecto que me habría hecho en un campo de batalla ver caer prisionero á un compañero de peligros y de glorias.

Los buenos franciscanos estaban pálidos, mis oficiales y los soldados tristes.

El mal no tenía remedio.

—Vamos—dije, y partí al galope.

—¿Y qué, lo dejamos?—exclamaron los franciscanos.

—Vamos, vamos—contesté; y una idea fijó mi mente, mortificándome largo rato.

¿Por qué, me preguntaba, pensando en la suerte de Brasil, no ha de tener alma como yo un ser sensible, que siente el hambre, la sed, el calor y el frío; en dos palabras: el dolor y el placer sensual como yo?

Y pensando en esto procuraba explicarme la razón filosófica de por qué se dice:

Ese hombre es muy perro, y nunca cuando un perro es bravo ó malo: Ese perro es muy hombre.

¿No somos nosotros los opresores de todo cuanto respira, inclusive nuestra propia raza?

¿La moral será algún día una ciencia exacta?

¿Adónde iremos á parar si la anatomía comparada, la fisiología, la frenología, la biología, en fin, llegan á hacer progresos tan extraordinarios, como la física ó la química los hacen todos los días, tanto que ya no va habiendo en el mundo material nada recóndito para el hombre?

¿Qué le falta descubrir?

Por medio de la electricidad, de la óptica y del vapor ha penetrado ya en las entrañas de la tierra y en los abismos del mar hasta insondables profundidades; ha descubierto en los cielos remotos é invisibles luminares y su palabra recorre millares de leguas con mágica y pasmosa rapidez.

Soñando en esas cosas iba distraído, cuando mi caballo se detuvo en presencia de un obstáculo, no sintiendo ni el rebenque ni la espuela.

Estábamos al pie de los médanos de la Verde.

XXXI
Otra vez en la Verde.—Últimos ofrecimientos de Mariano Rosas.—Más ó menos todo el mundo es como Leubucó.—Augurios de la Naturaleza.—Presentimientos.—Resuelvo separarme de mis compañeros.—Impresiones.—¡Adiós!—Un fantasma.—Laguna del Bagual.—Encuentro nocturno.—Un cielo al revés.—Agustinillo.—Miseria del hombre.

El lector conoce ya la Verde, en cuya hoya profunda y circular mana fresca, abundante y límpida el agua dulce, y donde todos los que entran ó salen, por los caminos del Cuero y Bagual, se detienen para abrevar sus cabalgaduras y guarecerse durante algunas horas bajo el tupido ramaje de los algarrobos, ó de los chañares y espinillos, que hermosean el plano inclinado, que en abruptas caídas conduce hasta el borde de la laguna, cubierto de verdes juncos, de amarillentas espadañas y filosas totoras de semi-cilíndricas hojas, entre las cuales los sapos y las ranas celebran escondidos, en eterno y monótono coro, la paz inalterable de aquellas regiones solitarias y calladas…

Allí hay sombra, fresca gramilla y perfumado trébol, durante las horas en que el sol vibra implacable sus rayos sobre la tierra; refugio durante las noches tempestuosas, en que las aguas se desploman á torrentes del cielo, leña siempre para encender el alegre fogón.

Yo coronaba con mi gente las crestas arenosas del médano, al mismo tiempo que en una dirección que formaba con la mía un ángulo recto, aparecía un pequeño grupo de jinetes viniendo de Leubucó.

Debe ser, dije para mis adentros, la contestación del capitán Rivadavia, y picando mi caballo descendí rápidamente por la cuesta, recibiendo pocos instantes después una carta suya, pues, en efecto, los que venían eran mensajeros de aquel fiel y valiente servidor.

Mariano Rosas había escuchado mi reclamo diplomático, y, á fuer de hombre versado en los negocios públicos, me ofrecía en cumplimiento del tratado de paz, perseguir, aprehender y castigar á los que, según mis noticias, habían andado maloqueando por San Luis, mientras yo tenía mis conferencias á campo raso con los notables de Baigorrita, de Mariano y de Ramón.

Promesas no ayudan á pagar; pero sirven siempre para salir del paso, y los indios incansables cuando se trata de pedir, no se andan con escrúpulos cuando se trata de prometer.

