Cuentos de navidad y reyes; cuentos de la patria; cuentos antiguos by Pardo Bazán

 

EMILIA PARDO BAZÁN

OBRAS COMPLETAS.—TOMO XXV
CUENTOS

DE NAVIDAD Y REYES
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CUENTOS DE LA PATRIA
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CUENTOS ANTIGUOS

ADMINISTRACIÓN
calle de S. Bernardo, 37, principal,
MADRID

Es propiedad.—Queda
hecho el depósito que marca
la ley.
MADRID.—Est. tip. de I. Moreno, Blasco de Garay, 9.
Teléfono 3.020.

ADVERTENCIA DE LA AUTORA
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En este volumen incluyo, bajo el título de Cuentos de la Patria, algunos de los cuales cabría decir, como dijo el poeta del Canto á Teresa, que son un desahogo de mi corazón y el lector puede saltarlos.

Cuando en 1898 publiqué el titulado Vengadora, me llamaron Soñadora los muy benignos.

Algo de realidad prestó á mi sueño el trágico fin del Presidente Mac-Kinley…

Y si fuese soñar creer en la justicia inmanente, ¿qué mal habría? ¿qué más inofensivo consuelo?

Emilia Pardo Bazán.

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CUENTOS DE NAVIDAD Y REYES
LA NOCHEBUENA DEL PAPA
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Bajo el manto de estrellas de una noche espléndida y glacial, Roma se extiende mostrando á trechos la mancha de sombra de sus misteriosos jardines de cipreses y laureles seculares que tantas cosas han visto, y, en islotes más amplios, la clara blancura de sus monumentos, envolviendo, como un sudario, el cadáver de la Historia.

Gente alegre y bulliciosa discurre por la calle. Pocos coches. A pie van los ricos, mezclados con los contadinos, labriegos de la campiña que han acudido á la magna ciudad trayendo cestas de mercancía ó de regalos. Sus trapos pintorescos y de vivo color les distinguen de los burgueses; sus exclamaciones sonoras resuenan en el ambiente claro y frío como cristal. Hormiguean, se empujan, corren: aunque no regresen á sus casas hasta el amanecer—que es cosa segura,—quieren presenciar,{8} en la Basílica de Trinitá dei Monti, la plegaria del Papa ante la cuna de Gesú bambino.

Sí; el Papa en persona—no como hoy su estatua, sino él mismo, en carne y hueso, porque todavía Roma le pertenece—es quien, en presencia de una multitud que palpita de entusiasmo, va á arrodillarse allí, delante de la cuna donde, sobre mullida paja, descansa y sonríe el Niño. Es la noche del 24 de Diciembre: ya la grave campana de Santángelo se prepara á herir doce veces el aire, y la carroza pontifical, sin escolta, sin aparato, se detiene al pie de la escalinata de Trinitá.

El Papa desciende, ayudado por sus Camareros, apoyando con calma el pie en el estribo. Con tal arte se ha preparado la ceremonia, que al sentar la planta Pío IX en el primer escalón, vibra, lenta y solemne, la primer campanada de la media noche, en cada campanario, en cada reloj de Roma. El clamoreo dramático de la hora sube al cielo imponente como un hosanna y envuelve en sus magníficas tembladoras ondas de sonido al Pontífice que poco á poco asciende por la escalinata, bendiciendo, entre la muchedumbre que se prosterna y murmura jaculatorias de adoración. A la luz de las estrellas y á la mucho más viva de los millares de cirios de la Basílica iluminada de alto abajo, hecha un ascua de fuego, adornada como para una fiesta y con las puertas abiertas de par en par, por donde se desliza apretándose el gentío ansioso de contemplar al Pontífice,—se ve, destacándose de la roja muceta orlada de armiño{9} que flota sobre nívea túnica, la cabeza hermosísima del Papa, el puro diseño de medalla de sus facciones, la forma artística de su blanco pelo dispuesto como el de los bustos de rancio mármol que pueblan el Museo degli Anticchi.

Entra por fin en la Basílica; cruza las naves, desciende la escalera dorada que conduce á la cripta, y mientras á sus espaldas la guardia brega para reprimir el empuje del torrente humano que pugna por arrimarse á la balaustrada, en el recinto descubierto, más bajo que la multitud, el Papa queda solo. Artista por instinto; con el andar rítmico de las grandes solemnidades; con un sentimiento de la actitud que sólo él posee en grado tal,—Pío IX se acerca á la cuna, junta las manos de marfil, eleva al cielo un instante los ojos como si invocase la presencia de Dios; se arrodilla, se abisma, y los paños de su cándida vestidura se esparcen esculturales y clásicos cual los plegados de alabastro de un ropaje de Canova.

El Niño, el Bambino, duerme desnudito, color de rosa, reclinado en su rubio colchón de sedeña paja. En toda la Basílica no se escucha más ruido que el chisporroteo suave de los cirios y el murmullo de la oración que el Papa empieza á elevar.—A las primeras palabras, anímase el Niño con vida fantástica: la escultura se hace carne. Sus ojos se entreabren, sus puñitos se tienden hacia el Papa, como se tenderían hacia un abuelo cariñoso, haciendo fiestas. Incorporado y sentado en la paja, llama al Pontífice, que sigue orando, pero que cree percibir{10} en sus rodillas la sensación de que ya no reposan en los cojines de terciopelo carmesí, en sus codos algo que los sube y aparta del esculpido reclinatorio. Ligero y como fluído, su cuerpo no le pesa; flota apaciblemente en una atmósfera de oro y luz, hecha de las partículas de los cirios que se derraman ardientes y centelleantes.—La cuna ha desaparecido; el Niño está de pie, alto, crecido ya, convertido en adolescente; y en vez de la gracia infantil, en su cara se lee la meditación, se descubre la sombra del pensamiento. Alrededor del Jesús de quince años van juntándose, saliendo de las paredes de la cripta, que parece trasudarlos, docenas de chiquillos, otros Bambinos, pero feos, encanijados, sucios, envueltos en andrajos ó desnudos, mostrando la enteca anatomía. Docenas primero; cientos después; luego millares, millones, un hervidero tan incontable, un ejército tan infinito, que estallan las paredes de la cripta, las de la Basílica, las de Roma, las de todo cuanto pretendiese contener la expansión de la horda de miserables. Extiéndese por una llanura sin límites, y su bullir de gusanera rodea al Gesú, que ha ido insensiblemente transformándose en hombre hecho y derecho: ya tiene barba ahorquillada y rizoso cabello castaño, ya su rostro ha adquirido la gravedad viril. Y siguen acudiendo desharrapados y con las carnes al aire, lisiados, enfermos, famélicos, tristes, venidos de todos los puntos del horizonte, de todos los confines de la tierra. Lloran de hambre; tiemblan de frío; gimen de{11} abandono; enseñan sus lacras; se cogen á la vestidura inconsutil de Cristo; se quieren abrigar bajo sus pies, reclinarse en su seno, agarrarse á sus manos pálidas y luminosas. Huelen mal, y su punzante vaho de miseria envuelve y sofoca al Papa, siempre en oración.

La figura de Cristo se oculta un instante; densas tinieblas suben de la tierra y caen del firmamento, reuniendo sus crespones. El Pontífice siente miedo: la oscuridad le ciega, y entre aquella oscuridad vibran maldiciones y palpitan sollozos. Un relámpago brilla; erguida en una colina aparece la Cruz, sobre la cual blanquea el desnudo cuerpo del Mártir, estriado de verdugones por los azotes y veteado de negra sangre. Los labios cárdenos se agitan; el Papa interrumpe la plegaria, se confunde, se deshace en adoración, quiere salir de sí mismo para mejor escuchar y beber la palabra divina; y el Crucificado—señalando con mirada ya turbia hacia el océano de criaturas que bullen allá abajo, escuálidas, transidas, gimientes, dolorosas, maltratadas, ofendidas, en el abandono—dice al Papa, en voz que resuena urbi et orbi:

—Por ellos.

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LA TENTACIÓN DE SOR MARÍA
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Siguiendo costumbre tradicional del convento, las monjitas de la Santísima Sangre preparan, adornan y ofrecen á la adoración de los fieles, en el altar mayor, á la hora en que se celebra la misa del Gallo, el Misterio del pesebre y gruta de Belén, donde puede admirarse la efigie del Niño Dios, obra maravillosa de un escultor anónimo.

Más que inerte imagen de madera, criatura viva parece el Niño de las monjas. La encantadora desnudez de su torso presenta el modelado blando y sólido de la carne. Mollas regordetas en cuello, piernas y brazos; hoyuelos de rosa en carrillos, codos y rodillas; picardía angelical en la expresión de los ojos y en la cándida risa; naturalidad sorprendente en la actitud, que se diría de tender las manos al pecho maternal… así es el Niño, y por eso las monjitas, cada vez que le visten y enfajan, cada vez que le reclinan en la paja y el heno aromático de la humilde{14} cuna, exclaman enternecidas y embelesadas: «¡Ay mi divino Señor! ¡Pero si es un pequeñito de veras!»

Turnan rigurosamente las monjitas en el oficio y honor de camareras del Jesusín,—y aquel año correspondió la suerte á Sor María, monja profesa, la más joven y linda de todas. Sor María ha dejado el mundo, no como suelen dejarlo otras religiosas, por contrariados ó infelices amores, por sufrimientos, desengaños ó escaseces de fortuna, sino en la flor de sus veinte abriles, con el espíritu tan virgen como el cuerpo, y el cuerpo tan hermoso como el porvenir que sin duda la esperaba al lado de unos padres amantes y opulentos, y en un mundo donde todo la halagaba y sonreía. Por su serena frente no ha cruzado ni una nube; no ha rozado su sién ni un aliento de hombre, y su corazón no ha palpitado sino para Dios. Su mística vocación fue tan firme, que resistió á la oposición decidida y enérgica de una familia que no se avenía á ver sepultarse en el claustro tanta hermosura y juventud. Pero Sor María demostró tal júbilo al tomar el velo, que ya sus mismos padres la envidiaban, creyéndola llegada al puerto de paz.

Sintió un gozo inexplicable Sor María al ser encargada de la grata faena de vestir al Niño para depositarle en el pesebre. Jugar con aquel sagrado muñeco había sido el sueño de la joven monja en los cinco años que de profesa contaba.—«¡Cuando me toque á mí el Niño, verán qué precioso le pongo!»—solía decir á menudo.{15} Era llegado el instante: el Niño la pertenecía por algunas horas, y ya sus manos temblaban de emoción ante la idea de poseer la efigie del nene celestial.

¡Con qué esmero planchó Sor María los pañales por ella misma bordados y calados! ¡Con qué diligencia recogió en el jardín rosas tardías y frescas violetas oscuras, á fin de esparcirlas sobre la camita de paja del Niño! ¡Con qué respeto tocó la escultura; con qué reverencia la desnudó, con qué avidez miró sus formas inocentes y con qué ímpetu repentino, de las entrañas, se inclinó para besarla, mordiéndola casi en las mejillas, en los hombros, en el redondo ventrezuelo!

Algunas monjas, de las más ilustradas y benévolas, estuvieron conformes en que nunca había salido tan mono y tan bien adornado el Jesusín; pero las viejas gangosas, ñoñas y esclavas de la rutina, murmuraron que le faltaban dijes de abalorio y talco y cintas de colores.—Y cuando Sor María se recogió á su celda y se arrodilló para rezar antes de extenderse en la pobre tarima, donde, sin regalo, casi sin abrigo, dormía el sueño de los ángeles, sintióse de repente profundamente triste, y le pareció que delante de ella se abría un abismo negro, muy hondo, y que la entraban ganas vehementes de morir. No penséis mal, oh escépticos, de Sor María. ¡No la creáis una monja liviana!

No era el amor profano y su deleitosa copa lo que el tentador hacía girar ante sus ojos preñados de lágrimas de fuego. Tened por seguro{16} que la pureza de Sor María llegaba al extremo de ignorar si renunciando al amor sacrificaba venturas. En el amor sólo sospechaba fealdades, desencantos, humillaciones y groserías indignas de un alma escogida y bien puesta. Lo que en aquel momento hacía sollozar á la monja era el instinto maternal, despertado con fuerza irresistible á la vista y al contacto del monísimo Jesusín…

Y mal de su grado, ofuscada por la insidiosa tentación (solo el Maldito pudo infundirla tan trasnochados y estemporáneos pensamientos), Sor María no estaba á dos dedos de renegar de los votos y de las tocas y de los deberes que al convento la sujetaban. Nunca estrecharía contra su infecundo seno una tierna cabecita de rizada melena; nunca besaría una frente pura y celestial; nunca unos brazos mórbidos ceñirían su garganta. La única criatura que le había sido dado tener en brazos y á la cual pudo prodigar ternezas, era un chiquillo de palo, duro, frío, que ni respondía á las caricias, ni balbucía entrecortado el nombre de madre. Y Sor María, cada vez más hondamente desesperada, acordábase, en aquella hora fatal, de su propio hogar que había abandonado, y pensaba en el delirio con que su padre amaría á un nietezuelo, y lloraba con llanto más amargo, con lágrimas sangrientas, como lloraría una virgen de Israel, condenada á muerte, la esterilidad de su seno y la soledad eterna de su corazón, sentenciado á no probar nunca el más intenso y completo de los cariños femeniles…{17}

Mas he aquí que al hallarse Sor María fuera ya de sentido y á punto de rebelarse impíamente contra su destino y de romper su juramento de fidelidad al Divino Esposo, cuentan las crónicas (no sé si protestaréis los que lleváis sobre las pupilas la membrana del topo, la incredulidad) que la celda se iluminó con luz blanca y suave, y que de súbito el Niño del Misterio, no rígido é inmóvil en su invariable actitud, sino animado, hecho de carne, sonriendo, gorgeando, acariciando, salió de una nube ligera y se vino apresuradamente á los brazos de la monja.

—Soy yo, tu Jesusín, el que nació hoy á las doce—parecía balbucir la criatura, halagando blandamente á Sor María. Y como ésta pagase con besos los halagos, el chiquillo rompió á llorar tiernamente, y la monja, olvidando sus propias lágrimas y su reciente desconsuelo, comenzó á bailar para entretenerle, á arrullarle, á cantarle, á contarle cuentos, y al fin le arropó en su cama, llegándole al calor de su propio cuerpo y recostándole sobre su pecho tibio, que henchían activas corrientes de vitalidad y de amor. Y allí se pasó la noche el pobre nene, hasta que la blanca aurora, que disipa las sombras y ahuyenta las tentaciones, lanzó sus primeras claridades al través de la reja, y la campana llamó al templo á las monjas, que se pasmaron del resplandor extático que brillaba en el hermoso semblante de Sor María…

Desde entonces Sor María hace prodigios de austeridad, mortificación y penitencia. Sus{18} rodillas están ensangrentadas, sus costados los desuella el cilicio, sus mejillas las empalidece el ayuno, su boca la contrae el silencio.—Pero todos los años, después de la misa del Gallo y el Misterio del pesebre, se repite la visita del Niño á la celda melancólica y solitaria, y por espacio de unas cuantas horas, Sor María se cree madre.{19}

LA NAVIDAD DEL PELUDO
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Catorce años de no interrumpida laboriosidad podía apuntar el Peludo en su hoja de servicios; catorce años en que no hubo día sin ración de palos y sin hambre. ¡El hambre especialmente! ¡Qué martirio!

Sacar fuerzas de flaqueza para el cochinero trote, obligado por los pinchazos del recio aguijón; aguantar picadas de tábanos y de moscas borriqueras, enconadas, feroces con el sol y el polvo, en las llagas de la reciente matadura; sufrir talonazos y ver cortar la vara de avellano ó de taray que, silbadora y flexible, se ha de ceñir á su piel averdugándola; probar la dentellada de la espuela y el sofrenazo violento del bocado; recibir puñadas en el suave hocico y en los ojos, en los dulces y grandes ojos cuya mirada siempre expresa mansedumbre; doblegarse bajo la excesiva carga; arrastrarse molido y pugnar por no caer al suelo antes de que se termine una caminata tres veces más{20} fatigosa de lo que cabe dentro de los límites del vigor asnal;—todo esto, con ser tanto, le parecía miseriuca al Peludo, en cotejo de pasar rozando una pradería verde como la esperanza, mullida y aterciopelada como tapiz de seda, y no poder hartar la panza vacía, redondear los ijares metidos y chupados y la tripa hueca como tubería de órgano. Era tal la impresión que causaba al Peludo la vista de la hierba apetitosa, rociada, velluda, de los dorados pajares y de las mieses en sazón; tal la rabia que sentía al oir el murmurio de la fuente cuando secaba sus fauces el anhelo del trabajo y la polvareda pegajosa del camino real; tal la violencia de su furioso apetito y el ímpetu de su colosal gazuza, que más de una vez, él—el manso, el resignado, el trabajador, el obediente—pensó hacer una muy gorda y sonada: soltar un rebuzno de guerra y arremeter á coces y á muerdos contra su despiadado jinete, su espolique, su amo, su tirano… ¡Qué deleite arrojar al suelo el lastre de sacos de harina, que pesan cual plomo, patearlos, reventarlos; que la harina se esparciese por la carretera; meter en ella el hocico, aventarla, hacerla volar en blanquísimas nubes! Y si era mucha el ansia de comer, no menor la de revolcarse. ¡Revolcarse! ¡Cuánto tiempo, desde su tierna infancia, su época de buchecillo retozón y candoroso, que no se revolcaba, con las cuatro patas batiendo el aire y la gris barriga al sol, el Peludo!

Cruzaban estas ráfagas de emancipación por la deprimida mollera del esclavo, pero no adquirían{21} consistencia; eran aleteos pasajeros que abatía al punto la convicción de su eterna servidumbre y de que la había dispuesto la suerte, el fatum que preside á la existencia del jumento. Sí; lo peor del caso es que al Peludo la desgracia le había hecho fatalista; no esperaba nada de la Providencia, ni se atrevía á creer que pudiese lucir para él jamás un instante de relativa dicha. Hiciese lo que hiciese, lo mismo tenía que ser… Hambre y palos, palos y hambre… Arriba con la carga; avante por la senda—y nada de protestas ni de quiméricos ensueños.

Razón llevaba el paciente Peludo en desconfiar de la suerte y en prometerse mayores desventuras; su amo, en vez de mostrarle algún apego, una pizca de consideración, á medida que el Peludo perdía fuerzas, agilidad y bríos, iba tratándole con mayor dureza y encomendándole las tareas más rudas y bajas, los transportes más reventadores y las jornadas á palo seco en todo el rigor de la frase. Por eso, la glacial y lluviosa noche del 24 de Diciembre encontró al cuitado Peludo sufriendo la intemperie con cachaza estoica, atado á una argolla de hierro, á la puerta de la conocida taberna del Pellejón, una de las varias que salpican las orillas de la carretera de Marineda á Brigos. Otras veces no faltaba para el Peludo en aquel templo báquico el abrigo de una cuadra ó de un estercolero, ó siquiera de un cobertizo cerquita del pajar; pero ésta era noche de bulla y parranda de regodeo y jarros colmados de vino{22} y aguardiente, y cuando el Peludo, al trotecillo desmayado de sus provectas patas, se acercó á la taberna, no quedaba sitio ni techo para él. De dos puntillones, el amo le pegó á la pared, le amarró á la anilla, y allí se quedó el jumento, sin más techo que un emparrado desnudo de follaje, cuyas ramas goteaban hilos de agua llovediza, formando una charca bajo los cascos.

Veía el Peludo, al través de los vidrios de la ventana, la sala de la taberna iluminada, alegre, llena de hombres que jugaban á los naipes, disputaban, despachaban guisotes de bacalao y apuraban vasos de caña y tinto. Mientras los racionales celebraban así la Navidad, el asno, transido y empapado hasta los huesos, rendido de cansancio y desfallecido de necesidad, no tenía ánimos ni para exhalar un suplicante y doloroso rebuzno pidiendo sustento y calor. Una nube veló sus pupilas; sus corvas se doblaron. Iba á caer sobre el fango líquido, cuando advirtió una claridad suave, muy diferente de la que derramaban las pestíferas candilejas de la taberna, y divisó á su lado, con profunda sorpresa, á otro borrico: un asno plateado, de luciente pelo, vivaracho, cordial. ¡Qué compañía tan grata! «¡Hi—ho!» flauteó dulcemente el caduco y asendereado jumento. Púsose el recién venido á roer con los dientes la cuerda que al Peludo sujetaba, y presto le dejó libre. Echó á andar el argentado borriquillo, y detrás de él, sin meterse en más averiguaciones, el Peludo, ya regocijado y fuerte. A medida que adelantaban, la noche se hacía transparente, estrellada, tibia;{23} el camino fácil, seco, llano, lindo. A derecha é izquierda, prados de un tono de felpa verdegay, esmaltados de violetas y ranúnculos, convidaban al Peludo á saciar su apetito; arroyos cristalinos le brindaban con qué apagar su sed. Y el Peludo, entrando á saco, descuidado, libre, se entregó á la hierba jugosa; desde lejos podía oírse el ruido de molino que al mascar producía su vieja dentadura. Bebió á su talante en los manantiales; atracóse de trébol y hierba mollar, y al paso que devoraba, redondeábase su panza como globo que se infla, hasta que de súbito estallaron las cinchas que sujetaban la albarda, y quedóse en pelota, feliz como un rey. ¡Ahora sí que no se sentía fatalista el Peludo! Tan dichosa aventura le convertía en el mayor providencialista del universo. En lontananza empezaba á despuntar la mañanica dorada y risueña; las violetas del prado olían á gloria; todo incitaba á un revuelco deleitable, y ¡zás! el Peludo se dejó caer y se puso á nadar en aquel golfo de verdura, impregnándose de olores floreales, recogiendo en su pelambrera hojas de manzanilla. El asno se sentía victorioso, envuelto en luces de gloria. Y allá en los aires, lejos, alto, voces misteriosas repetían la profética cláusula: «Nos ha nacido un niño, y se llama Emanuel…» El asno de plata, salvador del Peludo, le miraba entre compasivo y amigable, y le rebuznaba bondadosamente: «¡Hi—ho! ¿No me conoces? Soy el que calentó con su aliento á Jesús en el establo… y el que llevó á Egipto á María la Nazarena…{24}»

A la puerta de la taberna, el amo del Peludo, al salir de madrugada con los humos de la embriaguez muy densos aún, vió á su montura tendida en la charca, los ojos vidriosos, las patas rígidas.—Rompióse la cuerda—observó el tabernero.—No le dé patadas—agregó—que de poco sirve; tiene la oreja fría; está difunto.—Pero el amo, con la terquedad característica de los beodos, seguía descargando puntapiés al animal, jurando, blasfemando y maldiciendo. Al fin, convencido de lo inútil de sus esfuerzos, soltó una opaca risotada.—Para lo que servía…—gruñó.—Ya ni podía conmigo…{25}

JESUSA
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El matrimonio vió al fin cumplidos sus deseos: la niña vino al mundo un 24 de Diciembre, circunstancia que pareció señal del favor divino; pusiéronle en la pila el dulce nombre de Jesusa, y la rodearon de cuanto mimo pueden ofrecer á su único retoño dos esposos ya maduros, muy ricos, y que sólo pedían á la suerte una criatura á quien transmitir fortuna y nombre. La cuna fue mullida con pétalos de rosa, y hasta el ambiente se hizo tibio y perfumado, para acariciar el tierno rostro de la recién nacida…

Todos hemos narrado alguna vez la triste historia de la niña pobre y desamparada, que harapienta y arrecida, con el vértigo del hambre y la angustia del abandono, vaga por las calles implorando caridad, hasta que cae rendida y la nieve la envuelve en blanco sudario. El grito de la miseria, el clamor del vientre vacío, es penetrante y humano… pero también sufre{26} el rico, y sus dolores, inaccesibles al fácil consuelo que se reparte con un puñado de monedas, no hallan alivio sino en la misericordia de Dios… El que compare á la chiquilla sin pan ni hogar con la chiquilla envuelta en algodones y harta de goces y juguetes; á la que jamás recibió un beso con la que agasaja en su seno una madre idólatra,—se indignará contra la injusticia social y apelará de ella á la justicia infalible.

Cruzad la calle, deslizad un socorro en la mano escuálida de la mendiga, y penetrad después en la morada de la familia de Jesusa. El contraste, al pronto, os parecerá hasta sacrílego. Cualquier chirimbolo de los que decoran el gabinete, cualquier fruslería de rubia concha y cincelada plata, de las mil esparcidas sobre las mesillas del tocador, vale más de lo que costaría dar un año entero pan, luz y abrigo á la infeliz que tirita allá fuera, en el ángulo de la manzana, de pie contra una cancilla menos dura que algunos corazones.

Pasad el umbral de la alcoba tapizada de seda: acercáos á la camita virginal, esmaltada de blanco y oro, y contemplad la cabeza que descansa sobre la batista… Ved ese rostro transparente como alabastro, esos ojos de violeta, tan infinitamente melancólicos. Si pudiéseis alzar la sábana sin ofender el pudor de la niña—que ha cumplido sus once años ya,—se ofrecería á vuestra vista algo sin nombre ni forma, uno de esos cuadros que sobrecogen: una especie de insecto mísero: piernas como{27} hilos retorcidos, manos que semejan contraídas por la acción del fuego, doble gibosidad en el pecho y la espalda, flacura de carnes secas y consumidas por el padecimiento. ¡Y si la enfermedad se contentase con haberla desfigurado! Pero son tan incesantes sus torturas, tan variadas, tan horribles, que hay horas negras en que el padre susurra al oído de la madre, en voz opaca:

—¡No sería mejor despedir á tanto médico… suprimir tanto remedio… no agobiarla… dejarla que!…

Y la madre responde con acento en que tiemblan irrestañables lágrimas:

—No, no… Mientras hay vida…

En el martirizado cuerpo, la inteligencia vela, despierta desde muy temprano. A los seis años, Jesusa decía de esas frases que cortan el alma. Las tempranas intuiciones, las precocidades, si en el niño sano regocijan, en el enfermo afligen con aflicción honda, como es hondo el abismo del humano dolor.

—Mamá, ¿soy yo mala?—gemía la inocente.—No, eres muy buena, muy buena.—Entonces, ¿por qué me castiga Dios?—No es castigo…—sollozaba la madre.—Es que después, cuando te mejores, has de disfrutar mucho… y es que ahora, si es verdad que estás malita, también tienes más cosas bonitas que las otras niñas, más muñecas, más juguetes, más flores, unas cajas preciosas…—Callaba la enferma un minuto, cerrando sus pupilas de marchita violeta, y las abría luego para exclamar:—Pues{28} dales todo eso á los niños que no tienen… y ellos que me den no estar enferma un día… ¡Mamá, siquiera un día!

Al correr del tiempo, al multiplicarse los fenómenos del extraño padecimiento nervioso de Jesusa, arraigábase en su mente la idea de la sustitución, y la creía posible ó segura, mejor dicho. ¿Por qué no la complacían sus padres? ¿Había cosa más sencilla y natural? Que repartiesen á los golfos y á los mendigos sus joyas y sus muñecos caros; que les enviasen á cestos las golosinas; que les entregasen las sábanas de encaje y el edredón de plumón de cisne…, y que ellos, á su vez, la socorriesen con unas migajas de salud, de la riente salud que alegra el mundo, que calienta la sangre, que resplandece como el sol y hermosea el vivir. ¡Levantarse de aquella cama, andar, salir á la calle, respirar el aire libre, sin dolores, lista, ágil, contenta!

A fuerza de hablar de la sustitución, Jesusa acabó por contagiar á su padre. Los desgraciados tienen siempre los brazos abiertos para abrazar á la quimera. La esperanza es ingeniosa y supersticiosa.—Verás, nena mía… Voy á darte gusto, voy á socorrer á los niñitos pobres… Así que les haga mucho bien, tú sanarás…—Y empezó su carrera de filántropo, descubriendo cada día, en la inagotable mina de la miseria, nuevas vetas que explotar, y soñando, á cada hallazgo, que allí podría estar la curación de su enferma. Subió á muchas buhardillas, llevando la bolsa llena y el médico prevenido; recogió y trajo en brazos, á las altas horas{29} de la noche, al golfo que dormía aterido y desfallecido de hambre sobre un banco ó al través de una puerta, y se gozó en el golpe mágico del despertar de la criatura ante una suculenta cena y con la perspectiva de un mullido lecho; redimió de la abyección á niñas que aún no tenían conciencia del pecado, y las llevó á establecimientos benéficos, donde las inculcasen el trabajo y la honestidad; pagó nodrizas á desvalidos huérfanos; desató un río de aceite de hígado de bacalao para los chiquitines escrofulosos, y en verano envió á las orillas del mar á hijos de obreros, devorados de anemia… Mas Jesusa, enterada de tan santas acciones, no cesaba de mover su cabeza macilenta, de cerrar dolorosamente las lánguidas violetas de sus ojos. No era bastante; no se contentaba Dios todavía con eso.

Mayor sacrificio pedía sin duda… Prueba de lo estéril del esfuerzo, era que Jesusa empeoraba, que redoblaban sus sufrimientos, que la fiebre la consumía, que su piel se pegaba á los huesos abrasada por el mal, y que en los accesos, á cada paso más frecuentes, sentía, ó como un ascua en sus entrañas, ó como un enorme témpano de hielo en su corazón, próximo á cesar de latir. ¿Iba á durar eternamente aquella infernal tortura? ¿No se apiadaría Dios? ¿No la sanaría de repente del todo, dejándola alzarse, fuerte y gozosa, en el ímpetu de la juventud, á disfrutar de la existencia, á reir, á correr, á saltar como los pájaros felices?

Llegó la Nochebuena, el cumpleaños de Jesusa.{30} En tal día, sus padres la abrumaban á regalos, inventaban caprichos para darse el gusto de satisfacerlos. Se armaba el belén, renovado siempre, siempre más lujoso, de más finas figuras, de más complicada topografía; pero aquel año, suponiendo que la enferma estaba cansada ya de tanto pastorcito y tanta oveja y tanto camello, discurrió la madre colocar un precioso Niño Jesús, de tamaño natural, joya de escultura, en un pesebre, sobre un haz de paja. La sencilla imagen atrajo á la abatida enferma. Parecía una criatura humana, allí echada, desnudita. Y al mirarla, al pensar que tendría mucho frío, Jesusa creyó adivinar por qué no la sanaba á ella Dios… No bastaba dar á otros niños limosna y socorro: era preciso ser como ellos, aceptar su estado, abrazarse á la humildad, á la necesidad, imitando al Jesús que reposaba entre paja, sobre unas tablas toscas… Afanosamente, la niña llamó á su madre y suplicó, trémula de ilusión y de deseo:

—Mamá, por Dios… Haz lo que te pido y verás si sano… Ponme como están los niñitos pobres… Echa paja en el suelo, acuéstame ahí… No me tapes con nada, déjame tiritar…

Resistíase la madre, temblando de miedo á la idea de su hija con frío y sobre unas tablas; pero, á pesar suyo, el loco ensueño también se apoderaba de su espíritu. ¿Quién sabe? ¿quién sabe?… Las alas de la quimera batían misteriosamente el aire en derredor… Alejó á los criados, miró si nadie venía… y cargando el leve peso de la enferma, la tendió sobre la paja esparcida,{31} en el mismo pesebre donde sonreía y bendecía el Niño; Jesusa abrió los ojos, miró ansiosamente á la imagen, y después los cerró con lentitud. Su carita demacrada, crispada, expresó de pronto la mayor serenidad; una especie de beatitud bañó las facciones, iluminó la frente; un ligero suspiro salió de la cárdena boca… La madre, aterrada, se inclinó, la llamó por su nombre, la palpó… No respondía; el sueño se realizaba; los dolores de Jesusa habían cesado; no volvería á sufrir.

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NOCHEBUENA DE JUGADOR
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El vicio del juego me dominaba.—Cuando digo el vicio del juego, debo advertir que yo no lo creía tal vicio, ni menos entendía que la ley pudiese reprimirlo sin atentar al indiscutible derecho que tiene el hombre de perder su hacienda lo mismo que de ganarla. «De la propiedad es lícito usar y abusar», repetía yo desdeñosamente, burlándome de los consejos de algún amigo timorato.

No obstante mi desprecio hacia el sentimiento general, procuraba por todos los medios que en mi casa se ignorase mi inclinación violenta. Habíame casado, loco de amor, con una preciosa señorita llamada Ventura; estrechaba más nuestra unión la dulce prenda de un niño que aún no sabía, si yo le llamaba, venir solo á mis brazos; y por evitar á mi esposa miedo y angustia, escondía como un crimen mis aficiones, sorteando las horas para satisfacerlas. Precauciones idénticas á las que adoptaría si diese á{34} mi mujer una rival, adoptaba para concurrir al Casino y otros centros donde se arriesga, al volver de un naipe, puñados de oro; é inventando toda clase de pretextos—negocios bursátiles, conferencias con amigos políticos, enfermos que velar, invitaciones que admitir—cohonestaba mis ausencias y explicaba de algún modo mi agitación, mi palidez, mis insomnios, mis alegrías súbitas, mis abatimientos, la alteración de mi sistema nervioso, quebrantado por la más fuerte y honda tal vez de las emociones humanas.

Hacía tiempo que no poseía sino lo que al juego me granjeaba. Dueño de un mediano caudal, había ido enajenando mis fincas para cubrir pérdidas. Vino después una larga temporada de prosperidad, pero invertí las ganancias en valores fáciles de negociar, que ya mermaban recientes descalabros. Nada de esto notaba mi Ventura, porque, á semejanza de casi todas las mujeres, recibía de manos de su esposo el dinero sin preguntar su origen. Segura de mi cariño, pasiva y feliz en su hogar, ni se la ocurría ni quizás deseaba conocer el estado de nuestros intereses. En las ocasiones felices, yo la traía ricas alhajas y la compraba lindos trajes; en los momentos de estrechez, una indicación mía bastaba para que ella redujese el gasto y aplazase los pagos, con instintiva complicidad. Pero si mi esposa no me causaba inquietud y el desorientarla me parecía facilísimo, otra persona de la familia me inspiraba indefinible recelo.{35}

Era esta persona el hermano mayor de Ventura, mi cuñado Bernardo, hombre de entendimiento vivo y sagaz, de fogosa condición, á quien penas ignoradas, quizás dolorosos desengaños, impulsaron á abrazar el estado eclesiástico. Bernardo ejercía su ministerio con un celo abrasador, con sed de sacrificio que le consumía, demacrando su cuerpo y encendiendo en sus azules ojos perpetua llama. Los tales ojos, al fijarse en mí, mostraban vislumbres de desconfianza y severidad. Indudablemente el santo altruista, consagrado á hacer el bien, olfateaba en mí la egoísta y desenfrenada pasión que teñía de un círculo de oscuro livor mis párpados y hacía temblar febrilmente mi mano cuando estrechaba la suya. Una desazón, un desasosiego parecido al del que con ropa sucia arrostra la luz del sol en un paseo concurrido, me asaltaban al encontrarme frente á frente con Bernardo. Este, que vivía fuera de Madrid, absorbido siempre por empresas de beneficencia, fundaciones de Asilos y Asociaciones caritativas, sólo venía á vernos dos veces al año; en Pascua de Resurrección y en Navidades.

Acercábase precisamente esta solemne época del año, cuando la suerte, que ya se me había torcido, comenzó á mostrarse airada, contra mí. Soplaba la racha negra, y soplaba tan inclemente y dura, que arrebataba mis esperanzas todas. Fallaban mis más laboriosas martingalas; se malograban mis golpes de habilidad, mis corazonadas se desmentían y naipe que yo tocase era naipe funesto. Encarnizado{36} en el desquite, me precipitaba con ciega cólera, obstinándome en despeñarme, agotando mis recursos, desafiando al porvenir. La intuición de que se me venía encima la catástrofe, redoblaba mi desesperada energía. Debiendo ya sobre mi palabra crecida suma, busqué un prestamista—el más usurero, el más infame—y sin vacilar, como quien cierra los ojos y se arroja á una sima, me abandoné á sus uñas, firmando cuanto quiso, comprometiendo mi honor á cambio de la inmediata posesión de la cantidad que necesitaba para saldar mi deuda en el Casino y tentar el golpe supremo. Estaba determinado á que no luciese para mí el día de confesarle á Ventura que nos aguardaba la miseria y la afrenta además. Cierto que á veces se me ocurría decirla: «Figúrate que yo era un negociante; he quebrado; es preciso resignarse y trabajar.»—Pero inmediatamente comprendía la imposibilidad, el absurdo de calificar de quiebra los resultados de mi desorden. Si caía á los pies de mi mujer revelando la verdad, tendría que implorar perdón, como cumple al que faltó á sus deberes. Antes morir, y morir me parecía la solución única del pavoroso conflicto. En aquellos instantes veía tan claro como la luz que la muerte era precisa y natural consecuencia de mi modo de entender la vida, y el derecho de jugar, hermano del de suicidarse: ambos se reducían á uno solo… «Usar y abusar»… Y morir sin miedo.

Con estos pensamientos volví á mi casa la tarde del día 24 de Diciembre, llevando en el{37} bolsillo la cantidad obtenida del usurero. No bien entré en la antesala, sentí que me abrazaban á un tiempo por el cuello y por las piernas. El primer abrazo era el de la mujer amante, que unía su rostro al mío con arrebato mimoso; el segundo… ¿Quién puede abrazar por más abajo de la rodilla, sino el nene, el muñeco que se ensaya en romper á andar y aun necesita agarrarse á algo para no caer de bruces?

Sentí que el corazón se me hendía; sentí que me acudían lágrimas á los ojos; y apartándome bruscamente, por disimulo, exclamé:

—¿Qué pasa? ¿A qué viene esto?

—Ha llegado Bernardo—respondió Ventura sorprendida de mi sequedad.

—Tío Nado—repitió mi pequeño, que acompañó esta gracia con una risa estrepitosa.

—Pues toma—dije entregando á mi mujer un puñado de billetes,—prepara una cena; pero una cena de verdad, como me gustan… y ahora déjame, hijita, déjame un poco; quiero reposar, me duele la cabeza, y de aquí á la noche espero mejorarme para charlar con Bernardo.

Ventura obedeció, y yo me encerré á escribir una especie de testamento y despedida. Mis dientes castañeteaban; concluí la tarea, registré mis pistolas, las cargué, me eché sobre el sofá y fumé nerviosamente, cigarro tras cigarro, hasta que Ventura, solícita, vino á avisarme para cenar. Era temprano, porque el niño no podía faltar de la mesa en noche semejante y su madre evitaba tenerle despierto hasta las mil. Nos dirigimos al comedor, iluminado por{38} bujías rosa, alegrado por la blancura de los manteles y el destellar del cristal y de la plata.

La sopa de almendra humeaba suavemente y trascendía á gloria; las frutas raras se apiñaban en el centro de mesa, reflejado por una luna de espejo circundada de rosas tardías; en las copas reía ya el Sauterne amarillo, y mi mujer, engalanada, compuesta, sonriente, con el rizado pelo algo fosco y las mejillas rubicundas, se acercó á mí y murmuró acariciándome con la voz:

—¿No saludas al forastero? Ahí le tienes.

Abracé á Bernardo, y empezó la cena, animada al principio por las genialidades del nene y las coqueterías de Ventura, empeñada en que alabase su tocado y tan resuelta á conquistarme, que hasta apoyó sobre mi pie el suyo chiquitín. Sin embargo, languideció la conversación bien pronto; no era difícil notar que Bernardo y yo estábamos pensativos. A las preguntas inquietas de mi esposa respondí alegando cansancio y jaqueca; pero Bernardo, el de las chispeantes pupilas azules, declaró categóricamente:

—Tu marido tendrá lo que guste, y no querrá enterarnos del por qué parece un reo á quien le acaban de leer la sentencia ahora mismo; pero lo que es yo… estoy así… porque me da vergüenza cenar tan bien, con salmón, y ostras, y langostinos, y vinos añejos, y no poder ofrecer á algunas familias pobres, ya que no estos festines de Lúculo, al menos el pan del año, el fuego del hogar y ropa con que abrigarse las{39} carnes. El Apóstol enseñaba que los cristianos no deben encerrarse para comer manjares suculentos. Nosotros nos saciamos de cosas ricas, y vamos á brindar con un Champagne… que ya lo conozco de otras veces… ¡Clicquot! mientras los pobres… No puedo evitar esto, ni vosotros podéis; pero allá dentro, hay un rincón de mi alma que llora. ¡Cómo ha de ser! ¡No acierto á remediarlo!

Decir esto el sacerdote, y cruzar por mi imaginación el chispazo de una idea, fue todo uno; ni dió tiempo á la reflexión, ni á que yo calculase el efecto que en Bernardo iban á producir mis palabras. Me levanté, llené una copa del Champagne que frío como nieve ya lucía en la jarra de cristal tallado, y la tendí á Bernardo, exclamando de un modo significativo:

—¡Pues brinda… ó reza! para que se logre un plan que tengo yo… Si se logra, asegurarás el pan á algunas familias.

Bernardo echó mano á su copa, y antes de alzarla, fijó en mí las fascinadoras pupilas. A mi parecer, me registraba el cerebro, me veía la conciencia y me leía como se lee un abierto libro.

De pronto, con súbita decisión, tendió la copa, la acercó á la mía, las chocó, y pronunció majestuosamente:

—Brindo ahora… Rezaré después. Deseo que se logre tu plan… pero una vez sola ¿entiendes? Una sola.

Consideré sellado el pacto. En mi superstición de jugador lo había ensayado todo, jitanas{40} y mediums, amuletos y pueriles conjuros… todo, excepto interesar á Dios por el cebo de la caridad, partiendo mis ganancias con el Arbitro supremo, cuya previsión sirve al ciego azar de invisible lazarillo. ¡Poner al cielo de mi parte! Sí, porque el cielo tampoco podía querer que yo ejecutase la resolución postrera y definitiva, la única que cortaba el nudo infernal de mi destino…

Así que terminó la cena, me levanté, alegué una excusa, dejé á Ventura malhumorada y á Bernardo meditabundo, y salí desalado, á jugar, no ya el dinero, sino la honra y la existencia, la existencia que en aquel momento me parecía tan seductora, tan digna de ser vivida, entre los halagos de una mujer enamorada y la luminosa sonrisa de un querubín que me pedía protección y ayuda para andar, cogiéndose á mis piernas…

Por las calles se oía tumulto de gentío, repique alegre de panderetas, rasgueos de guitarrillo; en las casas, la luz se filtraba delatando la reunión de los que se quieren en íntima fiesta; y yo pensaba, mientras el coche que había tomado á mi puerta iba rodando hacia el Casino: «Si marro, esta es mi Nochebuena última.»