Más ó menos el mundo anda así en todas partes, y los individuos, lo mismo que las naciones, encuentran todos los días en el arsenal de las perfidias humanas, pretextos y razones para faltar á la fe pública empeñada; y las muchedumbres en uno y otro hemisferio, se dejan llevar constantemente de las narices por los ambiciosos que las engañan y alucinan para explotarlas y dominarlas.

Ayer era Napoleón III erigido en campeón de las nacionalidades, triunfador en Magenta y Solferino, en nombre de la Federación Italiana; hoy es Bismarck en nombre del Germanismo al grito de la galofobia; mañana será otro Pedro el Grande en nombre del Panslavismo, valiéndose de la turbulencia Moscovita, de la ignorancia de los siervos y del fanatismo religioso.

En América hemos tenido á Rosas, á Monagas, á López.

Todos ellos supieron encontrar la palabra misteriosa y magnética para fascinar al pueblo.

La libertad y la fraternidad universal siguen mientras tanto siendo una bella utopía, una santa aspiración del alma, y de hegemonía en hegemonía, dominados hoy por los unos, mañana por los otros, el hombre individual y el hombre colectivo caminan por rumbos distintos quién sabe dónde…

La perfección y la perfectibilidad parecen ser dos grandes quimeras.

Rodamos á la desventura, y la mentira es la única verdad de que estamos en posesión.

Parece que Dios hubiera querido ponerle una gran barrera á la conciencia humana, para detenerla siempre que se atreve á penetrar en los tenebrosos limbos del mundo moral.

El sol se ponía majestuosamente, el horizonte estaba limpio y despejado; terso el cielo azul; sólo una que otra nube esmaltada con los colores del arco iris y suspendida á inmensas alturas, se descubría en la gigantesca bóveda; soplaba una brisa ricamente oxigenada, blanda y fresca; las espadañas se columpiaban graciosamente sobre su tallo flexible reflejándose en las claras aguas de la laguna, hasta humedecer en ellas sus albos penachos, como voluptuosas Náyades de bella y blanca faz que al borde de la fuente empaparan las puntas de sus sueltos cabellos, mirándose distraídas y enamoradas de sí mismas, en el espejo líquido y sereno.

El cielo y la tierra con sus indicios seguros, auguraban una noche apacible y un día tan hermoso como el que acababa de transcurrir.

Convenía, pues, aprovechar los pocos momentos de luz que quedaban.

No sé qué vago y falso presentimiento oprimía angustiosamente mi pecho.

¿Era que iba á separarme de mis compañeros, de los que en aquella extraña peregrinación habían compartido conmigo todas las privaciones, todas las fatigas, todos los azares de que nos vimos rodeados, y que unas veces dominé con la paciencia, otras con la audacia y el desprecio de la vida?

¿Ó que habiendo pasado el peligro, la imaginación se abismaba en sí misma absorta en la contemplación de sus propios fantasmas?

¿No os ha sucedido alguna vez después de uno de esos trances heroicos, en que se ve de cerca la muerte con ánimo sereno, sentir algo como un estremecimiento, y tener miedo de lo que ha pasado?

¿No os ha sucedido alguna vez, luchar brazo á brazo con la muerte, vencer y experimentar en seguida, después que la crisis ha pasado completamente, un sacudimiento nervioso, que es como si un eco interior os dijese: Parece imposible?

¿No habéis corrido alguna vez á salvar un objeto querido al borde del precipicio, salvarle instintivamente, y mirándole sano y salvo, algo como un desvanecimiento de cabeza no os ha hecho comprender que la existencia es un bien supremo, á pesar de las espinas que nos hincan y lastiman en las asperezas de la jornada?

¿No habéis estado alguna vez horas enteras á la cabecera de un doliente amado, dominado por la idea de la vida, mecido por los halagos de la esperanza, y al verle convaleciente, lívido el rostro, brillante la mirada, no os ha hecho el efecto del espectro de la muerte, y sólo entonces habéis comprendido el terrible arcano que se encierra entre el ser y el no ser?

Entonces comprenderéis las impresiones de mi alma, tan distintas en aquel momento de lo que habían sido antes en ese mismo lugar, cuando resuelto á todos sin previo aviso y desarmado, me dirigí al corazón de las tolderías seguido de un puñado de hombres animosos.

En el fondo del médano había ya como un crepúsculo, mientras que en sus crestas reverberaban todavía los últimos rayos solares.