¿Sabéis lo que se llama una suerte desatinada, increíble, loca? Pues así la tuve yo desde el primer instante. Sobraban horas para jugar, y estaban allí los puntos fuertes, los de repleta cartera y crédito firme. Sin tregua los arrollé: no recuerdo vena igual: parecía cual si viese al trasluz las cartas que iban á salir, ó un poder{41} invisible me dictase la puesta. Como si Dios se esmerase en cumplir el pacto, mi vena aumentó desde que sonó la media noche.

Al regresar á mi domicilio, entré en el cuarto de Bernardo. El cura estaba despierto; me esperaba sin duda.

—Acuéstate—le dije,—y duerme bien, que mañana tendrás con qué dar á esas familias pobres el pan del año.

Vi en el expresivo rostro del sacerdote indicios de perplejidad y zozobra. Comprendía perfectamente el origen del dinero que yo venía á ofrecerle en cumplimiento del trato, y su conciencia batallaba con su pasión de hacer bien, de consolar penas, de enjugar lágrimas. Débil, por fin, vencido del deseo, sacudido por una trepidación interior que le enronqueció la voz siempre sonora, me cogió las manos entre las suyas, y murmuró:

—Acepto… Venga… Sólo que ¡acuérdate!… La condición…

—Hoy ha sido la última vez: palabra de honor—respondí adelantándome á su ruego.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

No sé si me creeréis, pero no he jugado más desde aquella Nochebuena. Al principio se me crispaban los dedos y la cabeza se me desvanecía con el ansia de volver á probar las amargas delicias del juego; después, poco á poco, vino la calma: el olvido ¡nunca! Negocié, labré una fortuna, y aprendí que puedo usar de ella, pero no abusar. Sé que soy depositario. El dueño está arriba.

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DE NAVIDAD
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Este cuento pasa en el siglo XVI, en una de esas ciudades de Italia que gobernaba un tirano. Llamémosle á la ciudad, si queréis, Montenero, y á su tirano Orso Amadei.

Orso era un hombre de su época, feroz, desalmado, disimulado en el rencor, implacable en la venganza. Valiente en el combate, magnífico en sus larguezas y exquisito en sus aficiones artísticas, como los Médicis, festejaba en su palacio á pintores y poetas y recibía en su cámara privada á los sospechosos alquimistas de entonces, que si no consiguieron fabricar oro, no ignoraban la fórmula de destilar activos venenos.

Cuando á Orso le estorbaba un señor, le atraía, jurábale amistad, comulgaba con él—¡horrible sacrilegio!—de la misma hostia, le sentaba á su mesa… y en mitad del banquete el convidado se levantaba con los ojos extraviados y espumante la boca, volvía á caer retorciéndose…{44} mientras el anfitrión, con hipócrita solicitud, le palpaba para asegurarse de que el hielo de la muerte corría ya por sus venas.

Con los villanos no gastaba Orso tantas ceremonias: los derrengaba á palos, ó los dejaba consumirse de hambre en un calabozo.

Orso era viudo dos veces: á su primera mujer la había despachado de una puñalada, por celos; á la segunda, la única que amó, se la mató en venganza Landolfo dei Fiori, hermano de la primera. Esta no había dejado hijos: la segunda sí, una hembra y dos varones. Perecieron los varones en un oscuro lance militar, una emboscada que tal vez preparó el mismo Landolfo, y quedó la niña Lucía, para continuar la maldita familia de Amadei.

Discurría ya su padre el Príncipe con quien desposarla, cuando Lucía declaró que deseaba tomar el velo. Orso se desesperó, porque, á su manera, adoraba á aquel último retoño de su raza; mas no hubo remedio; la voluntad de Lucía se impuso, y la niña entró en un monasterio de la Orden de Santo Domingo, en que había florecido Catalina, llamada Eufrosina, á quien el mundo venera hoy con el nombre de Santa Catalina de Sena.

La tierna juventud, la cándida belleza y la ilustre cuna de la hija del tirano, aumentaron el asombro de su penitencia. En un siglo ya pagano, renovó las duras penitencias de edades más fervorosas.

Su alimento era un puñado de hierbas cocidas; su cama dos quilmas sin paja; su ropa interior{45} un burdo tejido de Cilicia, que llagaba la delicada piel; y cuando se levantaba á orar, en las noches de Enero, después de tomar una hora de descanso sobre las losas húmedas, que quebrantaban sus huesos todos, apenas podía sostenerse de debilidad y las palabras del rezo se confundían en su boca.

Porque Lucía, hija al fin de los Amadei, no había nacido para la mortificación y el dolor, sino para agotar las alegrías de la vida, para recrearse en el grato sonido del bandolín, en el armonioso ritmo de las estancias de los poetas, en la magia del color, en la dulce y misteriosa calma de los jardines, donde sonreía la eterna hermosura de las estatuas griegas,—y sólo el peso de ajenas culpas y el anhelo de la expiación la habían arrojado palpitante de angustia y de terror al pie de los altares, donde á cada minuto recordaba involuntariamente el mundo y sus goces.

Como Catalina de Sena, más de una vez se vió asaltada por tentaciones impuras y por imágenes engañadoras y burlonas; pero abrazada á la cruz, resistió heroicamente; lloró, se hirió las carnes y, al fin, conoció su victoria en la paz que descendía á su espíritu. Arrobos y dulzuras inexplicables sucedieron á los desfallecimientos, y Lucía se sintió consolada.

Llegó la Navidad, aniversario de su profesión. Vino la Nochebuena, acompañada de mucha nieve; pero cuanto más espeso era el sudario que cubría el huerto del convento, más calor notaba Lucía en su celda solitaria; una ilusión{46} singular le mostraba, al través de los emplomados vidrios, que en lugar de copos de nieve llovían sobre las ramas de los árboles y sobre la dura tierra millares de azucenas nítidas, finas como plumas arrancadas del ala de los ángeles.

Sembrado de azucenas estaba todo, y la blancura del jardín despedía una claridad que alumbraba la celda con rayos de luna, más vivos y lucientes que la misma plata. De pronto, envuelto en olas de luz apacible, Lucía vió á un precioso Niño; una criatura que sonreía, que tendía los bracitos, y á quien la monja recibió enajenada en ellos.

—Esta noche—dijo el Niño amorosamente—he querido favorecerte, Lucía, y en vez de nacer en el pesebre, naceré en la celda donde tantas veces me has invocado.

Lucía permaneció algunos instantes fuera de sí; el favor era extraordinario y, en su humildad, no se creía digna de él. Apenas pudo recobrarse, juntó las manos y se postró implorando al Niño.

—Si quieres que sea dichosa tu sierva, Niño, mi Niño del alma… concédeme lo que voy á pedirte. ¡Ah! Es cosa grande y difícil,—pero si tú no puedes realizar imposibles, ¿quién los realizará? Acuérdate de lo que he luchado, acuérdate de mis sufrimientos… y en vez de nacer aquí, dígnate nacer en otro lugar oscuro, horrible, desolado… El corazón de mi padre, Orso Amadei.

Halagando el Niño con sus manecitas el{47} rostro de la penitente, la miró lleno de tristeza.

—¿Sabes lo que pides, Lucía? ¿Sabes que ese corazón donde pretendes que yo nazca es más duro que la piedra, más sangriento que el cadalso, más fétido que el sepulcro? ¿Sabes que para entrar allí tendré que apartar con mi cuerpo desnudo los espinos, los abrojos y las ponzoñosas hierbas, y sentir cómo se enroscan á mi cuello las víboras y cómo trepan por mis piernas los fríos reptiles? ¡Yo he sabido morir del modo más afrentoso; pero al tratarse de nacer, busqué dulzura y amor; nací entre sencillos pastores, no entre lobos carniceros! En fin, Lucía, ya que has combatido por mí, no he de negarte lo que deseas… ¡Esta noche mi establo de Belén será el corazón de fiera de tu padre!

Al oir la promesa del Niño, Lucía experimentó tan subido gozo, que no lo pudo resistir. Cayó inerte sobre las losas. La luz, la visión, el perfume de las azucenas, todo desapareció, y al través de los emplomados vidrios sólo se vió el huerto amortajado en nieve.

A aquella misma hora, Orso Amadei celebraba un festín en su palacio; mejor que festín hay que decir orgía. No era una cena donde los dichos agudos y las alegres historietas hiciesen volar las horas y en que la presencia de las damas, incitando á la galantería, contuviese á la brutalidad. De estas cenas había dado muchas Orso; pero también gustaba de otras más desenfrenadas, á que sólo asistían sus capitanes{48} semi-bandidos, sus bufones y sus familiares, gente cínica y perversa.

Si se mezclaba con ellos alguna mujer, era la infeliz juglaresa sorprendida en la plaza pública, y que, después de servir de ludibrio á los convidados, aparecía al día siguiente con el cuerpo acardenalado, medio muerta, arrojada en cualquier callejuela de la ciudad. Aquella noche, Ridolfi, uno de los capitanes de Orso, había anunciado mejor presa: justamente acababa de cazar á una joven muy linda, ¡peor para ella si andaba á tales horas por la calle! Alborotáronse los bebedores; Orso, riendo á carcajadas, ordenó que trajesen á la jovencita, que entró, empujada por los soldados, temblorosa, desgreñado el rubio pelo, y los hombres se engrieron al verla, porque era en verdad soberanamente hermosa.

Orso clavó en ella sus ojos impúdicos; tendió la mano, apartó los rizos de oro… y asombrado se echó atrás; en la niña desvalida, dispuesta allí para ultrajarla, veía el rostro de su hija Lucía, las mismas facciones, las mejillas, la frente, sonrojada de vergüenza.

—Soltad á esa mujer—gritó Orso.—Que la acompañen á su casa con el mayor respeto. Que nadie la haga daño… ¡Ay del que toque á un cabello de su cabeza! Que se la trate como á mi persona…

Los beodos, atónitos, obedecieron sin comprender. Continuó el festín; pero Orso, preocupado y sombrío, no apuraba la copa. Deseoso Ridolfi de animarle, hizo una seña, entendida{49} al vuelo, y pocos minutos después, un preso moribundo de hambre fué traído á la sala del banquete. Solían divertirse en sacar de su mazmorra á uno de éstos, á quienes desde días antes privaban de alimento; sentarle á la mesa, ofrecerle algún exquisito manjar, y, cuando iba á engullirlo sollozando y aullando de contento, se lo quitaban de la boca y le vertían en ella la ardiente cera de los hachones que alumbraban la orgía.

El preso era joven, y Orso, bromeando, le tendió un plato de asado, humeante, y una copa de Lácrima; mas al verle de cerca, profirió una imprecación. Los ojos, que le fijaban con doloroso reproche desde aquella extenuada faz de mártir, la boca que le daba gracias, eran la boca y los ojos de Lucía, su propia mirada, que el padre no podía desconocer, mirada de reflejo cariñoso, luz del alma que busca otra luz igual.

—Que suelten á éste—mandó Orso.—Antes dadle bien de comer, cuanto desee. Y regaladle dos jarros de oro, y vino á discreción… Que se le trate como á mi persona… ¿lo oís? ¡como á mi persona!

Ridolfi, gruñendo, cumplió la orden. Casi al punto mismo en que salía el preso, se presentó en la sala del festín una mujer vieja, con un chiquitín en brazos:—«Piedad, gran señor—exclamaba,—piedad de la criatura que aquí ves. Este pequeño es el hijo de tu cuñado Landolfo dei Fiori, á quien aborreces, y unos soldados, por orden tuya, según dicen, le quieren estrellar{50} contra el muro. Tú no puedes haber dado tan cruel orden, y yo le pongo bajo tu amparo.»—Al nombre odiado de Landolfo, Orso se estremeció de furor, y desnudando el puñal, iba á atravesar la garganta del pequeño… pero éste, apacible, le sonreía, y su sonrisa era la sonrisa encantadora, inolvidable, de Lucía, cuando su padre la acariciaba, en los días de la niñez.—Orso, vencido, cayó de rodillas, y golpeándose el pecho empezó á acusarse en voz alta de sus pecados; porque Jesús, fiel á su promesa, acababa de nacer en aquel corazón más oscuro que el abismo infernal…

A la mañana siguiente, Orso recibió la noticia de que su hija había espirado á las doce en punto de la noche.

El tirano se ató una soga al cuello, recorrió descalzo las calles de la ciudad pidiendo perdón á los habitantes y, apoyado en un bastón, se alejó lentamente. Nunca se volvió á saber de él. ¡Dichosos aquellos en cuyo corazón nace el Niño!{51}

JESÚS EN LA TIERRA
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Voy á contaros un cuento de la gran Noche, que me refirió un viejo peregrino, cansado ya de recorrer todos los caminos y senderos de este mundo y deseoso únicamente de recostar la cabeza en una piedra y morir olvidado. Si el cuento es algo sombrío, atribuidlo á la fatiga y á las muchas desventuras del que me narró esta especie de sueño.

 

La noche de Navidad de uno de estos últimos años, habéis de saber que nuestro Señor Jesucristo en persona quiso bajar á la tierra y recorrerla, porque, como nadie ignora si ha leído el texto santo, las delicias de Jesús son morar entre los hijos de los hombres.

Dejó, pues, su trono y su asiento á la diestra del Padre, y ocultando la majestad y belleza de su aspecto bajo forma que no deslumbrase á los ojos mortales y que á veces ni aun fuese visible para ellos, descendió al mundo, deseoso{52} de encontrar piedad, amor y fraternal regocijo. La naturaleza parece asociarse á la solemnidad del día: en el firmamento, claro como una bóveda de cristal, brillan los astros de oro y de esmeralda pálida, titilando cual una mirada cariñosa: ni corre un soplo de aire, ni una partícula de humedad condensada en figura de nubecilla empaña la magnificencia de la hora nocturna.—En el polo, cuando se apoya sobre la helada extensión el pie sagrado de Jesús, enciéndese súbitamente, como para festejarle, una espléndida aurora boreal: reflejos abrasadores, purpúreos y anaranjados, colorean la nieve y arrancan de los enormes témpanos centelleo diamantino. Mas ¿qué le importa á Jesús la magia del espectáculo? Lo que Él busca es luz de aurora en los corazones; le atraen los fenómenos del alma, no los juegos de un meteoro en las rocas insensibles y en las heladas estepas.—Y pasa adelante.

El primer lugar donde encuentra hombres, es una llanura árida, el fondo de un valle que altas montañas limitan y coronan. Hombres, sí, cubren el suelo, apretados como la mies cuando la tumba la guadaña del segador; pero hombres inmóviles, yertos, crispados, en posiciones violentas; y en sus rostros lívidos vueltos hacia el cielo resplandeciente de dulce claridad estelar, en sus ojos abiertos y sin mirada, una expresión de rabia ó de espanto persiste, á despecho de la muerte… Porque son cadáveres los que cubren la llanura, y la llanura es un campo de batalla.—Jesús, pensativo, los contempla{53} breves instantes. En los pechos abiertos, las heridas bermejas parecen bocas; en las frentes destrozadas, los negros coágulos de sangre mariposas fúnebres, de esa horrible especie llamada Atropos, que lleva sobre el corselete la figura de una calavera. Algunos de los hombres que yacen en la llanura respiran todavía: prestando oído, se percibe su ronco estertor agónico. Una mujer anciana, deshecha en llanto, amparando con la mano trémula lucecilla, cruza inclinándose para ver los rostros: busca tal vez á su hijo entre los muertos. Un caballo sin jinete pasa, olfateando la carnicería y huyendo enloquecido…—Y Jesús sigue, se aleja.

Entra en una ciudad populosa. Por las calles circula gente alborozada, gozando la deliciosa templanza de una noche tan apacible como las primaverales. Voces vinosas entonan cantos desafinados; las guitarras acompañan con su rasgueo procaz coplas equívocas; las panderetas repican insensatamente, y discordes sonidos de rabeles, zambombas, chicharras, carracas de metal, se enzarzan en el aire cual brujas volando al sábado. La multitud, desparramándose por las calles, se arremolina ante los cafés atestados, sofocantes de calor; á veces un grupo se cuela por la puerta de alguna hedionda tabernucha, de donde salen pateos, algazara, blasfemias y vaho de aguardiente.

Ante una de estas innobles guaridas se para el Nazareno. Ve allá en el fondo un grupo alrededor de una mesa: dos hombres y una mujer. Ella da cuerda á entrambos; los provoca, los{54} enreda; ellos beben copa tras copa, y disputan. El uno arroja un vaso á la cara del otro: el vaso se hace pedazos, el hombre se incorpora chorreando heces de vino mezcladas con sangre. Los demás bebedores intervienen, amonestan al sano, aplacan al herido, le enjugan la faz, bromean, obligan á los adversarios á reconciliarse, les incitan á que se abracen riendo; el sano tiende los brazos, con cordialidad y sin recelo alguno; el herido desliza en el bolsillo la mano abierta; corta el aire el relámpago de una navaja, y cae un hombre con el pulmón partido.

Jesús se desvía, sigue andando, y ve un portal grandioso, iluminado, sostenido en columnas de rojo mármol con capiteles de bronce. Sube la escalera, que reviste densa alfombra y decoran nobles tapices de batallas y cacerías, y penetra en una antecámara de vastas proporciones, donde hacen la guardia criados de calzón corto y armaduras ecuestres auténticas. La antecámara da acceso á un saloncito sin muebles, alumbrado por centenares de globos eléctricos, y en el fondo del saloncito, bajo celajes de tul fino batidos como espuma, aparece un encantador Belén, un Nacimiento para niños millonarios, obra de arte más que de ingenua devoción. Al través de los campos y los oteros imitados con musgo y piedra pómez, salpicados de palmeritas enanas y de sicomoros gentiles y diminutos, se deslizan murmurando riachuelos naturales, que sin duda algún ingenioso mecanismo hidráulico hace correr. De los montes{55} de piedra pómez, en cuyas cimas reluciente polvo blanco remeda la nieve, desciende el torrente Cedrón, y del césped verdadero de los jardines se lanzan y se pulverizan en el aire enhiestos surtidores. Un lago en miniatura refleja en su cristalino seno las torres de Jerusalem, el circuito de sus murallas, las cúpulas del templo y los apretados olivos del huerto de Getsemaní, que trepan por la ladera. Los mil pintorescos detalles de los Nacimientos no faltan en éste, sólo que las figuras, perfectamente modeladas, son muñecos primorosos, y desde el grupo de pastores que se arrodilla como en éxtasis, hasta los Reyes Magos que, caballeros en sus dromedarios, asoman por una garganta salvaje, todo revela la mano de hábil escultor. El prodigio es la gruta; hecha de cristales de roca menudísimos y cristalizaciones de amatista, se irisa con múltiples cambiantes al herirla la luz del foco eléctrico en forma de estrella, que, suspendido de un hilo de perlas, oscila á gran altura. Y en la gruta deslumbradora, entre un asno y un buey de plata cincelada, la Virgen, de oro, vela al Niño, de oro y esmalte también, con la cabecita de madreperla. Para ostentar dignamente aquel grupo, joya de la orfebrería florentina del Renacimiento, tal vez de Benvenuto Cellini, aquellas efigies en que la riqueza de la materia compite con lo inestimable de la ejecución, se ha armado, sin género de duda, el Belén suntuoso, y han corrido los torrentes y las cascaditas bajo las palmeras y los olivos.—Lo extraño era que no hubiese{56} nadie, nadie absolutamente, en el salón; nadie para admirar tal maravilla, nadie para acompañar al niño Jesús de oro y piedras, á fin de que no se helase en su gruta de cristalizaciones, entre los reflejos violáceos de la amatista y los destellos multicolores de la diáfana roca… Y sin embargo, el palacio no debía de estar desierto, sino al contrario, lleno de gente: se notaba en la atmósfera esa vibración, esos efluvios tibios que sólo produce el aliento de muchos hombres y mujeres reunidos para una fiesta. Del fondo de una galería llegaba á veces prolongado murmullo, las rotas cadencias de una música alada y sensual, el gorjeo de las risas. Jesús adelantó y se encontró en la galería, bello jardín de invierno, decorado por gigantescas plantas y árboles de remotos climas, gomeros y lantanas de enormes hojas, cicas y pandanos de complicada estructura semejantes á pagodas y obeliscos de porcelana verde. Esparcidas por el jardín se veían las mesas donde cenaban alegres grupos, mujeres engalanadas, acribilladas de pedrería, hombres que ostentaban sobre la solapa de raso de su frac grana gardenias ya mustias por el calor. La orquesta de cuerda, oculta en un kiosco árabe que revestían floridas enredaderas, acompañaba suavemente el rumor de las conversaciones y de las carcajadas melodiosas, el ticliteo de las transparentes copas que el Champagne orlaba de espuma, y el levísimo choque de los platos, que la destreza de los criados amortiguaba lo posible. Era una lujosa cena de Navidad.—Jesús retrocedió, volvió{57} al salón del Nacimiento, donde se vió otra vez en el establo, niño y solo. El roce de unos pasos sobre el pavimento de incrustaciones de madera se dejó oir, y una mujer, una jovencilla, de ojos azules, de blanco traje apenas escotado, penetró en el saloncito, fue derecha al Belén, y envió una tierna sonrisa al Niño, que contempló despacio con amor. Después, como el que tiene que ocultar una escapatoria, volvió precipitadamente á la galería, donde tal vez la echasen de menos. Era la hija del dueño de la casa. El Niño de oro ya no sentía tanto frío, y Jesús, extendiendo la mano, bendijo á la doncellita, la única que se acordaba del Misterio…

Salió del palacio sin volver atrás la vista, y alejóse del pueblo, de la gran ciudad corrompida y fangosa, como se había alejado del siniestro y sangriento campo de batalla. Un cambio repentino en la atmósfera presagiaba temporal: nubarrones densos y obscuros como plomo corrían por el cielo: ráfagas de cierzo glacial azotaban los árboles, y se oía el mugir pavoroso del mar rompiéndose contra los escollos. Jesús se encontró en una aldea de pescadores, mísero grupo de chozas, colgado á guisa de nido de gaviota en una escotadura de la costa salvaje. A pesar de la hora, bastante avanzada para gente que suele economizar luz, nadie duerme en la aldea: ábrense de golpe las puertas de las cabañas, y hombres y mujeres, provistos de faroles encendidos y de largas pértigas, de bicheros, de cestos y de sacos, se dirigen en tropel hacia la playa, despreciando el{58} viento que les azota el rostro y la lluvia que empieza á caer sacudida por las rachas furiosas del huracán. Imponente aspecto el del Océano: olas gigantescas, con cresta de espuma, se encrespan descubriendo abismos, y el sulfuroso zig-zag de un relámpago alumbra en el fondo de la sima á una embarcación que corre sin rumbo. Los ribereños alzan las luces, las hacen brillar, y el barco, que en ellas cree distinguir la salvación, el puerto amigo, maniobra hacia la costa, y, precipitándose, va á chocar contra el bajío, donde se clava despedazado. Los náufragos, que á la luz de otro relámpago habían podido verse sobre el puente, en actitudes de terror y desesperación, se arrojan al agua asidos á tablas, cogidos á cuerdas, montados sobre barriles; y luchando con las monstruosas olas que los sacuden y los zapatean contra el peñascal, nadan desesperadamente para alcanzar la playa, en que brillan y corren las luces, en que ven agitarse seres humanos. Y entonces se verifica algo espantoso: los que en la playa esperan á los náufragos, al verlos llegar moribundos, con las pértigas, con los bicheros, con remos, con palos, con cuchillos, los rechazan hacia el agua otra vez; pero antes les despojan de la cintura de cuero en que salvaban oro y papeles, de la cartera que se ataron bajo el sobaco al comprender el peligro, de la ropa, de cuanto poseen; y por si las olas tardasen en hacer su oficio, aturden á los infelices de un golpe en la cabeza, y así los arrojan al piélago, inertes ya. Y danzando de júbilo, ó gruñendo{59} como canes por el reparto del botín, esperan la madrugada al pie de los escollos, para recoger los despojos del buque que el mar escupirá bien pronto, aprovecharse de la feliz albana, y celebrar después con grosero y copioso banquete el día de la Natividad del Señor…

El Redentor ha huído de la playa: sus ojos están nublados, su alma triste hasta la muerte, según estaba cuando sudó sangre en Getsemaní. Y su corazón, abrasado de caridad como nunca, insaciable en amar á los hombres, siente las espinas de la corona que se le clavan, agudas é invisibles. ¡Para esta raza había nacido en el establo y había muerto en la cruz!—Entrando en una de las cabañas que los pescadores dejaron desiertas al salir á su horrible pesca de náufragos, divisa, en un rincón, cerca del fuego, un niño arrodillado. Al verse tan solo, el rapaz ha tenido miedo; se ha acercado al hogar buscando abrigo, y reza buscando amparo y protección. Jesús le coge en brazos, le besa, le acuesta, le pone la mano en los ojos y le deja tranquilamente dormido, soñando con los ángeles. Y al ascender otra vez al cielo, se lleva Jesús en el hueco de la mano cuatro perlas: las lágrimas de una madre que buscaba á su hijo en el campo de batalla; el abrazo de un hombre que pide le sea perdonado un agravio; la sonrisa de una doncella, y la oración de un inocente.

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EL BELÉN
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De vuelta á su casa, ya anochecido, D. Julio Revenga—sentado en el tranvía del barrio de Salamanca, metidas las manos en los bolsillos del abrigado gabán con cuello y maniquetas de pieles—rumiaba pensamientos ingratos. Su situación era comprometida y grave, doblemente grave para un hombre leal y franco por naturaleza, y obligado por las circunstancias á engañar y á mentir. ¡Qué cara pagaba una hora de extravío! La tranquilidad de su conciencia, la paz de su casa, la seriedad de su conducta, todo al agua por algunos instantes en que no supo precaverse de una tentación.

Mientras el cobrador iba cantando las estaciones del trayecto y el coche despoblándose, Revenga daba vueltas á la historia de su yerro. ¿Cómo había sido? ¿Cómo había podido suceder? Como suceden esas cosas: tontamente. Si no es la quiebra de su amigo y paisano Costavilla, no tendría ocasión de ponerse en frecuente{62} contacto con la hermana, aquella Anita Dolores—mujer ya espigada en los treinta años, y más desenvuelta que candorosa.—Ante la desgracia de la quiebra, Costavilla perdió la energía y la esperanza; pero Anita Dolores, en cambio, se reveló llena de aptitudes comerciales, dispuesta, activa, resuelta á salvar la casa de cualquier modo. Para sus gestiones se asesoraba con Revenga, le pedía auxilio, préstamos, celebraban conferencias que duraban horas. Al manejar los papeles, al calcular probabilidades de liquidación, establecíase entre los dos una intimidad chancera, que se convertía de repente, por parte de Anita, en afición inequívoca. Al sospechar Revenga lo que iba á sobrevenir, ya estaba interesado su amor propio, encendida su imaginación. Sin embargo, la fiebre duró poco: el esposo leal, el hombre honrado é íntegro se dió cuenta de que era preciso cortar de raíz lo que no tenía finalidad ni excusa. Sacrificó de buen grado algunos miles de duros para sacar á flote á Costavilla, y se apartó de Anita Dolores con propósito de no verla más.

No contaba con las fatalidades de la naturaleza. Ocultamente, en apartado rincón de provincia, Anita Dolores dió al mundo una criatura. Fue el castigo providencial, no sólo para ella, sino para Revenga, que no había tenido prole de su matrimonio, ni esperanzas. Y al rodar del tranvía que apresuraba su marcha, al vacilar de la luz de la linterna que se proyectaba sobre los vidrios nublados por el hielo del aire exterior, Revenga quería dominar{63} una tristeza inconsolable, una amargura que le inundaba como ola de hiel.—Nunca vería á su niña; nunca la estrecharía, nunca la tendría sobre las rodillas ni la besaría riendo… Anita Dolores, vengativa y tenaz, la había escondido, la había hecho desaparecer. ¿Desaparecer?… ¡A cuántas conjeturas se presta este verbo!

¿Qué era de la niña?… A aquella hora, cuando Revenga penetrase en su morada lujosa, en su comedor que la electricidad alumbraba espléndidamente y la leña de encina calentaba, intensa y crujidora; cuando la intimidad del hogar le sonriese, y las golosinas de Nochebuena lisonjeasen su apetito, ¿dónde estaría la abandonada? ¿En qué casucha de aldeanos, en qué glacial dormitorio del Hospicio? ¿Vivía siquiera? ¿Valía más que viviese?

Estremeciéndose de frío moral, Revenga subió el cuello del gabán y caló el sombrero. Desolación inmensa caía sobre su alma. Precisamente acababa de saber en casa de unos amigos de Costavilla, donde solía preguntar disimuladamente por Anita Dolores, noticias alarmantes. ¡Anita Dolores se casaba! El nuevo socio de Costavilla, mozo emprendedor y dispuesto, era el novio. No mortificaban los celos á Revenga; no le quitaban el sueño memorias de lo pasado… Pensaba en la suerte de su niña, y aquella boda obscurecía más aún el misterio de su destino. ¡Ah! ¡Pues si creían que iba á quedarse así, con los brazos cruzados y mucha flema británica! ¡Desde el día siguiente—desde temprano—que Anita Dolores se preparase!{64} ¡Allí iría, á reclamar la chiquilla, á escandalizar si era preciso! El escándalo repugnaba á su carácter; el escándalo podía herir de muerte á Isabel, á su mujer, enterándola de lo que debía ignorar siempre… No importa, escandalizaría, ¡voto á sanes! Cantaría claro; desbarataría la boda; pondría en movimiento á la policía, si era preciso… pero le darían su pequeña, y la entregaría á personas que la cuidasen bien, y la educaría y haría que de nada careciese…, y sobre todo, la vería, la besuquearía, la llevaría juguetes en la Navidad próxima… Con firme determinación cerró los puños y apretó los dientes. ¡Amanece, día de mañana!

Entretanto Isabel, la esposa de Revenga, acababa de adornarse en su tocador. La doncella abrochaba la falda de seda rameada azul obscuro, y prendía con alfileres la pañoleta de encaje, sujeta al pecho por una cruz de brillantes y zafiros—el último obsequio de Revenga, traído de París.—Con inocente coquetería se alisaba el pelo ondulado y se miraba en el espejo de tres lunas, cerciorándose de que las señales de las lágrimas se habían borrado del todo, después del lavatorio con colonia y el ligero barniz de velutina. ¡El llanto no tenía para qué notarse!

Ya vestida y engalanada, pasó á un cuartito contiguo á la alcoba, donde solía guardar baúles, pero que ahora presentaba aspecto bien distinto del de costumbre. Tapizaban las paredes ricas colchas y cortinas de raso y damasco; corría por el techo un cordón de focos eléctricos,{65} y cubría el piso blando tapiz. En el testero, como á una vara de altura, se levantaba un tabladillo, y sobre él un Nacimiento, el Belén clásico español, con su musgo en las praderías, sus pedazos de vidrio y de hojalata imitando lagos y riachuelos, sus selvas de rama de romero, sus torres puntiagudas de cartón, sus pastorcicos de barro, sus dromedarios amarillos y sus Magos con manto de bermellón, muy parecidos á reyes de baraja. Dos diminutos surtidores caían con rumor argentino, bañando las plantas enanas en que se emboscaba el Portal. Isabel se detuvo á contemplar los hilitos del agua, á escuchar el musical ritmo, y recordó sus propias lágrimas, y sintió nuevamente preñados de ellas los ojos y rebosante el corazón… La injusticia, la maldad, la mentira, lastimaban á Isabel más aún que la ofensa. ¿Por qué la engañaban, á ella que era incapaz de engañar, enemiga de la falsedad y el embuste? ¿Cabía salir de casa despidiéndose con una sonrisa y una caricia, para ir á pasar horas en compañía de otra mujer? Los surtidores goteaban, gimiendo bajito, é Isabel también gimió; el son del agua que cae se adapta á la alegría lo mismo que á la pena; para unos es concierto divino, para otros queja desgarradora. Quejábase el alma de Isabel, pidiendo cuentas, exponiendo agravios, alegando derecho y razón. ¿No había ella cumplido sus promesas, lo jurado al pie de aquel altar, pedestal y morada de su Dios? ¿No había sido siempre fiel, dulce, enamorada, dócil, casta, buena en fin? ¿Por qué su compañero,{66} su socio en la familia, rompía secretamente el pacto?

La mirada de la esposa de Revenga se fijó, nublada y húmeda, en el Belén, y la luz de la estrellita, colgada sobre el humilde Portal, la atrajo hacia el grupo que formaban el Niño y su Madre. Isabel lo contempló despacio, y un cuchillo agudo de dolor se le hundió en el pecho. «No pidas cuentas…, parecía decir la voz del grupo. No te quejes… Tú no has dado á tu esposo sino la mitad del hogar; tú no le has dado el Niño…» La esposa permaneció un cuarto de hora sin ver el Nacimiento, viendo sólo, en las tinieblas interiores de sus penas, lo que cada cual, durante ciertos supremos instantes que deciden del porvenir, ve con cruel lucidez: lo fallido de su existencia, el resquicio por donde la desgracia hubo de entrar fatalmente… Suspiró muy hondo, como para echar fuera toda la pesadumbre, y poco á poco se apaciguó; su condición era resignarse, aceptar lo dulce, rechazando mansa y tenazmente lo amargo. «El Niño Dios me está diciendo que hice bien, muy bien…» La sonrisa volvió á sus labios, aunque sus ojos estaban anegados en un llanto que no corría. En aquel mismo instante se oyeron pisadas fuertes en el pasillo, y apareció Julio Revenga.

—¿Qué es esto?—preguntó con festiva extrañeza á su mujer.—¿Has hecho un Nacimiento para divertirte?

—Para divertirme yo, no—respondió expresivamente Isabel, ya serena del todo.—Tengo{67} los huesos durillos para divertirme con Belenes… Es… ¡para divertir á una criatura!…

—¡A una criatura!—repitió maquinalmente el esposo.—¡No será nuestra esa criatura!—añadió de un modo irreflexivo, que tal vez respondía á sus íntimas preocupaciones.

—¡Qué sabes tú!—murmuró Isabel con calma.

Debió de palidecer Revenga. Bajó la cabeza, desvió el rostro. Tales palabras despertaban eco extraño en su espíritu. ¡Cómo había pronunciado Isabel la sencilla frase!

—No entiendo…—tartamudeó el infiel, con raros presentimientos y peregrinas sospechas.

—Ahora entenderás…—¿No tienes hijos, Julio?—interrogó ella derramando dulzura y compasión, y, por extraña mezcla, despecho involuntario.

Él no contestó. Medio arrodillado, medio doblegado, cayó sobre la banqueta de terciopelo frente al Belén. El mundo se le venía encima: ¡lo que adivinaba era tan grande, tan increíble! Quería pedir perdón, disculparse, explicar…, pero la garganta se resistía. Isabel, llegándose á su marido, le echó al cuello los brazos, sofocada de indignación, pero magnífica de generosidad.

—No se hable más del caso… Tranquilízate… Así como así, estábamos muy solos, muy aburridos á veces en esta casa tan grandona. Yo tenía muchas, muchas ganas de un chiquillo, ¿sabes? No te lo decía por no afligirte. Hace catorce años que nos hemos casado, de manera que ya las esperanzas… ¡Qué se le ha de hacer!{68} No es uno quien dispone estas cosas… Vamos, no te pongas así, Julio, hijo mío… Alégrate. ¡Hoy nos ha nacido una pequeña!…

Revenga, en silencio, besó las manos, besó á bulto la cara y el traje de su mujer. Temblaba, más de vergüenza y de remordimiento—es justo decirlo—que de gozo. Sus labios se abrieron por fin, y fue para repetir desatentadamente:

—¿Cómo has sabido…? Mira, yo no veo á esa mujer…, te juro que no, que no la veo… Te juro que no me importa, que la detesto, que…

—Estoy bien informada—contestó Isabel un tanto desdeñosa, apacible.—Me consta que no la ves ni la oyes. Su venganza, su desquite por tu abandono, fue enterarme de todo…, y por fin de fiesta, enviarme la niña… Y ya que me la envía… ¡caramba!, no la he soltado, ¿sabes? Está en mi poder… La reconoceremos, arreglaremos lo legal. Que no le quede á esa ningún derecho…

Al aflojarse el nuevo abrazo de los esposos, Revenga imploró:

—¡Tráemela!… No la conozco todavía…{69}

PAGINA SUELTA
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El destacamento había marchado toda la mañana, y después de un breve alto, fue preciso seguir la caminata emprendida para acampar, ya anochecido, como Dios dispusiese, en la linde del bosque. La lluvia (rara en aquel clima durante el mes de Diciembre) no había cesado de caer en hilos oblícuos, apretados y gruesos. Sorprendidos por el capricho de las nubes, desprovistos de mantas y capotes, soldados y oficiales se resignaron, ó mejor dicho, se chancearon con el agua; y era preciso todo el azogue de la juventud, todo el ánimo del soldado, todo el estoicismo del carácter peninsular, para no darse al mismo demonio al sentirse empapados como esponjas. Hacía calor, y el chorreo del agua no parecía sino que aumentaba la densidad de la temperatura pegajosa, sofocante, y con la marcha, irresistible. ¡Sudar el quilo y mojarse á un tiempo, caramba! Y no había otro remedio que seguir andando, á socorrer{70} al pueblecillo cercado por los insurrectos, donde hacían desesperada y heroica defensa los moradores, capitaneados por el párroco, un fraile dominico muy terne… La idea de salvar á españoles y españolas de la muerte y de los ultrajes, alentaba al destacamento y le ponía alas en los pies, aunque el barro, que subía hasta las rodillas, se los calzase de plomo.

Por necesidad, porque no se veía, y también porque las fuerzas humanas tienen un límite, se detuvieron á la entrada de la selva. Casi en el mismo instante cesó el aguacero, cual si algún tifón lo hubiese barrido, y apareció un trozo de cielo limpio de nubes. A buen presagio lo tuvieron los españoles, que se dispusieron á acampar al pie de un copudo y añoso tamarindo, cuyos frutos, de ácida pulpa, sabían que son seguro remedio contra el cansancio y la fiebre. La luna, que filtraba ondas de luz gris perla al través del espeso ramaje enredado de lianas y tupido por los helechos colosales, fue acogida como una amiga; á su claridad añadieron la llama de una hoguera que no quería arder, y soldados y oficiales medio se secaron, abanicándose con hojas de cocotero, porque aquel calor húmedo asfixiaba.

Colocados ya los centinelas, los soldados buscaron en el sueño, ó más bien en un inquieto y pesado letargo, el descanso indispensable después de tan fatigosa jornada; pero el capitán, alto, moreno, enjuto, apoyado en el tronco del tamarindo, y el teniente, muy joven, aniñado, de dulce cara femenil, se quedaron un instante{71} en pie, abiertos los ojos, como si interrogasen á la noche.

—Pepe—dijo de pronto el capitán,—¿sabes que me da el corazón que cuando lleguemos se habrán rendido? Por mi gusto… ¡ahora mismo los hago levantar á todos y monto á caballo, y seguimos, hombre, seguimos para adelante!

—La tropa está que no puede con su alma—objetó el teniente, que se caía de sueño.—Dicen que tienen los pies como carbones ardiendo y los huesos calados…

—¡Bah! en cuanto dormiten un cuarto de hora, los azuzo y se enderezan frescos como lechugas… ¡Si conoceré yo á mi gente! Son de hierro… forjados en Eibar.

—¿Pero de dónde sacas tú que allá se han rendido? Hay armas, municiones, y por sabido se calla, corazón; la iglesia y su torre son fuertes; hay una buena empalizada de bambú y otra de tapial; con menos que eso se resiste á un ejército; y los que quieren entrar en Arringuay son cuatro gatos…

—Tienes razón—declaró el capitán,—menos en lo de los cuatro gatos, porque son centenares y no sé si millares de gatos los que están allí; ¿pero sabes lo que más me desespera de esta parada? ¿Tú no te acuerdas de la noche que es hoy? Como van ocho días que no sosegamos, como aquí hace verano cuando allá invierno… qué, ¿no sabes que es…?

—¡Nochebuena!—exclamó con acento penetrado el teniente, cuyos ojos garzos se velaron de nostalgia.—¡Nochebuena! ¡Y yo que no me{72} acordaba, chico! ¡Nochebuena! ¡Ay, quién comiese hoy la sopita de almendra y la compota rajada de canela, en casa de tía Dolores! ¡Con las primillas, al lado de Fanny! ¡Está uno tan harto de ver caras amarillas y juanetudas! ¡Olé las mujeres de nuestra España!

—España es también aquí—respondió seriamente el capitán.—¡Lo que es el mundo! Tú te acuerdas de las muchachas… y yo de mi nene, que ha nacido hace tres meses… No le conozco aún.

—¡Nochebuena!—repitió el teniente de la cara afeminada.—Mira tú; ello será tontería ó chifladura… pero me acaba de dar por el alma no sé qué cosa rara, chico, y me pasa como á ti… que me gustaría hacer algo gordo esta noche.

—¡Para escribirlo allá!

—¡No, que sería para contárselo al emperador de la China!

Las manos de los amigos se buscaron y se estrecharon enérgicamente; la hoguera, casi extinguida por la humedad del suelo, lanzó un reflejo rojo sobre el semblante de los dos oficiales; y el teniente, despabilado, electrizado, dijo en voz opaca y ardiente como un ruego:

—¡A despertarlos, chico, á despertarlos! Tres ó cuatro leguas que faltan se andan pronto… El guía me ha dicho á mí que sabe un atajo…

Quince minutos después, ni uno más, ni uno menos, el destacamento caminaba otra vez, mejor dicho, se arrastraba penosamente, cortando{73} con hachas las espesas lianas y los bejucales, hundiéndose en charcos donde la amarillenta sanguijuela les adhería á las piernas su ventosa, y oyendo deslizarse en la maleza la iguana y la venenosa serpiente palay. Cubierta otra vez la luna por nubarrones, la obscuridad era casi total, y la tropa avanzaba á tientas, riendo y renegando, pero sin quejarse, sin echar de menos el interrumpido reposo. El que tropezaba en un tronco de árbol y daba de bruces, juraba y se incorporaba, sin pensar siquiera en enterarse del daño recibido. ¡Sí, para mimitos estaba el tiempo! ¡Cuando tal vez ardía Arringuay y destripaban á sus moradores los condenados rebeldes! ¡A menear las patas! Y una calentura de voluntad, de deseo, de abnegación, impulsaba los cuerpos exhaustos, despejaba las cabezas cargadas de modorra, y prestaba fuerzas á los más endebles, á los que menos podían consigo… Iban como se va en una pesadilla.

Media noche era por filo cuando avistaron al enemigo. Para decir verdad, lo que avistaron fue un caserío envuelto en llamas, un grupo de chozas de donde salían clamores: el capitán había adivinado: Arringuay se encontraba ya en poder de los asaltantes. Parapetados en la iglesia resistían aún algunos hombres, mandados por el párroco fraile; hacia la plaza sonaban disparos; el pueblo, inerme ya, encontrábase entregado al saqueo y á la matanza. Los españoles se precipitaron en él, y se luchó confusamente entre las sombras ó á la luz del{74} incendio, pisando muertos lívidos, acribillados de heridas, vivos palpitantes aún, agarrándose con los bandidos y cruzando con sus raras armas de salvajes, sus campilanes y sus krises ondeados como sierpes, las leales espadas y las limpias bayonetas. La pelea, sin embargo, duró poco; la horda, con exclamaciones nasales, con atiplados chillidos, que delataban á la vez el despecho, la ferocidad y la cautela, se comunicó la orden de retirada, y dejando en la plaza y en las calles otra nueva hornada de cadáveres—porque la tropa, cansada y todo, pegaba duro,—huyeron á la desbandada los rebeldes, y los defensores de Arringuay, llorando de gozo, bajaron de la torre, en cuyos escombros pensaron envolverse. El fraile, empuñando todavía su Remington, corrió al encuentro del capitán, y aquellos dos hombres que no se conocían, que no se habían visto nunca, pero que eran, en el momento de encontrarse, una misma idea habitando dos cuerpos diferentes, se abrazaron con esa efusión larga, ardorosa, con que sólo se abrazan los que se quieren mucho…

La tropa, reanimada ya, ni pensaba en comer ni en dormir. Iban de casa en casa ayudando á apagar el incendio. Y el fraile y el capitán, comprendiendo que no era hora de entregarse á desahogos, se pusieron de acuerdo en breves palabras, empezaron á dar órdenes y á ejecutarlas en persona. Los moradores, como el rebaño después de la acometida del lobo, juntáronse en la plaza: la madre buscaba al hijo, el hermano al hermano; se llamaban, se contaban;{75} algunos sacaban á cuestas á los heridos. Un sargento trajo en brazos á un niño de pecho; acababa de encontrarlo en una casuca que empezaba á arder, y donde sólo había una mujer muerta, nadando en un charco de sangre. Era la criatura un muñeco amarillo, que se descuajaba llorando; pero al capitán la vista del muñeco le avivó deseos y afanes, con más viveza en aquella noche, en que especialmente son sagrados los pequeñuelos; inclinóse y besó tiernamente al huérfano, y el teniente, con bonita sonrisa juvenil, le alzó entre sus manos y le enseñó á la multitud, diciendo humorísticamente:

—¡Miren qué Niño Dios nos cae hoy!

—Es bien feo el condenado, mi teniente—declaró el sargento.

—¡No tenemos otro…!

Y el niño, de raza malaya, fue festejado y compadecido, y chillado, hasta que le tomó de su cuenta una china que le acercó á su seno oblongo, y á la cual el capitán deslizó en la mano todo el dinero que llevaba.

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DOS CENAS
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—Hoy es un día muy señalado y una noche en que no se debe cenar solo—dijo Rosálbez el banquero á su amigo el joven conde de Planelles, á quien encontró casualmente en su misma calle, casi frente al suntuoso palacio. Usted es soltero, no tendrá quizá comprometida la cena… Si quiere hacernos el obsequio de aceptar… á las ocho en punto… Yo apenas cenaré, me siento malucho del estómago; usted despachará mi parte…

—Mil gracias y aceptado—respondió cordialmente el conde.—Pensaba cenar con unos cuantos en el Nuevo Club. Les aviso y en paz… Aunque casi no era necesario avisarles: al no verme allí…

—¡Perfectamente! Hasta luego—murmuró Rosálbez saltando á su berlinita que le aguardaba, para llevarle, como todos los días, á una plazuela, y de allí á pie á cierta casa, hasta la cual no le convenía que llegase el coche. Era el secreto{78} de Polichinela, como dicen nuestros vecinos los franceses; nadie ignoraba en Madrid que Rosálbez protegía á aquella rasgada moza, Lucía la Cordobesa, de tanta gracia y garabato, y que el entretenimiento le salía carísimo—el que lo tiene lo gasta.

Ha de saberse que Rosálbez el opulento había llegado á los cincuenta y seis años y empezaba á cambiar sensiblemente de genio y de gusto. En otro tiempo no necesitaba la nota afectuosa en sus relaciones con mujeres: sólo exigía que le divirtiesen un instante. Ahora, sin duda, el desgaste físico de la edad reblandecía sus entrañas, y lo que buscaba era agrado tranquilo, el halago suave de un mimo filial. Su hija verdadera, Fanny, le demostraba un respeto helado, una obediencia pasiva y mecánica, y Rosálbez aspiraba á encontrar en la Cordobesa espontaneidad, calor amoroso, algo distinto, algo que removiese cenizas y alzase suaves llamas. Con esta esperanza y este deseo, llamaba á su puerta el día de Navidad.

Lucía estaba en su tocador. Vestía una bata de franela rosa. La doncella, que le recogía con ancho peine la magnífica mata de pelo ondulado, de un negro de azabache, al ver entrar al protector retiróse discretamente.

La Cordobesa sonrió; Rosálbez la tomó una mano, y acariciando con reiterados pases la piel de raso moreno y los torneados dedos, la interpeló así:

—¿Conque cenamos juntos esta noche, nena? ¿Conque tú misma irás á la cocina y dirigirás{79} la sopa de almendra y la compotita con rajas, al uso de tu país?

Lucía entornó un instante los párpados pesados y sedosos, y su boca pálida, en la cual refulgían los dientes como trozos de cuajado vidrio frío y blanco, hizo un gesto de mal humor.

—¡Ay, hijo! ¡Pero qué caprichos gastas, vaya por San Rafaé! ¿Te lo he de decir cantando ó resando? Ya sabes que está en Madrid mi prima la de Écija, y quiere que la acompañe á la misa el Gallo, á media noche. Si te conformas con cenar á las ocho y largarte á las once en punto…, santo y bueno; después… tengo compromiso.

Rosálbez se soliviantó; se inyectó de sangre su cráneo calvo.

—¡Compromiso! ¡Me gusta! ¿Y qué compromiso es más que yo para ti? A las ocho se cena en mi casa; tal noche como hoy no he de dejar á mi hija sola, y menos teniendo convidados.

—¡Hola! ¡Convidados! ¿Quién?

—Gente que no conoces. Los Ruidencinas, Mario Lirio, el conde de Planelles…

Lucía se echó á reir. Su carcajada era vulgar (nada como el eco de la risa delata la extracción, la educación y la calidad del alma).

—¿De qué te ríes?—exclamó el banquero impaciente.

—De ti—respondió ella con cinismo.—¡Mira tú que empeñate en que no conozco á esos! Conozco yo á to el mundo.

—Aquella risa insolente y mofadora, que continuaba,{80} le hacía daño á Rosálbez. Hubiese pagado á buen precio una luz de melancolía en los grandes ojos árabes de la Cordobesa, un aire de mansedumbre en su morena faz.

—¿Me das de cenar ó no?—insistió secamente, sintiendo en las manos como unas cosquillas, impulso de tratar con brutalidad á la reidora.

—A las dose… ni que te lo imagines, criatura,—declaró ella con la misma desdeñosa inflexibilidad.

—Bien, hija—exclamó Rosálbez con laconismo, levantándose y encaminándose hacia la puerta.

A medio pasillo sintió detrás de sí las pisadas y la voz de Lucía, que le llamaba bromeando; pero en vez de volverse, apretó el paso, tiró vivamente del resbalón de la puerta y bajó las escaleras á escape. Al verse en la plazuela, recordó que había despedido su coche, y echó á andar á pie, para calmar su agitación nerviosa. Claridad repentina alumbraba su mente; comprendía lo que estaba sucediendo. Era, sin ambajes, que se encontraba enamorado de Lucía, de la Cordobesa agitanada é indómita. Hasta entonces la había mirado como un mueble ó un objeto de lujo: indiferencia absoluta. Pero la crisis de su madurez, ablandándole el corazón, hacía germinar en él un sentimiento desconocido. Al acercarse la noche inmortal, consagrada al amor puro, en que se desea reclinar la frente sobre el pecho de un sér amado, Rosálbez soñaba que ese pecho sería el de la Cordobesa, y las proporciones de{81} su pena ante el desengaño le daban la medida exacta de su ilusión.

—¡Después de lo que hice por ella!—pensaba el banquero.—La he sacado de la abyección y de la miseria; me debe hasta el aire que respira. La he tratado mejor que á nadie; la he rodeado de bienestar y de lujo; la he guardado incluso consideraciones… La quiero, la idolatro… ¡Ingrata!

La idea de la ingratitud de Lucía causó á Rosálbez una especie de enternecimiento: sintió lástima de sí mismo; se tuvo por muy desventurado. A aquella hora de su vida, ante la vejez amenazadora, con la caja bien repleta y el alma completamente árida y obscura, Rosálbez lo que echaba de menos, para tapar el negro agujero, era cariño. Su mujer fue una dura vascongada, una rígida ama de llaves, una secatona administradora, que no pensaba sino en cooperar dentro de casa, por medio de una economía estricta, á las brillantes especulaciones del marido. Cuando murió, Rosálbez notó su falta en que le robaron los cocineros y subió bastante el gasto diario. Y Fanny, la única hija, algo inclinada á la devoción, seria y callada por naturaleza, tampoco tenía para su padre halagos. Hasta se diría que le miraba como á un amo que manda, un superior, con quien no existe comunicación afectiva. Actualmente, la absorbían del todo sus amoríos con el conde de Planelles, no formalizados aún, Rosálbez lo sabía; y en el súbito acceso de bondad que le había acometido, en el deseo de ver algún rostro{82} que le sonriese, al volver á casa se apresuró á entrar en el saloncito de Fanny y darle la noticia de que estaba invitado Planelles á cenar. Equivalía á decir: «Autorizo tus relaciones; ya tienes oficialmente novio.»

Fanny, al recibir la nueva, se puso roja como una cereza, tembló, pero sólo respondió:

—Está bien…

Rosálbez fantaseaba otra cosa; que le saltasen al cuello, que le abrazasen estrechamente. Acababa de traslucir una solución para su vida: unirse á su hija, crearse un hogar en el suyo, adorar y mimar á los nietos que enviase Dios. Ya veía una larga serie de Navidades futuras, de gozosas cenas de familia, con Arbol cargado de juguetes, con sorpresitas retozonas y babosas del abuelo. Creía sentir sobre sus rodillas el peso del «mayorcito» y en las barbas la sobadura de las manos tibias de «la pequeña». ¡Ah, sí; aquello era lo bueno, lo honrado, lo digno, lo que debía hacerse! Y conmovido, se acercó á Fanny y besó su frente marmórea, bebiendo ansioso la nitidez virginal de la fresca piel.

Espléndida fue la cena, servida á las ocho en punto. En nada se pareció á la que pretendía Rosálbez organizar en casa de la Cordobesa: ni hubo sopa de almendra, ni besugo con ruedas de limón, ni compotita con rajas de canela.—Esos platos clásicos, familiares, no suelen dignarse presentarlos los cocineros de miles de pesetas de sueldo. Esos platos son mesocráticos.—En cambio, desfilaron por la mesa del banquero los peces y mariscos más suculentos,{83} aderezados al genuino estilo francés, y regados con vinos añejos, raros y preciosos. El triunfo del cocinero fue un fingido jamón en dulce hecho de pescado prensado (no se podía infringir el precepto de la vigilia), que engañaba, no sólo á la vista, sino al paladar. Fanny, sentada á la derecha del que ya consideraba su prometido, en la penumbra del centro de mesa formado de lilas blancas forzadas en estufa y tallitos de combalaria alternando con camelias rojas, le hablaba quedo. Rosálbez, que los miraba á hurtadillas, no pudo menos de exclamar:

—Pero Planelles, ¡qué poco come usted!

A lo cual contestó el conde:

—Es que me siento malucho del estómago…

Tan sencilla frase hizo estremecerse al banquero. Era exactamente la misma que él había pronunciado por la mañana, al invitar á Planelles, cuando proyectaba reservarse para la otra cena, íntima, en casa de Lucía, á las doce. Aquella singular coincidencia, no descifrada todavía, heríale, sin embargo, como chispa lumínica el pensamiento. ¿Quién averiguará por qué inmateriales hilos es conducida la leve sospecha que precede á la entera revelación de la verdad? No fué el protector apasionado de la Cordobesa, sino el padre de Fanny, quien calculó, fijando los ojos en los del futuro yerno:

«A mí con esas. Tú ayunas para guardar apetito. ¡Ah! Yo te vigilaré. ¿Buscas en mi hija el oro ó el amor? ¡Cuidado conmigo!»

La impresión adquirió fuerza cuando, á pesar de que Fanny anunció que á media noche{84} justa, al dar las doce, serviría á los convidados una copa de Champagne para celebrar el Nacimiento, el conde manifestó que se retiraba.

Un cuarto de hora después que el conde, bajaba el banquero la escalera de mármol blanco, y saltaba en el primer coche de punto varado en la esquina. El simón destartalado se paró á la puerta de la Cordobesa. No acudió el sereno á abrir: Rosálbez le daba muy generosas propinas porque le dejase servirse de su llavín, sin oficiosidades importunas. Cruzó el tenebroso portal, y girando á la izquierda y encendiendo un fósforo, encontró la cerradura de la puerta del cuarto bajo.

Sufría una agitación honda cuando introdujo en ella el otro extremo del llavín. ¡Aún dudaba! ¿Quién sabe? Tal vez, como buena andaluza apegada á la tradición y creyente, la Cordobesa no había querido pasar la noche del 24 de Diciembre sin asistir á la Misa del Gallo, la más alegre y tierna de todas las misas.—¡Qué dicha esperarla en el cuartito forrado de felpa azul, y cuando regresase á la una, depositar en su regazo el estuche con las calabazas de perlas, el último capricho!—Giró la llave sordamente; el banquero sintió bajo sus pies la alfombra de la antesala. Dió luz al tulipán, y al mismo tiempo oyó que salía del comedor algazara y risa. De puntillas se coló en el ropero, que estaba á la derecha del pasillo; quería saber á qué atenerse: iba á ver, á saber, á cerciorarse de la infamia.—Del ropero se pasaba á un gabinete, y ya en éste, al través de una puerta vidriera,{85} era fácil distinguir cuanto en el comedor sucedía. Rosálbez se agachó, entreabrió las cortinas… Enfrente tenía á la Cordobesa, con mantón de Manila y flores en el moño; á su lado, Planelles alzaba la copa.

El banquero retrocedió; reclinóse en un sofá, y creyó que una mano le apretaba la nuez hasta asfixiarle. Era el desastre completo; era no solamente la burla para él, sino el desprecio de su pobre Fanny, de su hija. Las risas, las coplas, venidas del comedor, le azotaban como látigos. Se levantó; á tientas buscó la salida, y se encontró de nuevo en la antesala. Dejó la puerta abierta; en la calle tiró la llave al primer agujero de alcantarilla; y subiendo á otro coche, dió las señas de su palacio. Todavía estaban iluminados los salones; Fanny, en la antesala, despedía á los convidados. Cuando desaparecieron, Rosálbez se acercó á su hija, y cogiéndola de la mano tartamudeó:

—¡Valor! ¡No te sobresaltes!… Acabo de adquirir la prueba de que el conde de Planelles no te merece; de que es un miserable, que te engaña con la última de las mujerzuelas. Te lo juro; tu padre te lo jura, acaba de cerciorarse de ello, positivamente… Jamás consentiré que vuelva á poner los pies aquí.

Y Fanny, sin replicar, blanca como su traje, balbuceó:

—Entraré en las Reparadoras.

Rosálbez vió, mirando al porvenir, una larga serie de Navidades frías y solitarias, inmenso agujero tétrico en su existencia…

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LA NOCHEBUENA DEL CARPINTERO
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José volvió á su casa al anochecer. Su corazón estaba triste: nevaba en él, como empezaba á nevar sobre tejados y calles, sobre los árboles de los paseos y las graníticas estatuas de los reyes españoles, erguidas en la plaza. Blancos copos de fúnebre dolor caían pausadamente en el alma del carpintero sin trabajo, que regresaba á su hogar y no podía traer á él luz, abrigo, cena, esperanzas.

Al emprender la subida de la escalera, al llegar cerca de su mansión, se sintió tan descorazonado, que se dejó caer en un peldaño con ánimo de pasar allí lo que faltaba de la alegre noche. Era la escalera glacial y angosta de una casa de vecindad, en cuyos entresuelos, principales y segundos vivía gente acomodada, mientras en los terceros ó cuartos, buhardillas y buhardillones, se albergaban artesanos menesterosos. Un mechero de gas alumbraba los tramos hasta la altura de los segundos; desde allí{88} arriba, la obscuridad se condensaba, el ambiente se hacía negro y era fétido como el que exhala la boca de un sucio pozo. Nunca el aspecto desolado de la escalera y sus rellanos había impresionado así á José. Por primera vez retrocedía, temeroso de llamar á su propia puerta. ¡Para las buenas noticias que llevaba!

Altas las rodillas, afincados en ellas los codos, fijos en el rostro los crispados puños, tiritando, el carpintero repasó los temas de su desesperación y removió el sedimento amargo de su ira contra todo y contra todos. ¡Perra condición, centellas, la del que vive de su sudor! En verano, cebolla, porque hace un bochorno que abrasa y los pudientes se marchan á bañarse y tomar el fresco. En Navidad, cebolla, porque nadie quiere meterse en obras con frío, y porque todo el dinero es poco para leña de encina y abrigos de pieles. Y qué, ¿el carpintero no come en la canícula, no necesita carbón y mineral cuando hiela? El patrón del taller le había dicho, meneando la cabeza: «Qué quieres, hijo, yo no puedo sacar rizos donde no hay pelo… Ni para Dios sale un encargo… Ya sabes que antes de soltarte á ti, he soltao á otros tres… Pero no voy á soltar á mis sobrinos, los hijos de mi hermana…, ¿estamos? Ya me quedo con ellos solos… Búscate tú por ahí la vida… A ingeniarse se ha dicho…» ¡A ingeniarse! ¿Y cómo se ingenia el que sólo sabe labrar madera, y no encuentra quien le pida esa clase de obra?

Un mes llevaba José sin trabajar. ¡Qué jornadas tan penosas las que pasaba en recorrer{89} á Madrid buscando ocupación! De aquí le despedían con frases de conmiseración y vagas promesas; de allá, con secas y duras palabras, hasta con marcada ironía… «¡Trabajo! Este año para nadie lo hay…» respondían los maestros, coléricos, malhumorados ó abatidos. De todas partes brotaba el mismo clamor de escasez y de angustia; doquiera se lloraban los mismos males: guerra, ruina, enfermedades, disturbios, catástrofes, miedo, encogimiento de los bolsillos… Y José iba de puerta en puerta, mendigando trabajo como mendigaría limosna, para regresar á la noche, de semblante hosco y ceño fruncido, y contestar á la interrogación siempre igual de su mujer, con un movimiento de hombros siempre idéntico, que significaba claramente: «No, todavía no.»

La mala racha les cogía sangrados, después de larga enfermedad, una tifoidea de la chica mayor, Felisa, convaleciente aún y necesitada de alimento substancioso; después de la adquisición de una cómoda y dos colchones de lana, que tomaron el camino de la casa de empeños á escape; después de haber pagado de un golpe el trimestre atrasado de la vivienda y oído de boca del administrador que no se les permitiría atrasarse otra vez, y al primer descuido se les pondría de patitas en la calle con sus trastos… En ocasión tal, un mes de holganza era el hambre en seguida, el ahogo para el resto del venidero año. ¡Y el hambre en una familia numerosa! Nadie se figura el tormento del que tiene obligación de traer en el pico la pitanza al nido{90} de sus amores, y se ve precisado á volver á él con el pico vacío, las plumas mojadas, las alas caídas… Cada vez que José llamaba y se metía buhardilla adentro, el frío de los desnudos baldosines, la nieve de la apagada cocina se le apoderaban del espíritu con fuerza mayor; porque el invierno es un terrible aliado del hambre, y con el estómago desmantelado muerde mil veces más riguroso el soplo del cierzo que entra por las rendijas y trae en sus alas la voz rabiosa de los gatos…

Cavilaba José. No, no era posible que él pasase aquel umbral sin llevar á los que le aguardaban dentro, famélicos y transidos, ya que no las dulzuras y regalos propios de la noche de Navidad, por lo menos algo que desanublase sus ojos y reconfortase su espíritu. Permanecía así, en uno de esos estados de indecisión horrible que constituyen verdaderas crisis del alma, en las cuales zozobran ideas y sentimientos arraigados por la costumbre, por la tradición. Honrado era José, y á ningún propósito criminal daba acogida, ni aun en aquel instante de prueba; las manos se le caerían antes que extenderlas á la ajena propiedad; pero esta honradez tenía algo de instintivo; y lo que se le turbaba y confundía á José era la conciencia, en pugna entonces con el instinto natural de la hombría de bien, y casi reprobándolo. Él no robaría jamás, eso no…; pero vamos á ver, los que roban en casos análogos al suyo, ¿son tan culpables como parece? A él no le daba la gana de abochornarse, de arrostrar el feo nombre de ladrón; unas{91} horas en la cárcel le costarían la vida; moriría del berrinche, de la afrenta; bueno; esas eran cosas suyas, repulgos de su dignidad, que un carpintero puede tenerla también; mas los que no padeciesen de tales escrúpulos y cometiesen una barbaridad, no por sostener vicios, por mantener á la mujer y á los pequeños…, ¿quién sabe si tenían razón? ¿Quién sabe si eran mejores maridos, mejores padres? El no daba á los suyos más que necesidad y lágrimas…

Gimió, se clavó los dedos en el pelo, y estúpido de amargura, miró hacia abajo, hacia la parte iluminada de la escalera. Por allí mucho movimiento, mucho abrir de puertas, mucho subir y bajar de criados y dependientes llevando paquetes, cartitas, bandejas: los últimos preparativos de la cena, el turrón que viene de la turronería, el bizcochón que remite el confitero, el obsequio del amigo, que se asocia al júbilo de la familia con las seis botellas de Jerez dulce y las rojas granadas. Una puerta sola, la de la anciana viuda y devota, doña Amparo, no se había abierto ni una vez; de pronto se oyó estrépito, una turba de chiquillos se colgó de la campanilla; eran los sobrinos de la señora, su único amor, su debilidad, su mimo… Entraron como bandada de pájaros en un panteón; la casa, hasta entonces muda, se llenó de rumores, de carreras, de risas. Un momento después, la criada, viejecita tan beata como su ama, salía al descanso y gritaba en cascada voz:

—¡Eh, Sr. José! ¿Esta por ahí el Sr. José? Baje, que le quiero un recado…{92}

En los momentos de desesperación, cualquier eco de la vida nos parece un auxilio, un consuelo. El que cierra las ventanas para encender un hornillo de carbón y asfixiarse, oye con enternecimiento los ruidos de la calle, los ecos de una murga, el ladrido del perro vagabundo… José se estremeció, se levantó, y ronco de emoción contestó bajando á saltos:

—¡Allá voy, allá voy, señora Baltasara!…

—Entre…—murmuró la vieja.—Si está desocupado nos va á armar el Nacimiento, porque han venío los chicos, y mi ama, como está con ellos que se le cae la baba pura…

—Voy por la herramienta—contestó el carpintero pálido de alegría.

—No hace falta… Martillo y tenazas hay aquí, y clavos quedaron del año pasao; como yo lo guardo todo, bien apañaditos los guardé…

José entró en el piso invadido por los chiquillos y en el aposento donde yacían desparramadas las figuras del belén y las tablas del armadijo en que había de descansar. Entre la algazara empezó el carpintero á disponer su labor. ¡Con qué gozo esgrimía el martillo, escogía la punta, la hincaba en la madera, la remachaba! ¡Qué renovación de su sér, qué bríos y qué fuerzas morales le entraban al empuñar, después de tanto tiempo, los útiles del trabajo! Pedazo á pedazo, y tabla tras tabla, iba sentando y ajustando las piezas de la plataforma en que el belén debía lucir sus torrecillas de cartón pintado, sus praderas de musgo, sus figuras de barro toscas é ingenuas. Los niños seguían{93} con interés la obra del carpintero, no perdían martillazo, preguntaban, daban parecer, y coreaban con palmadas y chillidos cada adelanto del armatoste. La señora, entretanto, colgaba en la pared unas agrupaciones de bronce y vidrio para colocar en ellas bujías. Los criados iban y venían, atareados y contentos. Fuera nevaba, pero nadie se acordaba de eso; la nieve, que aumenta los padecimientos de la miseria, también aumenta la grata sensación del bienestar íntimo, del hogar abrigado y dulce. Y José asentaba, clavaba la madera, hasta terminar su obra rápidamente, en una especie de transporte, reacción del abatimiento que momentos antes le ponía al borde de la desesperación total…

Cuando el tablado estuvo enteramente listo, y José hubo dado alrededor de él esa última vuelta del artífice que repasa la labor, doña Amparo, muy acabadita y asmática, le hizo seña de que la siguiese, y le llevó á su gabinete, donde le dejó solo un momento. Los ojos de José se fijaron involuntariamente en los muebles y decorado de aquella habitación ni lujosa ni mezquina, y sobre todo, le atrajo desde el primer momento una imagen que campeaba sobre la consola, alumbrada por una lamparilla de fino cristal. Era un San José de talla, escultura moderna, sin mérito, aunque no desprovista de cierto sentimiento; y el santo, en vez de hallarse representado con el Niño en brazos ó de la mano, según suele, estaba al pie de un banco de carpintero, manejando la azuela y enseñando{94} al Jesusín, atento y sonriente, la ley del trabajo, la suprema ley del mundo. José se quedó absorto. Creía que la imagen le hablaba; creía que pronunciaba frases de consuelo y de cariño infinito, frases no oídas jamás. Cuando la señora volvió y le deslizó dos duros en la mano, el carpintero, en vez de dar gracias, miró primero á su bienhechora y después á la imagen; y á la elocuencia muda de sus ojos respondió la de los ojos de la viejecita, que leyó como en un libro en el alma de aquel desventurado, deshecho física y moralmente por un mes de ansiedad y amargura sin nombre.—Y doña Amparo, muy acostumbrada á socorrer pobres, sintió como un golpe en el corazón: la necesidad que iba á buscar fuera de casa, visitando zaquizamíes, la tenía allí, á dos pasos, callada y vergonzante, pero urgente y completa. Alzó los ojos de nuevo hacia la efigie del laborioso Patriarca, y bondadosamente, tosiqueando, dijo al carpintero:

«Ahora subirán de aquí cena á su casa de usted, para que celebren la Navidad.{95}»

EL CIEGO
———

La tarde del 24 de Diciembre le sorprendió en despoblado, á caballo, y con anuncios de tormenta. Era la hora en que, en invierno, de repente se apaga la claridad del día, como si fuese de lámpara y alguien diese vuelta á la llave sin transición, las tinieblas descendieron borrando los términos del paisaje acaso apacible á medio día, pero en aquel momento tétrico y desolado.

Hallábase en la hoz de uno de esos ríos que corren profundos, encajonados entre dos escarpes; á la derecha el camino, á la izquierda una montaña pedregosa, casi vertical, escueta y plomiza de tono. Allá abajo no se divisaba más que una cinta negruzca, donde moría, culebreando, áspid de carmín, un reflejo rojo del poniente; arriba, densas masas erguidas, formas extrañas, fantasmagóricas; todo solemne y aun pudiera decirse que amenazador. No pecaba Mauricio de cobarde, y sin embargo, le{96} impresionó el aspecto de la montaña; sintió deseos de llegar cuanto antes al Pazo, del cual le separaban aún tres largas leguas, y animó con la voz y la espuela á su montura, que empinaba las orejas recelosa.

Arreció el viento y le obligó á atar el sombrero con un pañuelo bajo la barba; el trueno, lejano aún, retumbó misteriosamente; ráfagas de lluvia azotaron la cara del jinete, que ahogó un juramento. ¡Aquello era mala sombra! ¡Justamente empezaba á llover á la mitad del camino! Al punto mismo el caballo se encabritó y pegó un bote de costado: de entre la maleza había salido un bulto. Echaba ya Mauricio mano al revólver que llevaba en el bolsillo interior de la zamarra, cuando oyó estas palabras en dialecto:

—¡Una limosnita! ¡Por amor de Dios que va á nacer… una limosnita, señor!

Mauricio, tranquilizándose, miró enojado al que en tal sitio y ocasión cometía la importunidad de pedir limosna. Era un hombrachón alto, descalzo de pie y pierna, que llevaba al hombro unas alforjas, y se apoyaba en recio garrote. La obscuridad no permitía distinguir cómo tenía el rostro; la ancianidad se adivinaba en lo cascado de la voz y en el vago reflejo plateado de las greñas blancas.

—Apártese—murmuró impaciente el señorito.—¿No ve que el caballo se asusta? Si me descuido, al río de cabeza… ¡Vaya unas horas de pedir, y un sitio á propósito para saltar delante de la montura! ¡Brutos!{97}

El pordiosero se había quedado como hecho de piedra.

—¿Dónde está el río?—gritó con hondo terror.—¿No es aquí el camino de la iglesia de Cimáis? Señor, por el alma de quien lo ha parido… Señor, no me desampare… ¡Soy un ciego! ¡Nuestra Señora le conserve la vista! ¡Pobre del que no ve!

Mauricio comprendió. El viejo sin ojos se había perdido, ignoraba dónde se encontraba, y para no despeñarse necesitaba un guía. Sí, convenido; necesitaba un guía… ¿Y quién iba á ser? ¿Él, Mauricio Acuña, que desde Orense regresaba á su casa en tarde de Navidad, á cenar, á pasar alegremente la velada, jugando al julepe ó al golfo con sus hermanos y primos, fumando y riendo? Si sujetaba el paso de su caballo al lento andar de un ciego; si torcía su rumbo cara á la iglesia de Cimáis, distante buen rato, ¿á qué santas horas iba á hacer su entrada en la sala del Pazo de Portomellor? Un instante titubeó: pensaba que no podía menos de sacrificar algunos minutos á colocar al ciego en la dirección de Cimáis, y dejarle, ya orientado, arreglarse como Dios le diese á entender. Sólo que era internarse en la carballeda, exponerse á tropezar en los cepos y en los pedruscos, y sobre todo, era condescender á los ruegos del mendigo, que no soltaría á dos por tres á su lazarillo improvisado, y si le complaciese en lo primero exigiría lo segundo… ¡Estos pobres son tan lagoteros y tan pegajosos! «Más vale escurrirse», decidió; y sacando del bolsillo un{98} duro, lo dejó en la mano temblona que el viejo extendía, más para implorar que para mendigar; picó al caballo y escapó como un criminal que huye de la justicia.

Sí, como un criminal—así definió su conducta él mismo, luego, en el punto de refrenar á Maceo, su negro andaluz cruzado, y darse cuenta de que había caído enteramente la noche.—Velada por sombríos nubarrones, la luna se entreparecía lívida, semejante á la faz de un cadáver amortajado con hábito monacal. La carretera se desarrollaba suspendida sobre el río que, á pavorosa profundidad, dormitaba mudo y siniestro. El viento combatía, haciéndolos crugir, los troncos robustos de los árboles; un relámpago alumbró la superficie del agua, un trueno resonó ya bastante cercano; Mauricio se estremeció. Le parecía escuchar ruidos extraños, además de los de la tormenta. ¿Se habrá caído el viejo al agua? Detrás, sobre la peñascosa senda, creía escuchar el paso de un hombre que tentaba el suelo con un palo, como hacen los ciegos. Absurdo evidente, pues con la galopada que Maceo había pegado ya, quedaría el mendigo atrás un cuarto de legua. Lo cierto es que Mauricio juraría que le seguía alguien: alguien que respiraba trabajosamente, que tropezaba, que gemía, que imploraba compasión. Invencible desasosiego le impulsó á apurar nuevamente á su montura, para alcanzar pronto el cruce en que la carretera se desvía del río, cuya vista le sugería el temor de una desgracia. ¿Se habrá caído?…—Lo que á{99} Mauricio le acongojaba era la idea de haber abandonado á un ciego en tal noche. «Pero, ¿cómo fuí capaz…? ¡Si parece mentira! Me lo contarían después y no lo creería… Hoy no debí dejar solo á un infeliz…» cavilaba, hincando la espuela en los ijares de Maceo. «Y lo más sucio, lo más vil de mi acción fue darle dinero. ¡Dinero! Si á estas horas flota en el Sil su cuerpo…, el dinero ¿de qué le sirve? Creemos que el dinero lo arregla todo… ¡Miserable yo! Estoy por volverme. ¿No viene nadie detrás?…»

Maceo volaba: un sudor de angustia humedecía las sienes del jinete. El zumbido de sus oídos y el remolino del viento, profundo como una tromba, no le impedían oir, cada vez más próximas, las pisadas del que le seguía, ya sin género de duda, y percibir la misma respiración entrecortada, el mismo doliente gemido; y el caso es que no se atrevía á volverse: porque si se volviese, quizás vería la figura del ciego mendigo, alto, descalzo de pie y pierna, con el zurrón al hombro, el cayado en la mano, y reluciente en la obscuridad la plata de sus blancas greñas…

—¿Estaré loco?—pensó.—Ea, ánimo… Debo volverme…—Y no se volvía; su garganta apretada, su corazón palpitante, le hacían traición: sufría un miedo espantoso, sobrenatural. Apretó las espuelas, y el caballo, excitado, aceleró el tendido galope, sacando chispas de los guijarros del camino. La tempestad estaba ya encima: el relámpago brilló; un trueno formidable rimbombó sobre la misma cabeza del señorito,{100} aturdiéndole. Alborotóse Maceo; giró bruscamente sobre sus patas traseras, y se arrojó hacia el talud que dominaba el Sil. Vió Mauricio el tremendo peligro, cuando otro relámpago le mostró el abismo y la superficie del agua: cerró los ojos, aceptando el juicio de la Providencia… y el caballo, en su vértigo mortal, arrastró al jinete al fondo del despeñadero, tronchando en su caída los pinos y empujando las piedras del escarpe, cuyo ruido fragoroso, al rodar peñas abajo, remedaba aún los desatentados pasos del ciego que tropezaba y gemía.{101}

LOS MAGOS
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En su viaje, guiados día y noche por el rastro de luz de la Estrella, los Magos, á fin de descansar, quisieron detenerse al pie de las murallas de Samaria, que se alzaba sobre una colina, entre bosquetes de olivos y setos de cactos espinosos. Pero un instinto indefinible les movió á cambiar de propósito: la ciudad de Samaria era el punto más peligroso en que podían hacer alto. Acababa de reedificarla Herodes sobre las ruinas que habían hacinado los soldados de Alejandro el macedón siglos antes, y la poblaban colonos romanos que hacía poco trocaron la espada corta por el arado y el bieldo: gente toda á devoción del sanguinario Tetrarca, y dispuesta á sospechar del extranjero, del caminante, cuando no á despojarle de sus alhajas y viáticos.

Siguieron, pues, la ruta, atravesando los campos sembrados de trigo, evitando la doble hilera de erguidas columnas que señalaba la entrada{102} triunfal de la ciudad, y buscando la sombra de los olivos y las higueras, el oasis de algún manantial argentino. Abrasaba el sol, y en las inmediaciones de la villita de Betulia la desnudez del paisaje, la blancura de las rocas, quemaban los ojos. «Ahí no encontraremos sino pozos y cisternas, y yo quisiera beber agua que brotase á mi vista», murmuró, revolviendo contra el paladar la seca lengua, el anciano rey Baltasar, que tenía sedientas las pupilas, más aún que las fauces, y se acordaba de los anchos ríos de su amado país del Irán, de la sábana inmensa del Indo, del fresco y misterioso lago de Bactegán, en cuyas sombrosas márgenes triscan las gacelas. La llanura, uniforme y monótona, se prolongaba hasta perderse de vista: campos de heno, planicies revestidas de espinos y de malas hierbas, es todo lo que ofrecía la perspectiva del horizonte; en el cielo, de un azul de ultramar, las nubes ensangrentadas del Poniente devoraban el resplandor de la Estrella, haciéndola invisible. Entonces Melchor, el rey negro, desciende de su montura, y cruzando sobre el pecho los brazos, arrodillándose sin reparo de manchar de polvo su rica túnica de brocado de plata, franjeada de esmeraldas y plumas de pavo real, coge un puñado de arena y lo lleva á los labios, implorando así:

—Poder celeste, no des otra bebida á mi boca, pero no me escondas tu luz. ¡Que la Estrella brille de nuevo!

Como una lámpara cuando recibe provisión de aceite, la Estrella relumbró y chispeó. Al{103} mismo tiempo los otros dos Magos exhalaron un grito de alegría: era que se avistaban las blancas mansiones y los grupos de palmeras seculares de En-Ganim. En Palestina, ver palmeras es ver la fuente. Gozosa se dirigió la comitiva al oasis, y al descubrir el agua, al escuchar su refrigerante murmullo, todos descendieron de los camellos y dromedarios y se postraron dando gracias, mientras los animales tendían el cuello y el hocico, venteando los húmedos efluvios de la corriente. Así que bebieron, que colmaron los odres, que se lavaron los pies y el rostro, acamparon y durmieron apaciblemente allí, bajo las palmeras, á la claridad de la Estrella, que refulgía apacible en lo alto del cielo.

Al alba dispusiéronse á emprender otra vez la jornada en busca del Niño. La mañana era despejada y radiante. Los rebaños de En-Ganim salían al pastoreo, y las innumerables ovejas blancas, moviéndose en la llanura, parecían ejércitos fantásticos. La proximidad de la comarca donde se asienta Jerusalén se conocía en la mayor feracidad del terreno, en la verdura del tupido musgo, en la copia de hierba y florecillas silvestres, que no había conseguido marchitar el invierno. Baltasar y Gaspar reflexionaban, al ritmo violento del largo zancajear de sus monturas. Pensaban en aquel Niño, rey de reyes, á quien un decreto de los astros les mandaba reverenciar y adorar y colmar de presentes y de homenajes. En aquel Niño, sin duda alguna, iba á reflorecer el poderío incontrastable de los monarcas de Judá y de Israel,{104} leones en el combate, gobernantes felicísimos en la paz; y la vasta monarquía, con sus recuerdos de gloria, llenaba la mente de los dos Magos. ¡Qué sabiduría, qué infusa ciencia la de Salomón, aquel que había subyugado á todos sus vecinos, desde los Faraones egipcios hasta los comerciales emporios de Tiro y Sidón; el que construyó el Templo gigante, con sus mares de bronce, sus candelabros de oro, su terrible y velado tabernáculo, sus bosques de columnas de mármol, jaspe y serpentina, sus incrustaciones de corales, sus chapeados de marfil! ¡Qué magnificencia la del que deslumbró con su recibimiento á la reina de Saba, á Balkis la de los aromas, la que traía consigo los tesoros del Oriente y las rarezas venidas de las tres partes del mundo, recogidas sólo para ella y que ella arrojaba, envueltas en paños de púrpura, al pie del trono del rey! Cerrando los ojos, Baltasar y Gaspar veían la escena, contemplaban la sarta de perlas desgranándose, los colmillos de elefante ostentando sus complicadas esculturas, los pebeteros humeando y soltando nubes perfumadas, los monillos jugando, los faisanes y pavos reales haciendo la rueda, los citaristas y arpistas tañendo, y Balkis, envuelta en su larga túnica bordada de turquesas y topacios, protegida del sol por los inmensos abanicos de pluma, adelantándose con los brazos abiertos para recibir en ellos á Salomón… No podían dudarlo; el Niño á quien iban á adorar sería, con el tiempo, otro Salomón, más grande, más fuerte, más opulento, más docto{105} que el antiguo. Sometería á todas las naciones; ceñiría la corona del Universo, y bajo su solio, salpicado de diamantes, se postraría la opresora ciudad del Lacio; sí, la ávida loba romana lamería, domada, los pies de aquel Niño prodigioso…

Mientras rumiaban tales ideas, la Estrella desaparecía, extinguiéndose. Encontráronse perdidos, sin guía, en la dilatada llanura. Miraron en torno, y con sorpresa advirtieron que se había separado de ellos Melchor. Una niebla densa y sombría, alzándose de los pantanos y esteros, les había engañado y extraviado, de fijo. Turbados y tristes, probaron á orientarse; pero la costumbre de seguir á la Estrella y el desconocimiento completo de aquel país que cruzaban eran insuperables obstáculos para que lograsen su intento. Ocurrióseles buscar un guía, y clamaron en el desierto, porque á nadie veían ni se vislumbraba rastro de habitación humana. Por fin, aparecióse un pastor muy joven, vestido de lana azul, sujeto á la frente el ropaje con un rollo de lino blanco. Y al escuchar que los viajeros iban en busca del Niño rey, el rústico sonrió alegremente y se ofreció á conducirles.