Bandadas interminables de aves acuáticas, que se retiraban á sus nidos lejanos, cruzaban por sobre nuestras cabezas, batiendo las alas con estrépito en sus evoluciones caprichosas, y nuestras cabalgaduras después de haberse refrescado, chapaleaban el agua de la orilla de la laguna, se revolcaban, mordían acá y allá las más incitantes matas de pasto y relinchaban mirando en dirección al Norte, con las orejas tiesas y fijas como la flecha de un cuadrante que marcara el punto de dirección, cuando llamando á los buenos franciscanos y á mis oficiales les comuniqué que había resuelto separarme de ellos.

El sentimiento de la disciplina no mata los grandes afectos, es mentira; pero hace que el hombre, reprimiéndose, se acostumbre á disimular todas sus impresiones, hasta las más tiernas y honrosas.

¡Cuántas veces á causa de eso no pasan por seres sin corazón los que se hallan sujetos á las terribles leyes de la obediencia pasiva, á esas leyes que en todas partes mantienen divorciado al soldado con el ciudadano, que contra el espíritu del siglo permanecen estacionarias, como monumentos inamovibles de esclavitud, sin que la marea generosa que agita al mundo civilizado desde la caída del imperio romano, las haya conmovido, y, que, por eso mismo, hacen al soldado tanto más grande, cuanto mayor es la servidumbre que le oprime!

Al recibir aquéllos la orden de formar dos grupos, de los cuales el más numeroso seguiría por el camino conocido del Cuero, y el más pequeño, encabezado por mí, tomaría el desconocido de la laguna del Bagual, algo como un tinte de tristeza vagó por sus fisonomías.

Nadie replicó, todos corrieron á disponer lo referente á la marcha nocturna. Pero yo comprendí que más de un corazón sentía vivamente separarse de mí, no sólo por esa simpatía secreta, que como vínculo une á los hombres, sea cual sea su posición respectiva, sino por ese amor á lo desconocido y esa inclinación genial al combate y á la lucha, propia de las criaturas varoniles, que hace apetecible la vida, cuando ella no se consume monótonamente en la molicie y los placeres.

Cumplidas mis órdenes y escritas las instrucciones correspondientes en una hoja del libro de memorias del mayor Lemlenyi, se formaron los dos grupos determinados.

Me despedí de éste, de los franciscanos, de Ozarowski, de todos en fin; repetí, como lo hubiera hecho un viejo regañón y fastidioso, varias veces la misma cosa, monté á caballo y eché á andar seguido de los cuatro compañeros que componían mi grupo.

El de Lemlenyi me precedía.

Los caballos que montábamos estaban frescos, de modo que trepamos sin dificultad á la cresta del médano, por la gran rastrillada del Norte.

Una vez allí, volvimos á decirnos adiós.

Lemlenyi y los suyos tomaron el ramal de la derecha, yo tomé el de la izquierda, que seguía el rumbo del Poniente, y gritando todavía una vez más:—¡cuidado con galopar!—le hice comprender á mi caballo con una presión nerviosa de las piernas en los ijares, que debía tomar un aire de marcha más vivo.

El entendido animal tomó el trote; mis dos tropillas pasaron adelante y el tan tan metálico del cencerro, vibrando sonoro en medio del profundo silencio de la pampa, animaba hasta los mismos jinetes haciéndonos el efecto de un precursor seguro.

Relinchos fortísimos iban y venían de un grupo á otro, como si los animales se dijeran: ¿por qué nos han separado?

Yo y los míos dimos vuelta varias veces, hasta que la distancia y las nubes de polvo hicieron invisibles á los que trotaban sin interrupción al Norte, á fin de poder hacer su primer parada en Lonco-uaca, aguada abundante y permanente, buena para apaciguar la sed del hombre y de los animales.

Probablemente, ellos hicieron lo mismo que nosotros; varias veces mirarían atrás á ver si nos descubrían.

¡Valientes compañeros! réstame aún decir antes de perderlos de vista del todo, que hicieron su travesía con felicidad, cumpliendo mis órdenes estrictamente, con bastante hambre y trotando consecutivamente dos días y dos noches, hasta llegar al fuerte «Sarmiento».

Los franciscanos sacudidos por el trote casi se deshicieron; á pesar de su mansedumbre lo calificaban de infernal, repitiendo más de una vez durante el trayecto: ¿por qué no galopamos un poquito?