—Yo le adoré la noche en que nació…—dijo transportado.

—Pues llévanos á su palacio y te recompensaremos.

—¡A su palacio! El Niño está en una cuevecilla, donde solemos recoger el ganado cuando hace mal tiempo.{106}

—Qué, ¿no tiene palacio? ¿No tiene guardias?

—Una mula y un buey le calientan con su aliento…—respondió el pastor.—Su madre y su padre, el carpintero Josef de Nazareth, le cuidan y le velan amorosos…

Gaspar y Baltasar trocaron una mirada que descubría confusión, asombro y recelo. El pastor debía de equivocarse; no era posible que tan gran rey hubiese nacido así, en la miseria, en el abandono. ¿Qué harían? ¿Si pidiesen consejo á Melchor? Pero Melchor, envuelto en la niebla, caminaba con paso firme; la Estrella no se había obscurecido para él. Hallábase ya á gran distancia, cuando por fin oyó las voces, los gritos de sus compañeros: «¡Eh, eh, Melchor! ¡Aguárdanos!» El Mago de negra piel se detuvo, y clamó á su vez: «Estoy aquí, estoy aquí…»

Al juntarse por último la caravana, Melchor divisó al pastorcillo y supo las noticias que daba del Niño rey. «Este pobre zagal nos engaña ó se engaña—exclamó Gaspar enojado.—Dice que nos guiará á un establo ruinoso, y que allí veremos al hijo de un carpintero de Nazareth. ¿Qué piensas, Melchor? El sapientísimo Baltasar teme que aquí corramos grave peligro, pues no conocemos el terreno, y si nos aventuramos á preguntar infundiremos sospechas, seremos presos y acaso nos recluya Herodes en sus calabozos subterráneos. La Estrella ya no brilla y nuestro corazón desmaya.»

Melchor guardó silencio. Para él no se había ocultado la Estrella ni un segundo. Al contrario,{107} su luz se hacía más fulgente á medida que adelantaban, que se aproximaban al establo. Y en su imaginación, Melchor lo veía: una cueva abierta en la caliza, un pesebre mullido con paja y heno, una mujer joven y celestialmente bella agasajando á un niño tiernecito, que tiembla de frío; un Niño humilde, rosado, blanco, que bendice, que no llora. Lo singular es que la cueva, en vez de estar obscura, se halla inundada de luz, y que una música inefable, apenas perceptible, idealmente delicada y melodiosa, resuena en sus ámbitos. La cueva parece que es toda ella claridad y armonía. Melchor oye extasiado; se baña, se sumerge en la deliciosa música y en los resplandores de oro que llenan la caverna y cercan al Niño.

—¿No oyes, Melchor? Te preguntamos si debemos continuar el viaje… ó volvernos á nuestra patria, por no ser encarcelados y oprimidos aquí.

—Y vosotros, ¿no oís la música?—repite Melchor, por cuyas mejillas de ébano resbalan gotas de dulce llanto.

—Nada oímos, nada vemos…—responden los dos Magos, afligidos.

—Orad, y veréis… Orad, y oiréis… Orad, y Dios se revelará á vosotros.

Magos y séquito echan pie á tierra, extienden los tapices, y de pie sobre ellos, vuelta la cara al Oriente, elevan su plegaria. Y la Estrella, poco á poco, como una mirada de moribundo que se reanima al aproximarse al lecho un sér querido, va encendiéndose, destellando, hasta{108} iluminar completamente el sendero, que se alarga y penetra en la montaña, en dirección de Belén. La niebla se disipa; el paisaje es risueño, pastoril, fresco, florido, á pesar de la estación; claros arroyillos surcan la tierra, y resuena, como en Mayo, el gorjeo de las aves, que acompaña el tilinteo de la esquila y el cántico de los pastores, recostados bajo los terebintos y los cedros, siempre verdes. Los Magos, terminada su plegaria, emprenden el camino llenos de esperanza y de seguridad. Una cohorte de soldados á caballo se cruza con la caravana: es un destacamento romano, arrogante y belicoso; el sol saca chispas de sus corazas y yelmos; ondean las crines, flotan las banderolas, los cascos de los caballos hieren el suelo con provocativa furia. Los Magos se detienen, temerosos. Pero el destacamento pasa á su lado y no da muestras de notar su presencia. Ni pestañean, ni vuelven la cabeza, ni advierten nada.

—Van ciegos—exclama Melchor;—y los Magos aprietan el paso, mientras se aleja la cohorte.{109}

SUEÑOS REGIOS
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Es de noche. Temperatura, veinte bajo cero. Fuera no se escucha el menor ruido: la nevada, cayendo en finos copos delicadísimos que mullen la atmósfera, contribuye á sostener el silencio absoluto, ahogado, que pesa sobre los jardines blancos con blancura fantástica. La nieve ha perfilado primorosamente la traza de las calles de árboles, de los macizos, de los bosquetes, de los estanques cuajados por el hielo, y cuya superficie lisa rayaron los patines en la última sesión de patinaje que tanto divirtió á la corte, porque el príncipe de Circasia se dió unas costaladas regulares. Las estatuas parecen temblar y lucen aderezos de carámbanos. Las coníferas son témpanos bordados y esculpidos. En el alcázar, las cornisas, las balconadas, las torrecillas, la monumental ornamentación de la fachada, el reloj, sostenido por Genios que representan los destinos de la casa imperial venciendo al Tiempo, van desapareciendo bajo la suave acolchadura blanca. Los centinelas, en su garita, tiritando, sintiendo que el aliento se les cristaliza primero y se les liquida{110} después dentro del alto cuello de sus capotes militares, hieren el suelo con el pie, se acuerdan del cuerpo de guardia donde arde la estufa y se puede echar un trago de lo fermentado, y de tiempo en tiempo lanzan, al través de la nieve, su «¡Alerta!» gutural. El decorativo reloj da las doce, pausadamente, como si la hora contada por él fuese más solemne que las otras. Al reloj de fuera contestan los de dentro, desde las consolas; tienen vocecillas aflautadas y bien moduladas de palaciegos.

El emperador se estremece y se incorpora en el gran lecho incrustado de marfil, bajo las pieles rarísimas que lo mullen. Se le figura que una mano acaba de posarse en su hombro; y en efecto, á la luz de la lámpara de alabastro velada de encaje, ve una figura venerable, un viejo aureolado por larguísima barba y melenas, donde la nieve se diría que enredó sus vellones. La vestidura del viejo deslumbra; túnica de brocado de oro, manto de terciopelo violeta orlado de armiño. Una especie de mitra en que las perlas se apiñan sobre la filigrana, rodea sus sienes y comprime y hace bufar su gran cabellera nevada, que se extiende caudalosa por los hombros. En la mano lleva cincelado cofrecillo abierto, lleno de polvo aurífero impalpable.

—¿Qué me quieres y quién eres?—pregunta el emperador al anciano.

—Como de casa. Baltasar, rey de los países de Oriente—contesta el patriarca en voz temblona.{111}

—¡Bienvenido, primo y señor! ¿Por qué viaja Vuestra Majestad en tan cruda noche? Conviene á las testas coronadas no ponerse nunca en el caso de sufrir las molestias que padecen los demás mortales. Dígnese Vuestra Majestad descansar bajo mi hospitalario techo.

—No acepto sino breves instantes, aunque vengo rendido de atravesar los dominios de Vuestra Majestad, á los cuales no se les ve el fin: deben de cubrir buena parte de la superficie del planeta.

—¡Ah!—articula el emperador, satisfecho.—¿Los ha recorrido Vuestra Majestad? ¿Se ha enterado de su extensión y riqueza? Todos los climas, todas las producciones, todas las razas, reconocen mi soberanía. Cuando paso revista á mi ejército, en él veo soldados blancos y rubios, de ojos azules; soldados de morena tez; soldados de cutis amarillo y nariz achatada; ropajes orientales y envolturas que preservan del rigor de las estaciones en los países hiperbóreos. Mi imperio produce el trigo y el zafiro, los minerales, las pieles y las maderas odoríferas; es un gigante cuya cabeza, como la de Vuestra Majestad, se baña en las nieves árticas, y cuyas manos se tienden hacia el Mediodía para abarcarlo. Y en este Imperio yo soy Dios. A mi voz las frentes se inclinan, las muchedumbres se prosternan, la plegaria por mí hace retemblar los iconostasios. Mientras el soplo del huracán juega con los monarcas occidentales, nuestros necios primos, yo, como un numen, me oculto en santuario inaccesible.{112}

—Conozco el poderío de Vuestra Majestad. Por eso sospecho si la tarea que me ha sido encomendada resultará estéril; pero, obedeciendo, la cumplo.

—¿Qué tarea es esa, primo y señor?

—La que me ordenó realizar el Niño. Vuelvo de Palestina; regreso á mi patria, después del interminable viaje anual… ¡Es una maravilla lo lindo que está el Niño y lo dulce y honesta que es la Madre! Nada perdió su inmortal hermosura en los mil novecientos dos años transcurridos desde que por vez primera les adoré. Como siempre, les he llevado mi ofrenda: polvo de oro del Ofir. Y el Niño, después de extender sus manitas, que besé, y bendecir el oro, me ha dicho que lo espolvoree por el suelo, allí donde vea que el hombre atenta á la libertad del hombre.

—¿Conque esas mañas saca el Niño?—tartamudeó el emperador.—¡Por cierto que lo educan bien mal su Madre y el carpintero, gente baja al fin, aunque descienda de la casta de nuestros augustos primos los reyes de Judá! Vuestra Majestad, con la experiencia que le dan los años, habrá comprendido que no debe cumplírsele al Niño ese antojo.

—No es posible desobedecerle, primo y señor—declaró gravemente el Mago.—He espolvoreado la enorme porción de tierra donde reina Vuestra Majestad, aunque confieso que dudo de ver germinar cosa alguna sobre la dura capa de hielo que la reviste. Sin esperanzas voy derramando polvillo de oro; y la verdad,{113} hace un instante, en los jardines de este palacio, al caer el dorado polvillo, creí que el suelo se estremecía y se agrietaba la capa de nieve. Tembló la tierra; me pareció que un ruido cavernoso resonaba allá dentro. ¿Está seguro Vuestra Majestad de que no se halla minado su palacio?

—Vuestra Majestad es quien lo mina, y será preciso impedirlo;—contesta enérgicamente el emperador, hiriendo un timbre.

Aparece la guardia. El viejo toma una pulgarada de polvillo, lo arroja á los ojos de los soldados y pasa por entre ellos libre y majestuoso.

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Otro efecto de nieve sobre jardines y palacio real, pero nieve ya cuajada y que empieza á derretirse formando un barro sucio y negruzco. En el alcázar se ven todavía luces: ha habido en el comedor de diario espléndida cena de familia, alegres y cariñosos brindis, y el emperador, rendido de recibir toda la tarde felicitaciones, después de bendecir á sus hijos, que uno por uno le han besado la mano respetuosamente, y de abrazar con afecto á la fecunda emperatriz, se tiende en su estrecha y dura cama de campaña, única donde concilia el sueño, á causa de la costumbre.

Apenas empieza á aletargarse, le llaman con un ¡Pssit! muy bajo, y á la claridad de la lamparilla divisa á un hombre en la fuerza de la edad, envuelto en ropón de púrpura, bajo el cual se parece una armadura de admirable trabajo. Rodea sus sienes una corona de picos; en su{114} diestra alza rico pomo de mirra de fuerte aroma, acre y embriagador.

—¿Qué desea Vuestra Majestad, señor rey Gaspar?—pregunta el emperador que, conociendo al viajero, salta de la cama y saluda militarmente.

—Felicitar las Pascuas á Vuestra Majestad y confiarle un secreto.—Es el caso que el Niño, ¿no sabe Vuestra Majestad? ¡el Niño, á quien todos los años voy á visitar en su establo, para beber en sus ojos de violeta la sabiduría! después de jugar con esta mirra que le ofrecí y de arrojar sobre ella su aliento celestial, me manda que gota á gota la esparza por el suelo de los países donde el hombre tenga sed de la sangre del hombre. Y al caer gotitas de esta mirra, primo y señor, observo que la tierra, encharcada y pegajosa, se esponja, se entreabre, y nacen y surgen y crecen olivos, rosas, mirtos, centeno, lúpulo, viñas cargadas de racimos. ¡Ah! Es un gran portento la tal mirra. Y á mí, señor y primo, la armadura me asfixia, el corazón no me cabe en ella. Permítame Vuestra Majestad que salpique de mirra su cabeza augusta.

—¡Qué diantre! ¡Cosas de chiquillos!—gruñó el emperador.—Cuando el Niño crezca y se aparte de las faldas y del regazo materno, diferentes serán sus caprichos. No hay nada más santo que la guerra. Dios mismo guía á los ejércitos é infunde á los caudillos arrojo y tino para asegurar la victoria. Sobre el campo de batalla se cierne el Arcángel con sus alas salpicadas de rubíes y su gladio flamígero. El soplo divino{115} hincha mi pecho apenas lo cubre la coraza rutilante. Esto no se les alcanza á los niños ni á las mujeres; convenido. Nosotros, pastores de pueblos, jefes de razas, sonreímos ante ciertos arranques de debilidad graciosa.

—Debo hacer lo que me mandan—insiste Gaspar.

Y tomando unas gotas de mirra, las dispara á la frente del emperador. Este exhala un suspiro; se deja caer en el lecho de campaña, y ve en sueños una pirámide de huesos humanos, blanca y pulida, altísima. Sobre la cúspide, un cuervo grazna plañideramente, hambriento, erizado el plumaje; y al pie, en las ramas de un olivo nuevo, dos palomas se besan, juntando los picos.

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En el patio del alcázar, sobre el gran pilón de pórfido sostenido por leones, recae el agua, melodiosa, con dulce porfía. La luna ilumina las arcadas afiligranadas, juega en las charoladas hojas de los naranjos, descubre el reflejo pálido de sus pomas de oro. Dos esclavos velan el sueño del emir, que reposa vestido sobre un diván, cubierto con una manta de fina pluma de avestruz—porque la noche está algo fría y la helada ha endurecido los caminos del desierto—y apoyando el pie en la garganta de una mujer desnuda, que hace de cogín y presta calor más grato que el de la manta.

Elegante figura se desliza por entre los esclavos, invisible. Es un negro joven, esbelto, de robusta y acerada musculatura, de piernas nerviosas{116} encerradas en calzas prietas y salpicadas de lentejuelas como las que ostentan los donceles en los cuadros de Carpaccio; una sobrevesta de tisú de plata acusa sus formas; un cinturón de pedrería sostiene sobre su vientre enjuto soberbio puñal; encima de sus cabellos crespos se ladea un gorro de velludo carmesí, y bajo el ala luce diadema de brillantes. El gallardo negro se inclina hacia el emir y le baña el rostro con una bocanada del incienso que humea en un incensario calado, pendiente de cadenillas de perlas. Sobresaltado, el emir despierta, echando mano á su gumía.

—No temas, soy Melchor, que como tú ejerce el mando en tribus del desierto y posee palacios misteriosos, que parecen labrados por los genios del aire. Vengo á cumplir órdenes del Niño Yesuá, hijo de Leila Mariem.

—¿Y qué te ordena ese profeta infiel?—exclama el emir con desprecio.

—Columpiar este incensario en todos los países donde el hombre trate á la mujer como esclava y no como compañera.

Ríese el emir, mostrando sus blancos dientes de chacal entre la negra y sedosa barba.

—Pues vuélvete á tierra de rumíes, Melchor. También allí necesitan el perfume de tu incensario. Pero antes, reposa. Eres mi huésped; voy á ordenar que te preparen un baño con agua de rosas dos bellas cautivas.

Y el Emir se incorpora, dando con el pie á la mujer en cuya garganta lo tenía apoyado.{117}

LA VISIÓN DE LOS REYES MAGOS
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(Los Reyes Magos regresan á su patria por distinto camino del que vinieron, á fin de burlar al sanguinario Herodes. Es de noche: la estrella no les guía ya; pero la luna, brillando con intensa y argentada luz, alumbra espléndidamente la planicie del desierto. La sombra de los dromedarios se agiganta sobre el suelo blanco y liso, y á lo lejos resuena el cavernoso rugir de un león.)

Baltasar (acariciándose la nevada y luenga barba y moviendo la anciana cabeza á estilo del que vaticina).—No sé lo que me sucede desde que me puse de rodillas en el establo de Belén y saludé al Hijo de la Doncella, que me agita un espíritu profético, y siento descorrerse el velo que cubre los tiempos futuros. Este tributo de oro que ofrecí al Niño para reconocerle Rey, ¡cuántas y cuántas generaciones se lo han{118} de rendir! Tributos percibirá, no como nosotros, días, meses y años, sino siglos, decenas de siglos, generación tras generación, y los percibirá de todo el universo, de toda raza y lengua, de nuevas tierras que se descubrirán para aclamar su nombre. El oro que le he presentado era poco; apenas llenaba el cofre de cedro en que lo traje; y ahora se me figura que se ha convertido en un mar de oro, y veo que al Niño se le erigen templos de oro, altares de oro labrado y cincelado, tronos de oro en torno de los cuales oscilan blancos flábulos de plumas con mango de oro, y que ciñe su cabeza una triple corona de oro macizo también, incrustada de diamantes y gemas preciosas. Olas de oro, fluyendo de los veneros de la tierra, corren á los pies del Niño: y lo más extraño es que el Niño los contempla con entristecida cara, y al fin esconde el rostro en el seno de su Madre. ¿Habré obrado mal, ¡oh sabios!, en presentarle oro? ¿No le agradará á la criatura celeste el símbolo de la autoridad real? Temo que mis dones no hayan sido aceptos y mi obsequio pareciese sacrílego.

Gaspar (enderezándose sobre su montura, requiriendo la espada, frunciendo las cejas y echando chispas por los ojos).—Patriarca de los Magos, bien te lo pronostiqué. El nacido Rey de los judíos no es vil mercader que quiere atesorar riquezas sin cuento en los subterráneos de su morada. La codicia rebaja el alma y la hace pegajosa y grosera como la arcilla que, despreciándola, pisamos. Mi don es el único que{119} pudo complacer al primogénito de la Virgen. Tú le trajiste oro, por monarca; yo mirra, por hombre. Hombre ha querido nacer, y el llamarse hombre será su mejor título. La mirra, amarga como el vivir y como el vivir sana y fortificante; he ahí lo que conviene á quien ha de realizar obra viril, obra de vigor y salud. ¿Creéis que se puede ser grande y noble y fuerte sin gustar el cáliz amargo? Aquí me tenéis á mí, ¡oh, sabios!: he combatido, he sufrido, he vencido monstruos, he lidiado con tentaciones horribles, me he visto mil veces en manos de mis enemigos y el soplo del martirio ha rozado mi sien. Pues sólo un día he llorado, y una gota de mi llanto, cayendo en el ánfora de la mirra, le prestó su tónica y sabrosa amargura y quizás su balsámico perfume. Yo también veo al Niño, Baltasar, pero le veo combatiendo, arrollando, venciendo, aplastando dragones, sometiendo á su yugo á la humanidad, sufriendo y regando con sangre una palma. Bien hice en traerle mirra.

Melchor (tímidamente, con humildad profunda).—Yo no sé si habré acertado, y, sin embargo, por la alegría que me inunda, presumo que el Niño no rechaza mi don. Tú, venerable y doctísimo Baltasar, le obsequiaste con oro, considerándole Rey. Tú, indomable y valeroso Gaspar, le trajiste mirra, teniéndole por hombre. Yo, el último de vosotros, el más ignorante, el etiope de negra tez, le ofrecí unos granos de incienso, pues mi corazón le presentía Dios.

Baltasar y Gaspar, atónitos.—¡Dios!{120}

Melchor (con fe y persuasión ardiente).—Sí, Dios. Ahora mismo, en medio de esta serena noche, sobre el limpio azul del cielo, he visto resplandecer su divinidad. Ahí están las naciones postradas á sus pies y redimidas por Él, y por Él igualados todos los hombres. Mi progenie, la obscura raza de Cam, ya no se diferencia de los blancos hijos de Jafet. Las antiguas maldiciones las ha borrado el sacro dedo del Niño. No le reconocéis así al pronto, porque es un Dios diferente de los Dioses que van á morir: no condena, ni odia, ni extermina; ama, reconcilia, perdona, y sólo con acercarme á Él noto en mi corazón una frescura inexplicable y en mi espíritu una paz que glorifica. Así que llegue á mi reino abriré las prisiones, licenciaré los ejércitos, condonaré los tributos, daré libertad á mis concubinas y me pondré desarmado en medio de la plaza pública á confesar mis yerros y á que mis enemigos, si lo desean, tomen venganza de mí.

Baltasar.—Me dejas confuso, Melchor. Tu creencia se asemeja á la locura.

Gaspar.—No te entiendo bien, Melchor. Tu creencia me parece afeminada, impropia de un Rey.

Melchor.—No sé defenderla con razones. Hago lo que siento.

Baltasar.—Mi dádiva era preciosa.

Gaspar.—La mía era digna y noble.

Melchor.—La mía expresa mi pequeñez y sólo significa adoración.

Baltasar.—Reuniendo las tres en una, quizas{121} obtendríamos algo que hiciese sonreir al prodigioso Niño.

Gaspar.—No puede ser. ¿Dónde habrá un don que convenga al Rey, al Hombre y al Dios juntamente?

(La luna brilla con claridad más suave, más misteriosamente dulce y soñadora. El desierto parece un lago de plata. Sobre el horizonte se destaca una figura de mujer bizarramente engalanada y ricamente vestida, hermosa, llorosa, con larga cabellera rubia que baja hasta la orla del traje. Lleva en las manos un vaso mirrino lleno de ungüento de nardo, cuya fragancia se esparce é impregna la ropa de los Magos y sube hasta su cerebro en delicados y penetrantes efluvios. Y los tres Reyes, apeándose y prosternados sobre el polvo del desierto, envidian, con envidia santa, el don de la pecadora Magdalena.)

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EL ROMPECABEZAS
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El niño es una de esas criaturas delicadas y precozmente listas, que se crían en las grandes poblaciones, privadas de aire, de luz, de ejercicio, de alimento sólido y sano, víctimas de las estrecheces de la clase media, más menesterosa á veces que el pueblo. Siempre limpito, con su pelo bien alisado, formal, dócil y reprimido naturalmente, Eloy no da en la casa quebraderos de cabeza. Verdad que si los diese, ¿cómo se las arreglaría para meterle en costura su infeliz mamá, viuda, sola y atacada de un padecimiento crónico al corazón? Precisamente la verdadera causa del buen porte y conducta de Eloy es esa vehemente y temprana sensibilidad que suele despertar en las criaturas el temor de hacer sufrir á un ser muy amado, de entristecer unos ojos maternales, de agravar una pena que adivinan sin poder medir su profundidad.

Eloy estudiaba las lecciones al dedillo, porque{124} su madre sonreía con descolorida sonrisa cuando le oía recitarlas de memoria; Eloy cuidaba mucho la ropa y el calzado, porque se daba cuenta de que su madre no tenía para comprar y reponer lo manchado ó roto; Eloy se recogía á casa al salir de la escuela, en vez de quedarse pilleando y haciendo demoniuras con sus compañeros, porque su madre se alegraba al verle volver, y el chiquillo, con la intuición del corazoncito cariñoso, olfateaba que la melancolía de mamá se aliviaba con su presencia, y que al enviarle á aprender, separándose de él por largas horas, realizaba un sacrificio.

Recordaba Eloy, sin embargo, confusa y minuciosamente á la vez, como recuerdan los niños, tiempos recientes en que su madre no se quejaba, en que vivía gozosa. Es cierto que entonces un hombre joven, brioso, animado, de pisar fuerte y negros bigotes, vivía en la casa.—¡El papá!—Eloy asociaba su memoria á la de cabalgatas en las rodillas ó sobre la punta del pie, violentos besos en los carrillos, un simpático olor á cigarro fino, risas y juegos y humoradas como de otro muchacho… Después… el papá desaparecía, y la mamá tenía á toda hora los párpados hinchados y rojos. La casa se volvía callada y tristona, y Eloy sentía escrúpulos, recelos de jugar ó de pedir alto la merienda, porque le parecía estar dentro de una iglesia obscura ó de un sepulcro. Los conocidos que encontraba le hablaban en tono compasivo al preguntarle «si había noticias de papá, que estaba en la guerra» ¡En la guerra! Por el acento{125} con que madre y amigos modulaban la frase, comprendía Eloy que la guerra era una cosa muy terrible, atroz, malísima. ¿Quizás en la guerra papá se podía morir? ¡Ah! ¡vaya si podía! Como que una tarde, al volver de la escuela, Eloy encontró a su madre con un síncope, á la criada hipando, á las vecinas del segundo que se lo llevaron y le atracaron de golosinas «para que no se impresionase, pobre pequeño…» Y al otro día mamá le reclamó, le abrazó silenciosa, sin verter una lágrima, y le vistió de negro; traje entero, desde las medias hasta la boina… El muchacho no sabía definir, no acertaría á explicar en qué consistía la muerte, pero estaba seguro de que era algo espantoso, y que ese algo les impediría ya para siempre vivir contentos. Lloró á escondidas por no afligir más á su madre, y rezó las oraciones que sabía, muchas veces, «por el alma de papá». Desde entonces empezó á empollar firme las lecciones, á no hacer nada malo, á doblar la chaquetita antes de acostarse, á volver «al reloj» de la escuela, con los libros atados bajo el brazo. El alma de papá de seguro aprobaba tal proceder.

Sin embargo, el chico más juicioso es chico al fin, y Eloy, como oyese en los primeros días del año las conjeturas de sus compañeros acerca de lo que traerían los Reyes, y los proyectos de zapatos colocados en la ventana ó la chimenea, no pudo menos de dar suelta á la imaginación. También él deseaba que los Reyes le trajesen algo… ¿Por qué no se lo habían de traer, señores? ¿No había sido bueno el año enterito?{126} Si pusiese su zapato en el alféizar de la ventana, ¿era justo que el zapato amaneciese vano como avellana vieja?

Afortunadamente, la misma idea de equidad se había abierto camino en el espíritu de la madre de Eloy. Ella, que jamás salía, que se ponía á morir en las escaleras, se echó á la calle la tarde del 5 envuelta en su modesto coleto de paño pasado de moda, y se detuvo en la tienda de juguetes. Cuando volvió á casa llevaba escondida una cajita plana de cartón. La escasez, al imponer el cálculo, destruye muchos gérmenes de poesía. ¡Qué no hubiese dado aquella madre por traer á su niño el fogoso caballo mecánico, la reluciente bicicleta, el caprichoso cinematógrafo, la locomotiva de vapor con ténder y vagón, raíles verdaderos y caldera de cobre! Pero ¡ay! eran caprichos de media onza, diez duros, quince, y el bolsillo se encogía aterrado… No, no; convenía que el regalo de los Santos Reyes Magos sabios y doctos no fuese una inutilidad, sino que coadyuvase á la instrucción del niño… Y la madre adquirió por módico precio un rompecabezas geográfico, nada menos que el mapa de España… Así Eloy, jugando, aprendería mejor lo que ya había dado pruebas de no ignorar, pues en geografía llevaba el número uno.

Levantándose á media noche, dejó el huérfano su zapato entre la fría ceniza de la chimenea del gabinete, la única de la casa, encendida rarísima vez. Por la mañana saltó de la cama, descalzo y tiritando, á ver si los Reyes…{127} ¡Sorpresa inolvidable! Sus majestades se habían dignado venir: allí estaba la dádiva, el obsequio… ¿Qué encerrará aquella cajita chata, tan mona con sus filetes dorados?… Eloy la cogió afanoso, se volvió á la cama blanda y tibia, y allí, con los brazos fuera y el tronco bien abrigado, desató la cinta y miró… ¡Anda, corcho! Los Reyes le habían traído un mapa… Como les constaba el comportamiento de Eloy, su costumbre de sabérsela… ¡De todos modos, un mapa! ¡Pch!… ¿No valía más un aristón ó una linterna mágica igual á la de Pepito Ponzano, que siempre la estaba refregando por las narices á los otros?… Empezó Eloy á reconciliarse con los Reyes, al averiguar que el mapita era de pedazos y se desbarataba y volvía á arreglarse… Y ya levantado, tomado el café caliente, mientras mamá se preparaba para ir á misa, Eloy se divirtió, armó y desarmó el país, barajó á España cien veces, revolviendo á Zaragoza con Valladolid y á Salamanca con Vigo…

De pronto, meditabundo, interrumpió su tarea, é interrogó inquieto á su madre:

—Mamá, te han engañado… El juguete está incompleto. Falta aquí mucha España. No encuentro la isla de Cuba. Ni á Puerto Rico… ¡Falta España!

Arrasáronse los ojos de la madre, y se quedó parada, con el velito á medio prender. Por último, encogiéndose de hombros:

—¡Esas tierras estaban tan lejos!—dijo.—Y ya no son de España, mira… Acierta el rompecabezas,{128} porque… ya no son. ¡Allí murió tu padre…!

Eloy calló: una tristeza mayor que las habituales, desmedida, que no cabía en el alma de un niño, pesó un instante sobre su pensamiento. Y con ademán expresivo apartó, rechazó el regalo de los Reyes.{129}

EN SEMANA SANTA
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A la cabecera del moribundo estaban Preciosa y Conrado, asistiéndole en sus últimos instantes, temblorosos como el criminal que sube las escaleras del cadalso. Y criminales eran—aunque criminales triunfantes y coronados por el ciego destino—Conrado y Preciosa. El que, después de largos sufrimientos, sucumbía en el cuarto impregnado de olores á medicinales drogas, entristecido por la luz amarillenta de la lamparilla que iba extinguiéndose al par que la vida del agonizante, era el esposo de Preciosa, el protector y bienhechor de Conrado; y para los que de común acuerdo le engañaron y ofendieron sus canas, no tuvo nunca aquel honradísimo viejo, generoso y confiado como un niño, más que palabras de dulzura y hechos de bondad y amor. Abierta siempre á Conrado su bolsa y su casa; abiertos siempre los brazos y el corazón para Preciosa, cuya juventud no quiso entristecer nunca con severidades{130} de anciano y melancolías de enfermo, el infeliz tenía derecho á la gratitud y al respeto más tierno y grave…, ya que otros sentimientos vehementes no pueda inspirarlos la senectud. Y ahora se moría, se moría lentamente…, después de advertir á Preciosa que quedaba instituída su única heredera, y que, si no sentía repugnancia por Conrado, á quien él miraba como hijo, deseaba que ambos le prometiesen casarse á la terminación del luto.

Cuando manifestó así su voluntad, en voz desmayada y flaca y apoyando sus manos ya frías en las manos febriles de Conrado y Preciosa, los dos se estremecieron, y sus ojos, como delincuentes que tratan de ocultarse y no saben dónde, vagaron por el suelo, cargados con el peso de la vergüenza. Preciosa, sin embargo, mujer y extremada en la pasión, fue la primera que recobró ánimos, y reaccionando violentamente, trató de atraer la mirada de Conrado y de pagarla con una débil sonrisa. Pero Conrado, como si sintiese picadura de víbora, se retiró al fondo de la alcoba, y dejándose caer en la meridiana, escondió entre las palmas el rostro. Un silabeo apenas perceptible del moribundo le llamó otra vez á la cabecera del lecho. «Conrado, mira, soy yo quien te lo ruega en este momento solemne… No dejes desamparada á Preciosa… Que sea tu mujer, y quiérela y trátala… como la quise yo… Siquiera por el día en que estamos…, dame palabra.» Y Conrado, balbuciente, sólo pudo barbotar: «La doy, la doy…» Lució una chispa de{131} contento en las apagadas pupilas del moribundo; pero como si aquel esfuerzo hubiese agotado el poco vigor que le quedaba, cayó en un sopor, nuncio del fin. Tal fue la opinión del médico, que aconsejó se trajese la Extremaunción sin tardanza; pero al llegar el sacerdote con los santos óleos, no había calor vital en el cuerpo; Preciosa lloraba de rodillas, y Conrado, agitadísimo, paseaba desesperadamente arriba y abajo por el gabinete que precedía á la estancia mortuoria… El sacerdote, que salía, le tocó suavemente en el hombro.

—No se aflija usted—dijo en tono afectuoso, confundiendo con un gran dolor aquel acceso de remordimiento agudo.—Las virtudes de este señor le habrán ganado un puesto en el cielo. Y después, la misericordia de Dios, ¡especialmente en el día en que estamos!…

Era la segunda vez que esta frase resonaba en los oídos de Conrado; pero ahora resonó, más que en los oídos, en el alma. ¡La misma del moribundo! «El día en que estamos…» ¿Y qué día era? Conrado necesitó hacer memoria, reflexionar… Recordó de pronto; un relámpago hirió su imaginación fuertemente. El día era el Viernes Santo.

Pocos instantes después de haberse retirado discretamente el sacerdote, que prometió volver á velar el cuerpo, acercóse Preciosa á Conrado de puntillas y quedó espantada de su actitud, del movimiento que hizo al verla tan próxima. ¡Qué desventura! Conrado ya no la quería; á Conrado le infundía horror desde que la{132} muerte había penetrado allí… Adivinaba el estado de ánimo de su cómplice, y precaviendo el porvenir, aspiraba á disipar aquella nube de tristeza, aquella alteración de la conciencia impura. «Si esta noche vela el cadáver, se preocupará más; se grabará doblemente en su espíritu esta impresión terrible…» Una idea acudió á la mente de Preciosa, fértil en expedientes, atrevida—como hembra apasionada y resuelta á lograr su antojo.—Entró en la estancia mortuoria, y sobre el mueble incrustado, frente á la cama, buscó, entre otros frascos, el que contenía poderoso narcótico. Una gota calmaba y amodorraba; dos adormecían; tres ó cuatro producían ya un sueño largo, invencible, muy duradero, semi-letal… Al poco rato, Preciosa se acercó á Conrado nuevamente y le sirvió por su mano una taza de tila. «Bebe, estás nervioso.» Conrado bebió por máquina; apuró la calmante infusión… Cuando empezó á notar cierta pesadez incontrastable, le guió Preciosa á su propio cuarto, le reclinó en el amplio diván, revestido de raso y almohadillado de encaje, cubrióle con rico pañuelo de Manila, le abrigó con edredón ligero los pies, le puso almohadas finas bajo la nuca. «Duerme, duerme—pensó—y no despiertes hasta que esté fuera de casa el otro…»

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Conrado, entretanto, abría los ojos, sacudía el sueño de plomo que le había postrado, y se restregaba los párpados, notando que el sitio en que se encontraba no era el elegante dormitorio{133} de su tentadora Preciosa, sino una calzada en cuesta, empedrada de losas rudas y anchas, sobre la cual caía á plomo un sol ardoroso y esplendente, como de primavera en país cálido. Miró en derredor. A sus pies se extendía una ciudad que le parecía conocer mucho: ¿dónde había visto él aquellas puntiagudas torres, aquellos extensos baluartes, aquel recinto fortificado, aquellas casas cónicas, aquel monumental templo, aquellas puertas angostas, sombrías, bajo las cuales cruzaban dromedarios y bueyes guiados por hombres de atezado cutis? La vestimenta de estos hombres también se le figuró á Conrado, aunque extraña, vista alguna vez, no en la realidad, sino en esculturas ó cuadros: como que era la indumentaria hebraica de la gente humilde en tiempo de Augusto—la chituna ó túnica ceñida, el tallith ó manto, el sudaz que rodea las sienes, el ceñidor que ajusta el ropaje, y los pies descalzos, ó metidos en gastadas sandalias de cuero.—Conrado pensó oir una voz persuasiva, salida quizás de lo íntimo de su ser, que murmuraba misteriosamente:

—Esa ciudad es Jerusalén.

¡Jerusalén! Conrado casi no se admiró. Jerusalén no era para él un lugar exótico. ¡En Jerusalén había pensado tantas veces! Desde niño, por el Nacimiento que preparaba su madre, se había familiarizado con Jerusalén… En Jerusalén tenía hogar su espíritu, su fe tenía casa propia. Lo único que sintió fue inmensa alegría… Imaginó volver de un largo destierro.{134}

Un grupo de gente que se apiñaba en la puerta fijó la atención de Conrado. Instintivamente siguió al grupo. Por un camino que defendían á ambos lados setos de chumberas y que orlaban palmas y vides, rosales de Jericó é higueras ya cubiertas de hoja, dirigíase el grupo hacia áspero cerrillo, que destacaba sus líneas duras sobre el horizonte color de violeta. Bullía una muchedumbre en la colina; hormigueaban los de á pie, y se mantenían inmóviles sobre sus recios corceles los legionarios, cuyas lorigas y rodelas rebrillaban. Dominando la multitud, coronando la escena, erizando el cerro, se erguían tres cruces negras, sobre las cuales parecían estatuas de pórfido rosa, desde lejos, los cuerpos de los tres ajusticiados…

Conrado, entonces, tampoco se asombró, tampoco se creyó juguete de un delirio. Al contrario: se penetró de que estaba asistiendo, no á un drama, á la representación de la verdad misma. Aquella escena, aquella triple crucifixión, y sobre todo una de las cruces, la llevaba él dentro desde los primeros días de la niñez. Si había sufrido, era cuando, teniéndola en sí, no podía verla ni contemplarla; cuando se le desvanecía, como se desvanece el rostro de una persona querida al querer reconstruirlo cerrando los ojos… ¡Qué felicidad, poseer de nuevo la visión—clara, concreta, firme, indubitable—de la Cruz; no una cruz de oro, plata ni bronce, sino la Cruz viva, el madero al punto en que lo calienta el calor del Cuerpo divino y lo empapa la Sangre redentora! Conrado, sin{135} aliento, de tan aprisa como iba, seguía al grupo, subiendo la agria cuesta, hollando el seco polvo y los abrojos espinosos del siniestro Gólgota, salpicado de blancos huesos humanos que calcinaba el sol… Su afán era colocarse cerca de la Cruz, ver la cara del Salvador en la suprema hora.

Era difícil la empresa. Bullía cada vez más compacta la muchedumbre. Como sucede en sueños, á cada obstáculo que Conrado lograba vencer, surgían otros mayores, insuperables. Nadie le quería abrir paso. Pastores de la sierra, tratantes y tenderillos de la ciudad, mujeres harapientas con niños famélicos en brazos, fariseos altaneros, esenios pálidos y compadecidos, hijas de Jerusalén, modestas burguesas que bajaban los ojos llenos de lágrimas al ver las torturas del Maestro, y por último, los soldados á caballo, enhiesta la lanza, se atravesaban para impedir que nadie salvase el círculo de cuerda y estacas que rodeaba los patíbulos. Conrado suplicaba, cerraba los puños, quería infiltrarse, llegar hasta la cruz central, más alta que las otras, donde colgaba Jesús; quería verle vivo, antes del momento en que, doblando la cabeza, exclamase: «Todo se acabó.» Una angustia profunda se apoderaba de Conrado. ¿Lo conseguiría cuando ya el Salvador hubiese muerto? Y bañado en sudor, anhelante, afanoso, corría, corría en dirección á la cima del cerro, que siempre se le figuraba más distante.

Sus ojos divisaron entonces á una mujer abrazada al árbol mismo de la Cruz; y sin reparar{136} que la mujer estaba casi desvanecida de congoja, fijándose sólo en que á aquella mujer también la conocía, gritó con esfuerzo:

—¡María, María de Nazareth!, alárgame la mano, que quiero llegar hasta tu hijo.

Y María de Nazareth, temblorosa, con los ojos inflamados, trágica la actitud, se adelantó, alargó la mano, cubierta por un pliegue del manto, y Conrado, inmediatamente, se halló al pie del madero, tan cerca, que el ruido del afanoso resuello del moribundo se le figuraba un huracán. Sin embargo, pensó con gozo:

—¡Vive! ¡Vive! ¡Puede escucharme todavía!

Y alzando la frente, doblando las rodillas, poniendo la boca sobre el palo ensangrentado, cerca de los sagrados pies, Conrado suspiró:

—¡Jesús, Jesús, no me abandones!…

Y ¡oh asombro!; una voz dulce, empapada en lágrimas, respondió desde arriba:

—Tú eres el que me abandonaste hace años, Conrado. ¿No te acuerdas?

Profundo sacudimiento experimentó Conrado. Un agudo cuchillo de pena, de contrición, se clavó en su pecho. Miró hacia lo alto con ansia: Jesús ya había inclinado la cabeza; el sol se velaba tras negrísima nube; la tierra se estremecía convulsa; á las plantas de Conrado se abrió una grieta horrible, casi un abismo… y el pecador, atónito, cayó con la faz contra el polvo y las rocas descarnadas…

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Al despertarse Conrado de su largo sueño artificial, Preciosa estaba allí, vestida de negro,{137} pero linda, fresca, reposada, espiando el instante de estrechar en sus brazos al durmiente. Éste se incorporó, aturdido aún, sin darse cuenta de lo que le sucedía… Preciosa, sonriendo, quiso halagarle, ser para él la vida que renace al borde de una sepultura. Conrado, sin aspereza, la rechazó; y á paso mesurado, firme, sin tambalearse ya, despejada la cabeza, salió á la antecámara, abrió la puerta, la cerró de golpe y corrió á la calle… Una brisa suave acarició sus sienes. Era la mañana del Domingo de Resurrección.

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LA ORACIÓN DE SEMANA SANTA
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El último chá de Persia, que, según nadie ignora, murió á manos de un fanático, tuvo en su historia una página de muy pocos conocida, y yo la ignoraría también á no referírmela una viajera inglesa, de esas mujeres intrépidas é infatigables que registran con emoción y curiosidad los más apartados confines del planeta. Cómo se las arregló miss Ada Sharpthorn (que así se llama la inglesita) para obtener la confianza y casi la privanza del chá, y penetrar en la cerrada magnificencia de su palacio y conocer íntimamente á sus allegados, áulicos, cortesanos y generales, es punto de difícil investigación; pero seguramente, al aspirar á este resultado, no se valió miss Ada de ningún medio reprobable, pues compiten en esta valiente exploradora la decencia y pulcritud de las costumbres con la austeridad del criterio moral y la delicadeza de la conducta. Si miss Ada gozó privilegios desconocidos en Persia, debe atribuirse{140} á la tenacidad que sabe desplegar la raza anglo-sajona para conseguir sus propósitos—tenacidad que va haciendo á esa raza dueña del mundo.