Mis oficiales contestaban: primero, porque la orden es que la marcha se haga al trote; segundo, porque si galopamos no llegaremos en dos días.

El padre Marcos alegaba que su caballo era superior.

Los oficiales le decían por hacerlo rabiar un poco—cosa á la que creo no se opone la orden de Nuestro R. P. San Francisco,—también era superior el moro que maltrató usted la vez pasada.

Aquella marcha ha dejado recuerdos imperecederos en la memoria de los que la hicieron; y no hay ninguno de ellos que no esté de acuerdo con la teoría que he desarrollado en mi carta anterior, á propósito de las hablillas que tuvieron lugar cuando hice alto á la vista de la Verde.

Las sombras de la noche iban envolviendo poco á poco el espacio, los accidentes del terreno desaparecían entre las tinieblas, flotábamos en un piélago obscuro como el de la primera noche del Génesis—como dicen en la tierra,—estaba toldado, las estrellas no podían enviarnos su luz al través de los opacos nubarrones que á manera de inmensa sábana mortuoria, se habían extendido por el cielo.

Hacía algunas horas que trotábamos y galopábamos.

Un punto negro, más negro que la negra noche, aparecía á corta distancia, en las mismas dereceras de la rastrillada, alzándose como un fantasma colosal, y un ruido que no se oye sino en la pampa, á la orilla de las lagunas, cuando la creación duerme, íbase haciendo cada vez más perceptible.

Era que íbamos á llegar á la laguna del Bagual.

El fantasma ese era un médano cubierto de arbustos; el ruido peculiar, el cuchicheo nocturno de las aves, que murmuran sus inocentes amores, salvándose del inclemente rocío entre las pajas.

La laguna del Bagual es por este camino un punto estratégico como lo es por el otro la Verde: se seca rara vez, siendo fácil hacer brotar el agua por medio de jagüeles, y no tiene nada de notable, presentando la forma común de los abrevaderos pampeanos,—la de una honda taza.

Cuando el desertor ó el bandido, que se refugia entre los indios, sediento y cansado, zumbándole aún en los oídos el galopar de la partida que le persigue, llega á la laguna del Bagual, recién suspira con libertad, recién se apea, recién se tiende tranquilo á dormir el sueño inquieto del fugitivo.

Saliendo de las tolderías, sucede lo contrario; allí se detiene el malón organizado, grande ó chico, el indio gaucho que solo ó acompañado, sale á trabajar de su cuenta y riesgo, el cautivo que huye con riesgo de la vida.

Una vez en los médanos del Bagual, el que entra ya no mira para atrás, el que sale sólo mira adelante.

El Bagual es un verdadero Rubicón, no tanto por la distancia que hay de allí á las tolderías, cuanto por su situación topográfica.

Es que por el camino del Bagual, entrando ó saliendo, jamás se carece de agua, de esa agua que es el más formidable enemigo del caminante y de su valiente caballo, en el desierto de las pampas Argentinas.

Al Sud, avanzando hacia las tolderías, Ranquilco y el Médano Colorado ofrecen seguras aguadas y pasto, quedando sobre el mismo camino.

Era temprano aún, había galopado bien; y no teniendo por qué apurarme, seguí la marcha á ver si llegaba á Agustinillo antes de salir la luna.

Galopábamos cruzando las sendas tortuosas de un monte espeso, cuando distinguimos cinco bultos á derecha é izquierda del camino.

—¿Qué es eso?—le pregunté á Camilo.

—Son caballos—me contestó.

—Pues arreemos con ellos—agregué.

Y esto diciendo formamos un ala y arrebatamos del campo los cinco animales, incorporándolos á las tropillas.

¿Á quién pertenecían?…

Aquella noche comprendí la tendencia irresistible de nuestros gauchos á apropiarse lo que encuentran en su camino, murmurando interiormente el aforismo de Proudhon: «la propiedad es un robo».

Mora dijo:

—Han de ser de los indios.

Yo contesté:

—El que roba á un ladrón tiene cien días de perdón.

Contentos con el hallazgo nos reíamos á carcajadas, resonando nuestros ecos por la espesura…

De repente oyéronse unos silbidos, que llamando mi atención, me hicieron recogerle las riendas al caballo y cambiar el aire de la marcha.

Los silbidos seguían saliendo de diferentes direcciones.

—Han de ser indios—me dijo Mora.

—¿Qué indios?—le pregunté.

—Los de la Jarilla.

—¿Y por qué silban?

—Nos han de haber sentido y no saben lo que es.

Mora me inspiraba confianza, hice alto; pero temiendo una celada, me dispuse á la lucha, haciendo que mis cuatro compañeros echaran pie á tierra.

Si son más que nosotros, me dije, pie á tierra somos más fuertes, y si no vienen con mala intención, se acercarán á reconocernos.

Efectivamente, apenas nos desmontamos, aparecieron siete indios armados de lanzas.

La luna asomaba en aquel mismo momento como un filete de plata luminoso, por entre un montón de nubes.

—Háblales en la lengua—le dije á Mora.

Mora obedeció dirigiéndoles algunas palabras.

Los indios avanzaron cautelosamente soslayando los caballos.

Camilo Arias con ese instinto admirable que tenía dijo:

—Están con miedo.

—Háblales otra vez—le dije á Mora.

Obedeció éste, habló nuevamente, y los indios se acercaron al tronco con las lanzas enristradas, haciendo alto á unos veinte metros.

—¿Con permiso de quién pasando?—dijeron.

—¿Con permiso de quién andando por acá?—les contesté.

—¿Ése quién siendo?—repusieron.

—Coronel Mansilla, peñi—agregué.

Y esto oyendo los indios recogieron sus lanzas y se acercaron á nosotros confiadamente.

Nos saludamos, nos dimos las manos, conversamos un rato, les devolvimos los cinco caballos que les acabábamos de robar, pues eran de ellos, les dimos algunos tragos de anís, toda la hierba, azúcar y cigarros que pudimos; mi ayudante Demetrio Rodríguez les dió su poncho viendo que uno de ellos estaba casi desnudo y por último nos dijimos adiós, separándonos como los mejores amigos del mundo.

—¿Qué indios son éstos?—le pregunté á Mora.

—Son indios de la Jarilla—me contestó.

—¿Y ése que no hablaba, que estaba bien vestido y se tapaba la cara, quién sería?

—Ése es Ancañao.

Ancañao era un indio gaucho que estando yo en Buenos Aires, había hecho una correría muy atrevida por mi frontera, llegando hasta la laguna del Tala de los Puntanos, donde tomó é hirió malamente á un cabo del Regimiento 7.º de caballería, que llevaba comunicaciones para el Río 4.º.

En esas pláticas íbamos, cuando la luna, rompiendo al fin los celajes que se oponían á que brillara con todo su esplendor, derramó su luz sobre la blanca sábana de un vasto salitral, de cuya superficie refulgente y plateada, se alzaron innumerables luces, como si la tierra estuviera sembrada de brillantes y zafiros.

Era un espectáculo hermosísimo; la luna, las estrellas y hasta las mismas opacas nubes, se retrataban en aquel espejo inmóvil, haciendo el efecto de un cielo al revés.

Las huellas de la última invasión que por allí había pasado, estaban aún impresas en el suelo cristalino.

Hice alto un momento, probé la sal y era excelente.

Los indios que viven más cerca de allí, la recogen en grandes cantidades y hacen uso de ella para cocinar, sin someterla á ninguna preparación previa.

Seguimos la marcha; un rato después estábamos en Agustinillo, acampados al borde de una linda laguna y al abrigo de grandes chañares.

Hice tender mi cama, porque hacía fresco, lo más cerca posible del fogón, y mientras preparaban un asado, estando mis miembros fatigados y hallándonos completamente fuera de peligro, traté de echar un sueño.

¡Imposible dormir!

Mi mente, predispuesta á la meditación, no se dejaba subyugar por la materia.

Pensaba en las escenas extraordinarias que algunos días antes eran un ideal, gozaba en la contemplación de ellas, y me decía en ese lenguaje mudo y grave con que nos habla la voz del espíritu en sus horas de reconcentración: la miseria del hombre consiste en ver frustradas sus miras y en vivir de conjeturas; porque la realidad es el supremo bien y la belleza suprema.

En efecto, entre el ideal soñado y el ideal realizado, hay un mundo de goces, que sólo pueden apreciar como es debido, los que habiendo anhelado fuertemente, han conseguido después de grandes padecimientos y dolores lo que se proponían.

¿La virtud y la felicidad son acaso otra cosa que la ciencia de lo real?