Contóme miss Ada el episodio que voy á narrar la tarde del Jueves Santo, mientras recorríamos las calles de Avila visitando Estaciones. En aquellas calles que todavía recuerdan por varios estilos la Edad media española, el nombre de Persia sonaba como el de un país fantástico, de juglaresca leyenda ó de romance tradicional; costaba trabajo admitir que existiese. Quizás la misma irrealidad de Persia en la pacífica atmósfera de la ciudad teresiana, acrecentó el interés de los extraños recuerdos de viaje que evocaba miss Ada, y que intentaré trasladar al papel sin alterarlos.

«Nasaredino—empezó la inglesa—era un monarca absoluto, á quien sus vasallos llamaban sombra de Dios, y que disponía de haciendas y vidas, con dominio incondicional. No sé si ahora se habrá modificado el régimen interior de Persia; entonces—y son épocas bien recientes—no había allí más ley que la omnímoda voluntad de Nasaredino. Para mayor desventura de sus súbditos, el chá no conocía el cristianismo, ó por mejor decir, no quería conocerlo, ni permitía que se propagase en sus Estados opinión alguna que se apartase del código de Mahoma. Quizás comprendía que Cristo nuestro Señor es el verdadero enemigo de los déspotas, y que la libertad y la dignidad humana tuvieron su cuna en el humilde establo de Belén.{141}

»Esta misma intransigencia del chá con nuestra santa religión me incitó á probar si le atraía al terreno de la controversia, á fin de combatir sus errores. Aprovechando la rara amabilidad con que me acogía, me dediqué á catequizar á Nasaredino, y buscando el flaco de su orgullo, comencé por pintarle la gloria y prosperidad de naciones cristianas como Francia y la Gran Bretaña, superiores en las mismas artes de la guerra á las naciones sujetas al fanatismo musulmán. Mis argumentos parecían hacer mella en el monarca; á veces le ví quedarse pensativo, acariciando la negrísima y puntiaguda barba, con los rasgados ojos de pestañas de azabache fijos en el punto imaginario de la meditación. No era un necio; ciertas ideas le movían á reflexionar; ciertos problemas se le imponían á pesar suyo, al través de su oriental indolencia y su soberbia de dueño absoluto de muchos millones de seres racionales.—Despaciosamente, en correcto inglés, solía, transcurrido un rato, contestarme, no sin alguna inflexión de desprecio en su voz grave y bien timbrada:

—»Jamás me convenceré de que sean heroicas y viriles naciones que se postran ante un Dios humilde, muerto en un suplicio afrentoso. El gran atributo de Dios es el poder y la fuerza. La única explicación que encuentro á ese enigma es que vuestras naciones se llaman cristianas sin serlo realmente, y cuando funden cañones y botan al agua barcos blindados, niegan á su Dios con los hechos, aunque le reconozcan con la palabra. Y porque lo niegan han logrado{142} el predominio que ejercen. Si se atuviesen á la letra de su fe, como nos atenemos nosotros á la nuestra, nosotros les pondríamos la planta del pie sobre la garganta.

»Al hablarme así Nasaredino, dejábame confusa. Pertenezco á las Ligas del desarme y de la paz universal, y confío más en la energía del amor y de la fraternidad, que en todos los ejércitos de Europa reunidos. Mas ¿cómo hacer entender la verdad á un bárbaro, y á un bárbaro que se cree un semidiós? Sin embargo, lo intenté. A mi manera, empleando los razonamientos que me sugirió la convicción, le dí á entender que la misma fuerza material necesita fundarse en la moral, y que sin base de derecho y razón se derrumba toda soberanía. Y pasando á tratar de nuestro Dios, le afirmé que precisamente el haber sufrido y muerto como murió fue esplendorosa muestra de su sér divino. El chá, moviendo la cabeza, me contestó entonces esta atrocidad:

—»De esa misma manera que pereció tu Profeta, sucumbe todos los días alguno ó muchos de mis vasallos. Y ni aun así conseguimos acabar con la perniciosa secta de los babistas, cuyas doctrinas se asemejan á las de vuestros Evangelios.

»Lo confieso—exclamó miss Ada al llegar á este punto:—tan horrible declaración me trastornó, y estuve á pique de prorrumpir en invectivas contra el tirano. Me reprimí trabajosamente, y Nasaredino, de pronto, como si se hubiese olvidado del giro de la conversación, me{143} anunció que al día siguiente se verificaría una representación teatral en los jardines de palacio, y que me convidaba á ella.

»Son estas funciones dramáticas espectáculo favorito de los persas, y todos los viajeros las describen: se celebran de noche, á la luz de los farolillos y linternas y de las hachas encendidas, y el telón de fondo lo da hecho la naturaleza: una cortina de árboles, un macizo de flores, una fuente, un ligero kiosco, constituyen la decoración. Habituada á asistir á tales funciones, me sorprendió, sin embargo, el aspecto del escenario y el golpe de vista del concurso. En primer término, sillones para el chá y los altos dignatarios: detrás, la servidumbre, la multitud de funcionarios y parásitos que pululan en el palacio infestando sus galerías, claustros, patios y salones. A la izquierda, una especie de tribuna ó palco cerrado por rejas de madera dorada y pintada de colorines—desde el cual presenciaban la función, ocultas á los ojos de todos, las esposas de Nasaredino.—Con extrañeza noté que no se había invitado á ningún diplomático; la única extranjera, yo. Mi sillón, colocado muy cerca, aunque un poco atrás del soberano, era un puesto altamente honorífico.

»Al empezar la representación, desde las primeras escenas, percibí un estremecimiento. Yo no podía entender el idioma en que se expresaban los actores, y que es una especie de dialecto persa muy literario y arcaico—el habla misma, bella y sonora, que empleó el poeta{144} Firdusi;—pero aun sin inteligencia de las palabras, me parecía darme cuenta del sentido, y hasta creía que era familiar para mí, como algo que hubiese escuchado mil veces, y otras tantas llevado en mi corazón. Las escenas del drama me recordaban cosas íntimas, vistas, por decirlo así, al través de un vidrio turbio y roto que desfiguraba los objetos, alterando sus colores y rasgos sin ocultarlos enteramente.—Al final del primer acto (llamémosle así; la transición consistía en extender un riquísimo paño por delante del escenario, y dejarlo caer á los cinco minutos), y mientras nos presentaban amplias bandejas cargadas de golosinas, refrescos y sorbetes, de súbito vi claro: el asunto del drama no era sino la vida de Jesucristo, interpretada á estilo persa.

»Se apoderó de mí una tristeza involuntaria. Temía una profanación, una burla, cualquier desmán que hiriese mis sentimientos, y hasta que pudiese obligarme á faltar al respeto al monarca levantándome y retirándome. En voz baja le pregunté si creía que me sería posible permanecer allí; y el chá, con lenta inclinación de cabeza, me tranquilizó; después, volviéndose hacia mí, murmuró seriamente, con toda su oriental majestad:

—»No temas ofensa alguna para tu fe, ni para tu gran Profeta.

»En efecto, las páginas principales de la sagrada Vida iban desarrollándose más ó menos ingenua y peregrinamente interpretadas, pero con profundo sentido de veneración y de simpatía{145} hacia el Salvador de los hombres. Jesús aparecía niño, jugando en el atrio del templo; después le veíamos predicar á las multitudes; presenciábamos la tentación en la Montaña, el diálogo con Eblis, genio del mal, y por último, en el tercer acto, penetrábamos de lleno en el drama de la Pasión, al ser preso Jesús en el Huerto, no sin que se trabase ruda y encarnizada batalla entre los discípulos y los sayones, que todos iban armados hasta los dientes, con kanjiares, puñales, pistolas inglesas y espingardas, y dispararon hasta agotar la pólvora, siendo esta parte de la función, gracioso anacronismo, lo que más parecía entusiasmar al auditorio. Era indudable que el papel de traidores lo desempeñaban los enemigos de Jesús, lo cual se traslucía hasta en el modo de vestirse y de caracterizarse los actores, siniestros y feroces, antipáticos de veras.

»Al principiar el acto cuarto, que debía ser el último, el actor que desempeñaba el papel de Jesús apareció atado á una columna de jaspe, y empezó la escena de la flagelación, que desde el primer instante me crispó los nervios. Supuse que se trataba de un juego escénico, pero así y todo salté en el asiento, y me tapé los ojos con el pañuelo disimuladamente. Era el actor un hombre joven, como de unos veintiocho años, de noble tipo semítico; llevaba los negros cabellos crecidos y partidos en bucles, y en la escena de la tentación, dialogando con Eblis, había tenido acentos llenos de dignidad, de desdén y de dulzura, conmovedores hasta{146} para los que no entendíamos los conceptos. Ahora, amarrado á la roja estela, con el torso desnudo y el rostro respirando un entusiasmo misterioso, una sed de sufrir, revelábase sin duda como trágico genial—tanta era la verdad de su ficción, la expresiva fuerza de su actitud.—Por lo mismo no quería verle: me conmovía demasiado. El silbido de las cuerdas y de los látigos rasgó el aire; escuché cómo sonaban al herir la carne viva, y hasta oí un sofocado gemido, que semejaba involuntario… Y la voz del chá, su acento de mando, grave y sin embargo cortés, me obligó á atender á pesar mío, diciéndome en inglés, con irónica entonación:

—»No te niegues á mirar. Lo que sucede ahí no es farsa, sino la realidad misma. Persuádete de lo fácil que es padecer resignadamente y hasta con gozo. El papel de tu Profeta lo está desempeñando á lo vivo y sin protestar un babista condenado á muerte… Ya le verás crucificar después.

»El grito que exhalé debió de ser terrible; como que se detuvieron los verdugos, y Nasaredino me fulminó una ojeada severa, tétrica, imponente. Otra mujer se hubiese acobardado; pero una inglesa, en caso tal, saca de su orgullo de raza y de su cristianismo fuerza bastante para no arredrarse aunque se le viniese encima el mundo. No sé lo que dije al chá: primero creo que le anuncié una cruzada de las naciones civilizadas contra sus reinos y su poder, y le vaticiné venganzas humanas y cóleras del cielo; mas como el tirano permaneciese impasible y{147} aún firme y aferrado á su crueldad, una inspiración me sugirió que la causa de Jesús ha de sostenerse por medio de la piedad y de las lágrimas, y arrojándome de súbito á los pies de Nasaredino, cogiendo sus manos llenas de anillos magníficos, las besé, las mojé con llanto, las sujeté, las apreté, hasta que una voz, á mi parecer descendida del cielo, murmuró casi en mis oídos:

—»Levántate, extranjera. Serás complacida. Te regalo la vida de ese perro.

»No sé lo que respondí. Debieron de ser extremos de júbilo tales, que el grave y pálido rostro del chá se iluminó con una fugitiva sonrisa, y su mano derecha, salpicada de mi lloro, que resplandecía sobre las sortijas de piedras, se extendió en imperativo ademán, comprendido instantáneamente por los que torturaban al desdichado, ya cubierto de sangre. No era sólo la vida, era la libertad lo que le otorgaba aquel gesto mudo, y en el exceso de mi alegría, echéme á llorar otra vez…»

Al llegar aquí guardó silencio la inglesa, y yo sólo acerté á preguntar:

—¿Y qué fue del hombre á quien usted salvó?

—Ese hombre…—balbuceó miss Ada,—dos años después… asesinó á Nasaredino… ¡Sí, el mismo, el perdonado!… Ya ve usted cómo no hay en el mundo sino una verdad, que es la verdad de Jesús… Para un cristiano, sería sagrado el hombre que supo perdonar, siquiera una vez. Y yo, desde entonces, particularmente estos días de Semana Santa, rezo siempre{148} por el que me regaló una vida; imploro á Dios como imploré al rey absoluto, que al fin me escuchó y se ablandó… Tal vez sea una ilusión rezar por Nasaredino, pero ilusión que me consuela.

—Y por el matador, ¿no reza usted?—interrogué cuando nos detuvimos ante el bello pórtico de la catedral.

—¡También debo hacerlo!—exclamó miss Ada después de vacilar un instante.{149}

CUENTOS DE LA PATRIA
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VENGADORA
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En aquellos días de angustia y de zozobra, surcados por relámpagos de entusiasmo á los cuales seguía el negro horror de las tinieblas y la fatídica visión del desastre inmenso; en aquellos días que, á pesar de su lenta sucesión, parecían apocalípticos, hube de emprender un viaje á Andalucía, adonde me llamaban asuntos de interés. Al bajarme en una estación para almorzar, oí en el comedor de la fonda, á mis espaldas, gárrulo alboroto. Me volví, y ante una de las mesitas sin mantel en que se sirven desayunos, vi de pie á una mujer á quien insultaban dos ó tres mozalbetes, mientras el camarero, servilleta al hombro, reía á carcajadas. Al punto comprendí; el marcado tipo extranjero de la viajera me lo explicó todo. Y sin darme cuenta de lo que hacía, corrí á situarme al lado de la insultada, y grité resuelto:

—¿Qué tienen ustedes que decir á esta señora? Porque á mí pueden dirigirse.{150}

Dos se retiraron tartamudeando; otro, colérico, me replicó:

—Mejor haría usted, barajas, en defender á su país que á los espías que andan por él sacando dibujos y tomando notas.

Mi actitud, mi semblante, debían de ser imponentes cuando me lancé sobre el que así me increpaba. La indignación duplicó mis fuerzas, y á bofetones le arrollé hasta el extremo del comedor. No me formo idea exacta de lo que sucedió después: recuerdo que nos separaron, que la campana del tren sonó apremiante avisando la salida, que corrí para no quedarme en tierra, y que ya en el andén divisé á la viajera entre un compacto grupo que me pareció hostil; que me entré por él á codazos, que la ofrecí el brazo y la ayudé para que subiese á mi departamento; que ya el tren oscilaba, y que al arrancar con brío escuché dos ó tres silbidos, procedentes del grupo…

Sólo entonces acudió la reflexión; pero no me arrepentí de mis arrestos, y únicamente me pregunté por qué había metido en mi departamento á la viajera, causa del conflicto. ¿Para protegerla mejor quizás?… ¿Quizás para hablar con ella á mis anchas y esclarecer mis dudas, averiguando si, en efecto, era una traidora enemiga? Lo primero que hice fue examinarla despacio, mientras ella se acomodaba y colocaba su raído saquillo en la red. Anglo-sajona, saltaba á la vista: la marca étnica no podía desmentirse. Carecía de belleza: sus facciones sin frescura, sus ojos amarillentos, su cuerpo desgarbado,{151} su talle plano, la quitaban toda gracia, perturbadora. Y para que me sedujese menos, bastó el movimiento que hizo al volverse hacia mí y tenderme virilmente una mano huesuda y rojiza, que estrechó la mía, sacudiéndola. Con voz, eso sí, muy timbrada y dulce, la extranjera pronunció:

—Gracias, señor; mil gracias.

Confuso, disculpé mi rasgo:

—Yo no podía consentir aquella barbaridad. De seguro que usted no es espía, señora; acaso ni es usted americana siquiera. Inglesa, ¿verdad?

—¡Ah! No, señor. Soy, en efecto, yanqui.

Y al notar que me estremecía, añadió alzando el brazo y cogiendo su saquillo:

—Pero no soy espía. Vea mi álbum y mis dibujos.

Hojeé el álbum. Estaba atestado de apuntes arquitectónicos y croquis de tipos pintorescos: una ventana florida, una reja salomónica, un borriquillo, un paleto…

—¿Es usted artista?

—Muy poco… mera afición… Por mi oficio soy tipógrafo. Trabajo… es decir, trabajaba en una imprenta de Boston… Ahora no sé qué haré.

Mi curiosidad se inflamó. Adiviné un misterio, y me prometí aclararlo. La voz de mi protegida tenía tan blandas inflexiones, sus pupilas estaban tan húmedas de gratitud al encontrarse con las mías, que pensé: «Por un momento eres dueño de esta mujer. Aprovecha este instante y sorprende su alma, desdeñando el barro que{152} la envuelve; es más gloriosa siempre una conquista del espíritu.» Con diplomacia suma, murmuré inclinándome:

—No. Temo que crea usted que quiero cobrarme de tan insignificante servicio como el que tuve la suerte de prestarla…

La extranjera calló; pero un tinte rosado, vivo, fluído, se esparció por su marchito rostro, embelleciéndolo… Era un arrebol de alegría, de ilusión, de agradecimiento pasional ante frases de galante respeto que acaso por vez primera resonaban en sus oídos. La vi llevarse la mano al corazón, y, fingiéndome distraído, noté que me miraba de un modo expresivo, afanoso. La voz de plata se elevó conmovida:

—Pues prefiero contarle lo que me pasa, si no le molesta… Tal vez, después de oirme, ya no me tendrá nunca por una espía.

Solícito y demostrando rendimiento me acerqué, no sin arrojar antes el cigarro que acababa de encender en aquel instante.

—No soy espía—declaró ella lentamente—y no puedo serlo, porque detesto el sentimiento patriótico, opuesto á la fraternidad universal. La guerra entre naciones… la repruebo. ¡Los pobres luchando y muriendo… los poderosos recogiendo el honor y el fruto…! Sin embargo, señor… á esa gente que me insultaba, la perdono; comprendo su ceguedad; casi admiro su furia… ¿Qué pensarían, si supiesen…?

Aquí se detuvo, y apoyando uno de sus dedos huesudos sobre los labios, me recomendó discreción acerca de lo que iba á revelar.{153}

—Si supiesen… que vengo trayendo un ramo de oliva al través del Atlántico… á proponer la alianza de los oprimidos y los miserables de allá á los de aquí! Mi conocimiento del español, debido á que pasé años de mi niñez en Méjico, hizo que me escogiesen para esta misión… He explorado el terreno en las comarcas obreras y mineras…

Después de breve pausa, prosiguió:

—Va usted á oir una cosa rara… En España casi he perdido la fe, mi fe… No veo la urgencia de ciertas medidas que allá aplicaremos inmediatamente, antes que crezca el monstruo del militarismo y la fuerza nos subyugue. Aquí no existen esas horribles desigualdades, esas colosales desproporciones entre la suerte de los hombres. Aquí no noto la tiranía del dinero ni la insensatez del gastar y del gozar, basada en la brutalidad ciega del millón de millones. Aquí no hay Cresos que, como nuestro Rockfeller… ¿no sabe usted? el rey del petróleo… ó Astor, el rey de las minas… sudan oro y se burlan de Dios… En nuestro país domina la abominación de la riqueza… se alza el ídolo de metal… y allí, y no aquí, es donde la justicia debe hacer su oficio… ¡Y justicia haremos! ¡Se lo prometo á usted! ¡Y pronto! ¡Ah! ¡España! Yo la adoro… Es muy pobre, muy noble, muy simpática, muy sencilla… ¡Nada contra España! Este será mi consejo, señor… Aquí no he encontrado la miseria negra… No siento impulsos de destruir… ¡y soy tan feliz, tan feliz! ¡Si usted supiese…!{154}

Irradiaban las pupilas de la sectaria, y su pecho liso y sin morbidez anhelaba, palpitaba de entusiasmo. Comprendí el error que había hecho confundir á la fanática de la humanidad con la fanática del patriotismo, á la insatisfecha con la espía. Entretanto el tren avanzaba, tragando estaciones, y caía voluptuosamente la bella tarde de Mayo; olor de hierbas y matas florecidas entraba por la ventanilla abierta, y ya la luna, dibujando sobre el verde fino y el oro amortiguado del cielo su ligera segur de plata, añadía un toque poético á la deliciosa paz de la Naturaleza, indiferente á nuestras agitaciones y nuestras luchas, á los grandes dolores colectivos ó individuales… Mi compañera había enmudecido, y vuelta, contemplaba el paisaje: nos acercábamos al cruce; casi nos deteníamos… Ella se encaró conmigo, y exaltada, en pie ya para bajarse, repitió:

—¡España! ¡Qué hermosa! ¡Vivir aquí… vivir aquí!

En rápido é imprevisto arranque, sentí su cara pegada á la mía, el calor de sus mejillas halagando mi sién… Después empujó la portezuela, y al saltar al andén, siempre muy agarrada á su raído saquillo, todavía me gritó con la solemnidad de misteriosa promesa y el ceño fruncido por sombría amenaza:

—¡Adiós… Vuelvo allá… vuelvo á mi tierra!{155}

EL CATECISMO
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Hasta las diez duraba la velada de familia, y Angelito regateaba siempre cinco minutos ó un cuarto de hora, refractario á acostarse, como todos los niños en la edad de seis á siete años, cuando empieza á alborear la razón. Mientras Rosario, la madre, cosía sin prisa, levantando de tiempo en tiempo su cabeza bien peinada, su cara sonriente, que la maternidad había redondeado y dulcificado por decirlo así, Carlos, el padre, daba lección al muchacho. «Si había de perder el tiempo en el café…» solía responder como excusándose, cuando los amigos, en la calle, le embromaban, soltándole á quemarropa: «Ya sabemos que te dedicas á maestro de primeras letras…»

La verdad era que Carlos se había acostumbrado á la lección, á la intimidad dulce de las noches pasadas así, entre la mujer enamorada y contenta y el niño precoz, inteligente, deseoso de aprender. Fuera, la lluvia caía tenaz, el{156} viento silbaba, ó la helada endurecía las losas de la calle; dentro, la lámpara alumbraba cariñosa al través de los rancios encajes de la pantalla, la chimenea ardía mansamente, y la atmósfera regalada y tranquila del gabinete se comunicaba á la alcoba contigua, nido de paz y de ternura, tan diferente de las sombrías y hediondas madrigueras donde solían agazaparse los amigotes de Carlos,—los mismos que se creían unos calaverones y se burlaban solapadamente del padre profesor de su hijo.

Aquella noche Angelito estaba rebelde, distraído, desatento á la enseñanza. Al leer se había comido la mitad de las palabras, y obligado á volver atrás y repetir lo saltado, su vocecilla adquirió esos tonos irritados y chillones que delatan la cólera pueril. Al escribir hizo la trompeta con el hociquito, engarrotó el portaplumas, echó más de una docena de calamares en el papel, y por último estrelló la pluma en un movimiento precipitado, y la tinta saltó hasta la blanca labor de la madre, que exhaló un grito de sorpresa y enojo. Carlos miró á su mujer, y meneó la cabeza y se tocó la frente como significando: «No sé qué le pasa hoy á esta criatura.» Y Rosario, levantándose, cogió al rapaz en el regazo y le dirigió las inquietas interrogaciones maternales. «¿Qué tienes, vida? ¿Te duele algo? ¿Es sueño? ¿Es pupa aquí, aquí?» Y le acariciaba las mejillas y las sienes, tentando por si sorprendía el fuego de la calentura. ¡Enferma tan pronto un niño!

No encontrando calor ni ningún síntoma{157} alarmante, Rosario engrosó y endureció la voz.

—Vas á ser bueno… Ya sabes que no me gustan los nenes caprichosos… El pobre papá se pondrá malito si le haces rabiar; después tienes tú que cuidarle á él y que llevarle las medicinas á la cama… Vamos, Angel, á concluir las lecciones; aún te falta por dar el Catecismo…

Angel, sin responder, miraba fijamente á un rincón obscuro del cuarto. La contracción de su carita, la inmovilidad de sus ojos de un azul fluído y transparente, delataban una de esas luchas con ideas superiores á la edad, que devastan y maduran á la vez el tierno cerebro de los niños.

—Mamá—respondió por fin muy despacio, como si hablase en sueños:—¿y el tío Alejandro, no viene nunca?

La madre se estremeció. El recuerdo del hermano que estaba en la guerra con su regimiento la asaltaba también á Rosario muchas veces en medio de su ventura doméstica, y se la envenenaba con el temor de que á la misma hora en que ella descansaba entre limpias sábanas, cerca de unos brazos amantes, pudiese Alejandro yacer cara al sol, con el pecho taladrado y las pupilas vidriadas para siempre.

—¿No viene nunca tío Alejandro, mamá?—repitió el chico con ese acento infantil que anuncia llanto.

—Vendrá si Dios quiere, hijo mío—respondió la madre con rota voz, apretando contra el seno á la criatura.{158}

—¿Cuándo vendrá? Papá, ¿cuándo? ¿Vendrá esta semana, di?

—No sé, querido—exclamó el padre.—A ver, la cartilla. Que es tarde, muñeco.

—¿Pero cuándo? papá. ¿Por qué no lo sabes tú?

—Porque hasta que se acabe la guerra, mi cielo… hasta que se acabe, tío Alejandro no puede venir.

Los ojos de turquesa del niño se obscurecieron á fuerza de concentración y de ímprobo trabajo para entender.

—¿Cómo es la guerra?—exclamó por último.

—Pelear unos contra otros, á ver quién gana.

—¿Los buenos con los malos, papá?

—Sí; los buenos con los malos.

—Tío Alejandro es bueno—declaró Angel.—¿Y cómo pelean?

—Con fusiles, con espadas, con cañones.

El niño batió palmas.

—Me has de llevar, papá. Me has de llevar.

—¡Pobretín!—suspiró Carlos.—La guerra no es para chiquillos.

—¿Es para hombres grandes?

—Sí.

—Y entonces, ¿por qué no estás tú en la guerra? Tú eres grande, grande.

—Porque no soy militar—dijo el padre contrariado, algo mortificado, (como si aquellas palabras no las hubiese articulado una lengua de seis años,) y hablando para convencer.—Tío Alejandro es militar; ya sabes que vino á enseñarte{159} el uniforme. Los militares estudian para eso, para defender á la patria…

—La patria…—repitió el niño, impresionado por el tono enfático y grave con que Carlos pronunció la palabra.—La patria… ¿es aquí?

—Aquí… ¿dónde?

—En nuestra casita.

—No… es decir, sí… Nuestra casa está en la patria, pero la patria es mucho más… son todas las casas que ves en el pueblo y en otros pueblos, ¡tantos, tantos! Y es además la tierra, y los bosques, y las aldeas, y Madrid, y todo…

—¿Y las iglesias también?—murmuró Angel con el tono con que decía sus oraciones al acostarse.

—También.

—¿Y la Virgen? ¿Mamá del cielo?

—También la Virgen; sí, mamá del cielo es la patria.

—¿Y tío Alejandro quiere á la patria?

—Ya ves—interrumpió Rosario sin ocultar la emoción que empañaba sus ojos.—El pobre tío la quiere mucho. Como que se expone á que le den un tiro y á morirse así, de pronto, figúrate tú. Reza, hijo mío, reza, para que no maten al tío.

El niño calló, reflexionando laboriosa, casi dolorosamente.

—¿Y los que no van á la guerra no mueren nunca?—preguntó al fin, siguiendo el hilo de su temprana lógica.

—También mueren.

—Entonces quiero ir á la guerra cuando sea{160} grande—declaró con energía el pequeñuelo.—Y quiero que tú vayas, papá. Al fin hemos de morir, ¿no? Pues morir por eso… por eso… Por mamá del cielo, ¡por la patria!

Un silencio siguió á las palabras del niño. Los padres se miraban, mudos, penetrados de un respeto extraño, como si la voz del inocente viniese de otras regiones, de más arriba. Y al cabo de unos instantes, Carlos dijo á su mujer:

—Acuéstale. Son las diez largas.

—¿Y la lección del Catecismo?

—Hoy ya la ha dado—respondió el padre, besando á Angel con ardor sobre el nacimiento de la rubia melena.{161}

EL CABALLO BLANCO
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Allá en el primer cielo, en deleitoso jardín, Santiago Apóstol, reclinando en la diestra la cabeza leonina, de rizosa crencha color del acero de una armadura de combate, meditaba. Mostrábase punto menos caviloso y ensimismado que cuando, después de bregar todo el día en su oficio de pescador en el mar de Tiberiades, vió que ni un solo pez había caído en sus redes; sólo que entonces el consuelo se le apareció con la llegada del Mesías y la pesca milagrosa. Ahora—aunque en tiempos de pesca estamos—el hijo del Zebedeo, mirando hacia todas partes, no adivinaba por dónde vendría la salvación, siquier milagrosa, de los que amaba mucho.

Frente al Patrono, en mitad del campo, se elevaba un árbol gigantesco, de tronco añoso, rugoso, de intrincado ramaje, pero casi despojado de hoja, y la que le quedaba, amarillenta y mustia. Infundía respeto, no obstante su decaimiento, aquel coloso vegetal; á pesar de que{162} no pocos de sus robustos brazos aparecían tronchados y desgajados, conservaba majestuoso porte; su traza secular le hacía venerable; convidaba su aspecto á reflexionar sobre lo deleznable de las grandezas. De las ramas del árbol colgaban innúmeros trofeos marciales. Petos, golas, cascos, grebas y guanteletes, con heróicas abolladuras y roturas causadas por el hendiente ó el tajo, espadas flamígeras sin punta y lanzas astilladas y hechas añicos; rodelas con arrogantes empresas; albos mantos que blasona la cruz bermeja, trazada al parecer con la caliente sangre de una herida; yataganes cogidos á los moros; turbantes arrancados en unión con la cabeza; banderas gallardas con agujeros abiertos por la mosquetería; el alquicel de Boabdil y la diadema pintorescamente emplumada de Moctezuma… Al pie del árbol, sujeto á él con fuerte cadena de hierro, se veía un sér hermosísimo, un corcel de batalla luminoso á fuerza de blancura: el Pegaso cristiano, aquel ideal bridón que galopaba al través de las nubes y descendía á traernos la victoria.

Los ojos del Apóstol se fijaron en el caballo, cual si no le hubiese contemplado nunca. Notó la lumínica blancura del pelo, la fluída ligereza y ondulación delicada de las crines, el fuego de las pupilas, el aliento ardiente que despedían las fosas nasales, la delgadez de los remos, finos cual tobillo de mujer, la especie de electricidad que desprendía el cuerpo del generoso animal celeste. Con sólo advertir que le miraba su jinete de antaño, el caballo se estremeció, empinó{163} las orejas, respiró el aire, hirió la tierra con el reluciente casco y pareció decir en lenguaje de signos: «¿Cuándo llega la hora? ¿Vamos á estar siempre así? ¿Por qué no me desatas? ¿Por qué no cruzamos otra vez entre lampos y chispas el firmamento rojo, el aire encendido de las campales batallas?»

Levantóse el Apóstol guerrero y fué á halagar con las manos el lomo de su cabalgadura. Quería consolarla, quería calmar su impaciencia y no sabía cómo, pues él, glorioso veterano, también soñaba incesantemente renovar las proezas de otros días. Sin duda para acrecentarle el ansia y avivarle el recuerdo, aparecióse por allí un alma acabada de ingresar en el Paraíso, pues daba claras señales de no conocer los caminos, de hallarse como desorientada é incierta. Era el recién llegado de mediana estatura, moreno, avellanado y enjuto; rodeaban su tronco retazos de tela amarilla y roja, que apresuradamente igualaba en matiz la sangre fluyendo de varias mortales heridas. Santiago corrió hacia aquel valiente con los brazos abiertos, y el español, al ver ante sí al Apóstol de la patria, cayó de rodillas y le besó los pies con infinita ternura.

—Bonaerges, hijo del trueno—murmuraba devotamente el español,—¿por qué nos has abandonado? En nuestro infortunio, confiábamos en ti. Esperábamos que hicieses vibrar sobre nuestros enemigos el rayo ó llovieses sobre ellos fuego celeste, como el que quisiste lanzar contra aquellos samaritanos que cerraban{164} las puertas de su ciudad á Jesús. Mira, Santiago, adónde hemos llegado ya. Te lo diré con palabras de la Epístola que se lee el día de tu fiesta; hemos sido hechos espectáculo para las naciones, los ángeles y los hombres. Hemos venido á ser lo último del mundo. Y todo por faltarnos tú, Apóstol de los combates. Desata tu corcel, guíale al través del aire, ponte á nuestra cabeza. El caballo blanco olfatea la lid. ¿No oyes cómo relincha, deseoso de arrancar al grito de cierra España? Desciende, te esperan allá. Te aguarda la tierra que por ti se creyó invencible. El bridón quiere romper la cadena. ¡Santiago! ¡Buen Santiago! ¡Señor Santiago!

Al oir tan apremiantes súplicas, el Apóstol se conmovía más. ¡Soltar el corcel blanco, salir al galope, esgrimir otra vez el acero llameante! ¡Hacía tanto tiempo que lo anhelaba! No por su gusto permanecía en la inacción, con la montura amarrada al árbol y las armas colgadas del ramaje… Y alzando y consolando al español y apretándole contra su pecho, Santiago empezó á vendarle las heridas cruentas; hecho lo cual, llegóse al tronco y desató al blanco bridón, que, loco de júbilo al verse libre, al suponer que remanecían las aventuras de otros tiempos, agitó la cabeza, hizo flotar la crin, corbeteó gallardamente, y batiendo el polvo con sus bruñidos cascos, alzó una nubecilla de oro. Por su parte, el Patrón descolgaba la cota de malla y se la vestía, calábase el ancho sombrerón orlado de acanaladas conchas, afianzaba en los hombros el manto, embrazaba el escudo{165} y ceñía el tahalí y la espada terrible. Entretanto, el español echaba al caballo la silla recamada de oro y le ponía el freno y el pretal incrustado de cabujones de pedrería. Y cuando ya el Apóstol trataba de afianzar el pie en el estribo de plata para saltar, he aquí que aparece, saliendo del vecino bosque, otro español, vestido de paño pardo, calzado con groseras abarcas, haciendo señas para que se detuviese el Apóstol. Este aguardó: en el villano de tez curtida y de rústico atavío, acababa de reconocer á San Isidro, pobrecillo jornalero laborioso, que en su vida montó más que jumentos cargados de trigo, porque los llevaba á la molienda.

—¡Orden del Señor!—voceaba el labriego descompasadamente.—¡Orden del Señor! Ese caballo nos hace falta para uncirlo al arado y que ayude á destripar terrones. Y ese español que está ahí, que venga á llevar la yunta. Bien sabes, Bonaerges, lo que dijo el Señor en ocasión memorable, cuando tu madre le pidió para ti y tu hermano el puesto más alto en el cielo: los que quieran ser mayores beban primero su cáliz. Paisano mío, á arar con paciencia y sin perder minuto…

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LA EXANGÜE
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—Alquiló el cuarto tercero de mi casa, desocupado hacía tiempo—nos dijo el eminente Doctor Sánchez del Abrojo—una señora que me llamó la atención al encontrarla casualmente en la escalera. Nada tenía, á primera vista, de particular; ni era guapa ni fea, ni vieja ni joven; vestía de riguroso luto, y pasaba como una sombra, tímida y muda, acongojada por el sobrealiento de la subida. Lo que en ella me extrañó fue la palidez cadavérica de su rostro. Para formarse idea de un color semejante, hay que recordar las historias de vampiros que cuentan Edgardo Poe y otros escritores de la época romántica, y servirse de frases que pertenecen al lenguaje poético: hay que hablar de palidez sepulcral: sólo la muerte da un tono así á una faz humana.

El manto negro encuadraba y realzaba aquel rostro de cera, y en él observé una expresión peculiarísima, mezcla de dolor y de satisfacción,{168} de calina y de sufrimiento. Mi costumbre de ver enfermos me hizo comprender que allí no existía sólo un estado físico delatado por el color; reconocí las huellas de algún sacudimiento moral formidable, los estragos de una catástrofe ignorada; y penetrado de simpatía y respeto, saludé á mi vecina siempre que nos cruzábamos en la meseta, y la cedí el pasamanos con especial deferencia y apresuramiento cortés.

Transcurrió una quincena sin que la viese, hasta que un día, la criada de la pálida bajó á rogarme que visitase á su señora, encamada y enferma. Subí al tercero y encontré una vivienda pobre, limpia, glacial. Sin necesidad de tomar el pulso reconocí en mi nueva cliente los síntomas de la anemia profunda, cuando ya ataca los tejidos y produce desórdenes graves. Las piernas hinchadas, la extremada languidez, el no poder alzar los párpados, eran señales de que faltaba el jugo vital, licor precioso que reparte por todo el organismo energía y fuerza.

Cada quisque—prosiguió el médico, después de ligera pausa—tiene sus caprichos y sus goces. Otros coleccionan dijes, baratijas, cuadros, muebles, que avalora su belleza ó su rareza; yo—no por caridad, ni por filantropía; por tema, por mi carácter tozudo—colecciono vidas; junto resurrecciones… Es para mí deleite refinado arrancar á la nada su presa… Me complazco en saber que gracias á mí andan por la calle más de un centenar de personas que ya tenían ganado el puesto en la Sacramental.—Ver á la pálida y prometerme enriquecer con ella mi colección,{169} fue todo uno. Déjense ustedes—añadió atajando nuestras manifestaciones—de elogios que no merezco… Créanme. ¡Si me conoceré yo! Los que nacen para Tenorios se desviven por una más en la lista. ¿Se figuran ustedes que en el fondo hay gran diferencia? No tengo veta de Tenorio, pero soy otro como él, que reune y archiva en la memoria emociones de un género dado. ¿Amor á la humanidad? ¡Quiá! Odio al sepulturero, ¡que no es lo mismo!…

Explicado así, comprenderán que no hay que alabarme tampoco por lo que hice para ampliar y reforzar mi catálogo. La anemia se cura, más que con medicinas, con alimentos y reconstituyentes. La señora no podía costear ciertos manjares, substancia de carne, v. gr.; como yo deseaba hacerla revivir, puse los medios, y la cosa marchó bien. Todavía está descolorida; no creo que llegue nunca á preciarse de frescachona; pero ya no sugiere ideas de vampirismo… Y no vendría á cuento que yo hablase de esta curación, menos difícil que otras, si no me hubiese proporcionado ocasión de saber la historia de la tremenda palidez. Fue necesario, para que me la refiriese, todo el agradecimiento que la pobrecilla me cobró, no sé por qué, acompañándolo de una veneración y una confianza sin límites.

Era mi enferma una señorita bien nacida, y se había quedado sin padres, ni más amparo en el mundo que el de un hermano menor, empleado por influencia de un pariente poderoso en nuestras oficinas de Ultramar. El sueldo módico{170} sostenía mal á los dos hermanos; sospecho que ella trabajaba para fuera; con todo eso, pasaban suma estrechez. Nació de aquí el deseo de un traslado á Filipinas: la hermana siguió al único sér á quien amaba, y se establecieron en uno de esos poblados, de barracas de bambú, perdidos en el océano de verdor del hermoso Archipiélago que ya no nos pertenece.

Abreviando detalles de los años que allí residieron en paz, diré que la sublevación al pronto no les asustó; creían inofensivos á aquellos adormilados y obedientes indígenas, y les parecía seguro reducirles, con sólo alzar la voz en lengua castellana, á la sumisión y al inveterado respeto. Disipóse su error al cercar el poblado hordas diabólicamente feroces, que lanzaban gritos horrendos y esgrimían el bolo y el campilán. Defendióse con valor de guerrillero el fraile párroco, refugiado en la iglesia, realizando proezas que no pasarán á la historia; ayudóle como pudo el empleado: cedieron al número; quedó el fraile acuchillado allí mismo; al empleado le cogieron vivo, y á su hermana la llevaron arrastra á una choza donde el vencedor cabecilla tagalo—poco importa su nombre—tenía su cuartel general. La española se arrojó á sus pies llorando, implorando el perdón del hermano con acentos desgarradores. La cara amarillenta del cabecilla no se alteró: expresaba la frialdad inerte de la raza, y se creería que era de madera de boj, á no brillar en ella la chispa de los oblicuos ojuelos de azabache. En{171} el semblante impasible leyó la señorita, enloquecida de horror, la sentencia del hermano adorado; y besando los pies del cabecilla, le ofreció «su sangre por la de él». «Se admite», contestó de pronto el amarillo. «La sangre de él no correrrá. Que sangren a ésta.»

La sangría—estremece decirlo—duró… una semana.—Cada mañanita, en una escudilla de coco, recogían la sangre de la desdichada, que caía después al suelo en mortal desmayo. Desde el quinto día, la debilidad la produjo una especie de delirio; creíase á bordo del barco que la conducía á España, libre y feliz, al lado de su hermano; escuchaba el ruido del mar, batiendo los costados del buque, y notaba—efectos del vértigo—el ir y venir de las olas, el balance y cuchareo de la embarcación, el soplo del viento, la humareda que la chimenea lanzaba. Tan pronto su alucinación la mostraba una bandada de tiburones, como un asalto de piraguas llenas de indígenas; ya exhalaba chillidos porque ardía el barco, ya oía silbar las balas de los cañones y veía que el gran trasatlántico, partido en dos, hundíase en el abismo. Al amanecer del octavo día—último de su suplicio según le habían anunciado—cuando ya la vena del brazo, exhausta, sólo gota á gota soltaba su jugo, y el corazón desfallecía próximo al colapso mortal—en un momento lúcido, ó acaso de fiebre, se le apareció España, sus costas, su tierra amada, clemente; y creyendo besarla, pegó la boca al suelo de la cabaña, donde yacía sobre petates viejos, medio desnuda, agonizando, devorada{172} por sed horrible, clamor de las secas venas sin jugo…

La misma tarde cerró sobre el poblado una columna de infantería española é indígena, poniendo en fuga á los insurrectos y libertando á los prisioneros y heridos. Atendieron á la infeliz, reanimándola un poco á fuerza de cuidados. Lo primero que pidió la exangüe fue á su hermano; quisieron ocultarle la verdad, pero la adivinó: el castila colgaba de un árbol corpulento… El cabecilla había cumplido su palabra, no sacándole gota de sangre de las venas…

Entre los que escuchaban á Sánchez del Abrojo siempre, contábase el pintor modernista Blanco Espino, á caza de asuntos simbólicos… Batió palmas con entusiasmo.