Platón lo ha dicho hablando de lo BELLO:

«El alma que no ha percibido nunca la verdad, no puede revestir la forma humana.»

¡Pues, como el sabio, felicitémonos de que la verdad sea tan saludable, y de abrigar la esperanza de descubrir algún día la substancia efectiva de todo, para que todo no sea símbolo y sueño!

 

EPÍLOGO
«¿No nos ordenan la religión y la humanidad aliviar á los pacientes? ¿No son hermanos todos los hombres? ¿No deben compartirse los bienes y los males que deben á su autor común? ¿Es lícito mostrarse inexorable y sin piedad con alguno de sus semejantes?»

COMTE.

«El destino de la naturaleza organizada es la perfectibilidad y ¿quién puede asignarle límites? Al hombre le toca dominar el caos, desparramar en todas partes, durante la vida, las simientes de la ciencia y de la poesía, á fin de que los climas, los cereales, los animales y los hombres se suavicen, y para que los gérmenes del amor y del bien se multipliquen.»

EMERSON.

El sol no comenzaba aún á disipar el cristalino rocío que una noche serena había depositado sobre la agreste alfombra de la Pampa, y ya galopábamos aprovechando la fresca de una lindísima mañana de abril.

Era necesario hacerlo así para no pasar otra noche en el camino.

Yo no tenía que contemplar tanto las cabalgaduras, como los que habían seguido por el camino del Cuero.

El itinerario del Bagual está sembrado de hermosas lagunas de agua dulce y permanente; en sus bañados vastísimos hay siempre excelente pasto y en las profundas sinuosidades de un terreno quebrado y montuoso, sombra y leña.

Dichas lagunas, saliendo de Agustinillo hasta llegar frente á la Villa de Mercedes, sobre el Río 5.º, son: Overamanca, el Chañar, Loncomatro, la Seña; aquí se abren dos caminos, uno para el 3 de Febrero y otro para las Totoritas, las Acollaradas, el Corralito, el Machomuerto, Santiago Pozo, la Hallada, el Tala, el Bajohondo, el Guanaco, Sallape, Pozo de los avestruces y Pozo escondido.

Todas ellas presentan más ó menos la misma fisonomía.

Aquellos campos desiertos, é inhabitados, tienen un porvenir grandioso, y con la solemne majestad de su silencio, piden brazos y trabajo.

¿Cuándo brillará para ellos esa aurora color de rosa?

¡Cuándo!…

¡Ay! cuando los Ranqueles hayan sido exterminados ó reducidos, cristianizados y civilizados.

¿Y cuántos son los Ranqueles, de cuya vida, usos y costumbres he procurado dar una ligera idea en el transcurso de las páginas antecedentes?

De ocho á diez mil almas, inclusive unos seiscientos ú ochocientos cautivos cristianos de ambos sexos, niños, adultos, jóvenes y viejos.

¿En qué me fundo para decirlo?

En ciertas observaciones oculares, en datos que he recogido y en un cálculo estadístico muy sencillo.

Las tres tribus de Mariano Rosas, de Baigorrita y de Ramón, que constituyen la gran familia ranquelina, cuentan los tres caciques principales susodichos, dos caciques menores, Epumer y Yanquetruz y sesenta capitanejos, cuyos nombres son:

Caniupán, Melideo, Relmo, Manghin, Chuwailau, Caiunao, Ignal, Tripailao, Millalaf, Quintuano, Nillacaóe, Peñaloza, Ancañao, Millanao, Pancho, Carrinamón, Cristo, Naupai, Antengher, Nagüel, Lefín, Quentreú, Jacinto, Tuquinao, Tropa, Wachulco, Tapaio, Caiomuta, Quinchao, Epuequé, Yanque, Anteleu, Licán, Millaqueo, Painé, Mariqueo, Caiupán, José, Manqué, Manuel, Achauentrú, Güeral, Islaí, Mulatu, Lebín, Guiñal, Chañilao, Estanislao, Wiliner, Palfuleo, Cainecal, Coronel, Cuiqueo, Frangol, Yancaqueo, Yancaó, Gabriel, Buta y Paulo.

Cada uno de estos capitanejos acaudilla diez, quince, veinte, veinticinco hasta treinta indios de pelea.

Por indio de pelea se entiende, el varón sano y robusto, de dieciséis hasta cincuenta años.