—Voy á hacer un estudio de la cabeza de esa señora. La rodeo de claveles rojos y amarillos, la doy un fondo de incendio… escribo debajo «La exangüe…», y así salimos de la sempiterna matrona con el inevitable león, que representa á España!{173}

LA ARMADURA
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No se hablaba más que de aquel baile, un acontecimiento de la vida social madrileña. La antojadiza y fastuosa señora de Cardona había exigido que no sólo la juventud, sino la gente machucha; no sólo las damas, sino los caballeros, todas y todos, en fin, asistiesen de traje. «No hay—repetía Mad. Insausti—más excepción que el Nuncio… y eso porque va de traje siempre.»

Prohibido salir del apuro con habilidades, como narices, girasoles eléctricos en el ojal, pelucas ó trajes de colores. Obligatorio el traje completo, característico, histórico ó legendario.

Se murmuró, naturalmente, de la Cardona (con los sayos que la cortaron podrían vestirse los concurrentes á la fiesta); se la puso un nuevo apodo: Villaverde… Pero, entre dentellada y dentellada, la gente consultó grabados y figurines, visitó museos, escribió á París, volvió locos á sastres y modistas… y las caras más{174} largas no fueron debidas á la sangría del bolsillo, sino á omisiones en la lista de invitados.

Quien estaba bien tranquilo era el joven duque de Lanzafuerte. Al preguntarle Perico Gonzalvo de qué pensaba ir, triunfante sonrisa dilató sus labios. «Voy de abuelo de mí mismo. Ya verás mi martingala», añadió satisfecho.

Y es que—en confianza—gastos extraordinarios no le convenían al duque. Estoy por decir que ni ordinarios. Embrolladísimos andaban los asuntos de la casa, y gracias que el padre del duque se había muerto á tiempo; que si dura dos añitos más… En fin, se salió adelante, por la puerta ó por la ventana… Por la ventana sobre todo. Se vendían cortijos, cuadros de mérito, literas, tapices… Quedaban aún, testimonio de la grandeza pasada, algunas antiguallas preciosas, y entre ellas una armadura completa de un paladín compañero de Carlos V. En esta armadura, arrinconada en una especie de leonera, se había fijado el duque, haciéndola limpiar de orín, y al aparecer limpia vió que era objeto digno de la Armería, muy semejante—y quizás de la misma mano—al célebre arnés de parada y guerra del Emperador, conocido por «el de los mascarones». Igual labor milanesa, finísima, de ataujia de oro y plata, igual empavonado…

A conocerse, hubiese sido cebo de anticuarios y envidia de coleccionistas. ¿Qué mejor disfraz? ¿Qué cosa más propia de máscaras? Sin gastos ni cavilaciones, Lanzafuerte sería el rey de la fiesta.{175}

Dicho y hecho. Dos horas antes de la solemne de entrar en el baile, estaba el duque abierto de brazos y esparrancado de piernas, dejándose abrochar piezas de la armadura. Fue especialmente arduo el ajuste del peto y espaldar; se habían olvidado las correas con su hebillaje. Terminada la difícil obra, se miró el duque en un espejo de cuerpo entero y no se reconoció. Afeitado el bigote; cayendo á ambos lados del rostro las melenas de la peluca—era un retrato antiguo bajado del lienzo. La apostura arrogante; la boca desdeñosa; el diseño de las facciones viril y adamado á un tiempo,—convertían al duque en doncel, y la raza hirvió en su sangre, causándole la nostalgia de la edad heroica. «¡Si nazco entonces!» murmuró con orgullo. «¡Pero ahora… claro! No hay medio…» Aumentaba su engreimiento el que la armadura le venía un poco estrecha. «Soy más hombre que el paladín…»

Al bajar las escaleras sus ideas tomaron otro giro. Si no le ayudan los criados, de cabeza al portal. Y precauciones infinitas para meterse en el coche, para sentarse, para salir, para subir á la regia morada de Cardona, por peldaños de mármol, entre doble fila de lacayos empolvados, de azul librea y calzón corto. En cambio, la entrada, de sorprendente efecto. Destacándose sobre los trajes, que al fin eran disfraces de relumbrón, la armadura se imponía por el arte, por la verdad, por la seriedad y la extrañeza. Un guerrero se alzaba del sepulcro; una estatua yacente se había incorporado.{176} Como animada figura debida al cincel de Pompeyo Leoni, avanzaba el duque, levantando á su paso murmullos de admiración. Los inteligentes tasaban aquel noble despojo y lo valuaban en cifras sonoras, con el impudor del hábito de que todo se venda. Los artistas, transportados, clamaban elogios. Los preciados de eruditos recordaban timbres de la casa de Lanzafuerte, y una vez más desfilaba la clásica lista de nuestros triunfos: San Quintín, Pavía, Orán, Cerinola. Y el choque del acero, al andar el duque, tenía un eco romántico, algo parecido al son de los escudos en la cabalgada wagneriana. Sólo una voz burlona, casi en la misma cara de Lanzafuerte, pronunció: «Se ha disfrazado de héroe para que no le conozca ni su madre…»

Por fin la maravillosa armadura se confundió entre el bullicio del baile, en un remolino de zíngaros, andaluces, gigerls, marquesas Luis XV, rosas, libélulas y japonesitas de cejas pintadas. El paladín de Carlos V empezaba á notar indefinible molestia, que fue acentuándose, convirtiéndose en declarada fatiga.

No podía dudarlo: le pesaba y le apretaba la maldita armadura… ¡Qué idea, haberse metido en semejante caparazón! Ni poder bailar, ni siquiera estar de pie… ¿Sentarse? ¿Y cómo? ¿Que á lo mejor saltasen las escarcelas y se quedase allí en calzón de punto? Imposible… Un sudor de angustia humedeció sus sienes. Irse era exponerse á la chacota… Por fatalidad, la bella Inés Puenteancha vino á rogarle que hiciese vis en{177} un rigodón. ¿Rigodón? ¿Andar, volverse, inclinarse? Lanzafuerte, acongojado, se excusó lo mejor que supo… Pidió en el comedor un vaso de ponche helado y experimentó momentáneo alivio. La Puenteancha le preguntó risueña si estaba malo. «No es nada… calor…» Y á manera de quien huye, pálido, escalofriado, se escabulló á la serre, casi desierta, y con paso trabajoso se dirigió á la antesala. Los lacayos le socorrieron, le bajaron en vilo, avisaron á un coche. Dentro cayó el guerrero, produciendo temeroso ruido. ¡Uff! ¡Por fin! En casa le arrancarían la horrible armadura.

—¡Fuera todo esto, fuera!—gritó cuando estuvo en manos de sus servidores, que se miraban sorprendidos y descontentos… ¡Ellos que se prometían una noche de libertad! Y además… ¡qué compromiso!

—¡Fuera todo, volando!—repetía el duque, abriendo los brazos otra vez, esparrancando las piernas.

Quitáronle gola, escarcelas, quijotes, grevas, brazales, cubos, guanteletes… Al llegar á la coraza, se pararon.

—¿Qué aguardáis?—interrogó furioso.—¡Si esto es lo que más me oprime!

El ayuda de cámara, tartamudeando, se disculpó. ¿No se acordaba el señor duque? Su coraza, por faltarla el hebillaje y correas, estaba soldada á fuego.

—¡A fuego! ¡Es verdad! ¡Maldita sea! ¡Volando!… ¡El armero!… ¡Ya estáis aquí con él!

Nuevas excusas. Confusión. ¡El armero! Si{178} el señor duque lo deseaba irían… pero inútil buscar á nadie, á la una de la noche del Domingo de Carnaval. Hasta la mañana siguiente…

Ante una orden á rajatabla salieron á caza del armero, con la convicción de no encontrarle, y quedóse el duque embutido en la coraza, echado sobre la cama, sin poderse revolver, ni resollar. La opresión de su pecho, la sensación de asfixia, eran ya tormento insufrible. Y pasaban las horas de la noche con cruel lentitud, y comprimía sus pulmones, hasta ahogarle, una mano de plomo. ¡Armadura odiosa! ¡Cuánto daría el descendiente de los paladines por verse libre de ella, por tenerla colgada en la pared, en panoplia decorativa, luciendo sus labores riquísimas, sus figuras paganas del más puro Renacimiento! ¡En la pared, sí; en el pecho, no! ¿Qué sugestión diabólica había sido aquella? Incrustarse en el molde de otros siglos… ¡y no poder salir! Sentir sobre un costillaje débil, sobre un corazón sin energía, la cáscara del heroísmo antiguo… ¡y no romperla! ¡Prisionero en una armadura! El golpe de sus arterias remedaba el trotar de bridones; el zumbido de la sangre era el fragor de la batalla…

—Así verás que no es tan fácil disfrazarse de abuelo de sí mismo—dijo soltando la carcajada Perico Gonzalvo, que, según costumbre, subió á casa de su amigo al retirarse del baile, y penetró en la alcoba de Lanzafuerte tocando una trompeta de cotillón, toda guarnecida de cascabelitos dorados. ¿Parecerse á la gente de entonces? ¡Hombre! Ni en guasa…{179}

Y como Lanzafuerte gimiese medio muerto (ya ni respirar podía), añadió el gomoso:

—¿Sabes qué me ocurre? España está como tú… metida en los moldes del pasado, y muriéndose porque ni cabe en ellos ni los puede soltar… Bonito simbolismo, ¿eh? Vaya, voy en persona á traerte alguien que te libre de ese embeleco… Porque ¡si esperas á los criados!…

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EL TORREÓN DE LA ESPERANZA
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¿Conocéis por tradiciones y descripciones el torreón fatídico desde cuya plataforma la infeliz Isaura, séptima esposa de Barba Azul, aguardó con sudores de agonía á sus hermanos, que venían á libertarla de la muerte? Aferrada á una almena como si ya se defendiese instintivamente del cuchillo, Isaura, con el rostro del color de la cera y el cuerpo tembloroso, no tenía ánimos ni para seguir avizorando el horizonte. Su esposo y verdugo, después de sorprender la delatora mancha de sangre en la llave del terrible gabinete, mandó á Isaura subir á lo más alto de la torre para encomendarse á Dios, advirtiéndola que de allí á media hora, sin remisión, iría á degollarla. Isaura, flaqueándole las piernas, nublados por el miedo los ojos, sólo acertaba á preguntar de minuto en minuto, con voz á cada paso más apagada y desfallecida: «Hermana Ana, ¿no ves nada? ¿no viene nadie?» Y Ana, dolorosamente, respondía:{182} «Sólo veo la hierba que verdea y el camino que blanquea.» Cuando ya faltaban pocos instantes para cumplirse el plazo; cuando Isaura, crispadas las manos, se agarraba á las piedras creyendo sentir en la garganta el frío del cuchillo, Ana exhaló un grito loco, delirante: «¡Allí vienen, allí vienen!» y disipada la nube de polvo que arremolinaba el galope de los corceles, Isaura reconoció á los paladines que volaban á salvarla…

Mucho se ha escrito y discutido acerca del torreón de Barba Azul. La opinión más general es que yace en ruinas, y que si los medrosos subterráneos, con sus mazmorras y pozos donde aparecen aún hoy, al excavar y registrar, huesos y calaveras humanas, se conservan intactos, el torreón de la Esperanza se vino á tierra.—Mejor informada, puedo asegurar que el torreón existe.—Es tan fuerte y sólido, sus piedras están tan bien trabadas, con cemento tan indestructible; su gorguera de elegantes almenas posee una resistencia tal, que ni las tormentas, ni la lluvia, ni el aire, ni siquiera el transcurso del tiempo y el abandono, han podido dar cuenta de él. Hay más todavía. No sólo no ha sufrido deterioro el torreón, sino que actualmente es visitado por innumerables peregrinos y viajeros de todos los países del mundo, que acuden allí como en romería, atraídos por la leyenda. Esta asegura que encaramándose al torreón de la Esperanza y aguardando con paciencia—sin dejar de implorar el auxilio del cielo,—cada cual acaba por ver venir, alzando{183} la indispensable nube de polvo, una representación de su porvenir y su destino. Ya se adivina si estará concurrida la plataforma de la torre, y si los que se agarran á sus almenas—las mismas á que Isaura se abrazó en trance apretadísimo—sentirán latir el pecho de ansiedad, á veces de dolor, á veces de suprema alegría.

No hace mucho—esta noticia nos interesa especialmente—una caravana de viajeros españoles, como pasase cerca del torreón de la Esperanza, deseó subir á él. Antes de realizar la ascensión conferenciaron, y con la verbosa familiaridad y la espontánea franqueza que caracteriza á los españoles, se confiaron recíprocamente sus aspiraciones y hasta sus fantásticos sueños. Abrieron su corazón como se abre una puerta, de par en par, y resultó que existía entre sus anhelos afinidad y analogía extraña. Querían encaramarse al torreón de la Esperanza, porque, aburridos y hastiados de lo presente, sólo fiaban en las novedades que diese de sí lo futuro. Mostrábanse los peregrinos descontentos de cuanto existe, y andaban conformes en atribuir los males y decaimiento de España á los individuos que figuran á la cabeza de la nación. Sólo un ciego no vería la decadencia y lastimoso agotamiento de nuestros héroes. Sobre este tema había que oir á los peregrinos, oportunos, decidores y epigramáticos. Las flaquezas, las deficiencias, las torpezas y los yerros de las celebridades salieron á relucir con salsa de mostaza picante, con fuego{184} graneado de chistes y anécdotas. Quedaron allí las altas famas pulverizadas, las glorias disueltas y devoradas por el ácido corrosivo de una crítica mofadora. ¿Los estadistas? garduñas, vividores sin conciencia. ¿Los caudillos? cobardones, y por contera ineptos, sin el acierto instintivo del guerrillero ni la vasta estrategia del verdadero gran capitán. ¿Los artistas? imitadores misérrimos, que se traían del extranjero las ideas y hasta las formas, como las bailarinas se traen pantorrillas de algodón. ¿Los literatos? pobres diablos secos y vacíos hasta la médula de los huesos, y además, pesadísimos… «¡Lateros insufribles!» gritó uno de los peregrinos, que frisaría en los veintitrés años y lidiaba á la sazón con el tercero de Derecho. La frase resumió el debate; todos convinieron en que se estaba erigiendo una catedral de hojalata para que se riese la posteridad. Urgía refrescar, variar el personal; era llegado el instante de cambiar de baraja, estrenando una nueva, tersa, reluciente, no sobada ni fatigada del uso… ¡Vengan otros, los desconocidos, los ignorados genios que encierra en su seno la multitud anónima!—Por eso ardían los españoles en deseos de subir al torreón y divisar á lo lejos el remolino de polvo que anuncia la irrupción triunfante del porvenir…

A la mañana siguiente, al despuntar el día, trepando por las piedras, agarrándose á las matas de hiedra, valiéndose de escalas y de sogas, arañándose las manos, alcanzaron la plataforma, y reclinados en el parapeto y el almenaje,{185} consultaron ansiosos el horizonte.—Desde luego pudieron cerciorarse de la verdad histórico-topográfica que envuelve la conseja de Barba Azul. Arrancando de la calzada que conduce al puente levadizo del castillo, y prolongándose hasta perderse allá entre dos montañas casi difumadas en la lejanía, serpeaba por frescos prados la cinta de plata del camino. En lo más distante que de él podía percibirse clavaron los ojos los españoles, como los había clavado la despavorida Isaura; y repitiendo su pregunta con afán poco menor, preguntaban los cortos de vista á los que asestaban poderosos gemelos: «Qué, ¿nada? ¿No asoma nada aún?» Y los otros respondían: «Nada… Sólo se ve la hierba que verdea y el camino que blanquea.»

Pasaron horas y horas, y mis españoles quietos allí, catalejo en ristre, ó haciéndose pantallas y tubos con periódicos los que de anteojo carecían. El sol, que iba remontándose al cénit, picaba más de lo justo y quemaba las pupilas y derretía los sesos; la sed inflamaba los gaznates y el hambre pellizcaba los estómagos; pero la magia de la Esperanza, como un filtro, sostenía á los expedicionarios, impidiéndoles retirarse. Cerca ya de la hora meridiana, un privilegiado que poseía unos soberbios marinos exhaló chillido indescriptible. ¡Allá, allá, en lontananza remotísima, acababa de aparecer un punto blanco, el núcleo de un astro, la misteriosa nube de polvo!

Creyeron volverse locos los españoles. De{186} mano en mano pasaron los gemelos. ¡Sí, sí, allí estaba, creciendo, dilatándose, la nube! Pronto, roto el turbio velo, lograron distinguir lo que se acercaba. Era una lucida cohorte á caballo, una hueste espléndida, bizarramente engalanada y armada de punta en blanco, apercibida al combate. Ya se podían admirar el corbeteo de los fogosos bridones, ya el damasquinado de los arneses y cotas; ya gallardeaba el ondear de las plumas y el flotar de las bandas de colores; ya se distinguían las empresas de los pendones y el blasón de los escudos… Los de la plataforma, ebrios de entusiasmo, gritaban, vitoreaban, cabalgaban en las almenas á riesgo de estrellarse… Faltábales sólo ver las caras de los paladines: era una fatalidad: llevaban todos baja la visera del casco. ¡Grande, ardiente era el anhelo de conocer á los que cifraban el destino de la patria española!…

Un clamoreo inmenso, de nervioso entusiasmo, se alzó de la plataforma cuando, llegados al pie del puente levadizo, los héroes que venían alzaron la visera… Y otro clamor especial, de ironía y desencanto, siguió al primero.—Los de la hueste esperada, los de la hueste desconocida… no eran sino aquellos mismos, ¡vive Dios! aquellos que desde hacía años lidiaban, resistiendo los embates de la censura y las exigencias del descontento y del cansancio. Todos iguales, invariables, ya curtidos, ya veteranos… Los mismos caudillos, los mismos estadistas, los mismos artistas y literatos célebres… ¡Ni una cara nueva, vive Dios!—Y{187} los viajeros españoles, asaz mohinos, descendieron aprisa… A la noche se consolaron armando una tertulia, volviendo á pulverizar á los eternos héroes, y planeando, para el otoño próximo, otra subida al torreón de la Esperanza.

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EL PALACIO FRÍO
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¿Os acordáis de aquella princesa enferma, hija del rey de Magna, á quien curó como por ensalmo un viejo mostrándola cierto panorama muy lindo? Pues habéis de saber que á la vuelta de muchos años el cetro de Magna vino á recaer en un hijo de esta princesa, y este hijo, bajo el nombre de Basilio XXVII, reinó gloriosamente por espacio de más de un cuarto de siglo, persistiendo la huella de su paso por el trono en varios monumentos grandiosos y venerables, que estudian hoy los arqueólogos con particular interés, discutiendo si el estilo peculiar de tales construcciones es invención que exclusivamente pertenezca al vigesimoséptimo Basilio ó procede ya de la influencia de su madre y quizás se remonta hasta la de su abuelo. Punto es éste acerca del cual se han escrito doce voluminosos libros y cosa de sesenta monografías asaz doctas.—Lo que especialmente hizo darse de calabazadas á los sabios fueron{190} ciertas imponentes ruinas que la tradición popular llama del Palacio frío, sin que hasta hace poco tiempo se consiguiese averiguar el origen de tal nombre, que contrasta con el aspecto de lo que del edificio resta en pie.

En efecto; el palacio, del cual se conservan galerías, salones y estancias que decoran restos de ricas maderas y preciosos mármoles y jaspes, parece haber sido erigido por la madre de Basilio XXVII para asilo de un feliz amor conyugal; y su traza, su adorno, su carácter, en fin, son marcadamente amables y alegres, con la alegría de una dicha soberana, ostentosa y triunfante. El emplazamiento, su orientación al Mediodía, su situación en el punto más despejado y dominando la perspectiva más risueña, sobre la bahía y entre bosquecillos de naranjos, limoneros y granados siempre en flor, tampoco permitían inducir por qué hubo de ser llamado frío, nombre que parece delatar solemnidad y tristeza.—El enigma de semejante tradición llegó á preocupar al Dr. Herr Julius Tiefenlehrer, sabihondo catedrático alemán, que se propuso descifrarlo á toda costa. Con la cachaza del que no regatea tiempo, se instaló en las mismas ruinas, y araña de aquí, escarba de allí, rebusca por allá y escudriña por acullá, consiguió desenterrar, al pie de una columna, en la cripta bajo lo que fue salón del trono, un cofrecillo de hierro que contenía un rollo de manuscritos. A pique estuvo el Dr. Tiefenlehrer de volverse loco de júbilo con el inestimable descubrimiento; como que los manuscritos eran{191} nada menos que unas instrucciones muy prolijas, de puño y letra del mismo Basilio XXVII, y destinadas á sus herederos y sucesores, para adoctrinarles en la recta gobernación del Estado y en la conducta que debe seguir un monarca. Pero lo que sobre todo arrebató á Herr Julius al quinto cielo, fue que, por vía de ejemplo, Basilio refería allí con pormenores la historia del Palacio frío. Y nosotros, al traducirla del enorme volumen en lengua alemana en que el sabihondo la publicó, enriqueciéndola con toda especie de documentos, glosas, advertencias, referencias, notas, comentarios, planos y estudios comparativos con otras tradiciones de Magna y de los demás pueblos del mundo, la extractamos rápidamente y sólo damos en forma escueta el relato del extraño suceso por el cual se llamó frío el palacio de Basilio XXVII.

Es el caso que cuando el joven Basilio heredó la corona, hallóse en un estado de ánimo parecido al fervor de los que ingresan en una orden religiosa, y se dió á pensar cómo debía conducirse á fin de cumplir sus deberes y desempeñar á perfección la alta y ardua tarea que le señalaba el destino. Penetrado de la grandeza y hasta de la santidad de su cargo, pidió á Dios luz y fuerza para que su nombre pasase á la Historia con la aureola y el prestigio de los reyes que saben ejercer el poder sumo en provecho y honor de la patria. Sin embargo, tan excelentes intenciones se estrellaban contra una dificultad: el rey quería el bien, pero no sabía dónde estaba, ni en qué consistía, ni{192} cómo era preciso arreglárselas para descubrirlo.

Así las cosas, y mientras Basilio cavilaba en el modo de acertar, empezó á darse cuenta de un sorprendente fenómeno; y es que dentro de su palacio—aquel deleitoso palacio construído por una reina enamorada para albergue de la dicha, y enclavado en un oasis, en lo mejor de un país de clima naturalmente benigno,—hacía frío, mucho frío, un frío cruel. La sensación de este frío, al principio sutil y casi imperceptible, iba siendo á cada paso más fuerte y penetrante. Nadie dudará que el rey aplicó al punto los remedios que suelen emplearse contra el descenso de la temperatura; y el primero fue abrigarse, envolverse en ropas de invierno. Desde la hopalanda de enguatada seda hasta el manto de finas pieles de rata polar, colchón vivo que crea una atmósfera suave y tibia en torno del cuerpo; desde el casacón de terciopelo de media pulgada de alto hasta la funda de raso rehenchida de plumón de pato silvestre; desde la vedijosa zalea de cordero blanco hasta la gruesa manta lanuda, Basilio usó cuanto juzgó á propósito para entrar en calor, sin que se desvaneciese aquel frío singular, siempre más intenso. Desesperando ya del abrigo suyo, se dió prisa á calentar el palacio. De entonces procede la construcción de las suntuosas y amplias chimeneas que por todas partes lo decoran, y en las cuales noche y día se quemaba un monte entero de leña seca, levantando mil lenguas y jirones de llama. No se conocía en aquel tiempo{193} otro sistema de calefacción; pero sobraba para disipar cualquier frío natural y explicable en lo humano. No obstante, el frío continuó, arreció, redobló, invadiendo ya la médula del rey, que daba diente con diente á todas horas.

Cuando Basilio XXVII preguntaba á sus ministros y magnates y á los mil agradadores que bullen alrededor de los poderosos si sentían como él aquel extraño frío, le desesperaba oirles responder vagamente que sí, y al mismo tiempo verles andar á cuerpo y abanicarse, mientras él se encogía castañeteando los dientes. Notaron los áulicos la contrariedad del soberano, quisieron llevarle la corriente y fue muy gracioso verles fingir que también se helaban, vestidos de riguroso invierno y sudando como pollos. Y el joven rey, que tenía un espíritu sincero y leal, se indignó ante la comedia y miró á sus cortesanos con desprecio profundo al observar que en cosa tan evidente y palmaria le mentían y engañaban sin temor. Acometido de tristes recelos, pidiendo la verdad á la ciencia, Basilio llamó á un médico y le preguntó si el terrible frío que sólo él padecía sería debido á mortal enfermedad. Reflexionó el sabio, y después quiso saber si el rey notaba el mismo frío en todas partes. Abriendo una ventana, suplicó á Basilio que se asomase; y cuando éste pensó tiritar y morir helado, observó que, por el contrario, el aire exterior le calentaba y reanimaba mucho.

—La solución de este problema no depende de la Medicina—declaró el doctor.—V. M. no{194} está enfermo. No me consulte á mí, sino á su conciencia y á Dios, y pues aquí tiene frío y ahí no, salga, salga á todas horas; viva fuera de este palacio fatal.

Y Basilio salió, en efecto, huyendo de la espléndida morada en que se congelaba su sangre y los mármoles parecían témpanos, y los dorados, irisaciones del sol en las paredes de alguna nevera. Echóse á todas horas á la calle, gozando con delicia la suave temperatura,—y poco á poco fue tomándose interés en lo que le rodeaba y estudiando y conociendo lo que preocupaba y convenía á sus vasallos.—Vió con extrañeza que el mundo no era como sus cortesanos lo pintaban, y le pareció que se le barrían de los ojos unas telarañitas y que el cerebro se le despejaba y se le despabilaba el sentido. Mil cuestiones que no comprendía se le aparecieron claras, transparentes; conoció las necesidades, oyó las quejas, se asimiló las aspiraciones, hizo suyos los deseos y afanes del pueblo, y de tal modo se identificó á la vida de sus súbditos, que su corazón llegó á latir enteramente al unísono del gran corazón de la Patria, como si á los dos los regase la misma sangre y los dilatasen y contrajesen iguales alegrías y tristezas. Basilio estaba transportado; lo único que todavía le contrariaba era que, al retirarse á palacio, le acometía el frío otra vez. Y, en un momento de inspiración, se le ocurrió que, pues fuera hacía calor, quizás el palacio se templaría abriendo de par en par las puertas y las ventanas para que lo llenase el ambiente exterior, las ráfagas{195} de la calle y hasta la gente de la calle, la gente humilde. Dió, pues, la orden, y fueron franqueadas á los súbditos las puertas del regio alcázar. Y á medida que el pueblo, respetuoso y lleno de amor por su buen monarca, recorría las estancias magníficas, verificábase el portento: derretíase el hielo, el aire se hacía blando, templado; las avecillas de las pajareras cantaban, los tiestos florecían, reía el dulce hálito de la primavera.—Resuelto estaba el enigma. Basilio XXVII no volvió á tener frío en su palacio.

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EL TEMPLO
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Sucedía lo que voy á referir en los tiempos modernísimos de la China, séptimo siglo de nuestra era, reinando la emperatriz Vu. No incluyen los historiógrafos sinenses á esta dama en la lista de los soberanos, alegando que Vu era una usurpadora, ni más ni menos que la actual emperatriz, que tanto preocupa á la Europa culta.

Hija de un príncipe de Mingrelia, Vu fue llevada al gineceo de Tai-Sung con otras veinte doncellas nobles, encargadas de hacer el té y plegar, guardándolos en cajas de sándalo oriental, los ropajes de seda del emperador. La reconocieron los eunucos; se cercioraron de que tenía el aliento sano, la dentadura pareja y completa, el cuerpo puro y gentil, y sabía trazar con el pincel los caracteres complicados del alfabeto, rasguear la guitarra y recitar de memoria las enseñanzas de la literatura Pan-hoei-pan, que ordenan á la mujer ser en su casa nada más que un eco y una sombra. Seguros ya de que Vu merecía el honor de divertir al glorioso soberano, la vistieron de bordadas telas, la perfumaron con algalia, salpicaron de flores de{198} cerezo su negra cabellera, peinada en complicadas y relucientes cocas, y la presentaron á Tai-Sung. Este apenas la miró; altos designios, planes heroicos, sabias máximas ocupaban su mente. Estaba disponiendo las instrucciones que había de dar al príncipe heredero Kao-Sung, entre las cuales figuraba este consejo: «Reina sobre ti mismo y sujeta tus pasiones.» Y el príncipe heredero—asomado al balconcillo de un pabellón de bambú que adornaban placas de esmalte y cuyo techo escamoso guarnecían campanillitas de plata,—vió pasar á la nueva esclava de su padre y la codició en su corazón de un modo insensato.

Un mes más tarde, el emperador bebía una taza de té servida por Vu, y disuelta en la rubia efusión, fuerte dosis de opio ofrecía al mortal reposo eterno. Después del solemne entierro del ilustre guerrero y legislador, Kao-Sung repudió á sus legítimas esposas, emperatrices del Poniente y del Levante, y sentó á su lado, en el trono, á Vu, dándola el título nuevo é inaudito de reina celestial.

Jamás se había cometido tan grave y escandalosa acción. La piedad filial es la virtud china por excelencia, y Confucio dice en el Y-King ó Libro de los libros que el padre es al hijo lo que el sol al mundo. Pero habían pasado los tiempos en que el prestigio de la ley podía más que el respeto al Monarca, y nadie se atrevió á chistar. Solamente un literato—en aquel país los literatos llevaban la voz de la conciencia pública—tuvo valor para anunciar á Kao-Sung{199} que los Espíritus ó manes de los antepasados tomarían venganza de la ofensa; por lo cual el literato fue esmeradamente cortado en diez mil pedacitos, suplicio que se reserva á los grandes culpables.

Sin duda los Espíritus quisieron dejar bien al literato, pues Kao-Sung murió pronto, consumido por el incendio de sus venas, por el amor desesperado y loco. Sucedíale su hijo Shun-Sung; pero á los pocos días la emperatriz le hizo sorprender en su lecho y trasladar en palanquín á una fortaleza fronteriza, de las que defendían la Gran Muralla. Y apoderándose del trono, dió rienda suelta á su soberbia infinita. Mandó construir un palacio desmesurado, y en él reunió servidumbre innumerable, entre la cual había bailarinas, atletas, astrólogos, arqueros muy diestros y palafreneros tártaros de suma habilidad. Todas las noches los jardines se iluminaban con millares de farolillos, y barcas empavesadas, de figura de dragones ó cisnes, llenas de músicos, con mesas dispuestas para el banquete, recorrían los estanques y lagos; en la más suntuosa de las embarcaciones, la emperatriz, rodeada de su corte, se entregaba á los delirios de la orgía. Hasta tuvo el capricho de hacer un lago de vino rojo y ver cómo se bañaban en él, ebrios ya, los cortesanos. En medio de su desatinada vida, Vu pensaba en agrandar su Imperio, y veteranos generales consiguieron para sus armas brillantes victorias. Los literatos, no queriendo ser aserrados ó cortados en diez mil trozos, cantaban la gloria de{200} la excelsa Vu, y el Imperio entero, postrado á sus casi invisibles pies, la reverenciaba acobardado, pues las proscripciones habían hecho oscilar, al extremo de un bambú corvo, muchas y muy ilustres cabezas.

Cualquiera pensaría que Vu, en tal esplendor de triunfo, no envidiaba á nadie en la tierra. Y sin embargo, á los tres años de reinar, dió marcadas señales de cansancio y hasta de melancolía, por lo cual los médicos y astrólogos de palacio no sabían á qué santo encomendarse, pues la Emperatriz, encerrada en sus habitaciones, se negaba á ver á nadie, y hasta hubo días en que rehusaba el alimento. Mil versiones corrían acerca del padecimiento incomprensible de la Emperatriz,—y es que nadie podía sospechar que Vu, la ambiciosa, la caprichosa, estaba perdidamente enamorada de un joven bonzo, sacerdote de Fo (á quien en la India llaman el Buda).

Ni toda la ciencia del gran Confucio y de Lao-Seu, el filósofo de las blancas cejas, alcanzaría á explicar la secreta razón del enamoramiento y del sufrimiento de la Emperatriz. Así como se habían reclinado en los cojines de seda de su gabinete los esculturales hijos de Corea ó Kaolín (la tierra cuyo barro sirvió al Espíritu para modelar al primer hombre), los indianos del Himalaya, de negros ojos de gacela y dorada piel; los siberianos, de azules pupilas, y los montañeses Kirguizos, de arrogante apostura, nada más fácil para la celeste Emperatriz que prender al joven bonzo Hoay y encerrarle{201} allí, entre jardines de arbustos enanos en flor, que convidan á la molicie. Mas no era eso lo que Vu deseaba. Había visto al bonzo en ocasión de hallarse ella pescando en un estanquito peces de colores. Al tirar de la cuerda y sacar un plateado ciprino de aletas de carmín, el budista, que pasaba con los ojos bajos, había alzado la voz, exclamando severamente: «Mujer, ¿por qué haces daño á los seres vivos é inofensivos? Si quieres saciar tu crueldad, clávame el anzuelo á mí.» Y desde aquel instante, Vu veía siempre el grave rostro, la mirada intensa, de fuego, la figura penitente del bonzo Hoay; y en memoria suya, á ningún sér viviente se hacía mal en el inmenso palacio. Vu comía frutas confitadas, legumbres cocidas, y las aves anidaban pacíficamente en el imbricado reborde de los pabellones de recreo.

Un día, ya desesperada, sintiendo que la tristeza la consumía hasta la médula de los huesos, Vu se hizo conducir al monasterio donde habitaba el bonzo, y arrojándose á sus pies, sin orgullo ni alarde de poderío, le explicó su mal y le pidió el remedio. «Yo sanaré si tú me guías; yo sanaré si tú estás á mi lado.» Hoay levantó del suelo á la Emperatriz celeste, y con palabras fraternales la calmó: «Empieza—la dijo—por elevar un templo á la Luz y otro al Cielo…, y después llámame.» Vu erigió dos templos altísimos, que agotaron su tesoro; terminadas las obras, avisó al bonzo, el cual acudió, y, armado de una antorcha, incendió los maravillosos edificios. No quedó de ellos más{202} que ceniza. Después dijo á la consternada Emperatriz: «Ahora, mujer, eleva un templo más alto, más alto, dentro de ti, en tu corazón, al Cielo y á la Luz… y cuando esté erigido vuélveme á llamar.» Vu ignoraba cómo arreglárselas para elevar un templo dentro de su corazón; no obstante, por instinto del querer—instinto infalible,—adoptó vida distinta de la anterior: abrió las prisiones, prohibió los suplicios, rebajó los impuestos, oyó las quejas justas, dió premios á la piedad filial, amparó la agricultura, y en su palacio estableció tal moralidad, que podrían ser de vidrio las paredes. El bonzo, satisfecho, venía á visitarla todas las tardes, y cogidos de las manos, apaciblemente, conversaban sobre las cuatro virtudes sublimes y la liberación de la bienaventuranza final. Vu era dichosa como en su vida lo había sido.

Sin embargo, los veteranos generales, los eunucos directores de las fiestas, los panzudos mandarines y hasta los literatos, envidiosos de la privanza de Hoay, al ver que ya no se ordenaban suplicios, conspiraron. Y Vu, aquella Emperatriz que (según el dicho del historiador Padre Amiot) emprendió y ejecutó impunemente las cosas más extraordinarias y más opuestas al criterio y costumbres de la China, fue sorprendida en su pabellón y secretamente estrangulada, en castigo de haber concebido un amor diferente de otros amores, y de haber, á impulsos de ese extraño sentimiento, elevado en su corazón un templo muy alto al Cielo y á la Luz.{203}

EL MILAGRO DE LA DIOSA DURGA
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La historia religiosa y la civil y militar se encuentran tan íntimamente enlazadas en los pueblos antiguos de la India, que ni la crítica intenta separarlas; los textos históricos se hallan en los libros sagrados; las mismas epopeyas tienen carácter teológico, y obra son de bramanes ó sacerdotes. En una epopeya de las más difusas encuentro el relato del hecho sobrenatural que vais á leer, si lo leéis, y á meditar, si gustáis. De mí sé decir que me dejó buen rato pensativa.

La ciudad y estados de Kapala, florecientes bajo los reyes de la casa de Dapatamali, decayeron poco á poco de su antiguo esplendor, y en plazo relativamente corto vinieron á ser invadidos y sometidos por sus constantes enemigos los de Kamurti. Tributos onerosos, vejámenes intolerables, humillaciones continuas, las leyes y las instituciones, el comercio y la agricultura de Kapala sometidos á la fiscalización{204} y á la avidez codiciosa del enemigo, todo esto tuvieron los kapaleños que sufrir y llevarlo en paciencia, pues al soberbio vencedor le parecía harto haberles dejado la vida salva. Es verdad que cuando aconteció á Kapala tal desventura, ya estaba muy abatida y desbaratada por culpa de la mala administración, rapacidad y desmanes de los exactores, y de infinitos vicios que se habían ido arraigando en su constitución y enfermándola, hasta producir una atonía que hizo á los kapaleños indiferentes á su propio decaimiento y vergüenza.

Como si todas las manifestaciones del espíritu se agotasen á la vez en Kapala, cayó también en olvido la religión, y quedó abandonado el maravilloso templo de la diosa Durga, emplazado al pie de la montaña de Sindoro, que es el Olimpo javanés, residencia favorita de los inmortales. Y se necesitaba que Kapala hubiese descendido tanto para que yaciese desierta la sacra montaña, poblada de arbustos en flor, regada por ríos y manantiales de deleitosa frescura, en cuyos remansos abrían los lotos azules, blancos y rosados, sus redondas y geométricas corolas; la montaña poblada de lindas apsaras (las ninfas de la mitología indostánica) y de aves canoras y dulces, cuyos gorjeos hacen insensible el transcurso de las horas, de los años y hasta de los siglos.—En la vertiente de la montaña alzábase la mole del templo de Durga, cuyas imponentes ruinas son aún hoy asombro de arqueólogos y viajeros. Salvada la puerta, lo primero que se divisa es la efigie colosal{205} de la diosa, de aspecto venerando. Bajos los ojos como en misterioso éxtasis, y cubierta la cabeza por la alta mitra, en cuyo centro refulge enorme esmeralda; apoyados los pies en el lomo del toro Nandi, Durga tiende sus ocho brazos, y en cada uno de ellos lleva un atributo de sus enseñanzas y doctrinas. El primero empuña la cola de un búfalo, emblema de la agricultura; el segundo una espada, que significa el heroísmo; el tercero el vaso sagrado, símbolo de la religión; el cuarto la maza, representación del vigor y la fuerza; el quinto la luna, imagen de la sabiduría; el sexto el escudo, que aconseja prudencia y ánimos para defenderse; el séptimo el estandarte, que es la ley, y finalmente, el octavo agarra, con brío y violencia los cabellos del muñeco Maikasur, personificación del vicio, ordenando así la diosa que no se omita el castigo de los culpables, tan necesario para ejemplo y escarmiento en las bien ordenadas repúblicas. Dentro no faltaban otras efigies de Durga, y se adoraban las de Siva y Ganesa.—Pena infundía ver el magnífico templo sin sacerdotes ni acólitos, vacío y mudo, invadido por las plantas parásitas que se agarran á la piedra y consuman su destrucción.

Aparte de las aves y de los reptiles, no quedaba dentro del santuario de Durga más sér viviente que un anciano solitario. Es verdad que valía por cien bramanes: la austeridad increíble de sus mortificaciones, que le habían desecado el cuerpo y consumido y destuetanado{206} hasta los huesos, le tenían hecho una momia, pero tan comunicado con la esfera superior de Brama, que cuantas veces hincaba en el suelo su báculo, el seco tronco brotaba rama y flor, y que, sin sentirlo, á ratos se elevaba de tierra siete codos el penitente, con otros prodigios que despacio refiere la epopeya. La fama del santísimo Majamí, tal era su nombre, empezó á divulgarse, y llegando á oídos de tres kapaleños que no podían resignarse al triste estado presente de su nación, resolvieron peregrinar al santuario de Durga y pedir á Majamí consejo y á la diosa intervención eficaz.

Pertenecían estos tres últimos kapaleños patriotas á la casta de los chatrias ó guerreros, que forma, después de los bramanes ó sacerdotes, la primer aristocracia de la India. Bien montados y llevando ofrendas para la deidad, se encaminaron á Sindoro al rayar la mañana, y salvando la odorífera selva y los lagos deliciosos, no tardaron en avistar las galerías de arcadas y las innumerables cupulillas del vasto templo. Pasaron, sobrecogidos de religioso pavor, bajo la enorme puerta de entrada, en cuyas jambas hacen la guardia dos colosos armados de sendas porras; y dentro del patio, al pie de la estatua de la diosa, cruzado de piernas y mirándose al sitio en que debía estar el vientre,—la posición en que suelen representar á los Budas,—calcinándose bajo un sol de fuego, hecho un pedazo de yesca ó un tronco que abrasó el estío, vieron al santo Majamí, tan quieto, que un pájaro se había posado en su cráneo{207} y sólo voló al ver aparecer á los tres chatrias.

—Grande y venerable asceta—dijo el que llevaba la palabra,—hemos venido á turbar tu quietud y á interrumpir las místicas meditaciones que te ponen en contacto con las esferas divinas, para rogarte que te acuerdes del daño, desastre y acabamiento de nuestras comarcas y reino de Kapala, y ejercites el formidable poderío que te otorga tu santidad para obtener de la diosa Durga, en otro tiempo tan propicia á los kapaleños, que nos restaure. Únicamente Durga puede hacer un milagro que nos saque del abismo. Concentra tu voluntad, y obtén de la diosa el favor que solicitamos.

Permanecía Majamí como si fuese labrado en piedra. Los chatrias, respetando su inmovilidad, se prosternaron y adoraron á Durga, admirando los atributos de sus ocho brazos y la esmeralda que en su mitra resplandecía como una esperanza dulce. Entonces, con imponente lentitud, los blancos ojos del solitario giraron en sus órbitas; su boca quemada y negruzca se abrió solemnemente; su esternón, en que se contaban las costillas apenas sujetas por la piel, jadeó para recobrar el ritmo de la respiración olvidada; y al fin, con voz discorde y cavernosa, como el chirrido de una puerta de oxidados goznes, murmuró gravemente:

—Contemplad ¡oh chatrias! los atributos de la diosa. ¡Ellos os dirán cómo se hacen los milagros!

No les contentó la respuesta, é insistieron. El gran Majamí podía solicitar de Durga milagrosa{208} intervención: ¡el poder de la diosa era tan infinito! Entonces el penitente, levantándose con trabajo, y renqueando y vacilando sobre sus canillas huesosas, registró bajo el zócalo de la estatua y sacó un pez muerto, ó mejor dicho, un pez seco ya, de tonos metálicos, momificado como el propio Majamí—un pez que parecía de estaño y cobre,—y se lo tendió á los chatrias, que no pudiendo comprender el sentido de tan raro presente, sin replicar lo tomaron.

—Durga os manda alimentaros de ese pez,—declaró Majamí.—Al sestear en la montaña lo asaréis… y el pez os dirá cómo se hacen los milagros.

Asaz mohínos se despidieron los tres kapaleños patriotas, comentando el regalo del pez y conviniendo en que Durga, airada ó indiferente, no quería socorrer á Kapala. Con todo, á la primer parada bajo un grupo de limoneros y tamarindos, dócilmente encendieron una hoguera y arrimaron á la brasa el pez. Y, al caer sobre las ascuas, el pez empezó á hincharse, á esponjarse; sus metálicas escamas se hicieron flexibles; al cabo de pocos instantes, sus aletas se abrieron, se coloreó de rojo su abierta boca, palpitaron sus branquias, y ¡oh prodigio de Durga! el pez, de un brinco, saltó de la llama á la hierba, fresco, vivo, coleando.

—Durga nos manda imitar á ese pez—exclamó el primer chatria.—He comprendido, hermanos míos. ¡Resucitemos!{209}

ENTRE RAZAS
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Al admirar la colección de objetos de arte de mi amigo el conde de Boltaña, me llamó la atención uno que no descollaba por su mérito, pero que decía á mi alma cosas muy expresivas. Era la efigie—de talla, con ropaje dorado y estofado—de San Benito de Palermo. La negra faz del Santo, su testa de cabellera lanuda, se destacaban con singular energía sobre las ricas vestiduras sacerdotales. Notando el interés con que yo miraba la estatuilla, me advirtió el conde:

—Esa escultura es de lo más flojo que hay aquí.

—Pero encarna una idea—respondí al punto.—Encarna la idea tan esencialmente democrática del Catolicismo. Es la apoteosis de la igualdad humana; reprueba la división en razas superiores é inferiores que estableció el paganismo. Por eso me conmueve el santito negro, que{210} estará ahora bañándose en la blanca luz celestial.

—Si yo le refiriese á usted—exclamó el conde—cuándo y en compañía de quién adquirí esa talla y lo que después ocurrió, tal vez pensaría usted que á fines de nuestro siglo la civilización vuelve al cauce pagano, restaurando la desigualdad basada en la fuerza material… y que pierde terreno, en los pueblos directivos, la noción del derecho.

Y como yo insistiese en conocer sin tardanza la historia de la compra del San Benito, nos sentamos en cómodos y vetustos sillones de badana cordobesa, y el conde habló así:

—Ha de saber usted que hace años, un primo mío, cónsul en Baltimore, me recomendó á cierto norteamericano que venía á recorrer las principales ciudades de España y proyectaba detenerse en Madrid cosa de un mes. Con la hospitalaria cortesía de que nos preciamos los españoles, sacrificando tiempo y dinero, me dediqué á acompañar y obsequiar al yanqui, llevándole adonde mostraba deseos de ir: á las casas de los anticuarios y también á los cafés flamencos y teatrillos de mala muerte, con todas sus consecuencias. Para que usted se explique éstas al parecer contradictorias aficiones de mi extranjero, habré de retratarle en cuatro rasgos. Podría tener de veintiséis á treinta años de edad; era alto, anguloso, como tallado á hachazos; y el contraste de su figura consistía en aquel corpachón de boxeador y púgil terminado por una cara imberbe, rasa, de{211} ojos incoloros y fríos, de boca femenil. Llevaba el pelo muy recortado, y al sol su cabeza parecía bola de oro pálido; en suma, la facha de un clergyman, y desmintiendo el tipo clerical y beatífico, una fisiología poderosa. Su carácter era poco expansivo, con súbitos arrebatos de voluntariosos antojos; y noté fácilmente cómo en las tiendas de antigüedades pasaba de la glacial indiferencia al violento deseo, determinado, no por la belleza de un objeto, sino por su alto precio ó su rareza. «Dentro de poco—solía decir en regular castellano al sacar la cartera atestada de billetes—tendremos allá lo mejor de la vieja Europa.» Compraba lo mismo que quien roba, y sin mirar sus adquisiciones segunda vez, las encajonaba y expedía. Lo único que despertaba en él una emoción parecida al respeto, eran los cachivaches de carácter nobiliario—que suelen hacernos sonreir á los españoles.—Un carcomido escudo de armas, una amarillenta ejecutoria con miniaturas, le atraían y borraban la contracción irónica de sus labios. Llamábase Ricardo Stoddard, y sospecho que poseía fábricas de harinas y pastas; pero jamás lo confesó, y pidióme por favor que le llamase siempre don Ricardo, en lo cual á poca costa le dí gusto.

Una mañana, mientras rebuscábamos tesoros de arte, apareció ese San Benito de Palermo, cubierto de polvo y destrozadillo. Don Ricardo miró la efigie y pronunció con calma: «Estúpida, una religión que pone en altares á los negros.» No sé si porque me soliviantó la{212} grosería de la frase ó por espíritu de contradicción, en el acto compré la escultura y mandé que la llevasen á casa del restaurador directamente. Quería desagraviar al Santo de la obscura tez, y dar de paso una lección al ciudadano demócrata.

Por casualidad, estábamos de acuerdo en visitar aquella misma noche un cafetucho de no muy buena fama, cerca de los barrios bajos. Si bien me desagradaban tales excursiones, no me creí dispensado de acudir á la cita, y nos instalamos ante una mesa, pidiendo cerveza y café. Habría transcurrido un cuarto de hora, cuando ví que en la mesa próxima acababa de ocupar una silla un corpulento negrazo. Es tan poco frecuente ver negros en Madrid, que le miré con profunda sorpresa, admirando su atlética complexión, su arrogante estatura, su vigor, sus ojos brillantes y la corrección de su traje; vestía de gris, con chaleco blanco, y calzaba guantes de gamuza barquillo. Sin poder contenerme, toqué en el brazo á don Ricardo y le dije sonriendo:

—Buen tipo, ¿eh? ¡Qué ejemplar!

Volvióse el yanqui y posó en el negro sus pupilas descoloridas y aceradas. No recuerdo mirada así: el desprecio condensado hasta producir la frigidez del hielo, y la altivez que encuentra su fórmula definitiva y triunfante, se revelaron de la ojeada que siguió á mi observación. Y con voz incisiva, estridente, que azotaba, pronunció en alto:

—¡Oh! Sí. ¡Vale mil dollars!{213}

No puedo describir el efecto que me causó aquel precio de mercado, aquella tasa de caballo ó de res vacuna, arrojada á la faz de un racional, de un sér humano; pero describiré el que causó en el negro, que había oído perfectamente. Palideció poniéndose verdoso—es como palidecen ellos;—la blancura de sus ojos giró, y levantándose de un brinco de tigre, quitóse un guante y lo proyectó contra la mejilla del norteamericano. Éste esquivó el choque ladeando la cabeza; sin perder su flema, asió las tenacillas del azúcar y con ellas cogió el guante, sobre la mesa caído; llamó al mozo, y ordenó chapurreando más que de costumbre:

—¡Se lleve usted pronto esto porquería!

El negro permanecía de pie, lívido, cruzado de brazos, desafiando. Por un instante temí que iba á precipitarse hacia nosotros. Su corpachón gigantesco retemblaba de coraje; sus dientes castañeteaban de ira. Sin embargo, se contuvo, abrió los brazos, volvióse de espaldas, y yo, advirtiendo que en el café la gente, alborotada, se arremolinaba ya esperando alguna bronca, pagué el consumo y logré sacar al yanqui afuera. Al verse en la calle, dijo seca y acerbamente:

—¡Qué cosas pasan aquí! ¡Me echar el guante un esclavo!

Respondíle enojado que ya no hay esclavos, y creo que saqué á relucir en mi perorata el San Benito negro y las ideas de fraternidad. Debí de predicar en desierto, porque al dejar á don Ricardo á la puerta de su fonda, todavía repitió,{214} pegándome familiarmente en el hombro (me había cobrado afecto á su manera):

—¡Un esclavo! ¡By God!

Cuando me alejaba de allí, iba asaz preocupado. Juraría que alguien nos había seguido á distancia, paso á paso, desde la Plaza Mayor hasta la calle del Caballero de Gracia, á tales horas poco concurrida. Miré en derredor, escruté las bocacalles, pero á nadie ví. Rumiando el incidente, me retiré, y los siguientes días rehuí acompañar á don Ricardo. La curiosidad me movió á averiguar quién era el gigantesco negro, y supe que procedía de las Antillas, que ejercía las altas funciones de jefe en las cocheras del duque de S…, y que por su habilidad y maestría se ganaba un pingüe sueldo.

Y ya llegamos al desenlace de esta aventura, más dramático de lo que usted supone… Una semana después del episodio del cafetucho, leía yo en la peluquería un periódico, y á poco me degüella el barbero; tal respingo dí al tropezar con la noticia de que en una callejuela sospechosa de los barrios bajos, no lejos del consabido cafetucho, había sido encontrado el cadáver de un extranjero, cuyas iniciales, R. S., no me permitieron dudar de quién se trataba. El periódico traía más detalles: la muerte había sido causada por dos cuchilladas tremendas, y en los bolsillos del muerto estaban la cartera repleta y el soberbio reloj, signo evidente de que el crimen obedecía á una venganza…

Hacer luz… era bastante difícil, como yo no cantase… Y no canté. ¡No me atreví á echar el{215} peso de mis palabras en la balanza terrible! ¿Hice mal? ¡Mi instinto me dictaba que guardase silencio!… Y siempre que pienso en esta página de mi vida moral, para tranquilizarme, para recobrar la paz, miro esa efigie del Santo de la cara obscura…

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CUENTOS ANTIGUOS
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LA PALOMA

Á NUESTRO PADRE EL ZAR
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Cuando nació el príncipe Durvati, primogénito del gran Ramasinda, famoso entre los monarcas indianos, vencedor de los divos, de los monstruos y de los genios; cuando nació, digo, este príncipe, se pensó en educarle convenientemente para que no desdijese de su prosapia, toda de héroes y conquistadores. En vez de confiar al tierno infante á mujeres cariñosas, confiáronle á ciertas amazonas hircanas, no menos aguerridas que las de Libia, que formaban parte de la guardia real; y estas hembras varoniles se encargaron de destetar y zagalear á Durvati, endureciendo su cuerpo y su alma para el ejercicio de la guerra. Practicaban las tales amazonas la costumbre de secarse y allanarse el pecho por medio de ungüentos y emplastos; y al buscar el niño instintivamente el calor del seno femenil, sólo encontraba la lisura y la frialdad metálica de la coraza. El único agasajo que le permitieron sus niñeras fue reclinarse sobre el costado de una tigre domesticada, que á veces, como en fiesta, daba al principito un zarpazo; y{218} decían las amazonas que así era bueno, pues se familiarizaba Durvati con la sangre y el dolor, inseparables de la gloria.

A los diez y ocho años, recio, brillante y animoso, entró el príncipe en acción por primera vez, al lado del rey, que invadía la comarca de Sogdiana y Bactriana, para someterla. Erguíase Durvati sobre un elefante que llevaba á lomos formidable torre guarnecida de flecheros; cubría el cuerpo de la bestia un caparazón de cuero doble, y en sus defensas relucían agudas lanzas de oro. Escogida hueste de negros armados de clavas cercaba al príncipe, y cuando se trababa la lid, Durvati se estremecía sintiendo que los pies enormes del belicoso elefante, que barritaba de furor, se hundían en cuerpos humanos, reventaban costillas, despachurraban vientres y hollaban cráneos, haciendo informe masa sanguinolenta y palpitante. Al acabarse una batalla más reñida, Durvati osó preguntar á su padre, el gran rey, si aquella gente aplastada sufría mucho y si placía á Brama que la gente sufriese. Y Ramasinda, colérico de la pregunta, que le pareció rasgo de flaqueza en el novel guerrero, sólo contestó con palabras de un cántico sagrado: «Mira delante de ti la suerte de los que fueron; mira delante de ti la suerte de los que serán. El mortal madura como el grano, y como el grano renace.» Acababa de pronunciar estas palabras Ramasinda, cuando cortó el aire una flecha, y vino á fijarse temblando en la espalda del rey. Durvati, precipitándose hacia su padre, sólo alcanzó á recibirle{219} en brazos moribundo. La tropa, después de hacer pedazos al matador del rey, proclamó á Durvati, gritando que era preciso llevar á sangre y fuego aquel país, y que el nuevo rey sabría cumplir tan alta empresa.—Aquella noche, el huérfano se durmió con sueño de plomo y soñó cosas raras. Representósele otra vez el triste fin de su padre; sintió la humedad de la sangre que manaba la herida y la humedad del llanto que él mismo, Durvati, no se había atrevido á derramar en presencia del ejército, pero que ahora fluía copioso, empapando sus ropas. Y cuando desahogaba así el dolor, parecióle que sobre su pecho notaba un calor grato y suave, como un peso delicioso, y rozaba su cara algo fino cual seda. Era, á su parecer, una blanquísima paloma, de rosado pico, de cuello de bizantinos esmaltes verdiazules, de benignos y amorosos ojos negros, que arrullando mansamente murmuraba á su oído una frase misteriosa. El arrullo calmó las angustias del príncipe, y le sepultó en un anonadamiento absoluto, reparador.—Al despertar gritó de sorpresa. Echada á su lado, recostando la frente en su pecho, había una mujer muy joven, celestialmente bella, de blanco seno, de rosada boca, de cabellera sombría y suelta como plumaje de ave, de negras pupilas; y al preguntar atónito Durvati quién era la admirable criatura, fuéle respondido que una cautiva, una esclava, por hermosa señalada para botín real, y que á no haber sido muerto el rey Ramasinda, estaría ahora en su tienda y no en la de Durvati.{220}

Mozo era, y nunca había ardido en su corazón el incendio que transforma y perpetúa los seres. En aquel punto y hora lo sintió con tal fuerza, que se borró de su mente cuanto no fuese la cautiva. Olvidando planes de conquista y dominación, fijó sus reales en la ciudad más próxima, y embelesado en coloquios deleitosos se pasaba la existencia. No por eso se crea que Durvati se entregó á la molicie y al desenfreno. Al contrario; poseído casi siempre de exquisita delicadeza, con casto arrobamiento, amaba á la cautiva á la manera que enseñan los kandas, ó himnos védicos,—con el atmán, que quiere decir aliento ó espíritu;—repitiendo aquellas palabras consagradas:—«En verdad lo que amamos en la mujer no es la mujer, sino el espíritu; y quien busque en la mujer más que el espíritu, será abandonado por Brama.»—Recordando que la primer noche en que tuvo cerca á su amiga soñó Durvati que una paloma se le arrimaba arrullando, Paloma la llamó, y Paloma la nombraron todos.

Lo que más encantaba á Durvati en Paloma, y lo que justificaba tal apodo, era la ternura, la mansedumbre, la piedad, la blanda condición, tan diferente de la de aquellas feroces guerreras sin atributos femeniles, entre cuyas manos se había criado el joven rey; y según éste intimaba con Paloma, y la frecuentaba, y se apegaba á ella, y pasaban juntos las largas siestas del estío á orillas de los lagos cristalinos y bajo los copudos árboles, le repugnaba más y más la idea de la crueldad y de la matanza, se le hacía{221} más cuesta arriba lanzar al combate otra vez sus huestes. Ya dueña de su confianza, y usando de la libertad que da el afecto, Paloma le pintaba con sus colores horribles el estrago de la guerra, y le aseguraba que todos tienen derecho á vivir y deber de amarse, para disminuir los males que cercan en la tierra al mortal.

Por desgracia, no poseía cada soldado de Durvati su Paloma; furiosos con la inacción, vejaban y oprimían á los naturales, y el país se alzaba indignado, clamando independencia ó muerte. Los jefes, compañeros del victorioso Ramasinda, aficionados al combate, maldecían y renegaban de la hechicera que tenía embaucado al rey, y suspiraban por el momento de armar á sus elefantes de combate y arrojarse al botín y á la gloria.—La sorda conjuración contra la favorita tomó cuerpo al difundirse una noticia grave: contra todos los ritos, costumbres y leyes, contra el decoro de su nombre y las tradiciones heroicas de su raza, Durvati iba á elevar al trono á aquella mujer, y regresar después á los bordes del Ganges, abandonando la tierra ganada por el empuje de sus armas, devolviendo la libertad á sus moradores, sin apropiarse ni una pulgada de territorio ni una oveja de ajeno rebaño. Cundió la nueva entre las tropas, y oyéronse maldiciones é imprecaciones contra el afeminado rey que los deshonraba y envilecía. Era preciso que su razón estuviese perturbada, y que aquella bruja, secuaz de los magos, hubiese dado algún bebedizo ó hierba mala al joven héroe, para que olvidase la{222} dignidad real y los deberes de su cargo altísimo, que principalmente en la guerra se resumen. Persuadidos ya de haber adivinado la causa de la decadencia y trastorno de Durvati, concertáronse las amazonas y los jefes, y una noche, sigilosamente, sorprendieron y robaron á Paloma de la misma cámara real.—No ha logrado la historia exclarecer su paradero; las desgarradoras quejas de Durvati, sus ruegos, sus amenazas, no consiguieron que los raptores se la restituyesen; únicamente, ante la insistencia del joven rey, quizá deseosos de hacerle irónica burla, idearon colocar en su lecho, mientras dormía, una paloma mansa, que llevaba por collar el anillo de la cautiva: paloma de níveo plumaje, de tornasolado cuello verdiazul, de rosado pico, de ojos negros, amantes y candorosos…

No se sabe si Durvati entendió la sátira, ó si, en efecto, supuso que aquella ave arrulladora y dulce era el atmán ó espíritu de su amada.—Lo cierto es que, fingiendo atribuir el caso á un prodigio, convocó á sus huestes y les hizo saber que aquella metempsícosis de la amiga, vuelta paloma, significaba que Brama quería la paz perpetua, la paz luciendo como blanca aurora sobre el mundo; y que esta resolución estaba decidido á mantenerla, cortando la cabeza sin demora á quien se opusiese ó suscitase dificultades de cualquier género.—Y en efecto, en todo el reinado de Durvati no se derramó gota de sangre humana.{223}

PREJASPES
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Pensamos los occidentales haber inventado la lealtad monárquica, y atribuímos el desarrollo de este singular sentimiento á las ideas cristianas, confundiendo los afectos que debe inspirarnos Dios, suma Causa y Bien sumo, con los que tienen por objeto á hombre nacido de mujer. Yo no sé si un sentimiento se califica ó descalifica por ser antiguo, pero sé que la lealtad monárquica es tan vieja como los más viejos cultos, y en apoyo de esta opinión recordaré la aventura que le sucedió al adictísimo Prejaspes.

Ciro había sido un soberano glorioso y justo, pero su hijo y sucesor Cambises, á medida que fue catando el vino del absoluto poder, mostró los síntomas de la embriaguez especial que ocasiona este terrible licor, destilado con sudor humano, sangre y lágrimas. Creyóse el centro de la vida y el ojo del mundo, y contribuyó á engreirle más y á persuadirle de que su{224} voluntad no reconocía ley ni freno, su incursión por el Egipto, reino que había llegado á brillante esplendor de civilización bajo el Faraón Amasis y que el persa rindió y subyugó, entrando triunfante en las magníficas ciudades de la ribera del Nilo, henchidas de palacios, jardines en terrazas, obeliscos, pirámides, esfinges y colosos de pórfido y basalto. Dueño del Egipto Cambises, y viendo su nombre grabado en caracteres jeroglíficos en el pedestal de las estatuas naóforas y en las columnas de los templos, se tuvo, más que por mortal, por una divinidad como Osiris, y los egipcios se postraron ante aquel conquistador de tiara de oro, aquella faz pálida venida del Oriente. Sólo hubo una clase social que se resistió á tributar adoración á Cambises, y fué la de los sacerdotes. La religión era lo único que resistía en medio del abatimiento de todos, y por lo mismo Cambises tuvo empeño en humillarla y vencerla, en satirizarla y, como hoy diríamos, ponerla en solfa. No perdía ocasión de burlarse de aquel culto tributado á dioses con cabezas de animales, tan risibles para un adorador de la Luz, el Fuego y el eterno Sol; y si casualmente sorprendía alguna ceremonia de la religión egipcia, ideaba bufonadas para escarnecerla. Acertó á regresar impensadamente á Menfis en ocasión en que se celebraba la fiesta del sagrado buey Apis; y entrándose de rondón por el templo, mandó que le sacasen allí inmediatamente al bovino dios, y tirando de cimitarra, le hirió de una cuchillada, que quiso dar en el vientre y{225} dió en el muslo. «Este dios que sangra y muge es digno de vosotros», gritó á los egipcios, horrorizados de la profanación. Entonces el gran sacerdote, alzando las manos á la bóveda celeste, profetizó que el impío que hería al dios Apis recibiría herida igual. Cambises mandó azotar mortalmente al profeta, pero la profecía quedó grabada en la mente de los egipcios como esperanza, como vago terror en la del rey.

Tenía Cambises entre sus servidores al mayordomo Prejaspes, hombre valeroso, capaz de echarse al fuego por su monarca. Veía Prejaspes en Cambises la forma de lo divino sobre la tierra, y entendía que un acto era óptimo ó pésimo según á Cambises placía ó desplacía. Sin embargo, al mismo tiempo que tan decidida abnegación, existía en el alma de Prejaspes un instinto natural de veracidad y de honradez, que le enseñaba á discernir el valor moral de las acciones, y á darse cuenta de su alcance, al menos en su propia conducta. La única noción que Prejaspes no alcanzaba, es que si hay regla moral para las acciones humanas, esta regla obliga lo mismo ó más á los príncipes que á los vasallos, y cuando las órdenes de los príncipes están con la regla en contradicción, la obediencia sólo á la regla es debida. No lo entendía así Prejaspes, y hasta suponía, por exceso de nobleza de ánimo, que su sangre y su vida entera y su alma inmortal pertenecían á Cambises.

Sucedió, pues, que Cambises, conocedor de{226} la incondicional lealtad de su mayordomo, preguntóle un día qué decían de su rey los vasallos. Y como Prejaspes hubiese observado que al monarca le enfurecía y exaltaba el beber, contestóle lleno de buena intención y con entereza y respeto: «Señor, opinan que eres un soberano valeroso y grande, pero que te gusta el vino en demasía.» No complació la respuesta á Cambises, por lo mismo que exhalaba el acre aroma de la verdad; frunció el poblado entrecejo de azabache, y por sus ojos cruzó un relámpago como el que despide el puñal al salir de la vaina. Sin embargo, no hizo la menor objeción—señal malísima,—y siguió hablando con agrado á su mayordomo.

Cosa de una semana después, al levantarse de la mesa, hora en que solía Cambises pasear por los jardines entreteniéndose en tirar agudas flechas á los pajarillos, llamó á Prejaspes y al hijo de Prejaspes, copero mayor de palacio; y al verles en su presencia, dijo á Prejaspes en tono alegre: «¿Sabes que he estado pensando en eso de que mis vasallos comenten mi afición al vino? Porque capaces serán de creer que soy algún insensato y que el abuso de la bebida ha turbado mis sentidos, nublado mis pupilas y debilitado este brazo que puso al Egipto por alfombra de mis pies. ¿Lo creerás? Yo mismo siento aprensión y quiero hacer un ensayo. ¡Ea! Que tu hijo se coloque ahí enfrente… Cuádrale bien, échale atrás los brazos para que descubra el pecho… Así… Voy á flechar el arco y disparar… Si coloco la punta en mitad del corazón,{227} convendrás en que se engañan mis súbditos y Cambises conserva íntegras sus facultades.»

Prejaspes, silencioso, obedeció. Temblor profundo sacudía sus miembros; gruesas gotas de sudor helado asomaban en la raíz de sus cabellos; un vértigo oscurecía sus ojos. Pero aún le sostenía la esperanza quimérica de que aquello fuese una chanza feroz, y no más. Cambises tendió el arco, apuntó cuidadosa y lentamente, pellizcó la cuerda; un silbido desgarró el aire, y el hijo de Prejaspes giró sobre sí mismo y cayó al suelo desplomado. «Hola», gritó Cambises; «aquí mis trinchantes… Abrid el pecho de ese, á ver si el hierro ha partido de medio á medio el corazón.» Palpitaba éste débilmente aún cuando se lo presentaron á Cambises, con la flecha plantada en el centro, sin desviación de una línea. Soltó el rey gozosa carcajada, y volvióse hacia el anonadado Prejaspes, preguntándole en tono de buen humor: «¿Qué tal? ¿Sé yo disparar? ¿Sé acertar? ¿Conoces otro arquero mejor que tu rey?» Tardó Prejaspes en contestar á la regia chanza cosa de medio minuto. Estaba inmóvil, y sus pupilas, inmensamente dilatadas, no sabían apartarse de aquel corazón sangriento, tibio todavía,—el corazón de su dulce hijo, cuyas débiles contracciones expirantes, á cada segundo parecían decirle con misterio: «Padre, véngame.» ¡Arrancar aquella flecha misma, clavarla en la tetilla de Cambises! ¡Oh ventura, oh goce!…—De pronto, Prejaspes volvió en sí: era el rey, era su rey, su dueño, su árbitro, la imagen del eterno Sol sobre la tierra…!;{228} y devorándose el labio en desesperada mordedura, su lengua profirió esta respuesta cortesana: «Señor, el dios Apolo no flecha mejor que tú…» É inclinándose hasta el suelo, desapareció para revolcarse á solas, para poder morderse las manos y herirse el rostro y cubrirse el cabello de ceniza.

Y en presencia de Cambises, Prejaspes ocultó sus lágrimas. Fiel como el perro, acompañóle siempre. Pasado el primer horrible dolor, diríase que le amó más desde que hubo entre los dos sangre y sacrificio. A su lado estaba el día en que, montando Cambises precipitadamente para sofocar una rebelión, se hirió con su propia cimitarra en el muslo, donde había herido al dios Apis; y á su cabecera, cuando se gangrenó la herida y le llevó á la sepultura, Prejaspes fue quien ungió con aromas de nardo y cinamomo el cadáver, y le colocó en las yertas sienes la tiara de oro.{229}

ZENANA
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Alejandro Magno es de esos caracteres históricos que se prestan igualmente á severa censura y á hiperbólica alabanza. Atrae en virtud de un contraste vigoroso. Es ya luz, ya tinieblas, pero grande siempre. La complejidad de su alma extraordinaria se explica por antecedentes de familia y de educación. Era hijo de Filipo—que reunía á un valor de león una sensualidad de cerdo,—y de Olimpias—reina de arrestos viriles, capaz de ajusticiar á sus enemigos por su propia mano, y de mirar con tan despreciativa majestad á doscientos soldados encargados de asesinarla, que se volvieron sin hacerlo, declarando no poder resistir aquella mirada dominadora y terrible.—Era alumno de Aristóteles, cuyo solo nombre lo dice todo, y durante ocho años había bebido de tal fuente la sabiduría, que sirve para templar y engrandecer el ánimo, y la ciencia política, que señala rumbos gloriosos á la ambición. Y en un espíritu{230} donde la levadura de todas las pasiones humanas fermentaba al lado de las nociones de todos los ideales divinos, tenían que surgir, entre impulsos atroces y violentas concupiscencias, bellos rasgos de continencia, piedad y magnanimidad, y hasta poéticos romanticismos, semejantes al que da asunto á este cuento.

La casualidad ha traído á mi poder algunas monografías que dejó inéditas el doctísimo alemán Julius Tiefenlehrer, y que forman parte de las doscientas setenta y cinco que este profesor de la Universidad de Gotinga consagró á esclarecer la biografía de Alejandro; las cuales consultan fructuosamente y rebañan sin escrúpulo los más recientes historiadores. Parece que la leyenda contenida en la monografía que hoy saco á luz, es la misma que representa una tapicería gótica perteneciente al barón de Rothschild, y en la cual, con donoso anacronismo, Alejandro luce una armadura de punta en blanco, del siglo XIV, y Zenana el luengo corpiño, el brial y el ancho tocado de las damas contemporáneas de la Santa Sede en Aviñón.

Ha de saberse que Alejandro, después de aniquilar á Darío y hacerse dueño de Persia, fue corrompido por la muelle y refinada vida asiática y por el servilismo de aquellas razas que, á diferencia de los griegos, se postraban ante el rey tributándole honores divinos. Pero, en los primeros tiempos, antes de que el vencedor se dejase vencer por las delicias que reblandecen el alma, luchó para sobreponerse y conservar sus energías morales, y esta lucha, sostenida{231} por un hombre omnipotente, debe serle contada más gloriosa que la victoria de Arbelas.

Claro es que entre las tentaciones de que se veía asaltado Alejandro á cada instante, descollaba la tentación de la mujer, dulcísima asechanza en que caen las almas grandes, igual ó acaso más hondo que las pequeñas. No son más hermosas que las griegas las hijas de la Susiana, y acaso sus formas no se prestan tanto á que el pincel las reproduzca; pero en cambio poseen un hechizo perturbador, que enciende la fantasía y subyuga potencias y sentidos. Los rostros pálidos y prolongados como la luna en su creciente—según la comparación del poeta Firdusi,—donde se abren los labios sinuosos, color de cinabrio, parecidos á una flor de sangre; los ojos luengos, de negrísimas y pobladas pestañas, lagos á la sombra, dice una canción persa; los cuerpos flexibles, delgados de cintura y que en lo alto se ensanchan á manera de jarrón que contiene dos tersas magnolias; el cutis impregnado de aromas sabeos, el pie diminuto encerrado en la delicada babucha de piel de serpiente bordada de perlas, el vestir artificioso, las gasas que muestran y encubren hábilmente el tesoro de la beldad, los cabellos rizados con primor, los brazos lánguidos que saben ceñirse á guisa de anillos de culebra,—otros tantos anzuelos y redes para Alejandro, de los cuales no acertaba á desenvolverse.—Y como quiera que á cada instante venían á su tienda ó á su palacio damas persas á impetrar{232} clemencia ó justicia, Alejandro, conociéndose y no queriendo prevaricar en sus funciones de árbitro del mundo, ideó un extraño preservativo: al acercarse una mujer, cubríase el rostro y los ojos con un paño de púrpura, y así las recibía y escuchaba, creyendo ellas que era misterio de la majestad real lo que sólo era prevención contra la humana flaqueza.

Acaeció, pues, que estando prisionero de un general de Alejandro el sátrapa Artasiro—y habiéndose resuelto que si el sátrapa no entregaba pingües tesoros que suponían ocultos le matarían cortándole en pedazos,—la única hija del sátrapa, Zenana, se dió arte para llegar hasta el rey, con propósito de abrazar sus rodillas y librar á su padre del suplicio. El candor y la pureza de Zenana se revelaban en la sencillez no estudiada de su atavío; vestida ya de luto, sin adornos ni joyas, con el cabello suelto, sólo por natural efecto de la gracia juvenil podría agradar. Y es preciso que, á fuer de verídica, añada que Zenana no era tampoco lo que se llama una hermosura, ni menos poseía el hechizo malvado de las grandes cortesanas de Babilonia, que saben con añagazas y tretas enredar un albedrío. Sin embargo, Alejandro, al oir que una mujer moza solicitaba audiencia, se echó el paño por cara y hombros, y así la recibió.

El no ver la faz augusta prestó ánimo á la tímida Zenana: arrojóse á los pies del macedón, y bañándolos con muchas lágrimas, expuso el objeto de su venida. Notando que Alejandro la escuchaba{233} atentísimo y al parecer con extraña complacencia, explicó detenidamente el caso. Y así que hubo oído la promesa de que su padre tenía salva la vida, Zenana, después de estrechar otra vez las rodillas de Alejandro, desapareció, yendo á ocultarse con su nodriza en una cueva cercana á Babilonia, pues temía ser perseguida y ultrajada por los mismos que intentaban matar al sátrapa.

Pocos días después de este suceso, habiendo notado Higinio, el mayor amigo y confidente de Alejandro, que éste andaba asaz pensativo, cabizbajo y melancólico, le preguntó la causa, y Alejandro, exhalando un suspiro, respondió:

—Es una cosa extraña, querido Higinio, lo que me sucede. Ya sabes que para precaverme recibo á las mujeres con el rostro cubierto, porque las hermosas persas hacen daño á los ojos[1]. ¡Ay! ¿De qué me ha servido? ¡Ya veo que el enemigo más allá de los ojos tiene su fortaleza!—Recordarás que últimamente me pidió audiencia una dama, hija del sátrapa Artasiro; y yo, fiel á mi propósito, no alcé el trozo de púrpura que me impedía verla. Pero escuché su voz, y no hay arpa hebrea ni lira eolia que á la cadencia de esa voz pueda compararse. El corazón me salta al recordar la música de esa voz. A solas repito palabras que ella pronunció, por evocar mejor el recuerdo del tono con que las dijo. No sé cómo no atropellé{234} por todo y no la detuve aquí cautiva, para seguir oyéndola: creo que fue efecto del mismo encanto que la voz me produjo. Estaba que ni me atrevía á respirar.—Y ahora, de día, de noche, tengo aquella voz en los oídos, sueño con ella, y sólo puede aliviar mi mal oirla resonar otra vez. Ya lo sabes. Búscame á Zenana, tráemela aquí, porque si no, conozco que perderé el juicio.

Obedeció Higinio prontamente, y puso en movimiento numerosa cohorte, á fin de descubrir á la misteriosa beldad:—por tal la tenía.—Bien escondida estaba Zenana, pero al fin se averiguó su refugio, é Higinio, antes de llevarla á la presencia de Alejandro, la enteró de cómo el rey, prendado de su voz, se moría por ella. La joven persa, al saber esto, murmuró dulcemente, con su voz melodiosa, que la emoción timbraba:

—Gloria es para mí haber causado tal impresión en el gran rey; pero la placa de plata bruñida en que contemplo mi rostro después del baño y el tocado, me dice que no soy bella; Alejandro, al verme, perderá las ilusiones. Temo su indignación, y temo ante todo que recaiga su cólera sobre mi padre. ¿Por qué no le haces creer á Alejandro que estoy obligada por un voto á los dioses á presentarme cubierta la cara con un velo? Yo no he visto á Alejandro; él no me verá… y así tal vez consiga evitar su enojo.

Pareció á Higinio tan excelente el ardid de la discreta Zenana, que estuvo conforme, y la{235} misma noche la condujo á los jardines del gineceo de Alejandro. Embriagado éste con la divina voz de la joven persa, se resignó á la condición del velo, y hasta encontró en ella un misterio picante y un singular hechizo. Le parecía que aquel amor velado y despojado del vulgar incentivo de unas facciones más ó menos lindas, era algo delicado y original, que no había gustado nunca. El casto imán de aquel velo triunfó de las desnudeces y la licencia impúdica de las otras damas persas, obstinadas en requerir al héroe. «Habla y no te descubras», murmuraba tiernamente Alejandro, sentado cerca de una fuente donde la luna fingía en el agua de los surtidores continuo desgrane de perlas; y las rosas del Gulistán, que después se llamaron de Alejandría, dejaban caer sobre las cabezas de los amantes perfumados pétalos.—Fue el amor de Zenana el más largo é intenso de cuantos disfrutó Alejandro en su corta vida.

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LA GOTA DE CERA
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Aunque los historiadores apenas le nombran, Higinio fue de los más íntimos amigos de Alejandro Magno. No se menciona á Higinio, tal vez porque no tuvo la trágica suerte de Filotas, de Parmenion, y de aquel Clitos á quien Alejandro amaba entrañablemente, y á quien así y todo, en una orgía, atravesó de parte á parte; y sin embargo—si no mienten documentos descubiertos por el erudito Julius Tiefenlehrer—Higinio gozó de tanta privanza con el conquistador de Persia, como demostrarán los hechos que voy á referir, apoyándome, por supuesto, en la respetabilísima autoridad del sabio alemán antes citado.

Compañero de infancia de Alejandro, Higinio se crió con el héroe. Juntos jugaron y se bañaron en Pela, en los estanques del jardín de Olimpias, y juntos oyeron las lecciones de Aristóteles. La leche y la miel de la sabiduría la gustaron, así puede decirse, en un mismo plato;{238} y en un mismo cáliz libaron el néctar del amor, cuando deshojaron la primer guirnalda de rosas y mirto en Corinto, en casa de la gentil hétera Ismeria. Grabó su afecto con sello más hondo el batirse juntos en la memorable jornada de Queronea, en la cual quedó toda Grecia por Filipo, padre de Alejandro. Los dos amigos, que frisaban en los diez y nueve años entonces, mandaron el ala izquierda del ejército, y destruyeron por completo la famosa legión sagrada de los tebanos. La noche que siguió á tan magnífica victoria, Higinio pudo haber conseguido el generalato; Alejandro se lo brindaba, con hartos elogios á su valor. Pero Higinio, cubierto aún de sangre, sudor y polvo, respondió dulcemente á los ofrecimientos de su amigo y príncipe:

—No acepto el generalato, porque habiéndome portado bien hoy, tal recompensa y tan alta dignidad me obligarían en conciencia á portarme todavía mejor en otras ocasiones que sobreviniesen, y no puedo comprometerme á amanecer cada día con más valor y más fortuna. Además, de las enseñanzas de nuestro maestro Aristóteles saco yo en limpio que el hombre, habitualmente, debe vivir en paz y no en guerra. Queda demostrado que no soy ningún medroso. El que ha combatido á tu lado en Queronea, ya tiene derecho á plantar un laurel en el sagrado bosque de Marte. Déjame de batallas y dame otro puesto cerca de ti, Alejandro, porque te quiero bien y te serviré fielmente.{239}

Alejandro, cuya sangre hervía pidiendo luchas y glorias, se conformó mal de su grado á los deseos de Higinio, y le nombró su gran copero. Era cargo en extremo descansado y de alta confianza, pues sus funciones consistían en custodiar y servir la copa de oro reservada al príncipe, á fin de que nadie pudiese depositar en ella ponzoña. El oficio de Higinio le permitía vivir en constante comunicación con Alejandro, y cuando éste subió al trono, sucediendo á su padre, asesinado por Pausanias, los cortesanos auguraron á Higinio brillante carrera. Poco tardaron en verse desmentidos tales pronósticos: Higinio continuó presentando, recogiendo y custodiando la ya regia copa, sin mezclarse en intrigas ni aspirar á otras grandezas.

Mientras tanto, Alejandro asombraba al universo con sus campañas y triunfos, y ofrecía á Grecia, en compensación de la perdida libertad, páginas de luz para la historia.

Conteniendo á los bárbaros y sojuzgando el inmenso imperio del Asia, bien pronto se vió dueño del mundo Alejandro. Cuando, después de dejar trazado el emplazamiento de Alejandría, y de entrar vencedor en Babilonia y Ecbtana, el hijo de Filipo se declaró hijo de Júpiter y decretó su propia apoteosis, Higinio—que hacía mucho tiempo no departía con su rey, limitándose á servirle la copa en silencio—fue despertado á las altas horas de la noche de orden de Alejandro, que le llamaba á su cabecera. La recién hecha deidad no podía dormir, y reclamaba cuidados y consuelos…{240}

—Señor—dijo Higinio,—celebro poder hablarte sin testigos, como antaño. Justamente deseaba rogarte que me consientas dejar tu servicio y retirarme á mi casita del Atica, donde poseo olivos y colmenas.

—¡Bonita ocasión escoges para abandonarme!—exclamó furioso Alejandro.—¡Por el intento merecerías que te mandase crucificar! ¿Deseas riquezas? Pide cuanto se te antoje… ¿Pero marcharte? Ni lo sueñes, ¿Y de dónde nace esa manía?

—Ya que lo preguntas—contestó Higinio,—lo vas á saber. Yo fuí amigo y servidor de un hombre, pero ahora parece que ese hombre se ha vuelto Dios. No tengo vocación al sacerdocio. Desde que has ascendido á hijo de Júpiter Hamnon, hermano de Apolo, me inspiras temor y frialdad. El Alejandro que yo amaba no existe. Ha ascendido al Olimpo. Él es inmortal, yo mortal. No nos entendemos. Por otra parte, la idea que me he formado de un Dios, según la sublime doctrina de Aristóteles…

—¡Dale con Aristóteles!—interrumpió el conquistador.—¡Como le atrape, á ese sí que le crucifico! ¡Y alto, para que todos le vean!

—Crucifica, pero escucha. Prescindamos de Aristóteles y supongamos que, en efecto, eres Dios. Pues si eres Dios, yo no puedo cometer sacrilegio; yo no puedo seguir envenenándote.

—¿Envenenarme tú?—gritó Alejandro incorporándose convulso sobre su lecho de marfil incrustado de oro.—¡Ahora comprendo por qué un fuego constante abrasa mis venas; ahora{241} comprendo por qué no descanso sino en horrible modorra; ahora me explico las visiones y las pesadillas que de noche me asaltan y empapan mis sienes en sudor frío! ¡Envenenarme tú!—Y con súbito acceso de ternura suspiró.—¿Y por qué quieres mi muerte, tú, mi amigo de la niñez, mi hermano de armas en Queronea?