Tomando por término medio que cada caudillo, cacique, ó capitanejo pueda poner en armas veinte indios, resultarían mil trescientos.

Efectivamente, esta cifra está en concordancia con lo que parece fuera de duda, á saber: que Mariano Rosas y Ramón tienen cerca de seiscientos indios de pelea y Baigorrita un poco más.

Esas ocho ó diez mil almas ocupan una zona de tierra próximamente de dos mil leguas cuadradas, entre los 63º y 66º de latitud Sud; y los 35º y 37º de longitud Este, cuyos límites naturales pueden determinarse así:

Al Norte, la laguna del Cuero; al Sud, la punta del Río Salado; al Oeste, este mismo río, y al Este, la Pampa.

En ese vasto perímetro se hallan diseminados unos cuatrocientos ó seiscientos toldos.

Cada toldo constituye una familia, que no baja nunca de diez personas, y no hay toldo en el que no se encuentre un cautivo ó cautiva grande ó chico.

Según este dato resultaría una población de cuatro á seis mil almas.

Pero nótese que el cálculo se basa en el mínimum de personas que forma la familia.

De consiguiente, suponiéndose que el punto de partida de cuatrocientos ó seiscientos toldos fuese exagerado, siempre resultaría una población más ó menos de cuatro á seis mil almas, desde que la cifra de diez personas por familia, es reducida.

Todos los toldos que yo he visto tenían de veinte personas arriba.

Ahora, siendo un principio estadístico, que cada diez mil almas suministran sin esfuerzo, mil útiles para el servicio de las armas, resulta que la cifra de mil trescientos indios de pelea es una hipótesis racional para determinar la población de los Ranqueles.

Sea de esto lo que fuere, la triste realidad es que los indios están ahí amenazando constantemente la propiedad, el hogar y la vida de los cristianos.

¿Y qué han hecho éstos, qué han hecho los Gobiernos, qué ha hecho la civilización en bien de una raza desheredada, que roba, mata y destruye, forzada á ello por la dura ley de la necesidad?

¿Qué ha hecho?…

Oigamos discurrir á los bárbaros.

Conversando un día con Mariano Rosas, yo hablé así:

—Hermano, los cristianos han hecho hasta ahora lo que han podido, y harán en adelante cuanto puedan, por los indios.

Su contestación fué con visible expresión de ironía.

—Hermano, cuando los cristianos han podido nos han muerto; y si mañana pueden matarnos á todos, nos matarán. Nos han enseñado á usar ponchos finos, á tomar mate, á fumar, á comer azúcar, á beber vino, á usar bota fuerte. Pero no nos han enseñado ni á trabajar, ni nos han hecho conocer á su Dios. Y entonces, hermano, ¿qué servicios les debemos?

Yo habría deseado que Sócrates hubiese estado dentro de mí en aquel momento á ver qué contestaba con toda su sabiduría.

Por mi parte, hice acto de conciencia y callé…

Hasta entonces había cumplido con mi deber, en mi humilde esfera, según lo entendía.

Pero mi conducta personal ni podía ni debía ser un argumento contra las humillantes objeciones del bárbaro.

No me cansaré de repetirlo.

No hay peor mal que la civilización sin clemencia.

Es el gran reproche que un historiador famoso le ha dirigido á su propio país, censurando su política en la India como conquistador…

Los Ranqueles derivan de los Araucanos, con los que mantienen relaciones de parentesco y de amistad.

Tienen la frente algo estrecha, los juanetes salientes, la nariz corta y achatada, la boca grande, los labios gruesos, los ojos sensiblemente deprimidos en el ángulo externo, los cabellos abundantes y cerdosos, la barba y el bigote ralos, los órganos del oído y de la vista más desarrollados que los nuestros, la tez cobriza, á veces blancoamarillenta, la talla mediana, las espaldas anchas, los miembros fornidos.

Pero estos caracteres físicos van desapareciendo á medida que se cruzan con nuestra raza, ganando en estatura, en elegancia de formas, en blancura y hasta en sagacidad y actividad.

En una palabra, los Ranqueles son una raza sólida, sana, bien constituida, sin esa persistencia semítica que aleja á otras razas de toda tendencia á cruzarse y mezclarse, como lo prueba su predilección por nuestras mujeres, en las que hallan más belleza que en las indias, observación que podría inducir á sostener, que el sentimiento estético es universal.

Conversando con un indio, cambiamos estas palabras:

—¿Qué te gusta más, una china ó una cristiana?

—Una cristiana, pues.

—¿Y por qué?

—Ese cristiana, más blanco, más alto, más pelo fino, ese cristiana más lindo…

La conquista pacífica de los Ranqueles, cuya fisonomía física y moral conocemos ya, para absorberlos y refundirlos, por decirlo así, en el molde criollo, ¿sería un bien ó un mal?

En el día parece ser un punto fuera de disputa, que la fusión de las razas mejora las condiciones de la humanidad.

Cuando nuestros primeros padres los españoles llegaron á América, ¿qué mujeres traían?

¿El Gobierno de la Metrópoli hizo con sus colonias lo que los Gobiernos de Francia é Inglaterra hicieron con las suyas?

¿Mandó á ellas cargamento de prostitutas?

¿No tuvieron los conquistadores que casarse con mujeres indígenas, entroncando recién entre sí, pasada la primera generación?

Y entonces, si es así, todos los americanos tenemos sangre de indio en las venas, ¿por qué ese grito constante de exterminio contra los bárbaros?

Los hechos que se han observado sobre la constitución física y las facultades intelectuales y morales de ciertas razas, son demasiado aislados para sacar de ellos las consecuencias generales, cuando se trata de condenar poblaciones enteras á la MUERTE ó la BARBARIE.

¿Quién puede decir cuál es el punto donde se ha de detener una raza por efecto de su propia naturaleza?

¿Cuál es el orden de verdades al alcance de ciertas razas, vedadas para otras?

¿Cuál es la clase de operaciones practicables para los órganos de tal pueblo, que no conseguirá jamás practicar otro?

¿Cuáles son las virtudes propias de tal ó cual organización?

¿La frenología ha pronunciado acaso su última palabra?

¿Entre las razas reputadas más perfectibles, no se hallan naciones tan bárbaras, tan esclavas y viciosas como en las demás?

Nos horrorizamos de que entre los Ranqueles se vendan las mujeres, y de que nos traigan terribles malones para cautivar y apropiarse las nuestras.

¿Y entre los hebreos, en tiempo de los Patriarcas, el esposo no le pagaba al padre el mohar o precio de la hija?

¿Y entre los árabes la viuda no constituía parte de la herencia ó de los bienes que dejaba el difunto?

¿Y en Roma, no existía el coemptio, es decir, la compra y el usus, ó sea la posesión de la mujer?

¿Y en Germania, como lo muestra la ley Sajona, no existían el mundium, y costumbres análogas?

¿Y los visigodos, no tenían las arras, especie de precio nupcial, que reemplazaba la compra pura y simple, recordando la vieja usanza?

¿Y los francos, no pagaban el valor de las esposas á los padres que éstos dividían con aquéllas?

Si hay algo imposible de determinar, es el grado de civilización á que llegará cada raza; y si hay alguna teoría calculada para justificar el despotismo, es la teoría de la fatalidad histórica.

Las grandes calamidades que afligen á la humanidad, nacen de los odios de razas, de las preocupaciones inveteradas, de la falta de benevolencia y de amor.

Por eso el medio más eficaz de extinguir la antipatía que suele observarse entre ciertas razas en los países donde los privilegios han creado dos clases sociales, una de opresores y otra de oprimidos, ES LA JUSTICIA.

Pero esta palabra seguirá siendo un nombre vano, mientras al lado de la declaración de que todos los hombres son iguales, se produzca el hecho irritante de que los mismos servicios y las mismas virtudes no merecen las mismas recompensas, que los mismos vicios y los mismos delitos no son igualmente castigados.

Por más que galopé tuve que dormir otra noche en el camino.

Al día siguiente temprano llegaba á orillas del Río 5.º.

Había andado doscientas cincuenta leguas, había visto un mundo desconocido y había soñado…

Las galas de abril embellecían el verde panorama de la Villa de Mercedes, donde los esbeltos álamos y los melancólicos sauces llorones crecen frondosos á millares.

El día estaba en calma, mi alma alegre.

Reímos sin inquietud cuando debiéramos estar taciturnos ó gemir.

¡Somos unos insensatos!

Y cuando tenemos un momento lúcido es para exclamar amargamente, ¡ay!…

Yo amo sin embargo el dolor, y hasta el remordimiento, porque me devuelve la conciencia de mí mismo.

FIN