Higinio, conmovido, se arrojó á los pies de Alejandro, y éste abrió los brazos; los dos amigos juntaron sus rostros y mezclaron sus cabelleras, y el copero declaró en tono muy diverso del de antes:

—Señor, dulce amado mío, si te enveneno, es contra mi voluntad y por orden tuya… Esas visiones, esas torturas de que te quejas, proceden de la doble embriaguez en que vives: estás ebrio de poder y de vino añejo… Antes sólo me pedías la copa dos ó tres veces en cada comida; desde que el Asia te ha inoculado su molicie y sus vicios, me duelen las manos de tanto recoger la copa vacía y extendértela colmada… Tu alma se ha turbado, la demencia te ronda, te habitúas á la crueldad, hieres á tus leales y morirás joven, sin que nadie necesite pegarte una puñalada como á tu padre. No quiero ser cómplice, y me voy.

Alejandro, pensativo, seguía estrechando el cuello y la cabeza de su amigo contra el pecho.

—Tienes razón, amado—murmuró al fin con sinceridad generosa.—Pero el hábito de beber se ha arraigado en mí, y si no bebo, me caigo á pedazos. ¿Qué haré? Aconséjame.{242}

—No puedo—declaró Higinio—curarte la borrachera del poder, pero trataré de salvarte de la otra sin que te prives de tu gusto. Fíate en mí y verás.

En efecto, los días que siguieron á esta conversación, Alejandro continuó bebiendo copas tan rebosantes y tantas en número como siempre. No obstante, poco á poco, notó con placer gran mejoría. Gradualmente se despejaba su cabeza, se tranquilizaban sus nervios, volvía á sus miembros el vigor y la alegría á su espíritu. Vastos planes maduraban en su cerebro, sobrehumanas empresas bullían en su imaginación heroica. Pasmado y enajenado preguntó á Higinio el secreto, sin que éste se prestase á revelarlo. Pero un cierto Arsotas, juglar persa, adulador y afeminado, que divertía mucho al rey, le dió la clave del enigma.

—Tu gran copero ¡oh divino Alejandro! echa cada día una gota de cera en el fondo de tu copa. Así, insensiblemente, reduce su cabida y acorta tus libaciones. Bebes cada día una gota menos. ¡El osado Higinio se atreve á engañar á su soberano y á cercenar sus deleites!

Quedó Alejandro sorprendido: después su sorpresa se convirtió en enojo. ¡Tratarle como á un chiquillo! ¡Embaucarle con un artificio así! ¡Ah! No lo consentiría. ¿Qué se figuraba Higinio? Y una mañana mandó registrar y limpiar la copa, y á la tarde estableció sus famosos certámenes de intemperancia, apostando á beber con los más pellejos de su ejército. Higinio entonces desapareció: probablemente se retiraría{243} al Atica. En cuanto á Alejandro, nadie ignora la ocasión y modo de su muerte: después de vaciar, con alarde jactancioso, no su propia copa, sino la enorme llamada de Hércules, cayó redondo dando un grito. La fiebre que allí mismo se apoderó de él, le arrebató del mundo á los treinta y dos años de edad, en la plenitud de la vida y de la gloria.

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LA PALINODIA
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El cuento que voy á referir no es mío, ni de nadie, aunque corre impreso; y puedo decir ahora lo que Apuleyo en su Asno de oro: Fabulam grœcanicam incipimus: es el relato de una fábula griega. Pero esa fábula griega, no de las más populares, tiene el sentido profundo y el sabor á miel de todas sus hermanas; es una flor del humano entendimiento, en aquel tiempo feliz en que no se habían divorciado la razón y la fantasía, y de su consorcio nacían las alegorías risueñas y los mitos expresivos y arcanos.

Acaeció, pues, que el poeta Estesícoro, pulsando la cuerda de hierro de su lira heptacorde, y haciendo antes una libación á las Euménides con agua de pantano en que se habían macerado amargos ajenjos y ponzoñosa cicuta, entonó una sátira desolladora y feroz contra Elena, esposa de Menelao y causa de la guerra de Troya. Describía el vate con una prolijidad de detalles que después imitó en la Odisea el divino{246} Homero, las tribulaciones y desventuras acarreadas por la fatal belleza de la Tindárida: los reinos privados de sus reyes, las esposas sin esposos, las doncellas entregadas á la esclavitud, los hijos huérfanos, los guerreros que en el verdor de sus años habían descendido á la región de las sombras, y cuyo cuerpo ensangrentado ni aun lograra los honores de la pira fúnebre; y trazado este cuadro de desolación, vaciaba el carcaj de sus agudas flechas, acribillando á Elena de invectivas y maldiciones, cubriéndola de ignominia y vergüenza á la faz de Grecia toda.

Con gran asombro de Estesícoro, los griegos, conformes en lamentar la funesta influencia de Elena, no aprobaron, sin embargo, la sátira. Acaso su misma virulencia desagradó á aquel pueblo instintivamente delicado y culto; acaso la piedad que infunde toda mujer habló en favor de la culpable hija de Tíndaro. Su detractor se ganó fama de procaz, lengüilargo y desvergonzado; Elena, algunas simpatías y mucha lástima. En vista de este resultado, Estesícoro, con las orejas gachas como suele decirse, se encerró en su casa, donde permaneció atacado de misantropía y abrazado á su fea y adusta musa vengadora.

El sueño había cerrado sus párpados una noche, cuando á deshora creyó sentir que una diestra fría y pesada como el mármol se posaba en su mejilla. Despertó sobresaltado, y á la claridad de la estrella que refulgía en la frente de la aparición, reconoció nada menos que al{247} divino Pólux, medio hermano de Elena. Un estremecimiento de terror serpeó por las venas del satírico, que adivinó que Pólux venía á pedirle estrecha cuenta del insulto.

—¿Qué me quieres?—exclamó alarmadísimo.

—Castigarte—declaró Pólux;—pero antes hablemos. Dime por qué has lanzado contra Elena esa sátira insolente; y sé veraz, pues de nada te serviría mentir.

—¡Es cierto!—respondió Estesícoro.—¡En vano trataría un mortal de esconder á los inmortales lo que lleva en su corazón! Como tú puedes leer en él, sabes de sobra que la indignación por los males que ocasionó tu hermana y el dolor de ver á la patria afligida, me dictaron ese canto.

—Porque leo en lo oculto sé que pretendes engañarme—murmuró con desprecio Pólux.—Y sin poseer mi perspicacia divina los griegos, han sabido también conocer tus móviles y tus intenciones. No existe ejemplo ¡oh poeta! de satírico que tenga por musa el bien general: siempre esta hipócrita apariencia oculta miras personales y egoístas. Tú viste la belleza de mi hermana; tú la codiciaste, y no pudiste sufrir que otro cogiese las rosas cuyo aroma te enloquecía.

—Tu hermana ha ultrajado á la santa virtud—declaró enfáticamente Estesícoro.

—Mi hermana no recibió de los dioses el encargo de representar la virtud, sino la hermosura—replicó Pólux enojado.—Si hubiese un mortal en quien se encarnasen á un mismo tiempo{248} la virtud, la hermosura y la sabiduría, ese sería igual á los inmortales. ¿Qué digo? Sería igual al mismo Jove, padre de los dioses y los hombres; porque entre los demás que se nutren de la ambrosía, los hay, como la sacra Venus, en quienes sólo se cifra la belleza, y otros como la blanca Diana, en quienes se diviniza la castidad. Si tanto te reconcomía el deseo de zaherir á los malos, debiste hacer blanco de tu sátira á algunas de las infinitas mujeres que en Grecia, sin poder alardear de la integridad y pureza de Diana, carecen de las gracias y atractivos de Venus. La hermosura merece veneración; la hermosura ha tenido y tendrá siempre altares entre nosotros; por la hermosura, Grecia será celebrada en los venideros siglos. Ya que has perdido el respeto á la hermosura, pierde el uso de los sentidos, que no te sirven para recrearte en ella por la contemplación estética.

Y vibrando un rayo del astro resplandeciente que coronaba su cabeza, Pólux reventó el ojo derecho de Estesícoro. Aún no se había extinguido el ¡ay! que arrancó al poeta el agudo dolor, y apenas había desaparecido Pólux, cuando apareció el otro Dioscuro, Cástor, medio hermano también de Elena, hijo de Leda y del sagrado cisne; y pronunciando palabras de reprobación contra el ofensor de su hermana, con una chispa desprendida de la estrella que lucía sobre sus cabellos, quemó el ojo izquierdo del satírico, dejándole ciego. Alboreó poco después el día, mas no para el malaventurado Estesícoro, sepultado en eterna y negra noche. Levantándose{249} como pudo, buscó á tientas un báculo; y pidiendo por compasión á los que cruzaban la calle que le guiasen, fué á llamar á la puerta de su amigo, el filósofo Artemidoro, y derramando un torrente de lágrimas se arrojó en sus brazos, clamando entre gemidos desgarradores:

—¡Oh Artemidoro! ¡Desdichado de mí! ¡Ya no la veré más! ¡Ya no volveré á disfrutar de su dulce vista!

—¿A quién dices que no verás más?—interrogó sorprendido el filósofo.

—¡A Elena, á Elena, la más hermosa de las mujeres!—gritó el satírico llorando á moco y baba.

—¿A Elena? ¿Pues no la has rebajado tú en tus versos?—pronunció Artemidoro más atónito cada vez.—¿No la has estigmatizado y flagelado en una sátira quemante?

—¡Ay! ¡Por lo mismo!—sollozó Estesícoro dejándose caer al suelo y revolcándose en él.—Ahora comprendo que mi sátira era un himno á su hermosura… un himno vuelto del revés, pero al fin un himno. Los celestes gemelos me han castigado privándome de la vista, y las tinieblas en que he de vivir son más densas, porque no veré á la encarnación humana de la forma divina, al ideal realizado en la tierra.

—No te aflijas y espera—dijo Artemidoro;—tal vez consiga yo salvarte.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Cuando la incomparable Elena supo de Artemidoro que su detractor Estesícoro sólo lamentaba{250} estar ciego por no poder admirar sus hechizos, sonrió, halagada la insaciable vanidad femenil, y murmuró con deliciosa coquetería: «Realmente, Artemidoro, ese vate es un infeliz, un sér inofensivo; nadie le hace caso en Grecia, y yo menos que nadie. No merece tanto rigor y tanta desventura. Anúnciale que voy á sanarle los ojos.» Y tomando en sus manos ebúrneas una copa llena de agua de la fuente Castalia, bañó con su linfa las pupilas hueras del satírico, que al punto recobró la luz. Como el primer objeto que vió fue Elena, se arrodilló transportado, prorrumpiendo en una oda sublime de gratitud y arrepentimiento, que se llamó Palinodia.{251}

EL MANDIL DE CUERO
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No creáis que esto que voy á referir sucedió en nuestros días ni en nuestras tierras, ni que es invención ó ficción. Si encierra alguna moraleja aprovechable, consistirá en que la historia tiene sentido y enseñanza. ¡Ay del género humano si la historia se redujese á la opresión del débil por el fuerte, al triunfo de la violencia!

Érase que se era un rey de Persia, á quien muchos llaman Nemrod, pero que según versiones más fundadas debió de llamarse Doac, y fue matador y sucesor de aquel Yemsid cuyo pecado consistía en creerse perfecto. Este Doac era mago, brujo y sabidor; pero en vez de ejercitar su ciencia según la habían ejercitado sus predecesores—fundando ciudades, enseñando y propagando artes é industrias, venciendo en singular batalla á los divos ó genios del mal, estableciendo las primeras pesquerías de perlas, horadando las primeras minas de turquesas,{252} popularizando el conocimiento del alfabeto y de los signos que trazados sobre ladrillo ó piedra conservan al través de las edades el recuerdo de los hechos insignes,—el empecatado Doac sólo utilizó su magia para componer y destilar filtros y venenos y refinar ingeniosos suplicios, porque se deleitaba en el dolor, y los gemidos eran para él regalada música. Hasta el reinado de Doac, no sabían los persas cómo desgarra las carnes un haz de varillas, ni cómo aprieta la nuez una soga. Cuando se pregunta qué enseñó Doac á sus súbditos, la crónica responde que enseñó á azotar y ahorcar.

Cansado sin duda el cielo, infligió á Doac un padecimiento cruel y vergonzoso. Una mañana, al disponerse á gozar las delicias del baño, notó el rey que en cada hombro le había salido gruesa verruga, tamaña como un huevo y de la mismísima figura que una cabeza de serpiente—chata, verdosa, horrible.—Al principio no dolían las tales excrecencias, pero no tardaron en ulcerarse y causar atroz martirio, que determinaba en Doac accesos de rabia, siendo lo peor que como no quería enseñar á los médicos ni á persona viviente su asqueroso alifafe, tenía que lavarse, curarse y vestirse solo, y atender á las úlceras con las plastas y ungüentos que encontraba en su repertorio mágico. Desesperado ya de tantas recetas que habían salido vanas, y realizando nuevos conjuros, un día amaneció con la persuasión de que el único remedio eran los sesos de un hombre, aplicados calientes aún á las enconadas heridas.{253}

No vaya nadie á asustarse de la ignorancia que esto acusa en los tiempos de Doac, pues aún en los nuestros hemos podido ver que se receta el redaño del carnero, el pichón abierto en canal, y el trozo de carne de buey sobre el lupus. Que la sangrienta medicina sería algo eficaz, se demuestra con que poco á poco fueron vaciándose las prisiones del reino de Persia; diariamente ejecutaban á dos presos para sacarles el meollo. Mas no hay en el mundo cosa que no se agote, y también los criminales encerrados; así es que, cuando faltó la ración de meollo fresco, se fijó un tributo de dos hombres por día, que cobraban sayones y verdugos enviados aquí y allí á requisar. Solían éstos elegir, entre las familias numerosas, el individuo enfermizo, deforme, imposibilitado, el viejo, el inútil. Y ocurrió que enterándose Doac de esta circunstancia, montó en furiosa cólera, jurando que si seguían dándole el desecho y lo peor de los sesos de sus vasallos, los degollaría á todos. Entonces los verdugos resolvieron sacrificar lo más florido de Yspahan, para dejar al rey satisfecho.

No se determinaron, sin embargo, á buscar víctimas entre la gente poderosa—magnates, empleados de la casa real;—pero, en los primeros instantes, acordáronse de que un pobre herrero, llamado Cavé, tenía dos hijos como dos pinos de oro, gallardos en extremo y diestros en todos los ejercicios corporales; y pareciéndoles buena presa, los sorprendieron en la plaza pública, los degollaron, les abrieron el cráneo,{254} y llevaron á Doac su masa cerebral caliente todavía.

Hallábase Cavé trabajando en su forja, cuando los vecinos, entre compasivos é indiscretos, acudieron á darle la fatal nueva. Al pronto pareció como si el mísero padre no se hubiese enterado de la inaudita desventura que le comunicaban: helado, inmóvil, mudo, escuchó la relación del atroz caso. De súbito, su pena estalló formidable cual transporte de león que rompe la cadena y arranca de un zarpazo los hierros de la jaula. Lo que hizo saltar á Cavé fue saber que precisamente por ser sus hijos fuertes, inteligentes y hermosos, los habían señalado para la cuchilla. «¡No dejarme ni siquiera uno para consuelo! ¡Ah! Juro por la luz eterna del Sol que me vengaré.» Y el herrero, gritando así, blandía su enorme martillo, y al blandirlo, montañas de carne bronceada, endurecida por el trabajo, se acumulaban en su brazo desnudo y negro de escoria.

Desciñéndose el amplio mandilón de cuero que le protegía, Cavé lo ató á la punta de un palo, y con el mandil por estandarte y el martillo por arma, salió á la plaza profiriendo clamores de maldición contra Doac. A la voz del desesperado padre, sucedió un extraño fenómeno: los habitantes de Yspahan, que yacían aletargados y helados de miedo, recobraron energía, sacudieron la modorra; al ver que existía un hombre que se atrevía á enarbolar un estandarte, corrieron á rodearle locos de entusiasmo, y la sedición estalló tan repentina,{255} que el tirano sólo tuvo tiempo de huir vergonzosamente con sus mujeres y sus tesoros.

Lejos ya de Yspahan, juntó Doac un ejército de más de cien mil hombres, y volvió dispuesto á disolver las hordas que un artesano capitaneaba y que tenían por bandera sucio y denegrido mandil de cuero. Pero avínole mal, porque el bordado guión de Doac, de seda y oro, recamado de perlas, ostentando por emblemas los siete planetas y la luna, hubo de retroceder ante el pedazo de suela que sólo lucía los estigmas del trabajo y las huellas del humano sudor; y la cabeza de Doac, goteando sangre, lívida, contraída por la mueca de la agonía, quedó hincada en el palo que sostenía el mandil de cuero, mientras las tropas de Cavé, habiendo despojado al tirano de sus vestiduras, se reían á carcajadas de las dos verrugas que en sus hombros figuraban cabezas de serpiente…

Al ser saludado rey por su ejército, el herrero se negó rotundamente á aceptar la corona. Él mismo señaló para reinar al príncipe Feridún, que después fue un gran monarca y un sabio profundo, y enseñó á los persas la astronomía, la medicina y la botánica. La única gloria que cupo á Cavé el herrero se cifró en su mandil, que Feridún tomó por estandarte regio. Siempre que al entrar en batalla Feridún, sin falso rubor ni respetos humanos, colocaba ante sí aquel trozo de suela que representaba la santidad del trabajo y la protesta contra la injusticia y el abuso del poder, era como si llevase{256} un talismán: tenía la victoria segura. Cuando se avergonzaba del mandil de cuero, salía derrotado. Por haberse perdido en las revueltas y vicisitudes de la invasión griega el mandil, símbolo de que no debe el monarca colmar la copa de la iniquidad para que no se desborde la de la ira celeste; por haber desaparecido, digo, el estandarte de Cavé y su tradición de independencia, llegaron los persas, pueblo nobilísimo en su origen y de altas facultades intelectuales, al atraso, al servilismo y á la abyección en que hoy se pudren.{257}

LOS CABELLOS
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Era en el doble reducto de la plaza fuerte de Mahanaim. Entre ambas líneas de fortificaciones, sobre el reborde de piedra gris que sostenía la casamata, David, estenuado, se sentó á esperar noticias. Más de dos horas hacía que daba vueltas impaciente, porque no acababan de llegar los mensajeros. Aumentaba su fiebre la imposibilidad de acudir en persona al campo de batalla, lo cual rompería su propósito firme de no mandar nunca tropas en casos de guerra civil. Si se tratase de combatir á los filisteos y de renovar los laureles de Balparasim, derramando la heroica libación del agua sagrada de Belén, por no aplacar la sed cuando desfallecían los soldados, ó de organizar otra batalla de Refaim, donde por primera vez en el mundo antiguo hizo milagros la estrategia; si se encendiese la lucha con los Moabitas idólatras y libres, ó con los opulentos Arameos, ó con los insolentes Amonitas, que habían ultrajado á los embajadores{258} de Israel,—allí estaría David el hondero, el gibor, el aventurero para quien es dulce música, más que el acorde de la cítara, el choque de las armas. Pero oponerse á los suyos, desenvainar la espada ó blandir la lanza para que busque el costado de un amigo, de un pariente, de un compañero—había repugnado á David.—Y ahora, en el trágico momento presente, el rey bendecía aquella antigua resolución, que le evitaba luchar con su propia sangre, el preferido de su alma, la luz de su ojo derecho, su hijo!

Hay en las situaciones violentas y en las horas de extremada ansiedad un instante en que los nervios se aflojan y el cuerpo se rinde á la necesidad de descanso. La inquietud, la calentura del viejo monarca se aplacaron desde que se dejó caer sobre aquel reborde de piedra en el solitario fortificado recinto. Por las saeteras veía la luz roja del Poniente, que abrasaba el campo con reflejos de hoguera enorme. Aquella claridad purpúrea, sangrienta, devoradora, fue lo último que advirtió David antes de cerrar los párpados y reclinar la cabeza en el muro, olvidando lo presente, las angustias de la incertidumbre y los terrores del espíritu…

Y después siguió viendo la misma claridad del ocaso; pero sus tonos se habían dulcificado, fundiéndose en suaves medias tintas naranja, oro y verde. Era el divino atardecer de los países orientales, cien veces más hermoso que la aurora. Irisaciones de perla abrillantaban las imperceptibles nubecillas desgarradas como girones{259} del velo de una danzarina filistea; y sobre el arrebolado horizonte, las ramas de los sicomoros y de los cedros formaban un pabellón de misterio y sombra sugestiva. La frescura del aire atenuaba las emanaciones fuertes de las resinas y las gomas; una languidez voluptuosa se apoderaba del corazón. David se levantaba, se apoyaba en el balaustre de jaspe de la terraza, se inclinaba para hundir la mirada en los macizos de verdura, atraído por el rumor delicioso de los chorros de agua que se deshilan en el ancho pilón de mármol, surtiendo por diez bocas de bronce. Y al punto mismo en que el rey se inclina, sobre las gradas que conducen á la pila aparece una viviente estatua, rosada por el reflejo del cielo, vestida únicamente de la negra cabellera caudalosa, que se reparte como los hilos del agua, y ondea y brilla, y juega y se esparce, recién ungida de aceite de nardo que la mujer, alzando los brazos, extiende por los rizos sombríos, enredándolos entre los dedos…

Todo el incendio del firmamento ardió en las venas de David. Él mismo, desde aquella hora, se maravilló dentro de sí, no comprendiendo. Estaba bien seguro de que su fiel copero no le había vertido en el vino zumo de hierbas, en las cuales el conjuro de alguna nigromántica como la de Endor insinúa traidoramente el filtro de la pasión repentina y mortal. Pasados eran para David los días de la juventud, cuando su mano certera clavaba el guijarro afilado en la frente del descomunal gigante. Innumerables{260} mujeres habían impregnado el olfato del rey con el perfume de sus cabelleras, y al disiparse éste se borraba la imagen, porque es indigno del sabio, del profeta, del caudillo, del legislador, reblandecerse en el harem, ser cautivo de una débil hembra. Y sin embargo, en aquel instante, no cabía duda, era el incendio del cielo el que ardía en las venas de David, y el rey conocía que ni toda el agua de la piscina, ni la de los torrentes que bajan impetuosos de Cedar y Hebrón, sería bastante á extinguirlo. Betsabé le había robado el seso, no con el crujir de sus sandalias—porque descalzos tenía los finos pies y hasta sin argolla de plata el sutil tobillo,—sino con el aroma peculiar de sus bucles negros como la tentación.

Rápidamente sobrevenía la noche, y muchas noches más, durante las cuales David se abismaba en su pecado, esperando de un modo confuso la hora del arrepentimiento. Presentía la aparición de la conciencia, el descenso del ángel severo y terrible. Era inútil: su pecado yacía hondo en su corazón, arraigado allí y fijo á manera de saeta en la herida. Ni la ciencia arcana que había de recibir andando el tiempo Suleimán, á quien llamamos Salomón, acertará á explicar las causas de la perseverancia en el amor, fenómeno extraño que induce fatalmente á un sér hacia otro sér. David no podía vivir sin la esposa de Urías el Héteo, el mejor oficial, el valiente compañero de armas. ¡Si aquella mujer hubiese pertenecido á un enemigo! David, estremeciéndose, pensaba en las sugestiones{261} del miedo de la favorita, en las súplicas tiernas é insinuantes como silbo de culebra entre las rosas del valle de Jericó. «No accederé», murmuraba; pero la idea del engaño y del crimen iba ya deslizándose en su alma, impregnándola de veneno. Urías estaba sentenciado… El sentimiento más generoso y bello que crea la vida militar; el leal compañerismo, el cariño de los que á un mismo riesgo se exponen y ganan la misma gloria, le gritaba á David: «Vas á cometer la mayor de las infamias». Y á sabiendas, David, el de la conciencia despierta, el gran arrepentido, el que sentía incesantemente la tremenda presencia de Eloim-Jehová,—por el olor de unos cabellos de mujer envió al capitán Urías, uno de los treinta gibores ó valientes, bajo los muros de Rabat-Amón, con mensaje cerrado para el general Joab; y en cumplimiento de la real orden, Urías fue puesto á la cabeza de un destacamento que á toda costa debía entrar en la ciudad. Y Urías obedeció, gozoso, ansioso de victoria, y su cuerpo quedó tendido al pie de la muralla, bañado en sangre!

En los oídos de David, llenos de la voz acariciadora y ambiciosa de Betsabé, sonaba entonces otra voz terrible, la del vidente Natán, por cuya boca hablaba el Señor. Trémulo en brazos de la favorita, de la que ya era su esposa, se humillaba ante el airado anatema, la maldición fatídica. «Porque hiciste lo malo en mi presencia, no se apartará espada de tu casa, y sobre tu casa levantaré el mal…{262}»

Al evocar las palabras del vidente, David exhalaba un gemido doloroso… y se despertaba, empapadas las sienes en sudor frío. Miraba alrededor con ojos extraviados y atónitos, y reconocía el lugar, aquel doble recinto fortificado de Mahanaim, tétrico y ceñudo, donde sólo resonaban los pasos del centinela y se escuchaba, á trechos, el alerta gutural del vigía. A la roja brasa del Poniente había sucedido el azul negruzco de la noche, sobre el cual parpadeaban las estrellas tristemente. ¿Sin noticias aún? ¿Qué podía haber sucedido allá en la selva de Efraim, donde desde la hora de la mañana luchaban las fuerzas del rebelde Absalón con las de David, mandadas por Joab? ¿Qué estragos hacía la espada aquella, nunca apartada de su casa, según la profecía? De súbito, un clamoreo á distancia, una algazara inmensa. Confundíanse el trotar de los corceles, el choque de las armas, el estrépito de la infantería hiriendo la tierra con el duro calzado militar, y empujando á los cautivos entre alaridos de muerte y gritos de cólera, el mugir de los bueyes que arrastraban las carretas del botín,—todo lo que al oído experto del guerrero suena á triunfo. David se incorporó, pálido y espantado: la guarnición de la plaza acudía con teas ardiendo, y el primer mensajero caía á los pies del rey, sin aliento, ahogándose. «Alabemos al Señor»… tartamudeaba. «Deshecha la rebelión, pasados á cuchillo tus enemigos… ¡gloria al rey!»—Arrojándose sobre el emisario, David exclamó furiosamente:{263}

—¿Y mi hijo? ¿Y Absalón, mi hijo, mi heredero, el príncipe real?

No hubo respuesta. Otro emisario llegaba jadeante, loco de júbilo. «El Señor ha confundido á los que te querían dañar. Veinte mil quedan en el campo de batalla, consumidos por la espada, sirviendo de pasto á los buitres, Y Absalón, suspenso entre el cielo y la tierra, colgado de las ramas de un terebinto, ha recibido en el pecho muchos dardos. Dicha tuya ha sido ¡oh rey! que los hermosos cabellos del príncipe, todos impregnados de esencia, se enredaran en las ramas y le detuviesen en su precipitada fuga. A no ser por los negros bucles, que caían como maduros racimos de vid á lo largo de la espalda… tu enemigo se hubiese salvado; tan ligera iba su mula…»

Y el emisario calló, porque el rey acababa de desplomarse en tierra arañándose el rostro, arrancándose el pelo y sollozando: ¡Hijo, hijo mío!

{264}

{265}

AL BUEN CALLAR…
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No tenían más hijo que aquél los duques de Toledo, pero era un niño como unas flores; sano, apuesto, intrépido, y, en la edad tierna, de condición tan angelical y noble, que le amaban sus servidores punto menos que sus padres. Traíale su madre vestido de terciopelo que guarnecían encajes de Holanda, luciendo guantes de olorosa gamuza y brincos y joyeles de pedrería en el cintillo del birrete; y al mirarle pasar por la calle, bizarro y galán cual un caballero en miniatura, las mujeres le echaban besos con la punta de los dedos, las vejezuelas reían guiñando el ojo para significar «¡Quién te verá á los veinte!», y los graves beneficiados y los frailes austeros, sacando la cabeza de la capucha y las manos de las mangas, le enviaban al paso una bendición.

Sin embargo, el duque de Toledo, aunque muy orgulloso de su vástago, observaba con inquietud creciente una mala cualidad que tenía,{266} y que según avanzaba en edad el niño don Sancho iba en aumento. Consistía el defecto en una especie de manía tenacísima de cantar la verdad á troche y moche, viniese á cuento ó no viniese, en cualquier asunto y delante de cualquier persona. Cortesano viejo ya el duque de Toledo, ducho en saber que en la corte todo es disfraz, adivinaba con terror que su hijo, por más alentado, generoso, listo y agudo que se mostrase, jamás obtendría el alto puesto que le era debido en el mundo, si no corregía tan funesta propensión. «Reñida está la discreción con la verdad: como que la verdad es á menudo la indiscreción misma», advertía á su hijo el duque. «Por la boca solemos morir como los simples peces, y no es muerte propia de hombre avisado, sino de animal bruto, frío y torpe», solía añadir. Corríase y afligíase el rapaz de tales reprensiones y advertencias, y persuadido de que erraba al ser tan sincero, proponía en su corazón enmendarse; pero su natural no lo consentía: una fuerza extraña le traía la verdad á los labios, no dándole punto de reposo hasta que la soltaba por fin, con gran aflicción del duque, que se mataba en repetir: «Hijo Sancho, mira que lo que haces… La verdad es un veneno de los más activos; pero en vez de tomarse por la boca, sale de ella. Esparcido en el aire, es cuando mata. Si tan atractiva te parece la fatal verdad, guárdala en ti y para ti; no la repartas con nadie, y á nadie envenenarás.»

Acaeció, pues, que frisando en los trece años y siendo cada vez más lindo, dispuesto y{267} gentil el hijo de los duques de Toledo, un día que la reina salió á oir misa de parida á la catedral, hubo de verle al paso, y prendada de su apostura y de la buena gracia con que la hizo una reverencia profundísima, quiso informarse de quién era, y apenas lo supo, llamó al duque y con grandes instancias le pidió á D. Sancho para paje de su real persona. Más aterrado que lisonjeado, participó el duque á su hijo el honor que les dispensaba la reina. «Aquí de mis recelos, aquí del peligro, Sancho… Tu funesto achaque de veracidad ahora es cuando va á perderte y perdernos. Si la reserva y el arte de bien callar son siempre provechosos, en la cámara de los reyes son indispensables, te lo juro.» «Antes pienso, padre—replicó el precoz D. Sancho,—que al lado de los reyes, por ser ellos figura é imagen de Dios, alentará la verdad misma. No cabrá en ellos mentira ni acción que deba ser oculta ó reservada.» Confuso y perplejo dejó la respuesta al duque, pues le escarabajeaban en la memoria ciertas murmuraciones cortesanas referentes á liviandades y amoríos regios; pero tomando aliento, «No, hijo—exclamó por fin,—no es así como tú supones… Cuando seas mayor y tu razón madure, entenderás estos enigmas. Por ahora sólo te diré que si vas á la corte resuelto á decir verdades, mejor será que tomes ya mi cabeza y se la entregues al verdugo.» Cabizbajo y melancólico se quedó algún tiempo D. Sancho, hasta que, como el que promete, extendió la mano con extraña gravedad, impropia de su juventud. «Yo sé el{268} remedio—afirmó.—Mentir me es imposible, pero no así guardar silencio. Haced, vos, padre, correr la voz de que un accidente me ha privado del habla, y yo os prometo, por dispensaros favor, ser mudo hasta el último día de mi vida si es preciso.»

Pareció bien el arbitrio al duque y divulgó lo de la mudez; siendo lo notable del caso que la reina, sabedora de que el bello rapaz era mudo, mostró alegría suma y mayor empeño en tenerle á su servicio y órdenes. En efecto, desde aquel día asistió D. Sancho como paje en la cámara de la reina, sellados los labios por el candado de la voluntad, viendo y oyendo todo cuanto ocurría, pero sin medios de propalarlo. Poco á poco la reina iba cobrándole extremado cariño. Sancho se pasaba las horas muertas echado en cojines de terciopelo al pie del sillón de su ama y recostando la cabeza en sus faldas, mientras ella con la fina mano cargada de sortijas le acariciaba maternalmente los obscuros y sedosos bucles.—Las primeras veces que don Sancho fue encargado de abrir la puerta secreta á cierto magnate, y le vió penetrar furtivamente y á deshora en el camarín, y á la reina echarle al cuello los brazos, el pajecillo se dolió, se indignó, y, á poder soltar la lengua, Dios sabe la tragedia que en el palacio se arma. Por fortuna, Sancho era mudo; oía, eso sí, y las pláticas de los dos enamorados le pusieron al corriente de cosas harto graves, de secretos de Estado y familia; entre otros, de que el rey, á su vez, salía todas las noches con maravilloso{269} recato á visitar á cierta judía muy hermosa, por quien olvidaba sus obligaciones de esposo y de monarca, y merced á cuyo influjo protegía desmedidamente á los hebreos, con perjuicio de sus reinos y mengua de sus tesoros. Envuelta en el misterio esta intriga, no la sabían más que el magnate y la reina; y D. Sancho, trasladando su indignación del delito de la mujer al del marido, celebró nuevamente no haber tenido voz, porque así no se veía en riesgo de revelar verdad tan infame. Pasado algún tiempo, la confianza con que se hablaba delante del mudo pajecillo instruyó á éste de varias maldades gordas que se tramaban en la corte: supo cómo el privado, disimuladamente, hacía mangas y capirotes de la hacienda pública, y cómo el tío del rey conspiraba para destronarle, con otras infinitas tunantadas y bellaquerías que á cada momento soliviantaban y encrespaban la cólera y la virtuosa impaciencia de D. Sancho, poniendo á prueba su constancia, en el mutismo absoluto á que se había comprometido.

Sucedía entretanto que le amaban todos mucho, porque aquel lindo paje silencioso, tan hidalgo y tan obediente, jamás había causado daño alguno á nadie. No hay para qué decir si le favorecerían las damas, viéndole tan gentil y estando ciertas de su discreción; y desde el rey hasta el último criado, todos le deseaban bienes. Tanto aumentó su crédito y favor, que al cumplir los veinte años y tener que dejar su oficio de paje por el noble empleo de las armas, colmáronle de mercedes á porfía el rey, la reina,{270} el privado y el infante, acrecentando los honores y preeminencias de su casa y haciéndole donación de alcaidías, fortalezas, villas y castillos. Y cuando, húmedas las mejillas del beso empapado de lágrimas con que le despidió la reina, que le quería como á otro hijo; oprimido el cuello con el peso de la cadena de oro que acababa de ceñirle el rey, salió D. Sancho del alcázar y cabalgó en el fogoso andaluz de que el infante le había hecho presente; al ver cuántos males había evitado y cuántas prosperidades había traído su extraña determinación, tentóse la lengua con los dientes, y, meditabundo, dijo para sí (pues para los demás estaba bien determinado á no decir oste ni moste): «A la primer palabra que sueltes al aire, lengua mía, con estos dientes ó con mi puñal te corto y te echo á los canes.»

Hay eruditos que sostienen la opinión de que de esta historia procede la frase vulgar, sin otra explicación plausible: Al buen callar llaman Sancho.{271}

FAUSTO Y DAFROSA[2]
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La aguardaba en el embarcadero á boca de noche, y cuando divisó á lo lejos la barca, que avanzaba al empuje de los brazos fuertes de los remeros, abriendo estela de luz verdosa en el mar fosforescente, al corazón de Fausto se agolpó la sangre, y sus ojos se nublaron.

Venía, ó mejor dicho, la traían, se la entregaban; en su poder iba á estar aquélla por quien tantas veces había pasado la noche en vela, febril, paladeando acíbar, desesperando y mordiéndose los puños de rabia, ó esperando insensatamente.

¿Insensatamente? Criminalmente se diría mejor. Por aquella que se reclinaba en la proa, envuelta en blancos velos, en actitud pensativa, Fausto había descendido á la delación y al{272} espionaje como un liberto, echando negra mancha sobre el decoro de su estirpe consular. Por ella había deslizado en los oídos del Emperador Apóstata el consejo fatal al ex-prefecto Flaviano, y más de una velada, á la claridad indecisa de la triple lámpara cubicularia, las sombras del cortinaje dibujaron ante los ojos espantados de Fausto la pálida figura de un varón ilustre marcado en la frente con el hierro que estigmatiza á los facinerosos… Pero en aquel instante el musical chapaleteo de los remos ahuyentaba remordimientos y angustias, y de lo profundo de las aguas la voz de las sirenas de la felicidad subía como un himno…

Descendió Fausto al muelle con precipitación, y cogiendo de manos de los esclavos el taburete de cedro, lo presentó al pie de Dafrosa, que prontamente, sin hacer hincapié, saltó á las puntiagudas piedras. A la salutación, al ¡Ave! que en temblorosa voz articuló Fausto, respondió ella con una sonrisa triste. Y echaron á andar hacia la villa, sin que Fausto se atreviese á ofrecer el antebrazo para que Dafrosa se apoyase. Un poco de sobrealiento de la matrona indicaba, sin embargo, que no hubiese sido supérfluo el auxilio.

En la terraza de la villa, alumbrada por antorchas fijas en la pared, estaba dispuesto un refresco de bienvenida; leche, frutas, pan de flor, peces cocidos—los sencillos manjares de que gusta una cristiana.—Se lo hizo observar Fausto á Dafrosa, la cual, rompiendo uno de los panes, lo llevó á los labios, no sin hacer antes{273} la señal de la cruz. Quedáronse solos Fausto y la tan deseada. Parpadeaban las estrellas en el firmamento turquí, y el aire columpiaba bocanadas de esencia de rosas purpúreas—unas rosas que el mismo emperador Juliano había traído de Alejandría para adornar con festones de ellas el ara de la Afrodita, porque se atribuían á su aroma virtudes como de filtro para enajenar el corazón.

Fue Dafrosa quien rompió el peligroso silencio.

—Fausto—dijo con tranquila melancolía,—¿quién nos dijera que nos encontraríamos así otra vez? Cuando yo me confesaba llorando de que no podía olvidarte, ¿iba á suponer que el Sacro Emperador me desterrase á vivir contigo?

Indeciso Fausto, dudó entre caer á los pies de la matrona y abrazar sus rodillas ó contestar algo—no sabía qué.—Entonces Dafrosa echó atrás el velo blanco que envolvía el óvalo de su rostro, y á la luz de las antorchas Fausto pudo ver con asombro una cara consumida por el dolor, unos ojos marchitos, unas mejillas demacradas; el pelo, recogido modestamente con cintas de lana violeta, no era ya aquella rubia vedija, aureola de oro; ¡á Dafrosa se le había vuelto el cabello todo gris, del gris de las nubes, del gris de la ceniza seca y hacinada en el hogar!

—Puedes mirarme impunemente, Fausto—añadió ella.—Soy otra. La Dafrosa que conociste no está ya en el mundo. Después de que me{274} contemples, te volverás á tu palacio de Roma, dejándome sola en esta isla, donde haré penitencia. He sido justamente castigada por haberte querido, cariño involuntario que yo no podía arrancar de mí por más que hacía. Se llevaron á mi marido para matarle poco á poco, y á mí me despreciaron. Lo merecía. Ahora los malvados me entregan á ti, quizás por creer que tú eres un peligro. Para Dafrosa ya no hay peligros. Mírame así; despacio, con atención; examíname. La misericordia divina me ha quitado enteramente mi hermosura.

Inmóvil permanecía Fausto, penetrado de un sentimiento singular, diferente de cuantos hasta entonces habían agitado su alma complicada de romano de la decadencia, de amigo del refinado filósofo, el césar Juliano. No hacía mucho que en el palacio imperial, ante las aras restauradas de la Kaleos helénica, habían celebrado los dos amigos un pacto, especie de misteriosa iniciación de un culto secreto, diverso del vulgar paganismo que se saciaba con los sacrificios de bueyes y terneros, con las ceremonias impuras. Esta otra religión, preferida por Juliano, reemplazaba la teogonía y las supersticiones con la adoración de la belleza suprema, de la Forma en su armonía divina, en su euritnia sacrosanta, cuya relación percibe la inteligencia por encima de los sentidos. Una estatua de mujer, perfectísima, de líneas impecables, obra de Fidias, se erguía sobre el ara, en mitad de la capillita ó cella donde el emperador cumplía el rito, derramando las claras libaciones,{275} quemando el incienso sabeo en el pebetero de oro de exquisita labor oriental. Y el Apóstata, tomando de la mano á su amigo, le obligaba á postrarse allí, murmurando: «Esta es la Diosa, ésta, y no el triste Galileo, que ha traído la fealdad al mundo.» Y ahora, Fausto, en presencia de Dafrosa, la mujer tan codiciada cuando la poseía Flaviano y ella vivía recluída al pie de sus lares, por no descubrir en los ojos los pensamientos, ahora Fausto advertía en sí mismo un trastorno, una variación incomprensible. Los afanes, los delirios, las ansias de posesión, la fiebre pasional tanto tiempo sufrida, alimentada por la Beldad, que ata las almas y no las suelta hasta el sepulcro, habían desaparecido. La Forma adorada no existía, y tampoco lo que se deriva de ella. En el mar tranquilo habían enmudecido las sirenas cantoras; en el cielo turquí las estrellas ya no parpadeaban de amor. Las rosas no desprendían ni un átomo de esencia: el rocío de la noche probablemente congelaba sus cálices, derramando en ellos una serenidad frígida. Las tenaces ligaduras de la carne se rompían en Fausto; su sangre, antes fuego, discurría convertida en luz por las venas. Y acercándose á Dafrosa, la tomó las manos y las llevó á su frente, murmurando en un suspiro:

—Porque has perdido tu hermosura, te quiero más. Te parecerá que es mentira, y á mí ayer me lo parecería también, pero mira que no te engaño.

No retiró las palmas Dafrosa. Este sencillo{276} contacto no infundía tanto horror á los cristianos de aquellos siglos como á los actuales, acaso porque entonces eran más castos en su corazón. Las palmas de Dafrosa halagaron la inclinada cabeza de Fausto, y acercando los labios á su oído, susurró:

—Te creo. Es natural eso que me dices. Tú, Fausto, hermano mío, eres cristiano también.

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La crónica refiere que San Fausto sufrió el martirio y que Santa Dafrosa recogió de noche su cuerpo para que no lo devorasen los perros, pagando esta obra de caridad con la vida.{277}

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